Ese viernes 17 de agosto de 2024, a las 12:32 p. m., el destino de una banda estaba a punto de decidirse. Cuatro hombres del CJNG estaban estacionados en un Nissan gris en una esquina del centro histórico de Guadalajara. El sol de agosto caía a plomo sobre las calles empedradas. Los turistas se dedicaban a tomar fotos de la catedral, ajenos a los vendedores ambulantes.

Bajo una densa copa de laureles indios, Don Ernesto, un guardia de Solís de 58 años con una gualavera blanca, servía sus tacos. Lo que los asesinos no sabían cuando se acercaron a este hombre delgado, que vendía tacos por 20 pesos, era que llevaba 15 años desmantelando organizaciones criminales en Tamaulipas.

Al tirar repentinamente un taco al suelo y pisotearlo, selló el destino de su propia banda. El aroma a carne asada y cilantro llenaba el aire. Llenando el silencio ominoso. Hace veinticinco años, a las siete de la mañana, Don Ernesto “El Centinela” Solís abrió su carrito de tacos en la misma esquina, bajo un denso laurel indio cuyo tronco nudoso lo protegía del sol.

La plaza despertó lentamente con el sonido de las escobas barriendo las calles, el arrullo de las palomas peleándose por las migajas de pan cerca de la fuente. El aroma del café de Don Ramiro Fuentes, junto con el de la carne asada y el cilantro, se mezclaba con la humedad matutina. Don Ernesto desplegó el pequeño taburete del carrito, cubierto de vinilo rojo agrietado.

Organizó cuidadosamente sus herramientas, afiló sus cuchillos de cocina e inspeccionó sus ingredientes. Tenía las manos y los nudillos callosos, y las yemas de los dedos manchadas de grasa y especias. Vestía una guayabera blanca, planchada a mano todos los domingos. Pantalones negros sin arrugas, zapatos lustrados, cabello canoso peinado hacia atrás con gel, bigote meticulosamente recortado cada tres días con un meme de 19 cm.

Su postura es militar: espalda recta, hombros hacia atrás, barbilla ligeramente levantada. Nadie se da cuenta de la rigidez que se esconde tras esta costumbre. Para los funcionarios, es solo un vendedor de tacos. Para los estudiantes, es casi parte de la escena. Su primer cliente llega a las 7:40. Don Roberto Saldaña, un contador de 62 años, lo recibe con un reconfortante ritual.

Mientras lee el periódico, Don Ernesto prepara los tacos con cuidado. “20 pesos. Quédate con el cambio”, dice el contador. El dinero se guarda en una caja de galletas debajo de la tela andrajosa del carrito. A las 9:00, Doña Elena Bustos. A las 10:00, el Licenciado Jorge Cárdenas. A las 11:00, un turista estadounidense. Don Ernesto cobra 20 pesos por cada taco.

 A veces ganaba propina. Cerca del mediodía, la lata guardaba 340 pesos. Suficiente para sus nietos huérfanos, medicinas, para vivir tranquilo. Pero a las 12:32 todo se vino abajo. Cuatro jóvenes cruzaron la esquina del centro histórico con pisadas pesadas. Camisetas holgadas ocultaban bultos en la cintura. Tatuajes, calaveras, letras góticas, números romanos.

 El líder, gorra de los charros de Jalisco, lentes oscuros y cadena de oro falsa. Quizás de 28, Atlético, mandíbula cuadrada. A su lado un corpulento de riders y dos buitres militares. El aire cambió. Don Ernesto lo sintió antes de verlo. El líder se sentó en el banco del carrito sin pedir, sin saludar.

 Viejo, aquí se cobra el piso. La voz grave, lenta, cargada de autoridad artificial. 500 pesos semanales o quemamos su carrito de tacos. El licenciado Jorge Cárdenas palideció súbitamente, el rostro tomado por una palidez fantasmal. Recogió el portafolio a toda prisa, caminando rápido en dirección al palacio de gobierno de Jalisco, sin siquiera mirar hacia atrás.

 Don Ernesto, el Sentinela Solís, por su parte, no levantó la vista. Su mano continuaba el movimiento mecánico, lustrando un zapato inexistente. No tengo dinero para eso, joven. Su voz, serena, casi astiada, rompió el silencio. El líder de ellos, un hombre corpulento de botas pesadas, carcajeó. Un sonido áspero que resonó en la esquina del centro histórico.

 Una patada certera de la bota Caterpillar golpeó de lleno el carrito de tacos al pastor. Cuchillos cebolleros afilados y relucientes volaron por el aire mientras las latas de betún rodaban ruidosamente por los antiguos adoquines. El olor a carne asada y cilantro, que momentos antes prometía sustento, ahora se mezclaba con el lodo, manchando la gayavera blanca de don Ernesto con una mancha oscura.

 El líder se inclinó, el rostro a centímetros del suyo. La semana que viene, viejo, 500 pesos o te lleva la chingada. El aliento caliente, una mezcla nauseabunda de cerveza barata y tabaco fuerte, invadía el espacio personal de don Ernesto. Finalmente, don Ernesto levantó los ojos. Un café oscuro, tranquilo, profundo. No había rastro de miedo en aquellos ojos.

 Por un breve y revelador segundo, el líder retrocedió, visiblemente incómodo por aquella ausencia de temor. Me llamo el buitre. Pregunte por mí. Los cuatro matones se fueron, sus risas estridentes resonando mientras empujaban y respetuosamente a otros vendedores ambulantes. Don Ernesto recogió sus cuchillos cebolleros lentamente. Turistas fotografiaban la catedral.

Vendedores volvían a sus puestos. La esquina del centro histórico, ajena a la pequeña violencia, seguía su ritmo diario, aparentemente imperturbable. Pero por detrás de la fachada de taquero humilde, don Ernesto el centinela solís, teniente coronel retirado del temible cuerpo de exgafe, había tomado una decisión irreversible.

 A las 6 de la tarde, al guardar su carrito de tacos al pastor en el cuarto alquilado de un callejón en la colonia Analco, don Ernesto sacó del fondo de un cajón un viejo celular Motorola. Marcó un número memorizado hacía 14 años, tres timbres. Coronel Solís, mi general Navarro, necesito un favor. El general de brigada Ramiro, el Halcón. Navarro tenía 67 años.

 Su despacho en la Secretaría de la Defensa Nacional, Ciudad de México, estaba tapizado con fotografías de operaciones de alto riesgo en Michoacán, Tamaulipas, Guerrero. Don Ernesto el Sentinela Solís había sido su teniente más condecorado entre 2003 y 2010, un nombre legendario. Cuando escuchó la voz de don Ernesto después de 14 años, se levantó sorprendido.

Coronel Solís, pensé que estaba muerto, casi mi general, pero tengo algo que podría interesarle. Don Ernesto detalló la situación. Una célula del CJ cobrando el piso en la esquina del centro histórico, justo frente al Palacio de Gobierno de Jalisco, en el corazón palpitante del centro histórico. Navarro escuchó en silencio absoluto la línea telefónica pesada de tensión.

¿Cuántos vio? Cuatro sicarios. El líder se autodenomina Óscar Elbitre Reyes, de unos 28 años. Operan con una descarada confianza, sin temor a las autoridades. Esto apunta a protección policial o municipal. Navarro tamborileaba los dedos sobre la mesa de Caoba, el sonido rítmico en el silencio del despacho.

¿Qué necesita? Autorización para intervenir. Contacto directo con la Fiscalía Especializada en Combate al Crimen Organizado de Jalisco. Quiero localizar su base de operaciones y entregar el paquete completo. Una larga y tensa pausa. Navarro conocía a don Ernesto como pocos.

 15 años en campo, 53 operaciones exitosas, cero bajas civiles, un historial impecable. Autorizado, coronel, lo conectaré con el licenciado Ricardo el Togado Mendoza. Pero, don Ernesto, usted ya no está activo. Lo sé, mi general. Entonces, entienda. Esto es extraoficial. Si algo sale mal, no podré protegerlo. ¿Entendido? Otra pregunta con un tono de genuina preocupación.

¿Por qué, don Ernesto, usted había conquistado su paz? tiene nietos, una vida tranquila. ¿Por qué regresar a esto? Don Ernesto miró por la ventana de su habitación, observando los lavaderos comunitarios, ropa secándose al sol, niños jugando pelota en el callejón, porque ese rincón bajo el árbol frondoso es mío, mi general, 25 años vendiendo tacos ahí, nadie me va a expulsar.

Navarro sonríó. un leve asentimiento de comprensión. Entendido, coronel, espere mi llamada. La llamada fue terminada. Esa noche, don Ernesto Solís cenó con sus tres nietos en la mesa rústica de madera de la habitación. Sopa de fideo, frijoles refritos, tortillas calientes.

 Mateo Solís, de 12 años, preguntó sobre su tarea de matemáticas absorto. Sofía Solís, de nueve, contó animadamente que había ganado el concurso de dibujo en la escuela. El pequeño Emilio Solís de seis ya dormía, la cabeza reposando sobre la mesa. Elena Solís, su hija de 34 años, trabajaba en el turno nocturno de una tejeduría para asegurar el sustento.

 Don Ernesto lavó los platos en el lavadero comunitario, los secó con un trapo de cocina raído, los guardó en la repisa improvisada y acomodó a sus nietos en colchones de espuma en el suelo. Les cantó la canción de cuna que su esposa Isabel Solís solía entonar. Cuando se durmieron, don Ernesto abrió el cajón inferior de su guardarropa de metal. Bajo sábanas viejas, una caja de zapatos.

 Dentro una fotografía enmarcada de él en uniforme de gala. La medalla de mérito militar orgullosamente colgada. Año 2008. Isabel, sonrisa en el vestido azul, ya no estaba allí. Murió en 2011 de cáncer de útero. Sin recursos para un tratamiento particular, don Ernesto el Sentinela Solís vendió camioneta, casa, agotó sus ahorros, fue insuficiente.

 Al lado de la foto, identificación militar vencida, libreta manuscrita, navaja suiza gastada. A las 11 de la noche, el Motorola vibró. Número desconocido, Coronel Ruiz, un sí firme. La voz, licenciado Ricardo Mendoza de la Fiscalía Especializada en Combate al Crimen Organizado. El general Navarro me actualizó. ¿Podemos vernos mañana? Don Ernesto preguntó, ¿dónde? Mendoza.

 Café El Parnazo, avenida Chapultepec, cerca de La Minerva, 10 de la mañana. Allí estaré, coronel. Advertencia. final. El CJNG tiene ojos en la ciudad. Venga solo sin levantar sospechas. ¿Entendido? Don Ernesto cuelga. Sus ojos buscan a los nietos. Mateo con un ronquido suave. Sofía abrazando la muñeca.

 Emilio chupándose el pulgar. La razón de su lucha se escabule al callejón. El cielo de Guadalajara nublado es un manto naranja de postes. Perros callejeros urgaban en la basura. Música de banda vecina resonaba. El olor a carne asada y cilantro de los carritos en la esquina flotaba. Enciende un delicados, su único vicio. Fuma lento.

 Su mente lo lleva a el buitre al momento en que tiró el taco al suelo y lo pisó. A los 25 años de paz, deshechos en 30 segundos. Aplasta el cigarro, regresa. 4 horas de sueño serían todo. El sábado, don Ernesto el centinela Solís despertó a las 6: desayuno para los nietos, huevos, frijoles, tortillas. Mateo en la vieja televisión veía dibujos.

 Elena, su hija, llegaba del trabajo con ojeras profundas desplomándose en la cama. Don Ernesto besa la frente de los pequeños. Voy a trabajar. Compórtense, cuiden a su madre. Salió con su carrito de tacos al pastor bajo el brazo. 20 cuadras hasta la esquina del centro histórico. 7:30 de la mañana. Hoy el carrito no abriría.

 El destino era la avenida Chapultepec, un encuentro con el licenciado Mendoza. Un plan se vislumbraba. El café El Parnazo pequeño en el piso superior de una galería. Ventanas con vista a la Chapultepec. El aire denso en café tostado y pan dulce. Don Ernesto Solís llegó a las 9:50. Impecable en guallavera blanca, pantalón negro, zapatos lustrados, un turista retirado, inofensivo. Subió las escaleras, entró.

 En el fondo el licenciado Ricardo Mendoza, 42 años, traje gris, sin corbata, lentes rectangulares, el portátil abierto. Don Ernesto, el Sentinela Solíss, se sienta. Coronel Solís, llámeme don Ernesto. Café negro sin azúcar. Mendoza pide, dos tazas humeantes llegan. El general Navarro habló maravillas. Mendoza comienza.

 El mejor rastreador de células. Don Ernesto Sorbe el café. Exagera, no lo creo. Leí su dossier. 53 operaciones exitosas. Desmanteló el cartel del Golfo en Reyosa 2007. Capturó a El Tejón. Lugar teniente de los SAS 2009. Medalla al mérito militar. Don Ernesto no reacciona. Mendoza cierra el portátil. ¿Por qué un teniente coronel con decorado es un taquero en la plaza pública? Don Ernesto Frío, mi esposa necesitaba tratamiento. El ejército no cubría. Silencio.

 Lo siento, Mendoza. No importas. Don Ernesto cortó. Necesito su ayuda, licenciado. Dígame. Don Ernesto el centinela Solís describe a Óscar el Buitre Reyes. Edad, tatuajes, forma de hablar, con pinches. Detalla una Nissan gris, placas parcialmente visibles. Mendoza anota. Coincide. Confirma. Célula del CJNG en el centro.

 Cobran piso a comerciantes y negocios. 500 a 5,000 pesos semanales, 200,000 pesos mensuales solo en esa área. Don Ernesto, voz baja. ¿Cuántos sicarios? 12 a 18. Operan desde una bodega en la colonia Ferrocarril. Ubicación exacta. Sospechamos, pero sin evidencia sólida no podemos intervenir. Necesitamos testigos, víctimas, pruebas. Don Ernesto comprende, quiere que yo recoja esa evidencia. Mendoza asiente.

Sonrisa tenue. Exacto. Usted, taquero en la esquina del centro histórico, es invisible, confiable. Puede grabar conversaciones, identificar operadores, mapear rutas. Mendoza extiende un teléfono celular nuevo, un Samsung Galaxy con cámara de alta definición. Este aparato graba video y audio discretamente y el GPS rastrea su ubicación en tiempo real.

 Si algo falla, enviaré unidades. Don Ernesto el Centinela Solís toma el teléfono examinándolo. ¿Cuánto tiempo tengo? Óscar Elbitre, Reyes, regresa en una semana, viernes 24 de agosto. Queremos evidencia directa de extorsión, amenazas, transferencias de dinero. Con esto obtendremos una orden de cateo. Acto seguido, un operativo coordinado.

 Policía Estatal de Jalisco, Fiscalía, Guardia Nacional, desmantelaremos la célula completa. Don Ernesto asiente. ¿Qué gano yo con esto? Mendoza se sorprende. Disculpe, ¿qué gana usted? Don Ernesto responde con firmeza. No soy policía activo. No tengo salario. Tengo tres nietos que mantener. Mendoza sonríe apenas.

 Recompensa por información que lleve a la captura de operadores del CJNG 50,000. Don Ernesto calcula 50,000es. 2 años de renta. Uniformes escolares. Medicinas. Trato hecho. Se estrechan las manos. Mendoza saca una carpeta Manila. Lea esto. Protocolo de seguridad. Si detecta vigilancia, aborte la misión. Si es amenazado directamente, no resista.

 Si le interrogan sobre el teléfono, diga que es un regalo de su hija. Don Ernesto lee grabando cada palabra en su memoria. Una pregunta, licenciado. ¿Por qué confía en mí? Soy un taquero de 58 años, retirado del campo desde hace 14. Mendoza lo mira directamente a los ojos porque el general Navarro dijo, “Si don Ernesto el Sentinela Solís acepta, el CJNG ya perdió.

” A las 11:30, en la esquina del centro histórico, don Ernesto abre su carrito de tacos al pastor bajo el laurel. Turistas pasan. Estudiantes compran helados, palomas picotean migajas. Don Ernesto oculta el Samsung en un compartimento secreto bajo el doble fondo de madera del carrito. Atiende a clientes normales, un ejecutivo, una profesora, un repartidor, pero ahora observa distinto. Identifica patrones.

 Un Nissan Gris, calle Morelos, dos cuadras al norte. Un joven recargado en un poste celular en mano sin mirar la pantalla. Vigilante. Otro en el puesto de periódicos. Compra una revista, no la ojea. Segundo vigilante, el buitre tenía una red. Don Ernesto cierra a las 18 horas, guarda el carrito, cena con sus nietos.

 Mateo pregunta, “¿Por qué el teléfono nuevo? Me lo dio tu madre. Una mentira convincente. Esa noche don Ernesto no duerme. Planea. Recuerda el entrenamiento del exgafe. Observación, documentación, infiltración. Operativos en Tamaulipas, Reyosa, Matamoros. Rostros de sicarios capturados. El buitre es joven, inexperto, confiado. Un error fatal. Don Ernesto sonríe en la oscuridad.

 7 días para el caso perfecto. 7 días para contraatacar. Lunes 19 de agosto, 7 en punto. Don Ernesto llega a la esquina del centro histórico. Activa la grabación de audio del Samsung antes de abrir el carrito. Posiona el teléfono en el bolsillo frontal de la guayavera. La lente discretamente hacia afuera.

 Atiende al primer cliente, don Ramiro Fuentes, dueño del café. Mientras Ernesto rebana la carne, pregunta casualmente, “¿Usted también paga piso, don Ramiro?” Don Ramiro se tensa, mira alrededor la voz baja. Todos pagamos, don Ernesto, 1000 pesos semanales. Si no, queman el puesto o destruyen la mercancía. ¿Desde cuándo? Hace 8 meses. Empezó poco a poco. Ahora controlan todo el centro.

Don Ernesto Memoriza, la siguiente cliente, doña Graciela Díaz, la vendedora de flores. La misma pregunta discreta. 800 pesos semanales. Don Ernesto, me amenazaron con lastimar a mi hija si no pagaba. La voz le temblaba, las lágrimas le empañaban los ojos. Don Ernesto no la consoló, solo escuchó el tercer testimonio, el vendedor de globos 500 pesos.

 El cuarto, un fotógrafo ambulante, 700. El quinto, un artesano de cuero, 900. Don Ernesto hizo la suma mentalmente. Solo en la esquina del centro histórico, la célula recaudaba aproximadamente 40.000 pesos, 160.000 pesos al mes, solo de la esquina del centro histórico. El licenciado Mendoza tenía razón. Eran las 2 de la tarde cuando don Ernesto, el centinela Solís, vio a Sangris y sus hombres estacionarse en la calle Morelos. Bajaron tres figuras.

 Reconoció a dos, sicarios del buitre. El tercero era nuevo, un cuarentón de cabeza rapada y una cicatriz prominente en la mejilla derecha. Caminaban con una lentitud calculada dirigiéndose al negocio de don Ramiro Fuentes. La conversación fue breve. Don Ramiro, sin decir una palabra, sacó un fajo de billetes de la caja entregándolos.

 Ningún recibo, ningún documento. El hombre de la cicatriz guardó el dinero en su riñonera. La escena se repitió en el puesto de flores de doña Graciela Díaz, quien entregó un sobre Manila. Don Ernesto grababa todo discretamente con su Samsung, un video estable de calidad impecable.

 Los tres sicarios no le dedicaron ni una sola mirada al taquero bajo el laurel. Él seguía siendo invisible. Esa tarde, don Ernesto envió el video al licenciado Mendoza vía WhatsApp encriptado. La respuesta llegó en 20 minutos. Excelente. Hemos identificado al de la cicatriz Miguel el Chacal Ramos. Tres órdenes de apreensón por extorsión y homicidio. Sigan documentando. Don Ernesto borró el chat sin dudar. Protocolo de seguridad.

El martes 20 de agosto, don Ernesto amplió su radio de observación. Después de cerrar su carrito de tacos al pastor, recorría las calles vecinas. Identificó otros negocios extorsionados, una taquería en la calle Corona, una farmacia en la avenida Juárez, una papelería en la calle Reforma. Preguntó discretamente a los dueños.

 Todos pagaban, nadie denunciaba. un miedo paralizante. El miércoles 21 de agosto, don Ernesto siguió su rutina normal, pero su vigilancia reveló un patrón. Una Nissan gris llegaba todos los días entre las 2 y las 4 de la tarde estacionando siempre en la misma calle, siempre dos o tres sicarios, pero nunca el buitre.

 Don Ernesto anotó las placas. JS78849 envió el dato al licenciado Mendoza. La respuesta confirmó, placas falsas, pero el vehículo está registrado en nuestro banco de datos. Pertenece a la célula. El jueves 22 de agosto, don Ernesto grabó una conversación entre Miguel, el Chacal Ramos y el dueño de una taquería.

El audio era nítido y brutal. Si no pagas 3,000 esta semana, te quemamos el negocio con tu familia dentro. Una amenaza directa, una prueba irrefutable. Esa noche, don Ernesto revisó el material. 12 videos, 16 audios, 27 testimonios de comerciantes. Mendoza confirmó, suficiente para una orden de cateo. Operación marcada para el viernes, día 24.

 Cuando Óscar el Buitre Reyes venga a cobrar, lo detendremos y necesito que esté ahí. Don Ernesto, usted es un testigo clave. Don Ernesto aceptó, pero una duda lo atormentaba. Licenciado, ¿están seguros de la ubicación de la bodega? 90%. Colonia Ferrocarril, calle Oro número 243, bodega abandonada, portón metálico verde. Nuestra vigilancia ha detectado movimiento frecuente.

 Don Ernesto conocía bien aquella zona peligrosa. El viernes 23 de agosto, víspera de la operación, don Ernesto cerró su carrito de tacos al pastor a las 5 de la tarde. Caminó 40 minutos hasta la colonia ferrocarril. Calles estrechas, casas en ruinas, grafitis de pandillas, perros hambrientos.

 Localizó la calle Oro, la bodega número 243. Un portón verde oxidado, ventanas selladas, un muro perimetral de 3 m. Don Ernesto pasó naturalmente, sin detenerse, observando solo con la visión periférica. Dos vigías en las esquinas, una cámara de seguridad improvisada en un poste, un candado grueso en el portón, adentro voces, música norteña, risas. Contó seis voces diferentes. Sicarios en descanso.

 Don Ernesto regresó al barrio. Mateo Solís preguntó, “Abuelo, ¿por qué llegaste tarde?” “Trabajo extra, mi hijo. Otra mentira cenó poco.” Revisó el Samsung. Batería completa, espacio suficiente. A las 11 de la noche recibió un mensaje de Mendoza. Mañana mediodía, Óscar el Buitre Reyes volverá. Unidades en posición a partir de las 11. Usted actúe normal. Cuando lleguen grabe todo.

Entraremos 30 segundos después de que dé la señal. Tocarse el bigote tres veces. Don Ernesto respondió. Entendido. No pegó un ojo. Vigiló a sus nietos dormir. Mañana todo cambiaría. Finalmente, el viernes 24 de agosto. Don Ernesto despertó a las 5 de la madrugada. Ducha rápida en el baño comunitario, agua fría.

 Se afeitó frente al espejo roto con una cuchilla gastada. Recortó el bigote con tijeras de precisión. Se vistió guayavera blanca planchada la noche anterior, pantalones negros, zapatos impecablemente lustrados. Revisó el Samsung. Grabación activada. El grabador registraba todo. Don Ernesto, el centinela. Solís tomaba su café negro solitario. Pan Bimbo tostado, un ritual diario.

 Los nietos aún dormían. Elena Solís, su hija, ya en su turno doble de trabajo, eran las 6 de la mañana, partió el carrito de tacos al pastor bajo el brazo en dirección a la esquina del centro histórico. El cielo plomizo prometía lluvia, el aire denso y húmedo traía consigo el aroma a carne asada y cilantro.

 A las 6:30 el lugar estaba desierto, salvo por los barrenderos municipales, quienes aún restregaban los adoquines. Don Ernesto abrió su carrito bajo la imponente sombra de un laurel de la India. Acomodó los cuchillos cebolleros afilados y listos. Discretamente verificó su Samsung. Grabación activa GPS encendido. El licenciado Mendoza tenía su ubicación exacta.

 A partir de las 7, la esquina cobraba vida. Ejecutivos apresurados, estudiantes somnolientos, turistas madrugadores. Don Ernesto atendía a todos con una sonrisa mecánica y profesional, pero su mente estaba en otro lado. Mapeaba cada acceso al norte por la Morelos, al sur por la Hidalgo, al este por Pedro Moreno o Maestranza. Sus ojos entrenados identificaban los disfraces.

 El hombre leyendo el periódico en la banca, la pareja tomándose selfies sin alegría, el vendedor ambulante con una radio oculta. A las 10 de la mañana la tensión era palpable, una electricidad casi visible en el aire. Exactamente a las 11, un Nissan gris se detuvo en la Morelos. Don Ernesto se tocó el bigote una vez, la señal. El objetivo estaba a la vista.

Cuatro hombres descendieron. Óscar el buitre Reyes lideraba ostentando una gorra de los charros de Jalisco, una camiseta negra holgada y una cadena dorada. Los mismos tres sicarios de la semana anterior lo seguían: corpulento con una camiseta de riders y dos delgados de corte militar se dirigían a la esquina.

 Los turistas se apartaban, los vendedores bajaban la mirada. Óscar el buitre reyes barría la zona. Sus ojos fijándose en el laurel de la India, luego en el taquero. Una sonrisa se abrió en su rostro. Eran las 11:17. Se detuvo frente a don Ernesto. Ya tienes mi dinero, viejo. Don Ernesto con calma continuó rebanando la carne para un turista alemán, quien esperaba con sus tenis Adidas blancos.

 “Buenos días, joven”, respondió él, la voz inquebrantable. De repente, Óscar, el buitre Reyes, arrojó el taco al suelo y lo pisoteó con fuerza. El cliente alemán, asustado, corrió en dirección a la catedral. Pregunté si tienes mi dinero. Don Ernesto alzó la mirada lentamente. No tengo 500 pesos, joven. Óscar el buitre, Reyes y sus sicarios rieron.

Entonces tenemos un problema, abuelo. Sacó una Glock 19 negra de la pretina con cargador extendido, apuntándola casualmente a la cabeza de don Ernesto. Última oportunidad, 500 pesos ahora. O te vuelo la cabeza a ti mismo. Los vendedores se dispersaron. Los turistas sacaban celulares para filmar.

 Óscar, el buitre. Reyes, no se inmutaba. Su confianza era absoluta. Don Ernesto entonces metió la mano en una lata de galletas danesas, sacó billetes arrugados con todo espacio, 100, 200, 300, 400, faltaban 100. Es todo lo que tengo. Óscar el buitre Reyes arrebató el dinero guardándolo. La semana que viene serán 600 pesos intereses por hacerme venir, se inclinó acercando el rostro.

 Y viejo, si me haces perder el tiempo de nuevo, te incendio junto con tu [ __ ] carrito de tacos al pastor. Escupió al lado de los tacos de don Ernesto. Don Ernesto se tocó el bigote una vez, dos, tres veces. Señal activada. Óscar, el buitre. Reyes se enderezó, se dio la vuelta y dio tres pasos. En ese instante, cuatro camionetas Ford negras irrumpieron en la esquina del centro histórico por las cuatro entradas. Simultáneamente frenaron con un chirrido ensordecedor.

30 agentes de la policía estatal, uniformes negros, chalecos balísticos, cascos y fusiles AR15 descendieron al suelo. Al suelo. El buitre intentó correr, pero un agente lo derribó con una tacleada impecable. El rostro del buitre impactó contra los adquines. La sangre brotó a borbotones de su nariz rota. Sus tres lugarenientes intentaron desenfundar sus armas demasiado tarde.

En 5 segundos fueron sometidos y esposados. Los agentes gritaron los derechos Miranda. Turistas aplaudían. Vendedores salían de sus escondites observando la escena con incredulidad. El licenciado Ricardo el togado Mendoza descendió de la camioneta líder. Traje gris, chaleco balístico sobre su camisa blanca, radio en mano, caminó hasta don Ernesto. Todo bien, coronel. Don Ernesto asintió.

Perfectamente, licenciado. Mendoza sonrió. Grabó todo. Don Ernesto entregó el Samsung. Mendoza examinó el video. Audio nítido. Imagen estable. Amenaza directa con arma. Extorsión documentada. Perfecto. Esto le asegura 20 años de prisión. Levantó el radio. Unidad dos.

 Ejecuten la operación de cateo en la colonia ferrocarril. Autorización judicial confirmada. Una respuesta nítida crepitó. Recibido en camino. Don Ernesto observó a el buitre esposado, el rostro contraído. La sonrisa había desaparecido. Mendoza por fin ordenó el traslado de los detenidos. Los cuatro sicarios fueron conducidos a las patrullas.

 El buitre gritó, la voz desgarrada, “Esto no se va a quedar así, viejo. El cartel lo va a encontrar a usted y a su [ __ ] familia.” Agentes lo golpearon en los riñones con un [ __ ] El grito se apagó. Las patrullas partieron, sirenas aullando a lo lejos. Lentamente, la esquina del centro histórico recuperó la calma.

 Vendedores regresaron a sus puestos. Turistas, aún conmocionados, tomaban fotos de la escena del crimen. Don Ernesto, el Sentinela Solís, recogió las carnes y condimentos esparcidos. Limpió la mancha de grasa y cilantro de los adoquines con una franela vieja. El licenciado Mendoza lo observa. Coronel, aún no terminamos.

En una hora haremos una redada. Si encontramos lo que imagino, desmantelaremos la célula completa. ¿Quiere venir? Don Ernesto levantó la vista una sonrisa discreta. Pensé que nunca preguntaría. 2 de la tarde, colonia ferrocarril, calle Oro número 243. Cinco camionetas de la Fiscalía Especializada rodean una bodega de portón verde.

 20 agentes forman el perímetro. El capitán Eduardo el Coyote Castro, líder de la exgafe estatal, verifica la orden de cateo. Firma del juez, sello oficial, fecha vigente. Don Ernesto está parado junto al licenciado Mendoza. Un chaleco antibalas prestado sobre su gayavera blanca. Parece absurdo, pero es eficaz. Mendoza le entrega un auricular de radio. Quédese atrás, coronel.

 Esto es una operación activa, don Ernesto asiente, pero sus ojos ya analizan la bodega. Ventanas selladas, muro alto, un único punto de entrada. La emboscada perfecta, si estuvieran esperando. Ariete, ordena el capitán Eduardo Castro. Dos agentes cargan un cilindro metálico de 40 kg. Golpearon el portón verde tres veces. El candado se hizo añicos. El portón se abrió con un chirrido oxidado.

Policía estatal, salgan con las manos en alto. Silencio. Los agentes entraron en formación táctica. Dos al frente, dos por los flancos, dos en la retaguardia. Don Ernesto observa desde la calle. El interior de la bodega está oscuro. El aire denso huele a humedad, metal y aceite de motor.

 La luz natural apenas penetra. Los agentes encienden las linternas acopladas a los fusiles barriendo el espacio. Despejado. Despejado. Área segura. El licenciado Ricardo Mendoza entra. Don Ernesto lo sigue. La bodega tiene 200 m². techo de lámina acanalada, piso de concreto agrietado, paredes de bloques sin pintar, pero lo que encontraron dentro es impactante.

 Una mesa larga de madera con básculas digitales, bolsas de plástico, cinta adhesiva. En un rincón 20 paquetes rectangulares envueltos en plástico negro, cocaína. Un agente abre uno de ellos con un cuchillo, polvo blanco compactado, 20 kg licenciado. El licenciado Mendoza calcula valor en la calle 10 millones de pesos.

 Contra la pared norte un estante metálico lleno de cajas de cartón. Los agentes las abren. Dentro: celulares desarmados, placas vehiculares falsas, uniformes policiales, chalecos de la Guardia Nacional, contra la pared sur. Un arsenal, 12 fusiles AR15, ocho pistolas 9 mm, cuatro escopetas calibre 12, granadas fragmentarias, cargadores, cajas de munición.

 Un agente cuenta 100 balas, licenciado. El licenciado Mendoza toma fotos con su celular. Don Ernesto camina hasta un escritorio improvisado en la esquina. Un laptop abierto, papeles esparcidos, cuadernos. Él toma el cuaderno de encima, nombres, direcciones, cantidades, una lista de extorsionados. Reconoce nombres don Ramiro Fuentes, doña Graciela Díaz, el dueño de la taquería.

 Al lado de los nombres, cantidades semanales. Total mensual anotado al final, 180.000. Don Ernesto tenía razón, le entrega el cuaderno al licenciado Mendoza. Evidencia contable, licenciado. El licenciado Mendoza examina el laptop. Está protegido con contraseña. Don Ernesto se acerca. Permítame. Él teclea una secuencia. Intenta contraseñas comunes. Cuarta tentativa. Password 23.

El laptop se desbloquea. El licenciado Mendoza ríe. Incrédulo. ¿Cómo lo supo? Los sicarios jóvenes son predecibles. El laptop contiene archivos, fotos de comerciantes, videos de amenazas, conversaciones de WhatsApp con comandantes superiores. Oro puro. El licenciado Mendoza conecta un USB, copia todo. Esto desmantela no solo la célula, sino toda la red en Guadalajara.

En la carpeta final encuentra un documento Excel. Nombres de 18 sicarios, funciones, territorios asignados, un organigrama completo. Don Ernesto identifica un nombre en la cima, el lobo. ¿Conoce este nombre, coronel? Don Ernesto niega con la cabeza. El licenciado Mendoza hace una llamada. Necesito una búsqueda en la base de datos. El lobo CNG Guadalajara.

 Espera, la respuesta llega. Arturo Velázquez, alias el lobo, 42 años. Ocho órdenes de aprensión: homicidio, secuestro, extorsión, narcotráfico, paradero desconocido. El licenciado Mendoza colgó. El problema era grave. El lobo, un operador de alto nivel, controlaba toda la metrópoli. Si se enteraba de la desarticulación de su célula, los refuerzos serían implacables.

 Don Ernesto, el centinela Solís, comprendió la dimensión. ¿Cuánto tiempo tenemos?, se preguntó. Horas, quizá menos. Las órdenes del licenciado Mendoza llegaron rápidas. Aseguren toda evidencia. Llévenla a la fiscalía. movilicen unidades a las residencias de esos sicarios. Agentes empacaban cocaína, armas y documentos. Las camionetas eran cargadas. La operación, intensa, duró 40 minutos.

 A las 3 de la tarde la bodega estaba vacía, lacrada con cinta amarilla, una escena de crimen meticulosamente limpia. El licenciado Mendoza y don Ernesto el Centinela Solís regresaron a la camioneta. El silencio pesaba. Coronel, necesito un favor, dijo el licenciado Mendoza. Diga, esta noche haremos detenciones simultáneas de 18 sicarios.

 Si capturamos a 12 o más, la célula estará desmantelada, pero su familia y usted necesitan estar a salvo. El comandante El Lobo tiene recursos para rastrear testigos. Don Ernesto el Sentinela. Solís observaba el paisaje borroso de Guadalajara, Jalisco e por la ventana. Protección oficial, una casa de seguridad, zona militar, 24 horas. Aceptó. No había elección.

 6 de la tarde, don Ernesto el centinela Solís llegaba a la colonia Aalco. Esado por patrullas discretas. Agentes aguardaban afuera. Subió las escaleras con prisa, abriendo la puerta de su cuarto. Mateo hacía la tarea en la mesa. Sofía veía la televisión. Emilio jugaba con carritos.

 Elena dormía exhausta tras el turno nocturno. Niños, empaquen su ropa. Nos vamos. Mateo levantó los ojos confuso. ¿A dónde, abuelo? Vamos de viaje por cuánto tiempo. No lo sé. El tono de don Ernesto, el centinela. Solís era irrefutable. Mateo obedeció despertando a su madre. Mamá, el abuelo dijo que nos vamos. Elena se sentó desorientada.

¿Qué? ¿A dónde? Don Ernesto el centinela Solís se apresuraba a guardar ropa en maletas antiguas. Pantalones, camisas, ropa interior, zapatos, artículos de higiene, documentos cruciales, actas de nacimiento, identificaciones y la foto enmarcada de Isabel. Elena se aproximó. Papá, ¿qué está pasando? Don Ernesto el centinela.

 Solís la encaró directamente. Tuve un problema con gente peligrosa. La fiscalía nos va a proteger por algunos días. Elena palideció. ¿Qué hiciste? Lo correcto. Termina de empacar. Bajaron las escaleras bajo las miradas curiosas de los vecinos. La patrulla esperaba con el motor encendido. Don Ernesto, el centinela Solís, subió a los nietos al auto primero. Elena Solís lo siguió.

 El agente cerró la puerta. La patrulla cruzó las calles de Guadalajara a toda velocidad. 30 minutos después llegaron a una instalación militar en Zapopan. El portón metálico se abrió automáticamente. Guardias con fusiles vigilaban. La patrulla estacionó frente a un edificio beige de tres pisos con ventanas enrejadas. La casa de seguridad.

 El interior era espartano, con muebles funcionales, cocina equipada, tres habitaciones y un baño completo. El agente explicó, “Permanecerán aquí hasta nuevo aviso. Guardias en la puerta a las 24 horas. No salgan por ningún motivo. La comida se entregará tres veces al día. ¿Preguntas? Mateo Solís levantó la mano.

 ¿Hay Wi-Fi? El agente casi sonríó. Sí, la contraseña está en el pizarrón. Él se retiró. La puerta se cerró con un cerrojo eléctrico. Elena Solís explotó. ¿Me vas a explicar qué está pasando, don Ernesto? El centinela. Solís sentó a los nietos en el sofá. Vean la televisión. Mamá y yo hablaremos afuera. Salieron al patio interior. Elena Solís cruzó los brazos.

 Don Ernesto el Sentinela Solís le contó todo. La extorsión de Óscar el Buitre Reyes, el contacto con el general de brigada Ramiro el Alcón Navarro, el licenciado Ricardo el Togado Mendoza, el operativo en la esquina del centro histórico, el cateo en la bodega. Elena Solís lo escuchó en silencio.

 Cuando terminó, las lágrimas rodaban por sus mejillas. Eres un idiota. Pudiste haber muerto. Pudiste habernos dejado solos. Lo sé. Entonces, ¿por qué lo hiciste, don Ernesto? El centinela Solís miró el cielo nocturno, estrellas apenas visibles por la contaminación lumínica. Porque ese rincón debajo del árbol frondoso, laurel de la India, es lo único que tengo. 25 años allí.

 No iba a dejar que me expulsaran. Elena Solís abrazó a su padre llorando en su hombro. Don Ernesto, el centinela Solís, la sostuvo. Todo va a salir bien. ¿Cómo lo sabes? Porque el licenciado Ricardo el togado Mendoza es bueno en lo que hace. El reloj marca las 8 de la noche. El teléfono suena. Es el licenciado Ricardo el Togado Mendoza. Coronel, iniciamos las detenciones.

 El primer objetivo, Miguel el Chacal Ramos, ya fue capturado. Lo encontramos en casa de su madre en San Pedro Tlaquepaque. Ninguna resistencia. Don Ernesto, el centinela Solís, ajeno a la operación, prepara la cena para los nietos. Sopa de fideo instantánea, pan y leche.

 Mateo Solís pregunta sobre el regreso a casa, pero el abuelo no tiene la respuesta. Emilio Solís llora por los juguetes. Sofía Solís intenta calmarlo. Una hora después, a las 9, el licenciado Mendoza llamó de nuevo. Siete detenidos, 11 restantes localizados, pero en movimiento. Uno está prófugo. La pregunta flotó en el aire. ¿Quién? El licenciado Mendoza reveló, el comandante Lobo desapareció de su residencia en Tonalá dos horas antes del cateo. Alguien le avisó.

 Don Ernesto sintió un escalofrío recorrer su espalda, un informante. Eso parece. Estamos investigando la filtración. La implicación era clara. El lobo sabía que lo habían traicionado y sabía quién lo había entregado. Un silencio pesado. Estamos en una casa de seguridad militar, coronel. El comandante Lobo no tiene cómo alcanzarnos aquí.

 Estará seguro. Sin embargo, la voz del licenciado Mendoza no transmitía convicción. La llamada se cortó. 10 de la noche. Elena Solís acostó a los niños. Emilio Solís se durmió rápido. Sofía Solís preguntó por la escuela mientras Mateo Solís en silencio observaba el techo. Elena Solís regresó a la sala.

 Don Ernesto estaba junto a la ventana, los ojos perdidos en el patio iluminado. Papá, ¿vamos a volver a casa? Él se giró. Sí. ¿Cuándo? Pronto. ¿Cómo estás tan seguro? Una sonrisa cansada se formó. Porque ya he vivido cosas mucho peores, hija. Elena Solís se sentó a su lado. Mamá estaría orgullosa. Don Ernesto sostuvo su mano. Oh, furiosa rieron en voz baja.

 Afuera, la noche en Guadalajara pulsaba violenta. En algún rincón, Arturo el lobo Velázquez articulaba su venganza. Pero don Ernesto, el centinela Solís, un teniente coronel retirado, ya había enfrentado enemigos mucho peores y aún seguía en pie. Sábado 25 de agosto. El amanecer en la casa de seguridad encontró a don Ernesto despierto a las 5, un resquicio del insomnio crónico militar.

 En la cocina prestada preparó café. En el patio el aire fresco y el olor a carne asada y cilantro se mezclaban. Guardias cambiaban de turno en el portón. Él reflexionó. Apenas 48 horas antes era un taquero invisible. Ahora era un testigo protegido. Objetivo directo del comandante Lobo. La vida había dado un giro en segundos. El celular vibró. El licenciado Mendoza.

 Buenos días, coronel. Tengo una actualización. Escucho. 13 sicarios capturados de 18. Cinco prófugos, incluyendo el lobo. Pero la noticia es mejor. Interrogamos a Miguel el Chacal Ramos. Negoció la pena a cambio de información. La ubicación del comandante Lobo, una casa de seguridad del cartel en Tonalá en la calle Insurgentes número 832. Operativo para hoy al mediodía.

 Don Ernesto sintió la adrenalina, el instinto de acción. El licenciado Mendoza Ríó. Es testigo protegido, coronel, no agente activo. Quédese con su familia. Le informaré el resultado. Por supuesto, la llamada terminó. Don Ernesto terminó su café. Mateo Solís, con el cabello revuelto, apareció en el patio. Buenos días, abuelo.

 Buenos días, campeón. Ya podemos ir a casa. Pronto, Mateo Solís asintió y regresó adentro. Don Ernesto observó el horizonte. Guadalajara despertaba lentamente. En algún lugar, el comandante Lobo tomaba café, ignorando que su libertad pendía de un hilo marcada para el mediodía. Tonalá, calle Insurgentes 832. Una casa de dos pisos, fachada amarilla descarcarada, portón de hierro negro.

Ventanas polarizadas. Seis camionetas de la policía estatal de Jalisco cercan la manzana, 40 agentes en posición. El capitán el Coyote Castro lidera la operación. El licenciado El togado Mendoza observa desde el comando móvil un helicóptero de vigilancia sobrevuela el área evacuada. El megáfono ruge. Comandante Lobo está cercado. Salga con las manos en alto. Tiene 30 segundos.

Silencio. El reloj corre. 10, 20, 30. Entren. Ordena el capitán el coyote Castro. El ariete rompe el portón de hierro. Agentes avanzan en formación. Una explosión. Granada de fragmentación. Tres agentes caen heridos. Retirada. Cúbranse, grita el capitán, el coyote Castro. Francotirador, localice el origen. Desde la ventana del segundo piso, ráfagas de fusil.

 Los agentes responden al fuego. La balacera dura 3 minutos. Cristales explotan. Balas perforan paredes. Gritos. El francotirador del helicóptero dispara. Un sicario en la ventana cae hacia atrás. Silencio súbito. Entren ahora. Los agentes avanzan. Suben escaleras, fusiles listos barriendo cada habitación. El primer piso estaba despejado.

 En el segundo, dos sicarios yacían muertos, sangre en las paredes. La última puerta atrancada fue derribada de una patada. Adentro, Arturo el lobo Velázquez, 42 años, robusto, barba sin afeitar. camisa blanca manchada de sudor, apuntaba una pistola a su propia cabeza. “Atrás o me vuelo los cesos”, rugió encarando 12 fusiles en su dirección. Pero don Ernesto el centinela Solís entró tranquilo, desarmado.

 “Óscar, se acabó”, dijo. 13 de los tuyos fueron capturados. El depósito incautado, 20 kg de cocaína, 12 fusiles, 180,000 pesos en pruebas. El CJNG te abandonó. Estás solo. El lobo rió una risa nerviosa. No estoy solo. Tengo contactos. Salgo en 24 horas. No, esta vez no, replicó don Ernesto. Un testigo está cooperando.

 Un fiscal federal está involucrado. Esto es narcotráfico federal. 30 años como mínimo. Lentamente el lobo bajó el arma y se rindió. Los agentes lo esposaron. La noticia llegó al licenciado El Togado Mendoza vía radio. El comandante Lobo estaba detenido.

 Nuestras bajas cero, tres heridos estables, cinco sicarios en total abatidos o presos. Mendoza suspiró un alivio palpable y llamó a don Ernesto. Coronel, se acabó. El lobo capturado. La célula fue desmantelada. 18 sicarios neutralizados, 13 detenidos, cinco abatidos o presos hoy. Operación de éxito. Don Ernesto cerró los ojos. Gracias, fiscal. No, coronel.

 Gracias a usted. Sin su información, el lobo aún estaría operando. ¿Cuándo podemos volver a casa? 24 horas. Necesitamos asegurar que no haya represalias pendientes. El lunes regresan. Don Ernesto avisó a Elena, quien lloró de alivio. Los niños celebraron.

 Emilio gritó, “¡Quiero mis carritos!” El domingo 26 de agosto, don Ernesto recibió una visita en la casa de seguridad. era el general de Brigada Ramiro Elcón Navarro, de 67 años en uniforme de gala con medallas relucientes. Al entrar a la sala Mateo, Sofía y Emilio observaron impresionados. Niños, saluden al general, dijo don Ernesto. Los tres se cuadraron torpemente. Navarro sonríó.

 Descansen, soldados. Se sentaron. Navarro y don Ernesto se dirigieron al patio. Coronel Solís, comenzó Navarro. El licenciado Mendoza me informó. Operación impecable, 18 sicarios neutralizados, cocaína, armas, pruebas documentales, un golpe devastador al CJNG en Guadalajara. Hice lo necesario.

 Mi general, respondió don Ernesto. No, coronel, corrigió Navarro. hizo lo extraordinario. Navarro sacó un sobreo de su portafolios. La recompensa acordada, 50,000es. Don Ernesto tomó el sobre. Gracias, mi general. Hay algo más. Navarro presentó un documento oficial.

 Era un reconocimiento de la Secretaría de la Defensa Nacional por su colaboración en la operación contra el crimen organizado firmado por el secretario. Su nombre será oficialmente registrado. Don Ernesto leyó el documento, sus manos temblando levemente. Mi general, yo solo. Usted salvó vidas, coronel. Los comerciantes ya no pagan extorsión. Las familias duermen en paz. Eso vale más que milas. Navarro le tendió la mano.

 Don Ernesto la estrechó. Es un honor, mi general. El honor es mío, coronel Solís. Navarro se retiró. Don Ernesto contempló el documento. Su nombre impreso, el sello oficial. La fecha. Respiró hondo. El lunes 27 de agosto a las 10 de la mañana. Una patrulla discreta llevaba a la familia Solís de regreso a su hogar en la colonia Analco. Mateo miraba por la ventana animado.

 Sofía abrazaba su muñeca de trapo. Emilio dormía en los brazos de Elena. Don Ernesto, en silencio, observaba las calles de Guadalajara pasar. Llegaron a la vecindad. Vecinos curiosos salieron a recibirlos. Doña Consuelo Rocha, de 80 años, abrazó a Elena. Mi hija, ¿dónde estaban? Nos dejaron tan preocupados. Viaje familiar, doña Consuelo.

 Fue la mentira conveniente. Subieron a la habitación. Todo estaba igual. La mesa, los colchones, el guardarropa de metal. Pero algo parecía diferente, más seguro. El martes 28 de agosto, don Ernesto regresó a la esquina del centro histórico. 7 de la mañana caminaba con su carrito de tacos al pastor bajo el brazo.

 Llegó a su puesto, al lado del árbol frondoso, abrió el carrito, acomodó su cuchillo cebollero. Don Ramiro Fuentes corrió del café jadeando. Don Ernesto, ¿dónde andaba? Escuché que hubo una operación enorme. Arrestaron a todos los cobradores de piso. Don Ernesto sonríó. En serio. Sí. 13 presos. El comandante Arturo, el lobo Velázquez capturado.

 Dicen que alguien dio información a la fiscalía. Don Ramiro bajó la voz. Dicen que fue alguien de aquí de la plaza, alguien valiente. Don Ernesto cortó la carne para el taco de don Ramiro. O alguien cansado de tener miedo. Don Ramiro Fuentes asintió. Todos le debían a don Ernesto. Doña Graciela Díaz, como siempre, traía flores al carrito de tacos al pastor. Un mudo agradecimiento.

Otros comerciantes la siguieron. Café. pan dulce, tamales. La comunidad unida agradecía la protección. Turistas preguntaban, vendedores con brillo en los ojos, esparcían la leyenda. Un taquero heroico solo, enfrentó al cartel. Don Ernesto no corregía, veía la leyenda crecer. Al mediodía, un reportero lo abordó. Don Ernesto Solís ayudó contra el CJNG.

Un enigmático sin comentarios. fue la respuesta secundada por la multitud. Don Ernesto siguió preparando tacos. El periodista insistió, pero el silencio y la determinación del taquero prevalecieron. El reportero se marchó. Don Ernesto sabía. El anonimato era su escudo. Los héroes ruidos son blancos fáciles.

 El 31 de agosto, el licenciado Ricardo el Togado Mendoza, de terno gris y sin corbata, se sentó en el banquillo del carrito de don Ernesto, en la esquina del centro histórico. Servicio fiscal. Bromeó. Don Ernesto con su cuchillo cebollero le preparó un taco. Mendoza entregó la noticia final. 18 sicarios procesados. 13 por extorsión, portación ilegal de armas y narcotráfico.

 Óscar el Buitre Reyes, 35 años de prisión. La célula desmantelada. Represalias, ninguna. El CJNG tiene una guerra interna en Michoacán sin recursos para venganza. El alivio invadió a don Ernesto y a los comerciantes. 122 negocios libres de la extorsión ahorrando 600,000 pesos mensuales. Mendoza pagó 15 pesos, pero dejó 500 de propina. Quédese con el cambio. Don Ernesto intentó rehusarse.

Es lo mínimo que puedo hacer, dijo el licenciado al levantarse. Coronel, si necesita algo, llámeme. Le entregó una tarjeta. Don Ernesto la guardó. Esa noche los 500 de la propina se transformaron en cuadernos, lápices y mochilas nuevas para sus nietos. Mateo lo abrazó. Sofía lo besó. Emilio ríó. Elena sonrió desde la puerta.

 La paz por fin había llegado. El 14 de septiembre, el general de brigada Ramiro, el Halcón Navarro llamó, “Coronel, una noticia. La Fiscalía Federal quiere contratarlo como asesor en identificación de células criminales. Salario, beneficios, base en Guadalajara. Don Ernesto ponderó. Mi general, agradezco la oferta, pero soy taquero.

¿Estás seguro? Absoluta. Mi lugar es bajo el árbol frondoso. Navarro Río. Entendido, coronel, pero la propuesta sigue abierta. Colgaron. Don Ernesto miró a sus nietos haciendo la tarea. Mateo con ecuaciones. Sofía coloreando mapas. Emilio con sus bloques. Esto pensó, es suficiente, es todo.

El 14 de octubre de 2024, 57 días después del operativo, Don Ernesto “El Centinela” Solís preparaba tacos bajo un frondoso árbol. Una turista se sentó. “Escuché que Don Ernesto derrotó al cártel”, dijo. Él sonrió. “La gente exagera”. Sosteniendo un cuchillo de cocina, agregó: “Esta esquina es mía, nadie me la puede quitar”. El turista pagó 50 pesos, tomó una foto y se fue. La esquina del centro histórico seguía su ritmo.

Ejecutivos, estudiantes, vendedores ambulantes, palomas, jacarandas, una fuente colonial. Don Ernesto respiró hondo: carne asada, cilantro, café, libertad. El caso de Don Ernesto “El Centinela” Solís se ha convertido en un caso de estudio en la Academia de Policía de Jalisco. 13 asesinos convictos. Buitres en una prisión de máxima seguridad. 122 comerciantes liberados.

Esquina en el centro histórico de Guadalajara. La zona libre de extorsiones está patrullada. Don Ernesto, teniente coronel retirado de 58 años y taquero, sigue trabajando bajo la sombra de su árbol, vendiendo tacos por 20 pesos. Sonríe a sus clientes y vive una vida tranquila, porque a veces los grandes héroes son los que nadie espera.