Llevaba 5 años manteniendo una relación oculta con Vivian Show, la amiga adinerada de mi madre. De pronto, mamá anunció, “Esta noche Vivian vendrá con ese novio misterioso que ha ocultado durante 5co años para presentárnoslo. ¿Y tú no tienes alguna pareja secreta? ¿Dónde está ella?” indagó. Me quedé mudo al instante. Inventé una disculpa rápida y me encerré en mi cuarto para marcarle a Vivian. Colgó y mandó un texto. Estaba en junta. Timbraron. Abrí y ahí estaba Vivian del brazo de un chico joven.
Al verme se quedó tiesa. Su sonrisa se endureció mientras preguntaba, “¿Qué haces aquí? ¿Es mi hijo? ¿Dónde más estaría? Qué pregunta tan extraña”, intervino mamá de inmediato, avanzando para invitar a pasar a Vivian y a su acompañante. Durante todo el rato, Vivian me lanzaba miradas desesperadas, rogando en silencio que siguiera el juego. Ver sus gestos tan cercanos me revolvió las entrañas, pero igual forcé una sonrisa en la cena. Conversaban y reían con naturalidad. Vivian aceptaba sin reparo los bocados de pasta que el muchacho le ofrecía.
Ni una vez me miró. Conteniendo la ira, mantuve la calma. Hasta agregué al tal Leo en Facebook. Al fin terminó la comida. Recogí la mesa a toda prisa y volví a mi habitación. Tomé el móvil ansioso por una justificación lógica de Vivian, pero su llamada no llegó hasta bien entrada la noche. No aguanté más. La llamé. Sonó eternamente hasta que contestó, “¿No piensas que me debes una explicación?” Solté silencio al otro lado. Justo cuando mi furia iba a estallar, la voz de Vivian surgió pausada y calmada.
Engañarte fue mi fallo, pero todo tiene un motivo. Un motivo? Explícamelo entonces. Dije enfurecido. Pero Vivian hizo como si no oyera. Otro silencio largo llenó la línea. Una onda impotencia me invadió. Siempre igual, ante cualquier conflicto se cerraba esperando que pasara solo, lo que solo me enfurecía más. Tras un silencio agobiante, Vivian habló al fin. Tengo pendientes. Cuelgo. Y colgó. Al oír el tono, sentí un nudo en la garganta. Apenas podía respirar. Durante 5 años la cuidé con esmero, la valoré y la quise, pero seguía siendo el amante escondido en su vida.
Nunca me permitió entrar en su mundo. Nuestras citas eran siempre en sitios donde nadie nos conocía. Quizás por mi madre, quizás por otros motivos. Sumido en reflexiones, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Leo. El novio joven de Vivian. envió la ubicación de una joyería. Confundido, llegó el siguiente. Evan Vivian pidió que recogieras mañana el anillo a medida en la tienda. Las palabras de Leo avivaron una chispa de esperanza en mí. No importó la hora. Me puse una chaqueta y salí disparado.
Pronto estuve en la joyería. El dependiente me vio y me dio rápido una caja con un anillo personalizado. Debe ser Leo. Vivian llamó antes. Dijo que te lo entregáramos al llegar. Son diamantes sudafricanos premium. cada uno de siete kilates. Y en el interior de ambos anillos grabamos los nombres de Vivian y el tuyo, como pidió. Me quedé helado, tomé el anillo y lo inspeccioné con detalle. La palabra love estaba grabada con elegancia en el interior, en una tipografía estilizada.
La letra era preciosa y sentí como si me perforara el corazón. Permanecí callado largo rato, pero esta vez sin rabia, sin ganas de confrontarla, sin histeria. Guardé el anillo con calma y agradecí al dependiente. Al salir tomé un taxi directo a la empresa de Vivian. Vivian era workaholic y su equipo solía quedarse hasta tarde. Al llegar, un grupo de colegas murmuraba. Apuesto que Vivian está con ese nuevo Leo. Claro, los vi salir juntos anoche. Leo es otro nivel.
La enganchó en pocos días. Escuché un rato hasta que se abrió el ascensor detrás y salió Vivian. me vio en medio del grupo. Al oír los comentarios de las mujeres, furia y vergüenza brillaron en sus ojos. ¿De qué diablos hablan? A trabajar. Esto no es sitio para cotilleos. El grupo se dispersó cabisbajo y rápido. Luego se giró hacia mí. Ven. La seguí a su oficina. Evan, ignóralos. Leo y yo fuimos a casa por unos papeles. No pasó nada, explicó Vivian.
Te creo. Vivian suspiró aliviada. empezó a preguntar por qué había ido, pero pareció arrepentirse y bajó la vista. Sin rodeos saqué la caja del anillo de mi mochila y la puse delante. Al verla, Vivian alzó la cabeza brusco con culpa en el rostro. ¿Cómo lo obtuviste? ¿Lo abriste? Me reí suave. No, Leo dijo que pediste que lo recogiera, así que lo hice. Pero por su origen, supongo que es para alguien muy especial. Vivian parpadeó, luego tomó la caja con delicadeza, asintió con una sonrisa tierna leve.
Sí, alguien muy especial. Aunque ya había decidido apartarme, oír eso me dolió fuerte en el pecho. No quise quedarme más. Temía romper en llanto. Con voz ronca dije, “Es tarde. Me voy.” Pero Vivian parecía no notarlo. Solo miraba la caja, sonriendo leve y murmurando. El trayecto a casa no era largo, pero arrastraba los pasos. Anhelaba que Vivian apareciera atrás, me abrazara y susurrara, “Evan, todo esto es para darte la boda perfecta.” Pero al llegar a mi edificio, Vivian no había mandado mensaje ni llamado.
Respiré hondo. En ese instante supe que lo nuestro acababa. Mamá ya dormía. Al entrar fui a mi cuarto planeando descansar, listo para cortar con Vivian al día siguiente. Inesperadamente, apenas crucé la puerta, Vivian me envió dos fotos. Las abrí. Eran de tarjetas gráficas. Los modelos más nuevos de dos marcas top. Seis meses atrás le había dicho a Vivian que quería una para mi cumpleaños. No era que no pudiera comprarla. Entonces me ahogaba en inseguridades. Necesitaba que ella se esforzara por mí para probar que aún me quería.
Pero solo respondió impaciente. Solo piensas en jugar. No puedes enfocarte en ganar dinero en vez de perder tiempo en eso. Después no lo mencioné más. Jamás pensé que ahora me enviaría capturas de ellas. Le respondí con un signo de interrogación, contestó casi al instante. ¿Cuál crees que es mejor para regalar a un chico? Tal vez por ser un tema que dominaba o por otra cosa, respondí rápido. Expliqué specs y diferencias en serio. Pareció contenta. Chateamos hasta pasadas las 3 cuando dijo que debía dormir, que hablaríamos mañana.
Mi corazón dio un salto con esperanza tonta. Instintivamente pensé que hacía todo para disculparse, planeando regalarme algo tan caro, pero de pronto algo me golpeó. Abrí el perfil de Facebook de Leo. Desplazándome me congelé. Cuando alguien te ama, sabe todas tus preferencias. La imagen adjunta mostraba el móvil de Vivian confirmando una orden en una app de compras. Los íems eran exactamente las tarjetas de las que hablamos. Me quedé mudo, paralizado largo rato antes de reaccionar. Fui al perfil de Leo y comenté en su post, “Les deseo una vida llena de felicidad juntos.
Iba a dejar el teléfono para dormir, pero Vivian llamó de inmediato. Evan, ¿estás loco? Es solo una tarjeta gráfica. ¿Qué pasa con tu comentario? ¿Quieres una? Dímelo y te la compro. De verdad era imprescindible tanto alboroto. Fue la primera ocasión en que Vivian estallaba realmente conmigo, pero mientras más se enfurecía ella, más sereno me sentía yo. Lo interpretaste equivocado. Lo afirmaba con sinceridad. Les auguro dicha. Expresé con tranquilidad. La voz de Vivian al otro extremo temblaba. Después de un prolongado silencio, indicó.
Acude mañana a mi despacho. Te lo aclararé todo. Temprano al siguiente día llegué al edificio de la compañía de Vivian. Precisamente cuando estaba por ingresar, observé a Vivian conduciendo a Leo hacia su vehículo y partiendo con él. Tragué en seco, pero no pronuncié palabra. Al voltearme para marcharme, mi móvil vibró. Un texto de Vivian. Dirígete a mi oficina y llévame la caja de obsequio. Tengo un asunto crucial que atender hoy. Te detallaré después. Bajo el mensaje. Una dirección.
Una hacienda era el sitio donde celebramos nuestra inicial cita. Entonces ella mencionó que debíamos unirnos en matrimonio allí, que rebosaba de memorias. De forma ingenua creí que en verdad lo haríamos, pero ahora ya no experimentaba nada de aquello. Me encaminé al área reservada de Vivian y recogí la caja de regalo de su mesa. Al girarme para partir, oí de nuevo a empleados cotilleando. Hoy es el onomástico de Leo. Apenas te das cuenta, Vivian lo llevó a festejar.
Afirman que le adquirió un sutomóvil de millones. Dios, qué celos de Leo. Celos. Si conocieras cómo es Vivian cuando está con alguien. Dicen que Leo acabó cubierto de señales. Yo hasta percibí algo por allí, pero en fin. Me paralicé un instante. Luego emití una carcajada agria. Evan, Evan, ¿qué anticipabas? Ha sido una farsa desde el inicio. Tomé un taxi a la hacienda. Pronto arribé. No había avanzado mucho cuando vi a Vivian riendo y jugueteando en el pasto con su círculo de amigos.
Al aproximarme todos se giraron, sus miradas cargadas de menosprecio y desdén, un tonto sin honor acechando a Vivian yendo y viniendo a su capricho. “Dame la caja”, expresó Vivian. Su tono gélido arrebatándomela de las manos. La abrió, verificando que la llave del superomóvil estuviera allí. Complacida, la cerró. “Gracias, Evan. No hablé, solo la contemplé. Alar que no me desplazaba, arrugó el entrecejo. ¿Qué? ¿Algo más? Afirmaste que hoy lo aclararías. Mis frases parecieron avivar a Vivian. Evan es el cumpleaños de Leo.
Tienes que estropearme el día. Solo sonreí. Sereno. No es eso. Solo deseaba informarte que hemos finalizado. Nada más. Vivian se quedó observándome. Su rostro no fue de asombro, ni de sufrimiento, ni siquiera de ira. Fue alivio, como si mi dimisión la exhonerara de una obligación antigua que jamás deseo saldar. Inhaló como si fuera articular algo, pero al final solo susurró un escueto. Gracias y se volvió regresando con sus amigos, con Leo. Yo me quedé allí erguido por unos instantes, inmóvil, sintiendo como la brisa me rozaba la nuca, como si la hacienda, ese lugar que antes era nuestro refugio, ahora me rechazara con su apatía.
Me di la vuelta y caminé hacia la salida. No miré atrás. No precisaba hacerlo. Sabía que nadie me estaba persiguiendo. Al llegar al taxi, el chóer, un hombre de edad, calvo y con bigote abundante, me observó por el espejo retrovisor. Todo en orden, joven. Asentí. No me surgía la voz. Durante el recorrido, el mutismo dentro del auto se volvió casi insoportable. El sujeto tenía la radio activada con una melodía suave, pero cada vocablo que emanaba de los parlantes me hería un poco por dentro.
Pedí que la desactivara. Él acató sin comentar nada. Cuando arribé a casa, mamá ya estaba despierta. Estaba sentada en el sofá con una taza de café entre las manos, aún con bata casera. Su cabello oscuro, con algunas canas notorias en la raíz, estaba recogido en un moño desaliñado. Al verme ingresar, entrecerró los ojos. ¿Dónde estabas? Paseando respondí sin pausar. Y ese traje arrugado. Estuve en una junta. Mentí de nuevo. Ya era habitual. Subí a mi habitación y cerré la puerta.
No encendí la luz, me senté en la cama y permití que el peso del día me oprimiera. El móvil vibró una vez. Era un mensaje de Vivian. Avísame cuando llegues. Lo ignoré. Apagué el teléfono. Por fin, tras años, me permití permanecer en silencio con mis propios pensamientos, sin la anticipación de que ella surgiera para excusar, minimizar o manipular. Dormí sin visiones. Al día siguiente evité a mamá todo lo posible, pero por la noche, mientras calentaba algo en el microondas, ella me miró fijo desde la mesa.
Evan, ¿qué ocurre contigo últimamente? Nada. ¿Sigues relacionándote con alguien? No era alguien que yo conozca. La tensión en mi espalda se volvió roca. Tragué en seco. Intenté eludir sus ojos, pero ella persistía. ¿No tendrás algún enredo con alguna de mis amigas, verdad? Solté una risa seca, casi involuntaria. Ella alzó una ceja. ¿Por qué esa expresión? Porque sería una demencia. Dije con un tono más áspero de lo que intentaba. Ella me observó por unos segundos más, luego se levantó, tomó su taza vacía y dijo, “A veces tienes una mirada que me aterra como si cargaras con algo demasiado pesado para tu edad.” No respondí.
Me fui a mi cuarto, cerré la puerta y me miré al espejo. ¿Qué veía ella? Un hombre joven, sí, 26 años, cabello oscuro, algo revuelto, barba naciente, porque ya no me importaba rasurarme todos los días. Pero debajo de todo eso había un agotamiento que no se explicaba con cifras, una mezcla de humillación, decepción y esa clase de melancolía que se anida en los huesos. Volví a activar el móvil. 17 mensajes sin contestar. Todos debivían. Los eliminé sin leer.
Ya no deseaba ser el secreto de nadie, ni el alivio, ni la justificación. Solo quería evaporarme de la vida de todos los que alguna vez me hicieron sentir inexistente. Y para eso el primer paso era quedarme totalmente solo. Transcurrieron tres días en los que me desplaé como un espectro dentro de la casa. Mamá me escrutaba de reojo, fingiendo no hacerlo, pero yo percibía su mirada cada vez que cruzaba el pasillo. Apenas conversábamos. No sabía si me atemorizaba su intuición o su posible frustración.
Una tarde, mientras laboraba en la laptop, dejé el teléfono sobre la mesa del comedor. Vibró. No le presté atención hasta que oí su voz detrás de mí. ¿Quién es Vivian Show? Giré bruscamente. Mamá sostenía el móvil en la mano. En la pantalla una alerta de mensaje. Evan, por favor, necesito verte. El silencio se volvió tan denso que podía oír el tic tac del reloj de pared. Su rostro mutó. Primero, incredulidad. Luego Col era reprimida. No puede ser, murmuró casi para sí misma.
Por eso esas ausencias, esas falsedades. Me puse de pie, pero ella alzó la mano demandando una aclaración. ¿Desde cuándo?, preguntó con los ojos acuosos. Hace años, respondí apenas audible. Años. Con ella repitió con un tono tan herido que me hizo encoger los hombros. La taza que tenía en la otra mano tembló. Era mi amiga Evan, mi mejor amiga. Te vi crecer frente a ella. Su voz se quebró. ¿Cómo pudo? ¿Cómo pudiste tú? No tuve una respuesta. La culpa me oprimía el pecho.
No la planeé, mamá. Ocurrió y me quedé atrapado. Atrapado o cómodo, interrumpió con aspereza. Sus palabras me impactaron más que cualquier alarido. Intenté aproximarme, pero dio un paso atrás. No quiero oírte ahora. se llevó la mano a la frente temblorosa. Necesito comprender cómo me convertí en una burla para ustedes. Me quedé quieto, viéndola alejarse hacia su habitación. Cerró la puerta sin mirar atrás. Esa noche no dormí. Abrí una por una las fotos que Vivian me había enviado en los últimos años.
Las fugas de fin de semana, las risas escondidas, los textos a medianoche. Todo eso ahora me parecía parte de un sainete ridículo. En cada imagen ella sonreía con esa gracia innata, cabello rubio, siempre perfectamente planchado, ojos verdes fríos, casi de cristal, mientras yo aparecía en las sombras, desenfocado, literalmente invisible. Al alba decidí realizar algo que debía haber hecho desde el comienzo, confrontarla. Le escribí, “Ven a mi casa. Mi madre ya lo sabe, no más engaños. No tardó ni 5 minutos en responder.
Voy en camino. La espera se hizo interminable. Cuando sonó el timbre, mamá ya estaba en la sala de brazos cruzados. Su expresión era la de una mujer que había pasado de la pena al puro hierro. Abrí la puerta. Vivian estaba allí vestida impecablemente con ese aroma costoso que siempre dejaba huella. Su rostro estaba pálido, los labios tensos. Evan, ¿podemos platicar a solas? susurró mamá respondió antes que yo. No, si vas a decir la verdad, la dices aquí.
Vivian tragó en seco. Intentó conservar la compostura. Fue un hierro, Helen. Yo no imaginé que esto llegara tan lejos. 5 años, Vivian. La voz de mi madre fue afilada. 5 años no son un hierro, son una elección mantenida. Vivian bajó la cabeza. Por primera vez la vi y tuve ar. Yo lo amaba”, murmuró mamá. Rió una risa hueca. “Amor, no, querida, lo que tú haces no tiene nada de amor. Es dominio, siempre lo fue. Nadie habló después.
Vivian me miró un momento, los ojos acuosos y dijo en voz baja, “¿No sabes cuánto lo lamento?” Mamá la apuntó hacia la puerta. Fuera de mi casa, Vivian salió sin replicar. La puerta se cerró con un sonido seco que retumbó dentro de mí como un cierre definitivo. Mamá no me miró, solo dijo, “Si alguna vez creíste que ella te veía como un par, acabas de hallar la realidad. ” Subió las escaleras pausadamente, dejando su taza vacía sobre la mesa.
Esa taza con el borde astillado fue lo último que oí antes de que el mutismo retornara. Dos semanas después de aquella escena, la casa se sentía hueca incluso cuando mamá estaba en ella. Hablábamos lo indispensable. Ella ya no preparaba para los dos, ni me inquiría a qué hora regresaría. El silencio se había vuelto un lenguaje compartido. Yo había retomado mi rutina laboral intentando fingir normalidad, pero cada vez que timbraba el teléfono, una parte de mí seguía aguardando verla surgir.
Era un reflejo, una costumbre, y las costumbres, más que los afectos, son las que más laeran cuando terminan. Una tarde, al volver del trabajo, hallé un ramo de flores en la puerta de mi apartamento, girasoles y rosas blancas envueltos con un lazo plateado. Había una tarjeta pequeña entre los tallos. Lo lamento. Si pudiera revertir el pasado, lo haría. Ve. El corazón me dio un vuelco. Las flores tenían su perfume, ese aroma lujoso y casi intangible que siempre me evocaba los hoteles, los misterios, las promesas que quedaban en el aire.
Las guardé dentro. Me quedé observándolas sobre la mesa, indeciso entre preservarlas o incinerarlas. Al final las coloqué en un vaso simple, sin florero, sin esmero, no sé por qué, pero me sentí absurdo, como si ese detalle suyo llegara con retraso, como todo lo que hizo. A los pocos días, una alerta me sacó de mis reflexiones. Una imagen subida por Leo. Él y Vivian riendo en la terraza de un local sofisticado. Ella lucía el mismo vestido que yo le obsequié para su cumpleaños hace dos años.
En la leyenda él había puesto, “A veces la alegría aparece cuando menos la aguardas”. Leí los comentarios uno a uno. Qué pareja hermosa. Ideales juntos. Les deseo lo mejor. Y ahí entendí que esas flores no eran una súplica de disculpa, eran un final, una manera refinada de aliviar su remordimiento. Esa noche mamá entró a mi cuarto. Te dejaron flores dijo en voz baja. Ya las vi de ella en ti. No las deseches aún, murmuró. A veces hasta el acto erróneo ayuda a comprender quién ya no debe permanecer en tu vida.
se retiró sin más, dejándome con el eco de esas frases que herían más de lo que intentaban aliviar. El fin de semana salí a pasear por el centro. Llovía, las calles solían a pavimento húmedo y café económico. Pasé por el mismo café donde solíamos vernos Vivian y yo, siempre en la misma mesa al fondo. Sin reflexionar, entré. El sitio estaba casi desierto. Me acomodé en nuestro rincón pidiendo un café. Solo la mesera, una chica joven de pelo castaño y sonrisa genuina, me miró y dijo, “Hace rato que no venía.
Le traigo lo habitual. ” ¿Cómo lo sabes? Porque ella siempre ordenaba primero, pero usted era quien lo acababa. Respondió con una sonrisa sutil. No supe qué replicar. Mientras agitaba el café, vi un sobre bajo el salero. Estaba dirigido a mí. Mi nombre escrito con la letra fina de Vivian. Dentro una nota corta. No sé cómo seguir siendo yo sin herir a los demás. Perdón si alguna vez te hice pensar que podía querer de otro modo. Cuídate. La guardé de nuevo en el sobre y la dejé allí.
Me levanté, aboné la cuenta y salí. La lluvia había parado, pero las calles seguían mojadas, reluciendo con el brillo de las luces. De vuelta a casa, decidí que esa sería la última vez que reaccionaba a un detalle suyo, incluso en mi mente. No merecía tanto lugar en mis recuerdos. Esa noche arrojé las flores al basurero. Los pétalos estaban frescos todavía, como si se negaran a ajarse. Igual que las falsedades que me había dicho. Por primera vez no sentía ñoranza, solo un agotamiento hondo y una paz rara, la misma que surge cuando se acepta que algo concluyó de veras.
La mañana siguiente, a desechar las flores, me desperté más ligero, no alegre, no transformado, pero menos agobiado, como si al fin hubiera sellado una ventana por donde siempre entraba el frío. Llegué a la oficina minutos antes de lo usual. Aún no se oían las teclas ni los susurros del resto del grupo. Me serví un café en la cocinita y me senté ante la pantalla intentando chequear emails sin evocar a Vivian, a Leo, a mamá. Pero ahí estaba todo oculto en cada asunto del buzón como un virus que no se elimina fácilmente.
Fue entonces cuando la vi por primera vez. Una mujer de unos 25, tal vez 26 años, piel morena clara, cabello rizado, recogido en una cola alta, ojos grandes y expresivos, llevaba una carpeta llena de papeles y una mochila colgando de un hombro solo. Sonreía para sí como si llevara una melodía interna. se paró frente a mi escritorio. “¿Tú eres, Evan?” “Sí.” Sofía extendió la mano. Me asignaron al nuevo equipo de logística. Su apretón fue firme, cálido. No había nada provocador ni confuso.
Era directo, sincero. Le indiqué dónde estaba el puesto asignado. Durante el resto del día cruzamos frases breves. Me sorprendió lo natural que era charlar con ella. No necesitaba calibrar mis palabras ni decifrar significados ocultos. Cuando reía, lo hacía con todo el cuerpo, sin ese matiz reprimido y distante que me habitué a tolerar con Vivian. En el receso del almuerzo nos topamos en la cocina. Ella comía yogur y leía algo en su móvil. ¿Eres de aquí? Le pregunté.
No, de Córdoba, respondió sin dejar de sonreír. Me mudé hace poco. Necesitaba reiniciar. Escapando de alguien, se rió. No, todos lo hacemos. Me reí también por instinto, pero esa frase me quedó resonando. Durante los días siguientes empezamos a comer juntos, a veces en el comedor de la empresa, otras en una cafetería cercana. Hablábamos de temas simples, películas malas, clientes insoportables. El tiempo, con ella el tiempo se sentía distinto. No pasaba lento ni rápido, solo fluía. Una tarde al salir del trabajo me ofreció llevarme en su auto.
Era un coche viejo con una pegatina de “No me toques que me rompo.” En el vidrio trasero subí y el interior olía a menta y papel. “¿No te molesta si pongo música?” Tale. Puso una lista de canciones que iban desde jazz hasta Roca argentino de los 80. Cantaba bajito, sin preocuparse por entonar. De repente me di cuenta de que la observaba. No por deseo, era otra cosa. Me atraía su presencia plena. No necesitaba aprobación. No buscaba foco, solo existía y eso era lo más extraño y bello que había visto en años.
Me dejó frente a casa. Antes de bajar me miró con seriedad por primera vez. Evan, no sé qué cargas encima, pero cuando hablas a veces parece que temés que el mundo se derrumbe si respiras muy hondo. La miré sin saber qué decir. No te lo digo por mal, pero si alguna vez querés descargarte eso, no me molesta oírte. Asentí. Ella sonrió y luego agregó, “Mientras tanto, te presto mi playlist. Eso también alivia un poco.” Se fue. Me quedé ahí parado con el teléfono vibrando entre las manos.
Había compartido su lista conmigo. Abrí la app. La primera canción era Algo contigo de Charlie García. Reí solo. Era el tipo de detalle que no estaba habituado a recibir, uno que no ocultaba un propósito ni aguardaba una respuesta exacta. Esa noche no soñé con Vivian. Tampoco pensé en Leo, ni siquiera en mamá. Pensé en una playlist, un auto viejo y una mujer que sin intentarlo me había recordado que aún existía algo similar a la dulzura. Los días con Sofía se volvieron pequeños alientos.
Nada extraordinario había ocurrido entre nosotros, pero esa era justamente la diferencia. No había apuro, ni tensión oculta, ni ese juego tóxico de adivinar qué sentía el otro. Ella era una presencia constante, pero sin exigencia. Y sin embargo, como todo lo bueno en mi vida, duraba hasta que el pasado resolvía irrumpir. Una tarde, mientras salía de la oficina, recibí un mensaje inesperado de Vivian. Solo decía, “Necesito verte solo una vez, por favor.” Me quedé mirando la pantalla con una sensación rara.
No era enojo, no era melancolía, era una mezcla de curiosidad y cierre pendiente. Respondí, “Está bien, una vez decime dónde.” Me citó en un restaurante discreto lejos del centro. Lo conocía. Habíamos ido una vez cuando aún nos ocultábamos hasta de nosotros mismos. Fui puntual. Ella también llevaba un vestido beige, simple, sin maquillaje excesivo. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza que le caía sobre el hombro. No parecía la bibian ejecutiva e inalcanzable de siempre. Parecía más humana o quizás solo más agotada.
“Gracias por venir”, dijo con voz suave. No es una cortesía, es solo que prefiero comprender las cosas antes de dejarlas atrás del todo. Se quedó en silencio con los dedos entrelazados sobre la mesa. El mesero trajo agua, pero ninguno pidió comida. No sé por dónde empezar, confesó bajando la mirada. ¿Por qué no empiezas por decirme si alguna vez fuiste honesta? Me miró. Sus ojos verdes no estaban fríos, estaban húmedos. Lo fui, pero no siempre al mismo tiempo.
¿Qué significa eso? Significa que te quise cuando podía y me escondí cuando no, que deseé tenerte cerca, pero no estaba lista para asumir lo que eso implicaba. Que tu madre, que el mundo, que yo misma. Suspiró. Me asustó lo que eras para mí porque eras alguien real. No eras una ilusión, Evan. No eras un capricho y por eso me costaba más dejarte entrar. Pero igual lo hiciste, igual me tuviste como un secreto, como una sombra. Ella asintió.
Fui cobarde y eso no se borra con flores ni con cartas. La observé por primera vez. No sentí que quería abrazarla ni insultarla. Solo la veía como alguien que había hecho lo que podía con las herramientas equivocadas. Y Leo, Leo apareció en un momento en que yo ya había perdido lo que tenía contigo. Nunca fue una rivalidad, solo fue más simple. Me reí sin gracia. Yo no era simple, claro. Yo te pedía cosas reales. Ella asintió. Sus ojos seguían húmedos.
Te juro que lo intenté, pero lo nuestro se volvió una caja de cristal, hermosa, pero imposible de tocar sin romperla. Nos quedamos en silencio. El restaurante estaba casi vacío. Afuera empezaba a llover. Las gotas golpeaban el ventanal con ritmo pausado, como si marcaran el fin de una escena largamente aguardada. Entonces, ¿por qué me llamaste? Pregunté. Porque no quiero que pienses que te usé. Porque no eres un error en mi vida, Evan. Fuiste lo más genuino que tuve.
Aunque no supe sostenerlo, me puse de pie. Ya no importa lo que pienses de mí, lo que importa es lo que yo pienso de mí mismo ahora. Ella bajó la mirada. ¿Podés perdonarme? La miré largo rato antes de responder. Sí, pero eso no significa que vuelva. Vi como algo se quebraba en su expresión. No una grieta dramática, solo un leve hundimiento en los ojos, en la boca, como cuando uno se da cuenta de que perdió algo que creyó tener asegurado.
Me acerqué y le di un beso en la mejilla. Cuídate, Vivian. Me alejé del restaurante sin mirar atrás. La lluvia seguía cayendo, pero esta vez no me importó empaparme porque entendí por fin que la única forma de cerrar un ciclo no era con un portazo, era con un gracias sincero y un hasta nunca sin odio. Regresé del restaurante bajo una llovisna insistente, de esas que no empapan por completo, pero se perciben igual que un bofetón leve y continuo.
Avancé sin paraguas, con las manos metidas en los bolsillos mientras revivía cada frase que Vivian había pronunciado. No me escocía. Esta vez no era como si su voz ya no ocupiera dentro de mí. Al llegar a casa, mamá estaba en la cocina. Preparaba té de jengibre, ese que solía hacer cuando yo era niño y tenía fiebre. El vapor ascendía en espirales, impregnando el aire con un aroma cálido. No me miró al entrar, pero su voz rompió el silencio.
¿Fuiste a verla? Sí. Y me senté en la silla más cercana. Lo hablamos todo. Me pidió perdón. ¿Le creíste? Sí, pero no importa. Por fin me miró. Su rostro de rasgos definidos y mirada agotada estaba sin maquillaje. El cabello oscuro, con algunos hilos plateados más evidentes que nunca, caía suelto sobre los hombros. Tenía la expresión de alguien que cargó mucho sin expresarlo en voz alta. No me duele que te hayas enamorado de ella, Evan. Me duele que pensaste que no podías soportarlo.
No es que pensara eso, mamá. Solo no quise decepcionarte. Ella se acercó dejando la taza frente a mí. Te crié para ser libre, no para ocultarte. Pero tal vez no supe cómo estar cerca sin dominar. Vos la querías como amiga y vos la querías como mujer. Nos quedamos en silencio. La tensión se había disipado, pero quedaba esa incomodidad de los que intentan reconectarse después de un daño recíproco. ¿Te duele todavía? Preguntó sin mirarme. No como antes. Y Sofía.
Levanté la cabeza sorprendido. ¿Cómo sabes de ella? Te escuché hablar por teléfono. Tenías esa voz, la que usabas cuando todavía soñabas con algo. No pude evitar sonreír. Mamá también sonrió apenas. ¿Te cae bien?, pregunté. Todavía no la conozco. Pero si no te apaga, si no te oculta, si no te hace sentir menos, entonces ya me cae mejor que la anterior. Se acercó y me abrazó. Fue un gesto torpe, casi automático, pero auténtico. Yo no recordaba la última vez que me había abrazado así.
No te prometo entender todo, dijo cerca de mi oído. Pero sí quiero estar cerca sin juzgarte más. Eso me basta, susurré. Esa noche, antes de dormir, recibí un mensaje inesperado de ella. Mañana voy a verla. Tardé unos segundos en comprender. Era Vivian. Mamá quería confrontarla. ¿Estás segura? le respondí, “No por vos, por mí, porque merezco decirle lo que no dije.” No pude evitar sentir algo de nervios. Imaginé la escena. Dos mujeres fuertes con cicatrices propias, cara a cara, por primera vez desde que se rompió todo.
A la tarde siguiente, cuando volví del trabajo, mamá ya había ido a verla. Me esperaba en el comedor. Su mirada era firme, sus manos serenas. Fui. ¿Qué pasó? Le dije lo que tenía que decir y no le grité, no la insulté. Solo le dije que cuando uno rompe a alguien que lo amaba, no bastan las disculpas, que ella no traicionó solo a su amante, sino a una mujer que confió en ella cuando nadie más lo hacía. Tragué saliva.
Ella, ¿qué dijo? Lloró. Me pidió perdón. Dijo que se siente vacía. ¿Le creíste? Sí, pero eso no cambia lo que hizo y no cambia lo que vos merecés. La miré. Tenía la barbilla alzada, la dignidad intacta. Y ahora dijo, “Podés cerrar este capítulo sabiendo que yo también lo cerré. La abracé no por necesidad, sino por gratitud. Por fin, mi madre estaba siendo madre, no perfecta, no heroica, pero presente, y eso valía más que todas las explicaciones que nunca llegaron.
No sé si fue el abrazo de mi madre o verla enfrentarse a Vivian con la dignidad que yo no supe tener durante años. Pero algo cambió en mí después de eso. Me sentí más ligero, como si finalmente el pasado hubiera dejado de tener las llaves de mi presente. Empecé a salir más, a reír sin temor a que me duela. Y como si todo estuviera esperando a que yo bajara la guardia, Sofía empezó a ocupar más espacio en mi vida.
Era sutil. Me mandaba canciones cuando sabía que tenía un mal día. me regaló una planta pequeña para mi escritorio para que no se te muera el ánimo.” dijo riendo. Y me escuchaba no como alguien que quiere arreglarte, sino como quien simplemente quiere estar cerca cuando uno se desarma. Una tarde, mientras caminábamos por un parque, ella pateó una piedra sin querer y casi pierde el equilibrio. Me agarró del brazo riendo y se quedó un segundo aferrada a mí.
El contacto fue breve, pero electrizante. Nos sentamos en una banca. El sol bajaba lento detrás de los árboles. Sofía, con su chaqueta de mezclilla, el cabello recogido en un moño desordenado y unas ojeras suaves bajo sus ojos oscuros, se veía agotada, pero hermosa. No de revista, no de escaparate, hermosa de verdad, de esas que no se notan hasta que te curan algo. Evan dijo sin rodeos. No quiero ser una versión mejorada de otra persona. La miré sin entender del todo.
No quiero que estés conmigo si todavía pensas en ella. No como pasado, sino como posibilidad. Me quedé en silencio. No porque tuviera dudas, sino porque no. Esperaba que ella dijera lo que yo aún no me animaba a pensar. Sofía, no sos Vivian, sos todo lo que Vivian no fue. Ella negó con la cabeza. Eso no me basta. No quiero existir en comparación con nadie. Quiero ser elegida. No por lo que no soy, sino por lo que sí soy.
Sus palabras me dejaron expuesto porque tenía razón. Yo no estaba listo. Aún tenía grietas frescas, no sangraban, pero tampoco habían cerrado. Estoy aprendiendo a estar solo sin sentirme vacío le dije. Y recién ahora entiendo que amar no es aferrarse a alguien que te duele, sino saber cuándo alguien te hace bien de verdad. Ella bajó la mirada. Entonces termina de aprender. Y si algún día estás completo, volvé, pero no vengas a medias. se levantó, me besó en la mejilla, no como una despedida definitiva, sino como quien deja la puerta entreabierta.
Y se fue sin dramatismo. La vi alejarse con sus zapatillas gastadas y su andar relajado. No lloré, pero sentí un vacío distinto. No el de la pérdida, sino el de la conciencia. Sofía no era una historia de reemplazo, era una historia nueva que no merecían hacer con heridas viejas. Esa noche abrí una hoja en blanco en la computadora y empecé a escribir todo lo que nunca dije. Una carta para mí, para ella, para nadie. Una forma de vaciarme sin romper a nadie más.
Volver a la rutina sin Sofía fue distinto a volver sin Vivian. Con Sofía había una ausencia limpia, sin rencor, pero eso no hacía que doliera menos. Me sumergí en el trabajo, horas extra, tareas que nadie quería. Silencio. Era más fácil así. Nadie pregunta demasiado cuando pareces productivo. Una tarde cualquiera entré a la oficina y noté el ambiente extraño. Miradas cruzadas, murmullos que se callaban cuando alguien entraba a la sala de descanso, el tipo de tensión que se instala cuando algo grave flota en el aire, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta.
Fue Julián, uno de los más imprudentes del departamento de marketing, quien se acercó a mi escritorio con esa sonrisa cínica que me molestaba desde siempre. Che, ¿viste el video? ¿Qué video? Me miró con sorpresa, fingida. Pensé que ya te había llegado. El grupo lo tiene casi todo el piso. Alguien lo filtró. A ella se le fue de las manos. ¿A quién? Pero no hizo falta que respondiera. En ese mismo momento, mi celular vibró. Un mensaje de un número desconocido, solo un archivo de video.
Lo abrí. Vivían en un hotel con Leo. No mostraba nada explícito, pero bastaban las imágenes, los sonidos de fondo, el tono. Alguien había grabado desde una rendija. Lo peor no era lo que mostraba, sino el hecho de que existía. Me levanté sin decir una palabra. Fui directo al baño, cerré la puerta del cubículo, apoyé la frente contra la madera y respiré hondo. No era celos, no era tristeza, era indignación, vergüenza ajena y, en parte una culpa extraña, porque por más que ya no sintiera nada por ella, una parte de mí aún recordaba lo que fue mirarla como a alguien intocable.
Cuando salí, tenía siete llamadas perdidas de Vivian. No le contesté. Una hora después se presentó en mi trabajo. Entró sin pedir permiso, desarreglada, los ojos hinchados. Parecía haber llorado todo el día, el maquillaje corrido, el cabello suelto y revuelto, una campera negra que no era su estilo. Estaba deshecha. Evan, me dijo, eh, tomándome del brazo. Necesito hablar con vos. No es el lugar. No me importa. No tengo donde esconderme. La llevé fuera. Al estacionamiento, una llovisna ligera empezaba a caer.
Ella tiritaba, pero no se movía. No sabía que alguien nos grabó. No sabía que eso iba a circular. ¿Y por qué me buscas a mí? No soy tu abogado ni tu confesor porque no tengo a nadie. Porque a vos no te mentiría más. Porque vos siempre me viste como persona, incluso cuando yo no lo merecía, la miré fijo. ¿Querés que te defienda, que te consuele? No puedo. Ya no. Ella bajó la mirada. Solo quería que lo supieras, que no fue mi culpa.
No fue tu culpa que te grabaran, eso está claro. Pero el daño no empieza con ese video. Vivian empezó mucho antes. Cuando cruzaste límites que sabías que iban a romper cosas, ella empezó a llorar en silencio. No de forma dramática, no como la mujer altiva de antes. Era un llanto callado, desesperado. Estás pagando el precio de todo lo que construiste con ego y silencio. Ella asintió. No discutió. Perdón por volver, por pedirte algo cuando ya no puedo darte nada.
No respondí, solo me quedé mirándola. En algún lugar tal vez aún quedaba algo de ternura, pero no bastaba. La lluvia arreció un poco más. Ella se fue caminando sola, sin paraguas. Volví al edificio mojado y cansado. En el ascensor vi mi reflejo, barba crecida, ojeras marcadas, los ojos de alguien que ha dejado de esperar. Pensé en Sofía, en su voz firme, en su necesidad de no ser comparada y entendí que no podía dar nada si seguía arrastrando las ruinas de alguien más.
Quizás aún no era libre, pero estaba aprendiendo. Después del escándalo del video, la empresa entró en estado de murmullo permanente. Cada vez que alguien mencionaba a Vivian, lo hacía en voz baja, como si nombrarla en alto invocara un desastre. Nadie hablaba conmigo directamente del tema, pero todos sabían. Yo era el ex. el que había. Estuve con ella en secreto por años. El hombre que ahora deambulaba entre las ruinas con expresión de que todo aquello ya no lo afectaba, pero sí afectaba, solo que de forma distinta a antes.
Transcurrieron días sin que Vivian intentara comunicarse conmigo y eso, de alguna manera resultó un alivio. Una noche, tras una jornada agotadora, abrí una carpeta antigua en el ordenador. Dentro había capturas de pantalla, imágenes, audios, todo lo que conservé de esa relación. una especie de santuario digital al sufrimiento que había optado por no eliminar. Seleccioné todo. Lo borré sin ritual, sin ira, solo con vacío. Luego abrí un documento nuevo. Sentí la necesidad de escribirle. No a ella, a mí, a ese Evan de hace tiempo que se guardó palabras, que aguardó demasiado, que mezcló pasión con amor.
La carta fluyó sola. No fue tu culpa que ella no supiera amarte. Tampoco fue tu culpa haber permanecido más de lo debido. Amas con todo, aunque no te correspondan igual, pero ya es momento de dejar de ofrecerte a quien no sabe aceptar. Terminé de redactarla y la dejé allí. No la imprimí, no la firmé, no requería más. Apagué el ordenador, inhalé profundo. Entonces, mi móvil vibró. Sofía, pasé por tu calle, vi luz en tu ventana. ¿Estás despierto?
No lo dudé dos veces. Sí. Minutos después tocaron la puerta. Era ella con su chaqueta habitual, los rizos sueltos, una mirada calmada. No había enojo, ni nervios, ni demandas, solo ella, entera. Perdón por llegar sin avisar, dijo. Siempre me gustó que actúes por impulso. Entró sin invitación, se acomodó en el sofá, cruzó las piernas. Leí algo que decía, si alguien parte para encontrarse, no lo detengas, pero si regresa, atiende lo que trae. Me senté frente a ella.
Volví porque comprendí algo. No debo rescatarte. Pero sí merezco que no me arrastres con tus restos. No te arrastraré, no más. ¿Todavía piensas en ella? Pensar no equivale a esperar. Ya no espero nada de Vivian, ni rencor, ni cariño, solo nada. Entonces sí, dijo Sofía con una sonrisa sutil. Podemos comenzar. No nos besamos. No hubo banda sonora. No era una escena de cine, era algo superior, un diálogo sincero entre dos personas listas para protegerse. Charlamos hasta el amanecer, sobre todo menos sobre nosotros, como si ya no hiciera falta aclararlo.
Al irse me dijo, “No quiero juramentos, solo quiero cercanía, eso sí puedo ofrecerte. ” Me abrazó y esta vez no temí soltar el pasado porque entendí algo que Vivian nunca captó. Perdonar no es regresar. Perdonar es partir sin cargar el rencor y volver solo si hay vida fresca al otro lado. Tres meses después de aquella madrugada con Sofía, todo se había transformado. No de repente, no como en los finales idílicos de las películas. Fue gradual, dolorosamente auténtico.
Vivian Vanish del círculo. Algunos decían que dimitió, otros que emigró del país. Nunca me molesté en verificar. La última vez que oí su nombre fue en una charla ajena mientras esperaba para pagar un café. Me volví, lo escuché como si no me concerniera y continué. Mi madre ahora inquiría por Sofía en cada llamada. le caía bien, pero más que eso, le agradaba verme sereno. Ella decía que era mi primera relación sin vértigo. Yo no la contradije. No era vértigo lo de antes, era vértigo camuflado de amor.
Sofía y yo no convivimos, nunca lo precipitamos, pero nos veíamos casi diariamente. Algunas noches pernoctábamos en su apartamento pequeño, donde todo olía a música y libros antiguos, otras en el mío, que aún aprendía a liberarse de sus sombras. Una tarde recibí un correo inesperado, una oferta laboral en otra ciudad. Mejor sueldo, más carga, un giro completo. Lo discutí con Sofía mientras comíamos empanadas sentados en el suelo, como hacíamos cuando ninguno quería armar la mesa. ¿Queres irte?, preguntó ella sin reproche.
Quiero reiniciar de cero y esta vez sin ocultar quién soy. Ella asintió. Entonces, andate y hacelo bien. Y vos, sonríó. Si el nuevo Evan es tan bueno como el que veo ahora, me invitará a visitarlo. La besé en la frente. Me mudé dos semanas después. Apartamento nuevo, ciudad nueva, muebles de segunda mano, pero seleccionados por mí, sin obsequios de alguien que me hizo sentir incompleto, sin flores artificiales. Una noche, mientras organizaba libros, llegó un mensaje. Sofía, todavía me gust.
Quedé mirando la pantalla sin saber si era una confesión o un examen. Escribí, “Ahora sé que quiero darte y no es un eco de nadie más.” No respondió de inmediato, pero lo hizo antes de que cerrara los ojos. Entonces, sí, vení a buscarme cuando estés listo. Salí al balcón. Era de noche. Las luces de la ciudad eran frescas. El aire olía diferente. No sabía quién sería en esta nueva versión de mí, pero sí sabía algo. Ya no era el amante oculto de nadie. Ya no rogaba ser visto. Ya no callaba para retener sobras. Era Evan. Y por primera vez en años eso bastaba.
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