reportado como desaparecido hace 10 días en el santuario histórico de Machuicchu1 del hotel Royal Inti, ubicado en el centro poblado Machuicchu. En abril de 2008, un turista alemán viajó solo a Perú. Tenía 29 años, era reservado, inteligente, apasionado por la historia antigua y según cuentan quiénes lo conocieron, parecía estar buscando algo, pero nunca dijo exactamente qué.

 Su destino era uno de los sitios más impactantes del planeta. Machu Picchu, pero fue directo hacia una zona donde no debía estar y nadie lo volvió a ver. Hasta que en 2011 un grupo de estudiantes que filmaba un documental en la zona utilizó un dron para hacer tomas aéreas. En una zona inaccesible donde no hay sendero alguno, aparecía el cuerpo de un hombre. Era Lucas.

 Y a partir de ese descubrimiento comenzaron a surgir más preguntas que respuestas. ¿Cómo llegó a un lugar donde nadie camina? ¿Por qué nadie lo encontró antes si habían buscado tan cerca? ¿Fue un accidente o fue una decisión? Quédate hasta el final de esta historia porque en los próximos minutos vas a descubrir cosas que nunca se contaron.

 Lucas durante años habló de Machuicchu como un lugar que tenía que conocer, no por turismo, sino por algo más personal. Nunca dijo bien que su viaje a Perú no fue una idea de último momento. Lo venía planeando desde hacía más de un año en silencio. Apenas hablaba del tema, pero todo indicaba que llevaba tiempo preparándose.

 En su casa encontraron libros antiguos sobre los incas, fotocopias de textos que ya no se conseguían, mapas impresos con marcas a mano y hasta recortes de periódicos peruanos con rutas que ya estaban cerradas al público. vendió sus muebles, donó libros y dejó su departamento alquilado. Llevaba consigo lo mínimo, una mochila mediana, una cámara de rollo, una linterna, ropa ligera, una cantimplora y una libreta pequeña donde escribía sus pensamientos.

 No llevaba celular, ni GPS, ni guía de viajes. Todo parecía indicar que no quería que lo encontraran fácilmente o que quería estar completamente solo. Lucas aterrizó en Lima el 6 de abril de 2008. Se quedó solo una noche en un hostal de Miraflores. No habló con casi nadie. A la mañana siguiente tomó un bus rumbo a Cuzco.

 Ahí se alojó en un hospedaje sencillo del centro. Según el dueño, no tenía aspecto de turista común. No pidió tours ni recomendaciones. Apenas preguntó por caminos antiguos que ya no figuraban en los mapas actuales. Un vendedor lo recuerda claramente porque le llamó la atención que no llevara celular, ni GPS, ni siquiera guía. Cuando le ofrecieron una excursión, respondió, “No, yo no busco lo que todos buscan.” Esas fueron sus palabras.

 En esos días envió un correo electrónico, cortó a su hermana Lena, solo decía, “Estoy bien en Cuzco. Mañana empiezo a caminar, no te preocupes.” Al día siguiente tomó el tren hacia Aguas Calientes y desde ahí, en lugar de seguir la ruta común hacia Machu Picchu, se desvió solo por un sendero poco conocido.

 Lucas llegó a Aguas Calientes el 13 de abril de 2008. Era un domingo por la tarde. El tren que lo dejó en el pueblo venía lleno de turistas, pero él apenas habló con alguien. No sacó fotos ni pidió información, solo bajó del vagón, miró alrededor y caminó en silencio con su mochila al hombro. Se alojó en un hostal muy sencillo, de nombre ficticio para proteger a los dueños.

 Una habitación sin baño privado, sin televisor, sin lujo. Firmó el registro con su nombre, pero volvió a poner mal el número de pasaporte. No estaba apurado ni nervioso, pero había algo en su forma de moverse, como si ya supiera lo que iba a hacer. El encargado del lugar lo describió así, educado, pero muy cerrado. No preguntó nada, solo dijo que iba a quedarse dos noches y que pensaba caminar bastante.

 Durante esas 48 horas casi no salió de su habitación, solo bajaba a comer algo liviano, tomaba té y luego volvía a escribir en su libreta. La mujer que limpiaba el hostal recuerda haberlo escuchado hablar solo una madrugada, muy bajito. No entendía lo que decía, pero notó algo raro. Lloraba en silencio. Ella no quiso molestar y siguió con su trabajo.

 En la tarde del 14 de abril, Lucas fue visto caminando por el pueblo. Se detuvo frente a un puesto donde vendían mapas viejos. No compró nada, solo miró. Luego entró a una tienda donde vendían agua y frutas. Compróanas, una botella de agua y pan. Cuando la vendedora le preguntó si era su primera vez en Machuicchu, él respondió, “Sí, y tal vez la última.

” Esa frase quedó grabada. La mujer la recordó tiempo después, cuando ya era noticia su desaparición. Esa misma noche, Lucas escribió un último correo a su hermana. Era corto, muy corto. Solo decía, “Estoy por subir. No te preocupes, no estoy solo.” Esa frase desconcertó a la familia porque nadie sabía con quién estaba.

 Todo indicaba que viajaba completamente solo. Y sin embargo escribió, “No estoy solo.”Algunos pensaron que se refería a otras personas, otros que hablaba en sentido espiritual, pero lo cierto es que esa fue la última vez que alguien tuvo contacto con él. Esa mañana, el 15 de abril de 2008, Machuicu estaba cubierto por una neblina suave, casi constante en esas fechas.

 El aire fresco, húmedo, olía a tierra mojada y a hojas. Antes de que saliera el sol, alrededor de las 5 de la mañana, Lucas ya estaba despierto. No estaba en la cama, sino sentado en una silla cerca de la ventana, con la libreta en las manos y una pluma con la que hacía anotaciones rápidas. Según la persona que hacía el aseo ese día, lo vio salir un poco después de las 5:30 de la mañana.

 Lucas llevaba su mochila al hombro, más cargada que el día anterior, con varios objetos que no había usado antes, una cuerda enrollada, un pequeño cuchillo en la cintura y su linterna. Antes de cerrar la puerta del hostal, se detuvo un momento, se acercó a la dueña y le habló con voz baja, casi un susurro, como si quisiera que nadie más lo escuchara.

 Dijo algo que quedó grabado en la memoria de ella. Voy a tomar un camino que no muchos conocen. No te preocupes si no vuelvo pronto. Esto es algo que debo hacer solo. Luego giró lentamente y se alejó sin volver la vista atrás. Camino a la puerta, volvió a sacar su libreta y escribió una última frase que nadie leyó hasta después.

Confío en que este viaje será el final de muchas preguntas. Mientras bajaba por las calles de aguas calientes, todavía oscura y casi vacía, algunos vecinos que madrugaban lo vieron pasar con paso firme, sin prisa. Después de salir del hostal, Lucas se dirigió hacia un sendero poco transitado, casi olvidado.

Era un camino angosto, cubierto de piedras sueltas, hojas caídas y raíces que sobresalían del suelo. Durante años, ese sendero había sido utilizado por pastores y campesinos para trasladar ganado y cruzar entre montañas. Pero hace tiempo fue cerrado al público porque era peligroso. Hubo varios derrumbes y deslaves mientras avanzaba, un hombre que trabajaba en mantenimiento de senderos, vestido con ropa sencilla y botas gastadas, apareció más adelante.

Era un hombre local acostumbrado a la montaña que no reconoció a Lucas, pero lo vio como a un extraño en ese lugar. se acercó a él con cautela y le dijo en voz baja, intentando advertirle, “Por aquí no se sube más, está peligroso. Hay desprendimientos y el acceso está prohibido para turistas.” Lucas no dijo una palabra, solo levantó la mano en señal de agradecimiento, con un gesto tranquilo y decidido.

 Sus ojos mostraban firmeza, como si supiera que ese era el camino correcto, aunque fuera el más difícil y peligroso. Sin detenerse más, continuó caminando, adentrándose en la espesura hacia lo desconocido. El sendero se hacía cada vez más angosto y empinado, con la vegetación creciendo de forma salvaje a ambos lados.

 El aire se volvió más denso, húmedo, y el murmullo constante del río cercano se mezclaba con el sonido de sus pasos. Durante horas, Lucas avanzó solo. No había señales de otros caminantes ni huellas recientes en la tierra. Aquel camino antiguo y olvidado no figuraba en los mapas turísticos ni en las rutas oficiales que las autoridades vigilaban.

 Era un lugar que pocos osaban recorrer y menos sin equipo especializado. Pasaron las primeras horas del 15 de abril. A la tarde, cuando la mayoría de los huéspedes regresaban con las ropas húmedas por la lluvia leve de montaña, la encargada Elena notó que su habitación seguía vacía, todo igual que en la mañana.

 La preocupación comenzó a instalarse cuando pasó el anochecer y Lucas no volvió. A las 20 horas, Elena subió, golpeó la puerta por las dudas, aunque ya sabía que no estaba. Revisó por la ventana y vio que la habitación seguía intacta. Sobre la mesita de luz estaba la taza de té que él había usado la noche anterior, nada más.

 Recién a la mañana siguiente, el 16 de abril, la mujer llamó al puesto policial local, pero la respuesta fue la habitual. Hay muchos turistas que se van sin avisar. Seguro subió a otra zona o siguió su viaje. Aún así, Elena no se quedó tranquila. Ella recordaba perfectamente lo que Lucas le dijo la última vez que lo vio.

 Voy a tomar un camino que no muchos conocen. No te preocupes si no vuelvo pronto. Esas palabras ahora le hacían ruido. Y si realmente no iba a volver, decidió buscar entre sus registros si había algún contacto de emergencia. No encontró nada, solo una hoja con su nombre mal escrito y un número de pasaporte que al parecer no coincidía del todo con el formato alemán.

 Dos días después, el 18 de abril, un correo electrónico llegó desde Alemania. Era de Elena, la hermana de Lucas. Hola, soy la hermana de Lucas Winter. Me escribió hace tres días desde Aguas Calientes y no hemos tenido más noticias. ¿Podría decirme si sigue hospedado allí? Elena, al leer el mensaje, se estremeció.

 Rápidamenterespondió, explicando que Lucas había salido hace tres días por la mañana y no había regresado. Lena entró en pánico ese mismo día. La familia se comunicó con el consulado alemán en Lima y así, de forma tardía se inició una búsqueda oficial. Pero ya habían pasado 3 días. Las autoridades locales armaron un pequeño grupo para rastrear la zona turística de Machuicu, pensando que tal vez se había accidentado en alguno de los senderos oficiales.

 No encontraron nada porque Lucas no había ido por ahí. No había dejado notas, ni señales, ni avisos en ninguna parte. Solo la frase que todos recordaban. Voy a tomar un camino que no muchos conocen. Pero nadie se molestó en investigar qué camino era ese. Ese fue el error. Un error que le costó a la familia 3 años de angustia.

Cuando Lena recibió la confirmación de que Lucas no había regresado al hostal, no dudó. Ese mismo día, junto a su padre Carl, tomó un vuelo desde Hamburgo con destino a Lima. Llegaron a Perú el 21 de abril, 6 días después de la desaparición. Lena había traído todo lo que tenía de su hermano, fotocopias de sus notas, la libreta donde él había marcado con tinta roja rutas alternativas y una carpeta con información impresa sobre caminos secundarios extraída de foros de viajeros.

 Desde Lima tomaron un vuelo hacia Cuzco y luego un tren hacia Aguas Calientes. No hablaban español, no conocían el país, pero iban decididos a encontrarlo. Al llegar al hostal, la mujer que había hablado con Lucas los recibió con tristeza. les mostró la habitación, les contó cada detalle, incluso recordó el tono de voz con el que él dijo que se iba por un camino que no muchos conocían. Lena lo anotó todo.

Su padre, en silencio, lloró al ver la taza intacta sobre la mesa. No había tocado nada. El 22 de abril se reunieron con las autoridades locales. Pidieron que ampliaran la búsqueda, que no se enfocaran solo en las rutas turísticas. Llevaron mapas, señalaron senderos secundarios, pidieron helicópteros, pero la respuesta fue tibia.

 No se puede buscar en todas partes. Si no hay indicios claros de hacia dónde fue, no podemos arriesgar personal. Lena no lo podía creer. Habían pasado ya 7 días desde que Lucas había desaparecido y ellos apenas estaban comenzando a moverse. Contactaron entonces a un grupo de rescatistas privados con experiencia en zonas montañosas.

 Durante 5 días, ese grupo caminó por rutas no oficiales, durmiendo en carpas, guiándose por señales mínimas. No encontraron rastros, ningún objeto, ni ropa, ni marcas, como si Lucas se hubiese desvanecido por completo. Una mañana, el padre de Lucas entró solo a la habitación donde su hijo había dormido. Abrió la libreta que había quedado ahí y encontró una anotación breve.

 Confío en que este viaje será el final de muchas preguntas. Carl leyó esa frase una y otra vez, después la arrancó con cuidado y la guardó en el bolsillo de su camisa. Nadie supo qué pensó en ese momento, solo se quedó mirando por la ventana en silencio. Después de un mes en Perú y sin obtener avances concretos, Lena y su padre regresaron a Alemania.

 Volvieron con las pocas pertenencias que Lucas había dejado en el hostal. una camisa, la libreta con anotaciones antiguas y una pequeña piedra que él guardaba en el bolsillo como un amuleto. Nadie sabía de dónde la había sacado. Al llegar a Hamburgo, Lena hizo algo que había evitado durante semanas. Abrió la carpeta que su hermano le había dejado antes de partir.

 La nota decía: “Si no regreso en 6 meses, abrila.” Dentro había un conjunto de hojas ordenadas con meticulosidad, textos impresos, mapas antiguos, nombres de pueblos olvidados y reflexiones personales que Lucas había escrito en los últimos años. Una frase en particular la estremeció: “No quiero ser recordado como el que se perdió.

 Quiero ser recordado como el que lo intentó.” Durante el primer año, Lena escribió a cada autoridad peruana, a los consulados de montañas, a grupos de senderistas. organizó foros, abrió un blog, subió fotos de lucas con detalles físicos, fechas y datos del recorrido. La policía alemana abrió un expediente formal de desaparición, pero al no haber pruebas de delito, el caso quedó estancado.

 No había pistas, ni testigos nuevos, ni evidencia de que algo malo le hubiera pasado. A mediados de 2009, Elena volvió a Perú por una semana, esta vez sola. Volvió al tal, habló otra vez con los mismos vecinos. Camino por las laderas cercanas con una linterna con la esperanza de encontrar algo, aunque sea un objeto olvidado.

 Al regresar, recibió un mensaje anónimo en su blog. Alguien decía haber visto a un extranjero rubio caminando solo muy arriba por un sendero que casi nadie usa. La policía no le daba mucha importancia, pero Lena guardaba todo. Habían pasado ya 3 años desde la desaparición de Lucas. Era abril de 2011 y nadie, ni siquiera Lena, imaginaba que ese mes sería el comienzo de un nuevocapítulo, uno que nadie quería, pero que era necesario.

 Todo comenzó con un proyecto universitario. Cuatro estudiantes de ingeniería de una universidad de Cuzco estaban haciendo un trabajo de campo sobre cartografía y análisis de terreno con drones. Querían mapear zonas de difícil acceso en la selva de montaña usando un dron armado por ellos mismos con una cámara HD, batería extendida y sistema de transmisión en vivo.

 El área elegida estaba al norte de Machuicu, fuera de los senderos turísticos, donde no había caminos marcados ni registros oficiales. Era una zona escarpada con barrancos, piedras húmedas y vegetación densa. Casi nadie iba ahí, ni siquiera los guías experimentados. Esa mañana, después de escalar hasta un punto alto, prepararon el dron, revisaron la señal y lo lanzaron al aire.

 Mientras uno lo dirigía, los otros tres miraban atentos la transmisión en directo desde una notebook conectada. El dron avanzaba sobre el bosque espeso, descendía por tramos entre rocas, cruzaba arroyos. Durante más de 20 minutos no vieron nada más que árboles, sombras y montañas, hasta que de golpe algo apareció. Una figura estática.

 tendida sobre el suelo entre piedras. “Espera, ¿pará ahí? ¿Qué es eso?”, dijo uno de los chicos apuntando a la pantalla. La cámara mostraba claramente lo que parecía ser un cuerpo humano acostado en el suelo. La imagen era tan nítida que podían ver el color pálido de la piel. El operador del dron descendió unos metros más, manteniendo la cámara enfocada.

 Los chicos se miraron sin hablar. Uno tragó saliva. Otro se tapó la boca. Es una persona, dijo el más joven. Está muerto, dijo otro. Era evidente. El cuerpo estaba allí desde hacía mucho tiempo. No era reciente. No era un accidente de ese día. Era alguien que se había quedado ahí abandonado por el tiempo.

 Uno de los estudiantes recordó una noticia vieja. Un turista alemán desaparecido hacía años del que nunca se supo nada. ¿Y si es ese tal Lucas? preguntó en voz baja. No podían confirmarlo, pero sabían que no podían quedarse callados. Llamaron al profesor, le explicaron rápido y le enviaron la señal en vivo desde el dron.

Luego contactaron a la policía de Cuzco. La respuesta fue inmediata. A través de las coordenadas del dron, las autoridades localizaron la zona exacta. No estaba lejos de donde en 2008 se había hecho de la búsqueda, pero era un tramo que nunca se había revisado por completo porque no era un sendero, era solo montaña cerrada.

 Dos horas después, ya con las imágenes confirmadas, se activó un operativo de emergencia. No era algo común. La zona no tenía camino, no se podía subir caminando ni en vehículo, hacía falta un helicóptero. Ese mismo día, al caer la tarde, un grupo especial de rescate con tres hombres entrenados descendió en la zona más cercana posible.

 Desde allí caminaron casi 2 horas hasta llegar al punto exacto, guiados por el dron que seguía marcando posición desde el aire y cuando llegaron lo vieron. Estaba acostado entre tierra y piedras, pero se conservaba parcialmente gracias al clima frío y seco de altura. Los rescatistas no tocaron nada de inmediato.

 Tomaron fotos, marcaron el perímetro y registraron todo con una cámara oficial. Después de las primeras inspecciones visuales, confirmaron que no había señales de violencia, ni sangre, ni golpes visibles, ni heridas profundas. El cuerpo no había sido arrastrado, tampoco había señales de que hubiera otra persona cerca.

 Uno de los rescatistas se arrodilló, retiró con cuidado unas ramas que cubrían parte de la mochila, la abrió. Dentro encontró una libreta húmeda, una cámara de rollo fotográfico, una cantimplora vacía y dos barritas de cereales en descomposición. Fue al revisar la libreta que todo cambió.

 En la primera hoja, escrita con tinta azul y con letra firme, decía, “Mi nombre es Lucas Winter. Si alguien encuentra esto, no sienta lástima. Estoy en paz. Los tres rescatistas se miraron en silencio. Uno sacó su radio y dijo con voz firme, “Confirmado. Es Lucas Winter. Lo tenemos.” La extracción no fue fácil. Pasaron la noche acampando allí porque por seguridad no podían bajar en la oscuridad.

 Colocaron el cuerpo con mucho cuidado en una camilla sellada protegida por lonas térmicas. Al día siguiente, al amanecer, el helicóptero regresó. Los tres hombres y el cuerpo subieron juntos. El descenso fue lento, pero esta vez la montaña dejaba ir lo que había guardado durante 3 años. Después de que el cuerpo de Lucas fue trasladado a Cuzco y se confirmó su identidad gracias a la libreta, el equipo forense comenzó a revisar con sumo cuidado cada uno de los objetos que llevaba en su mochila.

 Entre ellos estaba la cámara, una cámara pequeña de rollo fotográfico, marca japonesa, modelo de principios de los años 2000. Pero lo que contenía dentro era un misterio. Estaba sucia por fuera, con barro seco pero intacta. El equipode investigación la entregó al consulado alemán, que la envió por valija diplomática a Hamburgo para que el rollo pudiera ser revelado en un laboratorio especializado. Tardaron 4 días.

 Lena fue la primera en recibir el sobre con las copias. Lo abrió con manos temblorosas. Dentro había 14 fotografías, todas tomadas por Lucas en su viaje y las últimas en la montaña. Las primeras imágenes mostraban paisajes de montaña, tomas en descenso de ríos, caminos apenas marcados por la vegetación. Había una foto de Lucas posando con el sol en la frente.

 Otra mostraba su mochila abierta y luego varias tomadas desde el suelo. Pero fue la foto número 12 la que llamó la atención. En un claro entre las ramas, al fondo de la imagen, se ve algo extraño, una figura pequeña, borrosa, apenas reconocible, pero claramente humana. No tenía rostro visible, no miraba a la cámara, estaba de perfil, con algo colgando del hombro, como un bolso o una manta.

 Lena la miró durante minutos, consultó con un fotógrafo profesional, quien confirmó que esa silueta no podía ser Lucas. La posición, el ángulo y la altura no coincidían. ¿Era otra persona? ¿Había alguien más en esa montaña con él? Nadie lo sabía, pero esa imagen nunca fue explicada. La policía peruana la archivó como presencia no identificada sin relevancia, pero Lena no pensaba igual.

Ela creía que Lucas no estuvo completamente solo ese día. Días después, un arqueólogo peruano que leyó el caso en internet le escribió un correo. Le habló de una leyenda local que muchos guías repiten en voz baja, pero no cuentan a los turistas. Según esa leyenda, hay zonas en las montañas de Cuzco, donde la Tierra no acepta a los vivos, guardianes de lo sagrado.

Presencias que no son espíritus ni fantasmas, sino entidades que aparecen en momentos clave cuando alguien llega demasiado lejos. Muchos campesinos, incluso hoy, juran haber visto figuras grises, altas, sin rostro, en quebradas profundas. Lena archivó ese correo. No creía en eso, pero no podía ignorar algo.

 Esa silueta en la foto no tenía rostro y no era Lucas. Dos meses después del entierro, Lena recibió un mensaje en su celular desde un número desconocido. Era una sola foto en blanco y negro, sin texto. Mostraba una piedra. La misma piedra que aparecía en la última imagen del rollo de Lucas.

 Pero en esta nueva foto había algo más, una sombra humana de pie alargada y ese no podía ser Lucas. Pero lo peor era que esa sombra se proyectaba en dirección contraria a la luz del sol. Ella no sabía quién había mandado esa imagen. Pero esa noche no durmió. Volvió a revisar el rollo, a mirar la libreta y comenzó a leer con más atención esas páginas mojadas que creía inofensivas.

En una de las hojas intermedias, escrita con letra más temblorosa que las demás, encontró algo que no había notado antes. Hoy entre los árboles los vi. No están hechos de carne, no hablan, no se acercan, pero están. Me observaron por horas. Sentí que ya no pertenecía al mundo del que vengo. Lena se quedó paralizada.

 Esa frase no estaba al inicio. No era una despedida. Era un registro, un testimonio. Lucas describiendo algo que vio, algo que no sabía explicar. Ella contactó a un viejo guía de montaña peruano, uno de los pocos que había subido a la zona en 2008 durante la búsqueda inicial. Él ya estaba retirado, pero cuando Lena le mostró la foto de la figura sin rostro, la miró en silencio.

 Después de varios segundos dijo, “Yo no lo iba a contar, pero en esa misma quebrada, en el día 6 de búsqueda, escuchamos algo. No era un animal, era un sonido seco, como un eco sin origen. Luego uno de los rescatistas creyó ver algo entre los árboles, alto, flaco, pero lo ignoramos. Si te gustan estas historias, suscríbete al canal para no perderte las próximas historias que vienen. Sigamos.

 Del otro lado del teléfono, Lena no decía nada, solo escuchaba. El hombre ya jubilado siguió hablando. No lo hablamos con nadie. Teníamos que encontrar al chico. No podíamos distraernos. Pero esa noche todos sentimos que alguien caminaba cerca del campamento. Pasos lentos, uno por vez. No eran animales. Parecía que alguien nos vigilaba desde arriba.

 Y al amanecer, uno del grupo amaneció con el pecho lleno de ronchas, como si algo lo hubiera tocado mientras dormía. Lena apretó el teléfono, el corazón le latía fuerte. “Nunca dijeron nada”, preguntó. “No, respondió él.” Pero desde ese día nunca más subí a esa zona. Nadie lo hace.

 Los que viven cerca la llaman el lugar donde no se debe hablar fuerte. Los antiguos decían que ahí habita algo que no duerme. Lena no buscaba supersticiones. Era una mujer racional, criada en ciudad, con educación científica, pero ahora tenía una imagen, una carta anónima, una figura sin rostro y el testimonio de un guía que había vivido algo que se había callado por años.

 Días más tarde, Lena volvió a comunicarse con un joven documentalistaperuano que se había interesado por el caso. Él, sin saber de lo que ella ya tenía, le mandó un audio. Sé que suena raro, Lena, pero en esa región hay testimonios antiguos de más de 300 años, manuscritos coloniales, relatos de misioneros españoles que subieron con guías incas a zonas no cartografiadas.

Algunos hablaron de entes verticales, guardianes inmóviles, que se aparecían al caer la tarde. No atacaban, solo estaban ahí. Y cuando alguien los veía, esa persona regresaba. Pero nunca volvía a ser la misma o directamente no regresaba. Pocos días después, revisando correos antiguos, encontró algo que había ignorado, un mensaje que su hermano le había enviado desde Perú tr días antes de desaparecer.

 Si no vuelvo, no me busques, porque tal vez ya no pertenezco allá. Pasaron 3 años desde que el cuerpo de Lucas Winter fue encontrado en aquella quebrada inaccesible al norte de Machuicu. Y aunque el caso fue cerrado oficialmente como muerte por exposición ambiental, el lugar exacto del hallazgo nunca fue incluido en los mapas turísticos, ni tampoco fue mencionado en los folletos de treking de la región.

 Algo en esa zona generaba rechazo entre los locales. Los guías que trabajaban en los alrededores, incluso los más jóvenes, evitaban pasar cerca. Muchos no lo decían abiertamente, pero cuando eran entrevistados por extranjeros curiosos, simplemente respondían, “Por ahí no se camina, está maldito.” Otros preferían llamarlo Zona sin sombra, porque según algunos pastores de la región, las piedras allí no proyectaban sombra durante algunos momentos del día, sin explicación aparente.

 En 2014, un equipo de producción europeo que preparaba un documental sobre desapariciones en Los Andes solicitó permiso para sobrevolar nuevamente la zona. Obtuvieron autorización para filmar con drones, pero uno de los drones se apagó en el aire sin razón técnica. Justo al pasar por encima del mismo punto donde se había hallado el cuerpo de Lucas, la señal se perdió y nunca pudieron recuperar el equipo.

 El operador, al revisar el último segundo de transmisión que quedó guardado en el software, detectó un destello blanco que cruzaba la imagen de lado a lado. Ese mismo año, una arqueóloga cuzqueña, experta en caminos prehispánicos, propuso iniciar un proyecto de investigación para identificar si en esa quebrada existía algún vestigio incaico oculto.

 Muros, canales, cementerios antiguos. El proyecto fue aprobado por la universidad local, pero fue cancelado sin explicación antes de comenzar. La arqueóloga en privado dijo luego a un colega extranjero. Fui una vez a explorar, solo una vez. Subí hasta un punto en el que no se escuchaba ni un solo pájaro y juro por Dios que sentí que alguien caminaba detrás de mí.

 Todo el tiempo me fui sin mirar atrás. Ese lugar no quiere que se sepa nada más. En 2017, un grupo de excursionistas israelíes intentó trazar una nueva ruta de treking en dirección a esa misma zona. Lo hacían por su cuenta sin guía oficial. Tres de ellos se desorientaron al caer la tarde pese a tener GPS y mapas digitales.

 Los rescataron dos días después. Estaban deshidratados, confundidos y ninguno de los tres quiso hablar de lo que vivieron. Solo unas semanas después publicó en un foro en inglés un mensaje breve y sin contexto. Nunca vuelvan allí. No porque sea peligroso, sino porque hay cosas que no deberían ser interrumpidas. A partir de 2018, el Ministerio de Cultura del Perú prohibió oficialmente el acceso a la quebrada, declarando la zona protegida por razones de conservación geográfica y seguridad.

 No dieron detalles, no hubo comunicado público, solo colocaron una señal de advertencia en quechua y español que decía camino bloqueado, no continuar. Hoy los locales la llaman simplemente la boca cerrada de la montaña. Dicen que los antiguos ya sabían que allí no se debía caminar, que ese terreno guarda algo.

 Muchos se preguntan todavía qué fue exactamente lo que le ocurrió a Lucas Winter en aquella quebrada silenciosa de Machuicchu. ¿Por qué decidió apartarse del camino turístico? ¿Por qué ignoró la advertencia de un trabajador local que le dijo que no siguiera? ¿Y qué fue eso que lo llevó hasta ese punto final donde fue encontrado 3 años después, tendido con su mochila y su libreta en un lugar donde nadie caminaba? Las respuestas no son simples, pero a lo largo de esta historia se fueron acumulando elementos que no se pueden ignorar. Imágenes,

palabras, testimonios y sobre todo presencias. Lucas no era un joven desorientado, tampoco un viajero improvisado. Llevaba meses recorriendo Sudamérica, registrando todo con su cámara, sus notas y manteniéndose en contacto con su familia, hasta que en su llegada a Perú algo cambió.

 Hay quienes creen que Lucas se obsesionó con encontrar algo puro, como si buscara un rincón no tocado por el mundo moderno. Algunos dicen que era espiritual, que meditaba, que hablaba deenergías, pero su hermana Lena dijo algo aún más fuerte. No estaba huyendo, estaba yendo hacia algo. ¿Y qué era ese algo? Según la libreta que él mismo escribió, Lucas empezó a sentir que no estaba solo.

 En sus últimas anotaciones mencionó presencias que no hablaban, que no se movían, que solo observaban. Dijo que no sentía miedo, que entendía que no pertenecía allá. Eso coincide con lo que otros han dicho de ese lugar, con los testimonios de guías rescatistas y locales, con las fotos extrañas, con la carta anónima que llegó a su hermana.

 Entonces, ¿es posible pensar que Lucas vio algo real más allá de lo que nuestra mente racional permite aceptar? ¿Es posible que en esa montaña haya algo que solo algunos pocos logran ver? No estamos hablando de extraterrestres, ni fantasmas, ni criaturas inventadas. Hablamos de algo que en muchas culturas andinas se respeta en silencio.

Presencias antiguas, guardianes, entidades sin tiempo. En la cosmovisión quechua, el mundo no termina en lo visible. La montaña, la apu y a veces el apu llama no a todos, solo a los que llegan con una intención distinta, con una búsqueda profunda. Hay quienes creen que Lucas fue uno de esos, que no se cayó, que no se perdió, sino que fue aceptado.

¿Y qué significa eso? Tal vez que cruzó un límite que la mayoría no ve, un umbral invisible. Y cuando llegó al otro lado, comprendió que no tenía que volver. La libreta lo dice, estoy en paz. No es soledad, es otra forma de compañía. No me busquen, ya no pertenezco allá. No hay señales de que haya sufrido. No hay huellas de violencia. No pidió ayuda.

No trató de regresar. Y eso, aunque duela, nos deja una sola posibilidad. Lucas decidió quedarse. ¿Con quién? No lo sabemos, pero en ese lugar donde las sombras no siguen las reglas, donde los drones fallan y donde la gente evita hablar fuerte, algo lo detuvo o tal vez algo lo estaba esperando. Y ahora te pregunto a vos que llegaste hasta acá, ¿qué pensás que vio realmente Lucas en esa montaña? ¿Fue algo espiritual? ¿Un delirio o una presencia que no todos estamos listos para comprender?