Buenas noches, México. Miren, acabamos de de realizar un cateo en un bar de Mazatlán, donde hace 17 días un joven de 21 años entró al baño y nunca volvió a salir. Y por si no fuera poco, el bar es propiedad de de de de Ricardo Abelard de Cárdenas, hasta hace unas horas era el secretario de Economía de Sinaloa, lo que hemos encontrado abre nuevas hipótesis y casualmente ha dimitido pocas horas después.

 Curioso, ¿no creen? La orden de cateo llegó el 24 de octubre, casi tres semanas después de que Carlos Emilio Galván Valenzuela desapareciera. Para cuando entramos al Terraza Valentino, el local había operado 19 noches más. Cuando pisé ese lugar, lo primero que sentí fue el olor a cloro industrial, penetrante, agresivo.

 Los pisos brillaban de una forma que no era natural. Uno de los peritos me miró sin decir nada. Ambos sabíamos qué significaba ese brillo. Había paneles nuevos en el plafón. Se notaban por el color. Las rejillas del aire parecían recién instaladas. Le pregunté al encargado cuándo habían hecho mantenimiento. Me dijo que dos semanas atrás, exactamente cuando Carlos Emilio desapareció, el hombre desvió la mirada.

Carlos Emilio había llegado con su familia la madrugada del 5 de octubre. Su madre, Brenda, recuerda cada detalle. A las 2 de la madrugada con 30 minutos, Carlos se levantó y dijo que iba al baño. Ella miró su teléfono, las 2:30 exactas, esperó 10 minutos, 20 media hora, fueron a buscarlo. Nadie lo había visto.

 El bar les dijo que a veces los jóvenes iban sin avisar. Brenda sabía que eso no tenía sentido. Y aquí viene algo que me quema. El bar guardó silencio durante 7 días completos. 7 días en los que la familia movió cielo y tierra, organizó búsquedas en toda la costa, dio entrevistas en todos los noticieros que quisieron escucharla.

 Brenda no paró ni un segundo. El caso explotó en redes sociales. Eh, los hashtags llegaron a tendencia nacional. Medios de CNN, Telemundo, incluso periódicos españoles comenzaron a cubrir la historia. La presión se volvió internacional. Empresarios de Mazatlán empezaron a sentir el impacto. Las reservaciones hoteleras cayeron.

 Finalmente, el 12 de octubre, el bar publicó un comunicado genérico, palabras calculadas, redacción corporativa, pero cuando revisé los registros oficiales, la fiscalía tuvo que insistir tres veces para que entregaran los videos y cuando finalmente llegaron tenían un hueco de 43 minutos, vi a Carlos caminando entre mesas, riendo, levantándose hacia los sanitarios.

 Después un salto brutal, el mismo pasillo vacío y el reloj marcaba 43 minutos más tarde. El sistema mostraba sobreescritura por capacidad. Le pregunté al perito si eso era accidental. Me dijo que era altamente improbable que afectara justo esa ventana de tiempo. Cuando la orden duerme, la evidencia despierta en otro lado. Seguimos hacia las zonas de personal.

Detrás de una puerta marcada como limpieza encontramos algo que no estaba en ningún plan oficial, un cuarto frío sin cámara con el piso húmedo y ese olor ah desinfectante. En el suelo había una tapa de dren que brillaba diferente. Era nueva, sin óxido, sin desgaste. Ordené que la levantaran.

 El dren conectaba con un conducto amplio que salía hacia el estacionamiento de servicio y terminaba en una canaleta que llegaba al sistema municipal. La ruta era posible. Revisé los registros de acceso. A las 2 de la madrugada con 36 del 5 de octubre, el lector del cuarto frío registró un acceso. Pero esa tarjeta no estaba asignada a ningún empleado del turno.

Eh, aparecía como limpieza externa, sin nombre, sin foto, una tarjeta fantasma. Busqué quién la había activado. Se activó desde oficinas del grupo eleva a las 11 de la noche del 4 de octubre, 5 horas antes de la desaparición. Le pedí al equipo que rastreara desde qué terminal exacta. Fue desde la computadora del gerente de operaciones nocturnas un hombre llamado Sebastián Torres. Ordené que se le localizara.

Curiosamente, Sebastián había pedido vacaciones el 6 de octubre y todavía no regresaba. Su teléfono estaba apagado desde hace dos semanas. Un pasillo de servicio puede ser todo una carretera. Otro investigador trajo los registros de la báscula. A las 2:49 un camión había entrado, no era el regular.

 El ticket de entrada marcaba 3200 kg. El de salida 3,500 300 kg más. El conductor escribió recolección adicional de orgánicos. No había ninguna orden programada para esa noche. Rastreamos el GPS del camión. Después de salir del Valentino no fue al relleno. Hizo una parada de 17 minutos en una bodega del grupo Eleva en la zona industrial.

Después continuó el relleno. También eh revisamos conexiones Wi-Fi. A las 3:12 un teléfono de un empleado de limpieza se desconectó el Valentino y apareció en la bodega externa. Permaneció ahí 42 minutos. Después regresó. Ese empleado había cobrado triple pago esa noche. Justificación, limpieza profunda de emergencia.

 Reconstruí la cronología minuto a minuto. A las 2:30, Carlos entra al baño. A las 2:36 la tarjeta fantasma abre el cuarto frío. Entre las 2:36 y las 2:40 alguien mueve algo desde el pasillo hasta ese cuarto. A las 2:49 el camión entra. A las 2:51 sale con 300 kg más. A las 3:07 llega a la bodega externa. A las 3:12 el teléfono del empleado se conecta ahí.

 A las 3:19 el video El Valentino vuelve a grabar el pasillo vacío. A las 3:24 el camión sale de la bodega rumbo al relleno. Cada movimiento sincronizado, eso nos improvisa, eso se planea. Los dispositivos olvidan todo, menos a qué red vuelven. El día del cateo, yo estaba en Mazatlán presidiendo una reunión del gabinete de seguridad federal.

 Primera vez que la hacíamos en el puerto estaban el gobernador Rocha, secretarios estatales, comandantes militares y empresarios del sector turístico. Antes de empezar, varios empresarios me abordaron. Uno me dijo textualmente que necesitaban resultados visibles porque Mazatlán no podía convertirse en otro Culiacán. me explicó que cuando hay violencia en Culiacán los turistas lo asumen, pero cuando algo pasa en Mazatlán se cancela todo.

 Las reservaciones ya estaban cayendo. Otro empresario fue más directo, me preguntó si era verdad que el bar era de Belarde. Le dije que sí. Me preguntó si seguiría en el gabinete. Le dije que eso no dependía de mí. En la reunión formal presenté avances en seguridad, reducción de homicidios, aseguramientos, detenciones. Todo iba bien hasta que un reportero preguntó por Carlos Emilio. El silencio fue incómodo.

Eh, Rocha respondió que el caso estaba bajo investigación. Después me preguntó directamente frente a todos qué opinaba desde la perspectiva federal. Le expliqué que teníamos elementos preocupantes, eh, espacios sin registro oficial, videos con lagunas, movimientos no explicados. No mencioné nombres, pero todos sabían de quién hablábamos.

 Al salir, los periodistas rodearon a Rocha. Le preguntaron si removería a Belarde. Respondió que nada estaba descartado. 6 horas después, Belarde publicó su renuncia. Este no era el primer caso en un bar del grupo Eleva. En agosto, tres jóvenes de Culiacán desaparecieron tras asistir al barco Torritos Marina, también de Belarde.

 Desaparecieron durante 3 días. Cuando aparecieron con vida, estaban desorientados y asustados. Carla Montero, exdiputada y tía de uno de ellos, fue la única que hizo ruido público, acusó directamente al bar. Nadie le hizo caso. Revisé ese caso de de agosto. Los tres jóvenes dieron declaraciones similares. Recordaban estar en el bar.

 Después una sensación extraña, como si todo se moviera lento. Uno sintió un golpe en la nuca, otro vio luces brillantes. El tercero recordaba despertar en un terreno valdío sin saber cómo llegó. Los tres tenían marcas de contención en las muñecas. A los tres les hicieron análisis toxicológicos. Mostraron trazas de benzodiacepinas y quetamina, sedantes potentes, pero para cuando les tomaron las muestras ya habían pasado 24 horas, así que los niveles eran mínimos.

 La investigación se cerró como incidente menor porque aparecieron vivos. Carla insistió en que el bar tenía responsabilidad. Le dijeron que sus sobrinos probablemente consumieron algo por voluntad propia. Ella sabía que no era cierto, pero sin más evidencia el caso se archivó. Ahora con Carlos Emilio desaparecido en otro bar del mismo dueño, esos reportes toxicológicos cobraban otro significado.

Le pedí a Carla que me enviara todos los documentos médicos, los necesitaba para establecer el patrón. Cuando el guion se repite, deja de ser azar. Empezaron a a llegar testimonios. Una vecina del edificio frente al Valentino se presentó el 25. dijo que la madrugada del 5 había salido a su balcón. Vio cuando el camión de basura entró, lo cual le pareció raro.

 Por la hora se quedó casi 10 minutos con las puertas abiertas. Vio gente con uniformes oscuros cargando algo pesado, pero no alcanzó a distinguir qué por la distancia. Después el camión se fue. Un exempleado del Valentino también se acercó. Había renunciado dos semanas antes de la desaparición. Trabajó ahí 8 meses y siempre le pareció extraño ese cuarto frío sin cámara.

 Una noche preguntó al gerente para qué servía, le respondió que era para almacenamiento especial y que no hiciera preguntas. Le dijeron que si veía personal de limpieza entrando ahí, no era su problema. También notó que eh ciertos empleados recibían pagos en efectivo que no aparecían en recibos. Cuando preguntó, le dijeron que se callara si quería seguir trabajando.

 Renunció porque el ambiente se había vuelto amenazante. Estos testimonios nos llevaron a revisar casos similares en Playa del Carmen en 2023. Un turista argentino desapareció de un bar, también fue al baño y nunca regresó. Las cámaras tenían un hueco de 30 minutos. Encontraron que el bar tenía un sótano no declarado que conectaba con el drenaje. Nunca encontraron al joven.

El bar cerró. Tres empleados fueron detenidos. El dueño alegó desconocimiento y nunca fue procesado. En Guadalajara en 2022 dos hermanas desaparecieron de un antro en Chapultepec. Las cámaras municipales las captaron entrando, nunca saliendo. Meses después, un trabajador confesó haber visto a seguridad arrastrando a dos mujeres inconscientes hacia una camioneta en el estacionamiento trasero.

Había guardado silencio por miedo. Las hermanas nunca aparecieron. Cuatro miembros de seguridad fueron detenidos. El dueño se mudó a Estados Unidos. El patrón era claro en todos. Zona sin cámara, demoras en videos, personal rotado, espacios no declarados, respuestas corporativas genéricas, mientras la evidencia se desvanecía.

Cuando el patrón cruza estados, deja de ser coincidencia. El 26 recibimos una llamada anónima. Un hombre nervioso, con voz distorsionada, dijo que había trabajado en mantenimiento para varios bares de la zona dorada, incluyendo tres locales del grupo Eleva. Le pidieron hacer modificaciones estructurales discretas.

instalar puertas ocultas desde baños hacia cuartos que no aparecían en planos, desconectar cámaras en esas rutas, modificar drenes para ampliar conductos, le dijeron que era para optimizar flujo operativo, le pagaron en efectivo y le hicieron firmar confidencialidad con penalizaciones severas.

 En su momento no le pareció raro, ahora viendo las noticias sobre Carlos Emilio, entendió lo que ayudó a construir. La llamada se cortó, pero dejó información suficiente. El grupo eleva no es una operación menor ni improvisada. Controlan seis establecimientos nocturnos de alto perfil en Mazatlán, dos en Culiacán y uno en Los Mochis.

 Según los registros fiscales que revisamos, mueven más de 50 millones de pesos al mes solo en ventas declaradas. tienen contratos exclusivos con las principales distribuidoras de bebidas premium de la región. Manejan su propia empresa de seguridad privada, contratan servicios de limpieza especializada.

 Ricardo Belarde, antes de entrar al gobierno estatal no solo era dueño, era una figura con peso político real. Fue presidente de la Cámara Nacional de la Industria Restaurantera en Mazatlán durante dos periodos consecutivos. tenía acceso directo y reuniones frecuentes con secretarios estatales, presidentes, municipales, comandantes de policía.

 Cuando entró al gabinete de Rocha como secretario de economía, muchos empresarios locales vieron eso como una señal clara de que el gobierno estatal estaba completamente del lado del sector privado y que las puertas estaban abiertas. Durante casi 2 años de gestión, nadie cuestionaba sus negocios, nadie revisaba exhaustivamente sus permisos de operación, nadie auditaba sus licencias de alcohol y absolutamente nadie se atrevía a catear o clausurar sus establecimientos sin importar cuántas quejas menores llegaran. Hasta que un joven desapareció

en su barbático y su madre no se quedó callada ni un solo día. Ejecutamos el cateo de la bodega el 26. El lugar almacenaba insumos, botellas, hielo, equipos. Eh, había cámaras frigoríficas industriales, zonas de carga con montacargas, pasillos amplios. El ambiente era frío, húmedo, con ese sonido constante de refrigeradores industriales.

 Avanzamos hacia el fondo, también había un cuarto al fondo sin ventanas, marcado como mantenimiento. Cuando abrimos esa puerta, el olor me golpeó. mismo desinfectante industrial que en el Valentino, pero más concentrado, más reciente. El piso todavía estaba húmedo en algunas zonas. Las paredes tenían marcas de humedad que brillaban bajo las luces.

 No había ningún equipo de mantenimiento visible, solo tambos industriales vacíos alineados contra la pared y una manguera de alta presión enrollada en una esquina. Uno de los peritos sacó el luminol. Apagamos las luces, aplicó el reactivo en el centro del cuarto, esperamos. Después encendió la luz ultravioleta, las manchas aparecieron inmediatamente brillando en ese azul fantasmal que todos conocemos demasiado bien.

 No eran manchas pequeñas o dispersas, eran extensas, formando un patrón muy claro y deliberado. Alguien había limpiado con esfuerzo profesional, con productos potentes, con tiempo y método, pero el luminol no perdona, nunca perdona. El patrón iba desde la puerta de acceso del camión hasta el dren central del cuarto, una línea continua de arrastre, el tipo de patrón que dejas cuando mueves algo pesado sobre una superficie mojada, algo que no quieres levantar, sino deslizar.

Uno de los peritos más jóvenes se quedó mirando esas manchas en silencio. No, llevaba 2 años en el equipo y nunca había visto algo así. Le dije que tomara todas las fotografías necesarias y que marcara cada zona con precisión milimétrica. Levantamos las tapas bajo unas fibras textiles oscuras enganchadas en el metal. Parecían mezclilla.

 Revisé nóminas de la bodega. Esa noche del 5 tres empleados registraron horas extraordinarias fuera de su horario habitual. Los tres trabajaban oficialmente en el área de logística nocturna. Los tres recibieron bonos clasificados como traslado urgente de material sensible. Ordené localizar a esos tres hombres.

 Uno ya no vivía en la dirección registrada. Sus vecinos dijeron que se mudó hace dos semanas sin avisar. Dejó el departamento prácticamente vacío de un día para otro. El segundo aceptó presentarse, pero llegó con abogado. Cuando entró a la sala de declaraciones estaba visiblemente nervioso, sudaba, no dejaba de mover las manos, le ofrecía agua, la rechazó.

 En su declaración inicial dijo que esa noche recibieron una llamada de emergencia desde oficinas centrales del grupo para recibir y procesar material sensible que venía del Valentino. Le pregunté específicamente qué tipo de material era. Tragó saliva antes de responder. Dijo que no lo sabía con exactitud, que él únicamente seguía las órdenes de sus superiores.

 Le pregunté quién exactamente había dado esa orden de emergencia. Respondió que la llamada vino desde oficinas centrales, pero que no sabía qué persona la autorizó. Le pregunté si reconoció la voz en la llamada. Dijo que no, que fue alguien que no conocía. Le pregunté directamente si vio qué contenían los tambos que llegaron en el camión esa madrugada.

 Ahí el hombre se tensó completamente, miró a su abogado, respondió que no, que su trabajo era únicamente moverlos desde el camión hasta el cuarto de mantenimiento. Le pregunté si los tambos estaban sellados. Pausa larga. Dijo que sí. Le pregunté si eran pesados. Otra pausa. Dijo que sí. Muy pesados.

 Le pregunté cuántos tambos eran exactamente. Respondió que dos. Le pregunté qué pasó después con esos tambos. ¿A dónde los llevaron después del cuarto de mantenimiento? En ese momento, el hombre bajó completamente la mirada hacia el piso. Sus manos temblaban ligeramente, pidió un receso para hablar en privado con su abogado.

 Salieron de la sala, estuvieron afuera casi 20 minutos. Cuando regresaron, el abogado habló primero. Dijo que su cliente no recordaba más detalles de esa noche, que estaba bajo mucha presión y necesitaba tiempo para procesar. El empleado cortó inmediatamente su declaración y su abogado solicitó protección legal formal antes de continuar con cualquier interrogatorio adicional.

 ese silencio calculado, esa interrupción, justo en el momento crítico también habló por sí mismo el el frío conserva y también borra. Los análisis confirmaron lo peor. Las fibras de ambos lugares coincidían. El luminol reveló restos semáticos y apareció algo que meló, un compuesto químico que no se usa en bares, se usa en Morges.

 Rastreamos quién lo compró, una empresa de limpieza con contrato con el grupo Eleva. Les pedí las fotos de sus trabajos en El Valentino. Cuando llegaron lo vi todo. El cuarto frío con manchas oscuras el 6 de octubre, el dren cambiado el 12 y trabajadores con trajes de protección biológica completa el 19. Limpieza sistemática, limpieza profesional, limpieza de algo que no querían que encontráramos.

 El químico especializado no miente. El 28 ejecutamos cateos simultáneos y coordinados en otros dos bares que el informante mencionó. En el primer establecimiento encontramos exactamente lo esperado, un cuarto de servicio ubicado estratégicamente detrás de la zona de baños, completamente sin cámara de seguridad, con acceso directo mediante una puerta reforzada de metal a la zona de carga trasera.

 El dueño del lugar estaba presente durante el cateo. Insistió nerviosamente, con voz temblorosa, que ese espacio siempre había existido desde que él compró el negocio y que definitivamente estaba incluido en los planos arquitectónicos originales registrados. Le mostramos los planos históricos del establecimiento que obtuvimos directamente de Protección Civil Municipal.

 El cuarto simplemente no aparecía en ningún documento oficial. Le preguntamos directamente cuándo se había realizado la modificación estructural para crear ese espacio. El hombre no supo responder con coherencia. Empezó a contradecirse, a decir que tal vez fue el dueño anterior, que él no sabía, que no recordaba. En el segundo bar que cateamos esa misma mañana encontramos algo que me dejó helado.

 Eh, había un sótano completo bajo el establecimiento que no estaba registrado en absolutamente ningún documento oficial del inmueble, ni en Protección Civil, ni en Catastro, ni en los permisos de construcción. Eh, bajamos por una escalera oculta detrás de de la cocina industrial. El sótano era amplio con techos altos, bien iluminado.

 Tenía instalado un sistema de refrigeración industrial de alta capacidad, un sistema de drenaje completamente independiente y separado del sistema municipal. Y lo más perturbador, una puerta de salida de emergencia que daba directamente a un callejón trasero sin ningún tipo de vigilancia o cámara.

 Eh, le pregunté directamente al encargado presente que había bajado con nosotros para qué utilizaban exactamente ese espacio subterráneo. Me respondió con voz poco convincente que únicamente para almacenar bebidas alcohólicas de alto valor y hielo en grandes cantidades para eventos especiales. Le señalé que el sótano tenía candados industriales de alta seguridad instalados en la puerta desde el lado exterior, no desde el interior, y que había cámaras de seguridad estratégicamente montadas apuntando hacia el interior del espacio,

hacia abajo, no hacia el exterior o hacia la entrada, como sería lógico, para proteger inventario de robos. El hombre no tenía ninguna respuesta coherente o lógica para eso. Se quedó en silencio mirando el piso. La presión desde Durango se intensificó. El gobernador Esteban Villegas recomendó oficialmente evitar viajar a Mazatlán.

Empresarios durangüenses se sumaron. Las reservaciones de hoteles cayeron. El caso había trascendido fronteras. Medios de Estados Unidos, España y Latinoamérica cubrían la historia. Mazatlán, que vende imagen de destino seguro, estaba bajo lupa internacional. Durante la marcha del 25, una mujer se me acercó.

 Era madre de una joven desaparecida en Acapulco en 2024. Su hija también fue vista por última vez en un bar. También fue al baño y nunca regresó. También el bar entregó videos con huecos. Su caso sigue abierto, nunca la encontraron. Me pidió con lágrimas que no dejara que el caso de Carlos Emilio terminara igual. Me suplicó que que aprovechara los los recursos y y presión que tenía ahora.

 Le prometí que no no soltaríamos este caso. Esa noche del 28, cerca de las 10 recibí una llamada urgente del coordinador del equipo especializado que llevaba días excavando metódicamente en el relleno sanitario. Su voz sonaba tensa. Me dijo que necesitaban que fuera personalmente. Llegué al sitio 40 minutos después. El área estaba acordonada, iluminada con reflectores portátiles.

 El equipo había cavado casi 4 m de profundidad en la zona exacta, donde los registros del GPS indicaban que el camión había descargado su contenido la madrugada del 5 de octubre. Me llevaron hasta el borde de la excavación, abajo sobre una lona blanca. Habían colocado cuidadosamente los hallazgos. Eh, había restos significativos de tela muy deteriorados por la exposición prolongada a químicos corrosivos y por la compactación mecánica de las máquinas del relleno, pero conservaban suficiente material y estructura para realizar análisis

forenses detallados. La tela era de color oscuro, posiblemente mezclilla o algodón grueso. También habían encontrado un objeto pequeño de metal parcialmente oxidado, que preliminarmente parecía ser una evilla de cinturón de diseño específico con grabados todavía parcialmente visibles. Uno de los peritos me mostró fotografías de referencia de las pertenencias que la familia de Carlos Emilio había reportado. La evilla era similar.

 Eh, ordené inmediatamente que todo el material recuperado se empacara con protocolo estricto de cadena de custodia y se enviara esa misma noche al laboratorio forense central con máxima prioridad para realizar análisis comparativos exhaustivos, incluyendo ADN, si era posible extraerlo. Con las pertenencias conocidas y documentadas de Carlos Emilio, los resultados tardarían entre 48 y 72 horas.

 Si alguien más tiene información, si alguien vio movimientos extraños esa madrugada, si alguien trabajó en esas limpiezas y ahora tiene dudas sobre lo que limpiaba, si alguien recibió órdenes que ahora entiende su significado, eh este es el momento. Tenemos protocolos de protección para testigos, líneas anónimas, formas seguras de que la información llegue sin poner en riesgo a quien la proporcione.

 El cloro limpia superficies. El luminol encuentra lo que el cloro no alcanzó. Las renuncias apagan titulares, las excavaciones encuentran lo que las renuncias intentaron enterrar y los silencios protegen secretos. Pero cuando suficientes personas rompen ese silencio al mismo tiempo, los secretos se caen solos. M.