A las 21:40, cuatro disparos rompieron el silencio en Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco. Narciso Beltrán, líder comunitario de 42 años, cayó muerto frente a su casa. Su esposa gritó desesperada. Su hijo de 6 años lloró desconcertado. Los sicarios huyeron en una motocicleta negra.
Parecía un crimen más del CJNG, uno más en la larga lista de activistas asesinados en Jalisco. Pero seis meses después, cuando descubrieron quién había ordenado el asesinato, el país se paralizó. No fue un sicario.
Fue un coronel condecorado del ejército mexicano, muy respetado, con casi 30 años de servicio a su país. Un hombre que vestía con orgullo su uniforme de día y comandaba una de las facciones más violentas del cártel de noche. No lo pierdas, porque lo que estás a punto de descubrir sobre la doble vida del coronel te impactará.
Narciso llegó a su casa en la colonia El Mirador de Tlajomulco alrededor de las 21:40. Era una casa sencilla de dos pisos, pintada de beige, con rejas de hierro en las ventanas y un pequeño jardín al frente, donde su hijo Sebastián jugaba al fútbol los fines de semana.
Bajó de la camioneta con una mochila llena de documentos y expedientes sobre personas desaparecidas. Las llaves tintineaban en su mano mientras caminaba hacia la puerta del garaje. La lluvia dejaba un olor a tierra húmeda en el aire. Las calles estaban desiertas y el silencio era ensordecedor, roto solo por los ladridos lejanos de perros y el rugido de una motocicleta que se acercaba lentamente.
El conductor era Juan Carlos Moreno, un hombre de 31 años conocido como “El Calvo” por la cicatriz en la cabeza que llevaba desde su adolescencia. Había sido sicario del CJNG durante más de cinco años. En ese tiempo, había asesinado a… siete personas. Esta sería la octava. Conducía con cuidado, despacio, observando a Narciso desde la distancia. Detrás de él estaba Nicolás Ríos, apodado El Cartago, de 28 años, sicario desde los 20. Bajo su chaqueta negra, llevaba una pistola de 9 mm con el cargador lleno. Ambos hombres habían recibido órdenes hacía tres horas. Las órdenes eran claras y directas: matar al objetivo esta noche, sin testigos, sin errores. Cuando Narciso se disponía a abrir la puerta del garaje, concentrado en encontrar la llave correcta en el llavero, el hombre calvo detuvo su moto a unos 10 metros.

El Cartago se baja con movimientos rápidos y silenciosos, como le enseñaron durante los entrenamientos que el propio coronel Navarro supervisó meses atrás. Camina hacia Narciso con pasos firmes. Su mano derecha ya tiene empuñada la pistola. Narciso escucha los pasos detrás de él y se da la vuelta. Ve al hombre encapuchado acercándose y en ese instante, en ese segundo eterno que parece durar horas, Narciso entiende que ha llegado su final. No tiene tiempo de correr, no tiene tiempo de gritar, solo alcanza a pensar en su hijo de 6 años
durmiendo adentro. El Cartago levanta el arma y dispara cuatro veces. El primer disparo impacta en el pecho de Narciso, el segundo y el tercero en el abdomen, el cuarto en el hombro. El estruendo de los disparos rompe la quietud de la noche como un trueno. Narciso cae de rodillas primero, luego de espalda sobre el pavimento mojado.
Su mochila se abre y los expedientes de las familias desaparecidas se esparcen por el suelo, mezclándose con la lluvia y con su sangre. El Cartago guarda el arma y corre de vuelta a la motocicleta. El calvo acelera y desaparecen en la oscuridad tomando la avenida hacia el sur, donde los esperan otros dos sicarios en una camioneta para cambiar de vehículo y separarse.
Adentro de la casa, Marta, la esposa de Narciso, está preparando café en la cocina cuando escucha los disparos. Su primer pensamiento es de negación. Piensa que deben ser cohetes o los escapes de una moto, pero algo en su interior le grita que está mal. Sale corriendo hacia la puerta principal.
Roberto, el hermano de Narciso que estaba viendo televisión en la sala, también corre hacia afuera y cuando abren la puerta lo ven. Narciso está tirado en el piso, inmóvil, con los ojos abiertos mirando al cielo oscuro. Marta grita su nombre con desesperación. Roberto corre hacia él y se arrodilla tratando de detener la sangre con sus manos. Pero es inútil. Hay demasiada sangre, demasiada. Los vecinos empiezan a asomarse por las ventanas.
Algunos salen de sus casas, pero nadie se acerca demasiado. En Jalisco todos han aprendido que cuando suenan disparos es mejor no ver nada. Es más seguro quedarse callado porque los que hablan terminan como narciso. Sebastián, el hijo de 6 años, se despierta con los gritos de su madre.
Baja las escaleras en pijama, frotándose los ojos, sin entender qué está pasando. Su tío Roberto lo detiene en la puerta antes de que vea el cuerpo de su padre. Lo abraza fuerte y le dice que todo va a estar bien, aunque sabe que nada va a estar bien nunca más. Marta sigue gritando y a llorando, arrodillada junto a su esposo. Los vecinos llaman al 911.
Las sirenas de las patrullas y de la ambulancia empiezan a sonar a lo lejos, acercándose despacio por las calles mojadas de Tlajomulco. Los paramédicos llegan 25 minutos después, pero ya no hay nada que hacer. Narciso Beltrán, presidente de la Federación de Familias de Desaparecidos de Jalisco, conocido por su valentía al denunciar los abusos del crimen organizado, ha sido asesinado.
La noticia recorre todo el estado en pocas horas. Las organizaciones sociales exigen justicia. El gobernador de Jalisco promete que habrá una investigación exhaustiva, pero lo que nadie sabe en ese momento es que detrás de este asesinato hay una historia mucho más oscura y perturbadora de lo que cualquiera podría imaginar.
Para entender quién ordenó la muerte de Narciso, hay que retroceder varios años en el tiempo. Hay que conocer la historia del coronel José Alejandro Navarro Soto, un hombre que nació en el pueblo de Ato Tonilco, el Alto, Jalisco, en el año 1972. Era el menor de tres hermanos en una familia humilde pero trabajadora. Su padre fue comerciante de abarrotes y su madre trabajaba como costurera.
Desde niño, José Alejandro mostró una fascinación por la vida militar. Coleccionaba figuras de soldados, veía documentales sobre batallas históricas, soñaba con vestir el uniforme y servir a su país. Cuando cumplió 18 años en 1990, se enlistó en el ejército mexicano contra los deseos de su madre, quien le rogó que estudiara para contador o maestro, algo más seguro.
Pero José Alejandro tenía otros planes, quería acción, quería propósito, quería pertenecer a algo más grande que él mismo. Empezó como soldado raso en el cuartel general de Zapopan. Era disciplinado, obediente, físicamente apto. Sus superiores pronto notaron su potencial. En 1993 fue ascendido a cabo en 1996 a sargento segundo y así fue subiendo escalón por escalón, año tras año.
En el año 2000, José Alejandro fue aceptado en el heroico colegio militar para formarse como oficial. 3 años de estudios intensivos, entrenamientos rigurosos, evaluaciones constantes. Graduó en 2003 con honores. Le entregaron el rango de teniente. Su familia estaba orgullosa. Su madre lloró de emoción el día de la graduación. Pensó que finalmente su hijo menor había encontrado su camino correcto en la vida.
Durante los siguientes 19 años, el ahora teniente José Alejandro Navarro Soto sirvió en diferentes regiones del país. Estuvo en Tamaulipas combatiendo al cártel del Golfo. Estuvo en Michoacán durante los peores años de violencia entre la familia michoacana y los setas. Participó en operativos antidrogas, en rescates de víctimas de secuestro, en patrullajes en zonas de alto riesgo.
Fue ascendido a capitán primero en 2008, a mayor en 2013 y finalmente a teniente coronel en 2018. Sus superiores lo describían como un oficial competente, valiente, leal. recibió varias condecoraciones por operaciones exitosas, una placa de reconocimiento por haber participado en el rescate de un grupo de migrantes secuestrados por criminales en Veracruz.
Otra medalla por su labor en la detención de un importante operador del CJ Areng en Colima. En marzo de 2020, José Alejandro Navarro Soto fue ascendido a coronel y asignado como comandante del batallón de artillería mecanizada con base en Tlajomulco de Zúñiga, en el sur de Jalisco. Era una responsabilidad enorme. Bajo su mando tenía a más de 200 soldados.
Su jurisdicción cubría varios municipios del sur de Jalisco, incluyendo Tlajomulco, Tonalá, algunas zonas de Zapotlanejo y la región montañosa de Tapalpa. Su misión oficial era combatir al crimen organizado, proteger a la población civil, mantener el orden. Pero fue en Tlajomulco, donde la vida del coronel Navarro tomó un giro oscuro que nadie vio venir.
Su primer contacto formal con el Sejotneje en Tlajomulco no fue casualidad. Un sargento de su propio batallón, un hombre que llevaba años en la nómina del cártel, se le acercó discretamente. Le dijo que sabían de su arreglo en Michoacán, que tenían pruebas. que podían arruinar su carrera y destruir a su familia con una sola llamada.
Le dieron dos opciones, seguir cooperando en esta nueva plaza o enfrentar las consecuencias. Navarro entendió que no era una oferta, era una orden. Ya no podía salir. El CJNG no deja ir a nadie que conoce sus secretos y cuanto más cooperaba, más profundo se hundía en el abismo. La corrupción empezó antes de Tlajomulco, mucho antes.
En 2018, cuando el coronel Navarro servía en Michoacán, su hija menor fue diagnosticada con leucemia. Los tratamientos costaban una fortuna. El ejército cubría lo básico, pero los mejores médicos, las terapias experimentales, todo eso quedaba fuera de su alcance. Una noche, después de ver a su hija vomitar por la quimioterapia, un contacto del cártel le ofreció ayuda.
No dinero directamente, solo información. ¿Cuándo serían los operativos? ¿Qué rutas vigilaría el ejército? A cambio, el tratamiento de su hija sería pagado. Navarro se dijo a sí mismo que era temporal, que solo sería hasta que su hija mejorara. Pero así empieza siempre. Una vez que cruzas la línea, no hay regreso. El cártel te tiene agarrado.
Y cuando fue trasladado a Tlajomulco en 2020, el CJNG ya sabía quién era. Ya sabían que era era un hombre que podía ser comprado. Ya no era un oficial limpio, era un activo que podían explotar. Al principio fue solo eso, información, protección pasiva. Pero el CJNG no se conforma con poco. Poco a poco empezaron a pedirle más, que facilitara el paso de cargamentos de droga por ciertas rutas, que usara a sus hombres para hacer retenes que beneficiaran al cártel, que eliminara y a rivales que estuvieran operando en la zona.
Y el coronel Navarro, que ya había cruzado la línea, siguió caminando hacia la oscuridad. En 2021 ya no era solo un militar corrupto, era un jefe operativo del CJNG, coordinaba sicarios, supervisaba extorsiones a minas ilegales de oro en la serranía de Tapalpa, ordenaba ejecuciones y todo esto mientras seguía portando el uniforme del ejército mexicano con su placa brillante de coronel en el pecho.
En marzo de 2022, después de 28 años de servicio militar, el coronel José Alejandro Navarro Soto presentó su retiro voluntario. Dijo que quería pasar más tiempo con su familia, que estaba cansado de tantos años de guerra contra el crimen organizado, que merecía descansar. Le organizaron una ceremonia de despedida en el cuartel de Zapopan.
El general de la zona militar le dio un apretón de manos y le agradeció por su servicio a la nación. Le entregaron una plaga conmemorativa grabada con su nombre y sus años de servicio. Hubo un pequeño banquete con sus compañeros oficiales. Todos brindaron por su carrera exitosa. Su esposa y sus dos hijos estaban ahí aplaudiendo con orgullo.
Nadie sabía que el coronel Navarro no se estaba retirando para descansar. se estaba retirando para dedicarse de tiempo completo a su verdadera ocupación como uno de los jefes más importantes del cártel Jalisco Nueva Generación en el sur del estado. El sur de Jalisco, especialmente los municipios de Tlajomulco, Tonalá y algunas zonas rurales cercanas, son territorios donde el CJNG mantiene operaciones de extorsión a comerciantes, control de rutas de drogas y sobre todo dominio de la minería ilegal de oro.
El coronel Navarro, con su experiencia militar se encargaba de coordinar la seguridad del cártel en esa región. Manejaba un grupo de aproximadamente 48 hombres armados. Supervisaba las extorsiones a las minas ilegales que operaban en la serranía de Tapalpa y también era el responsable de la inteligencia del cártel, es decir, de identificar amenazas, infiltrados y personas que pudieran representar un peligro para las operaciones del CJ.
Entre esas personas identificadas como amenazas estaba Narciso Beltrán. Narciso Beltrán era todo lo contrario al coronel Navarro. Mientras Navarro vino de una familia modesta, pero logró ascender en el ejército, Narciso creció en la pobreza más profunda. Nació en 1982 en un barrio marginal de Tlajomulco llamado La Lomita, donde las calles eran de tierra y las casas de lámina.
Su padre era albañil y su madre vendía tamales en las mañanas para ayudar con los gastos. Narciso era el tercero de cinco hermanos. Desde niño tuvo que trabajar. A los 8 años ayudaba a su madre a preparar los tamales antes de ir a la escuela. A los 12 ya acompañaba a su padre en obras de construcción los fines de semana. Pero a pesar de la pobreza, Narciso era un niño brillante. Le encantaba leer. Le fascinaban los números.
soñaba con ser maestro algún día. Con mucho esfuerzo y sacrificio de toda su familia, Narciso logró terminar la preparatoria. Consiguió una beca para estudiar en la Escuela Normal de Jalisco y se graduó como profesor de educación primaria en 2004. Tenía 22 años cuando consiguió su primer trabajo en una escuela rural en las afueras de Tlajomulco.
Le pagaban poco, pero para él era un sueño cumplido. Finalmente podía ayudar a su familia. Finalmente podía marcar una diferencia en la vida de otros niños que como él venían de la pobreza. En 2007, Narciso conoció a Marta en una fiesta de la comunidad. Ella también era maestra, trabajaba en otra escuela del municipio. Se enamoraron rápido.
Se casaron un año después en una ceremonia sencilla en la iglesia del barrio. Tuvieron su primer hijo, Sebastián, en 2018. Para ese momento, Narciso ya no era solo un maestro. Se había convertido en un líder comunitario respetado por todos. Organizaba brigadas de limpieza en el barrio. Coordinaba colectas para familias necesitadas.
Daba clases gratuitas de apoyo escolar los sábados para niños con dificultades académicas. Era, en palabras de sus vecinos, un hombre que siempre pensaba en los demás antes que en él mismo. Pero todo cambió en 2019. El primo de Narciso, un joven de 25 años llamado Fernando, que trabajaba como repartidor de una tienda de abarrotes, desapareció un jueves por la tarde.
Salió a pie a hacer sus entregas como siempre y nunca volvió. Su camioneta apareció abandonada dos días después en un terreno valdío con señales de violencia, sangre en el asiento del conductor, la puerta abierta, pero no había cuerpo, no había testigos, no había explicación. La familia de Fernando presentó la denuncia ante la fiscalía.
Esperaron respuestas, pero las semanas pasaron y no supieron nada. Los agentes les decían que estaban investigando, pero nunca había avances. Narciso, desesperado por la desaparición de su primo y frustrado por la indiferencia de las autoridades, decidió hacer algo. Empezó a investigar por su cuenta.
Habló con vecinos, con otros repartidores, con comerciantes de la zona. descubrió que Fernando no era el único. En los últimos seis meses habían desaparecido siete personas más en Tlajomulco. Todos eran jóvenes entre 20 y 30 años. Todos tenían trabajos humildes y todos habían desaparecido sin dejar rastro. Narciso entendió que había un patrón.
Entendió que esto no eran casos aislados. entendió que el CJNG estaba reclutando jóvenes a la fuerza o eliminando a quienes se negaban a trabajar para ellos y entendió que las autoridades no estaban haciendo nada para detenerlo. Fue así como Narciso fundó la Federación de Familias de Desaparecidos de Jalisco en julio de 2019. Empezó con 11 familias que, como la suya, estaban buscando a sus seres queridos.
Se reunían todos los jueves en el centro comunitario de La Lomita. Compartían información, se apoyaban emocionalmente y empezaron a organizarse para exigir justicia. Narciso se convirtió en el presidente de la federación. Aprendió a presentar denuncias formales, aprendió a navegar la burocracia de la fiscalía, aprendió a hablar con periodistas y, sobre todo, aprendió a no tener miedo.
En 2020, la federación organizó su primera marcha grande. Más de 300 personas caminaron desde el centro de Tlajomulco hasta el palacio de gobierno en Guadalajara, una caminata de más de 20 km. Llevaban pancartas con fotos de sus desaparecidos. Gritaban consignas, exigiendo justicia. Y Narciso iba al frente con su pancarta que decía, “Vivos se los llevaron, vivos los queremos.” La marcha tuvo cobertura en los medios locales.
Por primera vez, las autoridades se vieron obligadas a dar explicaciones. El fiscal de Jalisco prometió que iban a reforzar las investigaciones, pero Narciso sabía que las promesas no eran suficientes, tenía que seguir presionando. Durante los siguientes tres años, Narciso se volvió incansable.
organizaba marchas cada mes, presentaba denuncias ante organismos de derechos humanos, daba entrevistas a periodistas y lo más peligroso de todo señalaba públicamente las complicidades entre autoridades y el crimen organizado. En una entrevista en octubre de 2023 con un periodista del periódico El Occidental, Narciso, dijo, “Aquí en el sur de Jalisco todos sabemos que hay militares trabajando con el CJNG.
Hemos visto como el ejército hace retenes en las carreteras y atrás vienen los del cártel como si fueran dueños del lugar. Hay complicidad. No podemos seguir fingiendo que no la vemos. Esas palabras fueron publicadas. Miles de personas las leyeron y llegaron a oídos del coronel Navarro, quien en ese momento ya llevaba 3 años trabajando para el CJNG.
El exmilitar supo que Narciso Beltrán se había convertido en un problema que tenía que resolver. En el año 2023, Narciso empezó a recibir amenazas. Primero fueron panfletos dejados en la puerta de su casa, mensajes que decían cosas como, “Deja de meter las narices donde no te importa y la próxima vez no será una advertencia”. Los panfletos venían firmados con las siglas CJ. Narciso sabía que las amenazas eran reales.
En Jalisco, cuando el cártel te amenaza, no es broma. Pero él no se detuvo. Siguió organizando marchas, siguió dando entrevistas a periodistas locales, siguió exigiendo justicia. Y en una de esas entrevistas, en octubre de 2023, Narciso dijo algo que selló su destino. Le dijo a un periodista, “Aquí en el sur de Jalisco, todos saben que hay soldados trabajando con el cártel.
El ejército hace retenes en las carreteras y atrás vienen los del CJNG avanzando como si fueran dueños del lugar. Hay complicidad. Todos lo sabemos, pero nadie lo dice. Esas palabras llegaron a oídos del coronel Navarro. Y aunque Narciso no había mencionado ningún nombre específico, el exmitar sabía que tarde o temprano alguien podría empezar a investigar y descubrir su doble vida. No podía permitir que eso pasara.
Necesitaba silenciar a Narciso, pero no podía hacerlo de inmediato. Tenía que ser inteligente, tenía que esperar el momento adecuado. En enero de 2024, sicarios del CJ capturaron un cuaderno durante un enfrentamiento con un grupo rival en Tapalpa. Contenía fotos de varias personas de la región, entre ellas la de Narciso Beltrán.
¿Por qué estaba ahí? Porque Narciso denunciaba a todos por igual. No le importaba si eras CJNG o grupo rival, si extorsionabas mineros, si desaparecías jóvenes, si amenazabas familias, él te denunciaba. Por eso ambos bandos lo tenían marcado. Para el coronel Navarro, ese cuaderno fue un regalo del cielo. Ahora tenía la excusa perfecta para justificar ante sus superiores del cártel por qué Narciso tenía que morir.
No diría que era para silenciar a un activista que estaba hablando sobre militares corruptos. diría que era para eliminar a un colaborador del enemigo. Una historia que todos en el cártel creerían sin hacer preguntas. Durante tres meses, el coronel Navarro y su equipo hicieron seguimiento a Narciso.
Sabían sus horarios, conocían sus rutas, sabían dónde vivía su familia, documentaron cada movimiento. En marzo de 2024, el coronel se reunió con cuatro de sus hombres de confianza en una casa de seguridad en las afueras de Telajomulco. Les mostró la foto de Narciso y les explicó la misión. les dijo que Narciso era un colaborador del grupo rival y que representaba un peligro para las operaciones del CJNG en la zona.
Les ordenó que lo eliminaran, pero que esperaran la orden exacta de cuándo hacerlo. Tenía que ser en un momento en el que no hubiera mucha vigilancia policial. Tenía que parecer un ajuste de cuentas común y corriente, nada que llamara demasiado la atención. El día 21 de abril de 2024, el coronel Navarro decidió que era el momento.
Llamó por teléfono a Juan Carlos Moreno, alias el calvo, y le dijo con voz tranquila y firme, “Es hoy a las 9:30 de la noche. Ya saben dónde.” El calvo confirmó la orden y se preparó junto con su compañero, el Cartago. Esta noche, cuando Narciso regresaba a su casa después de una larga jornada defendiendo a las familias de desaparecidos, los dos sicarios lo estaban esperando y cumplieron la orden. Cuatro disparos.
Narciso cayó muerto frente a su propia casa. El coronel Navarro, que estaba a varios kilómetros de distancia, recibió la confirmación del trabajo terminado. Encendió un cigarro, tomó un trago de whisky y siguió su vida como si nada hubiera pasado. Pensó que todo había quedado perfectamente limpio, que nadie sospecharía nunca de él, pero se equivocó.
La investigación del asesinato de Narciso Beltrán comenzó de inmediato, pero los primeros meses fueron frustrantes. La Fiscalía de Jalisco asignó el caso a la Unidad Especializada en Delitos contra defensores de derechos humanos, un departamento que había sido creado apenas dos años antes debido al alto número de activistas asesinados en el estado.
El fiscal encargado era un hombre de 48 años llamado Roberto Mendoza, quien había trabajado en casos de narcotráfico durante más de 20 años. Él sabía que este no era un crimen común. El perfil de la víctima, el modus operandi de los icarios, todo indicaba que era una ejecución ordenada desde arriba, pero encontrar a quien había dado la orden era como buscar una aguja en un pajar.
Durante mayo y junio de 2024, el equipo de Mendoza trabajó sin descanso. Interrogaron a vecinos de Narciso que pudieran haber visto algo la noche del asesinato, pero la mayoría tenía miedo de hablar. Los que se atrevieron a declarar solo pudieron confirmar que vieron una motocicleta negra alejarse rápidamente después de los disparos.
Revisaron las cámaras de seguridad de negocios cercanos, pero la calidad de las imágenes era tan mala que apenas se distinguían las siluetas de dos hombres con cascos. Analizaron las llamadas del teléfono de Narciso en los días previos al asesinato, pero no encontraron nada sospechoso. Era como si los sicarios fueran fantasmas que aparecieron, mataron y desaparecieron sin dejar rastro.
Sin embargo, hubo un pequeño avance a finales de junio. Un testigo anónimo llamó a la línea de denuncias de la fiscalía y reportó que había visto una motocicleta negra marca Yamaha abandonada en un terreno valdío de Tonalá. A unos 15 km de donde ocurrió el asesinato, los agentes fueron al lugar y efectivamente encontraron la motocicleta.
Estaba quemada, probablemente para borrar evidencias, pero los peritos forenses lograron recuperar el número de serie, rastrearon el historial del vehículo y descubrieron que había sido robada tres semanas antes del crimen en Guadalajara. No había huellas dactilares útiles, no había ADN, era un callejón sin salida.
El fiscal Mendoza sabía que necesitaba un golpe de suerte y ese golpe llegó el 14 de julio de 2024. Ese día, elementos del ejército mexicano realizaron un operativo contra una casa de seguridad del CJNG en el municipio de Tonalá, basados en inteligencia sobre movimiento de drogas en la zona. Durante el operativo hubo un intercambio de disparos. Cuatro sicarios lograron escapar, pero uno fue capturado.
Su nombre era Andrés Valdés Ríos. Tenía 34 años y llevaba 6 años trabajando para el cártel. Fue trasladado a las instalaciones de la Fiscalía General del Estado para ser interrogado. Al principio, Andrés Valdés se negó a cooperar. Dio respuestas evasivas. dijo que era inocente, que estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado, pero cuando los agentes del Ministerio Público le mostraron las pruebas en su contra, las llamadas intervenidas, los testimonios de otros detenidos que lo identificaban como sicario activo del CEJ, Andrés empezó a entender que no
tenía salida. le ofrecieron un trato. Si cooperaba y daba información valiosa sobre operaciones del cártel, especialmente sobre casos de homicidios sin resolver, le reducirían la condena de 30 años a 15. Andrés pidió tiempo para pensarlo y después de 3 días de deliberación aceptó.
Lo primero que Andrés Valdés les dijo a los fiscales fue algo que ni ellos mismos esperaban escuchar. Les dijo que conocía al jefe de su célula, un hombre al que todos llamaban el coronel. Les describió su estatura alrededor de 1,65 m. Les describió su acento del centro de México, no tan marcado como el de Jalisco. Les describió su forma de hablar autoritaria, directa, como si estuviera dando órdenes militares.
Y cuando le preguntaron por qué lo llamaban el coronel, Andrés les explicó que era porque antes había sido parte del ejército mexicano, un coronel retirado que ahora trabajaba para el CJNG coordinando operaciones en el sur de Jalisco. El fiscal Mendoza no podía creer lo que estaba escuchando. Un coronel del ejército trabajando para el cártel.
Sonaba como una película de Hollywood, pero Andrés Valdés siguió dando detalles. Les dijo que el coronel era el encargado de las finanzas del cártel en esa región, que supervisaba las extorsiones a las minas ilegales de oro en Tapalpa, que coordinaba la inteligencia sobre movimientos de grupos rivales y de las fuerzas de seguridad, que tenía bajo su mando a cerca de 48 hombres armados divididos en células de seis o siete personas cada una.
y que siempre andaba acompañado de cuatro escoltas personales que lo protegían día y noche. Cuando le preguntaron si sabía algo sobre el asesinato de Narciso Beltrán, el activista de derechos humanos que había sido ejecutado en abril, Andrés Valdés, guardó silencio por un momento, luego asintió despacio con la cabeza.
les dijo que él no participó directamente en ese crimen, pero que sabía quién lo había hecho y quién lo había ordenado. Les explicó que el activista había sido marcado como objetivo después de que empezó a hablar públicamente sobre complicidades entre militares y el cártel.
Les contó que vio la foto de Narciso en un cuaderno que los sicarios del CJNG tenían en uno de los campamentos. Ese cuaderno había sido capturado durante un enfrentamiento con un grupo rival. Contenía fotos de varias personas de la región y para el CJNG aparecer en ese cuaderno significaba que eras colaborador del enemigo. Era una sentencia de muerte automática.
Andrés Valdés les dijo a los fiscales que el coronel había usado ese cuaderno como justificación para ordenar el asesinato de Narciso. Y durante una reunión con sus hombres de confianza en marzo de 2024, el coronel les mostró la foto y les explicó que el activista representaba un peligro para las operaciones del cártel. Les ordenó hacer seguimiento, documentar sus movimientos y esperar la orden de eliminarlo. La orden llegó el 21 de abril.
Dos icarios, Juan Carlos Moreno y Nicolás Ríos, fueron los encargados de ejecutarla y lo hicieron sin falta. El fiscal Mendoza sabía que tenía información valiosa, pero necesitaba más que un testimonio, necesitaba pruebas concretas. Le preguntó a Andrés Valdés si podría identificar a el coronel si le mostraban un video o una foto.
Andrés dijo que sí, que lo reconocería por su voz y por su forma de moverse. Los investigadores le mostraron un video que habían recuperado semanas atrás durante otro operativo. En el video aparecía un hombre con el rostro cubierto, vestido con ropa táctica negra, dando instrucciones a un grupo de sicarios sobre cómo controlar una ruta de extorsión.
Andrés vio apenas 30 segundos del video y detuvo la reproducción. Les dijo con total seguridad que ese era el coronel, que reconocía su voz, que reconocía sus gestos, que no había ninguna duda. Con esa información, la fiscalía empezó a investigar a oficiales retirados del ejército que hubieran operado en la zona sur de Jalisco en los últimos años.
Revisaron bases de datos, compararon descripciones físicas, analizaron historiales de servicio y encontraron un nombre que encajaba perfectamente con todo lo que Andrés Valdés había descrito. José Alejandro Navarro Soto, coronel retirado en marzo de 2022, 52 años. Comandante del batallón de artillería mecanizada en Tlajomulco. Estatura baja alrededor de 1,65.
Acento del centro de México. Todo coincidía. Los investigadores empezaron a seguir al coronel Navarro. Descubrieron que vivía en una casa modesta en las afueras de Guadalajara, que llevaba una vida aparentemente tranquila, que jugaba fútbol los fines de semana en una cancha del barrio. Nada en su comportamiento público sugería que fuera un criminal.
Pero las escuchas telefónicas y la vigilancia revelaron otra cosa. Llamadas sospechosas, reuniones con personas vinculadas al CJNG, movimientos de dinero que no concordaban con su pensión militar. Todo indicaba que Andrés Valdés había dicho la verdad. El coronel Navarro era efectivamente el coronel del Seatng. El 19 de octubre de 2024, exactamente 6 meses después del asesinato de Narciso Beltrán, el coronel José Alejandro Navarro Soto se despertó a las 7 de la mañana en su casa ubicada en una colonia tranquila de las afueras de Guadalajara.
Era un sábado soleado. Su esposa ya estaba despierta preparando el desayuno. Sus dos hijos, un joven de 22 años que estudiaba ingeniería, una hija de 19 que estudiaba medicina todavía dormían. El coronel se duchó, desayunó tranquilo con su esposa y le dijo que iba a ir a jugar fútbol con sus amigos en la cancha del barrio El Fresno, como hacía casi todos los sábados desde que se había retirado del ejército.
Era parte de su rutina, era parte de su fachada de hombre común que llevaba una vida normal después de casi tres décadas de servicio militar. Lo que el coronel Navarro no sabía es que durante las últimas tres semanas agentes de la Fiscalía y del Ejército Mexicano lo habían estado vigilando las 24 horas del día.
Habían intervenido su teléfono, habían seguido todos sus movimientos, habían identificado a sus contactos y habían planeado su captura con precisión milimétrica. La operación llevaba el nombre Código Temis en honor a la diosa griega de la justicia. Participaban más de 50 elementos divididos en cuatro equipos. El plan era arrestarlo en un lugar público, pero controlado, donde no hubiera riesgo de enfrentamiento armado que pudiera poner en peligro a civiles.
A las 3:30 de la tarde, el coronel Navarro llegó a la cancha de fútbol del barrio El Fresno. Era un campo pequeño, con pasto sintético, algo gastado y gradas metálicas para unos 100 espectadores. Había otros jugadores ya calentando. El coronel saludó a todos con simpatía, hizo algunos estiramientos y se puso sus zapatos de fútbol. El partido comenzó a las 4 en punto.
Era un juego amistoso entre vecinos, nada serio, solo un pretexto para hacer ejercicio y pasar el rato. El coronel jugaba de defensa central, corría, gritaba indicaciones a sus compañeros, reía cuando alguien fallaba un gol fácil. Se veía relajado, se veía feliz, no tenía ni idea de lo que estaba por suceder. A las 4:25 de la tarde, cuatro camionetas blindadas del ejército mexicano entraron a la cancha de fútbol a toda velocidad.
Las llantas chirriaron contra el pavimento, las puertas se abrieron de golpe y más de 20 soldados bajaron con fusiles de asalto en las manos y chalecos antibalas. Los jugadores del partido se detuvieron en seco, paralizados por el miedo. Algunos levantaron las manos instintivamente. Las pocas personas que estaban en las gradas gritaron asustadas y el coronel Navarro, que estaba en medio de la cancha con el balón a sus pies, sintió como el suelo se le caía bajo los pies.
Un comandante del ejército, un mayor de unos 40 años con la voz fuerte y clara, gritó el nombre completo del coronel José Alejandro Navarro Soto, queda detenido por orden de la Fiscalía General del Estado de Jalisco. Tírese al suelo con las manos en la cabeza ahora. El coronel miró a su alrededor buscando una salida, pero sabía que no la miú había.
Estaba rodeado por soldados armados. Estaba rodeado por su pasado. Estaba rodeado por la justicia que finalmente lo había alcanzado. Se arrodilló despacio sobre el pasto sintético, todavía con sus zapatos de fútbol puestos, y colocó las manos detrás de su cabeza. Dos soldados se acercaron rápidamente, lo esposaron con fuerza y lo levantaron del suelo.
Sus compañeros de equipo lo miraban sin poder creer lo que estaban viendo. Algunos murmuraban entre ellos, confundidos. El coronel Navarro, el hombre respetable que jugaba fútbol con ellos los sábados, arrestado por el ejército, ¿qué había hecho? Los soldados llevaron al coronel navarro hacia una de las camionetas mientras un fotógrafo del ejército tomaba imágenes del operativo.
Una de esas fotos, la del coronel esposado con su uniforme deportivo y los zapatos de fútbol, sería publicada horas después en las redes sociales oficiales del ejército mexicano y se volvería viral en todo el país. La imagen era impactante. Un coronel retirado, condecorado por su servicio a la nación, siendo arrestado como un criminal común.
Los comentarios en redes se dividieron entre los que celebraban la captura y los que simplemente no podían creer que un oficial de tan alto rango hubiera traicionado al ejército de esa manera. El coronel Navarro fue trasladado de inmediato a las instalaciones de la Fiscalía General del Estado de Jalisco, ubicadas en el centro de Guadalajara.
Fue ingresado a una sala de interrogatorios pequeña con paredes grises, una mesa metálica y dos sillas. Lo dejaron esposado durante dos horas antes de que entrara el fiscal Roberto Mendoza acompañado de dos agentes más. Mendoza se sentó frente al coronel, abrió una carpeta llena de documentos y fotografías y lo miró directamente a los ojos.
Le dijo con voz firme, pero tranquila. Coronel Navarro, sabemos todo. Tenemos testimonios, tenemos grabaciones, tenemos pruebas suficientes para mantenerlo en prisión el resto de su vida. Le voy a dar una oportunidad de cooperar, de explicar su versión de los hechos. Si decide hablar ahora, quizás podamos llegar a un acuerdo.
Si no, vamos directo a juicio y le aseguro que no va a salir bien para usted. El coronel Navarro miró la carpeta sobre la mesa, miró las fotos que asomaban entre los documentos, reconoció algunas de ellas, reconoció la foto de Narciso Beltrán y supo que todo había terminado.
Pero en lugar de hablar, en lugar de confesar, en lugar de mostrar algún tipo de arrepentimiento, el coronel Navarro miró al fiscal Mendoza y dijo solo una palabra con voz fría: “In cerró la boca y no volvió a decir nada más durante todo el interrogatorio. Se acogió a su derecho de permanecer en silencio.
esperó a que llegara su abogado y cuando finalmente llegó el abogado, un hombre de apellido Molina que había defendido a varios criminales de alto perfil en Jalisco, pidió hablar en privado con su cliente. Después de esa conversación, el abogado salió de la sala y declaró ante los medios que habían empezado a reunirse afuera de la fiscalía, que su cliente era completamente inocente, que todo era un error, que el testimonio del sicario Andrés Valdés no era confiable porque venía de un criminal que buscaba reducir su propia condena inventando historias.
El 26 de noviembre de 2024, en una audiencia realizada de manera virtual desde Guadalajara, un fiscal de la unidad especializada le imputó al coronel José Alejandro Navarro Soto los delitos de homicidio agravado, asociación delictuosa y portación ilegal de armas de fuego.
El fiscal le dijo directamente al coronel mientras este lo miraba a través de la pantalla. Usted era el jefe de una estructura criminal del CJNG en el sur de Jalisco. Usted consideraba a Narciso Beltrán un enemigo porque él denunciaba las operaciones del cártel y la complicidad de militares y usted ordenó que lo mataran.
El coronel Navarro seguía diciendo que era inocente, pero el juez de control de garantías, después de revisar todas las pruebas presentadas por la fiscalía, dictó prisión preventiva. El escoronel del ejército mexicano fue enviado a la cárcel de máxima seguridad de Puente Grande en Jalisco para esperar su juicio. Junto con él fueron arrestados otros cuatro integrantes del CJNG, incluyendo a Juan Carlos Moreno, el calvo y Nicolás Ríos, el Cartago.
Los sicarios que materialmente ejecutaron a Narciso, todos ellos están actualmente en prisión. El caso del coronel Navarro se convirtió en uno de los escándalos más grandes en la historia del ejército mexicano en Jalisco. Un oficial condecorado con casi 30 años de servicio, trabajando para el cártel más peligroso del país. Las preguntas quedaron flotando en el aire.
¿Desde cuándo trabajaba para el CJNG? ¿Cuántas otras operaciones criminales había coordinado? ¿Cuántos otros militares podrían estar involucrados? El ejército abrió una investigación interna para revisar si había más casos de corrupción. La Secretaría de la Defensa Nacional prometió que iban a limpiar las filas de cualquier traidor, pero para la familia de Narciso Beltrán, ninguna promesa devolvería a su ser querido.
Su esposa, su hijo, su hermano, todos quedaron destrozados. Narciso había dado su vida defendiendo a los más vulnerables, denunciando la injusticia, exigiendo verdad. Y fue asesinado por orden de un hombre. que debía proteger a la población, no trabajar para quienes la atormentan.
¿Has conocido alguna vez a alguien que parecía ser una cosa y resultó ser completamente diferente? ¿Alguien en quien confiabas y que te traicionó? Escribe en los comentarios tu experiencia. Nos gustaría leer tus historias. Hoy, casi un año después del asesinato de Narciso Beltrán, su familia sigue buscando justicia. El juicio contra el coronel José Alejandro Navarro Soto y sus cómplices está en proceso.
La fiscalía tiene pruebas contundentes. Los testigos han declarado, “Todo apunta a que habrá condena.” Pero mientras eso sucede, la esposa de Narciso ha tomado el lugar de su esposo al frente de la Federación de Familias de Desaparecidos de Jalisco. Ella sigue organizando marchas, sigue exigiendo que se encuentren a los desaparecidos, sigue denunciando las complicidades entre autoridades y crimen organizado.
Y aunque tiene miedo, aunque sabe que podría correr la misma suerte que su esposo, no se detiene. Porque como ella misma dice, si dejamos de hablar, si dejamos de exigir justicia, entonces ellos ganan. Y Narciso no habría querido eso. Él dio su vida por esta lucha y yo voy a continuar su trabajo pase lo que pase.
La historia del coronel Navarro nos recuerda algo terrible, pero cierto. A veces las personas que deberían protegernos son las que más daño nos hacen. A veces el uniforme esconde al criminal y a veces la verdad tarda años en salir a la luz. Pero cuando lo hace, sacude todo.
Narciso Beltrán era un hombre común, un maestro, un padre de familia, un vecino. No tenía armas, no tenía escoltas, no tenía poder, solo tenía su voz. Y esa voz era tan poderosa que un coronel del ejército aliado con el cártel más peligroso de México, decidió que tenía que ser silenciada. Pero no lo lograron porque la memoria de Narciso sigue viva, su lucha sigue viva y su historia.
nos enseña que la valentía no se mide por el poder que tienes, sino por la verdad que defiendes, aunque esa verdad te cueste la vida.
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