La familia la envió como si fuera un paquete sin valor, creyendo que la hija fea sería rechazada por el hombre de la montaña. Pero lo que él vio en sus ojos esa tarde gris desataría una historia de pasión, secretos y una profunda sanación que ninguno de los dos podría haber imaginado. Este no era el final que su familia había escrito para ella, sino el comienzo de un amor tan salvaje y puro como las montañas que ahora la rodeaban, un amor que cambiaría sus vidas para siempre.
Porque en la soledad de la cumbre, un hombre rudo encontró a la única mujer capaz de ver el alma que escondía. Y en su mirada ella descubrió una belleza que nadie le había dicho que poseía. Su crueldad fue el error que los unió. Su amor sería la venganza que los haría libres. Antes de comenzar, dale like a este video, suscríbete al canal y comenta aquí abajo desde donde nos estás viendo. Tu apoyo nos ayuda a contar historias más poderosas y a ayudar a mi familia.
Que tu vida esté llena de bendiciones si te suscribes al botón de abajo que dice suscribirse o suscribirme. Ahora comencemos. El traqueteo de la carreta era una melodía fúnebre para la vida que Elena conocía, aunque esa vida apenas había sido una. Sentada sobre un fardo de eno, se aferraba a un pequeño bolso de tela que contenía sus únicas posesiones, un par de mudas de ropa, un cepillo de madera gastado y un libro de cuentos infantiles cuyas páginas conocía de memoria.
Cada golpe de las ruedas contra el camino de tierra parecía un martillazo clavando la tapa de su ataúd. No miró hacia atrás, hacia la opulenta mansión de los de la Vega que se encogía en la distancia. No había nada que extrañar. Ningún adiós cariñoso, ninguna lágrima, solo el eco de la risa burlona de su hermana Valeria y la mirada fría y satisfecha de su padre Ricardo. Al menos servirá para algo. Le había oído decir a su madre Isadora la noche anterior su voz como el tintineo del hielo en un vaso.
Ese salvaje de la montaña necesita una esposa para quedarse con las tierras. ¿A quién mejor que a esta para espantarlo y que rompa el trato? La crueldad era el lenguaje principal en esa casa y Elena había sido su alumna más constante. Siempre fue esta. Nunca Elena. Era el borrón en el retrato familiar, la hija de facciones sencillas, con una pequeña cicatriz pálida junto a su ojo izquierdo producto de una caída infantil. La que no heredó la belleza despampanante de su madre ni la gracia felina de su hermana.
era callada, observadora y para ellos invisible hasta que se convertía en un estorbo o en una herramienta. Y eso era ahora una herramienta para una transacción comercial, un sacrificio destinado a fracasar. El acuerdo era simple. Su padre quería los derechos de agua que corrían por las tierras de un hombre solitario que vivía en las montañas, un ermitaño del que se contaban historias extrañas. El hombre, Jacobo, había puesto una única y extraña condición. Quería una esposa. Cualquiera decían que había dicho y para su padre cualquiera tenía el rostro de su hija menospreciada.
El plan era retorcido y cruel. Enviarían a Elena, la hija fea, esperando que su apariencia y su timidez provocaran el rechazo inmediato de Jacobo. Él rompería el acuerdo, furioso por la ofensa, y su padre podría entonces alegar incumplimiento y tomar las tierras por la fuerza legal. Elena era la carnada perfecta porque su fracaso era el éxito del plan. El hombre que conducía la carreta, un empleado de su padre llamado Tomás, no había dicho una palabra en 3 horas.

Era un hombre mayor, de rostro curtido por el sol y de vez en cuando la miraba por el rabillo del ojo con una mezcla de lástima y temor. El camino se volvía cada vez más empinado y salvaje. La civilización se desvanecía, reemplazada por bosques de pinos altos y el aire fresco y limpio que olía a tierra húmeda y aresina. Finalmente, la carreta se detuvo en un pequeño claro donde el camino terminaba abruptamente. “Hasta aquí llego yo, señorita”, dijo Tomás, su voz ronca por el desuso.
“Él vendrá a buscarla. Me ordenaron que la esperara con usted. ” Elena asintió, su garganta demasiado apretada para hablar. El sol comenzaba a esconderse detrás de las cumbres, tiñiendo el cielo de naranjas y púrpuras. El frío empezó a calarle los huesos. Esperaron. El silencio solo era roto por el murmullo del viento entre los árboles y el resoplido nervioso de los caballos. Entonces lo oyó el sonido de pasos pesados, firmes, aplastando la ojarasca. Una figura emergió de entre las sombras del bosque y el corazón de Elena se detuvo por un instante.
Las historias no le hacían justicia. Jacobo no era un hombre, era una montaña hecha persona. Era inmenso, mucho más alto y ancho de lo que había imaginado. Su cabello oscuro era largo y algo enmarañado, y una barba espesa cubría la parte inferior de su rostro, pero sus ojos sus ojos eran de un color avellana sorprendentemente claro y la miraron con una intensidad que la atravesó. No había desprecio en ellos ni burla, solo una evaluación silenciosa y profunda.
Llevaba ropa sencilla de trabajo, de cuero y tela gruesa, y un hacha colgaba de un cinto en su cadera. Se movía con una gracia que contradecía su tamaño, una economía de movimiento propia de un depredador. Se acercó a la carreta y su mirada pasó de Elena a Tomás. ¿Es ella? Preguntó. Su voz era grave, un retumbar profundo que pareció vibrar en el pecho de Elena. Tomás asintió rápidamente tragando saliva. Sí, señor Jacobo. La señorita Elena de la Vega.
Jacobo volvió a mirar a Elena. Sus ojos se detuvieron un segundo en la cicatriz junto a su ojo, pero su expresión no cambió. Lentamente extendió una mano hacia ella. Su mano era enorme, callosa, con cicatrices blancas que contaban historias de trabajo duro y peligro. Elena dudó su propio cuerpo temblando. Debía tomarla. Era una invitación o una orden? Con un nudo en el estómago, colocó su mano pequeña y pálida en la de él. La fuerza con la que la sujetó fue sorprendente, pero no era aplastante.
Era firme, segura. con un solo movimiento, la ayudó a bajar de la carreta como si no pesara nada. Por un momento estuvieron frente a frente. Él tuvo que inclinar la cabeza para mirarla a los ojos. El olor que emanaba de él era limpio, a pino, a tierra y a humo de leña. Era un olor a vida, a naturaleza, nada que ver con las colonias empalagosas de los hombres de la ciudad. Mi caballo está por allí”, dijo él aún sin soltarle la mano.
“El camino a casa no es para carretas”, señaló hacia un enorme caballo negro que esperaba pacientemente atado a un árbol. Luego se dirigió a Tomás. “Puedes irte. El trato está hecho.” Tomás no necesitó que se lo dijeran dos veces. Casi saltó a su asiento, giró la carreta con una rapidez asombrosa y fustigó a los caballos, desapareciendo por el camino por el que habían venido sin una sola mirada atrás. Elena se quedó sola en medio del bosque con aquel gigante silencioso.
Estaba a su merced. El miedo, que había sido un compañero constante se intensificó hasta convertirse en pánico. Estaba sola, completamente sola. No tengas miedo”, dijo Jacobo de repente, como si le hubiera leído la mente. Su voz seguía siendo grave, pero había un matiz diferente en ella, algo que no supo identificar. Soltó su mano y recogió su pequeño bolso. El viaje es de una hora más. Empezará a hacer frío pronto. La condujo hacia el caballo. El animal era casi tan imponente como su dueño.
Jacobo puso el bolso en una alforja y luego, sin previo aviso, colocó sus manos en la cintura de Elena. Antes de que ella pudiera reaccionar, la levantó en el aire y la sentó en la silla de montar con una facilidad asombrosa. Elena ahogó un grito de sorpresa. Estaba acostumbrada a ser ignorada, no a ser manejada con tanta fuerza física. Jacobo montó detrás de ella su cuerpo enorme creando una muralla a su espalda. Elena se tensó sintiendo el calor de su pecho contra su espalda, sus poderosos muslos rodeándola.
Agárrate, le ordenó. Ella no sabía a qué. A la silla, a él. Sus manos encontraron torpemente el pomo de la montura. Jacobo chasqueó la lengua y el caballo comenzó a andar adentrándose en el bosque. El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero ahora era diferente. Era un silencio íntimo forzado por la proximidad de sus cuerpos. Elena podía sentir cada respiración de él. el latido constante y tranquilo de su corazón contra su espalda. Era un ritmo fuerte, seguro, era extrañamente reconfortante.
A medida que subían, el aire se enfriaba y el viento arreciaba. Empezaron a caer gotas de lluvia, primero dispersas, luego más y más densas. Elena se estremeció. Su vestido fino no ofrecía protección alguna. De repente sintió que algo pesado y cálido la cubría. Jacobo se había quitado su gruesa chaqueta de cuero y la había puesto sobre los hombros de ella. El interior estaba forrado de lana y olía a él, a bosque y a humo. Elena se acurucó dentro de ella agradecida.
Era el primer acto de amabilidad que alguien le había mostrado en mucho, mucho tiempo. ¿Por qué? Susurró ella, su propia voz apenas audible por encima del viento. Él tardó un momento en responder. ¿Por qué? ¿Qué? retumbó su voz cerca de su oído. “¿Por qué aceptó? ¿Por qué me aceptó a mí?” “Mi padre, él esperaba, no pudo terminar la frase. ¿Cómo decir?” “Él, esperaba que me rechazaras por ser fea tu padre es un hombre de negocios”, dijo Jacobo.
“Y yo soy un hombre de palabra. El trato era una esposa. Tú eres una mujer. El trato se cumple.” Su lógica era aplastante y simple, pero Elena sabía que había algo más. Podría haberla rechazado, humillarla y causar el conflicto que su padre deseaba. Pero no lo hizo. La tormenta empeoró. La lluvia se convirtió en un aguacero torrencial y los relámpagos iluminaban el bosque, seguidos por el estruendo de los truenos. El caballo resbaló en el barro y se encabritó relinchando de pánico.
Elena gritó perdiendo el equilibrio. Sintió que iba a caer, pero un brazo de acero la rodeó, apretándola contra el pecho de Jacobo con una fuerza que le quitó el aliento. “Tranquila, te tengo”, gritó él por encima de la tormenta. Su voz una roca de seguridad en medio del caos. sujetó su cuerpo con un brazo mientras con el otro controlaba al aterrorizado animal. El corazón de Elena martilleaba contra sus costillas, no solo por el miedo a la caída, sino por el impacto de ese contacto.
Jamás en su vida la habían sostenido así con esa mezcla de poder absoluto y protección incondicional. Era abrumador. Cuando el caballo se calmó, Jacobo no la soltó. Mantuvo su brazo alrededor de ella, asegurándola. Ya casi llegamos”, dijo su aliento cálido en su cuello. Y Elena, por primera vez en años se sintió segura. Abrigada por su chaqueta, sostenida por su brazo, se permitió relajarse contra él, entregándose a la extraña seguridad que le ofrecía aquel desconocido. La cabaña apareció de repente en un claro, una construcción sólida de troncos oscuros con humo saliendo de una chimenea de piedra.
Una luz cálida brillaba desde una ventana. Parecía un refugio, un bastión contra la furia de la tormenta. Jacobo desmontó y luego la ayudó a bajar. Sus piernas temblaban tanto que casi se derrumbó, pero él la sujetó pasando un brazo por su espalda para sostenerla. Estaban empapados, helados. Él la guió hasta la puerta y la abrió. El interior era un único y gran espacio dominado por una enorme chimenea donde un fuego crepitaba alegremente. Había una cama grande en una esquina, una mesa de madera maciza con dos sillas, estanterías llenas de libros y frascos y pieles de animales en el suelo.
Todo era rústico, hecho a mano, pero estaba limpio y olía a hogar. Jacobo la llevó cerca del fuego. “Quítate esa ropa mojada o te enfermarás”, le dijo con un tono que no admitía discusión. Se dio la vuelta dándole la espalda para que tuviera privacidad mientras él avivaba el fuego. Elena se quedó paralizada. “Quitarse la ropa delante de él.” El pánico regresó, pero el frío era intenso. Sus dientes castañeteaban. miró su pequeño bolso. Su ropa seca estaba dentro.
Con manos torpes y temblorosas, empezó a desabrochar su vestido. La tela mojada se pegaba a su piel y era difícil de quitar. Un soyo, frustrado escapó de sus labios. Jacobo se giró al oírla. Su mirada se suavizó al ver su lucha. Espera”, dijo. Se acercó a un baúl de madera y sacó una camisa de hombre gruesa y de franela y una manta. “Ponte esto, te daré la espalda.” Hizo lo que dijo, dándole de nuevo el espacio para cambiarse.
Avergonzada, pero agradecida, Elena se quitó el vestido helado y se envolvió en la camisa de él. Le llegaba hasta las rodillas y era increíblemente cálida. El olor de él, ahora más concentrado en la tela, la envolvió por completo. Se sentó en un pequeño banco junto al fuego, envolviéndose las piernas con la manta. Jacobo se giró y la miró. Sus ojos recorrieron la enorme camisa que ocultaba su figura, sus pies descalzos y su cabello oscuro pegado a su rostro.
De repente, su tobillo le dolió intensamente y lanzó un pequeño gemido. ¿Qué pasa? El tobillo creo que me lo torcí cuando el caballo se asustó. Sin decir una palabra, Jacobo se arrodilló frente a ella con una delicadeza que ella nunca habría esperado de unas manos tan grandes y ásperas, tomó su pie entre sus manos. Su tacto era cálido y firme. Elena contuvo el aliento cuando sus dedos examinaron el tobillo hinchado. No está roto, solo es una torcedura, diagnosticó él.
necesita reposo. Se levantó y fue a una estantería, tomó un frasco de cerámica y regresó. Abrió el frasco y un olor a hierbas y mentol llenó el aire. Untó sus dedos con la pomada verdosa y comenzó a masajear suavemente su tobillo. El contacto de sus manos en su piel envió una oleada de calor por todo su cuerpo. No era un toque clínico, era un toque cuidadoso, personal. Cada caricia parecía calmar no solo el dolor de su tobillo, sino también el nudo de miedo en su estómago.
Elena lo observaba, su rostro concentrado, la forma en que su seño se fruncía ligeramente mientras trabajaba. Por primera vez se fijó en los detalles de su rostro. Sus pestañas eran espesas y oscuras, y pequeñas arrugas de expresión marcaban las comisuras de sus ojos claros. No era un hombre convencionalmente guapo como los pretendientes de su hermana, pero había una fuerza y una honestidad en sus rasgos que la cautivaron. Era real. Cuando terminó, le vendó el tobillo con una tira de tela limpia.
Debes mantenerlo elevado. Entonces, sin pedir permiso, la levantó en brazos como si fuera una muñeca de trapo y la llevó a la enorme cama. la depositó suavemente sobre el colchón de plumas y acomodó unas almohadas debajo de su pie lesionado. “Descansa”, dijo. “Voy a preparar algo de comer.” Elena se quedó allí en su cama, envuelta en su camisa, observándolo moverse por la cabaña. Se movía con un propósito silencioso, cortando verduras, removiendo una olla que colgaba sobre el fuego.
no hablaba, pero su presencia llenaba la habitación de una manera tranquilizadora. Comieron en silencio, sentados a la mesa. Él le había servido un estofado caliente y sabroso en un cuenco de madera. Estaba delicioso, la comida más reconfortante que había probado en años. En su casa, la comida era un asunto formal y tenso, lleno de críticas veladas y expectativas incumplidas. Aquí era solo sustento, calidez. Gracias”, susurró Elena cuando terminó su voz apenas una brisa. Él la miró, sus ojos insondables.
“No tienes que darme las gracias por la comida en tu propia casa.” Sus palabras la golpearon. “Su propia casa.” La idea era tan extraña, tan irreal. Esta cabaña rústica, este hombre silencioso, ¿era este su hogar ahora? ¿Era él su esposo? Legalmente, sí. había firmado los papeles esa mañana sin entender del todo lo que significaban. Un matrimonio por contrato. Pero en ese momento, con el fuego crepitando y el estofado caliente en su estómago, se sentía más en casa que en los 20 años que había pasado en la mansión de la Vega.
Más tarde, cuando la tormenta amainó y solo quedaba el sonido suave de la lluvia sobre el techo, llegó el momento más incómodo. La cama, solo había una. Jacobo pareció notar su ansiedad. “No te preocupes”, dijo su voz tranquila. “Tú dormirás en la cama. Yo dormiré aquí junto al fuego.” Tomó una de las pieles del suelo y una manta y se preparó un lecho improvisado en el suelo de piedra. Apagó la lámpara de aceite, dejando la habitación iluminada solo por el resplandor danzante del fuego.
Elena se acurrucó bajo las pesadas mantas en la cama. El colchón se hundía bajo su peso y olía a la banda seca y a él. Podía oír su respiración tranquila desde el suelo. Estaba a pocos metros de distancia. Un extraño, su esposo. El agotamiento del día la venció, pero el sueño fue intranquilo, lleno de pesadillas. Vio los rostros burlones de su familia, escuchó sus crueles palabras resonando en su cabeza. Inútil, fea, una carga. Se revolvió un gemido escapando de sus labios.
De repente sintió una presencia a su lado. Sus ojos se abrieron de golpe para ver la silueta de Jacobo arrodillada junto a la cama. El pánico la atenazó. “Shh, tranquila”, susurró él, su voz un murmullo profundo en la oscuridad. Solo era un mal sueño. Su gran mano se posó en su hombro y el calor que irradiaba la calmó al instante. Elena comenzó a temblar, no de frío, sino de una emoción reprimida que finalmente se desbordaba. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas silenciosas y calientes.
Lloró por años de soledad, de humillación, de sentirse indigna de amor. Jacobo no dijo nada, simplemente se quedó allí. Su mano firme en su hombro, una presencia sólida en su oscuridad. Cuando sus hoyosos amainaron, ella susurró con la voz rota. Ellos, ellos pensaban que tú me rechazarías, que te daría asco. Ese era su plan. Él permaneció en silencio por un largo momento. Luego su mano se movió de su hombro a su mejilla, sus dedos callosos rozando suavemente su piel justo al lado de su cicatriz.
Su pulgar secó una lágrima. No soy como ellos, Elena”, dijo, “y fue la primera vez que usó su nombre”. Sonaba diferente en sus labios, no como una etiqueta, sino como algo valioso. Yo no miro con sus ojos. Cuando te vi hoy, no vi a la hija que ellos describieron. Vi a una mujer con la fuerza de un roble en sus ojos, aunque intentara ocultarlo. Vi a alguien que ha soportado mucho y no se ha quebrado. Sus palabras eran un bálsamo para heridas que ella ni siquiera sabía que sangraban tan profundamente.
Nadie le había dicho nunca algo así. Nadie había mirado más allá de su rostro sencillo o su naturaleza tímida. Se quedó sin aliento cuando él se inclinó un poco más. La luz del fuego iluminaba los contornos de su rostro, la intensidad de su mirada. “No hay nada feo en ti”, susurró, su aliento cálido rozando sus labios. Y entonces, lentamente, para darle tiempo a apartarse, a negarse, él inclinó la cabeza y la besó. No fue un beso demandante ni apasionado.
Fue un beso de una ternura tan profunda que le robó el aliento. Sus labios eran suaves y cálidos contra los de ella, explorando con una gentileza que la desarmó por completo. Era su primer beso, el primer beso de verdad, y fue todo lo que nunca se había atrevido a soñar. Cuando se separó, sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra. El mundo exterior, la tormenta, su familia, todo desapareció. Solo existían ellos dos en el cálido resplandor del fuego.
“¿Puedo? ¿Puedo quedarme aquí?”, preguntó él, su voz un susurro ronco. “A tu lado, el suelo es duro. ” Ella solo pudo asentir, incapaz de hablar. Él se levantó y rodeó la cama, deslizándose bajo las mantas a su lado. Se acostó de espaldas, dejando un espacio respetuoso entre ellos, pero la cama no era tan grande. El calor de su cuerpo era un imán. Elena sintió un impulso que no comprendía, una necesidad de cercanía que superaba el miedo. Tímidamente se giró hacia él y apoyó la cabeza en su hombro.
Esperaba que él se tensara, que la apartara, pero en lugar de eso su brazo la rodeó atrayéndola hacia su costado. Ella encajó perfectamente allí, su cabeza en el hueco de su hombro, su mano descansando sobre su pecho duro y cálido. Podía sentir el latido constante de su corazón bajo su palma, fuerte y rítmico. Era la canción de Kuna más tranquilizadora del mundo. “Duerme, Elena”, murmuró él en su cabello. Aquí nadie te hará daño. Lo juro. Y por primera vez en su vida, Elena se sintió completamente segura, protegida y, de una manera extraña y nueva, deseada.
Se durmió en los brazos de su esposo de la montaña y sus sueños, por primera vez estuvieron en paz. Sin embargo, en medio de la noche, el calor entre ellos comenzó a cambiar. Lo que comenzó como un gesto de consuelo se transformó lentamente en algo más profundo, más primario. Elena se despertó no por una pesadilla, sino por una sensación. La mano de Jacobo, que antes descansaba pasivamente en su espalda, ahora se movía trazando círculos lentos y perezosos sobre la franela de la camisa.
Sus dedos eran ásperos, pero el movimiento era hipnótico y cada pasada enviaba pequeñas descargas eléctricas por su piel. Ella no se apartó. En cambio, se acurrucó más contra él, un murmullo involuntario escapando de sus labios. Eso pareció ser toda la invitación que él necesitaba. Se giró para mirarla, su rostro a centímetros del de ella en la penumbra. “¿Estás despierta?”, dijo, su voz más grave que nunca, cargada de una emoción que Elena empezaba a reconocer como deseo. “No puedo dormir”, admitió ella en un susurro.
¿Por qué?”, preguntó él, aunque parecía saber la respuesta. Su pulgar ahora acariciaba su labio inferior. “Porque tú estás aquí”, confesó ella con una honestidad que la sorprendió a sí misma. “¿Y porque nunca nadie?” Él entendió. Nadie te ha tocado como si fueras preciosa, terminó él por ella, como si fueras todo lo que un hombre podría querer. Elena sintió que las lágrimas volvían a sus ojos, pero esta vez eran de una emoción diferente, abrumadora. De verdad, de verdad piensas eso, balbuceó.
Yo veo la verdad, Elena”, dijo y la besó de nuevo. Este beso fue diferente al primero. Tenía una urgencia, una hambre contenida que encendió un fuego dentro de ella. Sus labios se separaron, invitándolo a profundizar, y su lengua se encontró con la de ella en una danza lenta y sensual. Sus manos se volvieron más audaces. Una de ellas se deslizó desde su espalda hasta su cadera, atrayéndola contra él, haciéndola consciente de la dureza de su cuerpo, de la evidencia sólida de su deseo, presionando contra su vientre.
Ella jadeó contra su boca. “Jacobo, dime que me detenga”, susurró él contra su piel, pesando el ángulo de su mandíbula, el punto sensible detrás de su oreja. “Dime que pare y lo haré. Esta es tu elección.” Pero ella no quería que se detuviera. Toda la vida había sido una elección de otros. Esta noche, por primera vez, ella elegiría. En lugar de palabras, levantó sus manos y las entrelazó en su cabello espeso y largo, tirando suavemente de él para guiar su boca de vuelta a la suya.
Fue toda la respuesta que él necesitó. El beso se volvió devorador, salvaje, como si estuviera desatando años de soledad y anhelo en ella. Sus manos grandes y expertas encontraron los botones de la camisa de Franela. Con una lentitud agonizante los desabrochó uno por uno. El aire fresco de la noche rozó su piel, pero fue reemplazado instantáneamente por el calor de sus manos. Apartó la tela exponiendo la pálida piel de sus hombros, de su pecho. Elena se estremeció de anticipación y de una pisca de la vieja inseguridad.
Su cuerpo no era como el de su hermana, esbelto y perfecto. Era normal, con curvas suaves y la palidez de alguien que rara vez veía el sol. Jacobo pareció sentir su vacilación. Detuvo sus manos y levantó la mirada hacia sus ojos. “Eres hermosa”, dijo con una convicción tan feroz que silenció todas las voces crueles de su pasado. “Cada parte de ti es perfecta.” Y se lo demostró. Sus labios abandonaron los de ella para trazar un camino de fuego por su cuello sobre su clavícula.
Su barba rozaba su piel sensible, creando una fricción exquisita. Una de sus manos ahuecó su pecho, su pulgar rozando el pezón a través de la fina tela de su camisón. Elena arqueó la espalda, un sonido ahogado escapando de su garganta. El placer era tan intenso, tan nuevo, que era casi doloroso. Él quitó la camisa por completo, arrojándola a un lado. La luz del fuego danzaba sobre su piel, bañándola en un resplandor dorado. Él la miró como un artista mira su obra maestra con una mezcla de reverencia y posesión.
Tan hermosa repitió, y su boca descendió. Lo que siguió fue una lección de adoración. Él exploró cada centímetro de ella con sus manos y su boca, descubriendo lugares que ella no sabía que podían darle tanto placer. Sus toques eran a la vez tiernos y firmes, como si estuviera desentrañando un misterio que había esperado toda su vida para resolver. Elena perdió toda noción del tiempo. Solo existían las sensaciones, la aspereza de sus manos contra la suavidad de su piel, el calor de su boca, el sonido de sus respiraciones mezclándose en la noche silenciosa.
Él le enseñó a su cuerpo a cantar un nuevo idioma, uno de deseo y entrega. Cuando ella estaba temblando al borde del abismo, él la guió susurrando palabras sucias y dulces en su oído. Le decía lo mucho que la deseaba, lo bien que olía, lo perfecta que se sentía en sus brazos. Esto la empujó más allá del límite y un grito de placer se ahogó contra su hombro mientras su cuerpo se convulsionaba en oleadas de éxtasis. Mientras ella todavía se recuperaba de la conmoción, él se despojó de su propia ropa.
A la luz del fuego, Elena pudo verlo por primera vez. Era magnífico. Un cuerpo tallado en trabajo duro, músculos definidos no por vanidad, sino por la necesidad de sobrevivir y prosperar en ese entorno salvaje. Era un testamento viviente de fuerza y resistencia. se cernió sobre ella, apoyándose en sus codos para no aplastarla con su peso. “Mírame, Elena”, dijo. Ella levantó la vista. En sus ojos vio un deseo ardiente, pero también vio vulnerabilidad. Vio a un hombre solitario que, como ella, anhelaba la conexión.
“¿Está segura?”, preguntó por última vez. Ella respondió levantando la mano y acariciando la cicatriz que cruzaba una de sus cejas. Nunca he estado más segura de nada en mi vida”, susurró y con esa seguridad se entregó a él. La unió a su cuerpo con una lentitud reverente. Hubo un breve instante de dolor que la hizo contener el aliento, pero él se detuvo besándola profundamente hasta que el dolor se disolvió en un calor expansivo y entonces comenzó a moverse.
No fue el acto torpe y rápido que ella había imaginado en sus temores más ocultos. Fue un ritmo antiguo y poderoso, un baile que sus cuerpos parecían haber conocido desde siempre. Él la observaba leyendo cada una de sus reacciones, ajustando su ritmo al de ella. La llenó no solo físicamente, sino emocionalmente. Con cada embestida parecía borrar una palabra cruel, sanar una vieja herida. Le estaba haciendo el amor al alma que había visto en sus ojos, no solo al cuerpo que tenía debajo.
El placer volvió a crecer dentro de ella, esta vez más profundo, más intenso, entrelazado con el de él. Sus cuerpos se movían juntos, la piel resbaladiza de sudor a la luz del fuego. Sus respiraciones se volvieron jadeos, sus nombres susurros rotos en la noche. Cuando el final llegó, fue como una explosión de estrellas detrás de sus párpados, un clímax que sacudió los cimientos de su ser. Sintió el calor de su liberación dentro de ella al mismo tiempo que él gritaba su nombre.
Su cuerpo se tensaba sobre el de ella en un espasmo final. se desplomó a su lado, atrayéndola hacia su pecho sudoroso, envolviéndola en sus brazos como si nunca fuera a dejarla ir. Se quedaron así durante mucho tiempo, escuchando el crepitar del fuego y el sonido de sus corazones volviendo a un ritmo normal. Elena nunca se había sentido tan completa, tan vista. Aquel hombre, su esposo, la había despojado de todas sus defensas y, en lugar de encontrarla fea o insuficiente, la había encontrado digna de adoración.
Levantó la cabeza para mirarlo. Una sola lágrima rodó por su mejilla. Él la secó con el pulgar. No más lágrimas de tristeza, Elena dijo. Su voz ronca por la emoción. A partir de ahora solo las que yo te provoque por hacerte sentir bien. Ella espozó una pequeña sonrisa, la primera sonrisa genuina en años. Se sentía extraña en su rostro. “Mi familia cometió un terrible error”, dijo ella. Jacobo la trajó más cerca, su nariz rozándola de ella. “No, respondió él.
Cometieron el mejor error de mi vida.” La besó de nuevo. Un beso largo, lento y lleno de promesas. Afuera, la tormenta había pasado, dejando un mundo limpio y fresco. Y dentro de la cabaña, en los brazos de un hombre que su familia consideraba un salvaje, Elena de la Vega finalmente, por primera vez en su vida, se sintió en casa. Sin embargo, mientras se dejaba llevar por el sueño, acurrucada y segura, una pregunta persistente comenzó a formarse en el fondo de su mente, un pequeño y oscuro presagio de lo que estaba por venir.
¿Por qué un hombre como Jacobo, fuerte, autosuficiente y que claramente valoraba la verdad, había aceptado un trato tan deshonesto de un hombre al que despreciaba? ¿Qué era lo que realmente buscaba en este matrimonio más allá de la simple compañía? Había algo en su pasado, un secreto que se escondía detrás de esos ojos claros, tan profundo y vasto como las montañas que lo rodeaban. La primera batalla, la de la aceptación, la había ganado. Pero Elena tenía la sensación de que la verdadera guerra, la de entender al hombre con el que ahora compartía cama y vida, apenas
estaba comenzando y sospechaba que su cruel familia no se daría por vencida tan fácilmente al ver que su plan, diseñado para destruirla, se había convertido en el principio de su felicidad. El sol de la mañana se filtraba a través de la única ventana de la cabaña, dibujando un rectángulo de luz dorada sobre las mantas. Elena se despertó lentamente, sintiendo una calidez y un peso que nunca antes había experimentado. Estaba envuelta en el brazo de Jacobo, su cabeza todavía apoyada en su pecho.
El movimiento suave y rítmico de su respiración era la única música en el silencio de la montaña. Por un instante, el pánico la asaltó al recordar dónde estaba y con quién. Pero entonces los recuerdos de la noche anterior la inundaron, no con vergüenza ni miedo, sino con una calidez que floreció en su pecho y tiñó sus mejillas de rosa. El recuerdo de su ternura, de la reverencia con que la había tocado, borró décadas de sentirse invisible y sin valor.
Lo miró estudiando su rostro en reposo. Sin la intensidad de su mirada despierta, parecía más joven, casi vulnerable. Su barba oscura no podía ocultar la línea firme de su mandíbula y una pequeña cicatriz blanca atravesaba su ceja, un detalle íntimo que ella había acariciado en la oscuridad. Movida por un impulso, levantó una mano y trazó suavemente el contorno de sus labios. Los ojos de él se abrieron de golpe. Eran claros y lúcidos, sin rastro de sueño. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios, la primera que ella le veía.
Buenos días”, retumbó su voz ronca por el sueño, vibrando a través de su cuerpo. Elena retiró la mano rápidamente, avergonzada, pero él la atrapó entrelazando sus dedos con los de ella. “No te detengas”, dijo en voz baja. La llevó de nuevo a su rostro y la guió para que continuara su exploración. El gesto era tan íntimo, tan lleno de una confianza implícita, que a Elena se le hizo un nudo en la garganta. Obedeció. esta vez con más audacia, sintiendo la aspereza de su barba, la suavidad de su piel.
Él cerró los ojos disfrutando de su tacto. “¿Dormiste bien?”, preguntó él. “Mejor que nunca”, admitió ella en un susurro. “¿Y tú? El suelo. No dormí en el suelo. La interrumpió él abriendo los ojos de nuevo. Dormí en el cielo. Las palabras, dichas con tal seriedad hicieron que su corazón diera un vuelco. Se inclinó y la besó. Un beso de buenos días, lento y profundo, sin la urgencia de la noche anterior, pero lleno de una promesa silenciosa. Sabía a Café y a él.
Cuando se separaron, él le apartó un mechón de pelo de la cara. Tengo que atender a los animales y revisar las trampas. Estarás bien sola unas horas. Ella asintió. La idea de estar sola en esa cabaña ya no la aterrorizaba. Se sentía como un santuario. “Mi tobillo todavía duele un poco. No lo fuerces”, ordenó él suavemente. “Hay comida en la despensa y libros en las estanterías. Haz de este tu hogar, Elena. ¿Por qué lo es? se levantó de la cama sin pudor.
Su cuerpo desnudo a la luz de la mañana era una obra de arte de músculo y piel curtida. Elena no pudo evitar mirar, fascinada por su poder y su gracia. Él pareció notar su mirada y le guiñó un ojo antes de vestirse con rapidez y salir de la cabaña. Elena se quedó sola, envuelta en el calor de las mantas y el olor de él. Se sentía como si hubiera nacido de nuevo. Lentamente, con cuidado de su tobillo, se levantó y exploró su nuevo mundo.
La cabaña era más grande de lo que parecía. La despensa estaba llena de frascos de conservas, sacos de harina y legumbres y carnes secas y saladas. Había un pequeño telar en una esquina y herramientas para trabajar la madera y el cuero colgadas ordenadamente en una pared. Los libros no eran novelas de salón. sino tomos de botánica, guías de seguimiento de animales y manuales de construcción. Era la biblioteca de un hombre que no solo vivía en la naturaleza, sino que la entendía.
Se vistió con una de las mudas de ropa que había traído, un vestido sencillo de algodón, pero se sintió extraña, como si se estuviera poniendo un disfraz. La camisa de franela de Jacobo, quecía en el suelo, parecía más apropiada. Cocinó un desayuno sencillo con avena y vallas secas, sintiendo un extraño orgullo al avivar el fuego y preparar la comida en la cocina de leña. Todo era un desafío, pero un desafío bienvenido. Durante los días siguientes, una rutina pacífica se estableció entre ellos.
Por las mañanas, Jacobo se iba a trabajar en sus tierras mientras Elena se ocupaba de la cabaña. Descubrió que disfrutaba del trabajo físico simple: amasar pan, cuidar el pequeño huerto de hierbas junto a la puerta, remendar la ropa de Jacobo. Por las tardes, cuando él regresaba, a menudo la encontraba sentada en el porche leyendo uno de sus libros sobre plantas. Él le enseñó a diferenciar las hierbas medicinales de las venenosas, el musgo que indicaba el norte, el canto de las diferentes aves.
Sus lecciones eran prácticas, sus manos a menudo cubriéndolas de ella para mostrarle cómo sostener una planta o sentir la textura de una corteza. Cada toque era una corriente eléctrica, un recordatorio constante de la intimidad que compartían por la noche. Sus noches eran una continuación de la primera. Se exploraban mutuamente con una curiosidad insaciable. Jacobo era un amante paciente y apasionado, dedicado a su placer. Le enseñó a su cuerpo a pedir lo que quería, a disfrutar sinvergüenza. Le encantaba su boca, no solo sus besos, sino las cosas que le susurraba en la oscuridad.
Palabras sucias y dulces que la hacían arder deseo. “Dime qué te gusta, Elena”, le susurraba al oído, su aliento caliente enviando escalofríos por su espina dorsal. “Quiero oírte. Quiero saber cada pequeño secreto que tu cuerpo esconde. Y ella, que nunca había tenido voz, aprendió a hablar el lenguaje del deseo, susurrándole sus anhelos, guiando sus manos y su boca a los lugares que la hacían sentir viva. Él, a su vez se abrió a ella de maneras que no requerían palabras.
A veces, por la noche, cuando creía que ella dormía, lo sentía temblar. Una noche, un grito ahogado lo despertó de una pesadilla. Elena se despertó al instante y lo abrazó. Jacobo, ¿qué pasa? Él estaba sudando, su respiración agitada. Nada, solo un mal sueño dijo, pero su voz era tensa. Ella no lo presionó, pero sabía que había oscuridades en él, valles tan profundos como las montañas que lo rodeaban. Una tarde, mientras limpiaba, descubrió un pequeño cofre de madera tallada debajo de la cama.
Estaba cerrado con un simple pestillo. La curiosidad la venció y lo abrió. Dentro no había oro ni joyas, solo un puñado de objetos, una cinta de seda azul descolorida, una pequeña flor prensada entre dos trozos de vidrio y una única fotografía desvaída por el tiempo. Mostraba a un jacobo mucho más joven, sin barba y con el pelo más corto, de pie junto a una mujer. La mujer era hermosa, con una cascada de cabello rubio y una sonrisa radiante.
Estaban tomados de la mano y parecían felices. Un frío gélido se apoderó de Elena. ¿Quién era ella? Una amante, una esposa anterior. La forma en que sonreían, la familiaridad de sus posturas, sentía el dolor de los celos por primera vez en su vida, una punzada aguda y fea. Cerró el cofre justo cuando Jacobo entraba en la cabaña. Él la vio de pie junto a la cama con el cofre en sus manos y su rostro se ensombreció. No deberías haber abierto eso”, dijo su voz desprovista de toda la calidez que solía tener.
“Yo lo siento”, tartamudeó Elena, sintiéndose como una niña sorprendida en una travesura. Estaba limpiando y déjalo la interrumpió. Él le quitó el cofre de las manos y lo volvió a colocar debajo de la cama, esta vez empujándolo hacia el fondo, fuera de la vista. El silencio que se instaló entre ellos era pesado y frío, como una niebla de invierno. Esa noche, en la cama, él se mantuvo en su lado sin tocarla. El espacio entre ellos se sentía como un abismo.
Elena no podía soportarlo. ¿Quién es ella, Jacobo? Susurró en la oscuridad. Él tardó una eternidad en responder. Fue hace mucho tiempo, dijo finalmente su voz vacía. Se llamaba Lira. Íbamos a casarnos. ¿Qué pasó? Murió. Dijo sin rodeos. Un accidente aquí en la montaña. Elena sintió un vuelco en el corazón, una mezcla de alivio y una profunda tristeza por él. Lo siento mucho. Fue mi culpa, continuó él, su voz quebrada por una emoción que intentaba reprimir. Era descuidada, amaba correr riesgos y yo no la detuve.
Yo debería haberla protegido. Y eso fue todo. Se dio la vuelta dándole la espalda, una clara señal de que la conversación había terminado. Elena se quedó despierta durante horas, mirando su ancha espalda. Ahora entendía su sobreprotección, su constante preocupación por su seguridad, su insistencia en que aprendiera a sobrevivir en la montaña. No era solo cuidado, era miedo, miedo de que la historia se repitiera. Y por primera vez se preguntó si él la veía a ella, a Elena, o si solo veía el fantasma de una mujer que había perdido.
El muro entre ellos persistió durante varios días. Él era cortés, pero distante. Sus noches se volvieron silenciosas y castas. Elena se sentía más sola que cuando estaba realmente sola. Sabía que tenía que romper el hielo, pero no sabía cómo. La respuesta llegó de la forma más inesperada. Una mañana escucharon el sonido inconfundible de caballos y un carruaje de lujo luchando por subir el camino. Jacobo se tensó al instante. “Quédate dentro”, le ordenó. Elena miró por la ventana y su sangre se heló.
Era el carruaje de su padre. Y de él bajaron Ricardo de la Vega, imponente y furioso, y su hermana Valeria, que miraba la cabaña con una mueca de desprecio. Jacobo salió a su encuentro, su cuerpo un muro infranqueable. No es bienvenido aquí de la Vega, dijo Jacobo, su voz un gruñido bajo. Ricardo soltó una risa sarcástica. Vine a ver cómo está mi hija y a finalizar nuestro desafortunado negocio. Claramente mi planó. Pareces tener un gusto por la mercancía dañada.
La humillación fue tan intensa que Elena sintió que le faltaba el aire, pero entonces la ira la reemplazó. Una ira caliente y pura que nunca antes había sentido. ¿Cómo se atrevían a venir aquí a su hogar, a insultarla a ella y al hombre que le había mostrado amabilidad? Valeria se deslizó junto a su padre, sus ojos azules recorriendo a Jacobo de arriba a abajo con una apreciación insolente. Llevaba un vestido de viaje de seda verde que contrastaba ridículamente con el entorno salvaje.
“Vaya, vaya”, ronroneó. “Así que tú eres el famoso hombre de la montaña. Las historias no te hacen justicia, padre. Tal vez deberías haberme enviado a mí en lugar de a ella.” se acercó a Jacobo posando una mano en su musculoso brazo. Podríamos haber llegado a un acuerdo mucho más placentero. Jacobo se apartó de su toque como si le quemara. No me toque, espetó su mirada fija en Ricardo. Nuestro acuerdo está sellado. Su hija es mi esposa. Las tierras son mías.
Ahora larguese no tan rápido dijo Ricardo, su sonrisa desapareciendo. El trato especificaba una esposa sana y capaz de dar herederos. Esta criatura es claramente frágil y estéril, por lo que sabemos. El acuerdo es nulo. Quiero los derechos del agua y los quiero ahora. Fue la gota que colmó el vaso. Elena abrió la puerta de la cabaña y salió. El sol le dio en los ojos, pero se mantuvo erguida con la cabeza alta. Su padre y su hermana la miraron con sorpresa, como si un mueble hubiera empezado a hablar.
“No soy frágil”, dijo Elena, su voz temblando ligeramente, pero firme. “Y ciertamente no soy estéril y aunque lo fuera, no es asunto suyo. Soy la esposa de este hombre. Esta es mi casa y les exijo que se vayan.” Valeria soltó una carcajada estridente. Oh, mira, el ratón aprendió a chillar. ¿Qué te ha hecho este salvaje, hermanita? ¿Te ha dado un poco de valor a la fuerza? Se volvió hacia Jacobo de nuevo. ¿De verdad te acuestas con eso?
Puedo ofrecerte mucho más. Un cuerpo de verdad, una mujer que sabe cómo complacer a un hombre. Antes de que nadie pudiera reaccionar, Jacobo se movió. No la golpeó, pero se interpusó entre Valeria y Elena. Su tamaño y su furia eran una amenaza palpable. Su rostro era una máscara de ira glacial. “Vuelva a hablarle así a mi esposa”, dijo en un susurro mortal que era más aterrador que un grito. “Y descubrirá por qué la gente de abajo cuenta historias sobre mí y ninguna de ellas tiene un final feliz.” Se volvió hacia Ricardo.
Tiene un minuto para subir a su carruaje y desaparecer de mi vista. Si lo vuelvo a ver en mis tierras, lo trataré como a cualquier otro cazador furtivo. Y le aseguro no le gustará. La amenaza era tan real, tan cargada de violencia contenida, que incluso Ricardo de la Vega, un hombre acostumbrado a salirse con la suya, retrocedió un paso. Vio algo en los ojos de Jacobo, una promesa de brutalidad primitiva que su dinero y su influencia no podrían detener.
Con una última mirada de odio dirigida a Elena, Ricardo agarró a Valeria del brazo y la arrastró de vuelta al carruaje. Esto no ha terminado”, gritó desde dentro. El carruaje se dio la vuelta torpemente y se marchó, dejando un silencio tenso en el aire. Elena estaba temblando, no de miedo, sino de la adrenalina de la confrontación. Había hablado, se había defendido a sí misma. Jacobo se giró hacia ella. La ira había desaparecido de su rostro, reemplazada por una expresión de asombro y algo más orgullo.
Sin decir una palabra, la tomó en sus brazos y la abrazó con fuerza. Elena hundió el rostro en su pecho, inhalando su aroma a pino y a seguridad. “Gracias”, susurró ella. No, dijo él, su voz vibrando contra su cabello. Gracias a ti nunca he visto a nadie tan valiente. Se apartó para mirarla a los ojos. El muro que se había levantado entre ellos se había derrumbado. “Lo siento Elena”, dijo con seriedad. “He sido un necio. Estaba tan atrapado en mi pasado que no estaba viendo el regalo que tenía delante de mí.
Cuando esa mujer te insultó, quise destrozarla. Nadie tiene derecho a hablarte así. Ya no importa, dijo ella, posando una mano en su mejilla. Ellos no tienen poder aquí. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo deira, Jacobo, entiendo tu dolor, pero yo no soy ella. No me romperé. Soy más fuerte de lo que crees. Él asintió una emoción profunda brillando en sus ojos. Lo sé”, dijo en voz baja. “Hoy me lo has demostrado.” La besó y este beso fue diferente a todos los demás.
No era solo pasión o ternura, era un beso de respeto, de igualdad, un beso entre dos personas que se habían visto en sus momentos más vulnerables y se habían elegido mutuamente. La llevó de vuelta al interior de la cabaña y esa tarde le hizo el amor con una ferocidad y una devoción que sellaron su vínculo de una manera que ningún contrato podría hacerlo. Se sintió como un nuevo comienzo, una reafirmación de su unión contra el mundo. Si esta historia sobre encontrar la fuerza interior y un amor inesperado que desafía los prejuicios te está conmoviendo, por favor toma un momento para darle un me gusta este video.
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Las suyas eran más humanas, diseñadas para capturar sin mutilar. Esta era cruel, tentada y poderosa. Sintió un escalofrío de aprensión. Se lo contó a Jacobo esa noche. Él examinó la trampa, su rostro endureciéndose. Esto no es mío confirmó. Alguien ha estado merodeando por aquí. Durante los días siguientes encontraron más señales. Un lazo de alambre a la altura del cuello en un sendero, un pequeño montón de rocas sueltas en lo alto de un paso estrecho, listas para provocar un desprendimiento.
Eran accidentes esperando a suceder. Era obvio que su padre había contratado a alguien para intimidar o algo peor, a Jacobo. La sensación de seguridad se evaporó, reemplazada por un miedo constante. Jacobo se volvió aún más protector, insistiendo en que Elena no saliera sola de la cabaña. El paraíso se había convertido en una prisión dorada. Esto tiene que parar, Jacobo. Dijo Elena una noche. La frustración en su voz. No podemos vivir así, mirando por encima del hombro a cada paso.
Lo sé, respondió él, limpiando su rifle con movimientos tensos y precisos. Estoy pensando en un plan, pero el plan de Jacobo nunca tuvo la oportunidad de llevarse a cabo. Una tarde estaban juntos, no muy lejos de la cabaña, recogiendo leña. Elena se había adentrado un poco más en un grupo de árboles para recoger ramas caídas. De repente escuchó un sonido que le heló la sangre, el gruñido bajo y profundo de un animal grande. Se giró lentamente. A unos 20 m de distancia, un enorme oso negro la observaba.
Estaba de pie sobre sus patas traseras, olfateando el aire, mucho más grande de lo que ella había imaginado. El pánico la paralizó. recordó las lecciones de Jacobo. No corras, haz de grande, hasido. Pero su garganta se cerró y sus piernas se negaron a moverse. El oso volvió a bajar a cuatro patas y dio un paso hacia ella, emitiendo otro gruñido amenazador. Elena, no te muevas. La voz de Jacobo sonó desde un costado, tranquila, pero llena de urgencia.
Estaba a unos 30 m de distancia, con su hacha en la mano, no su rifle. demasiado lejos. Lentamente comenzó a moverse hacia ella, tratando de interponerse entre ella y el oso. “Tranquilo, viejo amigo”, le decía Jacobo al oso en voz baja como si hablara con un vecino. “Solo estamos de paso, no queremos problemas. ” El oso pareció dudar por un momento, pero entonces Elena, en su pánico, tropezó hacia atrás con una raíz y cayó al suelo con un grito ahogado.
El movimiento repentino y el sonido agudo desencadenaron el instinto depredador del animal. Con un rugido que hizo temblar los árboles, el oso cargó. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos. Jacobo gritó el nombre de Elena y corrió, no para escapar, sino directamente hacia el oso. En el último segundo se lanzó contra el costado del animal, blandiendo su hacha. El oso, sorprendido, se giró para enfrentar a esta nueva amenaza, olvidándose de Elena. La bestia se abalanzó sobre Jacobo derribándolo.
Elena observó con horror como el hombre y el oso rodaban por el suelo en una furiosa maraña de garras, dientes y acero. El hacha voló por los aires. Oyó el grito de dolor de Jacobo, un sonido gutural que le partió el alma. La parálisis del miedo se rompió, reemplazada por una oleada de adrenalina protectora. No iba a quedarse allí y ver morir al hombre que amaba. miró a su alrededor desesperadamente y vio una rama gruesa y pesada a pocos metros.
Se arrastró hacia ella, la agarró con ambas manos y se puso en pie. El oso estaba encima de Jacobo, sus enormes mandíbulas intentando alcanzar su cuello. Jacobo luchaba tratando de mantener a raya la cabeza del animal con sus antebrazos. Su brazo izquierdo ya sangraba profusamente por un profundo zarpazo. Con un grito salvaje nacido de la desesperación y el amor, Elena corrió hacia la bestia y golpeó al oso en la cabeza con toda la fuerza que pudo reunir.
El golpe no fue suficiente para derribarlo, pero sí para sorprenderlo y desorientarlo. El animal soltó a Jacobo y se giró hacia ella, sus pequeños ojos negros llenos de furia. Le dio el tiempo que Jacobo necesitaba. Mientras el oso se centraba en Elena, Jacobo recuperó un cuchillo de casa de su bota. Con un movimiento rápido y desesperado, se incorporó y hundió el cuchillo profundamente en el costado del animal, justo detrás de la pata delantera. El oso lanzó un rugido de dolor y sorpresa, se tambaleó y finalmente se desplomó en el suelo sin vida.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Elena dejó caer la rama, su cuerpo temblando incontrolablemente. Jacobo yacía en el suelo, respirando con dificultad, su pecho y brazo izquierdo cubiertos de sangre. Jacobo, susurró ella, corriendo hacia él y cayendo de rodillas a su lado. Sus heridas eran aterradoras. Tenía profundos arañazos en el pecho y el brazo, y uno en particular en su hombro parecía haber llegado hasta el hueso. Estoy bien, jadeó él intentando sonreír, pero la mueca fue de dolor.
Tú, tú me salvaste. Tú me salvaste a mí, dijo ella, las lágrimas corriendo por su rostro mientras rasgaba su propio vestido para hacer vendajes improvisados. Tenemos que detener la hemorragia. Tienes que apoyarte en mí. Podemos llegar a la cabaña. La adrenalina le dio una fuerza que no sabía que poseía. Lo ayudó a ponerse en pie, pasando el brazo bueno de él por encima de sus hombros. Cada paso hacia la cabaña fue una agonía con Jacobo apoyándose pesadamente en ella, dejando un rastro de sangre en la ojarasca.
Una vez dentro, lo tumbó en la cama. El pánico amenazaba con consumirla, pero lo apartó. Recordó los libros de botánica, las lecciones de Jacobo. Limpió las heridas con aguardiente, provocando que Jacobo se convulsionara de dolor. Preparó un emplasto de hierba de Consuelda y otras plantas que sabía que ayudaban a prevenir la infección y a cerrar las heridas. Mientras cosía el corte más profundo de su hombro con una aguja e hilo hervidos, sus manos temblaban, pero sus movimientos eran seguros.
Durante las siguientes horas se convirtió en una sanadora. Lo limpió, lo vendó, lo obligó a beber una infusión de corteza de sauce para la fiebre y el dolor. Él entraba y salía de la conciencia, murmurando a veces. En uno de sus momentos de delirio, la agarró de la mano. “Lira, no me dejes”, susurró. El corazón de Elena se detuvo, pero luego él parpadeó. Sus ojos se enfocaron en ella y la confusión en su rostro fue reemplazada por el reconocimiento.
No, Elena corrigió su voz apenas un susurro. No te vayas. No te perderé a ti también. La agarró con más fuerza. No voy a ninguna parte, Jacobo le susurró ella, besando su frente sudorosa. Estoy aquí. Me quedaré contigo siempre. Cuidó de él durante toda la noche y los días siguientes. Dormitaba en una silla junto a la cama, despertando a cada gemido. Lo alimentaba con caldo, le cambiaba los vendajes, le hablaba en voz baja para calmar su fiebre.
En esos días, los papeles se invirtieron. Él, el protector, el hombre de la montaña invencible, era ahora vulnerable dependiente de ella. Y ella, la chica tímida y asustada, encontró una fuerza inquebrantable en su interior. No solo estaba cuidando a su esposo, estaba defendiendo su mundo. Una tarde, cuando la fiebre finalmente se dio, Jacobo despertó y la encontró dormida con la cabeza apoyada en el borde de la cama, todavía sosteniendo su mano. Se quedó mirándola, su corazón llenándose de una emoción tan poderosa que casi dolía.
Esta mujer no era el fantasma de su pasado. No era Lira, era Elena, valiente, fuerte, tenaz Elena, la que había enfrentado a su familia, la que lo había defendido de un oso, la que lo había cuidado hasta devolverle la salud. Lira había sido un sueño de juventud, un amor nacido de la risa y el sol. Pero Elena era real. Era un amor forjado en la adversidad, en la sanación y en la aceptación mutua. Era el amor de un hombre adulto, más profundo y más verdadero que cualquier cosa que hubiera conocido.
Movió la mano y le acarició la mejilla. Ella se despertó al instante, sus ojos llenos de preocupación. “¿Cómo te sientes?” “Como si me hubiera peleado con un oso”, dijo él con una sonrisa débil. “Pero vivo, gracias a ti.” “Tenía que hacerlo,”, dijo ella. Eres mi esposo. Eres mucho más que eso, Elena”, dijo él. Su voz cargada de emoción tiró suavemente de su mano, instándola a sentarse en la cama a su lado. Cuando estaba herido, cuando te vi enfrentarte a ese oso por mí, me di cuenta de algo.
Te quiero. No como un recuerdo de alguien más. Te quiero a ti, Elena, con tu cicatriz, tu fuerza silenciosa y tu valor que podría mover montañas. Elena se quedó sin palabras, su corazón latiendo con fuerza. Había soñado con escuchar esas palabras, pero oírlas era más abrumador de lo que jamás había imaginado. “Yo también te quiero, Jacobo”, susurró. Y esta vez las lágrimas que cayeron fueron de pura felicidad. Se inclinó y lo besó suavemente en los labios. un beso que era una promesa, un pacto sellado no con un contrato, sino con sangre, sudor y un amor inquebrantable.
Su recuperación sería lenta, pero ahora estaban más unidos que nunca. Sin embargo, mientras se abrazaban, una sombra se cernía en la mente de Elena. El oso había sido un accidente de la naturaleza, pero las trampas no. La amenaza de su padre seguía ahí fuera, en la oscuridad del bosque. Y ahora, con Jacobo herido e incapacitado, ambos eran más vulnerables que nunca. Sabía que la próxima batalla no sería contra un animal salvaje, sino contra la crueldad humana y sería la más peligrosa de todas.
La recuperación de Jacobo fue un proceso lento que tejió sus almas de una manera que la paz nunca podría haberlo hecho. Elena se convirtió en sus manos y sus pies. su fuerza y su vigilante. Cada cambio de vendaje era una caricia íntima, cada cucharada de caldo un acto de devoción. Él, por su parte, aprendió la difícil lección de la vulnerabilidad. Se dejó cuidar, permitiendo que ella viera sus debilidades, su dependencia, y en esa entrega encontró una nueva forma de fuerza.
El amor que se habían confesado ya no era una simple declaración, era el aire que respiraban en la pequeña cabaña, el fundamento sobre el que se sostenían. Las noches ya no estaban marcadas por una pasión febril, sino por una ternura profunda. Él no podía moverse mucho, pero sus manos encontraban la forma de adorarla. La atraía hacia sí, su rostro enterrado en su cabello susurrándole historias de las estrellas que veía por la ventana. Ella se acurrucaba a su lado, leyendo para el de sus libros de botánica su voz un bálsamo para su dolor.
Una noche, mientras le pasaba un paño húmedo por la frente, él la detuvo agarrando su muñeca suavemente. Nunca nadie me había cuidado así, dijo su voz ronca. Ni siquiera mi madre. Es porque nadie te ha querido como yo te quiero respondió ella sin dudar. Él tiró de ella hasta que sus labios se encontraron. El beso fue suave, agradecido, pero debajo ardía la promesa de un fuego que volvería a encenderse en cuanto sus heridas sanaran. “Cuando esté bien de nuevo,” susurró él contra sus labios.
“vo voy a pasar una semana entera demostrándote cuánto significa esto para mí. No saldremos de esta cama.” Una sonrisa pícara, la primera que Elena había visto, iluminó su rostro. Te tomaré la palabra”, respondió ella, su corazón revoloteando. “Pero primero tienes que sanar. Come tu sopa.” La paz, sin embargo, era frágil. Una tarde, el sonido de un caballo solitario los alertó. Jacobo intentó levantarse, pero el dolor se lo impidió. Elena corrió a la ventana y su corazón se encogió.
Era Valeria, sola. Su hermana se veía extrañamente fuera de lugar, su elegante traje de montar manchado de barro. Parecía asustada. “Quédate aquí”, le dijo Elena a Jacobo, agarrando una pesada vara de la chimenea antes de salir. Valeria desmontó al verla, levantando las manos en señal de paz. “Elena, por favor, tienes que escucharme”, dijo con una urgencia que parecía genuina. “He venido a ayudar. Nuestro padre ha perdido la cabeza. Elena se mantuvo a distancia desconfiada. ¿Por qué debería creerte?
Porque lo he visto, dijo Valeria, sus ojos bien abiertos. Está contratando hombres matones de la peor calaña. Dice que va a recuperar lo que es suyo y eso te incluye a ti. Está diciendo que ese que tu esposo te ha secuestrado y te ha lavado el cerebro. quiere anular el matrimonio y encerrarte en un sanatorio. La palabra sanatorio le el heló la sangre a Elena. Era el destino de las mujeres inconvenientes. Dice que recuperará las tierras y me casará a mí con algún duque.
Está usando nuestro futuro para sus negocios. Nunca le importamos, soyó Valeria. Y por primera vez Elena vio lágrimas de verdad en los ojos de su hermana. Parecía rota, asustada. Tienes que irte de aquí, Elena, antes de que él venga. Puedo llevarte a un lugar seguro, a casa de nuestra tía en la capital. Él nunca te buscaría allí. La oferta era tentadora, una salida. Pero la idea de dejar a Jacobo herido e indefenso era impensable. No lo dejaré, dijo Elena con firmeza.
Es mi marido. Entonces llévatelo contigo insistió Valeria. Pero tenéis que iros. Sus hombres llegarán en cualquier momento, mañana o pasado, no sé exactamente cuándo. Elena luchaba contra sus instintos. Una parte de ella quería creerle a su hermana. Quizás la brutalidad de su padre finalmente la había asustado. Pero otra parte, una voz más sabia y endurecida por la vida en la montaña, le decía que algo andaba mal. Gracias por la advertencia. Valeria, dijo finalmente, lo discutiremos. Valeria apareció aliviada.
De acuerdo, pero no esperéis mucho. Volveré en dos días. Si decidís venir, estaré esperando en el cruce del viejo roble al mediodía. Montó en su caballo y se fue, dejando a Elena con un torbellino de miedo y duda. Le contó todo a Jacobo. Él escuchaba en silencio, su rostro una máscara de piedra. Es una trampa dijo sin dudar cuando ella terminó. ¿Cómo puedes estar tan seguro? Preguntó Elena. A lo mejor ha cambiado. La gente como tu hermana no cambia, sentenció él.
No viene sola por un ataque de conciencia. Viene a ver el terreno, a comprobar si estoy herido, si somos vulnerables. No vendrán mañana o pasado, vendrán esta noche. El terror se apoderó de Elena. ¿Qué vamos a hacer? No puedes luchar. No tendré que hacerlo, dijo él y sus ojos brillaron con una astucia salvaje. Pero necesito que confíes en mí, Elena. Necesito que hagas exactamente lo que te digo. Le explicó su plan. Era arriesgado, peligroso y requería que Elena actuara con un valor que nunca había sabido que poseía.
Pero al mirar los ojos de Jacobo, llenos de confianza en ella, supo que lo haría. Prepararon la cabaña. Elena trasladó a Jacobo, con gran esfuerzo, a un pequeño escondite que él había construido bajo el suelo, una especie de bodega para tormentas a la que se accedía levantando una gruesa piel de oso y una trampilla de madera. Lo cubrió con mantas y le dejó agua y su rifle. Si algo sale mal, no salgas hasta que estés seguro”, le suplicó ella.
Elena la agarró de la mano. “Si te ponen una mano encima, no lo harán.” Lo interrumpió ella tratando de sonar más valiente de lo que se sentía. “Te quiero. Te quiero más”, respondió él. Cerró la trampilla sobre él, colocó la piel de oso y esparció un poco de polvo y tierra para que pareciera intacta. Luego puso en marcha el resto del plan. Preparó una olla de estofado y le añadió una generosa cantidad de una hierba para dormir que Jacobo le había señalado, un polvo de raíz que usaba para tranquilizar animales heridos.
Puso la mesa para tres personas y esperó. La noche cayó como un manto oscuro. Las horas pasaban. Justo cuando empezaba a pensar que Jacobo se había equivocado, escuchó el sonido de pasos sigilosos fuera. La puerta se abrió de golpe. Su padre entró flanqueado por dos hombres de aspecto rudo que Elena no reconoció. Detrás de ellos venía Valeria con una sonrisa triunfante en su rostro. “Hola, hermanita”, dijo con dulzura venenosa. “Veo que nos esperabas para cenar.” Ricardo de la Vega miró la cabaña con desdén.
¿Dónde está el salvaje? Elena forzó una expresión de alivio y miedo. Padre Valeria, qué bueno que habéis llegado. Jacobo salió esta mañana a casar y no ha regresado. Estoy tan asustada. Valeria se burló. Oh, por favor. ¿Crees que somos estúpidos? No le hagas caso, dijo Ricardo interpretando la escena a su manera. probablemente la abandonó. Te dije que era un animal indigno de confianza. No te preocupes, hija. Te llevaremos a casa. Elena bajó la mirada fingiendo su misión.
Tengo hambre y estoy asustada. ¿Podemos comer antes de irnos? He preparado estofado. El aroma de la comida llenaba la pequeña cabaña. Los dos matones se miraron con avidez. Ricardo, seguro de su victoria, asintió. Sirve la comida y un poco de vino, si este animal tiene algo tan civilizado. Sirvió el estofado en tres cuencos, dejando el cuarto para ella misma, un cuenco que había marcado previamente por debajo. Se sentó con ellos fingiendo comer mientras ellos devoraban la comida.
Y bien, Elena dijo Ricardo mientras comía. Fue una estupidez, lo admito. Pensé que lo espantarías, pero subestimé su primitivo gusto. No importa. Firmarás los papeles para anular el matrimonio mañana mismo. Diremos que te secuestró y que no estabas en tu sano juicio. Elena solo asintió, su corazón latiendo con fuerza. Esperó. Unos minutos más tarde, el primero de los matones bostezó. Luego el segundo. Ricardo frunció el ceño mirando a sus hombres. Borgasanes, ¿no habéis dormido en días? Pero entonces sus propios párpados comenzaron a pesarle.
Miró a Elena, la sospecha amaneciendo en sus ojos, pero ya era tarde. Su cabeza cayó sobre la mesa con un ruido sordo. Valeria, que apenas había probado la comida, los miraba atónita. ¿Qué has hecho? Antes de que pudiera reaccionar, una figura emergió de las sombras bajo la cama. No era Jacobo, era Tomás, el viejo conductor, con una soga en la mano. “Lo siento, señorita Valeria”, dijo con voz triste. “Pero lo que su padre le hizo a esta pobre muchacha y al hombre de la montaña no está bien.
” Resultó que Jacobo había previsto una traición, pero no solo de Valeria. envió a Tomás días antes con un mensaje para el serif del pueblo vecino, no el que su padre había comprado. Con la ayuda de Tomás, Valeria y los dos matones fueron atados. Justo entonces, la trampilla del suelo se abrió y Jacobo salió, herido imponente. Miró los cuerpos inconscientes y luego a Elena, su rostro lleno de un orgullo y un amor tan intensos que a ella se le cortó la respiración.
Pero antes de que pudieran celebrar, oyeron el sonido de más caballos. El sherifff, el comprado por su padre, llegaba con un pelotón de hombres. Estaban atrapados. La puerta se abrió y el serif Rivas entró, su rostro osco. De la Vega me dijo que encontraría problemas aquí, dijo, desenfundando su arma al ver a los hombres atados. Parece que tenía razón. Estáis arrestados por secuestro y agresión. Son ellos los que nos atacaron, Serif, exclamó Elena. Este es nuestro hogar.
El Señor de la Vega tiene documentos que dicen lo contrario, replicó el serif con desdén. Parecía que todo estaba perdido. Jacobo se interpusó entre el serif y Elena, protegiéndola con su cuerpo herido. Estaba preparado para morir por ella, pero entonces una nueva voz sonó desde la puerta. No tan rápido, Ribas. Era un hombre mayor con una estrella de plata brillante en el pecho. El serif, estos hombres son mis prisioneros, dijo Rivas poniéndose nervioso. Están en mi jurisdicción.
No cuando los crímenes de los que se les acusa incluyen conspiración e intento de asesinato cometidos en la mía, replicó el serifesto. Y tengo un testigo. Tomás dio un paso adelante y entonces comenzó el caos. Uno de los hombres de Ribas, leal a Ricardo, disparó. El disparo no iba dirigido a Jacobo, sino a Tomás, el testigo. Jacobo se lanzó, empujando a Tomás fuera del camino y recibiendo la bala en el costado de su cuerpo ya herido. Cayó al suelo con un grito de agonía.
Elena gritó un sonido de pura desesperación y corrió hacia él. La cabaña estalló en un caos de disparos. Ricardo, despertando por el ruido, aprovechó la confusión, agarró a Elena y la usó como escudo humano, arrastrándola hacia la puerta trasera. “Nadie se mueva o la mato”, gritó afuera en la oscuridad, la arrastró hacia el bosque. “Cometiste un grave error, hija”, si seaba en su oído. “Vas a desear nunca haber nacido.” “Pero no contaba con la nueva Elena. La Elena que había sobrevivido a un oso.
La Elena que había defendido a su hombre. Recordó el pequeño cuchillo que siempre llevaba para cortar hierbas todavía en el bolsillo de su delantal. Con un movimiento rápido y vicioso, se lo clavó en el muslo. Ricardo huyó de dolor y la soltó. Elena no huyó. Se giró y lo enfrentó, sus ojos ardiendo de rabia. Tú eres el que cometió el error”, dijo ella, su voz temblando de furia. “Nunca fui tu hija, solo fui una herramienta.” Pero esta herramienta se rompió detrás de ellos, los disparos cesaron.
Ricardo, herido y desesperado, intentó agarrarla de nuevo, pero una figura enorme apareció de la oscuridad y lo golpeó con tal fuerza que salió volando y cayó inconsciente. Era Jacobo, sangrando, sostenido por el serif, pero de pie. Había ignorado su nueva herida, impulsado únicamente por la necesidad de salvarla. se derrumbó en los brazos de Elena, su conciencia finalmente abandonándolo. Los días que siguieron fueron un borrón febril. Jacobo fue llevado a la pequeña clínica del pueblo, donde el médico luchó por salvarle la vida.
La bala le había perforado un pulmón y, combinado con sus heridas anteriores y la infección, el pronóstico era sombrío. Elena no se apartó de su lado. Se sentó junto a su cama, sosteniendo su mano, hablándole, rogándole que no la dejara sola ahora que finalmente se habían encontrado. Mientras Jacobo luchaba por su vida, el imperio de Ricardo de la Vega se derrumbaba. Con el testimonio de Tomás, los detalles del complot salieron a la luz. El matrimonio fraudulento, los intentos de asesinato, el secuestro, el soborno del serif Rivas.
Valeria, enfrentada a una larga pena de prisión, traicionó a su padre a cambio de una sentencia reducida, contando cada detalle de sus planes. El escándalo destruyó el nombre de De la Vega. Sus socios lo abandonaron, sus cuentas fueron congeladas y su mansión fue confiscada para pagar sus deudas. Ricardo lo perdió todo. Una mañana, mientras Elena cambiaba las vendas de un Jacobo inconsciente, su padre fue llevado a su celda. Pasó por delante de la puerta de la habitación de Jacobo, encadenado un hombre roto y envejecido de la noche a la mañana.
Sus ojos se encontraron con los de Elena. No había odio en la mirada de ella, solo una inmensa y vacía lástima. Él había sembrado crueldad y había cosechado ruina. Ese fue el momento en que se dio cuenta de lo que había perdido, no el dinero ni el estatus, sino a la única persona de su familia que poseía una bondad genuina. Pero ya era demasiado tarde. Tres días después, Jacobo despertó. Lo primero que vio fueron los ojos de Elena, llenos de lágrimas de alivio.
“Gané la pelea”, susurró él. Su voz apenas un hilo. “Ganamos”, respondió ella, besando su mano. Siempre ganamos juntos. Su recuperación fue larga, pero esta vez fue diferente. No estaban escondidos en la montaña, sino en el pueblo, rodeados de gente que los había llegado a admirar. El serit se aseguró de que tuvieran todo lo que necesitaban. Tomás los visitaba a diario, lleno de remordimiento y gratitud. Elena aprendió que la fuerza no solo venía de dentro, sino también de la comunidad que uno construía.
Un mes después regresaron a la montaña. La cabaña, su hogar, había sido dañada en el tiroteo, pero seguía en pie. Juntos, con la ayuda de algunos hombres del pueblo que subieron para echarles una mano, la repararon. Reconstruyeron las paredes, reemplazaron las ventanas rotas y mientras trabajaban reconstruyeron su vida. La cabaña se volvió más fuerte, al igual que ellos. Los años que siguieron fueron de una paz profunda y merecida. Jacobo sanó por completo. Aunque las cicatrices de su cuerpo contaban la historia de su amor y su supervivencia.
El amor de Elena no solo lo había sanado físicamente, sino que había borrado los últimos fantasmas de su pasado. Lira era un recuerdo dulce, pero Elena era su presente, su futuro, su todo. Y Elena floreció. Lejos de la sombra de su familia, se convirtió en la mujer que siempre debió ser. Su timidez se transformó en una tranquila confianza. Su conocimiento de las hierbas la convirtió en la curandera no oficial de la región, y la gente subía a la montaña no solo por sus remedios, sino por su sabiduría y su bondad.
Un año después de la confrontación, bajo el mismo roble donde Jacobo había declarado su amor, Elena le dio una noticia. “Vas a tener que construir una habitación más en la cabaña”, dijo con una sonrisa radiante. La alegría en el rostro de Jacobo fue más brillante que cualquier amanecer. meses después nació su primer hijo, un niño fuerte con los ojos claros de su padre y el cabello oscuro de su madre. Lo llamaron Daniel, que significa Dios es mi juez.
Un recordatorio de que solo importaba el juicio del amor y la verdad. Dos años después llegó una niña a la que llamaron La, que significa portadora de buenas noticias. Su hogar, que una vez fue el refugio solitario de un hombre, ahora rebozaba de risas, de pequeños pasos y del amor de una familia forjada en el fuego. Una tarde, años más tarde, Jacobo y Elena estaban sentados en el porche de su cabaña ampliada. Daniel y Lía jugaban en el prado, sus risas flotando en el aire fresco de la montaña.
Elena se apoyó en el hombro de Jacobo y él la rodeó con su brazo, atrayéndola hacia el calor familiar de su cuerpo. Contemplaron la vasta extensión de bosque y montañas que era su reino. Habían enfrentado la crueldad, la traición y la muerte, y habían salido del otro lado, no solo intactos, sino más completos. El plan de Ricardo de la Vega, nacido del desprecio y la codicia, había fracasado de la manera más espectacular posible. En su intento de desterrar a la hija que consideraba un error, le había entregado el único tesoro que realmente importaba, una vida de amor verdadero y una familia propia.
La felicidad de Elena se convirtió en su castigo final, un eco constante de todo lo que él había despreciado y perdido. Su propio padre la despreció por una obsesión, por un orgullo ciego, creyendo que la riqueza y la apariencia eran el único legado que importaba. Pero cuando intentó destruirla, solo la vio renacer más fuerte, feliz y amada, y su propia ruina le enseñó la lección más dura de su vida. La historia de Jacobo y Elena es un poderoso recordatorio de que el verdadero valor de una familia no reside en las tradiciones ni en los apellidos, sino en el amor incondicional y el respeto mutuo.
A veces las segundas oportunidades no son para recuperar lo que perdimos, sino para convertirnos a través del dolor y el arrepentimiento en la persona que siempre debimos ser.
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