El 28 de agosto de 2010, en Puebla, México, 200 invitados celebraban los 15 años de Valeria Núñez en el jardín de eventos los Naranjos. A las 11:47 de la noche, la quinceañera salió al estacionamiento para contestar una llamada de su mejor amiga. Nunca regresó. 12 años después, durante una remodelación de la casa del tío materno de Valeria, los trabajadores encontraron algo bajo las tablas.
del piso de un cuarto clausurado, un par de zapatos de tacón plateados, talla 23, con las iniciales VN bordadas en la suela, los mismos zapatos que Valeria llevaba la noche de su desaparición. ¿Cómo llegaron esos zapatos a esa habitación? ¿Y dónde estuvo Valeria durante todos estos años? Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Puebla, capital del estado del mismo nombre en el centro de México. Es una ciudad conocida por sus tradiciones católicas profundamente arraigadas y sus fiestas familiares suntuosas.
En 2010, la zona de Angelópolis, donde vivía la familia Núñez, estaba experimentando un crecimiento acelerado. Nuevos desarrollos residenciales surgían entre las construcciones coloniales, creando un contraste entre la modernidad y las costumbres ancestrales que definían la identidad poblana. La familia Núñez era respetada en su comunidad.
Roberto Núñez trabajaba como contador en una empresa de manufactura automotriz. Mientras que su esposa Patricia Solís, era maestra de primaria en una escuela pública del centro. Tenían tres hijos, Valeria La Menor, Diego de 18 años y Fernanda de 21. Vivían en una casa de dos plantas en la colonia La Paz, un vecindario de clase media donde los vecinos se conocían por nombre y las puertas aún se dejaban abiertas durante el día.
Valeria era una adolescente que destacaba no por ser la más extrovertida, sino por su naturaleza reflexiva. Le gustaba escribir en un diario que guardaba bajo llave en su buró. Disfrutaba de las clases de literatura y soñaba con estudiar periodismo. Sus profesores la describían como aplicada, pero reservada, el tipo de estudiante que prefería observar antes de participar.
tenía un grupo pequeño pero cercano de amigas, principalmente de la secundaria federal Melchoro Campo, donde cursaba el tercer año. Su mejor amiga era Daniela Campos, a quien conocía desde la primaria. Daniela era su opuesto, habladora, espontánea, siempre el centro de atención. A pesar de sus diferencias, o quizás precisamente por ellas, habían desarrollado una amistad inquebrantable.

Pasaban las tardes en casa de una u otra, compartiendo secretos que juraban llevar a la tumba. La relación de Valeria con su familia era compleja, como lo es en cualquier hogar real. Con su padre mantenía una distancia respetuosa. Roberto era un hombre tradicional que expresaba su amor mediante la provisión económica más que con palabras o abrazos.
Con su madre Patricia existía mayor cercanía, aunque también roces típicos de la adolescencia. Valeria sentía que su madre era sobreprotectora, especialmente después de que su hermana Fernanda quedara embarazada a los 19 años. Un error del que Patricia no dejaba de advertir a sus otros hijos. Diego, su hermano, estaba en esa edad de transición entre la adolescencia y la adultez, estudiando ingeniería industrial en la Universidad de las Américas, Puebla.
Pasaba poco tiempo en casa dividiendo sus días entre la universidad, su trabajo de medio tiempo en un taller mecánico y su novia de 2 años, Sofía. Cuando coincidía con Valeria, su relación era cordial, pero distante, como dos extraños que casualmente vivían bajo el mismo techo. La familia extendida era amplia y presente.
El tío materno de Valeria, Javier Solís, hermano mayor de Patricia, vivía a 20 minutos de distancia en la colonia Amor. Javier, de 43 años en 2010, era viudo desde hacía 5 años. Su esposa había fallecido de cáncer, dejándolo solo en una casa de tres habitaciones, que se sentía demasiado grande para una sola persona. Trabajaba como supervisor en una planta embotelladora y era conocido en la familia por su carácter callado y su dedicación al trabajo.
Después de enviudar, se había vuelto aún más introvertido, declinando frecuentemente las invitaciones familiares. Sin embargo, cuando Patricia le pidió ayuda para organizar la fiesta de 15 años de Valeria, Javier aceptó, contribuyó económicamente y ayudó a coordinar algunos detalles logísticos. Para una familia que valoraba profundamente las tradiciones, los 15 años de Valeria no eran solo una fiesta, eran un rito de paso, una declaración de identidad cultural y un evento que se preparaba con un año de anticipación.El sábado 28 de agosto de 2010 amaneció
con cielo despejado y una temperatura que alcanzaría los 24 gr por la tarde. Valeria se despertó a las 8:30 de la mañana, inusualmente temprano para un fin de semana, pero ese no era un día cualquiera. Había esperado este momento durante meses. su fiesta de 15 años, el evento que la transformaría simbólicamente de niña a señorita ante su comunidad.
La mañana transcurrió en un frenecí de preparativos. La estilista llegó a las 10:0 para comenzar con el peinado elaborado que habían planeado, un recogido alto con rizos sueltos enmarcando el rostro. El maquillaje fue aplicado con cuidado por una prima de Patricia que trabajaba en un salón de belleza.
A las 2:00 de la tarde, Valeria se puso el vestido. Un diseño color rosa pastel con pedrería en el corpiño y una falda amplia que rozaba el piso. Los zapatos plateados de tacón, comprados especialmente para la ocasión en una zapatería del centro, llevaban sus iniciales bordadas en la suela. Un detalle que Patricia había insistido en agregar.
El jardín de eventos Los Naranjos, ubicado en la carretera a Atlixco, era un espacio al aire libre con capacidad para 300 personas. La familia había reservado el área principal con un salón techado adyacente. La decoración combinaba globos rosa y plata con arreglos florales de rosas blancas. Una lona impresa con la fotografía de Valeria y el número 15 colgaba en la entrada principal.
Los invitados comenzaron a llegar a las 6ero de la tarde, tal como indicaban las invitaciones impresas en papel o palina. Familiares, vecinos, compañeros de la escuela, colegas de trabajo de Roberto y Patricia, exalumnos de Patricia. 200 personas llenaron gradualmente el jardín. Había niños corriendo entre las mesas, adultos conversando en grupos, adolescentes congregados cerca de la pista de baile portátil que se había instalado.
La ceremonia religiosa previa había tenido lugar a las 5 se de la tarde en la parroquia de San José, a 10 minutos del jardín. El padre Ramón, quien había bautizado a Valeria, ofició la misa de acción de gracias. Valeria recordó ese momento años después con claridad inusual. La luz de las velas, el olor a incienso, la voz del padre hablando sobre la transición a la madurez y la responsabilidad.
La fiesta siguió el protocolo tradicional. A las 7:15, después de que todos los invitados hubieran llegado, tuvo lugar el bals con su padre. Roberto, visiblemente incómodo en su traje formal, guió a su hija torpemente por la pista al ritmo de tiempo de Bals de Chayane. Valeria notó que su padre tenía lágrimas en los ojos, algo que jamás había visto antes.
Después bailó con sus padrinos, su hermano Diego, su abuelo materno y finalmente con 15 parejas de chambelanes que habían ensayado durante semanas. La cena se sirvió a las 8:30. El menú típico de este tipo de eventos incluía consomé de pollo, arroz rojo, picadillo con papas y pollo en mole poblano, el platillo emblemático de la región.
Había mesas con refrescos, aguas frescas de horchata y jamaica y una barra de bebidas alcohólicas para los adultos. A las 9:45, después del bals tradicional, la música cambió a géneros más contemporáneos. El DJ comenzó a mezclar reggaetón, pop en español y las canciones que Valeria había seleccionado personalmente.
Los adolescentes inundaron la pista de baile mientras los adultos se retiraban a las mesas conversando y bebiendo. Daniela, la mejor amiga de Valeria, había estado junto a ella toda la noche tomando fotografías con una cámara digital canon que le habían regalado en Navidad. Las fotos capturaban momentos que después se volverían valiosos.
Valeria riendo con sus primas, soplando las velas del pastel de tres pisos, bailando con sus amigas. En ninguna de esas fotografías, Valeria se veía incómoda o preocupada. Estaba viviendo su noche especial. A las 11:30, Valeria le dijo a Daniela que necesitaba tomar aire, que el salón estaba demasiado caluroso y ruidoso.
Daniela asintió, distraída conversando con un chambelán que le gustaba. No le dio importancia. Valeria caminó hacia la salida del jardín, pasando junto a su tío Javier, quien estaba sentado solo en una mesa cerca del barbiendo un whisky. Él levantó su vaso en un gesto de saludo. Valeria le devolvió una sonrisa cortés. Varios testigos la vieron salir hacia el estacionamiento.
El área de estacionamiento de los naranjos era un terreno de tierra compactada con iluminación limitada, apenas unas cuantas lámparas de poste que creaban círculos de luz amarillenta entre las sombras. Había aproximadamente 60 vehículos estacionados de forma desordenada. A las 1123, según los registros de su teléfono celular recuperados posteriormente, Valeria recibió una llamada de un número que tenía guardado como Dani Casa.
Era el teléfono fijo de la residencia de Daniela. Más tarde se determinaría que Daniela no hizo esa llamada. Estabadentro del salón, visible en múltiples fotografías y videos tomados en ese preciso momento. Un mesero llamado Héctor Ramírez, empleado del servicio de banquetes, estaba tomando su descanso fumando un cigarro cerca de la entrada del estacionamiento.
Después testificó que vio a Valeria caminando hacia los autos hablando por teléfono. Parecía concentrada en la conversación. No se veía angustiada ni asustada. Caminaba normalmente con cuidado de no tropezar con sus tacones en el terreno irregular. Héctor terminó su cigarro a las 11:50 y regresó al salón. Valeria nunca volvió.
A las 12:15 de la madrugada, Daniela comenzó a preocuparse. Había estado buscando a Valeria con la mirada durante varios minutos sin encontrarla. preguntó a sus amigas si la habían visto. Nadie la había visto desde hacía rato. Daniela revisó el baño, el área de mesas, preguntó a los chambelanes. Nada. A las 12:25, Daniela decidió informar a Patricia.
La madre de Valeria inicialmente no se alarmó. “Debe estar por ahí con algún muchacho”, bromeó, aunque su sonrisa no alcanzó sus ojos. Pero cuando revisaron el estacionamiento y no encontraron a Valeria, cuando Patricia llamó al celular de su hija y escuchó el tono de llamada sin respuesta una, dos, tres veces, el pánico comenzó a instalarse.
A las 12:40, Roberto decidió que era momento de buscar sistemáticamente. Organizó a varios invitados masculinos en grupos. Revisaron todo el jardín de eventos, los baños, el estacionamiento, incluso el pequeño bosque de eucaliptos que bordeaba la propiedad. Gritaban su nombre, no había respuesta. Patricia encontró el bolso de mano de Valeria en la mesa principal, donde había estado sentada durante la cena.
Dentro estaba su celular apagado, su identificación, su dinero, todo lo que adolescente llevaría consigo. A la 1:15 de la madrugada del 29 de agosto de 2010, Roberto Núñez llamó al número de emergencias 066. Una patrulla de la Policía Municipal de Puebla llegó al jardín de eventos a la 147. Los oficiales Jorge Castillo y Mónica Ledesma tomaron la declaración inicial. Edad. Descripción física.
Última vestimenta vista. Vestido rosa pastel con pedrería. Zapatos plateados de tacón. Cabello castaño oscuro recogido con rizos sueltos. 155 de estatura, complexión delgada. La fiesta había terminado abruptamente. Los invitados permanecían en el jardín, algunos llorando, otros en shock, muchos simplemente sin saber qué hacer.
El DJ había apagado la música. Las luces decorativas aún parpadeaban, creando una atmósfera grotesca de celebración fantasma. Los oficiales entrevistaron a testigos clave esa misma madrugada. Daniela, devastada y temblando, apenas podía articular palabras coherentes. Héctor Ramírez, el mesero, proporcionó su testimonio sobre haberla visto en el estacionamiento.
Varios invitados confirmaron que Valeria había salido del salón alrededor de las 11:30. Lo que nadie podía responder era, “¿A dónde fue después de esa llamada telefónica? Los primeros días después de la desaparición de Valeria transcurrieron en una nebulosa de actividad frenética y terror paralizante. Patricia dejó de dormir, instalándose en el sofá de la sala para escuchar cualquier sonido que pudiera indicar el regreso de su hija.
Roberto canceló indefinidamente su trabajo, dedicando cada minuto a buscar. Diego suspendió sus clases en la universidad y se unió a la búsqueda. La policía municipal inició una investigación formal el 29 de agosto. El caso fue asignado al detective Alberto Rivas, un investigador con 15 años de experiencia en la corporación.
Ribas era meticuloso, conocido por su enfoque sistemático. Su primera acción fue organizar una búsqueda exhaustiva del jardín de eventos y sus alrededores. El lunes 30 de agosto, más de 100 voluntarios se unieron a la búsqueda. Vecinos, compañeros de escuela, miembros de la iglesia, personas que nunca habían conocido a Valeria, pero que se sintieron conmovidos por la historia.
Formaron líneas y caminaron a través del bosque de eucaliptos. Revisaron barrancos cercanos. Preguntaron en negocios locales si alguien había visto algo. Se imprimieron 5000 volantes con la fotografía de Valeria, la misma que había adornado la fiesta, una imagen profesional donde sonreía tímidamente hacia la cámara.
Los volantes incluían su descripción física y un número de contacto. Fueron distribuidos en postes, establecimientos comerciales, escuelas, mercados. La imagen de Valeria apareció en noticieros locales. Canal 2. El canal estatal de televisión dedicó un segmento en su programa matutino. El detective Rivas se enfocó en las hipótesis más probables.
La estadística indicaba que en casos de desaparición de adolescentes, las posibilidades más comunes eran fuga voluntaria, secuestro por conocidos o participación en actividades de riesgo desconocidas por la familia. En 2010, Puebla no estaba exenta de la violenciadel crimen organizado que afectaba a México, aunque la zona de Angelópolis se consideraba relativamente segura.
Se analizó el teléfono celular de Valeria. El último registro de actividad antes de apagarse fue la llamada recibida a las 11:43. Los técnicos de la compañía telefónica confirmaron que la llamada provenía del número fijo de la residencia Campos. Cuando los investigadores visitaron la casa de Daniela, su madre, Luz Campos, afirmó categóricamente que nadie había usado el teléfono fijo esa noche.
Ella y su esposo habían estado durmiendo. Daniela estaba en la fiesta. Esta discrepancia resultó inquietante. ¿Quién había llamado desde ese número? ¿Cómo? La teoría más lógica era que alguien hubiera tenido acceso a la casa de los campos, pero no había signos de entrada forzada. Las cerraduras estaban intactas, las ventanas cerradas desde el interior.
Se entrevistó extensamente a Daniela. La adolescente cooperó completamente, aunque estaba destrozada emocionalmente. Proporcionó acceso a su cuenta de Facebook, sus mensajes de texto, sus correos electrónicos. Los investigadores encontraron conversaciones típicas de adolescentes, quejas sobre maestros, chismes sobre compañeros de clase, planes para salidas, conversaciones sobre chicos que les gustaban, nada sospechoso, nada que indicara que Valeria estuviera planeando irse o que estuviera en problemas.
El diario de Valeria, encontrado en su habitación fue leído meticulosamente por Patricia antes de entregarlo a las autoridades. Las entradas revelaban los pensamientos privados de una adolescente sensible, inseguridades sobre su apariencia, anhelos de que un chico de su clase notara su existencia, frustraciones con sus padres por reglas que consideraba injustas.
En una entrada de julio, un mes antes de la fiesta, escribió, “A veces siento que nadie en esta familia realmente me conoce. Me ven, pero no me ven.” Era el tipo de sentimiento que cualquier adolescente podría haber escrito. No había menciones de planes de fuga, amenazas o situaciones peligrosas. Los investigadores interrogaron a todos los chambelanes y asistentes jóvenes a la fiesta.
Ninguno admitió haber tenido un encuentro romántico con Valeria. Varios chicos de su escuela fueron investigados más a fondo, particularmente aquellos que Daniela mencionó que le gustaban a Valeria. Sus cuartadas para la noche del 28 de agosto fueron verificadas y confirmadas. La familia de Valeria fue sometida a escrutinio como es protocolo estándar.
Roberto, Patricia y Diego proporcionaron huellas dactilares, permitieron que registraran su casa y sus vehículos. Accedieron a entrevistas repetidas. El detective Rivas aplicó pruebas de polígrafo a los tres. Todos pasaron. Javier Solís, el tío de Valeria, también fue entrevistado. Confirmó que había estado en la fiesta, que había visto a Valeria salir del salón alrededor de las 11:30.
No, no la había seguido. Había permanecido en el jardín hasta aproximadamente la únar o de la madrugada, cuando la policía llegó y comenzó a entrevistar a todos. Varios testigos confirmaron que Javier había estado visible durante la mayor parte de la noche, sentado en su mesa bebiendo moderadamente. Su vehículo, una camioneta Nissan 2005, fue registrada. No se encontró nada.
Las semanas se convirtieron en meses. La investigación activa comenzó a disminuir en intensidad, no por falta de interés, sino por la ausencia de pistas viables. Cada línea de investigación llegaba a un callejón sin salida. No había evidencia de que Valeria hubiera sido vista después de las 11:50 en el estacionamiento.
Ningún testigo reportó vehículos sospechosos. Las cámaras de seguridad más cercanas, ubicadas en una gasolinera a 1 kómetro del jardín de eventos, no mostraron nada relevante. La teoría predominante entre los investigadores era que Valeria había sido víctima de un secuestro oportunista. Alguien en el estacionamiento, aprovechando la oscuridad y el hecho de que estaba sola, la había tomado.
Pero no hubo llamadas de rescate. No se encontró ningún cuerpo, simplemente había desaparecido como si la tierra se la hubiera tragado. Para Patricia, los meses posteriores fueron un descenso gradual hacia la depresión profunda. dejó su trabajo como maestra, incapaz de concentrarse en las necesidades de otros niños cuando el suyo estaba perdido.
Pasaba horas en la habitación de Valeria tocando su ropa, leyendo y releyendo su diario, buscando pistas que los investigadores profesionales pudieran haber pasado por alto. No las encontró. Roberto se refugió en el trabajo, regresando a su empleo después de dos meses. Sus compañeros notaban que era una sombra de quien había sido.
Hablaba poco, sonreía menos. El peso de no poder proteger a su hija lo consumía de una manera que no podía expresar con palabras. Diego desarrolló insomnio crónico. Las pesadillas eran constantes. Escenarios donde encontraba a Valeria,donde la salvaba, donde llegaba al estacionamiento. Justo a tiempo. Despertaba sudando, su corazón latiendo violentamente.
Eventualmente regresó a la universidad, pero sus calificaciones sufrieron. Terminó dejando la ingeniería y cambiando a una carrera menos demandante. Años después admitió que simplemente no podía concentrarse en ecuaciones cuando su hermana estaba en algún lugar, tal vez sufriendo. Fernanda, la hermana mayor que ya había salido de casa, regresó temporalmente para apoyar a la familia.
Su bebé, Sebastián, de 2 años, era una de las pocas fuentes de momentánea distracción para Patricia, pero la alegría era fugaz, siempre manchada por la ausencia de Valeria. En noviembre de 2010, tres meses después de la desaparición, el detective Rivas fue transferido a otra división. El caso de Valeria permaneció abierto, pero sin investigación activa.
Se había convertido en otro archivo en una pila de casos sin resolver. En diciembre, la familia organizó una misa en memoria de Valeria en la misma parroquia de San José, donde ella había tenido su ceremonia de 15 años. No fue un funeral, porque no había cuerpo que enterrar, pero fue un intento de encontrar algún tipo de cierre espiritual.
Patricia lloró durante toda la ceremonia. Roberto permaneció estoico, su mandíbula apretada, sus ojos fijos en la cruz del altar. 2011 llegó sin noticias. La fecha del cumpleaños 16 de Valeria en abril fue devastadora. Patricia se encerró en su habitación todo el día. La familia no celebró, no hubo pastel ni velas, solo un silencio pesado que llenaba cada rincón de la casa.
Daniela, su mejor amiga, luchaba con una culpa paralizante. Se culpaba por no haber acompañado a Valeria al estacionamiento por haberse distraído con un chico tonto, por no haber notado antes que su amiga había estado ausente demasiado tiempo. Comenzó terapia psicológica, pero las sesiones no disminuían el peso en su pecho.
gradualmente se distanció de las amigas mutuas que había compartido con Valeria, incapaz de soportar los recordatorios constantes. La comunidad de la paz eventualmente retomó su ritmo normal. Los vecinos dejaron de preguntar por actualizaciones. Los volantes con la foto de Valeria se desvanecieron bajo el sol y la lluvia, desprendiéndose de los postes hasta desaparecer completamente.
La vida continuó, como siempre lo hace, con la notable excepción de la familia Núñez, para quienes el tiempo se había detenido el 28 de agosto de 2010. En 2013, Patricia intentó formar un grupo de apoyo para familias de personas desaparecidas en Puebla. Colocó anuncios en periódicos locales y en grupos de Facebook. Tres familias respondieron.
Se reunían una vez al mes en el sótano de una iglesia, compartiendo sus historias, su dolor, su frustración con el sistema que parecía incapaz de encontrar a sus seres queridos. El grupo ayudó, pero solo marginalmente. El vacío seguía siendo insoportable. Roberto y Patricia comenzaron a dormir en habitaciones separadas en 2014.
No fue una decisión consciente de separarse, sino un resultado natural de sus diferentes formas de procesar el trauma. Roberto necesitaba silencio y oscuridad. Patricia necesitaba la televisión encendida toda la noche, el volumen bajo pero constante, una presencia que llenara el vacío. Las conversaciones entre ellos se volvieron funcionales, transaccionales.
“Pagaste el recibo de la luz, ¿necesitas que compre leche?” El amor seguía ahí, enterrado bajo capas de dolor compartido, pero la conexión emocional se había erosionado. Javier, el tío de Valeria, visitaba ocasionalmente a su hermana Patricia. Estas visitas eran incómodas para ambos. Javier nunca sabía qué decir y Patricia apreciaba su intención, pero no podía disfrutar de la compañía de nadie.
Javier había envejecido visiblemente desde 2010. Su cabello se había vuelto casi completamente gris y caminaba con los hombros caídos como si llevara un peso invisible. En 2015, 5 años después de la desaparición, el caso de Valeria fue oficialmente clasificado como inactivo por la policía municipal. La familia recibió una carta formal explicando que sin nuevas pistas o evidencia no se justificaba la asignación de recursos continuos a la investigación.
Si surgía nueva información, el caso se reabriría inmediatamente. Patricia destrozó la carta en pedazos minúsculos y los arrojó al aire como confeti negro. Diego se graduó finalmente de la universidad en 2016, 6 años después de haber comenzado su carrera original. Estaba trabajando en un área completamente diferente, ventas para una distribuidora de productos electrónicos.
Se había casado con Sofía, su novia de la preparatoria, en una ceremonia civil pequeña. No hubo fiesta grande. La familia Núñez ya no celebraba de esa manera. Sofía era comprensiva y paciente, pero incluso ella a veces se sentía frustrada por la sombra de Valeria que pendía sobre cada evento familiar.
Para 2018, 8 añosdespués de la desaparición, la casa de los Núñez se había convertido en un santuario silencioso. La habitación de Valeria permanecía exactamente como ella la había dejado. Su ropa en el closet, sus libros en el estante, su diario en el buró. Patricia limpiaba el polvo semanalmente, pero no movía nada. Era como mantener vivo un museo dedicado a una vida congelada en el tiempo.
Patricia había desarrollado un ritual. Cada 28 de agosto, en el aniversario de la desaparición visitaba el jardín de eventos los Naranjos. El lugar había cambiado de dueños en 2012 y ahora se llamaba Jardín Las Bugambilias, pero el espacio físico era el mismo. Patricia se paraba en el estacionamiento, en el último lugar donde alguien había visto definitivamente a su hija y pasaba horas ahí, simplemente estando presente.
Imaginaba que si permanecía el tiempo suficiente, si concentraba toda su voluntad, Valeria caminaría de regreso desde las sombras, sonriendo y diciendo que todo había sido un malentendido terrible. Nunca sucedió. En 2020, la pandemia de COVID-19 aisló aún más a la familia. Las reuniones del grupo de apoyo se suspendieron.
Patricia, que rara vez salía de casa de todas formas, apenas notó el confinamiento. Roberto comenzó a trabajar desde casa y la forzada proximidad con su esposa en realidad ayudó ligeramente. Volvieron a cocinar juntos, una actividad que no habían compartido en años. No hablaban de Valeria directamente, pero su presencia estaba implícita en cada silencio cómodo.
Diego y Sofía tuvieron su primer hijo en 2021. Un niño que nombraron Mateo. Patricia, ahora abuela por segunda vez. Fernanda tenía ya tres hijos. Experimentó una alegría mezclada con una tristeza punzante. Valeria nunca conocería a sus sobrinos, nunca tendría sus propios hijos. Todas esas experiencias le habían sido robadas y con ellas las experiencias de su familia.
En febrero de 2022, 11 años y medio después de la desaparición de Valeria, Javier Solís decidió finalmente remodelar su casa. Durante más de una década había vivido en la misma residencia que había compartido con su difunta esposa, manteniendo todo prácticamente sin cambios. Pero a sus 55 años y con su jubilación acercándose, decidió que era momento de hacer reparaciones necesarias.
que había pospuesto por años. La casa ubicada en la colonia Amor era una construcción de los años 80. El piso de la habitación principal mostraba desniveles y crujía al caminar. Había filtración de humedad en una de las paredes del baño. El cableado eléctrico necesitaba actualización para cumplir con códigos modernos. Javier contrató a una empresa local de remodelación, construcciones y acabados Galván, que había sido recomendada por un compañero de trabajo.
El equipo de construcción, liderado por el maestro albañil Rubén Galván, comenzó los trabajos el 14 de febrero. Rubén, un hombre de 50 años con 30 años de experiencia en el oficio, trabajaba con un equipo de cuatro ayudantes. La primera fase del proyecto implicaba levantar el piso de loseta cerámica de la habitación principal y la habitación adyacente que Javier había usado como oficina para nivelar el concreto debajo antes de instalar un nuevo piso de porcelanato.
El 21 de febrero, lunes, el equipo comenzó a trabajar en la habitación que había sido la oficina. Esta habitación era peculiar en el diseño de la casa. Era más pequeña que las otras, aproximadamente 3 m por 3 m y estaba al final de un pasillo corto. Javier la había usado mínimamente, principalmente para almacenar cajas de documentos y objetos que no tenía espacio para guardar en otro lugar.
Cuando los trabajadores levantaron lasetas, notaron que el subsuelo tenía una construcción inusual, mientras que el resto de la casa tenía una capa uniforme de concreto sobre el terreno compactado. Esta habitación tenía un área específica, aproximadamente 1,5 cuadrado, donde había una construcción diferente.
Tablas de madera vieja cubiertas con una capa delgada de concreto. como si alguien hubiera creado una especie de entarimado de madera antes de verter el concreto encima. Rubén encontró esto extraño, pero no sin precedente. En construcciones antiguas, a veces los constructores usaban materiales improvisados o reciclados. Sin embargo, decidió remover esta sección completamente para garantizar una superficie uniforme para el nuevo piso.
Uno de los ayudantes, Miguel Estrada, de 28 años, usó una barra de acero para levantar las tablas. El olor que surgió fue inmediatamente notable. Humedad antigua, madera podrida, un aroma a encierro que había permanecido sellado por años. Miguel iluminó el espacio debajo con la linterna de su teléfono celular.
Vio algo plateado brillando en la oscuridad. “Maestro Rubén”, llamó su voz inusualmente tensa. “Venga a ver esto.” Rubén se acercó y miró dentro del espacio. Ahí, en una cavidad de aproximadamente 40 cm de profundidadentre el piso y el terreno natural, había un par de zapatos. No eran zapatos viejos abandonados por trabajadores anteriores.
Eran zapatos de tacón plateados, claramente de mujer, relativamente pequeños, cubiertos de polvo y telarañas, pero sorprendentemente bien conservados por haber estado sellados en un ambiente seco. Rubén sintió un escalofrío. Algo en la escena no se sentía bien. ¿Por qué habría zapatos debajo del piso? ¿Por qué estarían sellados intencionalmente? No toquen nada más”, ordenó a su equipo.
“Voy a hablar con el dueño.” Javier estaba en su trabajo en la planta embotelladora cuando Rubén lo llamó. La conversación fue breve y confusa desde la perspectiva de Javier. Rubén explicó que habían encontrado algo extraño debajo del piso y que Javier debería venir a ver personalmente antes de que continuaran.
Javier llegó a su casa a las 3:40 de la tarde. Rubén lo guió a la habitación y le mostró los zapatos. Aún en su lugar, en la cavidad, la reacción de Javier fue visible e inmediata. Su rostro palideció. Sus manos comenzaron a temblar. se apoyó contra el marco de la puerta, como si sus piernas hubieran dejado de sostenerlo.
“Está bien, señor Javier”, preguntó Miguel preocupado. Javier no respondió de inmediato. Sus ojos estaban fijos en los zapatos plateados. Finalmente, con una voz apenas audible, susurró, “Conozco esos zapatos.” Rubén y su equipo intercambiaron miradas incómodas. “¿Los conoce?”, preguntó Rubén cuidadosamente. Javier se acercó lentamente, se arrodilló junto al agujero, con manos temblorosas, sacó su teléfono celular y tomó una fotografía.
Amplió la imagen, acercándola a uno de los zapatos. En la suela, apenas visible bajo años de polvo, había algo bordado. “Dios mío”, murmuró Javier, y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Son de Valeria. Son los zapatos de mi sobrina. Rubén sintió que el estómago se le contraía. Su sobrina desapareció hace 12 años, dijo Javier, su voz quebrándose en su fiesta de 15 años.
Estos son los zapatos que llevaba puesta esa noche. Hubo un momento de silencio pesado en la habitación. Los cuatro trabajadores se miraron entre sí, la comprensión de lo que esto significaba asentándose gradualmente. “Señor Javier”, dijo Rubén con voz firme pero gentil. “Necesitamos llamar a la policía ahora mismo.
” Javier asintió incapaz de hablar. Sus manos temblaban tanto que Rubén tuvo que tomar el teléfono y marcar el número de emergencias él mismo. La patrulla llegó a las 4:15 de la tarde. Los oficiales, al evaluar la situación inmediatamente acordonaron la habitación con cinta preventiva y solicitaron la presencia de personal de la Fiscalía General del Estado, especializado en investigación forense.
La noticia del descubrimiento de los zapatos se propagó rápidamente. El detective que había sido originalmente asignado al caso de Valeria en 2010, Alberto Rivas, ahora retirado, fue contactado por un reportero local esa misma tarde. Rivas, aunque ya no estaba activo en la fuerza, sintió una mezcla de esperanza y terror. Esperanza de que finalmente hubiera una pista real, terror de lo que esa pista pudiera revelar.
Patricia Núñez recibió la llamada a las 6:30 de la tarde. Era de la fiscalía un agente llamado Marco Beltrán, quien había sido asignado para reabrir formalmente el caso. Le explicó contacto profesional, pero directo, que se habían encontrado los zapatos de Valeria en la casa de su hermano Javier. Patricia no comprendió inicialmente los zapatos de Valeria en casa de Javier.
¿Cómo? ¿Por qué? Las preguntas se atropellaban en su mente sin formar sentido coherente. ¿Qué significa esto?, preguntó su voz aguda por el pánico. ¿Dónde está mi hija? Está ahí. La encontraron, “Señora Núñez, solo hemos encontrado los zapatos por ahora,”, respondió Beltrán. Pero el equipo forense está investigando exhaustivamente la propiedad.
Le mantendré informada de cualquier desarrollo. Patricia llamó inmediatamente a Roberto, luego a Diego. Fernanda, cada llamada era más histérica que la anterior. ¿Qué significaba esto? Javier sabía dónde estaba Valeria todo este tiempo. ¿Cómo habían llegado esos zapatos bajo el piso de su casa? Roberto condujo inmediatamente a la casa de Javier, aunque la policía ya había establecido un perímetro y no permitía el acceso.
Se quedó afuera observando a través de las ventanas iluminadas, mientras técnicos vestidos con overoles blancos iban y venían. Diego llegó 20 minutos después. Padre e hijo se quedaron juntos en la calle, sus caras iluminadas intermitentemente por las luces de las patrullas, sin hablar, procesando lo impensable. Dentro de la casa, el equipo forense trabajaba metódicamente.
Los zapatos fueron cuidadosamente extraídos, fotografiados desde múltiples ángulos y colocados en bolsas de evidencia. Se confirmó que las iniciales BN estaban bordadas en la suela, coincidiendo exactamente con lasfotografías de la fiesta de 2010, donde se podía ver los zapatos de Valeria. El agente Beltrán, un investigador de 42 años con experiencia en casos de personas desaparecidas, coordinó la búsqueda exhaustiva de la propiedad.
Cada habitación fue revisada, cada closet, cada armario. Se utilizaron perros entrenados en detección de restos humanos. Los animales marcaron el área donde se habían encontrado los zapatos, pero no indicaron ninguna otra ubicación en la casa o el pequeño patio trasero. Javier fue llevado a las oficinas de la fiscalía para interrogatorio a las 700 de la tarde.
No estaba bajo arresto formal, pero la situación era claramente crítica. Se le informaron sus derechos. Se le ofreció la presencia de un abogado. Javier, aún en shock, declinó el abogado, insistiendo en que no tenían nada que ocultar. El interrogatorio duró 5 horas y fue grabado en video. Beltrán, acompañado por la agente Leticia Campos, especializada en análisis de comportamiento, condujo la entrevista.
“Señor Solís, ¿cómo llegaron los zapatos de su sobrina a su casa?”, fue la primera pregunta directa. No lo sé. respondió Javier, su voz ronca de tanto llorar. Lo juro por Dios que no lo sé. No entiendo cómo pudieron estar ahí. Esa es su casa, señor Solís. Ha vivido ahí por casi 20 años.
Me está diciendo que no sabía que había zapatos enterrados bajo el piso de una habitación. No tenía idea. Esa habitación yo apenas la usaba. Estaba llena de cajas. Nunca tuve razón para Dios mío, esto no puede estar pasando. Cuénteme sobre la noche del 28 de agosto de 2010. Usted estuvo en la fiesta de 15 años de Valeria.
Sí, estuve ahí. Ya di mi declaración en ese entonces. Llegué alrededor de las 7 ceson. Me quedé hasta después de la 1o de la madrugada cuando ustedes la policía llegó y empezó a entrevistar a todos. interactuó con Valeria esa noche. Solo brevemente bailamos un bals, uno de los 15 que ella bailó con diferentes personas. Hablamos un poco.
Ella me agradeció por ayudar con la fiesta. Eso fue todo. Testigos dicen que usted estaba bebiendo solo en una mesa durante gran parte de la noche. No estaba bebiendo pesadamente. Tomé algunos tragos. Yo no soy muy social, especialmente en fiestas grandes. Desde que mi esposa murió, ese tipo de eventos me hacen sentir incómodo.
Vio a Valeria salir del salón. Javier vaciló por primera vez. Sí, la vi pasar. Iba hacia la salida. Levantó mi vaso, un gesto de saludo. Ella me sonríó y siguió caminando. ¿Y qué hizo usted después? Nada. Me quedé sentado. Eventualmente fui al baño. Regresé a mi mesa. Me serví otro trago. ¿En qué momento notó que Valeria había desaparecido? Cuando empezó el alboroto, gente corriendo.
La madre de Valeria gritando su nombre. Todos salimos a buscarla. ¿Alguna vez salió usted al estacionamiento? Sí. Cuando empezamos a buscarla, yo revisé cerca de mi camioneta. ¿Vio algo inusual? No. Oscuridad. Muchos autos. Nada más. Las preguntas continuaron, repitiéndose en diferentes formas, buscando inconsistencias.
Beltrán notaba que Javier mantenía contacto visual, que sus manos temblaban, pero en una manera que parecía consistente con shock genuino, en lugar de nerviosismo culpable. Sin embargo, la presencia de los zapatos en su casa era evidencia innegable de que estaba conectado al caso de alguna manera.
Señor Solís, ¿alguna vez tuvo sentimientos inapropiados hacia su sobrina Valeria? Javier se sobresaltó como si le hubieran abofeteado. Que no, por Dios, no. Era mi sobrina, una niña. Eso es eso es repugnante que siquiera sugiera eso. Tengo que hacer la pregunta. Los zapatos estaban en su casa bajo el piso, sellados deliberadamente. Alguien los puso ahí.
Si no fue usted, ¿quién? No lo sé. Javier se cubrió el rostro con las manos. No lo sé, pero no fui yo. Yo quería Valeria. Cuando desapareció, me destrozó igual que a todos en la familia. La agente Campos intervino con una voz más suave. Señor Solís, a veces las personas hacen cosas en momentos de crisis que normalmente nunca harían. A veces hay accidentes.
Si usted sabe algo, si algo pasó esa noche, contárnoslo ahora sería lo correcto. Para Valeria, para su hermana Patricia, no hay nada que contar, insistió Javier, lágrimas corriendo por su rostro. No le hice nada a Valeria. No sé cómo esos zapatos llegaron a mi casa. El interrogatorio terminó cerca de la medianoche.
Javier fue liberado, pero se le instruyó permanecer disponible para más preguntas. Su casa permanecería bajo custodia policial mientras continuaban la investigación forense. Los siguientes días fueron un torbellino de actividad investigativa. El equipo forense analizó los zapatos en detalle. confirmaron que el tamaño, el diseño y las iniciales coincidían perfectamente con los zapatos que Valeria llevaba en las fotografías de la fiesta.
Se encontraron trazas de ADN en el interior de los zapatos que fueron comparadas con muestras genéticasde la familia. Coincidencia positiva con Valeria Núñez. Más inquietante fue el análisis de las tablas de madera bajo las cuales se encontraron los zapatos. Las tablas mostraban marcas de cerrucho que los técnicos determinaron eran relativamente recientes en comparación con el resto de la construcción de la casa.
Basándose en el desgaste de la madera y otros indicadores, estimaron que esa sección del piso había sido alterada aproximadamente entre 2009 y 2011. El rango coincidía perfectamente con el periodo del desaparecimiento de Valeria. La investigación se expandió. Reg. de la empresa constructora que había trabajado en la casa de Javier fueron solicitados.
Resultó que en abril de 2008, dos años antes de la desaparición de Valeria, Javier había contratado a un albañil local para hacer reparaciones menores en la casa, incluyendo trabajo en esa habitación específica. Pero los trabajadores de 2008 testificaron que no habían hecho ninguna construcción bajo el piso, solo habían pintado y reparado grietas en las paredes.
Entonces, ¿cuándo exactamente fueron colocados los zapatos ahí y por quién? El teléfono celular de Javier, tanto su dispositivo actual como registros históricos de su línea, fueron analizados. Los registros de ubicación del 28 de agosto de 2010 mostraban que su teléfono había estado en el área del jardín de eventos desde las 7:15 de la tarde hasta las 1:45 de la madrugada, consistente con su testimonio.
No había lagunas sospechosas. Su vehículo, la camioneta Nissan, que había tenido en 2010 y que aún poseía, fue sometido a análisis forense exhaustivo usando luminol y otras técnicas para detectar rastros de sangre. No se encontró nada. Si Valeria había estado en ese vehículo, no había dejado evidencia detectable. 12 años después, Patricia Núñez oscilaba entre la furia y la confusión.
Por un lado, los zapatos de su hija habían estado en casa de su hermano todo este tiempo. ¿Cómo podía no saberlo? Por otro lado, conocía a Javier toda su vida. Era su hermano mayor, callado y reservado, sí, pero nunca había mostrado ningún comportamiento que sugiriera que podría ser capaz de algo así. No puede ser. Él, le decía Patricia a Roberto una y otra vez. Es mi hermano.
Creció protegiéndome. Cuidó de mamá cuando estaba enferma. No puede ser él. Entonces, ¿cómo explicas los zapatos? Respondía Roberto, su voz cargada de una mezcla de dolor y enojo. Patricia no tenía respuesta. Diego era menos ambivalente. Desde su perspectiva, la evidencia era clara. Los zapatos estaban en la casa de Javier, sellados bajo el piso.
Javier había sido la última persona familiar que vio a Valeria salir del salón. Las piezas se encajaban demasiado perfectamente para ser coincidencia. “Necesitas aceptarlo, mamá”, le dijo a Patricia en una conversación tensa en su sala. El tío Javier tuvo algo que ver con esto. No hay otra explicación. “No lo sabes, insistió Patricia.
Puede haber otra explicación, tiene que haberla.” ¿Cuál? Alguien más puso los zapatos ahí. ¿Quién? ¿Cómo es su casa? En las redes sociales la historia se volvió viral localmente. Grupos de Facebook dedicados a casos de personas desaparecidas en México compartían actualizaciones. Teorías proliferaban en los comentarios.
Algunos defendían a Javier sugiriendo que había sido incriminado. Otros lo condenaban, creando peticiones en línea para que fuera arrestado inmediatamente. Los medios de comunicación acamparon fuera de la casa de los Núñez. y de la propiedad de Javier. Reporteros gritaban preguntas cuando algún miembro de la familia salía.
La privacidad se volvió imposible. El 5 de marzo de 2022, dos semanas después del descubrimiento de los zapatos, la fiscalía hizo un anuncio importante. Habían decidido excavar el patio trasero de la casa de Javier. análisis con radar de penetración de suelo. Habían mostrado una anomalía en una sección específica del jardín cerca de un árbol de durazno que Javier había plantado en 2011.
La excavación comenzó el 7 de marzo. Patricia, Roberto y Diego llegaron al lugar, manteniéndose detrás de la cinta policial, pero lo suficientemente cerca para observar. Patricia se aferraba al brazo de Roberto, sus nudillos blancos de la presión. El equipo forense cabó cuidadosamente, centímetro por centímetro. A una profundidad de aproximadamente 1 metro encontraron algo.
No era lo que esperaban. Era una caja de metal, tipo cofre pequeño, oxidada pero intacta. fue extraída con precaución y abierta en el sitio bajo la mirada tensa de todos los presentes. Dentro había objetos personales, un reloj de pulsera de mujer, varios anillos, un collar con un dije en forma de corazón, fotografías y una libreta pequeña.
Los objetos fueron documentados y fotografiados. Patricia reconoció el reloj inmediatamente. Era suyo. Lo había perdido años atrás, pero no recordaba exactamente cuándo. Pensóque simplemente lo había extraviado. Los anillos también eran suyos, desaparecidos en diferentes momentos a lo largo de los años. Las fotografías eran perturbadoras.
Eran imágenes de Patricia en diferentes etapas de su vida, como adolescente, como joven adulta, en su boda, con sus hijos bebés. Algunas eran fotografías que Patricia reconocía de álbum familiares. Otras eran tomas que parecían haber sido tomadas sin su conocimiento. Desde ángulos extraños, como a través de ventanas, la libreta estaba llena de escritura a mano.
La letra era de Javier. Patricia la reconoció. Las entradas databan de décadas atrás, comenzando en los años 90. eran obsesivas, detallando los movimientos de Patricia, expresando sentimientos que iban más allá del amor fraternal apropiado. Eran confesiones de una obsesión enfermiza. El agente Beltrán leyó algunos pasajes en voz alta para el registro.
Patricia es perfecta, siempre lo ha sido. Cuando sonríe, todo el mundo desaparece. Si solo ella me viera de la manera correcta. Patricia sintió que iba a vomitar. Esto no podía ser real. Su hermano, su protector, había estado obsesionado con ella de esta manera perversa. Javier Solís fue arrestado formalmente el 8 de marzo de 2022, acusado de posesión de evidencia relacionada con un caso de desaparición.
No era todavía una acusación de secuestro o asesinato, pero la evidencia justificaba su detención. Mientras continuaba la investigación, en su celda, Javier permaneció en silencio durante horas, negándose a hablar con los guardias o con el abogado defensor público asignado. Finalmente, al tercer día, pidió hablar con el agente Beltrán.
Dijo que estaba listo para contar la verdad. La confesión de Javier fue grabada en video el 11 de marzo de 2022. Estaba presente su abogado, el agente Beltrán y la agente Campos. Patricia, Roberto y Diego observaban desde una sala adyacente a través de un espejo de observación. “Yo no le hice daño a Valeria”, comenzó Javier su voz apenas audible.
“Pero sé lo que le pasó y sé que es mi culpa.” Beltrán se inclinó hacia delante. Explíquese, señor Solís. Javier tomó un respiro profundo y tembloroso. Yo estaba obsesionado con mi hermana Patricia. Lo he testado desde que éramos jóvenes. Cuando ella se casó cuando tuvo hijos, lo experimenté como una traición personal, aunque sabía que eso era irracional.
Buscaba maneras de estar cerca de ella, coleccionaba cosas suyas, las fotografías, los objetos personales. Los enterré en mi jardín porque no podía arriesgarme a que mi esposa los encontrara. ¿Qué tiene esto que ver con Valeria?, preguntó Beltrán. Valeria, la voz de Javier se quebró. Se parecía muchísimo a Patricia cuando era joven.
A medida que Valeria crecía, especialmente cuando llegó a los 14, 15 años, era como ver a Patricia de nuevo. Mis sentimientos se transfirieron. Sé lo enfermo que eso es. Sé que estoy enfermo. Patricia, detrás del espejo comenzó a soylozar. Roberto la abrazó, su propia cara contorsionada en una mezcla de horror y rabia.
Esa noche en la fiesta, continuó Javier, yo estaba bebiendo más de lo que admití. Estaba observando a Valeria toda la noche. Cuando la vi salir sola hacia el estacionamiento, la seguí, no inmediatamente. Esperé unos minutos, luego salí. ¿Qué pasó en el estacionamiento? La encontré cerca de los autos, al fondo, donde estaba más oscuro.
Ella acababa de terminar una llamada telefónica. estaba guardando su teléfono en el bolsillo de su vestido. Le dije que parecía que necesitaba un descanso de la fiesta, que yo también. Hablamos un momento. Fue fue una conversación normal al principio y luego Javier se cubrió el rostro con las manos. Le dije que se veía hermosa, que me recordaba a su madre cuando era joven y entonces, Dios me perdone.
Intenté tocarla. Puse mi mano en su mejilla. Ella se alejó inmediatamente. Me preguntó qué estaba haciendo. Yo perdí el control por un momento. La agarré del brazo. Le dije que solo quería que entendiese lo especial que era. Ella estaba asustada. Trató de gritar, pero le puse la mano sobre la boca.
No quería lastimarla, solo quería que se calmara, que escuchara. El silencio en la sala de interrogación era absoluto. Beltrán y Campos intercambiaron una mirada. ¿Qué pasó después?, preguntó Beltrán, su voz controlada, pero tensa. Ella luchó. En algún momento, su tacón se atascó en el terreno irregular. Se dobló el tobillo, cayó.
Yo traté de ayudarla a levantarse, pero ella tenía terror en los ojos. Se quitó los zapatos porque le dolía el tobillo. Estaba descalsa. En ese momento escuché voces acercándose. Alguien venía hacia el estacionamiento. Entré en pánico. Le dije a Valeria que nos teníamos que ir, que lo arreglaríamos, que todo estaría bien. Ella no quería, pero yo la agarré.
La forcé a caminar hacia mi camioneta. Patricia emitió un grito ahogado. Diego se levantó de su silla bruscamente, comosi quisiera irrumpir en la sala de interrogatorio. ¿A dónde la llevó?, preguntó Beltrán. A mi casa. Ella lloraba todo el camino. Me decía que la dejara ir, que no diría nada, que solo quería volver a su fiesta.
Yo seguía diciendo que solo necesitaba que se calmara, que habláramos. Cuando llegamos a mi casa, la llevé adentro. estaba histérica. Traté de convencerla de que yo no iba a lastimarla, de que solo necesitaba que entendiese mis sentimientos, pero ella solo quería irse. Como terminó en esa habitación bajo el piso, Javier negó con la cabeza violentamente.
No terminó ahí. No de la manera que piensan. Valeria no está ahí. No está en mi casa. Beltrán frunció el seño. Entonces, ¿dónde está? La encerré en esa habitación. la que ustedes encontraron con el piso alterado. Era una habitación pequeña al final del pasillo. Le quité su teléfono celular. Le dije que se quedara ahí mientras yo pensaba qué hacer.
Ella estaba aterrorizada, golpeaba la puerta, gritaba. Yo había cerrado con llave desde afuera. Me senté en la sala bebiendo, tratando de procesar lo que había hecho. Sabía que estaba en problemas terribles. Sabía que lo que había hecho estaba mal, pero no podía pensar con claridad. ¿Cuánto tiempo estuvo ella ahí? No lo sé exactamente. Horas.
Eventualmente ella dejó de gritar. Pensé que se había cansado, que tal vez se había quedado dormida. Alrededor de las 5 de la madrugada, decidí que tenía que llevarla de regreso, dejarla en algún lugar donde alguien la encontrara. Inventaría alguna historia sobre haberla encontrado caminando confundida.
No sé, no estaba pensando racionalmente. Y abrí la puerta de la habitación. Valeria no estaba ahí. Beltrán parpadeó. ¿Cómo que no estaba ahí? La habitación estaba vacía. La ventana estaba abierta. Ella se había ido, había escapado. Hubo un momento de silencio mientras todos procesaban esta información. Explíqueme cómo es posible eso, dijo Beltrán.
Usted dijo que la había encerrado. La ventana de esa habitación es pequeña, pero no imposible de atravesar para alguien delgado. Pensé que estaba asegurada, pero aparentemente el seguro estaba roto o ella logró abrirlo. Cuando la encontré vacía, pensé que había regresado a su casa, que iría con la policía, que todo se descubriría.
Pasé los siguientes días en agonía esperando que vinieran a arrestarme. “Pero nadie vino”, dijo Campos. “No, y Valeria nunca apareció. Los reportes decían que había desaparecido de la fiesta. Yo sabía que había escapado de mi casa alrededor de las 5 o 6:0 de la madrugada, pero después de eso no sé qué le pasó.” Buscaba noticias constantemente.
Cuando encontraron su celular en la fiesta, pensé que tal vez había logrado regresar, pero algo más le había pasado. Pero su familia decía que nunca volvió a casa. Y los zapatos, ¿cómo llegaron bajo el piso? Los recogí del estacionamiento donde ella se los había quitado. Los guardé, no sé por qué.
Tal vez como un recuerdo. Sé lo enfermo que eso suena. Cuando quedó claro que Valeria no iba a aparecer, que la policía me había entrevistado y no sospechaba de mí, entré en un pánico diferente. Tenía sus zapatos. Si alguien los encontraba en mi casa, sería evidencia. Los escondí debajo del piso de esa habitación, sellándolos ahí.
Pensé que nunca serían encontrados. Señor Solís, dijo Beltrán lentamente. Me está diciendo que Valeria escapó de su casa y que usted no sabe qué le pasó después. Sí. ¿Cómo esperaba que creyéramos eso? No espero que lo crean, pero es la verdad. Valeria salió de mi casa viva, descalsa, asustada, pero viva. No sé qué le pasó después.
La confesión terminó ahí. Javier fue devuelto a su celda mientras los investigadores procesaban su historia. En la sala de observación, Patricia estaba devastada, pero también confundida. “¿Puede ser verdad?”, preguntó a Roberto. “¿Puede Valeria haber escapado?” “No lo sé”, respondió Roberto. “Pero si lo hizo, ¿a dónde fue? ¿Por qué nunca volvió a casa? ¿Por qué no hay reportes de alguien viéndola esa madrugada?” Diego tenía una expresión sombría.
Si ella escapó descalza, asustada en medio de la madrugada, cualquier cosa podría haberle pasado. La confesión de Javier desencadenó una nueva fase de la investigación. Si Valeria había escapado de su casa alrededor de las 5 o 600 de la madrugada del 29 de agosto de 2010, ¿qué le había pasado después? El equipo investigativo revisó todos los reportes de esa fecha y los días siguientes.
No hubo reportes de una adolescente descalsa en vestido de fiesta deambulando por las calles. No hubo llamadas al 911 sobre alguien que coincidiera con esa descripción. La casa de Javier estaba en la colonia Amor, a aproximadamente 20 minutos en auto de donde vivía la familia Núñez en La Paz. A pie, especialmente descalsa y asustada, el trayecto sería mucho más largo y complicado. Había intentadoValeria caminar a casa.
Los investigadores trazaron posibles rutas. La ruta más directa implicaba caminar por avenidas principales, avenida Juárez, hasta conectar con Boulevard Atlix Cayotl, luego hacia La Paz. Pero en esas horas de la madrugada, especialmente para una adolescente traumatizada, las calles principales podrían haber parecido peligrosas.
Era más probable que hubiera buscado rutas más residenciales, calles menos transitadas. Se hizo un llamado público para testigos. 12 años después, ¿podría alguien recordar haber visto a una chica en esas circunstancias? El 20 de marzo de 2022, alguien respondió al llamado. Una mujer llamada Gabriela Ortega, de 68 años, contactó a la fiscalía.
Vivía en la colonia Volcanes, un vecindario entre amor y la paz. explicó que la mañana del 29 de agosto de 2010, alrededor de las 6:30, mientras preparaba el desayuno, había visto a través de su ventana de cocina a una chica joven caminando descalza por la calle. Llevaba lo que parecía ser un vestido de fiesta sucio y rasgado.
Gabriela había pensado en salir a ofrecer ayuda, pero para cuando terminó de preparar su café y miró de nuevo, la chica había desaparecido. No le di mayor importancia en ese momento explicó Gabriela con evidente culpa. Pensé que tal vez había sido una fiesta que se salió de control. ya sabe cómo son los jóvenes.
Nunca imaginé que estaba conectado con una desaparición. No vi las noticias hasta días después y para entonces la descripción no mencionaba que estaba descalza, así que no hice la conexión. El testimonio de Gabriela confirmaba parcialmente la historia de Javier. Valeria había estado viva y moviéndose esa mañana. Pero, ¿qué pasó después? La respuesta llegó de la manera más inesperada.
El 25 de marzo, un hombre llamado Teodoro Salazar se presentó voluntariamente en las oficinas de la fiscalía. Era un conductor de taxi, 62 años, jubilado desde 2018. Había visto las noticias sobre Valeria y la búsqueda de información. Yo la recogí, dijo simplemente esa mañana. Teodoro explicó que alrededor de las 7:00 de la madrugada del 29 de agosto de 2010 estaba conduciendo su taxi por la colonia Volcanes cuando vio a una chica joven haciendo señales desesperadas al lado del camino. Paró.
Ella estaba descalza, su vestido estaba sucio y rasgado y estaba llorando. Le pregunté si estaba bien, relató Teodoro. Ella dijo que había habido un accidente, que necesitaba ir a casa. Le pregunté si necesitaba ir a un hospital o a la policía. Ella dijo que no, que solo quería ir a casa. Le pedí la dirección. Ella me la dio.
¿A dónde la llevó?, preguntó Beltrán, su pulso acelerándose a una dirección en la colonia La Paz. No recuerdo el número exacto, pero recuerdo la calle. Era cerca de una escuela primaria. La llevó directamente ahí, ¿no? Teodoro, titubeó. Ella cambió de opinión a mitad de camino. Me pidió que la dejara en otro lugar.
Dijo que no quería que sus padres la vieran así. me dio una dirección diferente, una casa en la colonia San Manuel. San Manuel era un vecindario a unos 10 minutos de la paz. ¿Por qué Valeria habría ido ahí en lugar de su casa? Recuerda la dirección en San Manuel. Más o menos puedo llevarlos a la calle.
Al día siguiente, Teodoro guió a los investigadores a una calle en San Manuel. Recordaba que era una casa de dos pisos pintada de azul con un portón de metal. Había varias casas que coincidían con esa descripción general. Los investigadores comenzaron a tocar puertas. En la quinta casa, una mujer de 50 años llamada Rocío Luna abrió.
Cuando le explicaron lo que estaban investigando, su rostro palideció. “Oh, Dios mío”, murmuró. “Están hablando de la chica de hace años. Rocío invitó a los investigadores a pasar. Su historia reveló la verdad final. En la madrugada del 29 de agosto de 2010, alrededor de las 7:30, alguien tocó insistentemente en su puerta.
Rocío, quien vivía sola después de divorciarse dos años antes, abrió con cautela. Afuera había una adolescente descalza en un vestido de fiesta llorando histéricamente. “Me suplicó que la dejara entrar”, dijo Rocío. Dijo que alguien la había atacado, que necesitaba esconderse. Yo estaba asustada, pero la dejé pasar.
La llevé a mi sala, le ofrecí agua a una manta, le pregunté si quería que llamara a la policía o a su familia y ella ella me suplicó que no lo hiciera. ¿Por qué?, preguntó Beltrán. Dijo que su familia no entendería, que si su padre descubría lo que había pasado, la culparía a ella. Dijo que necesitaba pensar que necesitaba un lugar seguro solo por un día o dos. Yo no sabía qué hacer.
Ella era tan joven, estaba tan asustada. ¿Qué hizo? La dejé quedarse. Le di ropa limpia, la dejé ducharse, le preparé comida. Me dijo su nombre, Valeria. me contó que había sido su fiesta de 15 años. No me dio muchos detalles sobre quién la había atacado, pero dijo que era alguien de su familia. Tenía terror.¿Cuánto tiempo se quedó? Dos días.
El 30 de agosto por la noche le dije que realmente necesitaba contactar a su familia, que sus padres debían estar desesperados. Ella finalmente accedió. Usó mi teléfono para llamar a su casa. Patricia Núñez se enderezó bruscamente cuando escuchó esto en la oficina de Beltrán, donde estaba siendo informada. Nos llamó. Nunca recibimos una llamada.
Rocío continuó su historia. Marqué el número que ella me dio. Sonó varias veces. Alguien contestó. Ella dijo, “Mamá, soy yo. Soy Valeria.” Y entonces Rocío se detuvo, sus ojos llenándose de lágrimas. ¿Qué pasó?”, na presionó Beltrán suavemente. Escuché gritos del otro lado de la línea. No podía distinguir las palabras, pero era una voz masculina, fuerte, enojada.
Valeria se puso pálida, colgó inmediatamente. Estaba temblando. Me dijo, “Ese era mi padre. Él está furioso. Me va a matar.” Le dije que seguramente estaba exagerando, que sus padres estarían aliviados de saber que estaba bien. Pero ella insistió en que no entendía, que su padre era muy estricto, que si sabía que había estado fuera toda la noche, especialmente con lo que había pasado, él nunca la perdonaría.
La historia de Rocío continuó. Valeria había entrado en un ataque de pánico después de esa llamada telefónica. dijo que no podía volver a casa, que su vida, tal como la conocía, había terminado. Rocío, sin saber qué hacer, ofreció dejarla quedarse un poco más. Pero al día siguiente, el 31 de agosto, cuando Rocío regresó de hacer algunas compras, Valeria se había ido.
Había dejado una nota breve. Gracias por tu bondad. No puedo regresar. Voy a empezar de nuevo en otro lugar. Por favor, no digas nada. ¿Por qué no reportó esto a la policía?, preguntó Beltrán. Debía haberlo hecho, admitió Rocío, las lágrimas corriendo por su rostro. Pero Valeria me había hecho prometer que no lo haría. Y después pasaron días, semanas.
Veía las noticias sobre su desaparición. Sabía que debía decir algo, pero también sabía que la había dejado ir. Temía las consecuencias. Temía ser culpada. Con el tiempo se volvió más y más difícil admitir lo que sabía. Llevó esta culpa durante 12 años. La investigación verificó la historia de Rocío. Los registros telefónicos de su línea fija mostraban una llamada realizada a la residencia Núñez el 30 de agosto de 2010 a las 8:47 de la noche.
La llamada duró 14 segundos. Patricia cuando fue informada de esto, inicialmente no recordaba haber recibido tal llamada, pero Roberto sí. Yo contesté, admitió Roberto su voz cargada de emoción. Contesté el teléfono. Era tarde por la noche. Había estado bebiendo tratando de manejar el estrés. Alguien dijo mi nombre, pero la voz era extraña, distante.
Pensé que era una broma cruel, una de esas llamadas que hacen los medios o personas morbosas. Grité al teléfono. Le dije a quien fuera que nos dejara en paz, que estábamos sufriendo. Colgué violentamente. La realización golpeó a todos en la habitación como un mazo. Valeria había llamado, había tratado de volver y su padre, sin saber que era realmente ella, la había rechazado.
Roberto colapsó soyando incontrolablemente. Era ella, Dios mío. a yo. Yo colgué. Patricia abrazó a su esposo, ambos llorando, el peso de esa llamada perdida aplastándolos, pero la pregunta permanecía. ¿A dónde fue Valeria después de dejar la casa de Rocío? La respuesta llegaría días después, pero de una manera que nadie esperaba.
Un investigador privado contratado por la familia trabajando independientemente de la policía, siguió una pista diferente. Analizó patrones de personas desaparecidas que reaparecían años después bajo nuevas identidades. Contactó con organizaciones que ayudaban a personas en situaciones de crisis. En abril de 2022, el investigador encontró una coincidencia posible.
Una mujer viviendo en Monterrey, Nuevo León, bajo el nombre de Ana Robledo, coincidía con la descripción de edad y apariencia física de Valeria. La mujer trabajaba como asistente administrativa en una empresa de logística. Tenía 27 años, la edad que Valeria tendría en 2022. El investigador, con la ayuda de la fiscalía y una orden judicial, logró obtener una muestra de ADN de ANA.
La comparación con el ADN de la familia Núñez fue conclusiva. Ana Robledo era Valeria Núñez. El reencuentro fue coordinado cuidadosamente por profesionales de salud mental. Valeria, ahora usando el nombre Ana, accedió a encontrarse con su familia en un entorno neutral y supervisado. El 15 de abril de 2022, Patricia, Roberto y Diego vieron a Valeria por primera vez en casi 12 años.
Ella había cambiado, obviamente, ya no era la adolescente de 15 años, era una mujer de 27, con el cabello más corto y teñido de un tono más oscuro, líneas sutiles alrededor de sus ojos, una presencia que irradiaba tanto fuerza como vulnerabilidad. Patricia se acercólentamente con lágrimas corriendo por su rostro.
Valeria, susurró mamá, respondió Valeria su propia voz quebrándose. Se abrazaron. Un abrazo de 12 años de separación, trauma, pérdida y ahora imposiblemente reencuentro. En las sesiones terapéuticas que siguieron, Valeria explicó su decisión. Después de dejar la casa de Rocío, había tomado un autobús fuera de Puebla usando dinero que Rocío le había dado.
Fue a Ciudad de México, una ciudad lo suficientemente grande para desaparecer. Encontró refugio en un albergue para mujeres en crisis. Eventualmente consiguió documentos falsos a través de conexiones que hizo en la calle. Cambió su nombre, su apariencia, su historia. ¿Por qué no regresó? La pregunta que todos querían responder.
Tenía 15 años, explicó Valeria, su voz tranquila pero firme. Había sido atacada por mi tío, alguien en quien confiaba. Escapé, pero estaba traumatizada. Cuando intenté llamar a casa y escuché a papá gritando, creyendo que era una broma, sentí que no había lugar para mí. Pensé que si regresaba nadie me creería sobre el tío Javier.
Pensé que sería culpada por arruinar la fiesta, por preocupar a todos. En mi mente de 15 años, huir parecía la única opción, pero pasaron años, dijo Roberto su voz rota. ¿Por qué nunca volviste después? Nunca contactaste. Al principio cada día pensaba en volver, pero cada día que pasaba hacía más difícil regresar. ¿Cómo explicaría dónde había estado? ¿Cómo enfrentaría todas las preguntas? Y con el tiempo construí una nueva vida.
Hice nuevos amigos, encontré trabajo. Creé una identidad que no estaba definida por ese trauma. Ana Robledo no había sido atacada. Ana Robledo no había huído. Ana Robledo era libre. “¿Nunca pensaste en nosotros?”, preguntó Patricia, dolor evidente en su voz. en lo que estábamos sufriendo. Pensaba en ustedes constantemente, respondió Valeria, lágrimas en sus ojos, pero también estaba enojada.
Enojada de que el tío Javier fuera parte de nuestra familia, enojada de que nadie notara que algo no estaba bien con él. Enojada de haber perdido mi niñez, mi fiesta, mi vida normal. Era más fácil estar enojada desde lejos que enfrentar todo de cerca. La familia inició un proceso largo y doloroso de sanación.
Valeria aceptó gradualmente reincorporar su nombre original a su vida, aunque legalmente seguía siendo Ana Robledo. Se mudó de regreso a Puebla 6 meses después del reencuentro, viviendo inicialmente en un departamento propio mientras reconstruía relaciones con su familia. Javier Solís fue sentenciado a 20 años de prisión por privación ilegal de la libertad, entre otros cargos.
Su confesión y el testimonio de Valeria fueron fundamentales. En el juicio, Valeria enfrentó a su tío leyendo un impacto de víctima que dejó a todo el tribunal en silencio. Habló de los 12 años que le robó, no solo los momentos que pasó encerrada en esa habitación, sino toda su juventud, toda su identidad. Javier lloró, pidió perdón.
Valeria no lo perdonó. Patricia y Roberto comenzaron terapia de pareja para procesar todo lo que habían vivido. Su matrimonio había sobrevivido a lo impensable, pero necesitaba sanación activa. Roberto, en particular cargaba con una culpa tremenda por haber colgado esa llamada. Valeria, en sesiones privadas con su padre, eventualmente le dijo que no lo culpaba, que entendía que él no había sabido, que todos habían sido víctimas de las circunstancias y las decisiones de Javier.
Diego y Valeria reconstruyeron lentamente una relación de hermanos. Fue incómodo al principio. Eran esencialmente extraños, pero compartían ADN, historia, trauma. Encontraron puntos en común. eventualmente desarrollando una amistad genuina. Daniela, la mejor amiga de Valeria, se reunió con ella en agosto de 2022. Fue un encuentro cargado emocionalmente.
Daniela había llevado 12 años de culpa. Valeria la liberó de esa culpa, explicando que nada de lo que pasó fue su responsabilidad. Gradualmente renovaron su amistad, aunque era diferente ahora. Ambas eran adultas, moldeadas por experiencias muy diferentes. En agosto de 2023, en el 13er aniversario de su desaparición, Valeria aceptó dar una entrevista pública.
Habló sobre su experiencia no para glorificar su historia, sino para ayudar a otras víctimas de abuso y trauma a entender que hay caminos hacia adelante, incluso desde los lugares más oscuros. Mi historia no tiene un final feliz. tradicional, dijo en la entrevista, no puedo recuperar los años que perdí, no puedo deshacer el trauma, pero puedo elegir cómo vivo ahora.
Elegí sobrevivir entonces y elijo vivir plenamente ahora. La familia Núñez sigue reuniéndose para cenas dominicales. Valeria asiste la mayoría de las veces. No es perfecto. Hay silencios incómodos, heridas que aún sanan, conversaciones difíciles, pero están juntos, lo cual después de todo parecía imposible durante 12 años.
Los zapatos plateadoscon las iniciales BN, la evidencia que comenzó toda la revelación final, están guardados en un almacén de evidencia policial. Patricia pidió que no fueran devueltos. No quiere verlos. Representan una noche que comenzó con celebración y terminó en pesadilla, pero también paradójicamente fueron la clave que finalmente trajo a Valeria de regreso.
La casa de Javier fue vendida. La familia Núñez no tiene conexión con ella. Una familia nueva vive ahí ahora sin conocer la historia completa de las paredes que los rodean. La historia de Valeria Núñez es un recordatorio de que las desapariciones son complejas, de que las víctimas tienen agencia incluso en las circunstancias más horribles y de que los finales no siempre son como los esperamos.
Es también un recordatorio de la importancia de creer a las víctimas, de crear espacios seguros para que regresen y de entender que la sanación es un proceso, no un destino. Valeria ahora trabaja en una organización sin fines de lucro que ayuda a personas desaparecidas a reunirse con sus familias. Usa su experiencia para entrenar a trabajadores sociales sobre cómo abordar a víctimas que pueden estar asustadas de regresar.
Su vida tiene propósito, significado, aunque llegó a través de un camino que nunca habría elegido. Este caso nos muestra como el trauma puede crear decisiones que parecen incomprensibles desde afuera, pero que tienen perfecta lógica desde la perspectiva de una víctima de 15 años aterrorizada. También nos recuerda que las investigaciones de personas desaparecidas pueden tomar giros imposibles de predecir y que la verdad es frecuentemente más compleja y dolorosa de lo que cualquier teoría podría anticipar.
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