Buenas noches, México. Escuchen, ayer capturamos al autor intelectual del asesinato de Carlos Manso y lo retuvimos durante 12 horas, interrogándolo con los métodos más duros y agresivos que pudimos imaginar. Cuando le mostramos todas las pruebas, confesó algo que estremecerá a Michoacán.

Lo sentamos frente a una pantalla, le mostramos todos los mensajes del chat donde coordinaron su captura mientras sostenía a su hijo de 4 años, y cuando vio su propia orden de disparo, a pesar de estar acompañado, se derrumbó por completo. Nos contó cosas que los horrorizarán y reveló que el gobernador Bedoya estaba involucrado en todo esto.

Así que, escuchen atentamente si quieren saber cuál fue su papel y por qué. Lo localizamos en el corazón de Morelia, moviéndose entre vendedores ambulantes y el tráfico del mediodía con dos celulares nuevos que creía imposibles de rastrear. Jorge Armando, alias “El Licenciado”, intentó desaparecer como si nada hubiera pasado. Las órdenes fueron claras desde el principio.

Lo teníamos completamente encerrado, sin darle oportunidad de ponerle el chip ni alertar a sus contactos. Tres unidades tácticas lo rodearon en menos de 30 segundos, creando un perímetro perfecto que le impedía escapar. El equipo lo desarmó con precisión quirúrgica y lo subió a un vehículo blindado antes de que siquiera pudiera tocar el teléfono en su bolsillo.

Tenía una pistola de 9 mm con el cargador desmontado, metanfetamina en bolsitas para su distribución y dos celulares que creía que lo harían invisible. No se resistió, pero su rostro reflejaba resignación mientras lo esposamos. Estaba completamente resignado, como si supiera que si nos acercábamos a él así era porque sus superiores habían sido arrestados o habían confesado.

De inmediato lo llevamos a un centro de interrogatorio sin pasar por ninguna instalación oficial, porque sabíamos que había gente muy poderosa esperando para determinar si lo teníamos o no. Lo llevamos a una nave industrial sin ventanas en las afueras de Morelia, un lugar donde nadie sabía que estábamos allí. Una mesa de metal en el centro, cuatro pantallas LED azules en la pared, dos sillas de acero y un silencio absoluto donde se oía cada respiración.

Con cuidado, coloqué sobre la mesa los dos celulares recuperados de los cuerpos de Ramiro y Fernando, los dos asesinos ejecutados el 10 de noviembre en la carretera de Uruaparcho, con disparos en la nuca y marcas de tortura previas. Al principio, no le dije nada; simplemente abrí el chat cifrado en la pantalla de inicio y le dejé ver mi apodo parpadear en la interfaz como administrador del grupo.

 Sus ojos se clavaron en la pantalla, reconoció inmediatamente los nombres de los otros miembros del grupo y su respiración se aceleró de forma visible. Bajó la cabeza lentamente, como si el techo completo de la bodega le cayera encima con todo su peso. En ese preciso momento supo que cada mensaje que ordenó borrar, cada instrucción que pensó eliminada para siempre, estaba ahí frente a él convertido en prueba judicial irrefutable que lo hundía.

 Le temblaban las manos esposadas y su piel se puso grisácea. Yo me quedé callado varios minutos, dejando que la evidencia digital hablara primero, dejando que entendiera la magnitud de lo que tenía enfrente. Esto no era interrogatorio normal, esto era confrontación total. Presioné play en la primera pantalla sin decir palabra.

 Empezó a correr el video de las 18 horas con6 minutos del primero de noviembre, el día del asesinato. Ahí se veía perfectamente Ramiro grabando desde su celular. la jardinera exacta de la plaza donde dos horas después Carlos Manso caería baleado, rodeado de velas y familias. El video mostraba cada ángulo estratégico, cada acceso lateral disponible, cada posible ruta de escape que habían calculado con anticipación militar.

 Se veían las bancas, los puestos de comida, la disposición de las vallas metálicas del perímetro y hasta los puntos donde había poca iluminación. Eh, el mensaje que acompañaba ese archivo decía con claridad escalofriante, “Aquí ando ya, avisen cuando llegue el cliente.” Le pregunté directamente quién era el cliente.

 Eh, el licenciado tragó saliva con dificultad. Sus labios se movieron sin sonido al principio, luego respondió con voz ronca que era Carlos Manso. Le pregunté si sabía que en ese preciso momento Manso estaba en su casa con su esposa Grecia preparando el disfraz de calabaza de su hijo Dylan para el festival. Ajeno completamente a que lo estaban cazando, asintió lentamente con la cabeza gacha.

 admitió que el operativo llevaba tres semanas completas de vigilancia previa, que sabían perfectamente los movimientos de toda la familia Manso, que tenían fotografías del niño, registros de las rutinas diarias, ubicación exacta de la casa y conocían cada detalle de de del esquema de protección del alcalde. Esto no fue improvisado por desesperación, fue una cacería planificada con precisión contra una familia completa y ellos lo sabían absolutamente todo antes de jalar el gatillo.

Le mostré otro video, uno que circuló semanas antes del asesinato. El gobernador Ramírez Bedoya acercándose a Carlos Manso en un evento público, abrazándolo, sonriendo frente a cámaras y preguntándole con tono burlón cuántos criminales había abatido últimamente. Manso responde incómodo que varios que trabajan coordinados, pero el gobernador insiste riéndose, preguntándole cuántos él personalmente había matado como si lo retara públicamente.

 Le dije al licenciado que ese video no era conversación casual, era advertencia calculada. El gobernador sabía que Manso acababa de capturar al Rino, sabía que el cártel respondería con sangre y aún así lo humilló públicamente, lo marcó, lo señaló antes de entregarlo. El licenciado asintió lentamente y dijo que ese video circuló internamente entre los operadores como confirmación de que arriba ya habían dado luz verde y ahí empezó a soltar todo.

 Ya quebrado, ya sin resistencia, empezó a hablar de cosas que ni siquiera le había preguntado todavía. El licenciado mencionó algo que no esperábamos. dijo que el líder de las autodefensas, Hipólito Mora, había declarado públicamente en 2021 que Cárteles Unidos tuvo influencia directa en las elecciones estatales, donde ganó Ramírez Bedoya.

 Mora afirmó textualmente que el grupo criminal intimidó a otros candidatos para garantizar el triunfo del gobernador, que la operación electoral fue coordinada por Cárteles Unidos y que Ramírez Bedoya mantiene la política de permitir que ese cártel opere libremente en la región. Le pregunté si eso era cierto. El licenciado asintió y dijo que en los círculos del narco todos sabían que el gobernador llegó al poder con apoyo del crimen organizado y que desde entonces existe un pacto.

 Eh, ellos pueden operar sin presión mientras paguen su cuota y eliminen a quien el gobernador señale como problema. Carlos Manso era ese problema. No solo combatía el narco, estaba investigando los vínculos familiares del gobernador con cárteles unidos y amenazaba con exponerlos, por eso tenía que morir. Ya quebrado, con lágrimas todavía en los ojos, el licenciado empezó a conectar todos los puntos sin que yo tuviera que presionarlo más.

Ahí fue cuando lo confronté con algo que cambió su cara por completo. Le pregunté, ¿por qué específicamente Carlos Manso? ¿Por qué ese nivel de ensañamiento? Cuando podían haber esperado otra oportunidad menos pública, se quedó callado mirando sus manos esposadas. Le recordé que Manso no era el único alcalde combatiendo al narco en Michoacán, pero sí era el único que el gobernador Ramírez Bedoya quería muerto.

19 horas 45 minutos, Ramiro reportó, “El cliente ya llegó, transmisión en vivo, niño en hombros.” Confirmaron la identidad, ajustaron posiciones. El licenciado respondió, “Atentos, no habrá otra oportunidad.” Pero antes de seguir le mostré algo que no esperaba. Documentos de la Secretaria de Defensa Nacional obtenidos tras el hackeo Huacamaya, donde se menciona Anabel Bedoya Marín, tía del gobernador, hablando directamente con integrantes de Cárteles Unidos sobre reuniones operativas. Le mostré el expediente del

esposo de esa tía, Adverto Fructuoso con Parán Rodríguez, alias El Fruto, expresidente municipal de Aguililla, actualmente recluido en Estados Unidos por intentar traficar 550 kg de metanfetamina. Le mostré la ficha del primo del gobernador, Adalberto Comparán Bedoya, detenido en Miami en marzo de 2021 por recibir un cargamento de metanfetamina enviado desde México que pertenecía a Cárteles Unidos.

 El licenciado palideció cuando vio los documentos militares. Le dije que Manso sabía todo esto, que había investigado esos vínculos familiares y que iba a exponerlos públicamente. Por eso tenía que morir, no solo por capturar al Rino, sino porque sabía demasiado sobre la familia criminal del gobernador. Pero el mensaje que realmente lo destruyó anímicamente fue el de las 20 horas exactas, apenas 15 minutos antes de los disparos mortales.

El licenciado escribió, “Disparen no importa quién esté con él, mátenlo como de lugar.” Intentó negar que fuera suyo, pero le mostré el análisis forense completo. Todo coincidía con su ubicación en Uruapan. Le pregunté si sabía que Dylan iba montado en el cuello de su padre. Ahí fue cuando se quebró por completo.

 Empezó a llorar abiertamente, soyosos entrecortados que no podía controlar. Dijo que nunca imaginó que dispararían con el niño tan cerca. Eh, le mostré los videos de testigos. Dylan cayendo junto con su padre cubierto con la sangre que brotaba del pecho destrozado de manso. El niño gritando, “¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!” durante 11 minutos completos, sin que nadie pudiera explicarle por qué su padre no respondía, el licenciado dejó caer la cabeza sobre la mesa metálica y lloró sin control durante casi 5 minutos.

Cuando levantó la vista, ya no era el mismo. La máscara de dureza había desaparecido y entonces vino lo que nadie quería escuchar, pero no había terminado. Le mostré los mensajes posteriores documentando la huida 20 horas con 14 minutos. Ramiro coordinando. Recoger a Fernando ya, callejón farmacia, Nissan Gris esperando ubicaciones GPS, videos de escape.

Mientras Manso agonizaba y Dylan gritaba, ellos coordinaban con calma cómo evitar cámaras y llegar a la casa de seguridad. Ahí fue cuando le solté algo que no esperaba. Le dije que Mansu no fue el primero, que bajo el gobierno de Alfredo Ramírez Bedoya habían caído siete alcaldes en menos de 3 años. Le mostré la lista completa con nombres y fechas.

 Enrique Velázquez de Aguililla, torturado y asesinado. César Valencia, también de Aguililla, emboscado. Guillermo Torres de Churumuco, ejecutado en Taquería. Yolanda Sánchez de Cotija, secuestrada y asesinada. Marta Laura Mendoza de Tepalcatepeca, atacada. Salvador Bastida de Tacámbaro, asesinado con su escolta. Y ahora Carlos Manso con su hijo en brazos.

Siete alcaldes, siete autoridades que combatían extorsión, que denunciaban al crimen, que pedían refuerzos. Los siete cayeron bajo el mismo gobernador que coordina esquemas de protección. Le pregunté si creía en coincidencias. El licenciado negó con la cabeza. Dijo que el patrón era deliberado, que en los círculos del crimen organizado todos sabían que Michoacán era plaza abierta siempre y cuando pagaran a quien tenían que pagar arriba.

Siete alcaldes en 3 años. No es mala suerte incompetencia, es patrón criminal sistemático. Le puse las fotografías forenses de Ramiro y Fernando ejecutados en la carretera, manos atadas, tortura previa, tiros en la nuca. Le pregunté por qué mataron a sus propios hombres. Soltó la frase clave.

 Los de arriba se asustaron cuando supieron que ustedes recuperaron los celulares. Ordenaron limpiar el problema. Le pregunté quiénes eran los de arriba. Dudó. Luego habló. dijo que los sicarios recibían pagos de operadores conectados con funcionarios estatales, pero había algo más que necesitaba que entendiera. Eh, le mostré otro documento que hizo que sus manos temblaran, el informe del Michoacanazo de 2007.

 Le expliqué que hace 18 años arrestaron a decenas de funcionarios del PRD en Michoacán vinculados con narcotráfico. Entre ellos estaba Roldán Álvarez, alias R3, hermano de Ramón y Rafael Álvarez Ayala. Runo y R2, los comandantes del cártel Jalisco que ahora controlan Uapan. R3 era presidente municipal de Patzingán cuando lo detuvieron.

 Lo acusaron formalmente de trabajar para el crimen organizado. Pero, ¿saben qué pasó? Lo liberaron a él y a casi todos los demás. El sistema judicial los protegió. R3 siguió haciendo política, intentó ser diputado por Morena en 2024, el mismo partido que gobierna Michoacán. Eh, sus hermanos Runwir 2 siguieron eh operando para el CJNG.

 Tres hermanos, dos narcos, uno político. Esa es la estructura real de poder en Michoacán. Política y narco no están separados, son la misma familia. Le dije al licenciado que por eso Manso tenía que morir porque estaba rompiendo ese pacto histórico entre gobierno y cártel que lleva décadas funcionando. El licenciado asintió y dijo algo escalofriante.

 Manso creía que podía cambiar las reglas, pero las reglas las escribieron hace 20 años y están firmadas con sangre. Le expliqué cómo llegamos hasta él. Recuperación forense de celulares en Capácuaro. Extración de datos borrados. Cruce con 143 cámaras. análisis de torres celulares, entrevistas con 72 testigos, herramientas de inteligencia.

Cada mensaje eliminado reapareció en nuestros servidores. Le mostré la reconstrucción tridimensional del operativo con líneas de tiempo, GPS y comunicaciones. Era como ver una coreografía criminal en cámara lenta. Pero cuando creíamos haber visto todo, un testigo nos reveló algo que explica el nivel de complicidad.

 Una comerciante de la plaza declaró que tres días antes del festival vio elementos de seguridad estatal midiendo distancias en la jardinera exacta donde después mataron a Manso. Dijo que les pareció raro porque no era protocolo normal de un evento cultural. tomaban fotos, anotaban ángulos, discutían posiciones.

Cuando le mostramos fotografías, identificó a dos de ellos como parte del equipo de coordinación de seguridad que reporta directo al gobernador. Esos elementos no estaban previniendo un ataque, lo estaban facilitando. Le mostré al licenciado esa declaración. palideció, dijo que esa información confirmaba lo que él sospechaba, que el operativo no fue solo coordinado con permiso del gobierno, fue coordinado con el gobierno.

Cuando ya no tenía salida, empezó a hablar de la filtración interna desde el gobierno sin que yo se lo pidiera. Las palabras le salían atropelladas como si necesitara sacar todo lo que llevaba guardado. dijo que un funcionario del Ayuntamiento con acceso a la agenda de Manso les confirmó con 48 horas de anticipación que asistiría al festival con Dylan, que no usaría chaleco por protocolo de convivencia y que su seguridad sería relajada.

 Les filtró el horario exacto, el recorrido altar por altar y dónde se detendría para fotografías. Le exigí el nombre. dijo que no lo conocía directamente, que todo pasaba por el operador, un hombre que maneja filtraciones desde el gobierno estatal y cobra 50,000 pesos por cada paquete de información crítica. Pero cuando le pregunté si había más gente involucrada, el licenciado soltó nombres que melaron.

 Mencionó a tres funcionarios estatales específicos que facilitaban operaciones del cártel. Eh, primero un subsecretario de seguridad estatal que cobraba mensualmente para alertar sobre operativos federales antes de que se ejecutara. Eh, el segundo, un coordinador de programas sociales que desviaba recursos públicos hacia cuentas que luego se usaban para pagar sicarios.

El tercero, un juez que sistemáticamente liberaba a operadores detenidos del CJNG argumentando vicios de procedimiento fabricados. Dijo que esos tres formaban el triángulo de protección que permitía que el cártel operara con impunidad total en Michoacán. Sin ellos, la estructura se caería. con ellos era prácticamente invencible y entonces vino la parte que realmente nadie quería escuchar.

Le proyecté el video que tumbó cualquier versión de de fallo espontáneo. Cámaras de un negocio frente a la plaza capturaron el momento exacto en que el sicario se acerca a las vallas. La multitud no las empuja. Se ve claramente a un hombre con chaleco naranja de staff agarrando dos secciones de valla y separándolas.

 Justo cuando el tirador está a 3 m, le abre paso directo hacia donde Mansu se agachaba con Dylan en su cuello. Eh, el licenciado reconoció al hombre inmediatamente, Sergio Pantoja, su contacto dentro de la logística que cobró 15,000 pesos por estar en esa posición y abrir las vallas en el momento indicado. Sergio trabajaba para la empresa contratada por el Ayuntamiento.

 fue el operador quien lo reclutó dos semanas antes y supuestamente no sabía que facilitaba un asesinato. Le dijeron que que debía abrir paso para que un cliente especial se acercara al alcalde, pero cuando abrió esas vallas, firmó su participación en homicidio calificado. Y aquí viene lo que la comunidad vio, pero nadie quiso investigar oficialmente.

Después del asesinato, vecinos de la plaza comenzaron a hablar entre ellos, a compartir lo que vieron. Un taxista declaró que días antes del festival vio a Sergio Pantoja reunirse en un café con dos hombres que él reconoció como operadores del CJNG que trabajan en la zona.

 Una mesera del mismo café confirmó que escuchó fragmentos de la conversación donde mencionaban el evento del día de muertos y asegurar que todo fluya. Un comerciante de la plaza dijo que la mañana del festival vio a Sergio probando físicamente cómo se abrían las vallas, como ensayando. Toda la comunidad sabía que algo raro pasaba, pero nadie dijo nada por miedo.

 Eh, después del asesinato, ese miedo se convirtió en culpa colectiva. En el funeral de Manso, vecinos lloraban diciendo que pudieron haber advertido, que vieron señales, pero se quedaron callados. Esa culpa es lo que explotó cuando llegó el gobernador. Puse sobre la mesa los estados de cuenta bancarios completos que habíamos obtenido mediante orden judicial.

 Ahí estaban documentados los depósitos que cambian toda la narrativa del caso. 20,000 pesos depositados en efectivo el 28 de octubre en la cuenta de un asistente administrativo del Ayuntamiento con acceso a la agenda del alcalde. 15,000 pesos transferidos el 30 de octubre a la cuenta de Sergio Pantoja, el hombre del chaleco naranja.

otros 15,000 fraccionados en tres depósitos a nombre de un elemento de seguridad del círculo cercano de Manso y el pago más significativo eh 50,000es depositados el 29 de octubre en una cuenta empresarial fantasma registrada en Morelia que funciona como fachada para lavar pagos del crimen organizado hacia operadores políticos.

El licenciado admitió que sus depósitos formaban parte esencial de la operación, canalizados por el operador usando dinero del cártel Jalisco, mezclado con recursos desviados de programas sociales estatales. No eran cantidades millonarias, pero bastaban para comprar silencios, abrir vallas y filtrar información que costó una vida.

 Cada peso depositado compró un pedazo de la traición que asesinó a Carlos Manso. Y entonces llegó el momento que iba a cambiar la dimensión política del caso. Le pregunté quién estaba arriba del operador, quién daba las órdenes finales que permitieron que el esquema de protección fallara simultáneamente. El ambiente cambió.

 El licenciado dejó de llorar. Me miró directamente calculando si lo que iba a decir lo salvaría o condenaría. Pasaron 60 segundos de silencio absoluto y entonces soltó lo que nadie quería escuchar. Dijo que la orden de flexibilizar el perímetro vino de gente del círculo más cercano al gobernador Alfredo Ramírez Bedoya. mencionó llamadas entre el operador y un coordinador de seguridad estatal que reporta directo al gobernador.

 Dijo que en una conversación que él escuchó en altavoz, eh el coordinador expresó textualmente que debían permitir que las cosas fluyeran naturalmente esa noche, refiriéndose a relajar protocolos alrededor de Manso, el licenciado respiró hondo y agregó algo que me dejó helado. El gobernador sabía exactamente lo que iba a pasar esa noche.

 No solo lo permitió, lo facilitó. Le exigí pruebas. Respondió que el operador tiene grabaciones de al menos tres conversaciones donde se menciona explícitamente al gobernador Ramírez Bedoya, autorizando que la seguridad de Manso se flexibilizara, pero había más. Con esa confesión el caso explotó. Ya no era solo el CJNG contra un alcalde.

 El chat mostraba sicarios, los celulares mostraban coordinadores, los depósitos señalaban operadores financieros y el testimonio apuntaba al despacho del gobernador. Teníamos una estructura donde las órdenes bajaban desde el poder político más alto de Michoacán y se ejecutaban con siete balazos en plaza pública. Pero faltaba algo más.

 Le dije al licenciado que necesitaba que la gente entendiera la magnitud de esto. Le mostré las fotografías del funeral de Carlos Manso, miles de personas llenando las calles de Uruapan, llorando, gritando. Y entonces le mostré el video del momento en que llegó el gobernador Ramírez Bedoya a la funeraria. Lo que pasó ahí confirmó que toda la comunidad ya sabía la verdad.

 Cuando el gobernador apareció en la puerta, explotó furia colectiva incontenible. Este, cientos de voces gritaban simultáneamente, “Asino, tú lo entregaste, vendiste a Manso, al narco, ¿cuánto te pagó el CJ en G?” Una señora mayor se le plantó enfrente llorando, diciéndole que él permitió que lo mataran cuando Manso pidió protección.

Un hombre le aventó flores a los pies como desprecio. Otro gritó que el gobernador cobró del narco para entregar al alcalde. Ramírez Bedoya tuvo que correr literalmente hacia su camioneta blindada, rodeado por 20 escoltas, mientras la multitud lo insultaba. Lo expulsaron del funeral acusándolo de complicidad directa.

 Esa comunidad vio morir a su alcalde, sabe quién lo protegía, sabe quién falló y saben que ese fallo no fue accidente. Le pregunté al licenciado si había visto ese video, asintió. Eh, le pregunté si la gente tenía razón, tardó en responder, luego dijo, “La gente siempre sabe la verdad antes que las autoridades.” Eh, ellos vivieron viendo cómo el gobierno protegía al narco durante años.

El funeral solo confirmó lo que ya sabían. Si si tienen información sobre lo que pasó esa noche, sobre funcionarios corruptos, sobre eh pagos sospechosos, compártanla. Cada dato puede salvar la próxima vida que el narco y el gobierno quieran eliminar. Terminé la sesión cuando cuando el licenciado repitió por cuarta vez el nombre del gobernador Alfredo Ramírez Bedoya, los montos exactos de cada depósito y la secuencia de llamadas.

Ordené su traslado a instalación de máxima seguridad y pedí asegurar todos los respaldos del chat, las cuentas bancarias y localizar al operador que tiene grabadas las conversaciones con el coordinador del gobernador. Lo que confesó no es sentencia judicial todavía, pero sí es la primera declaración formal que pone un gobernador en funciones como posible involucrado en el asesinato de un alcalde que pidió protección seis veces y nunca la recibió.

 A partir de ahora, cada detención, cada filtración, cada testimonio nuevo va a confirmar o desmontar estas acusaciones. Pero lo que ya nadie puede borrar es esto. El cerebro del complot ya habló, ya nombró hacia arriba, ya señaló al poder político y ya explicó que esto no fue narco actuando solo, sino gobierno entregando a sus autoridades al crimen organizado.

 La pregunta que México debe hacerse es si vamos a permitir que un gobernador permanezca en funciones mientras se investiga si entregó a un alcalde al cártel Jalisco para que lo asesinaran frente a su hijo de 4 años.