La tarde caía sobre Ciudad de México con su habitual calidez anaranjada, pero para la familia Herrera el atardecer no traía consigo la tranquilidad del hogar, sino la incertidumbre de otra noche sin techo. Rodrigo Herrera, un albañil cuya constructora había quebrado tras la pandemia, caminaba con paso cansado mientras sostenía la mano de su hijo Daniel, un niño de ojos vivaces que había aprendido a no quejarse del hambre. Junto a ellos, Carmen, con su rostro marcado por el cansancio y la preocupación, cargaba una bolsa de plástico que contenía las pocas pertenencias que habían logrado conservar después de ser desalojados de su pequeña vivienda en Iztapalapa.

Tres semanas atrás, el sol comenzaba a ocultarse tras los edificios de la colonia San Rafael y la familia se adentraba en zonas cada vez menos transitadas, buscando un lugar donde pasar la noche sin ser molestados por las autoridades o expuestos a los peligros de las calles principales. Las aceras estaban agrietadas y cubiertas de pequeñas montañas de basura que el viento arrastraba sin piedad. El olor a comida callejera se mezclaba con el de los tubos de escape, creando una amalgama tan familiar como asfixiante para quienes, como ellos, vivían a la intemperie.

Carmen observaba de reojo a su esposo, notando como sus hombros, antes fuertes y erguidos, ahora se encorbaban bajo el peso invisible de la responsabilidad fallida. Habían sido tres años difíciles. Primero, la pérdida del empleo estable de Rodrigo cuando la constructora cerró, luego los trabajos temporales que apenas alcanzaban para la comida, el retraso en el pago de la renta y finalmente el desalojo que los había lanzado a las calles como si fueran deshechos de una sociedad que ya no los necesitaba.

“Papá, ¿cuánto falta?”, preguntó Daniel con voz suave, intentando no mostrar el cansancio que sentía después de caminar todo el día. Rodrigo apretó levemente la mano de su hijo y le dedicó una sonrisa forzada que no llegó a sus ojos. Ya casi, chamaco, ya casi encontramos un buen lugar”, respondió intercambiando una mirada con Carmen que reflejaba la desesperación que ambos compartían, pero que intentaban ocultar de su hijo. La familia había pasado las últimas noches en diferentes albergues temporales, pero estos siempre estaban llenos y la separación familiar que algunos imponían, hombres por un lado, mujeres y niños por otro, era algo que Rodrigo y Carmen habían decidido evitar a toda costa.

Su situación era precaria desde que Rodrigo perdió su empleo y posteriormente su vivienda, pero mantenerse juntos era lo único que les quedaba, la última fortaleza ante un mundo que parecía haberse olvidado de ellos. Daniel, a pesar de sus 10 años, había desarrollado una madurez impropia de su edad. En su escuela, antes de tener que abandonarla, había sido un estudiante destacado, especialmente en matemáticas. La maestra siempre decía que tenía futuro como ingeniero o arquitecto. Ahora, esos sueños parecían tan lejanos como las estrellas, que comenzaban a asomarse tímidamente en el cielo contaminado de la capital mexicana.

El niño había dejado de preguntar cuándo volvería a la escuela o cuándo recuperarían su casa. En su lugar se había convertido en un observador silencioso, guardando sus lágrimas para cuando creía que sus padres dormían, abrazado a la mochila escolar que aún conservaba como un tesoro invaluable. Carmen tosió ligeramente, un recordatorio de la gripe que había estado arrastrando sin medicamentos adecuados. Las farmacias similares eran una opción, pero cada peso que gastaban en medicinas era un peso menos para la comida y el hambre era un dolor más inmediato que la enfermedad.

Carmen se detuvo un momento para ajustar la bolsa que cargaba y fue entonces cuando divisó a través de una reja oxidada y parcialmente abierta lo que parecía ser un antiguo cementerio en estado de abandono. El panteón de San Lorenzo, como indicaba un cartel descolorido y apenas legible en la entrada, había sido olvidado por el tiempo y por la gente. Las tumbas, algunas con lápidas inclinadas y otras completamente derruidas, estaban cubiertas por maleza que crecía sin control. La capilla central, una estructura pequeña de estilo colonial, tenía las ventanas rotas y la puerta principal entreabierta, como si invitara a la familia a encontrar refugio entre sus muros.

Rodrigo, mira”, susurró Carmen señalando hacia la capilla. “Podríamos pasar ahí la noche, al menos estaríamos bajo techo. ” Rodrigo dudó un momento, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie los observaba, y luego asintió. Con un gesto cauteloso, indicó a Carmen y a Daniel que lo siguieran mientras se deslizaba por la apertura de la reja. El cementerio estaba en silencio, exceptuando el suave murmullo de las hojas movidas por la brisa y el ocasional canto de algún pájaro tardío.

Daniel se aferró con más fuerza a la mano de su padre, sus ojos abiertos con una mezcla de miedo y curiosidad, mientras avanzaban entre las tumbas hacia la capilla, que en la creciente oscuridad proyectaba una silueta tanto amenazadora como prometedora de refugio. El niño nunca había estado en un cementerio antes. Su abuelo, el padre de Rodrigo, había fallecido hacía varios años, pero su cuerpo había sido cremado y sus cenizas esparcidas en el jardín de la casa familiar, ahora vendida para pagar deudas.

Las historias de fantasmas y aparecidos que los niños compartían en la escuela durante los recreos volvieron a su mente con fuerza renovada. Era posible que los muertos abandonaran sus tumbas para vagar entre los vivos durante la noche. Daniel apretó los labios para no formular la pregunta en voz alta, temeroso de que el solo hecho de mencionarlo pudiera hacer que las criaturas de sus pesadillas cobraran vida. A medida que la familia se acercaba a la capilla, el ambiente del cementerio abandonado parecía cambiar sutilmente.

El viento se volvió más frío y las sombras parecían alargarse sobre el camino de tierra que serpenteaba entre las lápidas. Carmen sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero lo atribuyó al cansancio y al hambre que llevaban días acumulando. La puerta de la capilla emitió un chirrido lastimero cuando Rodrigo la empujó para abrirla completamente. El interior estaba sumido en penumbras, pero aún podían distinguirse los bancos de madera desgastados, el altar simple, ahora despojado de cualquier ornamento religioso, y las paredes cubiertas de grietas, donde alguna vez hubieron frescos coloridos.

“Parece que nadie ha estado aquí en mucho tiempo”, comentó Rodrigo entrando con cautela y examinando el lugar. La luz moribunda del atardecer se filtraba por las ventanas rotas, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de baldosas desiguales. En un rincón, una rata huyó al sentir su presencia desapareciendo por un agujero en la base de la pared. Daniel se encogió involuntariamente, pero no emitió sonido alguno. Las arañas habían tejido sus redes en los rincones más altos y el polvo danzaba en los escasos rayos de luz como pequeños espectros.

Carmen avanzó unos pasos, sus zapatos gastados produciendo un eco que reverberaba en las paredes vacías. El lugar era húmedo y olía a Mo, pero al menos ofrecía protección contra el viento y las ocasionales lluvias nocturnas que en esta época del año caían sobre la ciudad. Rodrigo depositó en el suelo la pequeña mochila que llevaba a la espalda y extrajo de ella una linterna que apenas funcionaba. La había encontrado en un basurero hacía unos días y aunque la luz que emitía era débil y parpade, resultaba mejor que nada.

iluminó el interior de la capilla, revelando detalles que la penumbra había ocultado, las vigas del techo, parcialmente podridas por la humedad, los restos de lo que parecía haber sido un confesionario en una esquina y un crucifijo de madera sin el Cristo colgando torcido en la pared detrás del altar. Daniel, superando momentáneamente su aprensión, soltó la mano de su padre y se aventuró hacia uno de los laterales de la capilla, donde un rayo de luz crepuscular se filtraba por una ventana rota.

“Mira, mamá, hay una puerta aquí”, exclamó el niño señalando una pequeña entrada que parecía conducir a una habitación contigua. Carmen avanzó hacia su hijo mientras Rodrigo comenzaba a despejar un espacio en el suelo para que pudieran descansar. La puerta que Daniel había descubierto era más pequeña que la entrada principal, con una manija de hierro oxidada que parecía a punto de desintegrarse al menor contacto. Carmen se acercó con cautela, impulsada por la curiosidad y por la esperanza de encontrar un lugar más resguardado donde pasar la noche.

Tal vez fuera una sacristía, pensó, o un almacén donde pudieran hallar algo útil. La madera de la puerta estaba hinchada por la humedad y Carmen tuvo que empujar con fuerza para lograr abrirla. El chirrido de las bisagras oxidadas resonó en la capilla vacía como un lamento sobrenatural. Detrás de ella, Rodrigo había logrado despejar un área lo suficientemente grande para extender la única manta que poseían, una pieza de polar desgastada con estampados infantiles que había sido el regalo de cumpleaños de Daniel el año anterior, cuando aún tenían un hogar.

Carmen, creo que podemos acomodarnos aquí. Mañana buscaré trabajo en el mercado de la merced. Dicen que siempre necesitan cargadores”, dijo Rodrigo con voz cansada, pero determinada, sin percatarse aún de lo que su esposa estaba a punto de descubrir. Fue entonces al abrir aquella puerta lateral cuando Carmen dejó escapar un grito ahogado que resonó en las paredes vacías de la capilla, su rostro transformándose instantáneamente en una máscara de terror absoluto al contemplar lo que había al otro lado.

La débil luz de la linterna de Rodrigo, que había acudido inmediatamente al escuchar el grito de su esposa, iluminó parcialmente lo que parecía ser una pequeña habitación rectangular, probablemente utilizada en el pasado como sacristía, pero no era la habitación en sí lo que había provocado la reacción de Carmen, sino lo que contenía en el centro de la estancia, sobre una mesa improvisada con tablones y bloques. de cemento yacían los restos de lo que parecía ser un festín macabro, huesos pequeños dispuestos en un patrón circular, velas negras consumidas hasta la mitad y en el centro lo que parecía ser un muñeco de trapo con alfileres clavados en diversas partes de su cuerpo.

Las paredes estaban cubiertas de símbolos pintados con una sustancia oscura que bajo la luz temblorosa de la linterna parecía sangre seca. Dispersos por el suelo había más huesos, algunos claramente de animales pequeños y otros cuya procedencia resultaba imposible de determinar a simple vista. Daniel, ven aquí ahora mismo.” Ordenó Rodrigo con voz tensa, tirando del brazo de su esposa para alejarla de la entrada. El niño, que se había quedado paralizado a unos metros de distancia, corrió hacia sus padres con los ojos desorbitados por el miedo.

“¿Qué es eso, papá?”, preguntó con voz temblorosa. Rodrigo no respondió de inmediato, su mente trabajando frenéticamente para evaluar la situación. Carmen, aún en estado de shock, no podía apartar la mirada de la escena que acababa de presenciar. Sus piernas temblaban y un sudor frío empapaba su frente a pesar del aire fresco de la noche que ya se filtraba por las ventanas rotas. “Son cosas de brujería”, murmuró finalmente Rodrigo cerrando la puerta con firmeza. “Alguien ha estado usando este lugar para prácticas que no son buenas.” Su voz intentaba sonar calmada, pero el temblor en sus palabras traicionaba su propio miedo.

En sus años como albañil en diversas partes de la ciudad, Rodrigo había escuchado historias sobre santería, brujería y cultos oscuros que operaban en las sombras de la megalópolis. Nunca había dado crédito a tales relatos, considerándolos supersticiones propias de gente ignorante. Pero lo que acababa de ver sobrepasaba cualquier explicación racional que su mente cansada pudiera elaborar. Carmen, recuperando parcialmente el control de sí misma, atrajo a Daniel contra su cuerpo en un gesto protector. “Tenemos que irnos de aquí, Rodrigo”, susurró con urgencia.

No podemos quedarnos. Quien sea que haya hecho eso, puede volver en cualquier momento. El miedo había reemplazado al cansancio en sus ojos y su cuerpo entero se había tensado como un resorte listo para huir. Rodrigo observó el rostro aterrorizado de su esposa y el miedo palpable de su hijo, y luego dirigió su mirada hacia la puerta principal de la capilla, donde la oscuridad de la noche ya se había apoderado por completo del cementerio. fuera. El viento había aumentado su intensidad, moviendo las ramas de los escasos árboles y creando sonidos que en su estado actual les parecían gemidos espectrales.

“No podemos salir ahora”, decidió finalmente, aunque cada fibra de su ser le gritaba que escaparan de aquel lugar maldito. Ya es noche cerrada y no sabemos qué hay allá afuera. Dormiremos aquí, en la entrada principal, lejos de esa habitación. y al primer rayo de sol nos iremos. La noche avanzaba con una lentitud abrumadora mientras la familia Herrera intentaba conciliar el sueño en aquella capilla abandonada. Rodrigo había colocado la desgastada manta sobre el suelo frío, creando una improvisada cama donde Carmen y Daniel yacían acurrucados, buscando calor y consuelo mutuos.

Él permanecía sentado con la espalda apoyada contra la pared que daba a la entrada principal, manteniendo la mirada fija en la puerta lateral que conducía a aquella perturbadora habitación. La luz de la luna, filtrándose a través de los vitrales rotos, proyectaba sombras fantasmales que parecían danzar al ritmo del viento. Cada crujido, cada susurro nocturno que provenía del cementerio ponía en alerta todos sus sentidos. A pesar del cansancio que pesaba sobre sus párpados como plomo, Rodrigo estaba decidido a no dormir.

Alguien debía vigilar, proteger a su familia de cualquier peligro que acechara en aquel lugar maldito. Carmen, con los ojos fijos en el techo agrietado, tampoco lograba rendirse al sueño. Las imágenes de lo que había visto tras aquella puerta se repetían incesantemente en su mente, como una película de terror que no podía detener. Los símbolos en las paredes, aquellos huesos dispuestos en círculo, el muñeco atravesado por alfileres. Todo ello evocaba historias que su abuela le contaba cuando era niña, relatos sobre brujos y pactos con fuerzas oscuras, prácticas prohibidas que se realizaban en lugares olvidados por Dios, como aquel cementerio.

“¿Crees que volverán esta noche?”, susurró finalmente, rompiendo el denso silencio que los envolvía. Su voz sonó más aguda de lo normal, traicionando el miedo que intentaba controlar por el bien de Daniel, quien finalmente había sucumbido al agotamiento y dormía con la cabeza apoyada en su regazo, con el ceño fruncido, incluso en sueños. “No lo sé”, respondió Rodrigo en voz baja, sin apartar la mirada de la puerta lateral. Pero si alguien viene, lo escucharemos antes de que llegue a la capilla.

Sus palabras intentaban transmitir una seguridad que estaba lejos de sentir. La verdad era que se sentían atrapados. Afuera, la noche y los peligros conocidos de las calles. Adentro la amenaza invisible de quienes utilizaban aquel lugar para propósitos que no se atrevía ni a imaginar. El tiempo seguía su curso inexorable, marcado únicamente por la respiración acompasada de Daniel y el ocasional ulular de algún búo en la distancia. Rodrigo consultó su reloj, un Casio digital que había sobrevivido a todos sus infortunios.

Las 2:17 de la madrugada. Faltaban horas para el amanecer, horas interminables de vigilancia y temor. Fue entonces cuando escucharon el primer sonido. No era un crujido natural de la madera vieja, ni el viento colándose por las grietas. Era el inconfundible sonido de pasos sobre la tierra y la grava, acercándose lentamente hacia la capilla. Carmen se incorporó bruscamente, despertando a Daniel en el proceso. “Alguien viene”, murmuró Rodrigo poniéndose de pie con movimientos cautelosos. Escóndanse detrás del altar. Carmen no necesitó que se lo repitiera.

Tomando a Daniel de la mano, se deslizó hasta el fondo de la capilla, ocultándose tras la estructura de piedra que alguna vez había servido para oficiar misas. El niño, aún aturdido por el sueño interrumpido, comenzaba a comprender la gravedad de la situación y el miedo se reflejaba en sus ojos muy abiertos. Rodrigo, mientras tanto, buscaba desesperadamente algo que pudiera servir como arma. Su mirada se posó en un candelabro metálico caído junto a uno de los bancos. lo tomó con firmeza, sintiendo el peso del hierro forjado en su mano, y se apostó junto a la entrada, dispuesto a defender a su familia de cualquier amenaza.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta principal de la capilla. Desde su posición, Rodrigo podía distinguir la silueta de una persona recortada contra la noche. era una figura menuda, posiblemente una mujer o un adolescente que parecía dudar antes de entrar. La puerta se abrió con un chirrido prolongado que pareció rasgar el silencio. La figura avanzó unos pasos, iluminando su camino con la luz ténue de lo que parecía ser un teléfono celular. Rodrigo contuvo la respiración, aferrando con fuerza el candelabro.

La tensión era tan densa que casi podía palparla. Fue entonces cuando la luz del celular iluminó brevemente el rostro de la recién llegada. Era una muchacha joven, no mayor de 20 años, con el cabello teñido de azul y varios piercings en el rostro. Vestía completamente de negro con una chamarra de cuero sintético desgastada y jeans rotos. Parecía nerviosa, mirando constantemente por encima de su hombro, como si temiera ser seguida. La chica avanzó hacia el centro de la capilla, aparentemente ajena a la presencia de la familia Herrera, se dirigió directamente hacia la puerta lateral que tanto horror había causado a Carmen.

Antes de que Rodrigo pudiera decidir si debía intervenir o permanecer oculto, la joven se detuvo abruptamente. “Sé que hay alguien aquí”, dijo con voz clara, aunque ligeramente temblorosa. “Los vi entrar esta tarde. No quiero hacerles daño, lo juro. Solo necesito recoger algo de ese cuarto y me iré. Hubo un momento de tenso silencio. Detrás del altar, Carmen apretaba a Daniel contra su pecho, rogando en silencio que no hiciera ningún ruido. Rodrigo, aún empuñando el candelabro, evaluaba sus opciones.

La muchacha no parecía representar una amenaza inmediata, pero ¿qué asuntos tendría en aquella habitación de los horrores? ¿Sería ella la responsable de lo que habían encontrado? ¿Quién eres?, preguntó finalmente Rodrigo, emergiendo de las sombras, pero manteniendo una distancia prudente. La joven se sobresaltó, dirigiendo la luz de su celular hacia él. “Me llamo Lucía, respondió después de un momento de vacilación. Trabajo en el mercado de Santa María la Ribera, vendiendo artesanías. Yo no tengo nada que ver con lo que hay en esa habitación.

Solo vine a buscar un amuleto que me robaron. Creo que está ahí dentro. La explicación sonaba inverosímil y Rodrigo mantuvo su postura defensiva sin abandonar el candelabro que sostenía como arma improvisada. Un amuleto robado en ese lugar. ¿Esperas que crea eso? Su voz reflejaba toda la incredulidad y desconfianza que sentía. La joven llamada Lucía bajó la mirada por un instante como si estuviera considerando sus siguientes palabras con sumo cuidado. “Mira, sé que suena loco”, admitió finalmente, “pero es la verdad.

Mi abuela era curandera en Oaxaca. Antes de morir me dio un amuleto de protección, una figura de jade que ha estado en nuestra familia por generaciones. Hace dos semanas, un hombre vino a mi puesto en el mercado preguntando por remedios tradicionales. Mientras lo atendía, debió haberlo tomado de mi bolso. Llevo días buscándolo. Hizo una pausa, pasándose la mano libre por el cabello azul en un gesto de evidente frustración. Una señora que vende comida cerca de mi puesto me dijo que había visto a ese mismo hombre aquí en este cementerio, que venía casi todas las noches con otras personas.

Hablaba de rituales y cosas así. Pensé que tal vez Su quebró ligeramente. Ese amuleto es lo único que me queda de mi abuela. No puedo perderlo. Había una sinceridad en su tono que hizo vacilar a Rodrigo. Carmen, que había escuchado toda la conversación desde su escondite, emergió lentamente, aún sosteniendo a Daniel por los hombros. ¿Sabes qué son esas cosas que hay ahí dentro?, preguntó con voz temblorosa. Lucía dirigió su mirada hacia ellos y por un instante pareció sorprendida de ver a una familia completa refugiada en aquel lugar desolado.

Su expresión se suavizó al ver al niño, cuyos ojos reflejaban un miedo que ningún pequeño debería experimentar. “Son cosas de brujería”, respondió Lucía, confirmando lo que Rodrigo había sospechado. “Pero no de la buena. Mi abuela curaba, usaba plantas medicinales y rezos para ayudar a la gente. Lo que hay ahí adentro es diferente. Es magia negra diseñada para causar daño. Un escalofrío recorrió la espalda de Carmen ante estas palabras. Daniel se aferró con más fuerza a su madre, como si quisiera fundirse con ella para escapar del miedo que lo invadía.

¿Y crees que tu amuleto está ahí dentro?, preguntó Rodrigo a un escéptico. Lucía asintió. El amuleto de mi abuela es poderoso. Si están haciendo rituales oscuros, podrían estar usándolo para potenciar sus hechizos o para protegerse de las consecuencias de jugar con fuerzas que no comprenden. La determinación brillaba en sus ojos cuando añadió, “Necesito recuperarlo antes de que lo dañen”. Irreparablemente, Rodrigo intercambió una mirada con Carmen, una comunicación silenciosa en la que evaluaban la situación. La historia de Lucía podía ser cierta o no, pero lo que estaba claro era que aquella joven sabía más que ellos sobre lo que ocurría en aquel cementerio abandonado.

Y el conocimiento en su precaria situación podía ser tan valioso como un arma. ¿Cuándo vienen esas personas a hacer sus rituales? preguntó Carmen acercándose un poco más. La preocupación maternal se reflejaba en cada línea de su rostro cansado. Si había peligro, necesitaban saberlo para proteger a Daniel. Lucía consultó la hora en su teléfono antes de responder. Generalmente después de medianoche, pero nunca tan tarde como ahora. Creo que hoy no vendrán. Ya hubo un suspiro colectivo de alivio ante esta información.

Al menos por esta noche parecían estar a salvo. Entonces, ¿vas a entrar ahí?, preguntó Rodrigo, señalando con un gesto de la cabeza hacia la puerta lateral. La joven asintió, aunque la aprensión era evidente en su rostro. Tengo que hacerlo. No puedo seguir sin ese amuleto. Tras un momento de duda, añadió, “Podrían vigilar la entrada mientras busco. Si alguien viene, podrían avisarme.” Era una petición razonable, pero Rodrigo aún no confiaba completamente en ella. Sin embargo, antes de que pudiera responder, Carmen intervino.

“Te ayudaremos”, declaró con una firmeza que sorprendió incluso a su esposo. “Pero con una condición. Cuando recuperes tu amuleto, nos dirás todo lo que sabes sobre las personas que vienen aquí. Necesitamos entender a qué nos estamos enfrentando.” Lucía pareció considerar la propuesta por un momento y luego asintió. Es justo. Se dirigió entonces hacia la puerta lateral, seguida a cierta distancia por Rodrigo, quien aún sostenía el candelabro. Carmen permaneció cerca de la entrada principal con Daniel, lista para dar la voz de alarma si fuera necesario.

La puerta se abrió con el mismo chirrido espeluznante que antes, revelando nuevamente aquella escena macabra que tanto había impactado a Carmen. Bajo la luz del teléfono de Lucía, los símbolos en las paredes parecían palpitar con vida propia. La joven avanzó con cautela, evitando tocar cualquiera de los objetos dispuestos sobre la mesa improvisada. Sus ojos escrutaban cada rincón de la habitación, buscando algo que solo ella podría reconocer. “Tiene que estar por aquí”, murmuraba para sí misma. “¿Puedo sentirlo?” Rodrigo observaba desde el umbral dividido entre la curiosidad y el recelo.

Parte de él quería creer en la historia de Lucía, en esa conexión con una abuela curandera y un amuleto familiar. Otra parte, la más cínica, la que había aprendido a desconfiar tras años de decepciones y traiciones, se preguntaba si no estaría siendo manipulado, y si la joven era parte de aquel grupo que realizaba los rituales y si todo era una elaborada puesta en escena. Sus pensamientos fueron interrumpidos por una exclamación ahogada de Lucía. Lo encontré. Con manos temblorosas, la joven extrajo algo de entre los pliegues de un paño negro dispuesto junto al muñeco de trapo.

Era una pequeña figura de jade, no más grande que el pulgar de un hombre adulto, tallada en forma de lo que parecía ser un jaguar. Incluso bajo la luz artificial del teléfono, la piedra emitía un brillo verdoso que parecía fuera de lugar en aquel ambiente sórdido. Lucía sostuvo la figurilla con reverencia, acercándola a su pecho en un gesto protector. “Gracias”, susurró, aunque no quedaba claro si se dirigía a Rodrigo o a alguna fuerza invisible que hubiera guiado su búsqueda.

se disponía a guardar el amuleto en el bolsillo de su chamarra cuando un sonido proveniente del exterior los paralizó a ambos. Eran voces, voces humanas acercándose a la capilla, y no parecían ser de transeúntes casuales. El tono era bajo, casi ceremonial, como si estuvieran recitando algo en un idioma que ninguno de los presentes podía identificar. Son ellos”, murmuró Lucía con el rostro súbitamente pálido. “Han venido después de todo.” El pánico se apoderó de la habitación como una ola fría.

Carmen, que también había escuchado las voces, corrió hacia la puerta lateral con Daniel firmemente agarrado de la mano. “¿Qué hacemos?”, susurró con urgencia, el miedo convirtiendo su voz en un hilo apenas audible. Rodrigo miró a su alrededor evaluando frenéticamente las posibles rutas de escape. La capilla solo tenía dos salidas, la puerta principal por donde se acercaban las voces y una ventana rota en la parte posterior, demasiado alta y pequeña, para que un adulto pudiera pasar a través de ella.

Estaban atrapados. Lucía, sin embargo, parecía estar procesando rápidamente la situación. Síganme”, indicó con decisión, dirigiéndose hacia el fondo de la pequeña habitación. Allí, parcialmente oculta tras una estantería desvencijada, había otra puerta. Era más pequeña que las otras, casi como una trampilla, y parecía conducir a algún tipo de sótano o cripta. “¡Lleva a los túneles bajo el cementerio”, explicó Lucía ante las miradas interrogantes de la familia. Los usaban antiguamente para transportar los cuerpos. Podemos escondernos ahí hasta que se vayan.

No había tiempo para cuestionar cómo la joven conocía la existencia de aquellos túneles. Las voces se acercaban cada vez más y pronto escucharon el chirrido familiar de la puerta principal de la capilla al abrirse. Sin más opciones, Rodrigo asintió, permitiendo que Lucía abriera la trampilla. Un olor a humedad y tierra mojada emergió del oscuro pasadizo que se revelaba ante ellos. Daniel, tú primero”, indicó Rodrigo ayudando a su hijo a descender por la estrecha abertura. El niño obedeció en silencio, demasiado asustado para protestar.

Carmen lo siguió, luego Lucía y finalmente Rodrigo, quien cerró la trampilla sobre sus cabezas justo cuando la luz de varias linternas comenzaba a iluminar la habitación de los rituales. Los cuatro permanecieron inmóviles en la oscuridad absoluta del túnel, apenas atreviéndose a respirar. Sobre sus cabezas podían escuchar los movimientos y las conversaciones amortiguadas de quienes habían entrado en la capilla. Eran al menos tres o cuatro personas a juzgar por las diferentes voces que se superponían. Hablaban en español, pero intercalaban palabras en lo que parecía ser nawatle o alguna otra lengua indígena.

El círculo ha sido perturbado”, dijo una voz masculina, grave y autoritaria. “Alguien ha estado aquí.” Hubo un murmullo de consternación entre los demás. “¿Crees que hayan tomado algo, Sebastián?”, preguntó otra voz, esta vez femenina. Hubo un silencio tenso, como si la persona llamada Sebastián estuviera inspeccionando el lugar. “El amuleto”, respondió finalmente con una furia apenas contenida. El amuleto de jade ya no está. Un coro de maldiciones y exclamaciones alarmadas siguió a esta declaración. Sin él no podemos completar el ritual del solsticio continuó Sebastián.

Y ya falta poco tiempo. Debemos encontrarlo o todo nuestro trabajo habrá sido en vano. En la oscuridad del túnel, Rodrigo sintió que Lucía se tensaba a su lado. La joven apretaba la figurilla de jade en su mano con tanta fuerza que sus nudillos debían estar blancos, aunque en la penumbra era imposible distinguirlo. “Busquen en los alrededores”, ordenó Sebastián. “Quien lo haya tomado no puede haber ido muy lejos. El sonido de pasos alejándose indicó que al menos algunos de ellos habían salido de la habitación para cumplir la orden.

Carmen abrazó a Daniel, quien temblaba incontrolablemente, pero mantenía un silencio admirable. Rodrigo extendió su mano en la oscuridad hasta encontrarla de su esposa, apretándola en un gesto que pretendía transmitir confianza. Ahora solo podían esperar ocultos en las entrañas de aquel cementerio olvidado, rodeados de secretos tan antiguos como inquietantes, mientras sobre sus cabezas, desconocidos, buscaban frenéticamente un objeto que podría determinar el destino de todos ellos. Capítulo 3. La oscuridad en los túneles bajo el cementerio era absoluta, como si la negrura fuera una entidad viva que los envolviera en su abrazo asfixiante.

El olor a tierra húmeda, a piedra antigua y a algo indefinible que podría ser el eco de la muerte se filtraba en sus pulmones con cada respiración contenida. La familia Herrera junto a la misteriosa Lucía, permanecía inmóvil, agusando el oído para captar cualquier sonido proveniente de la capilla sobre sus cabezas. Los pasos y las voces continuaban, a veces acercándose peligrosamente a la trampilla que los ocultaba, otras alejándose hacia otros rincones de aquel santuario profanado. Daniel se aferraba a su madre como si ella fuera su único ancla en un mundo que había dejado de tener sentido.

niño, que había soportado con una madurez impropia de sus 10 años la pérdida de su hogar, la vida en las calles y el hambre constante, parecía haber alcanzado el límite de su resistencia. Un temblor incontrolable sacudía su pequeño cuerpo y Carmen podía sentir la humedad de sus lágrimas silenciosas mojando la tela de su blusa. Tranquilo, mi niño susurraba contra su cabello tan bajo que apenas era un pensamiento sonoro. Todo va a estar bien. Eran las palabras que toda madre dice a su hijo en momentos de peligro, incluso cuando ella misma no cree en ellas.

Tenemos que movernos. murmuró Lucía después de lo que pareció una eternidad. No podemos quedarnos aquí. Eventualmente revisarán los túneles. Su voz, aunque apenas audible, transmitía una urgencia que no dejaba lugar a discusiones. Rodrigo, cuya mano seguía firmemente entrelazada con la de Carmen, sintió una oleada de frustración mezclada con impotencia. En las últimas semanas, desde el desalojo, había sentido que perdía progresivamente el control sobre el destino de su familia. Cada decisión había sido tomada bajo la presión de la supervivencia inmediata, sin tiempo para reflexionar sobre las consecuencias a largo plazo.

Y ahora, en la oscuridad de aquel túnel se encontraba nuevamente a merced de circunstancias que no podía controlar, dependiendo de una extraña con cabello azul y un amuleto robado para mantener a salvo a su esposa y a su hijo. ¿Hacia dónde?, preguntó finalmente, aceptando tásitamente el liderazgo de Lucía en esta situación. Sin poder verla en la penumbra total, pudo sentir como la joven se movía para extraer teléfono. La luz de la pantalla, aunque tenue, pareció cegadora después de tanto tiempo en la oscuridad absoluta.

Lucía la cubrió parcialmente con la mano, reduciendo el resplandor a un mínimo indispensable. Por aquí, indicó, señalando hacia lo que parecía ser un túnel que se extendía perpendicular al punto donde se encontraban. Estos pasadizos forman una red bajo todo el cementerio. Si seguimos este, deberíamos llegar a una salida cerca del muro sur, lejos de la capilla. Comenzaron a avanzar en fila india con Lucía al frente, iluminando ocasionalmente el camino con la luz atenuada de su teléfono, seguida por Daniel, Carmen y, finalmente, Rodrigo, quien cerraba la marcha vigilando constantemente sus espaldas.

El túnel era estrecho y bajo, obligándolos a caminar encorbados. Las paredes de piedra, ennegrecidas por la humedad y el tiempo, parecían sudar una sustancia viscosa que preferían no identificar. El suelo irregular estaba cubierto de escombros, pequeños huesos, presumiblemente de roedores y un lodo pegajoso que dificultaba cada paso. La atmósfera era opresiva, como si el peso de todas las tumbas sobre sus cabezas ejerciera una presión física sobre sus cuerpos. Avanzaban lentamente, temiendo tanto el ruido que pudieran hacer como los obstáculos invisibles que pudieran encontrar.

Después de unos minutos que se sintieron como horas, Lucía se detuvo abruptamente, provocando que Daniel chocara contra ella y Carmen contra Daniel, creando un efecto dominó que casi los hace caer. “¿Qué pasa?”, susurró Rodrigo, tensando todos los músculos de su cuerpo en anticipación a algún peligro. Una bifurcación”, respondió Lucía, iluminando brevemente con su teléfono lo que efectivamente eran dos caminos divergentes. El túnel se dividía en dos ramales, uno que continuaba relativamente recto y otro que giraba bruscamente a la izquierda y parecía descender.

“No estoy segura de cuál tomar”, admitió la joven. Por primera vez que la habían conocido, su voz traicionó una inseguridad que contrastaba con la determinación que había mostrado hasta ahora. “¿Has estado antes en estos túneles?”, preguntó Carmen con una mezcla de curiosidad y recelo. Hubo un breve silencio antes de que Lucía respondiera. Una vez siguiendo a Sebastián y su grupo, quería saber qué hacían con mi amuleto. Su confesión parecía sincera, pero dejaba en el aire más preguntas que respuestas.

Pero no recuerdo esta bifurcación. Quizá no llegué tan lejos como pensaba. La frustración era palpable en su voz. Rodrigo se adelantó colocándose junto a Lucía para observar ambos caminos. El de la izquierda parece descender, observó. Si queremos salir, deberíamos seguir el que mantiene el nivel. No era un razonamiento lógico, pero en aquel laberinto subterráneo la lógica podía ser tan traicionera como la oscuridad misma. Lucía pareció considerar esta observación y finalmente asintió. Tienes razón. Sigamos el camino de la derecha.

Reanudaron la marcha, ahora con Rodrigo y Lucía compartiendo la posición de vanguardia. El túnel comenzó a estrecharse aún más, obligándolos a avanzar casi de lado en algunos tramos. La sensación claustrofóbica aumentaba con cada metro que recorrían, como si las propias paredes quisieran comprimirse sobre ellos. Llevaban caminando quizá unos 15 minutos cuando Daniel dejó escapar un soyo, ahogado. “Mamá, tengo miedo”, susurró con una voz tan frágil que pareció quebrarse en el aire viciado del túnel. Carmen se detuvo para abrazarlo.

Acción que provocó que Rodrigo y Lucía también se detuvieran. “Lo sé, mi vida”, respondió ella, acariciando su cabello enmarañado. “Pero ya casi salimos de aquí.” Sé valiente un poco más. Sí. La mentira piadosa sonaba hueca incluso para ella misma. Pero, ¿qué más podía decirle a su hijo? Que estaban perdidos en un laberinto subterráneo, perseguidos por practicantes de magia negra, sin tener idea de hacia dónde se dirigían. Daniel asintió contra su pecho, aunque su cuerpo seguía temblando. Fue entonces cuando lo escucharon.

Un sonido distante, pero inconfundible de voces y pasos proveniente del túnel por el que habían venido. “Nos están siguiendo”, murmuró Rodrigo sintiendo como una gota de sudor frío recorría su espalda. Debieron encontrar la trampilla. La adrenalina se disparó en sus venas como una descarga eléctrica. “Vamos”, urgió Lucía, acelerando el paso tanto como el estrecho pasadizo permitía. Ya no importaba el ruido que pudieran hacer, la prioridad ahora era la distancia, poner tanto espacio como fuera posible entre ellos y sus perseguidores.

Corrían encorvados, tropezando con los escombros invisibles, golpeándose ocasionalmente contra las paredes rugosas, impulsados por un terror primario que anulaba cualquier otro sentimiento. El túnel parecía interminable, una garganta pétria que los engullía cada vez más profundamente en las entrañas de la tierra. De repente, Lucía se detuvo con tanta brusquedad que los demás volvieron a chocar contra ella. “Maldición”, exclamó olvidando momentáneamente la necesidad de guardar silencio. La luz de su teléfono revelaba lo que había provocado su consternación. El túnel terminaba abruptamente en un muro de piedra.

Era un callejón sin salida. “No puede ser”, murmuró palpando desesperadamente la pared, como si esperara encontrar una puerta secreta. “Tiene que haber una salida.” Pero la piedra fría e inmutable no ofrecía ninguna esperanza. Detrás de ellos las voces y los pasos se hacían cada vez más audibles. Sus perseguidores se acercaban y ellos estaban atrapados como ratas en una trampa. “Debimos tomar el otro camino”, dijo Carmen, abrazando a Daniel con fuerza, como si pudiera protegerlo del peligro inminente con su cuerpo.

El niño ya ni siquiera lloraba. Se había asumido en un silencio aterrador, sus ojos muy abiertos, fijos en la oscuridad por donde se aproximaba la amenaza. Rodrigo sentía como la ira reemplazaba al miedo en su pecho. Ira contra el destino que parecía ensañarse con su familia, contra la sociedad que los había empujado a las calles, contra sí mismo por no haber podido proteger a los suyos. Tenemos que volver”, declaró con una determinación feroz, “intar la bifurcación antes que ellos y tomar el otro camino.

Era un plan desesperado, con pocas posibilidades de éxito, pero era mejor que quedarse allí esperando lo inevitable. “Espera, dijo Lucía, que seguía examinando la pared del fondo. Hay algo aquí.” Sus dedos habían encontrado una grieta vertical que recorría toda la altura del muro, apenas visible incluso bajo la luz directa. Parece, parece una puerta sellada. Efectivamente, al observar con más atención, podían distinguir lo que parecía ser el contorno de una antigua puerta tapeada con piedras similares a las del resto del túnel, pero colocadas con un patrón ligeramente diferente.

“Si pudiéramos abrirla”, murmuró Lucía buscando algún mecanismo o palanca que activara la apertura, pero no había nada evidente y el tiempo se agotaba rápidamente. Las voces eran ya claramente audibles, acompañadas por el resplandor ténue de linternas que se reflejaba en las paredes del túnel que habían recorrido. Rodrigo tomó una decisión instantánea, empujando suavemente a Lucía a un lado, se plantó frente a la pared y comenzó a golpear con el hombro la zona donde la grieta era más visible.

El dolor recorrió todo su brazo y costado con cada impacto, pero no se detuvo. Las piedras, debilitadas por siglos de humedad y abandono, comenzaron a ceder ante la fuerza desesperada de un padre dispuesto a todo por salvar a su familia. Pequeños fragmentos se desprendían, creando una nube de polvo y escombros que los hacía toser. “Ayúdame”, jadeó dirigiéndose a Lucía. La joven no dudó. Dejando su teléfono en el suelo para que la luz iluminara la zona, se unió a Rodrigo en su intento de derribar la antigua barrera.

Carmen, comprendiendo la urgencia, se unió también, mientras Daniel permanecía agazapado a un lado, observando con ojos desorbitados tanto el muro que intentaban atravesar como el túnel por donde se acercaba el peligro. Un crujido esperanzador comenzó a sentirse tras cada golpe. Las piedras se movían cediendo milímetro a milímetro. Y entonces, con un estruendo sordo que resonó en todo el túnel, varias de ellas se desprendieron simultáneamente, creando una abertura del tamaño de un puño. “Sigan”, exclamó Rodrigo, sintiendo como la adrenalina anulaba el dolor de sus músculos tensos y sus nudillos sangrantes.

redoblaron los esfuerzos, arrancando las piedras sueltas, ampliando la abertura, hasta que fue lo suficientemente grande para que una persona pudiera pasar agachada. “Tú primero”, ordenó Rodrigo a Daniel, ayudando a su hijo a trepar por el irregular agujero. El niño obedeció, deslizándose al otro lado como una pequeña sombra. Carmen lo siguió, su delgadez facilitando el paso. Lucía fue la siguiente, no sin antes recuperar su teléfono. Rodrigo, con su complexión más robusta, tuvo más dificultades. Las piedras aún sueltas arañaban su piel y por un momento temió quedar atrapado a medio camino, pero el sonido cada vez más cercano de sus perseguidores le proporcionó el impulso final.

con un último esfuerzo desesperado, logró pasar al otro lado, justo cuando la primera luz de linterna iluminaba directamente el final del túnel donde se encontraban. “Están ahí!”, gritó una voz masculina. Han abierto el pasaje sellado. El tono de alarma en aquella voz confirmó a Rodrigo que habían tomado la decisión correcta, aunque no tuvieran idea de lo que les esperaba al otro lado. Se encontraban ahora en un espacio mucho más amplio que el estrecho túnel, una especie de cámara circular con un techo abovedado que se perdía en la oscuridad superior.

La luz del teléfono de Lucía apenas alcanzaba a iluminar una pequeña porción del lugar, pero era suficiente para distinguir que se trataba de una cripta antigua, mucho más elaborada que el simple túnel que habían recorrido. Las paredes estaban decoradas con relieves que el tiempo y la humedad habían desfigurado hasta hacerlos casi irreconocibles. En el centro de la cámara había una estructura elevada, similar a un altar o quizás un sarcófago, y alrededor, dispuestos en círculo, se encontraban lo que parecían ser nichos excavados en la piedra, probablemente destinados a albergar cuerpos o reliquias.

“¿Qué es este lugar?”, susurró Carmen, su voz reverberando ligeramente en el espacio cerrado. “Parece una cripta ceremonial”, respondió Lucía, moviendo lentamente la luz de su teléfono para revelar más detalles del recinto. Probablemente era el lugar de entierro de alguien importante, un sacerdote o un noble de la época colonial quizás. Su conocimiento sobre el lugar resultaba inquietante, pero en ese momento tenían preocupaciones más inmediatas. Del otro lado del muro, parcialmente derruido, podían escuchar como sus perseguidores trabajaban para ampliar la abertura.

No tenían mucho tiempo. “Debe haber otra salida”, dijo Rodrigo, comenzando a examinar el perímetro de la cámara. Un lugar como este no tendría una sola entrada. Daniel, que se había mantenido en silencio hasta ahora, tiró repentinamente de la manga de su madre. “Mamá”, susurró señalando hacia uno de los nichos. “¿Hay algo ahí?” Todos dirigieron su atención hacia donde el niño señalaba. Efectivamente, en uno de los nichos más alejados de la entrada, algo parecía brillar con un resplandor ténue provenía de la luz del teléfono.

“Dame eso”, pidió Rodrigo a Lucía, tomando el celular de sus manos y dirigiendo el as de luz hacia el punto indicado. Lo que vieron los dejó momentáneamente sin aliento. En el nicho, que a diferencia de los demás no estaba vacío, había una pequeña estatuilla que parecía estar hecha de oro o algún metal similar. Representaba a una figura humanoide con rasgos felinos, sentada en posición de loto y emanaba un resplandor verdoso que pulsaba como si tuviera vida propia.

“La guardiana”, murmuró Lucía con una mezcla de asombro y temor reverencial. “Es ella. Creí que era solo una leyenda. La confusión se reflejó en los rostros de la familia Herrera. ¿De qué estás hablando? Preguntó Carmen, cada vez más desconcertada por los giros que estaba tomando aquella noche interminable. Lucía avanzó lentamente hacia el nicho como hipnotizada por la estatuilla brillante. Mi abuela me contaba historias sobre ella, la guardiana de las puertas, un ídolo prehispánico que los conquistadores intentaron destruir, pero que los sacerdotes nativos lograron ocultar.

Su voz había adquirido un tono casi místico, muy diferente a la practicidad que había mostrado hasta ahora. Se dice que protege los pasajes entre mundos, que puede abrir caminos donde no los hay. El sonido de piedras cayendo del otro lado del muro interrumpió bruscamente la explicación de Lucía. Sus perseguidores estaban logrando avances en ampliar la abertura. Pronto podrían pasar. Si esa cosa puede abrir caminos, creo que es un buen momento para usarla, dijo Rodrigo con urgencia. Lucía pareció despertar de su trance.

asintiendo con determinación, se acercó al nicho y tras un momento de vacilación tomó la estatuilla entre sus manos. El resplandor verdoso se intensificó al contacto, iluminando su rostro con un brillo espectral que acentuaba el azul de su cabello. “Necesitamos el amuleto de jade también”, dijo extrayendo la pequeña figura de jaguar de su bolsillo. Juntos deberían poder abrirnos una salida. Sin más explicaciones, se dirigió hacia el centro de la cámara, donde se encontraba la estructura elevada que habían visto al entrar.

Al aproximarse pudieron confirmar que se trataba efectivamente de un altar de piedra decorado con símbolos similares a los que habían visto en las paredes de la habitación ritual de la capilla, aunque estos parecían mucho más antiguos. Lucía colocó tanto la estatuilla dorada como el amuleto de jade sobre la superficie plana del altar, disponiéndolos de manera que formaran una línea recta apuntando hacia uno de los muros de la cámara. “¿Qué estás haciendo?”, preguntó Carmen, cuya aprensión crecía con cada momento que pasaban en aquel lugar siniestro.

Confiando en la sabiduría de mi abuela, respondió Lucía, sin apartar la mirada de los objetos sobre el altar. Ella me dijo que si alguna vez encontraba a la guardiana le ofreciera el amuleto familiar como tributo y ella me mostraría el camino. Las palabras de Lucía sonaban a ritual o superstición, algo que la parte racional de Rodrigo quería rechazar. Pero después de todo lo que habían vivido esa noche, lo racional parecía haberse difuminado como humo en el viento.

Además, no tenían muchas opciones. El ruido proveniente del muro parcialmente derruido indicaba que sus perseguidores estaban cada vez más cerca de atravesarlo. Daniel, que se había mantenido pegado a su madre durante toda la conversación, señaló repentinamente hacia el muro, frente al cual apuntaban los objetos en el altar. “¡Miren!”, exclamó con una mezcla de miedo y asombro. Una línea de luz verdosa, similar al resplandor que emanaba de la estatuilla, comenzaba a dibujarse en la pared de piedra, trazando lo que parecía ser el contorno de una puerta.

El fenómeno se desarrollaba ante sus ojos incrédulos. La línea luminosa completó un rectángulo perfecto y luego, con un suave resplandor que iluminó toda la cámara durante un breve instante, la sección de muro enmarcada por la luz simplemente desapareció. donde antes solo había piedra sólida, ahora se abría un pasadizo iluminado por la misma luz verdosa que parecía extenderse indefinidamente. “Funcionó”, susurró Lucía, con una mezcla de asombro y vindicación. La leyenda era cierta. No tuvieron tiempo para maravillarse más ante el fenómeno sobrenatural que acababan de presenciar.

El sonido de piedras cayendo y voces excitadas anunciaba que sus perseguidores habían logrado ampliar suficientemente la abertura para pasar. “Vamos”, urgió Rodrigo, empujando a su familia hacia el recién creado pasadizo. “Ahora Carmen y Daniel no necesitaron más motivación. se adentraron en el pasaje luminoso, seguidos de cerca por Rodrigo. Lucía, sin embargo, se detuvo un instante para recoger tanto la estatuilla dorada como el amuleto de jade del altar. “No los podemos dejar aquí”, exclamó ante la mirada apremiante de Rodrigo.

“Son nuestra única protección.” Con los objetos firmemente agarrados, la joven se unió a la familia justo cuando la primera figura emergía a través del agujero en el muro. Era un hombre de mediana edad, vestido completamente de negro, con el rostro parcialmente cubierto por una máscara ritual que representaba alguna deidad mesoamericana. Sus ojos, lo único visible de su rostro, se abrieron con sorpresa al ver el pasadizo luminoso y alucía sosteniendo los artefactos. “¡Deténganla!”, gritó con una voz que reconocieron como la de Sebastián, el líder del grupo.

Tiene a la guardiana y el conducto. Pero su advertencia llegó demasiado tarde. Lucía ya había cruzado el umbral, uniéndose a la familia Herrera en el pasadizo de luz, y ante los ojos atónitos de sus perseguidores, la puerta luminosa comenzó a cerrarse, el contorno verdoso desvaneciéndose gradualmente hasta que con un destello final la pared volvió a ser sólida, dejando a Sebastián y su grupo atrapados al otro lado. El pasadizo en el que se encontraban ahora era completamente diferente a los túneles húmedos y claustrofóbicos por los que habían estado transitando.

Era amplio, de techo alto y estaba iluminado por un resplandor verdoso que parecía emanar de las propias paredes, que no eran de piedra, sino de un material cristalino translúcido. El suelo era suave, casi esponjoso, bajo sus pies cansados. proporcionando un alivio instantáneo a sus músculos doloridos. El aire era fresco y ligeramente perfumado, como si estuvieran caminando por un bosque después de la lluvia en lugar de por un pasadizo subterráneo. No había humedad ni olor a podredumbre, ni la sensación opresiva que habían experimentado en los túneles.

Era como si hubieran entrado en otro mundo completamente distinto. “¿Qué es este lugar?”, preguntó Carmen, su voz mezclada con asombro y cautela. Nadie tenía una respuesta definitiva, ni siquiera Lucía, quien observaba su entorno con la misma perplejidad que el resto. “Mi abuela decía que la guardiana podía abrir caminos entre mundos”, respondió finalmente. “Quizá, quizá estamos en uno de esos caminos ahora. La idea era tan fantástica, tan alejada de la realidad cotidiana que conocían, que debería haber sonado absurda.

Pero después de todo lo que habían presenciado esa noche, los límites entre lo posible y lo imposible se habían vuelto borrosos, casi inexistentes. Avanzaron por el pasadizo que parecía extenderse en línea recta, sin desviaciones ni obstáculos. No tenían idea de hacia dónde se dirigían o cuánto tiempo llevaban caminando. La luz uniforme no ofrecía pistas sobre el paso de las horas y sus relojes parecían haberse detenido en el momento exacto en que cruzaron el umbral luminoso. A pesar de la incertidumbre, había una sensación de calma que los envolvía, como si el propio pasaje ejerciera un efecto tranquilizador sobre sus mentes agotadas.

Incluso Daniel, que había estado al borde del colapso nervioso, parecía ahora más sereno, observando con curiosidad infantil las paredes cristalinas que los rodeaban. “Mira, mamá”, dijo en un momento dado, señalando hacia una sección particularmente transparente del muro. Hay imágenes ahí. Efectivamente, al acercarse podían distinguir lo que parecían ser escenas en movimiento, como si estuvieran viendo a través de una ventana hacia otros lugares, otros tiempos. En una sección vieron lo que parecía ser el cementerio que habían dejado atrás, pero vibrante, cuidado, lleno de visitantes, vestidos con ropas de otra época.

En otra, vislumbraron brevemente una ciudad que podría ser la ciudad de México, pero diferente, con edificios más altos y vehículos que flotaban sobre las calles en lugar de rodar sobre ellas. “Son otros mundos”, susurró Lucía con una reverencia casi religiosa en la voz. “O tal vez otros tiempos. La guardiana nos está mostrando las posibilidades, los caminos no tomados. La idea era tan vertiginosa que preferían no detenerse demasiado en ella. Continuaron avanzando, guiados únicamente por la luz verdosa y la esperanza de que el pasadizo condujera a algún lugar seguro.

Después de lo que podría haber sido una hora o un día entero, el tiempo parecía fluir de manera diferente en aquel extraño túnel. comenzaron a notar un cambio sutil en su entorno. Las paredes cristalinas se volvían gradualmente más opacas y la luz verdosa disminuía en intensidad. El pasadizo empezaba a estrecharse ligeramente y el suelo bajo sus pies se volvía más firme, más similar al terreno natural. “Creo que nos estamos acercando a algo”, dijo Rodrigo que había tomado la delantera.

Y efectivamente, a unos metros por delante, el pasadizo terminaba en lo que parecía ser otra puerta luminosa, similar a la que habían atravesado para escapar de sus perseguidores. Sin embargo, esta emitía una luz dorada en lugar de verdosa y a través de ella podían vislumbrar lo que parecía ser un paisaje exterior iluminado por la luz del amanecer. Es una salida”, exclamó Carmen con un renovado vigor en la voz. “Hemos encontrado la salida.” La familia apresuró el paso, ansiosos por dejar atrás aquel túnel sobrenatural y volver al mundo real, por duro que este fuera.

Solo Lucía parecía reticente, caminando más lentamente con la mirada fija en los artefactos que aún sostenía en sus manos. Al llegar al umbral dorado, se detuvieron un instante, inseguros de lo que encontrarían al cruzarlo. A través de la luminiscencia podían distinguir un paisaje rural, un campo extenso con árboles dispersos y a lo lejos lo que parecían ser algunas construcciones sencillas. El cielo estaba teñido con los colores del amanecer, sugiriendo que habían pasado toda la noche en su odisea subterránea.

No había señales de la ciudad, ni del cementerio, ni de nada que pudieran reconocer como familiar. ¿Dónde estamos?, preguntó Carmen. La incertidumbre evidente en su voz. Parece el campo, respondió Rodrigo igualmente desconcertado. La ciudad de México, con sus millones de habitantes y su interminable extensión urbana, parecía haberse desvanecido por completo. Lucía se acercó al umbral, observando a través de él con una expresión indescifrable. No es dónde, dijo finalmente, es cuándo. Sus palabras provocaron un escalofrío colectivo. ¿Qué quieres decir?, preguntó Rodrigo, aunque una parte de él ya intuía la respuesta.

La guardiana no solo abre puertas entre lugares, explicó Lucía con una calma sorprendente dadas las circunstancias. también entre tiempos, y creo que nos ha llevado al pasado. La revelación cayó sobre ellos como un balde de agua fría. Al pasado, repitió Carmen incrédula, ¿cómo es eso posible? Lucía levantó la estatuilla dorada, que ahora emanaba un pulso de luz al ritmo de un corazón latente. “La magia antigua no sigue las reglas que conocemos”, respondió simplemente. “Mi abuela siempre dijo que el tiempo no es una línea recta, sino un río con múltiples corrientes y que aquellos con el conocimiento adecuado pueden navegar entre ellas.

” Daniel, que había estado observando el paisaje a través del umbral con fascinación infantil, tiró de la mano de su madre. Mira, mamá”, dijo señalando hacia las construcciones distantes. Parece un pueblo. Efectivamente, lo que habían tomado inicialmente por simples construcciones aisladas, visto con más atención, revelaba ser un pequeño asentamiento. Casas de adobe con techos de palma dispuestas alrededor de lo que parecía ser una plaza central con una iglesia modesta. No había cables eléctricos, ni antenas, ni ningún signo de la modernidad a la que estaban acostumbrados.

Parece un pueblo del siglo XIX, quizá principios del XX, estimó Rodrigo, cuyo abuelo había nacido en una comunidad rural similar antes de la revolución. Tal vez la idea de haber viajado no solo en el espacio, sino también en el tiempo, era tan abrumadora que ninguno sabía cómo procesarla adecuadamente. Era como si las reglas fundamentales del universo, que habían dado por sentadas toda su vida, hubieran sido reescritas en una sola noche. ¿Qué hacemos ahora?, preguntó Carmen. La preocupación maternal sobreponiéndose a cualquier asombro o miedo que pudiera sentir.

Rodrigo miró a su esposa y a su hijo, luego a Lucía y finalmente al paisaje rural que se extendía ante ellos. Una extraña sensación de paz lo invadió, como si después de tanto sufrimiento, el destino finalmente les ofreciera una oportunidad. Cruzamos, dijo con firmeza, si este es realmente el pasado, quizás sea nuestra segunda oportunidad. Carmen asintió, comprendiendo. En el México moderno eran desplazados, invisibles. Aquí podrían comenzar de nuevo con las habilidades que tenían. Lucía observó la estatuilla dorada y el amuleto de jade en sus manos.

La guardiana nos trajo aquí por una razón, murmuró mi abuela. decía que ella siempre guía a las almas perdidas hacia donde deben estar. Con Daniel entre ellos, los cuatro cruzaron el umbral dorado que se cerró silenciosamente tras su paso. La familia caminó hacia el pueblo distante, donde el humo de los hogares comenzaba a elevarse en la quietud del amanecer. No sabían qué les depararía esta nueva vida, pero por primera vez en mucho tiempo sentían que caminaban hacia algo y no simplemente huyendo.

Y mientras avanzaban, la estatuilla en manos de Lucía emitió un último destello verdoso como despidiéndose antes de convertirse en simple metal. su magia consumada, su propósito cumplido al reunir a cuatro almas perdidas con el lugar y el tiempo donde finalmente podrían llamar hogar.