Cuando Gabriel Enrique Herrera Castro y Óscar Armando Núñez Paredes salieron de la Ciudad de México aquella mañana del 28 de marzo de 2004, nadie imaginaba que sería la última vez que sus familias los verían con vida. El sol apenas comenzaba a asomar por las montañas que rodean el Valle de México, pintando de dorado las pirámides ancestrales de Teotihuacán.

Era una excursión escolar como tantas otras, una actividad educativa que prometía ser memorable para los estudiantes de la preparatoria nacional número tres. Sin embargo, lo que comenzó como una aventura arqueológica se convertiría en uno de los misterios más perturbadores de la capital mexicana. El aire matutino tenía esa frescura característica del altiplano mexicano en marzo, cuando el invierno da paso lentamente a la primavera.

 Los autobuses amarillos de la escuela atravesaban las avenidas de la Ciudad de México rumbo al norte, hacia la zona arqueológica más importante del país. Los estudiantes charlaban animadamente sobre las leyendas de los antiguos teotihuacanos, sobre los sacrificios humanos y los misterios que aún guardaban las pirámides del sol y de la luna.

 Gabriel, de 17 años, llevaba su cámara fotográfica desechable para documentar el viaje. Óscar, también de 17 años, había estudiado toda la noche anterior sobre la civilización teotihuacana para impresionar a su maestra de historia. La preparatoria nacional número tres era conocida por sus excursiones educativas bien organizadas.

 Ese día, 82 estudiantes de cuarto año participaban en la visita guiada por Teotihuacán, acompañados por seis maestros y dos guías especializados del Instituto Nacional de Antropología e Historia. El grupo llegó a la zona arqueológica a las 9 de la mañana, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a calentar las piedras milenarias de las pirámides.

Todo transcurrió con normalidad. Durante las primeras horas, los estudiantes recorrieron la calzada de los muertos, admiraron los frescos del palacio de Ketzalpapalotl y subieron los 247 escalones de la pirámide del Sol. Gabriel tomaba fotografías constantemente, fascinado por la arquitectura ancestral. Óscar tomaba notas detalladas en su cuaderno azul, preparando mentalmente el ensayo que tendría que entregar la semana siguiente.

 Fue durante el recorrido por la ciudadela, alrededor de las 2 de la tarde, cuando los maestros se dieron cuenta de que Gabriel y Óscar no estaban con el grupo. La maestra Esperanza Rodríguez, responsable del grupo, realizó un conteo rápido de los estudiantes. Faltaban dos. Inmediatamente organizó una búsqueda sistemática por toda la zona arqueológica, dividiendo a los maestros y guías en equipos.

 Revisaron cada templo, cada museo, cada área de descanso. Los guardias de seguridad de la zona arqueológica se unieron a la búsqueda utilizando sus radios para coordinar los esfuerzos. Si está gustando este misterio, suscríbase al canal y active la campanita para descubrir más casos intrigantes como este.

 Gabriel Enrique Herrera Castro había nacido en la colonia Roma Norte, en el seno de una familia de clase media trabajadora. Su padre, Enrique Herrera Mendoza, trabajaba como contador en una empresa de construcción. Su madre, María Elena Castro Villareal, era enfermera en el Hospital General de México. Gabriel era el segundo de tres hermanos.

Conocido en su barrio por su pasión por la fotografía y su curiosidad insaciable por la historia prehispánica, desde pequeño coleccionaba libros sobre las civilizaciones mesoamericanas y soñaba con estudiar arqueología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus compañeros de clase lo describían como un joven tranquilo pero sociable, siempre dispuesto a ayudar con las tareas de historia.

 Su maestra Esperanza Rodríguez recordaba que Gabriel siempre hacía preguntas profundas sobre los temas que estudiaban, mostrando una madurez intelectual poco común para su edad. En los últimos meses antes del viaje a Teotihuacán, Gabriel había mostrado un interés particular por los rituales religiosos de los antiguos mexicanos, llevando libros especializados a la escuela y compartiendo datos curiosos con sus compañeros durante los recreos.

 La familia Herrera Castro mantenía una rutina estable y cariñosa. Los domingos se reunían en casa de los abuelos paternos en la colonia Doctores para comer cochinita pibil y ver el fútbol en televisión. Gabriel era muy cercano a su abuelo Aurelio, quien le había transmitido el amor por las tradiciones mexicanas y le contaba historias sobre los antiguos pobladores del Valle de México.

 El muchacho tenía planes de estudiar en la Escuela Nacional de Antropología e Historia después de terminar la preparatoria, un sueño que compartía con entusiasmo con su familia. Óscar Armando Núñez Paredes provenía de una familia más modesta de la colonia Buenos Aires. Su padre, Armando Núñez Soto, trabajaba como mecánico en untaller de la colonia obrera.

 Su madre, Carmen Paredes García, se dedicaba al hogar y ocasionalmente vendía tamales los fines de semana para complementar los ingresos familiares. Óscar era el mayor de cuatro hermanos y se había convertido en un ejemplo para sus hermanos menores, siempre responsable con sus estudios y respetuoso con sus padres.

 A diferencia de Gabriel, Ócar no había mostrado un interés particular por la arqueología hasta las clases de historia de cuarto año. Sin embargo, cuando comenzaron a estudiar las civilizaciones prehispánicas, algo despertó en él una fascinación profunda. Comenzó a visitar la biblioteca de la preparatoria durante sus horas libres, leyendo todo lo que encontraba sobre Teotihuacán, los aztecas y los mayas.

 Sus hermanos menores bromeaban diciéndole que se había vuelto un ratón de biblioteca, pero Óscar no se molestaba. Había encontrado su pasión. La maestra Esperanza Rodríguez, de 45 años, llevaba 20 años enseñando historia en la preparatoria nacional número 3. Era conocida por su dedicación y por organizar las mejores excursiones educativas de la escuela.

 Había llevado a cientos de estudiantes a Teotihuacán a lo largo de su carrera y nunca había perdido a ninguno. El día de la excursión, la maestra Rodríguez había notado que Gabriel y Óscar parecían particularmente emocionados, haciendo preguntas constantemente y tomando notas detalladas durante las explicaciones de los guías.

 El guía principal era el arqueólogo Miguel Ángel Cervantes Morales, un especialista en cultura teotihuacana con 15 años de experiencia trabajando en la zona arqueológica. Cervantes recordaba haber conversado brevemente con Gabriel sobre las técnicas de construcción de las pirámides, impresionado por el conocimiento que mostraba el joven.

También recordaba que Óscar había preguntado específicamente sobre las áreas restringidas del sitio arqueológico, mostrando curiosidad por las excavaciones en curso. Entre los compañeros de clase, varios estudiantes mencionaron haber visto a Gabriel y Óscar durante el almuerzo alrededor de las 12:30 compartiendo tortas y refrescos cerca del museo de sitio.

Algunos recordaron que los dos amigos hablaban animadamente sobre algo que habían visto durante la visita matutina, pero nadie prestó atención especial a su conversación. La última vez que alguien los vio juntos fue cerca de la entrada al palacio de los jaguares, poco antes de que el grupo se dirigiera hacia la ciudadela.

 Los guardias de seguridad de la zona arqueológica proporcionaron información importante sobre los movimientos de los visitantes ese día. El guardia refugio Hernández Plata, un hombre de 58 años con 30 años de experiencia en Teotihuacán, mencionó haber visto a dos jóvenes estudiantes cerca de las áreas de excavación restringidas alrededor de la 1:30 de la tarde.

 No pudo identificarlos con certeza, pero la descripción coincidía con Gabriel y Óscar. Otros guardias reportaron haber visto estudiantes en uniformes de la preparatoria nacional número tres en diferentes partes del sitio, pero ninguno recordaba específicamente a los dos jóvenes desaparecidos. Las primeras pistas comenzaron a emerger durante la búsqueda inicial.

 La cámara fotográfica desechable de Gabriel fue encontrada cerca del templo de Ketzalcoatl, aparentemente caída entre las piedras. El rollo estaba intacto, pero la cámara mostraba signos de haber sido abandonada apresuradamente. El cuaderno azul de Óscar apareció algunas horas después, encontrado por un guardia cerca de una de las áreas de excavación restringidas al público.

 Las últimas anotaciones en el cuaderno eran notas sobre los rituales de sacrificio teotihuacanos, escritas con letra apresurada y ligeramente temblorosa. La ropa de ambos jóvenes proporcionó pistas adicionales. Gabriel llevaba una playera blanca con el logotipo de la preparatoria, pantalones de mezclilla azul y tenis blancos.

 Óscar vestía una camisa a cuadros rojos y blancos, pantalones de mezclilla negros y tenis negros. Ambos llevaban mochilas escolares con sus nombres bordados. Las mochilas nunca fueron encontradas, lo que sugería que los jóvenes las tenían consigo cuando desaparecieron o que alguien las había retirado intencionalmente del área. Los testimonios de otros visitantes a la zona arqueológica proporcionaron información contradictoria.

 Una familia de turistas de Guadalajara reportó haber visto a dos jóvenes en uniformes escolares cerca de las excavaciones arqueológicas, pero no pudieron precisar la hora exacta. Un grupo de estudiantes universitarios de arqueología mencionó haber observado a algunos preparatorianos haciendo preguntas sobre las técnicas de excavación, pero tampoco pudieron identificar específicamente a Gabriel y Óscar.

 La evidencia más intrigante fue descubierta por el arqueólogo Cervantes durante una revisión de las áreas restringidas. En una de las excavaciones activasencontró huellas de pisadas frescas que no correspondían al calzado de seguridad usado por los trabajadores del sitio. Las huellas parecían ser de tenis deportivos y se dirigían hacia una sección particular de la excavación, donde recientemente habían descubierto restos de un complejo ceremonial previamente desconocido.

 Las pistas está se acumulando, pero el misterio continúa. Si está intentando resolver este caso conmigo, deje en los comentarios su teoría y no olvide suscribirse. La investigación oficial comenzó inmediatamente después de confirmar la desaparición. La Procuraduría General de Justicia del Estado de México activó el protocolo para menores desaparecidos, desplegando equipos especializados en la zona arqueológica.

Los investigadores interrogaron a todos los maestros, guías y guardias de seguridad presentes durante la excursión. También entrevistaron individualmente a cada uno de los 80 estudiantes que participaron en el viaje, buscando cualquier detalle que pudiera proporcionar pistas sobre el paradero de Gabriel y Óscar.

 El comandante Roberto Salinas Mendoza, encargado de la investigación, ordenó una búsqueda exhaustiva de toda la zona arqueológica utilizando perros rastreadores. Los canes siguieron el rastro de los jóvenes hasta las áreas de excavación restringidas, pero ahí se perdía por completo.

 La búsqueda se extendió a las comunidades cercanas de San Juante Otihuacán y San Martín de las Pirámides, donde los investigadores interrogaron a comerciantes locales y residentes que podrían haber visto a los jóvenes. Las técnicas forenses disponibles en 2004 eran limitadas comparadas con las actuales, pero los investigadores utilizaron todos los recursos a su disposición.

Se tomaron moldes de las huellas encontradas en la excavación y se compararon con el calzado de todos los trabajadores del sitio. Se analizaron las fibras textiles encontradas en diferentes áreas de la zona arqueológica, buscando coincidencias con la ropa que llevaban Gabriel y Óscar. Las fotografías tomadas por otros estudiantes durante la excursión fueron revisadas minuciosamente, buscando cualquier imagen que mostrara a los jóvenes desaparecidos.

La teoría inicial de los investigadores se centró en la posibilidad de una fuga voluntaria. Entrevistaron a familiares y amigos de ambos jóvenes buscando problemas personales o motivos que pudieran haberlos llevado a escapar. Sin embargo, tanto la familia Herrera Castro como la familia Núñez Paredes insistieron en que sus hijos eran responsables y no tenían motivos para huir.

 Los maestros confirmaron que ambos estudiantes tenían buenas calificaciones y no mostraban signos de problemas emocionales o conductuales. Una segunda teoría explorada fue la posibilidad de un accidente. La zona arqueológica de Teotihuacán tiene numerosas estructuras antiguas. túneles y áreas peligrosas donde los visitantes podrían sufrir caídas o quedar atrapados.

 Los equipos de rescate exploraron cada túnel conocido, cada pozo y cada estructura que pudiera representar un peligro. utilizaron equipos de espeleología para explorar cavidades subterráneas y sistemas de cuevas naturales en los alrededores de las pirámides. La investigación paralela llevada a cabo por las familias incluyó la contratación de un detective privado, el licenciado Jesús Contreras Ruiz, especializado en casos de personas desaparecidas.

Contreras había trabajado anteriormente con la procuraduría y tenía contactos en diferentes cuerpos policiales. Su investigación se centró en posibles avistamientos de los jóvenes en terminales de autobuses, estaciones del metro y otros puntos de transporte público en la Ciudad de México y el Estado de México.

 Las familias también organizaron búsquedas comunitarias distribuyendo volantes con las fotografías de Gabriel y Óscar en mercados, escuelas y centros comerciales de toda la zona metropolitana. ofrecieron recompensas por información que llevara al paradero de sus hijos y varios medios de comunicación cubrieron la historia, transmitiendo las fotografías de los jóvenes en noticieros de televisión y publicándolas en periódicos locales.

 Los medios de comunicación mexicanos siguieron el caso con interés, especialmente porque involucraba a estudiantes desaparecidos en uno de los sitios arqueológicos más importantes del país. El caso fue cubierto por Televisa, TV Azteca y varios periódicos nacionales. La presión mediática llevó a las autoridades a intensificar la búsqueda y a asignar más recursos a la investigación.

Durante los meses siguientes surgieron varios reportes de avistamientos que resultaron ser falsos. Una mujer en Pachuca reportó haber visto a dos jóvenes que coincidían con las descripciones cerca de la terminal de autobuses, pero los investigadores determinaron que se trataba de otros estudiantes.

 Un comerciante en Tlaxcala afirmó haber vendido refrescos a Gabriely Óscar, pero no pudo proporcionar detalles consistentes cuando fue interrogado más a fondo. La investigación también exploró la posibilidad de que los jóvenes hubieran sido víctimas de un crimen. En 2004, el Estado de México enfrentaba problemas de seguridad, incluyendo secuestros y desapariciones forzadas.

 Los investigadores examinaron casos similares en la región, buscando patrones que pudieran conectar la desaparición de Gabriel y Óscar con actividades criminales organizadas. A medida que pasaban los meses sin resultados concretos, la investigación oficial comenzó a perder intensidad. Las autoridades mantuvieron el caso abierto, pero los recursos asignados se redujeron gradualmente.

Las familias continuaron presionando por respuestas, organizando marchas y protestas pacíficas para mantener el caso en la atención pública. Se reunían cada domingo en el zócalo capitalino, portando fotografías de Gabriel y Óscar y exigiendo justicia. El caso permanecía sin resolver cuando en marzo de 2012, exactamente 8 años después de la desaparición, un equipo de arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia hizo un descubrimiento que cambiaría completamente la perspectiva del misterio. Durante excavaciones de

rutina, en una sección previamente inexplorada del complejo ceremonial de Teotihuacán, los arqueólogos encontraron los restos de Gabriel Enrique Herrera Castro y Óscar Armando Núñez Paredes. Los restos fueron encontrados en una cámara subterránea que había permanecido sellada durante décadas, posiblemente siglos.

 La cámara formaba parte de un complejo ceremonial teotihuacano que los arqueólogos estaban excavando como parte de un proyecto de investigación a largo plazo. Los cuerpos estaban en un estado de conservación notable debido a las condiciones específicas de temperatura y humedad de la cámara subterránea. El análisis forense inicial reveló que ambos jóvenes habían muerto por asfixia, aparentemente después de quedar atrapados en la cámara subterránea.

No había signos de violencia o trauma físico que sugiriera un crimen. Las mochilas escolares fueron encontradas junto a los cuerpos, conteniendo los libros, cuadernos y efectos personales que llevaban el día de la excursión. La evidencia sugería que Gabriel y Óscar habían ingresado voluntariamente a la cámara, posiblemente explorando por curiosidad, y luego no habían podido salir.

 La investigación renovada, dirigida ahora por la doctora Patricia Moreno Jiménez, antropóloga forense especializada en casos históricos, reveló detalles cruciales sobre lo que había ocurrido 8 años antes. El análisis de la Cámara Subterránea mostró que había una entrada oculta que se había colapsado después de que los jóvenes ingresaran.

 El colapso había sido causado por la inestabilidad estructural de la entrada, exacervada por las lluvias de marzo de 2004. Los cuadernos y notas encontrados con los cuerpos proporcionaron la evidencia final que resolvió el misterio. Óscar había documentado detalladamente su exploración de la zona arqueológica, incluyendo referencias específicas a túneles secretos y cámaras ocultas que había leído en sus investigaciones sobre Teotihuacán.

 Sus últimas anotaciones, escritas con letra cada vez más débil, describían haber encontrado una entrada secreta y su decisión de explorarla junto con Gabriel. Gabriel había utilizado su cámara fotográfica desechable para documentar el interior de la cámara antes de que se agotara el flash. Cuando el rollo fue revelado en 2012, las fotografías mostraron las últimas horas de los jóvenes, explorando con fascinación los murales y estructuras de la cámara ceremonial.

 Las últimas fotografías tomadas en completa oscuridad mostraban solo sombras y formas borrosas, evidencia de la desesperación de los jóvenes por encontrar una salida. La reconstrucción de los eventos mostró que Gabriel y Ócar habían encontrado la entrada oculta durante su exploración de las áreas restringidas alrededor de la 1:30 de la tarde.

 Fascinados por su descubrimiento y llevados por su pasión por la arqueología, habían decidido explorar la cámara sin informar a nadie. Una vez dentro, el peso de sus movimientos y la inestabilidad natural de la estructura había causado el colapso de la entrada. dejándolos atrapados. Los análisis posteriores revelaron que los jóvenes habían sobrevivido varios días en la cámara utilizando el agua de sus cantimploras y compartiendo la comida que llevaban en sus mochilas.

 Sus últimas anotaciones mostraban que habían intentado múltiples estrategias para escapar, incluyendo intentos de excavar la entrada colapsada y buscar salidas alternativas en la cámara. Sin embargo, la falta de herramientas adecuadas y la complejidad de la estructura los había condenado. La revelación del destino de Gabriel y Óscar trajo alivio y dolor a sus familias.

 Después de 8 años deincertidumbre, finalmente tenían respuestas sobre lo que había ocurrido con sus hijos. El dolor de la pérdida se mezcló con el orgullo de saber que sus hijos habían muerto explorando su pasión por la historia y la arqueología. mexicana. Ambas familias organizaron ceremonias fúnebres dignas, enterrando a Gabriel y Óscar en el Panteón Jardín de la Ciudad de México.

 Las autoridades de la zona arqueológica de Teotihuacán implementaron nuevos protocolos de seguridad como resultado del caso. Se realizó un mapeo exhaustivo de todas las estructuras subterráneas conocidas y se instalaron barreras de seguridad adicionales para prevenir que los visitantes accedieran a áreas peligrosas. Se establecieron también procedimientos más estrictos para el conteo y supervisión de grupos escolares durante las visitas educativas.

El Instituto Nacional de Antropología e Historia decidió nombrar la Cámara Ceremonial, donde fueron encontrados los restos como Cámara Herrera Núñez, en honor a los dos jóvenes cuya pasión por la arqueología los había llevado a su descubrimiento final. La cámara fue estudiada extensivamente y se determinó que contenía importantes evidencias sobre los rituales religiosos teotihuacanos, contribuyendo significativamente al conocimiento sobre esta antigua civilización.

La maestra Esperanza Rodríguez, profundamente afectada por la pérdida de sus estudiantes, estableció una beca anual en la preparatoria nacional número tres para estudiantes interesados en estudiar arqueología. La beca lleva el nombre de Gabriel Enrique Herrera Castro y Óscar Armando Núñez Paredes, asegurando que su memoria y su pasión por la historia mexicana continúen inspirando a futuras generaciones.

El detective privado Jesús Contreras Ruiz, quien había trabajado incansablemente con las familias durante 8 años, expresó su satisfacción por finalmente haber encontrado respuestas, aunque lamentó que no hubieran podido salvar a los jóvenes. Su trabajo en el caso lo llevó a especializarse en desapariciones en sitios arqueológicos, asesorando posteriormente a otras familias y autoridades en casos similares.

Los compañeros de clase de Gabriel y Óscar, que en 2012 ya eran adultos jóvenes, organizaron una ceremonia conmemorativa en la zona arqueológica de Teotihuacán. Muchos de ellos habían sido inspirados por la pasión de sus compañeros fallecidos para estudiar carreras relacionadas con la historia, la arqueología y la antropología.

Varios se convirtieron en arqueólogos profesionales dedicando sus carreras al estudio de las civilizaciones prehispánicas que tanto habían fascinado a Gabriel y Óscar. El caso de los adolescentes perdidos en Teotihuacán se convirtió en un recordatorio de la importancia de la supervisión adecuada durante las actividades educativas, pero también de la pasión genuina que los jóvenes mexicanos sienten por su patrimonio cultural.

Gabriel y Óscar murieron explorando los misterios de sus antepasados, llevados por una curiosidad intelectual que los honra y los recuerda como verdaderos amantes de la historia mexicana. Las familias Herrera Castro y Núñez Paredes mantienen vivo el recuerdo de sus hijos a través de actividades comunitarias y educativas. Cada año en el aniversario de la desaparición organizan visitas guiadas gratuitas a Teotihuacán para estudiantes de preparatoria, compartiendo la historia de Gabriel y Óscar y promoviendo el respeto por el patrimonio

arqueológico nacional. La cámara ceremonial descubierta gracias a la trágica exploración de los jóvenes, ha proporcionado información invaluable sobre los rituales funerarios teotihuacanos. Los murales encontrados en su interior han sido catalogados como algunos de los mejor conservados del sitio arqueológico y su estudio continúa revelando secretos sobre esta fascinante civilización prehispánica y así se resuelve más un misterio.