La luz roja de la cámara principal se encendió, un ojo implacable, listo para devorar cada gesto, cada palabra. En el centro del set, Omar Harfuch, secretario de seguridad ciudadana de la Ciudad de México, ajustó discretamente el micrófono en su solapa. Su rostro, habitualmente serio, hoy parecía tallado en granito, reflejando una calma que contrastaba violentamente con la atmósfera electrizada del estudio.

Frente a él, en un semicírculo tenso, se encontraban Alejandro Alito, Moreno, con su sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos. Vicente Fox, cuya estatura imponente parecía encogerse bajo la gravedad del momento, Jesús Zambrano, con el ceño fruncido y una pila de papeles que manoseaba nerviosamente, y Ricardo Anaya, afilando una mirada que pretendía ser analítica, pero que delataba una incipiente inquietud.

 El moderador, un periodista de renombre con décadas de debates a sus espaldas, carraspeó listo para lanzar la primera pregunta, pero Harf se le adelantó, su voz resonando clara y firme, cortando el aire como un visturí. Mientras ustedes se regodean en la nostalgia de un poder que ya no les pertenece y que francamente dilapidaron en frivolidades y omisiones, nosotros estamos aquí ahora construyendo la seguridad que este país exige y merece.

 ladrillo por ladrillo con hechos, no con discursos huecos, ni con la demagogia que tanto daño le ha hecho a México. El silencio que siguió fue denso, pesado. Alito Moreno fue el primero en reaccionar, su sonrisa tensándose hasta convertirse en una mueca. Fox bufó un sonido gutural que pretendía ser despectivo, pero que sonó más a incomodidad.

 Zambrano dejó caer sus papeles con un ruido sordo y Anaya parpadeó rápidamente, como si la afirmación de Arf le hubiera arrojado arena a los ojos. El moderador, Javier Solorzano, un veterano de 1000 batallas periodísticas, recuperó el aliento y la compostura. Secretario Harfuch, una declaración de inicio contundente. Permítame entonces dirigir la primera pregunta al licenciado Moreno.

 Licenciado, usted ha sido un crítico constante de la estrategia de seguridad actual. ¿Qué responde a esta afirmación del secretario? Que básicamente los acusa de vivir del pasado y de haber fallado cuando tuvieron la oportunidad. Alito se irguió inflando el pecho, la vena de su 100 comenzando a palpitar.

 Mire, Javier, con todo respeto para el secretario, pero esa es una simplificación burda y una falta de respeto a millones de mexicanos que confiaron en nosotros. Nosotros construimos instituciones, sentamos las bases de mucho de lo que hoy presumen. Lo que vemos ahora es una militarización preocupante, una falta de estrategia clara y, sobre todo, resultados que dejan mucho que desear a nivel nacional.

 Que el secretario se enfoque en la Ciudad de México, que es su responsabilidad, pero que no venga a darnos lecciones de gobernanza nacional cuando su partido ha demostrado incapacidad. para pacificar al país. Su voz, aunque impostada con firmeza, tenía un temblor casi imperceptible. Harfuch ni siquiera parpadeó. Esperó a que Alito terminara manteniendo una expresión impasible.

 Cuando el líder del PRI concluyó con un aire de suficiencia precaria, Harfch tomó la palabra, su tono mesurado pero cortante. Licenciado Moreno, comenzó Harf. Agradezco que mencione las instituciones. Precisamente muchas de esas instituciones que ustedes construyeron estaban tan corroídas por dentro, tan plagadas de complicidades y vicios, que se convirtieron en obstáculos para la justicia y la seguridad, no en garantes.

 Habla de militarización, pero convenientemente olvida quién sacó al ejército a las calles en primer lugar y bajo qué pretextos. Olvida las policías estatales y municipales que sus gobiernos dejaron en el abandono, infiltradas hasta la médula, obligando al gobierno federal a tomar medidas extraordinarias. En la Ciudad de México hemos trabajado en fortalecer nuestra policía civil.

 en depurarla, en darle tecnología y capacitación. Hemos reducido los índices delictivos de alto impacto de manera tangible, con cifras auditables, no con percepciones. Mientras usted habla de pacificar al país, permítame recordarle que la violencia no nació en 2018. Es el resultado de décadas de políticas erráticas, de corrupción rampante y de una impunidad que ustedes normalizaron.

Un murmullo recorrió el estudio. Las cámaras se enfocaron en el rostro de Alito que enrojecía visiblemente. Intentó interrumpir, pero Harfuch levantó una mano, una señal sutil pero firme. Permítame terminar, licenciado. Usted menciona que me enfoque en la ciudad de México. Lo hago.

 Y precisamente porque lo hago y porque vemos resultados, es que podemos hablar con autoridad moral sobre lo que funciona y lo que no. Lo que no funciona es la simulación. Lo que no funciona es culpar al presente de los errores estructurales del pasado que ustedes mismos sembraron. El tejido social se descompuso bajo sus administraciones. La corrupción se volvió sistémica.

 Eso, licenciado Moreno, también son hechos, no discursos. Vicente Fox, hasta entonces contenido, no pudo más. Se inclinó hacia su micrófono con la brusquedad de un toro entrando a la plaza. A ver, a ver, jovencito, conmigo no se va a poner a hablar de corrupción ni de errores del pasado, como si usted fuera un santo impoluto.

 Yo tuve los pantalones para enfrentar al crimen organizado, para declararle la guerra. Ustedes, los de ahora, lo que hacen es darles abrazos. ¿Qué resultados son esos? ¿De qué presumen? El país está incendiado. Su bozarrón llenó el estudio vibrante de una indignación que parecía genuina, pero que Harf recibió con la misma calma glacial.

 Expresidente Fox, replicó Harf, su tono respetuoso pero inflexible. Agradezco su valentía al declarar una guerra. Pero una guerra sin estrategia, sin inteligencia y sin atacar las estructuras financieras y de corrupción que alimentaban a esos grupos, es una guerra perdida desde el inicio. Usted la declaró, sí, y los resultados fueron un incremento exponencial de la violencia, la fragmentación de los cárteles en células más pequeñas y sanguinarias y un baño de sangre que aún hoy lamentamos.

 Habla de abrazos. No balazos. Una frase que ustedes han querido simplificar y ridiculizar. Lo que significa es atender las causas profundas de la violencia. La pobreza, la falta de oportunidades, la descomposición social. Significa inteligencia financiera, significa fortalecer a las policías locales, significa programas sociales y sí, también significa el uso legítimo de la fuerza cuando es necesario, pero de manera estratégica, no como un espectáculo mediático que solo genera más violencia. Sus pantalones, expresidente, nos costaron miles de

vidas y no resolvieron el problema de fondo, simplemente lo agravaron. Fox intentó replicar balbuceando algo sobre traidores a la patria y falta de visión, pero su ímpetu se había desinflado notablemente. La precisión de Harfch, su capacidad para desmenuzar los argumentos con datos y una lógica implacable, comenzaba a hacer mella.

 Jesús Zambrano, viendo a sus compañeros de oposición flaquear, intervino con un tono más académico, intentando llevar el debate a un terreno ideológico. Secretario Harfuch, más allá de las cifras que pueda presentar, que siempre son interpretables, hay una preocupación genuina en un sector de la sociedad sobre el respeto a los derechos humanos en la actual estrategia.

 Hemos visto denuncias, hemos visto un uso de la fuerza que a veces parece desmedido. ¿Cómo garantiza su administración y usted en particular en la Ciudad de México que esta lucha contra el crimen no se convierta en una cacería de brujas o en una justificación para el autoritarismo? Arfuch asintió lentamente. Una pregunta válida, licenciado Zambrano, y mi respuesta es categórica.

 El respeto a los derechos humanos no es negociable. Es la piedra angular de cualquier estrategia de seguridad que pretenda ser legítima y efectiva a largo plazo. En la Ciudad de México, cada elemento policial recibe capacitación constante en esta materia. Tenemos protocolos estrictos para el uso de la fuerza y cualquier abuso se investiga y se sanciona. Pero permítame decirle algo.

 Los primeros violadores de los derechos humanos son los criminales. El derecho a la vida, a la seguridad, a la propiedad, a transitar libremente, son derechos que ellos vulneran todos los días. Nuestra labor es proteger esos derechos para la ciudadanía y sí, a veces eso implica confrontaciones, detenciones y una acción firme del Estado, pero siempre, insisto, dentro del marco de la ley.

 Ustedes, en sus tiempos, licenciado Zambrano, cuando formaron parte de gobiernos, pueden decir lo mismo en con la misma contundencia. O hubo pactos inconfesables, omisiones convenientes y una justicia selectiva que beneficiaba a unos y perjudicaba a otros. Zambrano abrió la boca para responder, pero la pregunta retórica de Harfuch lo dejó sin palabras por un instante.

 La insinuación era clara y tocaba fibras sensibles de la historia reciente del PRD y sus alianzas. Ricardo Anaya, que había permanecido en un silencio calculado observando y analizando, decidió que era su turno. Su voz era más pulcra, su discurso más articulado, pero la tensión en sus hombros era evidente.

 Secretario Harfuch, celebro su elocuencia, pero la realidad es tosa. Usted habla de resultados en la Ciudad de México y es cierto que algunos indicadores han mejorado, pero la percepción ciudadana sigue siendo de inseguridad. La gente tiene miedo y a nivel nacional la estrategia de abrazos simplemente no está funcionando. Los grandes capos siguen operando. La extorsión es un cáncer.

 El cobro de piso asfixia a los negocios. No cree que se necesita un golpe de timón, una estrategia más frontal, más contundente que realmente demuestre quién manda en este país? Harfush lo miró fijamente. Licenciado Anaya, usted habla de percepción. La percepción se construye y a menudo se manipula.

 Nosotros nos basamos en hechos, en denuncias, en carpetas de investigación, en víctimas atendidas y los hechos demuestran una baja consistente en delitos de alto impacto. ¿Que falta mucho por hacer? Por supuesto, nadie ha dicho que esto sea fácil ni rápido, pero estamos avanzando. Usted habla de un golpe de timón, de una estrategia más frontal.

 Suena bien en el discurso, pero ¿qué significa en la práctica? Volver a las políticas fallidas del pasado que usted mismo apoyó y defendió. Más daños colaterales, más enfrentamientos sin ton ni son que solo sirven para las primeras planas, pero no resuelven el problema de raíz.

 La estrategia actual, licenciado Anaya, es integral. Ataca las causas, fortalece las instituciones, usa la inteligencia y cuando es necesario la fuerza. No es efectista, es efectiva y requiere paciencia y constancia. Dos cosas que a la oposición urgida de reflectores parece que le faltan. Anaya frunció el seño. La respuesta de Harfuch no solo había sido directa, sino que también había deslizado una crítica a su propia trayectoria política, a sus cambios de postura.

 El ambiente en el estudio se había vuelto irrespirable. Las cámaras hacían paneos lentos entre los rostros tensos de los opositores y la figura impasible de Harf. El público en casa, según los primeros reportes que llegaban a la producción a través de redes sociales, estaba fascinado y horrorizado a partes iguales.

 Lo que había empezado como un debate más se estaba convirtiendo en una disección pública de la historia política reciente de México con Harf empuñando el escalpelo. El primer bloque terminaba con una sensación de que la balanza se inclinaba peligrosamente y no a favor del cuarteto opositor. Javier Solózano, el moderador, visiblemente afectado por la densidad del intercambio, intentó retomar un hilo de normalidad, aunque sabía que la palabra normal había abandonado el estudio hacía varios minutos.

 Secretario Harfuch, sus respuestas han sido, por decir lo menos, directas. Pero sus oponentes aquí presentes representan a millones de mexicanos y sus preocupaciones son legítimas. Insisten que la estrategia nacional no está dando los frutos esperados. Usted mismo ha sido objeto de ataques personales, de cuestionamientos sobre su pasado familiar, sobre su trayectoria.

 ¿Cómo lidia con eso? ¿Aecta su desempeño o la percepción de su labor? Era una pregunta que buscaba humanizar a Harfudch, quizás encontrar una fisura en su armadura de serenidad, pero el secretario pareció anticiparla. Javier, los ataques personales son el recurso de quien carece de argumentos, respondió Harfuch sin alterar el tono. Mi trayectoria es pública.

 Mi familia, como muchas en este país, ha vivido de cerca las consecuencias de la violencia y de la política, pero yo estoy aquí por mis méritos, por mi trabajo y por mis resultados, no por mi apellido. Quienes intentan descalificarme recurriendo a mi historia familiar, lo único que demuestran es su pobreza de debate y su desesperación.

 Mi compromiso es con la seguridad de los ciudadanos, no con mi árbol genealógico. Y si mi trabajo sirve para que otras familias no sufran lo que muchas, incluida la mía, han sufrido, entonces cada ataque, cada calumnia vale la pena. Pero seamos claros, esos ataques no son contra Omar Harfuch, son contra la posibilidad de un cambio real, son contra la evidencia de que se pueden hacer las cosas de manera diferente y obtener resultados.

 Son el estertor de un sistema que se niega a morir. Alito Moreno no pudo contener una risa sarcástica. Por favor, secretario, qué discurso tan conmovedor. Casi me hace llorar. Usted habla de cambio real, pero lo que vemos es más de lo mismo, solo que con otro disfraz. habla de resultados, pero la gente sigue con miedo en las calles y sí, su pasado familiar importa, porque la política también es una cuestión de confianza, de linajes, de lealtades.

 O nos va a decir que usted llegó a donde está sin el apoyo de ciertos grupos, sin ciertas conexiones. La insinuación era venenosa, buscando sembrar la duda sobre la integridad de Harfuch. Harfuch lo miró con una mezcla de frialdad y lástima. Licenciado Moreno, su obsesión con los linajes y las conexiones dice más de usted y de cómo entiende la política que de mí.

 Yo entiendo la política como servicio, como responsabilidad. Usted al parecer la entiende como un juego de tronos, de favores y deudas. Y sí, la gente aún tiene miedo porque el daño que ustedes y sus partidos le hicieron a este país durante décadas no se repara en unos pocos años, pero estamos sentando las bases para que ese miedo disminuya, para que la confianza se recupere y lo hacemos con transparencia, no con los acuerdos bajo la mesa que tanto caracterizaron a sus gobiernos.

 Mis conexiones, como usted las llama, son con la ciudadanía a la que sirvo y con la ley que juré cumplir. ¿Puede usted decir lo mismo de todas sus conexiones, licenciado? La pregunta quedó flotando en el aire cargada de implicaciones. Alito tartamudeó una negativa, pero su rostro había perdido color. El golpe había sido certero.

 Vicente Fox, intentando recuperar terreno, volvió a la carga. esta vez tratando de acorralar a Harf en el tema de la relación con Estados Unidos y el narcotráfico. Secretario, usted sabe muy bien que el problema del narcotráfico es binacional. ¿Cuál es la estrategia real de este gobierno con nuestros vecinos del norte? Porque lo que se ve es una sumisión preocupante, una falta de firmeza.

 En mis tiempos yo les hablaba de frente, les exigía respeto. Ahora parece que solo agachan la cabeza. ¿Cómo vamos a combatir a los cárteles si no hay una cooperación real de igual a igual con Estados Unidos? Expresidente, respondió Arfuch con paciencia, la relación con Estados Unidos es compleja y siempre lo ha sido, pero se basa en el respeto mutuo y en la soberanía nacional.

Cooperamos en lo que nos beneficia a ambos, pero no aceptamos imposiciones. Y permítame recordarle que durante su administración la cooperación a menudo se tradujo en una injerencia inaceptable en nuestros asuntos internos y en estrategias dictadas desde Washington que no siempre respondían a las necesidades de México.

 La iniciativa Mérida, por ejemplo, que usted tanto celebró, tuvo resultados muy cuestionables y generó una dependencia que estamos tratando de superar. Hoy buscamos una cooperación basada en la inteligencia compartida, en el combate, al lavado de dinero, en el freno al tráfico de armas de allá para acá, que es fundamental.

 Y sí, hablamos de frente, pero también con inteligencia y con dignidad. No con brabuconadas que solo sirven para la galería, pero que no resuelven los problemas de fondo. La soberanía, expresidente, no se defiende a gritos, se defiende con acciones congruentes y con resultados.

 Fox masculló algo sobre entreguistas y falta de patriotismo, pero sus argumentos se diluían ante la precisión de Harf. El secretario no solo rebatía, sino que contextualizaba, recordaba y ponía a cada uno de sus interlocutores frente al espejo de sus propias gestiones. Jesús Zambrano, con un aire profesoral, intentó un ángulo diferente.

 Secretario Harf, hablemos de la Guardia Nacional. Es innegable su despliegue y su presencia en el territorio. Pero muchos analistas y nosotros desde la izquierda democrática vemos con preocupación su creciente carácter militar. No se está perdiendo la oportunidad de construir una verdadera policía nacional, civil, profesional y cercana a la gente.

 ¿No es esto a la larga un riesgo para la democracia y los derechos civiles? Harfuch asintió. Entiendo su preocupación, licenciado Zambrano, y es legítima. La Guardia Nacional nació de una necesidad imperante, la debilidad y en muchos casos la inexistencia de policías estatales y municipales confiables y capaces. Fue una medida de emergencia para recuperar territorios que estaban en manos de Lintus Centus.

 crimen organizado. El objetivo final, y en eso coincidimos, es tener policías civiles fuertes, bien pagadas, bien capacitadas y con arraigo comunitario. Y en eso estamos trabajando. La Guardia Nacional tiene un componente civil en su mando y en su formación y está sujeta a controles civiles, pero su disciplina y su despliegue rápido han sido cruciales en esta etapa.

 No es una solución perfecta. ni definitiva, es un instrumento necesario en la transición hacia un modelo de seguridad más robusto y civilista. Y permítame decirle, licenciado Zambrano, que cuando su partido tuvo la oportunidad en gobiernos estatales y municipales de construir esas policías civiles ejemplares, los resultados fueron, por decir lo menos, desiguales.

 En muchos casos, esas policías terminaron cooptadas o rebasadas. La autocrítica también es necesaria. Zambrano se removió incómodo. La alusión a los fallos de los gobiernos emanados del PRD en materia de seguridad era un punto sensible. Había intentado llevar a Harfuch a su terreno ideológico, pero el secretario había demostrado una vez más tener una memoria política impecable y una capacidad para devolver los cuestionamientos con la misma moneda.

 Ricardo Anaya, quien había estado tomando notas febrilmente, decidió lanzar un ataque más personal, intentando minar la credibilidad de Harfush a través de su gestión específica en la Ciudad de México. Secretario, usted presume mucho las cifras de la Ciudad de México, pero dígame, ¿cuántos de esos delitos que usted dice que han bajado simplemente no se denuncian por falta de confianza en las autoridades o por miedo a represalias? ¿Cuántos casos de extorsión siguen ocurriendo en el centro histórico, en Tepito, en Itapalapa, a pesar de su exitosa estrategia? ¿No

estará usted maquillando cifras como se ha hecho tantas veces en el pasado para presentar un panorama que no corresponde con la cruda realidad que viven millones de capitalinos? Era un golpe bajo, una acusación directa de manipulación. Los ojos de Anaya brillaban con una mezcla de desafío y esperanza, esperando ver a Harfuch trasta.

 Pero el secretario mantuvo la compostura, aunque su voz adquirió un filo más duro. Licenciado Anaya, esa es una acusación muy grave y la rechazo categóricamente. Nosotros no maquillamos cifras. Sería traicionar la confianza de la gente y traicionarnos a nosotros mismos. Las cifras que presentamos son auditables, provienen de las carpetas de investigación iniciadas y son validadas.

por organismos autónomos y por el propio secretariado ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, que existe una cifra negra, por supuesto, como en cualquier ciudad del mundo, y trabajamos todos los días para reducirla, fomentando la denuncia, facilitando los trámites, garantizando la protección a las víctimas y a los testigos.

 Pero insinuar que manipulamos la información es una calumnia irresponsable. Harfuch hizo una pausa y sus ojos recorrieron los rostros de sus cuatro oponentes. Ustedes hablan de maquillar cifras como si fuera una práctica ajena a sus propias historias. ¿Quieren que hablemos de los exenios en los que las estadísticas de seguridad eran un secreto de estado o se ajustaban convenientemente para proyectar una falsa sensación de paz? ¿Quieren que recordemos los tiempos en que se negaba la existencia de ciertos grupos criminales o se minimizaba su poder mientras por debajo de la mesa se hacían

pactos inconfesables? Un silencio espeso cayó sobre el estudio. La tensión era palpable. Harf había pasado de defenderse a contraatacar con tunces una virulencia controlada, pero devastadora. Estaba arrinconándolos no solo con datos y argumentos, sino también con el peso de su propio pasado.

 Usted, licenciado Anaya, continuó Harfuch dirigiéndose directamente al panista. formó parte de un gobierno que lanzó una guerra que multiplicó la violencia y que, según múltiples investigaciones, estuvo plagada de irregularidades y posibles complicidades a los más altos niveles. Usted, licenciado Moreno, representa a un partido cuya historia está manchada por innumerables escándalos de corrupción que desviaron miles de millones de pesos que debieron destinarse a la seguridad, a la salud, a la educación. Usted, expresidente Fox,

inauguró una era de alternancia que prometía cambio, pero que en muchos aspectos mantuvo las viejas prácticas y permitió que el crimen organizado se expandiera. Y usted, licenciado Zambrano, formó parte de una izquierda que en el poder a menudo replicó los vicios que tanto criticaba.

 Los cuatro hombres lo miraban fijamente, sus expresiones variando entre la indignación, la sorpresa y una creciente aprensión. Harf no estaba simplemente debatiendo, estaba exponiendo sus flancos más débiles, sus contradicciones más evidentes. Así que antes de lanzar acusaciones de maquillaje de cifras o de fracaso, concluyó Harfush con una calma ominosa, les sugiero un ejercicio de autocrítica.

 Miren su propio pasado, sus propias responsabilidades, porque la crisis de seguridad que enfrenta México no es un invento de este gobierno. Es la herencia tóxica que ustedes en mayor o menor medida, contribuyeron a crear. Y nosotros, con todas las dificultades y los errores que podamos cometer, estamos tratando de limpiarla con hechos, no con retórica vacía.

 El moderador Javier Solorzano intentó intervenir, pero las palabras se le atoraban en la garganta. El estudio parecía haberse encogido. Las cámaras implacables captaban cada detalle. El sudor en la frente de Alito, el temblor en la mano de Fox mientras agarraba un vaso de agua, la mandíbula apretada de Zambrano, la palidez en el rostro de Anaya.

 Harfuch, en cambio, permanecía sereno como el ojo de un huracán. Sabía que el momento de la verdad, la estocada final estaba cerca, el arrinconamiento estaba completo. Ahora solo faltaba soltar la verdad que los destrozaría. Javier Solózano finalmente logró articular palabra, su voz teñida de una urgencia que reflejaba la atmósfera crítica. Secretario Harfuch, sus palabras son extremadamente duras.

 Usted está acusando directamente a sus contertulios y a los partidos que representan de ser responsables directos de la crisis de seguridad. Esto va más allá de un debate de políticas. Es una imputación de gran calado. ¿Tiene usted pruebas, datos concretos más allá de la interpretación histórica? para sustentar acusaciones tan graves.

 Era la pregunta que todos esperaban, la que pendía sobre el estudio como una espada de Damocles. Los cuatro opositores se irueron ligeramente, una mezcla de desafío y nerviosismo en sus posturas. Quizás pensaban que Harfuch había ido demasiado lejos, que se había excedido en su retórica y ahora no podría respaldar sus afirmaciones. Omar Harfuch los miró uno por uno, deteniéndose brevemente en cada rostro.

 Luego, con una calma que elaba la sangre, respondió, “Javier, no estoy aquí para hacer acusaciones al aire ni para caer en el juego de la politiquería barata. Estoy aquí para hablar con la verdad, por dolorosa que sea. Y la verdad documentada y verificable es que las administraciones pasadas, representadas aquí por estos distinguidos políticos no solo cometieron errores u omisiones.

 En muchos casos, sus acciones y sus decisiones deliberadas crearon las condiciones perfectas para el florecimiento del crimen organizado y la erosión de nuestras instituciones de seguridad y justicia. Hizo una pausa dramática, permitiendo que el peso de sus palabras se asentara. Se inclinó ligeramente hacia delante, como si fuera a compartir un secreto terrible.

 Permítanme ser específico”, continuó, su voz ahora más baja, pero con una intensidad que electrizaba el aire. Comencemos por el sexenio del expresidente Fox, aquí presente. Durante su administración se pregonó una lucha frontal contra ciertos cárteles, pero curiosamente otros parecían gozar de una especie de Paxnarca, expandiéndose y consolidando su poder sin demasiados obstáculos.

 casualidad o una estrategia selectiva que a la larga fortaleció a algunos de los grupos más sanguinarios que hoy padecemos. Hay testimonios, hay investigaciones periodísticas serias, hay incluso declaraciones en juicios en el extranjero que apuntan a pactos inconfesables, a una complacencia calculada que permitió que el monstruo creciera. Fox intentó protestar, un rugido ahogado en su garganta.

 Eso es una infamia, una calumnia. Yo jamás pacté con criminales. Harfuch lo miró sin inmutarse. Expresidente, los hechos son tercos. La expansión del cártel de Sinaloa durante su mandato es innegable. La fuga de Joaquín el Chapo Guzmán, del penal de Puente Grande, un penal de máxima seguridad al inicio de su gobierno, fue una señal inequívoca de la profunda corrupción que permeaba el sistema.

 ¿Quiénes fueron los responsables? ¿Hubo una investigación a fondo o se corrió un velo de impunidad? La cara de Fox era un poema de indignación y desconcierto. Las cámaras no perdían detalle. Aruch giró su atención hacia Ricardo Anaya. Licenciado Anaya, usted fue una figura prominente en el partido que gobernó durante el sexenio de Felipe Calderón, una administración que declaró una guerra contra el narcotráfico, que, como ya mencioné, nos sumió en una espiral de violencia sin precedentes, pero más allá de la estrategia fallida.

 Podemos hablar de la infiltración del crimen organizado en las más altas esferas de la seguridad pública durante ese periodo. El caso de Genaro García Luna, su superpicía, hoy convicto en Estados Unidos por narcotráfico y por recibir sobornos millonarios del cártel de Sinaloa es el ejemplo más emblemático, pero no el único. Ustedes no sabían nada.

 Nadie en su partido, en su gobierno se dio cuenta de que el encargado de combatir al crimen estaba en la nómina del crimen o prefirieron mirar para otro lado. Anaya, pálido, intentó una defensa. Secretario, el caso de García Luna es un caso individual, una traición. No se puede manchar a toda una administración ni a todo un partido por las acciones de una persona.

Nosotros combatimos al crimen con decisión. Con decisión, licenciado Anaya. Interrumpió Harfuch su voz como un látigo o con una ceguera selectiva y conveniente. García Luna no era un personaje menor, era el arquitecto de su estrategia de seguridad y su caída ha revelado una red de corrupción y complicidad que llegaba a niveles muy altos.

 ¿Cuántos García Luna hubo en ese sexenio que no han sido descubiertos? Cuántas fortunas inexplicables se amasaron al amparo de esa supuesta guerra. Anaya guardó un silencio tenso, la mandíbula apretada. La mención de García Luna era una herida abierta para el panismo. Luego, Harfuch se dirigió a Alito Moreno. Licenciado Moreno, usted representa al partido que gobernó este país durante siete décadas y que regresó al poder en 2012.

 Un partido cuya historia, lamentablemente, está íntimamente ligada a la palabra corrupción. Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, del cual usted fue un entusiasta partidario, vimos escándalos monumentales. La Casa Blanca o de Brecht, la estafa maestra, los desvíos millonarios de gobernadores de su partido que hoy están prófugos opresos.

 ¿Cuánto de ese dinero, licenciado Moreno, debió haberse destinado a fortalecer a las policías, a mejorar la inteligencia, a prevenir el delito? ¿Cuánto de ese dinero terminó en los bolsillos de funcionarios corruptos o en las campañas electorales? Mientras la seguridad de los mexicanos se deterioraba, Alito, Rojo de Furia, golpeó la mesa con el puño. ¿Está usted mintiendo, secretario? está difamando.

Mi partido ha cometido errores como todos, pero también ha construido este país. Ustedes son los que están destruyendo las instituciones con su ineptitud y su revanchismo. No son mentiras, licenciado Moreno, son hechos documentados, replicó Harf con frialdad.

 La Auditoría Superior de la Federación, organismos internacionales, investigaciones periodísticas han puesto al descubierto el saqueo y ese saqueo tuvo un impacto directo en la capacidad del Estado para garantizar la seguridad. Cuando se roban el dinero de los hospitales, la gente muere.

 Cuando se roban el dinero de las escuelas, se generan generaciones perdidas. Y cuando se roban el dinero de la seguridad, se entrega el país a los criminales. Esa es la verdad, licenciado Moreno, le guste o no. Finalmente, Harfuch se volvió hacia Jesús Zambrano. Licenciado Zambrano, usted ha sido un crítico constante desde la izquierda y con razón en muchos casos, pero su partido, el PRD, también ha tenido responsabilidades de gobierno en la Ciudad de México, por ejemplo, durante muchos años y también en algunos estados. ¿Puede usted asegurar con la mano en el corazón que en todas esas

administraciones se combatió la corrupción con la misma firmeza que hoy exigen? O hubo también casos de nepotismo, de desvío de recursos, de complicidades con grupos de poder fáctico, incluyendo el crimen organizado a nivel local, que minaron la confianza ciudadana y debilitaron las instituciones.

 Zambrano, visiblemente incómodo, intentó una respuesta evasiva. Nosotros siempre hemos luchado por la transparencia y la honestidad. Hemos sido los primeros en denunciar la corrupción, venga de donde venga. Denunciar es una cosa, licenciado Zambrano, erradicarla cuando se tiene el poder es otra.” Cortó Arfuk y la historia de algunos gobiernos emanados de su partido tiene claros curos, por decirlo suavemente.

 La fragmentación de la izquierda, sus pugnas internas a menudo abrieron espacios para que intereses oscuros medraran. No estoy diciendo que todos fueran iguales, pero la autocrítica es fundamental. La pureza ideológica no sirve de nada si en la práctica se toleran las mismas lacras que se denuncian en el discurso. Un silencio sepulcral se apoderó del estudio.

 Los cuatro políticos estaban visiblemente afectados. No era solo la contundencia de los argumentos de Harfug ni la precisión de sus datos. era la forma en que había tejido una narrativa coherente, conectando los puntos de sus respectivos pasados, exponiendo no solo errores aislados, sino un patrón de conducta, una cultura política que había permitido que la crisis de seguridad se agigantara.

 Está, dijo Harfuch, su voz resonando con una gravedad solemne. Es la verdad que parece que ustedes no quieren escuchar, pero que los mexicanos conocen y padecen todos los días. La crisis de seguridad no es un fenómeno natural, no es una plaga bíblica, es el resultado de decisiones, de omisiones, de complicidades y de una corrupción sistémica que ustedes, sus partidos, sus gobiernos permitieron, toleraron o incluso fomentaron.

 Negarlo es querer tapar el sol con un dedo. Es insultar la inteligencia de la gente. Miró directamente a la cámara principal como si se dirigiera a cada espectador en sus hogares. Y es por eso que hoy con todas las dificultades estamos tratando de hacer las cosas de manera diferente, limpiando la casa desde adentro, fortaleciendo a nuestras policías con honestidad y profesionalismo, atacando las estructuras financieras del crimen, invirtiendo en las causas sociales de la violencia. No es fácil, no es rápido, pero es el único camino para recuperar

la paz y la tranquilidad que todos anhelamos. Y no vamos a claudicar, por más que intenten descalificarnos, por más que intenten sembrar la duda, por más que añoren los tiempos de los pactos en lo oscurito y de la impunidad garantizada, las luces del estudio parecían más intensas, enfocadas en los rostros de mudados de Alito, Fox, Zambrano y Anaya.

 Estaban arrinconados, expuestos, sus defensas hechas trizas. La verdad que Harf había soltado no era una revelación única y espectacular, sino una disección metódica y brutal de sus propias historias. Una verdad que los conectaba a todos con el origen del problema que decían querer combatir. El impacto en el estudio era tremendo.

 Se escuchaban murmullos ahogados entre el personal de producción. Los teléfonos de los asesores de los políticos opositores, sentados en las primeras filas del público invitado, vibraban sin cesar. La palabra destrozados implícita en el título que daría nombre a este encuentro comenzaba a materializarse ante los ojos de millones de televidentes.

 El moderador, Solórzano, parecía haber envejecido 10 años en una hora. La entrevista se había convertido en un juicio sumario y Omar Harfuch era a la vez fiscal y testigo principal. El silencio que siguió a la contundente exposición de Harfocente que cualquier palabra. Duró apenas unos segundos, pero parecieron una eternidad.

 Los rostros de Alito Moreno, Vicente Fox, Jesús Zambrano y Ricardo Anaya eran un crisol de emociones, incredulidad, rabia contenida, humillación y en algunos un atisbo de resignación. habían llegado al debate con la intención de acorralar al secretario de seguridad, de exhibir las supuestas fallas del gobierno actual y se encontraron, siendo ellos los exhibidos, sus propios pasados arrojados sobre la mesa con una crudeza implacable.

Javier Solorzano, el moderador, luchaba por mantener la compostura profesional, pero la magnitud de lo que acababa de presenciar era abrumadora. Carraspeó intentando encontrar las palabras para reconducir la situación, para darle un cierre al menos formal al programa. Secretario Harf. Señores, creo que hemos llegado a un punto de inflexión en este debate, comenzó Solózano, su voz un poco temblorosa.

 Las afirmaciones del secretario son de una gravedad extraordinaria y, sin duda, generarán una profunda reflexión y un intenso debate público en los próximos días y semanas. Tienen ustedes, por supuesto, el derecho de réplica, aunque el tiempo apremia. Alito Moreno fue el primero en reaccionar, visiblemente alterado.

 Su rostro estaba congestionado y su voz sonaba estrangulada por la ira. Esto es inaceptable, Javier. Esto no es un debate, es un linchamiento mediático orquestado. El secretario ha venido aquí a difamar, a calumniar, a mentir descaradamente, amparado en su posición. Exijo un derecho de réplica completo. No unos minutos.

 Esto es una afrenta a la democracia, a la libertad de expresión. Vicente Fox, por su parte, parecía haber perdido toda su energía. Su habitual gran dilocuocuencia se había desvanecido, dejando en su lugar a un hombre avejentado y visiblemente abatido. Murmuraba para sí, negando con la cabeza, pero sin la fuerza para articular una defensa coherente.

 Puras mentiras, puras invenciones. Este muchacho no sabe lo que dice. Se le escuchó decir entre dientes, más para sí mismo que para los micrófonos. Jesús Zambrano intentó adoptar una postura más institucional, aunque su indignación era palpable. Lo que ha hecho el secretario Harfuch es utilizar este espacio que debía ser de diálogo y contraste de ideas para lanzar una diatriba llena de acusaciones sin sustento real, generalizaciones y medias verdades.

 Es una estrategia muy peligrosa que busca polarizar aún más al país y descalificar cualquier voz crítica. Nosotros no somos responsables de todos los males de México, como él pretende hacer creer. Hemos contribuido con aciertos y errores a la construcción de este país y no vamos a permitir que se nos difame de esta manera.

 Ricardo Anaya, siempre más calculador, optó por una respuesta que intentaba ser más cerebral, pero la tensión en su voz lo delataba. El secretario Harfuch ha hecho un recuento selectivo y sesgado de la historia, omitiendo los avances, los esfuerzos y los contextos. Es fácil desde la comodidad del poder actualidad de los problemas que enfrentaron esas administraciones.

 Lo que necesitamos no son juicios sumarios, sino propuestas serias y viables. Y lamento decir que más allá de la retórica y las acusaciones, hoy no hemos escuchado muchas propuestas concretas por parte del secretario para resolver los problemas que él mismo describe. Omar Harfuch escuchó las reacciones con la misma e calma imperturbable que había mantenido durante todo el debate.

 No había en su rostro ni un atismo de triunfo o de arrogancia. solo la seriedad de quien ha cumplido con un deber ingrato, pero necesario. Cuando le devolvieron la palabra, su tono fue firme, pero no confrontacional. Respeto sus reacciones, aunque no comparto sus apreciaciones. No he venido aquí a difamar ni a calumniar.

 He venido a presentar hechos, a recordar responsabilidades, a poner sobre la mesa una perspectiva que ustedes, por razones obvias, prefieren ignorar. La historia no es selectiva, simplemente es. Y las consecuencias de las decisiones tomadas en el pasado las vivimos todos en el presente. No se trata de linchamientos, licenciado Moreno, se trata de rendición de cuentas, un concepto que a algunos parece incomodarles profundamente.

 Dirigiéndose a Anaya, añadió, “Y en cuanto a propuestas, licenciado Anaya, mi propuesta es clara y la he expuesto en múltiples ocasiones y la implementamos todos los días en la Ciudad de México. Trabajo, honestidad, inteligencia, coordinación, atención a las causas, fortalecimiento institucional y cero impunidad. Esa es la propuesta.

 No hay fórmulas mágicas ni atajos, solo trabajo arduo y compromiso real. Lo que sí es una omisión, si me permite la palabra, es no reconocer la profunda crisis de valores y la corrupción estructural que heredamos y que estamos combatiendo. El ambiente en el estudio era desolador para el cuarteto opositor. Las cámaras de los reporteros gráficos presentes en el estudio disparaban flashes sin cesar, capturando la imagen de los políticos visiblemente afectados.

 En las pantallas auxiliares del estudio se podían ver fragmentos de los noticieros de última hora y los titulares de los portales de internet. Harf acorrala a la oposición. Debate se convierte en juicio histórico. La verdad incómoda de Harfuch sacude al país. Las redes sociales ardían con comentarios, memes y análisis improvisados.

 El hashtag Sharfush La Verdad se había convertido en tendencia mundial en cuestión de minutos. El impacto emocional en el público era innegable. Había una sensación generalizada de que se había presenciado algo trascendental. un momento de catarsis colectiva donde verdades largamente intuidas habían sido dichas en voz alta en el horario de máxima audiencia y por una figura con la autoridad moral y la información para sustentarlas.

 Javier Solórzano, viendo que el tiempo se agotaba y que el debate había llegado a un clímax insuperable, intervino con voz solemne. Señores, el tiempo asignado para este programa ha concluido. Ha sido, sin lugar a dudas, un encuentro intenso, revelador y que marcará un antes y un después en la forma en que se discuten los problemas nacionales.

 Agradezco al secretario Omar Harfuch su presencia y su disposición a responder a todos los cuestionamientos. Agradezco también a los licenciados Alejandro Moreno, Vicente Fox, Jesús Zambrano y Ricardo Anaya por su participación. hizo una pausa mirando a cada uno de los participantes.

 Las puertas de este espacio siempre estarán abiertas para continuar este diálogo necesario. México merece un debate de altura, informado y honesto. Las luces principales del estudio comenzaron a atenuarse ligeramente. Omar Harfuch se levantó de su asiento ajustándose el saco. con un gesto formal asintió levemente hacia sus oponentes y luego hacia el moderador.

“Gracias por la invitación, Javier. Buenas noches a todos”, dijo con sencillez Alito. Moreno se levantó bruscamente, sin mirar a nadie y salió del set a toda prisa, seguido por sus asesores. Su rostro era una máscara de furia contenida. Vicente Fox permaneció sentado unos instantes más, como si le costara asimilar lo ocurrido.

 Luego, con la ayuda de uno de sus acompañantes, se puso de pie trabajosamente y abandonó el estudio con la mirada perdida. Jesús Zambrano y Ricardo Anaya intercambiaron una mirada breve, una mezcla de desconcierto y solidaridad en la derrota.

 Se levantaron con más calma, saludaron con un gesto rápido al moderador y se retiraron sumidos en sus pensamientos. Omar Harfuch, por su parte, esperó a que sus contertulios se marcharan. Luego estrechó la mano de Javier Solórzano. “Gracias, Javier, ha sido intenso”, comentó el secretario con una leve sonrisa que apenas suavizaba la dureza de su expresión. Intenso es poco, secretario.

 Ha hecho historia esta noche, respondió Solórzano con una mezcla de admiración y preocupación por las réplicas que vendrían. Harfuch asintió nuevamente y sin más se dirigió a la salida del estudio. Caminaba con paso firme, la espalda recta, consciente del terremoto político que acababa de desatar, pero con la tranquilidad de quien ha dicho la verdad, por más demoledora que está fuera, las cámaras ya no grababan, pero la onda expansiva de sus palabras apenas comenzaba a sentirse en todo el país.

 Lo que había empezado como un debate se había transformado en un evento de proporciones inesperadas y la verdad que Harfuch había soltado resonaría durante mucho, mucho tiempo. El estudio quedó en un silencio cargado, como después de una tormenta devastadora. Solo quedaba el eco de unas palabras que habían arrinconado a una generación de políticos y quizás habían abierto una nueva página en la convulsa historia de México.