40 convoyes criminales ardiendo bajo el sol de Guerrero, 35 cuerpos tendidos sobre Tierra Caliente, 9 horas de combate ininterrumpido, 120 km de territorio convertidos en ratonera letal y un solo mensaje grabado en cada casquillo aquí manda el estado. Este jueves 27 de noviembre a las 5 de la mañana con 40 minutos, la Marina decidió que las semanas de terror en la costa grande de Guerrero habían terminado.
No fue un operativo, fue una declaración de guerra total contra el cártel Jalisco Nueva Generación, que intentó consolidar control del corredor más valioso del Pacífico Sur, movilizando 40 convoyes simultáneos con más de 400 sicarios armados hasta los dientes. Lo que el cártel no calculó fue que la inteligencia naval ya había detectado cada movimiento, que drones de vigilancia habían rastreado patrones durante semanas, que comunicaciones encriptadas fueron interceptadas, que informantes infiltrados confirmaron fechas y rutas y que cuando los primeros
convoyes comenzaron a moverse esa mañana, los murciélagos ya los esperaban en posiciones perfectamente calculadas a lo largo de 120 km de costa, Cuando finalmente cesó el fuego a las 5 de la tarde con 14 minutos. El resultado fue devastador para el CJNG. 40 convoyes completamente neutralizados, 35 sicarios abatidos, 47 detenidos, 123 vehículos asegurados, 392 armas de comizadas y la capacidad operativa del cártel en la costa grande de Guerrero, completamente desmantelada en 9 horas.
Hoy vamos a analizar la operación más ambiciosa y devastadora que los murciélagos han ejecutado contra el crimen organizado. Vamos a entender cómo el CJNG intentó tomar control absoluto de Guerrero, movilizando 400 sicarios en 40 convoyes simultáneos y vamos a hablar de cómo la Marina convirtió 120 km de costa en una trampa mortal de la que ningún convoy logró escapar.
Porque cuando movilizas 40 convoyes con más de 400 sicarios armados con ametralladoras calibre 50, no estás haciendo un traslado rutinario. Estás ejecutando una operación militar de fuerzas sin precedentes. Estás apostando todo tu poder de fuego en una sola jugada. Estás intentando consolidar control territorial definitivo y cuando la marina detecta esa operación con semanas de anticipación, cuando despliega a los murciélagos desde las 3 de la madrugada en puntos estratégicos perfectamente calculados, cuando establece un cerco de 120 km que
convierte cada puente, cada curva, cada cruce en una emboscada letal, el resultado es aniquilación total. Para entender la magnitud de lo que ocurrió, necesitamos hablar primero de por qué el CJNG estaba dispuesto a apostar 400 sicarios en una sola operación. Y la respuesta está en una carretera que vale millones de dólares semanales.

La carretera federal 200 que conecta Cihuatanejo con Acapulco no es una ruta cualquiera. Es el corredor logístico más valioso del Pacífico Sur. Es la arteria por donde fluyen toneladas de cocaína. metanfetamina, heroína y sobre todo fentanilo hacia el norte del país y en sentido contrario bajan armas, municiones y dinero en efectivo desde Estados Unidos.
Es un flujo bidireccional que genera ganancias extraordinarias. Controlar esa carretera significa dominar millones de dólares semanales. Por eso el Costa NG había invertido 3 semanas en una guerra territorial brutal. Por eso estaban dispuestos a movilizar 40 convoyes simultáneos. Por eso arriesgaron 400 sicarios en una sola jornada.
Durante tres semanas previas, Guerrero había ardido en violencia territorial. Células del cártel peleaban entre sí y contra grupos locales por el control de municipios clave. Coyuca de Benítez, Petatlán, Tecpan de Galeana, la Unión, Cihuatanejo. Cada municipio era un campo de batalla. Cada comunidad vivía bajo fuego cruzado constante.
Las familias se refugiaban cuando comenzaban los enfrentamientos. Los comercios cerraban temprano, las escuelas suspendían clases y nadie sabía cuándo terminaría. El CJNG planeó una operación de fuerza sin precedentes, una demostración de poder tan abrumadora que cualquier resistencia simplemente colapsara.
una movilización tan masiva que las autoridades no pudieran responder efectivamente. El plan era movilizar 40 convoyes simultáneos a lo largo de 120 km de costa, saturar toda la región con presencia armada, tomar los accesos principales a Cihuatanejo, establecer retenes en puntos estratégicos y enviar un mensaje de terror absoluto.
Cada convoy estaba compuesto por al menos tres camionetas. Troconas blindadas artesanalmente con placas de acero sobrepuestas, vidrios polarizados y hombres armados hasta los dientes. El armamento era de grado militar, fusiles de asalto AK47 y AR15, lanzagranadas y ametralladoras calibre 50 montadas en las cajas de las camionetas.
armas capaces de perforar blindaje ligero, capaces de causar devastación masiva. En total, el CJNG movilizó más de 400 sicarios esa mañana. es el equivalente a un batallón completo del crimen organizado, desplazándose simultáneamente. Su objetivo era simple: aplastar cualquier resistencia, tomar control absoluto de los accesos a cihuatanejo, establecer dominio territorial indiscutible y demostrar que el cártel Jalisco era la fuerza dominante en Guerrero.
Era una apuesta total, era jugarse todo en una sola operación y si funcionaba, Guerrero caería completamente bajo control del Mencho. Pero lo que el cártel no calculó fue que cada paso ya había sido detectado por inteligencia naval. Semanas antes, drones de vigilancia habían comenzado a rastrear patrones de desplazamiento.
Observaban movimientos de convoyes, identificaban rutas frecuentes, detectaban puntos de reunión. Era inteligencia sistemática. Cada dato registrado, cada patrón analizado simultáneamente. Unidades especializadas interceptaban comunicaciones encriptadas. Los sicarios creían que sus radios codificados eran seguros, pero las comunicaciones estaban siendo monitoreadas, cada orden capturada, cada plan revelado y lo más devastador, informantes infiltrados confirmaban fechas y rutas.
Confirmaban que el 27 de noviembre sería el día de la operación masiva, confirmaban las rutas exactas. confirmaban los puntos de partida y los destinos para cuando amaneció el jueves 27. La Marina sabía exactamente qué iba a intentar el CJNG. Conocían la magnitud, conocían las rutas, conocían los horarios y habían diseñado una respuesta devastadora.
La estrategia naval era impecable. No se trataba solo de interceptar vehículos, se trataba de desmantelar una operación completa. Los comandantes sabían que si dejaban escapar aunque fuera un solo convoy, el cártel podría reagruparse. Por eso la orden fue clara. Neutralización total. Sin excepciones. Todos los convoyes debían ser detenidos.
Todos los sicarios neutralizados o capturados. No podía haber fugas. Los murciélagos habían estudiado el terreno durante días. Conocían cada curva peligrosa, cada puente angosto, cada punto ciego donde podían establecer emboscadas efectivas. Habían trazado mapas detallados con todas las rutas de escape y habían bloqueado cada una.
A las 3 de la madrugada del 27 de noviembre, cuando la bruma costera aún cubría los caminos, los murciélagos comenzaron su despliegue. Se movieron en silencio absoluto, sin luces, sin comunicaciones que pudieran ser interceptadas. Ocuparon posiciones en puntos estratégicos a lo largo de más de 120 km.
Francotiradores se posicionaron en elevaciones con líneas de visión perfectas. Unidades de asalto se ocultaron en puntos de embudo. Helicópteros artillados se prepararon en bases cercanas y drones comenzaron a sobrevolar antes del amanecer. Para las 5 de la mañana, el cerco estaba completo. 120 km bajo control absoluto, cada acceso bloqueado, cada ruta de escape vigilada y los sicarios del CJNG no tenían idea de que estaban a punto de entrar en la trampa más letal jamás diseñada.
A las 5:40, la bruma costera aún cubría los caminos. El aire olía a sal mezclada con humedad de selva y el primer convoy criminal cruzó un retén improvisado en la carretera federal 200. No dispararon, aceleraron intentando romper el bloqueo. Error fatal. A las 5:52 minutos, el primer contacto fue confirmado. Un convoy de cinco troconas apareció acercándose al Calayaco.
Los elementos se mantuvieron ocultos. Dejaron pasar las dos primeras camionetas, esperaron a que el convoy completo entrara en la zona de emboscada y entonces se activó el código rojo, se calentó el callaco. La primera ráfaga cortó el aire como un relámpago seco. El estruendo hizo que los perros comenzaran aullar, las aves levantaron vuelo en masa y en segundos el fuego cruzado convirtió la carretera en un infierno.
Los sicarios respondieron de inmediato. Descendieron disparando en todas direcciones. Algunos buscaron cobertura detrás de los vehículos. Otros intentaron flanquear por el monte, pero los murciélagos operan con coordinación milimétrica. Desde posiciones elevadas, francotiradores neutralizaron objetivos prioritarios.
Los conductores fueron los primeros en caer sin movilidad, las camionetas se convirtieron en trampas metálicas. A las 6:4 minutos, el primer convoy estaba neutralizado. Cinco vehículos inutilizados, nueve sicarios abatidos, cuatro detenidos, pero no hubo tiempo para contabilizar porque en ese instante seis convoyes más fueron detectados avanzando por rutas paralelas. La orden fue clara.
cerrar todas las salidas. Nadie entra, nadie sale. A las 6:30, el segundo convoy cayó en Coyuca de Benítez. Cuatro troconas intentaron romper un bloqueo a toda velocidad. El impacto de las primeras ráfagas fue devastador. Una camioneta perdió el control y volcó. Los ocupantes intentaron salir, pero fueron recibidos con fuego preciso.
13 sicarios murieron en menos de 2 minutos. Ninguno logró escapar. El estruendo despertó a toda la comunidad. Familias enteras se refugiaron en los cuartos más alejados. Una madre de tres hijos relató que abrazó a sus niños debajo de la cama mientras rezaba. El sonido de las balas rebotando era ensordecedor. Mientras tanto, en La Unión, un tercer convoy intentó una maniobra desesperada.
abandonaron las camionetas y se internaron en la selva buscando refugio. Creían que la espesura del monte les daría ventaja, pero los murciélagos ya habían desplegado equipos con visión térmica. En la espesura, las cámaras térmicas detectaban cada cuerpo en movimiento. Los sicarios creían estar a salvo.
En realidad, estaban siendo rastreados metro a metro. A las 7:15 minutos, una unidad de asalto los interceptó. El combate fue cuerpo a cuerpo, disparos a quemarropa, gritos, cuerpos cayendo entre el barro y las raíces. Cuando terminó, 18 sicarios yacían sin vida. La operación se extendió como un incendio controlado. Cada convoy que intentaba avanzar era detectado, cercado y neutralizado.
La coordinación entre unidades terrestres, aéreas y de inteligencia fue impecable. Los helicópteros sobrevolaban constantemente, proporcionando visión en tiempo real. Los drones rastreaban movimientos, las unidades móviles bloqueaban rutas de escape y en tierra los murciélagos ejecutaban cada fase con disciplina letal.
A las 8:20 ya habían caído 12 convoyes. El cártel comenzó a desesperarse. Las comunicaciones interceptadas revelaban pánico. Se escuchaban gritos en las frecuencias, órdenes contradictorias, llamados de auxilio que nadie podía responder porque ya era tarde. Todos los caminos estaban cerrados. Guerrero se había convertido en una ratonera de 120 km y no había forma de salir.
En Papanoa, un convoy de seis camionetas intentó esconderse en un rancho abandonado. Bajaron y se dispersaron entre las estructuras intentando establecer posiciones defensivas, pero un dron térmico los localizó en minutos. A las 9:40, una unidad de asalto rodeó el perímetro. Los sicarios abrieron fuego apenas vieron acercarse a los elementos.
La respuesta fue abrumadora. Granadas de fragmentación volaron a través de las ventanas. El fuego de supresión convirtió las paredes en polvo. El combate duró 22 minutos. Cuando terminó, 23 cuerpos quedaron tendidos entre los escombros. Uno de los detenidos, un joven con el rostro cubierto de tierra y sangre murmuró.
Nos dijeron que era un traslado rápido, que no habría resistencia. nos mintieron. Mientras tanto, las comunidades vivían el enfrentamiento desde sus casas, familias refugiadas, niños llorando, ancianos rezando. Las detonaciones eran tan constantes que parecía que el cielo se estaba desgarrando. Un maestro de primaria relató, “Pensé que era el fin del mundo. No paraban los balazos.
Mis hijos me preguntaban si íbamos a morir y yo no sabía qué responderles. A las 10:30 el operativo alcanzó su punto más crítico. 19 convoyes neutralizados, pero el cártel lanzó un último intento desesperado. Movilizaron refuerzos desde la sierra intentando romper el cerco desde el norte.
Tres grupos de sicarios descendieron por brechas de montaña en troconas con ametralladoras calibre 50 montadas. Venían a toda velocidad levantando nubes de polvo. Su objetivo era crear un corredor de escape. Era un movimiento suicida, pero era lo único que les quedaba. Pero la inteligencia naval ya lo había previsto. Unidades de élite estaban posicionadas en las rutas de descenso desde la madrugada.
Cuando los refuerzos aparecieron, fueron recibidos con fuego desde posiciones elevadas. Las ametralladoras que traían montadas nunca llegaron a dispararse. Los tiradores fueron neutralizados. Antes de poder apuntar, las camionetas perdieron el control en las curvas. Algunas volcaron, otras se estrellaron contra los barrancos.
Una de las troconas cayó por un barranco de más de 30 m. El impacto fue tan violento que quedó hecha pedazos entre las rocas. No hubo sobrevivientes. A las 11:40 refuerzos estaban destruidos. 32 icarios más habían caído y el cerco seguía intacto. Durante las siguientes horas, el operativo se convirtió en una cacería sistemática.
Los convoyes restantes intentaban esconderse en ranchos, en bodegas abandonadas, en caminos que creían secretos, pero cada escondite era localizado, cada ruta de escape bloqueada. A las 12:50 cayó el convoy 25 en Tecpan. A la 1:30, el sindiche sirin 28 fue interceptado cruzando un río. A las 2:10, tres convoyes fueron cercados simultáneamente en la barrita.
El cártel ya no tenía estrategia, solo desesperación. Los comandantes habían perdido toda comunicación efectiva, las líneas de mando se habían roto. Cada grupo actuaba por cuenta propia, intentando sobrevivir. A las 3 de la tarde, el sol caía implacable, el calor era asfixiante. Los elementos llevaban casi 10 horas en combate continuo, pero no mostraban fatiga.
Cada unidad seguía operando con la misma precisión del inicio. La disciplina era férrea, porque esto no era solo un operativo, era un mensaje. Un mensaje que se escribía con cada convoy destruido. El mensaje era simple. Guerrero, ya no es tierra sin ley. A las 3:40, el convoy 36 fue localizado cerca de Atoyak. Intentaron huir al monte, pero fueron interceptados.
El enfrentamiento fue breve, pero brutal. 14 sicarios cayeron. A las 4:20, el convoy 38 fue neutralizado en una curva ciega y a las 4:52, los últimos dos convoyes fueron cercados en las afueras de Cihuatanejo. Ya no tenían municiones suficientes, ya no tenían coordinación. Algunos intentaron negociar, otros se tiraron al suelo con las manos en la cabeza.
El combate había terminado, la resistencia se había roto. A las 5 de la tarde con 14 minutos, el último sicario fue detenido. Estaba herido en el hombro. Sangraba abundantemente. Apenas podía caminar. Cuando lo esposaron no puso resistencia, solo murmuró, “Ya no queda nada. Tenía razón, no quedaba nada. El saldo final fue devastador para el cártel Jalisco Nueva Generación.
40 convoyes completamente neutralizados, 35 sicarios abatidos, 47 detenidos, 123 vehículos asegurados con blindaje artesanal. Se decomizaron 392 armas largas, fusiles de asalto, ametralladoras calibre 50, lanzagranadas, rifles de precisión, además 43,000 cartuchos, 200 cargadores de alto rendimiento y 80 granadas de fragmentación.
Pero el golpe más duro no fue material, fue estratégico. En una sola jornada, el CJNG perdió su capacidad operativa en la costa grande de Guerrero. La estructura que había construido durante meses quedó desmantelada. Los comandantes regionales fueron neutralizados. Los sicarios de rango medio cayeron o fueron capturados y los que escaparon huyeron hacia la sierra sin coordinación, sin recursos, sin liderazgo.
Lo que quedó fue una organización rota, incapaz de reorganizarse. Mientras el sol comenzaba hasta a ocultarse sobre el Pacífico, la Marina instaló puestos de control permanentes en todos los puntos estratégicos. No era ocupación temporal, era declaración de presencia indefinida. Guerrero había sido recuperado a las 6 de la tarde.
Cuando la calma finalmente regresó, algo extraordinario ocurrió. Civiles comenzaron a salir de sus casas. Comerciantes levantaban cortinas metálicas. Niños corrían por las calles por primera vez en semanas. Las comunidades no escucharon disparos al caer la noche. No vieron convoyes criminales patrullando. No sintieron el peso del miedo.
Solo escucharon el mar, el viento y el silencio de una paz que creían perdida. Al día siguiente, la noticia se expandió por todo el país. Los titulares hablaban de la mayor operación contra el crimen organizado en la historia reciente de Guerrero. Las imágenes recorrieron redes sociales y noticieros, pero en las comunidades afectadas solo importaba una cosa.
Habían sobrevivido y el estado había llegado. Un comerciante de Coyuca lo resumió en una frase que se volvió viral. Durante años nos dijeron que aquí mandaba el narco. Hoy vimos quién manda de verdad. Esas palabras resonaron en cada rincón de Guerrero porque más allá de las cifras quedó grabado algo imborrable, la certeza de que el Estado no había abandonado a sus ciudadanos, que cuando decidió actuar lo hizo con todo el peso de su fuerza y que ningún cártel puede enfrentarse a la determinación de una Nación unida. La
operación del 27 de noviembre marca un precedente fundamental porque el CJNG no movilizó 40 convoyes y 400 sicarios por casualidad. Lo hizo porque creía que podía tomar guerrero por la fuerza, que podía saturar la región con presencia tan abrumadora que las autoridades no podrían responder y descubrieron en 9 horas que estaban completamente equivocados.
Como responsable de la seguridad en México celebró esta victoria. No solo por los números tácticos, sino por lo que representa para las comunidades que vivieron semanas de terror. Celebro ver familias saliendo sin miedo. Celebro ver comercio reabriendo. Celebro ver niños jugando. Celebro ver Esperanza regresando a un estado que la había perdido.
Mientras tanto, en las montañas de Guerrero, los restos del cártel intentan reorganizarse, pero ya no hay estructura que reorganizar, solo quedan células dispersas. sicarios sin liderazgo, rutas cortadas y un miedo nuevo, el miedo a que cada movimiento sea el último. Porque cuando movilizas 40 convoyes con 400 sicarios y todos son aniquilados en 9 horas, el mensaje es devastador.
No solo perdiste la batalla, perdiste la guerra, perdiste guerrero y demostraste que el poder del estado cuando se despliega completamente es absolutamente abrumador. Y cuando ese estado establece presencia permanente, cuando instala puestos de control que no se van a retirar, cuando las comunidades saben que la Marina se quedó para protegerlas, la recuperación no es temporal, es definitiva.
El 27 de noviembre quedó grabado en la historia de Guerrero, no solo como el día de la mayor operación contra el crimen organizado, sino como el día en que el Estado mexicano recuperó Guerrero y no lo volverá a soltar. M.
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