En 1980, María Elena Vázquez, una estudiante de 16 años, desapareció misteriosamente mientras regresaba de la escuela secundaria en Puebla. Durante 13 años, su familia vivió en la incertidumbre hasta que un vecino, atormentado por la culpa, reveló la verdad sobre lo que realmente le pasó a la joven. Lo que descubrieron cambió para siempre la vida de todos en el barrio.
El 23 de octubre de 1980 amaneció con ese frío característico de octubre en Puebla. Las calles empedradas del barrio La Luz brillaban húmedas por la llovisna nocturna y el aroma a pan dulce se escapaba de las panaderías que ya habían comenzado su trabajo antes del amanecer. Los vendedores ambulantes arrastraban sus carritos por las calles estrechas gritando tamales calientes y elotes elotes.
Mientras las campanas de la iglesia de San Francisco llamaban a la primera misa del día. María Elena Vázquez se despertó esa mañana como cualquier otro día. A los 16 años era una muchacha alegre y responsable que cursaba el segundo año de secundaria en la escuela técnica número cuatro. Sus padres, don Roberto y doña Carmen, tenían una pequeña tienda de abarrotes en la planta baja de su casa de dos pisos.
De esas construcciones típicas poblanas con paredes de adobe y techos de teja roja que habían resistido décadas de lluvias y temblores. La familia Vázquez no era rica, pero tampoco pobre. Don Roberto había trabajado durante 20 años en la fábrica textil Volkswagen y con sus ahorros había logrado comprar la casa y establecer el negocio.
Doña Carmen, una mujer menuda pero de carácter fuerte, atendía la tienda mientras cuidaba a sus tres hijos. María Elena, la mayor, Carlos de 14 años y la pequeña Lupita de apenas ocho. María Elena era el orgullo de la familia. Desde pequeña había mostrado una inteligencia excepcional y una dedicación a los estudios que sus padres admiraban.
Soñaba con ser maestra, como su tía Esperanza, quien trabajaba en una escuela primaria en la Ciudad de México. Cada tarde, después de ayudar en la tienda, se sentaba en la mesa de la cocina a hacer sus tareas bajo la luz amarillenta de un foco que colgaba del techo. Esa mañana de octubre, María Elena se levantó a las 6:30. Como siempre se lavó la cara con agua fría en la pequeña pileta del patio.
Se peinó cuidadosamente su cabello negro y largo y se puso su uniforme escolar. Falda azul marino, blusa blanca y suéter gris. Desayunó con prisa unos huevos revueltos con frijoles refritos que le había preparado su madre. tomó su mochila de lona café y se despidió con un beso en la mejilla.

“Regreso a las 5, mamá”, le dijo a doña Carmen, quien estaba acomodando latas de chiles en los estantes de la tienda. “Ten cuidado, mija, y no te olvides de comprar el pan en la panadería de don Aurelio”, le respondió su madre dándole unas monedas. María Elena caminó por las calles familiares hacia la escuela. El barrio La Luz era uno de esos lugares donde todos se conocían.
Las señoras barrían las banquetas frente a sus casas mientras platicaban de los chismes del día anterior. Los niños corrían hacia sus escuelas con sus uniformes impecables, cargando loncheras de metal abolladoras por el uso. En la escuela, María Elena era una estudiante modelo.
Sus maestros la querían por su comportamiento ejemplar y sus buenas calificaciones. Tenía pocas amigas íntimas, pero se llevaba bien con todos. Ese día tuvo clases de matemáticas, español, ciencias naturales e historia de México. Durante el recreo compartió su torta de jamón con su amiga Rosa, una muchacha tímida que vivía en el barrio de al lado.
“¿Vienes a estudiar conmigo mañana?”, le preguntó Rosa mientras comían sentadas en una banca del patio escolar. “Claro, pero que sea en tu casa. En la mía siempre hay mucho ruido por la tienda,”, respondió María. Elena con una sonrisa. Las clases terminaron a las 4:30 de la tarde.
María Elena guardó sus libros en la mochila, se despidió de sus compañeros y maestros y comenzó su camino de regreso a casa. La ruta era la misma. Salía de la escuela, caminaba por la calle Reforma hasta llegar a la avenida Juárez, la cruzaba en el semáforo y luego tomaba la calle Morelos, que la llevaba directamente a su barrio.
El sol de octubre comenzaba a declinar, tiñiendo de naranja las fachadas de las casas coloniales del centro de Puebla. María Elena se detuvo en la panadería de don Aurelio, como le había pedido su madre, y compró seis bolillos recién salidos del horno. El panadero, un hombre mayor con bigote blanco y delantal lleno de harina, le sonrió como siempre.
“Saluda a tu mamá, María Elena”, le dijo mientras le entregaba los panes en una bolsa de papel. “Sí, don Aurelio, que tenga buena tarde”, respondió la muchacha guardando el cambio en su mochila. Eran las 5:10 de la tarde cuando María Elena salió de la panadería. Según varios testigos que la vieron ese día, caminó por la calle Morelos comosiempre, balanceando la bolsa de pan en una mano y cargando su mochila en el hombro.
Doña Refugio, una señora que vendía flores en la esquina, la saludó con la mano y María Elena le respondió con una sonrisa. Pero María Elena Vázquez nunca llegó a su casa esa tarde. A las 6 de la tarde, doña Carmen comenzó a preocuparse. Su hija siempre era puntual y nunca se tardaba más de 30 minutos en llegar de la escuela.
Preguntó a Carlos si había visto a su hermana, pero el muchacho estaba haciendo tarea en su cuarto y no sabía nada. A las 6:30, don Roberto regresó del trabajo y encontró a su esposa visiblemente nerviosa, asomándose cada dos minutos a la puerta de la tienda. ¿Qué pasa, Carmen?, preguntó mientras se quitaba la chaqueta. María Elena no ha llegado.
Ya se tardó mucho, respondió doña Carmen con voz temblorosa. Don Roberto trató de tranquilizar a su esposa. Tal vez se quedó estudiando con alguna amiga o tuvo que hacer algo en la escuela. Ya sabes cómo es, muy responsable. Pero cuando llegaron las 7 de la noche y María Elena seguía sin aparecer, don Roberto decidió salir a buscarla.
Primero fue a la escuela, pero ya estaba cerrada. Luego caminó por toda la ruta que su hija hacía todos los días, preguntando a los comerciantes si la habían visto. Don Aurelio, el panadero, le confirmó que María Elena había estado en su establecimiento alrededor de las 5 de la tarde. Se veía normal, don Roberto.
Compró su pan y se fue caminando hacia su casa. Como siempre, le dijo el hombre, notando la preocupación en los ojos del padre. Doña Refugio, la vendedora de flores, también recordaba haber visto a la muchacha. Pasó por aquí como a las 5:15. Le dije hola y ella me saludó con la mano. Se veía bien, no pasaba nada raro, pero después de esa esquina, nadie más había visto a María Elena.
A las 9 de la noche, don Roberto regresó a casa con las manos vacías y el corazón lleno de angustia. Doña Carmen había estado llorando y la pequeña Lupita preguntaba una y otra vez dónde estaba su hermana mayor. Vamos a la policía decidió don Roberto. Algo le pasó a nuestra hija. La delegación de policía del centro de Puebla estaba ubicada en un edificio viejo y mal iluminado.
El oficial de guardia, un hombre corpulento con uniforme arrugado, recibió la denuncia de don Roberto con una actitud que rayaba en la indiferencia. ¿Cuánto tiempo lleva desaparecida la muchacha?, preguntó sin levantar la vista de unos papeles. Desde las 5 de la tarde. Nunca se tarda tanto en llegar a casa, respondió don Roberto tratando de contener su desesperación.
El oficial suspiró. Mire, señor, tenemos que esperar 48 horas antes de considerar oficialmente a una persona como desaparecida. Las muchachas de esa edad a veces se van con el novio o se escapan de casa. regrese pasado mañana si no aparece. Mi hija no tiene novio y jamás se escaparía de casa”, protestó don Roberto.
Pero el oficial ya había perdido interés en el caso. Esa noche nadie en la casa de los Vázquez pudo dormir. Doña Carmen se pasó las horas rezando el rosario mientras don Roberto salía cada media hora a caminar por las calles del barrio, esperando encontrar a su hija en cualquier esquina. Los dos días siguientes fueron una pesadilla.
Familiares, amigos y vecinos se unieron a la búsqueda. Recorrieron cada calle, cada callejón, cada terreno valdío en un radio de varios kilómetros. Pusieron carteles con la fotografía de María Elena en postes de luz, escaparates de tiendas y paredes de edificios públicos. La fotografía mostraba a una muchacha sonriente, con ojos brillantes y una expresión de esperanza.
que ahora parecía burlarse de la realidad. Debajo en letras grandes decía Se busca María Elena Vázquez, 16 años, desaparecida el 23 de octubre de 1980. Cuando finalmente la policía comenzó la investigación oficial, sus métodos fueron rudimentarios. En 1980, Puebla no contaba con la tecnología forense moderna.
No había cámaras de seguridad en las calles, no existían teléfonos celulares y los procedimientos policiales se basaban principalmente en testimonios y búsquedas físicas. El detective encargado del caso, un hombre llamado Raúl Mendoza, interrogó a familiares, amigos y conocidos de María Elena. Todos coincidían en que la muchacha era responsable, estudiosa y sin problemas.
No tenía novio, no se drogaba, no frecuentaba malas compañías. Es como si se la hubiera tragado la tierra”, le dijo el detective a don Roberto después de una semana de investigación infructuosa. Se exploraron varias teorías. Tal vez María Elena había sido víctima de un secuestro, aunque la familia no tenía dinero para pagar un rescate.
Quizás algún desconocido la había atacado en la calle, pero no habían encontrado signos de violencia en ningún lugar. También consideraron la posibilidad de que hubiera tenido un accidente y estuviera en algún hospital, pero revisaron todos los centros médicos dela ciudad sin encontrar rastro de ella. La prensa local cubrió la historia durante algunos días.
El periódico El Sol de Puebla publicó un artículo con el título Misteriosa desaparición de estudiante poblana, pero pronto la noticia fue desplazada por otros eventos. Si esta historia te está gustando, suscríbete al canal y activa la campaña de notificaciones para escuchar más casos como este. Los meses pasaron lentamente para la familia Vázquez.
Doña Carmen desarrolló una rutina obsesiva. Todas las tardes a las 5 en punto se sentaba en la puerta de la tienda a esperar que María Elena apareciera caminando por la calle como si nada hubiera pasado. Don Roberto siguió trabajando en la fábrica, pero sus compañeros notaron que había cambiado. Se había vuelto silencioso y distraído, como si una parte de él hubiera desaparecido junto con su hija.
Carlos, el hermano de María Elena, se convirtió en el hijo mayor de facto. Aunque tenía apenas 14 años, asumió responsabilidades que no le correspondían por edad. Ayudaba más en la tienda, cuidaba a su hermana pequeña y trataba de ser fuerte por sus padres, aunque por las noches lloraba en silencio en su cama. La pequeña Lupita, que tenía 8 años cuando desapareció María Elena, desarrolló pesadillas recurrentes.
Soñaba que su hermana la llamaba desde muy lejos, pero cuando trataba de encontrarla no podía moverse. Doña Carmen la llevó con el doctor Herrera, el médico del barrio, quien le recetó un jarabe para los nervios y recomendó paciencia. El primer aniversario de la desaparición fue especialmente difícil. La familia organizó una misa en la iglesia de San Francisco y muchos vecinos asistieron para mostrar su apoyo.
El padre Jiménez, un sacerdote mayor que conocía a la familia desde hacía años, habló sobre la fe y la esperanza en tiempos difíciles. María Elena está en las manos de Dios dijo durante la homilía. Debemos orar por su regreso, pero también debemos confiar en que su voluntad se cumplirá. Después de la misa, don Roberto se acercó al altar y encendió una veladora que había mandado hacer especialmente para su hija.
Era una veladora grande con la imagen de la Virgen de Guadalupe y una oración impresa que decía, “Virgencita de Guadalupe, protege a nuestra hija María Elena y guíala de regreso a casa.” Durante los años siguientes, la investigación oficial se enfrió gradualmente. El detective Mendoza fue transferido a otra ciudad y el caso pasó a las manos de diferentes oficiales que no mostraron el mismo interés.
Los archivos de María Elena se acumularon polvo en un escritorio de la delegación, uno más en cientos de casos sin resolver. Pero la familia nunca se rindió. Don Roberto gastó todos sus ahorros contratando investigadores privados, videntes y hasta un detective de la Ciudad de México que prometía encontrar a personas desaparecidas.
Ninguno de ellos pudo proporcionar pistas sólidas. En 1985, 5 años después de la desaparición, los Vázquez recibieron una llamada que les dio esperanza. Una mujer de Guadalajara afirmaba haber visto a María Elena trabajando en una fábrica de esa ciudad. Don Roberto viajó inmediatamente a Guadalajara con la fotografía de su hija, pero cuando llegó a la fábrica descubrió que se trataba de otra muchacha que se parecía vagamente a María Elena.
Incidentes similares ocurrieron varias veces a lo largo de los años. Alguien juraba haber visto a María Elena en Veracruz o en Tijuana o en Oaxaca. Cada vez la familia se llenaba de esperanza y cada vez la decepción era más profunda. En 1988, 8 años después de la desaparición, doña Carmen sufrió una crisis nerviosa. Una tarde, mientras atendía la tienda, comenzó a gritar que María Elena acababa de entrar y que todos estaban ciegos por no verla.
Los vecinos la llevaron al hospital, donde estuvo internada durante dos semanas. El doctor le diagnosticó depresión severa y le recetó medicamentos que la ayudaron a estabilizarse, pero nunca volvió a ser la misma mujer alegre de antes. La tienda de abarrotes, que había sido el sustento de la familia, comenzó a declinar.
Don Roberto, consumido por la búsqueda de su hija, no le prestaba la atención necesaria al negocio. Los clientes fueron disminuyendo y pronto la familia tuvo que vender algunas de sus pertenencias para pagar las deudas. Carlos se casó en 1989 con una muchacha del barrio llamada Patricia.
Fue una boda sencilla, pero María Elena estuvo presente en espíritu. Doña Carmen guardó un lugar vacío en la mesa principal con un ramo de flores blancas y la fotografía de su hija mayor. “Cuando María Elena regrese, vamos a hacer otra fiesta”, le dijo a Patricia durante la celebración. Patricia, que había crecido en el barrio y conocía la historia, asintió con lágrimas en los ojos.
Se había casado no solo con Carlos, sino también con el dolor de una familia que no podía encontrar la paz. Lupita, la hermanamenor, creció en la sombra de la desaparición. En la escuela siempre era la hermana de la muchacha que desapareció. Los maestros la trataban con una compasión especial que a veces la hacía sentir incómoda.
Era una niña inteligente como había sido María Elena, pero desarrolló una personalidad más reservada y cautelosa. En 1990, 10 años después de la desaparición, la familia recibió la visita de un periodista de la Ciudad de México que estaba escribiendo un libro sobre casos sin resolver.
Pasó una semana en Puebla entrevistando a familiares, amigos y vecinos. Su artículo, publicado en una revista nacional renovó brevemente el interés en el caso, pero no generó nuevas pistas. El barrio La Luz también había cambiado durante esos años. Algunas familias se habían mudado, nuevos vecinos habían llegado y los niños que recordaban a María Elena ahora eran adultos con sus propias preocupaciones.
Pero la historia de la muchacha desaparecida se había convertido en parte del folklore local, una leyenda urbana que se contaba en voz baja. Don Evaristo Morales había sido vecino de los Vázquez desde 1975. Vivía solo en una casa pequeña al final de la calle Morelos, a solo dos cuadras de la tienda de abarrotes.
Era un hombre soltero de 45 años que trabajaba como mecánico en un taller cercano. Los vecinos lo consideraban una persona callada pero inofensiva, alguien que mantenía su jardín limpio y saludaba cortésmente cuando se encontraba con otros en la calle. Durante los años que siguieron a la desaparición de María Elena, don Evaristo había mostrado solidaridad con la familia.
Había participado en algunas de las búsquedas, había contribuido con dinero para imprimir más carteles y ocasionalmente preguntaba a don Roberto si había noticias sobre su hija. Pero don Evaristo cargaba con un secreto que lo había estado consumiendo durante 13 años. En 1993, don Evaristo comenzó a tener problemas de salud.
Primero fueron dolores de pecho que el médico diagnosticó como angina de pecho. Luego vinieron las noches de insomnio, los sudores fríos y las pesadillas que lo despertaban gritando. Su hermana menor, doña Soledad, que vivía en la Ciudad de México, vino a visitarlo en el mes de abril. se alarmó al ver el estado físico y emocional de su hermano.
Evaristo, estás muy mal. ¿Qué te pasa?, le preguntó una tarde mientras tomaban café en la cocina. Don Evaristo la miró con ojos llenos de lágrimas. Soledad, tengo que contarte algo, algo que he guardado durante muchos años y que me está matando por dentro. Si estás disfrutando de este caso, suscríbete al canal y activa la campaña de notificaciones para escuchar más casos como este.
Doña Soledad dejó la taza de café sobre la mesa. Había notado que su hermano había cambiado mucho desde la última vez que lo había visto, dos años atrás. Parecía haber envejecido una década en muy poco tiempo. “Cuéntame, hermano. Sea lo que sea, puedes confiar en mí”, le dijo tomándole la mano. Don Evaristo respiró profundamente.
Es sobre María Elena, la hija de los Vázquez. El corazón de doña Soledad se aceleró. “¿Qué pasa con María Elena?” “Yo sé que le pasó”, susurró don Baristo. “Yo sé que le pasó porque porque yo estuve ahí. Durante las siguientes dos horas, don Evaristo le contó a su hermana una historia que había mantenido en secreto durante 13 años.
Una historia que explicaba por qué María Elena Vázquez nunca había regresado a casa esa tarde de octubre de 1980. Según el relato de don Evaristo, él se encontraba en su casa esa tarde cuando escuchó gritos provenientes de la calle. Eran aproximadamente las 5:20 de la tarde y ya estaba oscureciendo. Salió a ver qué pasaba y encontró una escena que lo horrorizó.
Arnulfo Santana, un hombre de 35 años que vivía en la misma calle, tenía agarrada a María Elena del brazo. La muchacha gritaba y trataba de soltarse, pero Arnulfo era mucho más fuerte que ella. Don Evaristo conocía a Arnulfo desde hacía años. Era un hombre con problemas de alcoholismo que había estado en la cárcel por robo en 1978.
“Suéltame, por favor!”, gritaba María Elena. “No hecho nada malo.” Arnulfo, que obviamente había estado bebiendo, la arrastraba hacia un terreno valdío que estaba al final de la calle. “Cállate, muchacha! Nadie va a saber nada.” Don Evaristo se quedó paralizado por unos segundos, después corrió hacia ellos.
Arnulfo, ¿qué estás haciendo? Suelta a la muchacha, gritó. Arnulfo se volvió hacia él con ojos inyectados de sangre. No te metas, Evaristo. Esto no es asunto tuyo. Claro que es mi asunto. Esta es la hija de don Roberto. Suéltala ahora mismo. Arnulfo soltó a María Elena por un momento, pero cuando la muchacha trató de correr, él la alcanzó y la empujó fuertemente.
María Elena cayó al suelo y se golpeó la cabeza contra una piedra grande que estaba en el terreno valdío. El sonido del impacto fue seco y terrible. MaríaElena se quedó inmóvil en el suelo. “Dios mío”, exclamó don Baristo corriendo hacia la muchacha. Arnulfo también se acercó y cuando vio que María Elena no se movía, se puso pálido.
No era mi intención, solo quería, no quería lastimarla. Don Evaristo se arrodilló junto a María Elena y le buscó el pulso. No encontró ninguno. La muchacha tenía los ojos abiertos, pero no respiraba. Un hilo de sangre salía de su oreja izquierda. Está muerta, susurró donvaristo. Dios mío, la mataste. Arnulfo comenzó a temblar.
Fue un accidente. Tú lo viste. Fue un accidente. Ella se cayó. un accidente. Tú la estabas secuestrando. No, no era así. Yo solo yo solo quería hablar con ella. Siempre me gustó esa muchacha. Quería decirle que se fuera conmigo a Veracruz. Don Evaristo miró el cuerpo inmóvil de María Elena y después miró a Arnulfo. ¿Estás loco? Ella tiene 16 años.
Es una niña. ¿Qué vamos a hacer ahora? preguntó Arnulfo con voz temblorosa. Vamos a llamar a la policía. Vamos a reportar lo que pasó. No, no podemos hacer eso protestó Arnulfo. Van a decir que la maté a propósito. Me van a meter a la cárcel para siempre. Porque sí la mataste. Tal vez no querías matarla, pero la mataste.
Arnulfo se puso de pie y comenzó a caminar en círculos. Evaristo, tienes que ayudarme. Somos vecinos. Nos conocemos desde hace años. Ayudarte. ¿Audarte con qué? Tenemos que deshacernos del cuerpo. Nadie nos vio. Nadie tiene que saber lo que pasó. Don Evaristo se sintió mareado. ¿Estás loco? No voy a hacer eso.
Si no me ayudas, voy a decir que tú también estuviste involucrado. Voy a decir que tú me ayudaste a agarrar a la muchacha. Eso es mentira. ¿Quién te va a creer? Tú eres la única persona que me vio con ella. Si me acusan, también te van a acusar a ti. Don Evaristo miró otra vez el cuerpo de María Elena. Era una muchacha tan joven, tan llena de vida esa mañana.
Ahora yacía inmóvil en la tierra con su uniforme escolar manchado de sangre y tierra. No puedo hacer esto murmuró. Tienes que hacerlo insistió Arnulfo. Si no lo haces, los dos vamos a ir a la cárcel. Y de todas formas ella ya está muerta. No podemos hacer nada para revivirla. Don Evaristo se quedó en silencio durante varios minutos.
Después, con las manos temblorosas, ayudó a Arnulfo a cargar el cuerpo de María Elena. La llevaron a un pozo abandonado que estaba a unos 2 km del barrio, en una zona semidesértica donde nadie iba nunca. El pozo tenía unos 15 metros de profundidad y había sido excavado años atrás por una compañía que buscaba agua, pero nunca la encontró.
Dejaron caer el cuerpo de María Elena en el pozo. Después regresaron al terreno valdío y limpiaron la sangre con tierra y ramas. “Nunca le vamos a contar esto a nadie”, le dijo Arnulfo a don Evaristo. “Esto se queda entre nosotros para siempre”. Don Evaristo asintió, pero ya sabía que esa promesa lo iba a atormentar por el resto de su vida.
Durante los días siguientes, don Evaristo participó en las búsquedas de María Elena, sabiendo todo el tiempo dónde estaba su cuerpo. Vio el dolor de don Roberto y doña Carmen. Escuchó los llantos de la pequeña Lupita y cada día se odiaba más a sí mismo por su cobardía. Arnulfo, por su parte, se comportó como si nada hubiera pasado.
Siguió viviendo en la misma calle, siguió trabajando en la construcción, siguió bebiendo en las cantinas del barrio. Ocasionalmente, cuando se cruzaba con Donaristo en la calle, le hacía una señal casi imperceptible con la cabeza, como recordándole su pacto de silencio. Pero en 1985, 5 años después de la muerte de María Elena, Arnulfo desapareció del barrio.
Algunos vecinos dijeron que se había ido a trabajar a Estados Unidos. Otros creían que había regresado a su pueblo natal en Oaxaca. Don Evaristo nunca supo qué fue de él, pero se sintió aliviado de no tener que ver su cara todos los días. Sin embargo, el alivio no duró mucho. Sin Arnulfo presente para recordarle constantemente su secreto, don Evaristo comenzó a obsesionarse con el caso.
Leía cada artículo que se publicaba sobre María Elena. escuchaba cada rumor sobre posibles avistamientos y se torturaba a sí mismo, imaginando cómo sería la vida de la muchacha si hubiera actuado de manera diferente esa tarde. En 1990, 10 años después de la muerte de María Elena, don Evaristo comenzó a tener pesadillas recurrentes.
Soñaba que María Elena se levantaba del pozo y caminaba hacia su casa goteando agua y tierra. En el sueño, la muchacha lo señalaba con el dedo y le decía, “¿Por qué no me ayudaste? ¿Por qué no les dijiste a mis padres dónde estoy?” Las pesadillas se volvieron tan intensas que don Evaristo desarrolló insomnio crónico. Comenzó a beber alcohol para poder dormir, pero eso solo empeoró su estado mental.
En el trabajo, sus compañeros notaron que había cambiado, se había vuelto irritable y distraído y cometía errores que antes nunca había cometido.En 1992, don Evaristo tuvo su primer ataque de pánico. Estaba reparando un automóvil cuando de repente sintió que se ahogaba. Su corazón latía tan rápido que pensó que se iba a morir.
Sus compañeros lo llevaron al hospital donde el doctor le dijo que había sufrido una crisis de ansiedad. “¿Ha estado pasando por mucho estrés últimamente?”, le preguntó el doctor. Don Evaristo no supo qué responder. “¿Cómo explicar que había estado viviendo con el peso de un secreto terrible durante 12 años? Cuando doña Soledad terminó de escuchar la historia de su hermano, se quedó en silencio durante varios minutos.
Después se levantó de la mesa y se acercó a la ventana que daba a la calle. Evaristo le dijo finalmente, tienes que contarle esto a la familia de María Elena. No puedo, respondió don Evaristo. Van a odiarme. Van a querer matarme. Te van a odiar más si no se los dices. Esa familia ha estado sufriendo durante 13 años sin saber qué le pasó a su hija.
Tienen derecho a saber la verdad. Y si me meten a la cárcel, tal vez te metan a la cárcel, pero por lo menos vas a poder dormir en paz. Don Evaristo se cubrió la cara con las manos. No sé si tengo el valor para hacerlo. Tienes que encontrar el valor. Si no lo haces, te vas a morir con este secreto y la familia de María Elena nunca va a saber qué le pasó.
Doña Soledad se quedó en Puebla durante una semana más tratando de convencer a su hermano para que revelara la verdad. Finalmente, don Evaristo accedió a contarle todo a don Roberto, pero le pidió a su hermana que lo acompañara. El 28 de abril de 1993, 13 años después de la desaparición de María Elena, don Evaristo y doña Soledad se presentaron en la tienda de abarrotes de la familia Vázquez.
Don Roberto, que ahora tenía 61 años, atendía el mostrador. Los años de sufrimiento habían dejado huellas profundas en su rostro. Su cabello, que había sido completamente negro, ahora era canoso y sus ojos habían perdido el brillo que tenían antes. Buenas tardes, don Roberto, saludó don Evaristo con voz temblorosa. Buenas tardes, Evaristo.
¿Cómo estás? Respondió don Roberto, notando que su vecino se veía muy nervioso. Don Roberto, necesito hablar con usted. Es sobre María Elena. Don Roberto se enderezó inmediatamente. Durante todos esos años había mantenido la esperanza de que algún día alguien le traería noticias sobre su hija. “¿Qué sabes sobre María Elena?”, preguntó con voz ansiosa.
“Es mejor que hablemos en privado.” “¿Podemos sentarnos?” Don Roberto cerró la tienda y los llevó a la sala de su casa. Doña Carmen estaba preparando la cena en la cocina y cuando vio a las visitas se acercó a saludar. Doña Carmen, dijo don Evaristo, usted también tiene que escuchar esto. Los cuatro se sentaron en la pequeña sala. Don Evaristo respiró profundamente y comenzó a contar su historia.
Cuando terminó, el silencio en la sala era ensordecedor. Don Roberto tenía la mirada fija en el suelo y doña Carmen había comenzado a llorar silenciosamente. “¿Estás diciendo que mi hija está muerta?”, preguntó finalmente don Roberto con voz quebrada. “Sí, don Roberto, lo siento mucho. ¿Y que tú sabías dónde estaba durante todos estos años?” “Sí.
” Don Roberto se levantó lentamente de su silla. Por un momento, don Evaristo pensó que lo iba a golpear. En cambio, don Roberto caminó hacia la ventana y se quedó mirando hacia la calle. “13 años”, murmuró. “13 años buscándola. ¿Y tú sabías dónde estaba, don Roberto. Yo quería decirle, “Pero, ¿pero qué?”, gritó don Roberto volviéndose hacia él.
“¿Pero qué, Evaristo? Era mi hija. Mi hija. Doña Carmen se levantó y se acercó a su esposo. Roberto, por favor, cálmate. Que me calme. ¿Cómo quieres que me calme? Este hombre sabía dónde estaba María Elena y nos dejó sufrir durante 13 años. Yo también he sufrido dijo don Evaristo. Todos estos años he vivido con este secreto. No he podido dormir.
No he podido vivir en paz. ¿Tú has sufrido?”, preguntó don Roberto con sarcasmo. “¿Tú has sufrido?” Nosotros no sabíamos si nuestra hija estaba viva o muerta. No sabíamos si estaba sufriendo, si necesitaba ayuda, si nos estaba buscando. Tú por lo menos sabías la verdad. Don Evaristo bajó la cabeza. Tiene razón.
No hay excusa para lo que hice. ¿Dónde está? preguntó doña Carmen. ¿Dónde está el cuerpo de mi hija? Don Evaristo les explicó la ubicación del pozo abandonado. Don Roberto tomó nota de la dirección y después se dirigió hacia la puerta. ¿A dónde vas?, preguntó doña Carmen. A buscar a María Elena y después voy a la policía. La recuperación del cuerpo de María Elena Vázquez fue un proceso difícil y doloroso.
La policía tuvo que usar equipo especializado para extraer los restos del pozo, que habían estado sumergidos en agua estancada durante 13 años. El forense confirmó que se trataba de María Elena basándose en la dentadura yalgunos objetos personales que se encontraron junto al cuerpo, su mochila escolar, algunos libros y una cadena de oro que le había regalado su abuela para su quinceañera.
La causa de la muerte fue determinada como traumatismo cráneofálico severo, consistente con la historia que había contado don Evaristo. Don Evaristo fue arrestado y acusado de complicidad en homicidio y encubrimiento. Durante el juicio que se llevó a cabo en 1994, él confesó completamente su participación en los hechos.
Su abogado argumentó que había actuado bajo coacción de Arnulfo Santana, pero el juez determinó que había tenido múltiples oportunidades durante 13 años para revelar a la verdad. Fue sentenciado a 8 años de prisión, pero salió en libertad condicional después de 5 años por buena conducta. Arnulfo Santana nunca fue encontrado.
La policía emitió una orden de arresto nacional, pero no había registros de él en ninguna parte del país. Algunos investigadores creían que había muerto, posiblemente en un accidente laboral en Estados Unidos, pero nunca se confirmó. El funeral de María Elena Vázquez se llevó a cabo en la Iglesia de San Francisco el 10 de mayo de 1993, día de las madres.
Fue una ceremonia tremendamente emotiva con cientos de personas que habían seguido el caso durante todos esos años. Don Roberto cargó el ataúd junto con sus hermanos y algunos amigos cercanos. Doña Carmen, que había esperado ese momento durante 13 años, finalmente pudo despedirse de su hija. “Perdóname, mi hija”, susurró mientras ponía una rosa blanca sobre el ataúd.
“Perdóname por no haberte encontrado antes, Carlos. que ahora tenía 27 años y era padre de dos niños, leyó una carta que había escrito para su hermana. María Elena, durante todos estos años te busqué en cada cara que veía en la calle. Te busqué en cada muchacha que se parecía a ti. Nunca dejé de esperar que un día regresaras a casa.
Ahora sé que no podrás regresar, pero también sé que finalmente estás en paz. Te prometo que voy a cuidar a mamá y papá y que voy a contarles a mis hijos sobre su tía María Elena, que quería ser maestra y que tenía el corazón más grande del mundo. Lupita, que ahora tenía 21 años y estudiaba enfermería, también habló en el funeral.
Hermana, crecí con tu ausencia, pero también crecí con tu recuerdo. Mamá y papá me contaron mil veces sobre tus sueños, sobre tu bondad, sobre lo mucho que me querías. Aunque no pude conocerte como hermana adulta, siempre supe que tenía una hermana que me cuidaba desde el cielo. Ahora por fin puedes descansar.
El caso de María Elena Vázquez tuvo un impacto duradero en la comunidad de Puebla. Muchas familias comenzaron a ser más cuidadosas con sus hijos, especialmente con las muchachas jóvenes. Se organizaron grupos de vigilancia vecinal y se establecieron protocolos más estrictos para reportar personas desaparecidas. La historia también sirvió para destacar las deficiencias en el sistema policial de la época.
La falta de recursos, la ausencia de protocolos adecuados para casos de desaparición y la actitud indiferente de algunos oficiales contribuyeron a que el caso permaneciera sin resolver durante tanto tiempo. En 1995, dos años después de la recuperación del cuerpo de María Elena, el gobierno del estado de Puebla implementó nuevas regulaciones para casos de personas desaparecidas.
Se redujo el tiempo de espera para iniciar una investigación oficial. Se creó una unidad especializada en desapariciones y se establecieron protocolos más rigurosos para la búsqueda de personas. Don Roberto nunca pudo perdonar completamente a don Evaristo. Aunque entendía que había actuado por miedo, no podía olvidar los 13 años de sufrimiento que podrían haber sido evitados si hubiera tenido el valor de contar la verdad desde el principio.
“No lo odio”, le dijo a un periodista años después. Pero tampoco puedo perdonarlo. Él tuvo una opción y eligió protegerse a sí mismo en lugar de hacer lo correcto. Doña Carmen desarrolló una perspectiva diferente. Evaristo también fue víctima de Arnulfo Santana, decía. Él no mató a María Elena, pero tuvo que vivir con la carga de ese secreto durante 13 años.
Eso también es un castigo. La tienda de abarrotes de los Vázquez cerró definitivamente en 1996. Don Roberto se jubiló anticipadamente de la fábrica y la familia se mudó a una casa más pequeña en otro barrio de Puebla. No podían seguir viviendo en el lugar donde habían pasado tantos años esperando el regreso de María Elena.
En el lugar donde antes estaba la tienda, ahora hay una panadería. Pero los vecinos más antiguos del barrio La Luz todavía recuerdan la historia de María Elena Vázquez, la muchacha que desapareció una tarde de octubre y cuyo misterio permaneció sin resolver durante 13 años. Don Evaristo, después de salir de prisión se mudó a otra ciudad.
Nunca se casó, nunca tuvo hijos y vivió elresto de su vida como un hombre solitario y atormentado. Murió de un infarto en el año 2005. A los 70 años de edad, el pozo donde fue encontrado el cuerpo de María Elena fue sellado por las autoridades. Ahora es parte de un desarrollo habitacional y las familias que viven ahí no conocen la historia trágica del lugar.
Pero para quienes conocieron a María Elena Vázquez, su memoria sigue viva. Era una muchacha con sueños, con esperanzas, con toda una vida por delante. Su muerte robó no solo su futuro, sino también los futuros que ella habría tocado como maestra, como esposa, como madre. En la tranquila eternidad, donde no existe dolor ni sufrimiento, María Elena ha encontrado el descanso perfecto, libre para siempre de la violencia que truncó su vida terrenal.
Su familia encuentra consuelo en la fe de que esta alma inocente ahora vive en paz, donde algún día se reencuentren con aquellos que la amaron en la tierra.
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Llegué sin aviso a visitar a mi hija. Estaba tirada sobre la alfombra junto a la puerta, vestida con ropa…
📜Mi Marido Me Obligó A Divorciarme, Mi Suegra Me Lanzó Una Bolsa👜Rota Y Me Echó. Al Abrirla…😮
Siete años de matrimonio y yo creía haberme casado con una familia decente, con un esposo que me amaba con…
Seis meses después de que mi esposo murió, lo vi en un mercado — luego lo seguí discretamente a su
Enterré a mi marido hace 6 meses. Ayer lo vi en el supermercado. Corrí hacia él llorando. Me miró confundido….
EN EL FUNERAL DE MI HIJO, RECIBÍ UN MENSAJE: “ESTOY VIVO, NO ESTOY EN EL ATAÚD. POR FAVOR…
Me llamo Rosalvo, tengo más de 70 años y vivo aquí en San Cristóbal de las Casas, en el interior…
ANCIANA SALE DE LA CÁRCEL DESPUÉS DE 30 AÑOS… PERO LO QUE VE EN SU CASA LO CAMBIA TODO
Anciana sale de la cárcel después de 30 años, pero lo que ve en su casa cambia todo. Guadalupe Ramírez…
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