Hola, mis queridos. Mi nombre es Hilda Guadalupe Morales y tengo 73 años. Vengo aquí a contarles algo que me ha estado carcomiendo el corazón durante mucho tiempo y siento que ya es hora de compartirlo con ustedes.
Ahorita que estoy aquí sentada en mi casita preparándome un tecito de manzanilla porque siempre me tranquiliza cuando voy a recordar cosas difíciles, no puedo evitar pensar en todo lo que he vivido.
Y créanme, yo fui puesta a una prueba que nunca imaginé que tendría que pasar. Mi historia es una de esas que uno escucha y dice, “No puede ser cierto.
” Pero les juro por mis nietos que cada palabra que les voy a contar es verdad. Es la historia de como mis propios hijos, la sangre de mi sangre, me traicionaron de la manera más cruel que se puedan imaginar. Me internaron en un asilo para quitarme todo lo que había trabajado durante toda mi vida.
Pero también es la historia de como 5 años después la vida me dio la oportunidad de hacer justicia. Cuando me levanto cada mañana en mi propia casa, en mi propia cama, con mis propias cosas alrededor. Todavía no me lo creo completamente, porque durante 5 años largos, muy largos, desperté en un cuarto que no era mío rodeada de gente extraña, pensando que mis hijos me habían olvidado para siempre.
Mi historia empieza muchos años atrás, cuando yo era una mujer más joven y tenía una vida muy diferente a la que tengo ahora. Nací en 1951 en un pueblito pequeño del interior de Michoacán que se llama Tingambato. Era un lugar donde todo mundo se conocía y las tradiciones se respetaban mucho. Mi papá, Jesús Guadalupe, trabajaba en los campos de aguacate y mi mamá, Soledad, era costurera, hacía vestidos para las señoras del pueblo y siempre olía a almidón y a las flores de Azaar que usaba para perfumar la ropa.
éramos una familia de clase trabajadora, como la mayoría en el pueblo. Vivíamos en una casita de adobe con techo de teja roja que mi papá había construido con sus propias manos cuando se casó con mi mamá. Tenía dos cuartos, una cocinita con fogón de leña y un patio trasero donde mi mamá criaba gallinas y tenía su huerto de cilantro, chile y jitomate.
Yo era la tercera de cinco hermanos. Estaban mis hermanos mayores, Evaristo y refugio. Luego venía yo, después mi hermana Concepción y el más chiquito, amado. Desde muy niña aprendí que en casa de pobres todos trabajamos. Yo ayudaba a mi mamá con la costura, bordando a mano las flores en los vestidos y también cuidaba a mis hermanos menores cuando mis papás trabajaban. La vida en Tingambato era tranquila, pero dura.

Durante la época de la cosecha del aguacate, mi papá trabajaba desde que salía el sol hasta que se metía, ganando apenas lo suficiente para que comiéramos todos los días. Mi mamá complementaba con lo que ganaba cosciendo, pero el dinero siempre era escaso. Recuerdo que para las fiestas de diciembre, mi mamá juntaba centavito por centavito desde agosto para poder comprarnos zapatos nuevos.
Cuando tenía 18 años, en 1969 llegó al pueblo un muchacho de Morelia que se llamaba Isidro Herrera. Había venido a trabajar con un tío suyo que tenía una carpintería en el centro del pueblo. Isidro era alto, moreno, de manos trabajadoras y sonrisa bonita. tenía 23 años y era muy respetuoso. Cada tarde pasaba por nuestra casa cuando mi mamá y yo estábamos cosciendo en el portal y siempre nos saludaba quitándose el sombrero después de varios meses de vernos así.
Un día se acercó a hablar con mi papá. Llegó un domingo después de misa, bien vestidito con su camisa blanca y su pantalón negro, cargando un ramillete de flores del campo que había cortado especialmente para mí. Le pidió permiso a mi papá para hacerme la plática, como se acostumbraba en esos tiempos. Mi papá lo interrogó bien interrogado.
Le preguntó de dónde venía, qué hacía, cuáles eran sus intenciones, si tenía vicios, si sabía trabajar. Y Isidro le contestó todo con mucha paciencia y respeto. Le dijo que era carpintero, que no tomaba, que no fumaba, que iba a misa todos los domingos y que sus intenciones conmigo eran serias.
Empezamos a platicar en el portal de mi casa, siempre con mi mamá o alguna de mis hermanas presentes, como mandaban las buenas costumbres. Isidro me contaba de Morelia, de las cosas bonitas que había visto allá, de sus planes de tener su propio taller algún día. Yo le platicaba de mi vida en el pueblo, de lo que me gustaba coser, de mis sueños de tener una casa propia con muchas flores en el jardín.
Al año de estar platicando, en 1970, Isidro le pidió mi mano a mi papá. Para entonces ya había demostrado que era un hombre trabajador y responsable. Mi papá aceptó y nos comprometimos. La boda fue sencilla, pero bonita en la iglesia de San Santiago del Pueblo. Un 15 de septiembre de 1970, justito en las fiestas patrias, mi mamá me hizo un vestido blanco precioso bordado con hilo de plata y mi papá me regaló unos aretes de oro que había estado juntando dinero para comprar durante meses. Después de la boda nos fuimos a vivir a Morelia y Cidro había
ahorrado lo suficiente para rentar un cuartito en la colonia Vasco de Quiroga, cerca del centro. Era pequeño, pero estaba limpio, y yo lo arreglé con mucho cariño. Puse cortinas que hice yo misma, un mantel bordado en la mesita y algunas macetas con geranios en la ventana. Los primeros años fueron de mucha lucha, pero también de mucha felicidad.
Isidro trabajaba de empleado en una carpintería grande que hacía muebles para casas elegantes y yo cocía en casa para algunas señoras del rumbo. Poco a poco fuimos juntando dinero y comprando cosas para nuestro hogar. Una cama de madera que Isidro hizo con sus propias manos. Una estufa de gas que compramos de segunda mano, pero que funcionaba perfectamente.
Trastes de peltre azul que me encantaban. En 1972 nació nuestro primer hijo Aurelio, un niño hermoso y gordito que lloraba muy poco y siempre estaba sonriendo. 2 años después, en 1974, llegó nuestra hija Esperanza, una niña preciosa con los ojitos verdes de su papá y el cabello castaño mío. Y en 1977 completamos la familia con Juventino, un niño muy travieso, pero muy cariñoso para esos años, Isidro ya tenía su propio tallercito en el patio trasero de la casa que habíamos logrado comprar en la misma colonia Vasco de Quiroga. Era una casita sencilla de dos cuartos,
cocina, baño y un patio grande donde Isidro instaló sus herramientas y su banco de trabajo. Yo seguía cosciendo, pero ahora también ayudaba a mi esposo llevando las cuentas del negocio y atendiendo a los clientes que venían a encargar muebles. La vida nos sonreía. Teníamos trabajo, salud, una casa propia y tres hijos hermosos y sanos.
Los domingos íbamos a misa en familia y después paseábamos por el centro de Morelia comprándoles dulces de tamarindo a los niños y tomando raspados de Jamaica. En las tardes yo me sentaba en el patio a coser mientras veía jugar a mis hijos. Y Isidro trabajaba en el taller silvando canciones de Pedro Infante, pero la vida, como siempre pasa, tenía otros planes guardados para nosotros.
En 1981, cuando yo tenía 30 años, Isidro empezó a quejarse de dolores en el pecho. Al principio pensamos que era por el trabajo pesado, por cargar madera y muebles todo el día, pero los dolores se fueron haciendo más fuertes y más frecuentes. Una noche de octubre de 1981, Isidro se despertó con un dolor terrible en el pecho que le quitaba la respiración.
Lo llevamos corriendo al hospital civil, pero era demasiado tarde. Mi esposo, el hombre bueno que me había dado los mejores años de mi vida y tres hijos hermosos, murió de un infarto a los 35 años, dejándome viuda con tres niños pequeños. El dolor de perder a Isidro fue como si me hubieran arrancado el corazón del pecho.
Durante semanas no podía ni comer, ni dormir, ni pensar en nada que no fuera él. Mis hijos me veían llorar y no entendían muy bien qué pasaba. Aurelio tenía apenas 9 años, Esperanza siete y juventino solo cuatro. ¿Cómo explicarles que su papá no iba a volver nunca? Pero cuando eres mamá, no tienes el lujo de quedarte paralizada por el dolor.
Tenía tres bocas que alimentar, una casa que mantener y un futuro que construir para mis hijos. Así que después del novenario me sequé las lágrimas y me puse a trabajar como nunca en mi vida había trabajado. El taller de carpintería se volvió mi salvación y mi condena al mismo tiempo. Yo no sabía trabajar la madera como Isidro, pero sabía coser y sabía cómo tratar a la gente.
Decidí que no iba a vender las herramientas, sino que iba a buscar la manera de que el negocio siguiera funcionando. Contraté a don Crescencio, un carpintero mayor que había trabajado con Isidro algunas veces, para que viniera a trabajar medio tiempo conmigo. Mientras Don Crescencio hacía los muebles, yo me encargaba de conseguir clientes, de llevar las cuentas, de comprar la madera y de entregar los trabajos.
También seguí cosciendo, ahora más que nunca, porque necesitaba todos los pesos que pudiera conseguir. Me levantaba a las 5 de la mañana para adelantar costura antes de que los niños se despertaran y me acostaba después de las 11 de la noche terminando bordados a la luz de la lámpara.
Mis hijos crecieron viendo a su mamá luchar como una leona por sacarlos adelante. Aurelio, el mayor, me ayudaba cuidando a sus hermanos menores y haciendo mandados. Esperanza, aunque era niña. Aprendió a cocinar cosas sencillas y a mantener la casa ordenada. Y juventino, el más pequeño, siempre estaba pegado a mis faldas, cargando hilos o ayudándome a buscar botones. Los años pasaron volando entre trabajo y más trabajo.
Para 1985, cuando Aurelio cumplió 13 años. Ya era casi un hombrecito que me ayudaba en el taller Los fines de semana y en las vacaciones. Esperanza de 11 años. Bordaba casi tan bien como yo y ya tenía sus propias clientas entre las compañeras de la escuela que le encargaban bordados para sus blusas.
y juventino de 8 años era el que más se parecía a su papá. Siempre curioso por cómo funcionaban las cosas y tratando de ayudar con las herramientas. En esos años difíciles, mis hijos fueron mi motor y mi razón de vivir. Todo lo que hacía era pensando en ellos, en que tuvieran una vida mejor que la mía, en que pudieran estudiar, en que nunca les faltara nada.
Cuando estaba tan cansada que ya no podía ni con mi alma, pensaba en sus caras de felicidad cuando les compraba un juguete o cuando los llevaba al cine y eso me daba fuerzas para seguir. Para principios de los años 90 el negocio había crecido bastante. Ya tenía dos carpinteros trabajando conmigo tiempo completo, don Cresencio y su sobrino Martín, y había conseguido contratos para surtir muebles a varias tiendas de Morelia.
Mi reputación como costurera también había crecido y tenía clientas de colonias elegantes que venían desde lejos para que les hiciera vestidos para bodas y fiestas importantes. Mis hijos ya eran unos muchachos. Aurelio había terminado la secundaria y estaba estudiando una carrera técnica en administración.
Era un joven responsable, serio, que me ayudaba mucho con los números del negocio y que siempre me decía que cuando terminara de estudiar iba a encargarse de todo para que yo pudiera descansar un poquito. Esperanza había terminado la secundaria también y estaba estudiando para maestra. Era una muchachita muy inteligente y muy bonita, pero sobre todo muy cariñosa conmigo.
Siempre me decía que cuando fuera maestra iba a ahorrar todo su sueldo para comprarme una casa más grande y bonita. Me llenaba de orgullo ver cómo había crecido, tan educada y tan responsable y juventino. Mi bebé ya era un joven de 15 años, muy alto y muy guapo, igualito a como había sido su papá a esa edad. Estaba en la preparatoria y siempre había sido el más estudioso de los tres.
Quería ser ingeniero. Decía que iba a construir casas grandes y bonitas para familias como la nuestra. En 1992 decidí dar un paso muy importante. Con todos los ahorros que había juntado durante años, compré una casa más grande en la colonia Chapultepec Norte. Era una casa de tres recámaras, dos baños, sala, comedor, cocina integral y un patio trasero enorme donde pude poner un taller de carpintería más grande y un cuarto especial para mi costura.
La mudanza fue uno de los días más felices de mi vida. Ver a mis hijos corriendo por su nueva casa, eligiendo sus cuartos, emocionados porque ahora cada uno iba a tener su propio espacio, me hizo sentir que todo el sacrificio había valido la pena. Esa noche, cuando ya estábamos instalados, nos sentamos los cuatro en la sala nueva y Aurelio me dijo, “Mamá, usted es la mujer más fuerte del mundo.
Gracias por darnos esta casa bonita para mediados de los años 90. Mis tres hijos ya habían terminado sus estudios y estaban trabajando. Aurelio se había titulado como técnico en administración y trabajaba en una empresa de construcción ganando muy bien. Esperanza ya era maestra de primaria en una escuela pública y juventino había conseguido una beca para estudiar ingeniería en la Universidad Estatal. Yo seguía trabajando, pero ya no con la desesperación de antes.
El negocio de carpintería funcionaba solo con mis empleados, que ya conocían perfectamente cómo hacer las cosas y mi negocio de costura. Tenía tantas clientas que a veces tenía que rechazar trabajos porque no me daba abasto. En 1998, cuando ya tenía 47 años, decidí hacer algo que había soñado desde joven, pero que nunca había podido hacer por falta de dinero y tiempo.
Me inscribí en clases nocturnas para sacar mi certificado de secundaria. Aunque había aprendido a leer y escribir bien por necesidad del negocio, nunca había tenido la oportunidad de estudiar formalmente. Mis hijos se pusieron muy contentos cuando les dije esperanza, que ya era maestra, me ayudaba con las tareas de matemáticas que se me hacían más difíciles.
Aurelio me ayudaba con los trabajos de historia y geografía, y Juventino me explicaba las cosas de ciencias naturales. Fue una época muy bonita donde yo aprendía de mis propios hijos. En el año 2000, a los 49 años, me gradué de la secundaria. La ceremonia fue pequeña, pero para mí fue como si hubiera ganado el premio mayor de la lotería.
Mis tres hijos estaban ahí aplaudiéndome y gritando mi nombre cuando subí por mi certificado. Esa noche fuimos a cenar a un restaurante elegante del centro de Morelia y brindamos con refresco porque ninguno de nosotros tomaba alcohol. La vida nos seguía sonriendo. Para el año 2002, Aurelio ya se había casado con una muchachita muy buena que se llamaba Patricia y vivían en una casita que habían comprado cerca de la mía.
Esperanza tenía un novio muy formal, un contador que trabajaba en el gobierno y estaban planeando casarse el año siguiente. Y juventino ya estaba por terminar la carrera de ingeniería civil. Yo me sentía la mujer más bendecida del mundo. Tenía tres hijos profesionales: trabajadores, buenos, que me querían y me respetaban. Tenía mi negocio próspero, mi casa pagada, mis ahorros en el banco.
A los 51 años, por primera vez en mi vida desde que había quedado viuda, me sentía tranquila y segura. Pero como dicen que la vida da muchas vueltas, justo cuando creía que todo estaba perfecto, comenzaron a pasar cosas que al principio no les di importancia, pero que con el tiempo se convirtieron en las señales de la traición más grande que nunca imaginé que podría vivir.
Todo empezó de manera muy sutil en el año 2003. Aurelio, que ya llevaba varios años trabajando en la empresa de construcción, comenzó a visitarme más seguido de lo normal. Al principio me daba mucho gusto. Pensaba que era porque me extrañaba o porque quería platicarme de su trabajo, pero luego noté que siempre llegaba con preguntas muy específicas sobre mis negocios.
Mamá, ¿cuántos muebles hacen por semana en el taller? ¿Cuánto les paga a los carpinteros? ¿Cuántas clientas tiene de costura? ¿En qué banco tiene sus ahorros? ¿Cada cuándo va a ver sus cuentas? Al principio contestaba todas sus preguntas con naturalidad, pensando que era curiosidad normal de un hijo que se interesaba por los negocios de su mamá.
En abril de 2003, Aurelio me propuso algo que al principio me pareció muy considerado de su parte. me dijo que él, con todo lo que había aprendido de administración en su trabajo, podía ayudarme a manejar mejor mis negocios, que si yo le daba poder para hacer algunos trámites bancarios. Él podría ir al banco por mí cuando yo estuviera muy ocupada y así yo no tendría que estar perdiendo tiempo en filas y papeleo.
Mamá, me decía, usted ya trabajó mucho toda su vida. Ya es hora de que se relaje un poquito y deje que nosotros, sus hijos, la ayudemos con estas cosas pesadas. Yo lo escuchaba y me sentía muy orgullosa de tener un hijo tan atento y tan preocupado por mi bienestar. Esperanza también comenzó a mostrar mucho interés en mis asuntos.
Cuando venía a visitarme, siempre comentaba lo grande que se había vuelto la casa, lo bien que se veía todo, lo mucho que yo había logrado. Mamá, usted tiene una casa hermosa, un negocio próspero, dinero ahorrado. Debería asegurar todo esto para que nunca lo pierda, me decía. Al principio pensé que eran conversaciones normales entre madre e hija, pero después empezó a hacerme preguntas más directas. ya hizo testamento.
Mamá, ¿qué va a pasar con la casa y los negocios cuando usted falte? ¿No cree que debería poner todo a nombre de nosotros para evitar problemas legales después? Juventino, el menor era el que menos hablaba de estos temas, pero también comenzó a hacer comentarios extraños.
Un día me dijo, “Mamá, ya está usted grande para estar trabajando tanto. ¿Debería vender los negocios y vivir tranquila con el dinero que ha juntado?” Cuando le pregunté que por qué me decía eso, si yo me sentía muy bien y me gustaba trabajar, me contestó, “Es que da pena ver cómo se mata trabajando una mujer de su edad.” En junio de 2003, los tres se pusieron de acuerdo para hacerme una propuesta que me presentaron como si fuera un regalo de cumpleaños anticipado.
Era mi cumpleaños número 52. Y llegaron los tres juntos a la casa con un pastel y una carpeta llena de papeles. “Mamá”, me dijo Aurelio hablando por los tres. Hemos estado platicando y queremos hacerle un regalo muy especial. Queremos que usted ya no se preocupe por nada de dinero ni de negocios.
Nosotros vamos a encargarnos de todo para que usted pueda disfrutar la vida. Esperanza agregó, “Hemos hablado con un abogado y él nos ayudó a preparar unos papeles para que todo lo que usted tiene quede protegido y en orden. Si usted nos da poder general, nosotros podemos manejar todo por usted, pagar los gastos de la casa, cobrar las ganancias de los negocios y darle a usted una cantidad fija cada mes para sus gastos personales.
” Juventino completó, “Así usted va a vivir como una reina. sin preocupaciones y nosotros nos vamos a encargar de que siempre tenga todo lo que necesite. Yo los escuché con mucha atención y aunque en el fondo algo me sonaba extraño, también me sentía conmovida de tener hijos tan considerados. “¿Pero por qué tanto alboroto?”, les pregunté.
“Yo me siento muy bien, me gusta trabajar, me gusta manejar mis cosas. Es que ya tiene edad para descansar, mamá”, insistió Aurelio. Addemás, nosotros ya somos profesionales, ya sabemos de números y de leyes. Podemos hacer las cosas mejor organizadas, más modernas.
Esa noche me quedé despierta pensando en la propuesta de mis hijos. Por un lado, me daba orgullo que quisieran ayudarme y cuidarme. Por otro lado, yo siempre había sido una mujer independiente que manejaba sus propias cosas y la idea de depender de otros. Aunque fueran mis hijos, me hacía sentir incómoda. Durante las siguientes semanas, mis hijos insistieron mucho con el tema.
Cada vez que iba alguno de ellos a visitarme, sacaba la conversación del poder general y de lo bueno que sería para mí dejar que ellos se encargaran de todo. Esperanza me decía que así yo podría viajar, conocer lugares, comprarme ropa bonita sin preocuparme por el dinero. Juventino me decía que así tendría tiempo para hacer cosas que me gustaran, como tomar clases de cocina o de pintura.
Y Aurelio me repetía que él con su experiencia en administración podría hacer que mis negocios fueran más rentables. En agosto de 2003, después de mucha insistencia de su parte, decidí darles gusto. Pensé que al fin y al cabo eran mis hijos. Los había criado yo. Y si ellos querían ayudarme, era porque me querían y buscaban mi bienestar.
Fui con ellos al notario y firmé un poder general que les daba autoridad para manejar todas mis cuentas bancarias, mis propiedades y mis negocios. El día que firmé esos papeles, mis tres hijos se veían muy contentos. Me abrazaron mucho. Me dijeron que habían hecho lo correcto, que ahora sí iba a poder descansar y disfrutar la vida. Aurelio me dijo que a partir del próximo meses mensuales para mis gastos personales y que no me preocupara por nada más porque ellos se iban a encargar de todo.
Los primeros meses después de firmar el poder, las cosas parecían estar funcionando bien. Efectivamente, cada mes Aurelio me daba mis 5000 pesos y yo podía comprar mi comida, pagar los servicios de la casa y tener un poco para mis gustos personales. Mis hijos se encargaron de seguir pagando a los empleados del taller y de cobrar el dinero de mis clientas de costura, pero poco a poco comencé a notar cambios que me incomodaban.
Cuando preguntaba por las cuentas de los negocios, Aurelio me decía, “No se preocupe por eso, mamá. Todo está muy bien. Usted solo disfrute su dinero.” Cuando quería saber cuánto dinero había en mis cuentas del banco, Esperanza me decía, “Ay, mamá, ¿para qué quieres saber esos números tan complicados? Nosotros nos encargamos de que no le falte nada.
En diciembre de 2003 quise comprarme un televisor nuevo para mi cuarto porque el que tenía ya estaba muy viejo. Cuando le pedí dinero extra a Aurelio para comprarlo, me dijo que el dinero estaba muy justo ese mes, que mejor esperara hasta enero. Eso me extrañó mucho porque el negocio de carpintería siempre había sido muy bueno en diciembre por todas las mesas y sillas que ordenaban para las fiestas navideñas.
En febrero de 2004, don Cresencio, mi carpintero de confianza, vino a buscarme a la casa. Se veía preocupado y me pidió que platicáramos a solas. Doña Hilda me dijo, “Perdone que me meta en lo que no me importa, pero tengo que decirle algo importante. Su hijo Aurelio vino al taller la semana pasada y nos dijo que ya no vamos a trabajar aquí, que va a cerrar el negocio. Yo me quedé helada. ¿Cómo que va a cerrar el negocio? No dijo por qué.
Don Cresencio me explicó que Aurelio les había dicho que el negocio ya no era rentable, que era mejor vender las herramientas y rentar el espacio para otra cosa. Esa misma tarde fui a buscar a Aurelio a su casa. Cuando le pregunté sobre lo que me había dicho don Cresencio, se puso muy nervioso. Ay, mamá, es que don Cresencio malentendió.
Yo lo que le dije es que estamos pensando modernizar el taller, cambiar las herramientas viejas por unas más nuevas, pero yo conocía muy bien a don Cresencio. Era un hombre honesto que había trabajado conmigo durante años. Si él me decía que Aurelio había hablado de cerrar el negocio, era porque eso había pasado. Esa noche no pude dormir.
Dándole vueltas a la conversación con don Crescencio y a las respuestas evasivas de Aurelio. En marzo de 2004, una de mis clientas más antiguas de costura, la señora Remedios, vino a buscarme a la casa. Doña Hilda me dijo, “Vengo a preguntarle si ya no va a coser. Su hija Esperanza fue a mi casa la semana pasada y me dijo que usted ya se retiró, que ya no recibe trabajos. Otra vez me quedé sin palabras.
Esa misma tarde confronté a Esperanza. ¿Por qué le dijiste a la señora remedios que ya no coso? Yo nunca he dicho eso.” Esperanza se puso roja y me contestó. Es que mamá, pensé que ya era hora de que descansara de tanto trabajo. Además, con lo que le damos cada mes tiene suficiente para vivir bien, pero yo no quiero dejar de coser.
Le dije, “Me gusta mi trabajo, me gusta tener mis clientas.” Esperanza me abrazó y me dijo, “Ay, mamá, no se preocupe. Si usted quiere seguir cociendo como pasatiempo, puede hacerlo, pero ya no como negocio. Ya está muy grande para andar correteando clientas.” Esas palabras me dolieron mucho, muy grande. Yo tenía 53 años. Me sentía perfectamente bien.
Tenía energía, tenía ganas de trabajar. ¿Quién era ella para decidir que yo ya estaba muy grande para trabajar? En abril de 2004 decidí ir al banco a revisar mis cuentas personalmente. Cuando llegué a la ventanilla y pedí mi estado de cuenta, la empleada me dijo algo que me dejó fría. Señora, esta cuenta fue cerrada hace dos meses.
El dinero fue transferido a otra cuenta. ¿Cómo que fue cerrada? ¿Quién la cerró? pregunté con el corazón, latiéndome muy fuerte. La empleada revisó en su computadora y me dijo, “Fue cerrada por el señor Aurelio Herrera. Tiene poder general sobre esta cuenta. Salí del banco temblando.
No solo habían cerrado mi cuenta sin avisarme, sino que también habían transferido mi dinero a otra cuenta de la que yo no sabía nada. Cuando llegué a mi casa, inmediatamente llamé a Aurelio. ¿Por qué cerraste mi cuenta del banco sin decirme? Le pregunté directamente. Aurelio se escuchaba muy nervioso al teléfono. Es que, mamá, esa cuenta ya no era conveniente. Tenía muchas comisiones. Abrimos otra cuenta nueva donde el dinero está mejor protegido.
¿Dónde está esa cuenta nueva? ¿En qué banco? Insistí. No se preocupe por esos detalles, mamá. Lo importante es que su dinero está seguro. Nosotros nos encargamos de todo, pero yo sí me estaba preocupando y mucho. Esa noche no pude pegar el ojo. Pensando en todo lo que había pasado en los últimos meses.
El taller cerrado, mis clientas de costura despedidas, mi cuenta bancaria cerrada sin mi autorización. Algo muy malo estaba pasando, pero todavía no quería creer que mis propios hijos me estuvieran traicionando. En mayo de 2004, las cosas empeoraron aún más. Aurelio llegó a mi casa con una noticia que me cayó como balde de agua fría.
Mamá, tengo que decirle algo importante. Hemos decidido vender la casa. ¿Cómo que vender la casa? ¿Cuál casa? Esta casa. Mamá, la que usted compró es que está muy grande para una sola persona y además necesita muchas reparaciones que van a costar mucho dinero.
Es mejor venderla y buscarle algo más pequeño y más cómodo. Yo no podía creer lo que estaba escuchando. Aurelio, esta es mi casa. Yo la compré con mi trabajo, con mi esfuerzo y no está dañada. Está perfectamente bien. Sí, mamá, pero es que ya no es práctica para usted. Además, con el dinero de la venta puede vivir muy cómoda en un lugar más pequeño.
Esa conversación fue la gota que derramó el vaso. Por fin entendí lo que estaba pasando. Mis hijos no estaban tratando de ayudarme o de cuidarme. Estaban quitándome todo lo que tenía, mi negocio, mi dinero y ahora mi casa. Esa noche tomé una decisión. Al día siguiente iba a ir con un abogado para entender exactamente qué derechos tenía y que podía hacer para detener lo que estaba pasando.
No iba a permitir que me quitaran la vida que tanto me había costado construir. El 15 de mayo de 2004 fui a ver al licenciado Filiberto Sánchez, un abogado que me había recomendado la señora Remedios. Su oficina estaba en el centro de Morelia, cerca de la catedral, en un edificio viejo pero elegante.
Cuando le expliqué mi situación, el licenciado me escuchó con mucha atención tomando notas en una libreta grande. “Señora Hilda”, me dijo después de escuchar toda mi historia. “Me temo que la situación es muy delicada. Al firmar ese poder general, usted les dio a sus hijos autoridad legal para manejar todos sus bienes.
Técnicamente lo que están haciendo no es ilegal porque usted les dio permiso. Se me cayó el alma a los pies. Entonces, no puedo hacer nada. El licenciado se quedó pensando un momento y luego me dijo, “Si puede hacer algo, pero es complicado. Puede revocar el poder general, pero necesita demostrar que fue engañada o que está siendo víctima de abuso y necesita actuar rápido.
antes de que vendan la casa, me explicó que para revocar el poder necesitaba ir ante un notario y firmar un documento anulando el anterior, pero me advirtió que mis hijos probablemente no iban a estar de acuerdo y que podían hacer las cosas más difíciles. Licenciado, “Yo solo quiero recuperar lo que es mío”, le dije.
Trabajé toda mi vida para tener mi casa, mis negocios, mis ahorros. No es justo que me los quiten así. Tiene razón, señora. Vamos a luchar por sus derechos, pero prepárese porque va a ser una batalla difícil. Al día siguiente, 16 de mayo de 2004, fui al notario con el licenciado Sánchez para revocar el poder general.
Cuando llegamos, le expliqué al notario que quería anular el documento que había firmado el año anterior, porque me había dado cuenta de que mis hijos no estaban actuando en mi beneficio. El notario me hizo muchas preguntas para asegurarse de que estaba tomando la decisión por mi propia voluntad y que entendía las consecuencias.
Firmé todos los papeles necesarios y salí de ahí sintiendo que había recuperado un poco de control sobre mi vida. Pero cuando llegué a mi casa esa tarde, me esperaba una sorpresa muy desagradable. Aurelio, Esperanza y Juventino estaban ahí sentados en mi sala con caras muy serias. “Mamá”, me dijo Aurelio sin saludarme siquiera. Nos enteramos de lo que hizo hoy.
¿Por qué fue a revocar el poder sin hablar con nosotros primero? porque ya me di cuenta de lo que están haciendo. Le contesté con firmeza. Están tratando de quitarme todo lo que tengo. Esperanza se paró y me dijo con una voz que nunca le había escuchado. Mamá, usted ya no está pensando bien. Se está volviendo paranoica. Nosotros solo queremos cuidarla.
Cuidarme cerrando mi negocio y mi cuenta del banco sin avisarme. Cuidarme diciéndoles a mis clientas que ya me retiré sin preguntarme, juventino, que siempre había sido el más callado. También se paró y me dijo, “Mamá, creo que necesita ayuda. A lo mejor debería ir con un doctor para que la revise.” Un doctor, ¿para qué? Yo estoy perfectamente bien, ¿no, mamá?”, insistió Aurelio. Últimamente la hemos visto muy confundida, muy olvidadiza.
A veces no se acuerda de las cosas que platicamos. Creemos que puede ser el principio de demencia senil. Yo no podía creer lo que estaba escuchando. Demencia senil, ustedes están locos. Yo estoy perfectamente bien de mi mente, pero entre los tres siguieron insistiendo que me veían diferente, que se habían dado cuenta de que me olvidaba de las cosas, que a veces decía incoherencias.
Esa noche, después de que se fueron, me quedé pensando en toda la conversación. Era obvio que habían preparado esa historia de la demencia para justificar lo que estaban haciendo. Si lograban convencer a la gente de que yo estaba loca. Nadie iba a creer que ellos me estaban robando.
Durante los siguientes días, mis hijos comenzaron una campaña muy sutil, pero muy efectiva. Empezaron a decirles a los vecinos, a los conocidos, a la gente del banco que yo estaba mostrando síntomas de demencia, que me olvidaba de las cosas, que decía cosas sin sentido, que a veces no reconocía a la gente. Señora Carmela, mi vecina de al lado, me contó qué esperanza había ido a hablar con ella.
“Doña Hilda,” me dijo la señora Carmela, “su hija me dijo que usted está enferma de sus facultades mentales, que anda muy confundida y que por eso ellos tienen que cuidarla.” Yo le expliqué a la sñora Carmela lo que realmente estaba pasando, pero pude ver en sus ojos que no sabía qué creer.
Después de todo, ¿por qué iban unos hijos a mentir sobre la salud mental de su madre en junio de 2004? La situación se puso todavía más tensa. A pesar de que había revocado el poder general, mis hijos comenzaron a presionarme de maneras que nunca imaginé. Aurelio dejó de darme los 5,000 pesos. mensuales que me había estado dando. Es que ya no tenemos acceso a sus cuentas, mamá.
Ya no podemos darle dinero. Pero cuando fui al banco a tratar de acceder a mis propias cuentas, me dijeron que necesitaba esperar unos días porque había documentos en proceso. Estaba en una situación imposible, sin acceso a mi dinero, sin mis negocios funcionando, dependiendo completamente de la buena voluntad de mis hijos.
Una tarde de finales de junio, Esperanza llegó a mi casa con una propuesta que me presentó como si fuera una solución perfecta. Mamá, hemos encontrado un lugar muy bonito donde va a estar muy cómoda y muy bien cuidada. ¿Qué lugar? Le pregunté. Aunque ya tenía una sospecha de lo que me iba a decir. Es una residencia para personas mayores, muy elegante, muy limpia, con doctores, con enfermeras, con actividades recreativas, va a estar muy feliz ahí.
Un asilo. Me quieren meter a un asilo. No es un asilo, mamá. Es una residencia y no es para siempre. Solo hasta que se sienta mejor, hasta que se recupere. Me quedé mirándola fijamente. Recuperarme de qué, esperanza. Yo no estoy enferma. Si está enferma, mamá está enferma de la mente y necesita cuidados especiales que nosotros no le podemos dar. Esa noche lloré como no había llorado desde que se murió mi Isidro.
No podía creer que mis propios hijos, los hijos que había criado con tanto amor y tanto sacrificio me estuvieran haciendo esto. ¿En qué momento se habían vuelto tan codiciosos y tan crueles? El 2 de julio de 2004, mis tres hijos llegaron a mi casa acompañados de un doctor que no conocía. Era un hombre mayor con lentes que se presentó como el Dr. Agustín Maldonado, geriatra señora Herrera.
me dijo, “Sus hijos me han contado que últimamente se ha sentido confundida, que tiene problemas de memoria. Vengo a hacerle una revisión para ver cómo podemos ayudarla.” Yo le contesté que me sentía perfectamente bien, que no tenía ningún problema de memoria ni de confusión, pero el doctor me hizo muchas preguntas extrañas, que si sabía qué día era, que si recordaba lo que había desayunado, que si reconocía a mis hijos.
Después de hacerme las preguntas, el doctor habló en privado con mis hijos en la cocina. Yo traté de escuchar desde la sala, pero hablaban muy bajo. Cuando regresaron, el doctor me dijo, “Señora Herrera, efectivamente presenta síntomas de deterioro cognitivo leve. Recomiendo supervisión constante y posiblemente internamiento en una institución especializada. ¿Cómo puede decir eso si apenas me conoce?”, le reclamé.
Doctor, yo estoy perfectamente bien. Puedo cuidarme sola, puedo manejar mis cosas. Pero el doctor ya había tomado su decisión, o más bien ya había decidido apoyar la versión de mis hijos. El 10 de julio de 2004 fue el día más triste de mi vida desde que enviudé.
Mis tres hijos llegaron por la mañana con una ambulancia y con papeles firmados por el Dr. Maldonado autorizando mi internamiento involuntario. “Mamá”, me dijo Aurelio, “ya todo arreglado. La vamos a llevar a un lugar muy bonito donde la van a cuidar muy bien. Es solo temporal hasta que se sienta mejor.” Yo me negué rotundamente. No me voy a ningún lado. Esta es mi casa y aquí me quedo.
Pero Esperanza me dijo, “Mamá, ya no puede quedarse sola, es peligroso para usted. Además, ya vendimos la casa.” ¿Qué? ¿Ya vendieron la casa? ¿Cómo pudieron vender mi casa si yo revoqué el poder? juventino me explicó que habían conseguido una orden judicial declarándome incompetente mentalmente, basada en el reporte del Dr. Maldonado. Me sentí traicionada de la manera más cruel posible.
Los hijos a los que había dedicado mi vida entera me estaban despojando de todo y me estaban encerrando como si fuera una loca. Entre los tres me subieron a la ambulancia. A pesar de mis gritos y mis protestas, el asilo se llamaba Residencia geriátrica San Francisco y estaba en las afueras de Morelia.
Era un edificio grande y blanco, rodeado de jardines que se veían bonitos desde afuera, pero para mí era una prisión donde me iban a encerrar contra mi voluntad. Cuando llegamos, una enfermera muy amable me recibió y me mostró el cuarto que iba a ser mío. Era pequeño, pero limpio, con una cama individual, un armario, una mesita y una silla. Tenía una ventana que daba al jardín, pero tenía rejas.
Señora Hilda, me dijo la enfermera, aquí va a estar muy cómoda. Tiene tres comidas al día, actividades recreativas, atención médica las 24 horas. Va a ver que se va a sentir muy bien. Pero yo no me sentía bien, me sentía como una prisionera. Mis hijos se despidieron de mí con abrazos y promesas de que vendrían a visitarme muy seguido.
Es solo temporal, mamá, me repetían. Cuando se sienta mejor, la sacamos. Esa noche acostada en esa cama extraña, en ese cuarto que no era mío, rodeada de gente que no conocía. Me di cuenta de que había perdido todo. Mi casa, mis negocios, mis ahorros, mi libertad.
Los hijos que había criado con tanto amor me habían traicionado de la manera más cruel posible. Pero también esa noche, en medio de toda mi tristeza y mi desesperación, tomé una decisión muy importante. No me iba a dar por vencida. Iba a encontrar la manera de salir de ahí y de recuperar lo que era mío.
No sabía cómo ni cuándo, pero sabía que no iba a permitir que mis hijos se salieran con la suya. Los primeros meses en el asilo fueron los más difíciles de toda mi vida. Despertar cada mañana en ese cuarto extraño, sin mis cosas, sin mi rutina, sin mi libertad. Era como una pesadilla de la que no podía despertar. Pero poco a poco fui entendiendo que si quería salir de ahí.
Tenía que ser muy inteligente y muy paciente. La rutina del asilo era siempre la misma. Nos despertaban a las 6 de la mañana, desayunábamos en el comedor grande a las 7. Luego teníamos actividades recreativas como pintura en acuarela o ejercicios de memoria. Por las tardes había terapia física para los que podían caminar y por las noches nos daban una pastilla para dormir que yo siempre me las arreglaba para no tragarme.
Al principio traté de explicarles a las enfermeras y a los doctores que yo no estaba loca, que mis hijos me habían metido ahí para robarme, pero entre más insistía, más anotaban en mi expediente que tenía episodios de paranoia y delirios de persecución. La doctora que me atendía, la doctora Esperanza Villanueva, era una mujer joven que siempre me hablaba como si fuera una niña chiquita.
Doña Hilda, entiendo que se sienta confundida, pero sus hijos la trajeron aquí porque la aman y quieren lo mejor para usted. A veces, cuando envejecemos, nuestra mente nos juega trucos. Después de unas semanas de tratar de convencer a todo mundo de que estaba bien, decidí cambiar de estrategia.
Si todos creían que estaba loca, iba a fingir que me estaba mejorando. Empecé a participar en las actividades, a tomar las medicinas que me daban, aunque me las sacaba de la boca cuando nadie me veía. aportarme como una residente modelo. Mi compañera de cuarto se llamaba doña Cristina, una señora de 81 años que si tenía demencia real.
Al principio me desesperaba porque hablaba sola y a veces gritaba por las noches. Pero después me di cuenta de que doña Cristina en sus momentos de lucidez podía ser una gran aliada. Doña Cristina”, le dije un día que parecía estar más consciente. ¿Usted cómo llegó aquí? Ella me contó que su único hijo la había traído después de que se cayó en su casa y se rompió la cadera. “Pero yo ya me compuse”, me dijo.
Y él ya no me viene a ver. Creo que se quedó con mi casa. Me di cuenta de que no era la única en esa situación. Muchos de los residentes habían sido llevados ahí por familiares que después desaparecían de sus vidas. Empecé a platicar con otros residentes y a escuchar sus historias.
Don Esteban me contó que su nieto se había quedado con su terreno. La señora Rosa me platicó que sus hijas vendieron su casa y se repartieron el dinero. Durante los primeros 6 meses, mis hijos me visitaron regularmente. Venían cada 15 días. Siempre los tres juntos y siempre me traían regalitos, chocolates, revistas, ropa nueva.
Se portaban como hijos amorosos, preocupados por su mamá enferma. ¿Cómo se siente, mamá? Me preguntaba Esperanza. ¿La están tratando bien? Sí, mija, le contestaba yo, fingiendo estar resignada. Aquí me cuidan muy bien. ¿Ya no se siente confundida? preguntaba Aurelio. Ya no tiene esos pensamientos raros sobre nosotros.
Yo aprendí a decirles lo que querían escuchar. Ay, hijo, ya me di cuenta de que ustedes tenían razón. Yo sí estaba muy confundida. Gracias por traerme aquí donde me pueden cuidar. podía ver el alivio en sus caras cuando les decía eso, pero durante esas visitas yo siempre estaba muy atenta a cualquier información que pudiera servirme.
Escuchaba sus conversaciones cuando creían que no ponía atención. Así me enteré de que efectivamente habían vendido mi casa por $800,000, una cantidad que era mucho menos de lo que valía realmente. También me enteré de que habían cerrado completamente el taller de carpintería y vendido todas las herramientas.
Mis clientas de costura ya se habían ido con otras costureras. Todo mi trabajo de toda la vida había desaparecido en unos cuantos meses. Lo que más me dolía era escuchar como hablaban de mí cuando creían que no entendía. Menos mal que la doctora dice que cada vez está más tranquila, decía Esperanza. Ya no nos acusa de haberle robado. Sí, contestaba Juventino.
Al principio pensé que iba a ser más difícil convencerla de que está enferma. Después del primer año, las visitas comenzaron a espaciarse. En lugar de cada 15 días, venían una vez al mes, luego cada dos meses para el segundo año. Ya solo venían en mi cumpleaños y en Navidad. Era obvio que ya habían conseguido lo que querían y que yo ya no les importaba.
Habían vendido todo, se habían repartido el dinero y yo ya era solo un estorbo del que se habían librado convenientemente. Pero mientras mis hijos se iban olvidando de mí, yo estaba trabajando en mi plan de escape. Durante esos dos años había observado todo, los horarios de las enfermeras, las rutinas de seguridad, quien tenía las llaves cuando cambiaban los turnos.
También había cultivado una amistad muy especial con Rosario, una enfermera joven que trabajaba en el turno de la noche. Rosario era una muchacha buena de un pueblo cerca de Morelia que estudiaba enfermería en la universidad. A diferencia de las otras enfermeras, ella sí me escuchaba cuando le platicaba mi historia.
Doña Hilda me dijo una noche cuando estaba muy segura de que nadie nos escuchaba. Yo sí le creo. He visto muchos casos como el suyo, hijos que traen a sus papás aquí para quitarles sus cosas. Pero, ¿qué puedo hacer, Rosario? Nadie me cree. Rosario me explicó que ella conocía casos de personas que habían logrado salir de asilos demostrando que habían sido internadas ilegalmente, pero necesita evidencias, doña Hilda, y necesita ayuda de alguien de afuera.
Esa conversación me dio una idea. Durante los siguientes meses empecé a pedirles a mis compañeros de cuarto que me ayudaran a escribir cartas. Muchos de ellos, en sus momentos de lucidez también querían salir de ahí. Comenzamos a formar una especie de red de apoyo mutuo.
Don Esteban, que había sido contador antes de que su familia lo internara, me ayudó a calcular aproximadamente cuánto dinero debería tener si mis negocios hubieran seguido funcionando normalmente. La cantidad era impresionante, más de 2 millones de pesos que mis hijos se habían robado. La señora Rosa, que había sido maestra, me ayudó a escribir cartas formales dirigidas a autoridades, explicando mi situación y pidiendo ayuda.
Escribimos cartas a la Comisión de Derechos Humanos, al DIF, a un programa de televisión que ayudaba a personas en situaciones injustas. El problema era como enviar esas cartas sin que se dieran cuenta en el asilo. Rosario fue nuestra salvación. Ella se ofreció a llevar las cartas y enviarlas desde afuera. Es lo menos que puedo hacer, me decía. A mí también me da coraje ver cómo abusan de las personas mayores.
Durante el tercer año, en el asilo, algo inesperado pasó. El asilo fue vendido a una nueva administración que quería modernizar las instalaciones. Trajeron doctores nuevos, enfermeras nuevas y empezaron a revisar todos los expedientes de los residentes. La nueva doctora a cargo, la doctora Patricia Delgado, era muy diferente a la anterior.
Era más joven, más moderna y parecía estar genuinamente interesada en el bienestar de los pacientes. Cuando revisó mi expediente, algo le llamó la atención. “Señora Herrera”, me dijo durante una de mis consultas mensuales. He estado revisando su caso y tengo algunas dudas.
¿Usted realmente se siente enferma de la mente, doctora? Le contesté muy cuidadosamente. Yo nunca me he sentido enferma, pero mis hijos y el doctor que me examinó dijeron que sí. La doctora Delgado me hizo un examen mental completo, mucho más detallado que el que me había hecho el Dr. Maldonado años atrás. Me hizo preguntas sobre matemáticas, sobre memoria, sobre razonamiento lógico.
Al final me dijo algo que me llenó de esperanza. Señora Herrera, usted no presenta ningún síntoma de demencia o deterioro cognitivo. Entonces, ¿por qué estoy aquí, doctora? Le pregunté directamente. Esa es una muy buena pregunta, me contestó. Voy a investigar más sobre su caso. Durante las siguientes semanas, la doctora Delgado revisó todo mi expediente médico, habló con el personal que me había atendido e incluso contactó al Dr.
Maldonado para preguntarle sobre el diagnóstico que había hecho. Un día me llamó a su oficina y me dijo, “Señora Herrera, creo que usted ha sido víctima de un abuso. No hay justificación médica para que esté internada. aquí. Voy a ayudarla a salir, pero necesito que me cuente toda la verdad sobre lo que pasó.
Le conté toda mi historia desde el principio. La doctora me escuchó con mucha atención y tomó notas detalladas. Al final me dijo, “Señora Herrera, lo que le hicieron sus hijos se llama abuso de adulto mayor y es un delito. Vamos a hacer todo lo necesario para que recupere su libertad. Esa noche no pude dormir de la emoción.
Después de 3 años y medio de prisión injusta, por fin alguien me creía y me iba a ayudar. La doctora Delgado cumplió su palabra. Durante las siguientes semanas. Trabajó incansablemente para documentar mi caso y preparar todo lo necesario para mi liberación. Me pidió que escribiera una declaración detallada de todo lo que había pasado desde que firmé el poder general hasta el día que me internaron. Mientras escribía mi declaración.
Me di cuenta de que tenía que planear muy cuidadosamente los pasos que iba a seguir una vez que saliera del asilo. No podía simplemente salir y esperar que las cosas se arreglaran solas. Mis hijos habían tenido casi 4 años para borrar sus huellas y consolidar su robo. Yo necesitaba un plan muy bien pensado para recuperar lo que era mío.
Lo primero que hice fue pedirle a Rosario, mi enfermera aliada, que me ayudara a contactar al licenciado Filiberto Sánchez, el abogado que me había ayudado años atrás. Rosario lo llamó desde su celular y le explicó la situación. El licenciado se acordaba perfectamente de mi caso y se ofreció a venir al asilo a verme.
Cuando el licenciado Sánchez llegó a visitarme, ya era un hombre mayor, con más canas y más arrugas, pero con la misma mirada inteligente y decidida que recordaba. Doña Hilda me dijo, he estado siguiendo su caso todos estos años. Traté de ayudarla cuando la internaron, pero la orden judicial decía que usted estaba incapacitada mentalmente y no podía recibir representación legal.
Le expliqué todo lo que había descubierto durante mi tiempo en el asilo y le di copias de la declaración que había escrito. El licenciado revisó todos los documentos con mucha atención. Doña Hilda, esto es un caso clásico de abuso de adulto mayor con todos los elementos. fraude, robo, internamiento ilegal, pero necesitamos evidencias muy sólidas para ganar.” me explicó que la estrategia legal iba a tener varias fases.
Primero, tendríamos que anular la declaración de incompetencia mental que habían usado para internarme. Segundo, tendríamos que demostrar que el poder general había sido obtenido mediante engaño. Tercero, tendríamos que rastrear todos mis bienes y demostrar que habían sido vendidos ilegalmente.
Y cuarto, tendríamos que calcular los daños y pedir compensación. ¿Cuánto tiempo va a tomar todo eso? Licenciado, le pregunté. Puede tomar varios meses, incluso años, pero tengo confianza en que vamos a ganar. Su caso es muy sólido. Mientras el licenciado trabajaba en los aspectos legales, yo empecé a planear otros aspectos de mi estrategia de recuperación.
Durante mis años en el asilo había tenido mucho tiempo para pensar y había llegado a algunas conclusiones muy importantes sobre mis hijos y sus personalidades. Aurelio, el mayor, era el cerebro de la operación. Él había iniciado todo con sus preguntas sobre mis negocios y sus propuestas de ayuda. Era meticuloso, calculador y probablemente había guardado todos los documentos de las transacciones. Su punto débil era su orgullo.
Le gustaba presumir sus logros y probablemente no había podido resistir la tentación de alardear sobre cómo había conseguido mi dinero. Esperanza. Mi única hija era la manipuladora emocional del grupo. Ella había sido la que me convenció de que todo era por mi bien, la que había sembrado dudas sobre mi salud mental entre los vecinos y conocidos.
Su punto débil era su necesidad de mantener una imagen de buena hija. Probablemente había inventado historias elaboradas para explicar por qué yo estaba en el asilo juventino. El menor era el seguidor, había participado en el plan, pero probablemente por presión de sus hermanos mayores, más que por iniciativa propia. Su punto débil era su conciencia.
De los tres, él era el que más probabilidades tenía de sentirse culpable por lo que habían hecho. Con estas personalidades en mente, empecé a diseñar una estrategia que los enfrentara a cada uno de manera diferente. No iba a ser suficiente con ganar en los tribunales. Yo quería que entendieran completamente el daño que me habían hecho y que enfrentaran las consecuencias, no solo legales, sino también sociales y emocionales de sus acciones.
Durante mis últimas semanas en el asilo, empecé a prepararme físicamente para la batalla que se venía. Pedí que me dieran terapia física extra para fortalecer mis músculos después de tanto tiempo de inactividad, empecé a comer mejor para recuperar peso y energía. También pedí que me cortaran el cabello y me dieran ropa nueva para verme presentable cuando saliera.
La doctora Delgado había estado trabajando con las autoridades para acelerar mi proceso de liberación. Un día me llamó a su oficina y me dio la mejor noticia que había recibido en años. Señora Herrera, ya tenemos la orden judicial que anula su internamiento. Puede salir mañana, esa noche, mi última noche en el asilo. No dormí nada.
Me quedé despierta haciendo una lista mental de todas las cosas que tenía que hacer en cuanto saliera. Tenía que encontrar un lugar donde vivir porque mis hijos seguramente ya habían vendido mi casa. Tenía que reunir todas las evidencias posibles de lo que habían hecho. Tenía que contactar a testigos que pudieran apoyar mi caso y tenía que prepararme emocionalmente para enfrentar a los hijos que me habían traicionado.
El 15 de noviembre de 2007, después de 3 años, 4 meses y 5 días de prisión injusta, salí del asilo San Francisco como una mujer libre. El licenciado Sánchez vino a recogerme en su carro. Y cuando pasamos por la puerta principal, sin que nadie me detuviera, no pude evitar llorar de felicidad y de alivio.
¿A dónde la llevo, doña Hilda? Me preguntó el licenciado. A mi casa le contesté automáticamente, pero inmediatamente me di cuenta de mi error. Ya no tenía casa. Perdón, licenciado. Ya no sé a dónde ir. El licenciado me llevó a un hotel modesto en el centro de Morelia mientras decidíamos qué hacer. Esa primera noche de libertad.
Sentada en esa cama de hotel, me sentí perdida y asustada. Tenía 56 años. No tenía casa, no tenía dinero, no tenía trabajo. Era como si tuviera que empezar mi vida de cero otra vez. Pero al día siguiente me levanté con una determinación que no había sentido en años. Ya había empezado de cero una vez cuando quedé viuda a los 30 años con tres hijos pequeños.
Había construido una vida próspera trabajando día y noche. Si lo había hecho una vez, podía hacerlo otra vez. Lo primero que hice fue ir al banco donde habían tenido mis cuentas para pedir un historial completo de todas las transacciones que se habían hecho en mi nombre. La empleada me dijo que necesitaría una orden judicial para obtener esa información, pero que podía darme los datos básicos. Lo que me dijo me confirmó mis peores sospechas.
En los meses después de que firmé el poder general, se habían hecho transferencias por cantidades enormes a cuentas que yo nunca había autorizado, solo de mis cuentas de ahorro. Habían sacado más de 400,000 pesos que había juntado durante años. Después fui a la dirección donde había estado mi casa. Era desgarrador ver cómo habían cambiado mi hogar.
Los nuevos dueños habían pintado las paredes de otro color, habían puesto azulejos diferentes, habían arrancado las plantas del jardín que yo había cuidado con tanto amor. Era como si hubieran borrado completamente mi existencia de ese lugar. una vecina.
La señora Carmela me reconoció desde su ventana y salió a hablar conmigo. Doña Hilda, ¿qué hace por aquí? Sus hijos nos dijeron que usted había muerto el año pasado. Me quedé helada. Que yo había muerto. ¿Quién les dijo eso? La señora Carmela me explicó que Aurelio había venido a la vecindad el año anterior y había anunciado que yo había fallecido en el asilo por complicaciones de mi demencia.
Incluso habían hecho una misa por mi alma en la iglesia del barrio. Esa revelación me dio una pista muy importante. Si mis hijos habían dicho que yo estaba muerta, probablemente habían falsificado documentos para hacer tramitar herencias o seguros de vida. Eso era una evidencia más de fraude que podíamos usar en el juicio.
Durante las siguientes semanas seguí investigando por mi cuenta mientras el licenciado Sánchez trabajaba en los aspectos legales. Descubrí que Aurelio se había comprado una casa muy cara en una colonia elegante de Morelia. Esperanza tenía un carro nuevo, un Tsuru modelo reciente que claramente no podía pagar con su sueldo de maestra.
y juventino había abierto un negocio de refacciones automotrices que requería una inversión inicial considerable. Era obvio que habían usado mi dinero para mejorar sus propias vidas mientras me tenían encerrada como una loca. Pero cada descubrimiento, aunque me dolía, también me daba más munición para el caso legal.
El licenciado Sánchez había logrado conseguir una orden judicial para revisar todos los documentos relacionados con la venta de mis propiedades. Lo que encontramos fue increíble. Habían vendido mi casa por 800,000 pes cuando valía por lo menos 1.2 millones. Habían liquidado mi negocio de carpintería vendiendo las herramientas y la maquinaria por una fracción de su valor real, y habían cerrado mi negocio de costura sin siquiera tratar de venderlo como negocio en marcha.
“Doña Hilda”, me dijo el licenciado después de revisar todos los documentos, “esto es peor de lo que pensaba. No solo le robaron, sino que lo hicieron de la manera más torpe posible. Hay evidencias de fraude en cada transacción, pero yo sabía que ganar el caso legal era solo una parte de mi plan. También quería que mis hijos enfrentaran las consecuencias sociales de lo que habían hecho.
Quería que la gente supiera qué clase de personas eran realmente. Con la ayuda de Rosario, mi exenfermera, que se había vuelto una amiga muy querida, empecé a contactar a todas las personas que habían conocido a mi familia a través de los años, antiguos vecinos, compañeros de trabajo de mis hijos, padres de familia de las escuelas donde había estudiado esperanza, clientes de mi negocio de costura.
Poco a poco fui reconstruyendo mi red social y contándoles a todos la verdad sobre lo que había pasado. La reacción de la gente era siempre la misma, Soc, indignación y ofertas de ayuda. Don Crescencio, mi viejo carpintero, se ofreció a testificar sobre como Aurelio había cerrado el taller sin explicaciones. Señora Remedios, mi antigua clienta de costura, me contó que esperanza le había dicho que yo había muerto, no que estaba enferma.
Varios vecinos confirmaron que mis hijos habían inventado historias diferentes sobre mi paradero. Para marzo de 2008 ya tenía una lista de más de 20 testigos dispuestos a declarar sobre el comportamiento de mis hijos y las mentiras que habían contado. También tenía evidencia documental de fraude, falsificación y abuso de adulto mayor.
Pero aún faltaba la parte más difícil de mi plan, confrontar directamente a mis hijos. No los había visto desde que salí del asilo y sabía que cuando se enteraran de que estaba libre y preparando un caso legal contra ellos, iban a tratar de defenderse o de huir. El licenciado Sánchez me sugirió que esperáramos hasta tener todo completamente preparado antes de notificarles que estaban siendo demandados.
Una vez que sepan que usted está libre, van a tratar de esconder evidencias o de inventar defensas, me explicó. Pero yo tenía una idea diferente. Quería sorprenderlos cuando estuvieran relajados y confiados, cuando menos se lo esperaran. Quería ver sus caras cuando se dieran cuenta de que la mujer que habían traicionado había regresado para hacer justicia. Durante los meses que estuve preparando mi estrategia.
Viví muy modestamente en un cuartito que renté en casa de doña Socorro, una señora viuda que me había conocido años atrás y que se ofreció a ayudarme cuando se enteró de mi situación. Era un cuarto pequeño pero limpio. Y Doña Socorro se portó conmigo como una hermana para mantenerme. Volví a coser.
Empecé con trabajitos pequeños para conocidas de doña Socorro y poco a poco fui recuperando clientas. Mis manos recordaban perfectamente como hacer puntadas perfectas, como hacer ojales, como poner cierres. Era reconfortante volver a hacer algo que sabía hacer bien. También empecé a planear exactamente cómo y cuando iba a confrontar a cada uno de mis hijos.
Había decidido que no iba a hacer una confrontación violenta o dramática. iba a ser tranquila, directa, pero devastadoramente efectiva. El plan era simple, pero poderoso. Iba a aparecer en la vida de cada uno de ellos cuando menos se lo esperaran. Demostrarles que sabía exactamente lo que habían hecho y darles la oportunidad de confesar y tratar de reparar el daño.
Si se negaban, entonces procedería con todo el peso de la ley. Para junio de 2008. ya tenía todo listo. Los documentos legales estaban preparados, los testigos estaban listos, las evidencias estaban organizadas. Era hora de hacer que mis hijos enfrentaran las consecuencias de sus acciones. La noche, antes de empezar mi campaña de justicia, me quedé despierta pensando en todo lo que había pasado 5 años atrás.
Yo era una mujer de 52 años con una vida próspera y tres hijos que creía que me amaban. Ahora tenía 57 años. Había perdido todo, pero había ganado algo que no tenía antes, la certeza absoluta de mi propia fortaleza. Al día siguiente iba a empezar la fase final de mi plan.
Iba a recuperar no solo mi dinero y mis propiedades, sino también mi dignidad y mi justicia. Y mis hijos iban a aprender que traicionar a la mujer que les dio la vida había sido el error más grande de sus vidas. El 15 de junio de 2008, exactamente 8 meses después de salir del asilo, puse en marcha la primera fase de mi plan de justicia.
Había decidido empezar con juventino, el menor, porque era el que más probabilidades tenía de quebrarse bajo la presión y confesar todo. A las 7:30 de la mañana me estacioné afuera del negocio de refacciones automotrices que Juventino había abierto con mi dinero robado. Se llamaba Refaccionaria Herrera y estaba en una esquina bien ubicada cerca del centro de Morelia.
Era un local grande y moderno. Obviamente había costado una buena cantidad de dinero montarlo. Esperé hasta las 8, que era la hora en que abría, y entré como una cliente cualquiera. Juventino estaba detrás del mostrador revisando unos papeles. Cuando levantó la vista y me vio, se puso completamente pálido.
La carpeta que tenía en las manos se le cayó al suelo. Buenos días, hijo. dije con la voz más tranquila que pude. ¿Cómo has estado? Juventino no podía hablar. Se quedó ahí parado con la boca abierta, como si hubiera visto a un fantasma. Y en cierta forma, eso era exactamente lo que había visto.
Porque según él, yo estaba muerta. ¿No me vas a saludar? Le pregunté. Hace mucho tiempo que no veo a mi hijo menor. Finalmente Juventino reaccionó. Mamá, yor. Pensamos, es decir, nos dijeron que usted había que había muerto. Le completé la frase. Sí. Ya me enteré de que anduvieron diciendo eso por todo el barrio.
Incluso hicieron misa por mi alma. Juventino se veía nervioso, confundido, asustado. Mamá, ¿cómo salió del asilo? Los doctores dijeron que ya estaba bien. Los doctores dijeron que nunca estuve mal. hijo que no tenía ninguna enfermedad mental, que fui internada ilegalmente.
Le conté toda la historia de cómo había logrado salir del asilo, cómo había conseguido que un doctor honesto revisara mi caso, como había demostrado que todo el diagnóstico de demencia había sido falso. Juventino me escuchaba sin decir palabra, cada vez más pálido. Juventino, le dije finalmente, tú y yo sabemos que yo nunca estuve loca.
Tú sabías perfectamente que me estaban robando y que me encerraron para que no pudiera defenderme. Mi hijo menor se echó a llorar como un niño chiquito. Mamá, yo no quería. Fue idea de Aurelio. Él nos convenció de que era lo mejor para todos. Nos dijo que usted ya estaba muy vieja para manejar tanto dinero y que nosotros podíamos cuidarlo mejor.
¿Y tú le creíste? Le pregunté, “¿De verdad pensaste que era normal quitarle todo a tu madre y encerrarla en un asilo?” “No, mamá, desde el principio me sentí mal, pero Aurelio y Esperanza me dijeron que si no participaba me iban a correr de la familia.” Le expliqué que había pasado casi 4 años juntando evidencias, preparando testigos, documentando todos los fraudes que habían cometido.
Juventino, tu hermano y tu hermana van a ir a la cárcel por lo que hicieron. Tú también, a menos que me ayudes a arreglar las cosas. ¿Qué quiere que haga, mamá? Me preguntó entre lágrimas. Quiero que me devuelvas todo el dinero que usaste de mis ahorros para poner este negocio. Quiero que firmes una confesión completa de todo lo que hicieron y quiero que testifiques contra Aurelio y Esperanza en el juicio. Juventino aceptó inmediatamente.
Tenía tanto miedo y tanto remordimiento que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para no ir a la cárcel. Esa misma tarde firmó una confesión completa donde admitía todo el fraude y me devolvió el 60% del dinero que había usado para su negocio. No era todo, pero era un buen comienzo.
Tres días después, el 18 de junio, fui por esperanza. Sabía que todos los miércoles por la tarde iba al salón de belleza, que estaba cerca de la escuela donde trabajaba. A las 4:00 de la tarde entré al salón como si fuera una cliente normal. Esperanza estaba sentada bajo el secador de pelo leyendo una revista.
Cuando me vio acercándome, primero pensó que era una confusión. Luego, cuando se dio cuenta de que realmente era yo, gritó tan fuerte que todas las demás clientas voltearon a vernos. Hola, Esperanza”, le dije tranquilamente. Sorprendida de ver a tu mamá, la estilista que la estaba atendiendo se veía muy confundida.
Esta señora es su mamá, pero usted me había dicho que su mamá había fallecido. Sí, le dije a la estilista. Eso es lo que anda diciendo mi hija por todas partes, pero como puedes ver, estoy muy viva. Esperanza estaba temblando. Mamá, ¿cómo cuando los doctores del asilo nos dijeron que usted había muerto? Los doctores del asilo nunca dijeron eso. Esperanza.
Esa mentira la inventaron ustedes. Igual que inventaron la mentira de que yo estaba loca, le expliqué que ya sabía todo, como habían planeado robarme, como habían falsificado documentos, cómo habían vendido mis propiedades ilegalmente. Esperanza le dije, tu hermano juventino ya confesó todo.
Ya sé exactamente cuánto dinero se robó cada uno y en qué lo gastaron. Ahora tú tienes que decidir si vas a colaborar conmigo o si prefieres que nos veamos en la corte. A diferencia de juventino, Esperanza trató de defenderse. Mamá, nosotros hicimos todo eso por su bien. Usted estaba actuando muy raro, muy confundida. Pensamos que realmente estaba enferma por mi bien.
Robarme todo mi dinero era por mi bien. Encerrarme en una asilo. Era por mi bien. La confrontación en el salón de belleza se volvió muy tensa. Esperanza gritaba que yo estaba loca, que había amenazado a Juventino para que mintiera, que ella no había hecho nada malo. Las otras clientas del salón escuchaban toda la discusión con la boca abierta.
Finalmente le dije, “Esperanza, tienes una semana para decidir si me vas a devolver el dinero que te robaste o si prefieres explicarle a un juez porque le dijiste a todo el mundo que tu mamá había muerto mientras te gastabas sus ahorros.” Salí del salón dejándola ahí gritando y llorando. Sabía que no iba a colaborar voluntariamente como juventino, pero también sabía que la presión social de tener toda la historia expuesta públicamente la iba a afectar mucho.
El 25 de junio fue el turno de Aurelio, el cerebro de toda la operación. sabía que él iba a ser el más difícil de confrontar porque era el más inteligente y el más preparado, pero también era el que tenía más que perder. Esperé hasta que saliera de su trabajo a las 6:00 de la tarde.
Cuando llegó a su casa nueva en la colonia Elegante, yo ya estaba sentada en los escalones de la entrada, esperándolo como si fuera lo más natural del mundo. Cuando Aurelio me vio, no gritó ni se puso pálido como sus hermanos. se quedó muy quieto por un momento, calculando, pensando. Luego se acercó y me dijo, “¿Qué quiere, señora? Señora, ¿así le hablas a tu madre? Usted no es mi madre”, me contestó con una frialdad que me heló la sangre.
Mi madre murió en un asilo hace dos años por complicaciones de demencia senil. “Tu madre está aquí parada frente a ti, Aurelio, y está muy viva y muy cuerda. Usted está loca. Siempre estuvo loca, por eso tuvimos que internarla. Era increíble la tranquilidad con la que mentía. Incluso en ese momento, confrontado con la evidencia de que yo estaba perfectamente bien, seguía insistiendo en que yo estaba loca.
Aurelio, le dije, “Tengo todas las evidencias de lo que hicieron. Tengo documentos, testigos, confesiones. Tu hermano juventino ya admitió todo. Sabes que van a ir a la cárcel, no va a poder probar nada. Me contestó, todo lo que hicimos fue legal. Usted nos dio poder general voluntariamente. El Dr. Maldonado certificó que estaba incompetente.
La venta de sus propiedades fue autorizada por un juez. Y las mentiras sobre mi muerte, eso también fue legal. No sé de qué habla Aurelio. Era exactamente lo que había esperado, frío, calculador, sin remordimiento. No iba a confesar nada. No iba a devolver nada voluntariamente. Iba a pelear hasta el final. Está bien, Aurelio. Le dije levantándome de los escalones. Nos vemos en la corte.
Espero que hayas disfrutado estos 4 años viviendo con el dinero que me robaste, porque van a ser los últimos años de libertad que tengas. Cuando llegué a casa de doña Socorro esa noche, le conté todo lo que había pasado con mis tres confrontaciones. ¿Y ahora qué sigue? Doña Hilda me preguntó. Ahora viene la parte legal.
Le contesté, ya tengo la confesión de juventino. Ya expuse públicamente a Esperanza. Y ya le dejé claro a Aurelio que no me voy a quedar callada. Ahora el licenciado Sánchez va a presentar todas las demandas. El 30 de junio de 2008, el licenciado Sánchez presentó demandas penales contra mis tres hijos por fraude, abuso de adulto mayor, falsificación de documentos y privación ilegal de la libertad.
También presentó demandas civiles para recuperar todas mis propiedades y el dinero que me habían robado. Las demandas causaron un escándalo enorme en Morelia. La historia salió en los periódicos locales. Hijos encierran a su madre en asilo para robarle su herencia. Mis hijos, que durante años se habían presentado como los buenos hijos que cuidaban a su madre enferma, de repente se encontraron señalados como ladrones y abusadores.
Esperanza perdió su trabajo en la escuela cuando la historia se hizo pública. Aurelio tuvo que enfrentar la vergüenza en su trabajo y en su colonia elegante. Juventino cerró su negocio porque nadie quería comprarle a alguien que había robado a su propia madre. Pero el momento más satisfactorio llegó tres meses después.
Cuando se celebró la primera audiencia del juicio, mis tres hijos entraron a la sala de la corte esposados, vestidos con uniformes naranjas de la cárcel, cuando me vieron sentada en la mesa de los demandantes con mi abogado y mis testigos, Esperanza se echó a llorar y Juventino agachó la cabeza de la vergüenza. Solo Aurelio me miró directamente, todavía con esa frialdad que me daba escalofríos, pero ya no me daba miedo.
Ya no era la mujer vulnerable que había firmado un poder general confiando en sus hijos. Ahora era una mujer que había sobrevivido a la traición más cruel posible y que había regresado para hacer justicia. El juicio duró 6 meses, uno por uno. Todos mis testigos declararon sobre las mentiras que mis hijos habían contado, sobre cómo habían vendido mis propiedades, sobre cómo habían dicho que yo había muerto.
Los documentos bancarios mostraron claramente cómo habían transferido mi dinero a sus cuentas personales. La confesión de juventino fue leída completa en la corte. El momento más dramático llegó cuando el Dr. Maldonado, el geriatra que había firmado mi diagnóstico falso de demencia, fue llamado a testificar bajo juramento. Admitió que Aurelio lo había presionado para que firmara el diagnóstico y que nunca había hecho un examen médico completo.
¿Usted realmente creía que la señora Herrera tenía demencia?, le preguntó el fiscal. No,” contestó el doctor, “Pero el señror Aurelio me dijo que era una situación familiar muy complicada y que era lo mejor para todos. Cuando llegó mi turno de testificar, les conté al juez y al jurado toda mi historia, desde el día que firmé el poder general hasta el día que salí del asilo.
Hablé de los 4 años de prisión injusta, de la humillación de ser tratada como una loca, de la traición de los hijos que había criado con tanto amor. Señora Herrera, me preguntó el abogado defensor de Aurelio. ¿Es posible que sus hijos realmente creyeran que estaba enferma y que actuaran de buena fe? ¿No? Le contesté firmemente. Ellos sabían exactamente lo que estaban haciendo.
Yo nunca tuve síntomas de demencia. Ellos inventaron esa historia para justificar su robo. El 15 de enero de 2009, después de 6 meses de juicio, el juez leyó el veredicto. Aurelio fue declarado culpable de todos los cargos y sentenciado a 8 años de prisión. Esperanza fue declarada culpable y sentenciada a 5 años. juventino, por haber colaborado con la justicia, recibió 3 años de prisión con posibilidad de libertad condicional.
Además de las sentencias penales, el juez ordenó que me devolvieran todas mis propiedades o su valor equivalente, más daños y perjuicios por un total de 3.2 millones de pesos. era mucho más de lo que tenía originalmente, porque incluía intereses y compensación por todo lo que había sufrido.
Cuando el juez leyó el veredicto, sentí una satisfacción profunda, pero también una tristeza inmensa. Había ganado la batalla legal, había recuperado mi dinero, había hecho que mis hijos pagaran por lo que me hicieron, pero también había perdido para siempre a los tres seres humanos que más había amado en mi vida.
Los meses que siguieron al juicio fueron muy extraños para mí. Por un lado, tenía una sensación de triunfo y justicia que no había experimentado en años. Había demostrado que una mujer mayor, sin recursos, sin conexiones importantes, podía enfrentarse a la traición y la injusticia y ganar. Pero por otro lado me sentía muy sola y muy triste con el dinero que recuperé del juicio.
Lo primero que hice fue comprarme una casa nueva. No quise regresar a mi antiguo barrio porque había demasiados recuerdos dolorosos ahí. En lugar de eso, compré una casita pequeña, pero bonita en la colonia Félix Ireta, cerca del centro de Morelia. Tenía dos recámaras, una sala comedor, una cocina moderna y un patio trasero donde pude plantar flores y hierbas aromáticas.
La casa me costó 650,000 pes, menos de la mitad de lo que había recuperado. Así que todavía me quedaba dinero suficiente para vivir cómodamente el resto de mi vida. Pero el dinero, por más que lo necesitaba, no llenaba el vacío que tenía en el corazón. Durante los primeros meses en mi casa nueva casi no salía.
Me quedaba ahí cosciendo, viendo televisión, cuidando mis plantas. Doña Socorro venía a visitarme seguido y Rosario, mi exenfermera del asilo, también se volvió una visita regular, pero la mayor parte del tiempo estaba sola. Un día, mientras estaba regando las plantas del patio, mi vecina de al lado se asomó por encima de la cerca.
era una señora como de mi edad, muy simpática, que se llamaba refugio. “¿Usted es la señora que ganó el juicio contra sus hijos?”, me preguntó. Al principio me dio pena que me conociera por eso, pero luego me di cuenta de que doña refugio no me estaba juzgando, al contrario, me veía con admiración.
“Señora Hilda,” me dijo, “Usted es un ejemplo para todas nosotras. A cuántas mujeres nos han robado nuestros propios hijos y nunca hemos hecho nada. Esa conversación me hizo pensar mucho. Cuántas mujeres mayores estaban pasando por situaciones similares a la mía. Cuántas estaban siendo abusadas por sus familias y no sabían que tenían derechos o cómo defenderlos.
En abril de 2009, Juventino salió de la cárcel con libertad condicional. Una tarde llegó a mi casa. muy flaco, muy demacrado y me pidió perdón. Mamá, me dijo llorando. No tengo derecho a pedirle que me perdone, pero quiero que sepa que todos los días en la cárcel pensé en lo que le hicimos y me sentí muy mal. Ver a mi hijo menor en ese estado me partió el corazón.
A pesar de todo lo que había pasado, seguía siendo el niño que había criado. Juventino. Le dije, “Lo que me hicieron fue imperdonable, pero tú fuiste el único que tuvo el valor de confesar y de ayudarme a recuperar mi dinero. Eso cuenta para algo.” Le dije que no podía perdonarlo completamente porque el daño había sido muy grande, pero que estaba dispuesta a darle una oportunidad de demostrar que realmente se arrepentía.
Si quieres reconstruir nuestra relación, le dije, va a ser poco a poco, con mucha paciencia y va a tener que ser bajo mis condiciones. Juventino aceptó todo lo que le puse como condición. Tenía que conseguir un trabajo honesto. Tenía que ir a terapia psicológica para entender por qué había participado en el robo y tenía que ayudarme con un proyecto que estaba empezando a planear.
El proyecto era crear un grupo de apoyo para mujeres mayores que estaban siendo abusadas por sus familias. Había empezado a investigar el tema y me había dado cuenta de que mi caso no era único. Muchas mujeres mayores en México son víctimas de abuso económico, emocional y hasta físico por parte de sus propios hijos y familiares.
Con la ayuda de refugio, mi nueva vecina, empecé a organizar reuniones en mi casa para mujeres que quisieran platicar sobre sus problemas familiares. Al principio venían solo tres o cuatro señoras, pero poco a poco el grupo fue creciendo. Las historias que escuchaba en esas reuniones me recordaban mucho mi propia experiencia.
Doña Carmen me contó que su hijo le había quitado su pensión y la tenía viviendo en un cuartito de la azotea de su casa. La señora Eulalia me platicó que sus hijas la habían convencido de ponerle su casa a su nombre y ahora la trataban como sirvienta en su propia casa. ¿Pero qué podemos hacer?”, me preguntaban. Somos viejas. ¿No tenemos dinero para abogados? No sabemos de leyes.
Yo les explicaba que si tenían derechos, que si había leyes que las protegían y que si podían defenderse si se organizaban. En septiembre de 2009, nuestro grupo de apoyo ya tenía más de 20 miembros regulares. Decidimos formalizarlo y le pusimos mujeres dignas de la tercera edad. Yo fui elegida presidenta.
Doña Refugio fue tesorera y empezamos a buscar financiamiento para poder ayudar a más mujeres. Cuando Esperanza salió de la cárcel en 2013, después de cumplir 4 años de su sentencia, también vino a buscarme, pero su actitud era muy diferente a la de Juventino. En lugar de pedirme perdón, me reclamó por haber destruido a la familia.
Mamá, me dijo, “por su culpa perdí mi trabajo, mi casa, mi reputación. Mis hijos ya no quieren hablar conmigo porque les da vergüenza tener una mamá que estuvo en la cárcel. Mi culpa”, le contesté. Esperanza, tú perdiste todo eso por tus propias acciones, no por las mías. Traté de explicarle que todavía estaba dispuesta a reconstruir nuestra relación si ella realmente se arrepentía y pedía perdón.
Pero Esperanza no quería asumir responsabilidad por nada. Según ella, todo había sido culpa de Aurelio y ella había sido solo una víctima de las circunstancias. Si no puedes reconocer que lo que me hicieron estuvo mal, le dije finalmente, entonces no tenemos nada de que hablar.
Esperanza se fue de mi casa gritando que yo era una mujer rencorosa y que nunca había sabido perdonar. Aurelio salió de la cárcel en 2017. Nunca vino a buscarme, nunca me pidió perdón, nunca trató de reconstruir ningún tipo de relación conmigo. Me enteré por juventino que había salido de Morelia y que estaba viviendo en Guadalajara trabajando en una empresa pequeña con un nombre falso.
Para entonces yo ya tenía 66 años y mi vida había tomado un rumbo completamente diferente. mujeres dignas de la tercera edad, se había convertido en una organización reconocida que ayudaba a mujeres mayores en toda la región. Habíamos logrado que varias mujeres recuperaran sus propiedades robadas.
Habíamos conseguido que algunos abusadores fueran a la cárcel y habíamos educado a cientos de mujeres sobre sus derechos. Mi relación con Juventino había mejorado mucho con los años. Él se había casado con una muchacha muy buena llamada Leticia. Tenían dos niños pequeños y vivían cerca de mi casa. Juventino trabajaba como mecánico en un taller honesto. Había terminado su terapia psicológica y me ayudaba mucho con las actividades de la organización.
Sus hijos, mis nietos me conocían como abuela Hilda y venían a visitarme todas las semanas. Era una alegría inmensa ver correr a esos niños por mi patio, escuchar sus risas, sentir que tenía familia otra vez. juventino les había explicado de manera apropiada para su edad que había cometido errores muy grandes cuando era joven, pero que había aprendido de esos errores y ahora era una persona diferente.
En el 2019, cuando cumplí 68 años, la organización Mujeres Dignas de la Tercera Edad organizó una fiesta muy bonita para celebrar mi cumpleaños y también para reconocer mis 10 años de trabajo, ayudando a otras mujeres. Vinieron más de 100 personas, mujeres que habíamos ayudado, voluntarias de la organización, autoridades locales y hasta reporteros de la televisión.
Durante el evento, muchas mujeres se levantaron a dar testimonios de cómo las habíamos ayudado. Doña Carmen contó cómo había recuperado su pensión y ahora vivía independientemente en su propia casa. La señora Eulalia explicó cómo había logrado que sus hijas le devolvieran el respeto y la trataran con dignidad. Otras mujeres hablaron de casos de violencia familiar que habíamos denunciado, de propiedades que habíamos ayudado a recuperar, de abusadores que habían sido llevados ante la justicia.
Al final del evento me pidieron que dijera unas palabras. Me levanté frente a toda esa gente que me veía con cariño y respeto y por un momento no pude hablar porque me emocioné mucho. Hace 15 años les dije finalmente, yo era una mujer que había perdido todo. Mi dinero, mi casa, mi libertad, mi dignidad.
Mis propios hijos me habían traicionado de la manera más cruel posible. Había momentos en que pensé que ya no valía la pena seguir viviendo, pero la vida me enseñó que siempre hay una razón para seguir adelante. Me enseñó que no importa cuántas veces nos tiren, siempre podemos levantarnos.
me enseñó que una mujer mayor no es una mujer inútil, sino una mujer con experiencia, con sabiduría, con fuerzas para luchar por lo que es justo. Todas ustedes, las que están aquí esta noche, han demostrado esa misma fuerza. Han demostrado que no vamos a permitir que nos falten al respeto, que nos roben, que nos maltraten.
Somos mujeres dignas y nunca es tarde para defender nuestra dignidad. Ahora que tengo 73 años y estoy aquí contándoles mi historia, puedo decir con toda honestidad que no me arrepiento de nada de lo que hice. Sí, perdí a dos de mis tres hijos para siempre. Sí, viví 4 años terribles en un asilo.
Sí, tuve que pasar por la humillación de que me trataran como loca, pero también descubrí algo sobre mí misma que no sabía que tenía. Descubrí que soy mucho más fuerte de lo que nunca imaginé. Descubrí que puedo sobrevivir a la traición más cruel y salir adelante. Descubrí que puedo tomar el dolor más grande y convertirlo en algo útil para ayudar a otras personas.
La organización Mujeres Dignas de la Tercera Edad ahora tiene oficinas en cinco ciudades de Michoacán y ha ayudado a más de 500 mujeres a defender sus derechos. Tenemos abogados voluntarios, trabajadores sociales, psicólogos y una red de mujeres que se apoyan unas a otras. Mi casa se ha vuelto un centro de reunión para mujeres de toda la ciudad.
Casi todos los días viene alguien a platicarme sus problemas, a pedirme consejo o simplemente a tomar un cafecito y sentirse acompañada. Mi patio trasero, donde antes solo había plantas, ahora tiene bancas donde nos sentamos a platicar y a planear estrategias para ayudar a más mujeres. Juventino sigue siendo una parte importante de mi vida. Sus hijos, mis nietos ya están grandes.
El mayor, que se llama Isidro como su bisabuelo, tiene 12 años y es muy inteligente. La niña que se llama Esperanza como su tía, pero que es todo lo contrario a ella, tiene 10 años y es muy cariñosa conmigo. A veces me preguntan si extraño a Aurelio y a Esperanza. La respuesta es complicada.
Extraño a los hijos que creí que eran, pero no extraño a las personas que realmente son. Extraño al Aurelio niño, que me ayudaba en el taller, pero no al Aurelio adulto que me robó y me encerró. Extraño a la esperanza niña que me abrazaba cuando llegaba del trabajo, pero no a la esperanza adulta que me traicionó sin remordimiento.
He aprendido que el amor de madre no significa aguantar cualquier cosa. He aprendido que el respeto se gana y se pierde, sin importar si eres hijo o no. He aprendido que la familia verdadera no es solo la de sangre, sino la que se elige todos los días. Mi familia verdadera ahora incluye a Juventino y sus hijos, por supuesto, pero también incluye a doña Refugio, que se volvió como una hermana para mí.
Incluye a Rosario, que sigue siendo una amiga entrañable. Incluye a todas las mujeres de la organización que se han vuelto como hijas adoptivas. Incluye a todas las personas que han elegido estar en mi vida y que yo he elegido tener en la mía. El dinero que recuperé del juicio lo he usado de manera muy inteligente.
Compré mi casa, invertí una parte en instrumentos financieros seguros que me dan ingresos mensuales y he donado una buena cantidad a la organización para que pueda seguir funcionando. Vivo cómodamente, sin lujos, pero sin necesidades. También volví a coser, pero ahora es más por placer que por necesidad.
Tengo varias clientas fijas que vienen a encargarme vestidos para ocasiones especiales. Me gusta especialmente hacer vestidos de 15 añeras porque me recuerda cuando les hacía vestidos a mis amigas cuando era joven, los fines de semana, cuando no hay actividades de la organización. Me gusta sentarme en mi patio con una taza de té y ver crecer mis plantas.
Tengo rosas, geranios, bugambilias, hierbas de olor. También tengo un árbol de aguacate que planté hace 5 años y que ya está dando frutos. Es una metáfora bonita de mi vida. Algo que parecía muerto o destruido, pero que con cuidado y paciencia puede volver a florecer. A mis 73 años. Tengo planes para el futuro. Quiero que la organización siga creciendo y llegue a más estados de la República.
Quiero escribir un libro sobre mi experiencia para que más mujeres sepan que es posible defenderse y recuperarse de la traición familiar. Quiero ver crecer a mis nietos y tal vez conocer a mis bisnietos. Pero sobre todo quiero seguir demostrando que nunca es tarde para empezar una nueva vida, que una mujer de 55 años que pierde todo no está acabada, sino que está en el mejor momento para demostrar de que está hecha, que la edad no es una limitación, sino una acumulación de experiencia y sabiduría.
ustedes que me están escuchando, especialmente las mujeres que tal vez están pasando por situaciones difíciles con sus familias, quiero que sepan que no están solas, que tienen derechos, que pueden defenderse, que nunca es tarde para recuperar su dignidad. Si yo pude salir de un asilo después de 4 años, recuperar mi dinero, hacer justicia y reconstruir mi vida a los 56 años, ustedes también pueden enfrentar cualquier situación que estén viviendo.
La clave está en no rendirse, en buscar ayuda, en creer en ustedes mismas. No permitan que nadie, ni siquiera sus propios hijos, las convenzan de que ya no sirven, de que ya no pueden, de que ya están muy viejas. Somos mujeres fuertes, somos mujeres dignas y siempre tenemos derecho a una vida con respeto y felicidad. Gracias por escuchar mi historia. Espero que les sirva de inspiración para escribir sus propias historias de superación.
Y recuerden, nunca, pero nunca es tarde para defenderse y para empezar de nuevo.
News
Viuda Compra Mansión Mafiosa Abandonada Por 100 Dólares, Lo Que Encuentra Dentro Sorprenderá A Todos
Todo el mundo se rió cuando una pobre viuda compró una mansión abandonada de la mafia por solo $100. Los…
Mi yerno se limpió los zapatos en mi hija y les dijo a los invitados que era una sirvienta loca…
Llegué sin aviso a visitar a mi hija. Estaba tirada sobre la alfombra junto a la puerta, vestida con ropa…
📜Mi Marido Me Obligó A Divorciarme, Mi Suegra Me Lanzó Una Bolsa👜Rota Y Me Echó. Al Abrirla…😮
Siete años de matrimonio y yo creía haberme casado con una familia decente, con un esposo que me amaba con…
Seis meses después de que mi esposo murió, lo vi en un mercado — luego lo seguí discretamente a su
Enterré a mi marido hace 6 meses. Ayer lo vi en el supermercado. Corrí hacia él llorando. Me miró confundido….
EN EL FUNERAL DE MI HIJO, RECIBÍ UN MENSAJE: “ESTOY VIVO, NO ESTOY EN EL ATAÚD. POR FAVOR…
Me llamo Rosalvo, tengo más de 70 años y vivo aquí en San Cristóbal de las Casas, en el interior…
ANCIANA SALE DE LA CÁRCEL DESPUÉS DE 30 AÑOS… PERO LO QUE VE EN SU CASA LO CAMBIA TODO
Anciana sale de la cárcel después de 30 años, pero lo que ve en su casa cambia todo. Guadalupe Ramírez…
End of content
No more pages to load






