Dígame, exalcaldesa. La voz de Omar Harfuch cortó el aire acondicionado del estudio, un tono grave y sin inflexiones que parecía absorber todo el sonido a su alrededor. ¿Usted cree que gobernar es un acto de espectáculo o un ejercicio de responsabilidad? La pregunta quedó suspendida en el silencio.
No fue un grito, no fue una acusación, pero en su calma quirúrgica residía una violencia dialéctica que heló la sangre del moderador, un veterano periodista llamado Ricardo Solís, quien sintió una gota de sudor frío recorrerle las cienes. La cámara uno, con su luz roja encendida como un ojo de cíclope, se centró en el rostro de Sandra Cuevas.
Por una fracción de segundo, apenas un parpadeo imperceptible para el televidente promedio, pero un universo para el analista político. La máscara de confianza de la exalcaldesa vaciló. Estaban sentados en una mesa de caoba pulida, un set diseñado para proyectar seriedad y decoro. De un lado, Omar Harfuch, el exsecretario de seguridad ciudadana, ocupaba su silla no como un invitado, sino como una fuerza de la naturaleza.
Su traje oscuro, perfectamente cortado, parecía un uniforme. Su postura era erguida, las manos entrelazadas sobre la mesa, los nudillos blancos. No había un solo movimiento innecesario. Su mirada fija en cuevas era la de un interrogador que ya conoce todas las respuestas. Del otro lado, Sandra Cuevas, vestida con un saco de un blanco casi hiriente, un desafío visual a la sobriedad de su oponente.
Había llegado con la energía combativa que la caracterizaba, una mezcla de carisma de barrio y una estudiada pose de mujer de poder. Sus gestos eran amplios, su sonrisa, un arma que sabía usar. Pero ante la primera estocada de Harf, esa sonrisa se tensó en las comisuras. Secretario o exsecretario o senador electo.
Uno ya no sabe cómo llamarle con tanto cambio de cachucha”, replicó ella forzando un tono juguetón que no llegó a sus ojos. Gobernar es servirle a la gente y a la gente a veces le gusta el espectáculo, sobre todo cuando se trata de poner orden donde su gobierno por años solo dejó caos. ¿O a poco cree que los vecinos de la Cuautemoc querían que les pidiera permiso por favor para quitar a los delincuentes que ustedes solaparon? El golpe era predecible.

Una desviación del tema personal hacia la crítica institucional. un movimiento de manual. Harfuch ni siquiera parpadeó. No estoy hablando de los vecinos, exalcaldesa. Le estoy hablando a usted, continuó él, su voz manteniéndose en ese registro bajo y controlado. Mis preguntas esta noche serán muy sencillas y todas tienen que ver con la responsabilidad, porque usted y yo le pedimos a la gente su confianza.
Y la confianza, a diferencia de los operativos diamante, no se impone con vallas y pintura, se gana con transparencia. ¿Está de acuerdo? Ricardo Solís, el moderador, tragó saliva. El guion que su productora había preparado con tanto esmero, con temas balanceados y tiempos medidos, acababa de ser hecho trizas. Esto ya no era una entrevista, era un duelo.
En la cabina de producción, la directora, una mujer de nervios de acero llamada Laura, se inclinó hacia el intercomunicador. Cierra el plano en ella, Toño. Quiero verle los ojos. La dos, mantente en Harfush. No quiero gestos, quiero su impavidez. Esto es oro. El público en casa, que esperaba un debate más en la interminable sucesión de polémicas políticas, comenzó a sentir que algo distinto estaba ocurriendo.
Los mensajes en redes sociales, que al principio eran bromas y memes sobre la vestimenta de cuevas o el semblante de Harfuch empezaron a cambiar de tono. “Harfuch no está jugando”, tecleó un usuario influyente. Esto se va a poner feo, respondió otro. Cuevas se reacomodó en la silla, un gesto que pretendía ser de relajación, pero que traicionaba su incomodidad.
Cruzó las piernas y apoyó un codo en la mesa inclinándose ligeramente hacia adelante. Transparencia, dice usted y río. Un sonido corto y agudo. Qué curioso que hable de transparencia el hombre, cuyo historial es más clasificado que los archivos del Pentágono. Yo soy un libro abierto. La gente me ve en la calle comiendo en los mercados caminando por Tepito.
A usted solo lo ven en convoyes blindados. ¿Qué le va a enseñar usted de transparencia a una mujer que viene del pueblo? El origen no exime de la obligación, exalcaldesa. Y yo no he venido a hablar de mí. Mi vida, mis funciones y mis resultados han sido escrutados públicamente durante años, incluso por mis enemigos. Hoy el tema es usted, dijo Harfch.
Y aquí por primera vez hizo un gesto. Levantó una mano, no para señalarla, sino para enumerar. Hablemos de su primer año de gobierno en la Cuautemoc. usted lo llamó poner orden. Sin embargo, múltiples informes de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, así como decenas de amparos promovidos por comerciantes, hablan de despojos, de uso excesivo de la fuerza y de un patrón de intimidación.Es ese su concepto de responsabilidad.
Es mi concepto de recuperar la alcaldía para los ciudadanos de bien, no para los extorsionadores”, respondió ella, su voz subiendo de volumen. “Usted que se sienta en oficinas de lujo, no sabe lo que es lidiar con mafias que se apropian del espacio público. Yo sí tuve los ovarios para enfrentarlos.” O usted los hubiera invitado a un café para dialogar mientras le cobran piso a una señora que vende quesadillas.
El narrador omnisciente podría haber visto en ese momento las dos realidades paralelas. En el estudio, la tensión era un ente palpable, las luces calientes, el silencio sepulcral de la treintena de técnicos y asistentes, todos contenían la respiración. Pero fuera, en las calles de la Ciudad de México, la gente se congregaba frente a los televisores en taquerías y bares.
En los grupos de WhatsApp de familias y amigos, los videos del intercambio empezaban a circular a una velocidad vertiginosa. El debate había dejado de ser un programa de nicho para convertirse en un evento. Harfush esperó a que el eco de la voz de cuevas se apagara. Luego, con la misma calma devastadora, acest golpe. Habla de mafias, exalcaldesa.
Es un tema que me interesa profundamente, dijo. Y sus ojos, que hasta entonces habían mantenido una dureza profesional, parecieron oscurecerse, adquirir una profundidad personal. Hablemos de las mafias que usted dice haber combatido. ¿Podría explicarle al público la naturaleza de sus reuniones con ciertos líderes de comerciantes del centro histórico, específicamente aquellos con antecedentes penales por extorsión y narcomenudeo? Reuniones que, curiosamente no aparecen en su agenda pública.
El aire abandonó los pulmones de Sandra Cuevas. La acusación era velada, pero específica. No era una generalidad sobre su gobierno, era una flecha con nombre y apellido. Intentó reírse de nuevo, pero el sonido se atoró en su garganta. ¿Está usted insinuando? Comenzó, pero su voz flaqueó. Yo no insinúo nada, exalcaldesa. La interrumpió Harf, su tono ahora cortante como el filo de un visturí.
Yo hago preguntas basadas en hechos y mi pregunta es simple. ¿Se reunió usted, sí o no, en privado con personas que sus propias fuerzas de seguridad, las de la ciudad que yo comandaba, tenían identificadas como operadores de la Unión Tepito? El silencio que siguió fue atronador. Ricardo Solís miró a su productora a través del cristal con los ojos desorbitados pidiendo una instrucción que no llegó.
Laura simplemente le hizo un gesto con la mano. Déjalo seguir. En la pantalla, el rostro de Sandra Cuevas era una batalla de emociones. La ira, la sorpresa, el miedo. El cazador la había llevado al centro de un claro en el bosque. Y ahora, desde la oscuridad de los árboles, miles, millones de ojos la observaban.
El primer bloque del debate acababa de terminar no con el sonido de una campana, sino con el estruendo de una bomba de tiempo que acababa de ser activada en el corazón de la política capitalina. La negación de Sandra Cuevas fue visceral, casi un reflejo. Eso es una calumnia, una mentira miserable. Su voz, ahora sí se quebró con una indignación que podía ser real o una actuación magistral.
Se puso de pie a medias, apoyando las palmas de las manos con fuerza sobre la mesa de Caoba, como si quisiera volcarla. Usted no puede venir aquí a difamarme con acusaciones tan bajas, tan ruines. Esto es una bajeza política. Harf permaneció sentado, una montaña de calma frente a su tempestad. No le retiró la mirada.
Dejó que su exabrupto llenara el estudio, que la audiencia lo absorbiera en toda su estridencia. esperó el momento exacto en que ella tomó aire para seguir gritando y justo entonces habló su voz sin elevarse un decibel, lo que la hizo aún más dominante. Exalcaldesa, por favor, siéntese. No estoy en un miting ni usted en una de sus conferencias de prensa donde no acepta preguntas incómodas.
Esto es un diálogo de cara a la nación”, dijo con una autoridad que no admitía réplica. Sorprendentemente ella le obedeció. Se desplomó en su silla el color blanco de su saco acentuando el rubor de furia en su rostro. “Yo no he afirmado que usted pactó con ellos. Le he preguntado si se reunió. Es una pregunta de sí o no.
Usted, la mujer del libro abierto, debería poder contestarla sin dificultad. El narrador podría describir la escena como una partida de ajedrez en la que un jugador ha sacrificado una pieza menor para dejar al rey contrario en una posición expuesta. Cuevas había caído en la trampa. Su reacción desmedida, en lugar de proyectar inocencia había sembrado la duda.
El espectador en casa no recordaría la pregunta exacta de Harfch, pero sí la furia descontrolada de cuevas. Me he reunido con miles de personas, si seó ella, intentando recuperar el control con comerciantes, con vecinos, con empresarios, con todo el que quiera trabajar por la Cuautemoc.
Yo no le pidosu carta de antecedentes penales a cada ciudadano que me pide una audiencia. Esa es su chamba, secretario, y por lo visto no la hizo muy bien porque esas personas que usted menciona seguían operando con total impunidad bajo sus narices. Fue un buen contraataque. Rápido, astuto, desviaba la atención y lo culpaba a él. Por primera vez, una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios de Omar Harfuch.
Era la sonrisa de un depredador que disfruta la lucha. Ahí es donde se equivoca, exalcaldesa. Mi trabajo precisamente era identificarlos, investigarlos y detenerlos. Y lo hicimos. Detuvimos a cientos de ellos. Pero nuestro trabajo se volvía curiosamente difícil cuando nuestros objetivos parecían ser alertados de operativos en el perímetro de la alcaldía Cuautemoc.
Se volvía frustrante cuando ciertos tianguis, identificados como puntos de venta y extorsión, eran blindados con permisos extraordinarios emitidos por su administración horas antes de que pudiéramos intervenirlos. Sacó una carpeta delgada de color manila que había estado discretamente a su lado. No la abrió, simplemente la colocó sobre la mesa entre ellos dos.
El gesto fue suficiente. Era un artefacto, un objeto tangible que rompía el flujo de palabras y acusaciones etéreas. Ahora había una prueba o la amenaza de una. ¿Qué es eso más de sus expedientes fabricados para perseguir opositores? Espetó cuevas, pero sus ojos estaban fijos en la carpeta. No son expedientes fabricados, son hechos.
exalcaldesa, fechas, nombres, reportes de inteligencia, por ejemplo. Y aquí Harf abrió la carpeta, aunque sin mostrar su contenido, el 14 de marzo de 2023. Planeamos un operativo de gran calado en la calle de Aztecas para desmantelar una red de bodegas de mercancía robada. A las 10 de la noche del 13 de marzo, su director de gobierno, cuyo nombramiento fue una imposición personal suya, sostuvo una reunión urgente con los líderes de los comerciantes de esa misma calle.
A las 6 de la mañana del 14, cuando mis equipos llegaron, las bodegas estaban vacías. ¿Le parece una coincidencia? El detalle era abrumador. La fecha, la calle, la hora, esto no era una insinuación. Era una cronología. Cuevas parpadeó buscando una respuesta. Mi equipo de gobierno trabaja 247, argumentó débilmente.
Se reúnen con gente todo el tiempo para resolver problemas. Ahora va a criminalizar el diálogo. No, exalcaldesa. Voy a cuestionar el resultado de ese diálogo replicó Harf, su voz endureciéndose. El resultado fue que una operación policial de meses fue saboteada. El resultado fue que toneladas de mercancía robada desaparecieron.
El resultado fue que los delincuentes se rieron de la autoridad y el denominador común en este y otros seis casos que tengo documentados aquí es la intervención oportuna y extraoficial de funcionarios de su círculo más cercano. El moderador Ricardo Solís intentó intervenir sintiendo que el terreno se volvía peligrosamente específico, ilegalmente pantanoso.
Secretario Harf, ¿está usted haciendo acusaciones muy graves? ¿Tiene pruebas contundentes de lo que dice? Harfush se giró lentamente hacia él. Ricardo, no estoy en un juzgado, aunque la exalcaldesa parece sentirse en uno. Estoy en un debate público presentando un patrón de conducta, un patrón que sugiere, en el mejor de los casos, una negligencia al y, en el peor, una complicidad deliberada.
Y es mi deber, como alguien que aspira a seguir sirviendo a esta ciudad, poner estos patrones sobre la mesa. Se volvió de nuevo hacia Cuevas, quien ahora lo miraba con un odio puro, despojado de cualquier estrategia política. Usted habla de sus operativos diamante, de limpiar las calles, pero parece que su escoba tenía un criterio muy selectivo”, continuó Harfuch.
barría con los vendedores de artesanías, con los organilleros, con los puestos de comida que llevaban décadas ahí, pero era extrañamente respetuosa con las estructuras de los grupos que sí representaban una amenaza. Usted no limpió la Cuautemoque, exalcaldesa. Usted la redecoró a su gusto y en el proceso parece haber hecho acuerdos muy sospechosos para mantener la paz en ciertos territorios.
Una paz que se parece mucho a la Pax mafiosa. La frase Pax mafiosa resonó en el estudio. Era una acusación de una brutalidad elocuente. Sandra Cuevas se irguió. La mujer acorralada se estaba transformando en una fiera. Ya no le importaba el debate, ni la opinión pública, ni la estrategia. Esto se había vuelto personal.
Usted no sabe nada de mí”, dijo su voz baja y cargada de veneno. Usted, el niño de oro, el que nació en cuna de privilegio, el que ha tenido todo fácil, viene a hablarme a mí de la calle. A mí. ¿Sabe qué es la Pax mafiosa, señor Harf? Es sobrevivir en un sistema que usted y los suyos crearon. Es entender que para gobernar un lugar como la Cuautemoc, a veces hay que hablar con el algo que usted nunca entendería desde su oficina con vista al ángel de la independencia.
Pero ya que le gusta tanto hablar de la vida personal y de los círculos cercanos, hablemos del suyo. Un murmullo recorrió la cabina de producción. Laura, la directora, se llevó una mano a la boca. Sabía lo que venía. El debate había descendido a un nuevo nivel. Ya no se trataba de política o de gestión. Ahora iban a intentar destruirse mutuamente y millones de personas estaban a punto de presenciarlo en vivo y en directo.
La cámara dos se mantuvo fija en el rostro de Harf, buscando una grieta en su fachada de granito. No la encontró, solo vio sus ojos que parecían anticipar el golpe y peor aún darle la bienvenida. El ataque de Sandra Cuevas fue directo y personal, un intento desesperado por desequilibrar al hombre que la había desarmado metódicamente.
Hablemos de su propio empleo, señor Harfush, o más bien de cómo lo consiguió, porque todos en esta ciudad sabemos que usted no llegó a secretario de seguridad por su brillante carrera como policía de crucero. Usted llegó por su apellido, por ser hijo de quién fue. Hablemos de nepotismo, hablemos de los juniors del poder que juegan a ser policías.
El golpe era bajo y todos en el estudio lo sabían. La historia familiar de Omar Harfus, hijo de la reconocida actriz María Sorté y del político Javier García Paniagua era de dominio público, pero rara vez se usaba como arma arrojadiza por respeto a su propia y notoria carrera y sobre todo por el atentado que casi le cuesta la vida.
Usarlo en un debate era romper un código no escrito. Harfuch la escuchó sin inmutarse. El único cambio en su expresión fue un ligero endurecimiento de la mandíbula. Cuando ella terminó, él no respondió a la provocación, no defendió su linaje ni su carrera, simplemente la miró fijamente y dijo, “Estamos hablando de sus vínculos, exalcaldesa.
No intente desviar la atención, pero Cuevas no iba a soltar su única arma. No, estamos hablando de credibilidad. Usted me acusa de tener vínculos sospechosos, pero su propio nombramiento es sospechoso. Usted me cuestiona por hablar con gente en Tepito, pero usted se sentaba en mesas con la élite política que ha saqueado a este país.
¿Con qué cara viene a dar lecciones de moralidad? Con la cara de quien ha puesto su vida en riesgo por esta ciudad, respondió Harfuch. Y por primera vez un filo de emoción genuina, una ira helada se coló en su voz con la cara de quien tiene más de 100 cicatrices en el cuerpo por enfrentarse al crimen organizado que usted parece conocer también con la cara de quien ha enterrado a compañeros y amigos caídos en el cumplimiento de su deber.
Esa es la cara con la que vengo, exalcaldesa. ¿Cuál trae usted esta noche? la de servidora pública o la de defensora de intereses que no puede nombrar. El impacto de sus palabras fue total. Había invocado el atentado, no como una víctima, sino como una credencial de honor y sacrificio. Había convertido el ataque personal de cuevas en un bomerán que la golpeaba con la fuerza de la legitimidad ganada a balazos.
El estudio quedó en un silencio tan profundo que se podía oír el zumbido de los focos. Sandra Cuevas abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Había cruzado una línea y al otro lado se había encontrado con un muro. Fue entonces cuando Harf ejecutó su jugada final. Lentamente, como un crupier repartiendo una carta fatal, deslizó sobre la mesa una fotografía tamaño carta, boca abajo.
“Ya que le gusta tanto hablar de la vida personal, hablemos de esta foto”, dijo en voz baja. “Fue tomada hace 8 meses en un restaurante en Polanco, un lugar discreto, una cena al parecer de amigos. La cámara uno hizo un zoom tembloroso sobre la fotografía. Ricardo Solís, el moderador, se inclinó con una mezcla de pavor y curiosidad profesional.
Cuevas miraba el reverso blanco del papel fotográfico como si fuera una serpiente a punto de morder. “No sé de qué me habla”, susurró. “Oh, yo creo que sí lo sabe”, dijo Harfush. Con un solo dedo le dio la vuelta a la fotografía. La imagen era nítida, tomada con un teleobjetivo pero inconfundible. En ella aparecía Sandra Cuevas sonriendo sentada a una mesa.
A su lado, también sonriendo, estaba un hombre corpulento de rostro conocido en los círculos policiales y en las portadas de la nota roja. era el hermano de un conocido líder de la Unión, Tepito, un hombre al que la propia secretaría de Harfush había intentado capturar en múltiples ocasiones por cargos de extorsión y delincuencia organizada, y junto a ellos, levantando una copa en un brindis, estaba un empresario constructor que había ganado, sin licitación pública, tres de los contratos más jugosos de remodelación de mercados en la alcaldía Cuautemoc
durante la gestión de cuevas. El aire se solidificó. No era una insinuación, no era un reporte de inteligencia, era una prueba gráfica, un triángulo de poder e intereses que conectaba la política, el crimen y el dinero de una formadevastadoramente simple y visual. Son estos los diablos con los que tiene que hablar para gobernar, exalcaldesa? Preguntó Harfou.
su voz ahora un susurro mortal o son sus socios. El hombre a su derecha ha sido vinculado a la extorsión sistemática de comerciantes en el centro. El hombre a su izquierda recibió 80 millones de pesos en contratos de su administración y en medio está usted brindando. ¿Por qué brindaban, exalcaldesa? Por el orden en la Cuautemoc, Sandra Cuevas miraba la foto con los ojos desorbitados.
El color había desaparecido de su rostro, dejándola con una palidez cerlea. Intentó hablar, pero solo emitió un sonido ahogado. Se llevó una mano al pecho, su respiración agitada. En la cabina, Laura gritó por el intercomunicador. Corte comercial. Manden a corte ahora. Pero Ricardo Solís, en un rapto de instinto periodístico que definiría su carrera, levantó una mano.
No, esperen. Sabía que interrumpir ese momento sería un crimen contra la verdad. Todo el país estaba viendo a una figura pública desmoronarse en tiempo real. La mujer combativa, la leona de la Cuautemoc, había sido desenmascarada, no por un discurso, sino por una simple fotografía. Su silencio era más elocuente que cualquier confesión.
La imagen en la pantalla era insoportable, el rostro triunfante y helado de Harfus, el rostro descompuesto de cuevas y entre ellos sobre la mesa de caoba pulida, la fotografía que lo explicaba todo. Yo, ese hombre es un empresario. Balbuceó finalmente Cuevas señalando al constructor. Y el otro, me lo presentaron esa noche. Es una trampa.
Usted me tendió una trampa, exalcaldesa, dijo Harfuch recogiendo la fotografía y guardándola de nuevo en su carpeta. La única trampa en la que ha caído es la de sus propias acciones. Yo solo encendí la luz. El clímax había llegado. El golpe había sido tan certero, tan brutalmente efectivo, que no había nada más que decir. El arrinconamiento era total.
El título de la historia se había hecho carne y hueso en el set de televisión. El público había presenciado una ejecución política en vivo y el eco de ese disparo resonaría durante mucho tiempo. El silencio que siguió a la revelación de la fotografía fue denso y pesado, como el aire antes de una tormenta.
Sandra Cuevas permaneció inmóvil con la mirada perdida en el punto de la mesa donde había estado la imagen, como si la quemadura de su presencia aún persistiera en la madera. su mente. Normalmente un torbellino de respuestas rápidas y contraataques estaba en blanco. Cada posible defensa se desmoronaba antes de formarse. Negarlo era inútil, justificarlo era admitirlo.
Estaba atrapada. Ricardo Solís. El moderador finalmente encontró su voz, aunque sonaba rasposa y extraña a sus propios oídos. Exalcaldesa Cuevas quiere responder a lo que el Sr. Harfch ha presentado. Ella levantó la vista lentamente. Sus ojos encontraron los de Harfuch y en ellos no vio triunfo ni arrogancia, sino una fría y distante determinación.
Era la mirada de un hombre que había cumplido una misión desagradable, pero necesaria. Esa impersonalidad de alguna manera era más insultante que el odio. “Este programa es una farsa”, dijo ella, su voz apenas un hilo. Un juicio mediático orquestado por usted se dirigió a Harfuch ya sin la fuerza de antes. Usted no es un policía, es un verdugo político y usó la inteligencia del Estado para espiarme, para casarme.
Yo usé la inteligencia del Estado para combatir el crimen, exalcaldesa, corrigió Harfuch con calma. Y a veces las líneas de investigación nos llevan a lugares inesperados, a restaurantes en Polanco, por ejemplo. La pregunta que los ciudadanos se harán no es, ¿cómo se obtuvo la foto? Sino, ¿por qué se tomó usted esa foto? ¿De qué hablaba? ¿Qué acordaba? Se recargó en su asiento el lenguaje corporal de alguien que ha dicho todo lo que tenía que decir.
La presión había cesado, ahora solo quedaba observar los efectos. Ricardo Solís, viendo que Cuevas no iba a ofrecer una defensa coherente y que el ambiente era ya irrespirable, decidió que era hora de terminar el suplicio. Se nos ha terminado el tiempo. Les agradezco a ambos su presencia esta noche. Unas últimas palabras para el público.
Un minuto para cada uno. Exalcaldesa Cuevas. Comienza usted. Las cámaras se centraron en ella. Millones de personas la observaban esperando una última explosión, una última defensa desafiante, pero la energía la había abandonado. Se veía más pequeña en su silla. El saco blanco ahora parecía una mortaja.
A la gente de la Cuautemoc, a mi gente, comenzó su voz temblorosa. Ustedes me conocen, saben quién soy, saben que luché por ustedes. No crean las mentiras de los hombres poderosos que nunca han pisado nuestras calles y que se asustan de una mujer que no se deja. Seguiremos luchando, no nos van a doblar. Sonaba a un discurso ensayado para una crisis diferente, un guion que ya no encajaba con la realidad que seacababa de proyectar en la pantalla.
Era un esfuerzo valiente pero hueco. Luego la atención se centró en Omar Harfch. Él miró directamente a la cámara principal estableciendo una conexión con cada espectador en sus hogares. Esta noche no se trató de personas, sino de principios. dijo su voz resonando con una gravedad que parecía llenar cada hogar. El principio de que nadie está por encima de la ley, el principio de que el servicio público es un deber sagrado, no una oportunidad de negocio.
Y el principio de que la seguridad no se negocia con criminales, se impone a los criminales. La Ciudad de México merece un gobierno honesto, valiente y sobre todo transparente. Mi compromiso es y siempre será con la ley y con las víctimas. Nunca con los victimarios. Buenas noches. No hubo más. Ricardo Solís despidió el programa con una voz tensa.
Así concluimos este intenso debate. Las opiniones han sido expresadas, las evidencias presentadas. El juicio final, como siempre, lo tiene usted. Gracias por acompañarnos. La luz roja de las cámaras se apagó. El tema musical del programa inundó el estudio, un sonido absurdamente alegre que chocaba con la atmósfera fúnebre. Inmediatamente el silencio se rompió con el murmullo de los técnicos y la actividad del staff.
La gente comenzó a moverse, a desmontar equipos, a hablar en voz baja. Sandra Cuevas se quedó sentada un momento más, como si no tuviera fuerzas para levantarse. Un asistente se acercó a ella con cautela, ofreciéndole un vaso de agua. Ella lo ignoró. Finalmente se puso de pie con un movimiento rígido. No miró a nadie.
caminó directamente hacia la salida del estudio, con la espalda recta, una reina destronada abandonando su palacio en llamas. Omar Harfuch también se levantó, se ajustó el saco y se alizó la corbata. Ricardo Solís se acercó a él extendiendo la mano. Secretario, fue fue una noche intensa logró decir. Harf estrechó su mano con firmeza.
Gracias por el espacio, Ricardo, era necesario. Su mirada se cruzó por un instante con la de cuevas, justo antes de que ella desapareciera por la puerta. No hubo un gesto ni una palabra, solo un reconocimiento silencioso de la batalla que acababa de librarse. Harfuch se giró y caminó hacia la salida opuesta, escoltado por su discreto equipo de seguridad.
El estudio se fue vaciando poco a poco hasta que solo quedaron los técnicos limpiando y Ricardo Solís de pie en medio del set mirando la silla vacía de Sandra Cuevas y la silla vacía de Omar Harfuch. La entrevista había terminado, el combate había concluido, no habría un después en el programa, no habría un análisis postebate, solo el eco de las palabras y el poder devastador de una fotografía que había redefinido la noche y quizás el futuro político de la ciudad.
El narrador observa la escena final. Dos sillas vacías bajo las luces frías de un estudio de televisión. testigos mudos de un poder exhibido y de otro que acababa de implosionar.
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