El cejo RNG detuvo un coche viejo en plena carretera, sin imaginar que dentro iban tres oficiales militares encubiertos. La noche estaba oscura, húmeda y cargada de silencio. El tipo de silencio denso que solo se escucha en los tramos montañosos del occidente mexicano. La carretera federal 80 entre Autlán y Casimiro Castillo aparecía vacía, apenas iluminada por los faros de dos camionetas pickup negras atravesadas en ambos carriles. Troncos gruesos bloqueaban el paso. Un bloqueo rápido, perfecto, profesional. El coche viejo, un sedán modelo 92, la carrocería oxidada y el escape temblando, frenó bruscamente levantando una nube de polvo seco.
Para cualquier persona ajena, parecía el típico vehículo de trabajadores pobres regresando del campo. Pero los sicarios no tenían idea de quiénes viajaban dentro. En los asientos iban tres hombres con ropa sucia de grasa, gorras baratas, mochilas desgastadas. Parecían mecánicos humildes que habían pasado el día trabajando bajo el sol, pero debajo de la apariencia bajo la tela manchada, llevaban veretas cortas, ocultas y credenciales falsas. Eran oficiales de inteligencia militar asignados a operaciones encubiertas contra el CJ. Los sicarios bajaron de las camionetas.
Eran ocho, todos armados con AK47 y AR Kum, equipados con linternas tácticas. Sus rostros estaban cubiertos con paliacates negros. La forma en la que se movían revelaba disciplina, pasos sincronizados, armas al hombro, dedos listos para disparar. No eran improvisados, eran célula entrenada para asaltos rápidos y selección de víctimas. Desde dentro del coche, el oficial a cargo, el capitán Mauricio Rivas, observó a través del parabrisas sucio. Parecía un hombre de 43 años, cualquiera cansado con barba de dos días.
Pero detrás de esa mirada había 20 años de experiencia en operaciones clandestinas, 10 en contra del cartel. Junto a él, en el asiento del copiloto, estaba el sargento arredondo, joven impulsivo, pero letal. En el asiento trasero, el subteniente Morales calmado, metódico memorioso como computadora humana. Ninguno de los tres debía estar allí. Se suponía que regresaban a Guadalajara después de una reunión con un informante en la costa. Viajaban discretos porque sabían que las carreteras eran territorio del cartel y aún así terminaron atrapados.
Los sicarios se acercaron rodeando el sedán por ambos lados. Uno golpeó la cajuela con la culata de su rifle. “Abran la puerta”, ordenó con voz áspera. El capitán Rivas levantó las manos lentamente actuando asustado. “No traemos nada, jefe. Solo vamos para Autlán. Somos mecánicos.” Su voz sonaba creíble, quebrada, temblorosa. Era experto, mintiendo bajo presión. El jefe de la célula, un hombre alto con tatuaje de escorpión en el cuello, se acercó al vidrio del conductor. Baja el vidrio.
Ya. Rivas obedeció girando la manivela vieja del vehículo. El sicario iluminó el interior con una linterna, documentos, dinero, celulares. Todo aquí ahora. Morales desde el asiento trasero bajó la mirada. Él ya había contado mentalmente ocho sicarios, dos camionetas, troncos bloqueando carretera ventaja para ellos. Desventaja absoluta para los oficiales, línea de tiro limitada, sin apoyo cercano, sin forma de retroceder y con civiles potencialmente viniendo en cualquier dirección. El sargento arredondo apretó los dientes. “Si nos bajan del coche, nos ejecutan”, susurró apenas audible.
Ribas lo escuchó. no contestó. El escorpión abrió la puerta del conductor con fuerza y jaló arribas del brazo. Fuera. Los tres. De inmediato, tres sicarios más apuntaron directo a sus cabezas. La escena estaba al borde de romperse. Los oficiales sabían lo que pasaba en esa carretera. El CJ llevaba meses secuestrando mecánicos, jornaleros, chóeres y comerciantes para extorsiones rápidas. Nadie regresaba. El patrón era claro bajarlos, revisarlos, decidir si valían dinero desaparecerlos. Si encontraban algo sospechoso, los mataban sin hacer preguntas.
Ribas miró a Arredondo, luego a Morales. No habló, no movió los labios, solo bajó un poco la barbilla. Era señal, no señal de ataque, señal de preparación absoluta. Algo podía pasar en segundos. Los sicarios los hicieron bajar del sedán. Uno revisó la cajuela, otro metió la mano bajo los asientos buscando armas. Si encontraba una sola vereta, habría una ejecución inmediata. Morales respiró hondo. No la van a encontrar, pensó. No, hoy. El escorpión se acercó más a Ras.
¿A qué se dedican mecánicos? Del taller de Don Hilario. Enehjut la mintió Rivas sin pestañear. El sicario sonrió con burla. Ah, sí. ¿Y por qué llevan manos tan limpias para ser mecánicos? La sangre de arredondo se congeló. Era detalle mínimo, pero suficiente para encender alarma. Ribas respondió rápido. Nos lavamos en el río. Dejamos las herramientas en Autlán. Otra mentira fluida. El sicario se inclinó más tan cerca que Rivas podía oler la mezcla de sudor marihuana y pólvora impregnada en la ropa del criminal.
Algo no me cuadra contigo”, dijo lentamente. “Mejor vamos a revisarlos allá atrás, donde no pasa nadie.” Ese allá atrás significaba ejecución, significaba fosas, significaba que habían sido descubiertos sin remedio. A redondo tragó saliva. Su pulso subió. Morales evaluó distancia, armas, posiciones. Rivas cerró los puños. El mundo se tensó como cuerda a punto de romperse y justo en ese instante, desde la ladera oscura junto a la carretera, se escuchó un crujido, un ruido seco, algo o alguien moviéndose entre los árboles.
Un sicario volteó, otro levantó el arma. El escorpión gritó, “¿Quién anda ahí?” Los oficiales intercambiaron una mirada. Ellos sabían algo que los sicarios no sabían. y lo que estaba por pasar cambiaría todo. El crujido en la ladera se repitió esta vez más fuerte, como si alguien pisara ramas secas allá arriba en la oscuridad. Los sicarios giraron las linternas hacia el monte, iluminando pinos delgados y piedras irregulares. El viento nocturno movió hojas, pero no lo suficiente para explicar ese ruido.
Algo estaba ahí. El escorpión levantó su rifle. Apunten al cerro. ordenó. Dos sicarios se colocaron en posición nerviosos, moviendo los cañones de sus armas de un lado a otro. Había tensión en el aire, una tensión eléctrica que hacía que todo sonara más fuerte la respiración, los pasos en la grava, el zumbido de los faros. El capitán Rivas lo notó. Los sicarios estaban distraídos por primera vez. Sus armas ya no apuntaban directamente a ellos. Era brecha mínima, pero una brecha al fin.
A redondo lo sintió. También aquella era la clase de apertura que solo dura segundos, pero Ribas no dio señal. Aún no. Las luces no mostraron nada en el cerro, solo árboles, piedras, sombras. El escorpión bajó el rifle un poco, aunque seguía atento. Algo se movió ahí arriba, dijo uno de los sicarios. Tal vez un venado, respondió otro. Pero ninguno sonaba convencido. Ribas sabía lo que había ocurrido. Aquello no era un venado, era un informante, un observador, alguien que había seguido al cartel por días, quizás semanas, y ahora estaba demasiado cerca.
Y si había uno, podían ser dos, tres o más. El escorpión volvió la mirada hacia arriba. A ver, mecánico, camina. Vamos a revisar. Vamos a revisar tus cosas atrás de la camioneta. El tono era definitivo. No iban a dejarlos ir. No iban a creer sus mentiras. Solo necesitaban una excusa más para dar la orden de ejecutar. Arredondo apretó la mandíbula. Morales bajó un poco la mirada memorizando posiciones. Ocho enemigos, cuatro en cada lado del bloqueo. Troncos pesados detrás, sin ruta de escape.
Dos camionetas listas para maniobrar. Ellos tres desarmados en apariencia. Ribas empezó a caminar despacio hacia la parte trasera de la camioneta del cartel. Cada paso hacía que su corazón la diera más fuerte. No por miedo, sino por cálculo, por estrategia, por lo que estaba a punto de decidir. Los sicarios los empujaron para avanzar. Muévanse. Nada de trucos. Rivas oyó el sonido del seguro de un rifle y entonces pasó algo inesperado. Un celular sonó, un sonido claro fuerte muy fuera de lugar.
El escorpión lo escuchó. ¿Quién carajos tiene el celular prendido? Gritó. Les dije que lo apagaran. Los sicarios se revisaron los bolsillos confundidos. Ninguno tenía su celular encendido. El sonido venía de los árboles del monte. Un tono metálico insistente, una llamada entrante. Morales lo entendió al instante. Es un teléfono de vigilancia, susurró. un colgado, un dispositivo que dejan los informantes para monitorear movimiento. Y si alguien estaba llamando ese teléfono, significaba solo una cosa. Los estaban observando. El escorpión frunció el ceño.
Perdió por un instante ese control frío que había tenido desde el inicio. “Apaguen luces”, ordenó. Las linternas se movieron rápido buscando el origen del sonido. Ese segundo de caos fue suficiente para que algo dentro del capitán Rivas despertara. No era impulso, era cálculo exacto. Miró a Na Redondo, miró a Morales. Los dos entendieron. Ese era el momento. Ribas respiró profundo. Bajó la mano lentamente, la metió en la bolsa lateral del pantalón manchado de grasa. Los sicarios no lo notaron de inmediato distraídos con el maldito teléfono invisible entre los árboles.
El subteniente Morales hizo lo mismo desde atrás, inclinando el torso como si se acomodara la camisa. A redondo se giró levemente, fingiendo cansancio. Lo que estaban alcanzando eran sus veretas compactas escondidas en fundas improvisadas detrás de capas de ropa vieja y trapos aceitados. La tensión se volvió insoportable. El escorpión gritó, “¡Dejen de moverse, los quiero quietos!” Pero ya era tarde. El teléfono sonó por tercera vez. Ese sonido rebotó en la maleza como detonante de algo inevitable. Ribas gritó ahora.
El primer disparo sonó seco, preciso, directo al pecho del sicario más cercano. Lo lanzó hacia atrás como un muñeco. Los demás reaccionaron tarde alzando sus rifles mientras a redondo disparaba dos veces rápido certero, neutralizando al que estaba a su izquierda. Morales rodó hacia el suelo disparando desde abajo, golpeando las piernas del sicario que apuntaba por detrás del coche. El hombre cayó gritando, tirando el rifle. El escorpión abrió fuego sin apuntar balas, rebotando en el asfalto en la cajuela de la camioneta en el capó del sedán.
Chispas saltaron. Los oficiales se agacharon detrás del carro usando las puertas abiertas como cobertura improvisada. El intercambio de disparos iluminó la carretera con destellos blancos. Los árboles vibraron con el eco metálico. Los sicarios gritaban órdenes sin coordinación. Algunos disparaban hacia la ladera como si el misterioso observador todavía estuviera allí. Ribas levantó la cabeza. Apenas ubicó al escorpión escondiéndose detrás de una pickup. Moviéndose a la izquierda susurró. A redondo corrió bajo la oscuridad pasando por la parte trasera del sedán, manteniendo perfil bajo.
Dos sicarios le dispararon sin alcanzarlo. Morales tomó posición detrás de un tronco del bloqueo. Otro disparo. Otro sicario cayó. El escorpión, viendo caer a su gente, tomó el radio y gritó, “Refuerzos, nos están atacando. Son militares. Repito, son mí.” Un disparo le cortó la frase. Ribas no dio oportunidad de que siguiera. La bala le pegó en la clavícula haciéndole soltar el radio, pero aún no estaba fuera de combate. Se arrastró detrás de su camioneta y tomó una pistola corta.
No son mecánicos rugió. Mátenlos a todos. Los oficiales siguieron disparando, pero ahora el panorama era distinto. Dos sicarios seguían en pie, moviéndose rápido entre sombras. Uno de ellos lanzó una ráfaga hacia el sedán, rompiendo el parabrisas y las ventanas laterales. Vidrio voló en todas direcciones. Ribas sintió un corte en la ceja. Morales recibió una astilla de vidrio en el cuello. A redondo cayó al suelo, no por un disparo, sino para evitar uno. La carretera se volvió una mezcla brutal de luz, gritos, disparos, polvo y el olor metálico de la pólvora recién quemada.
Y entonces desde la montaña un nuevo sonido apareció. No era un crujido, no era un teléfono, era una ráfaga muy larga, mucho más fuerte, más profunda, más precisa, una ametralladora ligera. Alguien más estaba disparando y no eran ellos ni los sicarios. La situación acababa de cambiar por completo. La ráfaga que estalló desde la ladera hizo que todos sicarios y oficiales por igual se quedaran congelados. un instante. No era un sonido común, no era un arma improvisada, era fuego controlado, preciso, profundo, con cadencia perfecta, un M2249 o un FX05 modificado, un arma que solo podía estar en manos de alguien entrenado.
Las balas trazadoras iluminaron el monte con líneas rojas que descendieron hacia la carretera golpeando el suelo alrededor de los sicarios que aún seguían en pie. Uno de ellos intentó responder disparando hacia los árboles, pero una ráfaga corta lo derribó de inmediato. Su cuerpo cayó sobre el asfalto inerte, como si alguien hubiera apagado un interruptor. El último sicario sobreviviente corrió hacia la pickup tratando de ponerse a salvo al volante, pero la ametralladora lo alcanzó también. Tres impactos secos limpios directo al torso.
Cayó sentado junto a la llanta con el rifle todavía colgando de su mano. El escorpión herido, sangrando del hombro y de la clavícula, levantó la pistola y apuntó hacia la montaña, tratando de adivinar dónde estaba el tirador, pero otra ráfaga le quebró la ventana de la camioneta, obligándolo a cubrirse. Maldijo en voz alta. Aunque era un criminal, entendía cuando la balanza se inclinaba hacia un lado imposible de ganar. Ribas miró hacia la ladera tratando de identificar al nuevo actor.
No podía ver nada, solo sombras moviéndose entre hojas, movimientos rápidos, silenciosos, entrenados. Alguien estaba ahí arriba, alguien que los había estado siguiendo. “No estamos solos”, murmuró. A redondo, respirando fuerte, preguntó. Es apoyo nuestro, no respondió Morales con voz baja. Nadie sabía que estaríamos aquí. Nadie. El fuego de la ametralladora se detuvo de golpe. Silencio total. Ni un crujido, nada. Como si la montaña hubiera vuelto a dormirse. Las camionetas seguían encendidas iluminando la carretera con faros temblorosos, el humo flotando en el aire.
El escorpión aprovechó el silencio para gatear hacia la parte trasera de la pickup. apretando la pistola con fuerza. No quería morir allí, no después de todo lo que había hecho para ascender dentro del cejo. OMng rendirse no es opción, susurró para sí mismo. El capitán Ribas, escondido detrás de la puerta del sedán, observó su movimiento. Se mueve hacia la cajuela, indicó en voz baja. Arredondo asintió y avanzó por la derecha, todavía agachado. Morales se desplazó por la izquierda entre las sombras proyectadas por los troncos del bloqueo.
El escorpión abrió la cajuela de la pickup con dificultad. Tomó un arma más pesada, un lanzagranadas artesanal montado en un tubo de acero. Su intención era clara. No iba a ganar el tiroteo, pero podía al menos llevarse a alguien con él. Si voy a caer”, dijo, “caerán conmigo.” Ribas vio el tubo, lo reconoció de inmediato. “Cúbranse.” Pero fue tarde. Un disparo seco resonó dentro de la camioneta. No una granada. Era la pistola del propio escorpión. El hombre en el hombre gritó de dolor como si alguien le hubiera golpeado la muñeca.
Luego cayó hacia atrás dentro de la caja de la pickup. Rivas no entendió lo que había pasado al principio hasta que vio una sombra bajar por la ladera moviéndose como si flotara entre piedras. Una figura humana, rápida, precisa, silenciosa, un hombre vestido de oscuro con pasamontañas y chaleco táctico, descendió el último tramo del cerro como si hubiera entrenado toda su vida para ello. Tenía un rifle con silenciador el que había usado para detener al escorpión antes de que disparara la granada.
arredondo levantó su arma desconfiado. “¿Quién demonios es ese Morales?”, respondió tenso, pero sin perder control. “No es del cartel. El CJ no usa silenciadores en carretera. Ese hombre no es de ellos.” El desconocido caminó hacia la pickup. El escorpión herido intentó levantar su pistola, pero una patada fuerte en el brazo lo desarmó por completo. El hombre encapuchado lo tomó por el cuello y lo sacó de la camioneta con una facilidad que no coincidía con su tamaño. El escorpión escupió sangre.
¿Quién eres? La voz del hombre fue clara, neutra, como la de alguien que ha visto demasiado para seguir sintiendo miedo o sorpresa. No te preocupes por eso. Ribas salió un poco de su cobertura apuntando, pero sin disparar. Identifícate. El encapuchado no volteó. Si quisiera matarlos, ya estarían muertos. Aquella frase no sonó como amenaza, sino como hecho. A redondo avanzó con el arma levantada. Trabajas para nosotros. Eres del batallón Diachó, de la fuerza especial. El hombre dejó al escorpión arrodillado respirando con dificultad.
No trabajo para nadie, respondió. Estoy siguiendo a este grupo desde hace semanas. Morales se acercó más sin bajar el arma. Eres informante. No exactamente. El capitán Rivas, que había visto muchas operaciones de infiltración, estudiaba cada movimiento del desconocido. La postura, el agarre del arma, la forma de caminar. Todo indicaba entrenamiento avanzado, nivel militar, nivel profesional, pero no vestía como militar. No llevaba insignias ni brazaletes, nada. Rivas preguntó, “¿Por qué los seguías? El encapuchado respondió sin dudar porque estaban secuestrando gente y porque alguien tenía que detenerlos.
En ese momento, el escorpión intentó levantarse para correr. Solo alcanzó a dar dos pasos antes de que el encapuchado le doblara la pierna con un movimiento seco, obligándolo a caer de rodillas. “No te muevas”, dijo el encapuchado. “No quiero matarte.” No, hoy. El escorpión gritó de dolor. Ribas frunció el ceño. Lo vas a entregar a las autoridades. El hombre encapuchado bajó el rifle. Yo no entrego a nadie. Eso es trabajo de ustedes. Silencio. Morales dio un paso adelante.
Entonces, ¿por qué estás aquí? El hombre miró a los tres oficiales por primera vez. Sus ojos visibles bajo el pasamontañas no mostraban odio ni rabia. mostraban cansancio, determinación y algo más, algo difícil de leer, porque la próxima célula del cejo ng se está moviendo hacia la sierra del grullo, dijo, “Y ustedes no van a llegar a tiempo si esperan órdenes.” Rivas sintió un escalofrío. “¿Cómo sabes eso? Escuché sus radios, intercepté señales. Hay un segundo grupo más grande moviéndose esta misma noche.
A redondo maldijo por lo bajo. ¿Cuántos son 16 con dos rehenes? Morales cerró los ojos un instante. ¿Dónde están? El encapuchado señaló hacia el norte, en un rancho abandonado cerca de un arroyo seco. Si se tardan, los van a mover y entonces nadie los va a encontrar. El capitán Ribas guardó silencio. Miró a sus hombres, miró los cuerpos de los sicarios en la carretera. Miró al escorpión arrodillado. Sabía lo que venía. A redondo levantó la voz capitán.
Ribas respondió con tono firme. Lo sé. El encapuchado dio un paso hacia atrás como si se retirara lentamente. Si quieren llegar, deben irse ya. Rivas lo detuvo. ¿Y tú qué vas a hacer? El encapuchado comenzó a caminar hacia los árboles, lo mismo que he hecho todo este tiempo, seguirlos. Y desapareció entre la oscuridad, como si la montaña se lo tragara. A redondo quedó mirando el cerro. ¿Quién demonios era ese tipo Morales? respondió alguien que sabe demasiado. Rivas murmuró y que no quiere ser encontrado.
La carretera quedó en silencio, pero la noche no había terminado. La verdadera operación apenas estaba por comenzar. El silencio que quedó tras la desaparición del encapuchado era inquietante. No era un silencio de calma, sino uno espeso vibrante, como si la noche contuviera la respiración esperando lo que vendría después. Las camionetas del cartel seguían con los motores encendidos, iluminando la carretera con faros temblorosos. El aire olía a pólvora a metal caliente a pino mojado. A redondo guardó su vereta bajo la camisa mientras observaba el monte intentando ver algún movimiento.
Nada, ni una sombra. Ese tipo no se movía como civil, murmuró. Morales se inclinó para revisar el arma caída del escorpión. No era civil y tampoco era del ejército. Entonces, ¿qué preguntó a Redondo? Ribas respondió sin titubeo, alguien que trabaja solo. Los tres sabían que en esa zona había gente así, exmilitares expulsados, desertores, agentes, que ya no respondían al gobierno vigilantes, cazadores, de secuestradores, incluso familias enteras que se organizaban para enfrentar al CJ por su cuenta. La guerra había creado un ecosistema de sombras.
Algunos ayudaban, otros empeoraban todo. Aquel hombre, por ahora era un aliado temporal. Ribas apretó la herida en su ceja, limpiando un hilo de sangre seca. “Tenemos que movernos, dijo. Si hay 16 sicarios con dos rehenes, no podemos esperar refuerzos.” Morales lo miró con preocupación. “Capitán, somos tres. Tres contra 16. No confíes en los números,” respondió Rivas. Confía en la preparación. A redondo sonrió apenas. Suena a frase de manual capitán. Porque es de un manual, replicó Rivas serio.
Pero todos sabían que aquello no sería un enfrentamiento de manual, sería improvisación pura, sería caos y sería vida o muerte. Antes de partir, Rivas se acercó al escorpión que aún estaba arrodillado temblando con la pierna lesionada. Dime, ¿dónde está el rancho? El escorpión escupió sangre. “Vayan donde quieran”, murmuró. “No van a salvar a nadie.” Rivas lo tomó del cabello, obligándolo a levantar la cara. No te estoy preguntando. El escorpión lo miró con odio, pero también con miedo.
Sabía que lo que venía podía ser peor que morir en aquella carretera. El rancho se llama La cuerda. Está entre dos cerros cerca del arroyo seco. Van a llegar tarde. Ellos ya deben estar moviendo a los rehenes. ¿Cuántos vehículos? Dos. Una camioneta roja y una sub gris. Armas de todo. ¿Quién los lidera? El escorpión dudó. Morales acercó su arma a la frente del criminal. El escorpión tragó saliva. Un hombre llamado el rayo. Rápido, cruel. No le tiembla la mano.
Riva soltó al escorpión. Te van a recoger cuando llegue la patrulla. Si sigues respirando. El escorpión soltó una risa ronca. Tú tampoco vas a volver. Rivas no respondió. Dio media vuelta y caminó hacia la camioneta menos dañada del cartel. Nos vamos, ordenó. Los tres subieron. El motor ronroneó como un animal cansado, pero dispuesto a correr. Ribas tomó el volante. ¿Sabes llegar?, preguntó arredondo. “Tengo la ruta en la cabeza”, respondió Morales. El escorpión dijo lo suficiente. Mientras avanzaban, dejaron atrás el sedán destrozado los cuerpos sin vida y el olor penetrante de la pólvora quemada.
La carretera se hacía más estrecha y las sombras de los árboles más densas. La luna apenas iluminaba el asfalto y los faros proyectaban figuras deformes sobre troncos y arbustos. Arredondo no podía quitar de su mente al encapuchado. Capitán, dijo de repente, cree que está trabajando solo. Ribas no sacó los ojos del camino. No lo sé, pero si dijo la verdad, entonces ya está en el rancho. Morales agregó, y si él está ahí, habrá más muertos cuando lleguemos.
El camino se volvió de terracería. Piedras golpeaban la carrocería. Los amortiguadores chillaban. La montaña parecía cerrar el paso como si intentara advertirles que dieran marcha atrás. Ninguno lo hizo. A mitad del trayecto, el radio de la camioneta emitió un chasquido. Una voz distorsionada apareció entre estática moviendo al rayo. Orden. Salir. Los tres oficiales se miraron. Van a mover a los rehenes”, dijo Morales. “Entonces llegamos tarde”, respondió a Redondo. Rivas negó con la cabeza. “No, si están usando radio abierto es porque creen que nadie los escucha.
Son descuidados y los descuidados mueren rápido. El camino descendió hacia un valle estrecho. Entre dos cerros se podía ver la silueta de un rancho abandonado con estructuras metálicas oxidadas, un portón derribado y un tinaco caído. La luz débil de un foco colgado iluminaba apenas la entrada. Había dos vehículos estacionados afuera. Ahí están, susurró Morales sin señales de movimiento, agregó a redondo. Eso es lo que me preocupa dijo Ribas. Aparcaron la camioneta lejos detrás de unas rocas grandes.
Bajaron en silencio. Revisaron cargadores. Ajustaron los chalecos tácticos improvisados bajo la ropa sucia. Eran soldados entrenados, pero estaban yendo a un enfrentamiento sin el equipo ideal, sin apoyo, sin margen de error. Avanzaron agachados entre matorrales, acercándose al rancho por el lado más oscuro. El viento golpeaba láminas sueltas en el techo, produciendo un sonido agudo que se repetía como un lamento metálico. Morales se detuvo primero. Movimiento. Dentro del granero. redondo miró entre las tablas rotas dos hombres sentados durmiendo.
Ribas negó, “No están dormidos, están muertos.” Una sombra cruzó detrás de ellos, una sombra humana. Los tres se giraron de inmediato, armas listas, pero no había nadie. El corazón de arredondo golpeaba su pecho. “¡Capitán! Lo sé,” dijo Rivas. “No estamos solos.” Entraron por la parte lateral del rancho. Los cuerpos de dos sicarios yacían apoyados contra la pared con disparos limpios en la frente. No había sangre salpicada, no había lucha. Fueron ejecutados en silencio. Morales habló en voz baja.
El encapuchado estuvo aquí y hace poco añadió a redondo. Rivas se inclinó hacia un casquillo en el suelo. Menos de 5 minutos. siguieron avanzando. Al fondo, cerca de un corral abandonado, encontraron tres cuerpos más. Los sicarios habían sido abatidos mientras intentaban cargar cajas y bolsas a la camioneta roja. Los interceptó en plena preparación dedujo Morales. Cerca del portón otro cuerpo y otro más. Pero faltaban varios, muchos. A redondo frunció el ceño. Y los demás no están muertos, dijo Ribas.
Y eso es peor. Un ruido seco resonó desde el granero. Un golpe, luego un gemido ahogado. Rivas levantó la mano para indicar silencio absoluto. Se acercaron lenta, cuidadosamente, asomándose por una abertura entre tablas podridas. Vieron algo que los dejó inmóviles. Había dos rehenes atados a unas sillas, la boca cubierta con cinta. Detrás de ellos una figura de pie. El encapuchado no tenía armas en la mano. Estaba quieto, mirando hacia el frente como si supiera que lo estaban observando.
A redondo levantó su arma instintivamente. Capitán, espera. Ordenó Ribas. El encapuchado soltó a uno de los rehenes cortando las cuerdas con un cuchillo. Luego habló sin voltearse. Llegaron más rápido de lo que pensaba. Morales susurró, “¿Cómo demonios supo que estábamos aquí? Entonces el encapuchado se giró hacia la abertura. Sus ojos se clavaron en los derribas. Unos ojos cansados, inteligentes, entrenados, pero llenos de algo más, algo que los tres oficiales no estaban preparados para escuchar. Ribas, dijo el encapuchado con voz firme.
Sabía que vendrías. El mundo pareció detenerse. El capitán sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Ar redondo abrió los ojos confundido. Morales apretó el arma con fuerza porque aquello solo significaba una cosa. Ese hombre no solo los había ayudado, los conocía, los había seguido, los había estudiado y tenía un motivo. Tenemos mucho que hablar, añadió el encapuchado. Pero no aquí se escucharon motores a lo lejos, varios pesados. El rancho entero vibró. Los motores que se acercaban hicieron vibrar las láminas oxidadas del rancho.
Son potentes, múltiples, como si una caravana completa estuviera subiendo por el camino de terracería. Era el tipo de rugido que ningún oficial quería escuchar sin refuerzos cerca. El tipo de sonido que anunciaba que algo muy grande estaba por caerles encima. A redondo levantó el arma y retrocedió un paso. Capitán, vienen varios. Morales se asomó por una ventana rota. Tres camionetas, quizá cuatro. Demasiado rápido para ser policía municipal. Rivas apretó los dientes. Es el cejo ng. Debieron recibir el reporte del escorpión antes de que lo neutralizaran.
El encapuchado se agachó, tomó la pistola que había dejado junto a los rehenes y le hizo un gesto a RBAS. No hay tiempo para explicaciones. Si quieren salir vivos, tendrán que confiar en mí. A redondo gruño, ni de broma, no confiamos en desconocidos. El encapuchado respondió sin levantar la voz, si no confías, morirás en 5 minutos. Tu decisión. Morales miró arribas esperando su orden. El capitán calculó rápidamente tres oficiales, dos rehenes, un encapuchado con habilidades demasiado evidentes y al menos 15 sicarios bien armados descendiendo del cerro.
Era suicidio enfrentarlos en campo abierto. Ribas inhaló profundo. ¿Qué propones? El encapuchado señaló el piso del granero. Bajo estas tablas hay un túnel viejo. Servía para esconder ganado robado en los años 90. Sale a un barranco a unos 100 m. Si lo usamos, podemos rodearlos sin que nos vean. A redondo negó. Y si es trampa, entonces nos matas a todos tú mismo, dijo el encapuchado. Pero si no bajamos ya ellos nos matarán primero. Morales escuchó los motores detenerse afuera, seguido del ruido inconfundible de puertas abriéndose y botas golpeando el suelo.
Capitán, tenemos 10 segundos. Ribas tomó una decisión. Abrimos el túnel. El encapuchado golpeó con la bota una tabla húmeda. Abajo había tierra suelta. Juntos levantaron tres tablones más, dejando un hueco oscuro que despedía olor a humedad y raíces. El lugar parecía una madriguera olvidada, pero era la única salida. A redondo bajó primero con uno de los rehenes, luego Morales con el otro. Ribas descendió después. El encapuchado entró por último y cerró las tablas desde adentro, dejando el granero en silencio total.
El túnel era estrecho, apenas iluminado por las rendijas. Las paredes de tierra fría rozaban sus hombros. Avanzaban encorbados, casi arrastrándose. Arriba se escuchaban voces duras, rápidas órdenes, gritando en clave. Los sicarios entraron al granero. Uno pateó una silla, otro revisó los cuerpos afuera. “Aquí estuvieron,”, gritó alguien. “Hace nada. Busquen, revisen todo, arredondo murmuró, “¿Nos van a oír?” El encapuchado respondió, “Si no hablan, no. Ellos buscan pelea, no túneles.” Un golpe fuerte sonó arriba, como si los sicarios tiraran cajas buscando armas.
La tierra cayó desde el techo del túnel. Morales tragó saliva. “Esto se puede derrumbar. Aguanta”, dijo Ribas. “Ya casi! Finalmente, el túnel se abrió a un barranco angosto lleno de piedras grandes y arbustos. Afuera hacía frío, el aire olía a pino húmedo y no había un solo sicario. A redondo ayudó a los rehenes a salir primero. El encapuchado salió después, moviéndose con precisión, como si conociera cada piedra de ese barranco. Por aquí dijo, si rodeamos el cerro podremos ver al grupo desde arriba.
Morales no se contuvo más. Ahora sí vas a hablar. ¿Quién eres? El encapuchado se detuvo un segundo. Me llamo Darío. Eso es suficiente. A redondo soltó una risa incrédula. Darío nada más Darío lo miró. No vine a darles mi historial. Vine a evitar una masacre. Rivas lo observó con detenimiento. ¿Por qué nos ayudaste? Los ojos detrás del pasamontañas mostraban algo parecido a dolor, porque ustedes son los únicos que no están vendidos. Y si ustedes caen, la sierra se queda a merced del cejo ng los cuatro subieron el barranco en silencio.
Los rehenes caminaban con dificultad, pero seguían. Al llegar a Banen a la cima tuvieron vista directa al rancho. Los sicarios estaban en plena búsqueda. Algunos revisaban el granero, otros rodeaban los vehículos, tres más colocaban focos portátiles para iluminar el terreno. A redondo maldijo, “Son demasiados.” 16. Corrigió Morales. El encapuchado dijo la verdad. Darío señaló un árbol ancho cerca del granero. Su líder está ahí. Ese es el rayo. Si cae él, los demás pierden coordinación. Ribas frunció el ceño.
Puedes dispararle desde aquí. Sí, respondió Darío. Pero si lo hago, sabrán de dónde viene el ataque y ustedes quedarán expuestos. Arredondo respiró Hondo. Entonces, ¿cuál es tu plan? Darío volteó hacia Ribas. Tu plan. Yo solo vine a lo que vine. Rivas analizó el terreno. La altura les daba ventaja, pero eran solo cuatro combatientes con armas cortas contra un grupo completo con rifles largos y chalecos. Además, tenían dos rehenes que proteger. Pero el rancho tenía un punto débil, una torre metálica de agua vieja oxidada sostenida por cuatro pilares casi carcomidos.
Si esa torre caía, Darío dijo Ribas lentamente. Puedes derribar esa torre desde aquí. Darío sonró por primera vez. Pensé que nunca lo preguntarías. Morales comprendió el plan. La torre caerá hacia el corral. Eso separará al grupo en dos. A redondo siguió. Y nosotros atacamos por los lados mientras están confundidos. Ribas concluyó. Liberamos un corredor, sacamos a los rehenes y nos retiramos. No necesitamos eliminar a todos, solo romper su formación. Darío cargó su rifle con un nuevo cargador.
Apártense, esto va a ser ruidoso. Se tendió en el suelo, apoyó el rifle sobre una roca, alineó la mira. Rivas conto. La respiración, a redondo apretó el arma. Morales protegió a los rehenes detrás de un tronco. Darío disparó. Un solo impacto exacto, perfecto. El sonido retumbó por todo el cerro. Un segundo después, otro disparo. Un pilar cedió. La estructura chirrió. El metal vibró como un monstruo de acero despertando. A redondo susurró, “Va a caer.” Morales murmuró, “Va a caer.” La torre cayó.
Un estruendo ensordecedor sacudió el rancho. Polvo, metal y agua explotaron hacia los lados. Sicarios gritaron. Otros corrieron buscando cobertura. Las luces se apagaron. La confusión se apoderó de todos. Ribas no esperó orden. Ahora nos movemos ya. Bajaron del cerro como sombras veloces utilizando la polvareda para ocultarse. Darío avanzó por la derecha, moviéndose como un fantasma entre los árboles. Ribas tomó el frente. Arredondo se pegó a la pared lateral del granero. Morales protegía a los rehenes guiándolos entre piedras.
Dos sicarios aparecieron en la entrada del corral. Ribas disparó primero. A redondo lo cubrió desde atrás. Los cuerpos cayeron en seco. Un tercero salió desde atrás de un vehículo con una R15, pero Darío ya estaba ahí. Lo neutralizó con un tiro silencioso. El caos era total. Pero entonces un grito feroz partió la noche. Ribas, te estaba esperando. El capitán se congeló. A redondo lo miró confundido. Morales cont aliento. Desde detrás del corral destruido surgió un hombre alto, musculoso, con un chaleco blindado negro y un rifle automático.
Tenía una cicatriz larga en la mejilla izquierda, el rayo, y había dicho el nombre del capitán. Lo conocía y aquello cambiaba todo. El rayo avanzó entre el polvo como un animal que acabara de romper su cadena. Su voz resonó con una rabia controlada casi calculada mientras ladeaba el rifle automático sobre el pecho. Tenía una mirada fría, sin sorpresa, solo certeza. Te estaba esperando, Ribas. Sabía que tarde o temprano te cruzarías en mi camino. El capitán se tensó.
A redondo. Abrió los ojos incrédulo. Morales se quedó inmóvil sosteniendo a los rehenes detrás de un muro derrumbado. “¿Cómo sabes mi nombre?”, preguntó Rivas sin bajar el arma. El rayo sonrió con una mueca torcida. Porque trabajé para ustedes antes. Porque sé cómo piensan. Porque tú apuntó con el dedo hacia arriba. Tú entrenaste a muchos como yo. El silencio cayó como una losa. A redondo susurró, capitán, ¿qué está diciendo este cabrón? Pero Rivas no respondió. El rayo dio un paso más.
Años atrás, cuando todavía creían que podían controlar a todos los grupos, yo era parte de un programa especial. Ya no importan los detalles, solo que ustedes me abandonaron cuando todo salió mal. Escupió sangre al suelo. Y ahora esta sierra es mía. Darío apareció por el flanco derecho, apuntando directo a la cabeza del sicario líder. Baja el arma rayo. El criminal soltó una carcajada ronca. Tú otra vez. El fantasma del cerro. Te metiste donde no te llamaron. Sin previo aviso, el rayo disparó una ráfaga hacia la izquierda, obligando a Arredondo a cubrirse.
Rivas se lanzó detrás de un pilar medio roto mientras los proyectiles rompían tablas y rebotaban en el suelo. Morales se arrastró con los rehenes hasta otra cobertura. Darío respondió con dos disparos secos, intentando obligar a el rayo a retroceder, pero aquel hombre se movía con una ferocidad y una velocidad poco comunes, como si conociera cada rincón del rancho. El polvo era tan espeso que casi no se veía a un metro. Se escuchaban pasos, respiros, armas recargando. Ribas gritó arredondo, flanco izquierdo.
Voy, Morales, mantén a los rehenes agachados. Listo, capitán. Darío avanzó entre las sombras con pasos silenciosos, casi invisibles. Su respiración era tan controlada que ni el viento la llevaba. Se posicionó detrás de un montón de cajas rotas, mientras Ribas y Arredondo lograban acorralar a dos sicarios más que intentaban reagruparse. Un tiro de ribas al pecho de uno, un disparo de arredondo al otro, pero el rayo no se movía como ellos. Era rápido, decidido, casi impredecible. Desde el fondo del corral se oyeron pasos fuertes.
El rayo apareció entre dos pilares rotos, girando el rifle hacia Darío. “Tú eres el problema”, dijo. No, ellos, “Tú, Darío”, disparó primero. El rayo se agachó con reflejos inhumanos. La bala pasó rozando su oreja. Entonces el sicario lanzó una granada hacia Darío. Ribas gritó, “¡Granada!” El estallido sacudió el terreno, lanzó astillas y piedras en todas direcciones. Darío salió disparado hacia atrás, rodó por el suelo tosiendo polvo y sangre. A redondo corrió hacia él. Darío, ¿estás vivo? Estoy”, respondió entre dientes vivo.
El rayo aprovechó el caos, subió la mira del rifle y apuntó directamente a Morales, que protegía a los rehenes detrás del muro. Ribas vio la escena como si fuera en cámara lenta. El dedo del rayo se tensó sobre el gatillo. Ribas salió de la cobertura corriendo hacia la línea de fuego. A redondo gritó, “¡Capitán! ¡No! Pero ya era tarde. Ribas disparó una ráfaga. precisa hacia los pies del rayo para desestabilizarlo. El rayo retrocedió, pero aún así apretó el gatillo.
La bala pasó cerca del rostro de Morales, quebrando una roca detrás de él. Darío, aún aturdido, levantó su arma por última vez y apuntó al corazón del sicario líder. Ya terminaste aquí, rayo. El sicario volteó. Por primera vez en sus ojos se vio miedo. Darío disparó. Un tiro seco. El cuerpo del rayo se arqueó hacia atrás y cayó sobre el polvo sucio del corral, su rifle resbalando de sus manos. El silencio que siguió fue largo, denso, casi real.
A redondo se dejó caer contra un pilar respirando agitado. Por fin, Morales levantó a los rehenes que lloraban sin entender nada. Ya pasó, ya están a salvo, dijo con voz firme. Darío caminó hacia el cuerpo del rayo, revisó su pulso y negó. Se acabó. Rivas se arrodilló exhausto, limpiándose la sangre seca de la frente. Darío lo miró. Ya ves, ¿por qué te dije que no hablaríamos ahí dentro? Ribas no sonró. Todavía no sé quién eres. Darío respondió sin levantar la vista.
Soy alguien que sabe que ustedes son los últimos que quedan sin venderse. Eso es suficiente. Arredondo se acercó aún jadeando. ¿Y ahora qué? ¿Te largas otra vez al cerro? Darío guardó su arma secándose el polvo de las manos. Yo sigo mi guerra. Ustedes sigan la suya. Ribas extendió la mano. Darío. El encapuchado dudó un instante. Luego estrechó la mano del capitán. Su apretón fue firme, sincero, curtido por la montaña. “Nos volveremos a ver”, dijo Darío. “Lo sé”, respondió Ribas.
Darío se internó en el bosque caminando entre sombras hasta que la oscuridad lo devoró por completo. No dejó rastro ni sonido ni huella, solo el eco de sus pasos perdidos en la sierra. Ribas a redondo y morales ayudaron a los rehenes a caminar hacia la salida del rancho. No había luces. La torre de agua destruida parecía un gigante caído. Las camionetas del cartel estaban destrozadas. El olor a pólvora se mezclaba con el aroma frío del monte. A redondo rompió el silencio.
Capitán, sobrevivimos otra vez. Ribas miró las montañas oscuras. No sobrevivimos por suerte. Sobrevivimos porque estábamos listos. Morales sonrió débilmente. Y porque Dios nos mandó un fantasma del cerro. Ribas respondió. No era un fantasma, era alguien que decidió luchar. Emprendieron el camino de regreso. Las estrellas apenas iluminaban la vereda. Los rehenes lloraban de alivio. Los oficiales cansados hasta los huesos seguían avanzando. Detrás de ellos el rancho quedó en silencio. Solo el viento movía las láminas rotas. El eco de los disparos se perdió entre los pinos.
Todo había terminado, pero en la sierra la guerra nunca duerme y Rivas lo sabía mejor que nadie.
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