El martes 15 de octubre de 1996 comenzó como cualquier otro día en la escuela primaria San Miguel de Valle Verde. Los niños corrían por los pasillos con sus mochilas coloridas compartiendo historias sobre sus disfraces de Halloween. María Sánchez, de 45 años, revisaba su autobús amarillo número 47, como lo hacía cada mañana desde hacía 20 años.

 Buenos días, mis pequeños. Saludaba siempre con una sonrisa maternal que tranquilizaba hasta los más tímidos. Ana Rodríguez, de 8 años, subió al autobús con su termo favorito de la Sirenita, despidiéndose de su madre Carmen con un beso en la mejilla. Te amo, mami. Nos vemos en casa. Fueron sus últimas palabras.

 Diego Morales, de 10 años, se sentó junto a su mejor amigo Luis planeando su aventura de búsqueda de dulces para Halloween. Sofía López, la más estudiosa de quinto grado, organizaba sus cuadernos mientras esperaba que partieran. El día transcurrió normalmente. Clases de matemáticas, recreo bajo el sol tibio de octubre, almuerzo en el comedor escolar donde los niños intercambiaban sus sándwiches.

A las 3:30 pm sonó la campana final. Los 17 niños subieron al autobús entre risas y conversaciones sobre sus tareas. María cerró las puertas, encendió el motor y salió del estacionamiento escolar por última vez. Nadie imaginaba que ese martes común se convertiría en el día que cambiaría para siempre la historia de Valle Verde.

Bloque dos, la ruta del silencio. El autobús número 47 siguió su ruta habitual por las calles principales de Valle Verde. María Sánchez manejaba con la precaución de siempre, especialmente en los días lluviosos como ese. Los niños cantaban una canción popular mientras las gotas golpeaban suavemente las ventanas.

 A las 3:47 pm, Javier Ruiz, empleado de la gasolinera Shell, vio pasar el autobús amarillo por la carretera principal. Era la última vez que alguien vería el vehículo en circunstancias normales. Según los registros posteriores, el autobús debería haber llegado a la primera parada del vecindario Los Pinos a las 4:05 pm.

 Carmen Rodríguez esperaba como siempre en la esquina sosteniendo el paraguas de Ana. A las 4:15 pm comenzó a preocuparse. A las 4:30 pm llamó a la escuela. El autobús salió tarde hoy?”, preguntó con una pisca de nerviosismo que pronto se convertiría en terror absoluto. Mientras las madres comenzaban a hacer llamadas frenéticas, el autobús y sus 18 ocupantes se desvanecían misteriosamente en algún punto entre la gasolinera y el vecindario.

No hubo gritos, no hubo accidentes reportados, no hubo testigos, solo un silencio que se extendería por 27 años. envolviendo a Valle Verde en una pesadilla de la cual no podría despertar. El autobús amarillo había entrado en una dimensión de misterio donde el tiempo se detendría hasta que la verdad finalmente saliera a la luz. Bloque tres.

 Las primeras horas de pánico. Cuando el reloj marcó las 5:00 p y ningún niño había llegado a casa, Valleeverde se sumió en el caos. Carmen Rodríguez fue la primera en llegar a la escuela, seguida rápidamente por otros padres igualmente desesperados. El director, don Alberto Méndez, intentaba mantener la calma mientras coordinaba llamadas a las autoridades.

“Debe ser un problema mecánico,”, repetía, “más para convencerse a sí mismo que para tranquilizar a las familias”. La policía local llegó a las 5:30 pm, liderada por el sargento Raúl Torres, un hombre experimentado que nunca había enfrentado algo así en su carrera de 15 años. Los oficiales comenzaron a recorrer la ruta del autobús, deteniéndose en cada esquina, preguntando a cada transeunte si habían visto algo inusual.

 Las respuestas eran siempre las mismas. No, nada fuera de lo común. Para las 7 pm, la noticia se había extendido por todo el pueblo. Voluntarios con linternas se organizaron en grupos de búsqueda, peinando calles secundarias y senderos rurales. Las madres permanecían en la escuela abrazándose mientras sus esposos salían a buscar desesperadamente.

Elena Morales, hermana menor de Diego, de solo 6 años, preguntaba constantemente, “¿Cuándo va a volver Diego?” Sus padres no sabían que responder. La primera noche fue la más larga en la historia de Valle Verde. Nadie durmió. Las luces permanecieron encendidas en todas las casas mientras las familias esperaban una llamada telefónica que nunca llegó.

El amanecer trajo más voluntarios, pero no trajo respuestas. Bloque cuatro, la búsqueda masiva. Al segundo día, la desaparición del autobús escolar había captado la atención de los medios regionales. Reporteros llegaron de la capital transformando la búsqueda local en un evento mediático nacional. El gobernador ordenó la movilización de la Guardia Nacional y helicópteros comenzaron a sobrevolar la región en patrones sistemáticos de búsqueda.

 El detective Luis Herrera, especialista en casos de personas desaparecidas, llegó desde la ciudad para encabezar lainvestigación. Su primera reunión con las familias fue desgarradora. Vamos a encontrar a sus hijos, prometió sin saber que esas palabras lo perseguirían el resto de su carrera. estableció un centro de comando en la escuela, llenando las paredes con mapas topográficos marcados con códigos de colores y fotografías de cada niño desaparecido.

Los equipos de búsqueda se organizaron militarmente. Grupos de 20 personas cubrían sectores específicos, marcando áreas exploradas con spray fluorescente en los árboles. Busos profesionales llegaron para explorar el lago San Pedro y el río Cristal. Mientras que expertos en cuevas descendieron a las formaciones rocosas de la región.

 Perros rastreadores seguían rastros fantasma que siempre terminaban en la nada. Para el final de la primera semana, más de 2000 voluntarios habían participado en la búsqueda. Se habían explorado 500 km cuadrados de territorio, revisado cada barranco, cada cueva, cada estructura abandonada. Pero el autobús amarillo y sus 18 ocupantes permanecían tan invisibles como si nunca hubieran existido.

La frustración comenzaba a reemplazar la esperanza en los corazones de las familias. Bloque C. Teorías y falsos rastros. Conforme pasaban las semanas, las teorías sobre el destino del autobús proliferaban como hongos después de la lluvia. La más popular sugería que el vehículo había caído en algún barranco profundo, quizás en la zona conocida como los acantilados del silencio, donde la vegetación densa podría haber ocultado los restos.

Otros especulaban sobre secuestro masivo, posiblemente relacionado con tráfico de menores. Una idea que aterrorizaba a las familias, pero que no podía descartarse. El detective Herrera recibía docenas de llamadas diarias. Un granjero juraba haber visto un autobús escolar quemándose en un campo remoto, pero cuando llegaron los investigadores solo encontraron cenizas de basura agrícola.

Una anciana de pueblo vecino insistía en que había visto a los niños caminando por la carretera federal, pero su testimonio resultó poco confiable debido a su avanzada edad y problemas de vista. Los mediums y psíquicos autoproclamados llegaban semanalmente ofreciendo sus servicios a familias desesperadas. María Vidente, una mujer de aspecto místico de la capital, afirmaba que los niños estaban en un lugar alto, rodeados de agua.

 Su descripción llevó a intensificar las búsquedas en las montañas cercanas a los lagos, pero una vez más no se encontró nada. La prensa sensacionalista alimentaba teorías conspiranoicas. Algunos tabloides sugerían experimentación gubernamental, otros hablaban de avistamientos ovni en la región el día del desaparecimiento. Cada teoría nueva revivía las esperanzas de las familias solo para ser aplastada por la realidad de la falta de evidencia concreta.

El caso se volvía cada vez más extraño y frustrante. Bloque 6. El peso de los años 1997 llegó sin respuestas. El primer aniversario del desaparecimiento fue marcado por una vigilia con velas en la plaza principal de Valle Verde. 18 velas blancas brillaron en la oscuridad mientras las familias se abrazaban en silencio.

 Carmen Rodríguez había envejecido 10 años en 12 meses. Sus cabellos, antes casastaños mostraban mechones plateados prematuros. Mi Ana tendría 9 años hoy”, susurró sosteniendo una fotografía desgastada de su hija. Las relaciones familiares comenzaron a fracturarse bajo el peso del dolor. Roberto Morales, padre de Diego, comenzó a beber en exceso, incapaz de lidiar con la incertidumbre.

Su matrimonio con Patricia se deterioraba día a día con discusiones constantes sobre si debían mudarse de Valle Verde o quedarse esperando noticias. Elena, la hermana menor de Diego, desarrolló pesadillas recurrentes y problemas de ansiedad que requerían terapia psicológica. La escuela San Miguel instaló una placa conmemorativa en el jardín principal en memoria de nuestros 18 ángeles, María Sánchez y los 17 estudiantes del autobús 47.

Su luz siempre brillará en nuestros corazones. Cada mañana los estudiantes actuales pasaban frente a la placa, algunos deteniéndose a dejar flores silvestres recogidas en el camino. El detective Herrera trabajaba el caso obsesivamente, incluso en sus días libres, su oficina se había convertido en un santuario de evidencia sin resolver, con cajas de expedientes que llegaban hasta el techo.

Su esposa amenazó con dejarlos y no buscaba ayuda profesional. Estás persiguiendo fantasmas”, le decía. Pero él no podía rendirse, no mientras 18 familias siguieran esperando respuestas. Bloque, una década de silencio. Para 2006, 10 años después del desaparecimiento, Valleeverde había aprendido a vivir con su herida abierta.

Los padres originales habían envejecido considerablemente. Algunos habían muerto sin conocer el destino de sus hijos. Don Manuel López, padre de Sofía, falleció de un infarto en 2003, llevándose a la tumba laesperanza de abrazar nuevamente a su niña estudiosa. Su viuda, Esperanza, mantenía el cuarto de Sofía exactamente como lo había dejado, con sus libros ordenados y su uniforme escolar colgado en el armario.

Una nueva generación había crecido en el pueblo. niños que conocían la historia del autobús desaparecido como una leyenda urbana. Los adolescentes locales a veces se atrevían unos a otros a caminar solos por la carretera donde fue visto por última vez el autobús, creando sus propios mitos alrededor de la tragedia.

Algunos juraban haber escuchado risas infantiles en las noches de luna llena cerca de la gasolinera. El caso había sido oficialmente archivado como pendiente, pero nunca cerrado. El detective Herrera había sido transferido a otra ciudad en 2001, dejando el expediente a su sucesor, Ricardo Jiménez, un hombre más joven, pero igual de comprometido.

Jiménez revisaba el caso cada año en el aniversario, esperando que la tecnología moderna pudiera revelar pistas que se habían pasado por alto en 1996. Las familias sobrevivientes habían formado un grupo de apoyo que se reunía mensualmente en la iglesia local. Compartían sus memorias, sus sueños sobre los desaparecidos y su frustración continua con la falta de respuestas.

Es como vivir en el limbo, decía Patricia Morales, madre de Diego. No podemos hacer el duelo porque no sabemos si están muertos, pero tampoco podemos seguir adelante porque no sabemos si están vivos. Bloque 8o, el granjero Esteban. En 2015, Esteban Vázquez, un hombre viudo de 58 años, compró la finca La Esperanza, una propiedad de 200 haáreas que había estado abandonada durante décadas en las afueras de Valle Verde.

Don Esteban, oriundo de Michoacán, buscaba un lugar tranquilo para pasar sus años dorados después de vender su negocio de construcción en la ciudad. La finca había pertenecido anteriormente a Francisco Delgado, un hombre que había muerto sin herederos en 1998. Don Esteban era un hombre meticuloso y trabajador que encontraba paz en la labor manual.

 Cada mañana con el canto de los gallos, salía con sus herramientas a limpiar y restaurar diferentes secciones de su nueva propiedad. La finca tenía un bosque denso en la parte trasera, un área que parecía no haber sido tocada por décadas. Los árboles crecían tan juntos que apenas permitían el paso de la luz solar, creando un ambiente perpetuamente sombrío.

 Los vecinos más cercanos vivían a 2 km de distancia, pero ocasionalmente don Esteban recibía visitas de personas que le traían verduras de sus huertos o simplemente venían a charlar. Fue así como escuchó por primera vez la historia del autobús desaparecido. Una tragedia terrible. le dijo la señora García, una anciana que vivía en el pueblo desde 1960.

18 almas que se desvanecieron como humo. Algunos dicen que sus espíritus aún rondan por estas tierras. Don Esteban no era supersticioso, pero la historia lo conmovió profundamente. Había perdido a su propia esposa e hijo en un accidente automovilístico años atrás, así que entendía el dolor de las familias. Nunca imaginó que su finca tenía alguna conexión con esa tragedia de décadas pasadas.

 Durante 8 años trabajó la tierra sin saber que bajo sus pies ycía la respuesta al misterio más grande de Valle Verde. Bloque 9. El descubrimiento que cambió. Todo el 3 de marzo de 2023, don Esteban había decidido limpiar la sección más densa del bosque para plantar árboles frutales. Era un trabajo extenuante para un hombre de 66 años, pero la actividad física lo mantenía saludable y ocupaba su mente.

 Alrededor de las 10:30 a, mientras removía décadas de hojas muertas y ramas caídas, su pala golpeó algo sólido enterrado bajo la tierra. Inicialmente pensó que había encontrado una roca grande o tal vez chatarra vieja que alguien había enterrado ilegalmente. Pero cuando comenzó a excavar más profundamente, reveló una superficie metálica pintada de amarillo, aunque desteñida por el tiempo.

 Su corazón comenzó a latir más rápido cuando limpió más tierra y reveló números parcialmente oxidad. 4 S manos temblaron cuando se dio cuenta de lo que había encontrado. “Dios mío”, murmuró cayendo de rodillas junto al descubrimiento. Después de 27 años, el autobús escolar número 47 había sido encontrado, parcialmente enterrado y completamente cubierto por la vegetación que había crecido sobre él durante décadas.

El vehículo estaba inclinado hacia un lado, como si hubiera sido empujado o arrastrado a esa posición deliberadamente. Don Esteban se quedó inmóvil durante varios minutos, procesando la magnitud de su descubrimiento. Las palabras de la señora García resonaron en su mente. 18 almas que se desvanecieron como humo.

Ahora sabía dónde habían estado todo este tiempo, silenciosamente esperando bajo la tierra de su finca. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras contemplaba el autobús que había llevadolos sueños y esperanzas de tantas familias a su tumba prematura en el bosque. Bloque 10. Dentro del autobús del tiempo, con las manos todavía temblando, don Esteban logró abrir la puerta trasera del autobús que se dio con un chirrido oxidado que rompió el silencio ancestral del bosque.

 El interior estaba sumergido en una penumbra verdosa con la luz del día filtrándose débilmente a través de las ventanas cubiertas por enredaderas. El aire dentro del vehículo era húmedo y tenía un olor a tierra y musgo que había reemplazado cualquier rastro de vida humana. Los asientos estaban cubiertos de mojo y hojas descompuestas, pero la estructura básica del autobús permanecía sorprendentemente intacta.

 En los asientos delanteros, don Esteban encontró pequeñas mochilas escolares, sus colores vibrantes ahora apagados por el tiempo y la humedad. Una mochila rosa con princesas de Disney estaba abierta revelando cuadernos cuyas páginas se habían convertido en pulpa amarillenta. Un estuche de lápices de colores yacía esparcido por el piso.

 Los lápices aún reconocibles, pero quebradizos al tacto. Bajo uno de los asientos encontró el termo de agua que había visto tantas veces en las fotografías de los periódicos. Un recipiente azul con personajes de la Sirenita. su etiqueta adhesiva a un legible. Ana Rodríguez, Tresnegrado. Don Esteban sintió un nudo en la garganta al imaginar a la pequeña Ana llevando ese termo a la escuela cada día, llenándolo con agua fresca y tal vez añadiendo algunas gotas de limón como hacía su propia nieta. Años atrás.

En el asiento del conductor encontró la cartera de María Sánchez, su licencia de conducir aún visible dentro de una funda de plástico deteriorada. La fotografía mostraba a una mujer de mediana edad con una sonrisa cálida, la misma sonrisa que había sido la última imagen reconfortante para 17 niños en sus momentos finales.

Bloque 11. La nota que reveló la verdad. Mientras don Esteban continuaba su exploración cuidadosa del interior del autobús, algo pegado al espejo retrovisor del conductor captó su atención. Era un pedazo de papel amarillento doblado y adherido al espejo con lo que parecía ser cinta adhesiva deteriorada. con extremo cuidado lo despegó, temiendo que se desintegrara en sus manos como muchos otros objetos que había tocado.

El papel era una hoja arrancada de un cuaderno escolar con las líneas azules características y los márgenes rojos. La escritura era clara y cuidadosa, obviamente de un niño que había puesto mucho esfuerzo en hacer legible cada palabra. La caligrafía era redonda y uniforme, el tipo de escritura que los maestros elogian por su pulcritud.

 Don Esteban leyó las palabras en voz alta, su voz quebrándose con cada línea. Queridos papá y mamá, el Señor dice que nos va a llevar a casa pronto, pero ya han pasado tres días y tenemos mucho miedo. La señora María está tratando de cuidarnos, pero ella también está asustada. Nos dan comida, pero no mucha. Por favor, vengan a buscarnos.

 Estamos en un lugar oscuro y húmedo. Te amo mucho, mamá. Dile a Elena que cuide mis juguetes. Tu hija Sofía. 18 de octubre de 1996. La nota estaba firmada con pequeños corazones dibujados alrededor del nombre, el tipo de decoración inocente que una niña de 11 años agregaría instintivamente. Don Esteban se dio cuenta de que los niños habían estado vivos durante al menos tres días después del desaparecimiento inicial.

No había sido un accidente rápido, sino algo mucho más siniestro y prolongado. Alguien los había mantenido cautivos, prometiéndoles falsamente que regresarían a casa. Bloque 12. La llamada que cambió Valle Verde. Don Esteban salió del autobús con las piernas temblando y caminó hacia su casa tan rápido como le permitía su edad.

 Sus manos apenas podían sostener el teléfono mientras marcaba el número de emergencias. El operador, un joven llamado Miguel Santos, inicialmente mostró escepticismo cuando don Esteban explicó lo que había encontrado. Señor, ¿estás seguro de que es el autobús escolar? Hemos recibido llamadas similares en el pasado.

 Es el número 47, interrumpió don Esteban con voz firme. Está en mi propiedad en las coordenadas que le voy a dar. Y hay una nota, una nota de una niña llamada Sofía. Su voz se quebró al mencionar la nota. Dice que habían estado cautivos durante tr días. Esto no fue un accidente. El tono del operador cambió inmediatamente. Miguel Santos había vivido en Valle Verde toda su vida y conocía la historia del autobús desaparecido desde la infancia.

Señor Vázquez, manténgase en línea. Voy a transferir su llamada directamente al Detective Jiménez y enviaré unidades inmediatamente. No toque nada más en el sitio, por favor. En menos de 30 minutos, la finca silenciosa de don Esteban se transformó en una escena de película. Vehículos policiales, ambulancias y camiones del equipo forense llegaron uno tras otrolevantando nubes de polvo en el camino rural.

El detective Ricardo Jiménez, ahora de 52 años y con canas en las cienes, llegó en su vehículo personal, manejando a velocidades que probablemente violaban todas las regulaciones de tránsito. Las noticias se extendieron por Valle Verde con la velocidad del viento. Carmen Rodríguez, ahora de 80 años y caminando con bastón, insistió en que la llevaran al sitio.

 Patricia Morales, madre de Diego, se desmayó al recibir la llamada y tuvo que ser hospitalizada brevemente por el shock. Bloque 13. La investigación renovada. El sitio del descubrimiento se convirtió inmediatamente en una escena de crimen activa. El detective Jiménez coordinó con especialistas forenses de la capital, creando un perímetro de seguridad alrededor del autobús enterrado.

 Cada centímetro del vehículo y sus alrededores sería documentado fotográficamente antes de que se removiera cualquier evidencia adicional. La nota de Sofía fue colocada inmediatamente en una bolsa de evidencia sellada. y enviada al laboratorio de criminología para análisis de escritura, data de papel y tinta y cualquier otra evidencia forense que pudiera revelar.

Los expertos confirmaron que la escritura coincidía con muestras de la caligrafía de Sofía López que se conservaban en los archivos escolares y la datación del papel y la tinta era consistente. Con 1996, los investigadores comenzaron a examinar los registros de propiedad de la finca donde se encontró el autobús.

Descubrieron que en 1996 la Tierra había pertenecido a Francisco Delgado, un hombre que había vivido como ermitaño y que murió en 1998 sin herederos conocidos. Los registros mostraban que Delgado había tenido varios encuentros con la ley en los años previos al desaparecimiento, principalmente por comportamiento errático y quejas de vecinos.

El equipo forense trabajó meticulosamente para exhumar completamente el autobús sin disturbar la evidencia potencial. Utilizaron técnicas arqueológicas documentando la posición exacta de cada objeto encontrado. Los restos humanos fueron tratados con el máximo respeto y cuidado, preparándolos para la identificación formal a través de registros dentales y análisis de ADN.

Mientras se desarrollaba el trabajo forense, el detective Jiménez comenzó a revisar todos los archivos relacionados con Francisco Delgado. Lo que encontró lo horrorizó. Delgado había sido arrestado múltiples veces en los años 80 y principios de los 90 por cargos relacionados con comportamiento inapropiado hacia menores, pero siempre había logrado evitar condenas serias debido a tecnicismos legales y la falta de testimonios consistentes.

Bloque 14. La verdad sobre el monstruo. La investigación sobre Francisco Delgado reveló un patrón perturbador que había pasado desapercibido durante décadas. Los registros policiales mostraban que Delgado había sido empleado ocasionalmente como mecánico en el taller municipal, donde se realizaba el mantenimiento de los autobuses escolares.

 Tenía acceso regular a los vehículos y conocía sus rutas y horarios. Más inquietante aún, había trabajado específicamente en el autobús número 47. Apenas dos semanas antes del desaparecimiento, los investigadores descubrieron que Delgado no había actuado solo. Los registros telefónicos de 1996, aunque incompletos, mostraban llamadas frecuentes entre el teléfono de Delgado y un número registrado a nombre de Roberto Salinas, un hombre que seguía vivo y residía en una ciudad a 300 km de Valle Verde.

 Salinas, de 71 años, había trabajado ocasionalmente para Delgado en proyectos de construcción y mantenimiento de propiedades. El arresto de Salinas se realizó en una operación coordinada temprano en la mañana del 15 de marzo de 2023. Inicialmente negó cualquier conocimiento del caso, pero cuando los investigadores le mostraron la nota de Sofía y la evidencia física del sitio, su compostura se desmoronó completamente.

“No era mi idea”, confesó entre lágrimas. Francisco me amenazó. Dijo que si no lo ayudaba, mataría a mi familia también. La confesión de Salinas reveló los detalles horripilantes de los últimos días de las víctimas. Según su testimonio, Delgado había planeado el secuestro durante meses, estudiando las rutas del autobús y esperando la oportunidad perfecta.

 El día del desaparecimiento había bloqueado la carretera con su camioneta, fingiendo una emergencia mecánica. Cuando María Sánchez se detuvo para ayudar, Delgado y Salinas la habían sometido junto con los niños, llevándolos a un refugio subterráneo que Delgado había construido en su propiedad años antes.

 Los detalles específicos de lo que ocurrió durante esos tres días fueron mantenidos en secreto por las autoridades para proteger a las familias de un dolor aún mayor. Sin embargo, la confesión de Salinas confirmó que Sofía había logrado escribir la nota en un momento cuando los secuestradoresestaban distraídos, esperando desesperadamente que alguien la encontrara. Bloque 15.

 El cierre de una herida eterna. El juicio de Roberto Salinas comenzó en septiembre de 2023, casi exactamente 27 años después del crimen. A los 71 años enfrentaba cargos de secuestro. asesinato múltiple y conspiración. Su confesión completa fue presentada como evidencia junto con la nota de Sofía y toda la evidencia forense recolectada del sitio.

 Las familias de las víctimas llenaron la sala del tribunal cada día. Muchas de ellas viendo por primera vez al hombre que había ayudado a destruir sus vidas. Carmen Rodríguez, ahora de 80 años, testificó sobre el impacto que la desaparición de su hija Ana había tenido en su familia. “Nunca pude hacer el duelo”, dijo con voz temblorosa.

Durante 27 años viví con la esperanza de que mi niña regresara a casa. Ahora finalmente puedo despedirme de ella. Su testimonio conmovió hasta a los oficiales más experimentados de la corte. Patricia Morales, madre de Diego, había preparado una declaración de impacto que leyó directamente a Salinas. Mi hijo tenía 10 años cuando usted y su cómplice decidieron robarle la vida.

Tenía sueños de convertirse en maestro, de ayudar a otros niños. Usted no solo mató a mi hijo, destruyó a toda mi familia. Mi matrimonio no sobrevivió al dolor. Mi hija Elena desarrolló problemas psicológicos que duran hasta hoy. El 15 de octubre de 2023, exactamente 27 años después del desaparecimiento, Roberto Salinas fue sentenciado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.

El juez, al pronunciar la sentencia declaró, “Aunque la justicia llega tarde, finalmente llega. Que esta sentencia traiga algo de paz a las familias que han sufrido durante casi tres décadas. Las familias organizaron una ceremonia de entierro conjunto para las 18 víctimas. El 1 de noviembre de 2023, día de los muertos.

Don Esteban donó la porción de su finca donde se encontró el autobús para crear un memorial permanente, el jardín de los 18 ángeles. 18 árboles fueron plantados en círculo, cada uno con una placa conmemorativa. En el centro, una estatua de bronce mostraba a María Sánchez, rodeada de los 17 niños, con la inscripción: “Su amor y su luz nunca se extinguirán.

” Valle verde finalmente pudo comenzar a sanar, sabiendo que sus ángeles habían encontrado la paz eterna y que la verdad, aunque tardía, había prevalecido sobre la oscuridad. M.