El abogado del millonario huyó en pleno juicio y la mujer de limpieza tomó su lugar. Antes de arrancar con la historia, dinos desde donde estás viendo este video. Disfrútala. El tribunal de Atenas estaba lleno desde muy temprano con periodistas amontonados en los pasillos. Alejandro Estévez permanecía sentado frente al juez con el gesto serio, las manos esposadas sobre la mesa y la mirada fija en un punto que no existía. Sabía que cada movimiento suyo era observado, grabado y juzgado por cientos de personas que no lo conocían, pero que ya estaban convencidas de que era culpable.

El murmullo se detuvo de golpe cuando Raúl Santoro, el abogado defensor, se puso de pie. Su rostro mostraba una mezcla de nervios y fastidio. Y sin que nadie lo esperara, cerró su portafolio y habló con un tono que cayó como un golpe seco contra el silencio de la sala. Señor juez, retiro mi representación. No seguiré defendiendo al señor Estéz. Los asistentes estallaron en susurro sorprendidos. Algunos periodistas levantaron de inmediato sus cámaras. Alejandro levantó la cabeza confundido. “Raúl, ¿qué estás haciendo?”, preguntó con un tono desesperado.

“Lo siento Alejandro”, respondió el abogado sin mirarlo. “No puedo continuar en un caso donde mi cliente no coopera conmigo.” Las palabras retumbaron en la sala. Todo el mundo sabía que esa frase, en términos legales, significaba que Raúl estaba insinuando que Alejandro mentía o estaba escondiendo información. El juez Elías ajustó sus lentes y miró al abogado con molestia evidente. Señor Santoro, esto es irregular. ¿Entiende que abandona un caso en plena audiencia preliminar? Lo entiendo por completo, señor juez, dijo Raúl tomando su portafolio.

Y aún así debo retirarme. Alejandro sintió que el suelo se le movía. Su abogado, el único que debía estar de su lado, lo dejaba frente a todo un país que quería verlo encerrado. Intentó incorporarse para protestar, pero un oficial a su lado le tocó el hombro con firmeza. Entre el público, una mujer respiró hondo. Su uniforme amarillo la hacía resaltar entre los trajes formales. Era Laura Neris, la mujer que trabajaba limpiando la casa de Alejandro desde hacía más de un año.

Nadie sabía que estaba ahí. Nadie sabía que ella también llevaba días sin dormir, repasando mentalmente cada detalle de la vida del hombre acusado injustamente. Laura tragó saliva al ver como Alejandro quedaba solo frente al juez, sin abogado, sin apoyo y sin nadie que hablara por él. Recordó la mañana en que él había encontrado a su madre enferma sentada en la cocina y había pagado sin dudar las medicinas que necesitaban. recordó las veces que la trató con respeto, sin humillarla como tantos otros jefes, y recordó la noche del supuesto ataque, porque ella lo vio, lo escuchó y sabía exactamente dónde estaba él en ese momento, pero nadie más lo sabía.

El juez estaba a punto de suspender la audiencia cuando Laura se puso de pie sin pensarlo dos veces. sintió como todos giraban hacia ella, como si hubiera cometido un acto prohibido. “Señor juez”, dijo con voz firme, aunque por dentro temblaba. “yo quiero decir algo.” El silencio fue inmediato. Nadie entendía que hacía una empleada de limpieza intentando hablar en un juicio de alto perfil. Uno de los oficiales la miró con advertencia, como esperando la orden para sacarla. El juez Elías frunció el seño.

Señorita, ¿quién es usted? Mi nombre es Laura Neris. Trabajo en la casa del señor Esté, respondió sin bajar la mirada. Y tengo información que importa. Los murmullos regresaron con fuerza. Varios periodistas apuntaron sus cámaras hacia ella como si hubieran encontrado oro puro. Alejandro la reconoció en cuanto escuchó su voz y abrió los ojos sorprendido. “Laura, ¿qué estás haciendo aquí?”, susurró el incrédulo. Ella no respondió. Sabía que si le contestaba dudaría y no podía dudar. El juez respiró hondo, dejando claro que no tenía paciencia para interrupciones.

Señorita Neris, este es un proceso legal serio. Ninguna persona del público puede hablar sin autorización. Lo entiendo dijo Laura, pero lo que tengo que decir puede cambiar todo. Yo estaba con él la noche en que dicen que atacó al empresario Bauer. Hice exactamente dónde estaba y sé que no pudo haberlo hecho. Un silencio absoluto cayó en la sala. Alejandro cerró los ojos aliviado, pero aterrado al mismo tiempo. No quería que ella se metiera en problemas. No quería que Laura, de todas las personas cargara con el peso de defenderlo frente a un país entero.

El juez intercambió una mirada preocupada con los funcionarios del tribunal. Aquello ya no era solo una interrupción, era un testimonio espontáneo que podía alterar por completo el curso del caso. “Señorita Neris, si lo que dice es verdad, deberá declararlo bajo juramento”, indicó el juez. “Lo haré, señor juez. No tengo nada que esconder”, dijo ella respirando profundo. Un reportero murmuró, “Esto se va a descontrolar.” Y tenía razón. El juez pidió un receso de 20 minutos. Los oficiales llevaron a Alejandro a una sala privada mientras Laura era escoltada a un cuarto donde debían registrar su identidad.

Dos reporteros intentaron seguirla para sacarle una declaración, pero los guardias se interpusieron. Aún así, las cámaras seguían grabando como si fuera una celebridad inesperada. Laura se sentó en una silla metálica, nerviosa, con las manos entrelazadas. El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo. No se arrepentía, pero tampoco podía negar que tenía miedo. Aquel no era su mundo. Ella no pertenecía a tribunales ni a escándalos mediáticos. Su vida era simple. limpiar, apoyar a su mamá, sobrevivir, pero ahora estaba metida hasta el fondo.

Un guardia abrió la puerta de pronto. Necesitan hablar con usted. Sígame. Laura se levantó despacio. Antes de salir, respiró hondo y se repitió que no podía dar marcha atrás. Ni aunque su voz temblara, ni aunque el país entero la juzgara. No después de lo que sabía, no después de lo que había visto aquella noche. Mientras caminaba por el pasillo, pensó en Alejandro otra vez, en cómo siempre la trató con respeto, en cómo nunca la hizo sentir inferior, en como lo vio con sus propios ojos entrar agotado a la mansión justo a la hora en que, según la policía, él estaba golpeando a Ark Power en un almacén al otro lado de la ciudad.

No había manera de que fuera cierto y si nadie iba a decirlo, lo diría ella. Laura avanzó sintiendo que con cada paso se metía en una historia mucho más grande de lo que imaginaba. Y apenas era el inicio. Laura caminaba detrás del guardia sin saber exactamente a dónde la llevaban. El pasillo estaba lleno de funcionarios moviéndose con prisa, cargando carpetas y hablando entre ellos como si el mundo dependiera de cada paso. Cuando llegaron a una pequeña sala con paredes blancas, el guardia la invitó a pasar.

Dentro había dos personas sentadas detrás de un escritorio, ambas con semblante serio. “¿Siéntese, por favor?”, dijo una mujer con gafas revisando unos documentos. Laura obedeció intentando disimular el temblor en sus manos. No sabía si la iban a regañar, interrogar o agradecerle. Todo era posible en ese momento. “Señorita Neris, comenzó la mujer. Necesitamos confirmar su identidad y su relación laboral con el señor Estéz. ¿Desde cuándo trabaja en su casa?” Desde hace un año y dos meses, respondió Laura con voz firme.

¿Y estuvo con él la noche en que ocurrió el incidente con el señor Bower? Preguntó el hombre sentado a un lado. Laura dudó un instante. Sabía que tenía que ser cuidadosa, pero también honesta. No toda la noche, pero sí lo vi entrar a la mansión en la hora exacta en que dicen que estaba golpeando al señor Bauer en ese almacén. no pudo haber estado en los dos lugares al mismo tiempo. Los dos funcionarios intercambiaron miradas. La mujer tomó nota.

“Entiende que su testimonio podría cambiar la dirección del caso,”, dijo ella. “Y también entiende que se enfrentará a mucha presión, incluso amenazas. ¿Está preparada para eso?” Laura respiró hondo. Quiso decir que no, que no estaba preparada para nada de esto, que apenas podía dormir y que su vida nunca había sido complicada hasta ahora, pero no podía retroceder. Estoy lista, respondió. Solo quiero decir la verdad. La mujer cerró la carpeta. Bien. En unos minutos era llamada para declarar.

Mientras esperaban, Laura tomó su celular para avisarle a su madre que estaba bien. Tenía varias llamadas perdidas y mensajes de texto sin leer. ¿Dónde estás, Laura? Contesta. Acabo de ver algo en las noticias. Por favor, dime que no hiciste una locura. Suspiró. Su madre siempre había sido protectora, pero ahora iba a estar peor. Mandó un mensaje corto. Estoy bien, te explico luego. En cuanto presionó enviar, la puerta se abrió y entró el juez Elías con gesto serio.

Los funcionarios se levantaron de inmediato. “Señorita Neris”, dijo él. “Necesito hablar con usted en privado antes de permitirle declarar.” Laura se levantó sin saber si eso era algo bueno o malo. Siguió al juez a su despacho. Era un lugar sobrio, con pocos adornos, apenas una estantería y un escritorio lleno de papeles. Él cerró la puerta y la observó con detenimiento. No voy a permitir que esto se convierta en un circo advirtió. Si usted miente, si inventa algo o si tiene motivos ocultos, sepa que enfrentará consecuencias graves.

No estoy mintiendo, respondió Laura. Yo vi a Alejandro entrar a la casa. Lo vi con mis propios ojos. El juez entrecerró los ojos. No solo basta con verlo entrar. El fiscal argumenta que él salió después, que pudo ir al almacén y regresar. Puede asegurar que eso no ocurrió. Laura tragó saliva. Yo creo que puedo dijo dudando. Creé, preguntó el juez con dureza. Necesito certeza, señorita Neris. Ella apretó los puños. Las cámaras de la casa estaban apagadas, pero yo sé quién las apagó.

No fue Alejandro. El juez levantó la mirada sorprendido. ¿Quién entonces? No estoy 100% segura, pero hubo movimientos extraños la semana del incidente. Entradas que no coincidían con las horas del personal, archivos borrados, un técnico que nadie contrató oficialmente. Tengo pruebas. El juez la observó con atención renovada, como si empezara a verla no solo como una empleada, sino como una pieza clave. Si esto es cierto, deberá mostrarlo mañana con evidencia. La tiene Laura asintió. Sí. O puedo conseguirla esta noche.

Si como sea, tendrá que presentarla, dijo el juez. Ahora vaya, necesito ordenar el retorno de la audiencia. Laura salió del despacho con la adrenalina a tope. Su pecho subía y bajaba con rapidez. Sentía que todo el mundo giraba demasiado rápido, como si ella hubiera iniciado una avalancha sin quererlo. Mientras regresaba al área de espera, su celular vibró otra vez. Pensó que era su madre, pero no. Era un número desconocido. Dudó en contestar, pero finalmente deslizó el dedo.

“Hola”, dijo. “Nada. ¿Quién habla?” El silencio al otro lado era inquietante. Laura estaba a punto de colgar cuando una voz distorsionada, casi susurrante, pronunció unas palabras que la helaron. “Aléjate del caso o lo lamentarás.” Laura sintió que el aire se le escapaba. Su mano tembló. Giró para ver si alguien la miraba desde lejos, pero no, solo había gente caminando de un lado a otro. ¿Quién eres?, preguntó con un hilo de voz, pero la llamada se cortó. Un nudo se formó en su garganta.

No sabía si debía contarlo o guardarlo para después, pero en ese momento su corazón latía tan rápido que casi le dolía. Se obligó a respirar profundo. No podía retroceder. No. Ahora un guardia apareció para guiarla de regreso al tribunal. Al entrar, los reporteros volvieron a atacarla con flashes y preguntas. ¿Qué relación tiene con Alejandro Estévez? ¿Está mintiendo para protegerlo? ¿Está recibiendo dinero? ¿Es cierto que usted fue testigo clave? Ella bajó la mirada y siguió caminando. Sentía la presión mediática caerle encima como un peso gigante.

No estaba acostumbrada a esto. Su vida siempre había sido discreta. sin complicaciones ni cámaras persiguiéndola por un pasillo. Mientras avanzaba, una voz conocida la detuvo. Tú aquí. No lo puedo creer. Laura se giró. Era una de las empleadas de la mansión, una mujer llamada solo la otra trabajadora, que la había mirado con recelo desde hacía meses. No pensé que fueras capaz de meterte en algo así, dijo ella. Si yo fuera tú, no me pondría al frente de un hombre con tantos enemigos.

Solo vine a decir la verdad, respondió Laura. La verdad, repitió la otra trabajadora con burla. Pues más vale que tengas pruebas, porque todas vamos a salir salpicadas por esto. Laura no respondió. No tenía fuerzas para pelear con nadie. Siguió caminando hasta que un guardia la llevó junto a la puerta de entrada a la sala principal. Ahí esperaba Alejandro con las manos esposadas, flanqueado por dos oficiales. Sus miradas se cruzaron. Él parecía agotado, preocupado, pero al verla su expresión cambió un poco.

No debiste hacer esto le dijo en voz baja. Tenía que hacerlo respondió ella. No quiero que te pase nada por mi culpa. No me va a pasar nada”, dijo Laura, aunque ni ella misma lo creía del todo. “Tú sabes que no fuiste culpable.” “Yo también lo sé y voy a probarlo.” Alejandro intentó decir algo más, pero los oficiales lo apresuraron. El juez pidió orden mientras la sala volvía a llenarse. Laura sintió como su corazón golpeaba su pecho.

Era su turno. Cuando el juez la llamó para declarar, dio un paso adelante. El murmullo del público se apagó por completo. Alejandro la miró con nerviosismo. Sergio Landeros, sentado al fondo, la observaba con una sonrisa casi imperceptible, una sonrisa que parecía decir, “No vas a llegar lejos. Laura se colocó frente al estrado, levantó la mano para jurar decir la verdad y en ese instante supo que ese paso cambiaría su vida para siempre. Laura sintió como el estrado se veía muchísimo más alto desde donde estaba parada.

A pesar de que trataba de mantener la calma, sus dedos se apretaban entre sí. El juez Elías la observó fijamente, como si quisiera descifrar cada pensamiento que ella tenía antes de que siquiera lo dijera. Señorita Neris, comenzó el juez. Declare su nombre completo y su ocupación. Laura Neris, trabajo como empleada de limpieza en la casa del señor Alejandro Estéz, respondió tratando de que su voz sonara firme. Un murmullo recorrió la sala. Algunos no podían creer que una mujer de limpieza fuera la pieza clave de un juicio tan mediático.

Otros la miraban con lástima, como si estuviera a punto de hundirse sola. El fiscal se levantó de su asiento acomodándose la corbata. Señorita Neris, ¿puede explicar por qué está tan segura de que el señor Estéz no se encontraba en el lugar del ataque? Laura respiró hondo. Porque yo lo vi entrar a su casa justo alrededor de la hora en que dicen que ocurrió la agresión y no salió de nuevo en todo ese tiempo. El fiscal sonrió con suficiencia.

¿Cómo puede asegurarlo? estuvo vigilando la puerta toda la noche. No, pero Laura apretó los puños. Yo no escuché subir. Escuché sus pasos en el pasillo y luego la puerta de su oficina. Conozco ese sonido. Trabajo ahí todos los días y después, insistió él. Después yo seguí trabajando en la planta baja y también escuché cuando él bajó a la cocina un rato. Estaba cansado. Se veía agotado. No pudo haber estado golpeando a nadie en un almacén al otro lado de Atenas.

El fiscal entrecerró los ojos. ¿Tiene pruebas de lo que dice? ¿Algún video, alguna foto? Laura respiró profundo. Esto era lo complejo. Las cámaras de seguridad no funcionaban. El fiscal alzó una ceja. Qué conveniente. No es conveniente, es extraño, corrigió ella. Las cámaras se apagaron días antes del ataque y según los registros alguien las reinició desde la central, pero no fui yo ni ningún otro empleado autorizado. El fiscal abrió la boca para replicar, pero el juez levantó la mano.

Explique eso con más detalle, señorita Neris. ¿Cómo sabe que fueron manipuladas? Porque soy la única que limpia la oficina del señor Estéz, respondió. Y hace dos semanas encontré marcas en la caja de fusibles del sistema como si la hubieran forzado. También noté que el técnico que supuestamente vino a revisarlas nunca estuvo registrado en la lista de visitantes y nadie lo contrató. Yo pregunté. Un murmullo aún más fuerte llenó la sala. La gente empezaba a cambiar sus expresiones, quizá viendo a Laura con un poco más de respeto.

El fiscal volvió a intervenir. Entonces, está insinuando que alguien apagó las cámaras a propósito. No lo estoy insinuando, dijo Laura. Estoy segura. En el fondo de la sala, Sergio Landeros la observaba sin pestañear con una mirada que hacía temblar. Laura sintió su presencia como una sombra fría que le rozaba la espalda. Había escuchado rumores sobre él, cosas que nunca quiso creer, pero ahora cobraban sentido. El fiscal, molesto por cómo se volteaba la situación, decidió atacar. Por otro lado, señorita Neris, ¿alguna vez tuvo una relación más personal con el señor Estévez?

¿Algo que pudiera distorsionar su objetividad? La sala estalló en comentarios y risas incómodas. Alejandro levantó la cabeza de golpe indignado. Laura sintió que su rostro ardía de rabia. “Claro que no, respondió ella. Él es mi jefe nada más. Y si estoy aquí es porque estoy diciendo la verdad, no porque quiera algo de él.” El juez golpeó la mesa con el mazo. Orden en la sala. Laura aprovechó ese segundo para mirar a Alejandro. Él le devolvió la mirada con una mezcla de gratitud y preocupación.

No quería que ella sufriera por su culpa, pero ya era tarde para detenerla. El fiscal cambió de estrategia. Señorita Neris, usted dijo que escuchó pasos y sonidos en la casa, pero no puede asegurar que el señor Estévez no salió después. No es cierto. No, respondió ella. No salió porque Laura dudó unos segundos. Ese era el momento. Si lo decía, quedaría expuesta, pero si no lo decía, todo podía desmoronarse. Porque esa noche también revisé el reloj de fichaje de la puerta trasera”, confesó y estaba apagado.

Después descubrí que estuvo fallando toda la semana. El técnico que lo revisó tampoco estaba en la lista. Alguien quería que no existiera registro de entradas o salidas. El silencio fue profundo, incluso algunos periodistas dejaron de escribir. El juez la observó con intensidad. ¿Tiene alguna prueba física de lo que menciona? Tengo fotos y reportes respondió. Solo necesito tiempo para reunirlos. El fiscal resopló. Señor juez, esto es absurdo. Estamos dejando que una empleada de limpieza invente teorías sin fundamento para salvar a un millonario.

Laura sintió que la indignación le subía por la garganta. No estoy inventando nada. Y si quiere pruebas, las traeré mañana mismo. Pero lo que sí sé es que esa noche el señor Estévez estaba en su casa. Yo lo vi, lo escuché y no estaba en ningún almacén golpeando a nadie. El juez pensó unos segundos. Largo, pesado, incómodo. La audiencia se suspende hasta mañana, dictaminó finalmente. Señor Estévez permanecerá bajo custodia. Señorita Neris, deberá entregar las supuestas pruebas a primera hora.

Alejandro la miró con un agradecimiento silencioso mientras los guardias lo llevaban. Laura sintió un nudo en el estómago. No sabía si había hecho bien o si había metido la pata hasta el fondo, pero ya no había vuelta atrás. Cuando salió del tribunal, los periodistas prácticamente la acorralaron. ¿Por qué defiende Alejandro Estévez? ¿Qué gana con esto? ¿Qué pruebas dice tener? No teme por su seguridad. Laura trató de caminar sin responder, pero entre los flashes y los empujones empezó a sentirse mareada.

Fue entonces cuando escuchó una voz conocida. Laura, ¿qué hiciste? Era su madre, Marta, acercándose con el rostro lleno de preocupación. Tenía los ojos húmedos como si hubiera estado llorando. “Mamá, yo solo dije la verdad”, murmuró Laura. La verdad puede meterte en un problema enorme”, respondió Marta. “Ese hombre tiene enemigos muy peligrosos. ¿Tú crees que ellos se van a quedar viendo mientras tú los expones?” Laura bajó la cabeza. Sabía que Marta tenía razón, pero tampoco podía ignorar lo que había visto.

No podía quedarme callada. “Pues ahora ya te metiste”, dijo Marta. y no sé cómo vas a salir. Justo en ese momento, el celular de Laura volvió a vibrar. Un mensaje de un número desconocido apareció en pantalla. Te advertimos. La sangre se le heló y aunque trató de esconderlo, su madre vio su expresión. ¿Qué pasó?, preguntó Marta. Laura negó con la cabeza. Nada, no es nada, pero sí lo era y apenas estaba empezando. Hagamos un juego para quienes leen los comentarios.

Escribe la palabra ensalada en la sección de comentarios. Solo los que llegaron hasta aquí lo entenderán. No olvides revisar la descripción del video donde te dejo algunos productos ideales para mejorar tu descanso y bienestar. Continuemos con la historia. Laura apenas pudo dormir esa noche. Mientras su madre dormía en el cuarto de al lado, ella permaneció sentada en la mesa de la cocina, mirando el celular como si fuera a explotar en cualquier momento. Cada vez que pensaba en el mensaje que recibió saliendo del tribunal, un escalofrío le recorría la espalda.

podía sentir que algo más grande se movía detrás de todo, algo que ella no alcanzaba a ver del todo, pero sabía que no era nada bueno. Encendió su computadora vieja, la que usaba para ver videos o imprimir cosas para su trabajo, y abrió la carpeta donde guardaba las fotos que había tomado en la mansión. No eran muchas, pero algunas eran importantes. La imagen de la caja de fusibles abierta, otra con las marcas en los tornillos, una más con el reloj de fichaje apagado.

Las había tomado porque le pareció extraño, no porque imaginara que algún día servirían como evidencia en un juicio. Mientras revisaba los archivos, sintió un nudo apretándose en su garganta. Habían cosas que quería olvidar, pero ahora necesitaba recordarlo todo, sobre todo lo que vio esa noche. Pensó en Alejandro cansado, caminando hacia su oficina sin imaginar que horas después sería acusado de un crimen brutal. Recordó como él en la saludó con un gesto cansado, sin imaginar que esa sería la última noche tranquila que tendría en mucho tiempo.

El sonido de su celular vibrando la sacó de sus pensamientos. tenía un nuevo mensaje. Esta vez no era una amenaza, era su madre. ¿Estás despierta? Escuché ruido. Laura suspiró y respondió, “Estoy bien. Solo reviso unas cosas.” Guardó las fotos en un USB y lo escondió debajo de la mesa en una ranura suelta del mueble. No confiaba en nadie, ni siquiera en su propia laptop. Algo en su interior le decía que si Sergio estaba involucrado como sospechaba, él no dejaría que una simple empleada de limpieza lo pusiera en evidencia así de fácil.

Al día siguiente, antes de salir hacia el tribunal, Laura preparó café mientras su madre la observaba desde el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión preocupada. “No voy a fingir que estoy tranquila,”, dijo Marta. “No sabes en qué te estás metiendo, mamá. Si yo callo, Alejandro va a pasar años en la cárcel sin ser culpable. ¿Y tú crees que la justicia funciona como en los programas de televisión? Replicó ella. Esta gente tiene poder, dinero, contactos y tú eres solo una chica que limpia casas.

Laura tragó saliva, pero no se echó para atrás. Y precisamente porque soy solo una chica que limpia casas. Nadie esperaba que yo hablara. Eso puede servir. Marta negó con la cabeza. No quiero que termines llorando después. Ese tal Sergio. Se nota que es peligroso. Laura recordó la mirada de Sergio desde el fondo de la sala. Esa expresión fría, casi calculadora, como si pudiera ver a través de ella. sintió un escalofrío. “Lo sé”, admitió Laura, “pero no tiene por qué saber lo que tengo.” Marta se acercó y le tomó las manos.

“Ten cuidado, por favor.” Laura asintió. No podía prometer nada. Al salir del edificio, notó algo extraño. Un auto negro estaba estacionado frente a la entrada. Era el mismo que vio el día anterior, pero esta vez no trató de esconderse. En el asiento del conductor había una silueta que no alcanzó a distinguir. Cuando ella cerró la puerta de su edificio, el auto arrancó lentamente, casi como si quisiera que ella lo viera. Laura respiró hondo y siguió su camino hacia el tribunal sin voltear atrás.

No sabía si era Sergio o alguien enviado por él, pero no iba a mostrar miedo. Cuando llegó al tribunal, el ambiente estaba aún más caótico que el día anterior. Los periodistas parecían ansiosos por otro momento explosivo. Apenas la vieron, se abalanzaron hacia ella. Trae pruebas nuevas. Es cierto que las cámaras fueron manipuladas. ¿Tiene relación con el técnico desaparecido? La están amenazando. Laura apretó los dientes y avanzó entre ellos sin decir una palabra. Sentía su corazón golpeando fuerte, pero intentaba mantener su expresión neutra.

Cuando entró al edificio, una empleada que trabajaba en la casa de Alejandro se cruzó frente a ella, bloqueándole el paso. “Mira quién llegó, la heroína del momento.” dijo la mujer con un tono de burla. Te dije que no te metieras en esto. Ahora todos te buscan. Espero que lo disfrutes. No estoy buscando atención, respondió Laura. Solo digo la verdad. La verdad, repitió con sarcasmo. La verdad es que te vas a hundir sola y si te hundes, jalarás a todos contigo.

Laura la rodeó sin contestar. No tenía tiempo para tonterías. El guardia la guió hacia una sala privada donde debía entregar la evidencia. Mientras preparaba el USB y los documentos impresos, escuchó voces en el pasillo. Voces conocidas. No debiste dejarla hablar, dijo una voz masculina. Laura reconoció enseguida la voz de Sergio. No pude detenerla, respondió la voz de Raúl Santoro. Y no pienso arriesgar mi carrera por esto. Laura se acercó discretamente a la puerta sin abrirla. Escuchaba claramente.

No es tu carrera lo que deberías preocuparte, dijo Sergio con tono frío. Si esa mujer abre la boca mañana y el juez le cree, no solo él estará acabado, tú también. Ya te dije que no puedo controlar lo que ella hace, respondió Raúl. Ella tomó la decisión sola. Yo no tuve nada que ver. Pero tu silencio fue útil”, dijo Sergio. “Y espero que mañana también lo sea.” Hubo un silencio tenso. Laura sintió un vuelco en el estómago.

Entonces, la voz de Raúl se escuchó más baja. “Mira, yo no quiero problemas contigo. Yo solo quiero salir de esto.” Entonces, asegúrate de que no hable demasiado dijo Sergio. que si ella demuestra que Alejandro no estuvo en el almacén, tendré que hacer algo mucho más serio. Laura retrocedió con el corazón acelerado. Sus manos temblaban. Sergio no estaba intentando defenderse, no estaba negando nada, estaba preparado para destruir a cualquiera que se interpusiera. El guardia entró por la puerta y la encontró pálida.

“¿Está bien?”, preguntó él. Sí, solo necesito entregar esto. Minutos después, Laura llegó a la sala donde los oficiales revisaban la evidencia. les entregó el USB, las fotos y un informe breve de lo que había encontrado. “Todo esto será analizado”, dijo el funcionario. “Si es suficiente, podría cambiar la dirección del caso.” Laura asintió, aunque sentía que la boca se le había secado. Sabía que la verdadera batalla comenzaría cuando el juez viera el contenido, pero también sabía que Sergio no se iba a quedar de brazos cruzados.

Al salir de la sala, vio que Alejandro entraba escoltado por dos oficiales. Al verla, sus ojos se iluminaron con una mezcla de alivio y preocupación. “Laura, ¿estás bien?”, preguntó él mientras los oficiales lo detenían unos metros antes de llegar a ella. “Estoy bien”, respondió. “Ya entregué las pruebas.” Alejandro suspiró como si se quitara un peso enorme de encima. No tenías que hacer todo esto. Claro que tenía que hacerlo dijo ella. Nunca te harías daño así y yo lo sé.

Lo vi. Estabas en casa esa noche. Alejandro bajó la mirada conmovido. Pero antes de que pudiera decir algo más, Laura vio a Sergio a unos metros mirándolos con una sonrisa siniestra. Esa sonrisa decía algo claro, “No he terminado contigo.” Laura tragó saliva y se obligó a caminar hacia la sala del tribunal. A ese paso, ya no solo defendía a Alejandro, ahora estaba luchando contra alguien que haría cualquier cosa para mantener sus secretos enterrados. La audiencia continuaría en pocas horas, pero Alejandro no tenía idea de lo que estaba a punto de enfrentar.

Después de que los oficiales lo llevaran de regreso a la zona de detención del tribunal, lo hicieron sentarse en una pequeña sala sin ventanas, fría y silenciosa. Pensó que era una pausa antes del traslado, hasta que la puerta se abrió sin que nadie lo anunciara. El hombre que entró lo dejó helado. Sergio, murmuró Alejandro con el ceño fruncido. Sergio Landero cerró la puerta detrás de él, apoyándose con calma en el marco como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Sus ojos grises parecían disfrutar cada segundo de tensión. “Hola, Alejandro”, dijo con voz suave. “Vaya lío en el que estás metido. ¿Qué haces aquí?”, preguntó Alejandro intentando mantenerse firme. Sergio avanzó unos pasos con las manos en los bolsillos. Solo vine a ver cómo estabas. Después de todo, trabajamos juntos muchos años. Me preocupa tu bienestar. Alejandro apretó la mandíbula. No empieces con eso. Tú sabes que no hice nada de lo que dicen. Sergio se rió. Una carcajada seca.

Claro que lo sé, pero eso no significa que no puedas cargar con la culpa. Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La forma en que Sergio lo dijo como si fuera lo más normal del mundo. ¿Fuiste tú? Preguntó Alejandro sin poder contenerse. Montaste todo esto? Sergio alzó una ceja. Qué pregunta tan directa. Extrañaba ese carácter tuyo. Alejandro dio un paso al frente. Respóndeme. Sergio lo observó con frialdad antes de hablar. Digamos que tu desgracia me beneficia y la de otras personas también.

Alejandro se tensó. Bauer, él está metido en esto contigo. El silencio de Sergio fue más revelador que cualquier respuesta. Golpearon a Bower para culparme”, insistió Alejandro. Eso hicieron. Bower es un hombre práctico, respondió Sergio alzando las manos. Si fingir una agresión podía facilitarle contratos que tú le quitaste, pues tomó decisiones. Y yo solo ayudé a que el plan funcionara mejor. Alejandro sintió un vértigo indescriptible. Eres un enfermo. No, Alejandro. corrigió Sergio. Soy ambicioso. La diferencia es enorme.

Alejandro se acercó aún más, ignorando a los oficiales que observaban desde afuera a través de un vidrio reforzado. ¿Y qué hay de Laura? Preguntó furioso. Ella no tiene nada que ver. Déjala en paz. Sergio sonrió con crueldad. Ah, Laura, la heroína inesperada. Qué lástima que se haya metido donde no debía. Ella podría haber seguido limpiando piso sin problemas, pero no. Ahora quiere jugar a Detective. Alejandro sintió que la sangre le hervía. Si le haces daño, ¿qué? ¿Me vas a golpear?

¿A denunciarme? interrumpió Sergio riéndose. Por favor, Alejandro, no puedes ni salir de esta sala sin permiso. Alejandro lo miró con impotencia. Sergio se inclinó un poco hacia él. Un consejo, amigo. Si quieres que esa chica siga viva, haz que deje de hablar. Alejandro lo fulminó con la mirada. No voy a hacer eso. Entonces será tu culpa lo que pase”, dijo Sergio encogiéndose de hombros. Piénsalo. Golpeó suavemente la puerta y los oficiales entraron. Sergio salió sin mirar atrás, satisfecho, como si hubiese ganado una batalla invisible.

Alejandro se dejó caer en la silla con las manos temblando. Nunca había sentido miedo por su propia vida, pero ahora temía por la de Laura. No podía permitir que la tocaran, no podía permitir que esto terminara de esa manera. Mientras tanto, Laura se encontraba en la cocina del tribunal, buscando un poco de paz antes de su siguiente declaración. El funcionario que recibió su evidencia la había felicitado por su valor, pero aún así le recomendó no moverse sola por los pasillos.

No todos estaban contentos con lo que había entregado. Laura abrió una botella de agua e intentó calmarse, pero su celular vibró de nuevo. Otro mensaje desconocido. Última advertencia. Ella cerró los ojos respirando con dificultad. Podía sentir como la ansiedad quería apoderarse de ella, pero se obligó a mantenerse en pie. No iba a ceder. Mientras caminaba hacia la salida, casi chocó con un hombre que llevaba un fajo de documentos en las manos. Perdón, ¿está bien?, preguntó él. Sí, disculpe.

No lo vi. El hombre la miró con curiosidad, como si la conociera de algún lado. Usted es la empleada que declaró ayer, ¿verdad? La que trabaja en casa del señor Estévez. Laura asintió con cautela. Soy analista de documentación financiera del tribunal”, explicó el hombre. Acabo de revisar los papeles que entregó y hay algo que debería ver. Laura frunció el ceño. ¿Qué encontró? El hombre miró a ambos lados antes de hablar. Los documentos bancarios que entregó muestran transferencias sospechosas desde una empresa vinculada a miró su carpeta, un tal hings.

Laura sintió un vuelco en el estómago. Sergio Landeros. Parece que sí, confirmó el analista. Y hay pagos a un intermediario que coincide con la fecha del ataque a Bauer. Si se confirma, podría probar que alguien financió esa escena. Laura apretó la botella en su mano. ¿Puedo ver esos documentos? El analista dudó. No puedo entregarle copias, pero puedo darle una pista, susurró. Busquen los archivos viejos de la mansión. Si lo que vi ahí es cierto, alguien estuvo moviendo dinero a las espaldas del señor Estévez desde hace meses.

Eso explicaba muchas cosas. explicaba por qué Sergio estaba tan interesado en que Laura callara. Tal vez había usado la empresa para lavar dinero o financiar actividades turbias. Laura asintió. Gracias. Eso me ayuda mucho. Tenga cuidado advirtió el analista. Estos hombres no son de los que aceptan perder. Ella lo sabía. Lo había sentido en la mirada de Sergio. Esa noche, Alejandro recibió permiso de hacer una llamada breve, usó el teléfono de la sala de vigilancia y marcó el número de Laura.

Ella contestó casi de inmediato. Alejandro, preguntó preocupada. Escúchame bien”, dijo él apresurado. “Hoy hablé con Sergio y Laura, tienes que tener cuidado.” Ella se apoyó en la pared del cuarto donde estaba. “Lo sé, me han estado amenazando.” “¿No entiendes?”, interrumpió él. Sergio no va a detenerse. Él estaba involucrado en el ataque. Está trabajando con Bauer. Quieren hundirme y ahora también a ti. Laura tragó saliva. No voy a retroceder, Alejandro. Laura, por favor, pidió él. No quiero que salgas lastimada.

No quiero que te pase nada por mi culpa. Ella sintió un dolor extraño en el pecho, una mezcla de miedo y determinación. Estoy en esto porque es lo correcto, respondió. No porque me lo pediste. Alejandro guardó silencio unos segundos. Gracias, dijo por fin con una voz vulnerable que ella nunca le había escuchado. Mañana llevaremos todo al juez, añadió Laura. Ya no estamos solos. Duerme bien, Laura, dijo él. Y por favor, cuidado con Sergio. La llamada terminó. Laura quedó mirando el teléfono, sabiendo que al día siguiente la vida de ambos iba a cambiar, para bien o para mal.

Lo que no sabía era que alguien estaba escuchando esa conversación desde una distancia prudente con un auricular oculto y una libreta en la mano. Y esa persona acababa de decidir que Laura era un problema que debía desaparecer. Hagamos otra broma para quienes solo revisan la caja de comentarios. Escriban la palabra mango. Los que llegaron hasta aquí entenderán el chiste. Continuemos con la historia. Al amanecer, Atenas estaba cubierta por una neblina ligera que hacía que la ciudad se viera más fría de lo normal.

Laura salió de su edificio con una carpeta apretada contra el pecho. Dentro llevaba copias impresas de los documentos financieros, notas sobre los horarios del personal, fotos de la caja de fusibles manipulada y del reloj de fichaje apagado. Era todo lo que podía reunir antes de la audiencia. Parecía poco para enfrentar a una red completa de mentiras, pero para ella era suficiente para intentarlo. Mientras caminaba hacia la estación de autobuses, sintió una presencia extraña. Era el mismo auto negro del día anterior, avanzando lentamente por la calle paralela.

Esta vez no se escondía. iba tan despacio que casi parecía estar siguiéndola a propósito. Laura apretó el paso fingiendo que no lo había visto, pero el motor ronroneaba como un recordatorio persistente de que no estaba sola. Cuando llegó al tribunal, ya había reporteros esperando. La lluvia ligera no los detenía. En cuanto la vieron, se acercaron con micrófonos y cámaras como si fueran un enjambre de abejas atraído por la luz. Laura trajo más pruebas. ¿Es cierto que el técnico que revisó las cámaras desapareció?

¿Ha recibido amenazas? ¿Sabe que Land Holdings financió inversiones ilegales? Laura esquivó las preguntas como podía. Su corazón latía rápido, pero mantenía la mirada al frente. No quería dar declaraciones antes de hablar con el juez. Los guardias la ayudaron a entrar y cerrar las puertas detrás de ella. Una vez dentro, la mujer encargada de revisarla la condujo hacia una oficina cercana. Allí la esperaba el analista financiero que había conocido el día anterior con una expresión aún más preocupada que antes.

“Señorita Neris, lo que encontramos anoche complica mucho las cosas”, dijo el sin rodeos. “¿Por qué?”, preguntó Laura. Los documentos de la empresa de Sergio Landeros tienen conexiones con cuentas en el extranjero, explicó. Y algunos pagos coinciden con la fecha del ataque y otros con semanas previas. Es posible que estén financiando operaciones ilegales desde hace meses. Laura frunció el seño. Y eso ayudaba a culpar a Alejandro. Sí, respondió él. Si Alejandro caía, Sergio y Baguer ganarían el control de los contratos que estaban disputándose.

Es un movimiento perfecto si nadie revisa demasiado. Laura apretó los labios. Ya no había duda. Alejandro era solo un daño colateral en un plan mucho más grande. ¿Hay algo más? Añadió el analista. Una cámara de seguridad de un hotel en Tesalónica registró a Bower entrando la noche del supuesto ataque. Él dijo que estaba inconsciente en un almacén de Atenas. Eso no encaja. Laura abrió los ojos sorprendida. Y puedo usar eso en la audiencia. Se lo daré al juez yo mismo, pero es mejor que usted lo mencione.

Su papel es más fuerte de lo que imagina. Laura sintió un leve vértigo. Nunca pensó que un simple testimonio la convertiría en una pieza clave para derrumbar un caso entero, pero allí estaba sin escapatoria posible. Cuando el analista se retiró, Laura se quedó sola en la oficina. Sus manos temblaban levemente, pero respiró profundo. Necesitaba controlar ese miedo. No podía permitirse fallar ahora. Al salir, vio a la otra empleada de la mansión apoyada en una columna como si la estuviera esperando.

Sus brazos cruzados y su mirada severa anunciaban problemas. ¿Ya te diste cuenta de lo que hiciste?, preguntó con tono cortante. ¿Sabes cuántas llamadas recibimos ayer? ¿Sabes cuánta tensión negativa trajo esto a la mansión? Laura se detuvo. Solo estoy diciendo la verdad. La verdad no paga las cuentas”, replicó la mujer dando un paso hacia ella. “Y si Alejandro cae, todos quedamos sin empleo. Piénsalo. Para ti quizás es un juego, pero para nosotras es sobrevivir.” “No es un juego,” respondió Laura.

Alejandro es inocente, pues más te vale tener suficiente para probarlo, advirtió la mujer. Porque si pierdes, él se hunde y nosotras contigo. Laura no respondió. No porque estuviera de acuerdo, sino porque no tenía tiempo para discusiones inútiles. Caminó hacia la sala principal con el corazón golpeando fuerte. Afuera de la sala vio a Alejandro siendo conducido por los oficiales. Él alzó la mirada y al verla intentó sonreír aunque se notaba abatido. ¿Todo bien? Preguntó él en voz baja cuando la tuvieron a una distancia prudente.

Traigo nuevas pruebas, dijo ella. Y un testigo indirecto que puede confirmar que Ber no estuvo en Atenas la noche del ataque. Los ojos de Alejandro se iluminaron. Laura, esto puede salvarme. Voy a hacer lo que pueda, respondió ella. Antes de que pudiera seguir hablando, Sergio apareció detrás de los oficiales como un fantasma que siempre estaba en el momento exacto para incomodar. Su mirada gris se clavó en Laura con una intensidad que la hizo estremecerse. “Veo que sigues aquí”, dijo él sonriendo apenas.

“Qué valiente!” Laura lo ignoró por completo. No iba a darle el gusto de verla temblar. El juez pidió silencio y llamó a todos a la sala. Cuando Laura tomó asiento, notó que su celular vibró dentro de su bolso. No quería mirar, pero algo en su interior le dijo que debía hacerlo. Sacó el teléfono y vio un mensaje nuevo. Solo una foto. Era su madre saliendo de la casa. Y la imagen estaba tomada desde la distancia, desde el mismo auto que la había estado siguiendo.

Laura sintió que el piso bajo sus pies desaparecía. El miedo la golpeó como una ola gélida. Miró alrededor buscando rostros sospechosos, pero todos parecían absortos en el juicio. Guardó el teléfono con manos temblorosas. Sabía lo que significaba. Sergio ya no solo la había amenazado a ella, ahora estaba apuntando a su familia. El juez Elías abrió la carpeta con la evidencia nueva. El ambiente era tenso, casi eléctrico. Vamos a continuar con la información presentada por la señorita Neris, dijo.

Según los documentos, las cámaras de la mansión del señor Estévez fueron manipuladas en repetidas ocasiones la semana del incidente. También hay pruebas de fallas en el sistema de fichaje y posibles irregularidades financieras que involucran a terceros. El fiscal se puso de pie visiblemente incómodo. Señor juez, esto no está confirmado. Podría tratarse de coincidencias o de errores técnicos. No, fiscal, interrumpió el juez con firmeza. No lo son. Esta evidencia señala una coordinación deliberada. Y ahora tenemos informes que contradicen la cuartada del señor Bauer.

Los murmullos se hicieron más fuertes. Se sentía como si el aire vibrara. El juez continuó. Hay una cámara en Tesalónica que lo muestra entrando a un hotel la misma noche en que afirmó estar inconsciente en un almacén aquí en Atenas. Ark Power bajó la mirada tensando la mandíbula. Necesito que esta sala entienda, prosiguió el juez, que estamos frente a un caso con demasiadas contradicciones y no puedo ignorar los intentos de manipulación del sistema. El juez se volvió hacia Laura.

Señorita Neris, ¿está lista para ampliar su declaración? Ella respiró hondo, ignorando el temblor en su pecho, la amenaza en su teléfono y la sombra constante de Sergio. Sí, señor juez, estoy lista. lo que diría a continuación determinaría el destino de todos. La sala del tribunal parecía contener el aliento mientras Laura avanzaba hacia el estrado nuevamente. Sentía cada paso más pesado que el anterior, pero no podía permitirse mostrar debilidad. Alejandro la observaba con una mezcla de gratitud y miedo, como si temiera que cada palabra que ella pronunciara pudiera salvarlo o destruirlo si algo salía mal.

El juez Elías le pidió que se colocara frente al micrófono. Laura miró sus notas, respiró hondo y levantó la mirada hacia el juez. Señorita Neris, comenzó él, explique detalladamente qué ocurrió con las cámaras de seguridad de la mansión y cómo esto podría alterar la línea de tiempo del caso. Laura apretó los labios antes de responder. Las cámaras dejaron de funcionar días antes del incidente. Pero eso no fue un fallo técnico. Alguien las apagó desde el panel interno y no fue ningún empleado.

El fiscal dio un paso al frente visiblemente irritado. ¿Tiene pruebas de eso o solo está especulando? Laura sostuvo su mirada. Tengo fotos del panel forzado y tengo registros que muestran que un técnico no registrado entró a la casa esa semana. Nadie del personal lo conocía. ¿Y cómo sabe usted que ese técnico tenía algo que ver con el supuesto ataque? Preguntó el fiscal. Porque ese mismo día también se alteró el reloj de fichaje de la puerta trasera y las cámaras de esa zona quedaron sin señal.

Todo eso ocurrió justo antes de que acusaran al señor Estévez de estar en un lugar donde no estaba. El juez revisó uno de los documentos. Según esto, el reloj registró actividad de reinicio el día del incidente a una hora que coincide con una transferencia bancaria sospechosa relacionada con Mandoos Holdings. Un murmullo fuerte llenó la sala. Sergio, sentado en una banca lateral, apenas cambió su expresión. Se limitó a cruzar los brazos y sonreír de forma casi invisible. El fiscal insistió.

Eso no prueba que el señor Estévez no salió de la mansión. Laura apretó los puños para contener la frustración. No salió. Respondió con firmeza. Yo estaba ahí. Limpio la casa todas las noches. Ese día también. Cuando él llegó, estaba exhausto. Subió a su oficina y se quedó ahí por horas. Después bajó a la cocina. Lo escuché claramente. Y después volvió a su habitación. Podría haber salido por la puerta principal, insistió el fiscal. El reloj de fichaje no hubiera registrado su salida porque estaba manipulado, explicó Laura.

Y si las cámaras estaban apagadas, todo queda sin registro. Eso es lo que querían, que no hubiera forma de demostrar dónde estaba él. El juez tomó la palabra. Parece que alguien trabajó para borrar todos los rastros del señor Estévez durante esa noche. Laura asintió. Eso creo. Y también creo que lo hicieron para culparlo. Alejandro se recargó ligeramente en la silla, tenso, pero con un brillo nuevo en los ojos. Por primera vez desde que todo empezó, parecía tener esperanza.

El fiscal masculló algo inaudible, pero el juez lo ignoró. Señorita Neris, continuó el juez, ¿qué puede decirnos sobre la evidencia encontrada en Tesalónica referente al señor Bauer? Laura tomó aire antes de responder. Hay un video de seguridad del hotel Legio Sitz tomado la misma noche del supuesto ataque donde se ve claramente al señor Bower entrando al edificio por su cuenta, sin ayuda, sin heridas visibles y definitivamente no estaba inconsciente como afirmó. Todos en la sala voltearon hacia Bauer.

Él se hundió en su asiento girando la cabeza hacia un lado para evitar las miradas. El juez levantó una ceja. Eso contradice completamente su declaración oficial. Ber no respondió. Su silencio era más fuerte que cualquier palabra. Sergio, desde su asiento, cambió su postura por primera vez. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas como un depredador evaluando un nuevo movimiento. El juez continuó. Al parecer, hay una coordinación entre el falso ataque y la manipulación de los sistemas de seguridad de la mansión del señor Esté.

Laura sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Era la primera vez que veía al juez tan convencido de que algo grave estaba ocurriendo detrás del caso. Pero justo cuando pensó que todo estaba saliendo a su favor, el fiscal golpeó la mesa con la mano, perdiendo la compostura. Señor juez, exclamó, no podemos basarnos solo en teorías de una empleada. Esto puede estar manipulado. Ella podría estar mintiendo. Alejandro apretó los dientes. Laura no mentiría dijo poniéndose de pie a pesar de los oficiales que intentaban contenerlo.

El juez golpeó con el mazo. Orden. Señor Estéz, siéntese. Alejandro respiró hondo y obedeció. Laura sintió la presión en su pecho, pero no retrocedió. No estoy mintiendo”, dijo con voz firme. “Quieren que pare, pero no voy a parar.” El fiscal aprovechó. ¿Quién quiere que pare? ¿Tiene algún enemigo, señorita Neris? Laura tuvo un segundo de duda. Si decía la verdad, podría empeorar todo, pero si callaba, Sergio ganaría. He recibido amenazas”, dijo finalmente. Mensajes, incluso fotos de mi madre.

Alguien me está siguiendo. La sala estalló. El juez se inclinó hacia adelante, tenso. Fotos. ¿De qué clase de amenazas estamos hablando? Laura tragó saliva. Un auto negro ha estado siguiéndome. Ayer me mandaron una foto de mi madre saliendo de nuestra casa. y un mensaje que decía, “Última advertencia.” El juez se puso de pie. “Fiscal, esto es extremadamente grave. Su oficina ha recibido indicios de intimidación hacia testigos.” El fiscal lució incómodo. “No, no teníamos conocimiento de eso.” “Pues lo tienen ahora”, respondió el juez con frialdad.

Laura sintió un nudo en el estómago. Estaba revelando demasiado, pero era necesario. Si se quedaba callada, el miedo ganaría. Sergio la observaba sin pestañear, con una calma perturbadora. Su mirada parecía decir, “Habla lo que quieras, no vas a detenerme.” El juez continuó, “Debemos considerar seriamente la posibilidad de que el señor Estévez haya sido incriminado y que haya terceros interesados en mantener esta historia.” El fiscal abrió la boca para replicar, pero el juez levantó la mano cortándolo. Voy a ordenar una revisión completa de los sistemas de seguridad de la mansión, la verificación de los registros bancarios y una evaluación del video de Tesalónica.

Hasta entonces, las acusaciones formales quedan suspendidas. Alejandro dio un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Sus ojos se humedecieron apenas. Laura lo notó, aunque él trató de disimularlo. Sergio, en cambio, se puso rígido. No esperaba eso. No lo aceptaba. El juez golpeó el mazo. El tribunal entra en receso. Mañana continuaremos con la conclusión final. Laura bajó del estrado con piernas que le temblaban, pero con el corazón firme. Sabía que había dado un gran paso, pero también sabía que Sergio no iba a quedarse quieto después de esto.

Mientras caminaba hacia la salida, Alejandro logró acercarse un poco, aunque los oficiales lo mantenían sujeto. “Laura”, susurró él. Gracias. No sé cómo pagarte esto. Ella negó suavemente. No tienes que pagarme nada. Tú fuiste bueno conmigo y con mi mamá y eres inocente. Alejandro se acercó un poco más bajando la voz. Por favor, no te quedes sola hoy. Laura iba a responder, pero una sensación helada la recorrió cuando vio al fondo del pasillo a un hombre que observaba cada movimiento suyo.

Era el mismo que estaba dentro del auto negro. Ella no lo conocía, pero él sí la conocía a ella. El hombre inclinó ligeramente la cabeza como un saludo macabro y desapareció entre la multitud. Alejandro notó su expresión. ¿Qué pasó? Laura no respondió porque lo que vio no podía decirse sin que el miedo se aprobara a sí mismo. Y aún faltaba lo peor. Laura llegó al tribunal al día siguiente con la sensación de que algo invisible la seguía de cerca.

Cada vez que volteaba encontraba rostros desconocidos, algunos curiosos, otros fríos y uno en particular que la hacía sentir un vacío en el estómago. Era el mismo hombre del auto negro. Estaba a unos metros fingiendo mirar su teléfono, pero ella sabía que no era una coincidencia. Trató de no demostrarlo mientras caminaba hacia la entrada. En cuanto cruzó la puerta, un guardia se acercó para acompañarla hasta la sala principal. No sabía si era protocolo o si el juez había pedido seguridad adicional después de las amenazas, pero agradeció el apoyo.

Dentro. El ambiente era tenso. La sala estaba repleta igual que los días anteriores, pero hoy había algo distinto. Esperanza, miedo, impaciencia, todo mezclado. Alejandro estaba sentado frente al estrado, esposado, pero con la cabeza en alto. Cuando vio entrar a Laura, una calma fugaz cruzó su rostro como si su sola presencia le recordara que aún no había perdido la batalla. El juez Elías golpeó el mazo para dar inicio. Continuaremos con la audiencia de revisión y tomaremos en cuenta el nuevo material entregado por la señorita Neris.

Este tribunal ha analizado la evidencia adicional. La manipulación de las cámaras, la alteración del reloj de fichaje, las transferencias bancarias sospechosas y el video del señor Bauer en Tesalónica. El fiscal intentó protestar. Señor juez, si me permite, la defensa no ha presentado un análisis técnico completo de fiscal, interrumpió el juez con firmeza. La evidencia habla por sí sola. Lo que evaluaremos hoy es si existe o no un caso sólido contra el señor Esté. El fiscal apretó los dientes y se sentó.

Laura sintió un hormigueo en las manos. Todo estaba llegando al punto decisivo. El juez continuó. Según los reportes, la supuesta agresión al señor Bauer presenta inconsistencias claras. Hay pruebas de que estuvo en Tesalónica la misma noche. No hay evidencia concluyente que lo sitúe en un almacén de Atenas. Y la falta de registros confiables en la mansión del señor Estévez levanta sospechas seria sobre la veracidad del testimonio presentado en su contra. El público murmuró incrédulo. Bower bajó la cabeza y evitó mirar a nadie.

Laura respiró con dificultad. Era la primera vez que escuchaba en voz alta en un espacio oficial que la historia montada se venía abajo. El juez hizo una pausa larga antes de hablar de lo más delicado. Además, prosiguió. Se rastreó el origen de varios depósitos hechos desde cuentas asociadas a Landos Holdens hacia terceros involucrados en esta investigación. Esto indica posibles actos de corrupción y manipulación de pruebas. Sergio, sentado un poco más atrás, no movió un músculo. Su cara se volvió una máscara impenetrable, pero en su mirada había una furia contenida que Laura sintió directamente en la nuca.

El juez tomó una carpeta nueva. A partir de esta evidencia, este tribunal considera que el caso contra el señor Alejandro Estévez carece de fundamento suficiente para mantener los cargos. La sala explotó en murmullos. Alejandro, en cambio, solo cerró los ojos por un segundo, como si el peso de días interminables se evaporara lentamente. Laura sintió un nudo en la garganta. Casi quiso llorar, pero no podía. No allí. El juez levantó la voz. Ordeno la liberación inmediata del señor Estévez bajo absolución temporal mientras se abre una investigación formal contra el señor Sergio Landeros y cualquier cómplice involucrado.

El fiscal se quedó en Soc. Bauer miró al piso con una mezcla de miedo y derrota y Sergio, Sergio no pestañeó, solo apoyó sus manos en los brazos de su asiento como si estuviera listo para levantarse, pero el guardia detrás de él puso una mano firme en su hombro. La sala, sin darse cuenta, contuvo el aliento. El juez añadió, “También solicito medidas de protección para la señorita Neris y su familia. Ha sido una pieza clave en el esclarecimiento de estos hechos.

Laura sintió un sobresalto. No esperaba que la mencionaran en voz alta de esa manera. De pronto, todas las miradas se posaron en ella. Un guardia se acercó para quedarse a su lado. Ella bajó la mirada, abrumada, pero también aliviada. Alejandro se puso de pie mientras le retiraban las esposas. Al hacerlo, buscó a Laura con la mirada. Ella levantó los ojos justo en ese momento y sus miradas se encontraron. Era como si todo el ruido de alrededor desapareciera.

Laura susurró él cuando se acercó, aunque los guardias se mantenían atentos. Lo lograste. Ella negó suavemente. Lo logramos. Yo solo dije lo que vi. Alejandro sonrió por primera vez en días. Una sonrisa cansada pero real. Gracias por no dejarme solo. Laura sintió el pecho apretado. Quiso responder, pero se distrajo al ver algo por el rabillo del ojo. El hombre del auto negro estaba en la esquina de la sala observando todo con expresión seria. Sin embargo, ahora no parecía amenazante, parecía evaluador, como si el desenlace hubiera modificado sus órdenes.

En cuanto sus ojos se cruzaron, él se dio la vuelta y salió por una puerta lateral. Laura tragó saliva. No sabía si eso significaba que ella estaba a salvo o que todo acababa de comenzar. Un par de horas después, Alejandro salió por la puerta principal del tribunal, acompañado de oficiales y su equipo legal provisional. Los reporteros se volvieron locos intentando acercarse. Laura salió por una salida alterna con dos guardias, pero al final del pasillo Alejandro logró alcanzarla.

“¿Puedo hablar contigo un momento?”, preguntó él. Los guardias intercambiaron miradas y lo permitieron, manteniéndose a una distancia prudente. “Tengo que agradecerte”, dijo Alejandro mirándola directo a los ojos. “Nunca imaginé que alguien como tú, que alguien que ni siquiera tenía obligación de ayudarme haría tanto por mí.” Laura sonrió apenas. No te debía nada, Alejandro, pero sé reconocer cuando alguien es inocente. Alejandro suspiró como si las palabras le pesaran. Lo que hiciste cambió mi vida. Literalmente, si no fuera por ti, yo estaría camino a prisión ahora mismo.

Ella bajó la mirada, sintiendo el impacto de lo que había hecho realmente. Y ahora quiero que tú estés a salvo, añadió Alejandro. Voy a asegurarme de que tengas protección. Ningún mensaje, ningún auto extraño, nada. Nadie va a tocarte. Lo prometo. Laura sintió una mezcla de alivio y temor. Nunca nadie había prometido protegerla así. Gracias, dijo. Y si un día necesitas algo, lo que sea, solo dímelo añadió él. Me debes permitir ayudarte por lo menos una vez. Laura sonrió.

Está bien, aunque no te debo nada. Alejandro se rió por primera vez. Está bien, no te debo nada, repitió él en broma. Ambos caminaron hacia la salida. Laura vio como su madre esperaba en la entrada del edificio con los ojos llenos de lágrimas. En cuanto la vio, corrió hacia ella. “Laura”, exclamó Marta abrazándola fuerte. Pensé que te pasaría algo. Laura se aferró a ella, sintiendo el alivio recorrerle el cuerpo. Estoy bien, mamá. Ya pasó. Marta la sostuvo de los hombros.

Gracias a ese muchacho y a tu valor. Laura asintió. Mientras veía a Alejandro alejarse, protegido por oficiales, sintió algo que no esperaba sentir. Paz. Había sido más fuerte de lo que creía. Había enfrentado amenazas, presiones, miedo, pero también había salvado a alguien que no merecía caer. Esa noche, Laura y su madre cenaron juntas en casa, intentando dejar atrás todo el caos. El televisor mostraba noticias del caso, todas enfocadas en la caída de Sergio Landeros, la traición corporativa y la valentía de una simple empleada de limpieza.

Marta subió el volumen un poco. Mira eso, eres famosa. Laura negó con la cabeza riendo suavemente. No quiero ser famosa, solo quiero que todo termine. Marta tomó su mano. Terminará y tú vas a estar bien. Laura miró por la ventana viendo las luces de la ciudad. Sabía que su vida había cambiado para bien y para mal, pero también sabía que había hecho lo correcto y eso era suficiente. Al día siguiente, mientras acomodaba su uniforme amarillo recién lavado, Laura vio su celular vibrar con una notificación.

Era un mensaje nuevo. Gracias por tu valentía. Aeella sonrió. Por fin todo tenía sentido y aunque no sabía que vendría después, sabía que había ganado algo invaluable, la certeza de que incluso alguien como ella podía cambiar un destino entero.