El sonido de la cuchara golpeando la copa de cristal cortó el aire. Todas las miradas se giraron hacia Ricardo. Camila sintió como su corazón latía despacio, muy despacio, mientras su esposo sonreía con esa mueca que ella conocía también. Familia, quiero divorciarme de Camila. Y entonces comenzaron los aplausos. La casa de la familia Mendoza en la colonia Chapalita olía a canela, clavo y chile guajillo desde las 6 de la mañana. Camila llevaba 5 horas parada en esa cocina enorme con azulejos de talavera y una estufa antigua que calentaba como horno de panadería.
Había ayudado a su suegra, doña Hortensia, a preparar 50 tamales de puerco, tres ollas gigantes de pozole rojo y un pavo relleno que pesaba casi 7 kg. Sus manos dolían, sus pies también, pero sonreía. Afuera, en el patio decorado con luces navideñas de colores y papel picado verde y rojo, los primos de Ricardo jugaban fútbol con los sobrinos. Las tías chismorreaban junto a la piñata con forma de estrella. Los abuelos descansaban en sillas de plástico blanco, tomando ponche caliente con tejocote y guayaba.
Todo era ruido, risas, villancicos sonando desde una bocina portátil. Todo parecía perfecto, pero Camila sabía la verdad. Desde hacía 6 meses, cada abrazo de su esposo había sido mentira. Cada beso, teatro, cada te amo murmurado antes de dormir. Pura actuación. Y esa noche de Nochebuena, 24 de diciembre, en medio de 30 personas, Ricardo iba a destrozarla públicamente, o eso creía él. Camila miró el reloj de pared con forma de gallo. Eran las 9 de la noche. La cena estaba lista.
Los platos de barro decorados ya ocupaban la mesa larga en el comedor. Las servilletas rojas dobladas con cuidado, los vasos llenos de agua de jamaica, el olor del pozole. hacía que todos se acercaran con hambre. “A cenar, familia!”, gritó doña Hortensia, secándose las manos en el delantal bordado. La familia Mendoza entró en tropel, tíos, primos, cuñados, sobrinos, 28 personas que se acomodaron apretadas alrededor de la mesa y las sillas extras traídas de la sala. Ricardo se sentó en la cabecera como siempre.
Camila quedó a su derecha como siempre. Él le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa. Nadie notó que era una sonrisa distinta, tranquila, fría, calculada. Don Arturo, el padre de Ricardo, levantó su copa de sidra el calvario. Brindemos por esta familia unida por la salud, por otro año juntos. Espera, papá, interrumpió Ricardo. Todos lo miraron. Él tomó su cuchara y la golpeó contra su copa de vidrio. El tintineo agudo silenció la mesa. Hasta los niños dejaron de moverse.
Camila cerró los ojos por un segundo. Respiró hondo. Sintió el peso de su bolsa de piel café colgando del respaldo de su silla. Dentro estaban ocho carpetas, ocho verdades, ocho bombas. Familia, comenzó Ricardo poniéndose de pie. Sé que esta noche es especial. Sé que estamos aquí para celebrar, pero hay algo que necesito decir, algo que he guardado mucho tiempo. Doña Hortensia frunció el ceño. Las tías dejaron de masticar. Los primos mayores se miraron entre sí. Ricardo puso una mano sobre el hombro de Camila.
Ella no se movió. Durante estos últimos años he intentado. De verdad que lo intenté, pero ya no puedo más. Esta relación ya no funciona. Un murmullo recorrió la mesa. Por eso, continuó Ricardo apretándole el hombro con fuerza. Quiero divorciarme de Camila. El silencio duró exactamente 3 segundos y entonces la tía Lupita comenzó a aplaudir. Luego el primo Javier, después doña Hortensia. Uno por uno, casi toda la familia Mendoza aplaudió. Algunos hasta sonreían. La abuela Remedios asintió con aprobación.
Don Arturo dio una palmada en la espalda de su hijo. “Ya era hora, mi hijo”, dijo el padre. “Esa mujer te tenía controlado. Siempre supe que no era buena para ti”, añadió una de las tías. Camila los miró a todos. Sus rostros, sus sonrisas, sus aplausos y algo dentro de ella, algo que había estado roto durante seis meses, finalmente se endureció como acero. Dejó que aplaudieran, dejó que celebraran, dejó que Ricardo disfrutara su momento de gloria, porque sabía que en 5 minutos esa misma familia estaría destrozada.
Ricardo sacó unos papeles doblados del bolsillo de su camisa blanca, los puso sobre la mesa. Ya tengo los documentos, solo necesito que firmes, Camila, y podemos terminar esto en paz. Ella miró los papeles, levantó la vista hacia él, luego hacia la familia que seguía sonriendo y finalmente habló. Su voz salió calmada, firme, sin un rastro de llanto. Claro, Ricardo, voy a firmar. Él parpadeó sorprendido por lo fácil que había sido. Pero antes Camila se levantó despacio tomando su bolsa.
Creo que tu familia merece conocer la verdad. El comedor se quedó en silencio. Camila abrió la bolsa y sacó las ocho carpetas de cartón Manila. Cada una tenía un nombre escrito con plumón negro. Doña Hortensia, don Arturo, tía Lupita, primo Javier, abuela Remedios. ¿Qué es eso?, preguntó Ricardo y por primera vez esa noche su voz tembló. Camila comenzó a repartir las carpetas por la mesa, una por una, colocándolas frente a cada miembro de la familia. Ábrelas”, dijo simplemente doña Hortensia fue la primera en abrir su carpeta.
Sus manos arrugadas temblaron cuando vio la primera fotografía. Era Ricardo besando a una mujer de cabello castaño claro en la entrada de un hotel en Puerto Vallarta. La segunda foto los mostraba abrazados en el malecón con el atardecer de fondo. La tercera era peor, entrando juntos a una habitación, las manos entrelazadas. La cuarta foto hizo que doña Hortensia soltara un gemido ahogado. Ricardo y esa mujer en la cama de un hotel dormidos, medio desnudos. La sábana blanca los cubría apenas.
La luz de la mañana entraba por la ventana. Alguien había tomado esa foto desde la puerta entreabierta. “Dios mío”, murmuró la señora. Don Arturo abrió su carpeta, encontró capturas de pantalla de conversaciones de WhatsApp, mensajes entre Ricardo y alguien guardado como ese es. Ya le dijiste, Ricardo. Todavía no. Esperaré hasta Navidad. Se. Y la casa, Ricardo, es mía. Yo la pagué. Ella no tiene derecho a nada. Es perfecto, amor. Pronto estaremos juntos. Más abajo, otro mensaje. Ricardo, mi familia ya sabe que quiero divorciarme.
Les dije que Camila es controladora y tóxica. C. Bien hecho. Así te apoyarán cuando lo anuncies. Don Arturo levantó la vista hacia su hijo. Su rostro, siempre serio, ahora mostraba algo peor que enojo. Decepción. La tía Lupita abrió su carpeta y encontró recibos. Hotel Fiesta Americana, Puerto Vallarta. Dos noches, suite ejecutiva. Fecha mayo. Hotel Quinta Real, Guadalajara. Una noche, habitación especial. Fecha julio. Restaurante Santo Coyote, cena para dos. Fecha agosto. Joyería Platino. Collar de oro blanco con diamantes.
Fecha septiembre. 3400es. Todos los pagos hechos con la tarjeta de crédito compartida. La tarjeta que Camila y Ricardo usaban para los gastos del hogar. El primo Javier revisó fotos impresas en papel fotográfico. Ricardo y la misma mujer en Tlaquepaque comprando artesanías, en Chapala caminando por el lago. En Masamitla en una cabaña rústica de madera. Cada foto tenía fecha y hora en la esquina inferior derecha. La abuela Remedios abrió su carpeta con manos lentas. Dentro había una carta escrita a mano.
La letra era de mujer, decía Ricardo. Gracias por estos 8 meses. Sé que ha sido difícil para ti seguir fingiendo con ella, pero pronto seremos libres. Pronto podremos estar juntos sin escondernos. Te amo, tu Sofía. La abuela cerró los ojos y comenzó a rezar en voz baja. Santa María, madre de Dios. El comedor estaba sumido en un silencio pesado, roto solo por el sonido de las hojas al pasar, de las fotos al moverse, de las respiraciones contenidas.
Ricardo se había puesto completamente pálido. Miraba las carpetas abiertas en la mesa como si fueran serpientes venenosas. Camila, yo puedo explicar. No lo interrumpió ella todavía de pie con la última carpeta en sus manos. Ya no hay nada que explicar. Abrió esa carpeta final, era la más gruesa. La colocó en el centro de la mesa donde todos podían verla. Adentro había más pruebas: Extractos bancarios mostrando retiros grandes de efectivo, facturas de regalos caros, reservaciones de restaurantes románticos.
Todo fechado, todo documentado, todo real. Y en la última página foto diferente. Era del departamento que Camila y Ricardo compartían en la colonia americana. La foto mostraba su recámara, su cama matrimonial con el edredón de flores que Camila había comprado en el mercado de San Juan de Dios. Y en esa cama estaban Ricardo y la mujer del cabello castaño, abrazados, dormidos, en plena tarde. La foto estaba tomada desde la puerta del cuarto. La que había tomado esa foto había sido Camila.
Fue hace 6 meses dijo Camila. Su voz tan calmada que daba miedo. Era martes, 14 de junio. Yo salí del trabajo temprano porque me dolía la cabeza. Llegué al departamento a las 3 de la tarde. Abrí la puerta con cuidado porque pensé que Ricardo estaba durmiendo. Todos la escuchaban en silencio absoluto. Hasta los niños en el patio habían dejado de gritar. Caminé por el pasillo. Escuché ruidos en nuestra recámara. Abrí la puerta. Camila hizo una pausa. Sus ojos estaban secos, fríos.
Ya había llorado todo lo que tenía que llorar hacía meses y ahí estaba mi esposo con Sofía, mi mejor amiga desde la secundaria, la madrina de nuestra boda, la que yo consideraba mi hermana. Doña Hortensia se llevó una mano temblorosa a la boca. Se despertaron cuando entré. Ricardo ni siquiera intentó negarlo. Solo me miró y dijo, “Camila, ¿podemos hablar de esto?” Y Sofía. Sofía se cubrió con mi sábana y me dijo, “Lo siento, pero lo amo. Lo amo de verdad.” La voz de Camila todavía no se quebraba.
Era como si estuviera contando la historia de otra persona. Les pregunté cuánto tiempo llevaban juntos. Ricardo me dijo, “O meses. 8 meses de mentiras. 8 meses de que yo preparara su comida, lavara su ropa, durmiera a su lado. Mientras él planeaba su vida con otra. Mi hija intentó hablar doña Hortensia, pero Camila levantó una mano. Ese día no grité, no lloré frente a ellos, ni siquiera les reclamé. Solo tomé mi teléfono, saqué esta foto y me fui.
Caminé hasta una cafetería en la avenida Chapultepec. Me senté, pedí un café americano y pensé, Camila miró directamente a Ricardo. Pensé en cómo había pasado 5 años de mi vida contigo. Pensé en todas las veces que tu familia me hizo sentir menos, en todas las veces que me criticaron por trabajar, por no tener hijos todavía, por no cocinar como tu mamá. y me di cuenta de algo. Se inclinó hacia delante, apoyando las manos sobre la mesa. Me di cuenta de que si hacía un escándalo ese día, tú ibas a voltear la historia.
Ibas a hacerme ver como la loca, la histérica, la celosa. Tu familia me iba a culpar a mí. Siempre lo hacen. Algunas tías bajaron la mirada avergonzadas, así que decidí ser más inteligente. Contraté a la mejor abogada de divorcios de Guadalajara, la licenciada Valeria Montes. ¿La conocen? Don Arturo asintió lentamente. Todos en Guadalajara conocían a Valeria Montes. Había ganado casos imposibles. Había destruido esposos mentirosos en los tribunales. Ella me enseñó algo. La venganza no es gritar, la venganza es tener pruebas.
Y durante 6 meses junté cada prueba que ven en estas carpetas. Camila sacó su teléfono y lo puso sobre la mesa. También tengo grabaciones de cuando Ricardo le contó a su amigo Ernesto cómo planeaba quitarme la casa. De cuando Sofía le dijo que yo era fácil de manipular, de cuando ustedes miró a la familia. Hablaban de mí a mis espaldas en las reuniones familiares. El silencio era tan denso que se podía cortar con cuchillo. Ricardo intentó levantarse, pero su padre lo detuvo con una mirada fulminante.
“Aí que sí, Ricardo”, continuó Camila tomando los papeles falsos que él había puesto sobre la mesa. Los rompió en dos, luego en cuatro y los dejó caer como confeti. Voy a firmar el divorcio, pero no estos papeles que tú trajiste. De su bolsa sacó un sobre manila grande y grueso. Lo abrió y sacó un documento legal de 15 páginas con sellos oficiales y la firma de la licenciada Valeria Montes. Voy a firmar estos papeles, los verdaderos. Los puso sobre la mesa con un golpe seco que hizo saltar los vasos.
Y en estos papeles, Ricardo, está todo lo que me corresponde por ley. Camila pasó la primera página del documento hacia el centro de la mesa para que todos pudieran verla. El departamento de la colonia americana comenzó señalando el primer punto con su dedo índice. 120 m², dos recámaras, dos baños, balcón con vista a la avenida. Valor aproximado 2,800,000es. Ricardo Tragó Saliva. Según la ley mexicana, todo bien adquirido durante el matrimonio es propiedad conyugal. Tú compraste ese departamento hace 4 años, Ricardo, en pleno matrimonio, así que la mitad es mía, 1,400,000 pesos.
Doña Hortensia abrió los ojos como platos. Don Arturo apretó la mandíbula. Pero yo lo pagué con mi sueldo, protestó Ricardo débilmente. Y yo pagué la luz, el gas, el agua, el súper, la gasolina, el internet, respondió Camila sin alterarse. Mientras tú ahorrabas para tus escapadas románticas a Puerto Vallarta, pasó a la segunda página. El coche Nissan Versa 2022 gris Oxford, placas del estado de Jalisco. Lo compramos juntos hace dos años, mitad y mitad. Valor actual 240,000 pesos.
Me corresponden 120,000. Ricardo intentó interrumpir, pero Camila continuó implacable. La camioneta Chevrolet Colorado que está estacionada afuera, la que tu papá te regaló hace 3 años, pero pusiste a mi nombre para pagar menos en el seguro. ¿Recuerdas eso, Ricardo? Don Arturo miró a su hijo con incredulidad. Esa camioneta está a mi nombre legalmente, así que técnicamente es mía, pero como soy justa, te daré la opción. O me das su valor en efectivo o me quedo con ella.
La tía Lupita dejó escapar un silvido bajo. Camila pasó a la tercera página. Esta era más larga, con una lista detallada. Cuenta de ahorros compartida en Banorte. Saldo actual 183,500 pesos, mitad para cada uno. Cuenta de inversión en Afore, tu nombre, pero alimentada durante nuestro matrimonio, me corresponde un porcentaje. Muebles del departamento, desde la sala que compramos en Muebles Troncoso hasta la cama que manchaste con tu amante. Esa última frase hizo que varias personas hicieran gestos de dolor.
Y ahora viene lo importante”, dijo Camila llegando a la página siete del documento. Su voz se endureció. daño moral, infidelidad comprobada con pruebas fotográficas, testimoniales y documentales, humillación pública planeada, manipulación familiar, intento de despojo de bienes. Levantó la vista hacia Ricardo. La licenciada Valeria calculó que eso vale 200,000 pesos como mínimo. Ricardo finalmente explotó. Esto es un robo”, gritó poniéndose de pie bruscamente. Su silla cayó hacia atrás con un golpe seco. “No voy a darte ni un peso más de lo que te corresponde.
Entonces nos vemos en el juzgado”, respondió Camila con una calma aterradora. “Y ahí presentaré todas las pruebas, incluidas las que no están en estas carpetas.” Sacó su teléfono y comenzó a deslizar fotos en la pantalla. Tengo más fotos, más videos, grabaciones de audio donde planean cómo quitarme todo, mensajes donde Sofía dice que soy estúpida por no darme cuenta, facturas de un collar de 3400 pesos que nunca vi porque se lo regalaste a ella. Ricardo palideció aún más.
Tengo pruebas de que usaste nuestra tarjeta compartida para pagar cenas románticas con ella. Eso es fraude conyugal, Ricardo. La licenciada me explicó que podría incluso demandarte penalmente por eso, hijo. Don Arturo se levantó lentamente. Su voz sonaba cansada, decepcionada. Todo esto es verdad. Ricardo miró a su padre, luego a su madre, luego a los tíos, primos, la abuela. Todos lo miraban con una mezcla de vergüenza, asco y tristeza. Yo, papá. Ella no entiende. Sofía y yo nos enamoramos.
Estas cosas pasan. No fue planeado. 8 meses no fue planeado, interrumpió doña Hortensia. Su voz temblaba de rabia contenida. 8 meses de mentirle a tu esposa, de traer a esa mujer a tu cama, de gastar el dinero de los dos en hoteles. Mamá, no me digas mamá. La señora se puso de pie, sus ojos llenos de lágrimas. Te crié mejor que esto, Ricardo. Te enseñé a respetar a las mujeres. Tu padre y yo llevamos 37 años casados y jamás, jamás le he faltado así.
Don Arturo puso una mano en el hombro de su esposa, pero él también tenía los ojos húmedos. Y lo peor, continuó doña Hortensia señalando a Camila, es que yo aplaudí. Yo aplaudí cuando dijiste que querías divorciarte porque te creí, porque pensé que ella era el problema. Se giró hacia Camila. Mi hija, yo, perdóname, de verdad, perdóname por no verte, por no preguntarte, por creer las mentiras de mi hijo. Camila asintió levemente, pero su expresión seguía siendo fría.
No iba a perdonar tan fácil. No todavía. La tía Lupita se levantó y caminó alrededor de la mesa hasta quedar frente a Ricardo y entonces le dio una bofetada. El sonido resonó en el comedor como un disparo. “Eres una vergüenza”, le dijo. “Una vergüenza para esta familia.” El primo Javier también se levantó. “Hermano, yo te defendí. Cuando dijiste que Camila era difícil, yo te creí. Le dije a mi esposa que Camila era controladora y todo era mentira.
Uno por uno, los miembros de la familia Mendoza se fueron levantando. Algunos se acercaron a Camila para pedirle perdón. Otros simplemente miraban a Ricardo con desprecio. Los niños, confundidos, habían dejado de jugar en el patio y observaban desde la puerta. La abuela Remedios, que había permanecido en silencio todo ese tiempo, finalmente habló. Ricardo Mendoza Ortega dijo con voz firme a pesar de sus 84 años. Tu abuelo, que en paz descanse, era un hombre de honor. Trabajó toda su vida para darnos un nombre respetable y tú, tú lo manchaste.
Sacó un rosario de cuentas negras de su bolsillo. Voy a rezar por tu alma, porque en este momento, nieto, estás más perdido que Judas en el desierto. Ricardo intentó acercarse a su abuela, pero ella levantó una mano deteniéndolo. No te me acerques hasta que hayas arreglado este desastre. Camila observaba todo desde su lugar. No sonreía, no lloraba, no gritaba victoria. Solo observaba como la familia que había aplaudido su humillación hacía 15 minutos ahora se volvía contra Ricardo.
Justicia silenciosa. Don Arturo tomó los documentos legales de la mesa y los revisó página por página. Era ingeniero civil. sabía leer contratos. Después de 5 minutos levantó la vista. Esto es legal, dijo. Todo está en orden. Firma, Ricardo. Papá, no puedes. Firma. Rugió don Arturo. Y fue la primera vez en años que alguien lo veía perder la compostura. Firma esos papeles y dale a Camila lo que le corresponde o te juro por la memoria de tu abuelo que yo mismo te llevo a juicio.
Ricardo miró los papeles, luego a Camila. Sus ojos mostraban rabia, humillación, derrota. “Necesito tiempo para reunir ese dinero”, murmuró. “Tienes 30 días”, respondió Camila sacando una pluma de su bolsa. La licenciada Valeria ya estableció los términos. Si no cumples, embargamos tus cuentas y tus propiedades”, le extendió la pluma. Ricardo la tomó con mano temblorosa. El comedor entero observaba en silencio mientras él firmaba. Una página, dos páginas, cinco páginas, 15 páginas. Cuando terminó, Camila tomó los documentos, los revisó cuidadosamente y los guardó en su bolsa.
“Gracias”, dijo. Simplemente se giró hacia la familia. Doña Hortensia, don Arturo, gracias por estos 5 años. A pesar de todo, ustedes me recibieron en su casa. Caminó hacia la puerta del comedor. Sus tacones bajos resonaban en el piso de los Antes de salir se detuvo y miró hacia atrás una última vez. Ah, Ricardo, una cosa más. Él levantó la vista con los ojos rojos. Sofía llamó hace tres días. dijo que estaba embarazada, que era tuyo. El silencio que siguió fue absoluto.
Pensé que debías saberlo. Feliz Navidad. Y salió. Camila caminó por la calle niños héroes bajo la luz de los faroles navideños. Las casas de la colonia Chapalita brillaban con luces de colores. Villancicos sonaban desde las ventanas abiertas. Familias cenaban juntas, felices, sin drama. Ella sacó su teléfono y marcó un número guardado como Li Valeria. Contestó al segundo timbre. Ya pasó, preguntó la abogada. Firmó todo, respondió Camila, su voz finalmente quebrándose un poco. Firmó. Lo sabía. Los hombres como él siempre firman cuando los enfrentas frente a su familia.
¿Estás bien? Camila se detuvo en la esquina. Una pareja joven pasó junto a ella riendo, cargando regalos envueltos en papel brillante. No lo sé. Creo que sí. Creo que no. No sé qué siento. Es normal. Dijo Valeria con voz calmada. Acabas de ganar la batalla más difícil de tu vida. Tu cuerpo todavía no lo procesa. ¿Dónde estás? Caminando. Necesitaba aire. ¿Quieres que te recoja? Mi esposo y yo estamos cenando cerca en la Avenida México. No, gracias. Voy a caminar un rato.
Está bien, pero llámame si me necesitas a la hora que sea. Camila colgó y siguió caminando. No tenía rumbo fijo, solo necesitaba moverse, pensar, respirar. Mientras tanto, en la casa de los Mendoza el caos apenas comenzaba. Ricardo seguía sentado en su lugar mirando el espacio vacío donde Camila había estado parada. Las palabras finales de ella resonaban en su cabeza como campanas de iglesia. Sofía llamó hace tres días. Dijo que estaba embarazada. Su madre fue la primera en romper el silencio.
Es verdad, preguntó doña Hortensia. Esa mujer está esperando un hijo tuyo. Ricardo no respondió, solo se llevó las manos a la cara. Responde, gritó su madre, algo completamente inusual en ella. Doña Hortensia nunca gritaba, pero esa noche todo había cambiado. No lo sé, murmuró Ricardo. Sofía me lo dijo hace unos días, pero yo no sé si es verdad. No sé si es mío. Dios santo. Suspiró don Arturo, dejándose caer en su silla. Esto es peor de lo que pensé.
La tía Lupita se sirvió un vaso completo de tequila de la botella que estaba en la mesa para la cena. se lo tomó de un trago. “En mis 52 años”, dijo limpiándose la boca con el dorso de la mano. Nunca había visto algo así. Nunca. El primo Javier se acercó a Ricardo. ¿Dónde está Sofía ahora? En su departamento, en la colonia del Valle. ¿Y qué vas a hacer? Ricardo levantó la vista. Sus ojos estaban vidriosos, perdidos. No lo sé, Javier.
Ya no sé nada. Pues vas a tener que decidir rápido, intervino don Arturo, porque si esa mujer está embarazada, vas a ser padre y los padres no huyen de sus responsabilidades. Pero papá, yo ni siquiera quiero estar con ella ahora. Ah, no. La voz de doña Hortensia cortó el aire como navaja. Hace 10 minutos estabas dispuesto a destruir tu matrimonio por ella. Hace 10 minutos la amabas tanto que traicionaste a tu esposa y ahora no la quieres.
Ricardo no tenía respuesta. La abuela Remedios se levantó despacio, apoyándose en su bastón de madera. “Me voy a dormir”, anunció. “Este ha sido el peor nochebuena de mi vida y he vivido 84. ” caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró hacia su nieto. “Tu abuelo estaría avergonzado de ti. Yo también lo estoy.” Y se fue dejando un silencio pesado detrás. Uno por uno, los tíos, primos y sobrinos comenzaron a despedirse. Nadie quería quedarse. La cena seguía en la mesa intacta.
El pozole se enfriaba, los tamales permanecían envueltos en sus hojas. El pavo ni siquiera había sido cortado. En 15 minutos la casa quedó vacía, excepto por Ricardo, doña Hortensia y don Arturo. La madre comenzó a recoger los platos en silencio. Las lágrimas corrían por sus mejillas arrugadas mientras apilaba los platos de barro que nadie había usado. “Déjame ayudarte”, dijo don Arturo levantándose. No, respondió ella, necesito hacer algo con mis manos o voy a enloquecer. Ricardo seguía sentado inmóvil.
¿Vas a quedarte ahí toda la noche?, preguntó su padre. No sé qué hacer, papá. Para empezar, vas a conseguir el dinero que le prometiste a Camila. Vas a vender lo que sea necesario. Vas a pedir préstamos, pero vas a cumplir. Es mucho dinero, es lo que te corresponde dar y es menos de lo que mereces perder. Don Arturo se acercó a la ventana que daba al patio. Las luces navideñas seguían encendidas, parpadeando en colores que ahora parecían fuera de lugar.
“¿Sabes qué es lo que más me duele?”, dijo sin girarse. “No es que haya sido infiel. Los hombres cometen errores. Yo no lo apruebo, pero pasa.” Hizo una pausa. “Lo que me duele es que planeaste humillar a Camila públicamente, que manipulaste a tu familia para que la rechazáramos. que intentaste robarle lo que le correspondía. Eso no fue un error, hijo. Eso fue maldad. Ricardo bajó la cabeza. Lo siento. No me lo digas a mí, ni siquiera se lo digas a Camila.
Ya es muy tarde para disculpas. Esa noche Ricardo no durmió en su antigua habitación de la casa familiar. Salió caminando después de medianoche y manejó sin rumbo por Guadalajara. Pasó por el departamento de la colonia americana que había compartido con Camila. Las luces estaban apagadas. Ella no había regresado. Terminó estacionado frente al edificio de Sofía en la colonia del Valle. Miró hacia el tercer piso donde brillaba una luz en la ventana. Sacó su teléfono. 23 llamadas perdidas de Sofía.
17 mensajes. Sofía. Ya le dijiste. Sofía. Ricardo, contéstame. Sofía, ¿cómo te fue? Sofía. Amor, me estás asustando. Sofía, ¿por qué no respondes? Sofía firmó. Sofía. Ricardo. Él comenzó a escribir una respuesta. La borró. Escribió otra. También la borró. Finalmente escribió, “Tenemos que hablar.” La respuesta llegó en 5 segundos. Sube. Ricardo apagó el motor, se quedó sentado en la oscuridad del coche durante 10 minutos completos, luego bajó y entró al edificio. Mientras tanto, Camila había llegado a un hotel pequeño en la avenida Chapultepec, Hotel Cervantes, viejo pero limpio.
Pidió una habitación sencilla. se sentó en la cama individual con su bolsa en el regazo, sacó los documentos firmados, los miró, los volvió a guardar y entonces, finalmente, después de 6 meses de contener todo, Camila lloró. Lloró por los 5 años perdidos, por la traición de su mejor amiga, por la humillación planeada, por el aplauso de una familia que nunca la había aceptado realmente. Lloró hasta que no le quedaron más lágrimas. Luego se lavó la cara en el baño pequeño, se miró en el espejo empañado y se dijo a sí misma, “Ya pasó, ya ganaste, ahora reconstruye.
” En el departamento de Sofía la conversación no iba bien. “¿Qué quieres decir con que no estás seguro?”, gritaba ella. “Acabas de divorciarte por mí.” No me divorcié”, respondió Ricardo cansado. Ella me divorció y me quitó la mitad de todo. Pero tú dijiste que la casa era tuya, que ella no tenía derecho a nada. Me equivoqué. Su abogada demostró que todo era conyugal. Sofía se paseaba por la sala del departamento, una sala decorada con muebles modernos que Ricardo había ayudado a pagar.
“¿Y el embarazo?”, preguntó él. “¿Es verdad?” Ella se detuvo, bajo la mirada. Sí, estoy de 5co semanas. El doctor me lo confirmó ayer. Y es mío. La bofetada llegó tan rápido que Ricardo no tuvo tiempo de esquivarla. ¿Cómo te atreves?, gritó Sofía. ¿Cómo te atreves a preguntarme eso? Sofía. Yo necesito estar seguro. Llevo 8 meses solo contigo. ¿Con quién más crees que estaría? Ricardo se frotó la mejilla donde ella lo había golpeado. Era la segunda bofetada de la noche.
Lo siento, es que todo esto es demasiado. Mi familia me odia. Perdí la mitad de mis bienes y ahora esto, esto, repitió Sofía. Le llamas esto a nuestro hijo. No quise decir eso. Entonces, ¿qué quisiste decir, Ricardo? Él se dejó caer en el sofá. Beish. No lo sé, Sofía. Ya no sé nada. Ella se sentó junto a él, tomó su mano. Mira, sé que esta noche fue difícil, pero ya pasó. Ya eres libre. Ahora podemos estar juntos de verdad.
Podemos formar una familia. Ricardo la miró. vio su rostro bonito, su cabello castaño, sus ojos esperanzados y por primera vez en 8 meses no sintió amor, sintió cansancio. Tres días después de Nochebuena, Ricardo recibió la primera llamada del banco. Señor Mendoza, su cuenta compartida en Banorte ha sido congelada por orden judicial. Necesitamos que se presente en la sucursal para resolver el asunto. Colgó sin responder. La segunda llamada llegó una hora después. Era su jefe en la constructora donde trabajaba como supervisor de obra.
Ricardo, necesito hablar contigo. Hay rumores circulando. Tu suegro, perdón, tu exsegro trabaja con uno de nuestros clientes más importantes. Dice que eres poco confiable. Necesito que vengas a la oficina. Esa llamada tampoco la terminó de escuchar. La tercera fue de su madre. Hijo, tu padre y yo hemos decidido algo. No vas a venir a la casa hasta que soluciones este desastre. Tu abuela tampoco quiere verte. Lo siento, pero así son las cosas. Esa sí la escuchó completa.
Luego se quedó sentado en el sillón del departamento de Sofía, mirando la pared blanca sin ver nada. Sofía salió de la recámara envuelta en una bata rosa. ¿Quién llamó? Mi madre. No quieren verme. Ella suspiró y se sentó junto a él. Ya van a perdonarte. Solo necesitan tiempo. No conoces a mi abuela. Cuando ella decide algo, es para siempre. Sofía puso una mano sobre su vientre todavía plano. Pues entonces nos enfocamos en nosotros, en nuestra familia. Ricardo no respondió.
Mientras tanto, en el despacho de la licenciada Valeria Montes en la Avenida Américas, Camila firmaba más documentos. Estos son los papeles para la transferencia de la propiedad, explicaba Valeria señalando con su pluma Montblanc. Ricardo tiene hasta el 31 de enero para depositarte tu parte. Si no lo hace, procedemos con el embargo. ¿Y si no tiene el dinero? Preguntó Camila. Entonces vendemos el departamento completo. La ley te protege, Camila. No te preocupes. Valeria cerró la carpeta y se reclinó en su silla de cuero.
Ahora hablemos de ti. ¿Dónde estás viviendo? en un hotel por ahora, el Cervantes. No puedes quedarte ahí para siempre. Tienes familia en Guadalajara. Camila negó con la cabeza. Mi mamá vive en Morelia. Mi papá murió hace 6 años. Tengo una hermana en Monterrey, pero no somos muy cercanas. Amigas. Camila soltó una risa amarga. Mi mejor amiga era Sofía. Ya sabes cómo terminó eso. Las demás todas eran amigas de la familia Mendoza. Cuando Ricardo empezó a hablar mal de mí, ellas me dejaron de llamar.
Valeria asintió con comprensión. Es común, las esposas traicionadas muchas veces pierden no solo al marido, sino su círculo social completo. Sacó una tarjeta de su escritorio. Mira, tengo una amiga que renta departamentos amueblados. Buenos precios, buenas zonas. Te voy a conectar con ella. Mientras tanto, este es el número de una psicóloga. Se llama Daniela Ruiz. Es excelente. No necesito terapia, dijo Camila rápidamente. Camila. Valeria se inclinó hacia adelante. He manejado 200 divorcios en mi carrera y te voy a decir algo.
Las mujeres que salen adelante más rápido son las que aceptan ayuda. Hiciste lo más difícil que fue enfrentarlo. Ahora viene la parte de sanar. Camila tomó la tarjeta sin decir nada. Una semana después, el 28 de diciembre, Ricardo finalmente reunió el valor para ir al banco. La ejecutiva que lo atendió, una mujer de unos 40 años con lentes rectangulares, revisó su pantalla con expresión seria. “Señor Mendoza, su cuenta compartida tiene un saldo de 183,500 pesos. Según la orden judicial, 91,750 deben ser transferidos a la cuenta de la señora Camila Herrera.
Y mis tarjetas de crédito también congeladas hasta que se resuelva la división de deudas. ¿Cómo voy a pagar mis gastos? La ejecutiva lo miró por encima de sus lentes. Debió pensar en eso antes, señor Mendoza. Salió del banco sintiendo que las paredes se cerraban sobre él. tenía 3,000 pesos en efectivo. Su sueldo llegaría hasta el 5 de enero y necesitaba pagar la renta del departamento de Sofía, gasolina, comida y juntar 1,400,000 pesos en un mes. Imposible. Manejó hasta la obra donde trabajaba, un edificio de oficinas en construcción en la avenida Patria.
Sus compañeros lo saludaron con incomodidad. Algunos ni siquiera lo miraron. El ingeniero jefe don Rodrigo Zamora lo llamó a su oficina temporal. Siéntate, Ricardo. Don Rodrigo, yo sé que han circulado rumores. No son rumores. El ingeniero abrió una carpeta. Tu exsuegro, el señor Herrera, llamó personalmente al dueño de la constructora. Le contó todo. El dueño es amigo suyo desde hace 20 años. Ricardo sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. ¿Me van a despedir? No, pero te voy a ser honesto, tu reputación está dañada, los clientes hablan, las secretarias chismean y en esta industria la reputación lo es todo.
Don Rodrigo cerró la carpeta. Te voy a dar un consejo de viejo. Arregla tu desastre personal rápido, porque si esto sigue afectando el trabajo, no voy a poder protegerte. Esa noche Ricardo le contó todo a Sofía. Necesito dinero”, dijo la cabeza entre las manos. “Mucho dinero y no sé de dónde sacarlo. ¿Cuánto necesitas?” “Más de un millón de pesos.” Sofía palideció. “Ricardo, yo no tengo tanto. Trabajo en una boutique. Mi sueldo apenas me alcanza para este departamento.
Lo sé, no te estoy pidiendo a ti. Entonces voy a tener que vender mi coche y pedir un préstamo y tal vez empeñar algunas cosas.” Sofía se mordió el labio. Y si no juntas todo, entonces Camila se queda con el departamento completo, lo vende y yo pierdo todo. Se quedaron en silencio. El único sonido era el tráfico de la avenida afuera. ¿Te arrepientes?, preguntó Sofía en voz baja. ¿De qué? De todo. De nosotros. De dejar a Camila.
Ricardo la miró. Quiso decir que no. Quiso decir que ella valía la pena. Quiso decir que la amaba, pero las palabras no salieron y Sofía entendió el silencio. El 30 de diciembre, Camila se mudó a un departamento pequeño en la colonia americana. Un solo dormitorio, cocina integral, baño completo. Noveno piso con vista a la ciudad. La amiga de Valeria le dio un buen precio, 6,000 pesos al mes. Mientras desempacaba las pocas cosas que había sacado del departamento compartido, sonó su teléfono.
Número desconocido. Bueno, Camila era una voz de mujer temblorosa. Soy Sofía. Camila sintió que el estómago se le revolvía. Casi colgó, pero algo la detuvo. ¿Qué quieres? Necesito hablar contigo, por favor, solo 10 minutos. No tenemos nada de que hablar. Camila, por favor, es importante. Hubo algo en la desesperación de su voz que hizo que Camila aceptara. Está bien. Café Libertad en la Avenida México a las 5 de la tarde y si llegas tarde me voy. Ahí estaré.
Gracias. Camila llegó al café 15 minutos antes. Escogió una mesa en la esquina de espaldas a la ventana con vista a la entrada. Pidió un café americano y esperó. Sofía llegó exactamente a las 5. Se veía más delgada, ojeras oscuras, el cabello recogido en una cola de caballo despeinada. Se sentó sin pedir permiso. Gracias por venir. Camila no respondió, solo la miró con ojos fríos. Yo no sé por dónde empezar”, dijo Sofía retorciendo las manos sobre la mesa.
“Empieza por el principio. ¿Por qué te acostaste con mi esposo?” Sofía cerró los ojos. Fue en abril. Yo había terminado con mi novio. Estaba triste. Ricardo me invitó a tomar unos tragos. Fuimos salvar la Madeleine. Tomamos de más. Una cosa llevó a la otra. No quiero excusas. Quiero saber por qué. Sofía abrió los ojos. Estaban llenos de lágrimas. Porque siempre lo quise. Desde antes de que ustedes se casaran, cuando tú me lo presentaste en la universidad, yo sentí algo, pero él te escogió a ti.
Camila apretó su taza de café. Así que esperaste, esperaste 5 años para destruir mi matrimonio. No fue así. Entonces, ¿cómo fue, Sofía? Ilumíname. Yo intenté alejarme de verdad, pero él seguía buscándome. Decía que contigo ya no era feliz, que se sentía atrapado, que yo lo entendía mejor. ¿Y tú le creíste? Sí, le creí porque yo quería creerle. Camila soltó una risa seca. ¿Sabes qué es lo más triste? Que yo te consideraba mi hermana. Te conté todos mis secretos, te presenté a mi familia, fuiste la madrina de mi boda.
Y todo ese tiempo tú querías lo que era mío. Sofía sollyosaba ahora, las lágrimas corriendo libremente. Lo siento, de verdad, lo siento. No me importa tu perdón, dijo Camila, su voz dura como piedra. ¿Para qué querías verme? Sofía respiró profundo. Estoy embarazada de Ricardo y él él no quiere este bebé, no quiere estar conmigo, se arrepiente de todo. Camila sintió una mezcla extraña de satisfacción y tristeza. ¿Y qué quieres que haga yo con esa información? Nada. Solo necesitaba que alguien lo supiera.
Necesitaba decírtelo a ti. ¿Por qué a mí? Porque fuiste mi mejor amiga. Porque a pesar de todo lo que hice, todavía confío en ti más que en nadie. Camila se levantó, dejó un billete de 50 pesos sobre la mesa. Sofía, lo que pase entre tú y Ricardo ya no es mi problema. Yo seguiré con mi vida. Tú seguirás con la tuya y ojalá ese bebé tenga mejor suerte que nosotras. Caminó hacia la salida. Camila se detuvo, pero no se giró.
Perdóname”, suplicó Sofía. “Algún día, por favor, perdóname. ” Camila giró la cabeza apenas, tal vez en otra vida, y salió del café sin mirar atrás. El 5 de enero llegó el aguinaldo de Ricardo, 23,000 pesos, apenas suficiente para cubrir dos semanas de gastos básicos. Esa misma tarde puso en venta su Nissan Versa. Lo publicó en Marketplace a 190,000 pes, 20,000 menos del valor real. Necesitaba vender rápido. Las llamadas empezaron a llegar. La mayoría eran regateos. Te doy 140.
160 y es mi última oferta. ¿Aceptas 150 y me lo llevo hoy? Ricardo rechazó todas. Necesitaba al menos 180,000. Al tercer día, un comprador serio apareció. Un señor de unos 60 años, dueño de una ferretería en Tonalá. 175,000. Efectivo, pero quiero que un mecánico lo revise primero. Ricardo aceptó. El mecánico encontró problemas menores. Pastillas de freno gastadas, aceite vencido, una llanta con poco dibujo. El comprador bajó su oferta. 165,000. Última oferta. Ricardo apretó los dientes y aceptó.
Tres días después, el 9 de enero, entregó el coche. Recibió el dinero en billetes de 500 y 1000 pesos. Los contó dos veces, 165,000 exactos. Ahora le faltaban más de 1,200,000 pesos y solo 20 días. Esa noche Ricardo llegó al departamento de Sofía sin coche. Había tomado el camión de la ruta 600, 2 horas de trayecto que normalmente hacía en 30 minutos. Sofía lo esperaba con la cena preparada. Enchiladas verdes, arroz rojo, frijoles refritos. El olor llenaba el departamento pequeño.
¿Vendiste el coche?, preguntó ella. Sí, pero no fue suficiente. ¿Cuánto te dieron? 165,000. Sofía dejó el plato que estaba sirviendo. Y ahora voy a pedir un préstamo y a vender otras cosas. ¿Qué otras cosas? Ricardo miró alrededor. No tenía muchas posesiones. Su ropa, algunos relojes, una laptop de hace 3 años, herramientas de trabajo. No lo sé todavía. cenaron en silencio. Las enchiladas estaban buenas, pero Ricardo apenas probó bocado. “Fui al doctor hoy”, dijo Sofía de repente. “Y todo va bien, ya son 8 semanas.
Me dio vitaminas prenatales.” Ricardo asintió sin mirar. “¿No vas a preguntar nada más?” “¿Qué quieres que pregunte, Sofía?” “No sé si es niño o niña. ¿Cuándo nacerá? Algo todavía es muy pronto para saber eso, pero podrías al menos fingir que te importa. Ricardo dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco. Sofía, estoy a 20 días de perderlo todo. Mi trabajo está en riesgo. Mi familia no me habla. Tengo que conseguir más de un millón de pesos.
Perdóname si no puedo emocionarme por el embarazo en este momento. Ella se levantó de la mesa con los ojos llorosos. Yo tampoco pedí esto, Ricardo. Yo tampoco pedí quedar embarazada, pero aquí estamos. Se encerró en la recámara y no salió en toda la noche. Mientras tanto, Camila había empezado en un nuevo trabajo, una agencia de publicidad en la avenida Chapultepec llamada Creativa MX. Su jefa, una mujer de 38 años llamada Patricia Villarreal, la había contratado como coordinadora de cuentas.
Vi tu currículum”, le dijo Patricia en la entrevista. “5 años en una agencia de eventos. Buenas referencias. ¿Por qué cambiaste?” Camila había preparado la respuesta. Cambios personales. Necesitaba un nuevo comienzo. Patricia asintió con comprensión. No preguntó más. El ambiente en Creativa MX era completamente diferente. Joven, dinámico, sin drama familiar. Sus nuevos compañeros la recibieron con calidez. Nadie conocía su historia, nadie la juzgaba. Por primera vez en meses, Camila se sentía ligera. El 14 de enero, día de su cumpleaños número 32, Camila se regaló algo especial.
Cortó su cabello largo hasta los hombros. Un cambio drástico. El estilista en el salón de la Avenida México le hizo mechas color caramelo. Cuando se vio en el espejo, casi no se reconoció. “Te ves hermosa”, dijo el estilista acomodando los mechones con sus dedos. “¡Cómo nueva!” Y así se sentía nueva. Esa noche sus nuevas compañeras de trabajo la invitaron a cenar. Fueron al restaurante Y Latina, en la avenida Chapultepec. Pidieron tacos de camarón, ceviche, micheladas preparadas con clamato y chamoy.
“Brindemos por Camila,” dijo Mariana, la diseñadora gráfica, “por nuevos comienzos. Por nuevos comienzos, repitieron todas.” Camila sonrió, una sonrisa real, no forzada, y se dio cuenta de que era la primera vez en mucho tiempo que se sentía genuinamente feliz. Ricardo, en cambio, pasó ese mismo día en un banco diferente solicitando un préstamo personal. El ejecutivo, un joven de unos 25 años con corbata demasiado brillante, revisó su historial crediticio. “Su score es bueno, señor Mendoza, 750 puntos. Podríamos aprobarle hasta 400,000 pesos.
Necesito más. Lo máximo que podemos ofrecer sin garantía hipotecaria son 500,000. Pero las mensualidades serían altas, 20,000 pesos al mes durante 36 meses. Ricardo hizo los cálculos mentalmente con su sueldo de 35,000 pesos mensuales. Pagar 20,000 en préstamo lo dejaría con 15,000 para todo lo demás. Imposible. ¿Y con garantía hipotecaria? ¿Tiene alguna propiedad a su nombre? el departamento donde vivía, pero está en proceso de división conyugal. El ejecutivo negó con la cabeza. No podemos usar una propiedad en disputa legal.
Ricardo salió del banco sintiéndose derrotado. Esa tarde llamó a su padre. Era la primera vez que hablaban desde Nochebuena. Papá, silencio al otro lado. Papá, necesito ayuda. No tengo dinero para prestarte, Ricardo. No estoy pidiendo dinero. Solo necesito hablar con alguien. Don Arturo suspiró profundamente. Tu madre y yo hemos hablado mucho estos días y llegamos a una conclusión. Criamos a un hombre que pensamos conocer, pero el hombre que humilló a su esposa en Nochebuena, ese no es el hijo que criamos.
Papá, yo lo siento. Lo siento, no arregla nada. Lo siento, no regresa el tiempo. Lo siento, no borra el dolor que causaste. Entonces, ¿qué quieres que haga? Quiero que asumas las consecuencias. Quiero que pagues lo que debes. Quiero que seas hombre y no vuelvas a pedir ayuda para arreglar los desastres que tú mismo creaste, papá. Y cuando hayas solucionado esto, cuando le hayas dado a Camila lo que le corresponde, cuando hayas demostrado que todavía tienes algo de honor, entonces tal vez, solo tal vez, tu madre y yo consideraremos volver a hablarte.
La llamada terminó. Ricardo se quedó mirando su teléfono. En la pantalla apareció un mensaje de Sofía. Sofía, necesito dinero para las vitaminas prenatales. Son 1200 pesos. Él miró su saldo bancario. 4300 pesos hasta el próximo pago. Le transfirió los 100 sin responder el mensaje. El 20 de enero, a 11 días del plazo, Ricardo vendió su laptop en 800 pesos. Sus herramientas de trabajo en 3,000, su reloj Casio en 500, una televisión vieja en 100, total 5500 pesos.
Ridículo comparado con lo que necesitaba. Esa noche desesperado, llamó a su primo Javier. Primo Ricardo, qué sorpresa. Javier, necesito un favor enorme. Si es dinero, no puedo ayudarte. Solo escúchame. No, Ricardo, tú escúchame a mí. Toda la familia está molesta contigo. La abuela llora cada noche. Tu mamá dejó de ir a misa porque le da vergüenza que le pregunten por ti. Tu papá se la pasa callado, triste. Destruiste la paz de esta familia. Lo sé. Por eso estoy intentando arreglarlo.
Pues arréglo. Solo como mi padre siempre decía, el que siembra vientos cosecha tempestades. Y colgó. Ricardo se dejó caer en el sillón del departamento de Sofía. Afuera, la ciudad de Guadalajara seguía su ritmo nocturno. Coches pasando por la avenida, gente riendo en los restaurantes, vida normal, pero la suya se estaba desmoronando. El 25 de enero, a 6 días del plazo final, Ricardo recibió una llamada de la licenciada Valeria Montes. Señor Mendoza, soy la abogada de Camila Herrera.
Le recuerdo que el plazo vence el 31 de enero. Tiene el dinero. Estoy trabajando en ello, señor Mendoza. Trabajando en ello no es una respuesta válida. ¿Sí o no? Silencio. Eso pensé. Le sugiero que empiece a buscar opciones reales. Vender la propiedad completa. Por ejemplo, mi clienta ya tiene un comprador interesado que ofrece 2,900,000es. Si usted accede a vender, cada uno recibiría 1,450,000. Usted quedaría a mano con las deudas y tendría 50,000 extra. Pero ese departamento es mío, era suyo, ahora es de ambos.
Y si no cumple, será completamente de ella. La ley es clara. ¿Y dónde voy a vivir si vendo? Eso ya no es mi problema, señor Mendoza. Tiene hasta el 31. Buenos días. Colgó. Ricardo miró las paredes del departamento de Sofía. Apenas 30 m², una recámara pequeña, cocina integral diminuta, baño que apenas cabía una persona y allí vivirían los tres, él, Sofía y un bebé. si es que Sofía lo seguía queriendo para entonces. El 28 de enero, a tr días del plazo, Ricardo finalmente aceptó la realidad.
No tenía el dinero, no iba a conseguirlo. Tenía que vender el departamento. Llamó a la licenciada Valeria Montes. Acepto. Venderé la propiedad. Sabia decisión, señor Mendoza. El comprador ya tiene el financiamiento aprobado. Podemos firmar el día 30. Tan rápido. El comprador es un empresario serio. Paga de contado, ya revisó el inmueble. Solo falta que usted y la señora Herrera firmen ante notario. Está bien. Una cosa más. Necesitará desalojar completamente el departamento antes de la firma. El comprador quiere entrega inmediata.
Ricardo sintió un nudo en la garganta. Puedo sacar mis cosas. Todo lo que sea legalmente suyo, sí, pero le sugiero que coordine con mi clienta. Ella también tiene derecho a recoger lo que le pertenece. Esa tarde, Ricardo llegó al departamento de la colonia americana por primera vez en más de un mes. Usó su llave. La puerta se abrió con un chirrido. El lugar olía encerrado. Las cortinas estaban cerradas. Una capa de polvo cubría los muebles. La sala donde habían visto películas juntos.
El comedor donde cenaban los domingos, la recámara donde no quiso entrar a la recámara. Comenzó a empacar sus cosas, ropa, zapatos, documentos personales, algunos libros. Todo lo metió en cajas de cartón que había conseguido en un Oxo. Mientras guardaba una camisa, encontró una foto en el cajón del closet. Era del día de su boda. Camila lucía hermosa con su vestido blanco sencillo. Él sonreía con traje gris. Atrás la familia Mendoza completa. Tiempos más felices. Guardó la foto en su cartera.
Cuando terminó, miró el departamento vacío de sus pertenencias. Solo quedaban los muebles, los cuadros, las cosas de Camila y los recuerdos. cerró la puerta y dejó la llave sobre el buzón del edificio. Al día siguiente, 29 de enero, Camila también fue al departamento. La licenciada Valeria la acompañó. “Tómate tu tiempo”, le dijo la abogada. “Lleva todo lo que quieras. Lo que dejes se venderá con el departamento o se donará.” Camila entró despacio. El lugar se sentía diferente, vacío no solo de cosas, sino de vida.
Fue directo a la recámara. Las sábanas seguían en la cama, las mismas que había visto manchadas con la traición hacía 7 meses. Las arrancó con furia contenida, las metió en una bolsa de basura, luego abrió el closet. La ropa de Ricardo ya no estaba, solo quedaba la suya. Vestidos, blusas, pantalones que no usaba desde hacía meses, ropa de una Camila que ya no existía. Decidió llevar solo lo esencial. Lo demás lo donaría. En la sala encontró álbum de fotos, bodas, cumpleaños, viajes a Mazatlán y Guanajuato.
5co años documentados en papel fotográfico. Los ojeó rápidamente, luego los cerró y los dejó sobre la mesa. No necesitaba esos recuerdos. En la cocina vio el juego de ollas que le había regalado su suegra, el molcajete de piedra volcánica que habían comprado en Tlaquepque, las tazas de cerámica con sus iniciales. Dejó todo. Solo tomó una cosa, una planta de sábila en maceta verde que su madre le había dado cuando se casó. Esta planta te protegerá, le había dicho su mamá.
Mientras esté verde y fuerte, tú también lo estarás. La planta había sobrevivido 5 años. Las hojas seguían gruesas y verdes. Camila la cargó con cuidado. “Lista”, preguntó Valeria desde la puerta. “Sí, ya no hay nada más que quiera de aquí.” Salieron del departamento. Camila no miró atrás. El 30 de enero llegó nublado y frío. Una mañana rara para Guadalajara. A las 10 de la mañana, en la notaría pública número 87 en la avenida Hidalgo, se reunieron todos los involucrados.
Camila llegó puntual acompañada de Valeria. Vestía un traje sastre color negro con blusa blanca, el cabello corto peinado hacia atrás, maquillaje discreto. Se veía profesional, serena, fuerte. Ricardo llegó 5 minutos tarde. Pantalones de mezclilla desgastados, camisa de franela, tenis viejos, ojeras profundas, barba de varios días. Se veía destruido. El comprador era un hombre de unos 50 años, dueño de una cadena de ferreterías. Llegó con su esposa, una señora elegante de cabello canoso. El notario, un señor serio de lentes gruesos, revisó todos los documentos.
Muy bien, procederemos a la firma. Señor Mendoza, señora Herrera, este es el contrato de compraventa. El precio acordado es de 2,900,000 pesos. Cada uno recibirá 1,450,000 pesos, menos los gastos notariales y el impuesto correspondiente. Puso los documentos sobre el escritorio de Caova. ¿Alguna objeción antes de firmar? Camila negó con la cabeza. Ricardo tampoco dijo nada. Bien, señora Herrera, firme aquí. Camila tomó la pluma y firmó con letra clara y decidida. Cuatro páginas, su nombre completo en cada una.
Camila Herrera Ramos. Señor Mendoza. Ricardo tomó la pluma con mano temblorosa, miró las hojas, miró a Camila. Ella no le devolvió la mirada. Firmó Ricardo Mendoza Ortega. La tinta se corrió un poco en la última letra. Perfecto. Los compradores ahora. El matrimonio firmó eficientemente. Habían hecho esto muchas veces antes. Listo. La transferencia bancaria se hará efectiva hoy mismo antes de las 3 de la tarde. El departamento quedará desocupado y entregado mañana 31. ¿Correcto? Todos asintieron. Entonces los declaro concluido este acto jurídico.
Felicidades a los nuevos propietarios. El matrimonio estrechó manos con el notario. Luego con Camila y Valeria evitaron a Ricardo. Cuando salieron de la notaría, Ricardo intentó acercarse a Camila. Camila, espera. Ella se detuvo, pero no se giró. ¿Qué quieres? Solo quería decirte, yo lo siento, de verdad lo siento. Camila finalmente lo miró. Sus ojos cafés, antes llenos de amor, ahora solo mostraban indiferencia. Lo sé, Ricardo, pero tu perdón ya no me importa. ¿Hay alguna forma de que podamos qué?
Ser amigos, ¿mer contacto? Camila soltó una risa seca. No, no hay forma. Tú y yo terminamos aquella tarde en Nochebuena. Esto solo fue papeleo. Camila, adiós. Ricardo subió al coche de Valeria y se fueron. Ricardo se quedó parado en la banqueta de la avenida Hidalgo. El tráfico fluía rápido, camiones, coches, motos. Guadalajara seguía su ritmo caótico, pero él se sentía inmóvil, perdido. Sacó su teléfono. Tenía tres mensajes de Sofía. Sofía, ¿ya firmaste, Sofía? Ricardo, contesta, Sofía, necesitamos hablar cuando llegues.
No respondió. Caminó hasta una fonda cerca del mercado San Juan de Dios. Pidió un caldo de res verduras. No tenía hambre, pero necesitaba hacer algo con sus manos. El caldo llegó humeante, con trozos grandes de zanahoria, papa, calabaza y elote, pan bolillo al lado. Comió mecánicamente, sin sabor. ¿Todo bien, joven? Preguntó la señora de la fonda, una mujer mayor con delantal floreado. Sí, señora, gracias. Ella lo miró con ojos conocedores, esa mirada de madre que identifica cuando alguien está sufriendo.
Ánimo, muchacho. Todo pasa. Lo malo y lo bueno, todo pasa. Ricardo asintió sin convicción. Cuando terminó, pagó sus 60 pesos y caminó sin rumbo. Pasó por la catedral. Entró, se sentó en una banca del fondo. La iglesia estaba casi vacía, solo una señora rezando el rosario y un señor encendiendo veladoras. Ricardo miró el altar. Hacía años que no rezaba. Su abuela Remedios siempre le decía, “Dios, escucha, mi hijo, siempre escucha. ” Cerró los ojos. Dios, si me estás escuchando, no sé qué decir.
La La horrible. Y ahora no sé cómo arreglar nada. Su voz se quebró. Mi familia me odia. Mi esposa, mi exesposa me desprecia. La mujer con la que estoy no me quiere realmente. Voy a ser padre y no sé si quiero serlo. Perdí mi casa. Casi pierdo mi trabajo y lo peor es que todo es mi culpa. Las lágrimas empezaron a caer. No sé qué hacer. Ya no sé qué hacer. se quedó ahí sentado llorando en silencio durante 20 minutos.
Cuando salió de la catedral, el sol había roto las nubes. Guadalajara brillaba bajo la luz de enero. Tomó el camión de regreso al departamento de Sofía. Cuando entró, ella estaba sentada en el sillón. Tenía una maleta a su lado. ¿Qué es eso?, preguntó Ricardo. Me voy dijo Sofía. Su voz sonaba cansada. Me voy a Monterrey con mi hermana. ¿Qué? ¿Por qué? Porque esto no funciona. Ricardo, tú no me quieres. No quieres al bebé. Estás aquí porque no tienes a dónde más ir.
Sofía, eso no es cierto. Sí lo es. Y está bien. Yo también me equivoqué. Pensé que amarte sería suficiente. Pensé que si Camila desaparecía, tú serías feliz conmigo, pero me equivoqué. Se levantó y tomó la maleta. Mi hermana me consiguió trabajo en su tienda de ropa. Voy a tener al bebé allá. No necesito nada de ti. Ni dinero, ni apellido, ni nada. Pero Sofía, adiós, Ricardo. Ojalá encuentres lo que estás buscando porque claramente no era yo. Salió del departamento y cerró la puerta suavemente.
Ricardo se quedó solo en el silencio. Miró alrededor, el departamento diminuto, los muebles viejos, la cocina donde apenas cabía una persona y se dio cuenta de algo terrible. Lo había perdido todo, absolutamente todo. Su esposa, su casa, su familia, su amante, su futuro hijo, su dignidad. Todo por una aventura que ahora ni siquiera existía. Se dejó caer en el sillón donde Sofía había estado sentada segundos antes y por primera vez en su vida adulta, Ricardo Mendoza lloró como niño.
El 31 de enero a las 2 de la tarde, el teléfono de Camila vibró con una notificación bancaria. Depósito recibido 1385,000 1,385,000 pesos. Su parte de la venta del departamento, menos gastos notariales e impuestos. Camila miró la pantalla durante un minuto completo, luego respiró profundo y cerró los ojos. Había terminado. Realmente había terminado. Estaba sentada en su nuevo departamento de la colonia americana, el que rentaba por 6000 pesos al mes. La planta de sábila descansaba en la ventana, sus hojas gruesas y verdes brillando con el sol de la tarde.
Valeria la había llamado 30 minutos antes. El dinero fue transferido. Todo está cerrado legalmente. Ya no tienes ningún vínculo con Ricardo Mendoza. Gracias, licenciada, por todo. No, Camila, gracias a ti. En 30 años de carrera, pocas mujeres he visto con tu temple. Supiste cuándo pelear y cómo hacerlo. Después de colgar, Camila se había quedado en el sillón procesando. Ahora, con la notificación del banco en la pantalla, finalmente lo sintió. Libertad. Esa noche sus compañeras de trabajo la invitaron a celebrar.
Fueron al restaurante Alcalde en la Avenida México. Pidieron pulpo al carbón, aguachile de camarón, tacos de rivay, vino blanco espumoso de Valle de Guadalupe. Por Camila, brindó Patricia, su jefa, por ser la mujer más fuerte que conozco. Por Camila, repitieron todas. Mariana, la diseñadora, se inclinó hacia ella. ¿Puedo preguntarte algo personal? Claro. ¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo aguantaste se meses sin decir nada? Yo me hubiera vuelto loca. Camila tomó un sorbo de vino antes de responder porque sabía que un grito dura un minuto, pero las pruebas duran para siempre.
El enojo se desvanece. Pero un documento legal no. Eres mi heroína, dijo Andrea, la community manager. En serio, cuando mi ex me engañó, yo solo lloré y lo perdoné tres veces. Yo no soy heroína”, respondió Camila. “Solo aprendí que la venganza no es gritar, es ser más inteligente.” Patricia levantó su copa nuevamente. Amén. A eso. Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, Ricardo estaba en el departamento vacío de Sofía. Ella se había llevado todo, muebles, ropa, hasta las cortinas.
Solo había dejado el refrigerador viejo y la estufa. El contrato de renta estaba a nombre de ella. vencía en marzo. El dueño le había llamado esa mañana. Si quiere quedarse, necesito que firme un contrato nuevo y un depósito de 2 meses. Ricardo no tenía dinero para eso. Después de recibir su 1385,000 pes, había pagado deudas acumuladas, tarjetas de crédito, préstamos personales, dinero que le debía a un amigo. Al final le quedaron 120,000 pesos. Suficiente para rentar algo modesto, no suficiente para empezar de nuevo.
Realmente esa noche durmió en el piso del departamento vacío con solo una cobija que había comprado en el tianguis de la avenida Federalismo, 30 pesos. El frío de febrero en Guadalajara atravesaba las paredes delgadas. Febrero llegó con días más largos y soleados. Camila usó parte de su dinero inteligentemente. Primero apartó 200,000 pesos en una cuenta de ahorro. Emergencias. No los tocaría por nada. Luego invirtió 300,000 en un pequeño fondo de inversión que su prima, que trabajaba en finanzas, le recomendó.
“No esperes hacerte millonaria”, le advirtió su prima por teléfono desde Monterrey. “Pero en dos años verás buenos rendimientos.” Con el resto, Camila se permitió algunos gustos. ropa nueva para el trabajo, un colchón ortopédico de calidad, un escritorio para trabajar desde casa, un curso en línea de marketing digital. También apartó 50,000 pesos para visitar a su mamá en Morelia. Habían pasado dos años desde la última vez, el 14 de febrero, día del amor y la amistad, Camila se compró a sí misma un ramo de rosas blancas, las puso en un florero junto a la planta de sábila.
Por mí, se dijo frente al espejo, por sobrevivir. Ese mismo día, Ricardo pasó su primera noche en un cuarto rentado en la colonia Oblatos, 3,500 pesos al mes. Compartía baño con otros tres inquilinos. Las paredes de lámina dejaban pasar todos los ruidos. Su vecino de cuarto tocaba música norteña hasta las 2 de la mañana. El otro fumaba marihuana en el pasillo. La señora del cuarto del fondo tenía cinco gatos que maullaban toda la noche. Ricardo se acostaba en el colchón delgado sobre el piso de concreto y miraba el techo manchado de humedad.
¿Cómo había llegado a esto? Hace un año tenía esposa, departamento propio, una familia que lo respetaba, un futuro estable. Ahora no tenía nada. En marzo, Camila recibió una llamada inesperada. Era doña Hortensia. Camila, soy hortensia. Silencio. Sé que no tengo derecho a llamarte. Sé que mi familia te hizo mucho daño, pero necesitaba decirte algo. Camila esperó. Ricardo está está muy mal. Se quedó sin nada. Vive en un cuarto horrible. Adelgazó mucho. Tu papá habló con el dueño de la constructora y lo despidieron.
Doña Hortensia, con todo respeto, eso ya no es mi problema. Lo sé, lo sé. Solo solo quería que supieras que nosotros también lo rechazamos. Don Arturo no le habla. La abuela Remedios borró su nombre del testamento. Yo yo lloro cada noche pensando en cómo criamos a ese hombre. Su voz se quebró. Tú no merecías nada de lo que te hizo. Fuiste buena nuera, buena esposa y nosotros te fallamos. Camila sintió una punzada de algo. No era lástima.
Tal vez con pasión. Gracias por decirme eso, doña Hortensia. De verdad, ¿hay alguna forma de que puedas perdonarnos? Tal vez con tiempo, pero por ahora necesito seguir adelante sin mirar atrás. Te entiendo, mija, te entiendo. Cuídate mucho. Usted también, colgaron. Camila no sintió satisfacción al saber que Ricardo estaba mal. Tampoco sintió tristeza, solo sintió nada y eso era exactamente lo que necesitaba sentir. En abril, tres meses después de la firma final, Camila recibió una propuesta. Patricia la llamó a su oficina.
Camila, tengo algo que ofrecerte. Estamos abriendo una sucursal de la agencia en Puerto Vallarta. Necesito alguien que la maneje, pensé en ti. Yo, pero solo llevo 3 meses aquí y en tr meses demostraste más profesionalismo que gente que lleva años. Eres organizada, inteligente y sabes manejar crisis. Eso es oro en este negocio. No sé qué decir. Di que sí. El sueldo es mejor. 45000 al mes, departamento incluido y Puerto Vallarta. Es un nuevo comienzo completo. Camila pensó en la playa, en el mar, en despertarse con el sonido de las olas en lugar del tráfico de Guadalajara.
¿Cuándo empiezo? Patricia sonrió. Junio primero. Esa noche Camila llamó a su mamá. Mamá, me voy a Puerto Vallarta. ¿A vacacionar? No, a vivir. Me ofrecieron dirigir una agencia de publicidad allá. Su madre soltó un grito de alegría. Mija, qué orgullo. Después de todo lo que pasaste, mira dónde estás ahora. Lo sé, mamá. Todavía no lo creo. Tu papá estaría tan orgulloso. Él siempre decía, “Camila tiene fuego en el alma, nada la va a quebrar.” Camila sintió lágrimas calientes en sus mejillas.
Lo extraño, mamá. Yo también, mi hija. Yo también. Pero él te está viendo y está sonriendo. El 30 de mayo, Camila organizó su mudanza a Puerto Vallarta. No tenía muchas cosas, la había empacado todo en cajas en mediodía. Sus compañeras de Guadalajara le hicieron una despedida. Comieron en el restaurante Santo Coyote, bebieron margaritas de tamarindo, cantaron canciones de Paquita, la del barrio a todo pulmón. Por las mujeres que no se rinden gritó Mariana levantando su margarita. Por las mujeres que son más inteligentes que sus ex, añadió Andrea.
Por Camila, dijo Patricia, por demostrarnos que se puede ganar sin gritar. Todas brindaron. Al día siguiente, Camila manejó su camioneta Chevrolet Colorado, la que técnicamente le pertenecía después del divorcio por la carretera 215 rumbo a la costa. 4 horas de camino con las ventanas abiertas, música de Gloria Trevi sonando en el estéreo y el viento caliente de mayo despeinándola. Cuando vio el mar por primera vez, se detuvo en el mirador. El Pacífico se extendía infinito, turquesa brillante bajo el sol de mediodía.
Olas rompiendo suavemente en la arena. Camila bajó de la camioneta y se acercó a la varanda. “Lo logré, papá”, susurró al viento. “Lo logré. Y en ese momento, parada frente al océano, Camila Herrera finalmente se sintió completa, no porque tuviera un nuevo trabajo o dinero en el banco o un departamento en la playa, sino porque había recuperado algo que Ricardo nunca pudo quitarle, su dignidad. Mientras tanto, en Guadalajara, Ricardo Mendoza seguía viviendo en el cuarto rentado de la colonia Oblatos.
Había encontrado trabajo en una construcción como ayudante general, 8000 pesos al mes. Cargaba cemento, mezclaba concreto, limpiaba escombro. Sus manos, que antes solo firmaban documentos y manejaban planos, ahora estaban llenas de callos y cortaduras. Su espalda dolía todas las noches, pero pagaba su renta. Comía, sobrevivía. Una tarde de junio, mientras descansaba en la obra, su teléfono vibró. Número desconocido de Monterrey. Bueno, Ricardo era Sofía. Sofía, ¿qué pasó? Nació hace dos días. Es niña. Ricardo sintió algo extraño en el pecho.
No sabía si era alegría, tristeza o miedo. Está bien. Sí. 3, 400 g. Sana y perfecta. ¿Cómo se llama? Emma. Emma Sofía. Es bonito nombre. Silencio incómodo. No te estoy llamando para pedirte nada, dijo Sofía. Solo pensé que debías saber. Gracias, Ricardo. Espero que estés bien. De verdad, tú también, Sofía. Colgaron. Ricardo miró su teléfono. Tenía una hija. En algún lugar de Monterrey había una niña con su apellido que nunca conocería. Otra consecuencia. Otro pedazo de vida perdido.
Se levantó y volvió al trabajo. El capataz le gritó que se apurara. Tenían que terminar de vaciar concreto antes del anochecer. Ricardo cargó la pala y siguió trabajando. 6 meses después, en diciembre, Camila estaba en la terraza de su departamento en Puerto Vallarta, vista directa al mar. El sol se ponía en tonos de naranja y rosa. Sostenía una copa de vino blanco. A su lado la planta de Sábila, ahora más grande y fuerte que nunca. Su teléfono sonó.
Era Valeria Montes. Camila, ¿cómo estás? Muy bien, licenciada, aquí en Puerto Vallarta. ¿Y usted? Excelente. Te llamaba porque recuerdas tu caso claro. ¿Por qué? Lo estoy usando como ejemplo en mis conferencias. Escribí un artículo sobre estrategia legal en divorcios difíciles. Tu historia es perfecta. En serio. Sí, por supuesto. Cambié los nombres, pero la estrategia, la paciencia, la forma en que reuniste pruebas es un caso de estudio perfecto. Camila sonrió. Me alegra que sirva para ayudar a otras mujeres.
Esa es la idea, que sepan que pueden ganar, que no tienen que quedarse calladas, que la venganza inteligente existe. Después de colgar, Camila se quedó mirando el atardecer. Pensó en aquella noche de Nochebuena, los aplausos, la humillación planeada, el odio que había sentido y pensó en todo lo que vino después. Los documentos firmados, el dinero recuperado, la nueva vida construida, no con gritos, no con violencia, no con desesperación, sino con estrategia, con paciencia, con inteligencia. Levantó su copa hacia el océano.
Por las mujeres que no gritan, dijo en voz alta, por las mujeres que planean, por las mujeres que ganan. Y bebió. El viento del Pacífico sopló cabello corto. Las olas rompían en la playa y Camila Herrera, divorciada, libre, fuerte, sonrió porque al final la mejor venganza no había sido destruir a Ricardo, había sido reconstruirse a sí misma. Un año después del divorcio, en una noche cualquiera, Camila escribió en su diario personal, “A las mujeres que están pasando por traiciones, humillaciones, infidelidades, no estén solas, no guarden silencio por miedo, pero tampoco actúen con desesperación.
La venganza no es gritar, no es golpear, no es destruirse por dentro. La venganza es ser más inteligente, es juntar cada prueba, es buscar ayuda legal, es mantener la calma mientras ellos pierden la suya, es firmar papeles que los dejan sin nada mientras tú reconstruyes todo. Yo perdí 5 años de mi vida. Perdí una familia, perdí una amistad, perdí la confianza, pero gané algo mucho más valioso. Me recuperé a mí misma y eso al final vale más que cualquier departamento, cualquier coche, cualquier hombre.
A todas las camilas del mundo. Ustedes son más fuertes de lo que creen. Solo necesitan recordarlo. Cerró el diario. Afuera, Puerto Vallarta brillaba con luces nocturnas. Y Camila Herrera, 33 años, directora de agencia Mujer Libre, salió a caminar por el malecón. El futuro era suyo y nadie se lo volvería a quitar.
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