Una vez escuché a Andrés García decir que él había estado con casi 2000 mujeres y yo ando por ahí y no de hablador como él. Eso lo dijo un hombre que no era guapo, que no era alto, que no tenía músculos, que no tenía dinero, que no tenía absolutamente nada de lo que se supone que necesitas para conquistar mujeres. Y sin embargo, le robó las novias al hombre más codiciado de México. Maribel Guardia, la mujer más hermosa que había pisado el país en décadas, lo eligió a él, no a Andrés García.
No a ninguno de los galanes de telenovela que la perseguían, a él, al comediante feo de las películas de ficheras. Pero ese mismo hombre que conquistaba a las mujeres más hermosas del país murió sin poder superar una tragedia. Un accidente de helicóptero que le arrebató a su hijo mayor. Una herida que nunca cerró. Un dolor que cargó en silencio durante 16 años. mientras seguía haciendo reír a todo México. Su nombre era Alfonso Zayas y lo que estás a punto de descubrir cambia todo lo que creías saber sobre él.
Esta es la investigación que nadie quiso hacer. La historia que se perdió entre chistes y películas de ficheras. La verdad que su propia familia guardó durante décadas. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie se atreve a contar. Primero, la grabación de una entrevista donde confiesa con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas cómo su hijo murió estrellado contra un muro de piedra en San Luis Potosí. Una grabación que casi nadie ha visto completa y que te va a partir el corazón.
Segundo, el documento que prueba que perteneció a la dinastía más poderosa del entretenimiento mexicano. Una familia que incluye a Jaimito el cartero, a la voz de Shrek y al villano más temido del cine de oro. Una conexión que explica todo lo que vino después. Tercero, la confesión de Maribel Guardia, donde admite exactamente por qué lo eligió a él. sobre Andrés García y la razón te va a sorprender más de lo que imaginas. Y cuarto, las palabras que su hija reveló después de su muerte, su último deseo, lo que pidió antes de cerrar los ojos para siempre.
¿Y por qué ese deseo dice más sobre él que todas sus películas juntas? Te voy a avisar cuando llegue cada una de estas revelaciones. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que su propia familia tardó 4 años en contar. Pero antes de todo eso, necesitas entender algo fundamental. Este hombre no nació en un hospital, no nació en una clínica, no nació rodeado de médicos y enfermeras como tú y como yo. Nació en una carpa de circo.
No es una metáfora, no es una exageración dramática. Nació literalmente entre telones y vestuarios, entre maquillaje viejo y trajes de lentejuelas. mientras su madre estaba de gira con una compañía de teatro ambulante que iba de pueblo en pueblo buscando dónde comer. Era el 30 de junio de 1941, Tulancingo, Hidalgo. Sus padres, Alfonso, Zallas, Cetina y Dolores Inclán vivían del espectáculo desde que tenían memoria. Iban de feria en feria, de plaza en plaza, montando funciones donde pudieran, donde alguien quisiera verlos.
donde les pagaran algo, aunque fueran unas pocas monedas. Llegaron a Tulancingo en medio de una gira que no podía detenerse y ahí, entre el olor a palomitas y el ruido de la gente, llegó al mundo el niño que cambiaría la comedia mexicana para siempre. Y lo primero que Alfonso aprendió fue una lección brutal, una lección que lo marcaría de por vida, una lección que va a saber repetirse una y otra vez hasta el final de esta historia.
La familia se moría de hambre. Guarda esa frase, grábatela en la mente, porque cada vez que la escuches va a significar algo diferente. Y cuando llegues al final vas a entender por qué esas cinco palabras fueron la brújula de toda su vida. ¿Por qué determinaron cada decisión que tomó? ¿Por qué lo persiguieron hasta la tumba? Sus primeros cuatro años los pasó de pueblo en pueblo, viendo a sus padres actuar cada noche. No conocía escuelas como los otros niños.
No conocía amigos de su edad con quienes jugar. No conocía casas con paredes fijas y techos que no se movieran con el viento. No conocía la estabilidad que otros niños daban por sentada. Dormía en camerinos improvisados, a veces en el suelo, sobre mantas viejas que olían a sudor y a polvo de décadas, a veces en sillas plegables que le dejaban marcas en la espalda, a veces en el mismo escenario donde sus padres habían actuado horas antes, sintiendo el olor del maquillaje y el eco de los aplausos que ya se habían ido.
Comía lo que hubiera, un taco aquí. un pan duro allá, lo que el público dejara de propina después de la función, lo que se pudiera conseguir con las pocas monedas que quedaban después de pagar el transporte al siguiente pueblo. Había noches en que no había nada. Había noches en que sus padres le decían que ya había cenado cuando en realidad no había comido. Había noches en que el hambre era tan fuerte que no podía dormir. Y entonces sus padres tomaron una decisión que lo marcó para siempre.
Una decisión que él nunca olvidó. Una decisión que décadas después seguiría doliendo como el primer día. No podían seguir llevándolo de gira. El niño necesitaba estabilidad, necesitaba escuela, necesitaba un hogar que no se moviera cada semana. Lo mandaron a vivir con su abuela en la ciudad de México, colonia Santa María la Rivera, un barrio de clase trabajadora donde las vecinas se conocían por nombre. Sus padres siguieron de gira. La familia se moría de hambre, pero el show debía continuar.
Él se quedó solo a los 4 años. A lo mejor tú también conoces esa sensación. ser dejado atrás por las personas que más quieres, ver cómo la vida sigue para ellos mientras tú te quedas en un lugar que no elegiste. Preguntarte en las noches, cuando todo está oscuro y silencioso, si te dejaron porque no te querían o porque no tenían otra opción. Preguntarte si algún día van a volver por ti. Preguntarte si ya te olvidaron. Alfonso creció con esa herida.
una herida invisible que nadie podía ver, pero que él sentía cada día. Una herida que nunca cicatrizó del todo, que se abría cada vez que veía a otros niños con sus padres, cada vez que alguien le preguntaba por su familia y la cargó en silencio durante décadas. Pero aquí viene lo primero que nadie te cuenta sobre Alfonso Zallas. Ese niño abandonado, ese niño que creció sin sus padres, ese niño que pasó hambre y soledad, juró algo con toda la fuerza de su corazón infantil.
Nunca jamás sería actor. Había visto demasiado. Había sufrido demasiado. Había pasado demasiada hambre por culpa de ese oficio maldito que había destruido a su familia. Yo no quería ser actor, confesó años después en una entrevista. Yo ya había visto a toda mi familia que se moría de hambre. Era muy difícil vivir de la carpa. Años después, cuando ya era adolescente, se mudó a la colonia Portales. Ahí pasó su juventud. Ahí terminó de formarse como persona. Ahí tomó una decisión que parecía definitiva.
Buscó un trabajo estable, un trabajo que pagara las cuentas sin importar si el público aplaudía o no, un trabajo que le diera seguridad. Consiguió empleo en Televicentro, lo que hoy conocemos como Televisa, pero no como actor, como técnico. Era Flor Manager, el tipo invisible que corre detrás de cámaras con un micrófono en la oreja, asegurándose de que todo funcione para que otros brillen. Yo empecé como floor manager cuando empezaba la televisión. Contó. Yo no quería ser actor porque toda mi familia se moría de hambre.
Pasaba 12 horas al día viendo a otros brillar, escuchando los aplausos que eran para otros, cobrando su sueldo fijo cada quincena, feliz de no ser artista, feliz de no morirse de hambre como sus padres. Y entonces el destino le jugó la broma más cruel de su vida. Un hombre lo observó trabajando. No estaba viendo cómo manejaba los cables ni cómo daba indicaciones. Estaba viendo algo más profundo, una chispa en sus ojos, un carisma natural que no se podía fingir.
Ese hombre era Roberto Gómez Bolaños. Chespirito, el creador del Chavo del Ocho, el hombre más importante de la comedia latinoamericana, le ofreció actuar en uno de sus programas. Y Alfonso dijo que no. Chespirito insistió. Explicó que era un papel pequeño, que no requería experiencia. Alfonso volvió a decir que no. Mi familia se moría de hambre siendo actores. Yo no voy a cometer el mismo error. Esto pasó varias veces. El hombre más importante de la comedia mexicana rogándole a un técnico que actuara.
y el técnico terco como una mula, diciendo que no una y otra vez. Pero Chespirito no se rendía fácilmente. Había construido su imperio siendo persistente. Y eventualmente después de mucha insistencia, Alfonso cedió. Fue un papel pequeño, casi invisible, unas pocas líneas que cualquiera podía decir y algo pasó que nadie esperaba. La gente se reía, no de él, con él. Tenía un don natural para la comedia que no sabía que existía, una forma de moverse que hacía que la audiencia conectara instantáneamente.
Y aquí viene lo irónico. Lo que juró nunca ser, terminó salvándolo. Y no solo a él, pero eso viene después. Guarda este momento porque vas a entender por qué el destino tiene un sentido del humor tan cruel. Pero antes de contarte cómo se convirtió en estrella, necesitas saber algo sobre su familia, algo que casi nadie conoce, algo que explica por qué, a pesar de todo, estaba destinado a brillar. ¿Recuerdas el documento que te prometí? El que prueba que pertenecía a una dinastía del entretenimiento.
Aquí viene. Alfonso Zayas. No era solo hijo de carperos pobres. Era parte de una de las familias más poderosas del espectáculo mexicano. Una dinastía que abarcaba tres generaciones de actores y comediantes. Su tío abuelo era Miguel Inclán. ¿No te suena el nombre? Piensa en nosotros los pobres. La película que hizo llorar a todo México. Piensa en el villano. Piensa en el marihuano, el malo que tu abuela odiaba. Ese era Miguel Inclán. Ese era el tío abuelo de Alfonso Zallas.
Su tío era Raúl Chato Padilla. Tampoco te suena, ¿verdad? Piensa en el Chavo del Ocho, piensa en el cartero que se caía de la bicicleta, piensa en qué bruto, póngale cero. Ese era Jaimito el cartero. Ese era el tío de Alfonso Zallas. Sus primos eran Rafael Inclán, que después se convertiría en leyenda del cine de ficheras junto a él. Raúl Padilla, Chóforo, otro comediante famoso, y Alfonso Obregón. Alfonso Obregón. Claro que lo conoces, solo que no sabías que era primo de Alfonso Zayas.
Alfonso Obregón es la voz de Shrek en español. Cada vez que escuchas a Logro Verde hablar, cada vez que dice burro o fuera de mi pantano, estás escuchando al primo de Alfonso Zallas. También es la voz de Box Bunny en Space Jam, el villano del cine de oro, Jaimito el cartero, la voz de Shrek. Todos de la misma familia, todos zaya sin clan. Piensa en eso un momento. El niño que juró nunca ser actor tenía actuación en la sangre.
Tres generaciones de su familia habían dedicado su vida al espectáculo. Guarda este dato de la dinastía porque explica algo que viene más adelante. Un día, el actor Mauricio Garcés le hizo un favor que cambiaría el curso de su vida. Lo recomendó para una obra de teatro llamada Irma la Dulce. Era 1961. La obra estaba protagonizada por Silvia Pinal y Julio Alemán en el teatro de los insurgentes. Alfonso consiguió un papel pequeño, pero estaba ahí respirando el mismo aire que las estrellas, y descubrió algo que lo sorprendió.
Amaba el teatro más que el cine o la televisión. El teatro siempre fue lo más importante para mí”, confesaría décadas después. En 1969 llegó La Criada Bien criada, un programa que duró 14 años entrando a los hogares cada semana, pero en 1978 todo cambió de una manera que nadie pudo predecir. Un director llamado Gilberto Martínez Solares lo vio en una película olvidable. Este era el mismo hombre que había descubierto a Tintan décadas antes, un hombre con ojo para el talento.
Y lo que vio en Alfonso lo convenció de algo revolucionario. Este hombre feo, bajito, sin músculos, sin nada de lo que debería tener un protagonista de cine, era perfecto precisamente por eso. Atención, porque aquí llega la primera de las cuatro cosas que casi nadie se atreve a contar sobre Alfonso Zallas. El nacimiento del cine de ficheras no fue un accidente cultural, no fue un capricho de productores vulgares, fue una estrategia desesperada para salvar una industria que estaba muriendo.
A finales de los 70, el cine mexicano agonizaba. Las películas de Hollywood dominaban las taquillas con sus efectos especiales imposibles. Star Wars había cambiado todo. Los estudios mexicanos no podían competir. Quebraban uno tras otro. Las salas proyectaban películas extranjeras porque las nacionales no vendían boletos. Miles de familias que dependían de la industria perdían todo. Camarógrafos que habían trabajado décadas quedaban en la calle. Técnicos sin empleo, maquillistas sin trabajo, actores sin papeles. La familia se moría de hambre.
Pero esta vez no era solo la familia de Alfonso, era toda la industria cinematográfica mexicana. Y entonces surgió una idea loca, desesperada, casi suicida. Hacer películas baratas, muy baratas, filmarlas en una semana para reducir costos con humor que el pueblo entendiera no comedias intelectuales, con mujeres hermosas y con un protagonista que no fuera un galán inalcanzable. Necesitaban a alguien como el público, alguien normal, alguien que pudiera ser tu vecino, tu compadre, el tipo que vende tacos en la esquina.
Necesitaban a Alfonso Zallas. La primera película importante fue Noches de Cabaret en 1978. Alfonso compartía pantalla con Jorge Rivero, el galán oficial, y con Carmen Salinas. También estaba Rafael Inclán, su primo. El día del estreno las críticas fueron devastadoras. Los periódicos la llamaban vulgar, ordinaria, una vergüenza para el cine nacional. Y entonces pasó algo que nadie esperaba. La gente llenó los cines. No estamos hablando de salas medio vacías. 4000 personas por función, 5000 filas que daban la vuelta a la manzana.
Alfonso Zallas, el técnico que no quería ser actor, se convirtió de la noche a la mañana en el actor más taquillero de México. Más taquillero que Silvester Stalón, más que cualquier película de Hollywood. 1978. Un técnico que trabajaba detrás de cámaras. 1980, el actor más taquillero del país. Dos años de las sombras a la cima absoluta. Las críticas seguían odiándolo. Los periódicos seguían llamándolo vulgar. Alfonso tenía una respuesta. Se hizo para divertir al pueblo, no a los críticos.
Y el pueblo lo amaba. Y aquí viene lo que nadie entiende, lo que hace que esta historia sea tan irónica que parece inventada. Lo que Alfonso juró nunca ser. Terminó salvando a miles de familias. El cine de ficheras dio trabajo a todos los que Hollywood había dejado en la calle. Camarógrafos que no tenían para comer volvieron a trabajar. Técnicos olvidados encontraron empleo. Actores secundarios tuvieron una segunda oportunidad. Maquillistas, iluminadores, sonidistas. Todos volvieron a cobrar un sueldo. La familia se moría de hambre.
Le habían enseñado de niño y él, sin quererlo, sin planearlo, se convirtió en el hombre que les dio de comer a todos. Pero eso no es todo. Hay algo más que nadie cuenta sobre el éxito de Alfonso. El sistema de producción era una locura. Filmaban una película entera en cinco o se días. A veces menos. Los actores llegaban al set a las 6 de la mañana y no se iban hasta la medianoche. Aprendían sus líneas en el camión de camino a la locación.
Alfonso era una máquina. Podía memorizar un guion completo en una noche. Podía improvisar escenas enteras cuando algo no funcionaba. Podía hacer llorar de risa al equipo técnico mientras filmaban. y lo hacía película tras película, sin descanso, sin vacaciones, sin quejarse. “Había que trabajar”, decía. La familia se moría de hambre. Durante la siguiente década filmó más de 100 películas. La pulquería, El día de los albañiles, Los Verduleros, El Ratero de la Vecindad, Trescheros muy picudos, El Rey de las ficheras, macho que ladra no muerde, El Garañón, las cariñosas albures mexicanos.
Los títulos eran ridículos, las tramas eran predecibles, los críticos las odiaban y la gente hacía fila para verlas. Había semanas en las que tenía dos películas diferentes en cartelera al mismo tiempo, dos películas compitiendo entre sí y ambas llenaban los cines. Los productores hacían fila para contratarlo. Le ofrecían lo que fuera con tal de tenerlo en sus películas. Porque donde estaba Alfonso Zayas estaba el éxito garantizado. ¿Por qué funcionaban estas películas? Porque Alfonso Zallas representaba algo que el público mexicano entendía en lo más profundo.
Era el hombre común que, a pesar de no tener nada especial, conquistaba a las mujeres más hermosas. Era el albañil sudoroso que se quedaba con la vedet. Era el verdulero del mercado que enamoraba a la actriz. era la fantasía del barrio hecha realidad. En México todos se sienten galanes”, explicó una vez Alfonso. Todos se sienten graciosos, todos se sienten capaces de conquistar a cualquier mujer. Era el antigalán que todos querían ser, el tipo feo que ganaba, el perdedor que se llevaba el premio mayor.
Pero aquí viene la parte que nadie te cuenta, la parte que demuestra que sus películas no eran solo fantasía. que el antigalán de la pantalla era un conquistador de verdad. ¿Recuerdas la confesión de Maribel Guardia que te prometí? La razón por la que lo eligió sobre Andrés García. Ya casi llegamos a esa revelación, pero primero necesitas entender el contexto completo. Prepárate porque lo que viene cambia todo lo que creías saber sobre este hombre. Aquí viene la segunda revelación y esta va seguida de otra que te va a dejar con la boca abierta.
Dos revelaciones juntas. El momento más fuerte de esta historia. Maribel Guardia llegó a México en 1978. Tenía 19 años. Acababa de ganar un concurso de belleza en Costa Rica que la coronó como la mujer más hermosa de Centroamérica. Era, según todos los que la vieron en persona, la mujer más deslumbrante que había pisado el país en décadas. Todos los hombres del medio querían conquistarla. Andrés García, el galán más codiciado de las telenovelas, el hombre con el cuerpo perfecto y la cara de revista, intentó invitarla a salir.
Los actores de cine hacían fila para hablar con ella en los eventos. Los productores le ofrecían papeles protagónicos solo para tenerla cerca, pero ella eligió a Alfonso Zayas, el hombre que no era guapo, el hombre que no era alto, el hombre que no tenía músculos ni mandíbula cuadrada, el hombre que hacía películas que los críticos despreciaban. ¿Cómo era posible? ¿Qué tenía ese hombre que los galanes de telenovela no tenían? Tenía yo 19 años cuando lo conocí”, confesó Maribel años después en una entrevista con Gustavo Adolfo Infante.
La verdad es que fue solo un ratito, pero se portó siempre como un caballero. Nunca me faltó al respeto. Cuando le preguntaron por qué lo eligió a él sobre Andrés García, sobre todos los galanes que la perseguían, su respuesta fue simple y devastadora. No era el más guapo, pero su sentido del humor era muy atractivo. Me hacía reír como nadie. Piensa en eso un momento. La mujer más hermosa de México prefirió al comediante sobre el galán. Prefirió las risas sobre los músculos.
prefirió la personalidad sobre la apariencia. Manuel, Flaco Ibáñez lo confirmó en otra entrevista. El que la trajo movida fue Zayas. Maribel estaba enloquecida por Zayas. No le hacía caso a nadie más. Los galanes se morían de la envidia. El romance terminó cuando Maribel conoció a Joan Sebastián, pero Alfonso, fiel a su estilo, nunca habló mal de ella. Nunca reveló detalles íntimos, nunca la atacó en entrevistas. Un caballero no tiene memoria”, decía cuando le preguntaban, y eso era parte de su secreto.
Alfonso trataba a las mujeres con respeto, no las exhibía, no las humillaba, no presumía de sus conquistas en público. Pero aquí viene algo que casi nadie sabe, algo que demuestra que el romance con Maribel no fue una excepción. Años después de que terminó con Alfonso, Maribel tuvo otro romance. ¿Con quién? Con Rafael Inclán, el primo de Alfonso, el otro protagonista del cine de ficheras. Los primos Zaya Sin Clan compartían más que la sangre y el escenario. Compartían gustos en mujeres también.
Y la lista de Alfonso no terminaba en Maribel ni de lejos. Lorena Herrera, la rubia de las telenovelas, que después se convertiría en conductora. Sasha Montenegro, la actriz que fue primera dama de México cuando se casó con el expresidente José López Portillo. Angélica Chain, una de las vedets más famosas de los 70. Lina Santos, otra leyenda del cine de ficheras. Grace Renat, Rebeca Silva y decenas más cuyos nombres nunca salieron a la luz. Se casó siete veces, siete matrimonios oficiales, siete mujeres que en algún momento creyeron que serían la última, siete ceremonias, siete promesas de amor eterno.
Tuvo nueve hijos de diferentes relaciones, nueve vidas que dependían de él, nueve bocas que alimentar, nueve razones para seguir trabajando sin parar. Y entonces vino esa declaración que dejó a México con la boca abierta, la que escuchaste al principio de este video. Una vez escuché a Andrés García decir que él había estado casi con 2000 mujeres y yo ando por ahí y no de hablador como él. No de hablador como él. El comediante feo diciendo que había conquistado más mujeres que el galán más guapo de México y diciéndolo con la tranquilidad de quien sabe que es verdad.
Rafael Inclán lo confirmó. De los actores y galanes, Andrés García era guapísimo, pero de los comediantes, Zayas. Zayas era otra cosa. El hombre que todo México veía como el feo, como el antigalán, era en realidad el conquistador más exitoso del cine mexicano. Pero el precio real no fue el dinero. El precio real fue otra cosa, algo que Alfonso nunca pudo pagar por completo, algo que lo persiguió hasta el último día de su vida. A lo mejor tú también has tomado decisiones que te persiguen todavía, cosas que hiciste pensando que eran buena idea, negocios que no
podían fallar, matrimonios que iban a durar para siempre y que terminaron destruyendo todo lo que habías construido con años de trabajo. Alfonso ganó millones de pesos en su época dorada. El dinero entraba más rápido de lo que podía gastarlo. Compró casas en las mejores zonas de la Ciudad de México y Cuernavaca. Compró lujo que cambiaba cada año. Vivía como rey, pero se divorció siete veces y cada divorcio le costó una fortuna. No estamos hablando de separaciones amigables donde cada quien se va por su lado.
Estamos hablando de batallas legales que duraban años, de abogados que cobraban miles de pesos por hora, de juicios interminables que drenaban sus cuentas de banco. Pensiones alimenticias para nueve hijos que crecían y cada vez necesitaban más. Escuelas privadas, doctores, ropa, colegiaturas. Todos los meses sin falta, por años y años, repartición de bienes con cada esposa, casas que tenía que vender para pagarles, carros que perdía en los divorcios, ahorros que desaparecían en cuanto los firmaba un juez. Y entonces tomó la peor decisión de su vida, la decisión que lo destruiría para siempre.
Abrió un centro nocturno de cinco estrellas en Cuernavaca. Era una idea brillante, pensó Cuernavaca. Era la ciudad de fin de semana para los ricos de la capital. Un lugar elegante donde la gente pudiera ir a divertirse con su nombre en la entrada. Le daría ingresos pasivos para el resto de su vida. Invirtió todo lo que tenía, todo. Hipotecó las propiedades que le quedaban. Pidió préstamos a los bancos. Pidió dinero a amigos. puso hasta el último peso que tenía en ese proyecto.
Pero Alfonso era actor, no era empresario, no sabía leer balances ni estados financieros, no sabía manejar empleados problemáticos, no sabía negociar con proveedores que querían aprovecharse. Le faltaba lo que se necesita para ser buen empresario, escribió un periodista años después. Básicamente porque Alfonso era una persona demasiado buena. Se dejaba robar por sus propios empleados. El gerente le robaba, los meseros le robaban, los proveedores le cobraban el doble y él pagaba sin revisar. No sabía decir que no cuando alguien le pedía un favor.
Si un amigo necesitaba dinero, se lo daba. Si un empleado llegaba con una historia triste, le creía. El negocio fracasó en menos de 2 años y con él se fue absolutamente todo. 1985, el actor más taquillero de México, millonario. 1995, perseguido por el SAT, sin un peso, arruinado, 10 años de la cima al abismo. Las deudas se acumularon. Los acreedores llamaban a su puerta. El SAT lo perseguía. La familia se moría de hambre. le habían enseñado de niño y ahora, después de décadas de éxito, estaba volviendo al punto de partida.
Pero de esa ruina, de ese momento más bajo, salió algo que el destino no tenía planeado. En las oficinas del SAT, mientras intentaba arreglar su situación fiscal, conoció a una mujer. Se llamaba Libia García. Tenía 31 años menos que él. Y algo hizo clic entre ellos, algo que no tenía que ver con la fama ni con el dinero, porque ya no tenía ninguna de las dos cosas. Se casaron su octavo y último matrimonio. Libia no lo conoció como estrella de cine.
No lo conoció en una fiesta de Hollywood ni en un set de filmación. Lo conoció cuando estaba en su peor momento, cuando no tenía nada que ofrecer más que él mismo. Conocía al hombre, no a la estrella, diría después. Y el hombre era maravilloso. Ella estuvo con él los últimos 22 años de su vida. Cuando todos los demás se fueron buscando fama y dinero que Alfonso ya no tenía, ella se quedó. Yo puedo platicar de Alfonso Zayas, el hombre, diría Libia después de su muerte.
Mi esposo por 22 años, ¿cómo lo recuerdo? Con amor. No tuve otra cosa más que amor. Pero ahora llegamos a la parte más oscura de esta historia, la parte que Alfonso nunca quiso contar. ¿Recuerdas la grabación que te mencioné al principio? la entrevista donde confiesa con la voz quebrada lo que pasó con su hijo. Ya casi llegamos y cuando la escuches vas a entender por qué solo habló de esto una vez en toda su vida. Y ahora sí, la tercera revelación.
Esta es quizás la más dolorosa de todas. la que explica por qué detrás de cada risa de Alfonso Zayas había una lágrima escondida. Alfonso tuvo nueve hijos, pero su primogénito, su primer hijo, el niño que lo convirtió en padre por primera vez, el que le enseñó lo que significaba amar incondicionalmente a otra persona, murió antes que él. Era piloto de helicópteros. Había estudiado aviación desde joven. Había conseguido todas sus licencias y certificaciones. Trabajaba para una compañía privada haciendo vuelos de inspección y transporte ejecutivo.
Un profesional respetado que había encontrado su propio camino lejos de la sombra de su famoso padre. No quiso ser actor como Alfonso. Eligió los cielos. Eligió la libertad de volar. Eligió un camino completamente diferente. Un día de 2005 subió a un helicóptero pequeño al que Alfonso llamaba cariñosamente el mosco para una inspección rutinaria. Era un vuelo corto, nada complicado, algo que había hecho cientos de veces antes sin ningún problema. El clima estaba bien, las condiciones eran normales, no había ninguna razón para preocuparse.
Alfonso estaba trabajando en un set de filmación cuando recibió la llamada. Nadie sabe exactamente qué palabras escuchó. Nadie sabe cómo reaccionó en ese momento. Nadie sabe exactamente qué pasó en el aire, si fue una falla mecánica, si fue un error de cálculo, si fue algo que nadie pudo prever ni prevenir. Las investigaciones nunca fueron del todo concluyentes. El accidente ocurrió en San Luis Potosí. El helicóptero perdió el control y se estrelló contra un muro de piedra. Su hijo tenía 44 años.
Tenía toda una vida por delante. Tenía hijos que lo esperaban en casa. Alfonso lo contó una sola vez en toda su vida en una entrevista con Gustavo Adolfo Infante para el programa El minuto que cambió mi destino. Una entrevista que casi nadie ha visto completa porque es demasiado dolorosa. Y mientras lo contaba, algo se rompía en su voz. Algo que había mantenido guardado durante años salía a la superficie. Con ese fue el mosco”, dijo tratando de mantener la compostura que había mantenido toda su carrera.
No sé qué andaba viendo en San Luis Potosí. Estaba trabajando como siempre, haciendo lo que amaba hacer y contra un muro de piedra se estrella mi hijo. Un guamazo horrible. Ahí muere mi hijo a los 44 años. Hizo una pausa larga. Sus ojos se llenaron de lágrimas. El hombre que había hecho reír a millones de personas durante décadas estaba a punto de quebrarse frente a las cámaras. El rey de la comedia mexicana luchando por no llorar. Es lógico.
Es mi hijo. Es una persona maravillosa. Ay, es que es muy triste. Si hablo de él, a lo mejor empiezo a llorar porque nunca se me va a olvidar. Es un amor que le tuve a mi hijo. Maravilloso. No hay día que no piense en él. Gustavo Adolfo, infante que había entrevistado a cientos de celebridades, se quedó en silencio. No había nada que decir. No había forma de aliviar ese dolor. Esa fue la única vez que Alfonso habló públicamente de la muerte de su hijo.
La única vez en 16 años, porque Alfonso Zallas era el rey de la risa. Su trabajo era hacer reír a la gente. Su obligación era alegrar los hogares de México. No podía permitirse que el público lo viera llorar. No podía permitirse mostrar debilidad. La familia se moría de hambre. le habían enseñado de niño y él había aprendido que pasara lo que pasara tenía que seguir adelante, tenía que sobrevivir, tenía que trabajar, tenía que hacer reír aunque por dentro estuviera muriendo.
Siguió filmando películas después de perder a su hijo. siguió haciendo teatro, siguió apareciendo en televisión con una sonrisa, pero por dentro cargaba un dolor que nunca sanó. Tal vez tú también sabes lo que es eso. Cargar con algo que nunca le has contado a nadie, sonreír por fuera mientras por dentro te desmoronas. Hacer tu trabajo mientras una parte de ti sigue muriendo cada día. Alfonso lo hizo durante 16 años, desde 2005 hasta 2021, hasta que su cuerpo ya no pudo más.
A finales de los 90, el cine de ficheras comenzó a morir. El público había cambiado. Las nuevas generaciones querían otra cosa. El BHS y después el DVD cambiaron todo. Ya nadie iba al cine a ver películas mexicanas de comedia. Los cines que antes se llenaban con 5000 personas, ahora proyectaban películas de Hollywood. Los productores que antes hacían fila para contratarlo dejaron de llamar. Pero Alfonso se reinventó como siempre había hecho, como le habían enseñado que debía hacer.
se refugió en los videohomes, películas que iban directo a video. Seguía trabajando, seguía cobrando. No era lo mismo que llenar cines, pero era trabajo. Y entonces llegó una oportunidad inesperada que le dio una segunda vida profesional. Don Francisco, el presentador chileno más famoso de la televisión hispana, lo invitó a participar en Sábado Gigante. El programa se transmitía desde Miami y llegaba a millones de hogares en todo el continente americano, desde México hasta Argentina. Durante 10 años, Alfonso viajó a Miami cada semana para hacer sketches de comedia.
Cada semana cruzaba la frontera, se subía a un avión, llegaba a un estudio en Florida, hacía reír a millones de personas y regresaba a México. 10 años de ese ritmo agotador a los 60 y tantos años, 10 años reinventándose cuando la mayoría de los actores de su generación ya se habían retirado. 10 años demostrando que el talento no tiene fecha de caducidad. 10 años probando que Alfonso Zayas seguía siendo relevante. La familia se moría de hambre, le habían enseñado, y él siempre encontraba la forma de salir adelante.
No importaba qué obstáculo se pusiera en su camino. A pesar de los siete divorcios que le costaron fortunas, a pesar de la ruina económica que lo dejó sin nada, a pesar de la muerte de su hijo que le partió el alma, a pesar del cáncer de próstata que combatió en silencio, a pesar del cáncer de piel que enfrentó sin quejarse, a pesar de la peritonitis que casi lo mata y que lo tuvo hospitalizado durante semanas. Alfonso Zayas sobrevivió a todo lo que la vida le lanzó.
En sus últimos años siguió trabajando en teatro porque era lo que más amaba. hizo una obra llamada La Semesienta, junto a sus viejos compañeros del cine de ficheras, Rafael Inlán, Luis de Alba, Alberto Rojas el caballo. Juntos recorrieron México y Estados Unidos llevando risas a la gente. En 2017 filmó su última película Buscando Nirvana junto a Edgar Vivar, el señor barriga del Chavo del Ocho. tenía 76 años y seguía frente a las cámaras haciendo lo que había hecho toda su vida.
Y entonces llegó la pandemia. En 2020, Alfonso tenía 79 años. Vivía en Cuernavaca con Libia. Se encerró por completo para proteger su salud frágil. “Ya quiero que termine esta pandemia”, dijo en febrero de 2021. Mi esposa me cuida mucho. Vienen mis hijas a saludarme desde lejos a través de la ventana, pero no puedo salir. Llevaba más de un año encerrado, sin pisar un escenario, sin sentir el aplauso del público, un año esperando que el mundo volviera a la normalidad.
Y entonces llegó su cumpleaños número 80, el 30 de junio de 2021. Alfonso estaba internado en un hospital. Su salud era frágil. Los médicos no querían dejarlo salir. El riesgo era demasiado alto. Pero él tenía un deseo, un deseo que valía más que cualquier riesgo. “Déjenme salir a pasar mis 80 años con mis hijos”, les suplicó con lágrimas en los ojos y los médicos cedieron. Ese día Alfonso celebró su cumpleaños rodeado de su familia. sus hijos, sus nietos, su esposa, todos juntos comiendo pastel, cantando las mañanitas, tomando fotos que después serían las últimas.
Fue el día más feliz de su último año de vida. 8 días después, el 8 de julio de 2021, Alfonso Zayas murió. fue un paro cardiorrespiratorio. Su corazón, que había aguantado 80 años de trabajo sin descanso, de amor sin medida, de dolor sin expresar, de pérdidas sin llorar públicamente, finalmente se rindió. La familia se moría de hambre. le habían enseñado de niño y él había pasado toda su vida luchando contra eso, trabajando sin parar, sobreviviendo a todo, pero esta vez no pudo sobrevivir.
Y ahora llegamos a la cuarta y última revelación, la que te prometí al principio. Si has llegado hasta aquí, si has caminado conmigo a través de toda esta historia, esto es para ti. La última voluntad de Alfonso Zallas no fue sobre dinero, no fue sobre fama, no fue sobre premios ni homenajes, ni reconocimientos que llegaron demasiado tarde. No fue sobre las películas que había hecho ni sobre los millones de personas que había hecho reír. Su hija Samantha lo reveló en una entrevista horas después de su muerte y sus palabras fueron como un puñetazo en el estómago para todos los que lo conocían.
Mi papá pidió ser enterrado con sus papás. Mis abuelos, no sé si ustedes saben, pero ellos también estaban dedicados al espectáculo. Somos Zaya sin clan. Mis abuelos eran carperos de toda la vida. artistas de carpa que iban de pueblo en pueblo sin saber si iban a comer al día siguiente. Están enterrados en el panteón jardín y mi papá, su última petición, lo único que pidió antes de morir fue que fuera enterrado con ellos. Piensa en eso un momento.
El hombre que conquistó a miles de mujeres, el actor más taquillero de México durante más de una década, el rey de la picardía y el doble sentido. El antigalán que derrotó a todos los galanes de Hollywood y de las telenovelas. El hombre que ganó millones de pesos y perdió millones de pesos. Su último deseo no tenía nada que ver con su fama, ni con su fortuna, ni con su legado cinematográfico. Su último deseo fue volver donde todo empezó, con los padres que lo dejaron con su abuela cuando tenía 4 años porque no podían alimentarlo con
los carperos que se morían de hambre recorriendo pueblos con su teatro ambulante, con los artistas que nunca tuvieron dinero, ni fama, ni éxito, pero que le dieron todo lo que tenían. Libia, su viuda, lo confirmó entre lágrimas en otra entrevista días después del funeral. Nosotros vivimos en Cuernavaca. Teníamos nuestra vida ahí. Podíamos haberlo enterrado en Cuernavaca, cerca de nuestra casa. Sin embargo, siempre lo platicamos muchas veces a lo largo de los años. me decía, “Mientras no sea otra cosa gorda, yo no quiero que me incineren.
Quiero estar con mis papás en el panteón jardín. Quiero volver con ellos. Es donde pertenezco. Es donde pertenezco.” Esas fueron sus palabras exactas. El hombre más exitoso de su familia, el único que salió de la pobreza generacional, el único que llenó cines de 5000 personas y ganó millones de pesos. Sentía que pertenecía con los que se morían de hambre. sentía que ese era su lugar verdadero. Y así fue. El 10 de julio de 2021, Alfonso Zallas fue enterrado junto a sus padres en el panteón jardín.
La familia se moría de hambre, le habían dicho cuando era niño. Y él pasó 80 años demostrando que podía sobrevivir, que podía triunfar, que podía conquistar mujeres y llenar cines y hacer reír a millones. Pero al final, después de todo lo que logró, solo quiso volver con ellos, con los que se morían de hambre, con los que nunca tuvieron nada, con los que le dieron todo, aunque no tuvieran nada que dar. Quizá tú también has sentido eso alguna vez, el deseo de volver al principio, de cerrar el círculo, de terminar donde todo comenzó, aunque hayas tenido éxito, aunque hayas llegado más lejos de lo que jamás imaginaron, al final uno siempre quiere volver a casa.
Alfonso lo logró después de 80 años, después de más de 170 películas, después de siete matrimonios y nueve hijos, después de hacer reír a millones mientras lloraba la muerte de su hijo. Finalmente volvió a casa. Su hija reveló algo más ese día. Quiero ser recordado por mis hijos, mis nietas, mis bisnietas. Yo quisiera que me recordaran por mi apellido, no por sus películas, no por su fama, no por sus conquistas, por su familia. El hombre que hizo reír a millones solo quería ser recordado como padre.
Hoy, 4 años después de su muerte, Alfonso Zaya sigue siendo el actor más importante del cine de ficheras. Un género que la crítica despreciaba, pero que el pueblo amaba. Un género que salvó a la industria cinematográfica mexicana cuando nadie más podía. Un género que definió una época de la cultura popular latinoamericana que nunca volverá. Rafael Inclan, su primo y compañero de mil batallas en las películas de ficheras, sigue actuando a los 81 años, sigue subiendo a los escenarios cada fin de semana, sigue haciendo reír a la gente como lo hacía junto a Alfonso hace 40 años.
A veces, cuando le preguntan por su primo, los ojos se le ponen rojos y tiene que cambiar de tema. Libia, la mujer que lo conoció cuando no tenía nada y se quedó con él 22 años, vive en Cuernavaca, en la misma casa donde pasaron sus últimos años juntos. Guardafos, cartas, objetos que le recuerdan al hombre del que se enamoró en las oficinas del SAT. A veces pone sus películas y se ríe sola, recordando los buenos tiempos. Sus ocho hijos restantes llevan el apellido que él tanto quería preservar.
Zayas, el apellido de los carperos que se morían de hambre, el apellido que ahora representa una leyenda de la comedia mexicana. Algunos siguieron en el espectáculo, otros eligieron caminos diferentes, pero todos llevan su sangre y su apellido. El cine de ficheras ya no existe como género activo. Las películas que llenaban los cines en los 80 ahora se ven como reliquias de otra época, artefactos culturales de un México que ya no existe, de un tiempo antes de internet, antes de Netflix, antes de que el mundo cambiara para siempre.
Pero de vez en cuando alguien pone una película de Alfonso Zallas en la televisión. Un padre de 50 años que quiere mostrarle a sus hijos lo que veía cuando era joven y se reía hasta llorar. Una abuela que recuerda cuando iba al cine con su esposo los sábados por la noche a ver el día de los albañiles. Un nieto que encuentra un DVD viejo en una caja olvidada y decide ver qué es eso que tanto les gustaba a sus abuelos.
Y una nueva generación descubre al hombre que no era guapo, que no era alto, que no tenía nada de lo que se suponía que debía tener un galán de cine. Al hombre que desafió todas las reglas de la industria y ganó, al hombre que le robó novias a Andrés García sin tener músculos ni cara de revista. Y se ríen como se reían sus abuelos hace 40 años, como se reían sus padres hace 30, como se seguirán riendo las generaciones que vendrán.
Porque Alfonso Zallas tenía razón desde el principio. Sus películas se hicieron para divertir al pueblo, no para ganar premios, no para impresionar a los críticos de cine que escribían en periódicos que nadie leía, no para quedar en la historia como obras maestras del séptimo arte. se hicieron para hacer reír a la gente después de un día largo de trabajo para que las familias fueran juntas al cine los sábados por la noche para que el público se olvidara de sus problemas durante 2 horas para que el albañil, el taxista, el vendedor de tacos, se sintiera identificado
con el protagonista que conquistaba a las mujeres más hermosas Y en eso Alfonso fue un genio, un genio que los intelectuales nunca entendieron, pero que millones de mexicanos amaron con todo el corazón. Y el pueblo, 40 años después de su época dorada, sigue riéndose con sus películas. Alfonso Zas nació en una carpa de circo mientras sus padres estaban de gira buscando pueblos donde alguien quisiera verlos actuar. Llegó al mundo entre telones y vestuarios, sin saber que esa sería la primera señal de lo que vendría.
Creció sin sus padres, con su abuela, en un barrio de clase trabajadora de la ciudad de México. Juró nunca ser actor porque la familia se moría de hambre. Juró que nunca repetiría el error de sus padres y terminó siendo el actor más taquillero de México. Superó a Stalón en las taquillas. Llenó cines de 4,000 personas mientras Hollywood no podía competir contra él. Le robó novias a Andrés García, el hombre más guapo de México, sin ser guapo él mismo, sin tener el cuerpo de Galán, sin tener la cara de revista.
conquistó a Maribel Guardia cuando ella tenía 19 años y todos los galanes del país la perseguían desesperadamente. La conquistó con risas, no con músculos, con humor, no con abdominales. Se casó siete veces porque creía en el amor con una inocencia casi infantil, aunque el amor no siempre creyó en él. tuvo nueve hijos que fueron su mayor orgullo y su razón para seguir trabajando sin descanso. Ganó millones de pesos en su época dorada y los perdió todos en un negocio fallido y siete divorcios que le costaron fortunas en abogados y pensiones.
Perdió a su hijo mayor en un accidente de helicóptero que lo destrozó por dentro y que nunca pudo superar. Nunca lo superó. cargó ese dolor en silencio durante 16 años largos, mientras seguía haciendo reír a México entero como si nada hubiera pasado. Y al final, después de 80 años de vida llena de éxitos y fracasos, después de más de 170 películas que hicieron reír a generaciones enteras, después de todo el éxito y todo el fracaso y todo el dolor que cargó en silencio, solo quiso volver con sus padres.
La familia se moría de hambre. le habían enseñado cuando era niño. Esa fue la lección que marcó cada decisión de su vida y él demostró que se podía sobrevivir, que se podía triunfar, que se podía hacer reír a millones de personas mientras por dentro el corazón se rompía pedazo a pedazo y después de 80 años de lucha, finalmente pudo descansar junto a los carperos que se morían de hambre, junto a los padres que lo dejaron con su abuela cuando tenía 4 años.
junto a los artistas que le dieron todo aunque no tuvieran nada que dar. Esa es la historia completa de Alfonso Zallas, el rey de la risa que murió con el corazón roto, el hombre que hizo reír a México mientras lloraba en silencio. El antigalán que conquistó más mujeres que todos los galanes juntos. El hijo de carperos que salvó a toda una industria, el padre que solo quería ser recordado por su apellido. Nada más, nada menos. Si esta historia te tocó el corazón, suscríbete al canal y activa la campanita, porque hay más historias como esta, muchas más.
Historias de personas que el público creía conocer, pero que escondían dolor detrás de la sonrisa. Historias de artistas que dieron todo por hacernos reír, por hacernos llorar, por hacernos sentir mientras ellos mismos sufrían en silencio. Comparte este video con alguien que haya crecido viendo las películas de Alfonso Zayas, con alguien que necesite saber la verdad detrás del rey de la risa con alguien que merezca conocer esta historia. Déjame un comentario contándome qué parte de la historia de Alfonso te impactó más.
Fue la confesión sobre su hijo? ¿Fue el romance con Maribel Guardia? ¿Fue su último deseo de ser enterrado con sus padres? Quiero saber qué sentiste. Quiero saber qué pensaste. La próxima semana vuelvo con otra historia que te va a dejar con la boca abierta. Las otras tragedias del cine de ficheras, los actores que brillaron junto a Alfonso Zayas y terminaron destruidos por la fama, el dinero, las drogas y el olvido. Los que sobrevivieron contra todo pronóstico y los que no pudieron, porque el cine de ficheras fue mucho más que simples películas de comedia.
Fue un mundo de excesos, de fama repentina, de fortunas ganadas y perdidas, de amores imposibles y tragedias devastadoras. Y Alfonso Zallas fue solo una de esas historias.
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