Última hora. Harfuch ya identificó al asesino de Carlos Manso. Se trata de un joven de apenas 19 años, apodado el cuate, miembro de una célula vinculada al cártel Jalisco Nueva Generación. Estaba drogado, armado y listo para matar. La escena es brutal. Noche del primero de noviembre, pleno festival de velas en Uruapan.

 Entre faroles encendidos y familias celebrando el día de muertos, un disparo rompe la música, después otro y luego el caos. Carlos Manso Rodríguez, alcalde de Uruapan, cae al suelo con dos impactos en el abdomen y uno en el brazo. A su alrededor, gritos, empujones, niños llorando. El suelo tiembla con pasos que corren, pero nadie sabe hacia dónde.

 Un grupo de escoltas reacciona. Se escucha una última detonación y en el piso junto al kosco central yace el agresor, pero no está solo. Horas después, desde el Centro Nacional de Inteligencia, Omar García Harfuch rompe el silencio. Identificamos al agresor como Osvaldo Gutiérrez Vázquez, alias el Cuate. No actuó solo, esto fue un mensaje y el estado va a responder con fuerza.

 El impacto no termina ahí. Las primeras líneas de la investigación revelan que el cuate era originario de Apatzingán, colonia Miguel Hidalgo, y tenía vínculos familiares con el prangan, operador de los hermanos Álvarez Ayala, dos lugarenientes del CJTNG, conocidos como el R1 y el R2. La conexión es directa.

 La orden vino desde arriba y el asesino, apenas un adolescente, fue preparado, drogado y soltado en medio de una plaza pública con un único objetivo, matar a Carlos Manso. De fondo, los laboratorios forenses confirman lo que se temía. El cuate tenía en el cuerpo anfetaminas y marihuana e portaba una pistola a 9 mm usada en otros dos homicidios previos.

¿Quién lo eligió? ¿Quién le dio el arma? quien escribió su sentencia y lo dejó avanzar hacia su blanco con la mirada perdida y el pulso firme. Esto no fue un crimen espontáneo, fue un acto de guerra y lo que se va a revelar en este caso no solo cambia el rumbo de Michoacán, sino el equilibrio de poder en Tierra Caliente.

 Porque detrás de la muerte de un alcalde hay algo más oscuro, más profundo y más peligroso que nadie quiere admitir. Y lo que descubrieron en el cuerpo del agresor encendió todas las alarmas. Las calles del centro estaban vestidas de papel picado, los altares brillaban con veladoras. Y cientos de personas llenaban la plaza Morelos para celebrar el festival de las velas, un evento tradicional del día de muertos.

Pero esa noche la muerte no venía en catrina, venía armada. Carlos Manso, alcalde del municipio, había subido al escenario minutos antes. Sonreía. La banda comenzaba a tocar los primeros acordes de un son huasteco cuando uno de los asistentes, un joven delgado, con sudadera gris, se deslizó entre la multitud, iba solo, caminaba con decisión y no miraba a nadie.

 A las 8:10 de la noche, las cámaras del C4 lo captan por primera vez. Cruza por el flanco norte de la plaza, se detiene un instante junto al jardín y, en lugar de mirar el altar, saca algo del bolsillo. Un testigo lo notó, pero no reaccionó. Pensé que era un celular, pero la forma era distinta y tenía los ojos como vacíos.

 Del sonido de la primera detonación rompió la música, después los gritos. En segundos, lo que era un evento familiar se convirtió en un campo de pánico. Madres abrazando a sus hijos, abuelos buscando una salida, un niño llorando con las manos en los oídos. Carlos Manso cayó de espaldas. La sangre se mezcló con los pétalos de Sempazuchil.

 Mientras eso ocurría, un operativo silencioso comenzaba a desplegarse en la periferia. La Guardia Nacional, presente como escolta del alcalde, actuó en segundos. El atacante intentó correr, no llegó lejos, fue abatido a 15 m del cuerpo. El clima cambió. La noche se volvió espesa. El aire olía a pólvora y miedo. Los fuegos artificiales quedaron suspendidos.

 Las velas comenzaron a apagarse una a una y entre todo ese caos algo no encajaba. El agresor no tenía identificación, no portaba credencial alguna, pero su cuerpo hablaba. 12 tatuajes en diferentes partes. Un cráneo con el número 401, una Hello Kitty en el antebrazos, un corazón en el dedo anular.

 Símbolos de pesos, demonios, coronas, letras imposibles de descifrar. Pero no fue eso lo que alertó a los peritos, fue el patrón. Cada tatuaje era una firma, cada marca una señal. un lenguaje usado por las células de iniciación del CJNG. Y entonces surgió la primera pregunta real. ¿Qué hacía un muchacho tatuado, drogado, sin identidad, confirmada, con un arma usada en otros homicidios dentro de un evento público a metros del alcalde, lo que parecía un lobo solitario? En realidad, no había llegado solo.

 Las luces del festival de velas iluminaban la plaza como un altar vivo y entonces apareció él. Sudadera gris, capucha baja, pasos rectos. El cuate no dudaba, su mirada era hueca, sus pupilas dilatadas, caminaba como quien ya no tiene vuelta atrás. Cruzó el jardín central sin mirar a nadie. Tenía el arma en la cintura. Pasó junto a un grupo de jóvenes que se tomaban selfies.

 Uno de ellos, lo recuerda, con escalofríos. No pestañeaba. Parecía un muerto caminando. A las 8:12, la distancia entre él y Carlos Manso era de 5 m. Se detuvo, respiró hondo y desenfundó. Siete disparos en menos de 4 segundos. Las detonaciones rebotaron entre las paredes de cantera. La música se cortó, los cables chispearon.

 Una madre gritó con la voz rota. “Tírate al suelo!” Y el horror se desató. Carlos Manso recibió dos balas en el abdomen y una más en el brazo izquierdo. Cayó hacia atrás con los ojos aún abiertos y la mirada perdida entre las luces de neón. Los escoltas de la Guardia Nacional reaccionaron de inmediato. El primer agente se arrojó sobre el cuerpo del alcalde. El segundo localizó al tirador.

El cuate corrió, pero sus movimientos eran torpes, erráticos. Tropezó con una banca, giró mal y se estrelló contra una columna. Intentó levantar el arma, no lo logró. Una última orden se escuchó entre los radios. Disparen. Y lo abatieron ahí mismo. Frente a decenas de testigos, frente a niños, frente a cámaras, frente al altar del día de muertos.

 La escena era de película de guerra. Gente tirada en el suelo, policías gritando, médicos improvisados intentando contener la hemorragia del edil, los pétalos de flor de muerto pegados en la sangre caliente, el aire con sabor a metal. A las 8:17, una ambulancia rompe el cerco. Carlos Manso aún respira.

 Tiene los ojos cerrados, pero sus labios se mueven. Nadie sabe si reza, si llama a su esposa o si simplemente repite su último pensamiento. Lo suben, lo intuban y lo llevan al hospital más cercano. O mientras tanto, los peritos se acercan al cuerpo del agresor. Uno de ellos da un paso atrás al ver el rostro. No tiene más de 19. Es un niño.

 No traía cartera ni celular, solo los tatuajes y una pistola 9 mm con el cargador vacío. Pero había algo más, una tarjeta de hotel arrugada en su bolsillo derecho. Y cuando revisaron ese hotel, descubrieron que el cuate no había venido solo. Carlos Manso Rodríguez no era un político más, tenía 46 años. Había sido comerciante, luego abogado y después alcalde.

 Pero ante todo era padre de dos hijas, esposo de Grecia Quiroz y vecino de la colonia La Mora, donde aún lo saludaban como Carlitos cuando pasaba por la panadería de siempre. Llevaba solo 10 meses en el cargo y ya había hecho enemigos. No porque robara, sino porque cerró contratos turbios. Intervino rutas controladas por grupos criminales y ordenó reforzar operativos en colonias calientes como La Cedrera y Santa Rosa.

 Nunca pidió escoltas adicionales. No tengo miedo. Aquí me cuida la gente, solía decir. Pero la noche del ataque la gente no pudo hacer nada. Cuando ingresó al hospital su cuerpo ya mostraba signos de shock hipobolémico. Perdió demasiada sangre. La bala que entró por el abdomen atravesó órganos vitales. Durante 45 minutos los médicos hicieron lo imposible.

 Pero a las 9:58 de la noche su corazón se detuvo. Grecia Kiró su esposa fue la primera en llegar. Al verla entrar, una enfermera bajó la mirada. A otro doctor le tomó la mano y le dijo, “Hicimos todo lo que pudimos.” Ella no lloró, solo pidió ver el cuerpo. Se acercó, lo tocó en la frente y susurró, “Te dije que no fueras, pero tú nunca huías.

” Horas más tarde, en medio de cámaras, flores y reclamos, Grecia tomaría el micrófono durante el funeral. A Carlos lo mataron por ser valiente, pero su lucha no murió con él. “Yo voy a seguir su legado, aunque me cueste la vida.” La gente aplaudió. Otros lloraron y algunos entre la multitud comenzaron a preguntar lo que nadie quería decir en voz alta. quién mandó matarlo.

 Mientras tanto, en las oficinas de la FG, el fiscal Carlos Torres Piña ordenaba revisar las cámaras de seguridad de la ciudad y ahí algo no cuadraba. El cuate llegó a Uruapan 5 horas antes del ataque, se registró en un hotel céntrico, pagó en efectivo y salió caminando justo a tiempo para interceptar al alcalde. Pero había más.

Las cámaras mostraban otra figura, un segundo joven también encapuchado, que entró al mismo hotel y salió minutos después con dirección opuesta. CPC vigilantes supervisor. Las imágenes fueron enviadas al Centro Nacional de Inteligencia y cuando Harfuch las vio, pidió activar el protocolo de emergencia.

 El asesinato de Carlos Manso no fue una decisión improvisada, fue una ejecución estratégica, una orden girada desde una estructura criminal que lleva años sembrando terror en Michoacán. el cártel Jalisco Nueva Generación. Y la primera pieza en ese tablero fue un nombre que encendió alarmas. Osvaldo Gutiérrez Vázquez, alias El Cuate, 19 años, originario de Apatzingán, vecino de la colonia Miguel Hidalgo, sin antecedentes penales, sin ficha oficial, pero con un apellido que pesa.

 familiar directo del Prángana, un operador clave de los hermanos Álvarez Ayala, Ramón y Rafael, el R1 y el R2, dos nombres que desde hace más de una década figuran en los informes de La Sedena, como lugarenientes de Nemesio o Ceguera Cervantes, alias el Mencho. Desde Jalisco hasta Colima, los R1 y R2 han operado con mano de hierro, bloqueos, incendios, trasiego de droga sintética, pero su poder no termina en la violencia.

 son quienes coordinan las células juveniles del CJ en Tierra Caliente. Y Osvaldo, alias el Cuate, fue uno de sus soldados más nuevos. Según el gabinete de seguridad, Osvaldo fue reclutado semanas antes por un primo vinculado al Prangana. Le ofrecieron dinero, lo entrenaron y lo enviaron a Uruapan con un objetivo claro, marcar territorio. No fue el único.

 El análisis de sus movimientos reveló que viajó en transporte público desde Apatingán usando una credencial falsa. se hospedó en un hotel del centro con nombre ficticio, pagó en efectivo y abandonó su celular antes de salir al festival. El arma que usó una pistola calibre 9 mm había sido utilizada en al menos dos homicidios previos en el mismo corredor criminal, uno en Parácuaro y otro en Nueva Italia.

 La lógica era simple, usar a un joven sin historial vinculado a sangre con el cártel que pudiese ser descartado tras cumplir su tarea. Un soldado desechable, pero no fue el único dato que heló a los investigadores. La pistola, tras las pruebas balísticas, coincidía con un lote entregado a una célula del cejo en DNG, localizada meses antes en Colima, vinculada directamente al brazo logístico del R2.

 Y lo más escalofriante en los tatuajes de Osvaldo, los peritos hallaron dos símbolos que no eran simples dibujos. Uno de ellos, el número 401 tatuado dentro de un cráneo, corresponde al código interno de iniciación de células menores del CJ, un sello de ingreso, una marca de sacrificio. El segundo, una Hello Kitty deformada con una cicatriz pintada en el rostro.

 Según la unidad de inteligencia, ese tatuaje se usa para indicar que el portador fue programado para una única misión, como un dron humano, como un proyectil de carne. Durante las primeras 48 horas, todo parecía cerrado. El tirador estaba muerto, el arma identificada, los vínculos con el CJ trazados, pero algo no cuadraba.

 El fiscal Carlos Torres Piña, durante una conferencia de prensa soltó la frase que volteó el tablero, tenemos evidencia clara de que el agresor no actuó solo y entonces vino el dato que lo cambió todo. En las grabaciones recuperadas del sistema de videovigilancia municipal, una figura apareció 5 minutos antes del ataque. Vestía chamarra negra, gorra y mochila.

no se detuvo, solo caminó hacia la parte trasera de la plaza donde se encontraba el cableado de sonido del evento. Instantes después, el micrófono del alcalde falló. Un sonido seco, luego estática, después los disparos. Ese corte no fue una casualidad. Según expertos forenses, alguien saboteó el sistema de audio para provocar confusión durante el ataque y la figura captada por la cámara no era Osvaldo el Cuate.

La FGE comenzó a hablar de un cómplice operativo, un segundo joven, no identificado, pero con el mismo perfil físico y muy probablemente del mismo origen criminal. La escena no fue un acto de locura, fue una ejecución coreografiada. Mientras el cuate se acercaba al alcalde, su cómplice distraía al personal técnico y cuando cayó el sistema de sonido, el caos fue mayor.

 Gente corriendo sin saber qué escuchó. Los escoltas desorientados, el blanco más vulnerable. Pero había más. Durante el cateo del hotel donde se hospedó el cuate, los investigadores hallaron un recibo olvidado dentro del bote de basura del baño. Fecha primero de noviembre, hora 4:15 de la tarde. Artículo comprado. Tres sobres de pastillas para mantenerse despierto.

Nombre del establecimiento, farmacia de la central. Ese ticket llevó a un nuevo testigo, el farmacéutico. No venía solo. Era un muchacho flaco con sudadera gris y otro más alto de ojos rojos. El que pagó tenía tatuajes en los dedos. Ambos habían comprado bebidas energéticas, pastillas estimulantes y uno de ellos preguntó, “Con eso aguanto hasta la noche.

” El fiscal, al presentar el dato, fue claro. Todo indica que hubo planeación, ensayo y una posible supervisión externa. No fue un impulso, fue una orden. Una orden que nació lejos de Uruapan y que tuvo en el cuate solo al ejecutor visible. Lo que queda claro es que el crimen tenía capas. un autor material, un cómplice y muy posiblemente un autor intelectual.

 La FG ella tiene los primeros retratos hablados y Harfou al ser notificado emitió un mensaje que simbró al país. Esto no fue un ataque a un alcalde, fue un ataque directo al estado y vamos por cada responsable uno por uno. La ciudad de Uruapán amaneció este lunes envuelta en una mezcla de duelo, rabia e incertidumbre.

 El reloj marcaba las 19:3 minut de la tarde y aún seguía latente el eco de los disparos que cegaron la vida de Carlos Manso Rodríguez en pleno festival de velas. La noche del primero de noviembre, el asesinato del alcalde no fue únicamente un hecho criminal. Hoy se vislumbra como una herida abierta al corazón mismo del poder local.

 El mensaje de Omar García Harfush resonó con fuerza. Esto no quedará impune. Y aunque la agresión ocurrió hace menos de 48 horas, ya hay señales claras de un alcance mayor, de un diseño que trasciende el escenario que todos creíamos vigilado. Primero, la vinculación con el cártel Jalisco Nueva Generación, Sejo.

 Las fuentes federales confirman que el asesino apodado Osvaldo Gutiérrez Vázquez, alias el cuate, tenía lazos familiares directos con un operador del cártel, apodado el Prangana. Ese operador a su vez depende de los hermanos Ramón Álvarez Ayala y Rafael Álvarez Ayala, conocidos como R1 y R2 implicados. En la logística del CJ, la cadena de mando se dibuja rápida como un mapa de fuego.

 Segundo, los datos técnicos, el agresor llevaba consigo una pistola de 9 mm que ya había sido vinculada a otros homicidios en la región y su cuerpo tiene más de una decena de tatuajes. Cráneos, el número 401. Símbolos de coronas, rostros infantiles, señales de un ritual de iniciación. Según los peritos, el joven tenía entre 17 y 19 años y dio positivo en pruebas de anfetaminas y marihuana.

Un soldado cruelmente joven, usado como punta de lanza. Tercero, el blanco estaba protegido. Manso contaba con protección desde diciembre del año pasado y en mayo se reforzó con elementos de la Guardia Nacional. Pero aún así, la emboscada logró su objetivo dentro de un evento público con decenas de testigos. Eso evidencia.

 Los agresores eligieron el escenario, la hora, el marco para multiplicar el impacto. Y mientras Uruapan se convierte en foco nacional, surge la duda que pesa más que todas las balas. ¿Quién dio la orden? quién permitió que el cuate entrara, disparara y huyera, aunque solo hasta ser abatido.

 El gobernador Alfredo Ramírez Bedoya ya advirtió que el actor intelectual existe, que hay grupos criminales implicados más allá del ejecutor. La investigación apenas arranca, pero el tablero ya está puesto. En la avenida principal de Uruapan se ven patrullas, operativos, fiscales que suben al escenario de hechos. La plaza donde ocurrió el crimen es ahora punto de vigilancia.

 La gente, aunque tranquila por fuera, murmura en voz baja. Esto no es un error. Y mientras tanto, Harfa, este lunes por la tarde se encendió la alerta nacional porque lo que empezó como un ataque local se perfila como un golpe simbólico al estado y lo que los investigadores hallaron en el hotel donde se hospedó el cuate podría destapar la caja de Pandora.

 En Uruapán los días ya no transcurren igual. Desde el primero de noviembre los negocios cierran antes del anochecer. Las patrullas circulan con luces apagadas y los altares del día de muertos que antes estaban llenos de flores, hoy tienen algo más, miedo. El asesinato de Carlos Manso no solo dejó un vacío político, dejó una advertencia clara. Nadie está a salvo.

 La población lo sabe y el silencio se ha vuelto norma. En las calles donde antes se vendían pan de muerto y calaveritas, ahora se escuchan murmullos. A ese chavo lo trajeron solo a matar. Alguien muy arriba mandó ese mensaje. Esto no fue por dinero, fue por poder. Los rumores crecen y con ellos el terror, porque aunque el agresor fue abatido, la verdad sigue libre.

 Y más aún, el cuerpo del atacante aún no ha sido reclamado por nadie, ni un amigo, ni un familiar. Nadie ha preguntado por Osvaldo Gutiérrez Vázquez como si su vida hubiera sido diseñada solo para morir esa noche. Los médicos forenses anotaron su edad aproximada entre 17 y 19 años. El análisis toxicológico fue devastador. Tenía altos niveles de anfetaminas, THQC y trazas de otras sustancias aún no identificadas.

 No estaba en control, estaba programado. Y mientras la sociedad trata de digerir el golpe, el sistema judicial comienza a llenarse de preguntas. El fiscal Carlos Torres Piña confirmó que hay una carpeta abierta por homicidio doloso y que la misma pistola usada por el cuate ya se vinculó a otros dos asesinatos.

 La pregunta es obvia, ¿quién se la dio? El gobernador Alfredo Ramírez Bedoya, en un intento de contener la indignación, aseguró que el ataque no quedará impune y que ya se investiga la posible complicidad de más actores. Pero en el funeral del alcalde las palabras no fueron suficientes. Grecia Quiroz, esposa de Manso, fue abordada por decenas de ciudadanos.

Algunos lloraban, otros pedían justicia. Pero una mujer mayor le dijo algo al oído que quedó grabado en varios testigos. No dejes que lo borren, que no lo maten dos veces. Esa frase sintetiza todo, porque lo que se juega ahora no es solo la memoria de un alcalde valiente, sino la credibilidad de un estado que ha sido vulnerado en su rostro más visible.

En colonias como La Cedrera y Santa Rosa, donde Manso había ordenado operativos contra el narcomenudeo, ya comenzaron a circular mensajes. Ahora sí, nadie los va a proteger. Y mientras el miedo se instala como huésped permanente, las autoridades avanzan en círculos. Aún falta identificar al segundo joven captado por las cámaras.

Aún falta comprobar quién entregó el arman. Y sobre todo, aún falta enfrentar al verdadero rostro que firmó la orden de ejecución. La noticia viajó más rápido que la justicia. Carlos Manso Rodríguez, alcalde de Uruapan, fue asesinado en pleno día de muertos por un joven de 19 años, drogado, armado y enviado por el crimen organizado.

 Y el país entero miró hacia otro lado. En las primeras horas tras el ataque, las redes sociales ardieron. mensajes de indignación, homenajes, promesas de justicia, pero el algoritmo olvidó rápido y la violencia como siempre siguió adelante. En la Ciudad de México, un comunicado institucional intentó calmar el oleaje.

 La seguridad está garantizada. Se refuerzan los operativos. Ya fue abatido el agresor. Pero en Uruapán la gente no escucha comunicados ni escucha disparos y el eco de un hombre que duele, Carlos. Porque Manso no fue un caído cualquiera, fue un funcionario que denunció corrupción. que enfrentó mafias locales que sabía lo que se jugaba cada vez que salía a la calle y lo mataron donde más dolía, en público, frente a su gente durante una fiesta, un mensaje, una ejecución política disfrazada de crimen común.

 El país ya lo ha visto antes y probablemente lo volverá a ver, pero lo que ocurrió con el cuate de un joven casi niño convertido en arma viviente por el CJNG, dejó claro que la nueva guerra no se libra con ejércitos, sino con cuerpos descartables y órdenes invisibles. Y ahora el miedo se pregunta cuántos cuates más están esperando su turno.

 Harfuch desde el centro de inteligencia lo dijo sin rodeos. Esto fue un ataque al Estado y cada ataque tendrá respuesta. Pero la pregunta no es si responderá el estado, la pregunta real es si responderá a tiempo, porque Carlos Manso ya no está y su nombre, como tantos otros, amenaza con ser tragado por la costumbre nacional más peligrosa, la indiferencia.

 Hoy esa plaza sigue con flores, pero no son de fiesta, son de duelo y ese altar no tiene pan ni papel picado, solo tiene una frase escrita con marcador negro en una cartulina pegada al muro del kiosco a los que matan a la luz del día, quien los protege en la oscuridad. M.