Desde los primeros minutos todo salió mal. En 1972 una pareja joven decidió irse a la montaña. Elegieron una ruta sencilla para una semana sin ascensos difíciles ni pernoctaciones en zonas peligrosas. Tenían experiencia en excursiones, aunque poca, pero suficiente para no perderse en los senderos. La época del año era de clima templado, casi no había nieve, solo en las cimas de las montañas podían quedar pequeños trozos de hielo. El tiempo prometía ser tranquilo. Sus amigos los despidieron, todos les saludaban con la mano y bromeaban diciendo que tenían que volver antes del fin de semana, ya que uno de ellos tenía un trabajo importante y el otro una celebración familiar.
La pareja estaba llena de energía y entusiasmo, aseguraban que nada malo podía pasar. Sin embargo, contra todo pronóstico, desaparecieron sin dejar rastro y durante 40 años nadie supo qué les había ocurrido. En aquella época las posibilidades de búsqueda eran limitadas: no había comunicación por satélite, no existían los teléfonos móviles y la comunicación por radio era muy poco frecuente entre los turistas normales y muy cara. Si las personas no llegaban al punto de control de la ruta, la búsqueda solo podía comenzar unos días después, cuando los familiares denunciaban su desaparición.
En este caso los padres de la joven acudieron a los servicios de rescate de la zona montañosa y explicaron que sus hijos habían prometido regresar en una fecha determinada, pero no se habían puesto en contacto. Los equipos de rescate enviaron un grupo de voluntarios y comenzaron a reunir a cazadores locales para recorrer todos los senderos conocidos. No hubo resultados: durante una semana de búsqueda no se encontró ni el equipo, ni restos de una hoguera, ni la tienda abandonada.
Era como si se hubieran desvanecido. Varios testigos afirmaron haber visto a turistas similares al pie de las montañas un par de días antes de la fecha oficial de regreso, pero esto no fue confirmado por otros testigos. Podría tratarse de un error o una coincidencia. Cuando la primera oleada de búsquedas resultó infructuosa, los familiares se unieron a la búsqueda, contrataron a su propio guía y recorrieron antiguas cabañas y cuevas. Todo fue en vano. La policía local realizó varias rondas e interrogó a quienes se encontraban en la zona de la desaparición.
Nadie recordaba haber visto a personas sospechosas ni haber presenciado ningún conflicto o accidente. Se decía que la pareja tenía previsto pasar la noche en un pequeño refugio situado a media altura, pero tampoco allí los encontraron. Tampoco nadie informó de gritos en el sendero, señales de socorro o bengalas. La desaparición fue silenciosa, misteriosa y no se explicaba por las condiciones meteorológicas. Los familiares pidieron que se continuara la búsqueda, pero al cabo de tres o cuatro semanas los equipos de rescate reconocieron que las posibilidades eran mínimas.
Si había ocurrido una desgracia y los turistas se encontraban en un lugar de difícil acceso, podían haber quedado sepultados por un desprendimiento o haber caído en un barranco. En ese caso solo el azar podría encontrarlos. Pasaron los años y la pareja nunca apareció. Nadie llamó, nadie escribió. Sus documentos quedaron archivados con la nota: desaparecidos sin dejar rastro. Ninguno de sus conocidos recibió noticias ni surgieron versiones de que hubieran desaparecido voluntariamente. No tenían deudas ni antecedentes penales, eran personas completamente normales.
Los padres, que perdieron a sus hijos, esperaron durante muchos años que algún día les llamaran para decirles que habían encontrado el cuerpo o al menos sus pertenencias personales. Cada vez que traían los restos de alguien de las montañas, esperaban los resultados de la autopsia, pero siempre resultaban ser otras personas que habían sufrido algún percance. Corrían todo tipo de rumores y conjeturas. Se hablaba de ataques de animales salvajes, de barrancos traicioneros, de que podrían haber sido secuestrados por sectas extrañas, pero no había pruebas de nada.
Llegó el final de los años 70, luego los 80 y los 90. La gente cada vez recordaba menos a aquellos turistas, solo sus familiares preguntaban de vez en cuando a la policía si había alguna novedad. Las respuestas eran siempre las mismas: el archivo estaba abierto, el caso no estaba cerrado, pero había pocas perspectivas. Solo la tenacidad de los padres y de un par de amigos que habían sido amigos de los desaparecidos en su juventud ayudaba a mantener vivo el recuerdo.
Sin embargo, no había posibilidades de encontrarlos. Los nuevos rescatistas, al llegar al servicio, escuchaban la historia como una leyenda. Decían que una vez desapareció una pareja allí y nadie entendió cómo había sucedido en una ruta relativamente sencilla. Después de todo, las montañas no eran famosas por ser especialmente peligrosas. La gente solía hacer excursiones allí con regularidad. Rara vez se perdían y, si lo hacían, solían encontrarse rastros. Pero aquí había un silencio total. Pasaron décadas y parecía que, si para entonces no se habían encontrado los restos, seguramente todo había quedado sepultado bajo una avalancha de rocas o en alguna grieta profunda donde nadie iba.
Los padres envejecían poco a poco. Muchos amigos de la pareja desaparecida se mudaron a otras ciudades o incluso a otros países. Los archivos del caso acumulaban polvo y, de vez en cuando, alguien intentaba sacar a relucir la historia, pero sin éxito. Ya cerca del año 2000 el interés por esta leyenda casi se había extinguido. Si alguien la recordaba, solo eran los ancianos que podían decir: “Sí, había una pareja así, desapareció y no volvimos a saber nada de ellos”.
En 2012 todo cambió. Un cazador ocasional que vivía en el pueblo más cercano se fue a cazar a la parte alta del bosque. No se dedicaba a la caza comercial, solo buscaba alimentos y algunas pieles para vender. Todos los lugareños conocían esa zona, donde a veces se veían ciervos, jabalíes y, de vez en cuando, lobos. El cazador avanzaba por el sendero, abriéndose camino entre la maleza. Según él, tropezó accidentalmente con la raíz de un árbol grande y vio que la tierra alrededor estaba parcialmente excavada.
Pensó que tal vez un animal había acabado una madriguera, pero entonces vio un frasco de cristal. El frasco estaba parcialmente cubierto de tierra y hojas y tenía musgo en la parte superior. Parecía que llevaba allí muchos años. El hombre lo sacó. Al principio no entendió qué era, pero cuando le quitó la suciedad vio dentro unas hojas de papel. El frasco estaba cerrado con una tapa metálica oxidada, pero aun así se podía abrir con dificultad. Los papeles del interior parecían mojados, pero no del todo, y se conservaban más o menos en paquetes pegados entre sí.
Abrió el frasco y sacó algunas hojas. Al principio parecían cartas antiguas, pero luego distinguieron la palabra diario escrita a mano en la portada. Los papeles parecían descoloridos y algunas líneas eran ilegibles, pero se entendía que se trataba de la descripción de una expedición. Había fechas de los años 70. El cazador decidió que podía ser valioso y lo guardó todo con cuidado, procurando no dañarlo. Regresó al pueblo con su botín y se lo contó a sus conocidos. Un vecino le aconsejó que llevara el hallazgo a la policía local o al servicio de emergencias, porque quizá estuviera relacionado con la desaparición de alguien.
Así lo hizo. El agente local echó un vistazo, vio la mención del año 1972 y comprendió que podía estar relacionado con la legendaria pareja desaparecida. Llamó a un especialista en documentos históricos. Este intentó secar las páginas y escanear las partes mejor conservadas. Poco a poco se pudo leer algunos párrafos. El texto resultó ser el diario de los turistas desaparecidos. La letra no era muy legible, pero se podían distinguir algunos detalles. Escribían sobre cómo avanzaban por el sendero, dónde montaban la tienda, cómo se sentían.
Mencionaban pequeños conflictos: alguien estaba cansado, alguien quería parar. Dibujaban esquemas de dónde se encontraba el manantial y cómo llegar al siguiente arroyo. Mencionaban que la ruta era fácil y escribían fechas aproximadas, todas ellas coincidían con los primeros días de su viaje. Luego venían anotaciones fechadas aproximadamente en el quinto o sexto día de la excursión, que ya denotaban inquietud. Escribieron que se habían topado con una construcción inusual, parecida a una casita abandonada o una garita, pero que claramente alguien vivía dentro.
Mencionaron que decidieron no entrar porque desde lejos vieron huellas de una fogata. Luego anotaron que en las montañas había personas que no les gustaban. Parecían estar siguiéndoles, pero sin delatarse. Más adelante las líneas se interrumpían y algunas palabras estaban borrosas por la humedad. Sin embargo, se conservaron algunas partes en las que la pareja escribía que tenían miedo de continuar la ruta debido a los extraños encuentros. Uno de los autores del diario afirmaba que por las noches oía voces incomprensibles, diferentes a las de los turistas habituales.
Luego alguien se acercaba a la tienda, pero huía rápidamente cuando se asomaban. Escribieron sobre la sensación de peligro. Todavía no parecía algo sobrenatural. En algunas zonas montañosas hay personas que se dedican a la extracción ilegal de recursos o se esconden, pero la hostilidad y el secretismo de estas personas podían suponer una amenaza para los viajeros ocasionales. Los autores del diario estaban claramente nerviosos y se planteaban si debían dar media vuelta. Decidieron continuar con la ruta porque ya no les quedaba mucho y el tiempo era bueno.
A continuación hay un salto de varias páginas. Parece que se rompieron o se mojaron por completo. La siguiente parte legible comienza directamente con la afirmación de que se habían metido en problemas. Los turistas escribieron que alguien les había quitado sus pertenencias, parte de su equipo, y se comportaba de forma agresiva. No está claro quiénes eran: no hay una descripción concreta de las personas ni se menciona su número. Se ve que la pareja no entiende por qué los retienen.
No hay demandas de rescate. Escriben que no pueden irse, que los vigilan. Uno de los participantes señaló que les obligaban a realizar algunas tareas, posiblemente llevar agua o preparar comida, pero todo es breve y entrecortado. El último fragmento de la nota era el más difícil de leer debido a las roturas y las manchas, pero fue precisamente este el que causó mayor impacto. Decía: si leen esta nota es que ya no estamos vivos. No sabemos quiénes son, nos retienen por razones desconocidas.
Después el texto se interrumpe, aparentemente no tuvieron tiempo de terminarlo. En los márgenes había palabras de desesperación, de que encontraban grietas para esconder el papel y que iban a enterrar la lata. Había un pequeño dibujo de un árbol y junto a él una piedra. Al parecer la pareja quería indicar el lugar donde habían enterrado la lata. Las fechas coincidían con el séptimo día de su excursión prevista. Cuando esta historia salió a la luz en 2012 los habitantes del pueblo quedaron conmocionados.
Resultó que la leyenda de los turistas desaparecidos encontraba una confirmación real en su diario. La policía reabrió los antiguos casos y los archivos sobre la búsqueda. Los padres, que ya habían fallecido, nunca llegaron a saber la verdad, pero quedaban parientes lejanos. Se les preguntó si querían ver el diario. Recibieron la noticia con amargura: durante muchos años habían creído que la pareja había muerto en un accidente, pero resultó ser mucho peor. Inmediatamente surgieron rumores sobre bandas salvajes que vivían en las montañas y secuestraban a los viajeros.
Pero en 40 años nadie había visto nada parecido. Los guías locales no habían oído hablar de ninguna comunidad clandestina en aquellos lugares, aunque las montañas son bastante extensas. La gente empezó a especular: tal vez a principios de los años 70 había allí un grupo de criminales fugitivos o algún tipo de ermitaños que no querían que los turistas los descubrieran. Quizás los mantuvieron cautivos y luego los mataron para evitar que se supiera. En el diario se mencionaba que los secuestradores no tenían un motivo claro, salvo el miedo a ser descubiertos, pero eso era solo una suposición.
La policía decidió realizar otra inspección en las montañas, pero en 40 años todo podía haber cambiado. Las cabañas se habían quemado y los senderos habían cambiado. Si quedaba alguna construcción, hacía tiempo que estaba cubierta de maleza o había sido derribada por el viento. No encontraron ningún rastro nuevo: ni huesos, ni restos de equipo. Todo parecía limpio, sin rastro alguno del campamento. Tampoco nadie recordaba la cabaña abandonada que la pareja supuestamente había visto, solo podían quedar los cimientos de ruinas de una vieja cabaña en el bosque, pero no se sabía dónde.
Mientras tanto querían enviar el diario a los expertos para comprobar su autenticidad. Un argumento importante a favor de la autenticidad era el tipo de papel, el tipo de tinta, el estilo léxico de los años 70, la mención de fechas reales y nombres de conocidos que coincidían con la información del pasado. El análisis de la composición del papel confirmó que tenía al menos entre 30 y 40 años. La falsificación era poco probable. Los especialistas conservaron las copias escaneadas e intentaron procesar las páginas con luz ultravioleta para leer más fragmentos del texto.
Como resultado se descubrió que la pareja se había encontrado con dos hombres en el sendero. Estos eran antipáticos y se comportaban de forma extraña. A continuación había frases que decían que estos hombres ocultaban algo y no querían que se supiera nada de ellos. Había varias líneas sobre la caseta o la cabaña donde, en su opinión, podría haber más personas, pero había pocos detalles concretos. Algunos sugirieron que los secuestradores podrían ser exmilitares que se habían ido a vivir aislados o delincuentes fugitivos que se escondían de la ley.
En los años 70 sucedían cosas así. Temían que los turistas los denunciaran, por lo que decidieron quitarles el equipo y retenerlos. Pero entonces, ¿por qué los mataron? Era más fácil echarlos. Quizás hubo un conflicto, tal vez los turistas se resistieron y todo terminó en tragedia. De una forma u otra, hace 40 años este grupo, si es que existió, debía haber desaparecido: o se fueron a otro lugar, o murieron. Esto explicaba por qué durante todo este tiempo nadie más se había encontrado con algo similar.
El momento en que la pareja pudo grabar y esconder el diario también suscitaba muchas preguntas. Al parecer se les concedía al menos cierta libertad, ya que de lo contrario difícilmente habrían podido encontrar tiempo para escribir. Probablemente los secuestradores no sospechaban que les dejarían papel y bolígrafo, o pensaron que nadie encontraría esos escritos. Quizás no sabían que los turistas llevaban un diario consigo. Los autores escribieron que tenían que tomar notas a escondidas, poniendo otra página al sol para que la tinta se secara más rápido.
Así es como pensaban enterrar la lata después. Podían haber elegido un recipiente de vidrio de sus propias provisiones: los turistas suelen llevar consigo pequeños frascos para especias o té. O tal vez los ladrones dejaron algo en la cabaña donde pudieron esconder las hojas. Enterraron el frasco bajo un árbol, guiándose por las indicaciones de la última hoja dibujada. El hecho de que el frasco fuera encontrado en 2012 puede considerarse una suerte increíble. El lugar en la ladera no era un sendero muy frecuentado por turistas o cazadores, ya que no hay arrallas ni zonas especialmente propicias para la caza.
Al parecer la nota de la última hoja, donde se mencionaba el árbol, no ayudó a los buscadores de los años 70, ya que entonces no tenían esas hojas y no había nada que llamara la atención en el lugar. En 40 años la tierra podía haberse desplazado, las raíces del árbol podían haberse extendido y las piedras podían haberse deslizado. El hecho de que un cazador tropezara accidentalmente y removiera la tierra fue la única razón por la que el diario vio la luz.
Ahora que se conocen estos fragmentos, la historia se ha visto envuelta en numerosas especulaciones. Llegaron al pueblo periodistas que querían hacer sensacionalismo. En algunos sitios se escribió sobre secuestradores místicos, rituales secretos y comunidades prohibidas en las montañas. Pero las mentes más sensatas comprendieron que se trataba más bien de un grupo de personas que habían elegido la soledad y temían cualquier presencia extraña. Por eso decidieron tomar medidas drásticas. No quedó ningún rastro de los secuestradores. La policía volvió a revisar los archivos de los años en que pudo haberse producido la fuga de la prisión, pero no encontró coincidencias.
Tampoco se encontró ninguna referencia a bandas armadas que operaran en la zona, solo rumores sin confirmar. Mientras tanto los familiares de los desaparecidos se llevaron consigo las copias escaneadas del diario para conservarlas como recuerdo. Las hojas físicas permanecieron en manos de los expertos, ya que constituían una prueba material. En teoría el caso seguía abierto, pero de facto ya era imposible resolverlo. No se conservaban ni los cuerpos, ni otros bienes, ni indicaciones precisas sobre el posible paradero de los restos humanos.
No hay tumbas ni indicios de que alguien viera a los secuestradores llevarse a la pareja montaña arriba o montaña abajo. Del diario solo se desprende que siguieron juntos, que no se separaron hasta el final. El hombre escribía que temía por su esposa y que intentaba mantenerla moralmente. En una de las entradas la mujer se lamentaba de que no volverían y de que sus seres queridos las estarían esperando. Decía que intentaría esconder el diario para que algún día la gente supiera la verdad.
Y así, 40 años después, esas palabras se hicieron realidad. Tras la repercusión de la noticia, algunos turistas y entusiastas locales organizaron expediciones privadas. Recorrieron diferentes laderas, buscaron las ruinas de la cabaña y cualquier indicio de campamentos secretos. Intentaron encontrar los cimientos, tablas quemadas, restos de fogatas. Pero había pasado demasiado tiempo: los lugares podían estar cubiertos de maleza, los árboles podían haber cambiado y el suelo podía haberse desplazado. Nadie encontró nada significativo. Quizás realmente había allí una pequeña cabaña que se había podrido o quemado con el paso de las décadas.
Si los criminales existieron, hacía mucho que no quedaba rastro de ellos. Además, en el diario se describía un árbol como punto de referencia, pero en las montañas hay miles de árboles iguales. La pareja podría haber hecho marcas, pero ¿quién las encontraría 40 años después? Todo se borró, y la lata se encontró en otro lugar porque la tierra y las raíces la habían desplazado. Para muchos este diario se convirtió en la única prueba real de que la desaparición no fue un accidente.
La pareja no desapareció porque resbalaran y cayeran al abismo. Los retuvieron por la fuerza. Las últimas líneas gritan miedo e incomprensión por el trato que les estaban dando. No hay motivos, ni explicaciones, ni quiénes son esas personas. Es posible que los secuestradores no dijeran quiénes eran, o que lo hicieran, pero la pareja no sabía si creerles o no. Así pues, ante los lectores del diario se presenta una imagen aterradora: los turistas llegaron al final de su escapada de una semana, pero luego desaparecieron sin dejar rastro a manos de desconocidos.
Es muy posible que los hayan matado y escondido los cadáveres en un lugar inaccesible, o que los hayan obligado a ir a algún lugar del que ya nadie ha regresado. Todo esto ha generado otra ola de conversaciones sobre lo peligrosas que son las zonas montañosas cuando no hay un control adecuado. Pero ahora, en el siglo XXI, muchos de estos lugares están equipados con senderos, bases turísticas y la comunicación móvil funciona de alguna manera en las alturas. El caso de los años 70 ya se percibía como una historia de otra época, cuando todo era más salvaje e inabarcable.
Sin embargo, para los familiares sigue siendo una tragedia sin resolución: ni siquiera tienen una tumba donde llorar a sus seres queridos. La única reliquia son estas hojas húmedas, escritas con mano temblorosa en los últimos días, o incluso en las últimas horas de vida. Los rescatistas y la policía celebraron un pequeño funeral en las montañas, reuniéndose en el lugar donde se suponía que podía discurrir su ruta. Allí colocaron una pequeña lápida en memoria de los turistas desaparecidos. Se considera que se trata de una de las desapariciones más misteriosas que jamás hayan ocurrido en esta zona.
Muchos de los antiguos rescatistas que aún recuerdan el caso acudieron y depositaron flores. Dijeron que se sentían culpables: en su momento estaban convencidos de que se trataba simplemente de una pérdida. Nadie pensó que pudiera tratarse de un secuestro. Si hubieran tenido información, tal vez habrían buscado de otra manera, habrían revisado los edificios abandonados, habrían buscado señales de personas. Pero entonces algo así parecía increíble. El hecho es que el diario está fechado en 1972, fue encontrado en 2012 y pasó 40 años bajo tierra.
La última frase, aterradora, se convirtió en un símbolo de la irreparable tragedia: si leen esta nota es que no estamos vivos. No sabemos quiénes son, nos retienen por razones desconocidas. Este momento parece desvelar lo desconocido de la tragedia. Muestra que el final del viaje se convirtió en cautiverio y muerte. No hay explicaciones, no hay culpables en el banquillo de los acusados. Solo quedan en la memoria unas líneas descoloridas. Pronto los periódicos dejaron de publicar la noticia en primera plana.
No se produjeron nuevos descubrimientos y la policía no pudo presentar cargos contra nadie en concreto. El expediente volvió a los archivos, pero nunca se cerró oficialmente, quedando con la etiqueta de sin resolver. Algunos curiosos siguieron debatiendo en foros, planteando hipótesis sobre bases militares secretas. Otros suponían que la pareja se había topado con un grupo de contrabandistas que no querían que se descubriera su rastro. Pero todos son conjeturas: no hay pruebas documentales. Entre los habitantes locales ha surgido una nueva leyenda.
Si antes se decía: “allí desapareció una pareja, no los encontraron, seguramente fue un accidente”, ahora se dice otra cosa: “cayeron en manos de unos desconocidos que se escondían en las montañas, su diario fue encontrado 40 años después”. Algunos padres ahora prestan más atención a sus hijos cuando quieren ir de excursión. Les recuerdan constantemente que tengan cuidado y que sigan las normas de seguridad. Pero muchos turistas experimentados están convencidos de que ahora es poco probable que se repita algo así: hay más gente alrededor, hay medios de comunicación y es poco probable que haya bandidos merodeando por las montañas secuestrando a transeúntes al azar.
Como resultado, toda la historia se redujo a un lamentable pesar por el hecho de que en los años 70 los turistas desaparecidos no tuvieran ninguna posibilidad real de salvarse. El diario fue su último grito de auxilio, pero solo llegó a oídos de la gente 40 años después. El cazador que encontró la lata escribió una sencilla inscripción en una pequeña cruz de madera que colocó junto al lugar del hallazgo: “Perdón por no haber podido ayudarles”. A veces iba allí, reflexionando sobre el destino de aquellos desconocidos, imaginando cómo lucharon desesperadamente por sus vidas.
Ahora las copias del diario se conservan en un museo local dedicado a la historia de la región montañosa. Los visitantes pueden leer las hojas impresas, aunque algunas palabras siguen siendo ilegibles. La administración del museo ha colocado un cartel: “No intenten interpretar cada palabra, muchas frases han sido destruidas por la humedad. Lo importante es comprender el sentido general: estas personas se enfrentaron a algo terrible y no pudieron escapar.” Algunos escolares vienen de excursión y se les habla de la importancia de la seguridad en las excursiones, de lo importante que es informar a los familiares de dónde se va y de que incluso una ruta sencilla puede deparar sorpresas.
Por supuesto, ahora la situación es diferente, pero las lecciones del pasado siguen siendo válidas. Los familiares, tras leer las últimas palabras del diario, organizaron una pequeña ceremonia en su memoria. Para ellos fue un encuentro difícil, pero en cierto sentido les dio respuestas. Se dieron cuenta de que los desaparecidos no murieron inmediatamente, sino que pasaron por un cruel cautiverio, y eso es quizás aún más terrible que una muerte instantánea al caer en un barranco. Tuvieron que enfrentarse a desconocidos, sentir la desesperanza y reflejarlo en su nota.
Así esperaban que alguien descubriera la verdad algún día. La ceremonia se celebró al pie de la montaña, en uno de los miradores. Se reunieron los sobrinos lejanos y los nietos de sus familiares. Recordaron a la pareja que había permanecido joven, ya que habían pasado 40 años desde su desaparición. Nadie sabía cuál había sido su destino, pero el diario indica que no creían en la posibilidad de ser rescatados. Pasado algún tiempo, los periodistas intentaron investigar. Rebuscaron en los archivos de los años 70, buscaron datos sobre sucesos extraños, pero no apareció nada significativo.
En esos lugares no había casos penales importantes relacionados con el secuestro de turistas. Podría haber sido un episodio local que nunca se registró. Si los delincuentes no fueron capturados, no se descarta que la pareja desaparecida fuera la única víctima, o simplemente fueron los primeros de los que se supo. Algunos teorizaron que tal vez había otros, pero que no habían dejado diarios. Estas teorías no se pueden confirmar ni refutar: son solo suposiciones. Así, 40 años de silencio terminaron con el hallazgo del diario en un frasco de cristal, en la cima o, más precisamente, en la zona de la ladera superior.
Según el cazador, el frasco estaba bien cerrado, por lo que la mayor parte del texto se conservó intacto. Lo entregó a la policía y posteriormente todo el material fue a parar a manos de los expertos y luego al museo. El frasco y los fragmentos de cartas se expusieron en una vitrina aparte. Los visitantes miran, leen y preguntan: “¿cómo es posible?”. La respuesta es sencilla: a veces la vida se desarrolla de tal manera que las personas caen en una trampa de la que no pueden escapar, debido a personas crueles que el mundo nunca conocerá.
Pueden vivir aisladas, construir refugios secretos y temer cualquier presencia. Y si por casualidad aparecen turistas en su camino, todo acaba en tragedia. Al final de ese diario, en la última página, antes de la terrible frase, se conservan varias líneas escritas apresuradamente, como si se hubieran garabateado. Allí se menciona que oyen pasos, que alguien se acerca. El autor teme que ahora les quiten todo y que intenten enterrar la lata antes de que nadie los vea. Quizás lograron distraer a los secuestradores diciendo que iban a buscar agua o leña; en ese momento escondieron los escritos.
Esto explica por qué no pudieron describir con detalle quiénes los habían secuestrado: no tuvieron tiempo, o quizá temían que lo leyeran todo y lo destruyeran. Enterraron la lata y la cubrieron con tierra y hojas. Las palabras de despedida están escritas con temblor: “si leéis esta nota es que ya no estamos vivos”. Esta frase transmite una sensación de desesperanza. Sabían que nada los salvaría, pero al menos el diario podría revelar el secreto más adelante. No querían desaparecer sin dejar rastro, para que nadie supiera nunca lo que les había pasado.
Y tras largas décadas, su última voluntad se cumplió: el diario fue finalmente leído y el mundo supo que no se habían perdido, les había sobrevenido un terrible destino. Hoy, cuando la gente recorre esos senderos, a veces se recuerda esta historia. Por supuesto, con el desarrollo de las infraestructuras la mayoría de las rutas se han vuelto más seguras. Se han instalado señales, advertencias y hay GPS. Pero el recuerdo de aquellos terribles acontecimientos hace que muchos sean más cautelosos y comprendan que la naturaleza es solo una de las posibles amenazas.
A veces el peligro proviene de personas que viven al margen de la sociedad. Y si recordamos aquella época, queda claro que nadie está a salvo de encontrarse con grupos ocultos que pueden tener sus propios motivos y métodos. Los rescatistas locales señalan que esta historia es instructiva. Siempre aconsejan: “no vayan solos, no vayan sin un plan preciso, informen siempre a sus conocidos de cuándo van a volver y preparen un plan de acción en caso de encontrarse con personas sospechosas”.
Por supuesto, se trata de medidas extremas, pero es mejor ser precavido. Los familiares de las víctimas esperan que no vuelva a ocurrir algo así. Han tenido que soportar 40 años de incertidumbre antes de que se aclarara algo y, sin embargo, aún no hay claridad definitiva. No hay una respuesta precisa sobre dónde descansan los cuerpos, ni sobre lo que ocurrió exactamente en los últimos días de su vida. Solo se sabe que había un frasco con unas páginas, el equipo desaparecido, el miedo y la desesperación plasmados en esos escritos.
Así se recuerda esta historia. En la primavera de 1972 desaparecieron dos turistas que se habían ido a la montaña una semana. Nunca los encontraron. Cuatro décadas después, un cazador se topó por casualidad con un frasco de cristal al pie de un árbol. En su interior había unas hojas húmedas de un diario que describían cómo unos desconocidos retenían a los turistas. La última línea decía: “si leen esta nota es que no estamos vivos, no sabemos quiénes son, nos retienen por razones que desconocemos.” Ahí se cortaba todo.
No apareció ningún dato más que permitiera capturar a los criminales o al menos saber quiénes eran. La tragedia ensombreció las tranquilas montañas, añadiéndoles un halo siniestro. Sin embargo, la vida continúa y la gente sigue acudiendo allí en busca de belleza y aventuras, a veces sin siquiera imaginar los secretos que pueden esconderse en las profundidades de los bosques y los desfiladeros. En la actualidad la zona cuenta con modernas instalaciones, recibe turistas y acoge festivales y competiciones. Pero en el panel informativo del centro de información local hay una breve mención al diario encontrado.
Cuando los guías cuentan esta historia, muchos no la creen, piensan que es una leyenda. Pero luego ven las fotos reales, descoloridas, y comprenden que no es un cuento. Solo otra prueba de que no todas las desapariciones en las montañas son consecuencia de la imprudencia o del mal tiempo. Algunos destinos están decididos por factores invisibles y, a veces, solo el azar, muchos años después, permite conocer el triste final. Como ocurrió con esta pareja: se fueron a la montaña con sonrisas y planes, y regresaron solo en líneas escritas en papel mojado que tardaron 40 años en llegar a los ojos de desconocidos.
News
Fue humillada por casarse con un pastor de cabras… sin imaginar quién era en realidad…
Todos en el pueblo se burlaban de Luciana por casarse con un simple pastor, hasta que un secreto familiar cambió…
Sin Saber De Su Herencia De $200 Millones, Los Suegros Echaron A Este Padre Pobre Y Sus Mellizos…..
La peor pesadilla de cada padre es perder a su cónyugue y tener que criar a sus hijos solos. Pero…
“¡TU NOVIA IMPIDE QUE TU HIJO CAMINE!” — LE CONFESÓ EL NIÑO POBRE AL MILLONARIO…
La villa de Ricardo Montoya era una joya arquitectónica suspendida sobre la costa de Marbella, en el sur de España….
En 1966 un niño Desapareció, 50 años Después hallan su Mochila en la pared de la Biblioteca…..
El día en que desapareció el escolar era un tranquilo día otoñal de 1966. Salió de la escuela después de…
Discapacitado solitario era virgen a los 40… hasta que ella pidió refugio por la tormenta
¿Qué pasaría si toda tu vida hubieras creído que el amor no era para ti? La historia de Alejandro Herrera…
Gemelos de empresario desaparecen en Guadalajara — 7 años después un guardia halla esto
Gemelos de empresario desaparecen en Guadalajara 7 años después un guardia haya esto. Miguel Herrera caminaba por el terreno valdío…
End of content
No more pages to load