Abuela y nieta desaparecen en un bosque de Navarra — hallan restos momificados tras 10 años 

 

Agosto de 2018. El equipo de espeleología avanza por el estrecho pasaje de Roca Caliza. 5 m bajo tierra en las montañas de Navarra. La humedad hace que cada respiración sea pesada. Javier Mendoza, líder del grupo 38 años, veterano de cientos de exploraciones, detiene al equipo con la mano levantada. Esperad, hay una abertura adelante, no está en ningún mapa.

 Su compañera Elena Ruiz enfoca su linterna frontal hacia donde señala Javier. Efectivamente, una fisura vertical en la pared rocosa, apenas suficiente para que pase una persona de lado. El GPS indica que están a 2 km de la entrada principal de las cuevas de Urdax, pero esta cavidad no figura en ningún registro. Entramos, pregunta Elena. Para eso estamos aquí.

Javier se introduce primero. El rose de la piedra contra su chaleco resuena en el silencio absoluto. 10 m después la fisura se abre a una cámara natural. Su luz revela un espacio circular de unos 15 m de diámetro, techo bajo a 3 m de altura, y entonces ve algo que hace que su corazón se detenga.

 Dos figuras sentadas contra la pared del fondo, inmóviles, momificadas por el aire seco y frío de la cueva. “Madre de Dios”, susurra. Elena emerge detrás de él y ahoga un grito. Javier activa su radio. Control. Aquí equipo tres. Tenemos una emergencia. Hemos encontrado restos humanos. Repito, restos humanos, necesitamos a la Guardia Civil inmediatamente.

 Los dos cuerpos están en posición sentada, espaldas contra la roca. Un hombre mayor o lo que fue un hombre, su piel oscurecida y contraída sobre los huesos. Viste lo que parece ser ropa de montaña deteriorada. A su lado una figura más pequeña, una mujer joven o quizás un adolescente. Sus manos momificadas están entrelazadas con las del hombre mayor.

 No se muevan por ahí, advierte Javier. Esto es una escena del crimen. ¿Cómo sabes que es un crimen? Podrían haberse perdido. Javier ilumina la entrada por donde acaban de pasar. Mira eso. La abertura por la que entraron está despejada ahora, pero a un lado hay un montón de rocas apiladas de forma deliberada. Alguien movió esas piedras y por las marcas en el suelo alguien las colocó bloqueando esta entrada desde el exterior. Dios santo.

Los encerraron aquí 10 años antes, julio de 2008. Martín Castillo ajusta la mochila de su nieta en sus hombros jóvenes. 68 años, jubilado de su trabajo como maestro de escuela, cabello completamente blanco, manos curtidas por años de trabajar su huerto. Su nieta Sofía tiene 16 años, cabello negro hasta los hombros, ojos marrones brillantes, sonrisa constante.

 Abuelo, no necesito que me ajustes la mochila, ya no tengo 5 años. Para mí siempre tendrás 5 años, cariño. Sofía Rie ha venido desde Brasil a pasar el verano con su abuelo en su pequeña aldea de Navarra. Su madre, Carolina, hija única de Martín, se casó con un brasileño hace 20 años y se mudó a San Paulo.

 Pero cada verano Sofia visita a su abuelo español. Este verano es especial porque el próximo año Sofía entrará a la universidad y quizás no tenga tiempo de venir. ¿Seguro que este sendero es fácil? Pregunta Sofía. Mamá me hizo prometer que no haríamos nada peligroso. Tu madre se preocupa demasiado. Es solo una caminata de 2 horas, sendero marcado, vuelta antes del almuerzo.

 He caminado este bosque toda mi vida. Salen de la casa de piedra a las 9 de la mañana. El sol de julio brilla sobre las colinas verdes de Navarra. La aldea de San Martín tiene apenas 200 habitantes, todos se conocen. Martín saluda a los vecinos mientras caminan hacia el inicio del sendero. Don Martín, cuide bien a su nieta, dice la panadera desde su puerta.

Siempre dolores, siempre. El sendero comienza entre robles centenarios. Sofía fotografía todo con su pequeña cámara digital, los rayos de sol filtrándose entre las hojas. Un ciervo que cruza a lo lejos. El rostro arrugado, pero sonriente de su abuelo. Esto es tan diferente de San Paulo, dice ella, allá todo es concreto y ruido.

Aquí puedes escuchar el viento. Por eso tu madre extraña este lugar, aunque no lo admita. Caminan durante 40 minutos. El sendero sube suavemente por la colina. A medio camino encuentran a un hombre sentado en una roca. 50 años aproximadamente, vestido con ropa de pastor, un callado apoyado a su lado. Su rostro es anguloso, ojos oscuros que observan con intensidad incómoda.

 Buenos días, Rodrigo. Saluda Martín con tono neutral. Don Martín, y esta debe ser la nieta de Brasil. Sofía, saluda al señor Serrano. Sofía levanta la mano con timidez. Algo en la forma en que este hombre la mira la pone nerviosa. Se parece mucho a su madre, dice Rodrigo lentamente. Carolina era hermosa también. Martín tensa la mandíbula.

 Bueno, nosotros seguimos. Buen día. Intentan pasar, pero Rodrigo se levanta bloqueando el sendero. Hay un atajo más interesante por allá. Una cueva que pocos conocen. Tiene pinturas rupestres antiguas. Seguro a la joven le gustaría verlas. Conocemos las cuevas turísticas.Gracias. No, no. Esta es diferente, especial.

 Insisto, es el mejor lugar del bosque. Martín toma la mano de Sofía. No, gracias. Preferimos el sendero marcado. Intentan rodear a Rodrigo, pero él saca algo de su bolsillo, un spray pequeño. Antes de que Martín pueda reaccionar, Rodrigo rocía directamente en sus caras un olor dulce y químico. Sofía intenta gritar, pero su voz no sale. Las piernas de Martín fallan.

 Ve a su nieta caer. Luego todo se vuelve negro. Cuando Martín recupera la conciencia, está completamente oscuro. No puede ver nada. Sus manos están atadas a la espalda, siente piedra fría contra su espalda. Escucha respiración agitada a su lado. Sofía. Sofia, ¿estás bien, abuelo, no puedo ver dónde estamos? No lo sé, cariño. Tranquila.

Voy a sacarnos de aquí. Una luz aparece súbitamente. Una linterna. El rostro de Rodrigo emerge de la oscuridad como un espectro. Sonríe con esa misma sonrisa incómoda. Bienvenidos a mi lugar especial. Nadie los encontrará aquí. Nadie sabe de esta cueva. La descubrí hace 20 años. ¿Qué quieres? Dinero. No tenemos mucho, pero no quiero dinero, don Martín. Quiero justicia.

 Hace 20 años Carolina me rechazó. Me humilló delante de toda la aldea. Eligió a ese brasileño inútil sobre mí. se llevó mi futuro con ella. ¿Estás loco? Eso fue hace 20 años. Carolina tenía derecho a elegir y yo tengo derecho a mi venganza. No los mataré. Sería muy misericordioso. Ustedes se quedarán aquí juntos como familia para siempre. La luz se apaga.

Escuchan pasos alejándose. Luego un sonido horrible. Rocas siendo arrastradas, apiladas. Rodrigo está bloqueando la entrada. Espera, no puedes dejarnos aquí. grita Sofía, pero solo el silencio responde. La voz de Martín es firme en la oscuridad absoluta tratando de mantener la calma por su nieta. Sofia, escúchame. No entres en pánico.

Respira lento. Tenemos que pensar. No puedo, abuelo. No puedo respirar bien. Tengo tanto miedo. Lo sé, cariño. Yo también, pero el miedo no nos ayudará. ¿Puedes moverte? Sofia intenta. Sus manos están atadas con cuerda gruesa, pero sus pies están libres. se arrastra hacia donde escucha la voz de su abuelo hasta que sus hombros se tocan.

 Estoy aquí. Bien, ahora escucha. Tu madre sabe que salimos esta mañana. Cuando no regresemos al mediodía, se preocupará. Llamará a la Guardia Civil. Buscarán. Pero ese hombre dijo que nadie conoce este lugar. Martín no responde porque sabe que Rodrigo tiene razón. Esta cueva no está en ningún mapa.

 El sendero donde fueron capturados está a quién sabe cuántos metros de aquí. No hay forma de que los encuentren a menos que Rodrigo hable y claramente no va a hacerlo. Dos horas después del mediodía, Carolina Castillo Oliveira llama al móvil de su padre por quinta vez. Nada, ni siquiera buzón de voz.

 Llama al teléfono fijo de la casa. Suena y suena sin respuesta. Una inquietud fría se instala en su estómago. Llama Dolores la panadera. Dolores. Soy Carolina. ¿Has visto a mi padre hoy? Sí, cariño. Esta mañana salió con Sofía de Caminata. Muy temprano. Se veían felices. ¿A qué hora fue eso? Cerca de las 9. Dijeron que volverían para el almuerzo.

Son las 3 de la tarde. Carolina cuelga y marca el número de la Guardia Civil en Pamplona. El sargento Iñaque Ortega toma la denuncia con seriedad. Un anciano y una menor desaparecidos durante más de 6 horas en zona de bosque es prioridad máxima. A las 5 de la tarde tiene 30 guardias civiles peinando el bosque, dos equipos caninos y un helicóptero sobrevolando la zona.

 Los perros siguen el rastro desde la casa de Martín hasta el inicio del sendero. Luego, por el camino entre los robles se detienen exactamente donde Rodrigo los roció con el sedativo. Uno de los perros gime, da vueltas confundido. El otro se sienta y no quiere continuar. Han perdido el rastro, informa el adiestrador. Algo químico interfiere con el olfato.

Alguien usó algo para borrar el olor. Ortega siente que esto no es un simple caso de senderistas perdidos. Amplíen el perímetro de búsqueda y quiero hablar con todos los residentes de la aldea. Alguien debe haber visto algo. Carolina llega a Navarra en el primer vuelo desde Madrid al día siguiente.

 Su esposo Ricardo quería venir, pero alguien tenía que quedarse en San Paulo con su hijo menor. Carolina está pálida, ojos rojos de llorar todo el vuelo. Mi padre conoce ese bosque como su casa y Sofia es inteligente, responsable. No se habrían perdido así sin más. Estamos considerando todas las posibilidades, dice Ortega con cuidado.

Los interrogatorios en la aldea no revelan nada útil. Dolores los vio salir. El cartero los vio caminando hacia el bosque. Nadie más. Rodrigo Serrano, interrogado como todos los demás residentes, dice que vio a don Martín y su nieta en el sendero alrededor de las 10 de la mañana. Los saludé.

 Intercambiamos unas palabras sobre el clima y cada uno siguió su camino. Eso fue todo. ¿Hacia dónde iban?sendero principal que sube a la colina, el de siempre. No hay nada en su declaración que levante sospechas. Rodrigo parece tan preocupado como los demás aldeanos. Dentro de la cueva, Martín ha logrado finalmente liberar sus manos después de horas frotando la cuerda contra el borde afilado de una roca.

 En cuanto se libera, libera a Sofía. Ella se lanza a sus brazos soyosando. Ya está, ya está, lo logramos. ¿Y ahora qué? No podemos ver nada. Martín tantea en la oscuridad. Sus manos encuentran las paredes de piedra, el suelo irregular. Caminan lentamente, manos extendidas hasta que encuentran lo que buscan. La entrada bloqueada, rocas grandes apiladas hasta el techo.

 Martín empuja con todas sus fuerzas. Las rocas no se mueven ni un milímetro. Están trabadas desde afuera. No podemos moverlas desde aquí. Sofía saca su móvil del bolsillo. Milagro. Rodrigo no se lo quitó. La pantalla ilumina la cueva con luz azulada, débil. No hay señal. Están demasiado profundo bajo tierra.

 30% de batería, dice Sofía. Apágalo. Guárdalo para emergencias. Abuelo, esto es una emergencia. Todavía no puede empeorar. Las búsquedas continúan durante días. Equipos especializados de montaña, voluntarios de toda navarra, perros, drones con cámaras térmicas, exploran cada cueva conocida, cada barranco, cada rincón del bosque. Nada.

 Es como si la tierra se los hubiera tragado. En el día 5, un psicólogo forense habla con Carolina. Señora Castillo, debemos prepararnos para la posibilidad de que no no están muertos. Lo sabría. Una madre lo sabría. Después de cinco días sin agua, sin comida, expuestos a los elementos, mi padre es fuerte y Sofía es luchadora.

Están vivos, tienen que estarlo. Pero incluso Carolina siente la esperanza escurriéndose como arena entre sus dedos. En la cueva, día 7. Martín y Sofía han explorado cada centímetro de su prisión de piedra. Es una cámara natural de forma irregular, unos 15 m de ancho en su punto más largo. No hay otra salida, no hay agua, no hay nada comestible.

 Sofía ha escrito en su cuaderno que llevaba en la mochila. Escribir la ayuda a mantener la cordura. Fecha cada entrada. Día 7. Abuelo está débil, apenas puede moverse. Le di la última agua hace dos días. Yo todavía puedo aguantar. Él necesita más que yo. Mamá, si encuentras esto algún día, quiero que sepas que abuelo luchó hasta el final por mí, que intentó protegerme, que no es su culpa.

 Agosto de 2018, 10 años después, el equipo forense de la Guardia Civil llega a la cueva recién descubierta. La entrada angosta hace imposible meter equipo pesado. Todo debe ser documentado initu antes de mover los cuerpos. La doctora Lucía Torres, médica forense, 52 años, veterana de casos difíciles, examina los restos con linterna y cámara.

 Los cuerpos están notablemente preservados gracias al ambiente seco y frío constante de la cueva. La temperatura aquí se mantiene a 12 ºC año. La humedad es baja. Momificación natural casi perfecta, murmura el micrófono de su grabadora. Dos individuos. El primero varón, estimado entre 65 y 70 años al momento de la muerte.

 El segundo, mujer joven estimada entre 15 y 18 años. Ambos en posición sentada, manos entrelazadas. Ropa preservada permite datación aproximada. Estilo de principios de siglo XXI. El sargento Marcos Ledesma, quien reemplazó a Ortega años atrás, observa desde la entrada. ¿Cuánto tiempo llevan aquí? Por el nivel de descomposición y momificación, diría entre 8 y 12 años.

Necesitaremos análisis de laboratorio para precisar. Causa de muerte, Torres examina más de cerca. No hay signos de trauma físico, ni heridas, ni fracturas. Los cuerpos simplemente se apagaron. Deshidratación severa combinada con hipotermia. murieron lentamente. Uno de los técnicos encuentra algo junto al cuerpo más pequeño. Doctora, mire, esto.

Es un cuaderno. Las páginas están secas, quebradizas, pero legibles. Y al lado, un móvil antiguo, un modelo de 2008. No toque nada aún. Fotografía en todo initu. Mientras documentan la escena, Torres nota las marcas en las muñecas de ambas víctimas. Surcos profundos en la piel momificada. Estuvieron atados.

 Miren las marcas de ligaduras. Y hay algo más. Ilumina el montón de rocas junto a la entrada. Estas piedras fueron movidas deliberadamente. Miren las marcas de arrastre en el suelo y la posición de los cuerpos directamente frente a donde estaba la barrera. Ellos sabían que la entrada estaba ahí. Intentaron llegar. Ledes másente el estómago revolverse.

Los encerraron vivos. Eso parece. El cuaderno y el móvil son enviados inmediatamente al laboratorio. Los técnicos trabajan durante dos días para recuperar los datos del teléfono sin dañar la evidencia. El cuaderno es fotografiado página por página antes de que el papel se desintegre más. La primera entrada del cuaderno está fechada 15 de julio de 2008.

 Mi nombre es Sofía Oliveira. Tengo 16 años. Estoyatrapada en una cueva con mi abuelo Martín Castillo. Un hombre llamado Rodrigo Serrano nos drogó y nos trajo aquí. No sé cuánto tiempo ha pasado. Abuelo dice que mamá nos buscará. Tengo miedo. Ledesma lee y relee el nombre. Rodrigo Serrano lo busca en la base de datos.

 Vive en San Martín de Berruesa, pequeña aldea de Navarra, 58 años actualmente. Pastor de ovejas sin antecedentes penales. Tráiganmelo ahora, mientras la orden se ejecuta, le desma entradas del cuaderno. La letra de Sofía empieza clara y juvenil. Con el paso de los días se vuelve temblorosa, desesperada. Día tres. Abuelo me dio su agua.

 dijo que él puede aguantar más, pero sé que miente. Oigo su respiración dificultosa. Intentamos gritar, pero nadie responde. Creo que estamos muy profundo. Día 5. El móvil se apagó esta mañana. Lo usamos solo para iluminar un poco cuando ya no aguantábamos la oscuridad. Abuelo me cuenta historias de cuando mamá era pequeña, de cómo ella y yo somos parecidas.

 Dice que soy fuerte como ella. Día 8. abuelo apenas habla ya le cuesta respirar. Hace tanto frío. Nos abrazamos para darnos calor, pero no es suficiente. Le digo que lo quiero. Él sonríe y dice que se lo diga a mamá, como si él no fuera a poder decírselo él mismo. Pero sé la verdad, ambos lo sabemos. El técnico de laboratorio logra acceder a los archivos de audio en el móvil.

 Hay seis grabaciones. La primera es del día dos. La voz de Sofía, asustada pero controlada habla directamente al micrófono. Mamá, si encuentras esto, estamos en una cueva. No sé dónde. Rodrigo Serrano nos puso aquí. El pastor que vive cerca de la casa del abuelo dijo que tú lo rechazaste hace años y que esta es su venganza.

 Bloqueó la entrada con rocas. Abuelo intentó moverlas, pero no puede. Nadie sabe dónde estamos. Te quiero. Cuida a papá y a Mateo y dile al abuelo. Dile que fue el mejor abuelo del mundo. La grabación termina. Ledesma tiene que pausar un momento antes de escuchar la siguiente. Estas no son solo evidencias, son las últimas palabras de un adolescente muriendo.

 La quinta grabación es del día 9. La voz de Sofía está débil. Palabras arrastradas. Ya no puedo escribir más. Las manos no responden bien. Abuelo. Abuelo se durmió hace horas. No creo que despierte. Intenté mantenerlo caliente, pero tengo tanto frío yo también. Mamá, perdón por no haber tenido más cuidado. Perdón por haberte causado esto.

 Sé que te vas a culpar, pero no fue tu culpa. Fue solo mala suerte. Un hombre malo, nada más. Te te quiero tanto. La voz se quiebra en soyosos. Luego silencio. La grabación continúa 3 minutos más con solo respiración trabajosa. Después se corta. La última grabación es del día 12. Apenas un susurro. Abuelo se fue. Está frío.

 Lo siento tanto. Yo también. Yo también me voy a ir pronto. No tengo más fuerzas. Solo quiero dormir. Mamá, te veo. ¿Estás aquí conmigo? Me llevas a casa. Gracias. Te quiero, Tequi. La grabación termina abruptamente. La batería murió. Sofía murió poco después la mano aún sosteniendo el teléfono. Ledesma tiene lágrimas corriendo por su rostro cuando termina de escuchar. 10 años.

 Estas grabaciones han estado aquí durante 10 años esperando ser encontradas. Rodrigo Serrano está reparando una cerca cuando tres vehículos de la Guardia Civil se detienen frente a su propiedad. levanta la vista confundido al principio, luego ve las caras de los guardias y algo en su expresión cambia.

 Una resignación tranquila. Sabía que algún día vendrían. Rodrigo Serrano queda detenido por sospecha de homicidio, dice Ledesma mientras dos guardias lo esposan. Rodrigo no resiste, simplemente asiente. Los encontraron entonces después de tanto tiempo. Sabe perfectamente de qué hablamos. En el trayecto al cuartel, Rodrigo mira por la ventana del coche patrulla como si memorizara el paisaje.

Sabe que no volverá a verlo en libertad. En la sala de interrogatorios, Rodrigo se sienta tranquilamente frente al Edesma y la fiscal Ana Ibarra. Rechaza la presencia de abogado inicialmente. No necesito uno. Voy a confesar todo. Señor Serrano, tiene derecho a Lo sé. No me importa. Llevo 10 años esperando.

 Esto es casi un alivio. Ledesma activa la grabadora. 15 de julio de 2008. ¿Qué ocurrió ese día? Rodrigo respira profundo. Vi a Martín salir con esa niña, la nieta brasileña, Sofía. Se parecía tanto a Carolina que dolía mirarla. Carolina, la mujer que debió ser mi esposa, la mujer que me eligió a mí primero antes de que ese brasileño apareciera y se la llevara.

 Carolina lo rechazó, dice Ibarra. No es un crimen rechazar a alguien. Debió ser mía. Yo la amaba. Yo la conocía desde que éramos niños, pero eligió a un extraño. Se fue a Brasil y me dejó aquí como un tonto. Entonces decidió matar a su padre y su hija. No quería matarlos, solo quería que Carolina sintiera lo que yo sentí.

La pérdida, el vacío, que supiera que las elecciones tienen consecuencias.Ledesma tiene que contenerse para no saltar sobre la mesa. Eran un anciano inocente y un adolescente. Qué culpa tenían ellos. Martín la crió, le enseñó a rechazarme y la niña era su sangre, la sangre de Carolina fluyendo en alguien más. Era perfecto, simétrico.

 Cuéntenos exactamente qué hizo. Rodrigo. Relata todo con escalofriante calma. Cómo descubrió la cueva secreta 20 años atrás mientras pastoreaba sus ovejas. Cómo nadie más la conocía porque la entrada era casi invisible, oculta por vegetación. ¿Cómo preparó el sedativo durante semanas? probándolo primero en animales para ajustar la dosis.

 Los esperé en el sendero. Sabía que pasarían por ahí. Martín era predecible. Rocí el químico en sus caras. Cayeron en segundos. Los arrastré uno por uno hasta la cueva. Me tomó 4 horas. Nadie pasó por el sendero. Nadie me vio. Y luego los até por seguridad, aunque con el sedativo estarían inconscientes por horas. Los dejé en la cámara principal.

Bloqueé la entrada con las rocas que había preparado semanas antes. Rocas pesadas que solo pueden moverse desde fuera. Desde dentro es imposible. Los condenó a muerte lentamente. Les di una oportunidad. Si alguien encontraba la cueva, si lograban hacer suficiente ruido para que alguien los escuchara, sobrevivirían.

 Pero sabía que nadie pasaba por esa zona. La cueva está fuera de los senderos marcados. Su supervivencia dependía de la suerte, como la mía dependía de que Carolina me eligiera. Volvió a verificar. Dos semanas después moví una piedra solo lo suficiente para mirar dentro con una linterna. Estaban muertos juntos como familia. Sellé la entrada de nuevo.

 Era su tumba. Nadie molestaría su descanso. Y Barra lo mira con disgusto absoluto. Participó en las búsquedas. Habló con Carolina cuando vino desde Brasil. la consoló. Lo hice. Vi su dolor. Era exactamente lo que quería ver. Por fin entendía cómo me sentí yo. Es un monstruo. Soy un hombre que amaba demasiado y fue abandonado.

La noticia llega a Carolina en San Paulo, vía llamada de Edesma. Ella está en su trabajo enseñando una clase de literatura. El director la llama a su oficina con cara seria. Carolina, hay una llamada para ti de España. Dicen que es urgente. Ella sabe antes de contestar. 10 años de esperar, de soñar que un día encontrarían algo.

 Y ahora ese día llegó. Señora Castillo Oliveira. Sí, soy el sargento Ledesma de la Guardia Civil de Navarra. Hemos encontrado a su padre y a su hija. Carolina se sienta lentamente. Sus piernas no la sostienen. ¿Dónde están? Fueron encontrados en una cueva remota. Lo lamento profundamente, pero ambos fallecieron.

 Estimamos que sobrevivieron aproximadamente 12 días después de su desaparición. Carolina no llora, no puede. Está completamente entumecida. ¿Cómo? Fueron aprisionados deliberadamente, “Tenemos al responsable en custodia.” Ha confesado todo. ¿Quién? ¿Por qué? Rodrigo Serrano. El pastor dice que usted lo rechazó hace 20 años. Y entonces Carolina recuerda, un chico del pueblo que la cortejaba cuando tenía 20 años. Insistente, obsesivo.

 Ella fue clara, no estaba interesada. Conoció a Ricardo poco después y se enamoró realmente. Se fue a Brasil para empezar una nueva vida. Nunca pensó más en Rodrigo Serrano. Mató a mi padre y a mi hija. ¿Por qué? Porque no quise salir con él hace 20 años. Así es. Carolina cuelga y finalmente llora. Llora por 10 años de no saber.

 Llora por Sofía que nunca cumplió 17. Llora por su padre que murió intentando proteger a su nieta. Llora por la crueldad absurda del mundo. El juicio de Rodrigo Serrano comienza en marzo de 2019, 7 meses después de su arresto. El Tribunal Provincial de Navarra está lleno. Periodistas de toda España, familiares de las víctimas, curiosos mórbidos.

 Es el caso criminal más impactante de la región en décadas. Carolina está en primera fila junto a su esposo Ricardo. Ella ha envejecido visiblemente en estos meses. El cabello muestra más canas. Las arrugas alrededor de sus ojos se han profundizado. Sostiene dos fotos, una de su padre sonriendo en su huerto, otra de Sofía en su cumpleaños 16.

 Rodrigo entra escoltado. Viste traje gris que el estado le proporcionó. Se ve más pequeño de lo que Carolina recordaba. insignificante. Es difícil creer que este hombre anodino causó tanto sufrimiento. El fiscal Javier Ruiz abre con un resumen devastador de los hechos. Proyecta fotos de la cueva, de los cuerpos como fueron encontrados del cuaderno de Sofía.

Señoras y señores del jurado, van a escuchar sobre un crimen de una crueldad inimaginable. Rodrigo Serrano, motivado por un rechazo romántico de hace 20 años, planeó meticulosamente el asesinato de un anciano inocente y su nieta adolescente. Los encerró vivos en una cueva y los dejó morir lentamente de sed, hambre y frío durante 12 días.

Documentó su plan en diarios que encontramos en su casa. Volvió a verificar que estuvieran muertos y luegovivió tranquilamente durante 10 años mientras las familias sufrían sin respuestas. Durante tr días se presentan evidencias. El cuaderno de Sofía es leído en voz alta. Cada entrada rompe el corazón.

 Varios miembros del jurado lloran abiertamente. Las grabaciones de audio son reproducidas. La voz débil de Sofía llenando la sala. Un fantasma hablando desde la muerte. Mamá, perdón por no haber tenido más cuidado. Carolina tiene que salir de la sala. No puede escuchar más la voz de su hija muriendo. El perito forense testifica sobre las condiciones de muerte.

 12 días es el tiempo máximo que humanos pueden sobrevivir sin agua en condiciones extremas. Sofia y Martín llegaron al límite absoluto de resistencia humana. La joven intentó mantener vivo a su abuelo, dándole su ración de condensación que lograban recoger de las paredes. El anciano hizo lo mismo por ella. Ambos se sacrificaban mutuamente.

Es uno de los casos más trágicos que he documentado en 30 años de carrera. La defensa de Rodrigo intenta argumentar locura temporal, obsesión patológica, incapacidad de distinguir bien del mal. Tres psiquiatras son llamados. Dos contratados por la defensa diagnostican trastorno delirante.

 El tercero nombrado por el tribunal es categórico. El señor Serrano sabía perfectamente lo que hacía. Planeó cada detalle durante meses. Eligió víctimas específicas. Ejecutó el plan con precisión. Ocultó evidencias. mintió a investigadores. Todas estas son acciones de alguien completamente consciente y racional. Su motivación era venganza, no delirio.

Rodrigo testifica en su propia defensa, error de su abogado. En el estrado, su frialdad y falta de remordimiento solidifican su culpabilidad ante el jurado. “Lamenta lo que hizo, pregunta Ruiz. Lamento que los encontraran. Si hubieran permanecido ocultos, Carolina habría vivido con la incertidumbre para siempre. Eso habría sido más perfecto.

No siente nada por sus víctimas. Eran medios para un fin. Carolina necesitaba aprender que sus acciones tienen consecuencias. Una niña de 16 años murió aterrorizada en la oscuridad. ¿Qué consecuencias merecía ella? Ella era la consecuencia, el futuro que Carolina eligió sobre el futuro que podríamos haber tenido.

 El abogado defensor pone su cabeza entre las manos. sabe que su cliente acaba de garantizar la condena máxima. Carolina es llamada a testificar. Sube al estrado temblando. Durante 20 minutos habla de su padre, de Sofía, de la familia que perdió. Mi padre tenía 68 años. Había trabajado toda su vida como maestro.

 Era amado por todos en la aldea. Cuando mi madre murió hace 15 años, volcó todo su amor en ser mejor abuelo posible. Sofía lo adoraba. contaba los días hasta sus viajes de verano a España. Se vuelve para mirar directamente a Rodrigo y usted los mató porque yo no quise salir con usted hace 20 años. Porque elegí amar a otro hombre. No lo recordaba.

 Ni siquiera recordaba su nombre hasta que me lo dijeron. Usted era tan insignificante en mi vida que lo olvidé completamente. Y mi padre y mi hija murieron horriblemente porque el ego de un hombre no pudo soportar ser olvidado. Rodrigo la mira sin emoción. Carolina continúa. Sofía tenía toda una vida por delante. Quería estudiar veterinaria.

 Amaba a los animales. Era brillante, divertida, amable. En sus últimas palabras grabadas me pidió perdón como si ella tuviera algo de que disculparse. Murió creyendo que de alguna manera era su culpa. La voz de Carolina se quiebra finalmente. Nunca voy a recuperarme de esto. Nunca. Mi padre murió intentando salvar a mi hija.

 Mi hija murió sola después de que su abuelo falleciera. Y todo porque un hombre enfermo decidió que mi felicidad le pertenecía. El jurado delibera 4 horas. El veredicto es unánime, culpable de dos cargos de asesinato con premeditación, alevosía y ensañamiento. La sentencia es inmediata. Prisión permanente revisable con mínimo de 25 años antes de poder solicitar libertad condicional.

 El juez lee la sentencia con voz severa. Rodrigo Serrano ha cometido uno de los crímenes más crueles de los que este tribunal ha tenido conocimiento. Condenó a muerte a dos personas inocentes de la manera más despiadada imaginable. No ha mostrado remordimiento. Ha intentado justificar lo injustificable.

 Pasará el resto de su vida en prisión y espero que cada día recuerde las caras de sus víctimas. Rodrigo es llevado fuera. Por un momento, sus ojos se encuentran con los de Carolina. Ella no aparta la mirada. Quiere que él vea lo que le hizo. Quiere que ese sea su último recuerdo de ella. No la chica de 20 años que lo rechazó, sino la mujer destruida por su maldad.

En San Martín de Berruesa, Navarra, los restos de Martín Castillo son enterrados en el pequeño cementerio del pueblo junto a su esposa fallecida 15 años antes. Toda la aldea asiste. Dolores la panadera lee un poema. El antiguo director de la escuela donde Martínenseñó habla de sus 40 años dedicados a educar niños.

 Don Martín fue el maestro de tres generaciones en esta aldea. Paciente, sabio, amable. Murió como vivió, protegiendo a quienes amaba. Carolina coloca tierra brasileña que trajo específicamente en la tumba de su padre, tierra del jardín de su casa en San Paulo, para que tengas un pedacito de donde vive tu nieto, para que sepas que no te olvidamos.

 En San Paulo, Brasil, una semana después, Sofia Oliveira es enterrada en el cementerio de Vila Mariana. Su escuela completa asiste. Sus compañeros de clase, ahora con 26 años, lloran a la amiga que perdieron a los 16. Cada uno deja una flor en el ataú blanco. La directora de la escuela habla. Sofia era una luz brillante en matemáticas, apasionada por la biología, siempre dispuesta a ayudar a quien lo necesitara.

 Tenía planes de estudiar veterinaria, de viajar, de hacer tantas cosas. Le robaron todo eso, pero su memoria vive en cada uno de nosotros. Ricardo, el padre de Sofía, habla por primera vez públicamente desde su muerte. Mi hija amaba dos países. Brasil donde nació y creció, y España, donde su abuelo y sus raíces la esperaban cada verano murió en el país que amaba, con el abuelo que adoraba.

 Si hay algún consuelo es ese. No estaba sola, nunca estuvo sola. La lápida de Sofía dice, “Sofia Oliveira 20028, amada hija, nieta, amiga, tu luz sigue brillando. Carolina se queda sola junto a la tumba después de que todos se van. Habla en voz baja como si Sofía pudiera escucharla. Cariño, encontramos tus palabras, tus grabaciones.

 Sé que intentaste ser valiente. Sé que cuidaste del abuelo y sé que pensaste en mí hasta el final. No tenías nada de que disculparte. Nada. Eras perfecta. Se permite finalmente llorar sin control. Debía haber ido con ustedes esa mañana. Debía haber insistido. Si hubiera estado allí, sí. Pero sabe que estos pensamientos no sirven, no pueden cambiar el pasado, solo pueden destruir el presente.

 Los años que siguen son difíciles. Carolina desarrolla depresión severa y requiere terapia intensiva. Su matrimonio con Ricardo se tensa, pero sobrevive. Su hijo Mateo, que tenía 12 años cuando Sofía murió, crece con la sombra de una hermana que apenas conoció, pero cuya ausencia define su familia. Carolina nunca vuelve a Navarra. No puede.

 Cada árbol, cada piedra, cada sendero le recuerda lo que perdió. Vende la casa de su padre. El dinero va a una fundación que crea en memoria de Sofía y Martín. La Fundación Sofía y Martín financia sistemas de seguridad en rutas de senderismo rurales de España y Brasil. Torres de comunicación para que teléfonos móviles tengan señal incluso en zonas remotas.

Capacitación para guardias civiles y policías sobre protocolos de búsqueda. Todo para que ninguna familia más tenga que vivir lo que vivió la suya. En 2023, 5 años después del juicio, Carolina da su primera entrevista televisiva. El periodista le pregunta si ha perdonado a Rodrigo Serrano. No, y nunca lo haré.

 El perdón no es obligatorio. Algunas cosas son imperdonables. Mató a mi padre y a mi hija porque su ego no soportó un rechazo. No hay redención. posible para eso. ¿Qué le diría si pudiera hablar con él? Nada. No merece ni una palabra más de mí. Ya le dio. Mi padre, mi hija, 10 años de agonía sin saber. No tendrá nada más.

 El entrevistador pregunta cómo sigue adelante. No sigo adelante. Eso implica dejar atrás. Yo llevo a Sofia y a mi padre conmigo cada día. están en cada decisión que tomo, cada respiro que doy. La diferencia es que ahora puedo respirar sin que cada respiración duela la mayoría de los días. En 2024 se inaugura un memorial en las montañas de Navarra, cerca de donde fueron encontrados.

 Dos placas de bronce incrustadas en roca natural. Una dice: Martín Castillo, 19408, maestro, padre, abuelo, protector hasta el final. La otra, Sofia Oliveira, 2002-218. Soñadora, luchadora, amada. Tu viaje fue interrumpido, pero tu espíritu vuela libre. Carolina asiste a la inauguración junto a Ricardo y Mateo. Es su primera vez de regreso en Navarra en 6 años.

 El bosque es hermoso, pacífico, difícil creer que esconde tanta oscuridad. ¿Crees que están en paz?, pregunta Mateo. Quiero creer que sí, que están juntos, que no sufren más, que el abuelo está orgulloso de lo valiente que fue Sofía y que Sofía sabe cuánto la amábamos. Dejan flores, caminan por el sendero que Martín y Sofía caminaron ese último día.

Esta vez no están solos. Hay familias, niños jugando, perros corriendo. La vida continúa en los lugares donde la muerte tocó. En la prisión de Pamplona, Rodrigo Serrano cumple su condena en aislamiento por su propia seguridad. Los otros presos lo consideran lo más bajo, un asesino de niños.

 Ha sobrevivido dos intentos de agresión. Pasa 23 horas al día en una celda de 3 m². Nunca recibe visitas. Su familia lo repudió. Los aldeanos de San Martín borraron su nombre de todas lasconversaciones. Es como si nunca hubiera existido. En 2029 solicita libertad condicional al cumplir 25 años. Es rechazada inmediatamente y será rechazada cada vez que lo intente.

Algunos crímenes no permiten redención. Carolina tiene 62 años ahora, en 2035. Su cabello es completamente blanco. Las arrugas son profundas, pero sus ojos mantienen una chispa de determinación. Ha dedicado los últimos 17 años a la fundación a asegurar que la muerte de Sofía y Martín no fuera en vano.

 Miles de kilómetros de senderos tienen mejor señalización. Cientos de torres de comunicación permiten llamadas de emergencia. Decenas de personas perdidas han sido encontradas vivas gracias a estos sistemas. No puedo traerlos de vuelta”, dice Carolina en una conferencia sobre seguridad en espacios naturales.

 “Pero puedo asegurar que otras familias no vivan mi pesadilla. Cada vida salvada es un tributo a ellos. Por las noches, Carolina aún sueña con Sofía. Siempre tiene 16 años, siempre está sonriendo. A veces el abuelo está con ella, se ven felices, completos. Carolina se despierta llorando, pero también sonriendo.

 Hasta que nos volvamos a encontrar, cariño, hasta entonces. Esta historia nos confronta con la realidad aterradora de la violencia obsesiva y el peligro que representa el rechazo no procesado de forma sana. Rodrigo Serrano construyó durante 20 años una narrativa delirante donde él era la víctima y Carolina la villana.

 Un simple rechazo romántico, algo que todos experimentamos en la vida, se transformó en su mente en una injusticia cósmica que justificaba la venganza más cruel. Este patrón es tristemente común en casos de violencia de género y femicidios. Hombres que creen que el rechazo de una mujer es una ofensa imperdonable.

 La lección no es que las mujeres deben aceptar avances no deseados por miedo. Esa sería la conclusión incorrecta y peligrosa. La lección es que como sociedad debemos identificar y tratar comportamientos obsesivos antes de que escalen. Rodrigo mostró señales durante décadas, no superó el rechazo. Mantuvo vigilancia sobre Carolina, incluso después de que se mudó a otro continente.

 Expresó amargura constante. Alguien debió intervenir. Nadie lo hizo porque parecía inofensivo. Para personas que viajan especialmente en zonas rurales remotas, la seguridad debe ser prioritaria. Informar siempre a múltiples personas sobre planes específicos, rutas exactas, hora esperada de regreso. Llevar dispositivos de comunicación con batería completa.

 Evitar cambiar planes por sugerencias de extraños, sin importar cuán amigables parezcan. Sofia y Martín hicieron bien informando su salida, pero subestimaron el peligro de una figura local conocida. La familiaridad no garantiza seguridad. La tecnología actual podría haber salvado sus vidas. Hoy en día, con señal satelital, con aplicaciones de rastreo GPS, con dispositivos de emergencia, las probabilidades de sobrevivir son mayores.

 Pero incluso con tecnología, la vigilancia humana es irreemplazable. Confiar en el instinto cuando algo se siente mal. Sofia se sintió incómoda con la mirada de Rodrigo. Martín tensó ante su presencia. Ambos ignoraron esas alarmas internas. A veces el instinto es nuestra mejor defensa. Para familias separadas geográficamente, esta tragedia resalta la fragilidad de los vínculos a distancia.

 Carolina vivía con tranquilidad, sabiendo que su padre cuidaría a Sofia. Nunca imaginó que ese cuidado los pondría en peligro. No hay forma de predecir el mal aleatorio, pero mantener comunicación constante y verificación regular de bienestar puede acortar ventanas de peligro. Finalmente, sobre el perdón, Carolina no perdonó.

 Y está bien, el perdón no es obligatorio para sanar. Algunas heridas son demasiado profundas. Lo importante es no permitir que el odio consuma la vida que queda. Carolina eligió canalizar su dolor en acción positiva, salvando potencialmente otras vidas. Esa es una forma válida de sobrevivir a lo insuperable.

 Que Sofía y Martín descansen en paz. Que su memoria impulse cambios que protejan a otros. Y que nunca olvidemos que detrás de cada estadística de persona desaparecida hay una familia destruida esperando respuestas que quizás nunca lleguen. La prevención es nuestra responsabilidad colectiva, la vigilancia nuestra obligación individual y la memoria de las víctimas nuestro compromiso eterno.