El 12 de septiembre de 1991, en un pequeño pueblo rodeado de bosques al norte de Puebla, México, 10 niños de entre 9 y 11 años subieron al viejo autobús escolar 24B con destino a una excursión educativa al sitio arqueológico de Jojo Chan. Era una mañana clara, sin una sola nube, y la maestra encargada, la señorita Beatriz Ríos, saludaba a los padres con una sonrisa mientras marcaba nombres en su libreta de asistencia.

 El chóer, un hombre mayor llamado Don Efraín, era conocido por su puntualidad y su amor por contar historias durante los trayectos. El autobús partió a las 0812 de la mañana, cruzando lentamente el portón oxidado de la escuela, sin saber que nadie lo volvería a ver. A las 10:43 a, la escuela intentó comunicarse con el sitio arqueológico para confirmar la llegada del grupo. No hubo respuesta.

 A las 11:20, una madre que trabajaba cerca del camino principal llamó a la dirección. jamás vio pasar el autobús. A las 11:58 se activó la primera alerta informal y para la 1 pm, decenas de padres ya estaban en la entrada de la escuela gritando, llorando, exigiendo respuestas. El autobús, la maestra, los 10 niños y el conductor se habían desvanecido.

Durante días, helicópteros, perros rastreadores y militares buscaron por tierra y aire. Se inspeccionaron barrancos, ríos, cuevas, caminos rurales e incluso zonas sin pavimentar. No había restos, huellas, señales de accidente, solo silencio. La desaparición fue tan absoluta que se volvió pesadilla colectiva.

 Se dijo que los niños podrían haber sido secuestrados por un grupo armado, que la maestra había planeado escapar, que el autobús se desvió por error y cayó en algún abismo oculto. Ninguna teoría prosperó. El caso fue archivado como una desaparición múltiple sin resolución, una frase que aún hiela la sangre en los archivos de la fiscalía.

Con el tiempo el pueblo cambió. Muchos padres se mudaron, otros murieron sin respuestas. Los pasillos de la escuela quedaron marcados por una ausencia que jamás se llenó. Solo quedó una fotografía enmarcada en la sala de profesores. Una imagen grupal tomada minutos antes de la partida. donde los niños posan autobús amarillo con el letrero visita educativa CP.

Detrás el bosque parece más oscuro de lo habitual. ¿Desde qué ciudad y país estás viendo esta historia? Escríbelo en los comentarios, porque cuando el silencio es tan profundo, cada voz que recuerda ayuda a no olvidar. 11 años después, en octubre de 2002, una tormenta inusualmente intensa azotó la región.

 Las lluvias provocaron un deslave cerca del viejo camino forestal conocido como el sendero del Una ruta abandonada desde los años 80 por su inclinación peligrosa. Un campesino llamado Tomás Alpuche, que había subido al cerro en busca de leña húmeda, notó que la tierra se había abierto a la orilla del barranco y entonces lo vio a medio enterrarse, oxidado, pero reconocible.

 El techo curvado de un autobús escolar, con pintura amarilla apagada sobresalía entre lodo y raíces expuestas. Tomás no dijo nada al principio. Volvió corriendo al pueblo, jadeando, pálido, con las botas cubiertas de barro rojo. Fue directo con el jefe de la delegación municipal y tartamudeando solo dijo, “Está ahí el camión con los niños dentro.

” La noticia se esparció en cuestión de horas. Para el anochecer, decenas de pobladores ya estaban en el sitio intentando retirar con palas y manos la tierra mojada. Lo que encontraron dejó a todos en silencio. El autobús 24B estaba intacto por fuera, como si hubiera quedado congelado en el tiempo. Los neumáticos reventados, los vidrios cubiertos de musgo, las puertas estaban cerradas.

Cuando finalmente las forzaron, un olor espeso, metálico y antiguo salió como un suspiro retenido. Dentro los asientos seguían alineados, pero vacíos. No había restos humanos, no había sangre, no había señales de lucha, solo un detalle minúsculo que heló la sangre de los rescatistas. Sobre el asiento trasero, colgando de una mochila infantil aún sujeta al respaldo, había una libreta con una sola hoja escrita al lápiz en letra temblorosa.

No salgan si él se sube, no miren atrás. Los investigadores quedaron perplejos. El autobús no tenía marcas de impacto ni huellas que indicaran cómo llegó hasta allí. El camino por el que apareció no existía en ningún mapa actual. Y algo más extraño. Al revisar el sistema eléctrico, encontraron que el cassete del estéreo seguía insertado.

Cuando lo reprodujeron, sonó una voz infantil cantando una canción escolar y luego otra voz más grave que no correspondía a nadie identificado. Ya casi llegamos, pero no todos bajan. Los familiares de los desaparecidos acudieron al sitio. Muchos lloraron, otros no pudieron acercarse. Uno de los padres, un hombre que había perdido a su hija de 9 años, se arrodilló frente al autobús y dijo, “Este no es el camión, es una trampa que se lo tragó todo.

“Desde entonces, el caso volvió a abrirse bajo una nueva clasificación, evento anómalo con implicaciones no determinadas, pero en el pueblo nadie duda de lo que ocurrió. Los niños sí subieron ese día al autobús, pero el autobús no los llevó a su destino. El autobús fue trasladado cuidadosamente a un almacén cerrado de la policía estatal.

 Durante el trayecto, varios agentes reportaron fallos en sus radios, brújulas girando sin control y una temperatura inusualmente baja dentro del vehículo, a pesar del calor exterior. Uno de los oficiales encargados de la custodia afirmó, en voz baja y sin registrar oficialmente, que durante una madrugada escuchó voces infantiles desde el interior del camión.

 Pensó que era una broma hasta que notó que las ventanas estaban empañadas desde dentro. como si alguien respirara allí. El análisis forense arrojó resultados extraños. No había ADN humano en los asientos, ninguna fibra, ningún cabello. Las mochilas estaban deterioradas por la humedad, pero aún contenían objetos escolares, lápices, cuadernos, envoltorios de dulces.

Uno de los estuches tenía pegado un hombre que coincidía con una de las niñas desaparecidas, Mariela Gutiérrez. Cuando la madre fue llamada a identificarlo, estalló en llanto. Afirmó que ella misma había dibujado una flor azul en la tapa con marcador permanente y allí estaba casi intacta, como si el tiempo dentro del autobús no hubiera pasado.

 Los técnicos revisaron el sistema de ventilación del vehículo y encontraron algo aún más desconcertante. Una pluma de ave de la región atrapada entre los filtros. El biólogo consultado indicó que pertenecía a una especie extinta desde los años 60. Nadie supo explicar cómo llegó allí, pero lo más escalofriante aún estaba por venir.

 Al revisar el espacio debajo del tablero, donde se guardan herramientas, uno de los forenses encontró una nota escrita a mano en papel húmedo, pero legible. No tenía fecha ni firma. decía, “No fue un accidente. El camino no estaba en este mundo. Y más abajo, con otra letra, él se subió entre risas. Nosotros no sabíamos, pero la maestra sí.

” Las autoridades intentaron contactar a familiares de Beatriz Ríos, la maestra, a cargo del viaje. Descubrieron que ella no tenía hermanos ni hijos y que sus padres habían muerto hacía más de una década. Sin embargo, una anciana en un pueblo cercano aseguró haberla visto una vez en 1996. Dijo que Beatriz estaba sucia, con la ropa rota y que le pidió agua mientras repetía una sola frase.

 Sigue dando vueltas. Nunca paró. Las cámaras de seguridad del almacén donde se resguardaba el autobús registraron actividad constante durante las noches, sombras moviéndose entre los asientos. Luces internas encendiéndose solas y en una ocasión una silueta infantil apareciendo brevemente reflejada en el retrovisor.

 Nadie se atrevía a patrullar el lugar solo. Y pronto el autobús fue trasladado a una ubicación desconocida por razones de seguridad institucional. Pero en el pueblo la historia nunca se fue, porque hay quienes creen que el camión nunca volvió solo, que algo lo trajo de vuelta y que los niños jamás bajaron. Meses después del hallazgo, los rumores comenzaron a multiplicarse.

Uno de los rescatistas, Luis Ángel Romero, dejó su trabajo sin previo aviso. Vivía solo, pero sus vecinos aseguraron que desde su regreso de la operación hablaba por las noches como si respondiera preguntas de alguien invisible. Lo encontraron muerto en su casa en febrero de 2003, frente al televisor encendido con un cuaderno sobre el regazo.

 En la última página había dibujado con lápiz el contorno de un autobús, pero con ventanas tapadas por manos pequeñas y un mensaje escrito al pie. No debimos abrir la puerta. A partir de ese momento, los habitantes del pueblo empezaron a notar señales inexplicables. Una niña que vivía cerca de la antigua ruta hacia Jojo Alichan fue encontrada dormida en el suelo del patio con los pies sucios de barro rojo.

Cuando despertó, dijo haber soñado que viajaba en un camión viejo donde los niños no tenían ojos y cantaban sin mover la boca. En la escuela donde estudiaban los desaparecidos, la señora de limpieza encontró una hoja de cuaderno en un armario que nunca abría. Decía, “La rueda no deja de girar. No sabemos cuánto tiempo ha pasado.

” Los padres que aún vivían en la región comenzaron a reunirse en silencio una vez al mes en la vieja cancha de tierra junto a la escuela. Encendían veladoras, dejaban juguetes pequeños y colocaban tarjetas con los nombres de sus hijos. Un día, una de esas tarjetas apareció doblada dentro de una mochila abandonada en otra escuela a 90 kimenda kilometr de distancia.

 La mochila, según los registros, pertenecía a un alumno fallecido en 1992 en un accidente sin relación aparente. La conexión entre los objetos, los sueños y las apariciones comenzó a atraer la atención de un grupo de investigadores especializados enfenómenos inexplicables. Uno de ellos, la antropóloga Jimena Córdoba, propuso una teoría inquietante, que el camino por donde desapareció el autobús coincidía con antiguos senderos rituales prehispánicos vinculados a leyendas sobre el regreso incompleto del alma en ciertas fechas del calendario

lunar. Jimena anotó que todos los incidentes posteriores al hallazgo ocurrían durante los mismos días del año, entre el 12 y el 15 de septiembre. En 2004 regresó al sitio del descubrimiento para realizar un análisis más profundo. Esa noche envió un solo mensaje de texto a su asistente. Escucho risas, estoy cerca.

 Nunca más se supo de ella. Desde entonces, los pobladores dejaron de acercarse al área. Un letrero oxidado fue colocado por las autoridades. Zona cerrada. peligro de derrumbes. Aunque todos sabían que el verdadero peligro no venía de la Tierra, sino de lo que viaja sin moverse, lo que espera sin tiempo y lo que tal vez aún hoy sigue dando vueltas en un autobús que nadie puede detener.

 En 2006, durante una restauración en los archivos de la antigua Secretaría de Educación Pública Local, una empleada administrativa encontró una caja sellada sin etiqueta, escondida detrás de un archivador oxidado. Dentro había cintas de audio en mal estado, notas mecanografiadas y fotografías sin registrar. Todas pertenecían al caso del autobús 24B y muchas nunca se habían visto públicamente.

Una de las grabaciones tenía una etiqueta con una sola palabra escrita a mano. Prueba. El audio restaurado por un ingeniero de sonido reveló una conversación grabada entre dos niños. No está claro cuándo fue hecha ni cómo. Las voces eran tenues, pero reconocibles. Uno de los niños pregunta si ya van a llegar y el otro responde, “No hay ventanas, no hay puertas, solo él.

” Luego, un sonido como el roce de uñas en metal interrumpe el diálogo y finalmente una voz profunda, demasiado madura para ser infantil, murmura algo apenas audible. sigan sentados. Aún no es su parada. Las notas mecanografiadas pertenecían a un inspector escolar que fue asignado al caso en 1993 y que había sido retirado por alteraciones emocionales severas.

 En una de ellas describe una pesadilla recurrente. Está dentro del autobús, pero nadie lo ve. Todos los niños están de espaldas. Uno a uno comienzan a girar lentamente y todos tienen su propio rostro. En la última hoja escribió con tinta corrida. No era un paseo, era una entrega. Las fotografías incluían imágenes del autobús enterrado antes de ser movido.

 En una de ellas, la sombra proyectada por la luz del atardecer formaba una figura claramente humana parada detrás del vehículo, aunque en ese momento no había nadie allí. Esa foto fue enviada a análisis y desapareció. Tras conocerse este nuevo hallazgo, la historia volvió a encenderse en medios independientes. Algunos periodistas intentaron investigar, pero se encontraron con puertas cerradas, documentos extraviados y respuestas ambiguas por parte de las autoridades.

Uno de ellos, en un artículo filtrado online aseguró que el caso fue reclasificado bajo una categoría confidencial usada solo en eventos considerados potencialmente disociativos para el orden público. En la actualidad, nadie sabe con certeza qué ocurrió con los 10 niños desaparecidos aquel día de septiembre.

 Algunos creen que nunca murieron, que simplemente cruzaron a un espacio donde el tiempo no existe y que el autobús fue solo el vehículo, no físico, sino simbólico. Otros dicen que aún están dentro, repitiendo eternamente el mismo recorrido, porque lo que desaparece sin dejar rastro no siempre se fue. A veces solo espera otra parada.

 En 2009, los nombres de los 10 alumnos volvieron a resonar tras un incidente inexplicable en una escuela primaria de Tesutlan, a más de 100 km del lugar de la desaparición. Durante un simulacro de incendio, los maestros evacuaron a los alumnos y notaron que había una mochila extra en el patio. Nadie sabía de quién era. Dentro encontraron cuadernos antiguos con fechas de 1991 y una hoja de asistencia con los nombres de los 10 niños desaparecidos escritos a mano.

 En la esquina inferior una frase, “Hoy tampoco bajamos.” La dirección escolar contactó a la policía, pero los agentes clasificaron el hecho como una broma de mal gusto. Sin embargo, una docente que de niña asistió a la escuela de los desaparecidos, aseguró reconocer la caligrafía de uno de los alumnos. Era la letra de Pedro Vargas. Yo me sentaba con él.

 El caso fue cerrado, pero el rumor ya corría por foros de internet y entre familiares que aún buscaban respuestas. Ese mismo año, un exempleado del departamento de transporte escolar publicó anónimamente varios documentos escaneados, entre ellos un viejo mapa con rutas no oficiales usadas por conductores para evitar caminos peligrosos.

 Una de esas rutas cruzaba una vía ferroviaria abandonada que coincidía exactamente con la zona donde apareció enterrado elautobús. En la parte inferior del mapa, a mano, se repetía un símbolo extraño, un círculo con tres líneas verticales. Al investigar se descubrió que ese símbolo aparecía también en petroglifos prehispánicos de la región, vinculados a rituales de cruces espirituales, según registros arqueológicos.

Algunos expertos propusieron una hipótesis inquietante, que la desaparición no fue un evento aislado, sino parte de un patrón que se repite en otros lugares del mundo. Casos similares se documentaron en Polonia, 1954, Argentina, 1976 y el sur de India, 1985. Todos con niños, todos en vehículos que nunca llegaron.

Y en todos testigos hablaban de una figura que se subió al final, seguida de la misma advertencia. No mires hacia atrás. Hoy la zona donde se halló el autobús permanece cercada y sin acceso público, pero los vecinos aseguran que en ciertas noches de septiembre pueden verse luces tenues entre los árboles como faros parpadeando y que a veces se escucha una canción infantil repetida como un eco desde el otro lado del camino.

 En 2010, una serie documental independiente sobre desapariciones inexplicables viajó al pueblo para investigar el caso del autobús escolar. El director Emilio Navarro obtuvo permiso especial para acceder a los registros policiales y a una entrevista con uno de los primeros agentes que llegó al lugar del hallazgo. El oficial retirado Julián Méndez lo encontró viviendo solo en una casa en ruinas, rodeado de dibujos colgados en las paredes.

 Todos de autobuses, todos sin ventanas. Durante la entrevista, Julián pareció tranquilo al principio, pero al hablar del momento en que abrió la puerta del vehículo, su voz tembló. Dijo que no recordaba claramente qué vio, pero que nunca volvió a dormir en paz. Escuché a alguien respirar, lo juro. Y luego una risa, una risa de alguien que ya no tenía cuerpo.

 Emilio grabó la conversación completa y la incluyó en el primer episodio de la serie, pero antes del estreno, su equipo sufrió un fallo masivo en los discos duros donde estaban almacenadas las copias. Todo el material inexplicablemente se corrompió. Solo se salvó un fragmento de audio. Una voz infantil repite suave y rítmica.

Falta uno. Falta uno. El episodio nunca salió al aire. Emilio abandonó el proyecto y se retiró del medio. Semanas después envió una carta a uno de sus compañeros donde escribió, “El autobús es una herida. Cada vez que alguien la abre, algo sale y algo entra. A partir de ese momento, el caso pasó de ser una tragedia local a convertirse en leyenda urbana.

 Se contaba en escuelas, se compartía en redes con nuevas teorías, se investigaba en canales de misterio que recopilaban pruebas, pero ninguna versión oficial ofreció respuestas. Las autoridades emitieron un comunicado final en 2012, donde declaraban que toda conexión paranormal es producto de la sugestión colectiva, pero nadie que haya estado cerca del caso lo creyó.

Porque aún hoy, cada año, entre el 12 y el 15 de septiembre, llegan a la escuela original cartas anónimas dirigidas a los niños desaparecidos, firmadas con iniciales que no coinciden con ningún familiar. y escritas con tinta azul muy desvanecida. En una de ellas, encontrada en 2021, se leía, “No fue un error, fue una elección. Nosotros dijimos que sí.

 Los padres que aún viven en el pueblo no hablan del tema, pero en sus miradas hay algo que no se borra, la certeza de que sus hijos no se perdieron, fueron llevados. ¿Por qué? ¿Por quién? ¿Por qué nunca regresaron? Y la pregunta más terrible, ¿a dónde los llevó ese autobús si nunca hubo ruta marcada? En 2013, un arqueólogo aficionado llamado Rodrigo Valverde publicó un artículo en un pequeño boletín universitario sobre formaciones inusuales en las zonas boscosas cercanas al lugar donde el autobús fue descubierto. afirmaba haber encontrado

patrones en el terreno que formaban círculos concéntricos y líneas rectas orientadas hacia el este, visibles solo desde el aire, como si alguien o algo hubiera marcado caminos invisibles desde mucho antes de la desaparición. Curiosamente, en el centro exacto de uno de esos círculos halló enterrado un objeto de plástico deformado, una lonchera escolar.

Dentro aún estaban los restos de un sándwich enmoecido y una servilleta con el nombre Ana L. Cortés, una de las niñas desaparecidas. El objeto fue entregado a las autoridades, pero jamás se supo el destino del informe forense. Rodrigo, al intentar retomar la investigación meses después, encontró su archivo borrado y su cuenta de correo cerrada por actividad inusual.

Desde entonces desapareció del ámbito académico. Ese mismo año, un antiguo conductor de autobuses de la región, Esteban Aguilar, se presentó voluntariamente para declarar un dato que había guardado por más de dos décadas. dijo que en 1991, pocos días antes del incidente, escuchó a don Efraín, el chóer del 24, hablar por radio con alguien sobre un atajonuevo, una ruta que solo él conocía.

 Lo extraño es que en los registros de tránsito no existía tal ruta. Esteban incluso aseguró haber visto una noche a Efraín parado en medio del camino, mirando al bosque como esperando una señal. Después del hallazgo del autobús, Esteban volvió al lugar por su cuenta. Dijo que al acercarse a la zona, su reloj se detuvo y que empezó a escuchar un murmullo suave, como voces de niños rezando.

 Al regresar a su vehículo, encontró su llavero colgado en el retrovisor. El mismo que había perdido 15 años antes con una plaquita que decía ruta escolar 24B, no volvió jamás. Las autoridades locales negaron conocer estos relatos, pero algunos pobladores aseguran que todos los oficiales que participaron en el primer operativo de búsqueda renunciaron o fueron trasladados en menos de un año.

 Otros dicen que algunos de ellos terminaron en hospitales psiquiátricos y en más de un caso reportaron visiones repetitivas. un autobús vacío en medio del bosque y una fila de niños afuera esperando su turno para subir. Para quienes han vivido esta historia de cerca, la desaparición no fue una casualidad ni un crimen común.

Fue un cruce, una grieta en la realidad, una puerta que por algún motivo se abrió durante ese paseo escolar. Lo que cruzó aún no se ha ido. En 2015, una cineasta independiente llamada Natalia Heredia se obsesionó con el caso tras ver una publicación en un foro olvidado de internet.

 Viajó al pueblo con un equipo reducido y comenzó a grabar un documental entrevistando a los últimos familiares vivos, exdocentes y algunos pobladores que aún se atrevían a hablar. Uno de ellos, un anciano llamado Tomás Cuevas, ex jardinero de la escuela, reveló algo que hasta entonces nadie había mencionado, que días antes del viaje escolar, los árboles del patio comenzaron a perder hojas de forma irregular, como si algo en el ambiente se hubiese alterado.

 Tomás también contó que en la noche anterior a la excursión, mientras cuidaba el invernadero, escuchó una voz aguda decir su nombre desde los columpios vacíos. Salió con una linterna, pero no había nadie, solo una marioneta rota sobre la arena, la misma que usaban los niños para las obras escolares. Natalia grabó su testimonio, pero cuando quiso revisarlo, el archivo aparecía distorsionado, lleno de interferencias, como si algo hubiera interferido con el sonido.

 Días después, una de las cámaras del equipo captó una imagen breve accidental durante una toma panorámica del bosque. En un segundo exacto del video, entre los árboles puede verse lo que parece ser una fila de niños inmóviles de espaldas, todos con mochilas del mismo modelo. Pero al ampliar la imagen, algo escalofriante emerge. No tienen sombra.

 El metraje fue analizado, desacreditado por expertos y, finalmente, retirado de plataformas por supuestas violaciones de normas de contenido. El proyecto de Natalia jamás se publicó. A pesar de eso, el caso volvió a viralizarse en foros oscuros y surgieron nuevas teorías, que los niños fueron parte de un experimento, que el autobús atravesó un portal dimensional, que lo sucedido es un ciclo ritual que se repite en distintas partes del mundo bajo diferentes formas.

 En todos los casos, el patrón es el mismo, niños, trayectos y una figura desconocida que sube al final. El autobús 24B, por su parte, nunca fue destruido. Según filtraciones, fue trasladado a una base militar donde permanece sellado y vigilado, clasificado como activo de interés anómalo. Nadie puede acceder, nadie responde preguntas, pero en el pueblo los ecos persisten.

Una maestra nueva que llegó años después afirma que cada septiembre, en las fechas de la desaparición alguien deja un cuaderno sobre su escritorio sin nombre, con dibujos extraños, ruedas, ojos sin pupila y una figura alta sosteniendo una linterna apagada. Y aunque nadie puede confirmar si son reales o una broma cruel, ella conserva cada uno porque dice, “Hay cosas que regresan no para ser entendidas, sino para recordarnos que no estamos solos ni a salvo.

” En 2020, un grupo de jóvenes exploradores urbanos decidió buscar el punto exacto donde fue hallado el autobús 24B. Con mapas antiguos, coordenadas filtradas y ayuda de imágenes satelitales llegaron a lo profundo del bosque. Lo que encontraron fue un claro circular sin vegetación, donde los árboles alrededor parecían haber crecido torcidos, como si algo invisible los empujara hacia afuera.

En el centro encontraron marcas quemadas sobre la tierra, formando un patrón que coincidía con el símbolo de los petroglifos antiguos. El círculo con tres líneas, uno de ellos, Damián Flores, grabó todo con una cámara de mano. En el video, mientras sus amigos recorren el sitio, se escucha de fondo una melodía infantil tarareada muy suavemente.

 Ninguno de ellos notó el sonido al momento. Al regresar al pueblo, Damián revisó el material y al ampliar una de las tomas vio algo que lodejó helado. En la parte trasera de la imagen, reflejada en el metal oxidado de un poste, se veía claramente el rostro de una niña sonriendo con uniforme escolar y el cabello trenzado. No pertenecía a ninguno de ellos.

 Coincidía casi exactamente con la foto escolar de Ana L. Cortés. El video fue subido a internet, pero fue bajado horas después por una denuncia desconocida. Cuentas de los involucrados fueron suspendidas y uno de ellos, el mismo Damián, declaró que había comenzado a recibir llamadas desde números sin identificación. Al contestar, solo se escuchaba una voz infantil diciendo, “Ya estamos todos.

” Después de eso, dejó las redes y no volvió a hablar públicamente del caso. Hoy, más de tres décadas después de la desaparición, el caso del autobús 24B sigue siendo uno de los enigmas más perturbadores y silenciados de la historia reciente. Ningún cuerpo fue hallado, ninguna causa fue determinada, ninguna explicación bastó.

 Pero las señales, los objetos, los testimonios y las huellas siguen apareciendo como si el tiempo mismo se negara a cerrar la herida. Y hay quienes creen que en algún lugar el autobús aún viaja, que los niños siguen sentados mirando por ventanas que no muestran paisajes, sino recuerdos. Que la maestra todavía sostiene el cuaderno de asistencia, repitiendo los nombres uno a uno, esperando que todos respondan.

 y que el conductor, don Efraín, no ha dejado de conducir, porque hay viajes que no terminan nunca, solo cambian de forma y hay pasajeros que, aunque el mundo los dé por perdidos, siguen ahí esperando su próxima parada. M.