La luz del atardecer se colaba por los ventanales de la villa de la familia Castillo en Marbella, cerca de Málaga, pero no lograba disipar la frialdad inherente al vasto salón. Elena Navarro estaba de rodillas en el impecable suelo de mármol, limpiando meticulosamente la última mancha.

 Su largo cabello negro estaba recogido en un moño pulcro y su ropa de faena, de tela áspera y ya gastada, la hacía parecer completamente fuera de lugar en medio del lujo circundante. Parecía más una empleada del hogar que la señora Castillo, la dueña de la casa. Crash. Un sonido estridente resonó. Una costosa taza de porcelana fina se hizo añicos junto a la mano de Elena.

 Los afilados fragmentos se esparcieron, uno de ellos cortando el dorso de su mano y dejando un rastro de sangre roja y viva. Elena se detuvo, pero no levantó la cabeza. Sentada en el sofá de diseño, doña Isabel, su suegra, la miraba con los brazos cruzados y una mirada tan afilada como una navaja. Pero, ¿qué haces? Ni siquiera sabes limpiar el suelo como es debido. ¿O es que tienes los ojos en la nuca y no viste que estaba tomando el té? Elena permaneció en silencio.

La mano que sostenía el paño se apretó. Recogió los trozos intentando que su sangre no manchara el suelo. Inútil si se oyabel con la voz cargada de desprecio. Limpia otra vez y limpia hasta que yo considere que está limpio. Elena solo asintió. Fue en silencio a por un recogedor y un paño nuevo.

 3 años de matrimonio y ya estaba acostumbrada a esto. La humillación, los insultos, el desprecio. En ese momento, el rugido del motor de un deportivo sonó fuera de la cancela y la puerta principal se abrió. Javier Castillo entró. Vestía un impecable traje hecho a medida, su figura alta y su rostro apuesto, pero frío. Era el SEO del grupo Castillo, el hombre que todo Madrid admiraba. Miró el salón.

Su mirada pasando por encima de Elena, arrodillada en el suelo y por los trozos de porcelana como si ella fuera solo aire, un objeto decorativo inanimado. Ni siquiera frunció el ceño. Javier, hijo mío, has llegado. Doña Isabel cambió de expresión al instante, de severa sonriente.

 Ven aquí, mamá ha mandado preparar tu sopa de marisco favorita. Javier negó con la cabeza y fue directo al bar, sirviéndose un vaso de whisky. No miró a Elena ni una sola vez. Madre, no me quedó a cenar. bebió el whisky de un solo trago. Verónica me necesita. El cuerpo de Elena se tensó.

 Su mano, que limpiaba el suelo, se detuvo por un instante. Verónica Soto, su bella y talentosa secretaria, la mujer que toda la familia Castillo, excepto ella, adoraba. Miró de reojo a Elena. Bueno, suspiró Isabel con la voz llena de insinuaciones. Debería solucionar eso de una vez por todas. Nuestra familia no puede quedarse sin un heredero.

 Verónica, por lo menos es mucho más sensata. Habló alto a propósito. Mira esa cosa que ni siquiera puede poner un huevo y encima es analfabeta. Si no fuera por el viejo don Alejandro obligándote antes de morir, ¿cómo iba a traer nuestra familia a esta basura a manchar la casa? Cada palabra era como una espina clavándose en el corazón de Elena. Analfabeta era la etiqueta que Javier Castillo le había puesto desde el primer día que pisó aquella casa.

 Tres años antes, el abuelo de Javier, que le había salvado la vida a ella y a su familia en una riada repentina en su pueblo de Extremadura, le obligó a casarse con ella. En su lecho de muerte, le cogió la mano y le dijo que Javier no era mala persona. Solo le pedía que tuviera paciencia, pero se equivocaba.

 Javier no dijo nada más, se dio la vuelta, se ajustó el cuello de la camisa y salió. Iba y venía como una ráfaga de viento frío sin detenerse nunca por ella. El motor del coche rugió de nuevo y luego se perdió en la distancia. En el enorme salón solo quedaban Isabel y Elena. ¿Qué haces ahí parada, desgraciada? Gritó Isabel. Sube a tu cuarto. Solo de mirarte me pongo de los nervios.

 Elena bajó la cabeza, sus manos apretando el paño con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Se levantó, limpió en silencio los trozos y el suelo y luego se dirigió a la escalera de servicio que llevaba a su fría habitación en el desbán.

 Llevaba 3 años casada viviendo como una sirvienta, una sombra invisible en su propia casa. En un escenario completamente opuesto a la mansión de los Castillo, en el restaurante más lujoso de Madrid, con una vista panorámica sobre la gran vía iluminada, el suave sonido de un violín se mezclaba con el tintineo de las copas de cristal. Javier Castillo cortaba con esmero el solomillo en su plato.

 Frente a él estaba Verónica Soto. Llevaba un vestido de seda color burdeos que realzaba su piel clara y su figura curvilínea. Su pelo ondulado caía suavemente, el rostro maquillado con pericia. Era el epítome de la mujer moderna y exitosa que cualquier hombre desearía.

 Verónica dejó el tenedor, sus hermosos ojos cubiertos por una fina neblina, la voz llena de remordimiento. Javier llamó suavemente. Te he vuelto a molestar hoy. Sé que deberías estar en casa con Elena, pero es que he tenido tanto miedo. Javier levantó la cabeza y la mirada fría que tenía en casa se derritió al instante, reemplazada por una ternura inusual. ¿Qué tontería es esa? Tuviste una pesadilla.

 Claro que debías llamarme, pero Verónica se mordió el labio. Temo que tu madre le ponga las cosas difíciles a Elena. Cuando la has llamado antes, su voz no parecía muy contenta. Suspiró como una flor frágil en el viento. Me da pena. Estaba acostumbrada a vivir en el campo. Venir a una ciudad como Madrid no debe de ser fácil.

 Y como no sabe leer ni escribir, ni siquiera puede comunicarse, debe de sentirse muy sola. Javier se rió con frialdad, la ternura desapareciendo en cuanto se mencionó el nombre de Elena. Pena de ella, por favor. Una paleta que gracias a mi abuelo ha podido vestirse de seda. Bebió un sorbo de vino tinto.

 Haber conseguido el puesto de señora Castillo ya es la suerte de su vida. Debería estar agradecida en lugar de andar con esa cara de funeral todos los días. Miró a Verónica, su mirada de nuevo tierna. sacó del bolsillo de su chaqueta una caja de terciopelo azul oscuro para ti. Verónica se tapó la boca con los ojos desorbitados de sorpresa. Dentro, un collar de diamantes brillaba con un colgante en forma de corazón de un diamante rosa extremadamente raro.

“Javier, esto es el corazón del Atlántico”, dijo Javier con la voz llena de cariño. “Lo conseguí en una subasta en Londres el mes pasado. Solo tú te mereces cosas como esta.” Verónica se levantó, rodeó la silla y le colocó personalmente el collar. Su piel fría rozó la nuca de ella, haciéndola estremecerse ligeramente.

 Ella se giró, pasó los brazos por su cuello, la mirada apasionada. “Javier, eres tan bueno conmigo.” Su aliento, con el olor de un perfume caro le rozó el rostro. “Pero tengo miedo.” ¿Miedo de qué? Preguntó él apretándole la cintura. “Tengo miedo de que sigamos así para siempre. Te quiero, pero no quiero ser la otra eternamente. Quiero estar contigo abiertamente.

Verónica lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Entonces, ¿cuándo cuándo podré ser oficialmente tu mujer, Javier? Su pregunta dio de lleno en la frustración que Javier escondía. Sí, Elena Navarro, la espina en su costado, su mayor obstáculo. Odiaba su existencia, odiaba su silencio, odiaba su origen humilde y su ignorancia.

 Si no fuera por el 20% de las acciones que su abuelo tenía a nombre de ella en un fideicomiso, ya la habría expulsado de la familia Castillo hace mucho tiempo. Pero ahora el grupo estaba en apuros. Javier soltó a Verónica y volvió a su silla. Miró las luces brillantes al otro lado de la ventana. Verónica percibió el cambio de inmediato.

Se sentó. En lugar de presionar, cambió a un tono preocupado. La empresa vuelve a tener problemas, ¿verdad? El proyecto en Europa. Javier asintió. Hay un problema de liquidez. Ese viejo, el señor Méndez del Consejo de Administración está presionando para ver los libros. Verónica frunció el seño. No era solo una cara bonita.

 Javier, ¿y si usamos las acciones de Elena? La mirada de Javier se ensombreció. Esas acciones están bloqueadas en el fideicomiso de mi abuelo. Solo tienen efecto si ella firma voluntariamente la transferencia. Verónica sonrió. una sonrisa llena de subentendidos que Javier no percibió. “¿Te has olvidado?”, dijo suavemente.

Ella no sabe leer ni escribir. La habitación del desván era fría y vacía. Era el polo opuesto al lujo de los pisos de abajo. No había alfombras de lana ni muebles de caoba, solo una dura cama individual y un escritorio viejo. Este había sido el mundo de Elena Navarro durante los últimos 3 años.

 Cerró en silencio la delgada puerta de madera y echó el cerrojo. El sonido seco del pestillo resonó como un interruptor que separaba dos mundos. En el momento en que la puerta se cerró, la apariencia sumisa y asustada de Elena desapareció. Su espalda, antes ligeramente encorbada por la resignación, se enderezó.

 Sus ojos, siempre bajos y esquivos, se alzaron. En la oscuridad eran afilados y fríos como el hielo. Fue debajo de la cama y sacó una maleta metálica cuidadosamente cerrada con un código. La abrió. Dentro no había ropa de campo, sino un portátil personalizado, un scaphundre, un modelo de seguridad de nivel militar que no se podía comprar con dinero.

 Elena se sentó en el escritorio y encendió el ordenador. La pantalla no mostraba la interfaz habitual de Windows o macOS, sino un sistema operativo encriptado y propietario. Tras tres capas de contraseñas complejas y verificación de retina, la pantalla principal se iluminó. No eran webs de compras ni de entretenimiento.

 Toda la pantalla estaba cubierta de gráficos complejos, algoritmos en ejecución y datos del mercado de valores global actualizados cada nanoseundo. Accedió a un sistema de correo electrónico encriptado de extremo a extremo. La bandeja de entrada se llenó al instante con una serie de correos no leídos. Asunto: JPM Ariatna. Necesitamos su opinión sobre la próxima emisión de bonos de la Reserva Federal.

 Asunto FMA. Ariatna, el paquete de rescate de 500,000 millones que predijo ha fracasado. El mercado de Londres es un caos. Asunto. Tir Ariadna no entendemos su modelo. ¿Cómo sabía que el Fondo Soberano de Noruega iba a desinvertir? Ariadna, un nombre mítico en el mundo financiero clandestino. Era una leyenda viva, una analista misteriosa que nunca había revelado su rostro.

 alguien que predijo con precisión el colapso de Lman Brothers en 2008, cuando solo era una adolescente, que advirtió sobre la burbuja tecnológica de 2024. Dentro no había ropa de campo, sino un portátil personalizado, un scaphre, un modelo de seguridad de nivel militar que no se podía comprar con dinero. Elena se sentó en el escritorio y encendió el ordenador.

 La pantalla no mostraba la interfaz habitual de Windows o macOS, sino un sistema operativo encriptado y propietario. Tras tres capas de contraseñas complejas y verificación de retina, la pantalla principal se iluminó. No eran webs de compras ni de entretenimiento. Toda esta farsa era por una promesa. Elena abrió un archivo oculto.

 Era la única fotografía que guardaba de ella con un hombre mayor y de aspecto bondadoso. El abuelo castillo, don Alejandro, el hombre que le había salvado la vida a ella y a su familia en una trágica riada años antes. En su lecho de muerte, no llamó a Javier, la llamó a ella. Elena le cogió la mano con la respiración débil. Lo siento, no he educado bien a Javier. La arrogancia y los prejuicios lo han cegado. No ve tu valor.

 Wall Street estaría dispuesto a pagar cientos de millones de euros solo por conocer la identidad de Ariatna. Nunca podrían imaginar que la Ariatna que buscaban era la esposa analfabeta Elena Navarro viviendo en un desbán de la casa de la familia Castillo en Marbella. No solo sabía leer y escribir, sino que se había graduado con una doble licenciatura cumlaude en matemáticas aplicadas en Harvard y finanzas cuantitativas en el MIT. Dominaba siete idiomas, no cinco.

 Si te traiciona Elena, no le debes nada. Usa esa espada y el 30% de las acciones que te he dejado en secreto en otro fideicomiso y recupera todo lo que es tuyo. No tengas piedad. Habían pasado 3 años. Le había dado innumerables oportunidades, pero a cambio solo había recibido humillación, frialdad y el nombre de Verónica.

 Elena volvió a la pantalla, abrió otra ventana monitorizando las acciones del grupo Castillo. Caían en picado. Veía claramente las malas decisiones de inversión de Javier. Había sido demasiado confiado al intentar entrar en el mercado de la biotecnología en Europa sin la debida preparación. La liquidez del grupo se estaba agotando. En solo 10 minutos, con algunas órdenes de venta en corto y recompra, podría salvar la situación fácilmente, pero no lo hizo.

 La promesa al abuelo Castillo aún resonaba. Si te traiciona. La traición aún no había ocurrido oficialmente. Todavía estaba esperando. Recorrió los correos tecleando rápidamente líneas de comando complejas, dando instrucciones a los mayores bancos de inversión del mundo. Sus dedos volaban sobre el teclado, tan rápidos que creaban una imagen borrosa.

Salir del mercado alemán, vender en corto el Nickei, comprar oro, reestructurar la deuda de Argentina. Tras una hora de trabajo, cerró el portátil, lo guardó en la maleta y la cerró. Ariatna desapareció. Elena Navarro, la esposa campesina y analfabeta, estaba de vuelta.

 Se sentó en la cama escuchando el rugido del deportivo de Javier fuera. Había vuelto, pero no subiría allí. Ni siquiera consideraba esa habitación parte de la casa. La frialdad del desván parecía infiltrarse en su corazón. En el despacho del CEO del grupo Castillo, Crash. El cenicero de cristal fue arrojado por Javier Castillo contra la pared opuesta haciéndose añicos. Inútiles.

 Una panda de inútiles, gritó a los directores de departamento a través de una videollamada. Os pago millones de euros al año y no podéis solucionar un simple problema de liquidez. Los bancos alemanes se niegan a prorrogar el préstamo. ¿Por qué? Los directores bajaron la cabeza. Nadie se atrevía a responder.

 El proyecto de biotecnología en Europa había fracasado estrepitosamente. Estaba quemando el dinero del Grupo Castillo más rápido que un horno. Los accionistas ya habían empezado a hacer preguntas. Javier colgó la llamada bruscamente, aflojándose la corbata. Estaba realmente en apuros. En ese momento, la puerta del despacho se abrió suavemente. Verónica Soto entró sosteniendo una taza de café caliente.

 No llevaba el uniforme de secretaria, sino un vestido ceñido y sensual. Javier dijo con voz suave, rodeando el escritorio y colocando las manos en sus hombros, masajeándolos suavemente. No te alteres. Seguro que hay una solución. El calor y el perfume de ella calmaron un poco a Javier. cerró los ojos reclinándose en la silla. ¿Qué solución? Todos los bancos me han dado la espalda. Verónica sonrió.

Los bancos pueden haberte dado la espalda, pero la familia Castillo no. Javier abrió los ojos. ¿Qué quieres decir? Me he acordado ahora, dijo Verónica. Como por casualidad. Creo que el abuelo Castillo le dejó unas acciones a Elena antes de morir. No era un 20%. Javier frunció el ceño. Sí, pero están bloqueadas en un fideicomiso. Son inútiles a menos que ella firme voluntariamente la transferencia.

 Y ella, pero no es tu esposa, interrumpió Verónica con la voz llena de insinuaciones. Una esposa tiene la responsabilidad de compartir las cargas de su marido. No. Javier la miró. Di lo que tengas que decir. Ella confía mucho en ti, dijo Verónica, sus dedos deslizándose ligeramente por su pecho. Además, he oído que no sabe leer ni escribir.

 Si es para salvar al grupo, para salvar a la familia, quizás acceda a firmar algunos papeles para ayudar a la empresa. Al fin y al cabo, ella también es una castillo. Un silencio espeluznante llenó el despacho. Javier se dio cuenta de repente, miró a Verónica. Es analfabeta.

 Una sonrisa cruel y excitada se formó lentamente en su apuesto rostro. Es verdad. Una analfabeta no sabe nada de contratos de transferencia de acciones. Verónica, viendo que lo había entendido, añadió, “Este fin de semana, la alta sociedad madrileña organiza una gala benéfica: Corazón Solidario, para recaudar fondos para niños desfavorecidos. Habrá muchos periodistas.” lo miró apasionadamente.

Si llevas a Elena, mostráis vuestro amor de marido y mujer y luego, como si nada, firmáis unos papeles de donación delante de todo el mundo. Nadie sospechará. Recorrió los correos tecleando rápidamente líneas de comando complejas, dando instrucciones a los mayores bancos de inversión del mundo.

 Sus dedos volaban sobre el teclado, tan rápidos que creaban una imagen borrosa. Salir del mercado alemán, vender en corto el Nickei, comprar oro, reestructurar la deuda de Argentina. Tras una hora de trabajo, cerró el portátil, lo guardó en la maleta y la cerró. Ariatna desapareció. Elena Navarro, la esposa campesina y analfabeta, estaba de vuelta.

 Cuando Javier entró, ella por reflejo, dio un paso atrás, preparándose para los habituales insultos o la indiferencia. Pero hoy Javier no pasó de largo. Se detuvo Elena, su voz no era fría, casi podría considerarse amable. Elena levantó la cabeza, los ojos muy abiertos, mostrando sorpresa y un poco de miedo. Era la primera vez en tres años que decía su nombre sin una pisca de desprecio.

“Este fin de semana te llevaré a un evento”, dijo él intentando parecer natural. Elena negó con la cabeza apresuradamente, las manos agarrando el delantal. “Yo, yo no voy. No sé socializar. Te avergonzaré. No importa.” Javier fue inusualmente paciente, incluso dio un paso hacia ella. Es un evento de caridad muy significativo. Solo tienes que estar allí conmigo.

 La miró. Habrá una gran donación para niños desfavorecidos. Quiero que representes a la familia Castillo y firmes los papeles de la donación. Elena lo miró fijamente intentando encontrar sinceridad en sus ojos, pero solo vio una falsedad mal disimulada.

 Prepárate un traje decente, añadió él dándose la vuelta, pero manteniendo el tono amable. No te preocupes, yo estaré allí. Salió de la cocina. Elena se quedó inmóvil con las manos apretadas. Un evento de caridad. Firmar papeles. Javier, que siempre la había considerado una mancha, la llevaba voluntariamente a un lugar lleno de periodistas.

 Conocía bien la situación del grupo castillo. Sabía que estaba desesperado. El pez por fin había mordido el anzuelo. Hotel Palace, Madrid. La gala benéfica Corazón Solidario era en efecto extremadamente lujosa. Los medios de comunicación y las figuras prominentes de Madrid estaban todos presentes.

 Javier Castillo, con un elegante smoking, salió de un Rolls-Royce. Rodeó el coche para abrir la puerta, pero quien salió no fue Verónica, como de costumbre, sino Elena Navarro. Llevaba un sencillo vestido largo de color beige, el pelo recogido en un moño bajo. La ropa estaba limpia, pero en comparación con los vestidos de marca y brillantes a su alrededor, parecía un gorrión perdido en una bandada de pavos reales. Todas las cámaras se giraron hacia ellos.

 Por primera vez en su vida, Javier pasó el brazo por la cintura de Elena. El cuerpo de ella se tensó. interpretó a la perfección el papel de una chica de campo asustada aferrándose al brazo de su marido. Seor Castillo, esta es Lasra Castillo. Qué sorpresa, señor Castillo. Ha traído a su esposa al evento y los rumores sobre su relación con su secretaria, Verónica.

 Javier sonrió a la perfección. Hoy mi esposa y yo estamos aquí por una causa benéfica. Elena, aunque no está acostumbrada a estos lugares ruidosos, tiene un corazón muy bondadoso. Decía estas palabras, pero la mano en su cintura apretaba como un tornillo, advirtiéndole que se callara.

 Tras los saludos obligatorios, Javier no llevó a Elena al salón principal, sino a una sala VIP privada que ya estaba preparada. “¿Estás cansada, verdad?”, dijo él. La amabilidad aún en el rostro, pero la impaciencia ya visible en sus ojos. Descansa aquí. Voy a saludar a algunos socios. En un rato alguien traerá los documentos para que los firmes.

 Elena asintió obedientemente, sentándose en el borde del sofá, con la espalda recta y las manos en las rodillas, exactamente como una alumna esperando al profesor. Javier salió satisfecho. Un buen rato después, la puerta de la sala se abrió. No era Javier, sino su abogado personal, el Dr. Romero.

 Detrás de él, dos guardias de seguridad. El Dr. Romero parecía incómodo. Colocó una gruesa carpeta de documentos en la mesa. Sra Castillo al señor Javier dijo que usted estaba de acuerdo en firmar esto. Elena miró la carpeta. No necesitaba leerla. Solo por el grosor y la cubierta de cuero. Sabía que no eran papeles de donación. En ese momento, Javier entró.

Ya se había deshecho de los periodistas. Firma. Elena dijo sin rodeos. Elena lo miró y luego a la carpeta con expresión confusa. Javier, dijiste que era una donación. ¿Por qué hay tantos papeles? Javier perdió la paciencia. ¿Por qué haces tantas preguntas? Es el procedimiento necesario para liberar los fondos de caridad.

 Pasó directamente a la última página, una página llena de texto en español e inglés. Señaló una línea en blanco en la parte inferior. Firma tu nombre. Elena Navarro. Aquí Elena temblaba. miró el título en la parte superior. Aunque él intentaba tapar una parte con el dedo, ella aún podía leer las cuatro palabras. Contrato de transferencia de acciones. Empezó a actuar.

 Sus ojos se llenaron de lágrimas. La voz temblorosa. Javier, son tantas letras, yo no sé leerlo, ¿sabes? Y si firmo en el sitio equivocado, el Dr. Romero sudaba a mares. Señor Castillo, esto tener a una persona analfabeta firmando un contrato tan importante legalmente. Cállate, gritó Javier fulminando al Dr. Romero con la mirada. El abogado se cayó de inmediato.

 Se giró hacia Elena, la ira casi imposible de ocultar, pero se contuvo, su voz volviéndose espeluznantemente persuasiva. Es solo tu nombre. ¿De qué tienes miedo? ¿O quieres que te escriba un modelo para que lo copies como una alumna de primaria? La humillación en esas palabras hizo que Elena apretara los puños. Soyoso.

 ¿Dónde? ¿Dónde firmo? Aquí señaló la línea. Sí. Javier casi suspiró de alivio. Escribe aquí Elena Navarro. Venga, sé buena. Su voz era como si estuviera persuadiendo a una niña. Elena cogió la cara pluma estilográfica, su mano temblando violentamente. Bajó la cabeza para que el pelo ocultara su mirada fría. Empezó a escribir trazo por trazo, lenta y torpemente, exactamente como alguien que intenta copiar un nombre que no comprende bien. Elena Navar. En la última letra, Lao de Navarro, se detuvo.

Javier contuvo la respiración, se mordió el labio y luego terminó de escribir. Pero en el último trazo de la letra añadió deliberadamente un pequeño trazo extra, casi imperceptible, que rompía la letra y la hacía estructuralmente incorrecta. Aún se leía navarro, pero legalmente era una firma inválida.

 dejó la pluma jadeando como si acabara de hacer algo extremadamente agotador. Javier agarró inmediatamente la carpeta, miró rápidamente la firma. Parecía un garabato feo típico de alguien iletrado. No notó la anomalía. Una sonrisa victoriosa apareció en su rostro. Listo. Cerró la carpeta con fuerza. Ya está hecho. Quédate aquí. No te muevas.

 Voy a encargarme del resto. Él y el doctor. Romero salieron apresuradamente, como si ella fuera una plaga. Elena se quedó sola en la sala de espera. Lentamente levantó la cabeza. Ya no había miedo ni lágrimas. Miró la mano con la que acababa de firmar. Una firma dolorosa. Dolorosa no para ella, sino para la estupidez y la crueldad de Javier Castillo. El juego estaba llegando a su fin.

 El viaje de vuelta a la Villa de los Castillos se hizo en silencio absoluto. Si a la ida Javier todavía había intentado representar el papel de marido amable, ahora ni se molestaba en ocultar su euforia y aversión. estaba constantemente al teléfono, la voz llena de triunfo, ignorando por completo a Elena sentada a su lado.

En cuanto entraron en el salón, ni siquiera esperó a que ella se descalzara. Se aflojó la corbata, se tiró al sofá y marcó inmediatamente un número. Esta vez puso el altavoz. La voz mimada de Verónica sonó al instante. Javier, ya está, mi amor. Javier soltó una carcajada una risa de satisfacción. Tesoro está hecho.

 Elena, que se estaba descalzando, se detuvo. Se giró lentamente. En serio, gritó Verónica. Esa paleta estúpida ha firmado. Sí. Javier se reclinó poniendo los pies en la mesa. El 20% de las acciones está todo en mis manos. Voy a transferírtelas a ti inmediatamente. Mañana por la mañana, el abogado se encargará de todo el papeleo.

 Serás una gran accionista del grupo Castillo. Miró a Elena, que estaba paralizada en la puerta con una mirada provocadora. El grupo Castillo está salvado, Verónica. Eres mi mayor salvadora. Esta noche en tu apartamento. De acuerdo. Tenemos que celebrarlo. Sí, río Verónica. Te espero. Te quiero. La llamada terminó.

La atmósfera en el salón se volvió gélida. Elena caminó hacia él con las manos apretadas. Todavía interpretaba el papel de la esposa ingenua. Javier, su voz temblaba. ¿Qué estás diciendo? ¿Qué acciones? Transferir a la señorita Soto. Intentó insistir. No, no era una donación de caridad para los niños. Caridad. Javier se levantó de un salto.

Se río. Una carcajada fuerte, pero sin alegría alguna, solo crueldad y desprecio absolutos. Elena Navarro se acercó, su rostro apuesto ahora pareciendo aterrador. ¿De verdad crees que un analfabeta como tú tiene algún valor para hacer caridad? Elena retrocedió. Pero tú dijiste, “¡Cállate!”, gritó él rasgando la máscara de amabilidad de la fiesta.

“Tres años. He tenido que aguantarte durante 3 años. Aguantar esa cara tuya de paleta ignorante. Aguantar que todo Madrid se ría de mí por haberme casado con una analfabeta pasuata. le agarró la barbilla forzándola a mirarle a los ojos.

 ¿Crees que el abuelo Castillo te dejó un 20% de las acciones? ¿Para qué? ¿Para que lo disfrutaras? ¿Para que fueras la señora Castillo? Escupió en el suelo. No, eso es propiedad de la familia Castillo. Me pertenece. Hoy solo he recuperado lo que es mío. Las lágrimas de Elena corrieron. Tú me has engañado. Engañado. Se río con desdén. Tratar con un analfabeta no se llama engañar, se llama optimizar recursos.

 Le soltó la barbilla, pero le dio unas palmaditas en la mejilla. Un gesto de humillación suprema. Tu única utilidad en estos 3 años ha sido este 20% de acciones. Ahora que el contrato está firmado, retrocedió, sacó un pañuelo y se limpió los dedos que le habían tocado. Como si hubiera tocado algo sucio. Ya no sirves para nada.

 Las últimas palabras fueron dichas lenta y claramente. Elena cayó de rodillas. Javier la miró arrodillada en el suelo, la mirada sin una pisca de compasión. Fue al escritorio en la esquina del salón, sacó una carpeta de documentos que ya estaba preparada desde hacía mucho tiempo y se la arrojó directamente a la cara. Los papeles se esparcieron cayendo alrededor de Elena.

Papeles del divorcio. Su voz era fría como el hielo. Ya he firmado. ¿Vienes? No tienes derecho a un solo céntimo. Llegaste aquí con las manos vacías. Te vas de aquí con las manos vacías. Se agachó y recogió una hoja. Ah, se me olvidaba. Tú ni siquiera sabes leer.

 Cogió una almohadilla de tinta para huellas dactilares y se la tiró a los pies. Pon tu huella digital aquí ahora. Elena no recogió los papeles del divorcio, solo levantó la cabeza y lo miró las lágrimas corriendo. Su mirada ya no era de miedo, sino de un vacío aterrador. Javier vio esa mirada y se enfadó aún más. ¿Qué miras todavía? ¿Crees que te voy a mantener aquí? Una basura que ni siquiera pone huevos. Firma y desaparece de mi casa.

 Ahora Elena permaneció en silencio. Desaparece. Perdió toda la paciencia. Corrió, la agarró por el brazo y la arrastró hacia la puerta. Abrió la puerta principal de par en par y la empujó, haciéndola caer en los fríos escalones del exterior. Mañana por la mañana se quedó en el escalón, mirándola desde arriba.

 No quiero ver tu cara en esta casa nunca más. cerró la puerta de un portazo. Elena se quedó tirada en el frío suelo de granito. Soplaba el viento nocturno de la costa. Lentamente se sentó, se llevó la mano a la cara para limpiarse las lágrimas. Miró la puerta de madera firmemente cerrada. Javier Castillo, el que tiene que desaparecer eres tú.

 Se levantó, se sacudió el polvo de su vestido barato, no miró hacia atrás. salió tranquilamente por la gran cancela de la propiedad de los castillos. La pesada puerta de roble de la villa de los castillos se cerró con un sonido rotundo y definitivo. Elena Navarro cayó desamparada sobre los fríos escalones de granito.

 El viento nocturno de noviembre en Marbella traía un frío que le calaba el cuerpo frágil traspasando la tela barata del vestido. Acababa de ser expulsada de casa por Javier Castillo, su marido legal, como si fuera una bolsa de basura. Se quedó allí tumbada unos segundos. Sintiendo el frío cortante penetrar en su piel, el cielo empezó a lloviznar.

 Las frías gotas de lluvia le caían en la cara, mezclándose con las lágrimas de humillación que deliberadamente dejaba correr. Clic. Ahora que el contrato está firmado, retrocedió, sacó un pañuelo y se limpió los dedos que le habían tocado, como si hubiera tocado algo sucio. Ya no sirves para nada. Las últimas palabras fueron dichas lenta y claramente. Elena cayó de rodillas.

 Javier la miró arrodillada en el suelo, la mirada sin una pisca de compasión. Fue al escritorio en la esquina del salón, sacó una carpeta de documentos que ya estaba preparada desde hacía mucho tiempo y se la arrojó directamente a la cara. Elena se sentó lentamente, no recogió la bolsa de ropa.

 La lluvia empezó a caer más fuerte, torrencial, lavando el maquillaje barato de su rostro, revelando una cara delicada, pero pálida por el frío. Se levantó tambaleándose hacia la cancela principal. En ese momento, dos ases de luz cegadores le iluminaron el rostro. Un arrogante macerati rojo vino frenó en seco, justo delante de la cancela, casi atropellándola.

 La puerta del coche se abrió. No era Javier. El chófer uniformado salió apresuradamente abriendo un paraguas. Verónica Soto salió. No llevaba el uniforme de secretaria, sino un carísimo vestido de noche color burdeos con un abrigo de piel de visón blanco sobre los hombros. Parecía la verdadera anfitriona de la fiesta y de la casa.

 Caminó lentamente hasta Elena, el paraguas protegiéndola cuidadosamente, sin dejar que una sola gota de lluvia la tocara. Miró a Elena, que estaba empapada, el pelo pegado a la cara, tan miserable como un perro abandonado. ¡Oh! Verónica se tapó la boca, la voz llena de una falsa compasión. Elena, ¿cómo has llegado a esto? Llueve tanto.

 ¿Por qué estás aquí fuera? Elena levantó la cabeza con los ojos rojos mirándola. Javier tenía un asunto que atender, así que me pidió que viniera a despedirme de ti. Verónica sonrió. Una sonrisa dulce, pero sus palabras eran como cuchillos. Al fin y al cabo, durante los últimos tres años, has cuidado de Javier por mí. Debo darte las gracias.

 Se acercó más, bajando la voz lo suficiente para que solo ellas dos oyeran. ¿Sabes lo que dijo Javier cuando consiguió tu firma? Elena apretó los puños. dijo susurró Verónica en su oído. Por fin me he librado de ese peso muerto, estúpido y sucio. Verónica, cruñó Elena. Qué enfadada.

 La sonrisa en los labios de Verónica desapareció, reemplazada por una expresión de superioridad y odio. ¿Quién te crees que eres? ¿Crees que el título de señora Castillo era realmente tuyo? Sas, una bofetada violenta. Verónica usó toda su fuerza. El impacto fue tan fuerte que Elena cayó en un charco de agua sucia. “Paleta, siseó Verónica, su hermoso rostro contorsionado. Has ocupado mi lugar durante 3 años.

 En estos tres años, quien debía estar en esa villa era yo. Quien debía ser amada y mimada por Javier era yo. Esta bofetada me la debías.” Sacó un pañuelo de seda del bolso, se limpió la mano que acababa de golpear a Elena como si hubiera tocado algo inmundo y luego le arrojó el pañuelo encima.

 Mírate qué patética, una analfabeta inútil. Nunca perteneciste a este lugar. El chófer le abrió la puerta del coche a Verónica y ella se sentó elegantemente. Ah, es verdad. Se giró y sonrió una última vez. A partir de ahora, la casa de los Castillo tiene una nueva dueña y ese 20% de acciones, Javier me las ha ofrecido como regalo de bodas.

 El Macerati rugió, pasó junto a Elena, pisando deliberadamente un charco y salpicándola con agua sucia. La pesada cancela de hierro de la propiedad se abrió para recibir el coche y luego se cerró lentamente, dejando a Elena fuera bajo la lluvia y la humillación. Elena se quedó inmóvil en el charco de agua fría. Pasados unos minutos, se apoyó en las manos y se levantó.

 La lluvia torrencial parecía haber lavado toda la debilidad y resignación de los últimos tres años. Se pasó la mano por el pelo empapado, echándoselo hacia atrás. En la oscuridad, sus ojos ya no mostraban miedo o confusión, solo una frialdad y una agudeza aterradoras.

 No miró más hacia la cancela de la casa de los Castillos, se dio la vuelta y empezó a caminar bajo la lluvia. Después de unos pasos se detuvo junto a una vieja cabina telefónica pública. Entró, levantó el auricular, pero no introdujo ninguna moneda. Marcó una larga y compleja secuencia de números en el teclado. Tras unos tonos, la llamada fue atendida.

 La voz de un hombre extremadamente respetuosa sonó en un inglés perfecto. Señora Elena miró la lluvia de Marbella, su voz calmada y fría. Asistente Wang, prepárate. Preparar qué, señora. Activar el protocolo Ariatna. Avisa a Deutsche Bank, a JP Morgan y a Nomura. Es hora de recoger la red. se detuvo un momento y añadió, “El juego ha comenzado en total contraste con la fría lluvia de fuera dentro de la villa de los castillos. La chimenea ardía intensamente, las llamas danzando en las copas de coñac caro.

Javier Castillo acababa de ducharse, vestía un albornóz de seda y estaba sentado en el sofá con los pies sobre la mesa. Estaba en la cima de la satisfacción. Se había librado de la espina que le molestaba, había obtenido el 20% de las acciones y estaba a punto de salvar a su grupo. Verónica también acababa de ducharse.

 Llevaba un camisón de seda negro, fino y transparente. Descalza, vino a sentarse en su regazo. Doña Isabel bajó del piso de arriba con el rostro radiante de alegría. Por fin se sentó en la silla de enfrente. Por fin nuestra familia se ha librado de esa carga. ¿Has hecho bien, Javier? Javier bebió un sorbo de coñac, la mano abrazando firmemente la cintura de Verónica. Madre, eso era obvio.

 Ya te dije que no iba a dejar que una paleta analfabeta manchara a nuestra familia por mucho tiempo. Isabel miró a Verónica con satisfacción. Verónica, querida, ha sido difícil para ti tener que soportar la humillación de ser la otra durante todo este tiempo. Verónica se apoyó inmediatamente en el hombro de Javier, la voz un poco tímida y avergonzada. Tía, no importa. Mientras pueda estar con Javier, estoy satisfecha.

” Miró a Javier y luego a doña Isabel. Además, se mordió el labio con una expresión vacilante, pero feliz. Tía Javier, hay otra buena noticia. No sé si debería decirla ahora. Javier se ríó pensando que quería un regalo. ¿Qué es, tesoro? Te daré lo que quieras.

 ¿El collar de diamantes del otro día o una villa en la sagaleta? ¿No es eso? Verónica le dio una leve palmada en el pecho. Creo que respiró hondo y se posó la mano en el vientre. Creo que estoy embarazada. De Javier. ¿Qué? La copa en la mano de Javier casi se cae. Se quedó atónito. Doña Isabel se levantó de un salto, corrió junto a Verónica, la voz temblando de emoción.

 Verónica, ¿hablas en serio? ¿Estás embarazada? Verónica asintió, los ojos llenándose de lágrimas. Tengo dos semanas de retraso. Me hice la prueba esta mañana y dio positivo. Iba a decíroslo el fin de semana. Dios mío. Isabel juntó las manos. La familia Castillo va a tener un heredero. Vamos a tener un sucesor.

 Javier se quedó atónito unos segundos y luego una euforia se apoderó de él. Embarazada, iba a ser padre. Era una doble felicidad. Tenía el dinero y un hijo para continuar su apellido. Esa inútil de Elena Navarro. 3 años y ni un huevo pudo poner. Abrazó a Verónica con fuerza, la levantó y dio vueltas con ella. Verónica, eres mi tesoro, mi diosa de la suerte.

 Javier bebió un sorbo de coñac, la mano abrazando firmemente la cintura de Verónica. Madre, eso era obvio. Ya te dije que no iba a dejar que una paleta analfabeta manchara a nuestra familia por mucho tiempo. Isabel miró a Verónica con satisfacción. Verónica, querida, ha sido difícil para ti tener que soportar la humillación de ser la otra durante todo este tiempo.

 Verónica se apoyó inmediatamente en el hombro de Javier, la voz un poco tímida y avergonzada. Tía, no importa. La dejó en el suelo y la besó en la frente. Madre, ¿has oído? Voy a tener un hijo. Isabel estaba tan feliz que hasta lloraba. Lo he oído. Lo he oído. Qué bien, mi buena nuera. Cambió inmediatamente la forma de tratarla.

 Verónica se acurrucó en los brazos de Javier, ocultando una sonrisa victoriosa. Por supuesto que no estaba embarazada. La prueba de embarazo la había comprado por internet, pero necesitaba una garantía sólida. Quiero anunciar el cambio en la estructura de los principales accionistas. La señora Elena Navarro transferirá la totalidad de sus acciones a la señorita Verónica Soto.

Miró a Verónica con ternura e informe al departamento financiero para que prepare una nueva ronda de captación de fondos. El grupo castillo está a punto de despegar. Colgó. Miró por la ventana. La lluvia parecía haber cesado. Sonrió fríamente. El mal tiempo era realmente adecuado para deshacerse de la basura.

 No tenía ni idea de que la verdadera tormenta, una tormenta capaz de hundir a todo el grupo castillo, no había hecho más que empezar. 9 de la mañana, sede del grupo Castillo, la Torre Castillo en Madrid. La sala de reuniones del Consejo de Administración en la planta 68 tenía una atmósfera tensa. Todos los miembros del Consejo estaban presentes, sus expresiones graves.

 Las acciones del Grupo Castillo habían caído consecutivamente en los últimos tres días. Javier Castillo entró, seguido de Verónica Soto. Él vestía un traje italiano azul marino, el pelo peinado hacia atrás, brillante, el rostro lleno de confianza y arrogancia, contrastando totalmente con la atmósfera sombría de la sala.

 Verónica, como futura accionista, llevaba un elegante traje de falda y chaqueta blanco, sonriendo y saludando a todos. Buenos días a todos. Javier se sentó en la silla de la presidencia. Sé que estáis todos preocupados por el problema de liquidez, pero os he convocado hoy para anunciar una buena noticia. Los accionistas se miraron unos a otros, escépticos.

 Nuestro mayor problema, el 20% de las acciones atrapadas en el fideicomiso de Lasра. Castillo hizo una pausa y sonrió. ha sido resuelto. La señora Elena Navarro ha aceptado transferir voluntariamente la totalidad de sus acciones a la señorita Verónica Soto aquí presente. La sala de reuniones se agitó. En serio, señor Castillo. Si es así, es genial.

 Podemos usar esas acciones como garantía para un préstamo bancario. Javier levantó la mano pidiendo silencio. No solo eso, voy a anunciar. Boom. La puerta de la sala de reuniones se abrió con violencia. El director financiero, el señor López, entró corriendo, el rostro sin una gota de sangre. Ni siquiera tuvo tiempo de llamar a la puerta. Javier se enfureció.

 Señor López, ¿qué está haciendo? ¿No ve que estoy en una reunión? Señor Castillo, es es terrible. Jadeó el señor López sosteniendo una tablet con las manos temblorosas. El Deutsche Bank de Alemania acaban de enviar una notificación urgente. Javier frunció el seño. ¿Qué notificación? ¿Han aceptado prorrogar el préstamo del proyecto europeo? No, gritó el señor López.

 Han han retirado todas nuestras líneas de crédito. Exigen que paguemos inmediatamente el préstamo de 50 millones de euros. Inmediatamente toda la sala estalló. ¿Qué? 50 millones de euros. ¿De dónde vamos a sacar eso? Javier se levantó de un salto.

 ¿Qué estás diciendo? ¿Por qué harían eso? El director Schmid de allí es amigo mío. No lo sé, dijo el señor López presa del pánico. Y aún no ha acabado. Hizo clic temblando en otro correo. Nuestros socios de Nomura de Tokio acaban de cancelar todos nuestros pedidos. Dicen que han perdido la confianza en nuestra capacidad de gestión. Y Javier le arrancó la tablet de las manos. Sus ojos se desorbitaron al leer el tercer correo.

 El fondo de inversión JP Morgan Chase de Nueva York. Ellos, ellos están vendiendo masivamente las acciones del Grupo Castillo. Las están vendiendo como si fueran papel. “Iposible”, gritó Javier. “¿Por qué? ¿Por qué está pasando todo al mismo tiempo?” El señor López señaló otro correo, un correo anónimo que había sido reenviado.

 Por esto, señor Castillo, todos ellos, Alemania, Japón, América, todos han recibido un análisis anónimo por correo esta mañana. ¿Qué correo? Un análisis detallado y aterrador de nuestros fallos financieros. Expone el proyecto de biotecnología en Europa como una trampa de deuda. Analiza con precisión numérica que falsificamos los beneficios del último trimestre y concluye que el grupo Castillo no tiene capacidad para pagar sus deudas en los próximos 30 días.

Verónica palideció. ¿Quién quién ha hecho esto? No lo sabemos. El remitente firma como Ariatna. Javier se quedó atónito. Nunca había oído ese nombre. En ese momento, la gran pantalla de la sala de reuniones que exhibía informes financieros cambió súbitamente a un canal de noticias financieras. Una franja roja de urgente pasaba por la pantalla.

 Acciones del Grupo Castillo se desploman. Pierden un 30% de su valor en una hora. Imágenes caóticas de la bolsa. Las acciones del Grupo Castillo brillando en un rojo intenso en caída libre. Dios mío. Un accionista mayor se agarró el pecho. Margin call. Vamos a tener un margin call. La confianza de Javier se desmoronó. No, no puede ser. Se giró hacia el señor López. Calme al mercado.

Dígales que son noticias falsas. Es demasiado tarde, señor Castillo. Dijo el señor López desesperado. Ese análisis es demasiado preciso. Nadie nos cree ya. Javier se tambaleó, miró a Verónica. Su plan perfecto, el 20% de acciones, el hijo, todo se había vuelto insignificante ante esta tormenta. Respiró hondo intentando recuperar la compostura.

 Convoquen rechinó los dientes. Convoquen una junta general extraordinaria. Inmediatamente tenemos que calmarlos. Tenemos que descubrir quién está detrás de esto. El caos en la Torre Castillo duró todo el día. El despacho del CO en la planta 68 se transformó en un centro de mando de guerra.

 Los teléfonos no paraban de sonar. Se oían gritos, cosas rompiéndose. Javier era como un animal acorralado. Ya había roto tres teléfonos y su servicio de té favorito. ¿Por qué? Gritaba a su equipo de gestión. ¿Por qué el director Schmith del Deutsche Bank no contesta? Le he llamado 17 veces. Y Nakagawa de Nomura se atreve a rechazar mi llamada.

Nadie se atrevía a responder. El análisis de Ariatna era espeluznantemente preciso. Sé que estáis todos preocupados por el problema de liquidez, pero os he convocado hoy para anunciar una buena noticia. Los accionistas se miraron unos a otros escépticos.

 Nuestro mayor problema, el 20% de las acciones atrapadas en el fideicomiso de las Castillo hizo una pausa y sonrió. ha sido resuelto. La señora Elena Navarro ha aceptado transferir voluntariamente la totalidad de sus acciones a la señorita Verónica Soto aquí presente. La sala de reuniones se agitó. En serio, señor, su mente bullía. intentaba pensar en qué se le habría escapado.

 De repente surgió una idea. Elena Navarro no creía que ella tuviera ningún valor, pero se acordó de los rumores. Los medios de Madrid decían que la desgracia del grupo Castillo se debía a su crueldad por haber expulsado a su esposa y haber traído a un amante a casa. Decían que Elena Navarro traía suerte y que él había destruido su propia fortuna.

 Una idea desesperada surgió. Y si y si traigo a Elena de vuelta, pensó Javier se tambaleó, miró a Verónica. Su plan perfecto, el 20% de acciones, el hijo, todo se había vuelto insignificante ante esta tormenta. Respiró hondo intentando recuperar la compostura. Convoquen rechinó los dientes.

 Convoquen una junta general extraordinaria. Inmediatamente tenemos que calmarlos. Tenemos que descubrir quién está detrás de esto. El caos en la Torre Castillo duró todo el día. El despacho del CO en la planta 68 se transformó en un centro de mando de guerra. Si traigo a esa paleta de vuelta, aparezco con ella ante los accionistas. Digo que los rumores del divorcio son falsos, que la familia Castillo sigue unida.

 Quizás, quizás eso calme los ánimos. Al fin y al cabo, fue ella a quien eligió el abuelo. Todavía creía firmemente que Elena era una tonta analfabeta, fácil de manipular. pensaba que estaría en algún lugar llorando, muerta de hambre. Inmediatamente llamó a su equipo de seguridad. Encontradla, encontrad a Elena Navarro ahora mismo.

 No puede haber ido lejos. En media hora, el equipo la encontró. La encontraron en un pequeño hotel barato, cerca de la estación de autobuses, un lugar húmedo y sucio. Javier no se lo pensó dos veces. Salió corriendo del despacho ignorando el asombro de Verónica. Tenía que traer a esa mujer de vuelta. Su Bentley se detuvo bruscamente frente a un callejón estrecho.

 Entró en el hotel derribando la puerta de la habitación 204. La habitación era minúscula y olía amo. Elena Navarro estaba sentada en una cama de hierro. No estaba llorando ni en pánico, como él había imaginado. Estaba tranquilamente leyendo un libro. La portada estaba en alemán, pero Javier, en pánico, no reparó en ese detalle. solo encontró su calma irritante.

Paleta corrió hacia ella, le arrancó el libro y lo tiró contra la pared. Aún tienes ganas de leer. ¿Sabes que el grupo castillo está al borde de la quiebra por tu culpa? Elena levantó lentamente la cabeza. Aún representaba su habitual expresión de miedo. Señor, señor Castillo, usted me echó. Cállate.

 Javier la agarró del brazo tirando de ella para levantarla. ¿Vienes conmigo a casa? Ahora a casa a hacer qué? Preguntó ella temblando. Él perdió la paciencia. He dicho que vuelvas. ¿Entendido? Vuelves a casa, apareces en la junta general, les dices a todos que estamos bien, dices que los rumores del divorcio son falsos. Dices que confías en mí. Le apretó el brazo.

 Si haces eso y el grupo se estabiliza, te daré una cantidad de dinero. ¿Me has oído? Elena lo miró al hombre que la había humillado, engañado, expulsado. Ahora estaba allí frente a ella, suplicándole que volviera, no por arrepentimiento, sino para usarla una vez más. No retrocedió ni tembló más. Con calma se soltó la mano de él de su brazo. Señor Castillo, llamó ella. Su voz ya no temblaba, era clara y fría.

Javier se quedó atónito con el cambio repentino. Yo ya no soy la señora Castillo. Sus ojos se desorbitaron. ¿Qué? ¿Qué has dicho? Usted y yo, señor Castillo Elena, lo miró directamente a los ojos. Ya no tenemos ninguna relación. ¿Tú te atreves? Javier no podía creer lo que oía. Esa paleta analfabeta se atrevía a rechazarlo.

 Tú sabes con quién estás hablando? ¿Sabes que si voy a la quiebra tú tampoco recibirás un céntimo? Lo sé. Se enfadó tanto que quiso abofetearla, pero la calma en los ojos de ella le hizo dudar. “Te arrepentirás”, gritó. “¿Quién te crees que eres para rechazarme?” Inútil. Salió enfadado dando un portazo. “Quédate ahí y muérete de hambre.

” no se dio cuenta del cambio en la mirada de ella, ni se dio cuenta de que el libro en alemán que acababa de tirar se titulaba Teoría del caos y finanzas cuantitativas. Había perdido su última oportunidad. Las siguientes 48 horas fueron un infierno para Javier Castillo. Después de volver del hotel barato de Elena, se enfureció aún más. Esa paleta, esa analfabeta, se había atrevido a rechazarlo. A los ojos de Javier, la calma de ella era el colmo de la estupidez.

Juró que después de resolver este lío, la haría arrodillarse y suplicarle, pero no tenía tiempo para pensar en ella. El grupo Castillo se hundía. Las acciones habían sido suspendidas de la negociación debido a la caída vertiginosa. Los acreedores hacían cola frente a la Torre Castillo.

 La Junta General extraordinaria estaba programada para dentro de dos días y era su última tabla de salvación. Llamaba frenéticamente usando todos sus contactos, pero solo recibía silencio o negativas educadas. El análisis de Ariatna había dado en el talón de aquiles del grupo. Nadie se atrevía a salvar un barco que se hunde. Verónica estaba igualmente en pánico. La posición de señora Castillo ni siquiera estaba garantizada. El hijo en su vientre ni siquiera existía.

 Y ya tendría que irse con él a la calle a mendigar. Javier intentaba calmarlo, aunque sus propias manos temblaban. No te preocupes, todavía tenemos el 20% de acciones que Elena transfirió. Mañana por la mañana presionaré al abogado para que concluya la transferencia. Aunque las acciones se hayan devaluado, sigue siendo una gran cantidad.

 Podemos usarla para negociar. Javier asintió, pero sabía que era solo un consuelo. En ese momento, su asistente ejecutivo, Ramos entró corriendo pálido como la cera. Señor Castillo, hay novedades. ¿Qué pasa ahora?, gritó Javier. Otro banco ha retirado la financiación. No. Ramos negó con la cabeza entregándole la tablet.

 Es un correo, señor, un correo que acaba de ser enviado simultáneamente a los buzones de todos los miembros del Consejo de Administración y de los socios internacionales que nos abandonaron. ¿Qué correo? Javier le arrancó la tablet. El correo estaba escrito en tres idiomas: español, inglés y alemán. Era corto pero poderoso. Es mayor que carta abierta al Consejo de Administración y a los acreedores del Grupo Castillo.

 Es mayor que Es mayor que somos Ariatna Capital. Hemos seguido de cerca la crisis del Grupo Castillo, una crisis originada por una mala gestión y decisiones de inversión erróneas. Sin embargo, creemos en los fundamentos y el potencial del grupo. En la próxima Junta General Extraordinaria, un representante nuestro estará presente como nuevo accionista estratégico.

 Presentaremos un plan de reestructuración integral, incluyendo una inyección inmediata de capital para resolver toda la crisis de la deuda. Es mayor que Es mayor que atentamente es mayor que Ariatna. Capital Javier Rechinó los dientes. Ariatna, el mismo nombre del informe que me destruyó. Ellos.

 ¿Quiénes son ellos? preguntó Verónica temblando. El correo estaba escrito en tres idiomas: español, inglés y alemán. Era corto pero poderoso. Es mayor que carta abierta al Consejo de Administración y a los acreedores del Grupo Castillo. Es mayor que es mayor que somos Ariatna capital.

 Hemos seguido de cerca la crisis del Grupo Castillo, una crisis originada por una mala gestión y decisiones de inversión erróneas. Sin embargo, creemos en los fundamentos y el potencial del grupo. Caminaba de un lado para otro. y ahora aparecen como accionistas estratégicos. Es obvio que quieren aprovechar esta oportunidad para tomar el control del Grupo Castillo a precio de saldo.

Verónica se dio cuenta. Dios mío, qué crueldad. Crueldad. Javier se rió con frialdad. En los negocios es así, pero se han equivocado. Se sentó. El pánico inicial desapareció, reemplazado por un espíritu de lucha. ¿Creen que soy pera en dulce? ¿Creen que el grupo Castillo es fácil de engullir? Miró a Verónica.

 Investiga quién demonios es esta Ariatna capital. ¿Vas a enfrentarte a ellos? Enfrentarme. Voy a enseñarles quién manda en el grupo castillo. ¿Quieren tomar el control? Pues que vengan. Aún tenía un as en la manga.

 Creía que el 20% de acciones que le había estafado a Elena, sumado a sus propias acciones, sería suficiente para repeler cualquier intento de adquisición hostil. No tenía la menor idea de que Ariatna Capital no era un buitre. era el cazador y él era la presa. Mientras Javier se preparaba frenéticamente para una batalla contra una adquisición, en otro lugar de Madrid la atmósfera era completamente diferente.

 Hotel Rits, la suite presidencial más cara, con una vista deslumbrante sobre el horizonte de Madrid por la noche, las luces de neón de la ciudad iluminaban la sala creando un escenario mágico. Elena Navarro estaba de pie frente al ventanal. Ya no llevaba su ropa de campo. Vestía un albornó de seda negro. Su largo pelo suelto, oscuro como una cascada.

 En la mano, una copa de vino tinto, un chateau Margot de 1990. Si Javier o Isabel la vieran ahora, ciertamente no creerían a sus propios ojos. Su aura, noble, fría y distante, no podía de ninguna manera pertenecer a la paleta analfabeta que ellos conocían. El húmedo desván parecía un recuerdo de otra vida. Toc, toc.

 Alguien llamó a la puerta. Adelante. Su voz era clara pero fría. El asistente Huang entró. Un hombre de mediana edad con gafas de montura dorada. Su expresión extremadamente respetuosa. Era el gestor del enorme Fondo de Inversión Privado de Elena, Ariatna Capital, presidenta. El asistente Hang inclinó la cabeza. Llevaba 8 años acostumbrado a tratarla así.

 Está todo listo para mañana a las 9 en la Torre Castillo. Elena no se giró, agitó suavemente la copa observando el líquido rojo. Y nuestros invitados. El asistente Wang abrió su agenda. Confirmado. Todo nuestro equipo jurídico internacional del bufete Sullivan, Cromwell aterrizó en el aeropuerto de Barajas hace 2 horas. Están descansando en este hotel, pasó la página.

 Y como solicitó, hemos enviado invitaciones personales a los mayores acreedores. El representante senior del Deutsche Bank de Berlín ha confirmado leyó. El director Schmith, el mismo que rechazó las 17 llamadas de Javier Castillo, estará presente. El representante de Nomura de Tokio ha confirmado.

 El vicepresidente ejecutivo de JP Morgan de Nueva York. ha confirmado. Ellos fueron los que más vendieron las acciones del grupo, siguiendo nuestras instrucciones. Y por último, el Fondo de Inversión de París también ha enviado un representante. Están todos ansiosos por conocer a Ariatna en persona, la persona que los salvó de una inversión desastrosa en el grupo Castillo. “Estupo,”, dijo finalmente Elena.

 Bebió un suerbo de vino, el sabor ligeramente amargo esparciéndose por su lengua. Miró la Torre Castillo, brillantemente iluminada en la distancia. podía imaginar a Javier en pánico como un animal herido allí dentro. 3 años. Recordó el día en que el abuelo Castillo, en su lecho de muerte le cogió la mano. “Dale una oportunidad”, le dijo. Se la dio. Recordó los tres años viviendo como una sirvienta.

 La mirada de desprecio de Isabel, la indiferencia fría de Javier. recordó la humillante trampa de la gala benéfica, la firma que deliberadamente escribió mal, y recordó la bofetada de Verónica. Esa bofetada se la iba a devolver 100 veces. Javier Castillo susurró para sí misma, su voz mezclándose con el viento nocturno de Madrid. Por los últimos 3 años me debes.

Mañana lo recuperaré todo con intereses, presidenta. El asistente Wang interrumpió sus pensamientos. El traje que solicitó para mañana ya está preparado.” Señaló un traje colgado ceremoniosamente en una percha. Era un traje blanco perla hecho a medida en la mejor sastrería de París. Era elegante, poderoso y absolutamente exquisito. Elena asintió.

 “Muy bien, puede retirarse. Diga a todos que descansen bien.” “Sí, presidenta.” El asistente Wang salió en silencio cerrando la puerta. En la lujosa suite presidencial, Elena levantó la copa en dirección a la Torre Castillo. Un brindis por tu estupidez. 9 de la mañana, Torre Castillo.

 Nunca la sede del Grupo Castillo había estado tan caótica. Cientos de periodistas de grandes y pequeños medios de comunicación financieros nacionales e internacionales se agolpaban en el vestíbulo principal contenidos por una densa barrera de seguridad. Aparecerá el señor Castillo declarará el grupo La quiebra hoy.

 ¿Quién es Ariatna Capital? ¿De verdad van a tomar el control del grupo? Los flashes disparaban incesantemente, el ruido y los empujones eran ensordecedores. Dentro del auditorio principal, en la planta 68, la atmósfera era aún más sofocante. El auditorio, con capacidad para 500 personas, estaba completamente abarrotado. Accionistas, desde grandes fondos de inversión hasta pequeños inversores, estaban todos presentes, sus rostros expresando confusión, rabia y desesperación. Sus acciones ahora valían casi nada. Dentro del auditorio principal, en la planta 68, la atmósfera

era aún más sofocante. El auditorio, con capacidad para 500 personas, estaba completamente abarrotado. Accionistas, desde grandes fondos de inversión hasta pequeños inversores, estaban todos presentes, sus rostros expresando confusión, rabia y desesperación. Sus acciones ahora valían casi nada. A su lado, Verónica Soto llevaba un caro vestido de oficina negro.

 maquillaje deliberadamente ligero para parecer más creíble. Una mano agarraba firmemente el brazo de Javier, la otra, de vez en cuando acariciaba su vientre, un gesto lleno de intención. Se estaba posicionando como la futura señora Castillo, la madre del heredero. Sentada en la fila familiar, doña Isabel también estaba presente.

 Miraba a su alrededor con preocupación, pero al ver a su hijo y a Verónica, intentó asentir en señal de apoyo. Javier subió al estrado, ajustó el micrófono. Hoy carraspeó. Sé que todos estáis muy preocupados. Admito que el grupo Castillo está pasando por dificultades temporales. Temporales. Un grito desde el público.

 El accionista Méndez, un hombre mayor y respetado y antiguo rival de la familia Castillo, se levantó de un salto. En la primera fila, en un área separada, estaban los acreedores internacionales, hombres de trajes caros venidos de Alemania, Japón y América, sentados, con los rostros fríos como la piedra, observando en silencio, esperando que su presa se debatiera. Ding.

 La campana que señalaba el inicio de la reunión sonó. Una puerta lateral se abrió. Javier Castillo entró. Intentaba mantener el pecho erguido, parecer tranquilo, pero su rostro pálido y sus ojeras lo delataban. Méndez, sé que está insatisfecho conmigo, pero hoy no es momento para críticas. Nuestro mayor problema es la liquidez y la estructura accionarial. Respiró hondo, decidiendo jugar su basa.

Aún creía que controlaba la situación. Les informo de que el problema del 20% de acciones bloqueadas ha sido resuelto. He adquirido la totalidad de esas acciones. Mintió deliberadamente diciendo que el proceso estaba concluido. El auditorio se calmó un poco. 20% era un número significativo. Además continuó. La voz llena de confianza.

 Como todos sabéis por el correo, hoy vamos a recibir a un nuevo inversor estratégico, Ariatna Capital. Han prometido inyectar capital y salvar al grupo Castillo”, esbozó una débil sonrisa. Ya sea que su intención sea una adquisición o una asociación, yo, Javier Castillo, como mayor accionista, garantizaré los intereses de todos. Aún pensaba que era el mayor accionista.

 Aún pensaba que Ariatna era un enemigo externo con el que podía negociar. Javier Castillo, ¿a esto lo llamas temporal? Señaló la gran pantalla que mostraba el gráfico de las acciones en caída libre. Has destruido el trabajo de toda una vida de tu abuelo. Has convertido nuestro patrimonio en papel. Es verdad. Devuélvenos nuestro dinero.

Javier Castillo. Dimite. El auditorio se volvió caótico. Verónica, asustada retrocedió detrás de Javier. “Silencio”, gritó Javier al micrófono. “Todo el mundo en silencio.” Miró al accionista Méndez. “Señor, de en medio de la luz cegadora, una figura emergió. El único sonido en el enorme auditorio era el clock, clock rítmico y agudo de unos tacones altos sobre el suelo de mármol. La persona entró en la luz. Era una mujer.

 Llevaba un traje, no un vestido de noche, no un traje de oficina, un poderoso traje blanco perla, con un corte perfecto que abrazaba su figura esbelta pero equilibrada. Su largo pelo negro estaba recogido en un elegante moño, revelando una frente alta y un orgulloso cuello de cisne.

 No llevaba mucho maquillaje, pero sus labios color burdeos y su mirada fría y afilada como una navaja hacían imposible desviar la mirada. Su aura no era de riqueza, sino de dominio, una presencia tan imponente que todos los hombres poderosos en la sala se sintieron de repente pequeños. Detrás de ella no venían guardias de seguridad, venía el asistente Wang, a quien algunos de los accionistas más antiguos reconocieron vagamente, y detrás del asistente Wang, un equipo de 10 personas, hombres y mujeres de trajes negros, tenían el pelo rubio, castaño, ojos azules, piel clara.

 Era el equipo de abogados internacionales de élite del mundo. El auditorio estaba en silencio absoluto. Todos contenían la respiración. ¿Quién es? ¿Es esta la representante de Ariatna capital? La mujer continuó caminando por el pasillo central hacia el estrado. Al pasar por la fila de los inversores internacionales, los hombres poderosos de Berlín, Tokio y Nueva York, los mismos que habían ignorado a Javier Castillo, se levantaron todos al unísono.

 Inclinaron ligeramente la cabeza en señal de saludo, un respeto absoluto. Todo el auditorio estalló en un murmullo silencioso. El accionista Méndez iba a replicar, “¿Qué quieres decir con eso? Ariatna fue quien, pero antes de que pudiera terminar, crack, la puerta principal del auditorio, una pesada puerta de madera maciza reservada para las ocasiones más solemnes, se abrió de repente, de par en par, desde fuera.

 Dos ases de luz cegadora del pasillo entraron, haciendo que todos entrecerraran los ojos. Todo sonido cesó. Cientos de pares de ojos se giraron al unísono hacia la puerta. En ese momento, Javier fue como alcanzado por un rayo. Se quedó paralizado. Su cerebro se negaba a procesar la información. Esta mujer con esta aura de reina, con esta mirada penetrante, ¿cómo era posible? Era Elena Navarro, era la paleta, la pasguata, la inútil analfabeta que había expulsado de casa hacía pocos días.

 No, no, no murmuró dando un paso atrás. Verónica estaba aún más conmocionada. Javier, Javier, le agarró el brazo temblando. ¿Por qué? ¿Por qué está ella aquí? ¿Qué lleva puesto ella, ella? El silencio aterrador fue roto por el rugido de Javier Castillo. La negación se transformó en furia ciega. No podía aceptar la realidad. Tenía que ser una broma. Había vuelto para suplicar.

Se había atrevido a arruinar su reunión. Seguridad, gritó. Su voz estridente resonando por el micrófono. Señaló con el dedo directamente a Elena Navarro, su rostro contorsionado de ira. Seguridad. ¿Estáis todos ciegos? ¿Quién ha dejado entrar a esta paleta aquí? Gritó a todo el auditorio.

 Esto es una junta de accionistas. No es un lugar para que una analfabeta monte un escándalo. Echadla. Sacadla de aquí ya. Su rugido resonó. Los guardias de seguridad del Grupo Castillo corrieron vacilantes, pero fueron inmediatamente bloqueados por el equipo de abogados internacionales. Elena Navarro ni siquiera miró a Javier.

¿Quién era esta mujer que hacía que JP Morgan y Deutsch Bank se inclinaran? Al pasar por la fila familiar, doña Isabel entrecerró los ojos. La mujer le resultaba vagamente familiar. Verónica, en el estrado sintió de repente un escalofrío en la espalda. Miró fijamente ese rostro frío.

 No, no puede ser ese rostro. Doña Isabel dejó caer el bolso que sostenía. Dios mío, es ella. La mujer llegó finalmente al pie del estrado, levantó la cabeza y miró directamente a Javier Castillo. La furia enloquecida de Javier todavía resonaba en el auditorio. Seguridad, echatla. Pero ningún guardia se atrevió a avanzar.

 Habían sido bloqueados por el equipo de abogados y, más importante estaban intimidados por la presencia de esa mujer. Todo el auditorio se sumió en un extraño silencio. Cientos de pares de ojos estaban fijos en ella esperando. Elena Navarro sonríó una sonrisa fría y distante. Con calma cogió el segundo micrófono del estrado, el mismo micrófono en el que Javier acababa de gritar. Lo golpeó ligeramente. Tac tac.

 El sonido amplificado resonó cortando el caos. Javier pareció despertar de la pesadilla. La miró fijamente con los ojos inyectados en sangre. Elena Navarro, ¿tú qué estás haciendo aquí? ¿Estás loca? Todavía no podía creerlo. Aún pensaba que era la paleta analfabeta. ¿Y ese traje blanco que llevas? ¿Dónde has robado esa ropa? ¿Crees que por vestir ropa de marca tienes derecho a venir aquí a montar un escándalo? Verónica también tartamudeó.

Elena. Elena, vete. Este no es un lugar para ti. No enfades más a Javier. Elena finalmente se giró para mirarlos. Su mirada no contenía odio, solo una compasión absoluta. A sus ojos, los gritos de él eran solo los últimos gemidos de un perdedor. Lo ignoró. Ignoró el caos, ignoró los cientos de pares de ojos que la observaban. Con calma subió los escalones hacia el estrado donde estaban Javier y Verónica.

Elena Navarro se detuvo junto a la tril. No miró a Javier, que estaba paralizado, el rostro pálido como la cera, ni a Verónica, que temblaba aferrada a su brazo, su hermoso rostro ahora blanco como el papel. Yo, ignorante. Una analfabeta como tú, que ni su propio nombre sabe escribir bien, se atreve a llamarme ignorante a mí.

 Señaló a los inversores internacionales. ¿Sabes quiénes son estos? ¿Sabes leer las palabras Deutsche Bank? Largo, largo, antes de que mande que te partan las piernas. Elena Navarro se ríó, una risa suave, pero en el silencio del auditorio sonó perfectamente clara. Analfabeta.

 Se giró hacia los cientos de accionistas sentados en el público. Respiró hondo. Buenos días a todos, dijo. Su voz llena de fuerza y autoridad. Me presento. Mi nombre es Elena Navarro. Todos contuvieron la respiración. Quizás continuó. El señor Castillo y su familia en los últimos 3 años se han acostumbrado a llamarme paleta, ignorante, analfabeta. Sonríó.

 Pero los señores aquí presentes, especialmente nuestros invitados internacionales, los señores de Wall Street, de Berlín, de Tokio, quizás me conozcan por otro nombre. Javier Castillo dijo su voz clara, nítida y fría como el hielo, resonando por todo el auditorio a través del sistema de sonido, sigue siendo tan ignorante e infantil como siempre.

 El auditorio se quedó atónito. Doña Isabel en la fila de abajo se levantó de un salto. ¿Tú qué has dicho? ¿Te atreves a llamar ignorante a mi hijo? Javier se enfadó tanto que se rió. El director Schmith, el alemán de rostro siempre impasible, que había rechazado las 17 llamadas de Javier, se levantó de un salto, derribando la silla detrás de él. La miró fijamente con los ojos desorbitados, la voz temblando de emoción. Usted, usted es Ariatna.

 A su lado, el vicepresidente de JP Morgan, el poderoso estadounidense, también se levantó de un salto. Miró directamente al director Schmid del Deutsche Bank, que la observaba conteniendo la respiración. Yo soy Ariatna. Dos palabras, solo dos palabras, pero fueron como una bomba atómica explotando en medio del auditorio.

 Javier y Verónica se quedaron atónitos. Ariatna. ¿Qué Ariatna? No se dieron cuenta, no pertenecían a la élite financiera mundial, no sabían el peso de ese nombre, pero los demás sí. Dios mío, Ariatna, la analista misteriosa que hizo colapsar el Fondo de Pensiones Nacional con un solo análisis, el análisis del Grupo Castillo. Fue ella quien lo escribió. Javier no entendía. No entendía qué demonios estaba pasando.

¿Ustedes qué están haciendo? Se giró hacia el director Schmith. Señor Schmith, ¿usted conoce a esta paleta? ¿Están todos locos? Ella no sabe leer. Sus gritos ya no tenían ninguna autoridad, eran simplemente patéticos. Elena no necesitó decir nada más.

 La reverencia de los magnates financieros internacionales era la respuesta más elocuente. Cogió el micrófono, su mirada afilada recorrió todo el auditorio y comenzó su discurso. Para empezar, me gustaría agradecer al señor Javier Castillo, quien en su calidad de CEO nos ha demostrado a todos lo que es una gestión deficiente, una arrogancia inversora y una total irresponsabilidad en la gestión de crisis.

 Ha sido él quien ha llevado al grupo castillo, el legado de su abuelo, a esta vergonzosa situación. Javier palideció, se tambaleó hacia atrás, apoyándose en el atril. Murmuraba como un loco, “No, no puede ser cinco idiomas. Ella, Ella no sabe leer. Ella, Verónica, estaba aún peor. Apenas se sostenía en pie, aferrada a Javier, temblando de la cabeza a los pies.

 No entendía las palabras de Elena, pero veía la expresión de Javier. veía la reverencia de los inversores internacionales. Lo sabía. Todo había terminado. El auditorio estaba en silencio absoluto. Cientos de personas, desde accionistas hasta periodistas, escuchaban conteniendo la respiración. El discurso de Elena era diferente a cualquier otro que hubieran oído.

 Era incisivo, preciso y poderoso. Sin necesidad de mirar papeles, comenzó en un español impecable. Su voz clara pero fría, resonando por el auditorio. El accionista Méndez, a quien Javier acababa de insultar, ahora asentía repetidamente mirando a Elena con admiración.

 Javier rechinó los dientes, pero Elena no le dio oportunidad de interrumpir. Se giró inmediatamente hacia los inversores estadounidenses, su voz cambiando a un inglés perfecto y fluido. A nuestros socios estadounidenses de JP Morgan. Entiendo sus preocupaciones sobre el agujero de liquidez causado por esta desastrosa aventura europea. Permítanme ser clara, continuó Elena.

Esa inversión se da por terminada con efecto inmediato. Mi equipo presentará un plan de reestructuración integral esta tarde y una inyección de capital personal de Ariatna Capital garantizará el 100% de su capital. Luego se giró hacia el director Schmidth, que la observaba solemnemente. Su voz cambió a un alemán fluido.

 A los inversores alemanes, Sr. Schmid. Le agradezco su preocupación, pero el proyecto de biotecnología fue un error. Nos desaremos de la inútil biotecnología y nos centraremos de nuevo en las competencias clave de castillo, materiales semiconductores de nueva generación.

 Le garantizo que esto revolucionará nuestra posición en el mercado. El director Schmid suspiró aliviado y asintió con decisión. Su mirada se movió entonces hacia el representante de Nomura de Japón. Se inclinó ligeramente, por cortesía, y habló en japonés. A nuestros socios de Nomura en Japón, sus pedidos se reanudarán bajo la condición de un contrato de exclusividad de 5 años.

 La garantía que ofrezco es la calidad de Ariatna, no la calidad de Javier Castillo. El representante japonés se apresuró a inclinarse en respuesta. Finalmente miró al fondo de inversión de París. Su voz cambió de nuevo a un francés melodioso, pero firme. A nuestros amigos de París, el mercado de lujo en el que Castillo intentó entrar es un error estratégico monumental. Venderemos esa división de inmediato.

 La inyección de fondos de mi parte cubrirá el agujero financiero. Los fondos se liberarán mañana. Cinco idiomas. español, inglés, alemán, japonés, francés. Todos hablados con fluidez, precisión y confianza por la boca de una mujer. La mujer que durante 3 años había sido llamada analfabeta. Javier estaba petrificado. No entendía ni una palabra de alemán, japonés o francés, pero entendía español e inglés.

La oyó hablar de terminar proyectos e inyecciones de capital personales. Vio al director Schmith, al vicepresidente de JP Morgan, a todos asintiendo, sus rostros llenos de confianza. Su peor pesadilla estaba ocurriendo. No solo había sido engañado, había sido engañado por un genio durante 3 años.

 Había tratado a un genio como a un perro. No murmuró. Cinco idiomas. Imposible. Esto es una alucinación. Verónica, a su lado estaba completamente deshecha. Miró a Javier, luego a Elena. El terror absoluto era visible en sus ojos. Sabía que había ofendido a alguien a quien no podía ofender.

 Elena terminó su conversación con los inversores internacionales, se giró de nuevo y miró directamente a Javier. volvió a hablar en español para que todos en el auditorio pudieran entender. Y ahora, señor Castillo sonrió fríamente. Hablemos de ese 20% de acciones. Javier y Verónica se quedaron paralizados. Javier murmuraba sin parar como una máquina estropeada. Cinco idiomas. Imposible. Ella no sabe leer. Ella.

Verónica, tenía tanto miedo que los dientes le castañeteaban. Javier, Javier, ¿qué hacemos ahora? ¿Qué hacemos? Elena miró a Javier, su mirada desprovista de emoción. Señor Castillo, acaba de anunciar a este auditorio que ha obtenido mi 20% de acciones y que se las iba a transferir a la señorita Soto. Javier se sobresaltó. Las acciones.

 Es verdad, aún tenía el 20% de acciones. Tenía su firma. Un rayo de esperanza brilló. Se aferró a él. Sí, es verdad, gritó intentando recuperar la compostura. ¿Y qué si sabes cinco idiomas? ¿Y qué si estás fingiendo? ¿Firmaste los papeles de transferencia de acciones? ¿Los firmaste aquí? Hizo una seña al Dr.

 Romero, que estaba en un rincón pálido como la ceniza. Dr. Romero, traiga el contrato. Tráigalo aquí. El Dr. Romero temblaba sin atreverse a moverse. No necesita molestarse, dijo Elena fríamente. Hizo una seña al asistente Wang. El asistente Huang asintió. conectó un penrive al sistema de proyección del auditorio.

 La gran pantalla detrás de Javier, que hace poco mostraba el gráfico de las acciones en caída, se quedó de repente en negro y luego se encendió. No era un documento, era un video. El escenario era la sala VIP del hotel Palace en la noche de la gala benéfica. Javier lo reconoció al instante. Era la sala que había usado para engañar a Elena. ¿Qué es esto? entró en pánico. Apaguen eso. ¿Quién ha permitido que se proyecte esto? Apaguen.

Pero era demasiado tarde. El vídeo grabado desde un botón de cámara oculto en el vestido de Elena comenzó a reproducirse. El sonido era perfectamente claro. El video mostraba a Javier entrando. Mostraba a Elena fingiendo estar asustada. Son tantas letras, yo no sé leer. Mostraba a Javier gritándole al Dr. Romero. Cállate. Y lo mostraba a él persuadiéndola. Escribe aquí.

 Venga, sé buena. Todo el auditorio contuvo la respiración. Dios mío, engañó a su propia esposa. Engañó a una persona analfabeta para que firmara la transferencia de bienes. Es peor que un animal. Doña Isabel abajo gritó. Falso. Este video es falso. Mi hijo no es así. Pero nadie la creyó. Javier retrocedió chocando contra el atril. No, no, esto es un montaje. Es falso. Falso.

 Elena enarcó una ceja. Señor Castillo, aún no hemos llegado a la mejor parte. hizo una seña al asistente Wang para que avanzara el video. La pantalla hizo un primer plano de la carpeta de documentos y aquí la voz fría de Elena sonó en perfecta sincronía con la imagen. Está la firma que hice. La pantalla hizo un plano extremadamente cercano de las tres palabras garabateadas. Elena Navarro.

 Javier miró fijamente. No vio nada anormal. Era la misma firma fea. ¿Qué pretendes? La firma está ahí. Firmaste. Gritó señor. Castillo sonrió. Elena, es usted el CEO de un gran grupo y ni siquiera tiene conocimientos jurídicos básicos. Se giró hacia su equipo de abogados. Una mujer rubia, representante del bufete Sullivan Cromwell subió al estrado, cogió un micrófono y habló en un español aterradoramente fluido. Buenos días a todos.

 Soy Ctherine Miller, abogada representante de la señora Elena Navarro, señaló la pantalla. De acuerdo con el Código Civil y el Código de Sociedades de Capital, una firma debe representar de forma correcta y completa el nombre del firmante. Si una firma es deliberadamente alterada o firmada bajo coacción, será considerada nula. Hizo una señal.

 La pantalla se acercó aún más al último trazo de la palabra navarro. Por favor, miren con atención, dijo Ctherine Miller. La o final en Navarro. La señora Elena Navarro añadió deliberadamente un pequeño trazo extra, casi imperceptible, que rompía la letra. En términos caligráficos, esto es una firma incorrecta, no es su nombre.

 sonrió combinado con las pruebas en video que demuestran claramente el comportamiento fraudulento e intencional del señor Javier Castillo contra una persona que él creía analfabeta, hizo una pausa y luego declaró con firmeza, “Este contrato de transferencia del 20% de las acciones es desde el principio nulo de pleno derecho.” Boom.

 Javier sintió como si alguien le hubiera golpeado con un martillo en la cabeza. Nulo. Firma falsa. lo había engañado en el mismo momento en que firmó. Miró a Elena. Ella seguía allí. Calma. Ese plan, esa paciencia, esa crueldad. Temblaba, se estaba enfrentando a un monstruo. Nulo, nulo, repitió. Y entonces, ¿qué? Sigue siendo mi esposa. Sigue sin tener nada.

 Intentó aferrarse al último hilo de lógica. Elena lo miró con lástima. ¿Crees que yo solo tenía ese 20% de acciones, Javier? La pregunta de Elena fue como un cubo de agua fría en la cara de Javier Castillo. ¿Qué? ¿Qué quieres decir? Tartamudeó. Ese 20% era todo lo que el abuelo Castillo le había dejado. Él lo sabía.

 El abogado de la familia lo había confirmado. Elena no le respondió. Se giró hacia el asistente Huang. El asistente Hang subió al estrado trayendo otra carpeta de cuero negra. La abrió y sacó un fajo de documentos cuidadosamente sellados. Señores miembros del consejo de administración, dijo el asistente Huang, su voz alta y clara, hace 3 años, el difunto señor Castillo, antes de morir, hizo dos testamentos y creó dos fideicomisos separados. Javier se quedó atónito.

Dos fideicomisos. Absurdo. Solo había uno. Doña Isabel abajo también gritó. Es verdad. Ese viejo solo hizo un fideicomiso. Vi al abogado anunciarlo con mis propios ojos. El asistente Wang los ignoró. El primer fideicomiso continuó. Contiene el 20% de las acciones del grupo Castillo a nombre de la señora Elena Navarro.

Este es el fideicomiso público que todos conocen. Levantó el segundo fajo de documentos. El sello era de un banco suizo, no de un banco nacional. Y este es el segundo fideicomiso, un fideicomiso secreto establecido en Surik, Suiza. Este fideicomiso posee el 30% de las acciones personales del señor Castillo en el grupo. El auditorio estalló. 30%.

 Dios mío, ¿cómo no sabíamos esto? El viejo El viejo lo ocultó también. Javier sintió que las piernas le flaqueaban. 30% + 20%. Eso era 51%. No, no podía ser. ¿Por qué? Gritó. ¿Por qué haría esto el abuelo? ¿Por qué lo ocultó? El testamento ya fue leído. ¿Porque habló Elena finalmente? Su voz fría cortando el grito de él.

 Este fideicomiso del 30% tenía una única condición de activación. Lo miró directamente a los ojos, cada palabra un cuchillo clavándose en su corazón. Solo se activaría y su propiedad total se transferiría a mí, Elena Navarro, el día en que tú, Javier Castillo, su nieto, me traicionaras. El silencio se apoderó del auditorio. Traición.

 Javier se quedó sin palabras. Elena le hizo una seña a la abogada Miller. La abogada rubia subió de nuevo al estrado. Presentamos las pruebas de la traición. La gran pantalla se encendió de nuevo. No era un video, sino una serie de fotografías. Fotos de Javier y Verónica abrazándose y besándose en el restaurante.

 Fotos de ellos de la mano en el vestíbulo del apartamento de lujo. Fotos de él ofreciéndole el collar de diamantes. Y, finalmente, el video de él engañándola para firmar los papeles y el video de él expulsándola de casa en la noche de lluvia. De acuerdo con los términos del fideicomiso secreto, dijo la abogada Miller, el comportamiento de adulterio público, el fraude para obtener bienes y la expulsión violenta de la esposa del hogar violaron gravemente la cláusula de protección.

 Estas pruebas fueron enviadas al banco suizo. La noche en que la señora Elena Navarro fue expulsada de la Casa de los Castillos. El asistente Wang subió al estrado enarbolando un documento con el sello rojo de un banco suizo. Y aquí está la confirmación. Recibida a la 1 de la madrugada de hoy, el banco suizo ha liberado oficialmente el fideicomiso.

 Elena dio un paso al frente. Lo miró. Me engañaste para obtener un 20% de acciones inválidas, pero fue ese acto tuyo de fraude lo que activó el 30% de acciones verdaderas. Se giró hacia los accionistas. Hoy yo, Elena Navarro, soy oficialmente propietaria del 20% de las acciones del primer fideicomiso más el 30% de las acciones del segundo fideicomiso.

Levantó cinco dedos. Yo, declaró, su voz resonando. Poseo actualmente el 51% de las acciones del Grupo Castillo. Yo soy la accionista mayoritaria. Boom. Javier cayó de rodillas. No pudo más. Se desplomó pesadamente en la silla de la presidencia detrás de él. 51% 51% No solo había perdido el 20%, lo había perdido todo. Había entregado con sus propias manos el grupo castillo a la mujer que más despreciaba.

 No, no, abuelo, abuelo, ¿cómo pudiste hacerme esto? Gritó como un animal herido. A su lado, los ojos de Verónica se desorbitaron y luego se pusieron en blanco. Cayó hacia atrás desmayada. En la fila de abajo, doña Isabel tampoco aguantó el shock. Se agarró el pecho, se tambaleó y se desmayó en el acto, causando una pequeña conmoción, pero a nadie le importaron.

 Todas las miradas estaban puestas en Elena Navarro, la nueva reina del Grupo Castillo. El auditorio quedó en silencio. El shock final, 50 y 1% había derribado por completo a Javier Castillo. Estaba desplomado en la silla de la presidencia, la mirada vacía, murmurando sin parar. 51% 51% Traición,

 abuelo. Traición. La confusión se instaló en el público. Doña Isabel, desmayada, fue atendida por los paramédicos. Verónica, tras caer hacia atrás, también permanecía inmóvil, sin saber si en serio o fingiendo. Pero en el estrado Elena ni siquiera los miró. Su colapso no era asunto suyo.

 Miró a Javier, el hombre que había perdido completamente la razón, y se giró fríamente. Cogió el micrófono, su voz calmada, pero poderosa, ahogando todo el ruido. Seguridad. Lleven a la señora Castillo y a la señorita Soto al Hospital. No dejen que perturben la reunión. Su voz no tenía ninguna emoción, como si ordenara deshacerse de dos objetos rotos.

 Señores accionistas, se giró hacia la multitud atónita. Hemos perdido demasiado tiempo con este inútil drama familiar. Ahora volvamos a los negocios. Javier levantó la cabeza. Negocios. No, el grupo Castillo es mío. No puedes. Cállate. El accionista Méndez, a quien acababa de humillar, se levantó y le señaló con el dedo. Ya no tienes ese derecho.

 El grupo castillo es de los accionistas, no de un estafador como tú. Es verdad. Casi nos llevas a la ruina. Elena levantó la mano. El auditorio se silenció al instante. Todas las miradas estaban puestas en ella. Su nueva salvadora. su nueva reina le hizo una seña a la abogada Miller. La abogada rubia subió al estrado.

 Confirmó que el bufete Sullivan Cromwell ha verificado y autenticado los documentos del banco suizo. La señora Elena Navarro es la propietaria legal y absoluta del 50 y 1% de las acciones con derecho a voto del Grupo Castillo. Su poder es incontestable. Elena asintió. Miró a Javier que estaba siendo aplastado por esta realidad. Javier Castillo, ¿has oído bien?”, dijo. “Ahora es mi turno.

” Respiró hondo, su voz resonando en el micrófono. Yo, Elena Navarro, en calidad de nueva presidenta del Consejo de Administración y accionista mayoritaria del Grupo Castillo, hizo una pausa mirando directamente a Javier. “Propongo oficialmente una votación”, dijo cada palabra de forma clara. Para la destitución inmediata de Javier Castillo del cargo de director ejecutivo, CEO, no le dio tiempo a reaccionar.

 Motivos gestión deficiente, decisiones de inversión gravemente erróneas, fraude contra accionistas y uso de medios ilegales para apropiarse de bienes de la empresa. Estos comportamientos han llevado al grupo Castillo al borde de la quiebra. No. Javier, como un animal herido, se levantó de un salto intentando avanzar hacia ella. No puedes hacer esto, zorra. El grupo Castillo es de la familia Castillo.

 Tú solo eres una esposa abandonada. No tienes derecho. Pero antes de que pudiera tocarla, los guardias de seguridad del grupo, los mismos que hace una hora recibían su salario, avanzaron inmediatamente. No detuvieron a Elena, lo detuvieron a él. Vosotros. Javier se quedó atónito. Los accionistas en el público empezaron a actuar. Habían visto una esperanza.

 Su única esperanza era esta mujer, Ariadna. Yo estoy de acuerdo. El accionista Méndez fue el primero en levantar la mano. El Grupo Castillo necesita un líder competente, no un Playboy que destruye el patrimonio familiar. Voto por la destitución de Javier Castillo. Yo también estoy de acuerdo. Destitución. Ya lo hemos aguantado demasiado tiempo.

 Incluso los accionistas, que eran aliados de Javier, que también lo estaban perdiendo todo, se apresuraron a levantar la mano. No podían dejar que su dinero se destruyera con él. Nosotros nosotros también estamos de acuerdo con la destitución. Por favor, abogada, proceda al recuento de los votos, dijo Elena con calma. La abogada Miller hizo rápidamente los cálculos. Señora presidenta, excluyendo su 50 y 1% de acciones, el 98% de las acciones presentes han votado a favor de la destitución del señor Javier Castillo de todos sus cargos en el Grupo Castillo. Muy bien.

 Elena miró a Javier que estaba siendo contenido por los guardias, cogió el micrófono y pronunció la sentencia final. Javier Castillo, ¿estás despedido? Esas dos palabras, ¿estás despedido? Destruyeron lo que quedaba de su cordura. Su silencio se rompió. Ya no gritaba de rabia, sino de miedo. No, no. Elena cambió súbitamente la forma de tratarla.

 Luchó intentando liberarse de los guardias, no para atacarla, sino para suplicarle. Elena, no puedes hacerme esto. Soy tu marido, Elena. Pero Elena Navarro ya le había dado la espalda. La desesperación se transformó en locura. Zorra, víbora, te mataré. Te mataré. intentó avanzar enloquecidamente, pero los guardias lo dominaron. “Llévenselo de aquí”, ordenó Elena sin girarse.

 “Sí, señora presidenta.” Dos corpulentos guardias agarraron a Javier y lo arrastraron. Él, como un animal herido, se debatía y gritaba enloquecidamente. Fue arrastrado por el pasillo central, pasando por cientos de pares de ojos que lo miraban con desprecio y satisfacción.

 Al ser arrastrado hacia la puerta, se debatió una última vez, girando la cabeza para mirarla. La mujer de traje blanco, de pie, imponente en el estrado. Ahora ya no gritaba insultos, gritaba a su nombre, un grito desolador, lleno de arrepentimiento y desesperación. Elena, Elena Navarro, me equivoqué. Perdóname. Fui yo quien se equivocó, Elena. La pesada puerta de madera se cerró con fuerza, cortando sus gritos. El auditorio quedó en silencio.

 Elena Navarro, de pie en el estrado, cerró los ojos por un segundo. Respiró hondo. Tres años habían terminado. Abrió los ojos, su mirada de nuevo afilada. Asistente Wang, limpia este desorden. Señores accionistas, miró a la multitud. La reunión de reestructuración del Grupo Castillo comienza oficialmente ahora.

 Mientras arrastraban a Javier, la confusión en el público se resolvió rápidamente. Doña Isabel, que realmente se había desmayado por el shock, fue llevada por los paramédicos. Solo quedaba Verónica Soto. No se desmayó, solo estaba paralizada por el shock. Pero al oír que se llevaban a Javier, su instinto de supervivencia se despertó. Se dio cuenta de que Javier estaba acabado. La familia Castillo estaba arruinada. No tenía dónde apoyarse.

Tenía que huir. Mientras toda la atención se centraba en Elena, que comenzaba su discurso de reestructuración, Verónica se levantó sigilosamente, se quitó los tacones, se quitó la chaqueta del traje e intentó mezclarse con la multitud de empleados en pánico en la puerta lateral. Sabía a dónde ir. El garaje subterráneo.

 Su maerati todavía estaba allí. Las joyas de diamantes que Javier le había dado, las tarjetas de crédito, tenía que huir de Madrid, huir de España. Corrió hacia el ascensor de emergencia pulsando el botón para el piso negativo dos. Su corazón latía descontroladamente. Rápido, rápido. La puerta del ascensor se abrió. El garaje subterráneo estaba desierto.

 Corrió como una loca hacia su deportivo rojo, buscando temblorosa las llaves en el bolso. Aquí están. exclamó pulsando el botón para desbloquear. Justo cuando abrió la puerta del coche para entrar, fus, dos faros brillantes del lado opuesto le iluminaron el rostro, cegándola. Un Bentley Mulsan negro estaba silenciosamente aparcado allí, bloqueándole la salida. La puerta del Bentley se abrió.

Elena Navarro salió. Si el traje blanco en el auditorio representaba poder, el traje negro que llevaba ahora era la sentencia de muerte. Se había cambiado de ropa justo después del final de la primera parte de la reunión. Señorita Soto, la voz de Elena resonó en el garaje vacío.

 ¿A dónde iba con tanta prisa? Verónica cerró de golpe la puerta del coche y retrocedió, su espalda chocando contra el Maerati. L. Señora presidenta, tartamudeó cambiando el trato. No me sentía bien. Quería ir a casa a descansar. A casa. Elena se acercó lentamente, sus tacones resonando con una presión creciente. ¿Cree que después de hoy todavía tiene una casa a la que volver? Verónica no pudo fingir más.

 Cambió de táctica abruptamente, se arrodilló en el suelo y se arrastró hacia Elena, las lágrimas corriendo. Elena, me equivoqué. Sé que me equivoqué. Se aferró a las piernas de Elena. Fui estúpida. Me cegó el dinero. Fue todo culpa de Javier. Él me obligó. dijo que si no lo ayudaba me despediría. Lloraba histéricamente.

Perdóname, por favor. Ambas somos mujeres. Perdóname. Elena miró con asco a la mujer aferrada a sus piernas. La apartó de una patada. Señorita Soto, su actuación es aún peor que la mía. Viendo que la súplica no funcionaba, Verónica usó su último recurso. Se levantó de repente con la mano en el vientre.

No puedes hacerme nada, gritó. Yo estoy embarazada. Estoy embarazada de un hijo de Javier Castillo, el heredero de la familia Castillo. El bebé es inocente. Si me haces daño, estás matando a una persona. Creía que Elena, siendo mujer, no se atrevería a hacerle daño a un niño.

 Al oír esto, Elena no pareció sorprendida, en cambio, sonrió. Una sonrisa que hizo que Verónica sintiera un escalofrío en la espalda. Embarazada, dijo Elena. dice que está embarazada de un hijo de Javier Castillo. “Sí, él es el padre del bebé.

 ¿No me crees?” “Creo que está embarazada”, dijo Elena, “pero no creo que sea hijo de Javier Castillo.” Elena hizo una seña. El asistente Wang salió del coche y le entregó una carpeta a Verónica. “Ábrala y vea,”, ordenó Elena. Verónica abrió la carpeta temblando. Era un informe médico de un hospital privado de Madrid. Paciente, Javier Castillo. Fecha. hace 6 meses. Leyó hasta la conclusión. Resultado del análisis de esperma. Asospermia, diagnóstico. Infertilidad.

Plaf. La carpeta se cayó de las manos de Verónica. Se tambaleó. No, no puede ser. Infertilidad. No, él dijo. El médico dijo que estaba bien. Elena se rió con desdén. Sí, porque el verdadero informe fue interceptado por mí hace 6 meses. El informe que él recibió fue uno que yo falsifiqué. Tú, Verónica miró a Elena horrorizada.

¿Por qué hiciste eso? Para esperar al día de hoy, dijo Elena, para ver cómo usted y su madre iban a representar la farsa del heredero. Ahora, señorita Soto, ¿de quién es el hijo que tiene en el vientre? ¿Quiere que lo investigue por usted? Verónica se derrumbó. Sabía que Javier era, de hecho infértil. El bebé era de otro hombre con el que se acostaba, pero continuó Elena. ¿Con quién se acuesta usted? No me interesa.

Lo que me interesa es esto. El asistente Wang presentó una segunda carpeta mucho más gruesa. 3 años, dijo Elena. En su calidad de secretaria ejecutiva del CEO, abusó de su cargo para recibir sobornos y comisiones de al menos 12 proveedores diferentes. Creó una cuenta fantasma en Suiza para blanquear ese dinero. Elena se miró las uñas. Valor total. 8.

3 millones de euros. Señorita Soto, esta cantidad es suficiente para enviarla a la cárcel por 10, 15 años. Verónica quedó completamente paralizada. ¿Cómo? ¿Cómo lo sabes? Es una cuenta secreta. Soy Ariatna, dijo Elena simplemente. Ninguna cuenta es secreta para mí. ¿Qué? ¿Qué vas a hacer? Susurró Verónica. La voz llena de desesperación.

 Elena no respondió, solo miró detrás de Verónica. Sirenas de policía sonaron a lo lejos y luego se acercaron. Dos coches de policía entraron en el garaje y se detuvieron a su lado. Cuatro policías uniformados salieron. Verónica Soto dijo un oficial superior. Verónica se giró, el rostro sin una gota de sangre. Recibimos una denuncia acompañada de pruebas completas.

 Queda detenida por sospecha de malversación de fondos y blanqueo de capitales. Por favor, acompáñenos. No, no. Verónica negó con la cabeza enloquecidamente. Es una calumnia. Elena Navarro, me estás calumniando. Suéltenme, intentó huir, pero dos policías la dominaron y la esposaron de inmediato. Zorra venenosa, gritó Verónica Elena. No tendrás paz. Javier 

no te perdonará. Javier. Elena se acercó y le susurró al oído. Apenas puede salvarse a sí mismo. Ah, se me olvidaba decirte. La miró y sonrió. esa bofetada que me diste en la noche de lluvia. Me aseguraré de que en los próximos 10 años en la cárcel la recuerdes todos los días. Verónica se quedó atónita y luego gritó como una loca mientras la llevaban al coche de policía.

Elena observó el coche de policía alejarse con las sirenas puestas. Volvió a su Bentley. Asistente Wang. De vuelta a la empresa. Aún tenemos mucho que hacer. Las noticias de la Junta General del Grupo Castillo explotaron en todos los medios, no solo en Madrid, sino en todo el mundo. Ariad Narvelada. La esposa maltrata del Gelo, el girozo.

 La esposa analfabeta toma el control de un grupo milonario tras discurso en Cinzo idiomas, CO JV Castillo, detenido por sospecha de fraude, secretaria arrestada por malversación. Las acciones del Grupo Castillo seguían suspendidas. Acreedores, inversores y todos los empleados contenían la respiración. Habían presenciado una venganza espectacular, pero ahora necesitaban un líder, no una actriz.

 Necesitaban saber si el grupo Castillo sobreviviría o moriría. Elena no les dio tiempo a dudar. Esa misma tarde, mientras Javier y Verónica todavía estaban en la comisaría, Elena se puso manos a la obra. Primer acto, pagar la deuda. Convocó una reunión de emergencia con los acreedores internacionales. En la sala de reuniones, el director Schmid del Deutsche Bank, el vicepresidente de JP Morgan y los representantes de Japón y Francia estaban presentes.

 La atmósfera todavía era tensa. “Señora Ariatna, o debo decir presidenta navarro”, comenzó el director Schmid. Estamos muy impresionados, pero la impresión no paga deudas. El grupo Castillo todavía nos debe 50 millones de euros que vencen mañana. Los otros inversores asintieron.

 La respetaban, pero eran hombres de negocios. Elena se mantuvo calma. Lo entiendo. Hizo una seña al asistente Wang. El asistente Wang conectó su ordenador al proyector. Señores, hace una hora, Ariatna Capital, en nombre del Grupo Castillo, liquidó en su totalidad la deuda de 50 millones de euros al Deutsch Bank. La deuda está saldada. ¿Qué? El director Schmith se quedó atónito. Llamó inmediatamente a Berlín.

 Segundos después miró a Elena con incredulidad. El dinero está en la cuenta. Ha usado su dinero personal. No dejaré que el Grupo Castillo quiebre por una deuda insignificante, dijo Elena. Dije que iba a inyectar capital. Los otros inversores suspiraron de alivio. La crisis de deuda inmediata estaba resuelta. Segundo acto, renegociar. Ahora dijo Elena que la deuda está resuelta. Hablemos del futuro.

 Se levantó y comenzó a caminar alrededor de la mesa. No necesitaba papeles. Habló en inglés con JP Morgan. El proyecto europeo está terminado. Todos los activos tóxicos se liquidarán en 48 horas. Mi equipo ya ha encontrado un comprador. Recuperaremos el 30% del capital en lugar de perderlo todo. Habló en alemán con Schmith. No cancelaré el contrato, al contrario, duplicaré la inversión, pero no en biotecnología.

 Nos centraremos en el negocio principal del grupo Castillo. Materiales semiconductores de nueva generación. Aquí está mi modelo de proyección. Habló en japonés con Nomura. Sus pedidos serán restablecidos con la condición de un contrato de exclusividad de 5 años. Garantizo la calidad de Ariatna, no la calidad de Javier Castillo. Una semana después, una semana de trabajo frenético.

Elena casi vivió en el despacho del CEO. Despidió. Hizo una purga sangrienta. Toda la facción de Javier Castillo, desde el viejo e incompetente director financiero hasta el jefe de recursos humanos adulador, pasando por los inútiles mandos intermedios. Todos fueron despedidos en un solo día. Los reemplazó con el equipo de élite de Ariatna capital.

 Un soplo de aire fresco, eficiente, implacable y absolutamente leal fue inyectado en la podrida máquina del Grupo Castillo. Cortó todos los proyectos de lujo y vanidad que Javier había creado para presumir, incluida la división de moda, que fue vendida a precio de saldo para recuperar capital. El lunes siguiente, las acciones del Grupo Castillo volvieron a cotizar.

 La bolsa de Madrid cont. 9:30 de la mañana, apertura del mercado. No hubo ventas de pánico. Una orden de compra masiva, luego otra. Jp Morgan, Deutsche Bank, Nomura. Todos los inversores internacionales, después de una semana trabajando con Ariatna, emitieron comunicados aumentando la calificación crediticia del grupo, reinvirtiendo y expresando confianza en el nuevo liderazgo.

 Los pequeños inversores despertaron. Ariatna está al mando. Compren, compren ahora. Las acciones del grupo Castillo desde el fondo del pozo se dispararon, alcanzando el límite máximo de su vida. Al día siguiente otro límite. Al día siguiente otro. En solo una semana el grupo Castillo no solo se había salvado, sino que estaba más fuerte que nunca.

 Su capitalización de mercado superó incluso el pico de la era del abuelo Castillo y en los kioscos de todo el mundo, un rostro asiático frío y hermoso, apareció en la portada de la revista Forbes la imagen de Elena Navarro de traje blanco en el despacho del CEO mirando el horizonte de Madrid. El titular de esposas humillada reina de las finanzas.

 La increíble historia de Ariatna lo había recuperado todo. Al mismo tiempo que Elena Navarro ascendía a la cima de la fama, otros eran arrojados al fondo de la sociedad. Doña Isabel despertó en el hospital. El shock de perder el 51% de las acciones y que la familia Castillo ya no le perteneciera casi le causa un derrame cerebral, pero lo peor estaba por venir. Cuando intentó llamar a su hijo, la llamada no fue atendida.

 Llamó al mayordomo de la villa. Hola, Manuel. Prepara el coche para que venga a buscarme. Quiero ir a casa. Al otro lado hubo un momento de silencio. Doña Doña Isabel, me han despedido. La presidenta Navarro ha despedido a todos los empleados antiguos. ¿Qué? Isabel se quedó atónita. Y usted tampoco puede volver, dijo Manuel. La voz llena de miedo.

 Los guardias de seguridad de la nueva presidenta han sellado la villa. Dicen que la propiedad pertenece a la empresa. Es la residencia del SEO en funciones. Usted ya no tiene derecho a estar allí. Mentira, gritó Isabel. Esa es la casa de la familia Castillo. No, señora. Fue comprada con el dinero del grupo. La llamada se cortó. Isabel entró en pánico.

 Intentó pagar la cuenta del hospital con su tarjeta de crédito. Tarjeta bloqueada, dijo la enfermera. Bloqueada. Imposible. Tiene millones. Señora, su tarjeta es una tarjeta adicional asociada a la cuenta del señor Javier Castillo. Todos los bienes del señor Castillo han sido congelados por el tribunal para la investigación de fraude.

 Su tarjeta también ha sido desactivada. Isabel se quedó paralizada. Sin casa, sin dinero, sin hijo. De una señora rica se había convertido en una sin techo en un solo día. No tenía otra opción. El orgullo, la arrogancia, todo se deshizo ante la cruda realidad.

 Cogió un taxi mintiendo al conductor que se había olvidado la cartera y fue a la Torre Castillo. Entró de golpe en el vestíbulo, ahora brillante y ordenado bajo la gestión del nuevo equipo de seguridad. “Quiero ver a Elena Navarro. Soy su suegra. Déjenme entrar”, gritó despeinada con un aspecto miserable. Los nuevos guardias que no la conocían la bloquearon. “Señora, no tiene cita. Por favor, retírese.

 ¿Cómo se atreven? Yo soy la señora Castillo.” La conmoción llegó a oídos del despacho de la presidenta en la planta 68. La nueva secretaria de Elena miró el monitor de seguridad. Señora presidenta, hay una señora mayor causando disturbios en el vestíbulo. Dice que es la madre del antiguo CEO. Elena, que estaba analizando un informe financiero, levantó la cabeza. Su mirada se eló. Dejen que suba.

 5 minutos después, Isabel fue llevada a la planta 68. Fue empujada dentro del despacho del CEO y la puerta se cerró. Había estado en ese despacho muchas veces, pero hoy parecía extraño, frío, minimalista y poderoso. Y sentada detrás del enorme escritorio de su hijo estaba Elena Navarro.

 En cuanto vio a Elena, Isabel dejó de gritar. Sabía que era su última esperanza. Corrió en su dirección, pero no se atrevió a acercarse demasiado al escritorio. Boom. se arrodilló en el suelo. Elena gritó llorando, los mocos y las lágrimas mezclándose. Mi nuera. Mamá, mamá se equivocó. Soy una vieja estúpida. Te pido perdón. Elena pasó tranquilamente la página del informe sin levantar la cabeza.

 Doña Isabel, ¿cómo me ha llamado? Nuera. Eres la nuera de la familia Castillo. Todavía eres la esposa de Javier. Isabel se arrastró intentando agarrarse a la pata de la mesa. Sé que me equivoqué. No debía haberte tratado de esa manera. Merezco morir. Pégame. Insúltame, pero por favor, por favor, ten piedad. Piedad.

 Elena finalmente dejó la pluma y levantó la cabeza, su mirada fría como el hielo. Por favor, salva a la familia Castillo imploró Isabel. Salva a Javier. Es tu marido. Él Él solo fue cegado por esa bruja de Verónica. Él todavía te quiere, Elena. Él es inocente. Sálvalo. Retira la denuncia. Saca a Javier de la cárcel. Es mi único hijo. No puede ir a la cárcel.

 Por favor, la villa, déjame volver. No puedo ir a la calle. Elena se levantó, rodeó lentamente el escritorio y se detuvo frente a la mujer arrodillada a sus pies. Nuera. Su voz era ligera, pero hizo temblar a Isabel. Doña Isabel, ¿alguna vez ni por un segundo me consideró su nuera? Isabel se quedó sin palabras. Tres años, Elena se agachó, mirándola directamente a los ojos.

 Usted me llamó inútil. Me llamó la que no pone huevos. Me llamó analfabeta. Me arrojó una taza de té hirviendo. Me obligó a arrodillarme para limpiar el suelo cuando tenía fiebre. Me vio ser humillada por su hijo, ridiculizada por su amante y usted todavía aplaudía. Yo. Isabel temblaba. ¿Recuerda la frase que más decía? Elena sonrió.

 decía, “Solo de mirarte me pongo de los nervios.” Isabel la miró horrorizada. “¡Qué coincidencia!”, Elena se enderezó. “En este momento esta analfabeta está sentada en el lugar de su hijo y doña Isabel, al verla arrodillada a mis pies, negó con la cabeza. También me siento muy irritada.

 En cuanto a Javier”, dijo dándose la vuelta, “me estafó, falsificó documentos. Mis abogados se asegurarán de que reciba el castigo que merece. Lo pagará. En cuanto a la familia Castillo miró por la ventana, se derrumbó el día que él decidió engañarme para firmar esos papeles. Pulsó un botón en el teléfono de la secretaria. Seguridad. Dos corpulentos guardias entraron de inmediato.

 “Llévense a esta señora fuera,”, ordenó Elena sin mirarla más y pónganla en la lista negra. Asegúrense de que nunca más pise este edificio. “Sí, señora presidenta.” “No, Elena.” Víbora. Isabel, viendo que la súplica era inútil, se revolvió. No tendrás un buen final, animal. Has robado todo a la familia Castillo. Eres un ave de mal agüero. Fue arrastrada, sus insultos resonando por el pasillo. Elena se giró y bebió tranquilamente un sorbo de café.

 Perdón, nunca había pensado en esa palabra. Javier Castillo no fue encarcelado de inmediato. Su fraude contra Elena, aunque claro era un caso civil complejo de propiedad. Sin embargo, la falsificación de informes financieros para engañar a accionistas e inversores internacionales que Elena expuso era un delito económico grave. Se le prohibió salir del país.

 Todos sus bienes personales, cuentas bancarias, tarjetas de crédito, coches, casas fueron congelados para la investigación. De un SEO multimillonario se convirtió en un hombre sin un céntimo en una sola mañana. Fue expulsado de la Torre Castillo y vagó por las calles de Madrid.

 Todavía llevaba su caro traje, pero su mirada estaba completamente vacía. Intentó llamar a sus amigos más cercanos, los socios de negocios con los que solía beber. Hola, señor Silva. Soy Javier. Clic, clic, clic. Hola, señor Costa. Ayúdeme, por favor. Yo, El número al que llama no está disponible. Nadie contestó. Ahora era una plaga.

 Quien se le acercara sería anotado por Elena Navarro, por Ariatna. Nadie se atrevía a arriesgarse. No sabía que su madre había sido expulsada del hospital. No sabía que Verónica había sido esposada. Solo sabía que lo había perdido todo. Caminó sin rumbo. Fue al apartamento de lujo que había comprado para Verónica, donde habían pasado tantas noches apasionadas. Presintado.

 Fue a la villa de Marbella, donde creció. Presintada. El cielo de Madrid empezó a llovisnar. La fría lluvia de noviembre. recordó esa noche también llovía así y él había expulsado a Elena. Se había reído de ella, la había llamado inútil. Se ríó. Una carcajada loca y sollyosante en medio de la calle. Inútil. Analfabeta. Él era el ciego. Él era el inútil. Entró en una tienda de conveniencia.

 usó el último dinero que le quedaba en la cartera, que el equipo de investigación ni se había molestado en llevarse. No compró pan, compró alcohol, una botella de aguardiente barato, del tipo que antes le parecería sucio hasta para lavarse las manos. Se sentó en un callejón sucio y bebió. El aguardiente le quemaba la garganta, pero no tanto como la verdad.

Bebió. Bebió para olvidar los cinco idiomas. Bebió para olvidar la mirada de desprecio de todo el auditorio. Bebió para olvidar la verdad de que había sido engañado por una mujer durante 3 años. Un día, dos días, tres días. Vagó como un fantasma.

 Su traje, ahora arrugado, sucio de barro y oliendo alcohol, la barba y el pelo sin arreglar, no se diferenciaba de un mendigo. En la tercera noche bebió la última botella. Estaba borracho, viendo el mundo girar. se tambaleó fuera del callejón con un solo pensamiento en la cabeza. Tenía que ir a la Torre Castillo. Tenía que verla. Tenía que preguntarle por qué.

 ¿Por qué fue tan cruel? Se tambaleó por el medio de la calzada. Bocinas, luces cegadoras. Cre crash. Un camión de reparto sin poder frenar a tiempo, lo golpeó de lleno. Voló por el aire y cayó con fuerza sobre el asfalto frío. Sangre fresca se mezcló con el agua de la lluvia. Antes de perder el conocimiento, la última imagen que vio no fue Verónica ni su madre, fue Elena Navarro, imponente en su traje blanco.

 Cuando Javier Castillo despertó, olía a desinfectante. Abrió los ojos. El techo era blanco. Era un hospital, pero no una habitación VIP como las que solía frecuentar. Era una sala común, ruidosa, con al menos seis camas. Intentó sentarse, pero un dolor agudísimo lo golpeó en la pierna derecha. gritó, miró hacia abajo, no podía creer lo que veía.

 La parte de la sábana, desde su rodilla derecha hacia abajo, estaba completamente lisa, vacía. No, no! Gritó tirando frenéticamente de la sábana. Su pierna derecha había desaparecido, solo un muñón vendado de blanco manchado de sangre. Una enfermera corrió hacia él. Acaba de despertar y ya está gritando. Tenga suerte de estar vivo.

 Mi pierna, ¿dónde está mi pierna? Le agarró el brazo a la enfermera gritando, “¿Qué pierna?” La enfermera lo apartó. Fue aplastada por un camión. Si no la amputábamos, ¿cómo íbamos a salvarlo? Habría muerto de una infección. No, el médico. Llame al médico. Pónganmela de vuelta. Pónganmela de vuelta. Está loco? La enfermera lo miró como si fuera un monstruo. Estaba hecha papilla. ¿Cómo íbamos a ponérsela de vuelta? En ese momento, el viejo televisor colgado en la esquina de la sala emitía las noticias financieras de la mañana. La nueva presidenta del Grupo Castillo, la señora Elena Navarro, también conocida como Ariatna, ha

anunciado hoy oficialmente el plan de reestructuración. Se prevé que las acciones del grupo suban al límite máximo en la sesión de mañana. La imagen de Elena, hermosa, fría, poderosa, apareció en la pantalla. Javier miró fijamente la televisión, luego miró su muñón. Había perdido el grupo castillo, había perdido su fortuna, había perdido a su madre, había perdido a su amante y ahora había perdido una pierna. Se había convertido en un tullido.

 Ya no podía gritar, solo emitía sonidos de desesperación. Se dio cuenta, era su castigo, el castigo por sus tres años de arrogancia y crueldad. Se dejó caer en la cama, las lágrimas corriendo. Lo había perdido, de hecho, todo. Dos meses después, a Javier Castillo le dieron el alta del hospital. No tenía dinero para pagar la cuenta. El propio hospital tuvo que recurrir a una institución de caridad para liquidarla.

Recibió una prótesis, la más barata, tosca y pesada. Se enteró de que su madre, después de ser expulsada, se había vuelto loca. vagaba por el puerto diciéndole a todo el mundo que era la señora Castillo y acabó siendo internada en un hospital psiquiátrico.

 Verónica, con las pruebas irrefutables de malversación y la farsa del embarazo expuesta, fue rápidamente condenada a 8 años de prisión. Javier Castillo estaba ahora completamente solo. Vivía en una habitación alquilada, la más barata, en un barrio pobre, de menos de 10 cuadrado metro. Todos los días lavaba platos en un pequeño restaurante para sobrevivir. A cada paso, la prótesis rozaba su muñón, causándole un dolor agudo.

 Pero el dolor físico no era nada comparado con el dolor en su alma. Se arrepentía. El arrepentimiento lo atormentaba todas las noches. No se arrepentía de haber perdido el dinero. Se arrepentía de no haberse dado cuenta. Había tenido un tesoro a su lado durante 3 años. Una mujer tan inteligente, talentosa y paciente. Podría haberlo tenido todo, pero él mismo lo tiró todo por la borda. A ese tesoro lo llamó basura.

Hoy recibió su salario de lavaplatos. No compró alcohol, compró ropa limpia, aunque de mercadillo. Se afeitó, arrastró su prótesis, cogió un autobús y fue a la Torre Castillo. El edificio era el mismo, pero la atmósfera era completamente diferente, brillante, moderno y frío. Nuevos guardias, jóvenes y eficientes, custodiaban la entrada. Intentó entrar alto.

 Un guardia le cortó el paso. ¿A quién busca? Yo quiero ver a la señora presidenta. Soy dudó. El que era, tiene cita. El guardia lo miró con desconfianza. No, pero por favor dígale que Javier Castillo quiere verla. El guardia frunció el seño. Ese nombre me suena. Ah, el antiguo CO que fue despedido. La presidenta no está. Lárguese.

 El guardia agitó la mano. No, ella está aquí. Lo sé. Gritó. por favor, solo quiero verla. Intentó forzar la entrada, pero fue inmediatamente derribado por dos guardias. Su prótesis golpeó el suelo de piedra con un sonido seco. Largo de aquí, mendigo. Si sigues armando jaleo, llamamos a la policía. Javier se quedó tirado en el suelo.

 Esta humillación era peor que perder la pierna. Sabía que no conseguiría entrar. Se arrastró hacia fuera y se quedó frente a la entrada principal. Y entonces hizo algo que nunca en su vida pensó que haría. Se arrodilló. Se arrodilló sobre el granito frío frente a la entrada principal de la Torre Castillo.

 Se arrodilló con una rodilla verdadera y una prótesis. Todos los que pasaban lo miraban, señalaban, cuchicheaban. ¿No es ese Javier Castillo? Dios mío, qué desgracia. Dicen que se quedó tullido. Ahora ha venido a mendigar. No le importó, solo se quedó allí arrodillado mirando la puerta giratoria. Se arrodilló desde el mediodía hasta la tarde. El cielo empezó a oscurecer.

 En el despacho del CEO, en la planta 68, el asistente Wang informó, “Señora presidenta, lleva ahí arrodillado 6 horas.” Elena estaba analizando un contrato, no levantó la cabeza. “¿Ya está lloviendo?” “No, señora, pero la previsión es de lluvia en breve. Dejen que entre.” Sala de reuniones número tres. 10 minutos después, Javier fue llevado adentro. Temblaba de frío y de nervios. La puerta de la sala se abrió.

 Elena Navarro entró. Llevaba un vestido de seda azul oscuro, su aura noble. Se sentó en la silla opuesta, separados por una larga mesa. Javier la vio y sus ojos se llenaron de lágrimas. No se sentó, se tambaleó y se arrodilló junto a la mesa. Elena lloró las lágrimas de un hombre que lo ha perdido todo. Me equivoqué. Sé que me equivoqué.

Se golpeó la cabeza contra el suelo. La culpa fue toda mía. Fui estúpido. Fui arrogante. No soy un ser humano. Te quiero, Elena. Levantó la cabeza, el rostro cubierto de lágrimas. ¿Sabes? En los últimos tr años intenté odiarte. Intenté ignorarte. Pero no podía dejar de fijarme en ti.

 Tenía celos de verte sola en el desván. Me enfadaba porque nunca me pediste nada. Empezó a divagar. Fue Verónica la que me cegó. Esa bruja me hechizó. Me hablaba mal de ti todos los días. Yo yo fui engañado por ella. Intentó acercarse queriendo tocarla. Perdóname, Elena. Vamos, vamos a empezar de nuevo. Sí. Perdí una pierna. Ya he sido castigado. Mira qué miserable estoy.

Perdóname. Elena escuchó en silencio. No lo interrumpió. Solo cuando ya no tenía más lágrimas que llorar, habló lentamente. Su voz era calma, sin ninguna ondulación. ¿Me quieres? Se río. Una risa suave, pero que congeló a Javier. ¿Me quieres, Javier Castillo? Enarcó una ceja. ¿Me quieres? Por eso me llamaste analfabeta inútil. Él negó con la cabeza.

No, no fue. Me quieres, continuó ella. Por eso me engañaste para que firmara la transferencia de todos mis bienes a tu amante. Me quieres. Su voz celó. Por eso, justo después de conseguir lo que querías, me expulsaste de casa en una noche de lluvia, me arrojaste los papeles del divorcio y dijiste, “Ya no sirves para nada, me quieres.” Lo miró directamente a los ojos.

 Por eso, cuando necesitabas que actuara para salvar al grupo, fuiste a ese hotel barato y usaste dinero para darme órdenes. Cada frase de ella era como un cuchillo clavándose en su ya destrozado corazón. Javier Castillo se levantó y lo miró desde arriba. Tu amor es asqueroso. No culpes a Verónica. Ella solo fue un catalizador.

 La crueldad, la arrogancia, la estupidez son tu esencia. Se dio la vuelta. No he venido aquí para oír tu arrepentimiento. Tu arrepentimiento no tiene ningún valor para mí. No, Elena, no te vayas, gritó él. Se arrastró intentando abrazarle las piernas. Elena, no te vayas. Te lo suplico. Sé que todavía tienes sentimientos por la familia Castillo. Se lo debes al abuelo.

 El abuelo te salvó la vida. No puede ser tan cruel. Pensó que este era su último triunfo. La deuda de gratitud con el abuelo Castillo. Se equivocaba. Este era el último tabú. Elena se detuvo, se giró bruscamente, no le dio una bofetada, pero su mirada dolió más. ¿Te atreves a mencionar al abuelo? Su voz ya no era calma, temblaba de rabia. Por primera vez la vio enfadada.

 ¿Quién te crees que soy? Gruñó. Una tonta que lo soporta todo por amor. ¿Sabes por qué se acercó? Agachándose para mirarlo, me quedé en la casa de los castillos durante tres años soportando tu humillación y la de tu madre. ¿Crees que no podía irme? ¿Crees que no tenía dinero? Javier se quedó paralizado. No. ¿Por qué? Porque le debía una vida al abuelo Castillo, dijo ella, la voz afilada como una cuchilla.

 Porque se lo prometí antes de que muriera. ¿Prometiste qué? Tu abuelo sabía qué tipo de persona eras. Sabía que eras arrogante, estúpido y cegado por los prejuicios. Sabía que me despreciarías. Me cogió de la mano Elena cerró los ojos recordando la escena y me dijo, “Elena, dale 3 años. 3 años para que demuestre que era digno.

 Si después de 3 años reconoce tu valor, aprende a apreciarte. Entonces, usa tu talento para junto con él hacer crecer el grupo Castillo. La totalidad de este 51% de acciones será vuestra.” Se quedó atónito. Él Él dijo eso. “Sí.” Elena abrió los ojos y también dijo, “Si después de 3 años sigue siendo estúpido, si te traiciona, entonces Elena, no le debes nada. Recupéralo todo, no tengas piedad.

” Esos tres años, Javier Castillo le señaló directamente, “Esos tres años fueron tu examen, la única oportunidad que el abuelo castillo te dio.” Yo esperé, fui paciente. Te di innumerables oportunidades para que me vieras, pero ¿qué hiciste? ¿Me llamaste analfabeta, me traicionaste? y finalmente me engañaste para firmar papeles. Se ríó con frialdad.

 Has suspendido miserablemente el examen de tu abuelo. Has tirado tu única oportunidad con tus propias manos. Javier se derrumbó por completo. Finalmente lo entendió. No había perdido el grupo castillo por culpa de ella. Lo había perdido por culpa de sí mismo. No, no negó con la cabeza, incapaz de aceptar la cruel verdad. Elena no quiso perder ni un segundo más. Volvió a la mesa.

 El asistente Wang, que había estado en la puerta desde el principio, entró y colocó una carpeta en la mesa. Hoy dijo Elena fríamente, “Te he llamado aquí para resolver el último asunto.” Cogió la carpeta y se la arrojó a la cara a Javier. Los papeles se esparcieron a su alrededor. Papeles del divorcio.

 Cogió una hoja temblando. Papeles de divorcio preparados por el mejor equipo de abogados. Firma. Su voz no tenía ningún sentimiento. Javier miró el papel. Divorcio. El punto final definitivo. No! Gritó de repente arrugando el papel. No firmo. No me divorcio. Tú eres mi esposa. Serás mi esposa para siempre. Lo he perdido todo.

No puedo perderte a ti. No firmo. Empezó a ponerse frenético. Si no firmo, serás para siempre la señora Castillo. Para siempre ligada a mí. No te soltaré nunca. Su arrepentimiento, al no ser correspondido, se transformó en un último acto de egoísmo y tiranía. Elena lo miró con asco. ¿Crees? Dijo lentamente que tienes derecho a elegir. Miró al asistente Wang. Léale.

 El asistente Wang cogió otra copia y leyó fríamente. Señor Javier Castillo tiene dos opciones. Uno, firmar este acuerdo de divorcio de mutuo acuerdo. La señora Elena, en consideración final a su abuelo, no lo demandará por la enorme deuda hospitalaria y no lo demandará por abuso psicológico. Tos, la voz del asistente Hangelo.

 No firmas, continuó Elena. Yo presentaré inmediatamente una demanda de divorcio unilateral ante el Tribunal de Madrid. ¿Crees que con el video del fraude, con las pruebas de tu adulterio con Verónica Soto, con el testimonio de tu madre sobre las humillaciones, el tribunal no me dará el divorcio? Se agachó.

 Te divorciarás en la ignominia, Javier Castillo, y me aseguraré de que todas las deudas, todos los delitos, incluida la difamación en el vestíbulo, se sumen. No solo tendrás un céntimo, sino que irás a la cárcel por deudas. Javier se quedó paralizado. Su locura desapareció. Sabía que no estaba bromeando.

 Sabía que Ariatna podía hacer eso. Firmar. Ser un tullido libre y pobre. No firmar. Ser un tullido en la cárcel y pobre. Había perdido. Perdido por completo. Temblaba, temblaba. La pluma su voz era ronca. El asistente Wang puso una pluma en la mesa. Javier se arrastró hasta allí. Cogió los papeles arrugados intentando alisarlos.

 Su mano temblaba tanto que apenas podía sujetar la pluma. Tuvo que usar las dos manos. Después de más de una docena de intentos, consiguió escribir las tres palabras Javier Castillo en la línea de la firma. La caligrafía era un garabato feo. Después de firmar, la pluma se cayó al suelo. Él hundió el rostro en la mesa y lloró como un niño, un llanto desolador y lastimero.

 Elena cogió los papeles del divorcio firmados, miró su firma, luego la firma falsa que ella había hecho en el contrato de transferencia, un alivio completo. Se dio la vuelta y salió sin mirar atrás. Seguridad dijo por teléfono. Acompañen a nuestro invitado a la salida. Un año después, el grupo Castillo ya no existía. Elena Navarro lo reestructuró, lo fusionó con su fondo y le cambió el nombre a Ariadne Global Group.

 Ya no era solo una empresa de materiales. Bajo su liderazgo se convirtió en un imperio financiero y tecnológico multinacional con influencia desde Madrid a Nueva York, de Berlín a Singapur. El nombre Ariatna ya no era un misterio, sino una leyenda viva en el mundo de los negocios. Davos, Suiza.

 Foro económico mundial, donde se reúnen las mentes más poderosas y ricas del planeta. En el auditorio principal, Elena Navarro estaba sentada en el escenario. Llevaba un vestido de seda verde esmeralda, el pelo recogido en un moño alto, elegante e imponente. Estaba sentada entre un presidente y un premio Nobel de economía. Discurría en un inglés perfecto sobre el futuro de las finanzas cuánticas y la inteligencia artificial.

 No podemos predecir el futuro, pero podemos crearlo. La paciencia, la preparación y el coraje de romper viejos prejuicios son la clave. Sus palabras inteligentes e incisivas fueron aplaudidas por todo el auditorio. Miles de líderes mundiales se levantaron para aplaudir. Ella sonrió una sonrisa confiada y radiante e inclinó la cabeza en agradecimiento.

 Al mismo tiempo, en un barrio pobre y sucio de Madrid, en una noche de lluvia fina, dentro de un pequeño restaurante maloliente con solo unos pocos clientes, en el rincón más oscuro, estaba sentado Javier Castillo. Estaba esquelético, el pelo y la barba con muchos mechones blancos, el rostro hundido y lleno de arrugas.

 Había envejecido 20 años en solo uno. Tenía una sola pierna. Sus ropas rotas solían mal. Acababa de lavar una pila de platos y esta era su cena, un cuenco de sopa que un cliente había dejado. El viejo televisor de 14 pulgadas con interferencias colgado en la pared emitía las noticias financieras internacionales.

Y la estrella de Davos este año es, sin duda, la señora Elena Navarro, presidenta del Ariatne Global Group. La mujer conocida como el milagro de Ariatna, que ha redefinido el mercado financiero asiático. Javier, que se llevaba la cuchara a la boca, se detuvo.

Levantó lentamente la cabeza a través de la pantalla con interferencias la vio hermosa, radiante, de pie en un escenario mundial, siendo aplaudida por el mundo entero. Ella estaba en Davos, él estaba en un restaurante sucio, estaba comiendo sobras, estaba tullido. Ella estaba en el paraíso. Él estaba en el infierno. La miró sonreír en la televisión. Esa sonrisa debería haber sido suya. Ese éxito.

Él debería haber tenido la mitad. Ah. Ah. Intentó emitir un sonido. El cuenco en su mano temblaba. El arrepentimiento ya no era un sentimiento, era un monstruo físico devorándole las entrañas. La miró en la televisión y luego a su cuenco de sobras. El contraste destruyó lo que quedaba de su cordura. Crash arrojó el cuenco contra la pared. El caldo sucio se esparció.

Tullido, tuyo, tullido gritó. Un grito que no era humano. Era el grito de un alma eternamente condenada. Un grito de arrepentimiento, locura y desesperación absolutos. El dueño del restaurante vino corriendo. ¿Estás loco? Largo. Largo de aquí. Fue expulsado a la calle, cayendo en un charco de agua sucia. se quedó allí acurrucado, gritando y llorando bajo la lluvia.

Al mismo tiempo, en Davos, Elena Navarro terminó su discurso, salió del auditorio y fue a un balcón ventoso. El aire suizo era limpio y frío. El cielo estaba lleno de estrellas. Las majestuosas montañas cubiertas de nieve la rodeaban. Respiró hondo, dejando que el aire frío le llenara los pulmones. Su venganza contra Javier Castillo estaba completa.

No sabía. Ya no le importaba nada de él. Si vivía o moría, si se arrepentía o se volvía loco, ya no tenía ningún significado para ella. El perdón nunca lo pensó. El mejor castigo era el olvido. Miró el vasto cielo suizo. Recordó al abuelo Castillo. Abuelo, lo he conseguido. Sonrió. Una sonrisa genuina de alivio y serenidad. Era libre. Gracias por escuchar.