En las calles empedradas de la colonia Roma Norte, donde el humo de los disturbios estudiantiles aún flotaba en el aire nocturno del 15 de octubre de 1968, se alzaba imponente el Colegio Morelos, una institución de prestigio que durante décadas había formado a la élite mexicana, pero que esa noche se convertiría en el escenario de uno de los misterios más perturbadores y silenciados en la historia de la capital.
32 estudiantes cruzaron el umbral del aula 204 a las 9:30 de la noche. Sus voces se escucharon hasta las 11:47 de la noche, cuando un silencio sepulcral se apoderó del edificio. Al amanecer, cuando los consergjes abrieron la puerta, el aula estaba vacía, completamente vacía. No había señales de lucha, no había sangre, no había pistas, solo 32 pupitres ordenados y una extraña marca grabada en el pizarrón que nadie supo explicar.
Las autoridades sellaron el caso, los medios guardaron silencio, las familias fueron silenciadas, pero los muros del colegio Morelos aún susurran su secreto.Capítulo 1.
El prestigio manchado de sangre. Para entender el horror que se desató en el colegio Morelos, debemos regresar a sus orígenes ensangrentados. Fundado en 1892 por el industrial Sebastián Morelos, sin parentesco con el héroe nacional, el colegio se erigió sobre lo que antiguamente había sido un convento franciscano del siglo X.
Los planos originales que permanecieron ocultos durante décadas en los archivos municipales revelan una verdad escalofriante. El terreno había sido utilizado como cementerio clandestino durante la época colonial. Más de 300 cuerpos reposaban bajo los cimientos cuando comenzó la construcción. Los obreros reportaron hallazgos macabros, esqueletos completos, crucifijos oxidados y extraños símbolos grabados en huesos humanos.
Sebastián Morelos, obsesionado con terminar su proyecto, ordenó que simplemente construyeran sobre los restos. “Los muertos no pueden protestar”, habría dicho, según el diario personal de su arquitecto, Damián Vázquez. Desde su inauguración, el colegio estuvo marcado por sucesos inexplicables. En 1903, el primer director, profesor Augusto Ramírez, fue encontrado colgado en el aula, que más tarde sería conocida como el 204.

Su carta de suicidio contenía una sola línea. Las voces no me dejan dormir. En 1924, durante una epidemia de fiebre tifoidea, 17 estudiantes murieron en una sola semana. Todos habían reportado pesadillas idénticas, niños vestidos de franciscano que los llamaban desde los sótanos. Los padres de familia comenzaron a susurrar sobre maldiciones, pero el prestigio del colegio era tal que nadie se atrevía a retirar a sus hijos.
Las mejores familias de la capital consideraban que estudiar en el Morelos era un boleto directo a las universidades más exclusivas del país. Era el precio que estaban dispuestos a pagar, incluso si ese precio incluía pesadillas y apariciones nocturnas. Para 1950, el colegio había desarrollado una reputación dual, excelencia académica de día y una siniestra fama de fenómenos paranormales de noche.
Los estudiantes internos hablaban en susurros de pasillos que se alargaban infinitamente durante la madrugada, de aulas donde se escuchaban lecciones de profesores muertos décadas atrás y del aula 204, donde ningún estudiante quería permanecer después del atardecer. El director Joaquín Herrera, quien dirigió la institución de 1955 a 1970, implementó una estricta política de silencio sobre cualquier incidente inexplicable.
Según documentos internos que obtuvimos, amenazaba con expulsión inmediata a cualquier estudiante que hablara públicamente sobre apariciones o fenómenos paranormales. “La reputación del Morelos no puede mancharse con supersticiones”, escribió en una circular interna. Pero la historia estaba a punto de tomar un giro aún más oscuro.
En 1968, México vivía uno de sus periodos más turbulentos. El movimiento estudiantil crecía, las protestas llenaban las calles y la tensión política alcanzaba niveles críticos. En este contexto de represión y secretos gubernamentales, el colegio Morelo se convertiría en el epicentro de un misterio que haría palidecer a todos los fenómenos anteriores.
Porque lo que sucedería el 15 de octubre de 1968 no sería solo otra aparición nocturna o un suicidio inexplicable. Sería algo mucho peor, algo que obligaría al gobierno a intervenir directamente y a sepultar la verdad bajo capas de documentos clasificados y amenazas veladas. Los estudiantes del último año habían comenzado a comportarse de manera extraña desde septiembre. Capítulo 2.
Los hijos de la élite se vuelven extraños. Septiembre de 1968. Mientras las calles de la Ciudad de México se teñían de violencia y los tanques se posicionaban en Tlatelolco,dentro de los muros del Colegio Morelo se gestaba una transformación igualmente perturbadora, aunque mucho más silenciosa.
Los 32 estudiantes del último año, todos ellos hijos de las familias más influyentes del país, senadores, empresarios, diplomáticos, comenzaron a exhibir comportamientos que alarmaron tanto a profesores como a sus propios padres. María Elena Vázquez, hija del secretario de Gobernación, dejó de hablar durante las clases.
Permanecía inmóvil en su pupitre, con los ojos fijos en la pared, como si contemplara algo invisible para el resto. Carlos Mendoza, cuyo padre era dueño de una de las empresas constructoras más grandes del país, fue sorprendido dibujando obsesivamente el mismo símbolo en todos sus cuadernos, una cruz invertida rodeada de círculos concéntricos.
Cuando se le preguntó sobre el significado, respondía siempre lo mismo. Es lo que ellos me enseñan por las noches. El profesor Rodolfo Castañeda, quien impartía historia en el plantel desde 1943, escribió en su diario personal documento que permanece en poder de su familia. Algo diabólico está sucediendo con los muchachos del sexto año.
Se congregan en grupos durante los recreos y susurran en un idioma que no reconozco. Sus ojos han perdido esa chispa juvenil. Es como si algo los hubiera poseído. La transformación no pasó desapercibida para las familias. Guadalupe Morales, madre de uno de los estudiantes, reportó que su hijo Antonio había comenzado a levantarse a las 3 de la mañana todas las noches para estudiar, aunque cuando ella se acercaba a su habitación, solo lo encontraba de pie frente a la ventana, inmóvil, murmurando palabras incomprensibles. “No es mi hijo”, le
confió a su esposo. “Algo dentro de él ha cambiado.” Los padres se reunieron discretamente con el director Herrera el 8 de octubre. Según las actas de esa junta que obtuvimos de los archivos privados de la familia Herrera, el director minimizó los incidentes. Son jóvenes impresionables en tiempos difíciles.
La tensión política del país los está afectando. Es perfectamente normal. Pero los documentos internos cuentan una historia diferente. En una carta dirigida a un colega de la Universidad Nacional, el director Herrera escribió, “Los muchachos han encontrado algo en los sótanos del edificio.” No sé qué es, pero desde que comenzaron esas reuniones de estudio nocturnas, la atmósfera del colegio se ha vuelto irrespirable.
Los profesores se niegan a quedarse después de las 6 de la tarde. Yo mismo evito caminar por los pasillos cuando oscurece. El padre Miguel Santa María, capellán del colegio, fue quien más se acercó a la verdad. En sus memorias, publicadas póstumamente en 1995, relató, “Los estudiantes habían desenterrado algo en el sótano durante septiembre.
Nunca supe que era exactamente, pero su comportamiento cambió radicalmente después de ese hallazgo. Dejaron de asistir a misa, evitaban el contacto con agua bendita y cuando intenté exorcizar el edificio, me amenazaron de muerte. Eran los hijos de las familias más poderosas del país, pero sus ojos, Dios santo, sus ojos eran los de demonios.
Los empleados de mantenimiento reportaron hallazgos extraños, velas negras derretidas en los sótanos, símbolos dibujados con lo que parecía sangre en las paredes subterráneas y el nauseabundo olor a azufre que impregnaba el primer piso durante las madrugadas. El conserje nocturno, Esteban Ramírez renunció el 10 de octubre después de encontrar lo que describió como un altar diabólico en el aula 204.
“Habían movido todos los pupitres formando un círculo”, declaró años después en una entrevista radiofónica que fue censurada inmediatamente. En el centro habían grabado símbolos en el suelo de madera. Olía a muerte, señor, olía a muerte y a algo peor. La noche del 15 de octubre todos estos elementos convergirían de la manera más aterradora posible.
Los 32 estudiantes habían estado preparándose para algo durante semanas, algo que sus padres, profesores y autoridades habían ignorado o minimizado. Porque a las 9:30 de la noche de esa noche, cuando los últimos empleados abandonaron el edificio y las calles de la colonia Roma se sumieron en la oscuridad, comenzó el ritual que cambiaría para siempre la historia del colegio Morelos y nadie estaba preparado para lo que estaba por suceder. Capítulo 3.
La noche del 15 de octubre. Hora cer de octubre de 1968, 9:15 de la noche. La ciudad de México se sumía en una calma tensa bajo el toque de queda no oficial que el gobierno había impuesto tras los disturbios. Las calles de la colonia Roma, usualmente bulliciosas, permanecían desiertas, salvo por las patrullas militares que recorrían las avenidas principales cada hora.
El Colegio Morelo se alzaba como una mole gótica contra el cielo nublado. Solo una ventana permanecía iluminada. La del aula 204 en el segundo piso. Una luz parpade dorada que no provenía de las lámparas eléctricas, sino delresplandor de decenas de velas. Según el testimonio de la señora Carmen Delgado, quien vivía en el edificio de enfrente, los 32 estudiantes llegaron por separado entre las 9 y 9:30 de la noche.
No caminaban como jóvenes normales. Recordaría años después en una entrevista que nunca fue publicada. Se movían como sonámbulos, todos hacia la misma dirección, sin hablarse entre ellos. Era como si algo los estuviera llamando. El vigilante nocturno del banco ubicado en la esquina, Jesús Moreno, reportó haber visto a los estudiantes entrar al colegio usando una llave.
El que parecía ser el líder era un muchacho alto de cabello negro. Cargaba una maleta de cuero que parecía muy pesada. Cuando pasó bajo la luz del farol, sus ojos brillaron como los de un animal nocturno. Dentro del edificio, según las investigaciones posteriores, los estudiantes habían preparado meticulosamente el aula 204. Los pupitres fueron retirados y almacenados en el pasillo.
En el centro del salón, usando lo que los forenses determinarían más tarde como sangre humana mezclada con carbón molido, habían trazado un círculo de aproximadamente 3 m de diámetro, rodeado por símbolos que ningún experto en ocultismo consultado pudo identificar completamente. A las 9:47 de la noche, los vecinos reportaron que comenzó a escucharse un cántico proveniente del colegio.
No era en español”, declaró el comerciante Raúl Herrera, quien mantenía su negocio abierto hasta tarde. Sonaba antiguo, como latín, pero más oscuro. Las palabras parecían venir de la tierra misma. La señora Esperanza Ruiz, que vivía en la casa contigo al colegio, fue quien proporcionó el testimonio más detallado y perturbador.
Primero fueron susurros, como si 30 personas rezaran al mismo tiempo. Luego las voces se hicieron más fuertes, más ásperas. A las 10:30 comenzaron los gritos, pero no eran gritos de dolor, continuó en su testimonio. Eran gritos de júbilo, como si hubieran logrado algo terrible. Mi esposo quiso llamar a la policía, pero no funcionaba el teléfono.
Ningún teléfono de la cuadra funcionaba. A las 11:15 de la noche, según múltiples testigos, el colegio se sacudió. Fue como un temblor, pero no venía de abajo.” Describió el taxista Alfredo Sandoval, quien esperaba un pasaje frente al edificio. La vibración salía del segundo piso. Las ventanas del aula 204 se iluminaron con una luz roja muy intensa, como si hubiera fuego adentro, pero no se veía humo.
Los cánticos alcanzaron su punto más alto a las 11:35 de la noche. Varios vecinos reportaron que las voces ya no sonaban humanas. Eran rugidos, aullidos, como si bestias salvajes hubieran tomado control de las gargantas de esos muchachos”, declaró en su testimonio la maestra jubilada Rosa López.
Y entonces, a las 11:47 de la noche, exactamente, según todos los testigos consultados, se hizo un silencio absoluto. No solo cesaron los cánticos, cesaron todos los sonidos. Los perros dejaron de ladrar, los gatos se escondieron, incluso el viento pareció detenerse. La ciudad entera contuvo la respiración durante exactamente 13 minutos.
A las 12 de la noche del 16 de octubre, la luz del aula 204 se apagó. El edificio del colegio Morelos quedó sumido en una oscuridad tan profunda que varios vecinos la describieron como más negra que la noche. Era como si el edificio hubiera absorbido toda la luz circundante. Al amanecer, cuando el conserje matutino llegó para abrir el colegio, encontró algo que lo haría despertar gritando durante el resto de su vida.
La puerta principal estaba entreabierta, balanceándose suavemente con el viento. Dentro el silencio era tan denso que podía sentirse físicamente. Cuando finalmente reunió el valor para subir al segundo piso y abrir el aula 204, el espectáculo que encontró desafió toda lógica. Capítulo 4. El hallazgo que heló la sangre de México. 16 de octubre de 1968, 6:23 de la mañana.
Gonzalo Ruiz, conserje del colegio Morelos desde 1952, insertó su llave en la cerradura de la puerta principal con manos que temblaban sin que él supiera por qué. Durante 16 años había abierto esa misma puerta todas las mañanas, pero esa vez algo era diferente. El aire mismo parecía más espeso, cargado de una electricidad siniestra que le erizaba los cabellos de los brazos.
La puerta se abrió con un gemido prolongado, como si el edificio entero protestara contra la intrusión de la luz matutina. Gonzalo encendió las luces del vestíbulo y lo que vio le hizo retroceder dos pasos. Las escaleras de mármol que conducían al segundo piso estaban manchadas de una sustancia oscura que formaba un sendero desde el primer escalón hasta el rellano superior. No era sangre.
Los análisis posteriores determinarían que era una mezcla de ceniza, carbón molido y algo orgánico que nunca pudo identificarse completamente. El edificio olía a muerto”, declararía Gonzalo después en una entrevista clandestina grabada porun periodista independiente. Pero no era el olor de algo que había muerto recientemente, era el olor de algo que llevaba siglos descomponiéndose bajo tierra.
subió las escaleras siguiendo el rastro negro y con cada escalón que ascendía la temperatura parecía descender. En el segundo piso, las marcas conducían directamente al aula 204. La puerta estaba cerrada, pero por debajo se filtraba una luz tenue y dorada, parpade, como el resplandor de velas que estuvieran por extinguirse. Gonzalo giró la perilla.
La puerta se abrió sin resistencia y lo que encontró del otro lado cambiaría para siempre su comprensión de la realidad. El aula estaba vacía, completamente vacía. Los 32 pupitres habían sido devueltos a su posición original, perfectamente alineados en filas. Cada uno tenía encima un cuaderno abierto y un lápiz colocado con precisión milimétrica.
Las ventanas estaban cerradas. No había signos de lucha, no había desorden, no había pistas de lo que había sucedido con los estudiantes, pero había algo más. Algo que hizo que Gonzalo vomitara inmediatamente sobre el suelo de madera pulida. En el pizarrón, grabado tan profundamente en la superficie verde que había atravesado hasta la pared de concreto que estaba detrás, se encontraba un símbolo que ningún experto consultado pudo interpretar completamente.
Era una cruz invertida, pero rodeada por círculos concéntricos y líneas que parecían formar palabras en un alfabeto desconocido. El grabado emanaba un olor metálico intenso, como sangre fresca mezclada con azufre. Y debajo del símbolo, escritas con la misma sustancia negra que manchaba las escaleras, aparecían 32 líneas de texto en lo que parecía latín arcaico, pero con variaciones que ningún especialista en lenguas clásicas pudo descifrar.
Cada línea terminaba con un nombre, María Elena Vázquez, Carlos Mendoza, Antonio Morales, los nombres de todos los estudiantes desaparecidos. Gonzalo corrió hacia el teléfono de la oficina administrativa y marcó inmediatamente el número de emergencias. “Vengan rápido al colegio Morelos”, gritó al operador. “Los muchachos, los muchachos no están, pero algo terrible pasó aquí.
La primera patrulla policiaca llegó a las 6:41 de la mañana. Los agentes Ramón Torres y Miguel Sandoval subieron inmediatamente al aula 204 y encontraron a Gonzalo sentado en una esquina, murmurando oraciones y santiguándose repetidamente. Cuando vieron el pizarrón, el agente Torres, veterano de 15 años en la fuerza, se desmayó inmediatamente.
Nunca había visto nada igual, declararía Miguel Sandoval en su reporte oficial, que fue clasificado como secreto y archivado inmediatamente. Era como si el mismo infierno hubiera dejado su marca en esa aula. A las 7:15 de la mañana llegaron los detectives de la Procuraduría. A las 8:30 de la mañana, agentes del gobierno federal acordonaron el edificio completo.
A las 10 de la mañana, funcionarios de alto nivel que se negaron a identificarse tomaron control de la investigación y a las 12 del mediodía del mismo día, todos los reportes policíacos habían desaparecido de los archivos oficiales, pero hubo un detalle que ninguna autoridad pudo explicar o hacer desaparecer. Cuando los investigadores revisaron cuidadosamente cada pupitre del aula 204, encontraron que los cuadernos contenían la misma línea escrita una y otra vez en la letra característica de cada estudiante desaparecido. Ya no somos 32, ahora
somos uno y uno es legión. La tinta de esas líneas aún estaba húmeda cuando fueron encontradas 6 horas después de que los estudiantes hubieran desaparecido sin dejar rastro. Capítulo 5. La maquinaria del silencio se activa. 16 de octubre de 1968. 1:47 de la tarde. En los escritorios de poder de la Ciudad de México, los teléfonos no dejaban de sonar.
La desaparición de 32 estudiantes, todos ellos hijos de las familias más influyentes del país, había activado una maquinaria de encubrimiento que funcionaría con la precisión de un reloj suizo y la frialdad de una morgue. El secretario de Gobernación, licenciado Eduardo Vázquez, padre de una de las estudiantes desaparecidas, convocó a una reunión de emergencia en Los Pinos.
Según documentos desclasificados, 30 años después, la Junta comenzó con una declaración que él haría la sangre. Señores, lo que sucedió en el colegio Morelos nunca ocurrió. Repito, nunca ocurrió. Los padres de familia fueron citados individualmente a lo largo del día. Se les presentó una versión oficial que había sido fabricada en tiempo récord.
Sus hijos habían sido trasladados discretamente a colegios internacionales en Europa y Estados Unidos debido a las tensiones políticas actuales. Era una medida de protección temporal. recibirían noticias pronto. Nos mostraron fotografías. Recordaría años después en su lecho de muerte la madre de Carlos Mendoza. Fotos de nuestros hijos en aeropuertos subiendo a aviones. Pero algo estaba mal con esasimágenes.
Los ojos, los ojos de mi hijo en esas fotografías no tenían alma. Simultáneamente, el Colegio Morelos fue evacuado completamente. Los profesores y empleados fueron reubicados en otras instituciones educativas con generosos aumentos salariales y contratos que incluían cláusulas de confidencialidad muy específicas.
quien hablara sobre los incidentes de octubre perdería no solo su empleo, sino que enfrentaría consecuencias legales graves. El director Joaquín Herrera desapareció literalmente. Su familia reportó que había salido de casa la mañana del 17 de octubre para reunirse con funcionarios del gobierno y nunca regresó. Su automóvil fue encontrado abandonado tres días después en una carretera secundaria rumbo a Toluca, sin señales de violencia, pero con un detalle escalofriante.
Todas las ventanas estaban cubiertas desde adentro con símbolos idénticos a los encontrados en el pizarrón del aula 204. Los medios de comunicación recibieron órdenes directas de ignorar completamente el tema. Las pocas notas periodísticas que se atrevieron a mencionar la reubicación de estudiantes del colegio Morelos fueron retiradas de circulación inmediatamente.
Los periodistas que insistieron en investigar comenzaron a recibir amenazas anónimas que describían con precisión exacta los horarios de sus hijos, las rutas que tomaban para ir a la escuela, los lugares que frecuentaban. Pero había un problema que las autoridades no habían anticipado. Los vecinos del colegio se negaban a guardar silencio.
La señora Carmen Delgado, quien había sido testigo de la llegada de los estudiantes, organizó reuniones clandestinas en su casa. “No podemos permitir que nos hagan olvidar lo que vimos”, declaró a un grupo de 15 vecinos que se habían congregado en su sala. “Esos muchachos no abordaron ningún avión.
Algo terrible les pasó en ese edificio maldito. El gobierno desplegó entonces una estrategia más sofisticada. Agentes que se presentaban como psicólogos especializados en trauma colectivo comenzaron a visitar casa por casa en la colonia Roma Norte. Explicaban que los vecinos habían sido víctimas de histeria masiva causada por la tensión política del momento.
Ofrecían sesiones gratuitas de terapia para ayudarles a procesar adecuadamente los eventos y distinguir entre realidad y percepción distorsionada. Muchos vecinos aceptaron la terapia y después de las sesiones testimonios cambiaron radicalmente. Recuerdo que me habían parecido muy raros esos jóvenes esa noche, declaró Carmen Delgado a un investigador privado en 1971, 3 años después de los hechos.
Pero ahora que lo pienso bien, tal vez solo estaba nerviosa por todo lo que pasaba en el país. Seguramente vi cosas que no eran. Los pocos vecinos que se resistieron a la terapia comenzaron a experimentar problemas extraños. Sus teléfonos se descomponían constantemente. Recibían multas de tránsito por infracciones que no habían cometido.
Sus hijos tenían accidentes menores pero frecuentes en la escuela. Sus empleos se volvían inexplicablemente inestables. El edificio del colegio Morelos fue sellado oficialmente el 31 de octubre de 1968. La explicación pública fue que requería reparaciones estructurales extensas. Las reparaciones, según se anunció, tomarían aproximadamente 2 años, pero 2 años se convertirían en cinco, luego en 10, luego en décadas, porque lo que las autoridades descubrirían al intentar limpiar el aula 204 los obligaría a tomar una decisión aún más drástica.
Capítulo 6. Los secretos del aula [ __ ] 2 de noviembre de 1968. Día de muertos. Mientras las familias mexicanas honraban a sus difuntos con ofrendas de Sempazuchil y pan de muerto, un equipo especializado de limpieza ingresó sigilosamente al Colegio Morelos. No eran trabajadores comunes, eran técnicos federales con autorización de máximo nivel, equipados con herramientas especializadas y protocolos que nunca habían sido usados en territorio nacional.
Su misión era simple, en teoría, borrar cualquier evidencia de lo ocurrido en el aula 204 y preparar el edificio para su eventual reapertura. Lo que encontraron transformaría esa misión de rutina en la experiencia más aterradora de sus vidas. El líder del equipo, ingeniero Roberto Castillo, cuyo expediente permanece clasificado hasta la fecha, escribió en su reporte confidencial, “Al intentar remover las marcas del pizarrón, descubrimos que no eran grabados superficiales.
Los símbolos habían sido tallados con tal fuerza que atravesaban completamente la pared, llegando hasta los cables eléctricos del otro lado. Más perturbador aún, las marcas parecían haberse profundizado desde nuestro último reconocimiento. Los trabajadores intentaron primero lijar la superficie, luego aplicar ácidos industriales, finalmente decidieron reemplazar el pizarrón completo.
Pero cuando removieron la estructura metálica, encontraron que los símbolos se habían extendido por toda lapared de concreto, formando un patrón intrincado que parecía pulsar con vida propia bajo la luz de las lámparas de trabajo. “Era como si la pared fuera piel y los símbolos fueran venas”, describió en su testimonio personal el soldador Evaristo Ramírez.
Y lo más terrible. Cuando poníamos las manos sobre las marcas para rasparlas, podíamos sentir un latido como un corazón gigantesco latiendo desde dentro del edificio. El equipo decidió demoler la pared completa. Utilizaron martillos neumáticos industriales, explosivos controlados, incluso ácido sulfúrico. Nada funcionaba.
Los símbolos parecían regenerarse más rápido de lo que podían ser destruidos. Peor aún, cada intento de borrarlos resultaba en nuevas manifestaciones extrañas. Las herramientas eléctricas se descomponían inexplicablemente. Los trabajadores comenzaron a reportar náuseas y dolores de cabeza intensos después de pasar más de una hora en el aula.
Y algunos juraron que podían escuchar susurros provenientes de las paredes, como si voces juveniles estuvieran atrapadas dentro del concreto. El 8 de noviembre, durante el quinto día de trabajo, ocurrió el incidente que obligó al gobierno a cambiar completamente su estrategia. El técnico Luis Morales estaba aplicando un compuesto químico experimental sobre los símbolos cuando su taladro industrial golpeó algo metálico dentro de la pared.
Al investigar, descubrieron una cavidad que contenía un objeto que nadie pudo explicar. Una caja de madera negra del tamaño aproximado de un ataúd infantil decorada con los mismos símbolos que habían aparecido en el pizarrón. La caja estaba tibia al tacto”, escribió el ingeniero Castillo.
No tibia como algo expuesto al sol, sino tibia como algo vivo. Y pesaba mucho más de lo que su tamaño sugería, como si contuviera algo denso como plomo líquido. Cuando intentaron mover la caja, todos los trabajadores presentes en el aula experimentaron simultáneamente la misma visión, 32 figuras juveniles de pie alrededor de ellos, con los ojos completamente negros y las bocas abiertas en gritos silenciosos.
La visión duró exactamente 13 segundos, pero fue tan vívida que dos de los técnicos sufrieron crisis nerviosas y tuvieron que ser hospitalizados. El ingeniero Castillo tomó la decisión de abrir la caja inmediatamente. Lo que encontró adentro desafió toda lógica. 32 uniformes escolares del colegio Morelos, perfectamente doblados y apilados.
Cada uniforme tenía bordado el nombre de uno de los estudiantes desaparecidos, pero los uniformes estaban impregnados de una sustancia viscosa y rojiza que despedía un olor nauseabundo, mezcla de carne en descomposición y azufre. Y debajo de los uniformes, envuelto en un paño negro, encontraron un libro.
No era un libro común. Sus páginas estaban hechas de lo que parecía piel humana y el texto estaba escrito con una tinta que brillaba con luz propia en la oscuridad. El idioma era indescifrable, pero las ilustraciones eran inequívocas. Rituales de sacrificio, invocaciones demoníacas y diagramas detallados de portales dimensionales.
“Ese libro no era de este mundo,” declararía años después el ingeniero Castillo en una confesión grabada en secreto por su hijo. Las páginas se movían solas como si el viento las pasara, pero no había viento. Y cuando uno leía los símbolos, aunque no entendiera su significado, podía sentir que algo en su mente cambiaba. como si el conocimiento se instalara directamente en el cerebro.
La presencia del libro pareció activar algún tipo de mecanismo sobrenatural. Los símbolos en las paredes comenzaron a brillar con la misma luz fosforescente que emanaba de las páginas. La temperatura del aula descendió hasta el punto donde se podía ver el aliento de los trabajadores y desde las tuberías del edificio comenzó a escucharse algo que todos los presentes describieron como el llanto de 32 niños perdidos.
El equipo de limpieza fue evacuado inmediatamente. El libro y la caja fueron transportados a una instalación federal clasificada y el aula 204 fue sellada con concreto armado de 1 metro de espesor. Pero sellar el aula no detuvo los fenómenos, los comenzó a esparcir por todo el edificio. Los guardias de seguridad que vigilaban el edificio durante las noches reportaron luces que se encendían y apagaban solas en diferentes aulas, el sonido de pupitres siendo arrastrados por los pasillos y voces juveniles que recitaban lecciones en aulas vacías.
Varios guardias renunciaron después de encontrar mensajes escritos con la misma sustancia negra en las paredes. Queremos regresar a casa. ¿Por qué nos olvidaron? Todavía estamos aquí. El gobierno federal tomó entonces una decisión sin precedentes. El Colegio Morelo sería clausurado permanentemente.
No habría reapertura, no habría reparaciones, no habría explicaciones públicas. El edificio se convertiría en un monumento involuntario a uno de los secretos másoscuros del México moderno. Capítulo 7. 50 años de susurros y apariciones. 1970 a 2018, 50 años transcurrieron desde la noche en que 32 estudiantes desaparecieron sin dejar rastro.
El colegio Morelos, ahora cubierto de hiedra y deteriorado por el tiempo, se convirtió en una leyenda urbana que las nuevas generaciones susurraban en las noches de tormenta. Pero para quienes vivían en la colonia Roma Norte, no era solo una leyenda, era una realidad que los atormentaba cada 15 de octubre.
Los vecinos más antiguos, aquellos que habían sido testigos de los eventos originales, desarrollaron una tradición silenciosa. Cada aniversario de la desaparición colocaban 32 velas blancas en la banqueta frente al edificio abandonado. No por devoción religiosa, sino por miedo. Es para que sepan que no los hemos olvidado”, explicaba en susurros la anciana Rosa López, “para que no vengan a buscarnos porque los fenómenos nunca cesaron completamente.
Estudiantes universitarios valientes o estúpidos intentaron ingresar al edificio en múltiples ocasiones a lo largo de las décadas. Algunos lograban escalar las paredes y entrar por ventanas del primer piso. La mayoría salía corriendo antes de llegar al segundo piso, describiendo una sensación de peso invisible que los aplastaba contra el suelo y susurros en idiomas desconocidos que parecían provenir de las mismas piedras.
En 1985, un grupo de estudiantes de psicología de la UNAM logró permanecer una noche completa dentro del edificio. Su grabadora de audio capturó 7 horas de fenómenos inexplicables, voces juveniles recitando el himno nacional en reversa, pasos de decenas de personas caminando por pasillos donde no había nadie y hacia las 3:33 de la mañana 32 voces diferentes gritando al unísono.
Todavía estamos aquí. No nos olviden. La grabación fue entregada a las autoridades universitarias, quienes la confiscaron inmediatamente. Los estudiantes fueron amenazados con expulsión si hablaban públicamente sobre su experiencia. Pero uno de ellos, Carlos Herrera, sin relación con el director desaparecido, guardó una copia clandestina que circuló durante años en círculos universitarios antes de ser perdida en circunstancias misteriosas.
Los desarrolladores inmobiliarios intentaron comprar el terreno en tres ocasiones diferentes, 1992, 2003 y 2015. En cada ocasión, los contratos fueron cancelados abruptamente después de que los equipos de demolición experimentaran accidentes inexplicables. Maquinaria pesada que se descomponía sin razón técnica, trabajadores que sufrían desmayos masivos y en el intento de 2015, la aparición simultánea de 32 figuras espectrales que fueron fotografiadas por cámaras de seguridad antes de que todos los dispositivos
electrónicos en un radio de dos cuadras dejaran de funcionar permanentemente. Los archivos gubernamentales relacionados con el caso fueron accidentalmente destruidos en un incendio en 1994. Los únicos documentos oficiales que sobrevivieron fueron unas pocas páginas de reportes policiales que contradecían la versión oficial y confirmaban la desaparición inexplicable de los estudiantes.
Estos documentos fueron filtrados a periodistas independientes, quienes intentaron investigar el caso, pero se encontraron con un muro de silencio institucional y amenazas veladas. En 2008, 40 años después de los hechos, comenzaron a surgir testimonios de una nueva generación de testigos. Trabajadores nocturnos de la zona reportaron avistamientos regulares de jóvenes en uniformes escolares antiguos caminando en fila por las calles circundantes al colegio, siempre en dirección al edificio abandonado, siempre desapareciendo al llegar a las
puertas selladas. El conductor de autobús Miguel Sánchez, quien trabajaba la ruta nocturna que pasaba frente al colegio, reportó el avistamiento más detallado. Eran exactamente 32 muchachos caminando en perfecta formación. Sus uniformes estaban impecables, como recién planchados, pero sus caras, Dios santo, sus caras estaban grises como ceniza y todos tenían los mismos ojos, completamente negros, sin pupila ni iris.
Cuando mi autobús se acercó, todos voltearon a verme al mismo tiempo. Pisé el acelerador y no paré hasta llegar al final de mi ruta. Las redes sociales modernas permitieron que estos testimonios se compartieran más ampliamente, creando una comunidad virtual de investigadores del colegio Morelos. Fotógrafos urbanos comenzaron a documentar el exterior del edificio, capturando imágenes que mostraban figuras borrosas en las ventanas del segundo piso, siempre en el ala donde se ubicaba el aula 204.
En 2016, un YouTube especializado en lugares abandonados logró infiltrarse al edificio y transmitir en vivo desde el interior. La transmisión duró exactamente 43 minutos antes de cortarse abruptamente. Lo último que se vio fue al YouTube subiendo las escaleras hacia el segundo piso, mientras la cámara captaba sombras moviéndose independientemente decualquier fuente de luz.
Su último comentario audible fue, “Chicos, no estoy solo aquí. ¿Hay alguien más? Hay muchos más. El YouTube nunca fue encontrado. Su automóvil permaneció estacionado frente al edificio durante una semana antes de ser remolcado por las autoridades. Dentro del vehículo encontraron su teléfono celular, que contenía un video grabado desde el interior del colegio que las autoridades se negaron a hacer público.
Pero en 2018, 50 años exactos después de la desaparición original, algo cambió. Los fenómenos se intensificaron dramáticamente, como si el aniversario hubiera activado algún tipo de mecanismo sobrenatural que había permanecido latente durante décadas. Capítulo 8. La verdad final. Documentos desenterrados del infierno. 15 de octubre de 2018.
Exactamente 50 años después de la desaparición, un sobremanila sellado llegó por correo ordinario a la oficina de investigación periodística independiente Verdades ocultas. El remitente se identificaba únicamente como un testigo final. Dentro del sobre, fotografías, documentos oficiales previamente desconocidos y una confesión grabada en cassete que revelaría la verdad más aterradora sobre el colegio Morelos.
Los documentos provenían del archivo personal del director Joaquín Herrera, quien no había desaparecido como se creía oficialmente, sino que había sido recluido en un sanatorio psiquiátrico federal bajo identidad falsa durante cinco décadas. La confesión grabada era de él mismo, realizada dos días antes de su muerte, el 13 de octubre de 2018.
En la grabación, con una voz quebrada por la edad y el terror, Herrera reveló la verdad que había mantenido oculta durante medio siglo. Los muchachos no desaparecieron esa noche. Ellos, ellos lograron lo que buscaban. Habían estado preparándose durante meses, no semanas. encontraron algo en los archivos del convento franciscano original, documentos que databan del siglo X sobre un ritual que los frailes habían intentado, pero nunca completado.
Según la confesión, en septiembre de 1968 los estudiantes habían descubierto en los sótanos del colegio una cámara sellada que contenía los restos de un experimento teológico prohibido. Los franciscanos del siglo X habían intentado crear un puente entre mundos para comunicarse directamente con entidades celestiales, pero el ritual había invocado algo completamente opuesto.
“Los frailes murieron todos en una sola noche”, continuaba Herrera en la grabación. Pero antes de morir sellaron el ritual incompleto. Los muchachos encontraron las instrucciones, encontraron los objetos ceremoniales y decidieron completar lo que los franciscanos habían comenzado. Los documentos incluían fotografías tomadas secretamente por Herrera la noche del 15 de octubre.
Las imágenes, borrosas pero inequívocas, mostraban a los 32 estudiantes de pie alrededor del círculo ritual, pero sus cuerpos proyectaban sombras múltiples que se extendían en direcciones imposibles, como si múltiples fuentes de luz sobrenatural iluminaran la escena. En las fotografías finales, tomadas aparentemente minutos antes de las 11:47 de la noche, los estudiantes ya no parecían completamente humanos.
Sus formas se habían alargado, sus extremidades se habían vuelto angulares y de sus cabezas emanaban lo que Herrera describió como coronas de luz negra. “No murieron”, susurró Herrera en la grabación. Se transformaron. El ritual funcionó, pero no de la manera que ellos esperaban. Se convirtieron en algo que existe entre dimensiones, atrapados entre nuestro mundo y el otro lugar.
La confesión revelaba que el gobierno federal había sabido desde el principio la verdadera naturaleza de la desaparición. Los agentes especializados que habían tomado control del caso no eran investigadores criminales comunes, sino un departamento clasificado dedicado a fenómenos anómalos que operaba desde 1942. Me llevaron a una instalación subterránea donde tenían cosas, objetos, entidades, documentos sobre casos similares en todo el país.
México tiene más secretos sobrenaturales de los que cualquier ciudadano puede imaginar. El Colegio Morelos era solo uno más. Los documentos incluían reportes de otros incidentes similares, desapariciones masivas inexplicables en Guanajuato 1943, Oaxaca 1957 y Monterrey 1963. En todos los casos, grupos de jóvenes habían intentado rituales basados en textos coloniales y en todos los casos las autoridades habían implementado los mismos protocolos de encubrimiento.
Pero el caso del Colegio Morelos era diferente por una razón escalofriante. El ritual había funcionado parcialmente. Los estudiantes habían logrado abrir una grieta dimensional que nunca se cerró completamente. Por eso los fenómenos continúan explicaba Herrera. Por eso las apariciones, los susurros, las manifestaciones.
Los muchachos siguen intentando regresar, pero ya no son humanos. Son algo más, algo hambriento, algo que necesita otros jóvenes paracompletar finalmente el ritual y abrir permanentemente el portal. La grabación terminaba con una advertencia desesperada. No permitan que más jóvenes se acerquen al edificio, especialmente en grupos de más de 30 personas.
El ritual requiere 32 almas para completarse. Los muchachos han estado esperando 50 años para encontrar los reemplazos necesarios y cada 15 de octubre su poder se intensifica. Dos días después de que estos documentos llegaran a verdades ocultas, el edificio del Colegio Morelos fue demolido completamente durante una operación nocturna no autorizada.
Al amanecer del 18 de octubre de 2018, solo quedaba un lote vacío donde las excavadoras habían removido incluso los cimientos hasta una profundidad de 5 m. Las autoridades negaron cualquier conocimiento de la demolición. Los trabajadores que supuestamente la realizaron nunca fueron identificados y los vecinos que intentaron fotografiar o filmar la operación encontraron que todos sus dispositivos electrónicos habían sido borrados misteriosamente.
Pero hay un detalle final que las autoridades no pudieron controlar. Según el registro sísmico de la Universidad Nacional, el suelo donde se ubicaba el Colegio Morelos sigue vibrando. Cada 15 de octubre, exactamente a las 11:47 de la noche, los sismógrafos detectan una anomalía que dura exactamente 13 minutos y los vecinos más antiguos de la colonia Roma Norte aún colocan 32 velas cada aniversario, no ya frente a un edificio abandonado, sino en el lote vacío donde una vez se alzó el colegio Morelos.
Porque saben, como lo sabemos nosotros ahora, que algunas historias no terminan nunca. Solo esperan en la oscuridad el momento adecuado para continuar. Pausa dramática final. Y si alguna vez te encuentras caminando por la colonia Roma Norte en una noche de octubre y escuchas voces juveniles cantando el himno nacional en reversa, corre, corre y no mires atrás, porque los 32 estudiantes del colegio Morelos aún buscan completar lo que comenzaron hace más de cinco décadas.
y tú podrías ser exactamente lo que necesitan para regresar a casa.
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