El 8 de julio de 2003, Mateo Aguilar, de 16 años, entró a las grutas de cacahuamilpa con un grupo de excursión escolar. Nunca salió. Durante 7 años, las autoridades buscaron cualquier rastro del adolescente en los 2 km de galerías abiertas al público, sin encontrar ni una sola pista. Hasta que en julio de 2010, un trabajador de mantenimiento del parque halló una linterna semienterrada en un área completamente distinta, a más de 800 m de donde Mateo fue visto por última vez.

Lo que encontraron al excavar en ese lugar cambiaría para siempre la comprensión de lo que realmente le había ocurrido al joven. Pero, ¿cómo había llegado esa linterna hasta ahí? Y más inquietante aún, ¿qué había hecho Mateo durante sus últimas horas? Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Las grutas de Cacahuamilpa, ubicadas en el estado de Guerrero, México, representan uno de los sistemas de cavernas más impresionantes de América Latina.

Estas formaciones calcáreas, que se extienden por más de 70 km bajo tierra, han sido un destino turístico y educativo desde mediados del siglo XX. La zona turística comprende únicamente los primeros 2 km del sistema con senderos iluminados y medidas de seguridad estrictas. Sin embargo, más allá de estos límites, se encuentra un laberinto subterráneo inexplorado que ha desafiado a espeleólogos durante décadas.

Mateo Aguilar era un estudiante de segundo año de preparatoria en la Escuela Nacional Preparatoria Plantel Sur de la Ciudad de México. Hijo de Aurelio Aguilar, mecánico automotriz y Remedios Campos, empleada de una tienda de conveniencia, Mateo se había destacado desde pequeño por su curiosidad insaciable y su amor por la aventura.

Sus padres, trabajadores de clase media que habían luchado por darle una educación de calidad, veían en su hijo la oportunidad de romper las limitaciones económicas familiares. El joven de cabello castaño claro y complexión delgada, pero atlética, había desarrollado un interés particular por la geología después de una visita previa a las pirámides de Teotihuacán el año anterior.

 Sus compañeros lo describían como alguien observador que siempre hacía preguntas que los demás no se planteaban. Mateo tenía la costumbre de llevar una pequeña linterna en sus excursiones, un regalo de su abuelo paterno, Crisanto Aguilar, quien había trabajado en las Minas de Pachuca durante su juventud. La excursión del 8 de julio de 2003 había sido organizada como parte del programa educativo de ciencias naturales.

 El grupo estaba compuesto por 24 estudiantes de entre 15 y 17 años acompañados por dos profesores, Gabriela Sandoval de biología y Domingo Espinoza de geografía. La temperatura ese día alcanzaba los 32ºC en el exterior, mientras que dentro de las grutas se mantenía estable a 21 gr, creando esa sensación de frescor que hace tan atractiva la visita durante los meses calurosos.

 El autobús escolar había partido de la Ciudad de México a las 6:30 de la mañana, siguiendo la carretera federal 95 hacia Taxco para luego tomar la desviación hacia las grutas. Durante el viaje de 3 horas, Mateo se había sentado junto a su compañero Esteban Velasco, compartiendo su emoción por la visita. Esteban recordaría más tarde que Mateo había mencionado su interés por explorar las partes que no ve todo el mundo.

 Una conversación que cobraría relevancia siniestra con el paso de los años. Al llegar al complejo turístico, el grupo fue recibido por Rogelio Jiménez, guía oficial con 15 años de experiencia en las grutas. Jiménez, un hombre de 42 años, conocía cada centímetro de la ruta turística y había desarrollado un sexto sentido para detectar visitantes que pudieran representar algún riesgo.

 Sin embargo, Mateo no había dado ninguna señal de alarma durante la charla inicial de seguridad. La familia Aguilar había vivido siempre en la colonia Doctores, en un pequeño departamento de dos recámaras donde los sonidos de la ciudad se mezclaban con las conversaciones de los vecinos. Aurelio trabajaba en un taller mecánico local desde hacía 18 años, desarrollando una reputación sólida por su honestidad y habilidad.

 Remedios había criado a Mateo con una mezcla de amor incondicional y disciplina firme, inculcándole valores de responsabilidad y respeto que el joven había adoptado naturalmente. Los primeros meses de 2003 habían sido particularmente buenos para la familia. Aurelio había recibido un aumento modesto pero significativo y remedios había sido promovida a supervisora de turno en su trabajo.

 Mateo, por su parte, mantenía un promedio de 8.7 ensus estudios, con particular fortaleza en ciencias. La vida transcurría con esa normalidad satisfactoria que las familias trabajadoras conocen bien. Días llenos de rutinas predecibles, pequeñas alegrías y la esperanza constante de un futuro mejor. El adolescente había mostrado en los últimos meses un interés creciente por la espeleología después de haber visto un documental sobre las cuevas de Carlsvad en Estados Unidos.

Había comenzado a reunir información sobre técnicas básicas de exploración subterránea, aunque nunca había tenido la oportunidad de ponerlas en práctica. Sus padres veían esta afición como algo positivo, una alternativa saludable a los videojuegos que ocupaban tanto tiempo de otros jóvenes de su edad. La mañana del 8 de julio, Mateos se había levantado a las 5:15, media hora antes de lo necesario.

 Remedius lo encontró en la cocina, revisando por tercera vez el contenido de su mochila. Llevaba agua, algunos dulces, una cámara desechable, una libreta pequeña y, por supuesto, su linterna. Era una linterna compacta de metal plateado marca Rayobac con pilas A, que su abuelo Crisanto le había dado dos años antes con la inscripción para mi explorador favorito grabada en un costado.

 Durante el desayuno, Mateo había comentado a sus padres su emoción por la visita, mencionando que había leído que las grutas de cacahuamilpa albergaban formaciones calcáreas de más de 5 millones de años. Su entusiasmo era contagioso y Aurelio bromeó diciendo que tal vez su hijo se convertiría en geólogo y terminaría explorando cuevas por todo el mundo.

 Remedios, siempre práctica, le recordó que siguiera las instrucciones del guía y no se separara del grupo bajo ninguna circunstancia. El grupo escolar llegó a las grutas de Cacahuamilpa a las 9:45 de la mañana. El estacionamiento ya mostraba signos de la actividad típica de un día de semana durante las vacaciones de verano, familias con niños, parejas de turistas extranjeros y algunos grupos organizados como el suyo.

 La temperatura exterior había comenzado a subir y el contraste con el aire fresco que emanaba de la entrada de las grutas resultaba especialmente atractivo. Rogelio Jiménez reunió al grupo en el área de recepción para la charla de seguridad obligatoria. durante 20 minutos explicó las reglas básicas. Permanecer siempre con el grupo, no tocar las formaciones rocosas, no utilizar flash fotográfico en ciertas áreas para preservar las estalactitas y estalagmitas y mantener un volumen de voz apropiado para no disturbar la experiencia de otros visitantes. También

mencionó que el recorrido duraría aproximadamente una hora y media y que habría tres paradas principales para explicaciones detalladas. Mateo prestó atención meticulosa a cada palabra del guía, tomando notas ocasionales en su libreta. Sus compañeros notaron que parecía particularmente interesado cuando Jiménez mencionó que el sistema de cavernas se extendía mucho más allá de la ruta turística, pero que esas áreas estaban estrictamente prohibidas para visitantes sin equipo especializado y permisos específicos. La entrada a las

grutas se realizó a las 10:15. El grupo descendió por la escalinata de acceso, sintiéndose inmediatamente envuelto por el aire húmedo y fresco del interior. Las primeras formaciones rocosas provocaron exclamaciones de asombro entre los estudiantes y varios comenzaron a tomar fotografías. Mateo se mantuvo cerca del frente del grupo, mostrando particular atención a las explicaciones técnicas sobre la formación de las estalactitas.

 Durante los primeros 40 minutos del recorrido, todo transcurrió con normalidad. El grupo visitó la sala del trono, donde Jiménez explicó el proceso de formación calcárea a lo largo de millones de años. Mateo participó activamente haciendo preguntas sobre la composición química del agua que había creado esas formaciones.

 Su compañero Esteban recordaría después que Mateo parecía fascinado por los detalles técnicos que el guía compartía. La segunda parada fue en la sala de la serpiente, llamada así por una formación rocosa que se asemejaba al cuerpo ondulante de una serpiente gigante. Aquí el grupo se dispersó ligeramente mientras los estudiantes exploraban visualmente las diferentes formaciones.

 Los profesores Sandoval y Espinosa mantuvieron un conteo regular de los estudiantes, una práctica establecida para este tipo de excursiones. Fue durante la transición hacia la tercera parada cuando ocurrió el incidente. El grupo se dirigía hacia la sala de los órganos pasando por un corredor relativamente estrecho con varias bifurcaciones menores que estaban bloqueadas por cadenas y señalizaciones de área restringida.

 La iluminación en esta sección era más tenue, diseñada para crear un efecto dramático antes de llegar a la sala principal. Esteban Velasco, quien caminaba junto a Mateo, se detuvo momentáneamente para ajustarsu zapato. Cuando levantó la vista, Mateo ya no estaba a su lado. Inicialmente pensó que su compañero había avanzado hacia el frente del grupo, pero al alcanzar a los demás y no encontrarlo, comenzó a preocuparse.

Durante los siguientes 5 minutos, Esteban buscó discretamente a Mateo entre sus compañeros, esperando que hubiera cambiado de posición en la fila. Cuando el grupo llegó a la sala de los órganos a las 11:40, la profesora Sandoval realizó un conteo de rutina y descubrió que faltaba un estudiante. El profesor Espinoa confirmó la ausencia y ambos educadores iniciaron inmediatamente el protocolo de emergencia.

 Rogelio Jiménez suspendió la explicación y comenzó a retrasar la ruta para localizar al estudiante faltante. La búsqueda inicial se centró en el corredor entre la sala de la serpiente y la sala de los órganos. un tramo de aproximadamente 200 m con buena iluminación y sin desvíos aparentes. Sin embargo, Jiménez conocía la existencia de al menos tres aberturas laterales en esa sección, todas supuestamente selladas, que conducían a galerías no desarrolladas turísticamente.

A las 12:15, después de 35 minutos de búsqueda infructuosa, Jiménez tomó la decisión de contactar al administrador del complejo turístico. El resto del grupo escolar fue evacuado inmediatamente de las grutas y reunido en el área de recepción, donde los profesores intentaron mantener la calma mientras se comunicaban con las autoridades y con los padres de Mateo.

La primera llamada telefónica a la familia Aguilar llegó a las 12:45. Aurelio se encontraba en el taller cuando su esposa Remedios lo contactó histérica con la noticia. En cuestión de 30 minutos, ambos padres habían abandonado sus trabajos y se dirigían hacia las grutas en el automóvil prestado de un vecino, un viaje que normalmente tomaba 3 horas, pero que completaron en 2 horas y 20 minutos.

Mientras tanto, el personal de las grutas había iniciado una búsqueda sistemática. Rogelio Jiménez, acompañado por dos trabajadores de mantenimiento, recorrió cada metro de la ruta turística, revisando minuciosamente las áreas donde un adolescente podría haberse ocultado o caído. También inspeccionaron las aberturas laterales, confirmando que las cadenas y barreras permanecían intactas.

 A las 2:30 de la tarde llegaron los primeros elementos de la policía municipal de Pilcaya, el municipio al que pertenecen las grutas. El comandante Efraín Pacheco, un veterano de 20 años de experiencia, estableció inmediatamente un perímetro de seguridad y solicitó apoyo especializado para búsqueda en espacios confinados.

 También ordenó que se suspendieran todas las visitas turísticas hasta nuevo aviso. Los padres de Mateo llegaron a las 3:15 de la tarde encontrando una escena de actividad frenética, pero organizada. Remedios se desplomó en los brazos de su esposo al comprender la magnitud de la situación. Aurelio, manteniendo una calma superficial que ocultaba su desesperación interior, comenzó inmediatamente a hacer preguntas específicas sobre los procedimientos de búsqueda y las características del sistema de cavernas.

 La búsqueda del primer día se extendió hasta las 8 de la noche utilizando linternas de alta potencia y equipos de comunicación por radio. Se revisaron exhaustivamente los 2 km de la ruta turística, así como varias galerías adyacentes que estaban cerradas al público, pero que seguían siendo accesibles. No se encontró ninguna evidencia de la presencia de Mateo, ni huellas, ni objetos personales, ni signos de que hubiera forzado alguna barrera.

 Durante esa primera noche, Aurelio y Remedios permanecieron en un hotel local, incapaces de dormir o de alejarse del área donde su hijo había desaparecido. Aurelio pasó horas estudiando mapas rudimentarios del sistema de cavernas, tratando de entender como su hijo podría haber desaparecido en un espacio aparentemente controlado y seguro.

 Los días siguientes, al desaparecimiento de Mateo, se convirtieron en una boráine de actividad desesperada y esperanza decreciente. La policía municipal, reconociendo las limitaciones de sus recursos, había solicitado apoyo inmediato a la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero. El caso fue asignado al agente ministerial Lorenzo Tapia, un investigador con experiencia en desapariciones en áreas rurales y montañosas.

 La búsqueda se intensificó durante la segunda semana. Llegaron equipos especializados en rescate en espacios confinados desde la Ciudad de México junto con espele voluntarios de la Sociedad Mexicana de Exploraciones Subterráneas. Estos expertos trajeron equipo sofisticado, cámaras de fibra óptica para explorar grietas estrechas, detectores de movimiento sensibles al más mínimo sonido y sistemas de iluminación de alta potencia capaces de penetrar en las galerías más profundas.

 El grupo de espeleólogos, liderado por la doctora Beatriz Núñez, una geóloga con 30 añosde experiencia en sistemas cársticos, se enfocó en mapear las galerías no turísticas del complejo. Su trabajo reveló que el sistema de cacauamilpa era mucho más extenso y complejo de lo que los mapas oficiales indicaban. Existían al menos 12 ramificaciones principales que se extendían por kilómetros bajo tierra, algunas conectándose con sistemas hídricos subterráneos que permanecían inexplorados.

Durante estas exploraciones se descubrieron varios puntos donde las barreras de seguridad habían sido comprometidas por la erosión natural o por visitantes irresponsables en años anteriores. En particular, una abertura en la sala de la serpiente ubicada a unos 15 m de altura en la pared rocosa mostraba signos de haber sido accedida recientemente.

 Sin embargo, llegar hasta ese punto requería habilidades de escalada que parecían estar más allá de las capacidades de un adolescente sin equipo especializado. Aurelio Aguilar se había convertido en una presencia constante en las grutas. Cada mañana a las 6 llegaba al complejo turístico y permanecía allí hasta que la luz del día se desvanecía.

 Había aprendido los nombres de todos los rescatistas, había memorizado los mapas disponibles y había desarrollado sus propias teorías sobre lo que podría haber ocurrido. Su determinación inquebrantable contrastaba dolorosamente con la desesperación silenciosa de Remedios, quien había comenzado a mostrar signos evidentes de depresión severa.

 La comunidad escolar de Mateo reaccionó con una mezcla de sock y solidaridad. Sus compañeros organizaron vigilias de oración y campañas de concientización, distribuyendo volantes con la fotografía de Mateo en estaciones de metro y centros comerciales de la Ciudad de México. Esteban Velasco, en particular, se sentía consumido por la culpa de no haber notado inmediatamente la ausencia de su amigo, desarrollando patrones de sueño irregulares y dificultades de concentración que requerirían intervención psicológica.

 Los medios de comunicación locales cubrieron intensivamente el caso durante las primeras dos semanas. El desaparecimiento de un estudiante capitalino en uno de los destinos turísticos más populares de Guerrero generó preocupación sobre las medidas de seguridad en atracciones naturales. Sin embargo, como suele ocurrir con este tipo de historias, la atención mediática comenzó a disminuir gradualmente cuando no surgieron nuevos desarrollos significativos.

 La investigación formal dirigida por el agente Tapia se expandió más allá de las grutas propiamente dichas. Se entrevistó exhaustivamente a todos los miembros del grupo escolar, a los empleados del complejo turístico y a los visitantes que habían estado en las grutas el 8 de julio. Se revisaron las cámaras de seguridad del área de recepción, pero estas no cubrían el interior de las cavernas.

 También se investigó la posibilidad de que Mateo hubiera salido de las grutas por voluntad propia, pero no había evidencia de que hubiera alcanzado la superficie. Una de las teorías más perturbadoras que emergió durante la investigación fue la posibilidad de que Mateo hubiera caído en alguna de las cimas subterráneas no cartografiadas del sistema.

 Los espeleólogos explicaron que las grutas de cacahuamilpa se habían formado por la acción del agua a lo largo de millones de años, creando un paisaje subterráneo de extrema complejidad con pozos verticales que podían descender por cientos de metros. Algunos de estos pozos estaban ocultos por formaciones rocosas o por acumulaciones de sedimento que podrían ceder bajo el peso de una persona.

 Los primeros 3 meses de búsqueda consumieron recursos extraordinarios. Se estimó que la operación había costado más de 2 millones de pesos entre personalizado, equipo técnico y logística de apoyo. A medida que las posibilidades de encontrar a Mateo con vida se desvanecían, las autoridades comenzaron a enfrentar la presión de reducir la intensidad de la búsqueda, una decisión que devastó emocionalmente a la familia Aguilar.

 Aurelio había agotado sus ahorros familiares y había solicitado préstamos para poder permanecer cerca de las grutas durante semanas. Su empleador, inicialmente comprensivo, comenzó a presionarlo para que regresara al trabajo. Remedios había solicitado una licencia médica después de sufrir una crisis nerviosa en septiembre de 2003, requiriendo medicación para la ansiedad y episodios de depresión que la mantenían en cama durante días enteros.

Para el final de 2003, la búsqueda oficial se había reducido a inspecciones periódicas y seguimiento de pistas específicas. La familia Aguilar había contratado a un investigador privado, Eleazar Ruiz, un expolicía judicial con experiencia en casos de personas desaparecidas. Ruis adoptó un enfoque diferente, enfocándose en la posibilidad de que Mateo hubiera salido de las brutas y hubiera sufrido algún percance en los alrededores del complejo turístico.

 Lainvestigación de Ruiz reveló algunos detalles inquietantes sobre la gestión de seguridad en las grutas. descubrió que habían ocurrido al menos tres incidentes menores en los dos años anteriores al desaparecimiento de Mateo, visitantes que se habían separado temporalmente de sus grupos y habían sido encontrados en áreas restringidas. En cada caso, la administración había logrado recuperar a las personas sin reportar formalmente los incidentes a las autoridades para evitar publicidad negativa que pudiera afectar el turismo.

Durante 2004, la búsqueda adquirió un ritmo más pausado, pero sistemático. Grupos de voluntarios coordinados por la familia Aguilar realizaban exploraciones de fin de semana en las áreas circundantes a las grutas. Estos voluntarios, muchos de ellos compañeros de trabajo de Aurelio y miembros de su parroquia, peinaron metódicamente los senderos forestales, barrancos y formaciones rocosas en un radio de 10 km alrededor del complejo turístico.

 Una de las búsquedas más sistemáticas fue realizada en abril de 2004 por un grupo de montañistas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Este equipo, liderado por el profesor de geografía física, Nicolás Serrano, utilizó técnicas de mapeo GPS para documentar cada área explorada, creando un registro detallado que evitaría duplicar esfuerzos en futuras búsquedas.

Su trabajo cubrió aproximadamente 40 km² de terreno montañoso, incluyendo varias cuevas menores y formaciones cársticas que podrían estar conectadas con el sistema principal de Cacauamilpa. La vida familiar de los Aguilar se había reestructurado completamente alrededor de la búsqueda de Mateo.

 Su departamento en la colonia Doctores se había convertido en una especie de centro de comando improvisado con mapas en las paredes, archivos de pistas investigadas y números telefónicos de contactos relacionados con el caso. Aurelio había desarrollado un sistema meticuloso para catalogar y seguir cada pista, por más improbable que pareciera.

 Remedios había encontrado refugio en un grupo de apoyo para familiares de personas desaparecidas que se reunían semanalmente en una iglesia del centro de la ciudad. Este grupo facilitado por la trabajadora social Graciela Ibarra le proporcionó herramientas emocionales para lidiar con la incertidumbre prolongada y la pérdida ambigua que caracteriza estos casos.

 Sin embargo, sus patrones de sueño nunca se recuperaron completamente y desarrolló una hipervigilancia que la hacía sobresaltarse con cualquier sonido inesperado. Para 2005, 2 años después del desaparecimiento, el caso había adquirido una dinámica diferente. Las búsquedas masivas se habían vuelto menos frecuentes, pero la investigación continuaba a través de canales más especializados.

El agente Tapia había desarrollado una red de contactos con espele y rescatistas de montaña de todo México, quienes reportaban cualquier descubrimiento relevante en sistemas de cavernas similares. Una de las pistas más prometedoras surgió en junio de 2005, cuando un grupo de excursionistas reportó haber encontrado restos de una mochila escolar en una cueva menor ubicada a unos 8 km al noroeste de las grutas de Cacauamilpa.

 La mochila, deteriorada por la exposición a los elementos contenía libros de texto y cuadernos que no pudieron ser identificados definitivamente. Sin embargo, análisis más detallados revelaron que los materiales escolares correspondían a un año académico anterior al de Mateo, descartando su relación con el caso.

 Durante este periodo, Aurelio había desarrollado una comprensión técnica impresionante sobre espeleología y técnicas de búsqueda y rescate. Había tomado cursos básicos de escalada en roca, había aprendido a usar equipo de rapel y había estudiado manuales técnicos sobre exploración de cavernas.

 Esta preparación le permitía participar de manera más efectiva en las búsquedas especializadas y comunicarse con mayor precisión con los expertos involucrados en el caso. La investigación también había explorado ángulos más oscuros. Se había considerado la posibilidad de secuestro, aunque la ausencia total de demandas de rescate y la falta de evidencia de que Mateo hubiera salido de las grutas hacían esta teoría improbable.

 También se investigó la posibilidad de que el adolescente hubiera planeado su propia desaparición, pero su historial psicológico y académico no mostraba signos de depresión, problemas conductuales o conflictos familiares que pudieran motivar tal decisión. Los años 2006 y 2007 marcaron una fase de aceptación gradual, aunque nunca completa, de la posibilidad de que Mateo hubiera muerto en las grutas.

 La familia comenzó a considerar la organización de una ceremonia conmemorativa, pero Aurelio se resistía firmemente a cualquier acto que pudiera interpretarse como una aceptación final de la muerte de su hijo. Esta tensión creó fricciones adicionales en un matrimonio ya sometidoa presiones extraordinarias. En 2008, 5 años después del desaparecimiento, ocurrió un evento que renovó temporalmente las esperanzas de la familia.

 Un turista estadounidense reportó haber escuchado gritos de auxilio provenientes de una sección profunda de las grutas durante una visita nocturna no autorizada. Aunque la investigación posterior determinó que los sonidos probablemente provenían de murciélagos o del eco de voces de la superficie, el incidente motivó una nueva exploración de galerías que habían sido consideradas inaccesibles.

Esta exploración realizada por un equipo internacional de espele utilizó tecnología de sonar para mapear galerías que se extendían a más de 500 m de profundidad. Los resultados revelaron la existencia de al menos tres cámaras subterráneas del tamaño de catedrales conectadas por pasajes que requerían equipos de buceo en cavernas para ser explorados completamente.

 Sin embargo, no se encontraron evidencias de presencia humana en ninguna de estas áreas. Para 2009, 6 años después del desaparecimiento, la vida de los Aguilar había desarrollado una nueva normalidad construida alrededor de la ausencia de Mateo. Aurelio había regresado al trabajo de tiempo completo, pero dedicaba todos sus fines de semana a actividades relacionadas con la búsqueda.

 Remedios había logrado estabilizar su condición emocional con ayuda de terapia psicológica y medicación, pero nunca había recuperado completamente su capacidad de experimentar alegría espontánea. La habitación de Mateo permanecía exactamente como la había dejado el 8 de julio de 2003. Sus libros de texto estaban apilados en el escritorio, su ropa colgaba en el armario y sus proyectos escolares permanecían pegados en las paredes.

 Remedios limpiaba el cuarto semanalmente, manteniendo todo en perfecto orden, como si esperara el regreso inminente de su hijo. Durante este periodo, la familia había desarrollado una rutina anual de visitar las grutas el 8 de julio, el aniversario del desaparecimiento. Estas visitas, inicialmente devastadoras habían evolucionado hacia ceremonias más contemplativas, donde reflexionaban sobre los recuerdos positivos de Mateo y renovaban su compromiso de continuar buscándolo.

 Aurelio utilizaba estas ocasiones para actualizar a los empleados de las grutas sobre cualquier nuevo desarrollo en el caso y para asegurar que permanecieran alerta ante cualquier descubrimiento fortuito. La red de contactos que la familia había desarrollado se había expandido internacionalmente. Mantenían correspondencia regular con familias en situaciones similares en otros países, intercambiando información sobre técnicas de búsqueda y estrategias de supervivencia emocional.

 Esta red proporcionaba un apoyo invaluable, especialmente durante los momentos de mayor desesperanza. En los primeros meses de 2010, 7 años después del desaparecimiento, la investigación oficial había sido formalmente archivada, aunque técnicamente permanecía abierta. El agente Tapia había sido transferido a otros casos, pero mantenía contacto informal con la familia y había prometido responder inmediatamente a cualquier nuevo desarrollo.

 La falta de recursos oficiales significaba que cualquier búsqueda futura dependería principalmente de esfuerzos voluntarios y de la persistencia de la familia. Fue en este contexto de esperanza reducida, pero nunca extinguida que ocurriría el evento que cambiaría todo. La rutina establecida, la aceptación dolorosa y la nueva normalidad estaban a punto de ser destruidas por un descubrimiento que nadie había anticipado.

 Después de 7 años de búsqueda infructuosa en las profundidades de las brutas, la clave del misterio estaba a punto de emerger de un lugar completamente inesperado. 15 de julio de 2010, exactamente 7 años y una semana después del desaparecimiento de Mateo Aguilar, un evento aparentemente rutinario desencadenaría la secuencia de descubrimientos que finalmente revelaría la verdad sobre su destino.

 Ese día, el ingeniero de mantenimiento Jacinto Leal realizaba su inspección mensual de los sistemas de drenaje en el área perimetral del complejo turístico de las Grutas de Cacauamilpa. Jacinto, un hombre de 54 años con 26 años de experiencia en mantenimiento de infraestructura turística, había sido contratado específicamente para supervisar las mejoras de seguridad implementadas después del desaparecimiento de Mateo.

 Su trabajo incluía la revisión regular de todas las instalaciones, desde los sistemas eléctricos hasta los caminos de acceso y las áreas de estacionamiento. La temporada de lluvias de 2010 había sido particularmente intensa en la región de Guerrero. Durante las primeras dos semanas de julio se habían registrado precipitaciones equivalentes al 140% del promedio histórico para ese periodo.

Esta lluvia extraordinaria había causado deslizamientos menores en varias áreas del complejo, requiriendo trabajos delimpieza y estabilización que mantenían ocupado al personal de mantenimiento. Jacinto se dirigía hacia una zona de drenaje ubicada aproximadamente a 800 m al suroeste de la entrada principal de las brutas en un área que tradicionalmente había permanecido seca durante la mayor parte del año.

 Sin embargo, las lluvias recientes habían activado un arroyo estacional que corría paralelo a uno de los senderos secundarios utilizados ocasionalmente por grupos especializados de espeleología. Era aproximadamente las 2:30 de la tarde cuando Jacinto notó algo inusual en el terreno cerca del drenaje.

 La erosión causada por el agua había expuesto parcialmente lo que parecía ser un objeto metálico enterrado a poca profundidad. Inicialmente pensó que podría tratarse de algún componente de tubería vieja o algún residuo de construcción de décadas anteriores cuando el complejo turístico había sido desarrollado. Sin embargo, al acercarse para examinar el objeto más detenidamente, Jacinto se dio cuenta de que se trataba de algo mucho más pequeño y definido que tubería industrial.

Usando una pala pequeña que llevaba en su equipo de trabajo, comenzó a excavar cuidadosamente alrededor del objeto, tratando de no dañarlo en caso de que tuviera algún valor histórico o arqueológico. Lo que emergió del suelo húmedo fue una linterna compacta de metal plateado, considerablemente corroída por años de exposición a la humedad subterránea, pero aún reconocible en su forma básica.

 La linterna estaba semienterrada a una profundidad de aproximadamente 40 cm. en una posición que sugería que había sido depositada allí deliberadamente en lugar de haber caído accidentalmente. Jacinto, que había trabajado en el complejo durante todo el periodo de búsqueda de Mateo Aguilar, reconoció inmediatamente la potencial importancia de su descubrimiento.

 sabía que entre los objetos personales que el adolescente llevaba consigo el día de su desaparecimiento se encontraba una linterna, un detalle que había sido ampliamente discutido durante las investigaciones y que aparecía en todos los volantes de búsqueda distribuidos a lo largo de los años. Sin tocar más el objeto, Jacinto marcó la ubicación exacta usando su GPS de mano y tomó varias fotografías con su teléfono celular.

 Luego se dirigió inmediatamente a la oficina administrativa para reportar el hallazgo al director del complejo, Ulises Cordero, quien había estado en el cargo desde 2006 y conocía todos los detalles del caso Aguilar. Cordero examinó las fotografías y confirmó que la descripción de la linterna correspondía con la que había proporcionado la familia Aguilar años antes.

 Sin perder tiempo, contactó directamente al agente ministerial Lorenzo Tapia, quien aunque ya no tenía el caso asignado oficialmente, había mantenido su interés personal en el desarrollo de la investigación. A las 4:45 de la tarde, Tapia llegó al complejo acompañado por un técnico en criminalística de la Procuraduría General de Justicia del Estado.

 Su primera acción fue acordonar el área del descubrimiento y comenzar un procedimiento formal de preservación de evidencia. La linterna fue fotografiada in citu desde múltiples ángulos antes de ser cuidadosamente extraída del suelo utilizando técnicas arqueológicas para preservar cualquier evidencia adicional que pudiera estar presente.

 El examen preliminar de la linterna reveló varios detalles significativos. Aunque la corrosión había afectado considerablemente la superficie metálica, era posible distinguir marcas de desgaste que sugerían uso prolongado. Más importante aún, en uno de los lados menos corroídos se podían discernir parcialmente las letras de una inscripción grabada que parecía corresponder con la descripción que la familia había proporcionado para mi explorador favorito.

 La ubicación del hallazgo planteaba preguntas inmediatas e inquietantes. El área donde se encontró la linterna estaba completamente fuera de la ruta turística de las grutas, separada de la entrada principal por terreno accidentado que requería al menos 20 minutos de caminata para un adulto en condiciones normales.

 No había senderos marcados que condujeran directamente a esa zona y no existía ninguna razón obvia por la que un visitante casual se dirigiera hacia esa área. Más perturbador aún era el hecho de que esta zona había sido inspeccionada superficialmente durante las búsquedas masivas de 2003 y 2004, pero las características del terreno y la vegetación densa habían hecho improbable una exploración exhaustiva.

 La profundidad a la que se encontró la linterna sugería que había estado allí durante años, posiblemente desde la época del desaparecimiento, pero que factores naturales la habían mantenido oculta hasta que la erosión reciente la había expuesto parcialmente. El protocolo establecido requería notificar inmediatamente a la familia Aguilar sobre el descubrimiento.

Esta responsabilidad recayó en el agente Tapia, quien había desarrollado una relación de confianza con Aurelio y Remedios a lo largo de los años. La llamada telefónica se realizó a las 6:20 de la tarde, encontrando a Aurelio en su taller mecánico al final de una jornada laboral rutinaria. La reacción inicial de Aurelio fue de incredulidad seguida por una mezcla de esperanza renovada y terror anticipado.

 Después de 7 años de búsqueda infructuosa, el descubrimiento de evidencia tangible representaba tanto una validación de su persistencia como una confirmación de sus peores temores. inmediatamente abandonó su trabajo y se dirigió a casa para recoger a Remedios, quien había estado pasando una tarde relativamente tranquila cuando recibió la noticia que cambiaría nuevamente el curso de sus vidas.

 El viaje de los Aguilar hacia las grutas esa tarde fue marcado por una tensión silenciosa que contrastaba dramáticamente con la desesperación frenética de 7 años antes. Ambos entendían intuitivamente que este descubrimiento probablemente no traería el final feliz que habían imaginado durante tanto tiempo, sino más bien el tipo de cierre definitivo que habían temido, pero que necesitaban para poder comenzar un proceso real de duelo.

 Al llegar al complejo a las 8:15 de la noche fueron recibidos por el agente Tapia y conducidos hacia el área del descubrimiento que permanecía acordonada y bajo vigilancia. La linterna, ya extraída y colocada en una bolsa de evidencia transparente, fue mostrada a los padres para su identificación formal.

 Remedius reconoció inmediatamente el objeto, confirmando no solo el modelo y las características físicas, sino también la inscripción parcialmente visible que correspondía exactamente con el regalo que el abuelo de Mateo le había dado. Su reacción fue de llanto silencioso, una liberación emocional que había estado contenida durante años de incertidumbre.

 Aurelio, manteniendo su característica con postura externa, examinó meticulosamente la linterna y confirmó todos los detalles que la identificaban como perteneciente a su hijo. La identificación positiva de la linterna marcó oficialmente el reinicio de la investigación activa del caso. El agente Tapia explicó a la familia que el siguiente paso sería una búsqueda exhaustiva del área circundante al lugar del hallazgo, utilizando técnicas más avanzadas que las disponibles en 2003.

También se realizarían análisis forenses detallados de la linterna para determinar cualquier evidencia adicional que pudiera proporcionar pistas sobre los eventos que llevaron a su presencia en esa ubicación. La noticia del descubrimiento se extendió rápidamente entre la comunidad local y los medios de comunicación regionales.

 Para la mañana del 16 de julio, periodistas de varios estados habían llegado al complejo, renovando el interés público en un caso que había capturado la atención nacional 7 años antes. Sin embargo, las autoridades mantuvieron estrictas medidas de control de acceso para preservar la integridad de la investigación.

 Durante los siguientes tres días, un equipo especializado de la Procuraduría realizó una búsqueda sistemática de toda el área en un radio de 200 m alrededor del lugar donde se encontró la linterna. Esta búsqueda utilizó detectores de metales, radares de penetración terrestre y perros especializados en la detección de restos humanos.

 El terreno accidentado y la vegetación densa complicaron significativamente el trabajo, pero el equipo mantuvo un enfoque meticuloso. El 19 de julio de 2010, a las 11:30 de la mañana, los detectores de metales identificaron una anomalía a aproximadamente 35 m al noreste del lugar donde se había encontrado la linterna.

 La señal era débil, pero consistente, sugiriendo la presencia de objetos metálicos enterrados a mayor profundidad que la linterna. El área fue marcada cuidadosamente para excavación posterior, siguiendo protocolos estrictos de preservación de evidencia. Este nuevo hallazgo marcó el comienzo de la fase más intensa y emotivamente cargada de toda la investigación.

 La familia Aguilar, que había vivido en un limbo emocional durante 7 años, se preparaba para enfrentar la posibilidad de descubrimientos que podrían proporcionar finalmente las respuestas que habían buscado, pero que también podrían confirmar definitivamente la pérdida de su hijo. La excavación programada para el día siguiente prometía revelar secretos que habían permanecido enterrados durante casi una década.

 Sin embargo, ninguno de los presentes estaba preparado para la complejidad de la verdad que estaba a punto de emerger del suelo de esa área remota. Una verdad que explicaría no solo el destino de Mateo Aguilar, sino también los extraordinarios eventos que habían llevado a su presencia en un lugar tan inesperado.

 La madrugada del 20 de julio de 2010 amaneció con una bruma característica de la temporada delluvias en las montañas de Guerrero. El equipo forense había establecido un perímetro de trabajo meticuloso alrededor del punto donde los detectores de metales habían identificado la anomalía subterránea. La tensión era palpable entre todos los presentes, investigadores, técnicos y especialmente Aurelio y Remedios Aguilar, quienes habían permanecido en un hotel cercano durante la noche, incapaces de alejarse del lugar donde finalmente podrían obtener respuestas definitivas. El

proceso de excavación comenzó a las 7 de la mañana bajo la supervisión directa del périto forense Plácido Contreras, especialista en exumaciones con más de 15 años de experiencia en casos similares. Contreras había explicado a la familia que el procedimiento sería lento y meticuloso, diseñado para preservar cualquier evidencia que pudiera estar presente y para garantizar que ningún detalle importante fuera pasado por alto.

 Los primeros centímetros de excavación revelaron suelo compactado que mostraba signos de haber sido perturbado años antes. La textura y coloración de la tierra eran diferentes a las capas circundantes, sugiriendo que el área había sido excavada y rellenada en algún momento del pasado. Esta observación inicial confirmó las sospechas de que el sitio no era resultado de procesos naturales, sino de actividad humana deliberada.

 A medida que la excavación progresaba, emergieron gradualmente varios objetos que intensificaron tanto la esperanza como la aprensión de todos los presentes. A una profundidad de aproximadamente 60 cm aparecieron fragmentos de tela que, aunque deteriorados por años de exposición a la humedad subterránea, conservaban suficientes características para ser identificables como restos de ropa.

Remedius Aguilar reconoció inmediatamente el patrón y color de uno de los fragmentos como parte de la camisa que Mateo había usado el día de su desaparecimiento. Era una camisa de algodón azul claro con pequeñas rayas blancas, una prenda que ella misma había lavado y planchado la noche anterior a la excursión escolar.

La confirmación visual fue devastadora, pero también representó la primera evidencia física concreta de que su hijo había estado en esa ubicación. Continuando con la excavación, el equipo descubrió los restos de una mochila escolar, la misma que Mateo había llevado consigo a las grutas. Aunque el material sintético había resistido mejor el paso del tiempo que la ropa, la mochila estaba severamente deteriorada.

Su contenido, sin embargo, proporcionó evidencia adicional crucial, los restos de una libreta de apuntes, una cámara desechable, irreparablemente dañada, y varios objetos personales que la familia confirmó como pertenecientes a Mateo. El momento más impactante llegó a las 10:45 de la mañana, cuando la excavación reveló la presencia de restos óseos humanos.

 El périto Contreras suspendió inmediatamente el trabajo manual y solicitó la presencia de un antropólogo forense para continuar con la exhumación utilizando técnicas especializadas. La confirmación de que se trataba de restos humanos marcó oficialmente la transformación del caso de desaparición en una investigación de homicidio. La llegada del antropólogo forense, la doctora Luz Carrillo, especialista del Instituto Nacional de Antropología e Historia, introdujo una nueva dimensión técnica a la investigación.

 Su primera evaluación preliminar confirmó que los restos correspondían a un individuo joven consistente con la edad de Mateo al momento de su desaparecimiento. Sin embargo, un análisis detallado requeriría la exhumación completa y estudios de laboratorio que tomarían varias semanas. Durante este proceso, la familia Aguilar experimentó una montaña rusa emocional compleja.

 Por un lado, la confirmación de la muerte de Mateo representaba el final de 7 años de incertidumbre tortuosa. Por otro lado, planteaba preguntas aún más perturbadoras sobre las circunstancias de su muerte y sobre cómo había llegado a estar enterrado en una ubicación tan remota y específica. Aurelio, con su característica necesidad de comprender todos los detalles técnicos, bombardeó a los investigadores con preguntas sobre la posición de los restos, la profundidad del entierro y cualquier evidencia de trauma físico que pudiera

explicar la causa de muerte. Su insistencia en obtener respuestas inmediatas reflejaba tanto su naturaleza analítica como su desesperación por entender que había pasado con su hijo durante sus últimas horas. La investigación se expandió inmediatamente para incluir un análisis exhaustivo de la escena del crimen.

 El área fue fotografiada meticulosamente desde múltiples ángulos. Se tomaron muestras de suelo para análisis químico y se documentó la posición exacta de cada objeto encontrado. La ubicación del entierro, su profundidad y la disposición de los restos sugerían un nivel de planificación que descartaba laposibilidad de un accidente simple.

 Una de las observaciones más inquietantes fue la precisión con la que el cuerpo había sido enterrado. La fosa mostraba dimensiones específicas y una profundidad uniforme que indicaba el uso de herramientas adecuadas y tiempo suficiente para realizar el trabajo sin interrupciones. Esta evidencia sugería que quien había enterrado a Mateo tenía conocimiento del área y acceso al lugar sin ser observado.

 El análisis preliminar de los restos óseos reveló la ausencia de trauma obvio que pudiera explicar una causa de muerte violenta. No había evidencia de fracturas en el cráneo, costillas rotas o lesiones defensivas que pudieran sugerir una lucha física. Esta observación planteó la posibilidad de que Mateo hubiera muerto por causas que no dejaran evidencia esquelética como asfixia, envenenamiento o algún tipo de accidente médico.

 Mientras la investigación forense continuaba, el agente Tapia había comenzado a reconstruir los eventos del 8 de julio de 2003 con una perspectiva completamente nueva. La ubicación del entierro, a 800 m de las grutas sugería que Mateo había salido del sistema de cavernas. ya fuera por voluntad propia o bajo coersión.

 Esto contradecía todas las teorías previas que habían asumido que el adolescente había muerto dentro de las grutas. La revisión de la investigación original reveló varias pistas que habían sido subestimadas o malinterpretadas en su momento. En particular, el testimonio de un trabajador de mantenimiento que había reportado haber visto a un adolescente cerca del área de estacionamiento alrededor de las 2 de la tarde del 8 de julio había sido descartado porque no correspondía con la cronología establecida del desaparecimiento dentro de las grutas. Este testimonio

proporcionado por Zacarías Velasco, un trabajador que ya no laboraba en el complejo en 2010, describía haber visto a un joven que correspondía con la descripción de Mateo caminando solo hacia el área boscosa al suroeste del complejo turístico. Velasco había mencionado que el joven parecía desorientado o confundido, pero no había intervenido porque asumió que se trataba de algún visitante que conocía el área.

La reevaluación de este testimonio, bajo la luz de los nuevos descubrimientos, sugería la posibilidad de que Mateo hubiera salido de las brutas sin ser detectado y hubiera caminado hacia el área donde eventualmente sería enterrado. Sin embargo, esta teoría planteaba preguntas adicionales sobre porque había dejado el grupo, como había logrado salir sin ser visto y qué eventos habían llevado a su muerte en esa ubicación remota.

 El análisis de la ropa y objetos personales encontrados en la excavación proporcionó pistas adicionales sobre la cronología de los eventos. El estado de conservación de algunos materiales sugería que habían sido enterrados poco tiempo después del desaparecimiento, confirmando que Mateo había muerto en julio de 2003 y no había sobrevivido durante un periodo prolongado después de su desaparición.

Una de las revelaciones más perturbadoras emergió del análisis de la libreta de apuntes encontrada en la mochila. Aunque la mayoría de las páginas estaban irreparablemente dañadas por la humedad, los técnicos del laboratorio forense lograron recuperar fragmentos de texto de las últimas entradas.

 Estas notas fechadas el 8 de julio de 2003 describían observaciones sobre las formaciones geológicas de las grutas, pero también incluían comentarios sobre encontrar la entrada secreta y explorar más allá de donde van los turistas. Estos comentarios confirmaban que Mateo había tenido la intención deliberada de explorar áreas restringidas de las grutas, proporcionando una explicación plausible para su separación del grupo.

 Sin embargo, no explicaban como había terminado fuera del sistema de cavernas, ni que había ocurrido entre su salida de las grutas y su muerte en el área boscosa. La investigación se intensificó con la incorporación de un equipo especializado en reconstrucción de escenas del crimen. Este equipo utilizó tecnología de modelado tridimensional para crear una representación exacta del sitio del entierro y de la posición de todos los objetos encontrados.

 El objetivo era identificar cualquier patrón que pudiera proporcionar pistas sobre la identidad o motivaciones de la persona responsable del entierro. El análisis de patrones reveló varios detalles significativos. La orientación del cuerpo, la disposición de los objetos personales y las características de la fosa sugerían un nivel de cuidado y respeto que era inconsistente con un acto criminal típico.

 Era como si quien había enterrado a Mateo hubiera tenido una conexión personal con él o hubiera experimentado remordimiento por su muerte. Durante este periodo de investigación intensiva, la familia Aguilar recibió apoyo continuo de la trabajadora social Graciela Ibarra y delpsicólogo forense Timoteo Ramos. especialista en trauma familiar asociado con casos de homicidio.

 El proceso de confirmación de la muerte de su hijo, después de años de incertidumbre, requería un tipo diferente de apoyo emocional que el que habían necesitado durante el periodo de búsqueda. Remedios había entrado en una fase de duelo anticipado que la alternaba entre momentos de alivio por finalmente tener respuestas y episodios de dolor renovado por la confirmación de sus peores temores.

 Aurelio, característicamente canalizó su dolor hacia una determinación obsesiva de entender todos los detalles de lo que había ocurrido, insistiendo en participar en cada aspecto de la investigación que las autoridades permitieran. El 25 de julio de 2010, 5 días después del descubrimiento de los restos, llegaron los resultados preliminares del análisis antropológico.

 La doctora Carrillo confirmó que los restos correspondían a un varón adolescente de aproximadamente 16 años de edad con características físicas consistentes con la descripción de Mateo Aguilar. La confirmación definitiva requeriría análisis de ADN, pero la evidencia circunstancial era abrumadoramente consistente. Más importante aún, el análisis reveló evidencia de una fractura menor en una de las vértebras cervicales que había sanado parcialmente antes de la muerte.

Esta lesión correspondía exactamente con una caída que Mateo había sufrido de su bicicleta 6 meses antes de su desaparecimiento, proporcionando una confirmación adicional de la identidad de los restos. Sin embargo, el análisis también reveló una anomalía inesperada que complicaría significativamente la investigación.

 El examen detallado de los huesos mostró evidencia de exposición a elementos químicos que no eran consistentes con el proceso normal de descomposición en suelo natural. Esta evidencia sugería que el cuerpo había sido tratado con algún tipo de sustancia preservativa o había estado expuesto a condiciones ambientales inusuales antes del entierro.

 Esta revelación planteó preguntas completamente nuevas sobre las circunstancias de la muerte de Mateo y sobre el periodo entre su muerte y su entierro. ¿Había sido su cuerpo mantenido en algún otro lugar antes de ser enterrado en esa ubicación? ¿Qué tipo de persona tendría acceso a sustancias químicas preservativas y conocimiento sobre su uso? Estas preguntas dirigirían la investigación hacia territorios completamente inexplorados.

 La complejidad creciente del caso había atraído la atención de las autoridades federales. El 28 de julio, agentes de la Procuraduría General de la República llegaron para colaborar con la investigación estatal, trayendo recursos adicionales y experiencia especializada en casos complejos de homicidio. Su participación señaló el reconocimiento oficial de que el caso había evolucionado más allá de las capacidades de la investigación local.

 Con la llegada de los investigadores federales, la familia Aguilar se preparaba para una nueva fase de la investigación que prometía ser aún más intensa y reveladora que todo lo que habían experimentado durante los 7 años anteriores. Las respuestas que tanto habían buscado estaban finalmente al alcance, pero cada descubrimiento parecía revelar capas adicionales de misterio que complicaban la comprensión de lo que realmente había ocurrido con su hijo.

 La verdad completa sobre el destino de Mateo Aguilar estaba a punto de emerger, pero sería una verdad más compleja y perturbadora de lo que cualquiera había imaginado. El 2 de agosto de 2010, tres semanas después del descubrimiento inicial de la linterna, la investigación del caso Mateo Aguilar experimentó un punto de inflexión decisivo que revelaría la verdad completa sobre los eventos del 8 de julio de 2003.

 La llegada de los investigadores federales había introducido recursos tecnológicos avanzados y técnicas de interrogatorio especializadas que transformarían completamente la comprensión del caso. El agente federal Leopoldo Rangel, especialista en casos complejos de desaparición y homicidio, había adoptado un enfoque sistemático que revisaba meticulosamente todos los aspectos de la investigación original.

 Su experiencia de 20 años en casos similares le había enseñado que las respuestas frecuentemente se encontraban en detalles que habían sido pasados por alto o malinterpretados durante las investigaciones iniciales. La primera revelación significativa surgió del análisis forense avanzado de los restos óseos.

 Los laboratorios federales habían identificado trazas de formaldeído en los huesos, una sustancia que confirmaba la teoría de que el cuerpo había sido preservado químicamente antes del entierro. Esta evidencia era particularmente significativa porque el formaldeído no era una sustancia que estuviera disponible comúnmente para el público general, sino que requería acceso a suministros médicos ocientíficos especializados.

El agente Rangel comenzó a investigar sistemáticamente a todas las personas que habían tenido contacto con Mateo el día de su desaparecimiento y que también tuvieran acceso potencial a sustancias preservativas. Esta investigación lo llevó a reexaminar el personal del complejo turístico, los miembros del grupo escolar y cualquier otra persona que hubiera estado en las grutas el 8 de julio de 2003.

 Durante este proceso emergió información que había sido subestimada en la investigación original. Rogelio Jiménez, el guía turístico que había conducido el grupo de Mateo, había mencionado casualmente durante interrogatorios previos que su hermano, Laureano Jiménez, trabajaba como técnico en el laboratorio municipal de análisis de agua en el pueblo cercano de Pilcaya.

Esta información no había sido considerada relevante en 2003, pero adquirió una importancia crucial bajo la luz de la evidencia química encontrada en los restos. Laureano Jiménez, de 38 años en 2003, había trabajado durante 15 años en el laboratorio municipal, donde tenía acceso rutinario a una variedad de químicos preservativos, incluyendo formaldeído.

 Su trabajo requería que manejara muestras de agua de diversas fuentes, incluyendo algunas provenientes del sistema subterráneo de las grutas, lo que le proporcionaba conocimiento detallado sobre la geología local y las características del terreno circundante. El 3 de agosto, el agente Rangel ordenó la localización e interrogatorio de Laureano Jiménez.

 Sin embargo, el proceso reveló que Jiménez había dejado su trabajo en el laboratorio en octubre de 2003, apenas 3 meses después del desaparecimiento de Mateo, citando razones personales para su renuncia. Había permanecido en la región durante 2 años más antes de mudarse a la Ciudad de México, donde había encontrado empleo en una empresa privada de tratamiento de aguas.

 La localización de Jiménez en la Ciudad de México requirió varios días de trabajo de investigación. Cuando finalmente fue contactado el 6 de agosto, su reacción inicial fue de nerviosismo extremo que inmediatamente alertó a los investigadores. Aceptó cooperar con la investigación, pero insistió en que no tenía información relevante sobre el caso.

 El interrogatorio inicial de Laureano Jiménez, realizado en las oficinas de la Procuraduría en la Ciudad de México, reveló inconsistencias significativas en su memoria de los eventos de julio de 2003. Aunque afirmaba recordar vagamente el desaparecimiento de Mateo porque había sido un evento importante en la comunidad local, no podía explicar porque había decidido dejar su trabajo estable en el laboratorio tan poco tiempo después del incidente.

 Bajo presión creciente, Jiménez comenzó a revelar detalles que no había mencionado durante los interrogatorios de 2003. admitió que había estado en las grutas el 8 de julio de 2003, no como parte de su trabajo oficial, sino realizando una inspección personal de las fuentes de agua subterránea que le habían reportado como contaminadas por visitantes irresponsables que arrojaban basura en áreas restringidas.

 Esta revelación era crucial porque establecía que Jiménez había estado presente en las grutas el día del desaparecimiento de Mateo, pero no había mencionado este hecho durante ninguna de las investigaciones previas. Cuando se le preguntó por qué había omitido esta información, Jiménez afirmó que no había considerado su presencia relevante porque había estado trabajando en áreas completamente diferentes a las utilizadas por los grupos turísticos.

Sin embargo, cuando los investigadores presionaron para obtener detalles específicos sobre su ubicación y actividades ese día, la historia de Jiménez comenzó a desmoronarse. Sus descripciones de las áreas que había visitado eran vagas e inconsistentes y no podía proporcionar evidencia de que realmente hubiera estado realizando trabajo relacionado con muestras de agua.

 El 8 de agosto, después de dos días de interrogatorios intensivos, Laureano Jiménez finalmente admitió que no había estado en las grutas por razones profesionales el 8 de julio de 2003. Bajo una presión emocional extrema, confesó que había estado siguiendo al grupo escolar porque había desarrollado una obsesión perturbadora con uno de los estudiantes, Mateo Aguilar.

 Esta admisión transformó completamente la naturaleza de la investigación. Jiménez reveló que había observado a Mateo durante visitas escolares previas al laboratorio municipal, donde el adolescente había participado en programas educativos sobre calidad del agua. Había quedado impresionado por la curiosidad intelectual y la madurez del joven, desarrollando gradualmente una fascinación que había evolucionado hacia una obsesión no saludable.

 Jiménez describió cómo había planificado estar presente durante la excursión escolar del 8 de julio, esperando tener laoportunidad de interactuar con Mateo en un ambiente más informal. Su conocimiento detallado del sistema de grutas, desarrollado a través de años de trabajo con muestras de agua subterránea, le había permitido moverse por áreas restringidas sin ser detectado por el personal turístico.

 La confesión reveló que Jiménez había observado cuando Mateo se había separado del grupo en el corredor entre la sala de la serpiente y la sala de los órganos. En lugar de alertar a los guías, había decidido seguir al adolescente, presentándose como un empleado del complejo que estaba allí para ayudarlo a regresar con su grupo.

 Mateo, confiando en la autoridad aparente de un adulto que afirmaba trabajar en el lugar, había seguido a Jiménez a través de una serie de galerías no turísticas que eventualmente los habían llevado a una salida natural del sistema de cavernas. Jiménez afirmó que su intención había sido impresionar al joven con su conocimiento de las áreas secretas de las brutas, esperando establecer una conexión personal que pudiera continuar después de la excursión.

 Sin embargo, cuando habían salido del sistema de cavernas y se habían encontrado en el área boscosa, Mateo había comenzado a mostrar signos de alarma y había insistido en regresar inmediatamente con su grupo. Jiménez, temiendo que el adolescente reportara su comportamiento inapropiado, había intentado convencerlo de que manteniera en secreto su encuentro.

 La situación se había deteriorado rápidamente cuando Mateo había comenzado a gritar pidiendo ayuda. Jiménez, en un momento de pánico, había intentado silenciarlo cubriéndole la boca con la mano. En la lucha que siguió, Mateo había caído y se había golpeado la cabeza contra una roca, sufriendo una lesión que había resultado en pérdida de conciencia inmediata.

Jiménez describió los minutos siguientes como los más aterrorizantes de su vida. Mateo había dejado de respirar y todos sus intentos de reanimación habían fracasado. Confrontado con la realidad de que el adolescente había muerto como resultado de sus acciones, había entrado en un estado de que había durado varias horas.

 La descripción de los eventos que siguieron reveló el nivel extraordinario de planificación y conocimiento técnico que Jiménez había aplicado para ocultar su crimen. Había transportado el cuerpo de Mateo a su laboratorio utilizando su vehículo oficial para evitar sospechas. Durante las siguientes 48 horas había utilizado técnicas de preservación química para mantener el cuerpo mientras decidía qué hacer.

 El formaldeído encontrado en los restos óseos había sido aplicado durante este periodo cuando Jiménez había intentado preservar el cuerpo mientras planeaba una forma de deshacerse de la evidencia que no levantara sospechas. Su conocimiento de la química forense, desarrollado a través de años de trabajo en el laboratorio, le había proporcionado comprensión sobre cómo minimizar la evidencia física.

 Tres días después de la muerte de Mateo, Jiménez había transportado el cuerpo al área boscosa donde eventualmente sería encontrado en 2010. Había elegido esa ubicación específicamente porque su trabajo le había dado conocimiento detallado sobre los patrones de drenaje estacional y las características del suelo que harían improbable el descubrimiento accidental del entierro.

 La linterna de Mateo había sido enterrada separadamente como una medida de precaución adicional. Jiménez había razonado que si el cuerpo era descubierto eventualmente, la ausencia de objetos personales específicos podría dificultar la identificación positiva. La erosión causada por las lluvias extraordinarias de 2010 había expuesto la linterna de una manera que Jiménez nunca había anticipado.

 La confesión completa de Laureano Jiménez se extendió durante más de 12 horas de interrogatorio, revelando no solo los detalles específicos del crimen, sino también la complejidad psicológica de sus motivaciones. Su obsesión con Mateo había sido alimentada por una combinación de admiración intelectual genuina y fantasías inapropiadas que había sido incapaz de controlar.

 La revelación de la verdad tuvo un impacto devastador en la familia Aguilar. Remedios experimentó una crisis emocional que requirió hospitalización temporal, mientras que Aurelio luchaba por procesar la realidad de que su hijo había muerto como resultado de las acciones de un depredador que había abusado de su posición de autoridad percibida.

 El hermano de Laureano Rogelio Jiménez, el guía turístico, fue también interrogado intensivamente. Susc y horror genuinos ante las revelaciones confirmaron que no había tenido conocimiento de las actividades de su hermano. Sin embargo, la investigación reveló que había notado cambios en el comportamiento de Laureano después del desaparecimiento de Mateo, incluyendo episodios de ansiedad y depresión que había atribuido a estréslaboral.

 La confesión de Laureano Jiménez marcó oficialmente el final de la investigación criminal, pero el comienzo de un proceso legal complejo que se extendería durante meses. Su arresto por homicidio culposo y ocultamiento de evidencia representó una forma de justicia para la familia Aguilar, aunque ninguna cantidad de justicia legal podría compensar los 7 años de agonía que habían experimentado.

El juicio de Laureano Jiménez comenzó el 15 de marzo de 2011, 8 meses después de su confesión y casi 8 años después del desaparecimiento de Mateo Aguilar. El caso había atraído atención nacional debido a la combinación única de elementos, la duración extraordinaria de la búsqueda, la complejidad técnica de la investigación y la naturaleza perturbadora de los motivos del perpetrador.

 La Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero había asignado al caso a su equipo de fiscales más experimentado, liderado por la licenciada Olivia Cervantes, especialista en casos de homicidio con circunstancias agravantes. La defensa de Jiménez, dirigida por el abogado Maximiliano Lara, había optado por una estrategia de reducción de culpabilidad basada en la naturaleza no premeditada del crimen.

 Durante el juicio que se extendió por 6 semanas, se presentó evidencia exhaustiva que confirmó todos los aspectos de la confesión de Jiménez. Los análisis forenses detallados corroboraron la presencia de Formaldeído en los restos, la cronología del entierro y las circunstancias de la muerte. El testimonio de expertos en psicología forense proporcionó contextos sobre los patrones de comportamiento obsesivo que habían motivado las acciones de Jiménez.

 Uno de los momentos más impactantes del juicio fue el testimonio de Aurelio y Remedios Aguilar, quienes describieron el impacto devastador que el desaparecimiento de su hijo había tenido en sus vidas durante casi una década. Su testimonio, marcado por una dignidad notable, a pesar del dolor evidente, conmovió profundamente a todos los presentes en la sala del tribunal.

 Remedios describió los años de incertidumbre como vivir en un limbo emocional donde nunca podíamos llorar completamente porque siempre existía la esperanza de que regresara, pero tampoco podíamos celebrar porque sabíamos que algo terrible había ocurrido. Su testimonio ilustró vidamente el tipo de trauma psicológico único que experimentan las familias de personas desaparecidas.

Aurelio, manteniendo la compostura analítica que lo había caracterizado durante toda la investigación, proporcionó un testimonio detallado sobre el impacto financiero y social del caso en su familia. describió cómo habían gastado todos sus ahorros en la búsqueda, como había afectado su capacidad de trabajar y como la incertidumbre había erosionado gradualmente sus relaciones sociales.

 El testimonio más difícil de escuchar fue el de Esteban Velasco, el compañero de clase de Mateo que había estado con el momentos antes de su desaparición. Esteban, ahora de 24 años, describió como la culpa por no haber notado inmediatamente la ausencia de Mateo había afectado su vida durante 8 años, causando problemas de ansiedad y dificultades en sus relaciones personales.

 La defensa de Jiménez intentó argumentar que el crimen había sido el resultado de un encuentro accidental que había escalado trágicamente sin intención homicida. Sin embargo, la evidencia de planificación posterior al crimen, incluyendo el uso de formaldeído, la selección cuidadosa del sitio de entierro y la separación deliberada de los objetos personales, demostró un nivel de premeditación que contradecía esta narrativa.

Particularmente damaging para la defensa fue la revelación de que Jiménez había mantenido un registro detallado de las visitas escolares al laboratorio municipal con anotaciones específicas sobre Mateo que revelaban la naturaleza obsesiva de su interés. Este registro encontrado durante el registro de su residencia incluía fotografías no autorizadas del adolescente y especulaciones escritas sobre su personalidad e intereses.

 El 28 de abril de 2011, después de 6 horas de deliberación, el jurado encontró a Laureano Jiménez culpable de homicidio culposo agravado y ocultamiento de evidencia. La sentencia dictada por el juez Cayetano Ibarra fue de 22 años de prisión. el máximo permitido bajo las circunstancias del caso. Durante la lectura de la sentencia, Jiménez pronunció una declaración que representó su primera disculpa pública a la familia Aguilar.

 Con voz quebrada expresó, “Sé que ninguna palabra puede devolver a Mateo, ni reparar el daño que he causado. Mi egoísmo y mi cobardía destruyeron una vida brillante y torturaron a una familia que no merecía este sufrimiento. Viviré el resto de mi vida con esta culpa.” La reacción de la familia Aguilar a la sentencia fue compleja.

 Aurelio expresó satisfacción por el hecho de que finalmente se habíahecho justicia, pero también frustración porque ninguna cantidad de tiempo en prisión podría devolver los años perdidos de búsqueda y sufrimiento. Remedios, visiblemente agotada por el proceso legal, simplemente declaró, “Ahora finalmente podemos comenzar a llorar a nuestro hijo apropiadamente.

” El cierre legal del caso marcó el comienzo de una nueva fase en la vida de los Aguilar, el proceso de duelo real después de años de limbo emocional. Con el apoyo continuado de la trabajadora social Graciela Ibarra y del psicólogo Timoteo Ramos, comenzaron el difícil trabajo de reconstruir sus vidas alrededor de la aceptación de la pérdida definitiva de Mateo.

 Los restos de Mateo fueron finalmente entregados a la familia para su sepultura apropiada. El funeral celebrado el 15 de mayo de 2011 atrajó a cientos de personas que habían participado en la búsqueda durante los 8 años anteriores. La ceremonia representó no solo una despedida final a Mateo, sino también un reconocimiento de la extraordinaria perseverancia de su familia y de la comunidad que los había apoyado.

 Durante los meses siguientes, la familia estableció la Fundación Mateo Aguilar una organización dedicada a apoyar a familias de personas desaparecidas y a promover mejores protocolos de seguridad en destinos turísticos. Aurelio canalizó su conocimiento técnico desarrollado durante la búsqueda hacia el trabajo de consultoría para otras familias, mientras que Remedios se enfocó en programas de apoyo emocional.

 La investigación del caso también resultó en cambios significativos en los protocolos de seguridad de las grutas de Cacauamilpa. Se implementaron sistemas de monitoreo más estrictos, se mejoraron las barreras físicas para prevenir el acceso a áreas restringidas y se establecieron procedimientos de verificación de antecedentes más rigurosos para todo el personal con acceso a las instalaciones.

 El complejo turístico también estableció un memorial discreto a Mateo en el área de recepción. recordando a los visitantes la importancia de seguir las medidas de seguridad y permanecer con sus grupos. La placa memorial incluye la inscripción en memoria de Mateo Aguilar, joven explorador cuya curiosidad y espíritu de aventura inspirarán para siempre el respeto por la seguridad y la naturaleza.

 El caso Mateo Aguilar se convirtió en un estudio de caso importante para las academias de policía y los programas de investigación criminal en México. La combinación de búsqueda prolongada, evidencia forense compleja y la revelación final de motivaciones psicológicas perturbadoras proporcionó lecciones valiosas sobre la persistencia investigativa y la importancia de examinar todas las posibilidades, por improbables que parezcan.

 Para la comunidad de Pilcaya y las áreas circundantes, el caso representó una pérdida de inocencia que cambió permanentemente la percepción de seguridad local. La revelación de que alguien conocido y respetado en la comunidad había sido capaz de un crimen tan calculado, generó un periodo de introspección y desconfianza que tardó años en sanar.

 En los años siguientes al juicio, Laureano Jiménez permaneció encarcelado, cumpliendo su sentencia sin incidentes significativos. Reportes ocasionales indicaban que había participado en programas de rehabilitación psicológica, aunque había expresado que no esperaba ni merecía el perdón de la familia Aguilar o de la comunidad.

 La historia de Mateo Aguilar se convirtió en un recordatorio poderoso sobre la vulnerabilidad de los jóvenes ante depredadores que abusan de posiciones de autoridad o confianza. También ilustró la importancia de la persistencia familiar y comunitaria en la búsqueda de justicia, demostrando que incluso después de años de búsqueda aparentemente infructuosa, la verdad puede eventualmente emerger.

 Para Aurelio y Remedios Aguilar, el proceso de reconstruir sus vidas después del juicio fue gradual y desafiante. Ambos requirieron años de terapia para procesar completamente el trauma de la pérdida y el descubrimiento de las circunstancias de la muerte de su hijo. Sin embargo, su trabajo con la fundación proporcionó un sentido de propósito que ayudó en su proceso de sanación.

 El legado de Mateo Aguilar trasciende las circunstancias trágicas de su muerte. Su historia sirvió para concientizar sobre los riesgos que enfrentan los jóvenes exploradores y la importancia de la supervisión adulta responsable. También demostró el poder de la perseverancia familiar y comunitaria ante la adversidad, inspirando a otras familias en situaciones similares a nunca abandonar la búsqueda de respuestas.

 En el décimo aniversario del descubrimiento de sus restos, en julio de 2020, la familia Aguilar organizó una ceremonia conmemorativa que celebró no solo la memoria de Mateo, sino también la fuerza y resiliencia de todos aquellos que habían participado en la búsqueda. La ceremonia incluyó la dedicación de unjardín memorial en las grutas de Cacauamilpa, un lugar de reflexión para futuros visitantes sobre la importancia de la seguridad y el respeto por el ambiente natural.

La historia de Mateo Aguilar permanece como un testimonio poderoso sobre la complejidad de la naturaleza humana, la capacidad para el mal que puede existir junto con la capacidad para la perseverancia, el amor y la búsqueda incansable de justicia. Su memoria continúa inspirando mejores prácticas de seguridad y mayor conciencia sobre la protección de los jóvenes en entornos recreativos y educativos.

Este caso nos muestra como la persistencia familiar y la evolución de las técnicas de investigación. pueden eventualmente revelar verdades que permanecen ocultas durante años. La historia de Mateo Aguilar también nos recuerda la importancia de la supervisión responsable y la necesidad de estar alerta ante las señales de comportamiento obsesivo en posiciones de autoridad.