“Cubierta de hormigas, la apache susurró… el NOMBRE del barón que la enterró VIVA.”

Cubierta de hormigas y dada por muerta, Da. Una mujer apache, susurra el nombre del varón que la enterró viva. Desde entonces, el desierto se convierte en su arma y su venganza en leyenda. Entre el polvo, el fuego y la traición, un hombre llamado Briant se cruzará con su destino.
Juntos enfrentarán un pasado sepultado y un infierno que aún respira bajo la arena ardiente. El sol ardía sobre el horizonte del desierto, derritiendo la arena como si el infierno respirara sobre la tierra. En medio de ese mar dorado, un bulto oscuro yacía semienterrado, inmóvil, cubierto de polvo y de vida diminuta, que se movía lentamente.
Las hormigas la cubrían entera, ascendiendo por su cuello, mordiendo su piel seca y agrietada. Su boca estaba abierta apenas exhalando aire. El silencio la rodeaba, salvo por el viento que gemía entre las piedras como un lamento antiguo y constante. Dai, la mujer apache, apenas conservaba la conciencia. Su mente vagaba entre sombras y memorias.
Recordaba las risas crueles de los hombres que la habían enterrado viva, el eco de sus voces y el nombre que ella nunca olvidaría. El varón. El varón Silas Spike, dueño de media región, había ordenado su castigo. La había acusado de traición, de robar caballos, de aliarse con bandidos. Pero Day sabía la verdad. Había descubierto demasiado.
Había escuchado lo que nadie debía oír bajo las tablas del salón. Las hormigas bajaban por su pecho, mordiendo su piel morena endurecida por el sol. Ella no gritaba, no podía. Tenía la lengua seca, la garganta partida. Su cuerpo era una tumba abierta y el mundo la había olvidado por completo. A lo lejos, el polvo se levantaba.
Un caballo avanzaba lentamente entre la bruma del calor. Bryant, un cazador de recompensas cansado de matar, se detuvo al ver algo sobresalir de la tierra. No sabía si era un cadáver o un milagro. Brian desmontó secándose el sudor de la frente. El olor del desierto era espeso, mezclado con muerte y tierra caliente.
Se acercó con cautela, la mano lista sobre el revólver, porque en Arizona hasta los muertos podían ser una trampa. Al inclinarse, vio el rostro. No era un cadáver cualquiera, era una mujer. Su pecho subía y bajaba débilmente, como si el aire se negara a abandonarla. Las hormigas se movían sobre su piel y su mirada lo atravesó como una lanza.
Bryant retrocedió un paso sorprendido. Había visto muchos cuerpos, pero ninguno que aún desafiara la muerte con los ojos abiertos. Se arrodilló, apartó la arena con las manos y murmuró con voz ronca: “Maldita sea, sigues viva, ¿verdad?” Day lo observó sin moverse. Sus labios temblaron intentando formar palabras.
Su voz era un susurro roto, un hilo invisible. Agua, logró decir. Y esa palabra fue suficiente para hacer que Bryant buscara su cantimplora sin pensarlo. Le levantó la cabeza con cuidado, derramando unas gotas sobre sus labios. Ella las bebió como si fueran vida pura. Su garganta se contrajo y un suspiro escapó de su pecho. La arena se pegó a su piel húmeda formando barro.
Bryant miró alrededor. No había señales de nadie, solo el viento y el horizonte. ¿Quién diablos te hizo esto?, preguntó más para sí mismo que para ella. Day intentó hablar, pero solo pronunció un nombre entre jadeos. Él, varón. Ese nombre le heló la sangre. Bryant lo conocía. Sila Spike, el hombre que controlaba los pasos comerciales, los ranchos y hasta los sheriffs.
Si él estaba detrás, significaba que aquella mujer había visto algo que valía más que su vida. Sin pensarlo más, Bryant la levantó. Era ligera, apenas un peso de huesos y heridas. La subió a su caballo cubriéndola con su manta. Aguanta, mujer”, murmuró. “No pienso dejar que mueras así, no en mi camino.” El sol caía lento, como un cuchillo que se hunde despacio.
El desierto parecía observarlos mientras avanzaban, dos figuras pequeñas perdidas entre dunas y sombras. El caballo resoplaba y el viento silvaba entre los matorrales secos como un secreto antiguo. D abrió los ojos apenas. El movimiento le arrancaba gemidos suaves. Bryant miró su rostro cubierto de heridas, notando las marcas de las cuerdas en sus muñecas. “Silas Pike”, murmuró él entre dientes.
Ese nombre pesaba en su mente desde años atrás. Alguien la había atado con furia. Alguien que no temía al pecado ni al castigo. Había trabajado para él una vez cuando todavía creía que la ley podía ser comprada con oro. Ahora el pasado regresaba con el rostro de una mujer medio muerta. El caballo avanzó hasta una quebrada donde el aire era más fresco.
Bryant desmontó, dejó a Da manta y revisó su cantimplora. Quedaba poca agua, demasiado poca para ambos. Pero sin dudarlo la vertió toda sobre sus labios. Ella tosió. Sus ojos parpadearon y su respiración se estabilizó un poco. ¿Por qué? ¿Me ayudas? Preguntó débilmente. Bryant no respondió al principio, solo la observó. Luego, con voz baja, dijo, “Porque nadie merece morir bajo la tierra, ni siquiera tú.
” El silencio entre ellos se llenó del crepitar del aire. D tembló, sus dedos enterrándose en la manta. En su mente aún resonaban los gritos de los hombres del varón, las risas, la pala que caía una y otra vez sobre su tumba abierta. Bryant preparó una pequeña fogata. El fuego se alzó tímido, apenas suficiente para espantar el frío de la noche que caía.
Las sombras danzaban sobre el rostro de Day, que seguía inmóvil entre la vida y la muerte. Voy a necesitar respuestas cuando estés lista”, dijo él, revolviendo el fuego con una rama. “Y si lo que sospecho es cierto, no me va a gustar en absoluto.” Ella no contestó, solo cerró los ojos y el silencio volvió a envolverlos.
El cielo se llenó de estrellas, como un manto de plata sobre la oscuridad infinita. Bryant miró hacia el norte. El camino a la civilización era largo, pero quedarse significaba morir. Debía moverse al amanecer antes de que el sol los quemara vivos. Da soñó con fuego, con voces, con el rostro del varón mirándola desde lo alto de la fosa.
Despertó con un grito ahogado, el pecho subiendo y bajando. Bryant la observó en silencio, su mano instintivamente rozando el revólver por costumbre. ¿Estás segura ahora?”, dijo él, “Aunque no lo creía del todo. Nadie va a venir por ti esta noche.” Ella respiró hondo intentando creerle, pero en su mente la sombra del varón seguía acechando, tan real como las hormigas que aún recordaba.
El fuego chispeó, proyectando figuras que parecían moverse solas entre la oscuridad. Bryant, con el sombrero inclinado, pensaba en los rumores sobre el varón. Tráfico de armas, tierras robadas, cuerpos desaparecidos. Tal vez esta mujer tenía en sus manos su ruina. Da giró la cabeza y lo miró.
¿Tú también trabajaste para él?, preguntó apenas audible. Briant asintió despacio sin apartar la vista del fuego. Sí, y por eso sé que si te enterró viva es porque temía lo que sabías. La brisa sopló suave, levantando un puñado de cenizas. Da cerró los ojos, sintiendo el calor del fuego y el murmullo del desierto. “Entonces te equivocas”, susurró.
“No lo teme aún, pero lo hará.” Bryant levantó la vista sorprendido por la firmeza en su voz. Había fuego detrás de su debilidad, un fuego que ni la arena ni las hormigas habían podido apagar. Por primera vez entendió que aquella mujer no era una víctima, era un testimonio. La noche siguió su curso, lenta, infinita. En la distancia un coyote ahulló.
Briant echó otro leño al fuego y murmuró, “Duérmete, Day. Mañana comenzará algo que ninguno de los dos podrá detener.” Day cerró los ojos, pero no durmió. En su mente, el nombre del varón seguía ardiendo y mientras el fuego se consumía, su promesa se grabó en la oscuridad del desierto. Silas Spike pagaría por todo, aunque tuviera que volver desde la tumba.
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El silencio del desierto se rompía con el viento. Bryant sabía que debían moverse antes de que el calor los aplastara. Revisó sus pertenencias. una cantimplora vacía, dos balas restantes y un caballo que apenas resistía otro día. D abrió los ojos y por un instante su mirada tuvo fuerza. ¿Dónde estamos? preguntó con voz áspera.
Bryant señaló el horizonte al sur de Dry Creek, muy lejos de donde te enterraron, pero no lo suficiente. Ella intentó incorporarse, pero el dolor hizo gemir. Brian se acercó y la sostuvo del brazo. Tranquila, te quebrarás si fuerzas demasiado. D respiró hondo, sintiendo el ardor de las heridas en su espalda, como brzas encendidas bajo la piel.
Silas Pike tiene hombres en todas partes”, murmuró ella. “Si me encuentra viva, terminará lo que empezó.” Bryant asintió con expresión dura. Entonces habrá que asegurarnos de que no te encuentre y si lo hace, no será la misma historia. El sol ascendía y el aire comenzaba a ondularse sobre la arena. El caballo bufó inquieto. Briant ayudó a Day a montar.
Ella se aferró a la silla temblando, pero su mirada permanecía firme, llena de un propósito que él no comprendía aún. Cabalgaban en silencio. Cada paso resonaba como un latido entre el polvo. Bryant mantenía la vista al frente, vigilando los riscos. Sabía que los hombres del varón no dejaban testigos y que un cadáver de mujer apache era solo otro trofeo. Day observaba el horizonte con los ojos entrecerrados.
Su cuerpo aún dolía, pero su mente estaba despierta. Recordaba la risa del varón, la forma en que pronunció su nombre antes de arrojar la última pala de tierra sobre su rostro. Lo escuché negociar con los federales”, dijo de pronto, rompiendo el silencio. Vendía tierras que no eran suyas, tierras de mi gente. Cuando lo enfrenté, mandó que me enterraran viva.
Dijo que nadie escucharía unache. Bryant la miró de reojo. “Ahora te escucho yo.” dijo simplemente. Dale lo observó unos segundos buscando ironía en su voz, pero no la encontró. Había verdad en esas palabras y eso la desconcertó más que cualquier mentira. A lo lejos, una nube de polvo se alzaba. Bryant frunció el ceño. Ginetes dijo con tono tenso. Demasiado pronto.
Daya apretó los dientes. Los suyos. Bryant giró al caballo hacia el este, guiándolo hacia una quebrada donde el terreno ofrecía refugio. Descendieron por un sendero estrecho, cubierto de piedras. El sol los perseguía cruel. Cuando por fin se ocultaron tras una formación rocosa, Bryant desmontó, tomó el rifle y asomó la mirada.
Tres jinetes se acercaban, sin duda, rastreadores del varón. D respiró con dificultad. El cuerpo temblando. Si me atrapan, mátame tú, susurró Bryant. La miró sin responder. En su rostro la lucha era evidente. Finalmente, dijo en voz baja, “No vine al mundo para enterrar más mujeres.” Los jinetes se detuvieron sobre la cima del risco.
Uno de ellos descendió observando las huellas en la arena. “Pasaron hace una hora,” murmuró. Otro asintió. El varón quiere su cabeza. Si respira traerá problemas. Briant esperó hasta que los jinetes se alejaron, perdiéndose entre las dunas. Recién entonces bajó el rifle y suspiró. Nos dieron margen, pero no por mucho. Da lo miró con una mezcla de gratitud y urgencia.
No pueden verme viva. Entonces tendremos que hacer creer que sigues muerta, respondió él con una chispa en los ojos. Day frunció el ceño. ¿Cómo piensas lograr eso? Brian sonrió apenas con algo de suerte y mucho polvo. Pasaron horas cabando entre rocas y arena. Briant ocultó rastros, desvió huellas, cubrió restos de tela con tierra.
Cuando terminó, apenas quedaban señales de que alguien hubiera pasado por allí. Day observaba en silencio cada gesto preciso del vaquero. El calor se volvió insoportable. La piel de Day ardía, su visión se nublaba. Bryant notó su desfallecimiento y la sostuvo antes de que cayera. Descansa. Te mantendré viva. Lo juro. Ella apenas pudo asentir dejándose caer bajo una sombra.
Mientras ella dormía, Brian encendió un cigarro y pensó, “¿Por qué arriesgarse por una desconocida? ¿Por qué desafiar al varón, el hombre que lo había empleado, alimentado y luego traicionado? Tal vez, pensó, porque había llegado el momento de pagar deudas. El viento trajo un sonido distante. No eran cascos esta vez, sino disparos lejanos, secos.
Briant apretó los dientes. El desierto estaba ardiendo de conflictos. El territorio era un tablero y ellos, apenas peones atrapados entre fronteras invisibles. Day despertó sobresaltada, respirando con fuerza. “Soñé con el varón”, dijo temblando. Estaba sobre mí riendo con una copa de vino en la mano. Bryant le ofreció agua.
“Entonces soñaste con la verdad. Los hombres como él no cambian. Ella lo miró fijamente. ¿Y tú eres como él? Bryant guardó silencio. Finalmente éxalo. Lo fui alguna vez hasta que enterraron algo en mí también. No un cuerpo, sino la parte que creía que el oro limpiaba la sangre. El aire entre ambos se volvió denso, cargado de una comprensión muda.
No eran aliados por elección, sino por destino. El mismo desierto que los castigaba los había unido, y la venganza era el único lenguaje que ambos entendían. Da se incorporó lentamente, tomando la manta que la cubría. “Debo regresar al rancho del varón”, dijo con firmeza. “Hay algo que debo recuperar. Bryant la observó incrédulo.
¿Quieres volver al lugar donde te enterraron viva? Sí, respondió ella sin titubiar, porque allí también enterraron a mi hermano. Brian se quedó inmóvil. El viento pareció detenerse un segundo y el silencio se hizo espeso. Tu hermano repitió con voz baja. Dle asintió. Él sabía demasiado. Lo mataron primero. Bryant bajó la mirada. Todo encajaba. El varón, el entierro, la traición. Da no buscaba solo sobrevivir, buscaba justicia.
Entonces iremos, dijo finalmente, cargando el rifle al hombro. Pero no esperes misericordia cuando todo comience a arder. El sol caía nuevamente tiñiendo el cielo de cobre. Cabalgaron hacia el oeste, siguiendo un sendero que solo los fantasmas conocían. D, débil decidida, mantenía los ojos fijos en el horizonte, donde el pasado aguardaba envuelto en fuego.
Esa noche acamparon junto a un arroyo seco. Bryant encendió una pequeña fogata. D observaba las llamas sin hablar. ¿Tienes miedo?, preguntó él. Ella negó con la cabeza. No, el miedo murió conmigo el día que me cubrieron de tierra. Briant apartó la vista. Había escuchado muchas historias de venganza, pero ninguna contada con tanta calma.
Esa mujer no buscaba redención, buscaba equilibrio. Y en su mirada él vio la promesa de una tormenta que arrasaría todo a su paso. En el cielo, un halcón giraba lentamente observando la escena. Briant lo siguió con la vista y murmuró, “El desierto siempre mira, solo elige cuándo intervenir.” Day no respondió.
Sus ojos estaban fijos en la oscuridad, donde el nombre del varón seguía ardiendo. La noche avanzó despacio. Los dos permanecieron en silencio, escuchando el crepitar del fuego. En algún lugar lejano, un caballo relinchó. Briant apretó el arma contra el pecho. Sabía que el amanecer traería sangre y que el pasado ya no podía ocultarse.
El amanecer trajo un aire espeso, cargado de polvo y presagio. El caballo avanzaba con lentitud entre las piedras secas del Bryant. Sentía el peso del silencio sobre sus hombros y el de los ojos de Day en su espalda. Ella no hablaba. Sus pensamientos viajaban más rápido que el viento, volviendo una y otra vez al rancho del varón. Ella no hablaba.
Sus pensamientos viajaban más rápido que el viento, volviendo una y otra vez al rancho del varón. Cada grieta en la tierra parecía recordarle el lugar exacto donde había sido enterrada y olvidada. Bryant observó el horizonte. Había aprendido a leer el desierto como un libro. los montículos, las huellas, los buitres, todo decía algo.
Y ahora todo gritaba que se estaban acercando a territorio del varón, donde la ley pertenecía al miedo. “¿Cuántos hombres tiene Pike?”, preguntó rompiendo el silencio. Daya respondió sin dudar. 12. Los mejores tiradores del territorio. Pero no son su verdadera fuerza, es el terror que siembra. Nadie lo desafía y vive para contarlo. Bryant escupió al suelo.
Entonces haremos algo que nadie ha hecho antes. Day lo miró desconfiada. Morir. Él sonrió apenas. No hacer que él desee estar muerto. El eco de su voz se perdió en el aire caliente. El paisaje cambió al acercarse a las colinas. Los arbustos se hicieron más densos y las sombras más largas.
Bryant desmontó conduciendo el caballo del Ronzal. De aquí en adelante a pie. No quiero que nos escuchen antes de tiempo. D asintió. A pesar de su debilidad, caminaba con determinación. Sus pies descalzos pisaban la tierra con respeto, como si escucharan su historia. Bryant la observó de reojo, sorprendido por su resistencia.
Había en ella algo que el dolor no podía quebrar. El sonido de un río cercano los guió hasta una ondonada. Allí el agua corría lenta entre las piedras, reflejando la luz como espejos rotos. Da se arrodilló hundiendo las manos en el agua fría, limpiando la arena pegada a su piel. Bryant la dejó en paz unos minutos, vigilando los alrededores.
Luego se acercó y dijo, “Cuando lleguemos, no habrá vuelta atrás. El varón no perdona.” Ella levantó la vista. No busco su perdón, busco su último aliento. El viento cambió de dirección. Una nube oscura se formaba al norte. Bryant la observó con cautela. Tormenta de arena. Da se incorporó. Podemos usarla. Él arqueó una ceja. ¿Para qué? Ella sonrió con una calma inquietante. Para que el desierto lo ciegue como me cegó a mí.
Montaron nuevamente. La tormenta se acercaba, rugiendo con la fuerza de mil pasos invisibles. El polvo se elevaba cubriendo el sol. Bryant apretó los dientes. Si nos alcanza aquí, no veremos ni nuestras propias manos. Da respondió. Entonces seremos sombras como él merece.
La tormenta los envolvió en cuestión de minutos. La arena golpeaba sus rostros. El aire se volvía irrespirable. Briant cubrió a Day con su manta, tirando de las riendas para guiar al caballo entre la nada. Todo era ruido, viento y furia. El caballo se desbocó. Un trueno seco retumbó en la distancia. Da se aferró con fuerza, gritando su nombre, pero el viento devoró el sonido.
Bryant luchó por mantener el control hasta que un golpe de arena lo separó. Da cayó rodando entre la tierra y el polvo. El mundo giró. Cuando abrió los ojos, no vio más que un muro dorado de viento. Intentó ponerse de pie, pero una sombra apareció entre la bruma. No era Bryant.
Un hombre con sombrero ancho se acercó, el rostro cubierto por un pañuelo. Llevaba un rifle colgado del hombro. Mírate”, dijo con voz grave la mujer que el varón quiso enterrar. Pensé que los coyotes habrían terminado el trabajo. Day se tensó. ¿Quién eres? El hombre bajó el pañuelo. Tenía cicatrices cruzando su mandíbula. Me llamo Iram Cole, trabajo para Pike. El nombre resonó como un disparo.
Day apretó los puños, la rabia regresando con la fuerza de la tormenta. Antes de que pudiera responder, un disparo atravesó el aire. Iram cayó de rodillas, el pecho manchado de rojo. Bryant emergió entre la arena, cubierto de polvo, el rifle aún humeando. No me gusta repetir muertes, gruñó. Esta vez sí fue justo.
Da lo observó en silencio mientras el cuerpo del hombre se hundía parcialmente en la arena. La tormenta comenzaba a calmarse, dejando tras de sí un silencio espeso, casi irreverente. “No lo necesitabas matar”, dijo ella finalmente. Él ya lo estaba. Bryant limpió el rifle. “En este desierto todos lo estamos. Solo cambia la hora.
” Da guardó silencio, entendiendo que en esa frase había más confesión que cinismo. Ambos estaban marcados, solo que aún no sabían cuánto. Siguieron avanzando hasta alcanzar una colina desde la que se divisaba el rancho. A lo lejos, las luces del lugar brillaban como brasas. Era grande, fortificado, con hombres patrullando. D lo señaló. Ahí está, donde mi tumba todavía me espera. Briant la observó.
Tendremos que entrar de noche. Ella negó. No, debemos entrar cuando todos vean. Quiero que sepa que volví, que su arena no pudo tragarme. Briant respiró hondo. Entonces será una guerra abierta. Lo sé, respondió Da mirando el horizonte. y no pienso perder. El viento soplaba de nuevo, levantando el polvo de la tormenta pasada.
El sol caía detrás de las colinas, tiñiendo el rancho del varón con un resplandor de sangre. Bryant desmontó y preparó su rifle. ¿Tienes algún plan? Ella asintió. Sí. entrar por donde me sacaron, el viejo pozo detrás del establo. Allí empezó todo. Él la miró con respeto. Entonces terminaremos lo que ellos comenzaron.
Caminaron hasta el pie de la colina, donde el aire olía a estiercol y fuego. Desde allí podían ver los guardias moviéndose como sombras. Bryant colocó su sombrero más bajo. En cuanto vean mi cara, nos dispararán. Da sonrió. Por eso iré primero. Bryant apretó su brazo. No sin mí. Ella lo miró con una mezcla de desafío y gratitud. No eres parte de mi guerra. Él respondió, tal vez no, pero ya enterré suficientes cobardías.
Y juntos se deslizaron entre la oscuridad. El rancho del varón se alzaba imponente, silencioso, respirando poder y muerte. Las antorchas iluminaban los muros y los caballos relinchaban inquietos. Dle se movía como una sombra entre sombras. Su paso era tan silencioso como el de un recuerdo.
Llegaron al pozo, el mismo donde ella había sido lanzada medio muerta. Da se detuvo frente a la abertura. Su respiración tembló. Aquí fue donde el mundo me olvidó. Briant apoyó una mano en su hombro. Entonces, haz que el mundo recuerde. Ella bajó con cuidado, usando las piedras aún húmedas por el rocío. La oscuridad la envolvía. Bryant vigilaba desde arriba el rifle listo.
Desde el fondo del pozo, Dió la voz. Aún huele igual. A hierro, tierra y miedo. Bryant tragó saliva. ¿Qué buscas ahí abajo? Day respondió sin dudar. lo que me quitaron, lo que enterraron conmigo. Y con esas palabras desapareció completamente en la negrura mientras el eco de su voz se confundía con el murmullo del viento.
La luna se elevó lentamente sobre el rancho, iluminando la escena con un resplandor frío. Bryant apretó su rifle, los ojos fijos en el pozo. No sabía que encontraría. Pero comprendía que el desierto aún no había contado toda su historia. El fondo del pozo era un santuario de sombras y ecos. Da descendió con la torcha encendida, iluminando las paredes marcadas por los clavos del pasado.
Cada piedra parecía recordar sus uñas, su miedo, su respiración sofocada aquella noche en que murió. Bryant vigilaba desde arriba con el rifle apoyado sobre el borde. La oscuridad lo inquietaba más que cualquier enemigo. ¿Lo ves? Preguntó. La voz de Daer resonó abajo distante. Sí. Lo que enterraron conmigo. Sigue aquí.
El fuego danzaba en su mano, revelando objetos oxidados, pedazos de tela, fragmentos de hueso, pero entre todo algo brillaba débilmente. Un medallón dorado con un sello familiar. Dai lo tomó con temblor. El emblema del varón Pike. Bryant frunció el ceño. ¿Estás segura? Ella levantó la antorcha mostrando las iniciales grabadas. BP. Lo llevaba colgado al cuello cuando me arrojaron viva.
Su voz se quebró un instante, pero sus ojos permanecieron fijos, endurecidos por la memoria. Sube de ahí, Dj. La voz de Briant se volvió urgente. Si te encuentran abajo, no habrá salida. Pero ella no se movió. Este lugar me vio morir. Me verá renacer. Espera un poco más. Briant apretó la mandíbula conteniéndose desde la colina un reflejo metálico destelló. Briant levantó la vista y comprendió demasiado tarde.
Alguien los observaba. Un disparo reventó el aire. La bala golpeó las piedras del pozo, haciendo saltar fragmentos que rozaron el rostro de Da. “Day, al suelo!”, gritó Bryant, respondiendo con un disparo hacia la colina. Los secos retumbaron entre los muros. Ella se cubrió sujetando el medallón contra el pecho. Lo sabían. Sabían que volvería.
Bryant disparó otra vez. Y ahora saben que no huirás. El silencio regresó solo por un instante. Luego, pasos múltiples rodeando el pozo. Brian se movió rápido, buscando una mejor posición. Desde la oscuridad, voces en tono burlón. El fantasma volvió a acabar su tumba”, dijo uno riendo.
D subió los primeros peldaños de piedra, su respiración áspera. Briant extendió la mano. Vamos. Ella se impulsó y cuando su mano alcanzó la suya, los disparos estallaron. Briant la cubrió, protegiéndola con su cuerpo mientras rodaban fuera del pozo. Se refugiaron detrás de una carreta abandonada. Bryant recargó el rifle. Son cinco, tal vez seis. Da lo miró con los ojos encendidos.
Cinco no son nada comparados con el miedo que ya me mató. Él asintió. Entonces, dispara primero. La batalla fue breve y brutal. Cada disparo arrancaba un grito. La arena se levantaba mezclando polvo y sangre. D con el rifle de un enemigo caído. Apuntaba con precisión fría. Su furia no era ruido, era propósito, era fuego contenido. Cuando el último cuerpo cayó, el silencio volvió a pesar.
Brian respiró hondo, limpiando el sudor y la sangre de su frente. “Ya saben que estamos aquí”, dijo. Da levantó el medallón. “Entonces que venga. Quiero que me mire a los ojos.” El rancho estaba a menos de 1 km. Desde donde estaban podían ver los establos y la torre principal. Bryant observó las luces moverse.
Está reuniendo a sus hombres. Da guardó el medallón en su cinturón. Perfecto. Así no tendré que buscarlos. Briant tocó su hombro. No es solo venganza lo que buscas, ¿verdad? Ella lo miró seria. No es verdad. Quiero que todos sepan quién enterró a una mujer viva y llamó justicia a su crueldad. Su voz era un filo. Avanzaron entre la maleza, moviéndose sin ruido.
El aire olía a pólvora y sal. Cada paso los acercaba a una historia que el desierto prefería olvidar. Bryant notó que Da caminaba erguida como si el miedo se hubiera deshecho en su sombra. Llegaron a un muro trasero, viejo, descascarado, cubierto de enredaderas secas. Briant sacó su cuchillo cortando un acceso.
“Una vez adentro, no habrá salida fácil”, dijo. Da sonrió. “Nunca la hubo y se deslizó primero como un espectro entre ruinas.” Dentro el rancho parecía dormido, pero los ruidos del interior revelaban guardias vigilando. Bryant y Da se movieron entre sombras. evitando la luz de las lámparas. El eco de casco sonaba desde el corral. “Están preparando caballos”, susurró él.
“Quiere escapar”, respondió ella. Pike no enfrenta lo que teme. Avanzaron hasta una ventana. Dentro, hombres armados discutían. “El varón está en la torre”, escucharon. No quiere verla. Dice que los muertos no vuelven. De. Apretó los puños. Entonces voy a recordarle cómo se siente. Bryant asintió empuñando el arma.
Subieron por una escalera lateral evitando los crujidos. El aire se volvió denso. Cada escalón los acercaba a una deuda que solo la muerte podía saldar. Da respiraba despacio, contando en silencio los latidos de su corazón. Al llegar al segundo piso, un guardia apareció. Bryant lo neutralizó con rapidez, tapándole la boca y girando su cuello hasta escuchar el chasquido seco.
Da lo observó en silencio. No pensé que tuvieras tanta oscuridad. Él respondió, solo la necesaria para seguirte. La torre se alzaba frente a ellos, una puerta reforzada marcando la entrada. D apoyó la mano sobre la madera. Aquí fue donde firmó mi sentencia. Bryant levantó su arma. Y aquí firmará la suya. Empujaron juntos.
La puerta se dio con un gemido. Dentro el varón Pike los esperaba. Vestía un chaleco oscuro y sostenía un vaso de brandy. No se inmutó al verlos. Así que la leyenda es cierta. La india enterrada vino a reclamar su hueco. Su sonrisa era puro veneno. D caminó hacia él sin soltar el rifle.
No vine a hablar del pasado, vine a mostrarte lo que hiciste. Pike bebió un trago calmado. Todo lo que hice fue necesario. Algunos deben servir de ejemplo. Briant apretó los dientes. Tu ejemplo huele a muerte, respondió D. Y esta noche la tierra te enseñará a escucharla. Pike se levantó arrogante.
¿Crees tener poder, mujer? Pero el poder no está en las manos, sino en los nombres. Day lanzó el medallón sobre la mesa. El sonido metálico resonó como un disparo. Pike lo miró y empalideció. ¿Dónde? ¿Dónde lo conseguiste? Da respondió con voz baja. En mi tumba. Lo dejaste caer cuando creíste que no respiraría. Su mirada lo atravesó. Ahora respira tú con esa culpa. Bryant levantó el arma.
Pike retrocedió tropezando con una silla. No entiendes, balbuceó. No fue mi decisión, fue el consejo. Yo obedecí. Da se acercó, su sombra cubriéndolo, y yo obedecí al desierto. Él me enseñó a no temer la muerte. El varón intentó sacar su pistola, pero Brian disparó primero. El balazo le arrancó el arma de la mano.
Da se acercó más hasta que el cañón de su rifle rozó el pecho del hombre. Ahora sabrás cómo se siente no tener aire. Pike respiraba con dificultad, la arrogancia convertida en súplica. No lo hagas, day. Te convertirás en lo que odias. Ella lo miró con una calma espeluznante. No, ya me convertiste tú. y apretó el gatillo.
El disparo llenó la torre de silencio. Briant la observó mientras bajaba el rifle. El cuerpo del varón cayó pesadamente, derramando vino y sangre sobre el suelo. Da cerró los ojos temblando apenas. No era justicia, pero era necesario. Bryant asintió. Entonces, el desierto tiene su respuesta. Ella recogió el medallón del suelo y lo guardó.
Queda un último paso, dijo. Quemar el pasado para que no vuelva a respirar. Afuera, el viento rugía como si el mismo desierto celebrara la caída de su tirano. La noche olía a libertad. Bryant miró hacia la ventana. Entonces prendamos el fuego. Dendió la antorcha que aún llevaba en la mano.
Su luz reflejaba las lágrimas que no dejaba caer. Que arda lo que me enterró. Que el amanecer vea un nuevo comienzo. Salieron juntos de la torre mientras las llamas comenzaban a devorar el rancho. El humo se elevó al cielo como una plegaria inversa. Diró atrás, solo caminó. Dejando que el fuego consumiera su sombra y su historia. Bryant la siguió en silencio hasta que el resplandor quedó atrás.
¿A dónde iremos ahora? Preguntó. Dle miró el horizonte donde el primer rayo de luz rompía la noche, a donde el viento no conozca mi nombre. El amanecer despuntaba sobre el desierto, bañando las arenas con tonos de cobre y oro. Daya avanzaba sin mirar atrás, sintiendo como cada paso borraba un fragmento de la mujer que había sido enterrada bajo el nombre del varón Pike.
Brian caminaba junto a ella silencioso, observando como la luz del sol encendía el contorno de su rostro. Había visto muchas guerras, pero ninguna cicatriz como aquella que ardía en los ojos de Day, una mezcla de calma y fuego. A lo lejos, las columnas de humo del rancho seguían ascendiendo, retorciéndose en el cielo. “Se acabó”, murmuró Bryant. “Di” negó suavemente.
“Nada termina mientras el desierto recuerde los nombres, y el mío aún vive entre susurros y huesos. El viento soplaba fuerte, arrastrando ceniza y polvo. Bryant ajustó su sombrero. ¿A dónde te llevará el viento ahora? Ella respondió sin detenerse, “Al río Salado. Allí están los míos. Ellos deben saber que la tierra ya me devolvió.
” Cabalgaban con los caballos tomados del rancho, avanzando entre cañones rojos y cactus altos. El paisaje era un océano mineral vasto e implacable. Briant no decía mucho. Sabía que el silencio era el único idioma que el desierto respetaba. Mientras avanzaban, Day recordó los cantos de su madre, aquellos que hablaban de espíritus bajo la arena.
Cerró los ojos un instante, sintiendo el ritmo del galope mezclarse con el eco de voces antiguas. “No todos los muertos descansan”, pensó Bryant. notó su mirada distante. “¿Sigues oyendo el pasado?” Ella sonrió apenas. El pasado nunca deja de hablar, solo cambia de tono. Él asintió. “Entonces que nos diga si el futuro vale la pena.
” Day respondió, “Solo si lo enfrentamos sin miedo.” Llegaron al atardecer a una pequeña aldea abandonada, medio devorada por el polvo, casas sin techo, pozos secos y cruces torcidas. Dalle desmontó y caminó entre los restos, reconociendo símbolos apaches grabados en piedra. Aquí vivieron los que no se arrodillaron. Bryant examinó el lugar.
Parece que el tiempo también los enterró. Day tocó una marca en una pared. No, el tiempo los guardó. Como yo, solo esperaban a ser desenterrados. El silencio entre ellos tenía peso, como si las piedras se escucharan. Encendieron un fuego pequeño bajo una roca resguardada del viento. La noche cayó con un frío seco, punzante.
Brian preparó café mientras Dae limpiaba su rifle. ¿Sabes lo que haré cuando llegue al río?, preguntó ella. Contaré la verdad toda. Bryant bebió un zorbo mirando las brasas y después D lo miró con calma. Después me iré lejos. No pertenezco a ningún lugar que recuerde sangre. Él asintió despacio. Tal vez ningún lugar te merezca. Ella soltó una risa breve. El fuego crepitaba.
En el silencio un coyote ahulló en la distancia. Dle alzó la mirada hacia las estrellas. Mi madre decía que cada una es un alma que escapó del polvo. Esta noche el cielo está lleno de ellas. Bryant siguió su mirada. ¿Y crees que Pike tendrá una? Ella pensó un momento. No, su alma no subirá. El desierto no olvida a los que entierran sin razón.
Lo que él hizo lo condenó al silencio eterno. Su voz fue firme. El amanecer los encontró despiertos. El aire olía a humo y esperanza. Montaron de nuevo y siguieron hacia el este. A cada kilómetro el terreno se hacía más fértil hasta que apareció un valle cubierto de hierba alta y álamos plateados. Bryant sonró. Creí que el desierto no tenía perdón. Day miró el horizonte.
El perdón crece donde la sangre deja de manchar. Bajó del caballo y tocó el suelo. Aquí empieza algo distinto. Pero algo en su gesto mostraba desconfianza. Entre los árboles, un destello. Bryant levantó la vista y vio el reflejo de una lente. No era un espejismo. No estamos solos murmuró. Da se giró con la mirada aguda. Entonces que se acerque.
Nadie sigue fantasmas sin razón. Del bosque emergieron dos jinetes vestidos con insignias de la milicia territorial. Llevaban fusiles cruzados. Bryant Cole y Dayet Angarret, dijo uno con voz firme. Están bajo investigación por asesinato e incendio. Brian suspiró. Llegaron rápido, deben de oler el humo.
Dle se adelantó sin miedo. ¿A qué justicia sirven ustedes? ¿A la que me enterró o a la que me salvó? El oficial la observó incómodo. Tenemos órdenes del tribunal de Tucon. Deben acompañarnos. Bryant bajó la mano al arma. Tenso. Tranquilo, murmuró Da. No derrames sangre por mí. No, otra vez. Briant apretó los labios.
Pero asintió. Iremos contigo dijo al oficial. Pero si intentas ponerle cadenas, no saldrás vivo de este valle. El hombre tragó saliva. Solo órdenes. Cabalgaron en silencio, custodiados. Da miraba el horizonte recordando el pozo donde todo comenzó. “Quizás el destino no termina donde creemos”, pensó Bryant. la observaba de reojo.
Había en ella una serenidad que no comprendía, la calma del que ya murió una vez. Llegaron al puesto militar al caer la tarde, un recinto de madera polvoriento con una bandera descolorida ondeando. Los soldados los miraban con mezcla de respeto y temor. “Entréguenlos al capitán Merrick”, dijo el oficial. Él decidirá su destino.
Dentro el capitán los esperaba, hombre alto con barba gris y una cicatriz en el cuello. “He oído su historia”, dijo mirando a Daye. “Si es cierta, no necesitan defensa. Si es mentira, el fuego hablará por ustedes.” D lo observó fijamente. “El fuego ya habló, capitán. Pregúntele al viento del oeste. Él lleva el nombre del varón Pike y las cenizas de su culpa.
Merrick se levantó lentamente. Entonces, no tengo nada más que preguntar. Los escoltaron hasta una celda amplia con barrotes viejos. Briant se sentó en el suelo. No puedo creer que todo termine así. D sonrió apenas. Nada termina, solo cambia de forma. Incluso la arena vuelve a moverse cuando el viento decide. Pasaron las horas. La noche volvió a envolver el desierto.
Afuera se oía el murmullo de soldados y el golpeteo del metal contra las armas. Day cerró los ojos y murmuró en su lengua un canto antiguo, casi un rezo. Bryant escuchó sin interrumpirla. Aquellas palabras parecían despertar algo en el aire, un temblor leve. ¿Qué dices?, preguntó. Ella abrió los ojos lentamente.
Que la tierra recuerde quién soy por si vuelvo a perderme bajo ella. Su voz era un suspiro. De pronto, un golpe sacudió la puerta exterior. Voces, pasos, gritos. Brian se levantó de inmediato. ¿Qué sucede? Un soldado irrumpió respirando agitado. Los hombres de Pike, sus seguidores, vienen hacia aquí.
D se incorporó seria. El pasado aún no se quema del todo. Merrick entró armado. Necesito su ayuda dijo a Bryant. No tenemos suficientes hombres. Bryant dudó mirando a Day. Ella asintió. Si el desierto me quiere libre, pelearé una vez más. Merrick lanzó las llaves. Entonces, luchen por su verdad. Salieron juntos al patio bajo la luna.
La silueta de decenas de jinetes se aproximaba levantando una tormenta de polvo. Day tomó el rifle que le ofrecieron. El varón murió, gritó al viento. Pero su sombra sigue viva. Esta noche morirá también. Bryant se colocó a su lado. Lista para otra tumba. Ella sonrió mientras no sea la misma. Los jinetes se acercaban, el aire vibraba. Bryant respiró hondo.
Entonces que el desierto elija. Y al primer disparo la batalla comenzó. El estruendo se extendió por todo el valle. El fuego iluminó las sombras. Di y Bryant luchaban espalda con espalda, cada bala marcada por destino. La arena se teñía de rojo otra vez, pero esta vez era la sangre del pasado.
El estruendo de la batalla se mezclaba con el rugido del viento. La noche era un campo de fuego y arena. D disparaba con precisión mortal, moviéndose entre sombras. Cada enemigo caído era una espina menos en la memoria del desierto. Bryant cubría el flanco izquierdo, recargando mientras los jinetes de Pike arremetían con furia.
“A la torre!”, gritó Merrick intentando contener la línea, pero la oleada parecía interminable, una sombra revivida del pasado dispuesta a sepultar toda justicia bajo la tierra. Da rodó tras un muro derrumbado, sintiendo el impacto de las balas en las piedras. “No moriré otra vez”, murmuró levantándose. Bryant apareció a su lado sangrando en el hombro.
“Entonces vive lo suficiente para contarlo.” Respondió con voz grave. El aire olía a pólvora, sudor y venganza. La luna, cubierta parcialmente por nubes, lanzaba destello sobre las armas. Los cuerpos se apilaban. Merrick cayó de rodillas alcanzado en el pecho, pero aún gritó, “¡Defiendan el fuego, que no apaguen la verdad!” Dai corrió hacia el centro del campamento.
Los invasores prendían antorchas intentando incendiar los barracones. Bryant la siguió disparando a cada paso. “¡Cubre el oeste!”, gritó ella. Él obedeció sin pensar. Su vínculo ya era más que palabras. Era pura supervivencia. Entre el caos, una figura apareció entre las sombras, un hombre con chaqueta de cuero negro y mirada fría. “Yo conocí a Pike”, dijo con voz rasposa.
“Él me habló de ti, la mujer que no quiso morir.” Day lo enfrentó. “Entonces sabrás cómo terminó”, respondió ella apuntando su rifle. El hombre sonrió. Terminó solo su cuerpo. Sus hombres aún lo sirven. Yo vine a terminar lo que él empezó. Briant giró alzando su arma. Entonces el infierno tendrá compañía. Dispararon simultáneamente. El impacto hizo retroceder al atacante que cayó sobre el fuego.
Las llamas lo devoraron en segundos, iluminando su rostro con un destello final de horror. Da bajó el arma respirando agitadamente. “El desierto no necesita tumbas”, dijo. Solo tiempo. El combate continuó unos minutos más hasta que la última silueta enemiga cayó. El silencio regresó pesado como plomo. Bryant cayó de rodillas exhalando con dolor.
“¿Estás bien?”, preguntó Da corriendo hacia él. “He estado peor”, murmuró apretando la herida. El suelo estaba cubierto de cuerpos. Merrick agonizaba apoyado contra un poste. D se acercó. “Lo logramos”, dijo ella. Él sonríó débilmente. “No, tú lo lograste. El territorio sabrá quién fue Pike y lo que intentó ocultar. Cerró los ojos dejando escapar el último aliento.
Brian se sentó junto al fuego moribundo. ¿Y ahora qué, Day? Ella miró el horizonte oscuro, donde las primeras luces del amanecer comenzaban a teñir el cielo. Ahora el desierto me debe silencio y pienso cobrárselo. Su voz era tranquila, decidida. Ambos comenzaron a enterrar los cuerpos, no como enemigos, sino como sombras que debían desaparecer.
Day recitó en su lengua ancestral una plegaria para los muertos sin nombre. Bryant la escuchó comprendiendo que ese ritual era también una despedida. El sol ascendía lentamente, las sombras se acortaban y con ellas el peso de la noche. Da observó como el viento borraba las huellas de la batalla. El desierto limpia lo que el hombre ensucia, dijo.
Brian sonrió o lo entierra para siempre. Ella se giró hacia él. Gracias por quedarte. Briant la miró sincero. No podía dejarte sola entre fantasmas. D guardó el rifle. Entonces, ven conmigo al río salado. Quiero mostrarte dónde comenzó mi historia antes de que me la robaran. Cabalgaban otra vez atravesando la inmensidad.
El paisaje cambiaba lentamente, la arena se mezclaba con hierba, el aire se hacía más fresco. Das respiraba hondo, como si cada bocanada la acercara más a algo que el tiempo aún no le había devuelto. Bryant observó su silueta contra la luz. Pareces otra persona. Ella respondió sin volverse. Tal vez lo soy. El pozo me quitó algo, pero me dejó otra cosa.
La certeza de que sobrevivir no siempre es vivir. Él asintió pensativo. Llegaron al mediodía al borde del río. El agua corría clara entre piedras lisas. Da desmontó arrodillándose para tocarla. Mi madre decía que el río guarda las voces de los que cruzan. Si escuchas bien, te cuenta su historia. Brian se arrodilló junto a ella.
¿Y qué te dice? Day cerró los ojos, que ya no soy la misma, que mi nombre ya no pertenece al dolor. Se levantó dejando que el agua resbalara por sus manos. Soy lo que quedó después. El viento sopló con suavidad. Bryant miró el horizonte. Podrías quedarte aquí. Nadie vendrá a buscarte. Dae lo miró con ternura. No busco quedarme, busco seguir. Mi camino no termina en la tierra que me enterró.
Su sonrisa era leve, casi etérea. Construyeron un pequeño fuego junto al río. Da arrojó el medallón del varón Paik al agua. Ya no necesito pruebas. El río sabrá qué hacer con su nombre. Bryant observó el reflejo desaparecer. Así termina. Entonces, ella negó. Así empieza. El atardecer los encontró en silencio.
Las montañas se volvían púrpuras, el cielo anaranjado. Briant se acostó sobre la hierba, exhausto. “Nunca creí ver justicia en el oeste”, dijo. Dé se sentó junto a él. No era justicia, era equilibrio. El murmullo del río se mezclaba con el canto de los grillos. Day habló sin mirarlo. “¿Qué harás ahora?” Él respondió, “Seguiré cabalgando hasta que encuentre un lugar que no huela a muerte.
” Ella asintió. Entonces, quizás nos volvamos a cruzar. Bryant la miró. Y si no, sonríó. El viento sabrá llevar mi nombre hasta ti. Su voz se perdió entre las ondas del río, suave y eterna. En sus ojos brillaba algo más fuerte que el odio. Paz. Esa noche, Day durmió bajo las estrellas por primera vez sin miedo.
Soñó con el pozo, pero esta vez no había hormigas ni oscuridad, solo una flor que crecía entre la arena, bañada por la luz del amanecer. Al despertar, Bryant ya no estaba, solo quedaban sus huellas y una nota escrita sobre una piedra. El desierto no olvida, pero a veces perdona. Ve. Day sonró guardando el papel en su pecho.
El sol empezaba a calentarle la piel. Se puso de pie, miró el horizonte y respiró profundamente. “No me enterraste, varón”, murmuró al viento. “me hiciste eterna.” Montó su caballo y se alejó entre los álamos, mientras el río continuaba su canto arrastrando secretos hacia la distancia. El viento levantó polvo dorado cubriendo las huellas de D.
En la orilla, una sola pluma blanca quedó flotando sobre el agua, girando lentamente hasta desaparecer. El desierto había hablado y por primera vez guardó silencio. La cámara se elevó sobre el valle, mostrando el río como una cicatriz luminosa entre la arena infinita. En el horizonte, una silueta seguía cabalgando, diminuta, pero firme.
Una mujer que desafió la muerte y enseñó al desierto a recordar. El sol ascendió completamente, borrando las sombras de la noche. La historia de Dal se disolvió en la luz, convertida en leyenda. Y cuando el viento sopló por última vez, susurró su nombre como una oración que nadie olvidaría jamás. M.
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