Lo que comenzó como un simple programa matutino de entrevistas se convertiría en uno de los momentos más incómodos de la televisión mexicana. Nadie, ni siquiera los productores más experimentados, podía imaginar que aquella mañana terminaría con lágrimas, disculpas públicas y una lección que la industria del entretenimiento jamás olvidaría. La madrugada del viernes en los estudios de Televisa San Ángel siempre traía consigo ese aire de urgencia controlada que caracterizaba a la producción del programa hoy.
Las luces del estudio ya estaban encendidas desde las 5 de la mañana y el equipo técnico verificaba cada cable, cada micrófono, cada ángulo de cámara con la precisión de un cirujano preparándose para una operación de vida o muerte. En el mundo de la televisión en vivo no había margen para el error. Galilea Montijo llegó al estacionamiento VIP a las 6:15 de la mañana conduciendo su BM duo blanco recién lavado. Los 52 años que cargaba con orgullo no se reflejaban en su rostro cuidadosamente maquillado ni en su energía matutina.
saludó con una sonrisa radiante al guardia de seguridad, quien ya estaba acostumbrado a su puntualidad casi militar. “Buenos días, don Raúl”, dijo ella, bajándose del auto con sus tacones de diseñador resonando contra el pavimento. “Buenos días, señorita Gali. Ya la están esperando en maquillaje”, respondió el guardia abriendo la puerta de acceso con su tarjeta magnética. El camino desde el estacionamiento hasta su camerino era familiar, casi mecánico. Galilea lo había recorrido miles de veces en sus casi 20 años, conduciendo el programa matutino más visto de México.
Pero esa mañana había algo diferente en el ambiente. Podía sentirlo en las miradas furtivas de los asistentes de producción, en los cuchicheos que cesaban abruptamente cuando ella pasaba cerca. ¿Qué onda? le preguntó a Mariana, su maquillista de confianza, al entrar al camerino. Todos andan bien raros hoy. Mariana, una mujer de 40 años con el cabello pintado de rojo intenso, dudó un momento antes de responder. Conocía a Galilea desde hacía más de una década y sabía leer cada gesto de su rostro.
Es que Mariana bajó la voz acercándose más. ¿No te dijeron sobre el invitado de hoy? ¿Cuál invitado? Galilea frunció el ceño mientras se acomodaba en la silla de maquillaje. Yo tengo la escaleta con los nombres. Viene la cantante esa nueva, el chef que ganó el concurso y brozo interrumpió Mariana casi en un susurro. El nombre cayó en el camerino como una piedra arrojada a un estanque tranquilo. Galilea sintió cómo se le tensaban los músculos del cuello. “Broso, ¿Víor Trujillo viene hoy?”, preguntó intentando mantener un tono casual que no logró del todo.
“¿Y por qué nadie me avisó?” Porque fue decisión de última hora de los productores ejecutivos, explicó Mariana mientras comenzaba a aplicarle la base. Al parecer, él pidió específicamente estar en tu bloque. Quiere hablar sobre su nuevo proyecto en Latinus. Galilea cerró los ojos más para controlar sus emociones que porque Mariana se lo hubiera pedido. La historia entre ella y Broso, o mejor dicho, entre ella y Víctor Trujillo, era complicada. No era un secreto en la industria que años atrás habían tenido varios roces profesionales.
En 2015, durante una entrevista en el mañanero, Broso había hecho comentarios que Galilea consideró irrespetuosos sobre su trabajo como conductora, insinuando que su éxito se debía más a su apariencia que a su talento. Ella nunca le respondió públicamente, pero el resentimiento había quedado ahí. latente como una herida que nunca terminó de cerrar. ¿A qué hora llega? Preguntó Galilea, manteniendo los ojos cerrados. Ya llegó. Está en el camerino de invitados desde hace media hora. En el otro extremo de las instalaciones, Víctor Trujillo se ajustaba a la peluca verde característica de Broso frente al espejo.
A sus años, el proceso de transformación en su alterego más famoso seguía siendo ritual. No era solo ponerse el maquillaje blanco, los ojos delineados de negro o la nariz roja. Era adoptar una actitud, una voz, una personalidad completamente diferente. ¿Estás seguro de esto, Víctor? Le preguntó Rubén, su hermano y también actor de doblaje, quien lo había acompañado esa mañana. “Todavía estás a tiempo de cancelar.” Víctor se miró en el espejo, ya casi completamente transformado en brzo. La mirada que le devolvió el reflejo era la del payaso tenebroso, con esa mezcla de cinismo y agudeza, que lo había hecho famoso desde 1988.
No voy a cancelar nada”, respondió con la voz ronca y aguardentosa de brzo. “Hace mucho tiempo que quiero aclarar las cosas con Galilea y esta es la oportunidad perfecta.” Pero en televisión en vivo, frente a millones de personas, insistió Rubén claramente preocupado. “¿Sabes que ella tiene todo el poder en ese foro? Es su programa, su terreno. Brozo se puso de pie ajustándose el saco desgastado, que era parte de su vestuario característico. Por eso mismo, carnal, porque en su terreno, con sus reglas, con su público, si lo hago aquí, no podrá decir que la embosqué o que la agarré desprevenida.
Además es en vivo, sin edición, sin cortes. Todo el mundo va a ver lo que realmente pasa. Rubén suspiró conociendo demasiado bien la terquedad de su hermano. ¿Y qué vas a hacer exactamente? Nada más la verdad, mi hermano, solo la verdad. A las 9:15, los conductores principales del programa Hoy estaban reunidos en la sala de juntas con Adriana Lascano, la productora ejecutiva. Además de Galilea, estaban Andrea Legarreta, Raúl Araisa, el Negro, Arad de la Torre y Lamda García.
Todos lucían sus mejores sonrisas televisivas, pero había tensión en el aire. Miren, chicos, comenzó Adriana, una mujer de 50 años con el cabello corto y un traje sastre impecable. Sé que la presencia de Brozo hoy puede generar cierta incomodidad. Cierta incomodidad. Interrumpió Galilea con un tono más filoso de lo que pretendía. Adriana, ese hombre me ha faltado al respeto públicamente varias veces. ¿Por qué lo trajimos sin consultarme? Andrea Legarreta, su compañera de más tiempo en el programa, le puso una mano en el hombro en gesto de apoyo.
Gali tiene razón, esto debió consultarse con todos nosotros. Adriana juntó las manos sobre la mesa, adoptando su mejor cara de negociadora. Entiendo su molestia, de verdad que sí, pero esto viene de arriba, de los ejecutivos de la cadena. Broso es rating seguro, ustedes lo saben, y con los números que hemos tenido las últimas semanas. Así que esto es sobre dinero dijo Galilea cruzándose de brazos. Como siempre, esto es sobre mantener el programa al aire, corrigió Adriana con firmeza y sobre aprovechar una oportunidad única.
Proso quiere hacer las paces contigo, Gali. me lo dijo personalmente. Dice que viene a aclarar malentendidos y a mostrar respeto. Raúl Arisa, veterano conductor con décadas de experiencia, se aclaró la garganta. ¿Y tú le crees, Adriana? La productora dudó un segundo antes de responder. Quiero creerle, es uno de los nombres más grandes de la comedia mexicana. Si realmente viene con buenas intenciones, esto podría ser un momento histórico para la televisión mexicana. ¿Y si no? Preguntó Galilea. ¿Qué pasa si viene a hacerme quedar mal en mi propio programa?
Entonces tú sabes defenderte mejor que nadie, respondió Adriana con una sonrisa que intentaba ser tranquilizadora. Eres Galilea Montijo. Has enfrentado situaciones mucho más difíciles que esta. El comentario, aunque bien intencionado, sonó más como un desafío que como un voto de confianza. Galilea lo sintió así y algo en su interior se endureció. Está bien, dijo finalmente, pero que quede claro, si ese payaso se pasa de listo, yo no me voy a quedar callada. No me importa que sea en vivo ni que sea el mismísimo broso.
Los demás conductores intercambiaron miradas. Conocían ese tono en la voz de Galilea. Era el mismo que usaba cuando estaba decidida a no dejarse intimidar. A las 9 en punto, las cámaras comenzaron a rodar. El programa abrió con su secuencia musical habitual y los conductores aparecieron en pantalla con sus sonrisas profesionales perfectamente ensayadas. Durante la primera hora, todo fluyó con normalidad. Entrevistas ligeras, secciones de cocina, chistes entre conductores, pero todos en el foro sabían lo que venía. Y después del corte, anunció Galilea con su mejor voz de presentadora.
nos visita una leyenda viviente de la televisión mexicana, el único, el inigualable, broso, el payaso tenebroso. Los aplausos del público fueron ensayados, mecánicos. Las cámaras captaron el momento en que Galilea y Andrea se miraron por una fracción de segundo y en ese intercambio de miradas había toda una conversación silenciosa. En el camerino de invitados, Brozo se puso de pie al escuchar su nombre. Se ajustó la peluca verde una última vez y respiró profundo. Rubén le dio un abrazo rápido.
Suerte, hermano, y por favor piensa antes de hablar. Brozo le guiñó un ojo. ¿Desde cuándo hago yo eso, carnal? Mientras avanzaba por el pasillo hacia el foro, Brozo podía sentir las miradas del equipo técnico siguiéndolo. Algunos le sonreían, otros parecían preocupados. Él caminaba con la seguridad de alguien que ha estado en ese escenario mil veces antes, pero su corazón latía un poco más rápido de lo normal. La puerta del foro se abrió y la luz de los reflectores lo recibió como un viejo amigo.
El público estalló en aplausos genuinos. Esta vez Broso saludó con su característico gesto de mano, esa mezcla entre saludo y desprecio que lo había hecho famoso. Galilea estaba de pie junto al sofá del foro con una sonrisa que no llegaba completamente a sus ojos. Cuando Broso se acercó para saludarla, ella extendió la mano en lugar de ofrecerle el tradicional beso en la mejilla que solía dar a los invitados. Fue un gesto sutil, pero miles de televidentes lo notaron.
“Bienvenido, Brozo”, dijo ella con voz profesional. “Gracias por recibirme, Gali”, respondió él, estrechando su mano con firmeza. Se sentaron en el sofá principal con las cámaras enfocándolos desde tres ángulos diferentes. Andrea Legarreta, Raúl Araza y los demás conductores se acomodaron en sus lugares habituales, listos para intervenir si fuera necesario. “Bueno, broozo”, comenzó Galilea cruzando las piernas con elegancia estudiada. “cuéntanos, ¿qué te trae por aquí después de tanto tiempo?” El payaso tenebroso sonríó y había algo en esa sonrisa que hizo que Galilea se pusiera en guardia.
Pues mira, Gali, vine porque creo que tú y yo tenemos una conversación pendiente, una que lleva años esperando. El foro quedó en silencio. Incluso el público, que normalmente aplaudía y reía en los momentos programados, pareció contener la respiración. Una conversación pendiente, repitió Galilea, su sonrisa manteniéndose firme, pero sus ojos revelando una chispa de alarma. No sé de qué hablas, Broso. Tú y yo siempre hemos tenido una relación profesional cordial. Cordial. Broso se acomodó en el sofá cruzando una pierna sobre la otra con esa casualidad estudiada que caracterizaba su personaje.
Mira, yo no vine aquí a fingir, Gali. Creo que ambos sabemos que entre tú y yo hay temas sin resolver. Andrea Legarreta intervino rápidamente intentando aligerar el ambiente. Ay, broso, siempre tan directo. Pero bueno, cuéntanos mejor sobre tu programa en Latinus. Hemos escuchado que en un momento hablamos de eso, Andrea”, interrumpió Brozo cortésmente, pero con firmeza, sin apartar la mirada de Galilea. Pero primero me gustaría aclarar algo con la conductora principal de este programa. Raúl Araía se removió incómodo en su asiento.
Llevaba suficientes años en televisión para saber cuándo una situación estaba a punto de salirse de control. Galilea respiró profundo y cuando habló, su voz tenía un filo que no había estado ahí antes. Mira, Brozo, si viniste aquí a buscar polémica, te equivocaste de programa. Este es un espacio familiar de entretenimiento sano. Si tienes algo que decirme, puedes hacerlo fuera del aire. Fuera del aire. Brozo soltó una risa áspera. Galí, todo lo que ha pasado entre nosotros ha sido al aire.
los comentarios, las indirectas, las burlas. O ya se te olvidó cuando en tu programa hiciste todo un sketch burlándote de mi forma de entrevistar. Hace dos años, ¿te acuerdas? El golpe fue certero. Galilea sintió cómo se le acaloraban las mejillas. Era cierto. En 2023, durante una secuencia cómica del programa Hoy, ella y los otros conductores habían hecho una parodia del estilo de Brozo, exagerando su voz ronca y su forma agresiva de preguntar. En ese momento le había parecido gracioso, inofensivo, pero viéndolo ahora desde la perspectiva de Broso, eso fue comedia, Broso”, se defendió ella, aunque su voz sonaba menos segura.
No fue personal. Hacemos parodias de muchos conductores. Comedia. Brozo se inclinó hacia adelante. Claro, cuando tú lo haces es comedia, pero cuando yo hice un comentario sobre que algunos conductores dependen más de su físico que de su preparación, entonces eso fue un ataque personal, ¿verdad? El público comenzó a murmurar. Las cámaras captaban cada gesto, cada expresión. En la cabina de control, Adriana Lascano se mordía el labio inferior, debatiendo si cortara comerciales o dejar que la escena se desarrollara.
Los números de audiencia estaban subiendo vertiginosamente. “Eso que dijiste fue machista y despectivo, respondió Galilea. Y ahora sí había fuego en su voz. Insinuaste que las mujeres en televisión solo estamos aquí por nuestra apariencia.” Yo no dije mujeres, Gali, dije algunos conductores. Y si tú te diste por aludida, por favor, interrumpió ella levantando un poco la voz. Todo el mundo supo a quién te referías. Siempre has sido así, Brozo. Te escondes detrás de tu personaje para decir lo que quieras, para atacar a quien quieras, y luego actúas como si fuera parte de tu humor ácido.
Brozo se quedó en silencio un momento y algo cambió en su expresión. El cinismo dio paso a algo más genuino, más vulnerable. “Tienes razón”, dijo finalmente y su voz había perdido el tono burlón. “Tienes toda la razón, Gali. Y por eso vine hoy, no a pelear, no a hacer polémica. Vine a pedirte disculpas. El silencio que siguió fue absoluto. Galilea parpadeó claramente desconcertada. Andrea y Raúl se miraron entre sí saber cómo reaccionar. ¿Qué fue todo lo que Galilea pudo decir?
Que vine a pedirte disculpas, repitió Broso. Y ahora su voz sonaba cansada, humana. Mira, tengo 64 años, llevo más de 30 en este negocio y he aprendido que el personaje, por más exitoso que sea, no puede ser una excusa para lastimar a la gente. Galilea no supo qué decir. Esta no era la confrontación que había esperado. El reloj en la pared del foro marcaba las 10:22 de la mañana. Millones de mexicanos estaban viendo la transmisión en vivo y las redes sociales comenzaban a explotar con reacciones.
El hashtag broso m hoy ya era tendencia nacional y los comentarios llegaban a miles por minuto. Galilea Montijo seguía sentada en el sofá procesando las palabras que acababa de escuchar. El payaso tenebroso, el crítico mordaz que había construido su carrera atacando políticos y figuras públicas, estaba pidiéndole disculpas en vivo frente a todo México. No sé qué decir, admitió Galilea. Y por primera vez en toda la mañana su voz sonó completamente genuina. Honestamente, no esperaba esto. Yo tampoco esperaba venir aquí a hacerlo”, confesó Broso.
Y había una vulnerabilidad en su tono que contrastaba con su apariencia de payaso desgastado. Pero hace unas semanas pasó algo que me hizo reflexionar mucho. Andrea Legarreta, siempre la conciliadora del grupo, se inclinó hacia adelante con interés genuino. “¿Qué fue lo que pasó, Brozo?” El payaso tenebroso miró sus manos por un momento como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras. Mi hijo Matías, que tiene 23 años, vio un compilado en YouTube de todos los momentos polémicos de mi carrera y me dijo algo que me dejó helado.
Me dijo, “Papá, eres muy bueno criticando a los demás, pero ¿cuándo vas a tener el valor de reconocer tus propios errores?” El foro estaba en completo silencio, incluso el equipo técnico había dejado de moverse. Esta era televisión real, cruda, sin filtros. Y tenía razón, continuó Broso. Me he escudado detrás de este personaje, de esta máscara de maquillaje para decir cosas que a veces han sido crueles. Y tú, Gali, has sido una de las personas que he tratado injustamente.
Galilea sintió algo quebrándose dentro de ella, de resentimiento, de sentirse menospreciada, de tener que demostrar constantemente que era más que una cara bonita. Todo eso empezó a disolverse con esas palabras. Yo comenzó ella, pero su voz se quebró ligeramente. Se aclaró la garganta. Yo tampoco he sido justa contigo, Brozo. Es verdad que hice esa parodia. Y aunque pensé que era inofensiva, ahora entiendo que debió dolerte. Raúl Arisa, veterano de mil batallas televisivas, sonríó con calidez. Esto es lo que necesita la televisión mexicana.
comentó, “Menos ego y más humanidad.” Lamda García asintió con entusiasmo, “Totalmente de acuerdo. Ver a dos grandes figuras siendo honestos y vulnerables es poderoso.” Broso extendió su mano hacia Galilea. “¿Hacemos las paces?” Galilea miró la mano extendida y una sonrisa genuina iluminó su rostro. Tomó la mano de brzo, pero en lugar de solo estrechársela, se levantó y lo abrazó. El público estalló en aplausos. “Claro que sí”, dijo ella, y cuando se separaron tenía los ojos brillantes. “Y yo también te ofrezco disculpas por haber sido mezquina.
El momento era perfecto, era televisión de oro.” Pero entonces algo cambió. Mientras Galilea regresaba a su lugar en el sofá, su tacón se atoró con el cable de uno de los micrófonos que estaban en el piso. Perdió el equilibrio y, en un intento desesperado por no caerse, se agarró del brazo de Broso. El problema fue que Broso, al sentir el jalón repentino, también perdió el equilibrio. Los dos cayeron al piso en una maraña de piernas, brazos y cables.
No fue una caída elegante ni cinematográfica, fue torpe, real y, para cualquiera que estuviera viendo, completamente cómica. El público no supo cómo reaccionar. Al principio hubo un segundo de silencio absoluto seguido de risas nerviosas. Andrea y Raúl se apresuraron a ayudarlos, pero antes de que pudieran llegar, algo más sucedió. La peluca verde de Broso se había desacomodado con la caída, quedando completamente chueca sobre su cabeza. Además, en la confusión, parte de su maquillaje blanco se había corrido, revelando parches de piel normal debajo.
El efecto era ridículo, medio broso, medio Víctor Trujillo, con la peluca verde apuntando hacia un lado como si fuera una antena defectuosa. Galilea, desde el suelo, fue la primera en verlo y antes de que pudiera contenerse soltó una carcajada. No fue una risita educada de conductora profesional, fue una carcajada genuina, escandalosa. El tipo de risa que surge cuando algo es genuinamente gracioso y no puedes controlarte. Dios mío, Brozo, dijo entre risas señalándolo. Tú peluca, pareces un alienígena verde.
El comentario detonó la risa del público. Pronto todo el foro estaba riendo, incluidos Andrea, Raúl y Lambda. Las cámaras capturaban cada segundo, cada ángulo del momento. Broso, todavía en el suelo, se tocó la cabeza y sintió su peluca desacomodada. Por un segundo su expresión fue de pura mortificación, pero entonces algo extraño sucedió. En lugar de enojarse o sentirse humillado, él también comenzó a reír. Bueno, dijo con su voz ronca característica. Supongo que esto es karma instantáneo por todos mis años de burlare de los demás, ¿no?
Eso solo hizo que todos rieran más fuerte. Andrea y Raúl finalmente llegaron hasta ellos y los ayudaron a levantarse. Brozo se ajustó la peluca lo mejor que pudo, pero el daño estaba hecho. El momento había quedado grabado para la posteridad mientras Galilea se sacudía el vestido y se reacomodaba en el sofá. Todavía con una sonrisa enorme en el rostro, algo empezó a cambiar en su expresión. La risa inicial, genuina y espontánea, comenzó a transformarse en algo más.
Sus ojos brillaron con una chispa diferente y su sonrisa se volvió más traviesa. “¡Ay, Broso”, dijo ella, y había un tono en su voz que hizo que Andrea Legarreta se pusiera en alerta. “La verdad es que te ves mucho mejor sin tanto maquillaje. Deberías considerar quitarte más seguido ese disfraz.” El comentario podría haber sido inocente, podría haberse interpretado como un cumplido, pero la forma en que lo dijo con esa sonrisita y ese tono ligeramente burlón cambió todo el contexto.
De hecho, continuó Galilea, y ahora definitivamente había algo de veneno en su dulzura, siempre me he preguntado por qué alguien se esconde detrás de tanto maquillaje. ¿Será inseguridad? ¿O solo es más fácil criticar cuando nadie puede ver tu verdadera cara? El ambiente en el foro cambió instantáneamente. La calidez que había existido momentos antes se evaporó como agua en el desierto. Raúl Araisa cerró los ojos brevemente, como si estuviera rezando por paciencia. Lamda García se hundió un poco en su asiento.
Brozo, que había estado sonriendo mientras se ajustaba la peluca, dejó de hacerlo. Su expresión se endureció. Disculpa. No, no, no es nada malo”, dijo Galilea, aunque su sonrisa decía lo contrario. “Solo digo que es curioso como tú criticas tanto a las personas que según tú usan su imagen en lugar de su cerebro, pero tú literalmente te escondes detrás de un personaje. ¿No es un poco hipócrita?” Andrea intentó intervenir. “Gali, yo creo que no.” Déjala. interrumpió Broso y su voz había perdido toda calidez.
Déjala que diga lo que piensa. Aparentemente las disculpas no significaron nada. Oh, las disculpas fueron lindas. Galilea se recargó en el respaldo del sofá con una actitud despreocupada que era claramente fingida. Muy emotivas. Casi me hiciste llorar con tu discursito sobre tu hijo y la reflexión. Pero, ¿sabes qué? Después de 20 años en este negocio, puedo oler la falsedad a kilómetros de distancia. El público había dejado de reír. Ahora había un murmullo incómodo. En la cabina de control, Adrián Alascano estaba de pie, presionando su audífono contra su oreja, mientras gritaba instrucciones que nadie en el foro podía escuchar.
Falsedad, repitió broso, y ahora había verdadero enojo en su voz. ¿Estás diciendo que vine aquí a mentir? Estoy diciendo. Galilea se inclinó hacia delante y sus ojos brillaban con algo que podría ser triunfo o rabia o ambos. que es muy conveniente que vengas aquí al programa más visto del país, justo cuando tu show en Latinus necesita promoción para hacer este numerito de soy humano, también cometo errores. Es buen marketing, tengo que admitirlo. Galilea, ya basta, dijo Andrea con firmeza, poniendo una mano en el brazo de su compañera, pero Galilea se la quitó de encima.
¿Por qué tengo que bastar? Durante años este hombre me ha tratado como si yo fuera un adorno vacío en la televisión. Y ahora que finalmente tengo la oportunidad de decirle lo que pienso, la oportunidad, Broso se puso de pie abruptamente. Esto es lo que querías desde el principio, que yo viniera aquí para poder humillarme. No. Galilea también se levantó enfrentándolo. Lo que quiero es que dejes de fingir que eres mejor que todos nosotros. Al menos yo no pretendo ser una crítica seria de la sociedad mientras uso una peluca verde y una nariz roja.
El golpe fue bajo y todos en el foro lo sintieron. Raúl Arayaisa finalmente se levantó, posicionándose entre los dos como un árbitro en un ring de boxeo. “Okay, creo que necesitamos un momento de calma aquí”, dijo con voz firme. “Ambos están diciendo cosas de las que se van a arrepentir.” Pero Galilea no había terminado. “¿Sabes cuál es tu problema, broso? Que no soportas que alguien te trate como tú has tratado a los demás durante 30 años. Eres un crítico profesional que no puede soportar ser criticado.
Brozo respiró profundamente. Cuando habló, su voz era peligrosamente tranquila. ¿Quieres saber cuál es tu problema, Galilea? Que estás tan acostumbrada a que todos te aplaudan y te consientan, que la primera vez que alguien te dice una verdad incómoda, reaccionas como una niña malcriada. Y lo peor es que en el fondo, en el mismísimo fondo, sabes que tengo razón en lo que dije hace años. El silencio que siguió fue ensordecedor. Galilea sintió como si le hubieran dado una cachetada.
Sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia. Vete de mi programa”, dijo con voz temblorosa. “Con gusto”, respondió Brozo, dándose la vuelta para marcharse. Pero antes de que pudiera dar dos pasos, la voz de Adrián Alazcano sonó por los altavoces del estudio. “Nadie va a ningún lado. Corte a comerciales ahora.” Las luces rojas de las cámaras se apagaron. El programa había cortado a comerciales, pero el daño ya estaba hecho. En los próximos 3 minutos las redes sociales explotarían con clips, memes y opiniones.
Y cuando regresaran del corte, nada volvería a ser igual. Los 3 minutos de corte comercial en televisión pueden sentirse como 3 horas cuando todo está saliendo mal. En el foro de hoy, esos 180 segundos se convirtieron en una eternidad incómoda, donde las máscaras profesionales cayeron por completo. Galilea se dio la vuelta en cuanto las cámaras se apagaron, caminando rápidamente hacia el área de maquillaje. Sus tacones resonaban con furia contra el piso del estudio. Andrea Legarreta fue tras ella inmediatamente.
“Gali, espera.” La llamó. Pero Galilea no se detuvo. Broso, por su parte, se quedó parado en medio del foro con la peluca verde todavía chueca y el maquillaje corrido. Su respiración era pesada y sus manos temblaban ligeramente. Raúl Arayaisa se acercó a él con cautela, como quien se aproxima a un animal herido. “Broso, hermano”, comenzó Raúl, pero no supo cómo continuar. No, dijo Broso con voz ronca. No digas nada, Raúl, solo necesito un momento. Desde la cabina de control, Adrián Alascano bajó las escaleras corriendo.
Su cara estaba roja, no se sabía si de ira o de pánico, probablemente ambas. llegó al foro justo cuando Lamda García intentaba, sin mucho éxito, hacer un chiste para aligerar el ambiente. “Okay, escúchenme todos”, dijo Adriana con voz autoritaria. “En 2 minutos y medio regresamos al aire. Necesito que todos estén en sus lugares sonriendo y que esto no se convierta en un circo mayor del que ya es.” Adriana, no puedo seguir con esto, dijo Brozo, quitándose la peluca verde por completo.
Sin ella, Víctor Trujillo quedó expuesto, un hombre de 64 años, con el cabello gris pegado a su cabeza por el sudor, maquillaje blanco corrido por el rostro, luciendo cansado y vulnerable. Vine aquí con buenas intenciones y me buenas intenciones. La voz de Galilea resonó desde el otro lado del foro. Había regresado y su maquillaje estaba retocado, pero sus ojos aún brillaban con lágrimas contenidas. De verdad vas a seguir con esa historia. Adriana levantó las manos posicionándose entre ambos.
Ya basta. Los dos tienen minuto y medio para decidir si son profesionales o si este programa termina aquí mismo, hoy, porque les aseguro que si esto sigue escalando, ninguno de los dos va a salir bien parado. Ella empezó, masculó Broso, y sonó patéticamente infantil, incluso para sus propios oídos. Tú empezaste hace años”, gritó Galilea, “Todos esos comentarios condescendientes, todas esas indirectas sobre las conductoras que solo estamos aquí por nuestro físico. Nunca dije tu nombre, no hacía falta.” Andrea Legarreta se interpuso entre ellos con los brazos extendidos como si estuviera separando a dos niños en una pelea de recreo.
“Ya, ya, ya”, dijo con firmeza. “Ambos están siendo ridículos. Galilea, tú sabes que Broso vino con buenas intenciones. Vi su cara cuando te ofreció disculpas.” Eso fue genuino. Galilea abrió la boca para protestar, pero Andrea la detuvo con una mirada. Y broso, continuó Andrea volteándose hacia él. Tú también necesitas entender que no puedes simplemente aparecer, decir, “Lo siento y esperar que años de resentimiento desaparezcan. Las heridas que causaste con tus palabras fueron reales. Raúl Araza asintió sumándose a la intervención.
Los dos tienen razón en algunas cosas y están equivocados en otras, pero ahora mismo tienen 40 segundos para decidir cómo van a manejar esto cuando regresen al aire. Adriana señaló el reloj en la pared y les advierto, los ratings están por las nubes. Todo México está viendo esto. Pueden convertir este momento en algo destructivo o pueden demostrar que son los profesionales que dicen ser y darle al público algo que valga la pena. Galilea y Broso se miraron desde lados opuestos del foro.
El silencio entre ellos estaba cargado de 30 años de historia de televisión mexicana, de egos, de inseguridades, de palabras dichas y no dichas. 20 segundos anunció uno de los asistentes de producción. Brozo suspiró profundamente, caminó hacia donde estaba su peluca verde tirada en el sofá y la recogió. la observó por un momento como si estuviera viendo un objeto extraño que nunca antes había visto. “¿Sabes qué es lo más chistoso de todo esto?”, dijo, y su voz había perdido toda la agresividad, que mi hijo tenía razón.
Me escondo detrás de este personaje porque es más fácil atacar desde aquí que ser vulnerable como Víctor Trujillo. Galilea no esperaba esa confesión. Sintió como algo en su pecho se aflojaba. 10 segundos”, gritó el asistente. “Y tú tenías razón en algo también”, continuó Brozo, poniéndose la peluca de nuevo, pero sin ajustarla perfectamente. Soy bueno criticando, pero terrible recibiendo críticas, especialmente cuando vienen de alguien que, bueno, que merece mi respeto y nunca se lo he dado. 5 segundos.
Galilea tragó saliva, miró a Andrea, luego a Raúl y finalmente de nuevo a Broso. Yo también me pasé de la raya, admitió rápidamente. No debí decir esas cosas y sobre todo no debí burlare de tu apariencia. Eso estuvo mal. Dos segundos. en sus lugares. Ya todos corrieron a sus posiciones. Galilea se sentó en el sofá principal. Bro lado. Andrea y los demás conductores tomaron sus lugares. El maquillaje de broso seguía corrido. Su peluca seguía chueca, pero ya no había tiempo para arreglar nada.
Las luces rojas de las cámaras se encendieron. Galilea tomó aire y habló con voz clara, aunque temblorosa. Y estamos de vuelta con ustedes. Como pudieron ver antes del corte, Brozo y yo tuvimos un intercambio de palabras. Un pleito, corrigió Brozo con honestidad brutal. Tuvimos un pleito en vivo. Seamos honestos. Galilea asintió y una sonrisa triste apareció en su rostro. Sí, un pleito. Y quiero aprovechar este momento para decirles algo a todos los que están viendo, especialmente a los jóvenes.
Se volvió asiabroso. Lo que acaba de pasar aquí no fue mi mejor momento. Me dejé llevar por años de resentimiento y terminé diciendo cosas hirientes. Y eso no está bien, sin importar cuánto crea que la otra persona me lastimó primero. Brozo se tocó su peluca chueca, consciente de lo ridículo que se veía. Y yo vine aquí pensando que con unas disculpas bonitas todo se iba a arreglar mágicamente, pero las cosas no funcionan así. No puedes lastimar a alguien durante años y esperar que te perdonen en 3 minutos de televisión.
El público estaba completamente silencioso. Esto ya no era entretenimiento. Esto era real. Andrea Legarreta siempre con su instinto maternal intervino suavemente. Creo que lo que estamos presenciando aquí es algo muy humano. Dos personas que han sido lastimadas tratando de encontrar una forma de sanar. Y no está siendo fácil ni bonito, pero es honesto, demasiado honesto, murmuró Lamda García provocando algunas risas nerviosas en el público. Galilea se limpió una lágrima que había comenzado a rodar por su mejilla.
La verdad es que, su voz se quebró un poco. La verdad es que los comentarios que hiciste años atrás, broso, sí me dolieron. Me dolieron porque tocaron mis inseguridades más profundas. Toda mi carrera he tenido que demostrar que soy más que una cara bonita, que tengo cerebro, que tengo talento. Y cuando alguien como tú, alguien respetado en la industria, insinúa que solo estoy aquí por mi físico, te lastimé, interrumpió Broso. Y había genuina culpa en su voz.
Te lastimé porque yo también tengo mis inseguridades y a veces cuando te sientes pequeño, atacas a otros para sentirte grande. Es patético, pero es la verdad. Raúl Araza se aclaró la garganta claramente emocionado. Esto es lo que necesita la televisión mexicana. Menos perfección, más honestidad. Galilea se volvió hacia las cámaras y quiero que todos los que están viendo sepan algo. Está bien no estar bien. Está bien admitir que te lastimaron. Está bien decir que cometiste errores. Eso no te hace débil.
De hecho, creo que te hace más fuerte o al menos más humano, agregó Brozo. Aunque sea un payaso con maquillaje corrido y una peluca ridícula, eso finalmente rompió la tensión. Galilea soltó una risa genuina. “Sí que te ves ridículo”, admitió. “Lo siento por haberte hecho caer. Yo me caí solito, corrigió Brozo.” “Bueno, más o menos, pero el punto es que tal vez ese tropezón era justo lo que necesitábamos. Una forma de recordarme que no soy tan importante ni tan intocable como pensaba.” Andrea sonríó con calidez.
“Entonces hay paz. Galilea y Brozo se miraron. No fue inmediato, pero lentamente ambos asintieron. No sé si hay paz todavía, dijo Galilea honestamente. Pero creo que hay un alto al fuego. Un alto al fuego me parece bien, concordó Broso. Y tal vez con tiempo podamos llegar a algo mejor. Extendió su mano nuevamente. Esta vez, cuando Galilea la tomó, el apretón fue más firme, más sincero. No fue el abrazo emotivo de antes del corte comercial, pero fue real.
Gracias por tu honestidad”, dijo Galilea. “Gracias por no echarme a patadas del estudio”, respondió Broso. El público finalmente aplaudió y esta vez los aplausos sonaron aliviados, como si todos hubieran estado conteniendo la respiración. Adriana desde la cabina de control se dejó caer en su silla. Los ratings seguían altísimos, pero más importante que eso, acababan de presenciar algo genuino. El programa Hoy terminó a las 12 del mediodía, como siempre, pero nada más en ese viernes fue como siempre.
Cuando las luces finalmente se apagaron y las cámaras dejaron de rodar, el silencio en el foro era denso, casi palpable. Galilea se quedó sentada en el sofá un momento más, mirando sus manos. Andrea Legarreta se sentó a su lado sin decir nada, solo ofreciendo su presencia. Lamda García y Raúl Arayaisa despedían al público que salía del foro murmurando animadamente sobre lo que acababan de presenciar. Brozo, todavía con su maquillaje corrido y su peluca chueca, se puso de pie lentamente.
Sus rodillas crujieron con el movimiento, recordándole que ya no era el joven comediante que había creado al payaso tenebroso 37 años atrás. Gali, dijo suavemente y ella levantó la vista. De verdad lo siento por todo, no solo por lo de hoy, sino por todos esos años. Galilea asintió, pero no dijo nada. Sus ojos estaban rojos, no tanto de lágrimas, sino de agotamiento emocional. Brozo entendió el mensaje. Ella necesitaba espacio. “Me voy,”, agregó él. Pero si algún día quieres hablar sin cámaras, sin público, tienes mi número.
Se dio la vuelta para marcharse, pero Galilea lo detuvo con una palabra. Brozo, él se detuvo girándose apenas. Gracias por venir. Sé que no salió como esperabas, pero necesitaba pasar. Creo que ambos lo necesitábamos. Una sonrisa triste cruzó el rostro del payaso. Sí, supongo que sí. Mientras Bro caminaba hacia los camerinos para quitarse el maquillaje y regresar a ser Víctor Trujillo, pasó junto a varios miembros del equipo técnico. Algunos lo saludaron con respeto, otros simplemente bajaron la mirada.
Sabía que lo que había pasado en el foro estaría en boca de todos en la industria antes de que terminara el día. En el camerino de maquillaje, su hermano Rubén lo esperaba con una toalla húmeda y expresión preocupada. “¿Cómo te sientes?”, preguntó comenzando a ayudarle a quitarse el maquillaje blanco. “Como si me hubiera pasado un tráiler por encima,”, admitió Víctor dejándose caer en la silla, pero también más ligero, de alguna manera extraña. “Vi todo desde el monitor”, dijo Rubén.
Fue intenso, hermano, muy intenso. ¿Crees que me pasé de la raya? Rubén se detuvo un momento, considerando su respuesta cuidadosamente. Creo que dijiste cosas que necesitaban decse. Ambos lo hicieron. No fue bonito, pero fue real. Y, honestamente, llevabas años necesitando una confrontación así. Víctor cerró los ojos mientras su hermano limpiaba el maquillaje de su frente. Mi hijo va a ver esto. Todo México lo vio. ¿Qué van a pensar? Van a pensar que Broso, el gran crítico, finalmente se vio en un espejo, respondió Rubén con honestidad brutal.
Y no huyó. Eso es más de lo que la mayoría de la gente puede decir. Mientras tanto, en el camerino de Galilea la situación era diferente. Su teléfono no había dejado de sonar desde que terminó el programa. llamadas de su representante, de productores, de amigos, incluso de su hijo Mateo, preguntando si estaba bien. Andrea Legarreta estaba con ella sosteniendo una taza de té de manzanilla que Galilea no había tocado. ¿Quieres hablar de ello?, preguntó Andrea gentilmente. Galilea negó con la cabeza primero, pero luego las palabras comenzaron a salir como un río contenido que finalmente encuentra su cauce.
Me sentí tan estúpida, Andy. Vine esta mañana preparada para ser profesional, para manejar su presencia con elegancia y terminé actuando como una adolescente vengativa. No fuiste solo tú, le recordó Andrea. Él también dijo cosas hirientes. Pero yo empecé, bueno, la segunda parte. Él vino a disculparse y yo Galilea se cubrió el rostro con las manos. Me burlé de su apariencia. Después de años de que me hicieran exactamente eso a mí, yo hice lo mismo. ¿En qué me convierte eso?
Andrea le quitó las manos de la cara con suavidad. Te convierte en humana, Gali, en alguien que cargaba años de dolor y que finalmente explotó. No fue tu mejor momento, pero tampoco define quién eres. Y si me define. La voz de Galilea se quebró. Y si soy exactamente lo que Brozo dijo hace años, una conductora que solo está aquí por su cara y que reacciona emocionalmente en lugar de profesionalmente. Ey, Andrea le dio un ligero golpe en el hombro.
Ya basta. Llevas 20 años en este programa. 20 años despertándote a las 5 de la mañana, siendo la cara de Televisa, manejando invitados difíciles, entrevistas complicadas, situaciones de crisis. Si solo fueras una cara bonita, no habrías durado ni dos meses. Galilea finalmente tomó un sorbo del té. Estaba tibio, pero le ayudó a calmar el nudo en su garganta. ¿Crees que debería llamarlo? Abrozo. A Víctor, creo que necesito hablar con Víctor, no con el payaso. Andrea sonríó. Creo que es una gran idea, pero no hoy.
Dale un par de días para que ambos procesen todo esto. Y mientras tanto, el teléfono de Galilea sonó otra vez. Esta vez era Adrián Alascano. Tengo que contestar, dijo Galilea. Y Andrea asintió saliendo del camerino para darle privacidad. Adriana, contestó Galilea, preparándose para lo peor. Galilea, necesito que vengas a mi oficina ahora. El tono no era de enojo, pero tampoco era amigable. Galilea sintió cómo se le revolvía el estómago. 10 minutos después estaba sentada frente al escritorio de Adrián Alazcano en la oficina de producción del quinto piso.
La productora ejecutiva tenía una tablet frente a ella. mostrando estadísticas en tiempo real. “¿Sabes qué es esto?”, preguntó Adriana girando la tablet para que Galilea pudiera ver. Los números eran impresionantes. El rating del programa de ese día había superado cualquier episodio de los últimos 5 años. El segmento combroso específicamente había sido visto por más de 8 millones de personas simultáneamente. En redes sociales, cinco hashtags relacionados con el programa estaban en tendencia nacional. Es mucho, dijo Galilea sin saber qué más decir.
Es histórico, corrigió Adriana. Este programa va a ser analizado, discutido y recordado durante años. Ya he recibido llamadas de 10 medios diferentes pidiendo entrevistas contigo. Galilea esperó el otro zapato caer. Tenía que haber un pero, pero ahí estaba. Necesito saber si estás bien. De verdad, no como conductora, como persona, porque lo que pasó hoy fue intenso. La preocupación genuina en la voz de Adriana tomó a Galilea por sorpresa. Había esperado un regaño o al menos una discusión.
sobre profesionalismo. “Honestamente, no lo sé”, admitió Galilea. “Siento muchas cosas al mismo tiempo. Vergüenza por haber perdido el control, alivio por finalmente haber dicho lo que pensaba. culpa por cómo lo dije, es complicado. Adriana asintió recargándose en su silla. La verdad es que lo que pasó hoy no fue planeado, no fue profesional y definitivamente no fue lo que esperábamos, pero fue auténtico y en un mundo donde todo en televisión se siente tan producido, tan falso. Ustedes dos nos recordaron que detrás de las cámaras hay personas reales con emociones reales.
No estás enojada. Oh, estoy furiosa dijo Adriana con una sonrisa irónica. Ustedes dos casi me provocan un infarto, pero también estoy impresionada. No muchos conductores tendrían las agallas de ser tan vulnerables en vivo. Galilea no supo si sentirse halagada o regañada. Los ejecutivos de Televisa ya me llamaron, continuó Adriana. ¿Quieren que consideres hacer una serie de especiales donde hables sobre temas difíciles con otras figuras públicas, conversaciones reales, sin guion? ¿Les gustó lo que vieron hoy? No estoy segura de poder volver a pasar por algo así, dijo Galilea honestamente.
No tienes que decidir ahora. Tómate el fin de semana, descansa, apaga tu teléfono y el lunes hablamos con calma. Galilea se levantó para irse, pero se detuvo en la puerta. Y Broso, también lo llamaron los ejecutivos. Adriana sonrió con conocimiento. Sí, le ofrecieron volver a tener un programa en Televisa, pero eso es algo que él te tiene que contar personalmente. Cuando Galilea finalmente salió de las instalaciones de Televisa San Ángel, eran casi las 2 de la tarde.
El sol de mediodía en la Ciudad de México era implacable y el calor la golpeó como una pared sólida. Su auto estaba donde lo había dejado esa mañana, pero ella se sentía como una persona completamente diferente a la que había llegado apenas 8 horas antes. Se sentó en el asiento del conductor sin encender el motor, solo necesitando un momento de quietud. Su teléfono vibró. Un mensaje de texto de un número que tenía guardado como broso, trabajo. El mensaje decía simplemente, “Gracias por no odiarme.
Espero que algún día podamos tomar un café sin cámaras, solo dos personas que necesitan sanar.” Víctor Galilea miró el mensaje por un largo rato. Luego, con dedos temblorosos, escribió su respuesta. Me gustaría eso. Pronto. Gali presionó enviar antes de poder arrepentirse. Luego encendió el auto, puso su música favorita a todo volumen y comenzó el camino a casa. No sabía qué le deparaba el futuro. No sabía si ella y Víctor realmente podrían ser amigos algún día. No sabía cómo la industria reaccionaría a largo plazo a lo que había pasado.
Pero sabía algo con certeza. Ese día había sido real, doloroso, incómodo, imperfecto, pero real. Y en un mundo de pretensiones, eso valía más de lo que había imaginado. Cco días después del incidente en televisión, Galilea Montijo manejaba por las calles de Coyoacán en un martes por la tarde. Había elegido una cafetería pequeña llamada el JAR Ocho, lejos de las zonas donde normalmente frecuentaban las celebridades. Era un lugar discreto con mesas de madera desgastada y el aroma persistente del café de olla.
Llegó 15 minutos antes de lo acordado, como era su costumbre. Se sentó en una mesa del fondo, de espaldas a la ventana, con una gorra de béisbol y lentes oscuros que hacían poco por disimular su identidad, pero al menos le daban una sensación de privacidad. Durante el fin de semana había evitado todas las redes sociales. Su representante le había dicho que lo mejor era dejar que el escándalo se enfriara solo. Pero su madre la había llamado el domingo por la noche y esa conversación había sido difícil.
“Mi hija, te vi en la televisión”, había dicho su mamá con ese tono de preocupación que solo las madres pueden lograr. ¿Estás bien? ¿De verdad estás bien?” Y Galilea no había sabido qué responder porque la verdad era complicada. Estaba bien y no estaba bien. Al mismo tiempo, Víctor Trujillo llegó exactamente a la hora acordada, sin el maquillaje de brzo, sin la peluca verde, sin el vestuario desgastado. Era simplemente un hombre de 64 años con el cabello gris bien peinado usando jeans oscuros y una camisa de botones color azul marino.
Se veía cansado, pero tranquilo. Cuando sus ojos se encontraron con los de Galilea, ambos dudaron un segundo antes de que él se acercara a la mesa. “Hola”, dijo Víctor simplemente. “Hola, respondió Galilea, y la palabra se sintió extrañamente íntima, sin cámaras ni público. Se sentó frente a ella y por un momento ninguno de los dos supo qué decir. Una mesera se acercó y ambos ordenaron café de olla más por tener algo que hacer con las manos que por sed real.
“Bonito lugar”, comentó Víctor mirando alrededor. No lo conocía. “Venía aquí cuando recién empecé en televisión”, explicó Galilea. “En ese entonces no tenía dinero para lugares fancy y este café era mi refugio. Nadie me reconocía, o si lo hacían, no les importaba. ¿Extrañas eso? La invisibilidad. Galilea consideró la pregunta. A veces, especialmente después de días como el viernes pasado. Víctor asintió entendiendo perfectamente. He leído algunos de los comentarios en redes sociales, admitió. No todos, porque me volvería loco, pero algunos.
Y es interesante ver cómo la gente está dividida. Algunos dicen que fui un héroe por disculparme. Otros dicen que fui un cobarde por no defenderte cuando perdiste los estribos. ¿Y tú qué piensas? Preguntó Galilea, removiendo el café que acababa de llegar, aunque no le había puesto azúcar. Pienso que ambos somos más complicados que cualquier narrativa que la gente quiera crear, respondió Víctor. No soy ni héroe ni villano, tú tampoco. Solo somos dos personas con historias largas y complicadas que colisionaron en el peor momento posible.
Galilea sonríó tristemente. O en el mejor momento, dependiendo de cómo lo veas. Explícame eso. Ella tomó un sorbo de café antes de responder, organizando sus pensamientos. He estado pensando mucho estos días sobre lo que dijiste en el programa sobre esconderte detrás de brzo y me di cuenta de que yo también me escondo, solo que de forma diferente. Detrás de que te escondas tú, detrás de ser siempre perfecta, la sonrisa perfecta, el maquillaje perfecto, la respuesta perfecta. En 20 años de carrera, ¿sabes cuántas veces he dejado que la gente vea a Galilea siendo un desastre?
Nunca. Hasta el viernes, Víctor se recargó en su silla escuchando atentamente. Y sí, fue horrible, continuó Galilea. Fue incómodo y vergonzoso y todo lo que puedas imaginar, pero también fue liberador. Por primera vez en mi carrera dije exactamente lo que sentía sin filtros. Y aunque me arrepiento de cómo lo dije, no me arrepiento de haberlo dicho. Yo tampoco me arrepiento, dijo Víctor. No de las disculpas. Esas eran necesarias y venían con años de retraso. Pero después, cuando las cosas se pusieron feas, una parte de mí, la parte de brzo que vive en mi cabeza, quería destruirte con palabras.
Sé exactamente cómo hacerlo. He perfeccionado ese arte durante décadas. ¿Y por qué no lo hiciste? Víctor miró sus manos manchadas por años de aplicarse y quitarse maquillaje teatral. Porque vi algo en tus ojos cuando te burlaste de mi peluca. No era crueldad, era dolor. Estabas lastimando porque habías sido lastimada. Y en ese momento me di cuenta de que si te atacaba con toda mi artillería verbal, solo estaría perpetuando un ciclo que necesitaba romperse. Galilea sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
Gracias por eso, por no destruirme cuando pudiste hacerlo. No me agradezcas. Lo hice tanto por mí como por ti. Estoy cansado de ser el crítico amargo. Estoy cansado de que mi legado sea una lista de personas a las que lastimé en nombre de la comedia o el periodismo o lo que sea que pretenda ser broso. La mesera pasó junto a ellos notando la intensidad de la conversación y decidió no interrumpir para ver si querían algo más. ¿Puedo preguntarte algo?
dijo Galilea después de un momento. ¿Por qué realmente viniste a mi programa ese día? No me digas que solo fue para disculparte. Pudiste haberlo hecho en privado. Víctor sonrió con tristeza. Tienes razón. Podría haberlo hecho en privado. Pero soy hombre de teatro, Gali. Toda mi vida he sido un performer y una parte de mí, la parte vanidosa y orgullosa, quería que esa disculpa fuera pública porque mis ataques habían sido públicos. Pensé que sería poético, redentor, incluso. Pero no contabas con que yo no estuviera lista para perdonarte.
No, no contaba con eso y tampoco contaba con mi propia fragilidad. Cuando te burlaste de mi apariencia, algo dentro de mí se rompió. Porque tenías razón. Me escondo detrás del maquillaje y la peluca. Y que alguien lo señalara tan directamente, dolió más de lo que esperaba. Galilea extendió su mano sobre la mesa, pero sin tocarla de Víctor, solo acercándola. Lo siento, de verdad, lo siento. No debí atacar tu apariencia. Sé lo que se siente que te reduzcan a tu físico y aún así lo hice.
Eso me convierte en hipócrita, te convierte en humana, corrigió Víctor. Y ahora sí tomó su mano, imperfecta como todos nosotros. Se quedaron así un momento, con las manos unidas sobre la mesa de madera desgastada en una cafetería de Coyoacán, donde nadie parecía reconocerlos o importarles quiénes eran. Mi hijo vio el programa”, dijo Víctor finalmente. Matías me llamó esa noche. ¿Y qué te dijo? Me dijo que estaba orgulloso de mí por intentar disculparme, incluso cuando las cosas se salieron de control.
Me dijo que por primera vez vio a su papá no abroso y que eso significaba más que cualquier programa exitoso o cualquier entrevista viral. Galilea sonríó. Mi hijo Mateo también me llamó, me dijo algo similar, que siempre me había visto como esta figura perfecta e inalcanzable, y que verme perder los estribos lo hizo darse cuenta de que yo también soy solo una persona tratando de hacer lo mejor que puede. Los hijos tienen una forma de ver las cosas con más claridad que nosotros, reflexionó Víctor.
Sí. Y también me hizo pensar en el ejemplo que le estoy dando, que le enseño cuando fijo que todo está perfecto todo el tiempo o cuando guardo resentimientos durante años en lugar de enfrentarlos. Víctor le apretó la mano suavemente. Le enseñas que es humana, que comete errores y con suerte que esos errores no la definen si aprende de ellos. Galilea rió suavemente. ¿Cuándo nos volvimos tan sabios? Creo que nos volvimos sabios cuando dejamos de pretender que lo sabíamos todo.
Pidieron más café y se quedaron ahí por dos horas más. Hablaron de sus carreras, de sus familias, de sus miedos y sus arrepentimientos. Hablaron de las primeras veces que aparecieron en televisión, de los nervios y la emoción. hablaron de cómo la industria había cambiado y cómo ellos habían cambiado con ella o a veces contra ella. No se hicieron amigos instantáneos, no prometieron trabajar juntos ni crear un nuevo programa. No hubo grandes declaraciones ni momentos cinematográficos. Simplemente fueron dos personas que se habían lastimado mutuamente, reconociendo ese dolor y decidiendo que tal vez, solo tal vez podían dejarlo ir.
Cuando finalmente se levantaron para irse, Víctor le dio un abrazo genuino. Gracias por venir. Sé que no fue fácil. Gracias por invitarme y por ser honesto. ¿Crees que podamos hacer esto de nuevo? preguntó Víctor. El café sin cámaras, quiero decir, me gustaría eso, respondió Galilea sinceramente. Pero la próxima vez yo elijo el lugar y tiene que tener pan dulce decente. Víctor Río. Trato hecho. Salieron de la cafetería juntos, pero se despidieron en la puerta, cada uno caminando hacia su auto en diferentes direcciones.
Galilea se detuvo un momento antes de subirse al suyo, volteando para ver a Víctor alejándose. No era el final perfecto de una historia, no era la reconciliación dramática que la televisión habría demandado, pero era real y honesto, y eso era suficiente. Por primera vez en 5 días, Galilea sintió que podía respirar completamente. El peso que había estado cargando, sin siquiera darse cuenta de que lo cargaba, se había aligerado. manejó de regreso a casa con la música a bajo volumen, pensando en cómo la vulnerabilidad que tanto había temido mostrar en televisión había resultado ser su mayor fortaleza y como a veces las colisiones más dolorosas pueden llevar a los entendimientos más profundos.
Dos semanas después de su encuentro en la cafetería, Galilea estaba de vuelta en el foro de hoy, como todas las mañanas, pero ese lunes en particular era diferente. Los ejecutivos de Televisa habían decidido que era momento de abordar públicamente lo que había sucedido con Brozo, habían preparado un segmento especial para el programa. Andrea Legarreta notó la tensión en los hombros de Galilea desde el momento en que llegó a maquillaje. Nerviosa, le preguntó sentándose a su lado mientras Mariana trabajaba en el cabello de Galilea.
Aterrada, admitió Galilea. No sé qué decir. No sé cómo explicar algo que yo misma apenas entiendo. Solo sé honesta. Aconsejó Andrea. Eso es lo que la gente quiere ver. Ya vieron la versión sin filtros hace dos semanas. Ahora solo necesitan ver que estás bien. Raúl Arayaisa entró al camerino con dos tazas de café. Para las damas más valientes de la televisión mexicana, dijo entregándoles las tazas con una sonrisa. Gali, respira, va a salir bien. ¿Cómo puedes estar tan seguro?
Porque te conozco desde hace años, respondió Raúl con calidez. Y sé que cuando hablas desde el corazón, la gente te escucha. No tienes que ser perfecta, solo tienes que ser tú. A las 9:30, después de los segmentos habituales de cocina y noticias del espectáculo, llegó el momento. Las luces del foro se atenuaron ligeramente, creando una atmósfera más íntima. Galilea se sentó en el sofá principal con Andrea y Raúl a cada lado como pilares de apoyo silencioso. Amigos que nos acompañan en casa comenzó Galilea y su voz solo tembló ligeramente.
Hace dos semanas pasó algo en este foro que muchos de ustedes vieron y desde entonces he recibido miles de mensajes, algunos de apoyo, otros de crítica, muchos preguntándome si estoy bien. se detuvo, respiró profundo y continuó. La verdad es que no tengo una respuesta simple. Lo que pasó con Broso fue complicado, fue doloroso y fue real, muy real, tal vez demasiado real para la televisión de las 9 de la mañana. Andrea puso una mano en su hombro, un gesto de apoyo que no pasó desapercibido para las cámaras.
Pero quiero contarles algo.” Continuó Galilea y ahora había más firmeza en su voz. Después de ese programa, Víctor Trujillo y yo nos reunimos sin cámaras, sin producción, sin público, solo dos personas que necesitaban hablar. El foro estaba completamente silencioso. Incluso los técnicos habían dejado de moverse y tuvimos la conversación más honesta que he tenido en años. hablamos sobre el dolor que nos causamos mutuamente, sobre las máscaras que usamos literal y figuradamente, sobre cómo a veces lastimamos a otros porque nosotros mismos estamos lastimados.
Raúl Arayaisa intervino suavemente y llegaron a alguna conclusión, Galilea sonrió y era una sonrisa genuina. Llegamos a la conclusión de que ambos somos tremendamente imperfectos y que eso está bien. No nos hicimos mejores amigos ni prometimos trabajar juntos. Solo nos entendimos un poco mejor. Y creo que eso es suficiente. Los aplausos del público fueron cálidos, genuinos. No era el tipo de aplauso que se da por un chiste bueno o un truco impresionante. Era el tipo de aplauso que se da cuando alguien ha sido vulnerable y valiente.
Quiero agradecerles a todos los que me escribieron”, dijo Galilea mirando directamente a la cámara, especialmente a las mujeres que me compartieron sus propias historias sobre ser juzgadas por su apariencia, sobre cargar resentimientos, sobre explotar cuando menos lo esperaban. Sus mensajes me hicieron sentir menos sola. Andrea Legarreta añadió su propia reflexión. Creo que lo que presenciamos hace dos semanas fue un momento de televisión que no vamos a olvidar, no porque fue escandaloso, sino porque fue humano. Nos recordó que todos, sin importar cuánto éxito tengamos o cuánto tiempo llevemos en este negocio, seguimos siendo personas con emociones y heridas.
Mientras el segmento terminaba y el programa continuaba con su programación regular, Galilea sintió un peso levantarse de sus hombros. Había dicho lo que necesitaba decir, sin drama excesivo, sin victimizarse, pero también sin minimizar lo que había pasado. Durante el corte comercial, su teléfono vibró. Un mensaje de Víctor. Lo vi. Bien hecho, orgulloso de ti. Un be. Galilea sonrió y guardó el teléfono. No respondió inmediatamente. No necesitaba hacerlo. Sabían que estaban bien. Esa tarde, después del programa, Galilea tenía una reunión con su representante Carlos Mendoza, un hombre de 50 años con trajes impecables y una agenda siempre llena.
Gali, necesitamos hablar sobre las ofertas”, dijo Carlos abriendo su laptop en la mesa de la cafetería del estudio. “¿Qué ofertas? Desde el incidente con Broso he recibido 12 propuestas diferentes, programas de entrevistas, podcasts, incluso una oferta para un libro sobre tu carrera.” Galilea frunció el seño. “Carlos, no quiero capitalizar en lo que pasó. No fue un truco publicitario. Lo sé, lo sé, dijo Carlos levantando las manos. Y por eso rechacé la mayoría. Pero hay una que creo que deberías considerar.
Le giró la laptop para que pudiera ver. Era una propuesta para un programa especial de seis episodios llamado Conversaciones sin filtro, donde Galilea moderaría conversaciones honestas entre figuras públicas que habían tenido conflictos. No sé, Carlos. Suena a reality show de confrontaciones. Lee la propuesta completa insistió Carlos. No es sobre crear drama, es sobre facilitar sanación, como lo que pasó entre tú y Víctor, pero de forma más estructurada, más intencional. Galilea leyó los detalles. La propuesta era sorprendentemente respetuosa.
No buscaba explotar el dolor de la gente, sino crear un espacio seguro para conversaciones difíciles. Y si no funciona? ¿Y si la gente solo quiere ver peleas? Entonces no es para nosotros, respondió Carlos simplemente. Pero Gali, algo cambió en ti después de lo que pasó con Broso. Te veo diferente, más ligera. Y creo que otras personas podrían beneficiarse de ese tipo de honestidad. Déjame pensarlo. Por supuesto, pero no tardes mucho. Quieren una respuesta en dos semanas. Esa noche, Galilea cenaba con su hijo Mateo en su departamento.
El joven de 13 años estaba más interesado en su videojuego que en la conversación al principio, pero eventualmente Galilea logró captar su atención. Hijo, ¿puedo preguntarte algo? Mateo pausó el juego. Claro, mamá. ¿Cómo te sentiste cuando viste lo que pasó en el programa hace dos semanas? Mateo consideró la pregunta cuidadosamente con esa seriedad que a veces mostraba que lo hacía parecer mayor de lo que era. Honestamente, me dio un poco de pena al principio porque todos mis amigos lo vieron y al día siguiente en la escuela todos hablaban de eso.
El corazón de Galilea se encogió. Lo siento, amor. No pensé en cómo eso te afectaría. Espera, déjame terminar”, dijo Mateo. Me dio pena al principio, pero después algunos de mis amigos empezaron a hablar sobre sus propios papás, sobre cómo ellos también explotan a veces, sobre cómo sus familias también tienen problemas, pero todos fingen que todo está perfecto. Y y me di cuenta de que lo que hiciste fue valiente, porque dejaste de fingir y eso hizo que otros también se sintieran bien de no fingir.
Galilea sintió lágrimas formándose en sus ojos. ¿Cuándo te volviste tan sabio? Mateo sonrió. Tengo una buena maestra. Esa noche Galilea no pudo dormir. Se quedó despierta pensando en la propuesta de Carlos, en las palabras de su hijo, en la conversación con Víctor en la cafetería. Todo parecía estar conectado de alguna manera que apenas empezaba a comprender. A las 2 de la mañana tomó su teléfono y escribió un mensaje a Víctor. ¿Sigues despierto? La respuesta llegó casi inmediatamente.
Sí. ¿Qué pasa? Me ofrecieron un programa sobre conversaciones honestas entre personas con conflictos, como lo que pasó entre nosotros. Hubo una pausa más larga antes de la siguiente respuesta. ¿Y qué vas a hacer? No lo sé. ¿Tú qué harías? Otra pausa. Creo que harías algo hermoso con eso, pero solo si es lo que realmente quieres, no porque sientas que tienes que aprovecharlo. ¿Cómo sabes siempre qué decir? No siempre lo sé. Por eso me tomó 30 años disculparme contigo.
Galilea rió suavemente en la oscuridad de su habitación. Gracias, Víctor, por todo. Gracias a ti, Gali, por enseñarme que está bien quitarse la máscara de vez en cuando. Galilea dejó el teléfono en su mesa de noche y finalmente se durmió con una sensación de paz que no había sentido en años. No había tomado una decisión sobre el programa todavía, pero sabía que sin importar lo que eligiera, estaría bien, porque había aprendido algo valioso en esas dos semanas turbulentas, que la perfección era una prisión y que la vulnerabilidad, aunque aterradora, era el camino hacia la libertad.
Y por primera vez en su carrera, Galilea Montijo se sentía verdaderamente libre. El Teatro Metropolitan en la Ciudad de México estaba lleno hasta el último asiento. Era una noche de octubre, seis meses después del incidente que había cambiado tantas cosas. Las luces del escenario se atenuaron y un murmullo de anticipación recorrió al público. Galilea Montijo apareció desde detrás del telón usando un vestido sencillo color negro y su cabello recogido en un moño elegante. No era la Galilea del programa Hoy con su energía explosiva y su sonrisa de mils, era una versión más tranquila, más centrada de sí misma.
Buenas noches”, dijo al micrófono y su voz resonó en el teatro con calidez. Gracias por estar aquí en esta primera grabación de Conversaciones sin filtro. Los aplausos fueron entusiastas. Durante los últimos meses, el programa había generado muchísima expectativa. Después de aceptar la propuesta, Galilea, había trabajado incansablemente con un equipo de psicólogos y productores para crear un formato que fuera respetuoso pero honesto. “Esta noche tenemos un invitado muy especial”, continuó Galilea. alguien que no solo fue parte del momento que inspiró este programa, sino alguien que me enseñó que la vulnerabilidad no es debilidad.
Por favor, reciban a Víctor Trujillo. Víctor salió al escenario y la audiencia estalló en aplausos. No venía como Brozo, venía como él mismo. Jeans oscuros, camisa blanca, el cabello gris peinado hacia atrás. Se veía relajado, casi sereno. Se dieron un abrazo genuino antes de sentarse en las dos sillas que estaban en el centro del escenario, una frente a la otra, con una pequeña mesa entre ellas que sostenía dos vasos de agua. “Víctor, gracias por estar aquí”, dijo Galilea cuando los aplausos finalmente cesaron.
“Gracias por invitarme”, respondió él. Aunque tengo que admitir que estoy un poco nervioso, no porque esté frente a una audiencia, eso lo he hecho mil veces, sino porque sé que aquí no puedo esconderme detrás de Broso. ¿Te has escondido detrás de él toda tu vida? Víctor consideró la pregunta cuidadosamente. No toda mi vida, pero sí la mayor parte de mi carrera. Broso me dio una voz, una plataforma, una forma de decir cosas que Víctor Trujillo no se atrevía a decir, pero con el tiempo la línea entre nosotros se volvió borrosa.
Ya no sabía dónde terminaba el personaje y dónde empezaba yo. Y ahora lo sabes. Ahora entiendo que siempre fuimos la misma persona. Broso es solo una parte de mí amplificada. las partes cínicas, críticas, irreverentes. Pero yo también soy el papá que llora en las graduaciones de sus hijos, el hermano que ayuda a su familia, el hombre que se arrepiente de las palabras hirientes que dijo. Galilea asintió y había una profunda comprensión en sus ojos. Cuando aceptaste venir al programa hoy, hace 6 meses, ¿realmente esperabas que las cosas salieran como salieron?
Víctor rió suavemente. No, para nada. Tenía este plan romántico en mi cabeza donde yo llegaba. Decía mi discurso perfecto de disculpas. Tú aceptabas con gracia. Nos dábamos un abrazo y todos llorarían de emoción. Pero en lugar de eso, en lugar de eso, ambos mostramos nuestras peores versiones y paradójicamente creo que fue lo mejor que pudo pasar. explica eso. Víctor se inclinó hacia adelante con los codos en las rodillas. Mira, si todo hubiera salido según mi plan perfecto, habría sido lindo, pero falso, porque el dolor real, el resentimiento real todavía habría estado ahí, solo cubierto con una capa bonita de perdón televisivo.
En cambio, cuando todo explotó, cuando ambos dijimos las cosas feas que realmente pensábamos, finalmente limpiamos la herida. Y solo cuando la limpiaste es que puede sanar de verdad. El público escuchaba en completo silencio. Esto no era entretenimiento frívolo, era terapia pública, cruda y honesta. ¿Te arrepientes de algo de lo que dijiste ese día?, preguntó Galilea. Me arrepiento del tono. Me arrepiento de haber sido condescendiente, pero no me arrepiento de la verdad detrás de mis palabras. Tú usas tu imagen Gali y no hay nada malo en eso.
Eres hermosa y carismática y esos son dones reales. Mi error fue implicar que eso era todo lo que eras. Galilea sonrió con apreciación. Y yo me arrepiento de haberte atacado personalmente, de burlare de tu apariencia cuando estabas vulnerable. Fue cruel y lo hice porque quería lastimarte como me habías lastimado a mí. Y lo lograste, admitió Víctor. Me lastimaste, pero también me hiciste ver que no soy tan duro como pretendo ser. Y esa fue una lección necesaria. Hubo un momento de silencio cómodo entre ellos antes de que Galilea hiciera la siguiente pregunta.
Hemos sanado. Realmente Víctor lo pensó antes de responder. Creo que estamos sanando. No es algo que sucede de la noche a la mañana. Algunos días me despierto y todavía siento resentimiento por cosas que pasaron hace años y estoy seguro de que tú también. Pero la diferencia ahora es que reconocemos esos sentimientos en lugar de fingir que no existen o de explotarlos en televisión nacional”, agregó Galilea con una sonrisa irónica. Bueno, solo lo hacemos una vez. Dos sería excesivo.
El público rió y la tensión en el teatro se disolvió un poco. ¿Qué le dirías a alguien que está cargando resentimiento hacia otra persona?, preguntó Galilea. Alguien que se identifica con lo que nos pasó a nosotros. Víctor tomó un sorbo de agua antes de responder. Les diría que el resentimiento es como tomar veneno y esperar que la otra persona se muera. Te lastima más a ti que a ellos. Pero también les diría que el perdón no es algo que le debes a la otra persona, es algo que te debes a ti mismo.
Y que el perdón no significa olvidar o pretender que no te lastimaron, significa decidir que ya no vas a dejar que ese dolor controle tu vida. Eso es muy sabio. Dijo Galilea suavemente. Lo leí en un libro de autoayuda, bromeó Víctor. Pero en serio, es algo que he tenido que aprender a practicar. No solo contigo, sino con muchas personas en mi vida, incluyendo conmigo mismo. Galilea se volvió hacia la audiencia. ¿Saben qué es lo que más me ha sorprendido de estos últimos 6 meses?
La cantidad de personas que me han contado sus propias historias. Mujeres que han sido menospreciadas en sus trabajos. Hombres que se esconden detrás de sus profesiones o sus personajes. Familias rotas por palabras que se dijeron en momentos de rabia. Todos cargando dolor y fingiendo que todo está bien. Es la epidemia silenciosa de nuestro tiempo, agregó Víctor. Todos sufriendo solos, porque nos da miedo ser vulnerables. ¿Y qué cambió para ti? preguntó Galilea. Después de todo esto, Víctor miró al techo del teatro por un momento, recolectando sus pensamientos.
Brozo sigue siendo parte de mí. Sigo haciendo mi programa en Latinus. Sigo siendo crítico. Sigo usando el humor ácido. Pero ahora hay una conciencia diferente. Antes de hacer un comentario hiriente, me pregunto, ¿es necesario, estoy diciendo esto porque es verdad o porque quiero sentirme superior? Y a veces la respuesta honesta es la segunda opción y entonces me callo. Eso debe ser difícil para alguien cuya carrera se construyó en nunca callarse, observó Galilea. Es difícil, pero también es liberador porque resulta que puede ser gracioso y crítico sin destruir a las personas.
¿Quién lo hubiera pensado? Galilea rió genuinamente, y yo aprendí que no tengo que ser perfecta todo el tiempo, que puedo tener un mal día, puedo decir algo equivocado, puedo mostrar mis inseguridades y el mundo no se va a acabar. De hecho, la gente se identifica más conmigo ahora que cuando pretendía tenerlo todo bajo control. Es irónico, ¿verdad?, dijo Víctor. Pasamos años construyendo estas versiones perfectas de nosotros mismos. Y resulta que la gente prefiere lo real. Se miraron a los ojos por un largo momento y en ese intercambio había comprensión mutua, respeto y algo que podría llegar a ser amistad con el tiempo.
Última pregunta, dijo Galilea. ¿Qué le dirías a la Galilea del programa Hoy de hace 6 meses, justo antes de que entraras al foro? Víctor sonrió con calidez. Le diría que respire. que lo que está a punto de pasar va a ser incómodo y doloroso, pero también necesario, que está bien no tener todas las respuestas y que del otro lado de ese momento difícil hay crecimiento esperándola. ¿Y tú qué le dirías al Víctor de hace 6 meses? le diría que está bien quitarse la máscara, que la gente no te va a querer menos por ser vulnerable
y que la mujer con la que está a punto de tener ese encontronazo televisivo va a terminar enseñándole más sobre sí mismo que 30 años de introspección. Galilea sintió lágrimas formándose en sus ojos, pero esta vez no las escondió. Gracias, Víctor por todo, por las disculpas, por las confrontaciones honestas, por el café sin cámaras y por estar aquí hoy. Gracias a ti, Gali, por ser valiente suficiente para mostrar tus grietas, porque ahí es donde entra la luz.
se pusieron de pie y se abrazaron de nuevo. Y esta vez el abrazo fue más largo, más significativo. El público se levantó en una ovación de pie que duró varios minutos. Cuando las luces del teatro finalmente se encendieron y la grabación terminó, Galilea y Víctor se quedaron en el escenario un momento más, solo existiendo en ese espacio donde dos personas que alguna vez se lastimaron habían encontrado una forma de coexistir. No era un final de cuento de hadas, era mejor, era real.
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