¿Te gustó la tequila, papá? Esa fue la pregunta que me hizo mi hijo Miguel por teléfono tres horas después de habérmela regalado en mi cumpleaños y mi respuesta lo dejó callado como un muerto. Se la di a tu suegro, mi hijo. Le encantó. Mi nombre es don Aurelio Mendoza. Tengo 73 años y toda mi vida trabajé como soldador en la metalúrgica González aquí en Guadalajara.

 Durante 40 años, mis manos sostuvieron el soplete que construyó estructuras, tanques, maquinaria pesada que se exportaba hasta Estados Unidos. Estas manos que ahora tiemblan un poco por la edad, una vez fueron las más firmes de toda la fábrica. Hoy es mi cumpleaños, 73 años, y estoy sentado en la sala de mi casita esperando que llegue ese hijo que ya no me reconoce como su padre, sino como un estorbo.

 La mañana amaneció gris, como si el cielo supiera que algo malo iba a pasar. Me levanté temprano, como siempre, a las 5 de la mañana. Es una costumbre que no se quita después de cuatro décadas despertándose antes del alba para llegar a la fábrica. Preparé mi café de olla, negro y amargo como me gusta y me senté en el patio a ver salir el sol detrás de las montañas. Mi casa es pequeña, pero es mía.

 La compré con el sudor de años de trabajo, peso por peso, dos cuartos, una sala modesta, una cocina que huele siempre a chile y a tortillas recién hechas y este patio donde tengo mis plantas de tomate y mis macetas con flores que mi difunta esposa Consuelo plantó antes de morirse. Miguel me había dicho que pasaría en la mañana. Papá, voy temprano para festejarte.

Tengo una sorpresa que te va a gustar mucho. Su voz sonaba diferente por teléfono, como cuando éramos niños y había hecho alguna travesura, pero trataba de sonar inocente. A las 9 en punto escuché su camioneta estacionarse afuera. Una Toyota nueva blanca que compró el año pasado cuando empezó a ganar mejor dinero con su negocio de contabilidad.

Miguel siempre fue inteligente para los números, pero últimamente se había vuelto inteligente para otras cosas también. Cosas que no me gustaban. Tocó la puerta tres veces. Toc, toc, toc, como siempre lo había hecho desde niño. Papá, feliz cumpleaños. Abrí la puerta y ahí estaba él.

 Miguel, mi primogénito, 42 años, bien vestido, con una camisa azul, cielo, que le regalé en Navidad. pantalón de mezclilla, oscuros zapatos lustrados. Sonreía, pero su sonrisa no llegaba hasta los ojos. Llevaba una bolsa en la mano. “Mira lo que te traje”, dijo sacando una botella de tequila de la bolsa.

 Era una botella elegante con etiqueta dorada, de esas caras que uno ve en las tiendas pero nunca compra. Es herradura añejo, papá. El mejor tequila de Jalisco para el mejor papá de Jalisco. Me abrazó. Un abrazo rápido, incómodo, como cuando tienes prisa por irte a otro lado. “Gracias, mijo”, le dije recibiendo la botella.

 Estaba pesada, fría y la etiqueta brillaba bajo la luz de la mañana. Está muy bonita, pero sabes que ya no tomo mucho. Ay, papá, es tu cumpleaños. Un traguito no te va a hacer daño. Además, ese tequila es especial. Lo mandé traer especialmente para ti. Algo en la manera como dijo especial me hizo sentir raro, como cuando estás soldando y de repente sientes que la máscara no está bien puesta.

 Una sensación de peligro que no puedes explicar. ¿Quieres que abramos la botella ahora?, preguntó mirando hacia la cocina. No, mi hijo, está muy temprano para tomar. Mejor guárdola para la comida. Vi como su cara cambió por un segundo. Una expresión de desilusión, enojo. Fue muy rápido, pero lo vi. Está bien, papá, como tú digas.

 Después agregó, vas a estar solo hoy. No va a venir nadie más. Va a venir Rosa en la tarde. Y Javier dijo que pasaba después del trabajo. ¿Por qué no? Nada, solo preguntaba. Se acomodó en el sofá, pero se veía inquieto como si tuviera prisa. Papá, necesito preguntarte algo. Dime, ¿ya hiciste tu testamento? La pregunta me cayó como un balde de agua fría.

 No porque fuera raro hablar de esas cosas a mi edad, sino por la manera como lo preguntó. Directo, sin preámbulos, como si hubiera estado esperando el momento para sacar el tema. ¿Por qué me preguntas eso en mi cumpleaños, Miguel? Es que bueno, Patricia y yo estamos pensando en casarnos pronto y pues ya sabes, uno tiene que planear el futuro. Ella dice que es importante que las familias tengan todo en orden.

 Patricia, su novia desde hace 8 meses, una mujer bonita, enfermera del hospital civil, pero que siempre me miraba como si estuviera calculando algo, como si fuera un problema que necesitaba resolver. Mi testamento está en orden, le dije. Todo está repartido igual entre ustedes. Tres, la casa, mis ahorros, todo.

 ¿Y cuánto tienes ahorrado, papá? Digo, para saber si es suficiente para tus gastos. Ahí fue cuando entendí que algo andaba muy mal. Miguel nunca había preguntado por mi dinero de manera tan directa. Siempre había sido respetuoso con esas cosas. Tengo lo suficiente para vivir tranquilo, Miguel. No te preocupes por eso. Se quedó callado un momento mirando la botella de tequila que yo había puesto sobre la mesa de centro.

Papá, ¿sabes qué? Mejor sí ábrela. Un brindis rápido por tu cumpleaños. Total, ya estoy aquí. Otra vez esa insistencia extraña, como si fuera muy importante para él que yo tomara de esa botella. Miguel, son las 9:30 de la mañana. Ay, papá, es tu cumpleaños. Además, ya no eres tan joven.

 Hay que aprovechar cada momento, ¿no crees? La manera como dijo, “Ya no eres tan joven.” Me sonó rara, como una amenaza disfrazada de broma. Me levanté y fui a la cocina por dos vasos tequileros. Mientras lo sacaba del gabinete, sentí sus ojos siguiendo cada movimiento mío. Cuando regresé, él ya tenía la botella abierta. Yo sirvo, papá. Tú siéntate y relájate. Sirvió dos tragos.

 El mío un poco más lleno que el suyo. Salud, papá. Por muchos años más. Levantamos los vasos. Yo estaba a punto de tomar cuando escuché que alguien tocaba la puerta. ¿Esperas a alguien?, preguntó Miguel con una cara que no pude descifrar. No, respondí dejando el vaso sobre la mesa. Voy a ver quién es.

 Era don Fernando, el papá de Patricia, un hombre mayor de mi edad que trabajaba como mecánico en un taller cerca del mercado. Don Aurelio, feliz cumpleaños. Vengo de parte de mi hija Patricia. Me mandó a traerle este pastel para su fiesta. Don Fernando era un buen hombre. Siempre me había caído bien desde que lo conocí hace algunos meses. Qué amable. Pásele, don Fernando. Miguel está aquí.

 Cuando entramos a la sala vi la cara de Miguel. Se había puesto pálido, como si hubiera visto un fantasma. Hola, Miguel, saludó don Fernando. Hola, suegro, contestó Miguel con voz extraña. Mira, don Fernando, le dije. Miguel me trajo esta botella de tequila. ¿Gusta un trago? Y ahí fue donde todo cambió.

 Don Fernando vio la botella y sonrió. Órale, Herradura añejo, ese sí está bueno. A ver si me invita un traguito. Miguel se paró de golpe. No, es que esa botella es especial, papá. La traje especialmente para ti. Pero yo ya estaba sirviéndole un vaso a don Fernando. No sé por qué lo hice. Algo dentro de mí me decía que tenía que hacerlo.

 Después de que le dije eso a Miguel, el silencio en el teléfono fue tan largo que pensé que se había cortado la llamada. Cuando finalmente habló, su voz sonaba diferente, como si se hubiera quebrado algo adentro de él. ¿Qué? ¿Qué dijiste, papá? que le di la tequila a don Fernando. Repetí, sin entender por qué se oía tan alterado. Llegó en la mañana a felicitarme y, pues tú sabes, es de buena educación compartir un regalo así de bonito. No, no, no, murmuró Miguel.

Ya, ya se la tomó. Pues claro, mijo. Nos echamos unos tragos juntos. Está muy buena esa tequila que me regalaste. Don Fernando hasta dijo que nunca había tomado una así de suave. Lo que siguió fue algo que jamás voy a olvidar. Miguel empezó a gritar como un loco desesperado. No eran palabras, era como el aullido de un animal herido, como si le hubieran arrancado algo por dentro.

No, papá, no. ¿Cuánto se tomó? ¿Cuánto? Su grito era tan fuerte que tuve que alejar el teléfono de la oreja. Miguel, ¿qué te pasa? ¿Estás loco? ¿Por qué gritas así? Contéstame cuánto se tomó don Fernando Su desesperación era tan real, tan cruda, que me empezó a entrar una sensación horrible en el estómago, como cuando estás soldando y de repente el metal se quiebra y sabes que algo está mal. Muy mal. Se tomó, se tomó como tres vasos.

 Miguel, ¿por qué? ¿Qué tiene esa tequila? Otro silencio. Pero este era diferente. Era el silencio de alguien que acaba de darse cuenta de que todo se fue al  Papá, y yo qué, Miguel, habla de una vez. Y entonces colgó el muy cabrón me colgó el teléfono. Me quedé ahí parado en la cocina con el teléfono en la mano tratando de entender qué chingados acababa de pasar.

 Mi hijo, que había llegado esa mañana sonriente con su regalo de cumpleaños, acababa de tener un ataque de pánico, porque le dije que compartí su tequila con don Fernando. La botella estaba ahí en la mesa, medio vacía, elegante, dorada, con esa etiqueta que brillaba, pero ahora me daba miedo mirarla. Marqué el teléfono de don Fernando. Tenía que estar seguro de que estaba bien.

 Bueno, don Fernando, habla, Aurelio, ¿cómo se siente? Está bien. Ay, don Aurelio, pues la verdad me siento un poco mal. Tengo el estómago revuelto desde que me fui de su casa. Pensé que era porque comí algo pesado en el desayuno, pero ahora que me pregunta, se me heló la sangre. ¿Qué siente exactamente don Fernando? náuseas, mareos, como si tuviera calentura. Y me duele mucho la cabeza.

 Mi hija Patricia me está dando un té de hierba buen buena pero no se me quita. Don Fernando, ¿dónde está usted ahora? En mi casa. ¿Por qué? Escúcheme bien. Váyase ahora mismo al hospital. Que Patricia lo lleve al hospital civil. Dígale que puede ser envenenamiento. ¿Envenenamiento? ¿De qué habla, don Aurelio? Después le explico, váyase ahorita al hospital, no pierda tiempo.

 Colgué y me senté en la silla de la cocina. Las manos me temblaban, pero no de edad, de coraje, de una rabia que me estaba subiendo desde el estómago hasta la garganta. Mi hijo, mi propio hijo había intentado envenenarme y lo peor de todo era que yo entendía por qué. Las preguntas sobre el testamento, sobre mis ahorros, sobre si estaría solo, las prisas para que me tomara la tequila, la cara de pánico cuando llegó don Fernando.

Todo tenía sentido. Ahora Miguel quería matarme, su propio padre. Me levanté y fui al baño. Me miré en el espejo, 73 años, pero todavía con fuerzas, todavía con ganas de pelear. Y ahora tenía una guerra entre las manos. Regresé a la cocina y agarré la botella de tequila. La olí. No olía a nada raro, pero eso no significaba nada.

 Hay venenos que no huelen, que no saben a nada. El teléfono sonó. Era Miguel otra vez. Papá, dime cómo, cómo te sientes bien. ¿Por qué no debería sentirme bien, Miguel? No, por nada. Es que quería saber si necesitas algo. Lo que necesito, le dije despacio, es que me expliques por qué te pusiste como loco cuando te dije que le di la tequila a don Fernando.

 Yo no me puse loco, papá. Solo me sorprendió nada más. Miguel, yo no soy Algo tiene esa tequila. Algo malo. No digas tonterías, papá. Estás imaginando cosas. Imaginando, don Fernando está enfermo, se siente mal desde que se tomó tu tequila y tú te pusiste como loco cuando te lo dije. Otro silencio largo. Papá, mejor voy para allá. Tenemos que hablar.

No, le dije. Tú no vienes a mi casa, yo voy para la tuya. ¿Para qué? Para que me expliques qué chingados pusiste en esa tequila que me regalaste para mi cumpleaños. y colgué. Me cambié de ropa, me puse mis pantalones buenos, mi camisa blanca, mis botas de trabajo.

 Si iba a enfrentar a mi hijo, iba a ir vestido como el hombre que soy. Antes de salir llamé a Rosa. Papá, ¿cómo estás? Ya llegó Miguel. Rosa, necesito que vengas a mi casa ahorita. Algo muy grave está pasando. ¿Qué pasó? No, por teléfono. Ven y trae a Javier contigo. Papá, ¿me estás asustando? Es que hay que tener miedo, mija. Tu hermano Miguel acaba de intentar matarme.

 El siendo Eliona, silencio de Rosa fue diferente al de Miguel. Era el silencio de alguien que está tratando de procesar algo imposible de creer. ¿Qué dijiste? Lo que oíste Miguel me trajo una botella de tequila envenenada para mi cumpleaños. Gracias a Dios se la di a don Fernando y no me la tomé yo. Papá, eso no puede ser cierto.

 En una hora te demuestro que sí es cierto. Ven a la casa y Rosa. Sí. Trae la cámara de tu teléfono. Vamos a necesitar pruebas de lo que va a pasar. Colgué. Agarré las llaves de mi vieja camioneta y salí rumbo a la casa de Miguel. Era hora de que mi hijo y yo tuviéramos una conversación muy seria, una conversación que iba a cambiar todo para siempre.

 La casa de Miguel estaba en una colonia nueva, de esas donde todas las casas se parecen y tienen jardincitos perfectos. Cuando llegué, vi que su camioneta Toyota estaba en la entrada, pero también había otro carro que no reconocí, un zuru blanco viejo, con placas de Jalisco. Estacioné mi camioneta enfrente de su casa y me quedé un momento ahí sentado respirando hondo. 42 años. 42 años había vivido ese cabrón.

 Y yo había trabajado cada día de esos 42 años para darle lo mejor, para que estudiara, para que tuviera ropa limpia, zapatos nuevos, útiles escolares, para que fuera alguien en la vida y así me pagaba, intentando matarme. Toqué la puerta fuerte, tres golpes secos que se oyeron en toda la cuadra. Miguel abrió la puerta, pero no era el mismo hombre que había llegado a mi casa en la mañana.

 Tenía la cara descompuesta, los ojos rojos y le temblaban las manos. Papá, yo quítate, le dije, empujándolo suavemente, pero con firmeza. Vamos a hablar adentro. Entré a su sala. Era bonita, con muebles nuevos, televisión grande, todo muy ordenado, los muebles que había comprado con el dinero que ganaba siendo contador, un trabajo honesto que yo le había pagado con mi sudor, pero ahí sentada en el sofá estaba ella, Patricia, la enfermera, la novia, la cómplice y junto a ella un hombre que no conocía. Flaco, moreno, con cara de

ratón. Tenía una maleta médica a los pies. Buenas tardes”, dije mirando a Patricia primero, después al desconocido. “¿Ustedes quiénes son en esta historia?” Patricia se veía pálida, nerviosa. Se paró del sofá como si tuviera resortes. Don Aurelio, yo. Nosotros. Siéntate”, le dije. “tú también vas a escuchar lo que tengo que decir.” El hombre flaco me extendió la mano.

 “Mucho gusto, soy el doctor Ramírez. Soy amigo de Patricia.” No le di la mano. Doctor de qué, médico general. Trabajo en una clínica particular. Ahí fue cuando entendí todo el plan. Miguel, Patricia la enfermera y este doctor. Los tres juntos. Una conspiración perfecta para matar a un viejo estorboso.

 Miguel, dije sin quitarle los ojos de encima al doctor. Explícame qué chingados pusiste en esa tequila. Miguel se sentó en una silla lejos de mí, como si tuviera miedo de que le fuera a pegar. Y tal vez sí tenía razón en tener miedo. Papá, yo puedo explicarte todo. Pues explica. Tengo todo el tiempo del mundo. Miguel miró a Patricia, después al doctor, después a mí.

 Era solo para que te durmieras, papá. Nada más. Para que me durmiera. Sí, para que durmieras profundamente. Y y ¿qué, Miguel? El doctor carraspeó. Don Aurelio, permítame explicarle. Lo que su hijo puso en la tequila era un sedante muy fuerte. Pento barbital sódico. En dosis pequeñas causa sueño profundo. En dosis altas.

 En dosis altas mata. Terminé yo. Exacto. Me acerqué al doctor hasta quedar frente a él, muy cerca. ¿Y cuánto le pusieron a mi tequila, doctor? El doctor tragó saliva. La la dosis que le pusimos era letal, don Aurelio. Patricia empezó a llorar. Un llanto falso de cocodrilo. Don Aurelio, nosotros no queríamos hacerle daño.

 Era solo que que qué estorbaba, que querían mi dinero, que le surgía que me muriera para heredar. Miguel se paró de golpe. No era por dinero, papá. Ah, no. Entonces, ¿por qué? Porque tú ya no tienes calidad de vida. Vives solo, estás triste desde que murió mamá. Ya no haces nada productivo. Le metí una cachetada que se oyó en toda la casa.

 Una cachetada seca, fuerte, de esas que dejan marca. Miguel se tocó la mejilla sorprendido. Yo decido cuando mi vida ya no tiene calidad, Yo decido cuándo me quiero morir. No, tú. Patricia siguió llorando. Don Aurelio, entiéndanos. Miguel me dijo que usted sufría mucho, que se deprimía, que a veces decía que quería morirse.

 ¿Cuándo dije eso, Miguel? ¿Cuándo? Miguel no me contestó. No podía contestar porque era mentira. Y aunque lo hubiera dicho, continué. Eso no les da derecho a matarme. Si yo me quiero morir, me mato yo solito. No necesito que mi hijo me ayude. El doctor abrió su maleta y sacó un frasco pequeño. Mire, don Aurelio, este es el frasco del pento barbital que usamos. Está casi vacío. Le pusimos 15 ml a la tequila.

Esa dosis habría causado paro respiratorio en menos de 2 horas. Le quité el frasco de las manos. Y don Fernando, ¿élvieno respiratorio. Bueno, él solo se tomó tres vasos. Probablemente se va a sentir muy mal. Va a tener náuseas, mareos, tal vez convulsiones leves. Pero si lo llevan al hospital a tiempo, ya está en el hospital. Los interrumpí.

 Y cuando los doctores le hagan los análisis, van a encontrar pento barbital en su sangre y van a hacer preguntas y van a llamar a la policía. Los tres se quedaron callados como si no hubieran pensado en esa posibilidad.  Querían matarme y ni siquiera habían pensado en las consecuencias. “¿Saben qué es lo que más me duele?”, les dije caminando por la sala como un león enjaulado. No es que me quisieran matar, eso de repente lo puedo entender.

 Hay gente muy cabrona en este mundo. Me detuve frente a Miguel. Lo que me duele es que fueras tú, mi hijo, el niño al que le enseñé a andar en bicicleta. El niño que lloraba cuando se lastimaba y yo lo curaba con alcohol y algodón. El niño que me decía, “Cuando sea grande, quiero ser como tú, papá.” Miguel empezó a llorar, pero ya no me daba lástima.

 El niño al que yo mantuve cuando no tenía trabajo, al que le pagué la universidad vendiendo mi herramienta de trabajo, al que le presté dinero para poner su negocio. Patricia intentó hablar. Don Aurelio, nosotros. Cállate, le grité. Tú no tienes nada que decir aquí. Tú no eres familia. Tú eres solo una interesada que convenció a mi hijo de que me matara. Me senté frente a ellos.

Ahora me van a explicar todo el plan desde el principio, cómo iban a explicar mi muerte, qué iban a decir cuando me encontraran muerto. El doctor habló con voz temblorosa. Íbamos a decir que usted se había tomado toda la botella de tequila, que había sido un accidente, una borrachera que se salió de control.

 ¿Y ustedes dónde iban a estar cuando eso pasara? Miguel iba a venir a visitarlo en la noche. Iba a encontrarlo ya muerto. Y después de mi funeral, ¿qué? ¿Se iban a casar con mi dinero? Miguel asintió llorando. Teníamos deudas. Papá, el negocio no está yendo bien. Patricia tiene que mantener a su papá. Necesitábamos, me necesitaban muerto. Sí. Y Rosa y Javier también los iban a matar.

 No, no, solo a ti. Ellos iban a heredar su parte. Me paré y me dirigí a la puerta. ¿A dónde va, papá? A llamar a la policía. Los tres se pusieron de pie asustados. Papá, no somos familia. Me volteé hacia Miguel una última vez. No, Miguel, ya no somos familia. Los hijos no matan a sus padres y los padres no perdonan a los hijos que intentan matarlos. Salí de la casa y caminé hacia mi camioneta.

 Detrás de mí escuchaba a Patricia gritando, al doctor hablando de que tenían que huir, a Miguel llorando como un niño. Pero yo ya había tomado mi decisión. Esto no se iba a quedar así. Cuando llegué a mi casa, Rosa y Javier ya estaban ahí esperándome. Los vi desde lejos, sentados en las sillas del patio hablando en voz baja.

 Rosa tenía cara de preocupación y Javier se veía confundido, como si no entendiera por qué los había citado con tanta urgencia. Cuando me bajé de la camioneta, los dos se pararon y vinieron hacia mí. “Papá, ¿qué está pasando?”, preguntó Rosa. Nos tienes muy preocupados con esa llamada. Siéntense. Les dije señalando la mesa del patio.

 Lo que les voy a contar no se los van a creer, pero es la pura verdad. Javier me miró con esos ojos que tenía desde niño cuando sabía que algo andaba mal. ¿Dónde está Miguel? Dijiste que él también iba a estar aquí. Miguel no va a venir. Miguel es el problema. Puse la botella de tequila sobre la mesa. Rosa la miró extrañada. Es muy bonita.

 ¿Te la regaló Miguel? Sí, me la regaló, pero no para festejar mi cumpleaños. Me la regaló para matarme. El silencio que siguió fue tan pesado que se podía cortar con cuchillo. Rosa y Javier se tatan miraron entre ellos. Después me miraron a mí como esperando que les dijera que era una broma. Papá”, dijo Javier despacio. “¿Qué estás diciendo?” Estoy diciendo que su hermano Miguel junto con su novia Patricia y un doctor que se llama Ramírez pusieron veneno en esta tequila para matarme. “Pento barbital sódico, le dicen.

 Una dosis que me habría matado en dos horas.” Rosa se tapó la boca con las manos. Eso no puede ser cierto, papá. Miguel jamás haría algo así. Miguel no solo haría algo así, sino que ya lo hizo. Lo único que lo salvó de ser un asesino es que yo le di la tequila a don Fernando en lugar de tomármela.

 Yo, ¿don Fernando se la tomó?, preguntó Javier alarmado. Tres vasos. Y ahora está en el hospital porque se sintió mal. Cuando le hagan los análisis, van a encontrar el veneno en su sangre. Rosa empezó a llorar. No el llanto falso de Patricia, sino el llanto real de una hija que acaba de descubrir que su hermano mayor es un criminal.

 Pero, ¿por qué? ¿Por qué Miguel haría algo así? Por dinero, por la herencia, porque tiene deudas y piensa que yo ya no sirvo para nada. Javier agarró la botella y la olió. ¿Y tú cómo sabes que tiene veneno? porque fui a su casa a confrontarlo y él, Patricia y el doctor me confesaron todo. Me dijeron que pusieron 15 ml de pento barbital.

 Me dijeron que era una dosis mortal. Me dijeron que el plan era que Miguel me encontrara muerto en la noche y que dijeran que había sido un accidente. Rosa lloraba más fuerte ahora. No puedo creerlo. Miguel siempre fue el más responsable de nosotros tres. El que más te ayudaba. Ese Miguel ya no existe, mi hija. El Miguel que conocíamos murió cuando decidió matarme.

 Javier se paró y empezó a caminar en círculos, como hacía siempre que estaba muy enojado. ¿Y qué vamos a hacer? ¿Ya llamaste a la policía? Todavía no. Primero quería hablar con ustedes. Quería que supieran la verdad antes de que esto se vuelva un escándalo. Tiene que ir a la cárcel, dijo Javier parándose frente a mí. Papá, Miguel intentó matarte.

 Eso es intento de homicidio. No se puede quedar así. Rosa dejó de llorar por un momento. Pero, ¿es nuestro hermano Javier? No”, le contesté yo. “Ya no es nuestro hermano. Los hermanos no se matan entre ellos. Los hijos no matan a sus padres.” “Pero tú estás seguro, papá”, insistió Rosa.

 “¿Estás completamente seguro de que Miguel quería matarte?” Saqué mi teléfono y les puse el audio de cuando Miguel me había gritado desesperado después de que le dije que le había dado la tequila a don Fernando. Los gritos, la desesperación, el pánico en su voz. Cuando terminó el audio, Rosa se quedó callada. Ese grito no es de alguien que está preocupado por su papá, murmuró.

 Ese grito es de alguien que sabe que su plan se arruinó. Exacto. Y cuando fui a su casa me lo confirmó con lujo de detalles. Javier se sentó otra vez y Patricia también estaba metida. Patricia fue la que consiguió el veneno. Es enfermera, tiene acceso a medicamentos y el doctor Ramírez fue el que les dijo cuánta dosis usar.

 Hijos de su madre, murmuró Javier. Perdón, papá, pero no tengo otras palabras. No hay nada que perdonar, mi hijo. Yo estoy pensando cosas mucho peores. Rosa me agarró la mano. Papá, ¿qué vamos a hacer? Lo que tenemos que hacer, llamar a la policía, presentar la denuncia y que la justicia haga lo suyo. Pero, ¿estás preparado para eso?, preguntó Javier.

 Denunciar a tu propio hijo, ver cómo se lo llevan esposado, ir a juicios, declarar contra él. Me quedé pensando un momento. Era una buena pregunta. ¿Estaba preparado para ver a Miguel en la cárcel? ¿Estaba preparado para que todo Guadalajara supiera que mi hijo había intentado matarme? Sí, dije finalmente. Estoy preparado porque si no lo hago, Miguel va a intentar matarme otra vez y la próxima vez tal vez no tenga tanta suerte.

 Rosa asintió. Tienes razón, papá. Si es capaz de hacer esto una vez, es capaz de hacerlo otra vez. Además, agregué, don Fernando está en el hospital por culpa de Miguel. Ese hombre pudo haber muerto por tomar mi tequila envenenada y aunque se recupere, va a tener secuelas. Los doctores me dijeron que el pento barbital puede causar daño neurológico.

¿Ya hablaste con don Fernando?, preguntó Javier. Hablé con él antes de ir a casa de Miguel. Estaba muy mal. Su hija lo llevó al hospital civil. Cuando los doctores le hagan los análisis y encuentren el veneno, van a hacer un reporte y van a investigar de dónde salió ese veneno. Y si Miguel huye, preguntó Rosa. No va a huir.

 Es muy cobarde para huir. Además, ¿a dónde va a ir? No tiene dinero suficiente. Por eso quería matarme. Javier se paró otra vez. Pues entonces vamos, vamos a la policía ahorita mismo. Esperen dije antes de ir necesito que me ayuden con algo. ¿Qué? Necesito que Rosa grabe todo lo que voy a decir.

 Un testimonio completo, desde el principio hasta el final, por si me pasa algo. Rosa me miró asustada. ¿Por qué dices eso, papá? Porque Miguel ya intentó matarme una vez. Y gente como él cuando se sienten acorralados pueden hacer cualquier cosa. ¿Crees que te va a hacer daño? No lo sé, pero mejor estar preparados. Rosa sacó su teléfono. Está bien, papá. Voy a grabar todo.

 Y Javier, continúe. Quiero que tú lleves esta botella al laboratorio forense, que analicen qué tiene exactamente. Necesitamos pruebas científicas. Pero no se supone que la policía hace eso. Sí. Pero yo quiero tener mis propias pruebas por si acaso. Rosa ya tenía el teléfono listo. Empiezo a grabar.

 Sí, pero antes déjame decirles algo más. Los miré a los dos. Mis dos hijos buenos, los que nunca me habían dado problemas, los que siempre me habían respetado, los que nunca habían pensado en hacerme daño. No importa lo que pase con Miguel, ustedes siempre van a ser mis hijos. Y ustedes van a heredar todo lo que yo tengo, como siempre estuvo planeado.

 Papá, no hables de eso ahorita dijo Rosa. Sí, hay que hablar de eso porque Miguel ya no va a heredar nada. Un hijo que intenta matar a su padre no merece ninguna herencia. ¿Ya cambiaste el testamento?, preguntó Javier. Mañana lo voy a cambiar. Hoy vamos a hacer la denuncia. Mañana arreglo los papeles legales. Está bien, papá, dijo Rosa. Lo que tú decidas.

 Ahora sí, empiecen a grabar porque esto va a ser una guerra muy larga y vamos a necesitar todas las pruebas que podamos conseguir. La comandancia de policía olía a café barato y a cigarros. Era un edificio viejo con paredes amarillas por el tiempo y ventiladores de techo que hacían más ruido que aire. Cuando entramos, Rosa, Javier y yo, el oficial de guardia, nos miró como si fuéramos tres locos que venían a reportar que los aliens nos habían robado la televisión.

¿En qué les puedo ayudar?, preguntó el oficial. Un muchacho joven que no debía tener más de 25 años. Vengo a poner una denuncia por intento de homicidio”, le dije. Poniendo la botella de tequila sobre su escritorio. El muchacho se enderezó en su silla. Intento de homicidio. ¿Contra quién? Contra mí. Mi hijo trató de matarme con esta botella envenenada.

 A ver, a ver, despacio. Siéntense y cuéntenme todo desde el principio. Nos sentamos en unas sillas de plástico incómodas. Le conté toda la historia desde la llegada de Miguel en la mañana hasta el confronto en su casa. El oficial tomaba notas en un papel amarillo parando cada tanto para preguntarme detalles. “¿Y usted tiene pruebas de que la tequila está envenenada?”, me preguntó.

 Don Fernando Vázquez está internado en el hospital civil. Se tomó tres vasos de esta tequila y se puso muy mal. Los doctores le van a hacer análisis. ¿Y dónde está su hijo ahora? en su casa, en la colonia Jardines de la Cruz, calle Jacarandas número 247, el oficial escribió la dirección. Está armado, no que yo sepa. Es contador, no delincuente.

 Bueno, no era delincuente hasta hoy. Está bien. Voy a llamar al comandante para que tome su declaración formal. El comandante era un hombre mayor con bigote gris y cara de pocos amigos. Se llamaba Rodríguez y había conocido a mi hermano cuando trabajaba en la metalúrgica. Aurelio Mendoza, el hermano de Raúl Mendoza, el mismo comandante. Su hermano era buen hombre.

 Trabajamos juntos hace años en un caso de robo en la fábrica. Se acomodó en su silla y me miró serio. Cuénteme qué pasó. Le repetí toda la historia otra vez, esta vez con más detalles. Le enseñé la botella. Le puse el audio de Miguel, gritando, le di la dirección de la casa donde estaba. ¿Y usted está seguro de que quiere proceder con esto?, me preguntó el comandante.

Es su hijo. Una vez que presentemos la denuncia, no hay vuelta atrás. Comandante, mi hijo intentó matarme. Si yo no presento la denuncia, ¿qué mensaje le estoy dando? ¿Que puede intentarlo otra vez? Tiene razón, oficial. Hernández, vaya por Miguel Mendoza, lleve patrulla y dos elementos más. Puede estar desesperado.

 ¿Lo van a arrestar? Preguntó Rosa. Primero lo vamos a traer para interrogarlo. Si confiesa, lo arrestamos. Si no confiesa, esperamos los resultados del laboratorio. ¿Cuánto tardan esos resultados? Preguntó Javier. Depende. Si es urgente, dos días. Si no es urgente, una semana. Es urgente, le dije.

 Hay un hombre en el hospital por culpa de esto. El comandante asintió. Voy a marcarle al hospital civil para confirmar el ingreso de don Fernando. Mientras el comandante hacía la llamada, un oficial nos llevó a una sala pequeña para tomar nuestras declaraciones formales. Primero declaré yo, después Rosa, después Javier.

 Todo quedó escrito en papel oficial, con sellos y firmas. Cuando terminamos, ya habían pasado 3 horas. El comandante regresó con cara seria. Aurelio, hablé con el doctor que está atendiendo a don Fernando. Confirma que llegó con síntomas de envenenamiento. Ya le sacaron sangre para análisis. ¿Cómo está? Estable, pero grave. Tiene el sistema nervioso afectado. El doctor dice que fue una dosis muy alta de algún sedante.

 Se me hizo un nudo en la garganta. Don Fernando era un buen hombre. trabajador, honesto y ahora estaba en el hospital por culpa de mi hijo. Y Miguel, ¿ya lo trajeron? Ahí está el problema. Cuando llegaron a su casa, no estaba. Los vecinos dicen que vieron salir su camioneta como a las 6 de la tarde muy rápido. Se fugó.

 Eso parece, pero ya tenemos su descripción y las placas de su camioneta. No va a llegar lejos. Rosa se agarró mi brazo. Papá, si Miguel huyó es porque sabe que hizo algo malo. Claro que lo sabe, por eso se fugó. El comandante se sentó frente a nosotros. Aurelio, esto ya cambió todo.

 Ya no es solo intento de homicidio, ahora también es fuga. Esto se va a poner más serio. ¿Qué significa eso? Significa que cuando lo agarremos no va a salir bajo fianza fácilmente. Un juez no le va a dar libertad condicional a alguien que ya huyó una vez. Mejor, dijo Javier, así no puede intentar lastimar a papá otra vez. Y Patricia y el doctor, pregunté. Ya mandé una patrulla por ellos también.

 A Patricia la vamos a encontrar en su casa o en el hospital donde trabaja. Al doctor lo estamos buscando en la clínica donde trabaja. En eso entró el oficial Hernández sudando y agitado. Comandante, encontramos a Patricia Vázquez en su casa. Está afuera en la patrulla y el doctor no está en la clínica. Sus compañeros dicen que salió temprano y no regresó. Otro que se fugó.

Tráigame a Patricia. 5 minutos después entraron con Patricia esposada. Se veía pálida, asustada y había estado llorando. Cuando me vio, bajó la mirada. Patricia Vázquez, le dijo el comandante. Está acusada de conspiración para intento de homicidio. Tiene derecho a permanecer callada y a tener un abogado.

 Yo yo no quise hacer nada malo, murmuró Patricia. Entonces, ¿por qué lo hizo?, le pregunté yo. Patricia me miró con ojos llorosos. Don Aurelio, Miguel me dijo que usted sufría mucho, que quería morirse, que era un acto de amor ayudarlo a mentirosa le gritó Rosa. Mi papá nunca dijo que se quería morir. Es cierto, insistió Patricia.

 Miguel me lo dijo muchas veces, que usted lloraba por su esposa, que no comía bien, que estaba deprimido. Aunque eso fuera cierto, intervino el comandante, eso no justifica envenenarlo. Si un enfermo quiere morirse, se suicida él solito. No necesita ayuda. ¿Y dónde está Miguel?, le pregunté a Patricia. No sé.

 Cuando usted se fue de la casa, Miguel se puso como loco. Dijo que teníamos que huir, que nos iban a meter a la cárcel. Yo le dije que no, que mejor enfrentáramos las consecuencias. Pero él agarró su maleta y se fue. ¿A dónde se fue? No me dijo, solo dijo que tenía que desaparecer por un tiempo. El comandante la miró fijo.

 Patricia, si usted colabora con nosotros, el juez lo va a tomar en cuenta. Si nos dice dónde puede estar Miguel, las cosas pueden ser más fáciles para usted. Patricia se quedó callada un momento pensando, Miguel tiene un primo en Tijuana, se llama Roberto, pero le dicen el checo, vive en la colonia Libertad. Miguel siempre decía que si algún día tenía problemas se iría con el checo.

 Tiene la dirección exacta, ¿no? Pero sé que trabaja en un taller mecánico que se llama El Guerrero. Está sobre la avenida Revolución. El comandante escribió todo en su libreta. Oficial Hernández, comuníquese con la policía de Tijuana, que busquen a Miguel Mendoza en esa zona. ¿Y qué pasa conmigo?, preguntó Patricia.

 Usted se queda arrestada. Mañana la presentamos ante el juez. Cuando se llevaron a Patricia esposada, me quedé ahí sentado viendo todo el movimiento de la comandancia. Policías yendo y viniendo, teléfonos sonando, máquinas de escribir haciendo ruido. Todo por culpa de mi hijo. “Papá”, me dijo Rosa. “Vámonos a casa. Ya hicimos lo que teníamos que hacer.” “Sí”, agregó Javier.

 “Mañana seguimos con esto.” Me paré de la silla. “Comandante, ¿me va a avisar cuando encuentren a Miguel?” “Por supuesto, Aurelio, y no se preocupe, lo vamos a encontrar. Los que se fugan siempre cometen errores. Cuando salimos de la comandancia, ya era de noche. Guadalajara se veía diferente, como si hubiera cambiado durante esas horas que pasamos adentro.

 O tal vez era yo el que había cambiado. Ya no era el mismo hombre que había despertado esa mañana esperando una felicitación de cumpleaños. Ahora era un hombre que había denunciado a su propio hijo por intento de asesinato. La comandancia de policía olía a café barato y a cigarros.

 Era un edificio viejo con paredes amarillas por el tiempo y ventiladores de techo que hacían más ruido que aire. Cuando entramos Rosa Javier y yo, el oficial de guardia nos miró como si fuéramos tres locos que venían a reportar que los aliens nos habían robado la televisión. ¿En qué les puedo ayudar? preguntó el oficial, un muchacho joven que no debía tener más de 25 años.

 “Vengo a poner una denuncia por intento de homicidio”, le dije poniendo la botella de tequila sobre su escritorio. El muchacho se enderezó en su silla. Intento de homicidio. ¿Contra quién? Contra mí. Mi hijo trató de matarme con esta botella envenenada. A ver, a ver, despacio, siéntense y cuéntenme todo desde el principio. Nos sentamos en unas sillas de plástico incómodas. Le conté toda la historia.

 Desde la llegada de Miguel en la mañana hasta el confronto en su casa, el oficial tomaba notas en un papel amarillo, parando cada tanto para preguntarme detalles. “¿Y usted tiene pruebas de que la tequila está envenenada?”, me preguntó. Don Fernando Vázquez. está internado en el hospital civil. Se tomó tres vasos de esta tequila y se puso muy mal. Los doctores le van a hacer análisis.

 ¿Y dónde está su hijo ahora? En su casa, en la colonia Jardines de la Cruz, calle Jacarandas número 247. El oficial escribió la dirección. Está armado. No, que yo sepa. Es contador, no delincuente. Bueno, no era delincuente hasta hoy. Está bien. Voy a llamar al comandante para que tome su declaración formal.

 El comandante era un hombre mayor con bigote gris y cara de pocos amigos. Se llamaba Rodríguez y había conocido a mi hermano cuando trabajaba en la metalúrgica. Aurelio Mendoza, el hermano de Raúl Mendoza, el mismo comandante. Su hermano era buen hombre. Trabajamos juntos hace años en un caso de robo en la fábrica. Se acomodó en su silla y me miró serio. Cuénteme qué pasó.

 Le repetí toda la historia otra vez, esta vez con más detalles. Le enseñé la botella, le puse el audio de Miguel, gritando le di la dirección de la casa donde estaba. Y usted está seguro de que quiere proceder con esto?, me preguntó el comandante. Es su hijo. Una vez que presentemos la denuncia, no hay vuelta atrás. Comandante, mi hijo intentó matarme.

 Si yo no presento la denuncia, ¿qué mensaje le estoy dando? ¿Que puede intentarlo otra vez? Tiene razón. Oficial Hernández. Vaya por Miguel Mendoza. Lleve patrulla y dos elementos más. Puede estar desesperado. Lo van a arrestar. preguntó Rosa. Primero lo vamos a traer para interrogarlo. Si confiesa, lo arrestamos.

 Si no confiesa, esperamos los resultados del laboratorio. ¿Cuánto tardan esos resultados?, preguntó Javier. Depende. Si es urgente, dos días. Si no es urgente, una semana. Es urgente, le dije. Hay un hombre en el hospital por culpa de esto. El comandante asintió. Voy a marcarle al Hospital Civil para confirmar el ingreso de don Fernando.

 Mientras el comandante hacía la llamada, un oficial nos llevó a una sala pequeña para tomar nuestras declaraciones formales. Primero declaré yo, después Rosa, después Javier. Todo quedó escrito en papel oficial, con sellos y firmas. Cuando terminamos, ya habían pasado 3 horas. El comandante regresó con cara seria. Aurelio, hablé con el doctor que está atendiendo a don Fernando.

 Confirma que llegó con síntomas de envenenamiento. Ya le sacaron sangre para análisis. ¿Cómo está? Estable, pero grave. Tiene el sistema nervioso afectado. El doctor dice que fue una dosis muy alta de algún sedante. Se me hizo un nudo en la garganta. Don Fernando era un buen hombre, trabajador, honesto y ahora estaba en el hospital por culpa de mi hijo. Y Miguel, ¿ya lo trajeron? Ahí está el problema.

Cuando llegaron a su casa, no estaba. Los vecinos dicen que vieron salir su camioneta como a las 6 de la tarde, muy rápido. Se fugó. Eso parece, pero ya tenemos su descripción y las placas de su camioneta. No va a llegar lejos. Rosa se agarró mi brazo. Papá, si Miguel huyó, es porque sabe que hizo algo malo.

Claro que lo sabe, por eso se fugó. El comandante se sentó frente a nosotros. Aurelio, esto ya cambió todo. Ya no es solo intento de homicidio, ahora también es fuga. Esto se va a poner más serio. ¿Qué significa eso? Significa que cuando lo agarremos no va a salir bajo fianza fácilmente.

 Un juez no le va a dar libertad condicional a alguien que ya huyó una vez. Mejor, dijo Javier, así no puede intentar lastimar a papá otra vez. Y Patricia y el doctor, pregunté. Ya mandé una patrulla por ellos también. A Patricia la vamos a encontrar en su casa o en el hospital donde trabaja. Al doctor lo estamos buscando en la clínica donde trabaja. En eso entró el oficial Hernández sudando y agitado.

Comandante, encontramos a Patricia Vázquez en su casa. Está afuera en la patrulla. Y el doctor no está en la clínica. Sus compañeros dicen que salió temprano y no regresó. Otro que se fugó. Tráigame a Patricia. 5 minutos después entraron con Patricia esposada. Se veía pálida, asustada y había estado llorando. Cuando me vio, bajó la mirada.

Patricia Vázquez, le dijo el comandante. Está acusada de conspiración para intento de homicidio. Tiene derecho a permanecer callada y a tener un abogado. Yo yo no quise hacer nada malo, murmuró Patricia. Entonces, ¿por qué lo hizo?, le pregunté yo. Patricia me miró con ojos llorosos.

 Don Aurelio, Miguel me dijo que usted sufría mucho, que quería morirse, que era un acto de amor ayudarlo a mentirosa le gritó Rosa. Mi papá nunca dijo que se quería morir. Es cierto, insistió Patricia. Miguel me lo dijo muchas veces, que usted lloraba por su esposa, que no comía bien, que estaba deprimido. Aunque eso fuera cierto, intervino el comandante.

 Eso no justifica envenenarlo. Si un enfermo quiere morirse, se suicida. Él solito. No necesita ayuda. ¿Y dónde está Miguel? Le pregunté a Patricia. No sé. Cuando usted se fue de la casa, Miguel se puso como loco. Dijo que teníamos que oír, que nos iban a meter a la cárcel. Yo le dije que no, que mejor enfrentáramos las consecuencias.

Pero él agarró su maleta y se fue. ¿A dónde se fue? No me dijo, solo dijo que tenía que desaparecer por un tiempo. El comandante la miró fijo. Patricia, si usted colabora con nosotros, el juez lo va a tomar en cuenta. Si nos dice dónde puede estar Miguel, las cosas pueden ser más fáciles para usted.

 Patricia se quedó callada un momento pensando, Miguel tiene un primo en Tijuana, se llama Roberto, pero le dicen el checo, vive en la colonia Libertad. Miguel siempre decía que si algún día tenía problemas se iría con el checo. Tiene la dirección exacta, ¿no? Pero sé que trabaja en un taller mecánico que se llama El Guerrero. Está sobre la avenida Revolución. El comandante escribió todo en su libreta.

 Oficial Hernández, comuníquese con la policía de Tijuana, que busquen a Miguel Mendoza en esa zona. ¿Y qué pasa conmigo? Preguntó Patricia. Usted se queda arrestada. Mañana la presentamos ante el juez. Cuando se llevaron a Patricia esposada, me quedé ahí sentado viendo todo el movimiento de la comandancia.

 Policías yendo y viniendo, teléfonos sonando, máquinas de escribir haciendo ruido, todo por culpa de mi hijo. “Papá”, me dijo Rosa, “Vámonos a casa. Ya hicimos lo que teníamos que hacer.” “Sí”, agregó Javier. Mañana seguimos con esto. Me paré de la silla. Comandante, ¿me va a avisar cuando encuentren a Miguel? Por supuesto, Aurelio. Y no se preocupe, lo vamos a encontrar. Los que se fugan siempre cometen errores. Cuando salimos de la comandancia, ya era de noche.

Guadalajara se veía diferente, como si hubiera cambiado durante esas horas que pasamos adentro. O tal vez era yo el que había cambiado. Ya no era el mismo hombre que había despertado esa mañana esperando una felicitación de cumpleaños. Ahora era un hombre que había denunciado a su propio hijo por intento de asesinato.

 Dos días después, el comandante Rodríguez me llamó temprano en la mañana. Su voz sonaba seria, oficial, como cuando tiene que dar noticias importantes. Aurelio, ya trajeron a Miguel de Tijuana. Está aquí en la comandancia. ¿Quiere venir a verlo? Me quedé callado un momento con el teléfono en la mano. Quería verlo.

 Parte de mí tenía curiosidad por saber qué cara tenía ahora. Después de haber sido arrestado como un criminal común, otra parte de mí no quería volver a verlo nunca en la vida. Sí, comandante, voy para allá. Venga solo, Aurelio. Es mejor. Cuando llegué a la comandancia, el ambiente era diferente al del otro día. Había más movimiento, más policías, más prisioneros.

El comandante me esperaba en su oficina con cara grave. ¿Cómo está?, le pregunté, aunque la verdad no sabía si me importaba la respuesta. Mal. Muy mal. No ha comido desde que lo trajeron. No ha dormido. Solo se la pasa llorando y diciendo que quiere hablar con usted. ¿Conmigo? ¿Para qué? No sé.

 dice que tiene cosas importantes que decirle. Me senté en la silla frente al escritorio del comandante y el doctor Ramírez, ese sí habló, nos contó todo. Cómo Patricia consiguió el pento barbital del hospital donde trabaja, cómo Miguel lo contactó para preguntarle sobre dosis letales, cómo planearon toda la operación durante semanas.

 ¿Sanas? Sí, Aurelio, esto no fue algo que se les ocurrió de la noche a la mañana. Lo planearon durante más de un mes. Eso me dolió más que cualquier otra cosa que hubiera escuchado. Miguel no había actuado por impulso, por desesperación, por un momento de locura. Había planeado mi muerte durante semanas.

 Había pensado en matarme todos los días durante un mes entero. ¿Y qué más? Dijo el doctor que la idea original de Miguel era hacer parecer que usted había tenido un infarto mientras dormía. Pero Patricia le dijo que era muy riesgoso, que los forenses podrían encontrar evidencia. Entonces decidieron usar el envenenamiento con alcohol para que pareciera accidente.

 ¿Y cuánto dinero esperaban sacar de esto? Según el doctor Miguel le dijo que usted tenía ahorrados como 200,000 pesos además del valor de su casa. que dividido entre los tres hijos, él heredaría como 150,000 pesos. 150,000 pesos. Me iba a matar por eso. Al parecer Miguel tiene deudas muy grandes. Le debe dinero a mucha gente.

 Su negocio está quebrado desde hace meses. ¿Por qué nunca me pidió ayuda? Si necesitaba dinero, yo le hubiera prestado, porque así no iba a conseguir todo el dinero, solo una parte. Y además, según el doctor, Patricia lo convenció de que era mejor resolver el problema de raíz. Me quedé callado procesando toda esa información.

 Mi hijo había calculado mi muerte como una operación de negocios. Había puesto precio a mi vida, 150,000 pes. ¿Quiere verlo?, me preguntó el comandante. Sí, quiero escuchar qué tiene que decirme. Está bien, pero lo vamos a tener que hacer en la sala de interrogatorios con un oficial presente. No hay problema. El comandante llamó a un oficial y me llevó por un pasillo largo hasta una sala pequeña con paredes grises y una mesa de metal en el centro. Espéreme aquí. En 5 minutos lo traemos.

Me senté en una silla incómoda y esperé. Mi corazón latía rápido, no de nervios, sino de coraje. Tenía muchas cosas que decirle a Miguel, muchas preguntas que hacerle. Cuando abrieron la puerta, casi no lo reconocí. Miguel había envejecido 10 años en tres días.

 Tenía barba crecida, ojeras profundas, la ropa arrugada y caminaba como si le pesara todo el cuerpo. Venía esposado y acompañado por dos oficiales. “Papá”, murmuró cuando me vio y se puso a llorar. “Siéntate”, le dije sin emoción en la voz. Se sentó frente a mí todavía llorando. Los oficiales se quedaron parados junto a la puerta. “Papá, yo no sé cómo explicarte.

 No me expliques nada, Miguel. Solo contesta lo que te pregunté. ¿Está bien? Primera pregunta. ¿Por qué? Porque porque tengo muchas deudas, papá. El negocio está quebrado. Le debo dinero a mucha gente. ¿Cuánto debes? 250,000 pesos. ¿Y por eso me ibas a matar? Miguel siguió llorando. No era solo por eso, papá.

 Patricia me decía que tú ya no eras feliz, que sufrías mucho desde que murió mamá, que era un acto de amor ayudarte a descansar. “Mentira!”, le grité parándome de la silla. “Eso es pura  mentira. Yo nunca te dije que me quería morir. Pero te veía triste, papá. Todos los viejos están tristes, Miguel. Eso no significa que se quieran morir.

Me volví a sentar respirando hondo para controlarme. Segunda pregunta, ¿cuánto tiempo lo planeaste? Como seis semanas. Seis semanas pensando cómo matarme. Sí. Y en esas seis semanas nunca se te ocurrió hablar conmigo, pedirme ayuda, decirme que tenías problemas.

 Sí, se me ocurrió, pero Patricia decía que tú no ibas a entender, que ibas a pensar que soy un fracasado. Miguel, yo trabajé 40 años como soldador. ¿Tú crees que no entiendo lo que son las deudas, los problemas de dinero? Pero eran muchas deudas, papá. No me importa cuántas fueran, podríamos haberlas resuelto juntos, pero tú preferiste matarme. Miguel lloraba más fuerte ahora. Perdóname, papá. Perdóname, por favor.

 No te voy a perdonar, Miguel, y te voy a decir por qué. Me levanté y caminé alrededor de la mesa hasta quedar parado detrás de él. No te voy a perdonar porque don Fernando está en el hospital. Por tu culpa va a quedar con problemas de salud de por vida. Por tu culpa. Yo no quería que don Fernando. No me importa lo que querías. Lo que importa es lo que hiciste. Regresé a mi silla.

No te voy a perdonar porque cuando te confronté en tu casa no mostraste arrepentimiento, solo pánico porque te habían cachado. Sí, estaba arrepentido. Papá, no, Miguel. El arrepentimiento es cuando reconoces que hiciste algo malo y quieres reparar el daño. El pánico es cuando solo te preocupas porque te van a castigar. Tienes razón.

 Y sobre todo, no te voy a perdonar porque cuando tuviste la oportunidad de enfrentar lo que habías hecho como hombre, preferiste huir como cobarde. Miguel se quedó callado. ¿Sabes lo que más me duele de todo esto, Miguel? ¿Qué? ¿Que durante 42 años yo creí que eras mi hijo, que había criado a un hombre bueno, trabajador, honesto, que mi trabajo como padre había valido la pena? Soy tu hijo, papá.

No, tú no eres mi hijo. Mi hijo jamás me habría hecho esto. Mi hijo me habría pedido ayuda antes de intentar matarme. Mi hijo habría enfrentado sus errores como hombre. No se habría fugado como ratero. Papá, por favor. La persona que está sentada frente a mí es un extraño, un criminal, un cobarde.

 Pero no es mi hijo. Miguel se puso de pie desesperado. Papá, soy tu hijo. Soy Miguel, el que te ayudaba en el taller cuando era niño. El que jugaba fútbol contigo en el patio. Ese niño murió. Miguel, lo mataste tú cuando decidiste envenenarme. No digas eso. Es la verdad. Y aquí está la prueba.

 Cuando yo era niño y hacía algo malo, mi papá me castigaba, pero después me perdonaba porque sabía que yo había aprendido la lección. Pero tú no eres mi niño. Tú eres un criminal adulto que sabía perfectamente lo que hacía. Y los criminales no van con su papá cuando tienen problemas. Van a la cárcel. Miguel se dejó caer en la silla. Derrotado.

 ¿Qué va a pasar conmigo, papá? No lo sé, Miguel, y ya no es mi problema. ¿Vas a ir a mi juicio? Voy a ir a declarar en tu contra para que el juez sepa exactamente lo que hiciste y te castigue como te mereces. Y después, después tú sigues tu camino y yo sigo el mío como extraños. Me levanté de la silla y caminé hacia la puerta. Papá, espera. Me volteé una última vez.

 Ya no me digas papá, Miguel. Ya no tienes papá. Y salí de la sala sin voltear atrás. Tres meses después llegó el día del juicio. El juzgado estaba lleno de gente que yo no conocía, periodistas, curiosos, estudiantes de derecho que venían a ver un caso de envenenamiento familiar. También estaba ahí la familia de don Fernando, Lupita, sus hermanos y el mismo don Fernando en silla de ruedas, porque todavía no podía caminar bien por los daños del pento barbital.

 Yo llegué temprano vestido con mi mejor traje, el mismo que había usado para el funeral de esperanza. Rosa y Javier me acompañaron sentándose en las bancas de atrás para apoyarme. El fiscal, un hombre joven pero serio que se llamaba licenciado Herrera, me había explicado días antes que mi testimonio iba a ser clave para que Miguel recibiera la condena máxima.

 Don Aurelio me había dicho en su oficina, usted no solo es la víctima, es también el principal testigo. Su declaración puede significar la diferencia entre 10 años y 20 años de prisión para su hijo. ¿Y cuál es la diferencia? Le había preguntado. 10 años si el juez considera que hubo atenuantes por ser familia. 20 años y queda demostrado que fue premeditación con alevocosía y ventaja.

¿Y qué necesita para demostrar eso? Que usted declare con toda claridad que Miguel planeó todo, que abusó de su confianza como hijo y que no mostró arrepentimiento real. Eso es exactamente lo que voy a declarar, licenciado. Ahora estaba ahí esperando que llamaran mi nombre, viendo cómo traían a Miguel esposado al juzgado. Se veía peor que la última vez que lo había visto en la comandancia.

más flaco, más pálido, más derrotado. Su abogado, un tipo gordo que se veía nervioso, le susurraba cosas al oído mientras revisaba unos papeles. Patricia también estaba ahí en la mesa de los acusados junto con el Dr. Ramírez. Ella lloraba en silencio. El doctor miraba al suelo y Miguel no dejaba de voltear a verme como si esperara que en algún momento yo le fuera a sonreír, que le fuera a dar alguna señal de que todavía había esperanza de perdón. No la había.

 El Estado llama a declarar al señor Aurelio Mendoza”, anunció el secretario del juzgado. “Me levanté y caminé hacia el estrado. Puse la mano derecha sobre la Biblia que me extendió el secretario y juré decir la verdad. Cuando me senté en la silla del testigo, pude ver a Miguel directamente a los ojos. Por primera vez en meses no apartó la mirada.

 “Señor Mendoza, comenzó el fiscal. ¿Puede decirnos qué pasó la mañana del 15 de marzo, día de su cumpleaños? Le conté todo. Desde la llegada de Miguel con la botella de tequila hasta la visita de don Fernando, desde la llamada desesperada de Miguel hasta el confronto en su casa. Hablé durante 40 minutos sin parar, con todos los detalles, todas las fechas, todas las conversaciones exactas.

 Y en algún momento preguntó el fiscal, ¿usted le había dicho a Miguel que quería morirse? Nunca. Jamás en mi vida le dije eso a ninguno de mis hijos. Estaba deprimido después de la muerte de su esposa. Estaba triste, como cualquier persona que pierde a su compañera de 45 años, pero triste no significa que uno se quiera morir.

 Le había pedido Miguel ayuda económica antes de intentar envenenarlo. Nunca. Si me hubiera pedido ayuda, yo se la habría dado. Para eso están los padres. El fiscal siguió haciendo preguntas durante una hora más. Preguntas sobre las deudas de Miguel, sobre el plan, sobre la premeditación, sobre la fuga.

 Yo contesté todo con la verdad, sin exagerar, pero también sin ocultar nada. Cuando le tocó el turno al abogado defensor, se paró con cara de quien va a hacer su mejor actuación. Señor Mendoza, ¿es cierto que usted vivía solo y que a veces se sentía abandonado? Vivía solo porque quise vivir solo. Mis hijos me visitaban seguido, pero no es cierto que a veces lloraba por la muerte de su esposa claro que lloraba.

Usted no ha perdido nunca a nadie importante, señor Mendoza. ¿No considera que Miguel actuó por amor mal entendido? Me quedé callado un momento mirando al abogado, después a Miguel, después al juez. Licenciado, permítame explicarle qué es amor y qué no es amor. Amor es cuando tu hijo viene a visitarte aunque esté cansado.

 Amor es cuando tu hijo te pregunta cómo estás y realmente le importa la respuesta. Amor es cuando tu hijo te trae, medicina cuando estás enfermo o te acompaña al doctor o se sienta contigo a ver televisión aunque se aburra. Hice una pausa para respirar. Lo que hizo Miguel no fue amor. Miguel no me preguntó cómo me sentía.

 Miguel decidió por su cuenta que yo ya no tenía derecho a vivir. Miguel calculó cuánto dinero iba a ganar con mi muerte. Miguel planeó matarme durante semanas sin siquiera intentar platicar conmigo. Eso no es amor, licenciado, eso es codicia. Pero no siente compasión por Miguel. Es su hijo. Era mi hijo. Lo corregí. Ya no lo es. Y no, no siento compasión por él.

 ¿Cómo puede decir eso? ¿Sabe por qué no siento compasión por él, licenciado? Porque ahí está don Fernando en silla de ruedas por culpa de Miguel. Porque don Fernando va a tener problemas de salud de por vida por culpa de Miguel, porque Miguel no solo me quería matar a mí, sino que lastimó a un inocente. Señalé hacia donde estaba don Fernando.

Mi compasión está con él, no con el criminal que causó todo este daño. Entonces, no hay posibilidad de perdón. No, aunque Miguel se arrepienta, Miguel tuvo tres meses para mostrar arrepentimiento real. Lo único que ha hecho es llorar porque lo atraparon. Eso no es arrepentimiento, licenciado. Eso es autocompasión.

El abogado defensor siguió insistiendo durante media hora más, tratando de hacerme quedar como un padre cruel que no perdona a su hijo. Pero yo mantenía mi postura. Miguel ya no era mi hijo, era un criminal y merecía pagar por lo que había hecho. Cuando terminé de declarar, se levantó don Fernando para dar su testimonio.

 Necesitaba ayuda para caminar, se le trababa la lengua para hablar y le temblaban las manos. Cada palabra que decía era una prueba más del Miguel había causado. Yo era mecánico”, declaró don Fernando con voz quebrada. Trabajaba con mis manos. Ahora no puedo ni sostener una llave inglesa. ¿Cómo voy a mantener a mi familia? Miguel lloraba mientras escuchaba el testimonio de don Fernando, pero ya era muy tarde para las lágrimas. Después declararon Patricia y el doctor Ramírez.

 Patricia siguió insistiendo en que había sido, por amor, que Miguel le había dicho que yo sufría mucho. El doctor confesó todo, pero pidió clemencia por haber cooperado con la justicia. Por último, Miguel subió al estrado. Su abogado lo había preparado bien. Pidió perdón. Dijo que se arrepentía, que había sido un error terrible, que nunca había querido lastimar a don Fernando.

“Señor juez”, dijo con voz temblorosa, “yo quería mucho a mi papá. Nunca quise hacerle daño, solo quería ayudarlo a descansar. Cuando el fiscal le preguntó por qué se había fugado si realmente se arrepentía, Miguel se quedó callado. ¿Por qué no enfrentó las consecuencias de sus actos como un hombre? Insistió el fiscal.

¿Por qué? Porque tenía miedo. ¿Miedo de qué? De la cárcel. Pero no tenía miedo de matar a su padre. Miguel no pudo contestar esa pregunta. Al final, el juez dio un receso de 2 horas para deliberar. Rosa Javier y yo salimos del juzgado y fuimos a comer a una fonda cercana, pero ninguno tenía hambre.

 Solo tomamos café y esperamos. ¿Crees que le den los 20 años?, me preguntó Javier. No sé, mi hijo, pero espero que sí. ¿Y si le dan menos, entonces vamos a apelar? Vamos a seguir peleando hasta que pague lo que debe. Rosa me agarró la mano. Papá, ¿de verdad ya no sientes nada por Miguel? Me quedé pensando un momento.

Era una buena pregunta. Siento tristeza por el niño que era. Siento rabia por el hombre en que se convirtió. Pero amor, no. Ya no siento amor por él. Cuando regresamos al juzgado, el juez ya tenía la sentencia lista. Toda la sala se quedó en silencio cuando empezó a hablar. El juez Martínez era un hombre mayor, con pelo canoso y anteojos gruesos, de esos que han visto de todo en sus años de carrera.

 Cuando empezó a leer la sentencia, su voz era firme y clara, sin emoción, como debe ser la justicia. En el caso del Estado contra Miguel Mendoza Vázquez, Patricia Vázquez Hernández y Ramón Ramírez Soto, este tribunal ha llegado a las siguientes conclusiones. El silencio en la sala era total. Solo se escuchaba la voz del juez y el ruido de las máquinas fotográficas de los periodistas.

 Miguel estaba pálido como un muerto. Patricia lloraba en silencio y el Dr. Ramírez miraba sus manos esposadas. Primero, queda plenamente demostrado que los acusados planearon y ejecutaron un intento de homicidio contra el señor Aurelio Mendoza, utilizando pento barbital sódico como sustancia letal. Miguel cerró los ojos cuando escuchó esas palabras.

Segundo, la premeditación queda comprobada por los testimonios y evidencias presentadas que demuestran que el plan fue elaborado durante más de 6 semanas. Tercero, el móvil económico queda establecido por las confesiones de los propios acusados y los reportes financieros presentados por el Ministerio Público.

 Cuarto, la alevosía y ventaja quedan demostradas por el hecho de que el acusado Miguel Mendoza abusó de la confianza filial para cometer el delito. El juez hizo una pausa, se quitó los anteojos, los limpió y se los volvió a poner. Quinto. Como agravante adicional, el intento de homicidio causó daño grave a un tercero inocente, el señor Fernando Vázquez, quien presenta secuelas neurológicas permanentes a consecuencia del envenenamiento.

Don Fernando, desde su silla de ruedas asintió levemente. Por lo tanto, este tribunal dicta la siguiente sentencia. Todo el juzgado se inclinó hacia adelante esperando. Miguel Mendoza Vázquez, culpable de intento de homicidio calificado en grado de autor intelectual y material. Sentencia 22.

 Años de prisión sin posibilidad de libertad condicional antes de cumplir 15 años efectivos. Miguel se derrumbó en su silla. Su abogado le puso la mano en el hombro, pero él solo lloraba como un niño. Patricia Vázquez Hernández, culpable de intento de homicidio calificado en grado de cómplice. Sentencia 15 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional antes de cumplir 10 años efectivos. Patricia gritó y se desplomó sobre la mesa.

 Sus familiares, que estaban en las bancas de atrás también empezaron a llorar. Ramón Ramírez Soto, culpable de intento de homicidio calificado en grado de cómplice y proporcionamiento de información especializada para la comisión del delito. Sentencia 12 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional.

 Antes de cumplir 8 años efectivos, el doctor solo movió la cabeza como si hubiera estado esperando esa sentencia. Adicionalmente, continuó el juez, los tres acusados deberán pagar de manera solidaria una indemnización de 500,000 pesos al señor Fernando Vázquez por los daños causados a su salud y capacidad laboral. Yo me quedé ahí sentado procesando lo que acababa de escuchar. 22 años. Miguel tenía 42 años.

 Cuando saliera de la cárcel iba a tener 64. Ya iba a ser un viejo. ¿Hay algo que los acusados quieran decir antes de que se levante esta sesión?, preguntó el juez. El doctor y Patricia dijeron que no, pero Miguel se paró con lágrimas corriendo por sus mejillas. Señor juez, solo quiero pedirle perdón a mi papá y decirle que todo esto fue culpa mía, que Patricia y el doctor solo me ayudaron porque yo los convencí. El juez lo miró con seriedad.

 Señor Mendoza, el tiempo para el arrepentimiento era antes de cometer el delito, no después de ser sentenciado. Miguel volteó a verme. Papá, ¿me perdonas? Todo el juzgado se quedó en silencio esperando mi respuesta. Los periodistas tenían las cámaras listas, los curiosos se estiraban para ver mejor. Hasta el juez parecía interesado en lo que yo iba a decir.

 Me paré lentamente de mi asiento. Caminé hacia el frente del juzgado hasta quedar cerca de la mesa de los acusados. Miguel me miraba con ojos suplicantes como cuando era niño y había roto algo, esperaba que yo no me enojara. Miguel, le dije con voz clara para que todos escucharan. Yo crié a tres hijos, a Rosa, a Javier y a un niño que se llamaba Miguel.

 Ese niño era bueno, trabajador, respetuoso. Ese niño me ayudaba en el taller, jugaba conmigo, me decía que me quería. Hice una pausa, pero ese niño murió hace tres meses cuando decidió envenenarme. La persona que está parada frente a mí no es mi hijo. Es un criminal que decidió usar mi amor de padre para matarme. Miguel Solosaba.

 Así que no, no te perdono, no porque sea cruel, sino porque el perdón es para los hijos y tú ya no eres mi hijo. Papá, por favor, ya no me digas papá, no tienes derecho. Me di la vuelta y regresé a mi asiento. Miguel gritó mi nombre varias veces, pero yo no volteé. El juez golpeó con su martillo. Se levanta la sesión. Los policías se llevaron a Miguel, Patricia y el doctor esposados.

 Miguel siguió gritando mi nombre hasta que desapareció por la puerta del fondo del juzgado. Fue la última vez que lo vi. Afuera del juzgado, los periodistas me rodearon con sus micrófonos y sus cámaras. ¿Cómo se siente con la sentencia? ¿Se siente satisfecho? ¿Algún día perdonará a su hijo? Me siento satisfecho porque se hizo justicia, les dije.

 Don Fernando va a recibir una indemnización que lo va a ayudar con sus gastos médicos. Los criminales van a pagar por lo que hicieron. Eso es lo que tenía que pasar. Pero, ¿no siente tristeza por su hijo? Siento tristeza por el hijo que perdí hace tres meses. Pero ese joven que se llevaron esposado no era mi hijo. Nunca lo va a perdonar. Nunca.

 ¿Y si sale de la cárcel arrepentido? Cuando salga de la cárcel yo ya voy a estar muerto. Tengo 73 años. En 22 años voy a tener 95 si es que llego, así que no va a tener oportunidad de pedirme perdón otra vez. Una periodista joven me preguntó, “¿Qué les diría a otros padres que estén pasando por situaciones similares?” Me quedé pensando un momento.

 Les diría que ser padre no significa permitir que tus hijos te falten al respeto, que el amor de padre tiene límites y que cuando un hijo cruza esos límites, deja de ser hijo. ¿Cuáles son esos límites? Cualquier padre sabe cuáles son esos límites. Intentar matarte definitivamente los cruza. Después de la entrevista, Rosa, Javier y yo fuimos a comer a un restaurante tranquilo. Ninguno de los tres sabía muy bien cómo sentirse.

 Era una mezcla de alivio, tristeza, satisfacción y vacío. ¿De verdad nunca lo vas a perdonar?, me preguntó Rosa. De verdad, aunque se arrepienta. Rosa, mi hija, déjame explicarte algo. El arrepentimiento no borra lo que se hizo. Miguel puede arrepentirse todo lo que quiera en la cárcel, pero don Fernando va a seguir en silla de ruedas.

 Miguel puede llorar durante 22 años, pero yo voy a seguir sabiendo que mi propio hijo quiso matarme. Javier asintió. Tienes razón, papá. Hay cosas que no se perdonan. Exacto. Y esta es una de esas cosas. Rosa me agarró la mano. ¿Y ahora qué va a pasar? Ahora vamos a seguir con nuestras vidas. Don Fernando va a tener dinero para sus tratamientos médicos.

 Los criminales van a estar en la cárcel donde deben estar y nosotros vamos a ser una familia de tres personas, no de cuatro. ¿Te duele? me preguntó Rosa. Me duele haber perdido al hijo que creí que tenía, pero no me duele haber perdido al criminal en que se convirtió. Cuando llegamos a mi casa esa tarde, me senté en el patio a ver mis plantas de tomate.

 Era un día bonito, con sol, pero no mucho calor. Me hice un café y me quedé ahí pensando en todo lo que había pasado en estos tres meses. Había empezado siendo un hombre de 73 años esperando felicitaciones de cumpleaños. Ahora era un hombre de 73 años que había mandado a su hijo a la cárcel por 22 años.

 ¿Me arrepentía? No había hecho lo correcto. A veces hacer lo correcto duele, pero sigue siendo lo correcto. El teléfono sonó. Era don Fernando. Don Aurelio quería darle las gracias. ¿Por qué, don Fernando? Por tener el valor de hacer lo que hizo. ¿Por no dejarse llevar por el sentimentalismo, por hacer que se hiciera justicia? No tiene nada que agradecer, don Fernando.

Sí, tengo que agradecer. Usted me enseñó que la familia no es excusa para el crimen, que los padres también tienen derecho a defenderse de sus hijos cuando es necesario. Después de colgar, me quedé ahí sentado hasta que se hizo de noche.

 Era el final de una historia que había empezado con una botella de tequila envenenada y había terminado con 22 años de cárcel. Y por primera vez en tres meses dormí tranquilo. Un año después del juicio, me desperté otra vez un 15 de marzo, mi cumpleaños número 74. Pero esta vez fue diferente. Rosa llegó temprano con sus nietos.

 Javier vino con su esposa y hasta don Fernando apareció caminando con bastón, pero caminando. Había mejorado mucho con las terapias que pagamos con el dinero de la indemnización. Desayunamos en el patio de mi casa bajo la sombra del árbol de aguacate que planté hace 20 años. Los nietos corrían entre las plantas de tomate.

 Don Fernando platicaba con Javier sobre carros y Rosa preparaba un pastel en la cocina. Era lo que debe ser un cumpleaños. Familia verdadera compartiendo momentos buenos. Don Aurelio, me dijo. Don Fernando, ¿sabe qué día es hoy? mi cumpleaños. Sí, pero también es el día que usted me salvó la vida. ¿Cómo que le salvé la vida? Si usted se hubiera tomado esa tequila en lugar de dármela a mí, usted estaría muerto.

 Pero también si usted no hubiera tenido el valor de denunciar a Miguel, él habría intentado matarlo otra vez. Usted nos salvó la vida a los dos. Era cierto.