Hola, México. Me llamo Harfush. Yo estaba en la comandancia cuando recibí el reporte final de inteligencia. Eran las 3 de la mañana y afuera todavía se escuchaba el tráfico pesado de la autopista, ese ruido constante que nunca para en el Edomex.
El aire acondicionado zumbaba y sobre mi escritorio había carpetas, fotografías satelitales, mapas marcados con círculos rojos, informes de vigilancia que llevábamos acumulando durante meses, meses enteros rastreando el origen de esa red, meses viendo fotos satelitales, interceptando comunicaciones, siguiendo pipas en la madrugada, armando el rompecabezas pieza por pieza. Y lo que encontramos no era solo robo de combustible, no era agua.
agua robada en medio de una sequía que tenía a millones de familias del Estado de México sufriendo por cada gota. Y mientras la gente esperaba horas bajo el sol para llenar un tambo, había tipos llenando pipas completas, vendiéndola como si fuera oro líquido, cobrando cuotas a rancheros, a transportistas, a cualquiera que necesitara sobrevivir.
Llevábamos 6 meses con esta investigación. empezó con una denuncia anónima que llegó a la Fiscalía Ambiental. Una denuncia que al principio nadie tomó en serio. Decía que Necatepec había pipas que salían de un predio en la madrugada, que se llenaban sin estar conectadas a ninguna toma oficial, que cobraban el triple del precio normal y que nadie hacía nada porque los dueños estaban protegidos.
La denuncia se quedó ahí archivada hasta que empezaron a llegar más. Decenas de denuncias similares, Chumpango, Tecamac, Tultitlán, Cuacalco, todas hablaban de lo mismo. Robo de agua, pozos ilegales, tomas clandestinas y siempre la misma respuesta de las autoridades locales. No tenemos recursos, no es nuestra jurisdicción, no podemos hacer nada.
Fue entonces cuando decidí meterme, porque si nadie más iba a hacer algo, yo lo haría. Pedí un equipo de inteligencia, recursos de la Guardia Nacional, coordinación con el ejército. Empezamos a rastrear, pusimos cámaras, seguimos vehículos, infiltramos informantes y lo que descubrimos fue una estructura criminal perfectamente organizada con tentáculos en casi todo el Estado de México. Revisé los informes una última vez antes de salir.
tenía los nombres de los municipios marcados en rojo, Ecatepec, Zunpango, Tecamac, zonas donde la gente ya no confiaba en que el agua llegaría a sus casas, zonas donde los niños iban a la escuela sin bañarse porque no había ni para eso, zonas donde las mujeres madrugaban para hacer fila en las pocas tomas públicas que todavía funcionaban, cargando cubetas, garrafones, tambos, lo que fuera.

Y ahí en esos mismos municipios estaban las tomas clandestinas, 130 puntos de extracción ilegal, 51 pozos perforados sin permiso, sin control, sin que nadie dijera nada. Todo operado por grupos criminales que ya no solo se dedicaban a las drogas o a la extorsión, ahora también controlaban el agua.
Llamé a mi equipo, les expliqué la situación, les dije que esto no iba a ser fácil, que íbamos contra gente poderosa, que probablemente habría resistencia, que teníamos que estar preparados para todo. Algunos de ellos llevaban años conmigo, me conocían, sabían cómo trabajaba. Otros eran nuevos, jóvenes, con ganas de demostrar que podían hacer la diferencia.
Les vi la cara y supe que estaban listos. Di la orden y salimos. Guardia Nacional, Ejército, Fiscalía Especializada en Delitos Ambientales, todos coordinados. Más de 20 órdenes de cateo ejecutándose al mismo tiempo. Dividimos los equipos por zonas. Yo iría con el grupo que entraría a Ecatepec, el punto más conflictivo, el lugar donde la inteligencia nos decía que estaba el centro de operaciones.
Sabíamos que íbamos contra algo grande, pero cuando llegamos a los primeros puntos, cuando vi con mis propios ojos lo que estaban haciendo, me di cuenta de que era peor de lo que imaginábamos, mucho peor. Eran las 4:30 de la mañana cuando llegamos al primer predio en Necatepec. Todavía estaba oscuro, solo las luces de las patrullas iluminaban la calle.
El lugar estaba en una zona industrial rodeado de bodegas, talleres mecánicos, lotes valdíos. Había bardas altas, portones de metal, cámaras de seguridad apuntando a todos lados. Parecía una bodega cualquiera, de esas que hay miles en la zona industrial, pero adentro había algo que me revolvió el estómago. Derribamos el portón.
Adentro estaba oscuro, pero se escuchaba el ruido de las bombas. Ese zumbido constante de maquinaria trabajando. Encendimos las linternas y lo primero que vi fueron las pipas. 10, 15 pipas grandes estacionadas en fila, como si fuera un negocio legal. Algunas todavía tenían las mangueras conectadas llenándose en ese momento.
Otras ya estaban listas para salir y todas, absolutamente todas, tenían logos falsos de la Comisión de Agua del Estado de México. Logos falsos, calcomanías sin presas, uniformes colgados en ganchos, identificaciones plásticas con fotografías y nombres falsos. Se hacían pasar por autoridad para robarle el agua al pueblo, para entrar a colonias, llenar sus tanques y venderla como si fueran empleados del gobierno.
Había bombas industriales trabajando a toda capacidad, conectadas directo a las tuberías principales del sistema hidráulico estatal. Mangueras gruesas, válvulas, medidores adulterados, todo montado con una ingeniería que demostraba que esto no era improvisado. Esto era una operación planificada, profesional, con años de funcionamiento y nadie había hecho nada. O peor aún, todos sabían y todos callaban.
Uno de los agentes me llamó desde el fondo del terreno. Habían encontrado un pozo, no uno cualquiera, un pozo profundo, perforado con maquinaria pesada, con una estructura de concreto alrededor, con bombas eléctricas y un sistema de filtrado que parecía sacado de una planta industrial. Me acerqué y vi la profundidad.
Tenía que tener al menos 50 m. Le pregunté al ingeniero que traíamos en el equipo cuánta agua podía sacar ese pozo. Me miró, hizo algunos cálculos mentales y me dijo, “Qué fácil, unos 50,000 l al día. 50,000 L robados mientras las escuelas cerraban sus baños por falta de agua, 50,000 L mientras la gente se bañaba con cubetas.” Seguimos revisando el predio.
En una oficina improvisada encontramos computadoras, libretas con anotaciones, registros de ventas, todo estaba ahí. nombres de clientes, direcciones, montos cobrados, rutas de distribución. Era como revisar los libros contables de una empresa, porque eso era una empresa criminal, un negocio multimillonario montado sobre la desesperación de la gente.
Detuvimos a tres personas que estaban ahí, dos operadores y un supervisor. Los operadores eran chavos jóvenes de unos 25 años con ropa de trabajo sucia, botas enlodadas. El supervisor era mayor de unos 40ent y tantos con panza cervecera y una actitud de tipo que ya había pasado por esto antes. Les leímos sus derechos y lo subimos a las patrullas. El supervisor no dijo nada, los otros dos se veían asustados.
Seguimos con los cateos. En Sunpango encontramos algo similar. Ranchos completos abastecidos por tomas clandestinas. Llegamos a uno que tenía portones eléctricos, jardines perfectamente podados, albercas llenas, caballerizas con agua corriente, todo en medio de una zona donde la gente llevaba semanas sin servicio.
Entramos y encontramos las conexiones. Mangueras enterradas que venían directamente del sistema principal, válvulas ocultas, medidores desconectados. El dueño del rancho no estaba, pero su capatá sí. Le pregunté quién había hecho las conexiones. Me dijo que no sabía de qué hablaba. Le mostré las fotografías, los registros, las órdenes de cateo. Se quedó callado. Le dije que el cooperaba o se iba detenido.
Después de un rato habló. me dijo que el dueño del rancho pagaba una cuota mensual a un grupo que controlaba la zona, que venían cada mes a cobrar, que si no pagabas te cortaban el agua o algo peor, que todo el mundo en la zona lo sabía, pero nadie decía nada porque tenían miedo.
En otro punto de Zunpango, encontramos una red de pozos conectados entre sí, alimentando a varias propiedades al mismo tiempo. Pozos perforados a más de 100 m de profundidad con equipo de bombeo que costaba cientos de miles de pesos. No era algo que cualquiera pudiera hacer. Esto requería inversión, conocimiento técnico, permisos falsificados, complicidad de autoridades. Requería una estructura.
En TecamaC descubrimos una red aún más sofisticada. Un complejo habitacional privado y una fábrica textil compartían el mismo sistema de abastecimiento ilegal. Los dueños pagaban cuotas mensuales al grupo criminal que controlaba la zona. No sé cuánto exactamente, pero los registros que encontramos hablaban de decenas de miles de pesos al mes por propiedad.
dinero que iba directo a las arcas del crimen organizado, que a su vez usaba ese dinero para comprar armas, sobornar autoridades, expandir su control sobre más territorios, más recursos, más vidas. Encontramos armas largas en varios de los predios, arquís, cuernos de chivo, pistolas 9 mm, escopetas recortadas, también dinero en efectivo, fajos de billetes guardados en cajas de herramientas, en escritorios, en bolsas de plástico tiradas como si fueran basura.
Contamos más de 2,000000es de pesos solo en efectivo y vehículos, camionetas doble cabina, pickups con cajas de carga adaptadas para transportar equipo, unidades con placas sobrepuestas, algunas reportadas como robadas meses atrás, pero lo que más me dolió fue hablar con algunos de los operadores que detuvimos, gente del pueblo, gente que vivía en las mismas colonias que sufrían por el agua.
Les pregunté cómo podían hacer eso, cómo podían robarle a sus propios vecinos. Uno de ellos, un tipo de unos 30 años, flaco, con tatuajes en los brazos y una mirada cansada, me dijo que no tenía opción, que le ofrecieron el trabajo o le ofrecieron una bala, que ganaba en una semana lo que antes ganaba en un mes cargando bultos en la merced, que tenía tres hijos y que necesitaba comer, que su esposa estaba enferma y que los medicamentos costaban una fortuna, que si no aceptaba el trabajo, alguien más lo haría y probablemente a él lo matarían solo por saber demasiado. No lo justifico, pero lo entiendo. Entiendo cómo el crimen organizado se
mete en las grietas, que deja la pobreza, la desesperación, la falta de oportunidades. Y eso es lo que más me encabrona, porque esto no solo es un problema de criminales, es un problema de un sistema que permite que la gente tenga que elegir entre su conciencia y su supervivencia.
Es un problema de un estado que abandona a sus ciudadanos y deja que los cárteles les ofrezcan lo que el gobierno no puede o no quiere darles. Conforme avanzaba el operativo, empezamos a recibir llamadas, amenazas, mensajes anónimos, funcionarios locales que de repente querían saber por qué estábamos ahí, quién había autorizado los cateos, si teníamos todas las órdenes en regla. Recibí una llamada de un presidente municipal.
me preguntó por qué no le habíamos avisado antes que él podría haber ayudado, que estábamos causando problemas innecesarios. Le dije que precisamente por eso no le habíamos avisado, que teníamos información de que había funcionarios coludidos y que no íbamos a arriesgarnos a que alertaran a los criminales. Se enojó. Me amenazó con quejarse con el gobernador.
Le dije que hiciera lo que quisiera, que nosotros seguiríamos trabajando. Colgó. Eso me confirmó lo que ya sospechábamos, que detrás de estas redes no solo estaban los criminales de a pie, había funcionarios locales coludidos, gente con poder, con acceso a información, con la capacidad de cerrar los ojos y dejar que el saqueo continuara. Gente que recibía sobornos, que desviaba recursos, que falsificaba permisos, que protegía a los operadores, gente que se enriquecía mientras sus vecinos sufrían.
Al final del operativo, cuando ya habíamos asegurado todas las tomas, todos los pozos, toda la maquinaria, convoqué una rueda de prensa. Necesitaba que la gente supiera lo que estaba pasando. Necesitaba que entendieran que esto no era un caso aislado, que el robo de agua en el EDOMEX era un negocio multimillonario, controlado por el crimen organizado y que íbamos a ir hasta el final. Me paré frente a las cámaras.
Había periodistas de todos los medios, algunos tomaban notas, otros grababan con sus teléfonos. Detrás de mí estaban las pipas aseguradas, la maquinaria, las armas, el dinero, todo exhibido como evidencia de lo que habíamos encontrado. Les dije que esto era solo el principio, que vendríamos por más, que cada funcionario, cada operador, cada empresario que estuviera involucrado en este saqueo iba a caer, que no iba a haber impunidad, que el agua es un derecho, no un negocio del narco, que íbamos a perseguir a todos los responsables hasta las últimas consecuencias, que en los próximos días habría más detenciones, más cateos, más
golpes contra esta estructura criminal. Les expliqué cómo funcionaba la red, cómo los grupos criminales habían diversificado sus negocios pasando del narcotráfico y la extorsión al robo de recursos naturales. ¿Cómo cobraban cuotas a transportistas, agricultores, a empresarios, a cualquiera que necesitara agua y estuviera dispuesto a pagar? ¿Cómo vendían el agua robada a precios inflados, aprovechándose de la sequía, de la desesperación, del abandono institucional? ¿Cómo habían convertido un derecho humano en una mercancía
controlada por el crimen organizado? Les hablé de las 130 tomas clandestinas que habíamos desmantelado, de los 51 pozos ilegales que habíamos clausurado, de las pipas, las bombas, las armas, el dinero, de los funcionarios coludidos que iban a ser investigados, de la gente que llevaba semanas sin agua mientras a unos metros de sus casas había pozos ilegales sacando miles de litros al día.
Y les dije que esto no era solo un golpe contra el crimen organizado, era un golpe contra la corrupción. que permite el saqueo de recursos naturales, contra la impunidad que protege a los responsables, contra todo lo que permite que le roben el futuro a la gente. Los pobladores observaban desde las bardas, desde las esquinas, algunos con asombro, otros con desconfianza.
Había señoras con tambos vacíos, niños que faltaban a la escuela porque sus mamás los llevaban a buscar agua, hombres que habían perdido sus trabajos porque las fábricas cerraron por falta de suministro. Vi a una señora mayor con un reboso sobre los hombros y un 20 L en la mano, mirando cómo sacábamos las bombas industriales, las pipas, las mangueras. Tenía la mirada perdida, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.
Me acerqué y le pregunté cuánto tiempo llevaba sin agua en su casa. Me miró, dudó un momento y luego me dijo que tr semanas, tres semanas. Y a dos cuadras de su casa había un pozo ilegal sacando 50,000 L al día. Le pregunté si sabía que ese pozo estaba ahí. Me dijo que sí, que todo el mundo lo sabía, que habían ido a quejarse con las autoridades locales, pero nunca les hicieron caso, que les dijeron que no podían hacer nada, que no tenían recursos, que era un problema de la comisión de agua. Le pregunté si sabía quién operaba el pozo. Se quedó
callado. Luego se acercó y me habló en voz baja. Me dijo que eran gente del narco, que todo el mundo les tenía miedo, que si te metías con ellos te iba mal, que hace unos meses un vecino había denunciado una toma clandestina y a los pocos días apareció golpeado frente a su casa con un mensaje claro. No te metas.
Eso es el infierno hídrico del Edomex. No solo la falta de agua, no solo la sequía, sino el miedo. El miedo a denunciar, a exigir, a reclamar lo que es tuyo por derecho. El miedo que impone el crimen organizado, que se alimenta de la complicidad, de la corrupción, de la indiferencia. Regresé a la comandancia cuando ya había amanecido. Estaba cansado.
Llevaba más de 24 horas sin dormir, pero sabía que no podía parar, que esto era solo el principio de una lucha mucho más grande, porque desmantelar 130 tomas y 51 pozos no iba a resolver el problema. El problema era estructural, era la falta de inversión en infraestructura hidráulica, era la corrupción que permitía que los recursos se desviaran, era la impunidad que protegía a los criminales y a los funcionarios coludidos.
Era un sistema completo que había fallado. Me senté en mi escritorio y empecé a revisar los siguientes objetivos. Teníamos más información, más nombres, más ubicaciones. Sabíamos que había otras redes operando en municipios vecinos. Sabíamos que había empresarios legales que compraban agua robada para sus negocios.
Sabíamos que había autoridades que recibían sobornos para cerrar los ojos. Y sabíamos que si no actuábamos rápido, la red se reorganizaría y volveríamos al punto de partida. Llamé a mi equipo, les dije que descansaran unas horas, que luego seguiríamos, que en los próximos días habría más operativos, más cateos, más detenciones, que íbamos a perseguir a todos los involucrados sin importar quiénes fueran, sin importar a quién protegieran, que no iba a haber impunidad, porque esto no es solo una lucha contra el crimen organizado, es una lucha contra todo lo que permite que
le roben el futuro a la gente, contra la corrupción, contra la indiferencia, contra la impunidad. Una lucha que no vamos a dejar de pelear hasta que cada familia tenga agua en su casa, hasta que nadie tenga que pagar por algo que es suyo por derecho, hasta que el miedo deje de ser el arma más poderosa del narco.
Y yo voy a estar ahí en cada operativo, en cada cateo, en cada confrontación, hasta que no quede ni una toma clandestina en pie, hasta que el agua vuelva a ser lo que siempre debió ser, un derecho, no un privilegio, un recurso de todos, no un botín de guerra. Porque si algo me enseñaron estos meses de investigación, estas madrugadas siguiendo pipas, estas horas revisando reportes, es que la única forma de ganar esta guerra es no rendirse nunca. No importa cuántos obstáculos pongan, no importa cuántas amenazas recibamos, no importa cuántos
funcionarios corruptos intenten detenernos, vamos a seguir hasta el final. Y el final es que la gente del Edomex pueda abrir la llave de su casa y que salga agua. Algo tan simple, tan básico, tan fundamental que se ha convertido en un lujo. Eso es lo que vamos a recuperar. Eso es por lo que vamos a pelear.
Tres días después del operativo, cuando pensábamos que habíamos dado el golpe definitivo, empezaron a llegar los mensajes. El primero llegó a mi teléfono personal. No sé cómo consiguieron el número, pero ahí estaba. Un mensaje de texto sin remitente, sin firma. Solo decía, “Comisionado, usted no sabe con quién se metió. deje de o su familia va a sufrir. Lo borré.
Pensé que era solo intimidación barata, de esas que siempre llegan cuando les pegas donde duele. Pero luego llegó el segundo mensaje y el tercero y empezaron a llegar también a los teléfonos de algunos de mis agentes. Le di instrucciones al equipo de ciberseguridad. Rastrearon los números. Todos eran desechables, imposibles de rastrear más allá de las antenas donde se habían activado.
Estaban usando la misma tecnología que usan para el huachicol de combustible, para las extorsiones, para todo. Sabían lo que hacían. Pero lo que realmente me preocupó fue la llamada que recibió uno de mis comandantes. Era de noche, estaba en su casa con su familia. Sonó el teléfono de su casa, el fijo, ese que casi nadie usa ya, contestó su esposa.
Del otro lado, una voz distorsionada le dijo el nombre de sus hijos. las escuelas donde estudiaban, los horarios de entrada y salida. Luego colgó. Mi comandante me llamó inmediatamente. Estaba furioso, pero también asustado. Le dije que reforzáramos la seguridad de su familia, que pusiéramos vigilancia en su casa, en las escuelas de sus hijos, pero sabía que eso no era suficiente.
Ellos ya habían mandado el mensaje, ya sabían dónde golpear. Al día siguiente convoqué una reunión con todo el equipo que había participado en el operativo. Les expliqué la situación. Les dije que sabíamos que esto iba a pasar, que era parte del juego, que cuando tocas los intereses del crimen organizado siempre hay reacción.
Pero también les dije que teníamos que ser más cuidadosos, más estratégicos, que esto ya no era solo un operativo contra el robo de agua, esto era una guerra. Uno de los agentes más jóvenes levantó la mano, preguntó si valía la pena arriesgar tanto por algo que al final el sistema no iba a sostener.
Dijo que habíamos desmantelado 130 tomas, pero que probablemente en unas semanas ya habría otras 130 funcionando. Dijo que mientras hubiera corrupción, mientras hubiera funcionarios que protegieran a los criminales, esto nunca iba a terminar. Le entendí. Yo también había pensado lo mismo, pero le dije que precisamente por eso teníamos que seguir, porque si nosotros no lo hacíamos, nadie más lo haría, porque cada toma que desmantelábamos era un poco de agua que volvía al pueblo.
Porque cada funcionario corrupto que caía era un mensaje de que la impunidad no era eterna. Porque si nos rendíamos ahora, les daríamos la razón a todos los que decían que el crimen organizado era más fuerte que el Estado. Pero también le dije la verdad, que sí, que probablemente en unas semanas habría nuevas tomas, que sí que probablemente algunos funcionarios corruptos seguirían en sus puestos, que sí que esto era una batalla larga, desgastante, peligrosa y que si alguien quería salirse lo entendería. que nadie estaba obligado a arriesgar su vida por esto, nadie se
salió, todos se quedaron y eso me dio fuerzas para seguir. Mientras tanto, empezamos a analizar la información que habíamos recogido en los cateos, las libretas, las computadoras, los registros de ventas, todo apuntaba a una estructura mucho más grande de lo que habíamos pensado. No eran solo grupos locales robando agua de manera improvisada, era una red organizada, con niveles jerárquicos, con zonas de operación bien definidas, con sistemas de cobro y distribución que parecían sacados de una empresa multinacional.
Había un hombre que se repetía en varios de los registros, el tanque. Nadie sabía quién era realmente, pero todos los operadores que habíamos detenido hablaban de él. Decían que era el que controlaba todo el negocio del agua en el norte del Edomex, que era el que autorizaba las perforaciones, el que cobraba las cuotas, el que decidía quién podía operar y quién no.
Decían que era un tipo violento, que no perdonaba las traiciones, que había mandado matar a varios que intentaron independizarse o que no pagaron a tiempo. Pedí un perfil completo. Inteligencia empezó a trabajar. Cruzamos bases de datos, revisamos historiales criminales, interceptamos comunicaciones. Poco a poco empezamos a armar el rompecabezas.
El tanque no era solo un operador del agua, era un viejo sicario reconvertido en empresario criminal. Tenía antecedentes por homicidio, extorsión, secuestro. Había estado en prisión dos veces y había salido las dos veces por falta de pruebas o por corrupción de funcionarios. Ahora controlaba el negocio del agua porque había entendido algo que muchos criminales tardan en entender, que los recursos naturales son más rentables y menos riesgosos que las drogas, que el agua no huele, no se detecta en los retenes, no genera tanta tensión mediática y que en tiempos de sequía vale más que el oro. Localizamos su zona de operación. Tenía su base en
un rancho a las afueras de Zunpango, un lugar alejado, rodeado de terrenos valdíos y canales de riego secos. Según nuestros informantes, ahí era donde se reunía con sus operadores, donde guardaba el dinero, donde planeaba las nuevas perforaciones. También era donde torturaba a los que no pagaban o a los que intentaban delatarlo.
Preparamos un nuevo operativo. Esta vez íbamos directamente por él. Sabíamos que no iba a ser fácil, que probablemente tendría vigilancia, armas, gente dispuesta a defender el lugar, pero teníamos que intentarlo porque mientras el tanque siguiera operando, la red seguiría funcionando.
Salimos una madrugada, igual que la vez anterior, pero esta vez llevábamos más gente, más equipo, más preparación, helicópteros de apoyo, unidades tácticas, francotiradores. Sabíamos que esto podía terminar mal y no queríamos sorpresas. Llegamos al rancho cuando todavía estaba oscuro. El lugar estaba en silencio. Había camionetas estacionadas afuera, luces encendidas en el interior.
Rodeamos el perímetro, di la orden de entrada, derribamos el portón y entramos en formación. Lo primero que encontramos fue resistencia. Disparos desde el interior. Nos cubrimos. Los francotiradores neutralizaron a los que disparaban. Avanzamos. Adentro había seis personas. Cuatro de ellas se rindieron de inmediato. Dos intentaron escapar por la parte de atrás. Pero fueron detenidos. Ninguno era el tanque.
Les preguntamos dónde estaba. Nadie habló. Les dijimos que teníamos orden de aprensión contra él, que tarde o temprano lo íbamos a encontrar, que si cooperaban les iría mejor. Uno de ellos, el más joven, empezó a quebrarse. Dijo que el tanque había salido la noche anterior, que alguien le había avisado que veníamos, que probablemente ya estaba fuera del estado. Me enfurecí. Alguien lo había alertado.
Alguien con acceso a nuestra información le había avisado. No podía ser casualidad. Le pregunté al chavo quién le había avisado. Dijo que no sabía, que solo escuchó al tanque hablando por teléfono diciendo que tenía que irse rápido porque los puercos ya sabían dónde estaba. Revisamos el rancho, encontramos dinero, armas, documentos, pero lo más perturbador fue lo que encontramos en uno de los cuartos del fondo.
Cadenas en las paredes, manchas de sangre en el piso, herramientas que claramente habían sido usadas para torturar, un colchón sucio en una esquina y en una mesa fotografías, fotografías de gente golpeada, atada, con señales de tortura. Algunas de esas personas probablemente ya estaban muertas. Uno de mis agentes vomitó al ver las fotos.
Yo me quedé ahí mirándolas, sintiendo una mezcla de rabia e impotencia. Esto no era solo robo de agua, esto era una estructura criminal completa, dispuesta a matar, a torturar, a destruir vidas con tal de proteger su negocio. Aseguramos todo el lugar, llamamos a la fiscalía, levantamos las evidencias, pero sabía que esto no era suficiente, que el tanque seguía libre y que mientras estuviera libre seguiría operando. De regreso a la comandancia empecé a hacer llamadas.
Necesitaba saber quién había filtrado la información. Convoqué a una reunión urgente con los jefes de cada unidad que había participado en la planeación del operativo. Les dije que teníamos una fuga, que alguien en nuestras filas estaba pasando información al crimen organizado, que eso no solo había permitido que el tanque escapara, sino que había puesto en riesgo la vida de todos los que participaron en el operativo.
Algunos se molestaron, dijeron que era imposible, que todos los que estaban en esa sala eran gente de confianza. Pero yo sabía que la corrupción no tiene cara, que el crimen organizado sabe cómo infiltrarse, cómo comprar lealtades, cómo encontrar las debilidades de cada quien. Pedí una investigación interna, que revisaran llamadas, correos, movimientos bancarios, que no descartaran a nadie y les advertí que si encontrábamos al responsable no habría piedad.
La investigación tardó dos semanas, dos semanas en las que no pudimos hacer ningún operativo grande porque no sabíamos si la información estaba segura. Dos semanas en las que el tanque y su gente siguieron operando, abriendo nuevas tomas, cobrando nuevas cuotas, vendiendo agua robada, hasta que finalmente inteligencia encontró algo.
Transferencias bancarias inusuales en la cuenta de un subcomandante. Transferencias que coincidían con fechas clave de nuestros operativos, llamadas a números vinculados con operadores del agua, movimientos que no cuadraban con su sueldo. Lo mandé traer. Llegó a mi oficina tranquilo como si nada. Le enseñé las pruebas. Al principio negó todo.
Dijo que eran malentendidos, que podía explicarlo, pero conforme le mostraba más evidencia, más transferencias, más llamadas, se fue derrumbando. Al final confesó, dijo que necesitaba el dinero, que su hijo estaba enfermo, que los tratamientos eran carísimos, que el seguro no cubría nada, que le ofrecieron 200,000 pesos por cada información que pasara, que solo lo hizo unas cuantas veces, que no pensó que fuera tan grave.
Le dije que por su culpa el tanque había escapado, que por su culpa gente inocente seguía sin agua mientras los criminales seguían enriqueciéndose, que había traicionado a su corporación, a su país, a su propia gente. Se quebró, empezó a llorar. Dijo que lo sentía, que estaba arrepentido. Pero el arrepentimiento no devolvía el tiempo perdido, no devolvía el agua robada, no devolvía la confianza rota.
Lo entregué a asuntos internos. Sabía que lo iban a procesar, que probablemente terminaría en prisión y me dolió porque era un buen elemento, porque llevaba años en la corporación, porque entendía su desesperación, pero no podía permitir que la corrupción se quedara impune.
No, después de todo lo que habíamos luchado esa noche me quedé en mi oficina hasta tarde pensando en todo lo que habíamos hecho, en todo lo que faltaba por hacer, en el tanque que seguía libre, en las 130 tomas que habíamos desmantelado, pero que probablemente ya estaban siendo reconstruidas, en la gente del Edomex que seguía sufriendo en la guerra que parecía no tener fin.
Pero también pensé en la señora del tambo, en los niños que ahora podían bañarse porque habíamos cerrado las tomas cerca de sus casas, en las familias que habían recuperado su agua. Y supe que por más difícil que fuera, por más peligroso, por más desgastante, teníamos que seguir, porque esta no era solo una lucha contra el crimen organizado, era una lucha por la dignidad, por el derecho de la gente a tener agua en sus casas, por un México donde los recursos naturales no fueran botín de guerra del narco, por un país donde las instituciones fueran más fuertes que el miedo. Y yo no iba a rendirme, no mientras quedara aliento en mi cuerpo, no mientras hubiera aunque
sea una familia sin agua, no mientras tipos como el tanque siguieran creyendo que podían hacer lo que quisieran sin consecuencias. Iba a seguir, iba a encontrarlo e iba a desmantelar toda su estructura, pieza por pieza, hasta que no quedara nada. Pasaron 4ro semanas desde que el tanque escapó.
4 semanas en las que reorganizamos todo el esquema de seguridad, en las que cambiamos protocolos, en las que dejamos de confiar incluso en nuestra propia gente. Porque cuando la corrupción entra en una institución, el daño no es solo material, es moral, es psicológico, te hace dudar de todos, te hace ver traidores donde quizás solo hay compañeros cansados, desilusionados, rotos por el sistema, pero la investigación no se detuvo.
Inteligencia seguía trabajando, rastreando movimientos. interceptando llamadas, siguiendo el rastro del dinero y poco a poco empezamos a encontrar pistas. El tanque no se había ido del país como pensábamos. Seguía en México, moviéndose entre varios estados, coordinando su red desde la distancia, usando intermediarios, teléfonos desechables, mensajeros que ni siquiera sabían para quién trabajaban. Lo que descubrimos fue perturbador.
Mientras nosotros celebrábamos el desmantelamiento de las 130 tomas, ellos ya estaban abriendo nuevas, pero esta vez lo hacían diferente. Ya no en predios visibles, ya no con estructuras obvias. Ahora perforaban en zonas rurales, en terrenos ejidales, en propiedades privadas protegidas por testaferros.
Usaban técnicas más sofisticadas, equipo más discreto, sistemas de bombeo enterrados que no se veían a simple vista y lo peor habían expandido su territorio. Ya no solo operaban en Ecatepec, Zunpango y Tecamac. Ahora también estaban en Tultitlán, Coacalco, Cuautitlán, incluso en algunas zonas de la Ciudad de México. Habían entendido que el agua era un negocio con futuro, que mientras el cambio climático siguiera agravando las sequías, mientras el gobierno siguiera sin invertir en infraestructura, ellos tendrían un mercado cautivo, desesperado, dispuesto a pagar lo que fuera. Conseguimos un informante, un tipo que había trabajado para el tanque,
pero que después de ver lo que pasó en el rancho, después de ver las fotografías de la gente torturada, decidió que ya no quería ser parte de eso. Nos buscó a través de un intermediario. Dijo que tenía información valiosa, pero que necesitaba protección, que si el tanque se enteraba de que estaba hablando con nosotros, lo matarían a él y a toda su familia.
Lo metimos a un programa de protección, lo sacamos de su casa, lo relocalizamos, le dimos una nueva identidad y empezó a hablar. Nos dio nombres, ubicaciones, fechas. Nos explicó cómo funcionaba realmente la estructura. El tanque no trabajaba solo, tenía socios, políticos locales que le facilitaban permisos falsos, empresarios que le compraban el agua robada a precios preferenciales para luego revenderla con margen, policías municipales que le avisaban cuando había operativos, ingenieros que diseñaban los sistemas de extracción, contadores que lavaban el dinero a través de empresas fantasma. Era una red
perfecta, cada quien cumplía su función y todos ganaban, todos menos la gente del pueblo que seguía sufriendo. El informante nos dio una pista clave. dijo que el tanque iba a reunirse con sus principales socios en un rancho en Hidalgo, que era una reunión importante, que iban a discutir la expansión del negocio a otros estados, que iban a estar todos los peces gordos, nos dio la fecha, la ubicación exacta, hasta los nombres de algunos de los que iban a asistir.
Verificamos la información, cruzamos datos, confirmamos movimientos, vigilamos el lugar desde lejos, todo cuadraba. era nuestra oportunidad, no solo de capturar el tanque, sino de desarticular toda la cúpula de la organización. Preparamos el operativo con el mayor sigilo posible. Esta vez solo participaría un grupo reducido de agentes, todos seleccionados personalmente por mí, todos con años de trayectoria intachable.
No podíamos arriesgarnos a otra filtración. Le pedí apoyo al ejército, pero solo a un comando especial, gente de élite que no estuviera contaminada por la corrupción local. Estudiamos el terreno. El rancho estaba en una zona montañosa, rodeado de bosque, con un solo acceso principal y varios caminos de terracería que podrían servir como rutas de escape.
Teníamos que bloquear todas las salidas, entrar rápido, neutralizar cualquier resistencia y capturar a todos los presentes antes de que pudieran huir o destruir evidencia. La noche antes del operativo no pude dormir. Revisé una y otra vez los planos, las fotografías satelitales, los perfiles de los objetivos.
Pensé en todo lo que podría salir mal, en la posibilidad de que fuera una trampa, en la posibilidad de que nos estuvieran esperando, en la posibilidad de que el tanque ya supiera que íbamos y que la reunión fuera solo una carnada. Pero no podíamos quedarnos de brazos cruzados. No después de todo lo que habíamos descubierto, no cuando estábamos tan cerca. Salimos al amanecer, tres unidades tácticas, un helicóptero de apoyo, 20 agentes.
Viajamos en silencio de radio hasta que estuvimos cerca. Luego nos desplegamos, bloqueamos los caminos de salida, rodeamos el rancho, esperamos la señal, di la orden, entramos. El rancho estaba activo, había camionetas estacionadas, gente moviéndose.
Escuchamos voces adentro, derribamos la puerta principal, gritos, movimiento. Algunos intentaron sacar armas, pero no les dio tiempo. Los neutralizamos, los sometimos. En menos de 5 minutos teníamos el control total del lugar y ahí estaba el tanque. Un tipo grande de unos 50 años con panza prominente, camisa de vestir, botas vaqueras.
No parecía un criminal, parecía un empresario, un ganadero, un hombre de negocios. Pero yo sabía quién era, sabía lo que había hecho, sabía cuánta gente había sufrido por su codicia. Lo esposamos, le leímos sus derechos, me miró con desprecio, no dijo nada, solo me sostuvo la mirada como retándome, como diciéndome que esto no iba a terminar con su captura. Había otras siete personas en el rancho. Dos de ellas eran funcionarios municipales.
Uno era un empresario dueño de una cadena de gasolineras, otro era un ingeniero civil, otro era un contador, los otros dos eran operadores. Los detuvimos a todos. Revisamos el lugar, encontramos computadoras, documentos, contratos falsos, registros contables. Había mapas con las ubicaciones de todas las tomas clandestinas, no solo en el Edomex, sino en Hidalgo, Puebla, Querétaro. Había listas de clientes, montos cobrados, proyecciones de expansión.
Era como revisar los archivos de una corporación multinacional. También encontramos algo que meló la sangre, una lista de nombres, nombres de funcionarios, de políticos, de empresarios, de policías, una lista de toda la gente que estaba en la nómina del tanque, gente que recibía sobornos mensuales a cambio de protección, de información, de facilitar el negocio.
Y algunos de esos nombres eran gente que yo conocía, gente con la que había trabajado, gente en la que había confiado. Aseguramos todo, subimos a los detenidos, a las patrullas. El tanque iba en la mía. Durante el trayecto de regreso me habló. me dijo que yo no entendía cómo funcionaba el mundo real, que el agua era un negocio como cualquier otro, que si él no lo hacía, alguien más lo haría, que la gente estaba dispuesta a pagar porque el gobierno los había abandonado, que él solo llenaba un vacío. Le dije que lo
que él llenaba no era un vacío, era un crimen, que había gente muriendo de sed mientras él se enriquecía, que había niños que no podían ir a la escuela porque no tenían agua para bañarse, que había familias que gastaban la mitad de su ingreso comprando agua robada porque no tenían alternativa. Se ríó.
me dijo que yo era un ingenuo, que el sistema estaba podrido desde arriba, que los políticos robaban más que él, que las empresas de aguas legales eran igual de corruptas, que la única diferencia entre él y ellos era que él no se escondía detrás de un cargo o una empresa, que él era honesto con lo que era.
Le dije que la diferencia era que él torturaba gente, que mataba gente, que destruía vidas, que no había justificación para eso. Se quedó callado el resto del camino. Cuando llegamos a las instalaciones, los medios ya estaban ahí. Alguien había filtrado la información. Las cámaras grababan todo. Los periodistas gritaban preguntas. Bajamos a los detenidos.
El tanque caminaba con la cabeza en alto, como si no le importara. Los funcionarios iban con la cabeza agachada, avergonzados. El empresario pedía hablar con su abogado. Di una conferencia de prensa, expliqué lo que habíamos encontrado, los nombres de los detenidos, los cargos que enfrentarían, la magnitud de la red que habíamos desarticulado.
Dije que esta era una de las operaciones más importantes contra el crimen organizado en años, no porque hubiera drogas o armas, sino porque habíamos golpeado un negocio que afectaba directamente la vida de millones de personas. Pero también dije algo más.
Dije que esto no iba a terminar aquí, que teníamos la lista de todos los funcionarios coludidos y que íbamos a ir por cada uno de ellos, que no importaba el cargo que tuvieran, no importaba quién conocieran, que la corrupción se iba a acabar, que el robo de agua se iba a acabar y que quien estuviera involucrado iba a caer. Esa noche recibí más amenazas que nunca, mensajes, llamadas, correos.
Todos decían lo mismo, que me cuidara, que esto no había terminado, que había tocado intereses muy grandes, que iba a pagar por lo que había hecho. Pero también recibí mensajes de otra clase, de gente del pueblo, de familias que me agradecían, de mujeres que me decían que por primera vez en meses tenían agua en sus casas, de niños que habían podido bañarse antes de ir a la escuela, de hombres que ya no tenían que gastar todo su salario comprando agua robada.
Y esos mensajes me dieron fuerzas para seguir, porque al final eso era lo que importaba. No los políticos, no los empresarios, no los criminales, la gente, la gente que solo quería vivir con dignidad, la gente que solo pedía lo más básico, agua.
Y mientras hubiera aunque sea una familia sin agua, yo iba a seguir peleando, iba a seguir haciendo operativos, iba a seguir persiguiendo a los responsables, porque esta no era solo mi lucha, era la lucha de todos y no iba a parar hasta ganarla. Yeah.
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