Su primer hijo vivió 3 días. El segundo murió alcohólico a los 42 años. El tercero confesó públicamente que le tenía miedo y cuando Charlie Chaplin murió, dos delincuentes desenterraron su cadáver y pidieron un rescate de 600,000. Esta es la historia del hombre más famoso del siglo XX. Un niño que mendigaba descalzo en las calles de Londres mientras su madre enloquecía en un manicomio.

Un genio que se casó cuatro veces, tres de ellas con adolescentes. Un artista que fue expulsado del país, que lo convirtió en leyenda, y un padre que nunca mencionó a ninguno de sus 11 hijos en las 600 páginas de su autobiografía. En este video descubrirás tres secretos que la historia oficial de Hollywood siempre ocultó.

 Primero, existe un documento judicial de 1927 donde su segunda esposa lo acusa de obligarla a cometer actos que ella describe textualmente como conductas depravadas e inmorales y esos documentos fueron subastados públicamente hace pocos años. Segundo, el FBI acumuló un expediente de 19 páginas durante tres décadas, intentando demostrar que Chaplin era comunista, interrogando a cientos de personas sin encontrar una sola prueba concreta.

 Y tercero, Adolf Hitler vio la película donde Chaplin se burla de él no una, sino dos veces consecutivas en su sala privada de proyección en OSalsberg. Y nadie sabe qué pensó. Pero antes de llegar ahí, necesitas entender algo que cambia todo. Charlie Chaplin y Adolf Hitler nacieron con solo 4 días de diferencia en abril de 1889. Uno en un barrio miserable de Londres, el otro en un pueblo pequeño de Austria. Ambos tuvieron infancias de pobreza extrema.

 Ambos tuvieron padres alcohólicos. Ambos subieron desde la nada hasta convertirse en los rostros más reconocidos del planeta y ambos llevaban exactamente el mismo bigote. El hijo de Chaplin, Charles Jr. escribió algo que nunca olvidaré. dijo que su padre no podía pensar en Hitler sin un estremecimiento, mitad de horror, mitad de fascinación, porque Chaplin solía decir una frase que helaba la sangre a cualquiera que la escuchara.

 Él es el loco y yo soy el cómico, pero podría haber sido al revés. Guarda eso en tu mente. Volveremos a esta rivalidad que definió el siglo XX más adelante. Pero primero necesitas conocer el origen de todo. Y te advierto, lo que viene es devastador. Londres, 1889, una habitación miserable en el barrio de Lambet. Las paredes húmedas, el olor a comida rancia.

 Una mujer llamada Hann Chaplin, una cantante de variedades cuya voz comenzaba a fallar, sostiene a un bebé recién nacido. Lo llama Charles Spencer Chaplin, igual que su padre. Pero ese padre, también alcohólico como el suyo, abandona a la familia cuando el niño apenas sabe caminar. No hay dinero, no hay comida suficiente, no hay esperanza visible en ningún rincón de esa habitación.

La situación se deteriora tan rápido que resulta difícil de creer. Charlie y su hermano mayor Sydney son enviados al asilo de pobres de Let cuando Charlie tiene apenas 7 años. Las autoridades de la época lo describieron como una existencia desamparada. Imagínate eso. Un niño de 7 años en una institución para indigentes, sin padres, sin hogar, sin nadie que lo abrace por las noches. 18 meses después, los niños se reúnen brevemente con su madre.

 Parece que las cosas van a mejorar, pero Hann mantenerlos. La pobreza es demasiado profunda. En julio de 1898, apenas unos meses después del reencuentro, la familia vuelve al asilo y entonces llega el golpe que cambiaría todo. En septiembre de 1898, Hannah Chaplin es internada en el asilo mental de Kin Hill.

 Los médicos determinan que ha desarrollado una psicosis severa provocada por una combinación de sífilis y desnutrición extrema. Charlie tiene 9 años. Su madre está loca. Su padre es un fantasma alcohólico que aparece de vez en cuando, los mira con ojos vacíos y desaparece. Morirá tres años después, de Cirrosi Sepática, a los 38 años, sin haber tenido nunca una conversación real con sus hijos.

 El niño Charlie no tiene zapatos. Para comer, mendiga un plato de sopa en las calles de Londres. Lo llaman sopa popular. es lo único que lo mantiene vivo. Y mientras hace fila con otros niños arapientos esperando ese plato de sopa aguada, no puede saber que algún día será el hombre más rico y famoso del entretenimiento mundial.

 Hay un recuerdo que Chaplin contó solo una vez. Durante esos años de miseria vio como las autoridades separaban a las familias pobres. Los niños iban a un lugar, las madres a otro, los padres, si lo sabía, a un tercero. Esa imagen de familias destrozadas por la pobreza y la burocracia cruel lo persiguió toda su vida y aparece una y otra vez en sus películas, especialmente en el chico, donde la separación del vagabundo y el niño adoptivo reproduce exactamente lo que él mismo vivió de pequeño.

 Este detalle es crucial para entender todo lo que viene después. Charlie Chaplin conoció el hambre real. No la metáfora del hambre, el hambre física dolorosa que te hace marear y llorar. Conoció el frío de dormir en la calle cuando no había lugar en el asilo. Conoció la vergüenza de ser un niño pobre en una sociedad victoriana que desprecia a los pobres y los considera responsables de su propia miseria.

 Y cuando finalmente tuvo dinero, décadas después, acumuló una fortuna tan inmensa que el miedo irracional a perderla lo atormentó cada día hasta su muerte. Dicen que revisaba sus cuentas obsesivamente, que negociaba cada contrato como si fuera a volver a la calle al día siguiente, que nunca dejó de ser en el fondo de su alma aquel niño descalzo de Lambet.

Pero la tragedia de su madre no terminó con el internamiento. Hanna pasaría años entrando y saliendo de manicomios. Cada vez que parecía mejorar recaía. Cada esperanza se convertía en nueva decepción. Charlie, a los 14 años tuvo que cumplir una tarea que ningún niño debería cumplir jamás. llevar a su propia madre a la enfermería cuando sufrió otra crisis severa.

Caminó con ella por las calles de Londres, la sostuvo del brazo mientras temblaba, la dejó en las puertas del asilo y regresó solo a un mundo que no quería saber nada de él. Décadas después, cuando ya era el hombre más famoso del planeta, Chaplin trajo a su madre a California. le compró una casa cerca de la suya.

Contrató enfermeras las 24 horas. Le dio todo lo que el dinero puede comprar, pero Hann ya no lo reconocía. Se cuenta que reunía alimentos durante el día, los envolvía cuidadosamente en periódicos viejos y los metía en los zapatos de su hijo cuando él venía a visitarla, como si todavía fueran aquellos niños hambrientos de Lambet.

 Como si el tiempo no hubiera pasado, como si el miedo al hambre nunca desapareciera. No se sabe qué hacía Chaplin con esos paquetes de comida. Lo que sí se sabe es que nunca habló públicamente de esos encuentros con su madre. Nunca los mencionó en entrevistas, nunca los incluyó en su autobiografía. Hann murió en 1928. Charlie tenía 39 años y era multimillonario.

 Pero mientras todo eso sucedía, algo extraordinario estaba gestándose. El niño tenía un don sobrenatural para el escenario. A los 5 años, durante una función en Aldershot, la voz de su madre se quebró en medio de una canción. El público comenzó a murmurar. El empresario, desesperado por salvar el espectáculo, tomó una decisión arriesgada.

 Envió al pequeño Charlie al escenario y el niño hizo algo increíble. Imitó la voz de su madre. Cada nota, cada gesto, incluyó el momento exacto en que la voz se había derrumbado. El público estalló en carcajadas. comenzaron a lanzar monedas al escenario. Por primera vez en su vida, Charlie Chaplin sintió el poder de hacer reír a desconocidos. Había nacido un cómico.

 El talento de Chaplin era tan evidente, tan imposible de ignorar, que a los 14 años ya actuaba profesionalmente en compañías de teatro. A los 16 protagonizaba obras en el prestigioso Westen de Londres. Los críticos lo elogiaban, los empresarios se peleaban por contratarlo. Y en 1910, con 21 años y un talento que desbordaba cualquier escenario británico, cruzó el Atlántico con una compañía de teatro.

Estados Unidos lo recibió con los brazos abiertos y nunca volvería a ser el mismo. En 1914, Charlie Chaplin creó al vagabundo, el personaje del bombín gastado, el bastón de bambú, los zapatos enormes y el bigotito cuadrado que cambiaría la historia del entretenimiento para siempre.

 Lo creó en cuestión de minutos, casi por accidente, en los estudios de Kiston. Años después explicaría que no tenía ninguna idea del personaje hasta que se puso el disfraz. Quería que todo fuera una contradicción. Los pantalones anchos, el saco apretado, el sombrero pequeño y los zapatos grandes. Añadió un pequeño bigote que, según él, añadiría edad sin ocultar su expresión.

 Y en el momento en que se miró al espejo, el personaje nació por completo. Comenzó a conocerlo. Para cuando subió al escenario ya había nacido. El éxito fue instantáneo y abrumador. Ningún artista en la historia del entretenimiento había alcanzado tal nivel de fama tan rápido. Para 1919, 5 años después de crear a Charlotte, Charlie Chaplin era posiblemente el ser humano más famoso del planeta Tierra.

Su rostro aparecía en periódicos de todo el mundo. Lo reconocían en la calle en Tokio, en Buenos Aires, en París, en cualquier rincón donde hubiera llegado una de sus películas. y sus películas llegaban a todas partes. Cofundó United Artists junto a Mary Pickford, Douglas Ferbanks y DW Griffith, los cuatro artistas más poderosos de Hollywood.

 La idea era revolucionaria, crear una compañía donde los artistas, no los estudios, controlaran su trabajo. Cuando un ejecutivo de Hollywood escuchó la noticia, comentó con sorna, “Los reclusos han tomado el control del manicomio. No se equivocaba del todo. Chaplin tenía ahora estudios propios donde controlaba cada aspecto de sus películas.

 Era famoso por su perfeccionismo obsesivo. Podía repetir una escena 100 veces hasta que quedara exactamente como la imaginaba. Reescribía guiones completos si algo no funcionaba. Componía la música, dirigía a los actores con mano de hierro. era en esencia un dictador benévolo de su propio universo cinematográfico.

Tenía una mansión en Beverly Hills que parecía un palacio de cuento, una fortuna personal que crecía exponencialmente con cada estreno. Mujeres hermosas que competían por su atención, amigos poderosos que lo admiraban y temían a partes iguales. El niño descalzo de Led se había convertido en rey.

 Pero aquí es exactamente donde la historia se oscurece, donde el genio comienza a mostrar las grietas que el público no quería ver, porque Charlie Chaplin tenía un patrón, un patrón perturbador que hoy resultaría imposible de ignorar o justificar. Sus primeras tres esposas eran adolescentes cuando las conoció y las circunstancias de esos matrimonios revelan un lado del genio que sus admiradores más devotos prefieren olvidar. En 1918, Chaplin se casó con Mildret Harris.

 Él tenía 29 años, ella tenía 16. El matrimonio ocurrió porque Mildret creyó estar embarazada y Chaplin temía el escándalo. Resultó que no estaba embarazada, pero un año después, en 1919, nació Norman Spencer Chaplin, el primer hijo del cómico. El bebé vivió exactamente tr días.

 Chaplin apenas lo menciona en sus memorias, unas pocas líneas sobre una pérdida que debió destrozarlo. El matrimonio con Mildred se desintegró poco después. Se divorciaron en 1920. Ella desapareció de su vida como si nunca hubiera existido y entonces apareció Lita Grey. Y aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente perturbadora.

 Chaplin conoció a Lita cuando ella tenía 12 años. 12 años. Le dio un pequeño papel en el chico, su primera obra maestra. La veía en el set todos los días observándola. crecer y describió en documentos posteriores que le atraían esos ojos fascinantes que la hacían parecer muy misteriosa. Cuando Lita cumplió 16, 4 años después, Chaplin la eligió para protagonizar la quimera del oro.

 era perfecta para el papel de la chica que enamora al vagabundo. Comenzaron el rodaje y durante las primeras semanas de filmación, Chaplin dejó embarazada a su protagonista adolescente. Lo que vino después fue una carrera desesperada contra el reloj y la ley. Según la legislación de California en aquella época, tener relaciones con una menor de edad era un delito grave que podía significar décadas en prisión. Chaplin podía perderlo todo.

 La familia de Lita lo sabía y le dieron un ultimátum brutal, matrimonio inmediato o demanda criminal. El tío de Lita, que convenientemente era abogado, le informó a Chaplin que la condena podía superar los 30 años de cárcel. 30 años. El hombre más famoso del mundo, encerrado durante tres décadas por haber seducido a una adolescente.

Chaplin eligió el matrimonio, pero no cualquier matrimonio en cualquier lugar. No podía arriesgarse a que la prensa estadounidense cubriera la boda y calculara las fechas del embarazo. Así que huyó con Lita a México, a la pequeña ciudad de Empalme, en el estado de Sonora, donde un juez de paz los casó discretamente el 24 de noviembre de 1924.

Lita tenía 16 años, Chaplin tenía 35. El acta matrimonial todavía existe en el registro civil de esa ciudad mexicana. El matrimonio fue un desastre absoluto desde el primer día. Lita tuvo que abandonar la película porque su embarazo era demasiado evidente.

 Fue reemplazada por otra actriz, Georgia Hale, con quien Chaplin también tuvo un romance. Chaplin pasaba largas horas encerrado en el estudio para evitar ver a su esposa. Según testimonios de la época, le dijo a sus amigos, “Esto es mejor que estar en la cárcel, pero no durará.” Tuvieron dos hijos. El primero, Charles Spencer Chaplin I. Nació el 5 de mayo de 1925.

El segundo, Sydney Earl Chaplin. Nació el 30 de marzo de 1926. Recuerda esos dos nombres, recuerda a esos dos niños, porque lo que les pasó después es parte esencial de esta historia. En 1927, apenas 3 años después de la boda forzada, Lita Grey pidió el divorcio y lo hizo con una demanda que sacudió los cimientos de Hollywood.

 Los documentos del divorcio fueron filtrados a la prensa. Ocuparon portadas durante semanas. En ellos, Lita acusaba a Chaplin de infidelidad sistemática, de crueldad mental insoportable y de albergar lo que ella describió textualmente como deseos pervertidos y degradantes. Lo acusó de obligarla a practicar actos que ella consideraba humillantes.

 La palabra exacta que usó fue esa, humillantes. El escándalo fue tan grande que Chaplin sufrió lo que los periódicos de la época describieron como un estado de crisis nerviosa. Se dice que tocó fondo como nunca antes en su vida. El pleito terminó con Chaplin pagando $25,000 en indemnización directa a Lita Grey. Era la suma más grande jamás pagada en un divorcio hasta ese momento.

 Además, tuvo que depositar 200,000 adicionales en un fideicomiso para la educación de sus dos hijos. Dó de 1927. Trata de imaginar cuánto sería eso hoy. Lita perdería la custodia de los niños después, cuando intentó que actuaran en una película y Chaplin argumentó ante los tribunales que los estaba explotando comercialmente.

Los jueces le dieron la razón a él porque era Charlie Chaplin, porque era inmensamente rico, porque era extraordinariamente poderoso y porque en 1930 los padres tenían prácticamente todos los derechos y las madres casi ninguno. Lita Grey sobrevivió como pudo.

 abrió un club nocturno con parte del dinero del divorcio, explotando su infame fama a costillas de su exmarido. Pero los gastos del espectáculo y una vida de lujos que no podía sostener la dejaron en la ruina en pocos años. Se casó tres veces más. Tuvo que trabajar en empleos modestos. Nunca superó las carencias de su infancia, ni el trauma de haberse convertido en la enemiga pública número uno del hombre más querido de América.

 Murió en 1995, a los 87 años, habiendo sobrevivido a Chaplin casi dos décadas. Hasta el final de su vida, mantuvo que todo lo que había dicho en aquellos documentos del divorcio era verdad. Ahora bien, Chaplin tenía 35 años cuando dejó embarazada a una adolescente de 16 a la que había conocido cuando tenía 12.

 Y esto increíblemente no fue un incidente aislado. Su tercera esposa, Polet Godard, tenía 21 años cuando comenzaron a salir. Él tenía 43. Se casaron en secreto en 1936 después de rodar juntos tiempos modernos. No tuvieron hijos. Se divorciaron en 1941 y entonces llegó Una Oil. La historia de Una merece su propio capítulo en este relato porque es simultáneamente la historia de amor más hermosa de la vida de Chaplin y una de las tragedias familiares más devastadoras del siglo XX.

 Oona era hija de Eugene Oil, el dramaturgo más importante de Estados Unidos. cuatro veces ganador del premio Pulitzer y Premio Nobel de literatura en 1936. Su padre era una leyenda viviente de las letras americanas, pero Eugene O’il abandonó a su familia cuando una tenía solo 2 años. La niña creció con su madre, la escritora Agnes Bulton, en un ambiente de depresiones constantes y alcoholismo.

Ona pasó toda su infancia y adolescencia intentando llamar la atención de aquel padre famoso que la ignoraba sistemáticamente. Le escribía cartas que rara vez eran respondidas. intentaba acercarse a él en reuniones familiares donde Eugin la trataba con frialdad. Mientras tanto, sus hermanos también sufrían.

 Eugene O’il Jor, el hijo mayor de otro matrimonio, era un intelectual brillante que llegó a ser profesor universitario. Murió trágicamente en 1950. Rechazado por su padre, hundido en el alcohol, divorciado de su tercera esposa. Shane, el hermano de una, también tuvo un final devastador años después. En ese contexto de abandono y tragedia familiar, una Oil conoció a Charlie Chaplin. Tenía 17 años. Era hermosa, elegante, culta.

 había salido brevemente con JD Senginger, el futuro autor de El guardián entre el centeno. Había sido presentada en sociedad como una de las debutantes más prometedoras de Nueva York. Chaplin la conoció cuando buscaba una actriz para una película. La encontró demasiado joven para el papel, pero algo sucedió entre ellos.

 La relación pasó rápidamente de profesional a romántica. Se casaron el 16 de junio de 1943, exactamente un mes después de que una cumpliera 18 años, Chaplin tenía 54. La reacción de Eugin O’il fue brutal y definitiva. Escribió en una carta a un amigo, “¿Te habrás enterado de la última payasada de mi hija?” La desheredó por completo.

 Se negó a volver a verla jamás. Cortó toda comunicación. Cuando una intentaba contactarlo, las cartas eran interceptadas por Carlota Monterey, la tercera esposa de Eugin, quien las respondía con frialdad o las ignoraba. Ona pasó el resto de la vida de su padre intentando una reconciliación que nunca se produjo.

 Eugene murió en 1953 sin haber vuelto a hablar con su hija, pero con Charlie Chaplin. Paradójicamente, una encontró algo que nunca había tenido. Estabilidad, amor genuino, una familia que funcionaba. Tuvieron ocho hijos juntos a lo largo de 18 años. Geraldine, Michael, Josephine, Victoria, Eugene, Anthony, Jane, Anette y Christopher.

 Permanecieron casados 34 años hasta la muerte de Chaplin. Fue con diferencia el matrimonio más largo, más feliz y más estable de su vida. Oona abandonó toda ambición personal para dedicarse a su esposo y sus hijos. En 1952 declaró públicamente que estaba feliz de permanecer en un segundo plano y ayudar a Chaplin cuando fuera necesario.

Y vaya que lo necesitó. Porque mientras Chaplin construía esta familia numerosa en la tranquilidad de su mansión, el gobierno de Estados Unidos estaba trabajando sistemáticamente para destruirlo. El FBI comenzó a investigar a Charlie Chaplin en 1922. J.

 Edgar Huber, el director de la agencia, estaba convencido de que el cómico más querido de América era en realidad un comunista encubierto. El expediente de Chaplin creció durante tres décadas hasta alcanzar 19 páginas. 19. Los agentes interrogaron a compañeros de trabajo, empleados domésticos, examantes, cualquiera que pudiera proporcionar información. Buscaron obsesivamente una sola prueba de que Chaplin era miembro del Partido Comunista o contribuía financieramente a sus causas. No encontraron nada.

 Pero Chaplin tampoco ayudaba a mejorar su imagen. Había nacido en la pobreza más abecta. Había conocido el hambre real. Sus películas mostraban consistentemente vagabundos humillados, trabajadores explotados por máquinas despiadadas, familias separadas por la miseria y la burocracia cruel. Cuando le preguntaban directamente por el comunismo, Chaplin respondía con una sencillez desarmante.

Solo quería que cada niño del mundo tuviera suficiente para comer, zapatos en los pies y un techo sobre su cabeza. Para J. Edgar Huber, obsesionado con la amenaza roja, eso era exactamente lo que diría un comunista. La situación explotó violentamente en la década de 1940. Primero vino el escándalo con Joan Barry.

 Barry era una aspirante actriz de 22 años con un historial documentado de inestabilidad mental. tuvo una relación con Chaplin. Cuando quedó embarazada, lo acusó públicamente de ser el padre. Chaplin negó la acusación categóricamente. Se sometió a pruebas de sangre, la tecnología más avanzada disponible en aquella época.

 Las pruebas demostraron científicamente que él no podía ser el padre de esa niña. No importó. El jurado, influenciado por los alegatos emocionales del abogado de Barry, decidió ignorar la evidencia científica. Condenaron a Chaplin a pagar manutención completa hasta que la niña cumpliera 21 años.

 Charlie Chaplin pagó durante dos décadas por un hijo que la ciencia había demostrado que no era suyo, pero lo peor todavía estaba por venir, porque mientras el escándalo de Joan Barry ocupaba las portadas de los periódicos, el FBI aprovechó la situación para intensificar su cacería. En 1947, Chaplin estrenó Monse Verdu, una comedia negra basada en una idea de Orson Wells sobre un empleado bancario que asesina mujeres ricas para mantener a su familia durante la gran depresión.

Al final de la película, el protagonista justifica sus crímenes comparándolos con las muertes masivas que causan las guerras. Era una crítica directa y sin filtros al militarismo estadounidense en plena posguerra. La reacción fue feroz. En las conferencias de prensa, los periodistas no preguntaban sobre la película, preguntaban sobre su supuesta militancia comunista.

 Un congresista declaró públicamente ante el Congreso que el comportamiento de Chaplin se aproximaba peligrosamente a la traición. Las salas de cine de todo el país boicotearon la película. El público que una vez lo adoraba, ahora lo abucheaba en las calles. Y hay un dato escalofriante que casi nadie conoce. En 2003, los archivos británicos desclasificados revelaron algo que habría destrozado a Chaplin de haberlo sabido.

 George Orwell, sí, el autor de 1984 y rebelión en la granja, el gran crítico del totalitarismo, acusó en secreto a Chaplin de ser un comunista encubierto. Lo incluyó en una lista de 35 nombres que entregó al Departamento de Investigación de Información. un departamento secreto de propaganda de la Guerra Fría Británica que trabajaba en estrecha colaboración con la CIA.

El hombre que escribió la denuncia más famosa contra el comunismo soviético denunciaba en secreto al hombre que había creado la crítica más famosa del fascismo. Pero antes de todo ese desastre, Chaplin había logrado su obra maestra política. Y ahora llegamos a El Gran Dictador, la película que cambió todo. Chaplin llevaba años obsesionado con Hitler.

Los paralelismos entre ambos eran demasiado evidentes para ignorarlos. Nacidos con 4 días de diferencia en abril de 1889. El mismo bigote pequeño y cuadrado, la misma estatura compacta, la misma capacidad casi sobrenatural para hipnotizar a las multitudes, uno con el humor, otro con el terror.

 En 1931, Chaplin viajó a Berlín y fue recibido por multitudes delirantes. Nadie había sido aclamado así en la capital alemana. Dos años después, en 1933, Hitler llegó al poder y de pronto un personaje calcado en las formas físicas volvía a ser aclamado por masas enfervorizadas. Solo que este personaje no hacía reír, hacía temblar. En 1939, mientras Europa se precipitaba hacia la guerra, Chaplin comenzó a rodar una película que nadie en Hollywood quería hacer. Una sátira frontal contra Hitler, una burla directa al nazismo.

Estados Unidos todavía era neutral en el conflicto. Los estudios de Hollywood hacían negocios lucrativos con Alemania. Nadie quería arriesgar millones de dólares en una película que podía ofender a medio mundo. Chaplin la financió íntegramente con su propio dinero. El gran dictador se estrenó el 15 de octubre de 1940.

Chaplin interpreta magistralmente dos papeles opuestos. un humilde barbero judío del geteto y Adenoid Hinkel, un dictador ridículo y paranoico que es claramente Adolf Hitler. La película incluye algunas de las escenas más memorables de la historia del cine.

 Hinkel bailando un bals delirante con un globo terráqueo extasiado en su sueño de dominio mundial. Hinkel pronunciando discursos histéricos en un alemán inventado que suena grotescamente cómico. Pero el momento que cambió todo fue el discurso final. Originalmente la película iba a terminar de otra manera. El barbero judío, confundido con el dictador debido a su parecido físico, simplemente iba a anunciar que Tomania no iría a la guerra, un final convencional para una comedia satírica.

 Pero el día del rodaje, con cientos de extras vestidos de soldados esperando instrucciones, Chaplin se encerró en su caravana y escribió algo diferente, un discurso de casi 5 minutos que salía directamente de las profundidades de su alma. No quiero ser un emperador. Ese no es mi negocio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todos si fuera posible.

 Judíos, gentiles, negros, blancos, todos queremos ayudarnos unos a otros. Los seres humanos somos así. Queremos vivir de la felicidad del otro, no de su miseria. No queremos odiarnos y despreciarnos. Cuando Chaplin terminó de pronunciar esas palabras frente a la cámara, su rostro estaba bañado en lágrimas. La película terminaba con el rostro resplandeciente de Polet Godar, su esposa de entonces, mirando hacia el cielo con esperanza renovada.

Era una declaración de humanidad en medio del horror más absoluto. Y ahora viene el dato que prometí al principio. Hitler vio esa película. Los historiadores descubrieron este hecho extraordinario cuando Wood Schulberg, guionista y escritor, inventarió las grabaciones y fotografías encontradas en la residencia privada de Hitler en Oalsberg para los juicios de Nuremberg.

Entre los registros de las proyecciones privadas del dictador apareció el gran dictador. Hitler la vio no una, sino dos veces consecutivas en días seguidos. Nadie sabe qué pensó exactamente. No dejó ningún comentario registrado, pero el hecho de que la viera dos veces sugiere que algo en esa película lo perturbó profundamente.

Chaplin siempre creyó que Hitler había cometido el error imperdonable de elegir su bigote. Ahora ese bigote pertenecía para siempre al cómico, no al tirano. Pero la victoria artística y moral tuvo un precio devastador en la vida real de Chaplin. En septiembre de 1952, Charlie Chaplin viajaba con una y sus hijos a Londres para el estreno europeo de candilejas.

 Cruzaba en el Atlántico, en el lujoso transatlántico Queen Elizabeth, cuando llegó un telegrama que cambiaría sus vidas para siempre. El fiscal general de Estados Unidos había revocado su permiso de reingreso. Charlie Chaplin, el hombre que había hecho reír a generaciones de estadounidenses, el creador del personaje más querido de la historia del cine, ya no era bienvenido en el país que lo había convertido en leyenda mundial.

Oona actuó con una determinación que sorprendió a todos. voló de regreso a Estados Unidos sola. Vendió la mansión de Beverly Hills, cerró los estudios, transfirió todos los activos familiares a cuentas bancarias europeas. Renunció formalmente a su ciudadanía estadounidense, el país donde había nacido y crecido, y se reunió con su esposo en Suiza, donde vivirían el resto de sus vidas en una elegante mansión llamada Manoag de B.

En el tranquilo pueblo de Corsier Subi, Chaplin tenía 63 años, había vivido cuatro décadas en Estados Unidos. Había creado allí su arte, su fortuna, su leyenda. Nunca había solicitado la ciudadanía, nunca había sido miembro del Partido Comunista, nunca había cometido ningún delito demostrado, pero el miedo paranoico de la Guerra Fría era más poderoso que la verdad y la gratitud.

 Y ahora llegamos a los hijos, a lo que pasó dentro de esa familia que el mundo veía como perfecta. Charles Chaplin Jr. El primogénito del matrimonio desastroso con Lita Grey, creció en la sombra permanente de un padre que raramente lo veía y cuando lo veía lo intimidaba. Cuando Charles Jor era apenas un niño, sus padres se divorciaron en medio de un escándalo que ocupó las portadas de todos los periódicos del país.

 Creció sabiendo que su padre había pagado un millón de dólares para librarse de su madre, que su madre había acusado a su padre de conductas degradantes, que toda su infancia había sido material de chismes y titulares sensacionalistas. intentó seguir los pasos de su padre en el cine.

 Actuó en 13 películas a lo largo de su carrera, incluyendo un papel memorable en candilejas junto al propio Chaplin en 1952. Pero nunca alcanzó la fama, nunca escapó de la sombra gigantesca de su padre. Charles Chaplin Jr. murió en 1968 a los 42 años víctima de su adicción al alcohol, exactamente como su abuelo paterno, el padre de Chaplin, que había muerto de cirrosis a los 38 años. El ciclo se había repetido.

 Su hermano Sydney Earl Chaplin tuvo más suerte, al menos en términos de carrera y longevidad. Llegó a protagonizar Funny Girl en Broadway junto a Barbara Straand. ganó un premio Tony por el musical Bellsar Ringing. Vivió hasta los 82 años, falleciendo en 2009, pero los ocho hijos que Chaplin tuvo con Ouna crecieron en un ambiente radicalmente diferente y, sin embargo, igualmente problemático.

 Vivían todos en la misma mansión suiza, compartían las comidas en familia, tenían todo el dinero y todos los privilegios que el mundo puede ofrecer. Pero había algo fundamental que faltaba, algo que los atormentaba silenciosamente. No soportaban ver a su padre en el chico. Piensa en eso un momento. La película de 1921, donde Chaplin interpreta a un vagabundo tierno que adopta a un niño abandonado.

La escena desgarradora donde las autoridades intentan separar al niño del vagabundo. La lucha física desesperada de Charlotte por no perder a su hijo adoptivo. El abrazo final cuando se reencuentran. Los hijos de Chaplin veían esa ternura infinita en la pantalla y no la reconocían porque, según sus propios testimonios, nunca la habían experimentado personalmente.

 Michael Chaplin tenía 75 años cuando apareció en el documental de Real Charlie Chaplin. Lo que dijo fue demoledor en su sencillez. Tenía algo de miedo de mi padre. Era tan poderoso que no se podía discutir con él porque no podía no tener razón. Acababa asfixiando a todos los que se acercaban demasiado a él, no podía evitarlo. Y no solo era con sus hijos.

 A Sydney, su segundo hijo con Lita Grey, Chaplin lo humillaba constantemente en el set de rodaje de la condesa de Hong Kong en 1967, su última película donde Sydney compartía escena con Marlon Brando. Sydney confesó después que el trato denigrante de su padre era igual para todos sus hijos y para cualquiera que estuviera en su entorno. El propio Marlon Brando, que no era precisamente conocido por su docilidad, fue avergonzado públicamente por Chaplin cuando llegó 15 minutos tarde al rodaje un día. Chaplin lo humilló frente a todo el equipo. Brando, años después lo

describiría como el hombre más sádico que había conocido en toda su vida. Viniendo de Brando, que había trabajado con directores legendariamente difíciles, eso dice mucho. Su hermana Geraldine, la mayor de los ocho hijos con una y hoy una actriz internacionalmente reconocida, añadió algo aún más perturbador sobre la doble naturaleza de su padre.

Mi padre no era Charles Chaplin. Yo sabía que eran la misma persona, pero no se parecían en absoluto, excepto cuando tenía una audiencia. Entonces se convertía en Charles Chaplin, aquel otro hombre. Piénsalo. El hombre más tierno del cine era en privado incapaz de dar esa ternura a sus propios hijos.

 Y aquí está el detalle más revelador de toda esta historia. Charlie Chaplin escribió una autobiografía de 600 páginas densas. Menciona en detalle a todas las mujeres importantes de su vida. Describe minuciosamente sus películas, sus luchas, sus triunfos, sus humillaciones, sus venganzas. Pero no hay ninguna mención, ni siquiera indirecta, a ninguno de sus 11 hijos.

    600 páginas. ni una sola palabra sobre ellos. El hombre que hizo llorar al mundo con la ternura infinita de el chico no escribió una sola línea sobre sus propios hijos en el libro de su vida. Chaplin pasó sus últimos años en Bebei, Suiza. Retocaba obsesivamente sus películas antiguas, componía música, recibía visitantes ilustres que peregrinaban hasta su mansión para conocer a la leyenda viviente.

 Y lentamente, muy lentamente, el mundo que lo había expulsado comenzó a perdonarlo. En 1972, exactamente 20 años después de su exilio forzado, Charlie Chaplin recibió una invitación extraordinaria. La Academia de Hollywood quería otorgarle un Óscar honorífico por su contribución incalculable al séptimo arte. 3 años después, en 1975, la reina Isabel II le otorgaría el título de caballero del imperio británico. El vagabundo que había creado se convirtió en ser Charles Chaplin.

 El niño descalzo de Lambeth fue recibido en el palacio de Buckingham. Lo que poca gente sabe es que Chaplin llevaba sangre gitana en sus venas. Su abuela paterna pertenecía a la familia Smith, una estirpe de romaníes ingleses. Chaplin siempre se sintió orgulloso de esa herencia nómada. Decía que explicaba su incapacidad de quedarse quieto, su necesidad constante de crear, de moverse, de reinventarse.

El eterno vagabundo llevaba la errancia en su ADN. Pero volvamos a 1972. Chaplin dudó en aceptar la invitación de Hollywood. Tenía 83 años. Estaba débil, enfermo, casi olvidado por las nuevas generaciones que no conocían el cine mudo. Además, aquel era el país que lo había humillado y expulsado como si fuera un criminal peligroso. Pero finalmente aceptó.

Y lo que sucedió aquella noche del 10 de abril de 1972 quedó grabado para siempre en la historia de los premios Óscar. Cuando Charlie Chaplin, apoyado en un bastón, caminó lentamente hacia el escenario para recibir su premio, el auditorio entero del Dorothy Chandler. Pavilion se puso de pie instantáneamente.

La ovación duró 12 minutos. 12 minutos de aplausos ininterrumpidos, gritos, lágrimas, 12 minutos que parecieron una eternidad. La ovación más larga en toda la historia de los premios de la academia. El hombre que había sido expulsado como traidor y comunista ahora era recibido como la leyenda máxima del cine.

 Con los ojos anegados en lágrimas, las manos temblorosas sosteniendo la estatuilla dorada. Chaplin solo pudo balbucear unas pocas palabras. Este es un momento muy emotivo para mí y las palabras parecen tan inútiles, tan débiles. Solo puedo decir gracias por el honor de invitarme aquí. Ustedes son personas maravillosas y dulces.

 5 años después, exactamente el día de Navidad de 1977, Charlie Chaplin murió mientras dormía plácidamente en su casa de Suiza. Tenía 88 años. Oona y siete de sus ocho hijos estaban junto a su cama cuando expiró. Solo faltaba Geraldine, que vivía en Madrid con el director Carlos Saura y no llegó a tiempo.

 Pero la historia de Charlie Chaplin no terminó con su muerte porque sucedió algo que él mismo habría considerado perfectamente digno de una de sus comedias absurdas. Dos meses después de su fallecimiento, en la madrugada del 2 de marzo de 1978, dos delincuentes vestidos de negro entraron sigilosamente al pequeño cementerio de Corsier Surbi.

 Llevaban palas, linternas y un plan tan descabellado que parecía inventado. Desenterraron el pesado ataú de roble de Charlie Chaplin, que pesaba más de 120 kg. Lo subieron con enorme esfuerzo a una camioneta destartalada y lo transportaron hasta un campo de maíz a apenas un km y medio de la mansión de los Chaplin, donde lo enterraron nuevamente en una tumba improvisada.

Los perpetradores eran Roman Guardas, un polaco de 24 años y Ganso Ganev, un búlgaro de 38. Ambos eran mecánicos de automóviles desempleados que soñaban con abrir su propio taller mecánico. Pensaron, con una lógica de película muda, que podían pedir rescate por el cadáver del hombre más famoso del mundo.

Llamaron a la mansión de los Chaplin, exigiendo inicialmente $600,000. Su interlocutora fue Geraldine Chaplin porque una estaba demasiado conmocionada para hablar. La viuda se negó rotundamente a pagar ni un centavo. “Mi esposo está en el cielo y en mi corazón”, declaró a la prensa. “A Charlie esto le habría parecido ridículo.

” Los secuestradores desesperados fueron bajando el precio. Primero a 500.000, luego a 300.000. Finalmente amenazaron con hacer daño a los hijos menores de la familia si no pagaban. Ona no cedió. La policía suiza intervino las líneas telefónicas de la mansión y montó una operación masiva de vigilancia sobre 200 cabinas telefónicas en la zona de la USA, desde donde los secuestradores hacían sus llamadas.

 11 semanas después del robo, Roman Guardas fue arrestado mientras realizaba una llamada amenazante desde una cabina pública. Ni siquiera se molestó en cambiar de cabina. Confesó todo inmediatamente. Pero había un problema grotesco. No recordaba exactamente dónde habían enterrado el ataúd.

 La policía tuvo que recorrer el campo de maíz con detectores de metales hasta encontrar las asas metálicas del féretro. El juicio tuvo momentos que Chaplin habría filmado encantado. En un instante memorable, el abogado de la familia Chaplin pidió hablar con el señor Rothat, el alias telefónico que usaban los secuestradores. Guardas, olvidando que estaba en un tribunal y no en una cabina telefónica, se levantó automáticamente de su silla respondiendo, “Sí”, delatándose ante toda la sala. Las carcajadas del público resonaron en el Tribunal de Justicia Suizo.

Guardas fue condenado a 4 años y medio de trabajos forzados. Ganev recibió 18 meses. El ataúz de Chaplin fue devuelto solemnemente al cementerio de Corsier, su bebé, y esta vez fue enterrado bajo una gruesa losa de hormigón, armado imposible de profanar. Unail Chaplin vivió 14 años más, pero nunca volvió a ser la misma.

 Los años posteriores a la muerte de su marido fueron extremadamente difíciles. Comenzó a beber cada vez más, a pesar de los reproches de sus hijos. Se refugió en el alcohol para combatir una soledad que ni el dinero ni sus ocho hijos podían llenar. Su comportamiento se volvió errático. Tuvo romances con personas tan dispares como el cantante Michael Jackson, el actor Ryan O’il, el músico David Bowiy y el guionista Walter Bernstein. Ninguno duró.

 Buscaba desesperadamente algo que había perdido para siempre. Un psiquiatra llamado Christois, en quien buscó refugio para un tratamiento contra el alcoholismo, terminó hundiéndola aún más cuando ella descubrió que el médico intentaba aprovecharse de su fortuna. La confianza que había depositado en él se convirtió en otra traición.

 viajaba erráticamente entre Europa y América, buscando un equilibrio interior que jamás encontró entre Nueva York y Bebei, entre el pasado y un presente que no sabía cómo habitar. Una desesperación absoluta se adueñó de su mundo, distorsionado por el alcohol, hasta que un cáncer de páncreas terminó con su vida. Murió el 27 de septiembre de 1991.

A los 66 años, exactamente 14 años después de su marido, está enterrada junto a él en el cementerio de Corsier Surebé, bajo esa losa de hormigón que nadie podrá profanar jamás. Sus hijos heredaron el legado. Geraldine se convirtió en una actriz respetada internacionalmente trabajando con directores como Carlos Saura, Robert Alman y Pedro Almodóbar.

 Su hija Ona Chaplin, nieta de Charlie, apareció en Juego de Tronos interpretando a Talisa Maegir. El museo de Chaplin en Bebei, instalado en la mansión donde vivió sus últimos 25 años. recibe miles de visitantes cada año. Las películas se siguen proyectando en festivales y cinematecas de todo el mundo. El vagabundo sigue haciendo reír y llorar a nuevas generaciones que nunca conocieron el cine mudo.

Pero queda una pregunta que nadie ha podido responder jamás. Charlie Chaplin, el hombre que prácticamente inventó la ternura en el cine, el genio absoluto que hacía llorar y reír simultáneamente, el artista que transformó su infancia de miseria en arte universal. ¿Por qué no pudo darles a sus propios hijos el amor que regalaba tan generosamente a millones de extraños? Tal vez la respuesta está en esa frase célebre que él mismo pronunció y que ha pasado a la posteridad. La vida es una tragedia cuando se ve de

cerca, pero una comedia en plano general. Chaplin pasó toda su vida filmando planos generales. Comedias sobre vagabundos que encuentran el amor contra todo pronóstico. Dramas sobre padres que luchan desesperadamente por no perder a sus hijos. Historias donde la bondad humana triunfa sobre la crueldad del sistema.

Pero de cerca, en la intimidad de su propio hogar, la tragedia seguía intacta. El niño hambriento de Lambez que nunca dejó de tener miedo a perderlo todo. El hijo de una madre loca que nunca aprendió a ser padre. El genio que podía hacer llorar a millones de desconocidos, pero no sabía cómo abrazar a los suyos sin asfixiarlos. Hay una última imagen que merece ser recordada.

En 1972, cuando Chaplin recibió aquella ovación histórica de 12 minutos, la cámara de televisión captó su rostro en primer plano. Los ojos desbordados de lágrimas que no intentaba ocultar, las manos temblorosas sosteniendo el Óscar como si fuera algo precioso y frágil.

la boca intentando formar palabras de agradecimiento que no llegaban a salir. En ese momento único e irrepetible, por primera vez en décadas, Charles Spencer Chaplin y Charlotte el vagabundo eran exactamente la misma persona. El niño pobre de Lambet había regresado finalmente a casa.