El calor de San Salvador era implacable aquella tarde de marzo. Las calles de la colonia Flor Blanca hervían bajo un sol que no daba tregua. En medio del tráfico denso, entre bocinazos y el humo de los buses, un niño pequeño se movía entre los carros con la agilidad de quien ha aprendido a sobrevivir desde muy temprano.
Diego tenía 8 años, pero su mirada parecía la de alguien que había vivido 30. Sus pies descalzos conocían cada piedra caliente de ese asfalto. En sus manos llevaba una caja de cartón desgastada llena de chicles, dulces y cigarrillos sueltos. Su camisa, tres tallas más grande, colgaba sobre sus hombros huesudos como una bandera raída.
Chicles, cigarros, un dó, gritaba con voz aguda, moviéndose entre los vehículos detenidos por el semáforo en rojo. Ese día la caravana presidencial atravesaba esa misma avenida. Cinco vehículos negros blindados con vidrios polarizados que reflejaban el mundo sin permitir ver hacia adentro. En el tercero viajaba Nayib Bukele, presidente de El Salvador, revisando documentos en su tablet sobre el nuevo programa de seguridad ciudadana.
El semáforo cambió a rojo. La caravana se detuvo. Diego, con su instinto de vendedor callejero, identificó inmediatamente los autos importantes. Ahí hay dinero, pensó. Se acercó al vehículo del centro, el más grande, el más brillante. Tocó la ventana con sus nudillos pequeños. Señor, chicles, cigarros. Dentro del auto, el jefe de seguridad hizo un gesto de incomodidad.
Niños vendedores, otro día normal en San Salvador, murmuró. Pero Bukele levantó la vista de su tablet. A través del vidrio oscuro vio al niño, pero no vio solo a un vendedor ambulante, vio algo más. Vio la contradicción viviente de su proyecto de país. Vio el fracaso de décadas de políticas públicas concentrado en 1,20 m de altura.
Baja la ventana, ordenó Bukele. Señor presidente, el protocolo intentó objetar el jefe de seguridad. He dicho que bajes la ventana. El vidrio descendió lentamente. Diego dio un paso atrás asustado. Nunca antes una ventana de un auto así se había abierto para él. Generalmente solo recibía gritos de lárgate o en el mejor de los casos, indiferencia total.
¿Cómo te llamas? Preguntó Bukele con voz suave. El niño, con los ojos muy abiertos, tardó en responder. Diego, señor Diego, ¿qué más? Diego Martínez. Bukele observó la caja de productos. Chicles de a 25 centavos, cigarrillos sueltos que nadie debería vender a un niño, mucho menos un niño debería vender.
¿Cuánto tiempo llevas vendiendo en las calles, Diego? El niño bajó la mirada. Desde que tengo memoria, señor. Y la escuela. Diego levantó los hombros en un gesto que decía más que 1 palabras. A veces voy cuando no tengo que trabajar. El semáforo cambió a verde. Los autos detrás comenzaron a tocar el claxon. El jefe de seguridad miró nervioso al presidente, pero Bukele no se movió.

¿Dónde vives, Diego? En la 10 de septiembre con mi mamá y mis hermanos. Tu papá. El niño negó con la cabeza. No está. Bukele sacó su teléfono personal y marcó un número. Ministra, cancele mi reunión de las tres. Tengo algo más importante que hacer. Se dirigió a su equipo. Vamos a la colonia 10 de septiembre. Ahora la colonia 10 de septiembre era un laberinto de calles estrechas, casas de lámina y bloques sin terminar, cables eléctricos colgando peligrosamente y basura acumulada en las esquinas.
Era una de esas comunidades que los mapas oficiales apenas reconocían, donde el estado llegaba solo en forma de operativos policiales. Cuando la caravana presidencial ingresó a la colonia, la gente salió de sus casas, algunos con curiosidad, otros con desconfianza. “¿Qué hace el presidente aquí?”, murmuraban.
“Vienen a sacar pandilleros.” Diego caminaba adelante guiando al presidente hacia su casa. Sus pies descalzos conocían cada piedra, cada charco, cada perro que ladraba en cada esquina. Ahí es”, señaló finalmente, apuntando a una casa pequeña de lámina oxidada con una puerta de madera remendada con tablas de diferentes colores.
Una mujer joven de no más de 30 años, pero con el rostro marcado por el trabajo y la preocupación, salió al escuchar el ruido. Al ver a Diego acompañado de hombres trajeados y autos negros, su primera reacción fue de pánico. “¿Qué hizo mi hijo?” “Diego no ha hecho nada malo”, exclamó poniéndose delante del niño.
Buele levantó las manos en un gesto de paz. Señora, su hijo no hizo nada malo, al contrario, yo soy quien necesita hablar con usted. La mujer llamada Rosa no podía creer que el presidente de la República estuviera frente a su casa. Invitó a todos a pasar, disculpándose por el desorden, por la pobreza visible en cada rincón. La casa tenía dos cuartos.
En uno dormía Rosa con sus tres hijos menores. En el otro Diego y su hermano mayor de 12 años. No había muebles, solo petates en el suelo, una cocina de leña improvisada y una pequeña mesa de plástico. “Cuénteme su historia, Rosa”, pidió Bukele sentándose en una silla que ella le ofreció. Y Rosa habló con lágrimas, con vergüenza, con dignidad.
contó que su esposo había sido asesinado 3 años atrás por la pandilla MS13 porque se negó a pagar la extorsión de su pequeño taller de carpintería. Contó que tuvo que huir de su casa en Soyapango y refugiarse aquí, donde nadie los conocía. Contó que trabajaba lavando ropa ajena, ganando $ al día. contó que Diego salía a vender porque con esos no alcanzaba para alimentar a cuatro niños.
Yo no quiero que él esté en la calle, señor presidente, soy sorrosa. Pero si no sale, mis otros hijos no comen. ¿Qué hago? ¿Dejo que se mueran de hambre? Bukele escuchó en silencio. Observó las paredes de lámina, el techo que seguramente goteaba en invierno, los niños pequeños asomándose tímidamente desde el otro cuarto. ¿Sabe cuántas familias como la suya hay en El Salvador? Rosa.
Ella negó con la cabeza. Miles, decenas de miles. Y cada gobierno promete cambios. Cada presidente da discursos bonitos, pero ustedes siguen aquí luchando por sobrevivir un día más. Rosa no dijo nada. ¿Qué podía decir? Bukele se levantó y caminó hacia donde estaba Diego, sentado en el suelo, abrazando sus rodillas. Diego, ¿qué quieres ser cuando seas grande? El niño lo miró con esos ojos viejos en cara de niño.
No sé, señor, nunca pensé en eso. ¿Te gustaría ir a la escuela todos los días? Diego asintió lentamente. Sí, me gusta cuando la maestra nos enseña a leer. Y si yo te digo que a partir de hoy vas a ir a la escuela todos los días, que tu mamá va a tener un trabajo digno y que tus hermanos van a tener comida en la mesa. Diego miró a su mamá confundido.
Rosa también miraba al presidente con desconfianza. había escuchado muchas promesas antes. ¿Por qué haría eso por nosotros?, preguntó Rosa. Somos nadie. Usted es el presidente. Bukele sonrió con tristeza. Porque si un presidente no puede ayudar a una familia, entonces, ¿para qué sirve ser presidente? De regreso en casa presidencial, Bukele convocó una reunión de emergencia.
Llegaron ministros, asesores, economistas, todos confundidos. ¿Qué había pasado? ¿Por qué el presidente había desaparecido durante 3 horas? Señoras y señores, comenzó Bukele de pie frente a todos. Hoy conocí a Diego, un niño de 8 años que vende chicles en las calles porque su familia no tiene para comer.
Y me pregunté, “¿Cuántos Diegos hay en este país?” La ministra de Desarrollo Social abrió una carpeta. Según nuestros últimos datos, aproximadamente 47,000 niños entre 5 y 14 años trabajan en las calles de El Salvador. 47,000, repitió Bukele, 47,000 futuros robados, 47,000 infancias destruidas. El ministro de Economía Carraspeó. Señor presidente, entendemos su preocupación, pero los programas sociales actuales ya están al límite del presupuesto.
Entonces, ampliaremos el presupuesto. Pero el Banco Mundial, el FMI, nuestros acuerdos fiscales. Me importa un el FMI, explotó Bukele golpeando la mesa. ¿De qué sirve una economía sana si nuestros niños se están muriendo de hambre? El silencio se apoderó de la sala. Bukele respiró profundo. Disculpen, pero necesito que entiendan.
Esto no es solo por Diego, es por principio. Si nosotros con todo el poder del Estado no podemos sacar a un niño de la calle, entonces hemos fracasado como gobierno y como país. La ministra de educación levantó la mano. ¿Qué propone exactamente, señor presidente? Primero, un programa piloto. Identificamos 100 familias en situación de calle con niños trabajadores.
Les damos apoyo económico directo, acceso a educación y empleo digno para los padres. Monitoreamos los resultados. Si funciona, lo expandimos. Costo estimado, preguntó el ministro de Hacienda. No me importa. Encuentren el dinero, recorten de mi salario si es necesario. Los asesores se miraron entre sí, algunos con admiración, otros con escepticismo.
Señor presidente, intervino su jefe de gabinete. La oposición va a destruirlo con esto. Van a decir que está regalando dinero, que es populismo barato, que que digan lo que quieran. No me postulé para ser popular, me postulé para cambiar este país. Al día siguiente, los medios explotaron. La noticia se filtró.
Bukele inventa programa millonario por un niño vendedor. Titulaba un periódico opositor. ¿Dónde está el dinero para todos los salvadoreños?, preguntaba otro. En las redes sociales la guerra había comenzado. Sus enemigos políticos atacaban sin piedad. Pero algo inesperado sucedió. La gente común comenzó a compartir sus propias historias.
Miles de salvadoreños publicaron fotos de cuando ellos también vendían en las calles. Madres contaban cómo sus hijos tuvieron que dejar la escuela para trabajar. Maestros narraban el dolor de ver pupitres vacíos porque los niños estaban en los semáforos. El hashtag yo fui Diego se volvió tendencia nacional. La Asamblea Legislativa se convirtió en un campo de batalla.
La oposición bloqueó el presupuesto para el programa. Es inconstitucional, gritaban. Es un desperdicio de recursos públicos, insistían. Bukele decidió llevar la pelea directamente al pueblo. Organizó una cadena nacional, pero no desde casa presidencial. Desde la colonia 10 de septiembre, desde la casa de Diego. Las cámaras captaron todo.
La pobreza sin filtros, los niños descalzos, las casas de lámina. Y en medio de todo eso, el presidente de la República sentado en el suelo junto a Diego. “Buenas noches, El Salvador”, comenzó Bukele mirando directamente a la cámara. Estoy aquí porque quiero que vean lo que yo vi. Quiero que conozcan a Diego, a su mamá Rosa, a sus hermanos.
Quiero que entiendan por qué estoy dispuesto a pelear hasta el final por este programa. Mostró documentos. Cifras, estadísticas de mortalidad infantil, deserción escolar, trabajo infantil. Me dicen que no hay dinero, pero encontramos 50 millones para una nueva sede legislativa. Encontramos 30 millones para viajes de funcionarios y no podemos encontrar 10 millones para sacar a nuestros niños de las calles.
Su voz se quebró ligeramente. Me acusan de populismo. Está bien. Si ayudar a un niño es populismo, entonces soy culpable. Si darle una oportunidad a una familia pobre es demagogia, entonces soy demagogo. Se giró hacia Diego, que estaba sentado junto a él. Diego, ¿qué quieres ser cuando seas grande? El niño, tímido frente a las cámaras, murmuró, “Maestro.” Como el que mató la pandilla.
Un silencio pesado cayó sobre el set improvisado. “¿Escucharon eso?”, preguntó Bukele a la cámara. Este niño quiere ser maestro como su padre, a quien la MS13 asesinó por negarse a entregar a sus estudiantes. Y hay políticos en la asamblea que dicen que no vale la pena invertir en él. Las lágrimas corrían por su rostro sinvergüenza.
Pues yo digo que sí vale la pena, Diego. Vale la pena, Rosa, vale la pena. Los 47,000 niños trabajando en nuestras calles valen la pena y si tengo que renunciar a la presidencia para demostrarlo, lo haré. La transmisión terminó. El país quedó en shock. Al día siguiente, cientos de personas se reunieron frente a la Asamblea Legislativa.
No fueron convocados por ningún partido. Fueron por voluntad propia, madres con sus hijos. Vendedores ambulantes, maestros, estudiantes. Aprueben el programa, gritaban. Los niños no pueden esperar. Incluso empresarios que normalmente apoyaban a la oposición comenzaron a pronunciarse. Algunos ofrecieron donaciones, otros empleos para las madres.
La presión se volvió insostenible. Una semana después, la Asamblea aprobó el presupuesto. No fue unánime. Hubo 43 votos a favor, 35 en contra, pero fue suficiente. La Escuela República de Panamá en la colonia Flor Blanca celebraba su ceremonia de fin de año. El pequeño auditorio estaba lleno de padres orgullosos, maestros emocionados y niños nerviosos con sus uniformes almidonados.
En primera fila, Rosa lucía diferente. Ya no tenía esa mirada de desesperación permanente. Trabajaba ahora en una cooperativa de costura que el gobierno había financiado. Ganaba el triple de lo que ganaba lavando ropa. Sus hijos menores estaban en un centro de cuidado infantil mientras ella trabajaba. El director de la escuela subió al escenario y ahora el reconocimiento al mejor estudiante del segundo grado.
Rosa apretó las manos con fuerza. Diego Martínez. El auditorio estalló en aplausos. Diego, con su uniforme impecable subió al escenario. Ya no era el mismo niño de mirada triste. Sonreía. Parecía realmente un niño de 8 años, pero había una silla vacía en primera fila reservada con un cartel. Señor presidente, Diego recibió su diploma y medalla.
Cuando bajó del escenario, pasó junto a esa silla vacía. tocó el respaldo con ternura, como si le agradeciera a alguien que no estaba, pero Baquele sí estaba viendo. Desde casa presidencial en su oficina siguió toda la ceremonia por transmisión en vivo desde su teléfono. Su equipo lo había grabado todo. Cuando Diego tocó esa silla, Bukele sintió que todas las batallas, todos los ataques, toda la guerra política había valido la pena.
Su jefe de gabinete entró con un informe. Señor presidente, los resultados del programa piloto están listos. Bukele dejó su teléfono. Dime. De las 100 familias del programa, 94 niños regresaron a la escuela a tiempo completo. El índice de deserción fue de solo 6%. Las madres aumentaron sus ingresos en un promedio de 170%.
Y el asesor sonríó. La aprobación de su gobierno subió 23 puntos. No me importa la aprobación, mintió Bukele. ¿Qué pasa con los seis niños que no continuaron? Estamos investigando algunos casos de violencia doméstica, otros de adicciones en la familia, situaciones más complejas que requieren intervención psicosocial.
Entonces ampliamos el programa, incluimos apoyo psicológico, acompañamiento familiar, todo lo que sea necesario. Señor, eso aumentaría el costo en el dinero. Tr meses después, el programa se expandió a 1000 familias, luego a 5000. Al final del año, 15,000 niños habían dejado las calles y regresado a la escuela. No fue perfecto.
Hubo corrupción en algunos casos, familias que defraudaron el sistema, funcionarios que robaron recursos, pero el programa siguió, se corrigió, mejoró. 5 años después, Diego tendría 13 años. Estaría en séptimo grado. Sus calificaciones seguirían siendo excelentes. Su sueño de ser maestro no habría cambiado y Bukele en su último año de presidencia visitaría nuevamente aquella colonia.
No con cámaras, no con prensa. Solo él y Diego sentados en esa misma silla donde todo comenzó. ¿Sabes por qué hice todo esto, Diego?, le preguntaría el presidente. Por mí, respondería el adolescente. No solo por ti, por mí. Porque ese día en el semáforo, cuando vi tus ojos, me vi a mí mismo.
Vi a mi abuelo, que también vendió en las calles. Vi a mi madre que trabajó para darnos educación. Y entendí que si yo con todo el poder que tengo no podía ayudarte, entonces no merecía ese poder. Diego sonreiría. Gracias, señor presidente, por no bajar solo la ventana, por bajar también las barreras. Y Bukele se iría de esa colonia por última vez como presidente, sabiendo que había cometido muchos errores, que había fallado en muchas cosas, pero que al menos había logrado una.
Darle futuro a 47,000 niños que no lo tenían. Esta es la historia de cómo un niño de 8 años detuvo a un presidente, no con violencia, no con palabras, sino con su simple existencia. Diego representaba todo lo que estaba mal en El Salvador, pero también todo lo que podía estar bien. Hoy el programa Un futuro para Diego ha beneficiado a más de 150,000 familias.
No es perfecto, nunca lo será. Pero es un comienzo, porque a veces lo único que se necesita para cambiar un país es que alguien con poder se detenga a escuchar a alguien sin poder. Y eso, ese simple acto de humanidad puede valer más que 1000 leyes, 1000 discursos, 1000 promesas de campaña. ciego sigue estudiando, sigue soñando, sigue creyendo y tal vez, solo tal vez eso sea suficiente para que el Salvador también lo haga. M.
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