42 minutos. Ese fue el tiempo exacto que tardó un político en destruir su propia imagen frente a millones de mexicanos. No con un escándalo de corrupción ni con un video filtrado, simplemente sentándose frente a un payaso de pelo verde que sabía exactamente qué preguntar. La peluca verde estaba tirada en el piso del camerino junto a una taza de café frío y tres folders repletos de documentos que Víctor había estado leyendo durante las últimas 6 horas.
Las paredes del pequeño cuarto olían a maquillaje viejo y sudor acumulado de años de programas matutinos. En la puerta alguien tocó con urgencia. Era Lucía, su productora, con el rostro descompuesto y el celular en la mano, mostrando un tweet que acababa de publicar Alito Moreno hace 3 minutos. Mañana voy a donde el payasito ese a ver si tiene los huevos de preguntarme en mi cara lo que dice en su programa pedorro. Víctor leyó el mensaje dos veces.
Sintió como la adrenalina le recorría el cuerpo y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro de 64 años. Esto ya no era una entrevista, era un duelo. Con movimientos precisos comenzó a transformarse en brzo. La peluca verde despeinada fue lo primero, seguida del maquillaje blanco que convertiría su rostro en la máscara del payaso más temido por la clase política mexicana. No era vanidad lo que lo mantenía frente a ese espejo cada mañana. Era responsabilidad. Broso no era solo un personaje de comedia, era una voz que muchos mexicanos sentían que los representaba, que decía lo que ellos pensaban, pero no podían expresar.
Lucía Mendoza, su productora de 42 años, entró al camerino con tres tazas de café humeante y una carpeta bajo el brazo. Era una mujer de cabello corto y lentes gruesos que llevaba trabajando con Víctor desde hacía 15 años. Había aprendido a leerlo como nadie más podía hacerlo. “Buenos días, jefe. Tengo noticias”, dijo dejando el café sobre la mesa y abriendo la carpeta. Alito Moreno aceptó la entrevista para mañana. Víctor se giró todavía con medio rostro maquillado, sus cejas levantadas en genuina sorpresa.
“En serio, Alito Moreno va a venir aquí.” “Así es. Su equipo de prensa confirmó hace una hora. Quiere hablar sobre las acusaciones de Laida Sansores, los audios filtrados y su visión para el PRI. Lucía hizo una pausa mordiéndose el labio, pero hay condiciones. Víctor suspiró y tomó un sorbo de café. Siempre había condiciones cuando los políticos accedían a entrevistas con él. Déjame adivinar. Nada de preguntas sobre la mansión de 46 millones, nada sobre los audios donde amenaza periodistas y mucho menos sobre las acusaciones de peculado.
Exactamente eso, confirmó Lucía. Su jefe de prensa, Roberto Castillo, fue muy claro. Dice que si hacemos preguntas fuera de línea, el senador Moreno terminará la entrevista inmediatamente. ¿Y qué le dijiste? que lo consultaría contigo, pero que nosotros no hacemos entrevistas con condiciones previas, que las preguntas son libres y el entrevistado es libre de responder o no. Víctor sonrió mientras terminaba de aplicarse el maquillaje. Esa era exactamente la respuesta correcta. Durante su larga carrera había entrevistado a presidentes, gobernadores, empresarios poderosos y narcotraficantes.
La regla siempre había sido la misma. En su programa las preguntas no se negociaban. Perfecto. Dile a Castillo que aceptamos la entrevista, pero bajo nuestras condiciones. Si Alito quiere venir, que venga preparado para hablar de todo. Si no le gusta alguna pregunta, puede levantarse e irse, pero nosotros vamos a preguntar lo que tengamos que preguntar. Lucía asintió y salió del camerino para hacer las llamadas necesarias. Víctor terminó de maquillarse y se puso el característico saco arrugado de brzo.
Se miró una última vez en el espejo. El payaso tenebroso lo devolvía la mirada. Esa máscara que le había dado la libertad de decir verdades que Víctor Trujillo tal vez nunca se habría atrevido a pronunciar. El programa de esa mañana transcurrió con normalidad. Bro hizo su monólogo habitual sobre la situación política del país, criticó las últimas decisiones del Congreso y exhibió con documentos en mano varios casos de corrupción que habían salido a la luz durante la semana.
Los televidentes llamaban constantemente, compartiendo sus frustraciones, sus miedos, su rabia contra un sistema que sentían los había abandonado. Después del programa, mientras el equipo de producción recogía cables y apagaba luces, Víctor se quedó sentado en el escritorio del set. A su alrededor, las pantallas mostraban imágenes congeladas de políticos, de manifestaciones de México en toda su complejidad. Pensó en Alito Moreno, en los escándalos que lo rodeaban, en su temperamento explosivo que había quedado registrado en decenas de videos virales.
Recordó el incidente más reciente con Gerardo Fernández Noroña en el Senado. Las imágenes habían dado la vuelta al país. Alito subiendo furioso al estrado, empujando a Noroña los gritos, la intervención de otros senadores. era un hombre que claramente tenía problemas para controlar sus impulsos, alguien acostumbrado a que su posición de poder le permitiera hacer y decir lo que quisiera sin consecuencias. Carlos Ramírez, el camarógrafo principal del programa, se acercó con su característica gorra de los Dodgers y una sonrisa cómplice.
“¿Ya te enteraste de la entrevista con Alito?”, preguntó mientras enrollaba un cable. Va a estar buena, jefe. Ese cabrón no aguanta nada. Con dos o tres preguntas incómodas va a explotar. No se trata de hacerlo explotar, Carlos, respondió Víctor quitándose la peluca verde. Se trata de que responda lo que los mexicanos quieren saber. Si decide explotar, ese es problema, no el nuestro. Carlos asintió, aunque su sonrisa sugería que esperaba exactamente eso, que Alito Moreno perdiera los estribos en vivo.
Sería televisión espectacular, sin duda. Pero Víctor sabía que su responsabilidad iba más allá del espectáculo. La gente confiaba en Brozo para obtener respuestas, para ver a los poderosos siendo cuestionados, para sentir que al menos en ese espacio de televisión los políticos no podían esconderse detrás de sus discursos preparados. Esa noche en su departamento en Polanco, Víctor no pudo dormir. Se quedó hasta las 3 de la mañana revisando documentos, audios filtrados, declaraciones patrimoniales, reportes periodísticos sobre Alejandro Moreno.
Cada página que leía, cada audio que escuchaba, le confirmaba lo que ya intuía. Frente a él, no solo tenía a un político controvertido, sino a alguien que representaba todo lo que estaba mal en el sistema político mexicano. Los audios eran particularmente reveladores. En uno de ellos se escuchaba a Alito hablando con lenguaje altisonante sobre extorsionar a empresarios, prometiendo chingarlos si no cooperaban. En otro alardeaba sobre conseguir 25 millones de pesos de Cinépolis, quejándose de que esperaba sacar 300 millones.
Pero el más perturbador era aquel donde decía, “A los periodistas no hay que matarlos a balazos, papá. Hay que matarlos de hambre.” Víctor cerró la laptop y se sirvió un whisky. Miró por la ventana hacia las luces de la ciudad que nunca dormía. pensó en Carolina, su difunta esposa, quien había sido la creadora original de muchos de sus personajes y quien siempre le recordaba la importancia de su trabajo. Ella había muerto hacía 21 años, pero su voz seguía resonando en su mente en momentos como este.
No estás aquí para ser amable con los poderosos, Víctor. Estás aquí para representar a los que no tienen voz. El miércoles por la mañana, Lucía llegó temprano al estudio con noticias. Alito aceptó mañana a las 9 de la mañana, pero su equipo insiste en revisar las preguntas con anticipación”, dijo esperando la reacción de Víctor. “La respuesta sigue siendo no”, dijo él sin dudar. Y quiero que quede claro en el contrato. Si decide retirarse en medio de la entrevista, las cámaras seguirán grabando.
Todo lo que suceda en este set es parte del programa. Lucía sabía que esa cláusula podría hacer que Alito rechazara la entrevista, pero también sabía que era necesaria. Demasiadas veces había visto a políticos usar el walkout como estrategia, retirándose de entrevistas incómodas y luego victimizándose en sus redes sociales. Durante el resto del día, Víctor preparó meticulosamente sus preguntas. No serían ataques personales ni acusaciones infundadas. Cada pregunta estaría respaldada por documentos, por audios, por testimonios verificables. Quería que Alito Moreno no tuviera escapatoria, que cada respuesta evasiva quedara evidenciada, que cada mentira fuera confrontada con hechos.
El jueves llegó con una tensión palpable en el estudio. Todo el equipo sabía que lo que estaba por suceder podría convertirse en uno de los momentos más importantes en la historia del programa. Los técnicos revisaron cada cámara tres veces. Los micrófonos fueron probados hasta el cansancio, las luces ajustadas milimétricamente. A las 8:30 de la mañana, tres camionetas negras con vidrios polarizados se estacionaron frente al edificio de Latinus. De ellas descendieron primero cuatro guardaespaldas, hombres corpulentos con trajes oscuros y lentes de sol que escanearon el área como si esperaran una emboscada.
Luego bajó Roberto Castillo, el jefe de prensa, un hombre de 40 años con expresión perpetuamente preocupada y finalmente Alejandro Moreno Cárdenas. Alito Moreno tenía 50 años, pero la vida política parecía haber dejado su huella en él. Su rostro mostraba señales de estrés crónico y sus movimientos eran los de alguien constantemente a la defensiva. Vestía un traje azul marino impecable, corbata roja y zapatos brillantes. Era la imagen del político que quiere proyectar control y poder, pero sus ojos inquietos delataban nerviosismo.
Lucía lo recibió en la recepción con profesionalismo cortés. Senador Moreno, bienvenido a Latinus. Si gusta podemos pasar al set. Víctor ya lo está esperando. Antes necesito revisar las preguntas, dijo Alito sin devolverle el saludo. Su tono era demandante. Como le informamos, senador, eso no es posible. Nuestras entrevistas se realizan sin guion previo, pero le garantizamos que todas nuestras preguntas están basadas en información verificable. El rostro de Alito se endureció. Roberto Castillo se acercó y le susurró algo al oído.
Hubo un momento de silencio incómodo donde todos en la recepción pudieron sentir como el senador consideraba dar media vuelta y marcharse, pero finalmente, con una sonrisa forzada que no alcanzaba sus ojos, asintió. Está bien, pero les advierto, si hacen preguntas fuera de lugar, me retiro y créanme, no les va a convenir tenerme como enemigo. Era una amenaza apenas velada del tipo que Alito Moreno había hecho tantas veces en su carrera. Lucía mantuvo la compostura, aunque sintió un escalofrío recorrer su espalda.
No era miedo por la amenaza en sí, sino por la confirmación de que estaban tratando con alguien que genuinamente creía que su posición lo colocaba por encima de las reglas que aplicaban a todos los demás. En el set, Broso esperaba sentado en su escritorio característico, rodeado de papeles, un vaso de agua y su actitud desenfadada que contrastaba dramáticamente con la tensión que Alito traía consigo. Cuando el senador entró, escoltado por dos de sus guardaespaldas, Víctor no se levantó, en cambio, hizo un gesto casual hacia la silla frente a él.
Senador Moreno, qué gusto tenerlo aquí. Tome asiento. Alito dudó por un segundo, esperando quizás una bienvenida más ceremoniosa, pero finalmente se sentó. Sus guardaespaldas intentaron quedarse en el set, pero Lucía intervino inmediatamente. Lo siento, caballeros, pero la seguridad privada no puede permanecer en el set durante la grabación. Pueden esperar justo afuera, tras esas puertas. Se quedan conmigo”, ordenó Alito. “Entonces no hay entrevista”, respondió Broso con una sonrisa. “Son las reglas del programa, senador. Nadie tiene tratamiento especial aquí.” Los ojos de Alito brillaron con frustración, pero después de intercambiar miradas con Roberto Castillo, hizo un gesto brusco a sus guardaespaldas para que salieran.
Una vez solos. El técnico de sonido colocó los micrófonos en ambos y el director de cámaras hizo la cuenta regresiva. Tres 2, un al aire. Bro se acomodó en su silla, sus ojos de payaso estudiando al hombre frente a él. Alito Moreno enderezó la espalda, preparándose para proyectar la imagen de un líder fuerte e inquebrantable. Ninguno de los dos podía imaginar que en los próximos minutos todo cambiaría de maneras que ninguno había anticipado. La luz roja de las cámaras se encendió y con ella comenzó el enfrentamiento que México entero estaría comentando durante semanas.
Las luces del estudio eran más intensas de lo que Alito había anticipado. Sentía cómo le hacían sudar la frente, cómo revelaban cada imperfección en su maquillaje de televisión que el equipo de Latinus le había aplicado minutos antes. Frente a él, Bro parecía completamente relajado, casi aburrido, ojeando papeles con esa actitud despreocupada que tantos políticos habían subestimado a lo largo de los años. El senador cruzó las piernas, luego las descruzó, ajustó su corbata. Todo en su lenguaje corporal gritaba incomodidad, aunque su rostro intentaba proyectar confianza.
La cuenta regresiva terminó y el programa comenzó sin ceremonia ni presentaciones floridas. Brozo simplemente alzó la vista de sus papeles y clavó sus ojos en el hombre frente a él. Durante 5 segundos completos no dijo nada, solo observó a Alito Moreno con una intensidad que hizo que el senador parpadeara primero. Era una táctica psicológica simple, pero efectiva, establecer desde el inicio quién controlaba el espacio. Cuando Broso finalmente habló, su voz tenía ese tono burlón característico que mezclaba comedia con periodismo de investigación.
le dio la bienvenida al programa Sin excesiva cortesía, sin los halagos vacíos que otros entrevistadores solían prodigar a los políticos. Alito respondió con frases preparadas sobre su compromiso con México, sobre el futuro del PRI, sobre la necesidad de una oposición fuerte. Palabras vacías que flotaban en el aire del estudio sin conectar con nada real. Broso lo dejó hablar. Era otra táctica. Permitir que el entrevistado se sintiera cómodo, que creyera que la entrevista sería manejable. Alito comenzó a relajarse visiblemente.
Su postura se abrió. Sus manos dejaron de apretar los descansabrazos de la silla. Incluso sonrió un par de veces. Esa sonrisa política practicada frente a 1000 espejos y 1000 cámaras. Entonces Broso sacó el primer folder y la temperatura del estudio pareció bajar 10 grados. La pregunta llegó sin anestesia, directa como un bisturí. Broso mencionó los audios filtrados por Laida Sansores, específicamente aquel donde Alito hablaba de extorsionar empresarios. No fue acusatorio en el tono, casi sonó casual, como quien pregunta por el clima.
Pero las palabras estaban ahí colgando en el aire, imposibles de ignorar. El cambio en alito fue instantáneo. Su mandíbula se tensó, sus ojos se entrecerraron. Durante 3 segundos que se sintieron como una eternidad, no respondió. En la cabina de control, Lucía contuvo la respiración observando los monitores. Sabía reconocer ese silencio. Lo había visto cientos de veces. Era el momento en que un político decidía entre mentir, evadir o atacar. Alito eligió atacar. Su respuesta fue una diatriba sobre persecución política, sobre cómo el gobierno de Morena había montado una campaña de desprestigio en su contra.
mencionó a Laida Sansores con un desdén apenas contenido. La acusó de manipular audios, de sacar conversaciones de contexto. Su voz subió de volumen con cada frase. Sus manos gesticulaban violentamente en el aire. Era la respuesta de alguien acostumbrado a que su rabia fuera suficiente para intimidar, para hacer que las preguntas incómodas desaparecieran. Pero Broso no se inmutó. esperó pacientemente a que Alito terminara su monólogo, asintiendo ocasionalmente como si le pareciera genuinamente interesante. Cuando el senador finalmente se quedó sin palabras, jadeando ligeramente por la intensidad de su propia indignación, Broso simplemente preguntó si los audios eran falsos.
Entonces, una pregunta simple, binaria, ¿sí o no? Alito vaciló. Cualquier persona viendo desde sus casas pudo notar esa vacilación, ese microsegundo donde sus ojos se movieron hacia un lado buscando una salida que no existía, porque decir que eran falsos lo exponía a ser desmentido con análisis forenses. Pero admitir que eran reales significaba confirmar todo lo que se decía de él. optó por una tercera vía, el refugio de los políticos acorralados, la evasión técnica. Habló sobre el derecho a la privacidad, sobre conversaciones sacadas de contexto, sobre la ilegalidad de grabar y filtrar conversaciones privadas.
Fueron casi 2 minutos de palabras que no respondían la pregunta. Broso lo dejó hablar, pero cuando terminó simplemente repitió la pregunta. Los audios son falsos o no. No había escape esta vez. En ese momento, algo cambió en los ojos de Alito. Era como ver a un animal acorralado darse cuenta de que no hay salida posible. Su siguiente respuesta fue más agresiva, preguntándole a Brozzo si alguna vez había dicho algo en privado que no quisiera que se hiciera público.
Fue un intento desesperado de voltear la entrevista, de poner al entrevistador en el banquillo. La respuesta de Brozo fue devastadora en su simplicidad. Admitió que probablemente sí, que todos han dicho cosas en privado que preferirían mantener privadas. Pero entonces agregó la distinción crucial. Él no era un funcionario público, no manejaba recursos del pueblo mexicano, no tenía el poder de arruinar empresas o vidas con una llamada telefónica. Alito Moreno, sí. El golpe aterrizó limpiamente. Alito intentó responder, pero sus palabras salieron atropelladas, desorganizadas.
por primera vez en la entrevista parecía genuinamente desestabilizado. Sus años de experiencia política, todas esas ruedas de prensa y comparecencias en el Congreso no lo habían preparado para esto, porque esto no era una confrontación entre políticos donde todos jugaban con las mismas reglas y los mismos límites. Esto era diferente. Bro abrió el segundo folder y la situación empeoró. Ahora hablaba de la mansión de 46 millones de pesos del desface entre los ingresos declarados y el patrimonio acumulado.
Citó números específicos, fechas, documentos notariales. No eran acusaciones vagas, era contabilidad forense presentada con la casualidad de quien lee una receta de cocina. Alito intentó explicar que había heredado propiedades, que tenía negocios legítimos, que sus declaraciones patrimoniales estaban en orden, pero cada explicación parecía más débil que la anterior, especialmente cuando Brozo comenzó a comparar las fechas de adquisición de propiedades con sus periodos como funcionario público. Las matemáticas simplemente no cuadraban y ambos lo sabían. Durante los siguientes 20 minutos, la entrevista se convirtió en una clase magistral de periodismo de confrontación.
Broso no levantaba la voz, no hacía acusaciones directas, simplemente presentaba información y pedía explicaciones. Pero cada pregunta era una trampa perfectamente construida, cada documento, una pieza más del rompecabezas que mostraba un patrón claro de enriquecimiento inexplicable. Alito comenzó a sudar visiblemente. El maquillaje que le habían aplicado empezaba a correrse en su frente. Sus respuestas se volvieron más cortas, más defensivas. En un momento intentó levantarse de la silla amenazando con terminar la entrevista. Brozo simplemente señaló que era libre de irse cuando quisiera, que nadie lo estaba reteniendo.
La puerta estaba ahí mismo, pero Alito no se fue. Quizás fue orgullo, quizás fue el cálculo político de que irse se vería aún peor que quedarse. Sea cual fuera la razón, volvió a sentarse. Aunque ahora su postura era completamente diferente. ya no era el senador poderoso que había entrado al estudio. Era un hombre acorralado tratando de minimizar el daño. El equipo de producción observaba fascinado desde la cabina de control. Lucía había cubierto cientos de entrevistas políticas, pero pocas veces había visto a alguien desmoronarse así en tiempo real.
Carlos, el camarógrafo, mantenía un close up perfecto del rostro de Alito, capturando cada gota de sudor, cada microexpresión de pánico apenas contenido. Entonces llegó el momento que todos los presentes recordarían después como el punto de quiebre. Broso mencionó el audio más perturbador, aquel donde Alito decía que a los periodistas había que matarlos de hambre, no a balazos. La frase completa citada textualmente resonó en el estudio como un disparo. Alito Moreno palideció visiblemente. Sus ojos se abrieron en una mezcla de shock y rabia.
Por un momento, pareció que efectivamente se levantaría y saldría del estudio. Tal vez incluso que intentaría agredir físicamente abrozo. Sus manos se cerraron en puños. Su respiración se aceleró. Todo el estudio contuvo el aliento, pero entonces, en lugar de explotar como todos esperaban, Alito hizo algo que nadie había anticipado. Se quedó completamente quieto. Su rostro pasó de la rabia al cálculo frío. Cuando habló, su voz era peligrosamente baja. Preguntó si Broso se daba cuenta de con quién estaba jugando, si entendía las consecuencias de lo que estaba haciendo.
No era una pregunta, era una amenaza. El silencio que siguió fue absoluto. En miles de hogares mexicanos, familias dejaron de desayunar para observar la pantalla. En redes sociales, los usuarios comenzaban a grabar con sus teléfonos, presintiendo que estaban siendo testigos de algo histórico. En el estudio, las cámaras seguían grabando cada segundo, cada expresión, cada palabra no dicha que flotaba en la tensión del momento. Broso se quitó los lentes que usaba como parte de su personaje y miró directamente a Alito Moreno.
Cuando habló, su voz ya no tenía el tono burlón del payaso tenebroso. Era Víctor Trujillo quien hablaba ahora y sus palabras fueron medidas, claras, imposibles de malinterpretar. Le recordó que llevaba más de 30 años en televisión, que había enfrentado amenazas de narcotraficantes, de políticos más poderosos que él, de empresarios con ejércitos de abogados. Ninguno lo había callado, ninguno lo callaría. Y si algo le pasaba a él o a su equipo, las grabaciones de esta entrevista y todo el material de investigación que tenían sobre Alito Moreno se publicarían automáticamente.
La respuesta de Alito fue intentar reír como si todo hubiera sido un malentendido, como si no acabara de amenazar veladamente a uno de los periodistas más respetados del país. Pero su risa sonaba hueca, forzada. El daño ya estaba hecho. Brozo regresó a sus folders, ignorando completamente el intento de Alito de desviar la conversación. Había más preguntas, muchas más, y la entrevista apenas iba por la mitad. El tercer folder contenía transcripciones de conversaciones telefónicas que la fiscalía de Campeche había incluido en su expediente contra Alito Moreno.
Broso comenzó a leer en voz alta. despacio, dejando que cada palabra cayera con peso en el estudio. Eran conversaciones donde el senador ordenaba despidos masivos en los medios de comunicación que había adquirido durante su gubernatura, 300 trabajadores, muchos de ellos adultos mayores o personas con enfermedades crónicas, despedidos sin liquidación, como represalia contra la gobernadora Laida Sansores, por no otorgarle publicidad oficial. Alito intentó interrumpir varias veces, pero Broso alzó una mano sin siquiera mirarlo, continuando la lectura. Era una demostración de control absoluto del espacio.
Cuando finalmente terminó, dejó las hojas sobre el escritorio y simplemente esperó. No hizo pregunta alguna. El silencio era la pregunta. La respuesta de Alito fue errática. habló sobre derechos laborales, sobre reestructuraciones necesarias, sobre la crisis económica en los medios de comunicación. Eran justificaciones que sonaban huecas incluso para él mismo. Su voz había perdido toda la fuerza inicial. Ahora sonaba como alguien recitando un guion en el que ya no creía. Las cámaras capturaban cada detalle, como sus manos temblaban ligeramente al gesticular, como sus ojos evitaban contacto directo con brzo, como su corbata perfectamente anudada, ahora se veía ligeramente torcida después de que la había ajustado nerviosamente una docena de veces.
En la cabina de control, Lucía revisaba las redes sociales en tiempo real. La entrevista se había vuelto trending topic nacional en menos de 20 minutos. Los clips más impactantes ya circulaban en Twitter, en Facebook, en WhatsApp. Miles de comentarios fluían cada segundo, la mayoría expresando shock, rabia, satisfacción de ver finalmente a un político acorralado sin escape. Algunos usuarios compartían sus propias experiencias con la gestión de Alito como gobernador, historias de corrupción, de abuso de poder, de impunidad.
Broso entonces cambió de estrategia, dejó de lado los documentos y comenzó a hablar de la persona detrás del político. Preguntó cómo se sentía Alito sabiendo que su nombre se había convertido en sinónimo de corrupción para millones de mexicanos. No fue una pregunta retórica ni un ataque. Genuinamente parecía querer entender qué pasaba por la mente de alguien tan universalmente rechazado. La pregunta desarmó a Alito de una manera que todos los documentos y audios previos no habían logrado. Por primera vez en la entrevista, su máscara de político duro se agrietó completamente.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que luchó desesperadamente por contener. Intentó responder, pero su voz se quebró a mitad de la primera palabra. Tosió, pidió agua, bebió con manos temblorosas. Cuando finalmente habló, sus palabras fueron sorprendentemente honestas. admitió que era difícil, que había noches donde no podía dormir, que sus hijos eran acosados en la escuela, que su esposa Cristel había dejado de salir a lugares públicos por el hostigamiento. Habló de cómo cada error que había cometido se magnificaba, mientras que sus logros se ignoraban.
Por un momento, pareció humano, vulnerable, alguien digno de empatía. Pero entonces Brozo sacó el cuarto folder y ese momento de humanidad se evaporó. Este folder contenía testimonios de personas afectadas directamente por las decisiones de Alito Moreno, una señora de 67 años que había trabajado 30 años en el sur de Campeche y fue despedida sin liquidación dos semanas antes de cumplir su antigüedad para pensionarse. un reportero joven que había investigado irregularidades en contratos del gobierno estatal y misteriosamente perdió su trabajo.
Su casa fue allanada y tuvo que huir del Estado con su familia. un empresario que se negó a hacer contribuciones al PRI y vio como sus permisos eran cancelados, sus cuentas bancarias congeladas por auditorías inventadas, su negocio de 20 años destruido en 6 meses. Broso leyó cada testimonio sin dramatismo, con voz neutral, como quien lee el reporte del clima. Pero el contenido era devastador. Eran historias de vidas destrozadas. de familias separadas, de sueños convertidos en pesadillas, por el simple hecho de haber cruzado el camino de un hombre poderoso que no toleraba oposición.
Alito intentó defenderse diciendo que no podía ser responsable de cada decisión administrativa, que gobernaba un estado completo y no podía supervisar cada detalle. Pero incluso mientras hablaba su argumento se derrumbaba porque estos no eran casos aislados, eran patrones. Y los patrones revelaban intencionalidad. El ambiente en el estudio se había vuelto sofocante. El aire acondicionado funcionaba a toda capacidad, pero el calor de las luces y la tensión acumulada hacían que la temperatura pareciera elevarse con cada minuto. Roberto Castillo, el jefe de prensa de Alito, observaba desde fuera del set con expresión de funeral.
sabía que esta entrevista no solo estaba acabando con la imagen pública de su jefe, sino posiblemente con su propia carrera por haber permitido que sucediera. Brozo preguntó entonces sobre los 25 millones de pesos que según los audios Cinépolis había aportado al PRI. Quería saber si ese dinero se había reportado legalmente, si había recibos, si estaba en las declaraciones del partido. Eran preguntas técnicas, pero mortales, porque cualquier respuesta implicaba admitiridades fiscales y electorales que podrían tener consecuencias legales inmediatas.
Alito se negó a responder invocando que eran asuntos internos del partido, que no tenía obligación de discutir públicamente. Fue la primera vez en la entrevista que simplemente se cerró, negándose incluso a intentar una justificación. Broso no insistió, simplemente anotó en sus papeles que el senador se negaba a responder y continuó con la siguiente pregunta. Las siguientes tres preguntas siguieron el mismo patrón. Broso preguntaba sobre dinero, sobre movimientos financieros inexplicables, sobre propiedades adquiridas a precios sospechosamente bajos. Alito se negaba a responder o daba respuestas tan vagas que eran inútiles.
El contraste era obvio. Un hombre con nada que ocultar respondería directamente, proporcionaría documentos, daría explicaciones claras. Un hombre ocultando algo se comportaría exactamente como Alito se estaba comportando. En ese momento, algo inesperado sucedió. El teléfono celular de Alito, que debería haber estado silenciado, comenzó a vibrar en su bolsillo. El sonido era apenas audible, pero en el silencio del estudio resonó como una alarma. Alito lo ignoró la primera vez. vibró de nuevo y de nuevo. Alguien lo estaba llamando insistentemente.
Finalmente, Alito pidió disculpas y sacó el teléfono. Su rostro, ya pálido, perdió todo rastro de color al ver la pantalla. no contestó, simplemente apagó el aparato con manos temblorosas, pero el daño estaba hecho. Las cámaras habían capturado su reacción, esa expresión de pánico puro que cruzó su cara por una fracción de segundo. Broso preguntó si todo estaba bien, si necesitaba tomar la llamada. El tono era considerado, pero ambos sabían que era otra trampa. Si Alito admitía que necesitaba contestar, revelaría que algo urgente estaba sucediendo fuera del estudio.
Si decía que no era importante, quedaba la pregunta de por qué entonces había reaccionado con tanto miedo visible. Alito optó por minimizar diciendo que eran solo asuntos de oficina que podían esperar, pero su lenguaje corporal decía lo contrario. Se había enderezado en su silla, su atención claramente dividida entre la entrevista y lo que fuera que ese teléfono representaba. En la cabina, Lucía ya estaba investigando. Dos minutos después encontró la razón. La Fiscalía General de la República acababa de emitir un comunicado solicitando formalmente documentos al PRII sobre financiamiento irregular durante las campañas de 2021.
El comunicado mencionaba específicamente investigaciones sobre aportaciones de empresas privadas que podrían constituir violaciones a la ley electoral. No mencionaban a Cinépolis por nombre, pero el timing no podía ser coincidencia. Lucía escribió rápidamente la información en una nota y se la pasó a uno de los asistentes de producción, quien discretamente la colocó en el escritorio de Bro durante un corte comercial. Cuando regresaron al aire, Broso tenía una nueva línea de ataque. Mencionó el comunicado de la FGR sin revelar cómo se había enterado tan rápido.
Preguntó si Alito estaba al tanto, si tenía algo que decir antes de que la investigación avanzara. Era una jugada maestra de periodismo oportunista, usar información de último minuto para mantener al entrevistado completamente desbalanceado. Alito negó saber sobre el comunicado, lo cual era obviamente falso dado su reacción al teléfono minutos antes. Intentó dar una respuesta preparada sobre cómo el Praí siempre cumplía con la ley y cooperaría completamente con cualquier investigación. Pero sus palabras sonaban mecánicas, ensayadas, completamente desconectadas de la realidad de su situación.
Broso entonces hizo algo que nadie esperaba, se reclinó en su silla, cruzó los brazos y preguntó directamente si Alito creía que los mexicanos eran estúpidos. No fue agresivo en el tono. Genuinamente parecía curioso porque después de 40 minutos de evasivas, de mentiras obvias, de negaciones implausibles, quedaba esa pregunta fundamental. Realmente creía que alguien le creía. La pregunta golpeó a Alito como un puñetazo físico. Su boca se abrió para responder, pero no salió sonido alguno. Por primera vez en toda la entrevista, quedó completamente mudo, incapaz de formular siquiera una respuesta defensiva.
Las cámaras capturaron ese momento de silencio absoluto, ese instante donde un político acostumbrado a tener respuesta para todo simplemente no tenía nada más que decir. En hogares por todo México, la gente observaba fascinada. En redes sociales, los clips de ese silencio comenzaban a viralizarse incluso antes de que terminara. En el estudio, el equipo de producción sabía que estaban presenciando historia televisiva en vivo. Brozo no rompió el silencio. Dejó que se extendiera, que se volviera insoportable, que revelara más que cualquier palabra posible.
Fueron 12 segundos completos de silencio en televisión en vivo, una eternidad en términos de broadcasting. Finalmente, Alito se levantó de la silla. Sus piernas temblaban visiblemente, pero logró mantenerse en pie. Sin mirar a Broso, sin decir palabra, comenzó a caminar hacia la puerta del estudio. Roberto Castillo entró inmediatamente intentando guiar a su jefe hacia la salida, mientras sus guardaespaldas formaban un perímetro protector innecesario. Brozo tampoco se levantó. Simplemente observó al senador retirarse, las cámaras siguiendo cada paso de su salida.
No había necesidad de palabras finales, de comentarios mordaces, de victoria declarada. El walkout lo decía todo. Cuando la puerta se cerró detrás de Alito Moreno, Broso miró directamente a la cámara principal y dijo algo que quedaría grabado en la memoria colectiva mexicana. Fue solo una frase, simple, devastadora en su precisión. y entonces pidió un corte a comerciales, pero las cámaras seguían grabando. El estacionamiento de Latinus se convirtió en un caos en cuestión de minutos. Las tres camionetas negras de Alito Moreno salieron con las llantas rechinando, ignorando completamente las señales de tránsito.
Uno de los guardaespaldas empujó brutalmente a un reportero de Milenio que intentaba acercarse con su cámara. Roberto Castillo iba en el asiento trasero junto a Alito, su teléfono sonando sin cesar con llamadas que no contestaba. El senador miraba por la ventana sin ver realmente nada, su rostro una máscara de shock y rabia contenida. Necesitamos hacer un comunicado inmediato”, dijo Roberto finalmente, rompiendo el silencio tenso del vehículo. “La narrativa se nos está escapando de las manos.” Alito no respondió.
Sus manos seguían temblando ligeramente y había una vena pulsando visiblemente en su 100. Roberto sabía reconocer ese estado. Lo había visto antes. Su jefe estaba a punto de explotar y cuando eso pasaba, las consecuencias eran siempre desastrosas. ¿Me estás escuchando, Alejandro? Tenemos que actuar ahora. Actuar. La voz de Alito salió como un gruñido. ¿Qué chingados quieres que actúe? ¿Viste lo que ese payaso hijo de me hizo? Tú decidiste ir a esa entrevista. Te advertí que Broso no iba a ser complaciente.
El golpe llegó sin aviso. Alito giró en su asiento y abofeteó a Roberto con fuerza suficiente para hacer que sus lentes salieran volando. Los guardaespaldas en los asientos delanteros tensaron los hombros, pero no dijeron nada. Acostumbrados a los arrebatos de su jefe, Roberto se tocó la mejilla enrojecida, recuperó sus lentes del piso del vehículo y se los puso de nuevo con manos temblorosas. “Discúlpame”, dijo en voz baja. “No era mi intención.” “¡Cállate!”, interrumpió Alito. “Solo cállate y piensa cómo vamos a hundir a ese cabrón.” En el estudio de Latinus, la atmósfera era completamente opuesta.
El equipo de producción celebraba con abrazos y gritos de emoción. Carlos, el camarógrafo, reproducía una y otra vez el momento del silencio de 12 segundos, maravillado por lo que habían capturado. Lucía revisaba obsesivamente las redes sociales documentando cada reacción, cada meme, cada clip viral que estaba emergiendo de la entrevista. Víctor se había quitado la peluca de broso y el maquillaje, revelando el rostro cansado del hombre de 64 años debajo del personaje. Se sirvió un vaso de agua y lo bebió lentamente mientras observaba los monitores que reproducían segmentos de la entrevista.
No había euforia en su expresión, solo una satisfacción tranquila y algo más difícil de definir. Quizás era agotamiento o tal vez la conciencia del peso de lo que acababa de hacer. Esto va a tener consecuencias, dijo Lucía acercándose a él con su tablet. Mira esto. Están pidiendo tu cabeza en todos los grupos de WhatsApp del PRI y hay amenazas, Víctor, amenazas serias. Siempre hay amenazas”, respondió él sin apartar la vista de los monitores. “Algo diferente esta vez, una cuenta que parece cercana a Alito publicó tu dirección.
Ya la reporté, pero se compartió miles de veces antes de que la bajaran.” Víctor asintió lentamente. Esa era la parte que nunca aparecía en las celebraciones posteriores a una entrevista exitosa. Las amenazas, el miedo real, las noches sin dormir preguntándose si un coche desconocido estacionado en tu calle era solo coincidencia. Había vivido con eso durante décadas, pero nunca se acostumbraba del todo. “Duplica la seguridad del edificio,” ordenó, “y avísale a mi hermano que esté atento. Si me van a buscar, probablemente vayan primero por mi familia.” El teléfono de Víctor comenzó a sonar.
Era un número desconocido, pero algo le dijo que debía contestar. Del otro lado, una voz masculina que no reconoció le advirtió que tuviera cuidado al salir por las noches, que los accidentes pasaban seguido en la ciudad de México. Víctor colgó sin responder y bloqueó el número, aunque sabía que era inútil. vendrían más llamadas, más amenazas hasta que la atención mediática pasara al siguiente escándalo. Mientras tanto, en las oficinas nacionales del PRI, en la colonia Cuautemoc, se desarrollaba una reunión de emergencia.
Alito había convocado a los miembros más cercanos de su círculo, pero la asistencia fue notablemente menor de lo esperado. Varios senadores y diputados que normalmente acudirían corriendo a cualquier llamado de su líder encontraron repentinamente excusas para no estar disponibles. Podían leer las encuestas tamban bien como cualquiera y los números eran devastadores. Los que sí asistieron se sentaron alrededor de la mesa de juntas con expresiones que iban desde la preocupación genuina hasta el pánico apenas disimulado. Sabían que estaban en un barco hundiéndose y algunos ya consideraban secretamente cómo salvarse antes de que fuera demasiado tarde.
“La estrategia es simple”, declaró Alito golpeando la mesa con el puño. Vamos a desacreditar todo lo que dijo ese payaso, cada documento, cada audio, cada palabra que salió de su boca mentirosa. Alejandro, con todo respeto, intervino Mariana Estrada, una senadora de 53 años con 30 años en el partido. El problema no es solo lo que Brozo dijo, es cómo reaccionaste. Millones de personas te vieron sudar, tartamudear, salir del estudio. Esa imagen, ¿qué quieres decir con esa imagen?
La voz de Alito subió peligrosamente de volumen. Que pareces culpable, aunque no lo seas, aunque todo sea un montaje de morena, como dices, la percepción es que tienes algo que ocultar. El silencio que siguió fue incómodo. Todos en la sala sabían que Mariana tenía razón, pero nadie más había tenido el valor de decirlo. Alito la observó con ojos entrecerrados, calculando si valía la pena destruir la carrera de una de sus senadoras más leales, solo por decir una verdad que no quería escuchar.
Percepción se puede cambiar”, dijo finalmente Roberto, quien había decidido mantener la boca cerrada sobre la bofetada en el coche. “Necesitamos una campaña agresiva en redes sociales, entrevistas en medios amigos, movilización de la base. Podemos darle la vuelta a esto.” Pero incluso mientras hablaba, Roberto no creía sus propias palabras. Había trabajado en comunicación política durante 20 años y sabía reconocer un desastre irreversible cuando lo veía. Lo que había pasado esa mañana en Latinus no era solo una entrevista difícil que salió mal, era la muerte política en cámara lenta.
Las horas siguientes fueron un torbellino. Alito dio tres entrevistas en radio y televisión, todas en medios afines, donde los presentadores le hicieron preguntas suaves y le permitieron controlar la narrativa, pero no importó. Cada aparición solo generaba más memes, más burlas, más análisis devastadores de su lenguaje corporal. Los intentos de su equipo de generar contenido positivo en redes sociales fueron aplastados por una marea de usuarios que compartían clips de la entrevista con Brozo una y otra vez. Para la tarde, incluso medios internacionales comenzaban a reportar sobre el incidente.
The New York Times publicó un artículo titulado Mexican Senators Disastrous Interview Becomes Viral Sensation. DN español dedicó un segmento completo analizando como la entrevista ejemplificaba la crisis de credibilidad de la clase política mexicana. La BBC hizo un perfil de Brozo como el periodista que los políticos corruptos más temían. En su departamento de Polanco, Víctor observaba todo esto con una mezcla de satisfacción y preocupación. sabía que había hecho su trabajo, que había hecho las preguntas que necesitaban hacerse, pero también sabía que había hecho un enemigo poderoso, alguien que probablemente tenía los recursos y la falta de escrúpulos para hacerle daño real.
Su teléfono no paraba de sonar. Periodistas pidiendo entrevistas, políticos de oposición felicitándolo, académicos invitándolo a conferencias. Ignoró la mayoría. Había aprendido hacía mucho tiempo que la atención mediática era efímera y peligrosa. Hoy era un héroe. Mañana podría ser el villano dependiendo de cómo soplaran los vientos políticos. Lo que sí contestó fue la llamada de su hija Sofía. Tenía 28 años y vivía en Monterrey trabajando como abogada. Había visto la entrevista y estaba preocupada. Papá, ¿estás bien? Vi las amenazas en Twitter.
Estoy bien, mija. No es la primera vez y no será la última. Pero este tipo es diferente. Los audios que pusiste, lo que dijo sobre los periodistas. Si es capaz de eso, es capaz de cualquier cosa. Víctor no respondió inmediatamente porque no podía mentirle a su hija. Ella tenía razón. Alito Moreno había demostrado repetidamente que no tenía límites éticos, que veía a cualquiera que se le opusiera como un enemigo que debía ser destruido. Y ahora Víctor estaba en la parte superior de esa lista.
Voy a tener cuidado, te lo prometo. Y tú también ten cuidado. Si notas algo extraño, gente siguiéndote, llamadas raras, me avisas inmediatamente. Después de colgar, Víctor se sirvió un whisky y se sentó en su balcón. La ciudad se extendía frente a él, millones de luces parpadeando en la oscuridad creciente. En algún lugar allá afuera, Alito Moreno estaba planeando su venganza. En otros lugares, familias cenaban mientras discutían la entrevista. En las redacciones de periódicos, reporteros escribían análisis que aparecerían en las portadas mañana.
La máquina mediática giraba implacablemente. Pensó en Carolina, su esposa fallecida, y en cómo ella siempre le decía que el periodismo valiente tenía un precio. Había pagado ese precio muchas veces a lo largo de su carrera, pero siempre había valido la pena. Esta vez sentía que el precio podría ser más alto de lo habitual, pero incluso así no se arrepentía. Había hecho su trabajo, había hecho las preguntas que nadie más se atrevía a hacer. En su mansión de Campeche, Alito Moreno también estaba despierto.
No había cenado, no había hablado con su esposa ni sus hijos. Solo había bebido whisky tras whisky mientras reproducía segmentos de la entrevista, memorizando cada momento de humillación, alimentando una rabia que crecía con cada minuto que pasaba. Roberto había dejado sobre su escritorio una carpeta con propuestas para controlar el daño. Alito la había tirado a la basura sin abrirla. Ya no se trataba de controlar el daño, se trataba de venganza y él sabía exactamente cómo conseguirla. Tres días después de la entrevista, un sobre Manila llegó al departamento de Víctor.
No tenía remitente, solo su nombre escrito con letra de molde en marcador negro. El portero del edificio lo había encontrado en el buzón durante la madrugada cuando las cámaras de seguridad, curiosamente habían dejado de funcionar por exactamente 17 minutos. Víctor lo abrió con cuidado usando guantes. Adentro había fotografías, muchas fotografías. Su hija saliendo de su oficina en Monterrey. Su hermano comprando tortillas en el mercado de Coyoacán. Lucía entrando a su departamento, todas tomadas en los últimos tres días, todas con un mensaje implícito devastadoramente claro.
Sabemos dónde están. Podemos llegar a ellos cuando queramos. No había nota, no hacía falta. Víctor sintió como el miedo frío le recorría la espalda, no por él, sino por las personas que amaba. Llamó inmediatamente a Lucía. Necesito que canceles todos los programas de esta semana. ¿Qué, Víctor? Tenemos entrevistas programadas con tres senadores que finalmente accedieron a cancela todo y llama a Montes, el de seguridad privada. Necesito que ponga protección a mi hija y a mi hermano hoy mismo.
El silencio del otro lado le dijo que Lucía entendía la gravedad de la situación. ¿Qué pasó? Después te explico. Solo hazlo, por favor. Esa misma tarde un escándalo diferente estalló. Un medio digital llamado Reforma Campeche publicó un artículo detallado sobre supuestas irregularidades fiscales de Víctor Trujillo. Acusaban que había evadido impuestos durante años, que tenía cuentas fantasma en el extranjero, que su patrimonio declarado no correspondía con su estilo de vida. El artículo estaba lleno de documentos que parecían oficiales, testimonios anónimos de supuestos empleados descontentos, fotografías de propiedades que, según el medio, pertenecían a Víctor, pero no estaban declaradas.
Era un trabajo profesional de descrédito, el tipo de operación que requería recursos considerables y conexiones políticas. En cuestión de horas, el artículo fue republicado por docenas de medios afines al PRI. Para la noche, varios hashtags acusando abrozo de hipócrita tendían en redes sociales, la mayoría impulsados por cuentas bot que habían sido creadas días antes, específicamente para esta campaña. Carlos llegó corriendo a su departamento con su laptop. Jefe, esto está coordinado. Mira los patrones de difusión. Todos los tweets iniciaron en un periodo de 3 minutos.
Es una operación profesional. ¿Sorprendido? Preguntó Víctor sin apartar la vista de las fotografías sobre su mesa. Amenazó con matarme de hambre. Esto es exactamente lo que dijo que haría. Lucía llegó poco después, encontrándose el departamento convertido en centro de operaciones de crisis. Víctor le mostró las fotografías y la vio palidecer. Tenemos que ir a la policía y decirles que no hay amenazas explícitas, solo fotos que cualquiera podría haber tomado en lugares públicos. Pero el contexto, el contexto no es evidencia legal suficiente.
Lucía, lo sabes. Roberto Castillo, quien había estado coordinando la campaña de descrédito desde las oficinas del PRI, llamó a Alito con una actualización. Las acusaciones fiscales están ganando tracción. Para mañana tendremos cuatro periódicos principales publicando seguimientos. No es suficiente, respondió Alito. Quiero que sufra. Quiero verlo rogar. Alejandro, creo que deberíamos considerar, Roberto dudó, eligiendo sus palabras cuidadosamente, que tal vez esto ya llegó demasiado lejos, demasiado lejos. Ese hijo de me humilló frente a todo el país, destruyó mi reputación.
¿Y tú crees que esto es demasiado lejos? Roberto no respondió. Sabía que cualquier cosa que dijera solo empeoraría las cosas. Alito estaba más allá de la razón, consumido por una sed de venganza que lo estaba cegando a las consecuencias de sus acciones. Víctor pasó esa noche en su departamento revisando cada uno de sus movimientos financieros de los últimos 10 años. Sabía que sus declaraciones estaban en orden, que había pagado cada peso de impuestos que debía. Las acusaciones eran fabricadas, pero el daño ya estaba hecho.
Millones de personas habían leído los titulares y aunque después se demostrara que todo era falso, la mancha en su reputación permanecería. A las 2 de la madrugada su teléfono sonó. Era un número privado. Víctor Trujillo, ¿quién habla? Alguien que sabe lo que Alito está planeando y créeme, las fotos son solo el principio. ¿Por qué me estás llamando? Porque hay gente en el Prao con esto, que cree que Alito ha perdido la cabeza. ¿Qué más va a hacer?
La voz del otro lado dudó antes de responder. Va a ir tras tu hija. Tiene contactos en Monterrey que pueden fabricar un caso legal contra ella. Drogas plantadas, cuentas bancarias falsas, lo que sea necesario para destruirte, viéndola sufrir. Víctor sintió como la sangre se le helaba. Si le toca un pelo, por eso te estoy llamando. Sácala del país, aunque sea temporalmente. Y ten cuidado, Víctor. Alito ya no está pensando como político, está pensando como criminal. La llamada terminó antes de que Víctor pudiera preguntar más.
se quedó sentado en la oscuridad de su sala, el teléfono todavía en la mano, considerando sus opciones. Podía rendirse, disculparse públicamente, darle a Alito la victoria que buscaba o podía pelear, pero eso significaba poner en riesgo a las personas que amaba. No era una decisión que pudiera tomar solo y el tiempo se estaba agotando. La decisión llegó la mañana siguiente cuando Víctor encontró a tres reporteros acampados frente a su edificio. No eran de medios respetables, sino de aquellos tabloides que vivían de escándalos fabricados y rumores sin verificar.
sabía exactamente quién los había enviado. Llamó a Sofía y le dijo que tomara el primer vuelo a Madrid, donde tenía amigos que podían recibirla. Ella protestó inicialmente, pero la firmeza en la voz de su padre la convenció. Para el mediodía estaba camino al aeropuerto con dos guardaespaldas que Montes había asignado. Víctor entonces hizo algo inesperado. En lugar de esconderse o defenderse, convocó una conferencia de prensa en el hotel Camino Real. Los medios llegaron en masa, atraídos por el morvo de Verabroso responder a las acusaciones que lo habían perseguido durante 5co días.
Cuando subió al podio, no llevaba la peluca verde ni el maquillaje. Era Víctor Trujillo quien hablaba, no su personaje. Sus palabras fueron medidas, precisas, devastadoras. Presentó documentos fiscales que demostraban que todas las acusaciones eran falsas. Mostró las fotografías que había recibido, explicando sin dramatismo lo que representaban. Y entonces hizo algo que nadie esperaba. Jugó los audios completos de Alito Moreno amenazando periodistas, no solo los fragmentos que había usado en la entrevista. Los audios eran peores de lo que cualquiera recordaba.
La voz de Alito sonaba fría, calculadora, describiendo con detalle cómo destruir carreras, cómo usar el poder del estado para arruinar vidas. Cuando terminaron de reproducirse, el silencio en la sala de conferencias era absoluto. En las oficinas del PRI, Mariana Estrada entró sin avisar al despacho de Alito. Sobre su escritorio, lanzó una carta de renuncia a su militancia en el partido. No era la única. En las últimas 2 horas, 17 funcionarios del partido habían presentado renuncias. La fuga masiva había comenzado.
Alito leyó la carta sin expresión, luego la rompió en pedazos pequeños y meticulosos. Roberto observaba desde la puerta calculando cuánto tiempo le quedaba antes de que él también necesitara buscar empleo en otro lugar. Esa noche, la Fiscalía General de la República emitió un comunicado. Habían abierto formalmente una investigación contra Alejandro Moreno Cárdenas por abuso de autoridad, amenazas contra periodistas y posible financiamiento ilegal de campañas. El comunicado mencionaba que nuevas pruebas habían surgido, pruebas que hacían imposible ignorar el caso por más tiempo.
En su mansión de Campeche, Alito rompió el vaso de whisky contra la pared. Gritó, maldijo. Prometió destruir a todos los que lo habían traicionado, pero sus palabras resonaban huecas en las habitaciones vacías. Su esposa había tomado a los niños y se había ido a casa de sus padres. Sus guardaespaldas lo observaban con miradas que ya no contenían respeto, solo el cálculo frío de empleados, considerando cuándo sería el momento apropiado para renunciar. La venganza que había planeado tan cuidadosamente se había convertido en su propia destrucción.
Dos semanas después, Alejandro Moreno Cárdenas renunció a la presidencia del PRI. El comunicado oficial mencionaba razones de salud y el deseo de dedicarse a su familia. Nadie creyó ni una palabra. La verdad era más simple y más dolorosa. No tenía opción. La presión de su propio partido, las investigaciones acumulándose, los sponss políticos abandonándolo uno tras otro habían hecho su posición insostenible. La conferencia de prensa donde anunció su renuncia fue patética. Alito intentó mantener la compostura, pero su voz se quebraba constantemente.
Sus manos temblaban al leer el comunicado preparado. No hubo preguntas de los reporteros porque salió por la puerta trasera inmediatamente después de leer su declaración, escoltado por dos guardaespaldas que renunciarían esa misma tarde. Roberto Castillo no estuvo presente. había aceptado un puesto en una consultoría política en Guadalajara, lo más lejos posible de su antiguo jefe. Mariana Estrada fue nombrada presidenta interina del PRI y su primera acción fue pedir disculpas públicas a todos los periodistas que Alito había amenazado durante su gestión.
Víctor observó la conferencia desde su departamento sin sentir la victoria que había anticipado, solo cansancio. Sofía había regresado de Madrid tres días antes y aunque estaba a salvo, la experiencia la había marcado. Su hija ahora entendía el verdadero costo del trabajo de su padre, un precio que iba más allá del agotamiento y las horas frente a las cámaras. El programa regresó al aire con mejores ratings que nunca. Miles de mexicanos sintonizaban cada mañana esperando ver a Brozo desenmascarar al siguiente político corrupto.
Pero Víctor había cambiado algo en su enfoque. Seguía siendo mordaz, seguía haciendo las preguntas difíciles, pero ahora era más cuidadoso. Había aprendido que exponer la verdad tenía consecuencias que se extendían mucho más allá del estudio de televisión. Alito se mudó temporalmente a Houston, donde supuestamente recibía tratamiento médico. En realidad estaba escondido, evitando las investigaciones que seguían acumulándose en México. Su esposa Christel iniciado trámites de divorcio. Sus hijos habían cambiado de escuela después de ser expulsados por el acoso constante de otros estudiantes.
El imperio político que había construido durante 30 años se había derrumbado en menos de un mes. La FGR eventualmente emitió una orden de aprensión contra él por diversos delitos. Alito contrató al mejor equipo de abogados que su dinero podía comprar y el caso se convirtió en una batalla legal que se extendería durante años. Pero su carrera política había terminado. El hombre que una vez soñó con ser presidente de México, ahora era sinónimo de corrupción y abuso de poder.
3 meses después del escándalo, Víctor recibió un sobre. Esta vez sí tenía remitente, una dirección en Monterrey que no reconoció. Adentro había una carta escrita a mano. Era de uno de los trabajadores que Alito había despedido del sur de Campeche. La señora de 67 años, cuyo testimonio brozo había leído durante la entrevista. agradecía que alguien finalmente hubiera dado voz a su historia, que un periodista se hubiera atrevido a confrontar al poderoso. Víctor guardó esa carta en el cajón de su escritorio junto a docenas de otras similares que había recibido a lo largo de los años.
eran recordatorios de por qué hacía lo que hacía, de por qué valía la pena el precio que pagaba, porque al final el periodismo no se trataba de destruir políticos o ganar batallas mediáticas. Se trataba de dar voz a quienes no la tenían, de hacer las preguntas que nadie más se atrevía a hacer. Y mientras México tuviera políticos como Alito Moreno, tendría que haber periodistas como Broso.
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