En 1987, Roberto Mendoza, un experimentado chóer de autobús de 45 años, desapareció misteriosamente mientras recorría la carretera México Tuxpan con 23 pasajeros a bordo. Durante 12 largos años, las autoridades mexicanas buscaron sin éxito alguna pista sobre el paradero del vehículo y sus ocupantes. En 1999, un trailero que buscaba refugio durante una tormenta descubrió los restos del autobús en una barranca profunda, revelando una tragedia que había permanecido oculta por más de una década. El 23 de octubre de 1987
amaneció con una brisa fresca que bajaba desde las montañas de la Sierra Madre Oriental. En la terminal de autobuses de la Ciudad de México, el bullicio matutino ya había comenzado. Vendedores ambulantes ofrecían tamales calientes y café de olla, mientras los pasajeros cargaban sus maletas y se preparaban para emprender viajes hacia diferentes rincones del país.
Roberto Mendoza Herrera llegó a la terminal a las 5:30 de la mañana, como había hecho durante los últimos 18 años. A los 45 años, Roberto era conocido por todos como don Roberto, un hombre de complexión robusta, bigote espeso y manos curtidas por años de manejar el volante. Su uniforme azul marino siempre estaba impecable y su gorra de chóer lucía la insignia de la empresa de transporte autobuses del Golfo.
Ese día, Roberto tenía programado el recorrido de las 7 de la mañana hacia Tuxpan, Veracruz. Era una ruta que conocía como la palma de su mano, 400 km de carretera que lo llevaban desde el corazón de la capital mexicana hasta la cálida costa del Golfo de México. Durante el trayecto, el paisaje cambiaba dramáticamente, desde los edificios grises de la ciudad hasta las verdes llanuras tropicales cerca del mar.
La esposa de Roberto, María Elena, había preparado su lonchera la noche anterior. Dentro había dos tortas de jamón, una manzana, un termo con café y algunas galletas Marías. María Elena siempre se levantaba temprano para despedirse de su marido, aunque después de tantos años de matrimonio, ya era parte de la rutina diaria.
“Ten cuidado en la carretera, Roberto”, le dijo María Elena mientras le entregaba la lonchera. Dicen que va a llover esta tarde. No te preocupes, mi amor”, respondió Roberto con una sonrisa. “He manejado bajo lluvia miles de veces. Regreso mañana por la noche como siempre.” Roberto besó a su esposa en la frente y salió de su casa en la colonia Doctores.

El cielo estaba despejado, pero las nubes en el horizonte sugerían que María Elena tenía razón sobre la lluvia. El autobús que manejaría ese día era un Mercedes-Benz 1975, color blanco con franjas azules con capacidad para 45 pasajeros. Era un vehículo confiable que había recorrido miles de kilómetros sin problemas mayores. A las 6:15 de la mañana, Roberto comenzó la revisión rutinaria del autobús.
Verificó los niveles de aceite, agua del radiador, presión de las llantas y el funcionamiento de las luces. Todo estaba en orden. Los primeros pasajeros comenzaron a abordar a las 6:45. Entre los pasajeros de ese día estaban Carmen Ruiz, una maestra de escuela de 38 años que viajaba a Tuxpan para visitar a su madre enferma.
Carmen llevaba consigo una bolsa con medicinas que había comprado en una farmacia de la capital. También subió al autobús don Esteban Morales, un comerciante de 62 años que transportaba mercancía para su tienda en Poza Rica. Sus dos maletas estaban llenas de ropa y zapatos que había comprado en el mercado de Tepito.
La familia Vázquez completa también abordó el autobús. Aurelio, su esposa Esperanza y sus tres hijos de 8, 12 y 15 años regresaban a su pueblo natal después de pasar una semana en la ciudad de México visitando a unos parientes. Los niños estaban emocionados por el viaje, especialmente el menor, quien nunca había visto el mar. A las 7 en punto de la mañana, Roberto encendió el motor y comenzó a maniobrar para salir de la terminal.
23 pasajeros ocupaban los asientos del autobús, un número normal para un viernes por la mañana. Roberto activó el radio para comunicarse con el despachador. Central aquí, unidad 705, saliendo de terminal con destino Tuxpan. Todo en orden. Recibido 705. Buen viaje, Roberto. El autobús salió de la terminal y tomó la avenida de los Insurgentes Norte.
Roberto manejaba con la experiencia de alguien que había recorrido esas calles miles de veces. Conocía cada semáforo, cada curva, cada punto donde el tráfico solía congestionarse. A medida que se alejaban del centro de la ciudad, el paisaje urbano daba paso a zonas menos pobladas. Una hora después, el autobús ingresó a la carretera federal México, Tucpan.
Esta carretera, construida en los años 60, conectaba la capital con la costa del Golfo de México, atravesando los estados de México, Hidalgo y Veracruz. Era una ruta vital para el comercio y el transporte de personas, pero también tenía fama de ser peligrosa debido a suscurvas pronunciadas y la neblina que se formaba en las montañas.
Roberto conocía cada kilómetro de esa carretera. Sabía dónde reducir la velocidad, dónde tener cuidado con los camiones de carga que bajaban las montañas y dónde estaban las gasolineras y restaurantes para hacer paradas técnicas. Sus pasajeros confiaban en él completamente. A las 9 de la mañana, el autobús hizo su primera parada en Pachuca, Hidalgo.
Algunos pasajeros bajaron para estirar las piernas y comprar refrescos. Roberto aprovechó para revisar las llantas y limpiar el parabrisas. El cielo había comenzado a nublarse, tal como había predicho María Elena. “¿Cree que llueva fuerte, don Roberto?”, preguntó Carmen Ruiz, la maestra. “Puede ser, señora, pero no se preocupe.
He manejado bajo lluvia muchas veces. Llegaremos bien a Tucpan.” Después de 15 minutos de descanso, el autobús reanudó su viaje. Roberto sintonizó la radio en una estación que transmitía música tropical y noticias. Los pasajeros conversaban entre ellos, algunos leían revistas y otros simplemente observaban el paisaje que cambiaba gradualmente de montañoso a tropical.
A las 10:30 de la mañana, el autobús pasó por el pueblo de Huauchinango, Puebla. Era un punto de referencia importante en la ruta, ya que desde ahí comenzaba el descenso hacia las tierras bajas de Veracruz. Roberto redujo la velocidad y cambió a una marcha más baja para controlar el vehículo en las curvas descendentes.
Las nubes se habían vuelto más densas y oscuras. A las 11 de la mañana comenzó a llovisnar ligeramente. Roberto encendió los limpiaparabrisas y las luces del autobús. La visibilidad todavía era buena, pero sabía que en esa zona las condiciones climáticas podían cambiar rápidamente. “Central, aquí, unidad 705”, dijo Roberto por el radio.
Reportando lluvia ligera en el kilómetro 140, velocidad reducida por precaución. Recibido 705. Mantenga precaución y reporte cualquier novedad. Era la última comunicación que se escucharía de Roberto Mendoza y su autobús. A las 12:30 del día, cuando el autobús debería haber llegado a la terminal de Tuxpan, los familiares de los pasajeros comenzaron a preocuparse.
Carmen Ruiz tenía cita con el médico de su madre a la 1 de la tarde. La familia Vázquez había quedado de encontrarse con unos parientes en el puerto, donde Esteban tenía que abrir su tienda por la tarde. En la terminal de Tuxpan, el encargado intentó comunicarse con Roberto por radio, pero no obtuvo respuesta.
A la 1 de la tarde, la empresa de autobuses notificó a las autoridades que uno de sus vehículos no había llegado a su destino y no respondía a las llamadas por radio. La búsqueda comenzó inmediatamente. La Policía Estatal de Veracruz, junto con elementos de la Cruz Roja y Protección Civil, recorrieron la carretera México Tuxpan, buscando señales del autobús desaparecido.
Revisaron hospitales, talleres mecánicos y estaciones de servicio. Preguntaron a otros chóeres si habían visto el autobús blanco con franjas azules. María Elena Mendoza recibió la llamada a las 3 de la tarde. Su mundo se desplomó cuando le dijeron que el autobús de su esposo había desaparecido. Inmediatamente se dirigió a la terminal de autobuses, donde ya se habían reunido otros familiares de los pasajeros desaparecidos.
Todos tenían la misma pregunta, ¿dónde estaba el autobús? Los familiares de los 23 pasajeros se organizaron para participar en la búsqueda. Formaron grupos y recorrieron la carretera en ambos sentidos. Pegaron carteles con fotografías de sus seres queridos en postes de luz, tiendas y restaurantes. Ofrecieron recompensas por cualquier información que pudiera ayudar a encontrar el autobús.
La investigación oficial se intensificó. Los investigadores revisaron el historial del autobús y de Roberto Mendoza. El vehículo tenía todos sus documentos en orden y había pasado la revisión técnica apenas dos meses antes. Roberto tenía un expediente impecable, 18 años de servicio sin accidentes graves, sin multas por exceso de velocidad o violaciones al reglamento de tránsito.
Las autoridades consideraron varias teorías. La primera era que el autobús había sufrido un accidente en alguna curva peligrosa y había caído en una barranca. Enviaron helicópteros para sobrevolar la zona, pero la vegetación densa y las condiciones climáticas dificultaban la búsqueda aérea. La segunda teoría era que el autobús había sido secuestrado por delincuentes.
En los años 80 los asaltos a autobuses eran comunes en algunas carreteras mexicanas. Sin embargo, no había reportes de actividad criminal en la zona ese día y ningún grupo criminal había contactado a las autoridades o a los familiares para pedir rescate. La tercera teoría, la más dolorosa para los familiares, era que Roberto había sufrido un infarto o algún problema médico mientras manejaba, causando un accidente.
Pero Roberto estaba en buena condiciónfísica y había pasado un examen médico apenas se meses antes. Las semanas pasaron sin noticias. Los familiares mantuvieron la esperanza de que sus seres queridos aparecieran con vida. Organizaron misas, procesiones y vigilias. Los medios de comunicación cubrieron la historia, pero gradualmente el interés público disminuyó.
A los dos meses de la desaparición, las autoridades redujeron la intensidad de la búsqueda. Habían revisado cada kilómetro de la carretera México Tucpan, interrogado a cientos de testigos potenciales y seguido decenas de pistas falsas. No habían encontrado ni un solo rastro del autobús o sus ocupantes.
María Elena Mendoza nunca perdió la esperanza. Todos los días encendía una vela por su esposo y rezaba para que regresara a casa. conservó la ropa de Roberto en el armario, mantuvo su lugar en la mesa y siguió preparando café para dos personas cada mañana. Los años pasaron lentamente. En 1988, las autoridades declararon oficialmente muertos a Roberto Mendoza y a los 23 pasajeros.
Los familiares pudieron cobrar seguros de vida y recibir pensiones, pero el dinero no llenaba el vacío dejado por sus seres queridos. La carretera México Tucpan siguió siendo transitada por miles de vehículos cada día. Otros autobuses de la empresa, autobuses del Golfo, continuaron haciendo la ruta. Pero ningún chóer olvidó la historia de Roberto Mendoza y el autobús que se desvaneció en el aire.
En 1992, 5 años después de la desaparición, un psíquico contactó a los familiares afirmando que podía localizar el autobús. Dijo que había tenido visiones de un vehículo en el fondo de un lago. Los familiares, desesperados por cualquier pista, pagaron al psíquico para que los guiara. Pasaron días buscando en la ríos de la región, pero no encontraron nada.
En 1995, 8 años después, un reportero de televisión produjo un documental sobre casos de personas desaparecidas en México. El caso de Roberto Mendoza fue uno de los destacados. El documental generó nuevas pistas y testimonios, pero ninguno llevó al descubrimiento del autobús. Los familiares formaron un grupo de apoyo mutuo.
Se reunían una vez al mes para recordar a sus seres queridos y compartir sus sentimientos. María Elena se convirtió en la líder del grupo, ofreciendo consuelo a las otras familias que habían perdido a sus seres queridos. En 1997, 10 años después de la desaparición, las autoridades cerraron oficialmente el caso.
Los archivos fueron guardados en un almacén gubernamental, junto con miles de otros casos sin resolver. Para las autoridades, el caso de Roberto Mendoza era solo otro expediente más. Para los familiares era una herida que nunca sanaba. María Elena cumplió 60 años en 1998. Sus hijos, ya adultos, le sugerían que vendiera la casa y se mudara a un lugar más pequeño. Pero ella se negaba a irse.
¿Cómo va a encontrarme Roberto si no estoy aquí? Decía. El 23 de octubre de 1998, exactamente 11 años después de la desaparición, los familiares organizaron una misa conmemorativa. Fue una ceremonia emotiva donde recordaron a sus seres queridos y pidieron por sus almas. María Elena llevó una fotografía de Roberto en su uniforme de chóer, pero la verdad sobre el destino del autobús estaba a punto de salir a la luz de la manera más inesperada.
El 15 de marzo de 1999, una tormenta tropical azotó la región de Veracruz. Los vientos superaron los 80 km porh y la lluvia fue torrencial. Muchas carreteras se inundaron y varios árboles cayeron bloqueando el tráfico. Gerardo Sánchez, un tráilero de 42 años originario de Monterrey, se dirigía hacia el puerto de Veracruz con un cargamento de productos industriales.
Llevaba 15 años manejando tráiler por las carreteras mexicanas y conocía bien los peligros de viajar durante las tormentas. Cuando la tormenta se intensificó, Gerardo decidió buscar refugio. Conocía un camino de terracería que se separaba de la carretera principal y llevaba a un claro en el bosque donde los traileros solían parar para descansar.
Era un lugar seguro, protegido por árboles grandes. Gerardo tomó el desvío y condujo su tráiler por el camino de tierra. La lluvia había convertido el camino en un lodasal, pero las llantas de su vehículo tenían buena tracción. Después de manejar 2 km, llegó al claro donde había parado otras veces. Estacionó su tráiler y encendió las luces de emergencia.
Planeaba esperar ahí hasta que la tormenta pasara. Preparó un café en su cocinilla portátil y se dispuso a esperar. Eran las 10 de la noche y la tormenta seguía arreciando. A las 11 de la noche, Gerardo escuchó un ruido extraño. Sonaba como metal golpeando contra metal. Al principio pensó que era alguna parte de su tráiler moviéndose con el viento, pero el ruido venía de otra dirección.
Tomó su linterna y decidió investigar. caminó hacia el borde del claro, donde el terreno descendía bruscamente hacia una barranca profunda. La lluvia hacíadifícil ver, pero Gerardo dirigió el az de su linterna hacia abajo. Lo que vio le quitó el aliento. En el fondo de la barranca, parcialmente cubierto por la vegetación y la tierra acumulada durante años, estaba la carrocería de un autobús.
La pintura blanca se había descolorido, pero todavía se podían distinguir las franjas azules características de los autobuses de la empresa autobuses del Golfo. Gerardo se quedó paralizado por unos segundos. Había escuchado la historia del autobús desaparecido, como todos los chóeres que transitaban regularmente por esa carretera, pero nunca pensó que sería él quien lo encontraría.
Con manos temblorosas, Gerardo tomó su radio y se comunicó con las autoridades. Aquí el tráiler con placas de Nuevo León, NL56789, dijo, “Creo que encontré el autobús que desapareció hace años en la carretera México Tuxpan.” La respuesta tardó varios minutos en llegar. Repita su mensaje. Tráiler de Nuevo León. Estoy en un claro a 2 km de la carretera principal, cerca del kilómetro 160.
Hay un autobús en el fondo de una barranca. Parece ser el que desapareció hace como 12 años. Mantenga su posición. Enviaremos una patrulla para verificar. Gerardo regresó a su tráiler, pero no pudo dormir. La imagen del autobús en el fondo de la barranca se había grabado en su mente.
Se preguntaba qué había pasado con las personas que viajaban en él, aunque sabía que después de tantos años no había posibilidad de encontrar sobrevivientes. La tormenta amainó hacia las 3 de la madrugada. A las 6 de la mañana, una patrulla de la policía estatal llegó al claro. Gerardo guió a los oficiales hasta el borde de la barranca y les mostró el autobús.
Los policías confirmaron que efectivamente era un vehículo de la empresa autobuses del Golfo. Durante las siguientes horas llegaron más autoridades. Bomberos, elementos de la Cruz Roja, investigadores forenses y personal de protección civil se reunieron en el lugar. La barranca tenía aproximadamente 30 m de profundidad y las paredes eran muy empinadas.
Sería necesario equipo especializado para bajar y examinar el autobús. Las noticias sobre el descubrimiento se extendieron rápidamente. Los medios de comunicación llegaron al lugar y transmitieron reportes en vivo. Los familiares de los desaparecidos fueron notificados y comenzaron a llegar al sitio durante el día.
María Elena Mendoza, ahora de 61 años, fue una de las primeras en llegar. Después de 12 años de incertidumbre, finalmente sabría qué había pasado con su esposo. Aunque sabía que Roberto estaba muerto, tener certeza era mejor que vivir en la duda eterna. “Siempre supe que algo así había pasado”, dijo María Elena a los reporteros.
Roberto era muy cuidadoso manejando. Algo tuvo que haber salido mal para que se saliera de la carretera. Los equipos de rescate bajaron a la barranca usando cuerdas y equipo de rapel. El autobús estaba completamente destruido. La parte frontal había sido aplastada por el impacto y la carrocería estaba deformada. Los años de lluvia y humedad habían oxidado el metal y la vegetación había crecido alrededor del vehículo.
En el interior del autobús, los investigadores encontraron restos humanos. Después de 12 años solo quedaban huesos, pero los forenses pudieron determinar que había múltiples víctimas. También encontraron objetos personales, una bolsa con medicinas que pertenecía a Carmen Ruiz, la maestra, maletas con ropa que correspondían a don Esteban Morales y juguetes que habían pertenecido a los hijos de la familia Vázquez.
El hallazgo más emotivo fue la lonchera de Roberto Mendoza. Aunque estaba deteriorada por el tiempo, todavía se podía leer su nombre grabado en la tapa. Dentro encontraron el termo que María Elena había llenado con café esa mañana de octubre de 1987. Los investigadores forenses trabajaron durante varios días para recuperar todos los restos humanos y objetos personales.
Determinaron que el autobús había salido de la carretera en una curva pronunciada y había caído directamente en la barranca. La vegetación densa y la ubicación del claro habían mantenido oculto el vehículo durante 12 años. La causa del accidente fue determinada después de analizar los restos del autobús.
Los investigadores encontraron que los frenos habían fallado, posiblemente debido a las condiciones climáticas adversas y la humedad que había afectado el sistema de frenado. Roberto había perdido el control del vehículo en una curva y no había podido evitar salirse de la carretera. Los análisis forenses confirmaron que la muerte de todas las víctimas había sido instantánea debido al impacto.
No habían sufrido, lo cual fue un pequeño consuelo para los familiares. Roberto Mendoza, Carmen Ruiz, don Esteban Morales, la familia Vázquez y los otros 18 pasajeros habían muerto el mismo día que desaparecieron. Los restos de las víctimas fueron entregados a sus familiares para quepudieran darles sepultura cristiana.
Después de 12 años de incertidumbre, finalmente podían cerrar este capítulo doloroso de sus vidas. María Elena organizó un funeral para Roberto. Fue una ceremonia emotiva donde participaron familiares, amigos y compañeros de trabajo. Roberto fue enterrado en el panteón de la colonia Doctores, cerca de la casa donde había vivido con María Elena.
En su lápida grabaron Roberto Mendoza Herrera, esposo y padre ejemplar, chóer responsable 1942197. Los otros familiares también organizaron funerales dignos para sus seres queridos. Carmen Ruiz fue enterrada en Tuxpán, donde había nacido. Don Esteban fue sepultado en Poza Rica, cerca de su tienda.
La familia Vázquez fue enterrada junta en el panteón de su pueblo natal. La empresa Autobuses del Golfo pagó indemnizaciones a todos los familiares. También implementó nuevas medidas de seguridad en sus vehículos, incluyendo sistemas de comunicación más avanzados y revisiones técnicas más frecuentes. Las autoridades de tránsito mejoraron la señalización en la carretera México Tucpan, especialmente en las curvas peligrosas.
Instalaron barreras de protección en varios puntos donde el riesgo de accidentes era mayor. También establecieron un programa de monitoreo climático para alertar a los conductores sobre condiciones peligrosas. Gerardo Sánchez, el tráilero que encontró el autobús, se convirtió en una figura conocida en la región.
Los medios de comunicación lo entrevistaron varias veces y él siempre expresaba su satisfacción por haber podido ayudar a las familias a encontrar a sus seres queridos. Fue la voluntad de Dios que yo estuviera ahí esa noche”, decía Gerardo. Después de tantos años, esas familias merecían saber la verdad. El caso del autobús desaparecido se convirtió en uno de los misterios resueltos más famosos de México.
Fue documentado en libros, programas de televisión y documentales. La historia de Roberto Mendoza y sus pasajeros se convirtió en un recordatorio de los peligros de las carreteras mexicanas y la importancia de la seguridad vial. María Elena vivió 8 años más después del descubrimiento. Nunca se volvió a casar, pero encontró paz al saber finalmente qué había pasado con Roberto.
Visitaba su tumba todos los domingos y le llevaba flores frescas. Murió en el año 2007, a los 69 años y fue enterrada junto a Roberto. Los hijos de la familia Vázquez, que quedaron huérfanos por el accidente, fueron criados por sus abuelos. crecieron recordando a sus padres como personas amorosas que habían muerto en una tragedia inesperada.
Nunca guardaron rencor contra Roberto o la empresa de autobuses, entendiendo que había sido un accidente. El lugar donde se encontró el autobús se convirtió en un punto de referencia para los lugareños. Algunos conductores se detenían ahí para recordar a las víctimas y reflexionar sobre la fragilidad de la vida. Los familiares colocaron una placa conmemorativa en el lugar.
con los nombres de todas las víctimas. La carretera México Tuxpan siguió siendo una ruta importante para el transporte de personas y mercancías, pero después del descubrimiento del autobús, los conductores eran más conscientes de los peligros y manejaban con mayor precaución, especialmente durante las lluvias. El caso también llevó a mejoras en los protocolos de búsqueda y rescate.
Las autoridades reconocieron que la búsqueda inicial había sido insuficiente y que era necesario contar con mejor tecnología y más recursos para localizar vehículos desaparecidos. En los años siguientes, otros casos similares fueron resueltos usando técnicas más avanzadas. El caso de Roberto Mendoza sirvió como ejemplo de la importancia de no abandonar nunca la búsqueda de personas desaparecidas sin importar cuánto tiempo haya pasado.
Los compañeros de trabajo de Roberto en autobuses del Golfo nunca olvidaron su historia. Cada 23 de octubre, el aniversario de su desaparición hacían una ceremonia en su memoria. Roberto se había convertido en un símbolo de los riesgos que enfrentaban diariamente los chóeres de autobús en México. La historia de Roberto Mendoza y el autobús desaparecido se convirtió en parte del folklore local.
Los chóeres que transitaban por la carretera México Tuxpan se la contaban a los nuevos conductores como una lección sobre la importancia de la seguridad vial. Algunos decían que en las noches de tormenta todavía se podía ver el fantasma de Roberto manejando su autobús por la carretera. Pero más allá de las leyendas, la historia real era la de un hombre trabajador que había perdido la vida junto con 23 personas inocentes en un accidente trágico.
Roberto Mendoza había sido un chóer responsable que había dedicado su vida a transportar personas de manera segura. Su muerte había sido un recordatorio de que la vida puede cambiar en un instante. El descubrimiento del autobús después de12 años había proporcionado respuestas a preguntas que habían atormentado a las familias durante más de una década.
Aunque el dolor de la pérdida nunca desaparecería completamente, al menos ya no tenían que vivir con la incertidumbre de no saber qué había pasado con sus seres queridos. En la tranquila eternidad, donde no existe dolor ni sufrimiento, Roberto Mendoza, Carmen Ruiz, don Esteban Morales, la familia Vázquez y todos los demás pasajeros encontraron el descanso perfecto, libres para siempre de la tragedia que truncó sus vidas terrenales.
Sus familiares encontraron consuelo en la fe de que estas almas inocentes ahora viven en paz, donde algún día se reencontrarán con aquellos que los amaron en la tierra.
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