Abuela ordena el cuarto de su nieto fallecido y halla una cámara con grabaciones terroríficas – 

 

 

En junio de 1990, Elena Ramírez finalmente encontró el valor para entrar en la habitación de su nieto Lucas, muerto 3 meses antes en un accidente de coche. Mientras organizaba sus pertenencias, descubrió una cámara de vídeo BHS escondida en el fondo del armario junto con seis cintas grabadas. Cuando empezó a verlas, su sangre se heló.

 Las grabaciones mostraban a Lucas explorando una casa abandonada en las afueras del pueblo, documentando algo que él creía paranormal. Sombras inexplicables, objetos moviéndose solos, sonidos aterradores. Pero lo más perturbador llegó en la última cinta. La cámara temblaba violentamente mientras Lucas corría por una carretera oscura, respirando con pánico, mirando constantemente hacia atrás.

 “Me está persiguiendo”, susurraba aterrorizado. “Dios mío, me va a matar.” Segundos después, el sonido de un impacto brutal y la pantalla se volvía negra. El accidente que todos creyeron normal no era accidente y lo que Lucas había descubierto en aquella casa abandonada era mucho peor que cualquier fantasma. La habitación de Lucas había permanecido cerrada durante tres meses.

 Elena Ramírez pasaba frente a la puerta cada día, pero no podía abrirla. El dolor era demasiado intenso. Su nieto, el muchacho, que había criado desde los 8 años después de que sus padres murieran en un incendio, se había ido para siempre. Era un martes por la tarde de junio cuando finalmente giró el pomo. La habitación olía a cerrado, a tiempo detenido.

 Todo estaba exactamente como Lucas lo había dejado aquella mañana de marzo. Libros de cine sobre el escritorio, pósters de directores famosos en las paredes, La Cama sin hacer. Elena se sentó en la cama y lloró durante casi una hora antes de comenzar a organizar. empezó con la ropa, doblándola cuidadosamente, recordando cada prenda, la camisa azul que usó en su último cumpleaños, los vaqueros desgastados que tanto le gustaban.

Cuando abrió el armario, encontró cajas de zapatos apiladas en el estante superior. Las bajó una por una. La mayoría contenía fotografías y recuerdos de la infancia. Pero la última caja era más pesada. Cuando la abrió, su corazón se detuvo. Dentro había una cámara de vídeo, una de esas portátiles VHS que acababan de salir al mercado y costaban una fortuna.

 Elena sabía que Lucas había estado ahorrando para comprar una, pero no sabía que lo había conseguido. Junto a la cámara había seis cintas de vídeo, cada una etiquetada con fechas. Enero 15, enero 29, febrero 12, febrero 26, marzo 5, marzo 12. La última fecha era tres días antes del accidente. Elena llevó la cámara y las cintas a la sala de estar.

 Su vecina, Carmen, le había prestado un reproductor de BHS el mes anterior para ver viejas películas familiares. Con manos temblorosas, conectó todo y puso la primera cinta. La imagen parpadeó y apareció el rostro sonriente de Lucas filmándose a sí mismo. 15 de enero de 1990. Finalmente conseguí la cámara. He estado ahorrando durante un año entero.

 Su voz sonaba emocionada, juvenil. Elena sintió que su corazón se rompía de nuevo al escucharlo. Voy a hacer un documental, continuaba Lucas. Hay una casa abandonada en las afueras, la vieja casa de los morales. Todo el mundo en el pueblo dice que está embrujada. Dicen que se escuchan ruidos extraños por la noche, que se ven luces.

 Quiero documentar todo. Quiero probar si es real o solo son historias. La imagen cambió. Ahora Lucas caminaba por un camino de tierra, la cámara enfocando una casa vieja y deteriorada al final del sendero. Era de dos plantas, con las ventanas rotas y la pintura descascarada. El jardín estaba completamente invadido por la maleza.

Esta es la casa de Antonio Morales”, explicaba Lucas en voz baja. Su esposa Carmen Morales desapareció en 1975. Él dice que lo abandonó, pero nunca se encontró rastro de ella. Antonio se mudó poco después y la casa quedó vacía. Nadie quiere comprarla. La gente del pueblo tiene miedo. Lucas se acercaba lentamente a la casa, la cámara capturando cada detalle.

 Empujó la puerta principal que se abrió con un chirrido que hizo que Elena se estremeciera en su sofá. El interior estaba en ruinas, muebles cubiertos de polvo, papel pintado desprendiéndose de las paredes, basura y hojas secas por todas partes. Lucas exploraba habitación por habitación narrando lo que veía. La sala de estar, todo está aquí, como si alguien simplemente se levantara y se fuera un día.

 Su voz resonaba en el espacio vacío. Voy a subir al segundo piso. Las escaleras crujían bajo sus pies. En el piso superior había tres habitaciones. La primera claramente había sido un dormitorio. La cama todavía estaba allí. El colchón mooso y roto. De repente, Lucas se detuvo. La cámara enfocó una de las paredes. Había arañazos profundos en el yeso, como si alguien hubiera intentado acabar con las uñas.

 “¿Qué demonios?”, murmuró Lucas acercándose. La cámara mostró los arañazos endetalle. Eran numerosos, desesperados. descendiendo desde aproximadamente la altura del hombro hasta el suelo. Un sonido fuerte se escuchó abajo. Lucas giró bruscamente, la imagen volviéndose borrosa por el movimiento. “Hola! Llamó su voz ahora menos segura.

 ¿Hay alguien ahí? Silencio. Luego otro ruido como algo siendo arrastrado. Lucas descendió las escaleras rápidamente, la cámara temblando. Revisó todas las habitaciones de abajo, pero no había nadie. Probablemente solo fue un animal”, se dijo a sí mismo, aunque su voz delataba nerviosismo. “Volveré en dos semanas. Quiero instalar la cámara en un trípode y dejarla grabando toda la noche.

” La cinta terminó con Lucas saliendo de la casa, mirando hacia atrás una última vez antes de alejarse. Elena pausó la reproducción, su mente procesando lo que acababa de ver. Lucas había estado explorando una casa abandonada, filmándolo todo, porque no le había dicho nada. Con el corazón acelerado alcanzó la segunda cinta.

 La segunda cinta comenzaba con Lucas instalando la cámara en un trípode en la sala de estar de la casa abandonada. La fecha en la pantalla mostraba 29 de enero. Son las 8 de la noche, decía Lucas a la cámara. Voy a dejar la cámara grabando durante 4 horas. Tengo cuatro baterías, así que debería ser suficiente.

 Me voy a quedar aquí en esa esquina observando. La imagen mostraba a Lucas retrocediendo y sentándose contra una pared, una linterna en la mano. La casa estaba sumida en penumbra, solo iluminada por la luz de la linterna. Durante los primeros 30 minutos no pasó nada. Lucas permanecía quieto, ocasionalmente moviendo la linterna para revisar las sombras.

 Elena avanzó rápidamente la cinta, viendo a su nieto sentado en esa casa oscura y decadente. Entonces, en la marca de la hora, algo sucedió, un ruido claro y definido, como pasos en el piso superior. Lucas se puso de pie inmediatamente, la linterna apuntando hacia el techo. “Oyen eso”, susurró hacia la cámara. Los pasos continuaron lentos y deliberados, moviéndose de un lado a otro en la habitación de arriba.

Lucas caminó hacia las escaleras, la linterna iluminando el camino. “Voy a subir”, dijo su voz temblorosa. “No, no lo hagas”, murmuró Elena para sí misma en el sofá, aunque sabía que era inútil. Lucas subió las escaleras lentamente, los pasos se habían detenido, llegó al segundo piso y revisó cada habitación con la linterna. “Todas estaban vacías.

No hay nadie aquí”, dijo confundido. “Pero yo escuché de repente un estruendo tremendo desde abajo. Lucas bajó corriendo las escaleras. Cuando llegó a la sala de estar, se detuvo en seco. La cámara del trípode había capturado todo. La mesa que había estado contra la pared ahora estaba en el centro de la habitación.

 Lucas se acercó lentamente a la cámara del trípode, su linterna iluminando la mesa desplazada. “Esto, esto no es posible”, murmuró. Esta mesa pesa demasiado. No pudo moverse sola. Revisó la grabación en la pequeña pantalla de la cámara rebobinando. Elena, viendo esto en su televisor también observó atentamente. La grabación mostraba la habitación vacía durante varios minutos.

 Luego, sin ninguna explicación visible, la mesa comenzó a deslizarse por el suelo lenta pero deliberadamente hasta quedar en el centro. “Dios mío”, susurró Lucas. “Lo capturé. Realmente lo capturé.” Pasó la siguiente hora revisando cada rincón de la casa con renovada energía, buscando cables, cuerdas, cualquier explicación racional. No encontró nada.

 Finalmente, alrededor de la medianoche, decidió irse. “Esto es real”, dijo a la cámara antes de apagarla. “Algo está pasando en esta casa, algo que no puedo explicar, pero voy a averiguarlo.” La cinta terminó. Elena se quedó mirando la pantalla en negro, su respiración agitada. Parte de ella quería detenerse, no ver más, pero necesitaba entender qué le había pasado a su nieto. Puso la tercera cinta.

 La fecha mostraba 12 de febrero. Esta vez Lucas había traído más equipo. Múltiples linternas dispuestas por la habitación, la cámara en el trípode y otra cámara portátil que llevaba consigo. “Tercera visita”, decía la cámara. Esta vez voy a explorar el sótano. En mi investigación en la biblioteca descubrí que esta casa tiene un sótano grande.

 Debe haber una entrada en alguna parte. Pasó casi una hora buscando hasta que encontró una puerta escondida detrás de una estantería derruida en la cocina. La abrió con esfuerzo, revelando escaleras descendentes hacia la oscuridad total. “Aquí voy”, dijo, comenzando a bajar. El aire era denso y húmedo. Las paredes de piedra goteaban agua.

 Al fondo de las escaleras había una habitación grande con techo bajo. La linterna de Lucas iluminó el espacio. Estaba casi vacío, excepto por algunas cajas viejas apiladas en una esquina. Y Lucas se acercó enfocando la cámara. En el suelo de tierra había un área donde claramente alguien había acabado y luego vuelto arellenar.

 La tierra era más oscura, más suelta que el resto. “Esto es raro”, murmuró Lucas. Se arrodilló tocando la tierra con la mano. “Alguien cabó aquí, pero ¿pero cuándo? ¿Y por qué? Un sonido resonó detrás de él. Lucas giró rápidamente la cámara capturando solo oscuridad más allá del alcance de la linterna. Hola. Nada. Pero Lucas ya no parecía convencido de que estuviera solo.

 Se levantó lentamente y comenzó a retroceder hacia las escaleras. Creo que es suficiente por hoy. Mientras subía, se escuchó claramente un susurro. La cámara no captó las palabras, pero el tono era inconfundible. Una voz, una voz humana. Lucas corrió el resto del camino subiendo las escaleras a toda velocidad, atravesando la casa y saliendo por la puerta principal sin mirar atrás.

 La cinta terminó con él jadeando en su coche, la cámara todavía grabando su rostro pálido. “Hay alguien en esa casa”, dijo entre respiraciones. “No es un fantasma. Hay alguien vivo ahí abajo.” Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su nieto había estado en peligro y ella nunca lo supo. Elena no podía dormir esa noche.

 Las imágenes de las cintas se repetían en su mente. A la mañana siguiente temprano, puso la cuarta cinta. La fecha mostraba 26 de febrero. Lucas ya no parecía el muchacho emocionado de la primera grabación. Su rostro estaba más delgado, con ojeras pronunciadas. Estaba en su habitación hablando directamente a la cámara.

 He estado investigando decía. Fui a la biblioteca municipal y revisé periódicos viejos. Carmen Morales desapareció el 14 de marzo de 1975, hace 15 años. Su esposo, Antonio Morales, dijo que ella lo había abandonado, que se había ido con otro hombre. Pero Carmen no se llevó nada. Su ropa, sus joyas, todo quedó en la casa y nunca más se supo de ella.

 Lucas sostenía recortes de periódico frente a la cámara. Elena pudo ver los titulares. Mujer desaparece misteriosamente y esposo niega a conocer Paradero. La policía lo investigó, pero no encontraron pruebas de nada malo. Sin cuerpo, sin evidencia, el caso se cerró. Antonio vendió la mayoría de los muebles y se mudó a otra ciudad, pero nunca vendió la casa.

 Lucas hizo una pausa significativa. ¿Por qué no vendería la casa? A menos que a menos que hubiera algo ahí que no quisiera que nadie encontrara. La escena cambió. Ahora Lucas estaba de vuelta en la casa, pero esta vez durante el día. La luz del sol entraba por las ventanas rotas, haciendo que el lugar pareciera menos siniestro, pero igual de desolado.

 “Voy a buscar evidencias”, decía. “Si Carmen está enterrada en ese sótano, si Antonio la mató, necesito encontrar pruebas.” Pasó horas buscando, revisó cada habitación metódicamente, abriendo cajones, mirando detrás de muebles, revisando grietas en las paredes. En el dormitorio principal levantó el colchón podrido y encontró algo.

 Una caja de metal oxidada con manos temblorosas la abrió. Dentro había fotografías, fotos de una pareja joven sonriendo, Antonio y Carmen Morales en tiempos más felices. Pero había algo más, un diario pequeño con la cubierta de cuero deteriorada. Lucas abrió el diario y comenzó a leer en voz alta para la cámara. 15 de enero de 1975. Antonio llegó borracho otra vez.

 Me empujó contra la pared. Tengo un moretón en el brazo. No sé cuánto más puedo soportar esto. Pasó varias páginas. 20 de febrero de 1975. Le dije que quería el divorcio. Se puso furioso, rompió todos los platos, dijo que antes me vería muerta que dejarme ir. La última entrada era del 13 de marzo de 1975. Mañana me voy.

 Mi hermana en Madrid me envió dinero para el billete de autobús. Voy a esperar a que Antonio se vaya a trabajar y entonces me iré. Por fin voy a ser libre. Pero nunca hubo una entrada del 14 de marzo. Ese era el día que Carmen desapareció. Lucas cerró el diario, su expresión sombría. Antonio la mató. Sé que lo hizo. Ella iba a dejarlo y él la mató.

 Y está enterrada en ese sótano. Bajó al sótano de nuevo, esta vez con determinación, se arrodilló junto al área de tierra removida y comenzó a acabar con sus manos. Cabó durante lo que parecieron horas hasta que su mano tocó algo. Tela, tela vieja y podrida. Se detuvo inmediatamente retrocediendo. Dios mío, está aquí. Ella está aquí.

 Se puso de pie rápidamente, limpiándose las manos temblorosas en los pantalones. Tengo que ir a la policía. Tengo el diario. Tengo esta evidencia. Finalmente van a un ruido arriba. Pasos, pasos pesados, deliberados. Alguien acababa de entrar en la casa. La voz de Lucas era apenas un susurro.

 ¿Hay alguien aquí? Los pasos se movían por el piso superior. Luego comenzaron a bajar las escaleras hacia el sótano. Lucas apagó su linterna y se escondió detrás de las cajas apiladas. La cámara todavía grabando, pero solo capturando oscuridad. Una luz apareció en las escaleras. Alguien con una linterna estaba bajando. Lucas conto larespiración.

 Elena, mirando la pantalla también contuvo la suya. La figura llegó al fondo de las escaleras. Era un hombre mayor, corpulento, con el cabello gris. Iluminó el sótano con su linterna, deteniéndose en el área donde Lucas había estado cabando. “Lo sabía”, dijo el hombre en voz alta. “Sabía que alguien estaba viniendo aquí.” Lucas permaneció completamente inmóvil detrás de las cajas.

 El hombre caminó directamente hacia el área excavada, examinándola. “Maldito entrometido”, gruñó. Entonces, para horror de Elena, el hombre comenzó a caminar directamente hacia donde Lucas estaba escondido. “Sé que estás aquí, dijo. Vi tu coche afuera. Sal ahora.” Lucas no se movió. El hombre estaba cada vez más cerca. Elena quería gritar, advertir a su nieto, aunque sabía que era inútil.

Justo cuando el hombre estaba a punto de rodear las cajas, Lucas salió corriendo empujándolo. El hombre cayó con un grito de sorpresa. Lucas corrió hacia las escaleras, subió a toda velocidad, atravesó la casa y salió. La cámara capturó todo en imágenes borrosas y caóticas. Llegó a su coche, arrancó y se alejó a toda velocidad.

 La cinta terminó con Lucas conduciendo, mirando constantemente por el espejo retrovisor, jadeando. Me vio. Antonio me vio. Sabe que sé. Elena estaba temblando cuando terminó la cuarta cinta. Su nieto había estado en peligro mortal y nunca se lo había dicho. ¿Por qué? ¿Por qué no había acudido a ella? ¿Por qué no había ido directamente a la policía? Con manos temblorosas alcanzó la quinta cinta.

 La fecha mostraba 5 de marzo, una semana antes del accidente de Lucas. La grabación comenzaba con Lucas en su habitación susurrando, “No puedo ir a la policía todavía.” No sin más pruebas. El diario está escrito por Carmen, pero no prueba que Antonio la mató. Necesito necesito una confesión. Necesito que él admita lo que hizo.

 Lucas hizo una pausa pasándose las manos por el rostro exhausto. Sé que me está vigilando. He visto su coche pasando por la casa. Creo que sabe quién soy. Este es un pueblo pequeño. No es difícil averiguarlo. La escena cambió. Ahora Lucas estaba en algún lugar al aire libre, escondido entre árboles, filmando hacia la casa abandonada.

 Un coche estaba estacionado frente a ella. Un hombre salía, el mismo hombre del sótano, Antonio Morales. Lucas susurraba el comentario. Viene cada dos días. Creo que está comprobando si alguien más ha estado aquí. Hoy voy a seguirlo. Ver dónde vive ahora. La cámara seguía a Antonio mientras subía a su coche y se alejaba. Lucas corrió hacia su propio vehículo y comenzó a seguirlo, manteniendo una distancia prudente.

 Antonio conducía hacia el centro del pueblo, finalmente deteniéndose frente a un pequeño apartamento encima de una ferretería. “Aí que aquí es donde vive ahora”, murmuraba Lucas, a solo 3 km de donde enterró a su esposa. Durante los días siguientes, las grabaciones mostraban a Lucas vigilando a Antonio. Lo filmaba yendo a trabajar, comprando comestibles, sentándose en un bar local.

 toda la rutina normal de un hombre que según Lucas era un asesino. Luego, el 10 de marzo, Lucas tuvo una idea. Voy a confrontarlo, decía la cámara. Voy a decirle que sé lo que hizo. Voy a grabar su reacción. Si confiesa, aunque sea implícitamente, tendré algo para llevar a la policía. Elena sintió que su corazón se hundía.

No, Lucas no susurró a la pantalla. La grabación mostraba a Lucas acercándose al Antonio fuera del bar. Señor Morales llamaba Antonio se volvió y su rostro se endureció inmediatamente al reconocer a Lucas. Tú, gruñó el chico que estaba en mi casa, su vieja casa, corrigió Lucas, la cámara escondida en su chaqueta, pero grabando audio, la casa donde mató a su esposa.

 El rostro de Antonio se puso rojo. No sé de qué estás hablando. Encontré su diario. Sé que ella iba a dejarlo. Sé que usted la mató la noche antes de que pudiera irse y sé dónde está enterrada. Antonio dio un paso hacia Lucas, sus manos cerrándose en puños. Eres un niño estúpido metiéndose en cosas que no comprende. Es una amenaza. Es un consejo. Aléjate de esa casa.

Aléjate de mí o vas a lamentar el día en que decidiste jugar al detective. Lucas retrocedió claramente asustado, pero intentando mantener la compostura. Ya fui a la policía mintió. Les di el diario. Van a obtener una orden para excavar en su sótano. La expresión de Antonio cambió. Por un momento mostró miedo genuino, luego se endureció de nuevo. Maldito mentiroso.

 Si hubiera sido a la policía, ya estarían aquí. Lucas se dio la vuelta y comenzó a alejarse rápidamente. Antonio gritó detrás de él. Estás muerto, chico. ¿Me oyes? Muerto. La grabación terminaba con Lucas corriendo hacia su coche, arrancando y alejándose. Su respiración era errática, pánico evidente en su voz cuando hablaba a la cámara.

 Cometí un error, un gran error. Voy a tener que ira la policía ahora. Mañana por la mañana. No puedo esperar más. Pero había una cinta más. La sexta, la última. Elena la tomó con manos que ya no podían dejar de temblar. La sexta cinta estaba etiquetada con la fecha 12 de marzo, dos días después de la confrontación con Antonio.

 Un día antes del accidente, la grabación comenzaba con Lucas en su coche conduciendo. Era de noche, la carretera iluminada solo por los faros del vehículo. Estoy yendo a casa de Diego decía Lucas refiriéndose a su mejor amigo. Voy a darle todas las cintas, el diario, todo. Si algo me pasa, él sabrá qué hacer. condujo durante varios minutos en silencio, revisando constantemente el espejo retrovisor.

Entonces, su expresión cambió. Hay un coche detrás de mí. Ha estado ahí durante kilómetros. El coche detrás de él se acercó más, sus luces altas encendiéndose, cegando temporalmente a Lucas. “¿Qué demonios?”, murmuró acelerando. El coche detrás también aceleró manteniéndose cerca, demasiado cerca.

 Lucas comenzó a conducir más rápido, su respiración acelerándose. Me está siguiendo, Antonio. Me está siguiendo. La carretera era estrecha y sinosa, bordeada por árboles densos. Lucas tomó una curva demasiado rápido, el coche derrapando ligeramente. “Voy a llamar a la policía”, dijo, alcanzando su teléfono móvil. Pero en 1990 los móviles eran grandes y poco prácticos.

Luchó por marcarlo mientras conducía. El coche detrás lo golpeó. Un impacto fuerte que hizo que Lucas perdiera el control momentáneamente. La cámara cayó al asiento del pasajero, capturando solo ángulos extraños mientras Lucas gritaba y luchaba con el volante. “Hijo de me va a matar.

” Lucas logró recuperar el control, acelerando aún más. El velocímetro marcaba 120 130 km porh en una carretera diseñada para 70. El coche lo golpeó de nuevo. Más fuerte esta vez. Lucas gritó. La cámara capturó destellos de árboles pasando a velocidad vertiginosa, el interior del coche sacudiéndose violentamente. “Dios mío, Dios mío, Dios mío”, repetía Lucas como una oración.

 Tomó otra curva y de repente hubo luces frente a él, otro coche viniendo en dirección contraria. Lucas giró el volante bruscamente para evitarlo. El coche se salió de la carretera, chocó contra un árbol con un estruendo metálico horrible. El sonido del impacto era ensordecedor. La cámara salió volando golpeando algo, pero milagrosamente siguió grabando, aunque desde un ángulo extraño en el suelo del coche. Silencio.

Solo el silvido del vapor escapando del motor destrozado. Entonces, gemidos. Lucas estaba vivo, al menos por el momento. Ayuda, susurraba. Necesito ayuda. Se escucharon pasos acercándose, pasos crujiendo sobre cristales rotos y metal retorcido. Alguien abrió la puerta del conductor. La cámara captó solo sombras, pero la voz era inconfundible.

 Antonio Morales, debiste haber escuchado mi advertencia, chico. Por favor, gimió Lucas. Necesito un médico, por favor. Debiste haberte alejado, pero no tenías que seguir cabando. Tenías que encontrarla. Una pausa. Ahora mira lo que has hecho. Qué tragedia. Un joven conduciendo demasiado rápido perdió el control. Terrible accidente. No, por favor.

 Nadie va a saber la verdad. Tu abuela pensará que fue solo un accidente estúpido. Otra vida joven desperdiciada. Qué lástima. Se escucharon más pasos alejándose, el sonido de un coche arrancando alejándose. Luego silencio otra vez. La cámara seguía grabando el interior destrozado del coche, el sonido de la respiración laboriosa de Lucas haciéndose más y más débil.

 “Abuela”, susurró Lucas tan bajo que Elena apenas pudo escucharlo. “Lo siento, debí haberte dicho.” Su voz se quebró. Te quiero. Entonces, silencio. Nada más que silencio. La cámara siguió grabando durante otros 20 minutos hasta que la batería murió, capturando solo la quietud de la noche y las luces distantes de sirenas acercándose demasiado tarde.

 Elena estaba llorando incontrolablemente, el control remoto cayendo de su mano. Su nieto no había muerto en un accidente, había sido asesinado y ella tenía la prueba. A la mañana siguiente, Elena fue directamente a la comisaría de policía con todas las cintas. El inspector García, el mismo que había investigado el accidente de Lucas, la recibió en su oficina.

 Señora Ramírez comenzó con tono comprensivo. Entiendo que esto es difícil, pero el accidente de su nieto fue no fue un accidente, interrumpió Elena colocando las cintas sobre su escritorio. Y puedo probarlo. Durante las siguientes tres horas, García vio las cintas. Elena observó su rostro pasar de escéptico a sorprendido, luego ahorrorizado y finalmente a determinado.

 Cuando terminó la última cinta, se quedó sentado en silencio durante un largo momento. “Dios santo,” murmuró finalmente, “Todo este tiempo. Antonio Morales mató a su esposa en 1975 y la enterró en el sótano,”, dijo Elena, su voz firme a pesar de las lágrimas. Ycuando Lucas descubrió la verdad, lo mató a él también. García tomó el teléfono inmediatamente.

Necesito una orden de arresto para Antonio Morales y una orden de registro para la propiedad en calle de los Olivos 45. Es urgente. En cuestión de horas, un equipo forense estaba excavando en el sótano de la vieja casa de los Morales. No tomó mucho tiempo. A un metro de profundidad encontraron restos humanos envueltos en una manta vieja.

Análisis preliminares confirmaron que los restos eran de una mujer enterrada aproximadamente 15 años atrás. Antonio Morales fue arrestado esa misma tarde mientras intentaba huir del pueblo. En su coche, la policía encontró ropa manchada de sangre que coincidía con el tipo de sangre de Lucas y pintura del coche de Lucas en su parachoques trasero.

 Durante el interrogatorio, Antonio finalmente se derrumbó. Ella me iba a dejar, confesó. Después de todo lo que hice por ella, me iba a abandonar. No podía permitirlo. No podía dejarla irse. Sobre Lucas mostró menos remordimiento. El chico no dejaba de meterse donde no lo llamaban. Lo advertí. Le dije que se alejara, pero no escuchó.

 Así que hice lo que tenía que hacer. Fue en defensa propia. En cierto modo. Él me estaba acusando de asesinato. Porque usted cometió asesinato. Señaló García fríamente. Eso fue hace 15 años. Ya había prescrito. Podría haber vivido el resto de mi vida en paz, pero ese maldito chico con su cámara. Antonio sacudió la cabeza. Arruinó todo. El juicio fue rápido.

 La evidencia de las cintas era abrumadora. Antonio Morales fue condenado por dos cargos de asesinato en primer grado y sentenciado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. La hermana de Carmen, María, viajó desde Madrid para el funeral de su hermana, finalmente celebrado 15 años después de su muerte.

 Se reunió con Elena y las dos mujeres se abrazaron compartiendo su dolor. Gracias, le dijo María a Maena, “Gracias por no dejar que la verdad muriera con su nieto. Carmen finalmente puede descansar en paz.” Y Lucas, Lucas era un muchacho muy valiente. Era tonto, dijo Elena con una sonrisa triste, imprudente y tonto. Pero sí, también era valiente, quería justicia, quería la verdad.

Varios meses después, Elena organizó una proyección especial de las cintas de Lucas en el centro cultural del pueblo. No las completas, editó las partes más perturbadoras, pero suficiente para contar la historia. Docenas de personas asistieron, incluyendo periodistas y estudiantes de la universidad donde Lucas había planeado estudiar cine.

 “Mi nieto quería ser cineasta”, dijo Elena a la audiencia antes de la proyección. “Quería contar historias verdaderas, importantes, y en cierto modo lo logró. Esta es su última película, su documental sobre la búsqueda de justicia. Le costó la vida, pero expuso la verdad. Y eso es lo que los buenos periodistas, los buenos cineastas hacen.

 Las cintas eventualmente fueron donadas a un archivo de historia local, preservadas como evidencia tanto del crimen de Antonio Morales como del coraje de Lucas Ramírez. La vieja casa de los Morales fue demolida y en su lugar se construyó un pequeño parque. Una placa conmemorativa menciona a Carmen Morales y a Lucas Ramírez, víctimas de la violencia, pero no olvidadas.

 Elena vivió otros 12 años muriendo pacíficamente en 2002 a los 80 años. En su testamento dejó instrucciones específicas. Ser enterrada junto a Lucas y que en su lápida se grabaran las palabras, buscó la verdad, la encontró, la pagó con su vida, pero la verdad sobrevivió. La historia de Lucas Ramírez se convirtió en leyenda local, un recordatorio de que la justicia, aunque retrasada, eventualmente prevalece y que el coraje de una persona puede cambiar todo.

 La historia de Lucas Ramírez nos enseña verdades dolorosas, pero necesarias sobre la búsqueda de justicia y el precio del coraje. Lucas era joven, apasionado y, en retrospectiva, imprudente. Tomó riesgos que no debería haber tomado. Confrontó a un hombre peligroso sin protección adecuada. no acudió a las autoridades cuando debería haberlo hecho.

 Pero su historia también nos enseña algo profundo sobre la importancia de documentar la verdad. Sin sus grabaciones, Antonio Morales nunca habría sido llevado ante la justicia. Carmen Morales nunca habría recibido un entierro apropiado. La verdad habría permanecido enterrada literalmente para siempre.

 Esta historia nos recuerda que el mal prospera en el silencio y la oscuridad. Antonio Morales vivió libre durante 15 años porque nadie cuestionó su versión de los eventos. Carmen se fue. Fin de la historia. Pero Lucas se negó a aceptar esa narrativa. Se negó a dejar que un crimen quedara sin resolver. También es una lección sobre los peligros del trabajo investigativo.

La curiosidad de Lucas era admirable, pero su falta de precaución fue fatal. Si hubiera acudido a la policía inmediatamente con el diario de Carmen,si hubiera compartido sus descubrimientos con adultos de confianza, podría estar vivo hoy. La justicia aún se habría servido, pero él estaría aquí para verla.

 Para las familias que sufren pérdidas inexplicables, esta historia ofrece una lección diferente. Nunca dejen de buscar respuestas. Elena podría haber dejado la habitación de Lucas cerrada para siempre. Podría haberse negado a ver las cintas, pero su valor para enfrentar la verdad, por dolorosa que fuera, finalmente trajo justicia tanto para su nieto como para Carmen Morales.

Finalmente, esta historia nos recuerda que la verdad tiene poder duradero. Las grabaciones de Lucas sobrevivieron a su muerte, sus palabras, su evidencia, su trabajo continuaron luchando por la justicia, incluso cuando él ya no podía. La documentación, la preservación de hechos, el registro de la verdad.

 Estos actos tienen consecuencias que se extienden más allá de nuestras propias vidas. La valentía merece ser celebrada, pero también debe ser equilibrada con sabiduría. La búsqueda de justicia es noble, pero debe hacerse de manera segura y la verdad, una vez documentada es indestructible. Estas son las lecciones que Lucas Ramírez nos dejó, pagadas con el precio más alto posible.