Primero de enero de 1945. Durante la madrugada, la Luft Buffe despega con deseos de venganza. Su objetivo son aeródromos aliados de Bélgica, Países Bajos y Francia. Y la orden es tan simple como desesperada. Destruir aviones en tierra y demostrar que el águila del Reich aún puede volar en el frente occidental. Este sería el golpe final con el que los nazis intentarían recuperar los cielos perdidos. Una ofensiva planeada con precisión y ejecutada con fe ciega en el más profundo silencio para tomar por sorpresa al enemigo.
Pero lo que comenzó como una maniobra audaz terminó como una tragedia aérea el día en que el cielo del rey se tiñó de fuego y humo. Finales de 1944, el cielo ya no pertenecía al Ray. Desde Normandía hasta el Ring, casas aliados patrullaban con una superioridad aplastante, ametrallando trenes, columnas y cualquier sombra que se moviera. Para Hitler y Herman Ging, aquello era intolerable. Sin aire no había victoria posible en las ardenas. Desde esa desesperación nació la operación Boden Plate, concebida como un golpe relámpago que debía devolverle a Alemania la iniciativa perdida.
El objetivo era tan audaz como temerario. The offensive is designated operation boden plter means ground. Si el plan marchaba según lo planeado, cientos de casas Speedfire, P47 Thunderbolt y P51 Mustang serían destruidos antes de que pudieran despegar. Pero en esencia se trataba de una ofensiva suicida, ya que para entonces el poder aliado era mucho mayor al de los nazis. Sin embargo, Ging estaba convencido de que la misión era posible y exigía resultados inmediatos. El enemigo no debe tener ni un solo avión en el aire al amanecer del nuevo año.
Para lograrlo se concentró casi todo lo que quedaba operativo en la Loof Buffet. Unos 900 aparatos distribuidos en 34 grupos y más de un millar de pilotos, entre ellos veteranos exhaustos y jóvenes casi sin entrenamiento. Se planearon salidas simultáneas guiadas por bombarderos nocturnos JU88 que servirían de referencia en la oscuridad. Y es que la operación debía llevarse a cabo al amparo de la noche para elevar sus posibilidades con el factor sorpresa, reeditando una vieja estrategia del tercer rayangight, ache.
Sometimes they would try to ambush them on the return journey to their home strategy had el silencio radial sería absoluto. Volarían tan bajo que los árboles rozarían sus alas. Esa era la única alternativa y fue suficiente para elevar la esperanza nazi en medio de tantas derrotas. Durante la noche del 31 de diciembre, los hangares del Ray se convirtieron en colmenas fabriles. Los mecánicos trabajaban con linternas cubiertas en un clima de tensión y agotamiento. Las órdenes eran inequívocas.
poner en vuelo todo lo que aún funcione. En muchos escuadrones, incluso los oficiales del Estado Mayor tomaron asiento en la cabina, lo que convertía cada pérdida en un golpe doble, un avión y un mando menos. Entre los pilotos circulaba el rumor de que el ataque se realizaría aprovechando la resaca aliada tras las celebraciones de Año Nuevo. Pero la verdad era otra. La fecha se eligió por una breve ventana meteorológica favorable y por el factor sorpresa. Los aliados, confiados en su dominio del aire, no imaginaban un ataque a tal escala en pleno invierno.
A las 7:30, los primeros motores rugieron en la penumbra. Los casas se alinearon en las pistas heladas de Duisburg, Bon y Tente. Peter Brill, un joven piloto forzado a luchar bajo la esbástica, recordaría años después el momento del despegue. El cielo estaba lleno de aparatos, como si el Reich aún tuviera alas, pero sabíamos que aquel vuelo podía ser el último. Sin saberlo, los pilotos alemanes volaban hacia el amanecer. más letal de la guerra. Y es que el amanecer del primero de enero de 1945 no trajo gloria, sino confusión.
A las 9 el cielo occidental se llenó de puntos oscuros. Los casas de la luffe atravesaban la bruma baja de invierno, volando tan cerca del suelo que los campesinos podían ver los emblemas de la cruz negra en las alas. Era una imagen de fuerza, pero también de desesperación. Lo que los pilotos ignoraban era que su enemigo más letal no estaba frente a ellos, sino debajo, la artillería antiaérea alemana. El secreto impuesto por Ging había sido tan absoluto que la Flag recibido aviso alguno.
Cuando los casas comenzaron a cruzar sus sectores, las baterías los confundieron con una incursión aliada. En minutos, los cielos se llenaron de explosiones amigas. Decenas de aparatos fueron abatidos antes siquiera de alcanzar la frontera, víctimas del cerco defensivo del propio Ray. En el aire, el caos se multiplicó con grupos desorientados, formaciones dispersas y colisiones en vuelo. La operación que debía depender de la sincronía milimétrica empezó con un desastre. One quarter of Boden Plot’s effective strength is reduced by friendly fire.
Nonetheless, the Germans press on. Yedws and BF19. Aún así, los sobrevivientes continuaron sobre Bélgica y los Países Bajos, los Fewulf y Messersmith emergieron de entre los bosques, sorprendiendo a los aeródromos aliados que despertaban del letargo invernal. El desconcierto inicial fue enorme. En bases como Eindhoven, Ash o S. The Nice Western. Los primeros ataques fueron devastadores. Decenas de Speedfire y Tyfon ardieron en tierra, atrapados en fila al borde de las pistas. En Ash, los pilotos de la RAF corrieron hacia sus aviones solo para encontrarlos en llamas.
No obstante, algunos despegaron entre explosiones, esquivando metralla y fuego enemigo en un ballet suicida de despegues de emergencia. De todas formas, la sorpresa duró poco. El estruendo de los ataques despertó a la casa aliada. En cuestión de minutos, P47 Thunderbolt y P51 Mustang ascendieron desde bases cercanas, equipados con radios de alta frecuencia. Coordinación impecable y control aéreo centralizado. Los aliados cerraron el cerco. La superioridad técnica y numérica comenzó a imponerse. Los alemanes que habían volado a baja cota y sin comunicación se encontraron aislados y sin cobertura.
Para entonces, la operación se había convertido en una trampa mortal. Los JU88 que debían guiar a los escuadrones se extraviaron o fueron derribados. Muchos casas, desorientados por la niebla y el humo, atacaron el objetivo equivocado o se perdieron al regresar. El combustible se agotaba. Las rutas de escape estaban bloqueadas por la propia Flag que continuaba disparando a ciegas. Y en el aire los combates eran tan feroces como cortos. La pericia de los pocos veteranos alemanes que quedaban piloteando chocaba contra la superioridad masiva de los aliados.
Algunos lograron infligir daños notables. Un ejemplo fue Einhoven, donde los nazis destruyeron más de 60 aparatos y paralizaron la pista temporalmente, pero cada éxito táctico se pagaba con sangre. En St. Truden, los casas alemanes cayeron uno tras otro, alcanzados por ráfagas de Mustang que patrullaban a gran altura. En tierra la devastación era visible. Los aliados perdieron más de un centenar de aviones destruidos o dañados en cuestión de horas. Sin embargo, la diferencia crucial no estaba en el acero, sino en los hombres.
Los pilotos aliados, que en su mayoría estaban a salvo en tierra, regresarían al combate esa misma tarde. En cambio, los alemanes estaban cayendo en llamas. El capitán Sigfried Freak, veterano as del aire, fue derribado y capturado. Otros ases como Guntaspect Krupinski desaparecieron sin dejar rastro. En tan solo dos horas, la Luffe perdió no solo sus aviones, sino su alma, los hombres que aún sabían surcar los cielos. Para el mediodía, los aeródromos aliados volvieron a estar operativos. En el aire flotaban columnas de humo y el eco distante de motores fallando.
Boden Plate había cumplido su objetivo, pero solo por minutos. Alemania había destruido aviones enemigos, pero a cambio había sacrificado su última generación de pilotos. En los cielos del Frente occidental, la luf buffe acababa de morir combatiendo. Para el 2 de enero de 1945, los informes comenzaron a llegar a los cuarteles del Rich con una mezcla de cifras infladas y silencios incómodos. En los despachos de Ging, las primeras líneas de los partes parecían alentadoras. Más de 250 aeronaves aliadas destruidas en tierra.
pistas inutilizadas, bases atacadas con éxito. Durante unas horas, la ilusión de un triunfo volvió a recorrer los pasillos del poder nazi como una sombra del pasado, pero cuando las cifras reales emergieron, la verdad fue devastadora. La luf buff había perdido cerca de 300 aviones propios, más de los que Alemania podría reemplazar en meses. Y como si esto fuera poco, más de 200 pilotos veteranos habían muerto, hombres que no podían ser sustituidos. Era el fin de la élite que había sobrevivido a 5 años de guerra.
En cambio, los aliados apenas habían perdido una fracción de su personal aéreo y su capacidad industrial garantizaba que cada avión destruido sería reemplazado en días. Boden Plate no había sido más que un suicidio estratégico. Los pilotos aliados, al recorrer los aeródromos calcinados, se asombraron por la ferocidad del ataque, pero comprendieron que el enemigo había dejado su último aliento en ese esfuerzo. Las bases fueron reparadas con rapidez. En menos de 48 horas, los Speedfire y los Mustangs volvieron a despegar.
Por su parte, la Luft Buffe quedó sin combustible, sin repuestos y sin entrenamiento, sobre todo sin hombres. Desde entonces, los cielos del Reich serían dominio aliado absoluto. En los meses siguientes, esa ausencia se sintió con crudeza. Durante los bombardeos sobre Berlín, dres de o Hamburgo, apenas un puñado de casas alemanes salía a interceptar. Jóvenes de 16 o 17 años formados a la carrera volaban sin experiencia enfrentando formaciones enteras de bombarderos. Las pérdidas eran tan previsibles como inútiles.
Boden Plate había sido el último rugido del león moribundo. The luftwaffer employed increasingly desperate measures, but they were too little, too late. The jet fighters of the Luftwaffer did strike fear into the heart of the bomber, but there were simply enough to turn the war. La ironía final residía en la intención. Boden Plate había sido concebida para ganar tiempo en la ofensiva terrestre en las Ardenas, donde las divisiones de Hitler luchaban por alcanzares. Pero cuando los cielos se despejaron de humo, la ofensiva terrestre ya estaba colapsando.
Las tropas alemanas se retiraban entre el hielo y los cadáveres de sus propios blindados, acosadas por la artillería aliada. El sacrificio aéreo había sido inútil. El frente occidental estaba perdido. En los meses posteriores, Ging trataría de maquillar el desastre, ordenando investigaciones y buscando culpables. Pero dentro de la Luft Buffe todos sabían la verdad. Boden Plate fue el punto de no retorno. Desde entonces, el Reich dejó de mirar al cielo con esperanza y comenzó a mirarlo con resignación.
Los restos de aviones caídos, FK Wolf retorcidos y Meser Smith partidos en dos permanecieron semanas sobre los campos de Bélgica. En sus cabinas congeladas, los relojes de los pilotos se detuvieron a la misma hora. Poco después del amanecer del año nuevo de 1945, ese fue el instante exacto en que el cielo alemán se apagó para siempre. En definitiva, Boden Plate fue más que una derrota. significó la última exhalación de un imperio que ya agonizaba desde hacía tiempo.
En aquel amanecer helado, la LuBF lanzó su golpe final, creyendo aún en la posibilidad del milagro, pero lo que obtuvo fue su extinción. Los cielos de Europa, que alguna vez temblaron bajo sus alas, se cerraron sobre sus restos humeantes y desde entonces Alemania ya no volvió a mirar arriba con orgullo, sino con nostalgia. En los campos de Bélgica quedaron los escombros de su última esperanza y el recordatorio de que incluso en su final más audaz, el tercer Ray solo logró escribir con fuego el último capítulo de su caída.
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