Mi hermano en la cena navideña levantó su copa y dijo, “Salud por los González, menos por Tony, el fracasado de la familia, que lo único que tiene es dinero.” Mis padres se rieron mientras asentían. Luego yo levanté la copa y dije, “Por el fracasado que dejará de pagar sus cuentas.” Y ellos rieron sin saber que en pocos días los desalojarían.

Era la noche de Navidad y la casa de mis padres estaba como siempre. Luces parpadeantes, un árbol lleno de adornos brillantes y ese pesebre que llevábamos usando desde que yo era niño. El olor apavó, puré de papa y ponche llenaba el aire, pero también había algo más, esa tensión familiar que nadie dice en voz alta, pero que todos sentimos.

Los González éramos expertos en fingir que todo estaba bien, aunque por dentro las cosas siempre estaban a punto de explotar. Y esa noche explotaron. En la mesa estaban los de siempre, papá. con su camisa a cuadros y esa panza que no paraba de crecer, cortaba el pavó como si fuera el jefe de una tribu. Mamá, con su delantal rojo y el pelo recogido, servía la comida mientras lanzaba indirecta sobre quien no ayudó en la cocina.

 Mis tíos y primos charlaban de tonterías, el fútbol, el frío. Y luego estaba Raúl, mi hermano mayor, el rey de la familia según todos. Ahí estaba él con su sonrisa de ganador, su novia Carla, una tipa guapa que parecía modelo y sus dos hijos perfectos que decían gracias sin que nadie les insistiera. Y luego estaba yo, Tony, el fracasado.

Así me llamaban desde que tengo memoria, y no porque no tuviera dinero ni éxito, al contrario, yo era el que tenía la plata. Mi negocio de repuestos de autos no me hacía millonario, pero me alcanzaba para mi departamento, mi carro y un montón de billetes extra. El problema no tenía novia, ni esposa, ni amigos, ni vida social.

Me la pasaba trabajando, levantándome a las 6 de la mañana y acostándome a medianoche, revisando números, entregando pedidos, haciendo crecer lo que había construido con mis manos. Para ellos, eso no valía nada. Pobre Tony, decían tan solo, tan aburrido. Mientras tanto, Raúl era el héroe, siempre de fiesta, con una novia en el brazo, amigos por montón y una vida que todos aplaudían.

Que no trabajaba, no importaba, que no tenía ni un peso propio. Da igual, porque yo estaba ahí para mantenerlos a todos. Sí, así era. Yo pagaba todo. Cuando mamá decía que la lavadora se descompuso, ¿quién sacaba la billetera? Tony. Cuando papá quería pintar la casa o arreglar el techo, ¿quién ponía la plata? Tony.

 Y Raúl, el gran Raúl siempre tenía una excusa. Se me fue el dinero en una salida con los chicos. Carla necesitaba un vestido nuevo. Los niños tienen clases de natación y yo, como idiota, pagaba la hipoteca de su casa, la escuela de los niños, hasta las vacaciones que se tomaban cada año. Mis padres no eran mejores, vivían de lo que yo les mandaba cada mes, porque según ellos la pensión no alcanza.

Mientras Raúl se pvoneaba como el hijo perfecto y yo era el tonto que no sabía vivir. Esa noche la cena iba como siempre. Todos comían, reían y se pasaban los platos hasta que Raúl decidió que era hora de brillar. Levantó su copa de vino, vino que yo pagué, por cierto, y dio un golpecito con el cuchillo para que todos se callaran.

Un brindis, dijo con esa voz de actor que usa cuando quiere impresionar. Por los González, la mejor familia del mundo. Salud por todos, menos por Tony, el fracasado, que lo único que tiene es dinero. La mesa se llenó de risas. Papá soltó una carcajada tan fuerte que casi escupe el pavo. Mamá asintió limpiándose una lágrima como si fuera lo más gracioso que había oído.

 Mis tíos rieron por compromiso y Carla sonrió con esa cara de yo no me meto, pero igual me divierto. Raúl me miró con esa mezcla de lástima y superioridad que siempre me clavaba. ¿Ves, Tony? Por eso nadie te quiere. Todo el día trabajando, sin novia, sin amigos. Qué triste. Y todos volvieron a reír. Sentí un nudo en el estómago, pero no era tristeza, era furia.

 Una furia que había estado creciendo por años, alimentada por cada comentario, cada pobre Tony, cada vez que me usaban como su banco personal y luego me trataban como si no valiera nada. Miré mi copa de refresco, porque ni alcohol tomo, otra cosa que les encanta burlarse, y la levanté despacio. Todos se callaron esperando que dijera algo para seguir el chiste.

 Por el fracasado, dije tranquilo, casi sonriendo. El que dejará de pagar sus cuentas. La mesa estalló en risas otra vez. Ay, Tony, qué ocurrencia, dijo mamá dándome una palmada en el hombro. Papá asintió diciendo, “Ese es mi hijo, siempre con sus bromitas.” Raúl me miró con una ceja levantada, como si pensara, “Pobre imbécil, ni contestar sabe.” Pero no era una broma.

Ellos no lo sabían, pero yo sí. En mi cabeza todo estaba claro. Llevaba meses dándole vueltas y ese brindis de Raúl fue la gota que derramó el vaso porque el fracasado tenía algo que ellos no. Control. control sobre el dinero que los mantenía a flote y en pocos días iban a aprenderlo de la peor manera. La cena siguió como si nada.

 Hablaron del frío, de cómo Raúl y Carla iban a llevar a los niños a Vera Santa, de lo caro que estaba el supermercado. Yo sonreí, comí mi pavo y asentí cuando tocaba, pero por dentro estaba contando las horas. Mientras ellos planeaban sus compras navideñas con el dinero que esperaban que yo les diera, yo planeaba algo mucho más grande.

 El día en que los González se quedarían sin su cajero automático y no iba a ser bonito. Cuando me despedí esa noche y subí a mi carro, miré la casa por el retrovisor. Las luces seguían brillando y desde afuera todo parecía perfecto, pero adentro las cosas ya se estaban desmoronando y yo iba a ser el que terminara de tumbarlas. Llegué a mi edificio, saqué mi celular y revisé el calendario.

Era 25 de diciembre a la madrugada. En 5 días, el 30, vencía el plazo del próximo pago de la hipoteca de Raúl. Mis padres también esperarían su depósito mensual el 1 de enero como relojito. Siempre me mandaban un mensaje el 28 o 29 con esa mezcla de victimismo y dulzura. Hijo, ¿nos ayudas este mes? ¿Sabes que la pensión no alcanza? Y Raúl, él ni se molestaba en pedirlo directamente.

Solo dejaba que Carla me llamara con voz suave, diciendo, “Tony, estamos un poco apretados, nos echas una mano.” Pero esta vez no iba a ver nada, ni un peso. No era una decisión impulsiva. Llevaba meses pensándolo, aunque esa noche en la cena fue lo que me dio el empujón final. Cada vez que ponía dinero en sus cuentas, sentía que me quitaban un pedazo de algo.

 No era solo la plata, era el respeto. Ellos vivían sus vidas perfectas, fiestas, viajes, ropa nueva, mientras yo trabajaba como burro y me ganaba burlas por no tener novia ni amigos. ¿Y para qué? para que Raúl se luciera con su casa bonita y sus hijos en escuelas caras, todo pagado por el fracasado. Para que mis padres hablaran de lo duro que era vivir con poco mientras yo les pagaba las cuentas del agua, la luz y hasta Netflix que usaban para ver sus series.

Abrí mi laptop y entré a la cuenta del banco. Ahí estaba todo, mis ahorros, el dinero que ganaba con el negocio, los movimientos de los últimos meses. Luego miré las transferencias automáticas que tenía programadas, una para Raúl, otra para mis padres. Las desactivé con un click. Fue tan fácil que casi me dio risa.

 Dos botones y listo. El flujo de dinero que los mantenía a flotes se cortó como si hubiera cerrado una llave. No sentí culpa ni miedo, solo una especie de calma rara, como cuando terminas un trabajo pesado y te das cuenta de que ya no tienes que cargarlo. El resto de la madrugada lo pasé planeando. No iba a decirles nada todavía.

Quería que lo descubrieran solos, que sintieran el golpe cuando el banco les mandara el aviso del fondos insuficientes o cuando el casero de Raúl tocara la puerta con cara de mala leche. Sabía que vendrían corriendo a mí con lágrimas o con gritos, pero esta vez no iba a ceder. Había decidido algo más. No solo iba a dejar de pagarles, iba a dejarlos fuera de mi vida.

 Si tanto les gustaba burlarse del fracasado, que vieran cómo se las arreglaban sin él. A la mañana siguiente, 26 de diciembre, me desperté temprano como siempre. Me hice un café y me puse a trabajar. El negocio no paraba, ni siquiera en Navidad. Había pedidos que revisar, clientes que llamar, piezas que mandar. Mientras contestaba correos, mi celular vibró. Era un mensaje de mamá.

 Hijo, qué linda estuvo la cena anoche, ¿verdad? Raúl es un loco con sus cosas, pero te queremos mucho. Sonreí, pero no contesté. Era el típico mensaje para suavizar las cosas, como si un cote queremos borrara años de menosprecio. Una hora después llegó otro, esta vez de Carla. Tony, nos vemos pronto. Los niños quieren verte y Raúl dice que eres el mejor tío.

 Claro, el mejor tío con billetera. Pensé. No respondía ninguno. Seguí con mi día, trabajando y organizando todo como si nada, pero en el fondo sabía que el reloj estaba corriendo. El 30 estaba a la vuelta de la esquina y con él vendría el primer golpe. La hipoteca de Raúl no se iba a pagar. El banco les daría un par de días de gracia, quizás hasta el 2 o 3 de enero, pero después empezarían las cartas, las llamadas y luego el aviso de desalojo si no ponían el dinero.

 Y mis padres, cuando vieran que el 1 de enero no llegaba a su depósito, iban a entrar en pánico. Podía imaginarme a mamá llorando en el teléfono y a papá gritándome que cómo era posible que les hiciera eso después de todo lo que habían hecho por mí. Pero yo estaba listo. Por primera vez en años me sentía libre. No tenía novia, ni amigos, ni fiestas, pero tenía algo que ellos no control sobre mi vida.

 Y pronto, muy pronto, iban a darse cuenta de que el fracasado no era tan inútil como pensaban. Los días después de Navidad pasaron rápido, como siempre pasa cuando estás esperando algo grande. El 26 y el 27 trabajé sin parar, contestando correos, coordinando envíos y asegurándome de que el negocio estuviera bien encaminado. El 28 de diciembre fue cuando empezó a cambiar el tono.

 Recibí un mensaje de papá directo como él solía ser. Hijo, ¿cuándo nos mandas lo del mes? ¿Sabes que el uno es feriado y los bancos están raros con estas fechas? No respondí. Una hora después, mamá llamó. No contesté, pero dejó un mensaje de voz. Tony, ¿estás bien? No hemos sabido de ti, hijo. Llámanos cuando puedas. Sí. Su voz tenía esa mezcla de preocupación y dulzura que siempre usaba para hacerme sentir culpable, pero esta vez no funcionó.

Apagué el celular y seguí revisando un pedido grande que me había entrado esa mañana. El 29. Las cosas se pusieron más serias. Raúl me escribió, “Oye, ¿qué pasa contigo?” Carla dice que no contestas y mamá está preocupada. ¿Ya hiciste la transferencia de este mes o qué? Ahí estaba el primer indicio de que algo estaba mal.

 La hipoteca vencía al día siguiente y él sabía que yo siempre pagaba unos días antes para que no hubiera problemas. No le contesté. En vez de eso, me imaginé su cara, esa mezcla de confusión y enojo que ponía cuando las cosas no salían como él quería. Probablemente estaba en su casa con Carla y los niños jugando en el patio, pensando que yo era el mismo Tony de siempre, el que corría a solucionarles la vida.

El 30 llegó como un tren a toda velocidad. Me levanté temprano, hice café y revisé mi cuenta bancaria. Todo estaba en orden, mis ahorros intactos, el negocio marchando bien y ni un centavo transferido a nadie. Me senté en el sofá con la laptop y esperé. No pasó mucho tiempo. A las 9 de la mañana, mi celular empezó a sonar como loco. Era Raúl.

No contesté. llamó tres veces seguidas y luego llegó un mensaje. Tony, contesta, esto no es broma. El banco me mandó un aviso. Dice que el pago no entró. ¿Qué pasa? 10 minutos después, Carla llamó. Su voz en el mensaje era menos dulce esta vez. Tony, por favor, llámanos. Esto es serio.

 El banco está diciendo que mañana nos cortan todos y no pagamos. No hice nada. Me quedé ahí. Tomando mi café, viendo como el mundo que ellos conocían empezaba a temblar. A mediodía, mamá y papá se unieron al caos. Mamá llamó llorando. Hijo, ¿qué te pasa? ¿Por qué no contestas? Necesitamos el dinero para el mes. Por favor, no nos hagas esto.

 Papá fue más duro. Tony, esto no es juego. Llámanos ya o voy a tu casa a buscarte. El 31 Noche Vieja fue cuando todo explotó. Pensé que pasarían el día buscando soluciones, llamando a amigos o al banco, pero me equivoqué. A eso de las 3 de la tarde, mientras estaba revisando unas facturas en la sala, alguien tocó el timbre como si quisiera romperlo.

Me asomé por la ventana y ahí estaban Raúl, Carla, mis padres y hasta los niños, todos amontonados en la entrada de mi edificio. Raúl tenía la cara roja como si hubiera gritado todo el camino y papá golpeaba la puerta con el puño. Mamá estaba atrás con los brazos cruzados y Carla cargaba al menor de los niños mientras el otro corría alrededor.

Abrí la puerta porque no había forma de evitarlo. Apenas puse un pie afuera, Raúl se me vino encima. ¿Qué te pasa, Tony? ¿Estás loco o qué? El banco me está llamando. Dicen que mañana me quitan la casa si no pago. Gritó tan cerca que podía oler el café que seguro había tomado para calmar los nervios. Papá se metió también.

 Explícate,  ¿Por qué no mandaste el dinero? Nosotros dependemos de ti. Mamá empezó a llorar en el fondo, diciendo, “Hijo, ¿cómo nos haces esto? ¿Qué te hicimos mientras Carla me miraba como si yo fuera un monstruo? Intenté mantener la calma. No voy a pagar más”, dije cruzándome de brazos. Se acabó. Raúl se quedó congelado un segundo, como si no entendiera las palabras.

Luego explotó otra vez. ¿Qué significa eso de se acabó? Tengo hijos, Tony, una familia. No puedes hacernos esto por una estúpida broma en la cena. Papá dio un paso adelante apuntándome con el dedo. Eres un egoísta. Eso eres. Después de todo lo que hemos hecho por ti, nos dejas en la calle. Ahí fue cuando perdí la paciencia.

Todo lo que han hecho por mí. ¿Qué? Burlarse porque no tengo novia. Vivir de mi plata mientras Raúl se gasta todo en fiestas. Yo los mantengo a todos y ustedes me llaman fracasado grité. Y por primera vez en años no me importó quién me oyera. Los vecinos empezaron a asomarse por las ventanas, pero me dio igual.

Raúl intentó agarrarme del brazo, pero me solté. No me toques. Si tanto te preocupa tu casa, búscate un trabajo. Y ustedes dije mirando a mis padres, dejen de esperar que les resuelva la vida. Mamá se puso a llorar más fuerte y Carla empezó a gritarme que era un desalmado, que cómo podía hacerle eso a los niños.

Los pequeños estaban asustados mirando desde la escalera y por un segundo sentí un pinchazo de duda, pero luego recordé las risas de la cena, el salud por Tony, el fracasado, y se me pasó. “Váyanse”, dije señalando la calle. No hay nada para ustedes aquí. Raúl me miró con odio puro, como si quisiera pegarme, pero papá lo detuvo.

 “Esto no se queda así, Tony”, dijo con la voz temblando de rabia. Vas a arrepentirte. Se dieron la vuelta y se fueron. Mamá llorando, Raúl maldiciendo y Carla cargando a los niños como si fueran a un funeral. Cerré la puerta y me quedé en silencio. Afuera, los fuegos artificiales de Nochev Vieja empezaban a sonar, pero dentro de mi cabeza todo era un torbellino.

Sabía que no habían terminado, que volverían a intentarlo, pero también sabía que el fracasado ya no iba a ceder. El 1 de enero estaba a unas horas y con él vendría el verdadero golpe, las cuentas sin pagar, las puertas cerradas y una lección que no olvidarían nunca. Esa noche, mientras el resto del mundo celebraba con fuegos artificiales y brindis, yo me quedé en mi departamento.

Abrí una soda, puse una película vieja en la tele y me relajé. No necesitaba fiestas ni amigos para sentirme bien. Por primera vez en años sentía que tenía el control y sabía que el 1 de enero, cuando el banco cerrara las cuentas por falta de pago, las cosas se pondrían aún más interesantes. El 1 de enero amaneció tranquilo en mi departamento, pero sabía que para ellos no sería así.

 Me levanté temprano, como siempre, hice café y me senté en la sala con la laptop. No había mensajes nuevos en el celular, lo que me sorprendió un poco después del show de ayer. Supuse que estaban agotados de gritarme o que por fin estaban empezando a buscar una salida por su cuenta. Pero yo no iba a bajar la guardia. El banco no espera y los plazos que habían vencido no se iban a arreglar solos.

 A eso de las 9 revisé mi cuenta otra vez. Todo seguía igual, mis ahorros intactos, el negocio marchando bien y las transferencias automáticas desactivadas. Me imaginé lo que estaría pasando en la casa de Raúl. El banco ya habría mandado el aviso final. Pago no recibido. Próximo paso, ejecución de la hipoteca. Probablemente él estaría al teléfono discutiendo con algún empleado que no podía hacer nada por él.

Carla estaría a su lado con esa cara de preocupación que ponía cuando las cosas se salían de control. Y los niños, pobres, seguro estaban confundidos, preguntando por qué papá y mamá estaban tan nerviosos. En la casa de mis padres la historia no sería muy diferente. Sin el depósito de enero no tendrían cómo pagar la luz, el agua ni la comida del mes.

 Mamá estaría revisando el monedero, contando los pocos billetes que les quedaban mientras papá caminaba de un lado a otro, murmurando que esto no puede estar pasando. Ellos siempre habían vivido al día, confiando en que yo llegaría con el dinero justo a tiempo. Pero esta vez el fracasado no estaba ahí para salvarlos. El 10 de enero llegó como un martillazo.

Me desperté temprano con el estómago revuelto, no por miedo, sino por una especie de energía que no podía explicar. Sabía lo que pasaba hoy. Raúl y su familia serían desalojados. Después de días de súplicas, silencios y promesas vacías, el banco no iba a esperar más y yo no iba a perdérmelo. No porque quisiera regodearme, o quizás sí un poco.

 Quería verlo con mis propios ojos, sentirlo, asegurarme de que todo esto era real. Salí de mi departamento a las 8 de la mañana con una gorra y una chamarra vieja para no llamar la atención. Maneje hasta el barrio de Raúl, a unas cuadras de su casa. esa casa grande y bonita que yo había ayudado a pagar por años. Estacioné el carro en una esquina cerca de un parque donde podía ver todo sin que me vieran.

El camión del banco ya estaba ahí con dos tipos de traje revisando papeles. Un par de policías estaban parados al lado con cara de aburrimiento y una pequeña multitud de vecinos empezaba a juntarse susurrando entre ellos. A las 9 en punto, la puerta de la casa se abrió. Raúl salió primero con unos jeans y una camisa arrugada, nada que ver con el tipo elegante que siempre presumía en las fiestas.

Llevaba una caja en las manos llena de cosas desordenadas, juguetes de los niños, un marco de fotos, cables sueltos. Detrás de él venía Carla, con los ojos rojos y el pelo hecho un desastre, cargando al menor de los niños, mientras el mayor corría a su lado llorando. “No quiero irme, mamá!”, gritaba el pequeño y su voz se me clavó como un cuchillo.

Pero no me moví. Uno de los tipos del banco se acercó a Raúl con un papel en la mano. Tiene que firmar aquí, dijo frío como hielo. Raúl lo miró como si quisiera arrancarle la cabeza, pero agarró el bolígrafo y garabateó algo con tanta fuerza que casi rompe la hoja. Esto es una mierda”, murmuró tirando el papel al suelo.

 Carla lo recogió rápido, susurrándole algo, pero él se soltó de su mano y empezó a gritar. “¡Todo esto es por Tony, por ese maldito egoísta.” Los vecinos se miraron, algunos asintiendo, como si supieran de qué hablaba. Entonces empezó el caos de verdad. Los del camión comenzaron a sacar muebles, el sofá donde Raúl se sentaba a ver fútbol, la mesa donde Carla servía cenas caras, la tele gigante que yo había pagado en cuotas.

 Cada cosa que sacaban era como un golpe más. Raúl intentó detenerlos gritando, “¡Eso es mío, no lo toquen.” Pero uno de los policías lo empujó hacia atrás. “Cálmese, señor, o lo arrestamos”, le dijo. Y Raúl se quedó quieto, temblando de rabia. Carla se sentó en la acera. con los niños abrazándola, los tres llorando mientras los vecinos sacaban fotos con sus celulares.

De repente, un carro viejo se estacionó cerca. Eran mis padres. Mamá salió corriendo con una bolsa de plástico en la mano gritando, “Raúl, hijo, ¿qué está pasando?” Papá bajó más lento, con la cara pálida y los hombros caídos, como si el hospital lo hubiera dejado vacío. Cuando vieron a Raúl, mamá se puso a llorar más fuerte, abrazándolo mientras él seguía mirando los muebles en la calle.

 “Son”, gritó Raúl, señalando al aire como si yo estuviera ahí. Él nos hizo esto. El fracasado nos dejó en la calle. Papá levantó la mirada buscando entre la gente y por un segundo pensé que me había visto. Me agaché más detrás del árbol conteniendo la respiración. Entonces pasó algo que no esperaba. Carla se levantó de la acera con el niño aún en brazos y caminó hacia Raúl.

“Basta de culpar a Tony”, le gritó con una furia que nunca le había oído. “Tú nunca trabajaste, nunca ahorraste, siempre esperando que él nos salvara. Esto es por ti también. Raúl se dio la vuelta rojo de ira y le levantó la mano como si fuera a pegarle. Los policías reaccionaron rápido, agarrándolo por los brazos mientras él forcejeaba.

“Suéltenme, carajo!”, gritaba, pero lo empujaron contra el camión. Mamá se tapó la cara llorando y papá solo miraba como si ya no tuviera fuerzas. Me fui antes de que alguien me viera. Subí al carro con las manos temblando, manejé unas cuadras y paré en un estacionamiento vacío. Ahí solo dejé que todo saliera.

No eran lágrimas, era algo más grande, rabia, tristeza, satisfacción, todo mezclado. Golpeé el volante hasta que me dolió la mano gritando, “Se lo merecían, pero luego me quedé callado, respirando fuerte, mirando la nada. El he fracasado había ganado, pero no se sentía como una victoria, se sentía como un incendio que había quemado todo, incluyéndome a mí.

Han pasado unas semanas desde el desalojo de Raúl y quería darles una actualización rápida de cómo terminaron las cosas, porque al fin se cerró este capítulo.

Después de perder la casa, Raúl, Carla y los dos niños no tuvieron más remedio que mudarse con mis padres. La casa de mis viejos es chica, solo tiene dos cuartos pequeños y un baño que apenas sirve. Como no han pagado las cuentas, no tienen luz ni agua, así que están viviendo apretados y sin comodidades. Mis padres, que siempre dejaron que Raúl fuera el consentido que no hacía nada, finalmente se hartaron y lo obligaron a trabajar.

Ahora Raúl está empleado como constructor, algo que nunca imaginé que haría. Mi papá también se puso las pilas y anda cortando arbustos en el vecindario para ganar unos pesos, cosa que no había hecho en años mientras yo pagaba todo. Yo, por mi parte, estoy mejor que nunca. El negocio de repuestos sigue creciendo.

Tengo paz y no me llegan más mensajes ni súplicas de ellos. Se acabó el ser su cajero automático. Así que ahí quedó. Ellos en su casa chiquita, sin lujos, trabajando por fin y yo libre de todo eso. El fracasado salió ganando y se siente genial. Suscríbete para más historias diarias.