Eran las 6 de la mañana del 9 de octubre de 2025 cuando mi teniente nos reunió en el perímetro de seguridad de Quitupán y nos dijo: «El alijo de armas que confiscaron pertenecía al equipo de seguridad personal de una persona importante». Sentí un escalofrío. Había tocado esas armas, inspeccionado camionetas con chalecos antibalas caseros, pasado por esa casa desierta, sin saber que el hombre más buscado de México estaba a solo 5 kilómetros. Lo que están a punto de escuchar en esta historia

nunca se ha reportado. El Ejército Mexicano lo ha clasificado como información restringida. Pero necesito que se sepa la verdad, porque lo que viví en Quitupán me cambió para siempre. Soy el Sargento Rodrigo Navarro del Segundo Batallón de Operaciones Especiales del Ejército Mexicano.

Durante 12 años, he perseguido a grupos del crimen organizado en Jalisco, Michoacán y Nayarit. Pero lo que viví esa mañana de octubre me enseñó que, por muy cerca que estuviéramos de Nemesio o Cervantes, él siempre iba un paso adelante. Y si estás viendo este video, amigo, es porque necesito que entiendas que la guerra contra el crimen no se gana con campañas, sino con la verdad. Hazlo si crees que estas historias deben contarse.

Nací en Tepic, Nayarit, en 1995. Mi padre, Don Jesús Navarro, trabajaba como mecánico en un taller de la colonia Morelos, reparando autos viejos de 6:00 a. m. a 9:00 p. m. Mi madre, Doña Carmela, limpiaba casas en los barrios más bonitos de la ciudad, donde mujeres adineradas le pagaban 300 pesos por ocho horas de trabajo. Éramos cinco hermanos viviendo en una casa de dos recámaras, y yo era el mayor.

Presencié la ocupación de Nayarit por el CJNG desde muy pequeño. En 2008, cuando tenía 13 años, comenzaron los enfrentamientos callejeros. Recuerdo que mi padre llegó a casa de la tienda y me dijo: “Hijo, hoy cerraron toda la avenida por cirugía. Hubo muchas explosiones”. Le pregunté si había visto algo y me dijo: «No viste nada, Rodrigo. Solo inclina la cabeza y reza para que no te pase». Mi madre era una católica devota. Todos los domingos íbamos a misa a la iglesia de Tepic, y me hacía arrodillarme ante Nuestra Señora de Guadalupe para rezar: «Virgen María, protege a mi familia de la violencia. Por favor, no dejes que mis hijos caigan». en el mal camino.

 Yo repetía las oraciones sin entender mucho, pero veía lágrimas en sus ojos cada vez que escuchaba noticias de jóvenes que habían partido de este mundo por el narco. Cuando cumplí 18 años, en 2013, mi padre me sentó en la mesa y me dijo, “Rodrigo, tú eres inteligente. Terminaste la prepa con buenas calificaciones.

 Puedes estudiar derecho, ingeniería, lo que quieras, pero aquí en Tepic no hay futuro, mijo. El CJNG controla todo. O trabajas para ellos o vives con miedo toda tu vida. Esas palabras me marcaron profundamente. 3 meses después, en enero de 2014, tomé la decisión más importante de mi vida. Me alisté en el ejército mexicano.

 Recuerdo que mi madre lloró cuando le dije, “¿Por qué quieres irte a la guerra, mi hijo? Ya perdí a tu tío en el ejército, pero mi padre me apoyó. Déjalo, Carmela. Es mejor que sea soldado a que termine trabajando para el cartel. El día que me fui a Guadalajara para el entrenamiento básico, toda mi familia me acompañó a la central de autobuses.

 Mi madre me colgó al cuello un escapulario de la Virgen de Guadalupe y me dijo, “Prométeme que esto nunca te lo vas a quitar. La Virgencita te va a proteger de todo mal. Le prometí que lo traería siempre conmigo y hasta el día de hoy lo cargo bajo mi uniforme. El entrenamiento militar fue duro. 6 meses en el campo militar de Jalisco, levantándome a las 4 de la mañana, corriendo 20 km con 40 kg de equipo, aprendiendo a desarmar armas en menos de 30 segundos.

 Pero yo aguanté todo porque tenía un sueño, servir a mi país, proteger a mi familia y demostrarle a mi madre que había hecho la elección correcta. En 2015 me asignaron al segundo batallón de operaciones especiales. Era el soldado raso más joven del batallón, pero me gané el respeto de mis compañeros por mi disciplina.

 Mi comandante, el teniente Durán, me dijo, “Navro, tú tienes futuro en el ejército. Tienes los huevos para enfrentar lo que viene.” Y yo le respondí, “Mi teniente, vine aquí para limpiar a México del crimen organizado, cueste lo que cueste.” Durante los siguientes años participé en decenas de operativos contra células del CJNG en Jalisco y Michoacán.

 Vi cosas que nunca pensé ver. Casas de seguridad con armamento de uso exclusivo militar, laboratorios clandestinos de fentanilo, fosas con víctimas. Cada operativo me endurecía más, pero también me llenaba de rabia. ¿Por qué México tenía que vivir así? ¿Por qué hombres como el Mencho podían destruir familias enteras y seguir libres? En 2017 conocí a Lupita en una fiesta familiar en Tepic. Era prima de un compañero del batallón.

 Me enamoré de ella desde el primer día. Era maestra de primaria, católica como mi madre, con una sonrisa que me hacía olvidar todos los horrores que había visto en los operativos. Nos casamos seis meses después en la catedral de Tepic con una misa oficiada por el padre Martín, el mismo que me había bautizado.

En 2019 nació nuestro hijo Miguel. Cuando lo tuve en mis brazos por primera vez en el Hospital General de Guadalajara, lloré. Lloré porque entendí que ahora tenía una responsabilidad más grande que nunca. Tenía que hacer de México un país más seguro para él. No podía permitir que mi hijo creciera con el mismo miedo con el que yo crecí. Seguí ascendiendo en el ejército.

 En 2022 me promovieron a cabo y en 2024 a sargento. Cada promoción era un orgullo para mi familia. Mi padre me decía, “Mi hijo, eres el orgullo de los Navarro. estás sirviendo a tu país con honor. Y mi madre seguía rezando por mí todos los días. Diosito, protege a mi Rodrigo. No permitas que le pase nada malo.

 Y si te estás identificando con esta historia, hermano, suscríbete al canal para que más personas la conozcan. Yo creía que estaba haciendo lo correcto. Creía que cada operativo, cada arsenal decomisado, cada célula desmantelada nos acercaba un poco más a la paz. Creía que el crimen organizado podía ser derrotado con disciplina, estrategia y fe en Dios. Pero en octubre de 2025, todo lo que yo creía saber sobre servir a México iba a cambiar para siempre.

 El 7 de octubre de 2025, a las 5 de la mañana sonó mi teléfono militar. Era un mensaje encriptado del comando. Todos los elementos del segundo batallón a reportarse en el cuartel de Guadalajara a las 06 horas. Operativo clasificado. Silencio de comunicación absoluto. Me levanté sin hacer ruido para no despertar a Lupita. Mientras me ponía el uniforme, ella abrió los ojos y me preguntó, “¿Otro operativo?” Le dije que sí, que regresaría en dos días.

 me abrazó fuerte y me susurró al oído, “La Virgencita te va a cuidar.” Besé a Miguel, que dormía en su cuarto, y salí hacia Guadalajara. Llegué al cuartel a las 5:40 de la mañana. El estacionamiento estaba lleno de vehículos militares, camionetas blindadas, tácticas de transporte. Mis compañeros del batallón estaban igual de confundidos que yo. Nadie sabía de qué se trataba el operativo.

 A las 6 en punto nos reunieron en la sala de briefing. El comandante Rojas, un hombre de 52 años con 30 años de carrera militar, nos miró con seriedad y dijo, “Caballeros, lo que van a escuchar en esta sala es información clasificada nivel tres. Cualquier filtración será tratada como traición a la patria.” Proyectó en la pantalla imágenes satelitales de la zona de Quitupán, en la frontera entre Jalisco y Michoacán.

La inteligencia militar ha detectado movimiento sospechoso de vehículos blindados artesanales en esta región. Tenemos reportes de que el CJNG está moviendo arsenal de uso exclusivo militar hacia Michoacán. La misión es clara. patrullaje táctico, localización de objetivos, decomiso de armamento y si es necesario neutralización de células operativas.

 El teniente Durán, mi superior directo, agregó, esta zona es territorio caliente. En julio de este año hubo un enfrentamiento que dejó tres sicarios muertos. El CJNG usa coches monstruo con blindaje de 5 mm, ametralladoras de alto calibre y tienen informes de que están usando mercenarios colombianos entrenados por las FARC. Esto no es un operativo de rutina.

 Sentí un nudo en el estómago. Kitupan estaba en el corazón del imperio del CGNG. Yo había participado en operativos peligrosos antes, pero algo en el tono del comandante me hizo entender que esto era diferente. El comandante Rojas continuó. Van a salir en un convoy de cuatro vehículos, 50 elementos en total.

 Llevarán armamento completo, fusiles, chalecos balísticos nivel 4, equipos de comunicación encriptada. La orden es de comiso, no confrontación. Si detectan presencia de células armadas, repliegan y solicitan refuerzos aéreos. ¿Entendido? Todos respondimos al unísono. Entendido, mi comandante. Me asignaron al tercer vehículo bajo las órdenes del teniente Durán.

 Mis compañeros de escuadrón eran soldados experimentados. El cabo Martínez, el soldado Ramírez, el soldado Hernández. Nos conocíamos desde hacía años. Confiaba en ellos con mi vida. Mientras preparábamos el equipo, el cabo Martínez me dijo, “Navro, ¿ya rezaste hoy?”, le respondí, “Siempre rezo antes de cada operativo, compa.

” Él sonrió y me dijo, “Pues reza doble esta vez. Quitupan, no perdona.” A las 8 de la mañana, el comandante Rojas nos dio la última instrucción. El operativo se ejecutará en 48 horas, 9 de octubre, a las 04 horas. Descansen, prepárense mentalmente y recen. México cuenta con ustedes. Esa noche en mi casa abracé a Lupita más fuerte que nunca.

 Ella me preguntó, “¿Es peligroso este operativo?” No quería mentirle, pero tampoco quería asustarla. Le dije, “Todos los operativos son peligrosos, mi amor, pero Dios y la Virgen me van a proteger.” Antes de dormir, me hinqué frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe que tenemos en la sala. Recé en silencio. Virgencita. Protégeme en este operativo.

 Protege a mi familia y si es tu voluntad, permíteme regresar a casa con bien. Sentí una paz extraña, como si ella me estuviera escuchando. Lo que no sabía es que no íbamos a un operativo de rutina contra sicarios. Íbamos directo al corazón de la operación más secreta que el ejército mexicano había planeado en años. Y el mencho ya lo sabía.

 El 9 de octubre de 2025, a las 4 de la madrugada, el convoy militar salió del cuartel de Guadalajara. Cuatro vehículos blindados, 50 soldados, rumbo a la frontera más peligrosa de México. Yo iba en el tercer vehículo revisando mi fusil por quinta vez. No era nerviosismo, era preparación. La madrugada estaba oscura.

Ningún vehículo llevaba luces encendidas. El silencio de radio era absoluto. Solo se escuchaba el motor de las camionetas y el crujir de los neumáticos sobre el asfalto. El teniente Durán, que iba al volante, nos dijo sin voltear, “Cuando lleguemos a Tupan, quiero que todos estén al 100.” Ojos abiertos, dedos en el gatillo y cero confianza.

 En esta zona hasta las piedras tienen ojos. Pasamos por Zapopan, luego Tala, luego Ameca. A medida que nos alejábamos de Guadalajara, el paisaje se volvía más rural, más desolado. Los pueblos estaban vacíos, las calles sin luz, las casas con ventanas cerradas. Parecía un México fantasma. A las 6 de la mañana llegamos a la entrada de Quitupán.

 El pueblo estaba en silencio absoluto, ni un perro ladrando, ni un gallo cantando. El comandante Rojas, que iba en el primer vehículo, ordenó por radio: “Reducir velocidad, activar cámaras térmicas. Quiero escáneres de movimiento cada 30 segundos.” Entramos al pueblo despacio.

 Las calles eran de terracería, las casas de adobe. Algunas tenían puertas abiertas como si la gente hubiera salido corriendo. El cabo Martínez murmuró. Esto no me gusta nada. Esto huele a emboscada. Llegamos a la plaza principal de Kitupán. Había una iglesia pequeña, una tienda abandonada y un letrero descolorido que decía, “Bienvenidos a Quitupan”.

 El comandante Rojas ordenó descender de los vehículos. Formación táctica. Revisión perimetral. Quiero equipos de dos en cada esquina. Bajé del vehículo con mi fusil en posición de combate. El aire olía raro, como a tierra mojada y diésel. El teniente Durán me asignó junto al soldado Ramírez para revisar la iglesia. Mientras caminábamos hacia la puerta, Ramírez me dijo en voz baja, “Navro, ¿sentiste eso?” Le pregunté que alguien nos está observando.

 Empujé la puerta de la iglesia. Estaba abierta adentro. Las bancas estaban volcadas. Había velas apagadas y en el altar había una imagen de la Virgen de Guadalupe cubierta de polvo. Me persigné por instinto. Ramírez revisó detrás del altar y dijo, “Despjado.” Salimos de la iglesia y reportamos al teniente Durán. Iglesia despejada, mi teniente. Él asintió y señaló hacia el sur.

 Vamos hacia Rafael Pisano. La inteligencia dice que ahí es donde se vio el último movimiento de vehículos. Subimos de nuevo a los vehículos y avanzamos por un camino de terracería que salía de Quitupán hacia Rafael Pisano. El camino era estrecho, con vegetación densa a los lados, perfecto para una emboscada. Todos teníamos el dedo en el gatillo.

 A las 6:30 de la mañana llegamos a un claro y ahí fue cuando lo vi. Tres vehículos abandonados en medio del monte. Pero no eran vehículos normales, eran coches monstruo, camionetas pickup transformadas en tanques improvisados. Tenían placas de acero de 5 mm soldadas en las puertas, cristales antibalas en las ventanas y torretas improvisadas en la parte trasera donde claramente habían montado ametralladoras pesadas.

 El comandante Rojas dio la orden. Todos descienden. Formación de seguridad. Equipo de análisis forense, adelante. Nadie toca nada hasta que esté fotografiado y registrado. Bajé del vehículo y me acerqué despacio a uno de los coches monstruo. Era impresionante. El blindaje estaba hecho con precisión militar. Las soldaduras eran profesionales.

 Esto no era trabajo de sicarios comunes, esto era trabajo de ingenieros. El cabo Martínez se acercó y silvó. Mira nada más este desmadre. Estos coches pueden aguantar disparos de fusil sin problemas. Yo toqué una de las placas de acero. Todavía estaba tibia. Cabo, esto está caliente. Estos coches estuvieron funcionando hace poco. El teniente Durán escuchó mi comentario y se acercó.

 Puso su mano sobre el cofre de uno de los vehículos. Navarro tiene razón. El motor todavía tiene calor residual. Estos vehículos fueron abandonados hace menos de 6 horas. En ese momento sentí ese escalofrío que siempre siento cuando algo no está bien. Miré alrededor, el monte, las montañas, el cielo que empezaba a aclararse.

 Alguien nos había estado observando, alguien nos había visto llegar y alguien había evacuado la zona justo a tiempo. El comandante Rojas se acercó a nosotros y dijo algo que se me quedó grabado para siempre. Esto no es un decomiso, caballeros. Esto es una escena del crimen que alguien dejó para que nosotros la encontráramos.

 No entendí lo que quiso decir en ese momento, pero horas después, cuando la verdad saliera a la luz, esas palabras cobrarían un sentido terrorífico. Si estás sintiendo la misma tensión que yo sentí, déjame un comentario diciéndome desde qué ciudad me estás escuchando.

 El comandante Rojas ordenó que el equipo forense del ejército comenzara a documentar todo. Fotógrafos militares tomaban imágenes desde todos los ángulos. Técnicos en balística revisaban las torretas donde habían montado las armas y nosotros, los soldados del batallón, formamos un perímetro de seguridad alrededor de los coches monstruo.

 El teniente Durán me ordenó, “Navro, acompaña al equipo forense. Quiero un reporte detallado de todo lo que encuentren dentro de esos vehículos.” Asentí y me acerqué al primer coche monstruo junto con el sargento técnico Flores, especialista en armamento del CJNG. Abrimos la puerta trasera del primer vehículo. Adentro había cajas de madera apiladas.

 El sargento Flores abrió la primera caja con cuidado. Mira esto, Navarro. Adentro había una ametralladora calibre 50 con su caja de municiones sellada. Esta es una Browning M2. Uso exclusivo militar. Esta arma puede derribar helicópteros. Abrimos la segunda caja. 17 cargadores de alto calibre, todos llenos. El sargento Flores Silvo. Estos son cargadores para fusiles AR15 y AK47.

 Cada uno tiene 30 cartuchos. Estamos hablando de 510 cartuchos solo en estos cargadores. En la tercera caja había municiones sueltas. El sargento Flores comenzó a contarlas. Yo lo ayudé. Tardamos 20 minutos en contar todo. 1171 cartuchos dijo el sargento Flores, anotando en su libreta. Esto es suficiente para una guerra pequeña. Pasamos al segundo vehículo.

 Adentro había chalecos tácticos negros con placas balísticas insertadas. El sargento Flores revisó las placas. Nivel cuatro. Estas placas pueden detener balas de fusil de alta potencia. Esto no se consigue en el mercado negro. Esto es equipamiento militar robado o importado de Estados Unidos. Encontramos cuatro placas balísticas más.

 un casco de protección con sistema de visión nocturna incorporado, radios de comunicación encriptada y hasta un dron táctico todavía en su caja. Mientras documentábamos todo, el cabo Martínez se acercó y me dijo, “Navro, ven a ver esto.” Lo seguí hacia el tercer vehículo. Adentro había algo que me hizo entender la magnitud de lo que habíamos encontrado.

 Mapas militares detallados de la región con rutas marcadas, puntos de vigilancia señalados y coordenadas GPS escritas a mano. Esto no es equipo de sicarios normales dije en voz alta. Esto es equipo de una célula de élite de las que protegen a alguien muy importante. El sargento Flores me miró serio. Exacto. Estos coches monstruo no se usan para trasladar mercancía o para enfrentamientos callejeros.

 Se usan para una cosa, proteger a los jefes máximos del cartel mientras se mueven entre plazas. En ese momento, el comandante Rojas nos llamó a todos. Caballeros, acérquense. Nos reunimos alrededor de él. Tenía una expresión que no le había visto antes, una mezcla de orgullo y preocupación. Esto que acabamos de decomisar es el arsenal más grande que el ejército mexicano ha confiscado en Jalisco en todo el año 2025.

 Esto va a salir en todos los noticieros. Ustedes van a ser héroes nacionales. Todos aplaudimos, nos abrazamos. El cabo Martínez me dio una palmada en la espalda. Lo logramos, Navarro. Yo sonreí. Me sentía orgulloso. Sentía que finalmente estábamos ganando la guerra contra el narco.

 Pero entonces el teniente Durán preguntó algo que todos estábamos pensando, pero nadie se atrevía a decir. Mi comandante, ¿a quién estaban protegiendo estos coches, monstruo? El comandante Rojas lo miró fijamente. Todavía no lo sabemos, teniente, pero la inteligencia está analizando todo. En cuanto tengamos información, se las haré saber. Regresamos al trabajo de documentación.

 Tardamos 3 horas en fotografiar, inventariar y embalar todo el arsenal. Mientras cargábamos las cajas en los vehículos militares, miré hacia las montañas que rodeaban Rafael Pisano. Eran verdes, imponentes, silenciosas. Y en ese momento tuve un pensamiento que no pude quitarme de la cabeza. Si quien sea que estaba aquí dejó todo este arsenal atrás, es porque tenía algo mucho más importante que proteger.

 No sabía que ese algo era alguien y que ese alguien nos estaba observando desde esas montañas, sabiendo que habíamos llegado demasiado tarde. A las 10 de la mañana llegó un segundo convoy militar desde Guadalajara. Traían al equipo de inteligencia especializado de la Sedena. Técnicos en balística avanzada, analistas forenses y especialistas en crimen organizado.

 Entre ellos venía el capitán Méndez, un hombre de 45 años con fama de ser el mejor analista de operaciones del CJNG en todo el país. El comandante Rojas lo recibió con un saludo militar. Capitán Méndez, bienvenido a Quitupán. Tenemos un decomiso importante que necesita su análisis urgente. El capitán Méndez no respondió.

 caminó directo hacia los coches monstruo, los observó por unos segundos y luego dijo, “Necesito los números de serie de todas las armas, los números de placa de los vehículos y quiero muestras de huellas dactilares de todas las superficies.” Durante las siguientes dos horas, el equipo de inteligencia trabajó en silencio absoluto.

 Nosotros, los soldados del batallón, montamos guardia alrededor del perímetro. Yo estaba asignado en el punto norte, vigilando el camino de terracería por donde habíamos llegado. El cabo Martínez estaba conmigo. Mientras vigilábamos me dijo, “Navro, ¿no te parece raro que hayan dejado todo esto atrás?” Le pregunté a qué se refería. “Mira, estos coches monstruo valen millones de pesos, el armamento otros millones.

 ¿Por qué alguien dejaría todo esto abandonado?” Pensé en su pregunta. Tenía razón. Los carteles no abandonan equipo así como así. Cada fusil, cada chaleco, cada bala tiene un costo y el CJRNG no era conocido por desperdiciar recursos. A las 12 del mediodía, el capitán Méndez nos llamó a todos. Tenía una laptop abierta con información en la pantalla.

 Caballeros, los resultados del análisis preliminar están listos y necesito que presten atención porque esto cambia todo. Proyectó en la pantalla placas de los tres vehículos. Estos coches monstruo están registrados en Michoacán bajo nombres falsos. Los dueños legales no existen. Son identidades fantasma creadas por el cartel.

 Pero lo interesante es que estos vehículos fueron vistos por última vez hace tres meses en la región de Aguililla. Aguililla. Todos conocíamos ese nombre. Era el pueblo natal de El Mencho, la cuna del CJNG, el corazón del imperio. El capitán Méndez continuó. Los números de serie de las armas coinciden con un lote de armamento que fue contrabandeado desde Arizona hace 6 meses.

 La DEA tiene registro de este cargamento. Son armas de uso militar vendidas ilegalmente a través de la frontera. Hizo una pausa. Luego mostró otra imagen en la pantalla. Conversaciones interceptadas de radios encriptados. A las 4 de la madrugada de hoy, 9 de octubre, la inteligencia interceptó una comunicación en frecuencia del CJNG. Escuchen esto. Reprodujo un audio.

 Era una voz masculina, tranquila, con acento de Michoacán. El patrón ya salió. Dejen todo. Repito, dejen todo. Prioridad es la seguridad del patrón. El silencio que siguió fue absoluto. Todos entendimos lo que eso significaba. El teniente Durán preguntó. El patrón se refieren a El capitán Méndez asintió.

 Estos coches monstruo no son de una célula cualquiera. Son de escoltas de primer nivel, las que se usan exclusivamente para proteger a los líderes máximos del CJNG durante traslados entre plazas. El comandante Rojas preguntó, “¿Qué tan altos estamos hablando, capitán?” El capitán Méndez cerró su laptop. Los cinco hombres más poderosos del CJNG tienen escoltas con este nivel de equipamiento, el 03, el RR, el M2 y Nemesio o Ceguera Cervantes.

 Escuchar ese nombre fue como recibir un golpe en el estómago, el Mencho, el hombre más buscado de México. 15 millones de dólares de recompensa de Estados Unidos, 300 millones de pesos del gobierno mexicano, el fugitivo más peligroso del continente. El cabo Martínez murmuró, “No puede ser.” El capitán Méndez levantó la mano.

 Todavía no tenemos confirmación absoluta, pero hay alta probabilidad de que un objetivo de alto valor estuviera en esta zona en las últimas 24 horas. Estamos cruzando datos con informes de la DEA y con análisis de satélite. Me sentí mareado. Era posible que hubiéramos estado persiguiendo a el Mencho sin saberlo.

 Era posible que ese arsenal, esos coches monstruo, fueran de su escolta personal. El comandante Rojas dio una orden. Quiero un barrido completo de la zona en un radio de 10 km. Equipos de búsqueda con perros rastreadores. Helicópteros con cámaras térmicas. Si hay alguna casa de seguridad, algún escondite, lo vamos a encontrar. Durante las siguientes tres horas, el batallón se desplegó por toda la región.

 Revisamos casas abandonadas, ranchos vacíos, caminos de terracería. Los helicópteros sobrevolaban las montañas buscando señales de calor. Yo seguía en el perímetro de seguridad junto al Cabo Martínez. Él me miró y me dijo, “Navro, si de verdad estuvimos cerca del Mencho y lo dejamos escapar, esto se va a convertir en el fracaso más grande del ejército mexicano en años.

” No respondí porque sabía que tenía razón y porque una parte de mí ya sabía la verdad que todavía no queríamos aceptar. A las 2 de la tarde, uno de los equipos de búsqueda reportó por radio, “Comandante Rojas, encontramos una estructura a 3 km al noreste de Rafael Pisano. Parece ser una casa de seguridad. Solicito permiso para entrar.” El comandante Rojas respondió.

“Permiso concedido. Procedan con precaución todos los equipos. Diríganse a esa ubicación como refuerzo. Subimos a los vehículos y nos dirigimos hacia las coordenadas. El camino era prácticamente inexistente, solo tierra y piedras. Tardamos 15 minutos en llegar.

 Cuando llegamos, vi una casa pequeña de concreto en medio de la nada, rodeada de árboles, casi invisible desde la carretera principal. Bajamos de los vehículos con las armas en posición de combate. El equipo de vanguardia ya había revisado el perímetro exterior. El soldado Hernández, que lideraba ese equipo, nos informó. La casa está vacía, mi comandante, pero hay señales de evacuación reciente. Entramos a la casa.

Era pequeña, una sala, una cocina, dos recámaras, un baño, pero lo que había adentro no era normal. En la cocina había comida fresca sobre la mesa, frutas sin pelar, pan todavía suave, una botella de agua a medio terminar. En el refrigerador había carne, verduras, refrescos de marca cara, todo reciente.

 En la sala había una televisión de pantalla grande, un sofá de piel y una mesa de centro con revistas de hace una semana. El teniente Durán las revisó. Estas son revistas de negocios y política, no son de sicarios comunes. Pasamos a la primera recámara. Había una cama king size con sábanas de alta calidad, todavía sin tender. En el closet había ropa cara, camisas de marca, pantalones finos, zapatos italianos. El cabo Martínez revisó las etiquetas.

 Esto es ropa de miles de dólares. Aquí no vivía un sicario, vivía alguien con dinero. En el baño encontramos medicamentos. El capitán Méndez los revisó con cuidado. Estos son medicamentos para problemas respiratorios. inhaladores, corticosteroides, antibióticos de última generación. Tomó fotos de todas las cajas.

 Voy a mandar esto a análisis médico. Quiero saber exactamente para qué enfermedad son estos medicamentos. Pasamos a la segunda recámara y ahí fue donde todo cambió. En esa habitación había un sistema de comunicación por satélite valorado en más de $50,000. Equipos de transmisión encriptada, antenas parabólicas, computadoras con pantallas múltiples. El capitán Méndez se quedó paralizado.

 Esto, esto no es equipamiento de cartel, esto es equipamiento de inteligencia militar. El comandante Rojas preguntó, “¿Qué significa eso, capitán?” El capitán Méndez respondió sin dejar de mirar las pantallas. Significa que quien estaba aquí tenía acceso a comunicación global.

 podía hablar con cualquier persona en cualquier parte del mundo sin ser rastreado. Esto es tecnología que ni siquiera todos los batallones del ejército tienen. Revisamos el patio trasero. Había un pozo de agua, un pequeño huerto y una estructura metálica que parecía ser un elipuerto improvisado. El sargento Flores analizó las marcas en el suelo. Aquí aterrizó un helicóptero hace poco. Miren las marcas de los patines. Son recientes.

 El comandante Rojas reunió a todos los oficiales en el patio. Caballeros, lo que tenemos aquí no es una casa de seguridad de un comandante regional. Esto es una residencia temporal de un líder de primer nivel, alguien con recursos ilimitados, alguien que necesita moverse constantemente, pero con todas las comodidades. El teniente Durán preguntó lo que todos estábamos pensando.

 ¿Cuándo evacuaron esta casa, mi comandante? El capitán Méndez revisó sus notas. Basándonos en la temperatura de la comida, el estado de las sábanas y las marcas del helicóptero, yo diría que esta casa fue evacuada entre las 3 y las 4 de la madrugada de hoy. El comandante Rojas miró su reloj. Nosotros llegamos a Quitupan a las 6 de la mañana.

 Hizo una pausa. Eso significa que quien estaba aquí se fue dos horas antes de que llegáramos. El silencio fue brutal. Dos horas, solo dos horas de diferencia entre nosotros y quién. El capitán Méndez tomó su teléfono satelital. Voy a llamar a la Ciudad de México. Necesito que un equipo especial de la Sedena venga inmediatamente.

 Esto ya no es un operativo de decomiso de armamento. Esto es potencialmente una operación de captura de alto valor. Mientras esperábamos la respuesta de Ciudad de México, me senté en el patio de esa casa. Miré las montañas alrededor. Todo estaba tranquilo, demasiado tranquilo. El cabo Martínez se sentó a mi lado. ¿En qué piensas, Navarro? Le dije la verdad.

 Pienso que alguien sabía que íbamos a venir. Alguien avisó. Por eso evacuaron justo a tiempo. Por eso dejaron los coches monstruo atrás, porque ya no los necesitaban, porque ya habían puesto en marcha el plan de escape. El cabo Martínez suspiró. Si eso es cierto, significa que tenemos infiltrados en el ejército.

 No respondí porque esa era una verdad que todos conocíamos pero nadie quería admitir. El CJNG tenía informantes en todos lados, policías, militares, políticos. Y si realmente habíamos estado persiguiendo a el Mencho sin saberlo, alguien le había avisado que veníamos. Esa noche armamos campamento alrededor de la casa de seguridad.

 El comandante Rojas ordenó vigilancia total. Nadie dormía. Todos teníamos el fusil cargado y listo. Yo me quedé despierto mirando las estrellas. Pensé en Lupita, en Miguel, en mi madre rezando por mí en Tepic. Pensé en todos los años que había dedicado a perseguir al crimen organizado y pensé en lo cerca que habíamos estado y lo lejos que seguíamos.

 No sabía que al día siguiente, cuando llegara el equipo especial de Ciudad de México, iba a escuchar la verdad más dolorosa de mi carrera militar. El 10 de octubre de 2025, a las 8 de la mañana aterrizó un helicóptero militar en elipuerto improvisado de la Casa de Seguridad. Bajaron cinco hombres vestidos de civil con chalecos que decían Sedena, inteligencia militar.

 Entre ellos venía el comandante general Rivas, un hombre de 58 años, veterano de la guerra contra el narco, con una reputación intocable. El comandante Rojas lo saludó con respeto militar. Mi general, bienvenido a Quitupan. Tenemos información importante para su análisis. El general Rivas no perdió tiempo. Muéstrame todo. Los coches monstruo, el arsenal, esta casa. Quiero ver cada detalle con mis propios ojos.

 Pasamos las siguientes dos horas mostrándole todo al equipo de inteligencia de Ciudad de México. Revisaron cada rincón de la casa, fotografiaron cada objeto, tomaron muestras de todo. El general Rivas no hablaba, solo observaba con una expresión que no podía descifrar. A las 10 de la mañana nos reunió a todos en el patio.

 Oficiales, soldados, técnicos, más de 60 personas formadas esperando sus palabras. Cuando habló, su voz era firme, pero cargada de algo que sonaba a frustración. Caballeros, lo que voy a decirles ahora es información clasificada a nivel máximo. Por orden directa de la Secretaría de la Defensa Nacional, lo que escuchen en esta reunión no puede ser compartido con nadie, ni con sus familias, ni con sus amigos, ni siquiera entre ustedes fuera de contexto operativo.

 ¿Entendido? Todos respondimos. Entendido, mi general. El general Rivas sacó una carpeta con el sello de altamente clasificado. La abrió y mostró una fotografía. Era una foto de vigilancia satelital de la casa donde estábamos parados. Esta casa de seguridad ha estado bajo monitoreo de la DEA durante 6 meses.

 Las imágenes satelitales confirman que ha sido usada como punto de tránsito por líderes del CJNG que se mueven entre Jalisco y Michoacán. mostró otra imagen. Era un análisis médico de los medicamentos que encontramos. Los medicamentos que se encontraron en el baño son para tratamiento de enfermedad pulmonar obstructiva crónica avanzada.

 Ese tipo de enfermedad es rara y según registros médicos filtrados, solo un líder de cartel de primer nivel en México tiene ese diagnóstico. No dijo el nombre, no hacía falta. Todos sabíamos de quién estaba hablando. El general Rivas continuó. El análisis de las conversaciones interceptadas de los radios confirma que la evacuación de esta casa ocurrió a las 4 de la madrugada del 9 de octubre, dos horas antes de que ustedes llegaran a Quitupán.

 El teniente Durán levantó la mano. Mi general, ¿cómo supieron que íbamos a llegar? El general Rivas lo miró fijamente. Esa es la pregunta correcta, teniente. Y la respuesta es la más dolora, alguien les avisó. Alguien dentro de las fuerzas armadas o de inteligencia filtró información sobre este operativo. El silencio fue devastador. Nadie se atrevía a hablar.

Nadie quería aceptar que entre nosotros, entre los soldados mexicanos que juramos defender a la patria, había traidores. El general Rivas cerró la carpeta basándonos en toda la evidencia recopilada. los medicamentos, el sistema de comunicación satelital, el nivel de seguridad de esta casa, los coches monstruo con blindaje militar y los informes cruzados con la DEA.

 La conclusión de inteligencia es la siguiente. Hizo una pausa que pareció eterna. Nemesio Rubénuera Cervantes, alias el Mencho, líder del cártel Jalisco Nueva Generación, estuvo en esta casa de seguridad desde el 7 hasta el 9 de octubre de 2025. evacuó la zona aproximadamente a las 4 de la madrugada del día de hoy, 2 horas antes de la llegada del segundo batallón de operaciones especiales. Los coches monstruo de comisados pertenecían a su escolta personal.

 El arsenal confiscado era su equipamiento de emergencia. Y en el momento en que ustedes encontraron esos vehículos en Rafael Pizano, otra pausa. El mencho estaba a 5.2 km de distancia, evacuando hacia las montañas de Michoacán en helicóptero. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. 5 km. Cinco malditos kilómetros.

 Yo había estado a esa distancia del hombre más buscado de México. Yo había tocado sus coches, yo había caminado por su casa, yo había revisado sus medicamentos y no lo sabía. El cabo Martínez murmuró a mi lado. No puede ser. El general Rivas continuó. Según coordenadas de última ubicación satelital, el mencho fue rastreado hasta las montañas de Coalcomán, Michoacán.

 Ahí perdimos su señal. Lo más probable es que esté usando refugios subterráneos o cuevas naturales donde los satélites no pueden detectar calor humano. El comandante Rojas preguntó con voz temblorosa, “¿Por qué no nos avisaron antes, mi general? Si la DEA tenía esta casa bajo vigilancia desde hace 6 meses, ¿por qué no nos informaron que el mencho estaba aquí?” El general Rivas lo miró con algo que parecía compasión, porque la DEA tampoco sabía con certeza que era él hasta que analizaron los medicamentos. Y cuando lo confirmaron, ya era tarde. Ya

había escapado. Me senté en el suelo, no podía seguir de pie. El teniente Durán puso su mano en mi hombro. Tranquilo, Navarro. Pero no estaba tranquilo, estaba devastado. 12 años de carrera militar, 12 años persiguiendo células del CJNG, 12 años soñando con ser parte del operativo que capturara a el Mencho y cuando finalmente estuve cerca a 5 km de distancia lo dejé escapar. El general Rivas dio la última orden.

 Este operativo será clasificado. Oficialmente, el segundo batallón decomisó armamento de alto calibre en Quitupán en un operativo de rutina. No se mencionará a El Mencho, no se mencionará la Casa de Seguridad, no se mencionará la proximidad. ¿Entendido? Todos asentimos en silencio. Los medios de comunicación recibirán un comunicado oficial sobre el decomiso del arsenal.

Habrá conferencia de prensa en Guadalajara. Ustedes serán presentados como héroes por este logro. Pero la verdad completa, la verdad de que estuvimos a 5 km del Mencho y lo dejamos escapar, esa verdad nunca va a salir a la luz. El general Rivas subió de nuevo al helicóptero. Antes de despegar me miró a los ojos.

 No dijo nada, pero en esa mirada vi algo que me marcó para siempre. La misma frustración que yo sentía. Cuando el helicóptero desapareció en el horizonte, el comandante Rojas nos dio la orden de retornar a Guadalajara. Empacamos todo el equipo, cargamos el arsenal de comisado y nos subimos a los vehículos en silencio absoluto.

 Durante todo el camino de regreso, nadie habló. Todos estábamos procesando la misma verdad dolorosa. Habíamos estado tan cerca y al final tan lejos. Y lo peor de todo era saber que alguien en algún lugar dentro del ejército mexicano le había avisado a el mencho que veníamos.

 Y gracias a ese traidor, el hombre más buscado de México seguía libre. Ya había pasado todo ese día y toda esa noche en Quitupán. Habíamos montado campamento alrededor de la casa de seguridad, turnándonos para vigilar, esperando órdenes de Ciudad de México. Yo casi no dormí. Cada vez que cerraba los ojos veía esos coches monstruo, ese equipamiento militar, esa casa que alguien había abandonado con tanta prisa.

 El 10 de octubre de 2025, a las 8 de la mañana escuchamos el sonido de un helicóptero acercándose. Todos nos pusimos de pie. El helicóptero aterrizó en el elipuerto improvisado que habíamos encontrado detrás de la casa. Bajaron cinco hombres vestidos de civil con chalecos que decían Sedena, inteligencia militar. Y entre ellos bajó un hombre de uniforme militar impecable con insignias de comandante general. El comandante Rojas se cuadró inmediatamente.

Mi general, bienvenido a Quitupán. El general lo saludó con un apretón de manos y dijo, “Comandante Rojas, reúna a todos sus elementos. Tengo información crítica que deben escuchar. Nos formamos en el patio de la casa. Oficiales, soldados, técnicos, más de 60 personas en formación militar perfecta. El general caminó frente a nosotros mirándonos uno por uno.

 Cuando llegó frente a mí, me miró directo a los ojos por 2 segundos. No sé por qué, pero sentí que podía ver todo lo que yo estaba pensando. Finalmente habló. Su voz era firme, pero había algo en su tono que nunca había escuchado antes en un superior militar. Sonaba a frustración profunda.

 Caballeros, lo que voy a decirles ahora es información clasificada nivel máximo. Por orden directa de la Secretaría de la Defensa Nacional, lo que escuchen en este momento no puede ser compartido con absolutamente nadie. ni con sus esposas, ni con sus padres, ni con sus hijos, ni siquiera entre ustedes fuera de contexto operativo. Si violan esta orden, enfrentarán corte marcial por traición a la patria.

 ¿Entendido? Todos respondimos al mismo tiempo. Entendido, mi general. El general sacó una carpeta con el sello rojo de altamente clasificado estampado en la portada. La abrió y sacó varias fotografías. Eran imágenes satelitales de la casa donde estábamos parados, tomadas desde el espacio. Me di cuenta de que llevaban meses vigilando este lugar.

 Esta casa de seguridad ha estado bajo monitoreo satelital de la DEA durante los últimos 6 meses”, dijo el general. Las imágenes confirman que ha sido utilizada como punto de tránsito por líderes de primer nivel del CJNG que se mueven entre Jalisco y Michoacán. mostró otra imagen. Era un análisis médico detallado de los medicamentos que habíamos encontrado en el baño.

 El equipo forense de la Sedena analizó estos medicamentos. Son para tratamiento de enfermedad pulmonar obstructiva crónica en etapa avanzada. Este tipo de enfermedad es extremadamente rara en hombres menores de 60 años. Y según registros médicos que hemos obtenido a través de la DEA, solo un líder de cártel en México tiene ese diagnóstico específico. El silencio era absoluto. Nadie se atrevía a respirar fuerte.

 El general continuó. El análisis de las comunicaciones interceptadas de los radios que ustedes decomisaron confirma que esta casa fue evacuada a las 4 de la madrugada del 9 de octubre, exactamente 2 horas antes de que su convoy llegara a Quitupán. El teniente Durán levantó la mano.

 Mi general, ¿cómo supieron que íbamos a llegar? El general lo miró con una expresión que nunca voy a olvidar. Porque alguien les avisó, teniente. Alguien dentro de nuestras propias filas filtró información sobre este operativo. Alguien le dio el tiempo exacto para escapar. Sentí que me faltaba el aire. Traidores. Había traidores en el ejército mexicano.

 Hombres que habían jurado defender a México vendiendo información al enemigo. El general cerró la carpeta por un momento, respiró profundo, luego la abrió de nuevo y sacó una última fotografía. Era una imagen satelital con coordenadas GPS marcadas, basándonos en toda la evidencia recopilada, los medicamentos específicos, el sistema de comunicación satelital valorado en más de $50,000, el nivel de seguridad militar de esta instalación, los coches monstruo con blindaje de uso exclusivo militar y los informes cruzados con agentes de la DEA en México. La conclusión de la inteligencia militar es definitiva. Hizo

una pausa que pareció durar una eternidad. Nemesio Rubeno Seguera Cervantes, alias El Mencho, líder máximo del cártel Jalisco Nueva Generación, estuvo en esta casa de seguridad desde el día 7 hasta el día 9 de octubre de 2025. evacuó la zona aproximadamente a las 4 de la madrugada del día de hoy mediante helicóptero, 2 horas antes de la llegada del segundo batallón de operaciones especiales a Quitupán. Me temblaban las manos.

 El Mencho había sido él. Todo este tiempo, todo este arsenal, toda esta operación, habíamos estado persiguiendo al hombre más buscado de México sin saberlo. El general mostró la imagen satelital con las coordenadas. Según el último rastreo de señal de calor del helicóptero, cuando ustedes estaban decomizando los coches monstruo en Rafael Pisano a las 6:30 de la mañana, Nemesio o Ceguera Cervantes estaba evacuando hacia las montañas de Michoacán a una distancia de 5.2 km 

de su posición. 5.2 km. Yo había estado a 5.2 km del hombre con recompensa de 15 millones de dólares de Estados Unidos. Yo había tocado sus coches, yo había caminado por su casa, yo había visto sus medicamentos, su comida, su ropa y no lo sabía. El cabo Martínez, que estaba a mi lado, murmuró, “Dios mío, si estás sintiendo la misma impotencia que yo sentí en ese momento, déjame un comentario diciéndome si crees que algún día vamos a capturar a el Mencho.” El general continuó. El helicóptero fue rastreado hasta las montañas de Coalcomán, Michoacán. donde

perdimos su señal térmica. Lo más probable es que esté utilizando refugios subterráneos o cuevas naturales preparadas con anticipación, donde nuestros satélites no pueden detectar presencia humana. El comandante Rojas preguntó con voz que temblaba, “¿Por qué no nos informaron antes, mi general? Si la DEA tenía esta casa bajo vigilancia desde hace 6 meses, ¿por qué no nos avisaron que el Mencho estaba aquí?” El general lo miró con algo que parecía compasión, porque ni siquiera la DEA lo sabía con certeza hasta que analizamos

los medicamentos ayer por la noche. Ellos sabían que esta casa era usada por líderes del seco ANG, pero no tenían confirmación de quién específicamente. Y cuando finalmente lo confirmaron, ya era demasiado tarde. Ya había escapado. Otra vez me dejé caer sentado en el suelo. No podía seguir de pie. Las piernas no me respondían.

 12 años de carrera militar, 12 años persiguiendo células del CJNG, 12 años soñando con ser parte del operativo que capturara a el Mencho y cuando finalmente estuve cerca, a 5 km de distancia, ni siquiera lo supe hasta que fue demasiado tarde. El teniente Durán puso su mano en mi hombro. Tranquilo, Navarro, no fue tu culpa. Pero sí se sentía como mi culpa.

 Se sentía como el fracaso más grande de mi vida. En ese momento entendí por qué el ejército nunca iba a contar esta historia al público mexicano, porque estuvimos tan cerca de capturar al hombre más peligroso del país y lo dejamos escapar por culpa de un traidor que nunca vamos a encontrar. El general nos dejó procesar la información por unos minutos.

 Algunos soldados lloraban, otros golpeaban el suelo con rabia. Yo solo me quedé sentado mirando al vacío, preguntándome cómo era posible que esto hubiera pasado. Finalmente, el general habló de nuevo. Caballeros, necesito su atención completa para lo que viene ahora. Todos nos pusimos de pie de nuevo, formados en posición militar. Esta información es clasificada a nivel máximo.

 Oficialmente, el segundo batallón de operaciones especiales decomisó armamento de alto calibre y vehículos blindados artesanales en un operativo de rutina en Quitupán, Jalisco. Esa es la única versión que existe. Si alguien, cualquier persona les pregunta sobre el Mencho, sobre esta casa, sobre la proximidad de 5 km, la respuesta es no hay comentarios. ¿Entendido? Nadie respondió. Estábamos en shock.

 El general alzó la voz. He preguntado si entendieron. Todos respondimos mecánicamente. Entendido, mi general. ¿Por qué hacemos esto? Preguntó el general y respondió su propia pregunta. Primero, porque revelar esta información al público sería admitir que tuvimos una falla de inteligencia masiva.

 Sería decirle a todo México que estuvimos a 5 km del fugitivo más buscado del país y lo dejamos escapar. Eso destruiría la credibilidad del ejército mexicano y fortalecería al CJNG. hizo una pausa. Segundo, porque si el CJNG confirma que ustedes estuvieron tan cerca de su líder máximo, van a querer venganza. Van a investigar quiénes participaron en este operativo, van a buscar sus nombres, sus familias, sus direcciones y van a atacar. No podemos permitir que eso pase. Sentí un escalofrío.

 Mi familia, Lupita, Miguel, estaban en peligro por algo que ni siquiera había sido mi culpa. El general sacó varios documentos de su carpeta. Cada uno de ustedes va a firmar un acuerdo de confidencialidad militar. Este documento los obliga legalmente a nunca, bajo ninguna circunstancia, revelar lo que sucedió en Quitupan.

 Si lo hacen, enfrentarán 5 años de prisión militar por divulgación de secretos de estado. Pasaron los documentos entre nosotros. Yo leí el mío. Era claro. Cualquier mención del Mencho, cualquier mención de la distancia de 5 km, cualquier mención de la casa de seguridad era traición. Firmé el documento. Todos lo firmamos. ¿Qué otra opción teníamos? El comandante Rojas se acercó al general.

 Mi general, con todo respeto, necesito hacer una pregunta. ¿Quién fue el traidor que le avisó a el mencho que veníamos? El general lo miró con tristeza. Esa es la pregunta de 15 millones de dólares, comandante, y no tenemos respuesta. Podría haber sido alguien en el cuartel de Guadalajara. Podría haber sido alguien en inteligencia militar.

 Podría haber sido alguien en la oficina del gobernador de Jalisco. Podría haber sido cualquier persona con acceso a los planes de operativos. Estamos investigando, pero la verdad es que puede ser imposible encontrarlo. El cabo Martínez murmuró a mi lado. Entonces, ¿vamos a seguir perdiendo siempre? El general lo escuchó. No, soldado, no.

 Vamos a seguir perdiendo porque aunque el mencho escapó esta vez decomisamos su arsenal de emergencia, destruimos su refugio más seguro y ahora sabe que estamos más cerca que nunca. Eso lo hace más vulnerable, eso lo hace cometer errores. No sonaba convencido. Ninguno de nosotros lo estaba. El general dio la orden final. Operación Kitupan, oficialmente terminada. Regreso inmediato a Guadalajara.

 Los coches monstruos serán transportados a instalaciones federales para análisis. El armamento de comisado será presentado en conferencia de prensa mañana en Guadalajara. El comandante Rojas y yo hablaremos con los medios. Ustedes no hablarán con nadie. ¿Entendido? ¿Entendido, mi general? Media hora después estábamos de regreso en los vehículos militares saliendo de Quitupán.

 Miré por la ventana hacia esa casa de seguridad que se hacía cada vez más pequeña en la distancia. Había sido la casa del Mencho. Yo había caminado donde él caminó. Había respirado el mismo aire y nunca lo supe hasta que fue demasiado tarde. El viaje de regreso a Guadalajara fue en silencio absoluto. Nadie hablaba. Todos estábamos procesando lo mismo.

 Habíamos estado tan cerca del objetivo más importante de nuestras carreras militares y un traidor nos lo había robado. Al día siguiente, 11 de octubre, el comandante Rojas dio una conferencia de prensa en Guadalajara. Yo la vi por televisión desde mi casa.

 El ejército mexicano decomisó tres vehículos blindados artesanales, una ametralladora de alto calibre, más de 1000 cartuchos y equipamiento táctico en un operativo exitoso en Quitupán, Jalisco. Este es un golpe significativo al crimen organizado en la región. Los periodistas aplaudieron. El gobernador de Jalisco felicitó al ejército. Los periódicos publicaron nuestras fotos con el arsenal de comisado.

 Titulares decían: “Ejército mexicano, desmanté la célula del CJNG”. Yo era un héroe en los periódicos, pero por dentro me sentía como el peor fracaso de mi carrera militar, porque yo sabía la verdad que nunca iba a salir en esas noticias. Las semanas que siguieron a Quitupán fueron las más difíciles de mi vida. No podía dormir.

 Cada vez que cerraba los ojos veía esos coches monstruo, esa casa abandonada, ese helicóptero que nunca vi, pero que me imaginaba llevándose a el mencho mientras yo revisaba su arsenal. Me despertaba a las 3 de la madrugada empapado en sudor, con el corazón acelerado, pensando, “¿Qué habría pasado si hubiéramos salido dos horas antes? Y si hubiéramos llegado a las 4 de la mañana en lugar de las 6, ¿estaría el mencho preso ahora? Lupita se despertaba conmigo. Otra pesadilla me preguntaba.

Yo asentía. Ella me abrazaba y me decía, “Ya pasó, mi amor, ya pasó.” Pero no había pasado. Seguía pasando cada noche en mi cabeza. Una noche, a finales de octubre, Lupita me encontró en la sala a las 4 de la madrugada con mapas de Kitupán extendidos en la mesa. Había marcado con plumón rojo la casa de seguridad, con plumón azul el lugar donde decomizamos los coches monstruo, con plumón verde las rutas de escape posibles.

 Estaba midiendo distancias, calculando tiempos, tratando de entender cómo nos había ganado. “Rodrigo, esto no es sano”, me dijo Lupita. Ya no eres el mismo desde que regresaste de ese operativo. No duermes, casi no comes y cuando Miguel te habla es como si no lo escucharas. Tenía razón, había cambiado. Algo se había roto dentro de mí en Quitupán.

 Lupita, yo estuve a 5 km del hombre más buscado de México. Le dije. 5 km. Esa es la distancia de aquí al centro de Tepic. Yo pude haberlo visto. Yo pude haberlo capturado, pero alguien le avisó que veníamos y me detuve. No podía decir más. Había firmado el acuerdo de confidencialidad. No fue tu culpa, me dijo Lupita tomando mis manos. Tú hiciste tu trabajo.

Decomizaron armas, decomizaron vehículos, salvaron vidas al quitar ese arsenal de las calles. Pero no se sentía como un triunfo, se sentía como un fracaso enorme. En noviembre comenzaron a llegar noticias preocupantes. El teniente Durán me llamó una noche y me dijo, “Navro, la inteligencia militar detectó que el CHNG está investigando quiénes participaron en el operativo de Quitupan.

 Hay fotos tuyas en las conferencias de prensa. Tu nombre está en reportes periodísticos. Necesitas tener cuidado. Le pregunté qué tan peligroso era. Me dijo, “¿Recuerdas el operativo de 2015 donde derribaron el helicóptero militar? El CJNG rastreó a los familiares de los soldados que participaron. Atacaron casas, amenazaron esposas e hijos. Esto no es un juego, compa.

 Esa misma semana pusieron seguridad permanente afuera de mi casa en Guadalajara. Dos policías estatales en una patrulla vigilando 24 horas. Miguel, que tenía 6 años, me preguntó, “Papi, ¿por qué hay policías afuera? ¿Hicimos algo malo?” No supe qué responderle. Le dije, “No, mi hijo, es solo protección temporal. No te preocupes. Pero yo sí estaba preocupado.

Estaba aterrado. Había puesto en peligro a mi familia por estar a 5 km de un hombre que ni siquiera había visto. Una mañana de noviembre, después de otra noche sin dormir, decidí ir a la iglesia. Fui solo, sin decirle a Lupita. Manejé hasta Tepic y entré a la iglesia de San Francisco, la misma donde mi madre me llevaba de niño.

 Estaba casi vacía, solo había dos señoras ancianas rezando el rosario. Me senté en una banca al fondo y me quedé mirando el altar. Había una imagen de la Virgen de Guadalupe iluminada con velas. La misma virgen que mi madre me hacía rezarle desde chiquillo. No sé cuánto tiempo estuve ahí sentado.

 Tal vez 20 minutos, tal vez una hora. Solo miraba esa imagen y pensaba en todo lo que había pasado. Finalmente me levanté y fui al confesionario. El padre Martín, el mismo que me había bautizado hace 30 años, estaba ahí. Me reconoció inmediatamente. Rodrigo Navarro me dijo con una sonrisa, hace años que no te veía por aquí, hijo.

Me senté en el confesionario y por primera vez en semanas hablé. Le conté todo. Le conté de Quitupán, de los coches monstruo, de la casa de seguridad. Le conté que había estado a 5 km de el Mencho y que no lo sabía. Le conté que me sentía como un fracaso, que había fallado a México, que había puesto en peligro a mi familia.

 Le conté que no podía dormir, que no podía dejar de pensar en esos 5 km malditos. El padre Martín me escuchó en silencio. Cuando terminé, me dijo algo que nunca voy a olvidar. Rodrigo, la justicia de Dios no es la misma que la justicia de los hombres. Tú piensas que fallaste porque no capturaste a ese hombre. Pero tal vez Dios tenía otro plan. Tal vez no era el momento.

 Tal vez había algo que tenías que aprender de esa experiencia. La soberbia nos hace creer que nosotros controlamos todo, que nosotros podemos derrotar al mal con nuestras propias fuerzas, pero solo Dios tiene ese poder. Nosotros solo podemos hacer nuestro mejor esfuerzo y confiar en que él se encargará del resto. Sus palabras me llegaron profundo. Entonces, ¿qué hago, padre?, le pregunté.

 Sigue siendo soldado, Rodrigo. Sigue protegiendo a México. Sigue intentándolo, pero deja de cargar con una culpa que no te corresponde. Tú no eres responsable de que ese hombre siga libre. Hay fuerzas más grandes que tú trabajando en su contra y llegará su momento. Tal vez no sea mañana, tal vez no sea el año que viene, pero llegará. La justicia divina siempre llega.

 Salí del confesionario sintiéndome un poco más ligero. Fui al altar y me hinqué frente a la Virgen de Guadalupe. Recé en silencio. Virgencita, perdóname por creer que yo podía hacer esto solo. Protege a mi familia, protege a mis compañeros del batallón y si es tu voluntad, permíteme seguir sirviendo a México con dignidad. Ya no busco gloria, solo busco paz.

 Cuando salí de la iglesia, el sol estaba alto. Me sentía diferente. No estaba curado, no había olvidado Kitupan, pero sentía que tal vez, solo tal vez podría aprender a vivir con lo que había pasado. Pero justo cuando pensaba que todo había terminado, cuando creía que podía empezar a dejar Quitupán atrás, el pasado regresó de la forma más inesperada y aterradora.

 El 23 de noviembre de 2025, a las 11 de la noche sonó mi teléfono personal. Era un número desconocido. Normalmente no contestaba llamadas así, pero algo me hizo responder. Bueno, dije. La voz del otro lado era masculina, calmada, con acento del sur de Jalisco. Sargento Rodrigo Navarro, sabemos que estuviste en Quitupán, sabemos que tocaste los coches del patrón.

 Sabemos dónde vives, sabemos dónde trabaja tu esposa, sabemos a qué escuela va tu hijo Miguel. Se me eló la sangre. ¿Quién habla? Pregunté. La voz no respondió mi pregunta. No es una amenaza, sargento. Es solo información para que sepas que sabemos, que siempre sabemos. Y colgó. Me quedé paralizado con el teléfono en la mano.

 Lupita me vio desde la cama. ¿Quién era? No pude responderle. Estaba temblando. Fui al cuarto de Miguel y lo vi dormido, abrazando su oso de peluche. Pensé, los puse en peligro por estar a 5 km de un hombre que ni siquiera vi. Ahora mi familia está en la mira del CJNG. A la mañana siguiente, a primera hora, fui al cuartel y hablé con el teniente Durán.

Le conté de la llamada. Él me llevó inmediatamente con el comandante Rojas. Esto era exactamente lo que temíamos”, dijo el comandante. El CJNG identificó a los soldados del operativo a través de las fotos de las conferencias de prensa. Tienen acceso a bases de datos, tienen contactos en todas partes y ahora te están dejando saber que saben quién eres. “¿Qué hago?”, le pregunté. El comandante llamó a inteligencia militar.

Dos horas después estaba en una reunión con tres oficiales de seguridad. Me explicaron que el CJNG tiene un historial documentado de atacar a familias de militares que participaron en operativos importantes. En 2015, después del ataque al helicóptero militar, rastrearon a los familiares de los soldados caídos y amenazaron a las viudas.

 En 2019, cuando capturaron al hijo del Chapo en Culiacán, el cartel de Sinaloa atacó casas de militares. Esto es real, sargento. No son amenazas vacías. Me ofrecieron dos opciones. Relocación temporal de mi familia a una base militar con seguridad máxima o protección reforzada en mi casa actual. Elegí la relocación. No podía arriesgar a Lupita y a Miguel. Esa misma tarde llegué a casa y le dije a Lupita que teníamos que empacar. Nos vamos a quedar en la base militar por un tiempo.

 Es temporal. Solo hasta que pase esta situación. Lupita me miró con los ojos llenos de lágrimas. ¿Qué situación, Rodrigo? ¿Qué está pasando realmente? Tú no me cuentas nada desde Quitupán. ¿Qué hiciste ahí? ¿Por qué nos están amenazando? No podía decirle la verdad completa por el acuerdo de confidencialidad, pero le dije lo que podía. Estuve muy cerca de alguien muy peligroso.

 Y ahora esa persona sabe quién soy. Necesito protegerlos. Miguel no entendía nada. Vamos a vivir en el cuartel, papi, como los soldados. Traté de sonreírle. Sí, mijo, va a ser una aventura, pero no era una aventura, era una pesadilla. Nos mudamos a la base militar de Guadalajara. Nos asignaron un departamento pequeño dentro del perímetro de seguridad.

 Guardias armados en la entrada. Ningún visitante permitido sin autorización previa. Miguel no pudo ir a su escuela por tres semanas. Lupita lloraba todas las noches. Esto no es vida, Rodrigo. Miguel está traumatizado. Yo estoy aterrada. ¿Y tú? Tú estás destruido por dentro. Vale la pena. Vale la pena ser soldado si esto es lo que le pasa a tu familia. No tenía respuesta.

 Una semana después hubo otra llamada, esta vez al teléfono de Lupita, la misma voz. Sabemos que están en la base militar, pero algún día van a tener que salir y vamos a estar esperando. Lupita me entregó el teléfono temblando. No puedo más, Rodrigo. No puedo vivir así. Fui con el comandante Rojas y le pedí una transferencia a otra región, cualquier lugar lejos de Jalisco, cualquier lugar donde el CJNG no me conociera. Negativo, sargento Navarro, me dijo.

 Tú eres un soldado ejemplar. Tienes 12 años de experiencia en operativos contra el CJNG. México te necesita exactamente donde estás. Si te transfiero, estamos dejando que el miedo gane y no podemos permitir eso. ¿Y qué hay de mi familia? Le grité. Nunca le había gritado a un superior, pero estaba desesperado.

 ¿Qué hay de mi esposa y mi hijo? Ellos también tienen que sacrificarse por México. El comandante me miró con tristeza. Sí, sargento. Lo siento, pero sí. Todos los que servimos a este país sacrificamos algo y las familias sacrifican también. Esa es la realidad de esta guerra. Salí de su oficina sintiéndome derrotado.

 Me senté en una banca afuera del cuartel y me puse a llorar. No podía más. No podía con la culpa de Kitupan. No podía con las amenazas del CJNG. No podía con ver a mi familia destruida por algo que ni siquiera había sido mi culpa. Saqué el escapulario de la Virgen de Guadalupe que mi madre me había dado hace años y lo apreté en mi mano. Virgencita, ayúdame. No sé qué hacer. No sé cómo protegerlos.

 No sé si debo seguir siendo soldado o renunciar para salvar a mi familia. No hubo respuesta, solo silencio. En ese momento tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida. seguir siendo soldado y arriesgar todo lo que amaba o renunciar y vivir con la culpa de haber abandonado a México. Decidí quedarme.

 Decidí seguir siendo soldado porque aunque tenía miedo, aunque mi familia estaba en peligro, sabía que si yo renunciaba, si dejaba que el terror ganara, entonces el mencho había ganado y no podía permitir eso. En enero de 2026, 3es meses después de Quitupan, recibí una orden de despliegue urgente. Nueva operación en Cualcoman, Michoacán.

 La inteligencia de la DEA había localizado a un objetivo de alto valor en la región. Cuando llegué al briefing y vi los mapas, sentí un deyabú terrible. Zona rural, montañosa, cercana a la frontera entre estados. Exactamente como Kitupan. El comandante Rojas dio la presentación. Caballeros, un informante confiable reportó avistamiento de Nemesio o Ceguera Cervantes en un rancho cerca de Cualcomán.

 La DEA confirma actividad sospechosa en la zona. Esta es nuestra oportunidad de redención. Miré al Cabo Martínez. Él me miró de vuelta. Ambos estábamos pensando lo mismo. ¿Será otra trampa? ¿Será otra fuga planeada? Pero no teníamos opción. Teníamos que intentarlo. El 23 de enero de 2026, a las 2 de la madrugada, un convoy de 50 soldados salió hacia Coalcoman.

 Yo iba en el segundo vehículo con el fusil cargado pensando, “Esta vez no vamos a fallar, esta vez vamos a llegar primero.” Llegamos al rancho a las 4 de la madrugada. Era una propiedad grande con varias construcciones, rodeada de montañas, exactamente el tipo de lugar que el mencho usaría. Formamos un cerco perfecto.

 50 soldados rodeando el rancho desde todos los ángulos. Francotiradores en posición elevada. Helicópteros en espera a 5 km de distancia. El comandante Rojas dio la orden. Equipos de entrada. Adelante. Protocolo de captura de alto valor. Si hay resistencia. Neutralizar. Queremos al objetivo vivo, si es posible. Entramos al rancho.

 Yo iba en el primer equipo de asalto. Pateamos la puerta principal. Ejército mexicano. Todos al suelo. El rancho estaba vacío. Revisamos cada habitación, cada construcción, cada escondite posible. nada, ni una persona, ni un arma, ni un indicio de que alguien hubiera estado ahí recientemente. Pero luego encontramos algo.

 En la construcción principal había un sistema de vigilancia electrónica todavía funcionando, cámaras térmicas apuntando a todos los accesos, sensores de movimiento en cada camino y una computadora con alertas de seguridad que se habían activado. 4 horas antes de nuestra llegada, el teniente Durán revisó los registros de la computadora.

 Alguien recibió una alerta de que nos estábamos acercando a las 11 de la noche de ayer, 4 horas antes de que llegáramos. Evacuaron con tiempo de sobra. Me dejé caer contra la pared. Otra vez. Otra vez nos ganó. El cabo Martínez golpeó la pared con rabia. Es exactamente lo mismo que Kitupan. Exactamente lo mismo. Alguien le está avisando. Siempre le avisan.

 El comandante Rojas salió del rancho y se quedó parado afuera mirando las montañas. Cuando me acerqué a él, vi que tenía lágrimas en los ojos. Era la primera vez que veía llorar a un comandante militar. No vamos a capturarlo así, Navarro”, me dijo. Él siempre va a estar un paso adelante, siempre va a saber cuándo venimos porque tiene gente adentro, tiene gente en el ejército, en la policía, en la inteligencia y mientras los tenga es imposible. Le pregunté.

 Entonces, ¿qué hacemos? Me miró con esos ojos cansados de un hombre que ha luchado toda su vida y sabe que está perdiendo. Seguimos intentando porque esa es nuestra misión, pero ya no me hago ilusiones de que vamos a capturarlo en un operativo. Va a caer de otra forma o va a morir de viejo en alguna cueva, pero no va a ser nosotros quienes lo capturen.

 Regresamos a Guadalajara en silencio. Otra operación fallida. Otra fuga perfecta, otra victoria para el mencho. Y así fue como entendí que la historia que el ejército prohibió contar no es solo Quitupan, no es solo estar a 5 km del Mencho, es sobre nuestra incapacidad sistemática de capturar al hombre más buscado de México mientras haya traidores vendiendo información desde adentro.

 Hoy 9 de octubre de 2025, exactamente un año después de Quitupán, me siento a grabar esta historia. El Mencho sigue libre, sigue escondido en algún lugar entre Jalisco y Michoacán, sigue controlando el cártel más poderoso de México. Y yo sigo siendo soldado. Sigo siendo soldado porque creo en México, porque creo que este país vale la pena, porque creo que mi hijo Miguel merece crecer en un México más seguro que el que yo conocí de niño. Pero ya no me hago ilusiones.

 Ya no creo que vamos a capturar a el Mencho con operativos. Ya no creo que un batallón de 50 soldados pueda derrotar a un imperio que tiene infiltrados en todos lados, que tiene tecnología militar de punta, que siempre sabe cuándo venimos. Él va a caer de otra forma.

 Tal vez una traición interna, tal vez una enfermedad, tal vez simplemente el paso del tiempo, pero no va a ser en un operativo como Kitupán. Y eso me duele. Me duele saber que estuve a 5 km del hombre más buscado de México y que nunca lo supe hasta que fue demasiado tarde. Me duele saber que alguien dentro de mis propias filas, alguien que juró defender a México, le vendió información y le dio tiempo para escapar.

 Pero hay algo que quiero que entiendas si estás escuchando esto, especialmente si eres joven, especialmente si el narco te parece atractivo, especialmente si crees que ser parte del CJNG es poder. El mencho vive escondido como rata en cuevas y ranchos aislados. No ve a su familia, no puede salir a las calles, no puede ir a un restaurante, no puede llevar a sus hijos a la escuela, tiene problemas de salud graves y no puede ir a un hospital sin arriesgarse a ser capturado. Vive con paranoia constante.

 Vive sabiendo que tarde o temprano va a terminar preso o muerto. Esa no es vida, esa no es libertad, esa es una prisión sin rejas. Yo estuve a 5 km de él. Yo vi cómo vive. Yo vi sus coches blindados, sus sistemas de seguridad militar, su necesidad de estar siempre moviéndose. Y te digo la verdad, no le envidio nada.

 Prefiero mil veces ser un soldado con sueldo humilde, durmiendo en mi casa con mi familia, que ser el hombre más poderoso de México, pero viviendo como fugitivo eterno. Porque al final Dios tiene un plan para todos. Y el plan de Dios para los que viven del mal es que siempre, siempre hay consecuencias.

 Tal vez no sea hoy, tal vez no sea mañana, pero llegan. Y mientras haya soldados dispuestos a estar a 5 kómetros de él, dispuestos a intentarlo a pesar de los traidores, a pesar del miedo, a pesar de las amenazas a nuestras familias, México tiene esperanza porque no se trata de capturarlo, se trata de nunca dejar de intentarlo. Si llegaste hasta aquí, déjame en los comentarios desde qué ciudad me estás escuchando.

 Quiero saber que esta historia llegó a todo México. Dale like si crees que estas historias deben conocerse. Si crees que la verdad, aunque duela, siempre debe salir a la luz. Suscríbete al canal porque hay más historias que el gobierno no quiere que conozcas.

 Historias sobre operativos clasificados, sobre infiltraciones, sobre la guerra real que se vive en las calles de México. La única forma de cambiar este país es con información y fe. Comparte este video con alguien que necesite escucharlo, con alguien que esté considerando entrar al narco, con alguien que piense que el crimen organizado es el camino. Muéstrale esta verdad.

 Y ahora déjame preguntarte algo que me ha estado quitando el sueño desde Quitupán. ¿Crees que algún día vamos a capturar a el Mencho? ¿O crees que los traidores dentro del gobierno siempre lo van a proteger? Déjamelo en los comentarios. Quiero saber qué piensa la gente real de México.

 Si quieres conocer más sobre cómo operan los carteles mexicanos, cómo reclutan jóvenes y cómo destruyen familias, te recomiendo que veas el video que te aparece en la pantalla. Ahora te va a abrir los ojos. Y si eres soldado, si eres policía, si eres alguien que está luchando contra el narco, gracias. Gracias por seguir intentándolo. Gracias por no rendirte a pesar de todo. México te necesita y Dios te va a recompensar.

 Soy el sargento Rodrigo Navarro y esta es la historia que el ejército mexicano prohibió contar. M.