Hola, ¿qué tal? Me llamo Lucía Ramírez y tengo 70 años. Sé que puede parecer extraño que una mujer de mi edad esté aquí contándoles una historia, pero créanme cuando les digo que lo que viví hace 40 años me persigue hasta hoy.
Esta es la historia de cómo acepté trabajar como niñera para una familia muy poderosa en Colombia y como esa decisión me cambió la vida para siempre. Es una historia sobre secretos, miedo y supervivencia, sobre las cosas que una hace cuando no tiene más opciones. Mi nombre es Lucía Ramírez. Hoy estoy jubilada, pero durante muchos años trabajé en empleos sencillos.
Verán, yo estudié psicología infantil en la Universidad de Antioquia. Era mi pasión ayudar a los niños. Quería hacer la diferencia en sus vidas, pero a veces la vida nos lleva por caminos que jamás imaginamos. Soy una mujer común como muchas de ustedes. He luchado, he sufrido, he sobrevivido. Cuando era joven crecí en Medellín con mi mamá y mi hermano Tomás.
Éramos una familia humilde, pero unida. Mi papá murió cuando yo tenía 12 años y mi mamá trabajó toda su vida como cocinera en una escuela para criarnos. Tomás y yo éramos muy cercanos. Teníamos un código secreto desde niños. Cuando alguno de los dos estaba en problemas, decíamos que queríamos salir al patio a ver las estrellas. Era nuestra forma de pedirnos auxilio sin que nadie más lo supiera.
Ahora, antes de empezar con lo que realmente sucedió, debo pedirles disculpas. Los hechos que voy a contarles ocurrieron hace más de 40 años. Mi memoria ya no es perfecta.
Puedo confundir algunas fechas. Tal vez algunos detalles menores no sean exactos. Pero les prometo una cosa, los momentos importantes, los que me marcaron para siempre, esos los recuerdo con una claridad que a veces me gustaría no tener. El miedo tiene esa cualidad. Te graba todo en la memoria como si fuera ayer.
En 1984, yo tenía 29 años y trabajaba en un hospital público de Medellín. Atendía a niños que habían sido traumatizados por la violencia. Colombia estaba viviendo tiempos muy difíciles. Había mucha inseguridad, muchos secuestros, muchas familias destrozadas. El salario era bajo, apenas me alcanzaba para vivir. Vivía con mi mamá, que entonces tenía 62 años y estaba enferma del corazón. Los medicamentos que necesitaba eran caros.
Había días en que tenía que elegir entre comprar su medicina o pagar el transporte para ir al trabajo. Septiembre de ese año fue especialmente difícil. Mi mamá tuvo un episodio en el que su corazón se aceleró muchísimo y pensé que la iba a perder. El médico me dijo que necesitaba medicamentos más fuertes, más controles, más cuidados.

Yo no tenía dinero para nada de eso. Me sentía desesperada, impotente. Fue en esos días cuando me encontré con Gloria Zuleta. Habíamos estudiado juntas en la universidad, aunque no éramos amigas cercanas. Nos encontramos por casualidad en una cafetería del centro de Medellín. Yo estaba tomando un tinto antes de ir al hospital y ella entró con ropa elegante, joyas bonitas, perfume caro.
Se notaba que le iba bien en la vida. Me preguntó cómo estaba, a qué me dedicaba. Le conté sobre mi trabajo en el hospital, sobre mi mamá enferma. Entonces, me hizo una propuesta que me pareció increíble. Me dijo que conocía a una familia muy rica e influyente que estaba buscando una niñera con formación en psicología infantil.
Tenían dos hijos pequeños y necesitaban alguien capacitada para cuidarlos. El salario que ofrecían era cuatro veces más de lo que yo ganaba. Cuatro veces. Pero había una condición. Tenía que mudarme a la hacienda de la familia. Vivir allá. Le pregunté quién era la familia, donde quedaba la hacienda. Gloria se puso vaga.
Me dijo que no podía revelar el nombre todavía porque eran muy celosos de su privacidad, pero que era una familia respetada y poderosa. Me aseguró que me tratarían bien, que solo tendría que cuidar a los niños. me pidió que lo pensara y me dio su número de teléfono. Esa noche llamé a mi hermano Tomás. Él vivía en Bogotá trabajando como periodista. Le conté sobre la propuesta de gloria y él inmediatamente desconfió.
Me dijo que sonaba demasiado bueno para ser verdad que en Colombia las familias tan ricas y celosas de su privacidad generalmente tenían algo que ocultar. Me pidió que no aceptara sin saber más. Pero mi mamá, que escuchó parte de la conversación estaba emocionada. Decía que era una bendición, que yo debería aprovechar la oportunidad.
Pasó una semana, yo seguía dudando, pero entonces mi mamá tuvo otra crisis cardíaca. Esta vez fue más grave. La llevé a urgencias y el médico me dijo que si no recibía tratamiento adecuado pronto, no viviría mucho tiempo más. Esa noche, sola en la sala de espera del hospital, mientras mi mamá dormía en observación, llamé a Gloria y le dije que aceptaba el trabajo. Ella sonó aliviada.
me dijo que pasarían a buscarme el domingo siguiente, que empacara ropa para varias semanas, que no me preocupara por nada. El domingo llegó, mi mamá estaba en casa recuperándose. Le mentí. Le dije que el trabajo era en Cartagena, en la costa, con una familia de empresarios, que volvería cada dos meses a visitarla. Ella me abrazó llorando, orgullosa de mí, diciéndome que fuera con Dios.
Tomás llamó esa mañana insistiendo en que no fuera, pero yo ya había tomado la decisión. Necesitaba ese dinero. A las 10 de la mañana llevó un carro negro con vidrios oscuros. Gloria venía en el asiento de adelante. El conductor no habló en todo el trayecto. Subí con mi maleta y nos fuimos. Durante el viaje intenté conversar con Gloria, hacerle preguntas sobre la familia, sobre los niños.
Ella respondía con evasivas, mirando por la ventana cambiando de tema. Estaba nerviosa. Lo noté. Viajamos hacia el oriente de Medellín por carreteras cada vez más solitarias. Después de casi dos horas entramos por un camino privado custodiado por hombres armados. Vi un letrero que decía Hacienda Nápoles. La propiedad era inmensa.
Había animales exóticos por todas partes, jardines enormes, fuentes, construcciones lujosas. El carro se detuvo frente a una casa principal gigantesca. Gloria me dijo que me quedara ahí, que vendría alguien a recibirme. Ella se fue caminando rápido hacia otro edificio. Me quedé parada con mi maleta, sintiéndome pequeña y fuera de lugar. Hombres armados patrullaban por todas partes.
Un hombre me llevó adentro. Me hizo pasar a una sala enorme con muebles caros, cuadros grandes, pisos de mármol. Me dijo que esperara. Esperé casi media hora. Entonces entró un hombre de unos 35 años, pelo negro, bigote, sonrisa amplia. Vestía ropa casual cara. Caminó hacia mí con seguridad y extendió la mano. Mucho gusto, Lucía. Soy Pablo Escobar.
Bienvenida a mi casa. Sentí que el piso se movía bajo mis pies. Pablo Escobar, el narcotraficante más poderoso de Colombia. Y yo acababa de entrar a trabajar para él. Él siguió hablando como si nada. me dijo que había oído cosas muy buenas sobre mí, que necesitaba alguien capacitada para cuidar a sus hijos. Me explico que cuidaría a Juan Pablo de 7 años y a Manuela, que apenas tenía unos meses.
Me aseguró que sería bien tratada, que solo debía ocuparme de los niños. Yo asentía, sonreía, decía que sí todo, pero por dentro estaba aterrada. Quería salir corriendo, pero sabía que no podía. Estaba rodeada de guardias armados. Estaba en medio de la nada y mi mamá necesitaba ese dinero para seguir viva. Pablo me llevó personalmente a mi habitación.
Era grande, cómoda, con baño privado. Me dijo que descansara, que al día siguiente conocería a los niños. Sonrió una última vez y se fue. Cuando cerró la puerta, corrí a la ventana. Vi guardas patrullando, perros cercas altas. Entendí en ese momento que no había entrado a un trabajo. Había entrado a una prisión. Una prisión de lujo, pero prisión al fin. Me senté en la cama y lloré en silencio.
Los primeros días en la hacienda Nápoles fueron extraños. Durante el día todo parecía casi normal, como si realmente estuviera trabajando para una familia rica, común y corriente. Me despertaba temprano, desayunaba en la cocina con los otros empleados y luego iba a cuidar a los niños. Juan Pablo era un niño de 7 años muy inteligente y carismático.
Tenía los ojos despiertos de su padre y una sonrisa que podía convencer a cualquiera. Era educado conmigo, curioso, lleno de preguntas, sobre todo. Le gustaba que le contara cuentos y que jugáramos en el jardín. Manuela era apenas una bebé de unos meses, gordita y tranquila, con cachetes enormes. Cuidarla era fácil.
Dormía mucho, comía bien, casi no lloraba. También conocí a María Victoria, la esposa de Pablo. Tenía apenas 23 años, pero parecía llevar un peso invisible sobre los hombros. Era delgada, de movimientos suaves, siempre bien arreglada, pero con algo de tristeza en los ojos. Me trataba con educación distante, me daba instrucciones sobre los niños, me preguntaba cómo habían dormido, pero nunca conversaba realmente conmigo.
Durante esos primeros días intenté convencerme de que tal vez me había equivocado al asustarme tanto. Pablo aparecía poco. Cuando lo hacía siempre era cortés, preguntaba por los niños, a veces se quedaba jugando con Juan Pablo un rato. Nunca me hizo sentir incómoda durante el día.
Todo parecía funcionar como una familia normal, solo que con mucho más dinero y muchos más guardias. Pero había reglas no dichas que aprendí rápidamente. Nunca entrar a ciertas salas de la casa, nunca caminar por los pasillos principales después de las 9 de la noche. Nunca hacer preguntas sobre lo que hacían los hombres que llegaban en carros oscuros.
Nunca intentar salir de la propiedad. Fue Lina quien me explicó estas reglas. Lina Calderón era una muchacha de 22 años que trabajaba como camarera en la hacienda. Era bajita, delgada, de piel morena y ojos grandes que siempre parecían asustados. Al principio era muy tímida conmigo, pero poco a poco comenzó a acercarse.
Me traía agua extra a mi habitación, me mostraba dónde estaban las cosas en la cocina. Una tarde, mientras yo doblaba ropa de Manuela en mi cuarto, Lina entró para limpiar, cerró la puerta tras ella y me miró seria. me dijo en voz muy baja que había reglas que debía seguir si quería sobrevivir allí, que nunca debía salir de mi habitación después de las 9 de la noche, que si escuchaba ruidos o voces extrañas debía ignorarlos, que nunca debía preguntarle nada a nadie sobre lo que pasaba en la hacienda.
Le pregunté por qué tantas reglas. Ella miró hacia la puerta y me susurró que la hacienda era diferente de noche, que llegaban hombres, que había reuniones, que pasaban cosas que era mejor no ver. Luego salió rápido de mi cuarto. Esa noche comprobé que Lina tenía razón. Me acosté temprano como siempre, pero no pude dormir.
Alrededor de las 11 escuché música fuerte viniendo de alguna parte lejana de la casa. Luego risas de hombres, gritos alegres, motores de carros llegando y saliendo. Me levanté y me asomé por la ventana. Vi sombras moviéndose, guardias patrullando con más intensidad, luces encendidas en edificios que durante el día parecían vacíos.
En algún momento escuché algo que me eló la sangre. Fueron disparos lejanos, amortiguados, pero inconfundibles. Tres disparos seguidos, luego silencio, luego música. Otra vez me alejé de la ventana temblando y me metí bajo las cobijas como cuando era niña y tenía miedo de la oscuridad. Las noches siguientes fueron iguales. La hacienda se transformaba. Durante el día era una mansión familiar.
Durante la noche se convertía en algo completamente distinto. Yo dejé de asomarme a la ventana. Me concentraba en dormir, aunque el sueño casi nunca llegaba. Pasaron dos semanas. Yo seguía cumpliendo mi trabajo con los niños, intentando no pensar en nada más.
Pero una tarde, mientras Manuela dormía su siesta y yo organizaba juguetes de Juan Pablo, Lina apareció otra vez. Esta vez se veía más nerviosa que nunca. Se sentó en el piso junto a mí y me preguntó si había notado algo raro en mi habitación. Le dije que no, que todo estaba normal. Ella negó con la cabeza y me dijo algo que me dejó paralizada.
Me contó que antes de mí había otra niñera que cuidaba a Juan Pablo. Se llamaba Marcela. Era una muchacha joven, amable, que llevaba más de un año trabajando allí. Pero un día, hace como año y medio, Marcela simplemente desapareció. Lina me dijo que el cuarto que yo ocupaba había sido el cuarto de Marcela y que después de que ella se fue, lo mantuvieron cerrado por meses. Le pregunté qué le había pasado a Marcela.
Lina se encogió de hombros, pero sus ojos decían más de lo que sus palabras querían admitir. Me dijo que la versión oficial era que Marcela había vuelto con su familia, que había renunciado, pero Lina no creía eso. Me dijo que Marcela había estado muy asustada las últimas semanas, que una noche Lina la había escuchado llorar en su cuarto.
Sentí un escalofrío recorrerme todo el cuerpo. Estaba viviendo en el cuarto de una muchacha que había desaparecido. Lina se levantó para irse, pero antes de salir se volteó y me dijo algo que nunca olvidaré. Me dijo que la última que preguntó de más no salió viva de aquí. Luego cerró la puerta y me dejó sola. Esa noche no pude dormir nada.
Me quedé mirando el techo pensando en Marcela. Me levanté y comencé a revisar mi cuarto con más atención. Abrí todas las gavetas del tocador. En una de ellas, en el fondo, escondido en una esquina, encontré un par de aretes rotos. Eran pequeños, de plata, con una piedra verde que faltaba en uno de ellos. No eran míos. Seguí buscando.
Detrás del armario, apretado entre la pared y la madera, encontré un libro pequeño. Era una novela romántica vieja. Lo abrí y vi que en la primera página había un nombre escrito con lapicero, Marcela Mejía. Me senté en el piso con el libro en las manos.
Marcela había existido, había vivido en este mismo cuarto, había dejado sus cosas aquí y luego había desaparecido. Pasé las páginas del libro buscando algo. En una de las últimas páginas encontré una foto usada como separador. Era una foto pequeña. Mostraba a una muchacha joven, morena, sonriente, con el pelo recogido en una cola. Llevaba puestos los mismos aretes que yo había encontrado en la gaveta, pero enteros brillando en sus orejas. Le di vuelta a la foto.
Detrás había una fecha escrita a mano. Junio de 1983. Guardé el libro y los aretes en el fondo de mi maleta, escondidos entre mi ropa. No sé por qué los guardé. Tal vez porque sentía que si los dejaba donde estaban sería como borrar a Marcela completamente. Esa noche me quedé despierta hasta el amanecer, escuchando los ruidos de la hacienda y por primera vez desde que llegué entendí con total claridad dónde estaba realmente. No estaba en un trabajo.
Estaba atrapada en un lugar del que la última persona que intentó salir nunca volvió a ser vista. La rutina continuó durante las siguientes semanas. Yo me levantaba, cuidaba a los niños, jugaba con Juan Pablo, alimentaba y cambiaba a Manuela. Todo era normal durante el día, pero las noches seguían siendo un recordatorio constante de que nada en esa casa era realmente normal.
A finales de noviembre, Medellín estaba especialmente caluroso. Era una de esas temporadas en que el aire se siente pesado y pegajoso, y dormir se vuelve casi imposible. Esa noche en particular había puesto a los niños en la cama como siempre. Juan Pablo me había pedido que le contara un cuento sobre astronautas y yo se lo conté mientras él se quedaba dormido con los ojos brillantes de imaginación. Manuela dormía plácidamente en su cuna.
Volví a mi cuarto alrededor de las 10 de la noche. Me puse el camisón, me cepillé el pelo, me lavé la cara. La rutina de siempre. Estaba por meterme en la cama cuando escuché un toque suave en la puerta. No era el toque firme de Lina, era diferente, más pausado, más deliberado. Abrí la puerta sin pensarlo mucho y allí estaba él, Pablo Escobar, vestido con una bermuda y una camisa abierta. Tenía un vaso con whisky en la mano.
Sonreía, pero había algo en sus ojos que no era la sonrisa amable del padre de familia que yo veía durante el día. Me dijo que solo quería conversar un rato, que había estado pensando en cómo me estaba adaptando a la hacienda. Antes de que pudiera responder, entró a mi cuarto. Simplemente entró como si fuera su derecho.
Se sentó en la poltrona que había junto a la ventana, cruzó las piernas, tomó un sorbo de su trago. Me pidió que me sentara, así que me senté en la orilla de la cama, lo más lejos posible de él, con las manos apretadas sobre mi regazo. Empezó a hacerme preguntas sobre mi vida antes de llegar allí, sobre mi familia, sobre porque había estudiado psicología infantil. Le respondí con frases cortas.
tratando de sonar natural, pero sintiendo cada músculo de mi cuerpo tenso. Él parecía genuinamente interesado. Asentía, sonreía, hacía más preguntas, pero entonces el tono cambió. Empezó a decirme que me veía muy bonita con el pelo suelto, que tenía una voz suave que le gustaba escuchar, que era diferente a otras mujeres que había conocido. Se levantó de la poltrona y se acercó a la cama. Se sentó a mi lado.
Demasiado cerca. Pude oler el whisky en su aliento, el perfume caro que usaba. Sentí su mano rozando mi brazo, sus ojos recorriendo mi rostro. Cada parte de mí quería gritar, empujarlo, correr, pero no podía moverme. Estaba completamente congelada por el miedo. Le dije con voz que intentaba sonar firme, pero que salió temblorosa, que estaba muy cansada y que debía dormir porque los niños se despertaban temprano. Él sonrió como si lo que yo acababa de decir fuera gracioso. Me dijo que los niños podían
esperar. Entonces hice lo único que se me ocurrió. Mencioné a los niños otra vez, pero de forma diferente. Le dije que Juan Pablo a veces se despertaba en la madrugada con pesadillas y que me llamaba, que Manuela lloraba si no me escuchaba cerca, que no podía estar cansada cuando me necesitaran. Eso lo hizo detenerse.
Se quedó quieto, mirándome fijo por lo que pareció una eternidad. Luego se levantó lentamente, caminó hacia la puerta, puso su mano en la manija y se volteó para mirarme una última vez. me dijo que yo era diferente, que eso le gustaba, pero que no cometiera el error de hacerle perder la confianza. Luego salió y cerró la puerta tras él.
Me quedé sentada en la cama temblando. Esperé a que sus pasos se alejaran completamente. Luego me levanté, corrí a la puerta y pasé el cerrojo. Me recosté contra la puerta, respirando agitada, sintiendo las lágrimas correr por mi cara sin poder detenerlas. No dormí esa noche. Me quedé sentada en la cama abrazando mis rodillas. mirando la puerta, esperando que se abriera otra vez, pero no se abrió.
Los días siguientes fueron extraños. Pablo no volvió a acercarse a mí directamente, pero sentía su presencia de forma diferente. Los guardias me miraban más. Uno de ellos, un hombre grande con cicatriz en la mejilla, me seguía con la mirada cada vez que cruzaba el jardín con los niños. Lina me preguntó en voz baja si algo había pasado.
Le dije que no, pero ella no me creyó. Una tarde, mientras doblaba ropa en lavandería, Lina se sentó junto a mí y me contó algo que me confirmó lo que ya sospechaba. Me dijo que Pablo acostumbraba a hacer eso, probar a las empleadas nuevas, acercarse a ellas, ver cómo reaccionaban. Las que seían se convertían en sus amantes temporales.
Las que resistían, bueno, algunas desaparecían. Le pregunté qué había pasado con Marcela, si Pablo se había acercado a ella también. Lina asintió despacio. Me dijo que Marcela había resistido al principio, igual que yo, pero que las visitas nocturnas continuaron y que una noche Lina la escuchó gritando. Al día siguiente, Marcela tenía moretones en los brazos.
Una semana después desapareció. Sentí que me faltaba el aire. Le pregunté a Lina por qué ella seguía allí, porque no se iba. Ella me miró con ojos cansados y me dijo que su mamá estaba enferma, que tenía hermanos menores que mantener, que el dinero que ganaba allí era cuatro veces más de lo que conseguiría en cualquier otro lugar. Me dijo que había aprendido a sobrevivir siendo invisible.
Esa noche, cuando volví a mi cuarto, pasé el cerrojo de la puerta como todas las noches desde aquella visita de Pablo. Sabía que un cerrojo no me protegería realmente si él quería entrar, pero me hacía sentir un poco más segura. No podía dormir. Me levanté y comencé a caminar por el cuarto intentando calmar mi mente. Necesitaba leer algo, distraerme.
Recordé el libro de Marcela que había escondido en mi maleta. Lo saqué y me senté en la cama a ojearlo. Mientras pasaba las páginas, algo cayó del libro. Era otra foto. Esta también era pequeña, en blanco y negro. Mostraba a la misma muchacha de la primera foto, Marcela, pero en esta estaba seria, sin sonreír.
Llevaba los mismos aretes de plata que yo había encontrado rotos en la gaveta. Le di vuelta a la foto. Detrás había otra fecha. Junio de 1983. Junio del 83. El mes en que Marcela desapareció. Miré la foto por largo rato. Los ojos de Marcela me miraban desde el papel, serios, como si quisieran decirme algo, como si quisieran advertirme.
Entendí en ese momento que los aretes no se habían roto por accidente. Alguien se los había arrancado, probablemente con violencia. Guardé la foto otra vez dentro del libro y lo escondí en mi maleta. Apagué la luz y me acosté, pero mantuve los ojos abiertos en la oscuridad.
Afuera escuché los ruidos de siempre, música lejana, voces de hombres, motores de carros y a veces disparos. Pensé en Marcela. Pensé en que había dormido en esta misma cama, en que había cuidado a Juan Pablo como yo lo hacía ahora, en que Pablo probablemente le había hecho la misma visita nocturna y en que un día simplemente desapareció, dejando solo unos aretes rotos como prueba de que alguna vez existió.
Me pregunté si yo también desaparecería así, si algún día otra muchacha dormiría en esta cama y encontraría mis cosas escondidas, preguntándose qué me había pasado. Esa noche decidí que no iba a permitirlo. De alguna forma tenía que salir de allí. Diciembre llegó con un calor sofocante. Yo intentaba concentrarme en mi trabajo con los niños tratando de mantener la cordura en medio de todo lo que había descubierto. Manuela seguía siendo un bebé dulce y tranquilo. Cuidarla era lo único que me daba algo de paz.
Pero con Juan Pablo las cosas empezaron a cambiar de una forma que me alarmó profundamente. El niño de 7 años que al principio me había parecido carismático e inteligente comenzó a mostrar comportamientos que no podía ignorar. Jugaba cada vez más a matar enemigos.
Tomaba palos del jardín y los usaba como rifles, imitando los movimientos de los guardias que patrullaban la propiedad. Se escondía detrás de los arbustos y saltaba gritando, “¡Bam! ¡Bam! ¡Estás muerto! Al principio pensé que era normal que los niños varones suelen jugar a cosas así, pero fue haciéndose más intenso. Juan Pablo comenzó a dibujar en sus cuadernos.
Yo revisaba sus dibujos como parte de mi trabajo, porque la psicología infantil enseña que los niños expresan sus emociones a través del arte. Lo que vi el oó la sangre. Dibujaba personas con armas, dibujaba cuerpos en el suelo con charcos rojos alrededor. Dibujaba a su padre con una pistola en la mano rodeado de hombres caídos.
Y lo más perturbador, dibujaba todo eso con una sonrisa en la cara, como si fuera algo de lo que estar orgulloso. Intenté hablar con él sobre empatía. Le pregunté cómo se sentirían esas personas heridas en sus dibujos, si no les dolería, si sus familias no estarían tristes. Juan Pablo me miró con esos ojos despiertos que tenía y me dijo algo que nunca olvidaré.
Mi papá hace eso para proteger a la familia. Si no los mata, ellos nos matan a nosotros. Un niño de 7 años hablando de matar o ser matado como si fuera lo más normal del mundo. Pero lo peor estaba por venir. Una tarde estábamos jugando en el jardín. Yo tenía a Manuela en brazos mientras Juan Pablo corría entre los árboles. De repente se acercó corriendo con un juguete en la mano.
Era una pistola de plástico que uno de los guardias le había regalado. Apuntó directo a mi cara, tan cerca que sentí el plástico rozar mi nariz, y dijo con una sonrisa, “Si intentas huir, mi papá te mata.” Bang, van. Me quedé completamente paralizada. El bebé que sostenía en brazo siguió durmiendo tranquila, ajena a todo, pero yo no podía mover ni un músculo.
El niño al que cuidaba, al que intentaba educar con valores de bondad y compasión, acababa de amenazarme con naturalidad absoluta, como si fuera un juego. Juan Pablo bajó el juguete y siguió corriendo, riendo, persiguiendo mariposas como si nada hubiera pasado. Esa noche intenté hablar con María Victoria.
La encontré en el salón principal bordando algo que hacía frecuentemente. Me senté junto a ella y con mucho cuidado le comenté sobre los juegos violentos de Juan Pablo, sobre sus dibujos, sobre las cosas que decía. Le sugerí que tal vez necesitaba orientación, que yo podía trabajar más específicamente con él en temas de empatía y control emocional.
María Victoria siguió bordando sin levantar la vista. Después de un largo silencio me dijo, “Es solo una fase. Es un niño. Los niños juegan a esas cosas. Déjelo. Intenté insistir, pero ella levantó la mirada y sus ojos me dijeron todo lo que sus palabras no habían dicho. La conversación había terminado. Yo no tenía permiso para seguir cuestionando.
Fue por esos días cuando conocí mejor a Carlos Mendoza. Él era uno de los guardias de seguridad, un hombre de unos 36 años con expresión seria pero no cruel. A diferencia de los otros guardias que me miraban con indiferencia o con algo peor, Carlos siempre fue discreto y respetuoso.
Un día, mientras yo estaba en el jardín con Manuela en el coche, Carlos se acercó, miró a la bebé dormida y sacó su billetera. Me mostró una foto pequeña y gastada. Era una niña bebé, gordita como Manuela, con cachetes enormes. Me dijo que era su hija, que tenía la misma edad de Manuela. Luego guardó la foto, miró hacia la casa y dijo algo que me sorprendió.
A veces me pregunto qué tipo de mundo estoy ayudando a construir para ella. Antes de que pudiera responder, se alejó caminando hacia su puesto, pero ese breve intercambio me quedó grabado. Carlos tenía conciencia de lo que estaba pasando y eso lo hacía diferente. En otra ocasión vi a Carlos observar a Juan Pablo mientras el niño jugaba a ejecutar prisioneros imaginarios.
La expresión de Carlos era de asco, apenas disimulado. Desvió la mirada y siguió caminando. Paralelamente a todo esto, yo estaba desesperada por contactar a Tomás. Necesitaba ayuda. Necesitaba que alguien de afuera supiera exactamente dónde estaba y lo que estaba viviendo. Las llamadas telefónicas desde la hacienda eran supervisadas.
Siempre había alguien cerca escuchando. A mediados de enero conseguí hacer una llamada. Marqué el número de Tomás en Bogotá con las manos temblando. Cuando escuché su voz del otro lado, casi me puse a llorar, pero me contuve. Hablé con normalidad forzada. Le pregunté cómo estaba.
Le conté cosas inventadas sobre mi trabajo en Cartagena, sobre la familia tan amable con la que supuestamente trabajaba. Y entonces, cuando menos lo esperaba, las palabras salieron de mi boca casi sin pensarlo. ¿Te acordas cuando éramos chicos y nos acostábamos en el patio a ver las estrellas? He pensado mucho en eso últimamente. Qué lindo era, ¿verdad? Hubo un silencio del otro lado. Un silencio que duró apenas dos segundos, pero que a mí me pareció eterno.
Luego Tomás respondió con voz tranquila, pero que yo conocía lo suficiente como para notar la atención. Claro que me acuerdo. Qué tiempos aquellos. Voy a ver si puedo organizarme para ir a visitarte pronto. A matar esas saudades. El código había funcionado. Tomás había entendido. Colgué el teléfono con el corazón acelerado. El guardia que había estado parado junto a la puerta no pareció notar nada extraño.
Yo volví a mi habitación caminando despacio, conteniendo las lágrimas. Tomás sabía que estaba en peligro. Tomás me iba a ayudar. Días después conseguí otra llamada breve. Tomás me dijo, con tono casual, como si habláramos del clima, que lo de las vacaciones para venir a verme iba a tomar un poco más de tiempo de lo que pensaba, que debía arreglar unas cosas en el trabajo primero, que me tuviera paciencia, que no hiciera nada precipitado. Yo entendí el mensaje real. Está preparando algo, pero necesita tiempo. No intentes
escapar sola. Espera. Pero esperar en ese lugar era como morir lentamente. Cada noche escuchaba los disparos lejanos. Cada día veía a Juan Pablo volverse más violento en sus juegos. Cada momento sentía las miradas de los guardias sobre mí. Y Pablo, aunque no había vuelto a tocar mi puerta desde aquella noche de noviembre, me ignoraba de una forma que me aterraba más que su atención.
Lina notó mi angustia creciente. Una tarde me encontró llorando en silencio en mi cuarto mientras doblaba ropa. Se sentó junto a mí y me abrazó sin decir nada. Luego me susurró algo que me dio un pequeño hilo de esperanza. Yo también quiero salir de aquí. Si algún día encuentras la forma, por favor, llévame contigo.
El capítulo de mi vida en la Hacienda Nápoles estaba acelerándose hacia algo. No sabía qué, pero sabía que no podía seguir así mucho tiempo más. o encontraba la forma de escapar o terminaría como Marcela, olvidada, borrada, como si nunca hubiera existido.
Enero de 1985 trajo consigo un evento que cambiaría completamente mi entendimiento de dónde estaba realmente. La hacienda Nápoles se preparaba para una fiesta enorme. Durante días vi empleados decorando el salón principal, trayendo cajas de licores caros, arreglando jardines, limpiando cada rincón de la propiedad. Yo recibí instrucciones muy claras de María Victoria.
Mantener a los niños en sus habitaciones durante toda la noche de la fiesta. No salir del corredor de la zona infantil bajo ninguna circunstancia. No acercarme al salón principal. No aparecer donde pudieran verme los invitados. El tono de su voz cuando me dio esas instrucciones no dejaba espacio para preguntas. Yo asentí y prometí obedecer. La noche de la fiesta llegó.
Acosté a Juan Pablo temprano después de leerle tres cuentos. Estaba inquieto, emocionado por la música que ya comenzaba a escucharse desde abajo. Le dije que había una reunión de adultos aburrida y que era mejor dormir. Finalmente se quedó dormido. Manuela ya estaba en su cuna, respirando suave. Yo volví a mi cuarto y me preparé para pasar la noche encerrada como siempre.
Pero alrededor de las 11 Manuela comenzó a llorar. No era su llanto normal de hambre o de pañal sucio. Era un llanto agudo de dolor. Me levanté corriendo y fui a su habitación. tenía fiebre. La toqué y su piel estaba ardiendo. La cargué en brazos, le di agua, intenté calmarla. La fiebre no bajaba. Necesitaba conseguir el medicamento que guardaban en la cocina para estas emergencias. No tenía opción.
Tenía que salir del corredor infantil, aunque me lo hubieran prohibido. Salí con Manuela en brazos, descalza, en camisón, caminando rápido por los pasillos hacia las escaleras que llevaban a la cocina. La casa estaba llena de ruido, música alta, risas. Voces masculinas mezclándose.
Seguí caminando, tratando de no hacer ruido, rezando por no encontrarme con nadie. Pero al pasar junto a uno de los corredores laterales que daban al salón principal, Manuela hizo un ruido y yo instintivamente me detuve para ajustarla en mis brazos. Fue entonces cuando miré a través de una rendija en la puerta entreabierta del salón. Lo que vi me quitó el aliento.
El salón estaba lleno de hombres en trajes caros, mujeres con vestidos elegantes, copas de champán, meseros sirviendo, pero no era una fiesta común. En el centro estaba Pablo Escobar riendo a carcajadas, abrazando a hombres que yo reconocí inmediatamente. Eran jueces, políticos, policías de alta jerarquía, rostros que había visto en los noticiarios, en los periódicos, hombres que supuestamente combatían el narcotráfico, hombres que supuestamente representaban la ley y el orden.
Y allí estaban celebrando, bebiendo, bailando con el narcotraficante más buscado del país. Había un juez de la Corte Suprema brindando con Pablo. Vi a un comandante de policía riéndose de algo que Pablo acababa de decir. Vi a políticos que daban discurso sobre la lucha contra las drogas, aceptando sobres que claramente contenían dinero.
El poder y la corrupción no eran conceptos abstractos. Estaban allí, físicos, reales, frente a mis ojos. De repente, uno de los hombres, un juez que yo había visto muchas veces en televisión, giró la cabeza y me vio parada en el corredor con Manuela en brazos. Me miró directo a los ojos. sonrió y levantó su copa hacia mí como saludándome.
Yo quedé congelada por un segundo. Luego asentí levemente con la cabeza, intentando parecer normal, y seguí caminando rápido hacia la cocina. El corazón me latía tan fuerte que pensé que me iba a estallar. Llegué a la cocina, encontré el medicamento, se lo di a Manuela, esperé a que la fiebre empezara a bajar.
Luego volví al corredor infantil por una ruta diferente, lo más lejos posible del salón. Acosté a Manuela en su cuna y me quedé junto a ella toda la noche, vigilando que respirara bien, pero no pude dejar de pensar en lo que había visto. En esos rostros conocidos celebrando con Pablo, en la red de corrupción, que era mucho más amplia y profunda de lo que había imaginado.
Al día siguiente, mientras estaba en el jardín con los niños, Carlos se acercó, caminó junto a mí unos pasos sin mirarme directamente y murmuró en voz muy baja. Fue un error que pasaras por ese corredor anoche. Afortunadamente, el juez que te vio estaba borracho y probablemente no recuerde bien tu cara.
Pero nunca, nunca vuelvas a pasar por ningún pasillo cuando haya fiestas. ¿Entendido? Yo asentí sin decir nada. Carlos siguió caminando como si esa conversación nunca hubiera ocurrido. Los días siguientes fueron tensos. Lina me contó en voz baja que había visto a Pablo conversando muy seriamente con Gloria en una de las oficinas de la hacienda.
Gloria se veía nerviosa, pálida, respondiendo preguntas con voz temblorosa. Lin especulaba que tal vez Pablo estaba cuestionando por qué Gloria había elegido a alguien como yo, alguien que hacía demasiadas preguntas, alguien que había visto cosas que no debía ver. Yo sentía el peso de esa vigilancia cada vez más. Los guardias me miraban diferente.
Pablo ya no me saludaba cuando pasaba junto a mí y María Victoria me daba instrucciones con frialdad absoluta, sinquiera mirarme a los ojos. Una tarde, mientras organizaba los juguetes de Juan Pablo en su habitación, encontré algo que me dejó helada. Dentro de uno de sus libros de cuentos, escondida entre las páginas, había una foto.
Era una foto mía, no era una foto que yo hubiera dado. Era una foto tomada sin que me diera cuenta, probablemente durante una de las fiestas anteriores a la que yo había visto. En la imagen yo estaba al fondo, borrosa, sosteniendo a Manuela, cruzando un pasillo.
Alguien me había fotografiado, alguien había guardado esa foto, alguien la había colocado en el libro de Juan Pablo. No sé si era una amenaza, una forma de vigilancia o simplemente documentación, pero el mensaje era claro. Me estaban observando siempre, en todo momento. Guardé la foto donde la encontré con manos temblorosas y salí de la habitación de Juan Pablo.
Esa noche, acostada en mi cama en la oscuridad, entendí con total claridad algo que había estado negando. No había escapatoria dentro del sistema colombiano. La policía estaba comprada. Los jueces estaban en el bolso de Escobar. Los políticos serán cómplices.
Incluso si lograba escapar de la hacienda, ¿a dónde iría? ¿A quién pediría ayuda? ¿Quién me protegería? No había autoridad confiable, no había institución limpia, todo estaba podrido desde adentro. Mi única posibilidad de salvación sería salir del país completamente, desaparecer, borrarme. Y eso parecía imposible, completamente imposible. Pero Tomás estaba trabajando en algo.
Yo tenía que confiar en mi hermano, tenía que esperar y mientras tanto tenía que sobrevivir sin cometer ningún error más, porque el siguiente error podría ser el último. Febrero llegó con lluvias intermitentes que convertían los jardines de la hacienda en un mar de barro. Yo seguía con mi rutina de cuidar a los niños, pero cada día sentía la presión aumentando.
Pablo prácticamente me ignoraba ahora y ese silencio era más aterrador que cualquier atención. A mediados de febrero conseguí otra llamada con Tomás. Esta vez él fue más directo dentro de nuestro código. Me dijo que había hablado con unos amigos suyos sobre la posibilidad de organizar un viaje para todos nosotros, incluyéndome que estos amigos eran gente seria, con buenos contactos, que el viaje tomaría tiempo en organizarse, pero que definitivamente iba a pasar. Yo entendí.
Tomás había hecho contacto con militares que trabajaban contra el cartel. Estaban planeando mi rescate, pero tenía que ser paciente. Le pregunté cuánto tiempo más o menos. Él me dijo que tal vez para agosto, cuando el clima fuera mejor. Agosto, 6 meses más. 6 meses que parecían 6 años. Después de esa llamada, Tomás y yo desarrollamos un sistema más elaborado de comunicación.
Él me enviaba cartas supuestamente familiares donde escondía mensajes en frases específicas. Yo le respondía usando los dibujos de Juan Pablo. Escondía símbolos que solo Tomás podría entender. Una estrella significaba peligro inmediato. Un árbol significaba que estaba bien por ahora.
Una casa significaba que necesitaba extracción urgente. Pero mientras todo esto sucedía, algo terrible ocurrió que me llenó de una culpa devastadora. Semanas antes, en un momento de desesperación total, yo había conseguido enviar una carta a un amigo de la universidad llamado Julián Pérez. Él era profesor de filosofía.
Ahora yo le escribí una carta supuestamente profesional preguntándole sobre dilemas éticos en la psicología infantil sobre qué hacer cuando los valores profesionales entraban en conflicto con la seguridad personal. Le di pistas veladas sobre mi situación. Julián era inteligente. Sabía que entendería que algo estaba mal, pero eso fue un error terrible.
Una tarde de marzo, Lina vino corriendo a mi cuarto con expresión de pánico. Me dijo que había escuchado a los guardias hablando. Comentaban sobre un profesor de Medellín que había estado haciendo preguntas sobre la hacienda Nápoles en la ciudad, que había estado preguntando direcciones, buscando información, tratando de averiguar quién trabajaba allí. Los guardias se reían.
Decían que ese problema ya estaba resuelto, que el profesor fue levantado y llevado. Sentí que el mundo se me caía encima. Julián. Mi amigo Julián había intentado ayudarme y ahora estaba muerto o secuestrado o torturado por mi culpa, por haberle pedido ayuda. Me encerré en mi cuarto y lloré hasta no tener más lágrimas.
Julián tenía esposa, tenía padres ancianos, tenía estudiantes que lo admiraban y ahora probablemente estaba muerto por haber intentado salvarme. Lina, viendo mi desesperación creciente, se arriesgó a contarme algo más. Una tarde, mientras limpiaba la lavandería, encontró un pañuelo escondido detrás de una de las lavadoras. Era un pañuelo viejo manchado con algo oscuro que parecía sangre seca.
Tenía iniciales bordadas en una esquina. Mmm. Marcela Mejía. Lina me confesó algo que había callado hasta ese momento. En aquella madrugada de junio de 1983, ella había escuchado gritos viniendo de los fondos de la propiedad. Gritos de mujer, luego disparos. Al amanecer, cuando fue a tender ropa, vio a varios hombres lavando el patio trasero con mangueras.
Había sangre, mucha sangre mezclándose con el agua. Al día siguiente, Marcela había desaparecido y nadie volvió a mencionarla nunca más. Lina me miró con ojos llenos de lágrimas y me dijo, “Yo también quiero salir de aquí, Lucía. Tengo 23 años y siento que voy a morir aquí. Si tu hermano te saca, por favor, llévame contigo. Te lo suplico. Yo no sabía qué responder.
El plan de Tomás ya era arriesgadísimo con una sola persona. Dos personas lo complicaban todo exponencialmente, pero miré a Lina, tan joven, tan asustada, y no pude decirle que no. Le prometí que si había una forma de sacarla, lo intentaría. Ella me abrazó y lloró en mi hombro.
Mientras tanto, Pablo se había vuelto aún más distante conmigo. Pasaba semanas sin dirigirme la palabra. Cuando lo veía en los pasillos, me miraba con expresión neutra, como si yo fuera un mueble más de la casa. Esa indiferencia fría era peor que su atención anterior. María Victoria también estaba diferente. Ya no me daba instrucciones sobre los niños.
Simplemente esperaba que yo hiciera mi trabajo sin supervisión. Era como si me hubieran borrado, como si ya no existiera para ellos. Un día, a finales de abril, mientras jugaba con Manuela en el jardín, Carlos se acercó, caminó hasta quedar a mi lado, fingiendo revisar las plantas del jardín, y murmuró sin mirarme. “Sé que llamaste a Bogotá varias veces.
Sé que estás planeando algo.” “No sé qué es, pero ten mucho cuidado. Ellos también lo saben.” Se alejó antes de que pudiera responder. Esa noche, acostada en mi cama, entendí que el tiempo se estaba agotando. Pablo sabía que yo estaba en contacto con alguien afuera. sabía que algo se estaba cocinando y cuando Pablo Escobar sospechaba de alguien, esa persona no duraba mucho tiempo con vida.
Tenía que salir de allí pronto, muy pronto, o terminaría como Marcela, como Julián, como todos los que habían cometido el error de cruzarse en el camino de ese hombre. Agosto parecía demasiado lejos, pero era mi única esperanza. Mi hermano Tomás era mi única esperanza.
Y mientras tanto, yo tenía que seguir fingiendo que todo estaba normal, que yo era solo la niñera obediente y callada, aunque por dentro estaba muriendo un poco más cada día. Mayo de 1985 trajo algo completamente inesperado. Una mañana, mientras yo alimentaba a Manuela en la cocina, Pablo entró. No lo había visto de cerca en semanas. Se sirvió un café, se apoyó contra el mesón y me miró con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
me dijo que había notado que yo llevaba muchos meses sin salir de la hacienda, que confiaba en mí más que en cualquier otro empleado, que merecía un día libre, que al día siguiente un conductor me llevaría a Medellín para que hiciera compras personales, que podía comprar lo que quisiera, todo pagado por él. Me quedé paralizada con la cuchara de papilla en la mano.
Era una prueba, una trampa, una oportunidad real de escape. Pablo siguió sonriendo. Me dijo que me divirtiera, que me comprara ropa bonita, que aprovechara. Luego salió de la cocina silvando. Esa noche no pude dormir pensando en las posibilidades. Tal vez podría escapar en medio de la ciudad. Tal vez podría pedir ayuda a alguien. O tal vez era exactamente lo que parecía, una prueba para ver si intentaría oír.
Al día siguiente, a las 9 de la mañana, el mismo carro blindado que me había traído a la hacienda meses atrás estaba esperándome. El conductor era el mismo hombre silencioso de siempre. Subí con el corazón acelerado, sin saber qué esperar. El viaje a Medellín duró 2s horas. Llegamos al centro de la ciudad y el conductor me dejó en una zona comercial elegante.
Me dijo que tenía 4 horas, que me recogería en ese mismo lugar. Luego se alejó en el carro. Por primera vez en casi 9 meses estaba sola en una calle pública. Podía ver gente normal viviendo vidas normales, familias caminando, vendedores ambulantes, estudiantes con uniformes. El mundo real seguía existiendo afuera de la hacienda.
Entré a varias tiendas, compré ropa, zapatos, algunos artículos personales, todo lo pagaba mostrando una tarjeta que Pablo me había dado. Los vendedores me trataban con respeto exagerado cuando veían ese nombre en la tarjeta. Claramente sabían para quién trabajaba yo. Después de dos horas de compras, necesitaba despejar mi mente.
Caminé por las calles, respirando el aire de la ciudad, sintiendo algo parecido a la libertad. Fue en una de esas calles concurridas cuando sucedió algo que me heló la sangre. Una mujer de unos 50 años se me acercó rápidamente por el lado. Sin detener su paso, metió una bolsa de papel en mi mano y susurró muy rápido, “No mires ahora, pero te están siguiendo, hombre de camisa azul detrás de ti.
No intentes nada.” Y desapareció entre la multitud antes de que pudiera reaccionar. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que me iba a desmayar. Seguí caminando, fingiendo normalidad. Después de media cuadra me detuve frente a un escaparate usando el reflejo del vidrio para mirar hacia atrás.
Y allí estaba un hombre de camisa azul que yo reconocí inmediatamente. Era uno de los guardias de la hacienda. Estaba parado en una esquina, fumando un cigarrillo, observándome. La libertad había sido una ilusión completa. Nunca había estado sola, nunca había estado libre. Era un test.
Pablo quería ver si yo intentaría escapar. Volví al punto de encuentro con las bolsas de compras, fingiendo que todo estaba perfecto. El conductor apareció exactamente a la hora indicada. Subí al carro sin decir nada. Durante el viaje de regreso a la hacienda, miré por la ventana oscurecida, sintiendo que se me cerraban todas las puertas.
Si ni siquiera en medio de Medellín podía escapar, entonces realmente no había salida. Cuando llegamos a la hacienda, Pablo estaba esperándome en la entrada principal. sonrió con esa sonrisa que ahora yo entendía perfectamente. Me preguntó si había disfrutado de mi día de libertad.
La forma en que dijo la palabra libertad dejó claro que sabía exactamente lo que había pasado, que había sido una prueba y que yo la había pasado al no intentar nada estúpido. Esa noche busqué a Lina, la encontré en la lavandería doblando sábanas. Cerré la puerta atrás de mí y le dije en voz muy baja, “Necesitamos un plan real y tiene que ser pronto.
” Lina dejó las sábanas y me miró asustada. Le conté sobre Tomás, sobre los contactos militares, sobre la posibilidad de una extracción organizada. Le pregunté si realmente quería arriesgar su vida intentando escapar. Ella no dudó ni un segundo. Me dijo que prefería morir intentándolo que quedarse allí esperando su turno para desaparecer como Marcela.
Durante las siguientes semanas, Lina y yo planeamos cada detalle. Yo mantuve contacto codificado con Tomás. Le di fechas posibles, rutas, horarios. Él respondió que tenía todo listo. Un contacto militar estaría esperando a 2 km de la hacienda en un punto específico, pero necesitaba una fecha exacta. El problema era como salir de la propiedad. Las puertas estaban custodiadas.
Las ventanas de los pisos bajos tenían rejas. Los guardias patrullaban constantemente. Fue entonces cuando Carlos se acercó a mí. Una tarde, mientras yo jugaba con Manuela en el jardín, Carlos caminó hasta quedar a mi lado. Fingió revisar unas plantas y murmuró sin mirarme. Sé que estás planeando algo.
No me digas que Pero si necesitas que una puerta trasera esté abierta una noche específica, dime cuándo. Lo miré sorprendida. Él continuó hablando en voz baja. Tengo una hija allá afuera. No quiero que crezca sabiendo que su padre fue un cobarde que ayudó a monstruos. Le pregunté por qué arriesgaría su vida por mí.
Carlos finalmente me miró a los ojos y dijo, “Porque si no lo hago, ya no podré mirarme al espejo. Esa noche le di la fecha a Tomás, 14 de agosto, madrugada, 2 de la mañana y 30 minutos. Carlos me confirmó discretamente que la puerta de servicio del ala este estaría sin candado esa noche, que él estaría en otro sector de la propiedad, que no vería nada. Los días hasta el 14 de agosto se arrastraron y volaron al mismo tiempo.
Yo seguía con mi rutina normal, cuidando a los niños, fingiendo que todo estaba bien. Pero por dentro cada célula de mi cuerpo vibraba con miedo y anticipación. Lina y yo preparamos pequeñas mochilas escondidas en nuestros cuartos. Solo lo esencial, documentos, algo de dinero que habíamos ahorrado, una muda de ropa, nada que pudiera hacer ruido o pesar demasiado.
Memorizamos la ruta. Desde la puerta del ala este hasta el muro trasero de la propiedad había 200 m de jardín y árboles. Luego debíamos saltar el muro usando una escalera de jardinero que sabíamos que estaba apoyada allí. Del otro lado, 2 km de caminata por terreno irregular hasta la carretera donde Tomás estaría esperando. Tenía que funcionar.
tenía que funcionar, porque si no funcionaba ambas moriríamos. El 13 de agosto en la noche me acosté en mi cama completamente vestida. No dormí nada. Miré el reloj avanzar minuto a minuto. 1 de la mañana, 1:30, 2 de la mañana, era hora. Me levanté de la cama con el corazón martillando en mi pecho.
Agarré la pequeña mochila que tenía escondida bajo el colchón. Abrí la puerta de mi cuarto despacio centímetro a centímetro, rezando para que no hiciera ruido. El pasillo estaba oscuro y silencioso. Caminé descalza sobre las baldosas frías hasta el cuarto de Lina. Toqué suave. Ella abrió inmediatamente. Estaba lista con su mochila en la mano y los ojos enormes de miedo.
Empezamos a caminar hacia el ala este de la casa. Cada paso parecía hacer un ruido ensordecedor, aunque sabía que éramos silenciosas. Llegamos a la puerta de servicio que Carlos había prometido dejar abierta, pero estaba cerrada con candado. Lina me miró con pánico. Carlos había desaparecido días atrás. Nadie sabía dónde estaba.
Habíamos asumido que tal vez estaba escondido esperando que pasara todo, pero ahora entendí algo le había pasado. Susurré la ventana del depósito. Corrimos hacia un cuarto pequeño que usaban para guardar herramientas. La ventana era alta y estrecha, pero tal vez podríamos pasar. Lina empujó con fuerza.
La ventana se dio con un chirrido que me pareció un grito en medio del silencio. Yo pasé primero. Me deslicé por la abertura estrecha y caí del otro lado sobre unos arbustos. Lina venía detrás. La ayudé a pasar jalándola de los brazos. Estábamos afuera, en los jardines traseros de la hacienda, a 200 m de la libertad, corrimos agachadas entre los árboles y arbustos.
La luna estaba casi llena y eso nos facilitaba ver, pero también nos hacía más visibles. Llegamos al muro trasero. La escalera de jardinero estaba allí como recordábamos. Lina subió primero. Estaba a mitad de camino cuando escuchamos las voces. Gritos, linternas, pasos corriendo. Nos habían descubierto. Lina se quedó congelada en la escalera. Yo grité en voz baja. Sube, sube. Ella reaccionó y trepó hasta arriba del muro.
Se dejó caer del otro lado. Yo empecé a subir desesperada. Estaba a punto de llegar arriba cuando vi las linternas acercándose rápidamente. Dos guardias corrían hacia nosotras gritando. Me dejé caer del otro lado del muro y aterricé mal. Sentí un dolor agudo en el tobillo, pero no había tiempo para pensar en eso.
Lina ya estaba corriendo hacia la izquierda, hacia donde creía que estaba la ruta correcta, pero yo sabía que era hacia la derecha, hacia el norte, donde Tomás estaría esperando. Grité su nombre, Lina, por aquí, pero ella no me escuchó o estaba demasiado asustada para detenerse. Siguió corriendo en la dirección equivocada.
Yo dudé por un segundo. Podía seguirla e intentar alcanzarla, pero eso significaba alejarnos más del punto de encuentro con Tomás. Los guardias estaban del otro lado del muro. Escuché sus voces ordenando que trajeran la escalera. Tomé la decisión más horrible de mi vida. Corrí hacia la derecha, hacia el norte, sola. Corrí entre árboles y matorrales. El tobillo me dolía con cada paso, pero el miedo era más fuerte que el dolor.
Detrás de mí escuchaba gritos, disparos al aire, perros ladrando. No sé cuánto tiempo corrí, tal vez 30 minutos, tal vez una hora. El mundo era solo oscuridad, ramas arañando mi piel, piedras cortando mis pies descalzos, el sonido de mi propia respiración desesperada.
Finalmente vi luces adelante, una carretera y un carro estacionado con las luces apagadas. Corrí hacia él gritando, “Tomás, Tomás!” La puerta del carro se abrió. Mi hermano salió corriendo hacia mí, me agarró de los brazos y me jaló hacia el carro. Había otro hombre en el asiento del conductor vestido con ropa oscura. “Tomás me empujó al asiento trasero y entró conmigo.” Le gritó al conductor. “¡Aranca, arranca!” “Ya.
” El carro salió disparado por la carretera. Yo no podía parar de temblar, no podía respirar bien. Tomás me abrazaba diciéndome que estaba a salvo, que lo había logrado, que todo iba a estar bien. Pero yo solo podía pensar en una cosa. Le dije entre soyosos, Lina. Ellos agarraron a Lina. Yo la dejé. Yo corrí y la dejé.
Tomás me apretó más fuerte. Me dijo que no había nada que pudiera haber hecho, que si hubiera vuelto ambas estarían muertas, que tomé la única decisión posible. Pero sus palabras no cambiaban nada. Yo había sobrevivido y Lina había sido capturada por mi culpa, por haberla convencido de intentar escapar.
El conductor, que no dijo su nombre, nos llevó a una casa pequeña en las afueras de un pueblo que no reconocí. Tomás me explicó que era una casa de protección, que viviría allí bajo otro nombre hasta que pudieran sacarme del país. Los siguientes días fueron un delirio. Me cortaron el pelo, me lo tiñieron de negro, me dieron documentos falsos con el nombre Marta Restrepo, me dieron lentes que no necesitaba, me convirtieron en otra persona. Tomás venía a verme cada dos o tres días. Me traía noticias.
La hacienda estaba en alerta máxima. Todos los empleados estaban siendo interrogados. Gloria Zuleta había desaparecido y Lina Calderón no aparecía en ningún registro como si nunca hubiera existido. Yo sabía lo que eso significaba. Lina había sido interrogada, probablemente torturada para que revelara detalles del escape y luego ejecutada.
Su cuerpo estaría en algún lugar de esa propiedad enterrado, sin nombre, olvidado. Y yo era la responsable. Pasé semanas sin poder dormir, sin ver su rostro, sin escuchar su voz gritando mi nombre en la oscuridad. Lina había confiado en mí y yo la había dejado morir. Tomás me decía una y otra vez que no era mi culpa, que Lina había tomado su propia decisión, que yo no la había obligado a nada, pero esas palabras no penetraban la culpa que me consumía. En septiembre, Tomás llegó con noticias devastadoras.
Mi mamá había empeorado. Su corazón estaba fallando. Los médicos decían que le quedaban días. Le supliqué que me dejara ir a verla. Solo una hora, solo para decirle adiós, para decirle que no la había abandonado, para explicarle todo. Tomás negó con la cabeza con lágrimas en los ojos.
Me dijo que la casa de mi mamá estaba siendo vigilada, que si yo aparecía, me encontrarían en cuestión de horas, que no solo me matarían a mí, sino probablemente también a ella. Dos semanas después, Tomás volvió con expresión destrozada. Me dijo que mamá había muerto, que había preguntado por mí hasta el último momento, que había muerto creyendo que yo la había olvidado.
Algo dentro de mí se rompió ese día, algo que nunca volvió a componerse. Los siguientes 8 años de mi vida fueron un delirio de movimiento constante y miedo permanente. Viví como Marta restrepó en tres ciudades diferentes de Colombia durante el primer año. Cada vez que Tomás sospechaba que alguien hacía preguntas, me movían a otra casa de protección.
En 1986, Tomás consiguió un pasaporte falso para mí. Me sacó del país en un vuelo a Quito, Ecuador. Viví allí dos años trabajando en empleos que no requerían mucha documentación. Limpiaba casas, trabajaba en cocinas de restaurantes, vendía flores en una esquina. Nunca usé mi título de psicóloga. Eso sería muy fácil de rastrear.
Lucía Ramírez, psicóloga infantil de la Universidad de Antioquia, había desaparecido del mapa y tenía que seguir desaparecida. En Quito vivía en un cuarto pequeño en una pensión barata. No hacía amigos, no confiaba en nadie. Salía solo para trabajar y volvía a encerrarme. Los fines de semana me quedaba mirando el techo, pensando en Lina, en mi mamá, en Carlos, en Julián, en Marcela, en todos los muertos que mi supervivencia había dejado atrás.
En 1988, Tomás me consiguió una visa de trabajo para España con documentos falsos, pero lo suficientemente buenos. Me fui a Madrid. Era más lejos, más segura. En Madrid conseguí trabajo como dependiente en una tienda de ropa, luego como cuidadora de ancianos. Era irónico. Había estudiado para cuidar niños y terminé cuidando viejos que no recordaban mi nombre de un día para otro.
Vivía en un apartamento diminuto en un barrio de inmigrantes. Mi vida era trabajo, casa, soledad. No salía a ningún lado. No iba a fiestas, no conocía a nadie. Tomás me enviaba cartas codificadas cada dos o tres meses. Todo tranquilo por aquí significaba que no había amenazas inmediatas. Saudades da familia significaba peligro. Prepárate para moverte.
En 1993 recibí una carta diferente. Tomás escribía que Pablo Escobar estaba siendo casado intensamente, que el bloque de búsqueda lo tenía acorralado, que tal vez pronto podríamos descansar. El 2 de diciembre de 1993, yo estaba en una cafetería de Madrid tomando un café después del trabajo. La televisión en la pared mostraba las noticias en español.
De repente apareció la imagen que cambiaría todo. Pablo Escobar muerto en un techo en Medellín, su cuerpo con impactos de bala, sangre, caos, periodistas gritando, celebraciones en las calles. Miré la pantalla sin poder procesar lo que veía. El hombre que había destruido mi vida estaba muerto. Finalmente muerto.
Esperé sentir alivio, alegría, libertad, pero lo que sentí fue un vacío inmenso y oscuro. Las personas en la cafetería comentaban la noticia. Algunos celebraban. Una mujer decía que era un monstruo que merecía muerte peor. Un hombre decía que ojalá hubiera sufrido más. Yo me levanté, pagué mi café y salí caminando hacia mi apartamento. Las calles de Madrid estaban llenas de vida.
Gente riendo, parejas caminando, tomadas de la mano, niños jugando. El mundo seguía girando como siempre. Llegué a mi apartamento, cerré la puerta con llave, pasé el cerrojo, verifiqué las ventanas como hacía cada noche desde hacía 8 años y entonces me permití llorar. Lloré por Lina, que nunca vería esta noticia. Lloré por mi mamá, que murió creyendo que yo la había abandonado.
Lloré por Carlos, que intentó ayudarme y pagó con su vida. Lloré por Julián, que solo quiso salvar a una amiga. Lloré por Marcela, que nunca conocí, pero cuya muerte marcó mi camino. La muerte de Pablo Escobar no devolvía a ninguno de ellos. No borraba los 8 años que había vivido escondida.
No quitaba las pesadillas que me despertaban cada noche. No sanaba nada. Me senté en el piso de mi apartamento pequeño y vacío y entendí algo terrible. Pablo Escobar podía estar muerto, pero yo seguía prisionera. El miedo estaba tan profundamente enraizado en mí que no sabía cómo vivir sin él.
y tenía razón en tener miedo, porque aunque el líder estaba muerto, el cartel tenía muchas cabezas, muchos miembros, muchas personas que recordaban, muchas personas que nunca perdonaban. Pablo Escobar había muerto, pero sus fantasmas seguían muy vivos. En marzo de 1994, apenas tres meses después de la muerte de Pablo Escobar, recibí un telegrama en mi apartamento de Madrid. Las manos me temblaban mientras lo abría. Tomás había muerto en un accidente de carro en la carretera entre Bogotá y Medellín.
El vehículo había volcado en una curva. murió al instante. No lo creí por un segundo. Tomás era conductor extremadamente cuidadoso. Había aprendido a hacerlo después de años siendo periodista investigativo, siempre vigilando, siempre precavido. Y el momento era demasiado sospechoso.
Tres meses después de la muerte de Escobar, justo cuando Tomás estaba investigando los restos del cartel para una serie de artículos, era venganza. Sabía que era venganza. Los miembros sobrevivientes del cartel estaban limpiando cabos sueltos. Y Tomás, que había ayudado a rescatarme, que sabía demasiado, que había publicado demasiadas verdades, era un cabo suelto muy obvio.
Tomé la decisión más arriesgada que había tomado en años. Volví a Colombia para el funeral. Usé documentos falsos. Me quedé solo tres días. Me mantuve en las sombras. En el funeral había periodistas, colegas de Tomás, antiguos compañeros de universidad.
Yo me quedé al fondo con un pañuelo negro cubriéndome la mitad del rostro, lentes oscuros, el pelo recogido bajo un sombrero. Nadie me reconoció. O si lo hicieron, tuvieron la decencia de no decir nada. Vi cómo bajaban el ataúdo, a la tierra. Vi cómo echaban las primeras paladas de tierra sobre él. Y no pude llorar. No allí, no donde alguien pudiera verme. Me quedé quieta como una estatua hasta que todos se fueron.
Solo entonces me acerqué a la tumba recién cabada y susurré, “Te debo la vida, hermano, y ahora estás muerto por haberme salvado. Perdóname, por favor, perdóname.” Algunos días después, antes de volver a España, tomé otra decisión arriesgada. Fui al cemiterio donde estaba enterrada mi mamá. Era la primera vez que visitaba su tumba desde que murió en 1985.
9 años habían pasado. La lápida era simple. Teresa Ramírez 1922-1985. Madre amada. Me arrodillé frente a ella y finalmente pude llorar. Lloré todo lo que no había llorado en el funeral de Tomás. Lloré por ella, por él, por todos los años perdidos. Le hablé en voz baja. Le dije, “Perdóname, mamá. Sé que moriste creyendo que te había abandonado.
Sé que esperaste que yo fuera a verte y nunca llegué, pero no te abandoné. Estaba atrapada. Estaba huyendo por mi vida. Quería estar contigo. Quería cuidarte. Quería que supieras que te amaba, pero no pude. Y ahora es demasiado tarde. Estuve allí arrodillada por horas. El cementerio estaba casi vacío. Solo algunos jardineros trabajando a lo lejos.
El sol empezaba a bajar cuando escuché pasos detrás de mí. Me volteé. Era una mujer de unos 50 años que no conocía. Vestía ropa sencilla. Llevaba una bolsa de tela en las manos. se acercó sin decir palabra, puso un sobre en mis manos y se alejó rápidamente antes de que pudiera reaccionar. Abrí el sobre con manos temblorosas. Dentro había una foto.
Era yo. Tenía 29 años en esa foto. Estaba en los jardines de la hacienda Nápoles con Manuela en brazos. Al fondo se veía a Juan Pablo jugando. La foto estaba un poco borrosa, como si la hubieran tomado a escondidas desde lejos. Le di vuelta a la foto. En el reverso había algo escrito a mano con letra firme y clara.
Nunca olvidamos. Sentí que la sangre se me congelaba en las venas. Me levanté de un salto, busqué con la mirada a la mujer que me había entregado el sobre. Ya no estaba. Había desaparecido entre las tumbas. El mensaje era claro. Pablo Escobar estaba muerto, pero alguien seguía vigilándome.
Alguien sabía dónde estaba. Alguien quería que yo supiera que no me habían olvidado, que todavía tenían ojos sobre mí, que en cualquier momento, si querían, podían encontrarme. Salí del cementerio casi corriendo. Volví al hotel donde me hospedaba. Recogí mis cosas y cambié mi vuelo para esa misma noche.
Necesitaba salir de Colombia inmediatamente, pero en el avión de regreso a Madrid tomé una decisión diferente. No iba a seguir huyendo a otros países. Colombia era mi hogar y aunque tenía que esconderme, quería esconderme en mi propia tierra.
Cuando llegué a Madrid, recogí mis pocas pertenencias, cerré mi cuenta de banco y compré un pasaje de regreso a Colombia, esta vez con documentos legales bajo mi nombre real, Lucía Ramírez. Ya no Marta Restrepo. Me instalé en una ciudad pequeña del interior colombiano que no voy a nombrar. Un pueblo donde nadie me conocía, donde nadie hacía preguntas. Alquilé una casa pequeña.
Conseguí trabajo en una tienda de telas, luego en una panadería, después como auxiliar en un consultorio dental. Trabajos simples, invisibles, que me permitían vivir sin llamar la atención. Los años de 1994 a 2001 fueron años de paranoia constante. Cambiaba de ciudad cada dos o tres años. Nunca me quedaba el tiempo suficiente para que alguien empezara a hacer preguntas sobre mi pasado.
Nunca hacía amigos cercanos. Nunca contaba mi historia. Vivía siempre mirando por encima del hombro, analizando rostros en la calle, evitando lugares muy concurridos, desconfiando de coincidencias. Si veía el mismo rostro dos veces en lugares diferentes, me mudaba. En 2001 recibí otro sobre sin remitente.
Lo encontré deslizado bajo la puerta de mi apartamento una mañana. No había estampilla, no había dirección de origen. Alguien lo había puesto allí personalmente. Lo abrí con las manos temblando. Dentro había un documento oficial. Era una copia de un certificado de defunción. Lina Calderón. Fecha de muerte. 15 de agosto de 1985. Un día después de nuestra fuga, causa de muerte desconocida, lugar no especificado. Me senté en el piso con ese papel en las manos y lloré.
Lina había muerto exactamente como yo sabía que había muerto, pero tener el certificado oficial lo hacía real de una forma nueva y terrible. Alguien había registrado su muerte. Alguien había documentado que existió y que dejó de existir. Pero nadie había sido castigado. Nadie había pagado. Solo un papel frío y burocrático que decía, “Causa desconocida, ¿quién me había enviado esto? ¿Por qué? ¿Era una amenaza? ¿Era alguien con remordimiento? ¿Era algún empleado de gobierno intentando que supiera la verdad? Nunca lo supe. Nunca lo sabré. Guardé el
certificado de Lina junto con la foto que decía Nunca olvidamos en una caja de metal. No como recuerdos sentimentales, sino como recordatorios. Ellos nunca olvidan y yo tampoco puedo olvidar. En 2001 yo tenía 46 años. Vivía en Pereira trabajando en una biblioteca municipal. Mi vida era simple, pequeña, casi invisible.
Durante el día organizaba libros, atendía a pocos usuarios, digitalizaba documentos viejos. Durante la noche volvía a mi apartamento, preparaba la cena, leía un rato y antes de dormir hacía siempre lo mismo. Verificaba todas las puertas, todas las ventanas, todas las cerraduras. Ponía una silla contra la puerta principal, escondía un cuchillo bajo mi almohada y solo entonces intentaba dormir. Pablo Escobar llevaba 8 años muerto.
La guerra contra el cartel había terminado oficialmente. Colombia estaba cambiando, mejorando, sanando, pero yo seguía viviendo como si él estuviera vivo. Seguía prisionera del miedo que él había plantado en mí. Los fantasmas seguían muy vivos y seguirían vivos por mucho tiempo más. Entre 2010 y 2018 viví en Pereira trabajando en la biblioteca municipal. En 2010 yo ya tenía 55 años.
Mi rutina era tranquila y solitaria. Llegaba a la biblioteca a las 8 de la mañana, organizaba estantes, ayudaba a los pocos usuarios que entraban, digitalizaba documentos antiguos. A las 5 de la tarde me iba a casa, cenaba sola, leía un rato, dormía y al día siguiente todo se repetía igual. No llamaba la atención. No hacía amigos.
Los compañeros de trabajo sabían muy poco de mí. Sabían que era Lucía Ramírez, que había trabajado con niños cuando joven, que nunca me había casado, que no tenía familia cercana. Eso era todo y eso era suficiente. En 2018, algo inesperado sucedió. Estaba en casa una noche cuando mi teléfono sonó. Era un número desconocido.
Normalmente no contestaba llamadas de números desconocidos, pero algo me hizo contestar esa vez. Del otro lado había una mujer. Su voz sonaba vieja, cansada, temblorosa. Dijo mi nombre, Lucía. Y cuando confirmé que era yo, siguió hablando rápido, como si tuviera miedo de no poder terminar. Me dijo, “Lo siento mucho, Lucía. No sabía que iba a ser tan terrible. Te juro que no lo sabía. Por favor, perdóname.
Por favor, antes de que pudiera responder, antes de que pudiera preguntar quién era, la llamada se cortó. Me quedé mirando el teléfono por largo rato. Esa voz era familiar, muy familiar, pero no podía ubicarla con certeza. Habían pasado más de 30 años. Las voces cambian, pero algo en el tono, en la forma de hablar, me recordaba a alguien.
Gloria era Gloria Zuleta, la mujer que me había reclutado para trabajar en la hacienda. La mujer que había desaparecido después de mi fuga. Estaba viva después de todos estos años. ¿Era intentando pedirme perdón? O tal vez era una trampa. Tal vez alguien estaba probando si yo respondería a ese nombre, a esa historia.
Tal vez estaban confirmando que yo seguía viva y localizable. Al día siguiente cambié mi número de teléfono. Fue un impulso paranoico, lo sé, pero era un impulso que me había mantenido viva por décadas. La llamada me perturbó durante meses. Nunca supe quién había sido. Nunca lo sabré.
En 2019, mientras organizaba documentos personales viejos que había guardado de todas mis mudanzas a lo largo de los años, encontré una carta que Tomás me había enviado en 1988 cuando yo vivía en Ecuador. La carta estaba amarillenta, doblada, gastada de tanto leerla. La volví a leer ahora, más de 30 años después. Tomás escribía en código como siempre hacíamos. Pero había una frase que en su momento no había entendido completamente.
Decía, “El amigo que intentó ayudarte fue encontrado tres días antes de la fecha que habían acordado. Pagó el precio por haber mostrado compasión. Carlos Estaba hablando de Carlos Mendoza, el guardia que había prometido dejar la puerta abierta, el hombre que me había mostrado la foto de su hija, el hombre que había desaparecido días antes de nuestra fuga.” Entonces era cierto.
Carlos había sido ejecutado el 11 de agosto de 1985, tres días antes de que Lina y yo intentáramos escapar. Alguien lo había visto hablando conmigo. Alguien reportó su comportamiento sospechoso y Pablo lo mandó matar. Carlos murió por intentar ayudarme, igual que Julián, igual que Lina, igual que Tomás, eventualmente todos muertos por cruzarse en mi camino.
La culpa, que ya era pesada, se volvió insoportable ese día. En 2020 llegó la pandemia. El mundo entero se detuvo. Yo tenía 65 años y pasé meses completamente aislada en mi apartamento. El gobierno ordenó cuarentena, las calles se vaciaron, la biblioteca cerró. Ese aislamiento forzado me hizo reflexionar más profundamente de lo que había reflexionado en años.
40 años habían pasado desde que entré a la hacienda Nápoles. 40 años cargando ese peso. Una tarde, durante uno de los pocos momentos en que se permitía salir a caminar, pasé por una casa donde una mujer joven jugaba en el jardín con dos niños pequeños. Reían, corrían. Era una escena absolutamente normal de felicidad familiar. Me detuve a mirar por un momento.
Yo había sido psicóloga infantil. Mi sueño era ayudar niños y terminé cuidando a los hijos de uno de los hombres más monstruos del mundo. Terminé intentando protegerlos mientras sobrevivía al terror. Qué ironía cruel había sido mi vida. Pero mientras caminaba de regreso a casa ese día, empecé a pensar diferente sobre mi historia.
Por décadas me había visto solo como sobreviviente. Alguien que escapó por suerte, dejando a otros morir. Alguien cobarde que corrió mientras Lina gritaba mi nombre. Pero tal vez yo era más que eso. Tal vez era testigo. Mientras yo viviera, las memorias de Lina, Carlos, Tomás, Julián, Marcela, mi mamá también vivían. Yo las llevaba dentro de mí. Yo era la prueba de que existieron, de que sufrieron, de que fueron víctimas de un monstruo.
Pensé en Juan Pablo. Ahora debía tener unos 43 años. Probablemente vivía en algún lugar del mundo intentando escapar del apellido Escobar, intentando ser alguien diferente de su padre. ¿Se acordaría de mí? ¿Recordaría a la niñera que intentó enseñarle sobre gentileza y compasión cuando todo a su alrededor era violencia? Nunca lo sabré. Y probablemente es mejor así.
Reabrir ese pasado sería peligroso para ambos. En 2020, a mis 65 años, llegué a una aceptación melancólica. No hay redención en mi historia, no hay justicia. No hay final feliz, pero hay memoria. Y mientras yo viva, los que murieron no serán completamente olvidados. No soy solo una sobreviviente. Soy testigo. Testigo de un tiempo terrible, de un hombre terrible, de muertes injustas.
Y eso tiene que ser suficiente. El miedo sigue ahí, los pesadelos siguen viniendo, la paranoia sigue siendo mi compañera constante, pero hay cierta paz en aceptar que mi vida nunca será normal, que tal vez ese es el precio que pagué por haber sobrevivido cuando otros no lo hicieron.
En 2021, a los 66 años, decidí hacer un último cambio. Me mudé a una ciudad todavía más pequeña en el interior de Colombia, un pueblo donde absolutamente nadie me conocía y nadie hacía preguntas sobre el pasado de nadie. Alquilé una casita con jardín pequeño, planté flores, hierbas aromáticas, tomates. Me jubilé definitivamente.
Vivía de ahorros modestos acumulados durante años y de una pensión mínima del gobierno. Era suficiente para una vida simple. Mi rutina se volvió extremadamente predecible. Me levantaba con el sol, cuidaba el jardín, iba a la biblioteca del pueblo a pedir libros prestados, caminaba por las calles tranquilas, cocinaba comidas sencillas.
Y por las noches, antes de dormir, hacía siempre lo mismo de siempre. Verificaba todas las puertas, todas las ventanas, todas las cerraduras. Los pesadelos continuaban, aunque con menos intensidad que antes. Ya no me despertaba gritando todas las noches, pero todavía ocasionalmente me despertaba sudando frío, escuchando el eco de la voz de Lina gritando mi nombre. Todavía miraba por encima del hombro cuando caminaba por la calle.
Todavía analizaba rostros buscando amenazas. Desarrollé un ritual que me ayudaba a dormir. Todas las noches, antes de acostarme, cerraba los ojos y visualizaba los rostros de las personas que habían muerto. Repetía sus nombres en voz baja como una oración. Lina Calderón, Carlos Mendoza, Tomás Ramírez, Julián Pérez, Marcela Mejía, Teresa Ramírez. Era mi forma de mantenerlos vivos, de no dejarlos morir completamente en el olvido.
En 2023, una vecina anciana me invitó a tomar café en su casa. Dudé mucho antes de aceptar, pero finalmente fui por educación. Ella hizo preguntas amables sobre mi vida. Respondí con baguedades. Había trabajado con niños cuando joven. Nunca me casé. Mi familia ya había fallecido toda. Viví fuera del país algunos años.
La vecina me miró con ojos penetrantes y me dijo algo que me sorprendió. Usted carga un peso muy grande, doña Lucía. Se le ve en los ojos. Es como si hubiera visto cosas que nadie debería ver. Sonreí con tristeza y le dije que tal vez todos los viejos cargamos nuestros pesos. Ella asintió, pero no pareció convencida. Después de ese encuentro, no volví a aceptar invitaciones.
Me di cuenta de que simplemente no sabía cómo conectarme con gente normal. Mi vida había sido tan diferente, tan marcada por el trauma, que no podía participar en conversas cotidianas sin sentir un abismo entre yo y los demás. En 2024, cumplí 69 años sola en mi casa. Hice un pequeño ponque para mí misma. Encendí una vela.
Pero no pedí ningún deseo, solo observé la llama por unos minutos pensando en todo el tiempo que había pasado. 40 años desde que entré a la hacienda Nápoles. 40 años desde que mi vida se partió en dos. Ese día abrí la caja de metal donde guardaba la foto que decía Nunca olvidamos y el certificado de defunción de Lina. Las miré largo rato. Ya no sentía el terror paralizante de años atrás.
Ahora solo sentía un cansancio profundo y una tristeza que nunca terminaría. Pensé, ustedes nunca olvidaron. Yo tampoco olvidé, pero ya estoy demasiado vieja para vivir solo con miedo. Hoy en 2025 tengo 70 años. Mis cabellos están completamente grises y ondulados. Mi cuerpo está más delgado.
Las arrugas alrededor de mis ojos son profundas, marcas de décadas de insomnio y vigilancia constante. Esta tarde estoy sentada en la varanda de mi casa observando la calle. Es un día tranquilo. Algunas niñas juegan en la acera. Una madre joven pasa empujando un coche de bebé. Una pareja de ancianos camina tomada de la mano. Vida normal sucediendo frente a mí. Pienso en la joven de 29 años que fui en 1984. Esa Lucía estaba llena de esperanza.
Creía que podía hacer diferencia en la vida de los niños. Aceptó un trabajo que parecía la solución a todos sus problemas. No tenía idea del infierno que la esperaba. Pienso en el precio que pagué por sobrevivir. Sí, viví. Pero fueron décadas escondida, sin conexiones reales, sin paz verdadera, sin familia.
Sobreviví, pero no viví plenamente. Solo existí en modo de supervivencia perpetua. Pienso en cada persona que perdí. Lina gritando mi nombre mientras yo corría. Carlos ejecutado por haber mostrado compasión. Tomás muriendo en un accidente que no fue accidente. Julián desaparecido por hacer preguntas.
Marcela, a quien nunca conocí, pero que sufrió lo mismo que yo casi sufrí. Mi mamá muriendo creyendo que la había abandonado. Pienso en Pablo Escobar, muerto hace más de 30 años. Está muerto, pero de cierta forma todavía me mata un poco cada día. Sus fantasmas nunca desaparecieron completamente.
Cuando el sol empieza a bajar, entro a la casa, saco la caja de metal, abro, miro la foto y el certificado una vez más, luego los guardo de nuevo. Hago esto no para olvidar, sino para recordar, para honrar, para dar testimonio. Preparo un té, me siento a la mesa de la cocina y miro por la ventana las sombras de la tarde.
Pablo Escobar está muerto, pero el trauma que causó vive dentro de mí. Escapé físicamente de aquella hacienda hace 40 años, pero una parte de mí se quedó allá en ese cuarto, en esa madrugada de agosto. Estoy viva, pero no completa, nunca más completa. Cuando llega la noche, hago lo de siempre. Enciendo las luces, preparo la cena y, antes de dormir, tranco todas las puertas y ventanas.
Es un ritual de 40 años, un ritual que repetiré hasta mi último día. Voy al cuarto, me acuesto, cierro los ojos y recito los nombres en voz baja. Lina Calderón, Carlos Mendoza, Tomás Ramírez, Julián Pérez, Marcela Mejía, Teresa Ramírez. Luego duermo sabiendo que los pesadillas vendrán, pero que despertaré mañana. Como siempre, desperté. Como siempre, despertaré.
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