El jefe apache dijo: ‘Elige a cualquiera de mis hijas, vaquero — te lo has ganado’

Cuando el jefe Apache ofrece al vaquero Pablo elegir entre sus tres hijas, Gina, Kala y Sia, como recompensa por haber salvado su tribu. Nadie imagina que esa decisión desatará un destino marcado por el amor, el honor y la redención entre la sangre, la tierra y los espíritus del desierto.
Pablo descubrirá que su mayor batalla no será con las armas, sino con su propio corazón. La tormenta se extendía sobre el horizonte, envolviendo la pradera en un manto gris y violento. El viento silvaba entre los cañones, empujando nubes bajas que parecían arrastrar el peso de un pasado lleno de sangre, honor y secretos que aún respiraban.
Pablo avanzaba a caballo con paso firme, el rostro cubierto por polvo y cansancio. Su abrigo estaba desgarrado y sus botas empapadas en barro seco. Aún así, sus ojos mantenían esa calma indomable de quien ya sobrevivió demasiado. El sol se filtraba entre las nubes, proyectando destellos dorados sobre la tierra rojiza.
A lo lejos se levantaban columnas de humo. Pablo se detuvo, olfateó el aire y su instinto le dijo que aquello no era fuego natural. Empujó a su caballo colina arriba hasta divisar un campamento apache en ruinas. Las choas ardían, los gritos se habían apagado y los cuerpos caían entre sombras. Un ataque había arrasado todo.
La tragedia reciente aún colgaba en el aire. Descendió del caballo caminando con cautela entre restos carbonizados. Había visto horrores antes, pero este tenía algo distinto. Entre los cuerpos distinguió una figura moviéndose débilmente, cubierta de sangre y polvo con un penacho roto. Era el jefe Apache, aún vivo. Pablo se acercó despacio, sus manos levantadas.
El viejo lo miró con desconfianza, la respiración entrecortada. En sus ojos se mezclaban el orgullo y la derrota. ¿Por qué un hombre blanco se acerca a un moribundo apache?”, murmuró con voz quebrada. “Porque no todos los hombres blancos son enemigos”, respondió Pablo con calma, sacando una cantimplora y ofreciéndosela.
El jefe la tomó con manos temblorosas, bebió un sorbo y dejó escapar un suspiro cargado de años y batallas perdidas. El silencio se quebró con un lamento. A unos metros, tres mujeres jóvenes intentaban incorporarse entre los restos del campamento. Sus rostros cubiertos de ceniza, su mirada mezcla de miedo y resistencia. Pablo corrió hacia ella sin pensarlo dos veces. La mayor, Gina, tenía una herida profunda en el brazo.
La del medio, Cala, intentaba ayudarla mientras la más pequeña, Cía, soyaba en silencio, apretando un amuleto de hueso entre sus dedos. Pablo se arrodilló buscando un pedazo de tela limpia. “Tranquilas, no voy a hacerles daño”, dijo con voz serena, cortando su chaqueta para vendar el brazo de Gina.
Ella lo observó con sospecha, pero el dolor y el cansancio la obligaron a permitirlo. La sangre cesó lentamente. Su respiración se estabilizó. El jefe Apache los miraba en silencio, con una mezcla de incredulidad y respeto. “Podías marcharte y dejarnos morir, pero no lo hiciste”, murmuró Pablo. No respondió, solo siguió limpiando heridas como si en aquel acto encontrara su propio perdón.
Horas después, el fuego había consumido todo. Pablo improvisó refugio con mantas y ramas. Las tres hermanas descansaban cerca del fuego. El viento se calmó y por primera vez en días el silencio se sintió menos hostil, casi humano. Esa noche el jefe habló. Tú salvaste la vida de mis hijas.
No tengo oro, ni ganado ni poder, pero tengo algo más sagrado que todo eso. Mi gratitud. Ningún hombre apache olvida una deuda como esta. Su voz temblaba. Pablo, sin apartar la mirada del fuego, respondió con humildad. No busco recompensas, solo hice lo correcto. El viejo sonríó débilmente, como si las palabras del forastero hubieran encendido una chispa antigua, una fe que creía extinguida.
Las llamas iluminaban los rostros de las hermanas. Gina observaba a Pablo con una mezzla de curiosidad y respeto. Cala mantenía la distancia siempre alerta, mientras Sia la menor, parecía fascinada por el extraño hombre de voz tranquila y mirada profunda. En el amanecer, el jefe pidió ser ayudado a levantarse.
Con esfuerzo, apoyado en Pablo, contempló los restos del campamento. Nuestros enemigos volverán. Debes marcharte antes de que te encuentren. Si te ven aquí, te matarán junto a nosotros. Pablo negó con firmeza. No dejaré a tres mujeres solas entre buitres y cazadores. Si vuelven, pelearé.
El jefe lo miró largamente, reconociendo en él algo que no esperaba encontrar. El espíritu de un guerrero, aunque su piel dijera otra cosa. Ese día juntos cavaron tumbas y levantaron cruces improvisadas con ramas secas. El aire estaba cargado de cenizas y oración muda. Cada golpe de pala era un recordatorio de lo que la guerra se lleva y jamás devuelve completamente.
Cuando el sol cayó, los cuatro se sentaron alrededor del fuego. Las llamas bailaban como espíritus antiguos. Sia rompió el silencio con voz temblorosa. Gracias, Pablo. Él sonrió y por un instante la tragedia pareció disolverse en el resplandor anaranjado. La calma duró poco. A medianoche, los perros salvajes comenzaron a aullar en la distancia.
Pablo se levantó de golpe, tomó su rifle y caminó hacia la colina. Los aullidos se multiplicaban, resonando como presagio de una nueva amenaza. Desde la cima vio figuras moviéndose entre las sombras. Eran hombres armados, probablemente cazadores de recompensas. “Nos encontraron”, murmuró. Regresó al fuego susurrando al jefe.
“Debemos movernos antes del amanecer o moriremos aquí.” El anciano asintió. Las hermanas recogieron lo poco que quedaba. Gina tomó su arco, cala una lanza rota y cargó una bolsa de hierbas medicinales. Juntos siguieron a Pablo hacia las montañas, envueltos en la oscuridad. Caminaron hasta el amanecer. Cuando el sol empezó a teñir el cielo de rojo, el jefe se detuvo agotado, apoyándose en una roca. “No puedo seguir”, dijo con voz débil.
Pablo lo sostuvo, pero el anciano lo apartó con dignidad. Escúchame, hombre blanco, dijo el jefe con solemnidad. Has arriesgado tu vida por nosotros sin esperar nada. En mi pueblo eso no se olvida. Por eso, cuando todo esto termine, te daré un regalo digno de un guerrero. Pablo bajó la mirada incómodo. No necesito regalos. El viejo sonríó. Sabio.
No hablo de cosas, sino de sangre. Cuando llegue el momento, elegirás entre mis hijas. La que desees será tuya, porque has ganado ese derecho con honor. El viento sopló entre los árboles, llevando consigo un silencio espeso. Las hermanas se miraron sorprendidas sin decir palabra. Pablo guardó silencio también, mirando al horizonte, sin saber que aquellas palabras cambiarían el destino de todos.
Gina lo observó en silencio, intentando entender su temple. Kala, siempre prudente, bajó la mirada con respeto y con ojos curiosos, parecía más intrigada que asustada. En ese instante, el futuro empezó a tejer sus hilos invisibles. El jefe volvió a sentarse exhalando con dificultad.
Descansen, mañana será largo. Los dioses ya decidieron lo que viene. Pablo se alejó unos pasos. Observando el fuego apagarse lentamente, sin imaginar que el amor y la guerra apenas comenzaban a mezclarse. El amanecer bañó el campamento con tonos dorados. El aire olía a tierra húmeda y a destino.
Las montañas aguardaban su próximo paso y Pablo, con el rifle al hombro, comprendió que su viaje ya no era solo de supervivencia, sino de redención. Si no quieres perderte nuestro contenido, dale al botón de like y suscríbete en el botón de abajo. Además, activa la campanita y coméntanos desde dóe nos escuchas. Agradecemos tu apoyo. El amanecer lo sorprendió entre los riscos.
La bruma cubría el valle como una sábana blanca y el canto de los cuervos anunciaba que la noche había dejado rastros. Pablo caminaba adelante buscando el sendero menos visible entre las rocas húmedas. El jefe Apache avanzaba con dificultad, apoyándose en un bastón improvisado. Su respiración era pesada, marcada por la fiebre.
Gina caminaba a su lado cuidando cada paso. Mientras Kala y Sía vigilaban los alrededores con una mezcla de miedo y valentía, Pablo se detuvo junto a un arroyo cristalino y observó su reflejo. El cansancio se marcaba en sus ojos, pero había una decisión firme en ellos. Aquí descansaremos un poco, dijo. El jefe.
Asintió con un gesto lento, agradecido. Encendieron un pequeño fuego con ramas secas. Cala preparó una infusión de hierbas que sí atraía en su bolsa. El aroma llenó el aire, mezclándose con el humo y el sonido tranquilo del agua corriendo. Todo parecía en calma. Al menos por ahora. Gina se acercó a Pablo mientras él afilaba su cuchillo.
No entiendo por qué nos ayudas, dijo con voz firme. Los hombres blancos nos casan como animales. Pablo levantó la mirada sin ofenderse. No todos los hombres son iguales, Gina. Ella lo observó largo rato intentando descifrarlo. Había algo en su tono que desarmaba sus defensas. “Entonces, ¿qué eres tú?”, preguntó finalmente Pablo sonrió con tristeza.
Solo un hombre cansado de ver morir inocentes en nombre del odio. El jefe Apache tosió rompiendo el momento. Pablo se acercó y le ofreció agua. No me queda mucho tiempo dijo el anciano. Pero mientras respire, mis hijas estarán bajo tu protección. Eso te lo juro con mi sangre. Cala desde el fuego. Escuchaba en silencio.
En sus ojos se mezclaba el temor y la duda. Nunca imaginó depender de un forastero. Pero algo en Pablo inspiraba confianza, como si su presencia llevara un escudo invisible contra el mal. Al caer la tarde, las sombras se alargaron sobre las piedras. Desde lo alto de la colina, Gina divisó polvo en el horizonte. “Jinetes”, advirtió. Pablo se puso de pie de inmediato.
Nos encontraron más rápido de lo esperado. Reunieron sus cosas y apagaron el fuego. Cía, nerviosa, apretaba el amuleto contra su pecho. Y si nos alcanzan. Pablo la miró con firmeza. Entonces pelearé, pero no dejaré que les pongan un dedo encima. Su voz era un juramento. Bajaron entre los árboles buscando cobertura. El sol caía entre ramas, pintando la tierra de rojo.
El sonido de casco se acercaba. Pablo levantó su rifle apuntando hacia el valle. “Cinco hombres mercenarios, murmuró, no buscan oro, buscan venganza.” Gina cargó su arco. Kala aferró la lanza quebrada y el jefe se ocultó tras una roca. Sía temblaba, pero no lloraba. El silencio se hizo espeso. Los pájaros callaron. Solo el viento susurraba entre los matorrales.
Los jinetes aparecieron al fin, riendo entre sí, confiados. Uno llevaba un pañuelo rojo al cuello. “¡Miren eso”, dijo con burla. El vaquero salvador de Apaches. Pablo disparó sin dudar. El hombre cayó del caballo y el eco retumbó en todo el valle. Los demás respondieron con balas que silvaron sobre las cabezas.
Pablo rodó por el suelo disparando con precisión. Cada movimiento era rápido, certero, casi instintivo. Los años de guerra se reflejaban en su postura. Era un soldado que nunca dejó de serlo. Gina soltó una flecha que atravesó el pecho de un atacante. Kala envistió con su lanza rota cortando la pierna de otro.
La violencia estalló entre polvo y fuego. El aire se llenó de gritos y el olor metálico de la sangre. Cuando el último enemigo cayó, el silencio regresó pesado como el plomo. Pablo se levantó respirando con fuerza. No fue el último grupo. Dijo con certeza. Alguien más vendrá. Tenemos que seguir antes de que anochezca. Su voz imponía decisión. Sia corrió hacia él con lágrimas en los ojos.
Mataste por nosotras. Pablo se inclinó limpiándole el rostro con ternura. Maté por proteger lo que aún vale la pena. Gina lo observó sin decir nada, comprendiendo algo que iba más allá del deber. El jefe Apache cerró los ojos apoyado contra una roca. Eres distinto, Pablo. Tus manos traen muerte, pero también vida. Los dioses te pusieron en nuestro camino por una razón.
Pablo guardó silencio, mirando al cielo que se teñía de violeta. Esa noche, bajo las estrellas acamparon en una grieta protegida. Gina se sentó cerca del fuego, observando a Pablo limpiar su rifle. “Nunca vi a un hombre pelear así”, dijo. “No peleaba solo por mí”, respondió él sin levantar la vista.
“Entonces, ¿por quién peleas?”, preguntó ella suavemente. Pablo sonríó. Por los que aún creen en algo, aunque ese algo esté desapareciendo. La hoguera crepitó, iluminando sus rostros. Por un instante no había razas, solo dos almas perdidas en la misma oscuridad. Cala preparó una sopa con lo poco que quedaba.
Sía se acurrucó entre mantas, quedándose dormida. El jefe murmuraba palabras antiguas, una oración para que los espíritus guiaran su paso. El fuego era lo único que lo separaba del abismo nocturno. Pablo permaneció despierto, vigilando. Cada sonido entre los árboles lo mantenía alerta. Había aprendido a desconfiar del silencio.
En el reflejo del fuego veía sombras de su pasado, compañeros caídos, guerras inútiles, promesas rotas. Ahora solo tenía una misión, protegerlos. Gina se acercó despacio sentándose junto a él. ¿Tienes miedo?, le preguntó. Pablo. Sonrió apenas. El miedo es lo que mantiene vivos a los hombres. Ella lo miró admirando su serenidad. Entonces vivirás mucho tiempo”, dijo en voz baja.
El viento cambió trayendo olor a humo lejano. Pablo se levantó observando el horizonte. “El enemigo sigue ahí buscándonos.” Gina lo imitó con el arco en la mano. Entonces no huiremos, lucharemos juntos. Sus palabras tenían la fuerza de una promesa. El jefe, medio dormido, los escuchó y sonrió débilmente.
El destino ya los unió, susurró. No lo desafíen. Cala al otro lado del fuego fingió no oírlo, pero sus ojos reflejaban preocupación. Sabía que cada amanecer los acercaba a una prueba mayor. Con la primera luz desmantelaron el refugio y siguieron montaña arriba. El frío mordía la piel. Pero el espíritu de todos se mantenía firme.
Pablo caminaba delante, Gina detrás y el jefe sostenido entre Cala y Sía. Nadie hablaba, solo respiraban. El camino era arduo, pero también sagrado. En lo alto, las rocas formaban figuras que parecían guardianes de piedra. “Mis antepasados están aquí”, dijo el jefe con voz débil. “Si muero, que sea bajo su mirada. Pablo bajó la cabeza en respeto. Finalmente llegaron a una cueva escondida tras una cascada helada.
Allí encontraron refugio. Pablo encendió un fuego y el calor les devolvió algo de vida. Por primera vez en días comieron sin sobresaltos. El silencio ahora era amigo. No amenaza. El jefe llamó a Pablo con un gesto. Ven. El hombre se acercó. arrodillándose frente a él. El anciano lo miró con ojos cansados pero firmes.
Recuerda mis palabras, vaquero. Cuando llegue el momento, elegirás entre mis hijas. Pablo intentó hablar, pero el viejo levantó la mano. No digas nada. El honor no se discute, se acepta. Gina observó desde lejos su rostro oculto por la penumbra. No sabía si temer esas palabras o desear su cumplimiento. Esa noche, mientras la lluvia golpeaba suavemente la entrada de la cueva, Pablo comprendió que el destino que lo había traído hasta ellos no era casualidad.
Algo profundo se estaba tejiendo entre el deber, el amor y una promesa sagrada. El fuego crepitó hasta apagarse lentamente, dejando solo brasas rojas. Afuera, el viento cantaba con tono de profecía. En la oscuridad tres hermanas dormían y un hombre velaba su sueño, sabiendo que el amanecer traería tanto peligro como esperanza. La cueva amaneció envuelta en una neblina espesa.
El fuego se había apagado, dejando solo el olor a madera húmeda. Pablo despertó primero, sintiendo el peso del silencio. Afuera, la lluvia seguía cayendo como si limpiara las heridas del pasado. Gina dormía apoyada contra la pared con el arco aún entre las manos. Kala estaba junto al jefe cubriéndolo con una manta.
Sia echa un ovillo. Soñaba en voz baja. Pablo los observó y entendió que ya no podía abandonarlos. Salió al exterior respirando el aire helado. La cascada caía con fuerza, escondiendo el sonido de los pasos. Desde lo alto divisó huellas recientes entre la nieve. “Nos encontraron”, murmuró. Su mirada se endureció. La amenaza regresaba inevitable.
regresó a la cueva y despertó a Gina con suavidad. Ella se incorporó al instante, instintivamente tomando su arma. ¿Qué sucede?, preguntó. No estamos solos, respondió Pablo. En sus ojos había alerta, pero también serenidad. Estaba acostumbrado a la cercanía de la muerte. El jefe Apache abrió los ojos lentamente, su respiración débil, pero consciente. “Sabía que el enemigo no tardaría”, murmuró.
“Llévalas contigo, Pablo. Cumple lo prometido. Llévalas contigo, Pablo. Cumple lo prometido.” El hombre negó con firmeza. “No te dejaré atrás. Todos saldremos vivos de esto.” El anciano sonríó con tristeza. No todos los caminos se recorren de pie, hijo. Gina apretó su mano conteniendo el llanto. No hables así, padre.
Pero él la miró con ternura. Los dioses me llaman. Mi deuda contigo apenas comienza, Pablo. Kala empacó hierbas y provisiones mientras Pablo preparaba al caballo. Debemos movernos antes del mediodía, dijo. Gina lo miró fijamente. ¿A dónde iremos? Al norte, respondió él. Hay un viejo fuerte abandonado.
Podremos resistir si llegamos antes del anochecer. El viaje fue silencioso y tenso. El bosque parecía observarlos. Las ramas crujían como huesos y el viento traía ecos de voces antiguas. Sia caminaba cerca de Pablo, confiando en él con una inocencia que le recordaba lo que había perdido.
Cuando el sol alcanzó el senit, se detuvieron para descansar. Gina se acercó a Pablo, su rostro endurecido por la desconfianza y la admiración. Mi padre confía en ti, pero dime, ¿qué te motiva realmente? Honor, culpa o redención. Pablo la miró sin apartarse. No busco redención. Ya hice la paz con mis fantasmas, pero no puedo ignorar lo que es justo.
Si los hombres aprendieran a ver más allá del color, el mundo no sangraría tanto. Ella guardó silencio asimilando sus palabras. Por primera vez, una chispa de respeto sincero cruzó sus ojos. Entonces, no eres un vaquero común, Pablo. Él sonrió levemente. Nunca fui bueno para encajar entre los comunes. La tensión entre ambos comenzó a transformarse.
Sia interrumpió señalando el cielo. Mira. Una bandada de cuervos giraba en círculo sobre el valle. Pablo comprendió lo que significaba. Están siguiendo a los cuerpos. Eso quiere decir que los cazadores ya están cerca. tomó su rifle y miró al horizonte. Kala ajustó la lanza y avanzó junto a él. No te dejaremos pelear solo.
Pablo la miró admirando su determinación. No lo haré, pero quiero que protejan al jefe. Si caigo, sigan hacia el norte. No se detengan. Gina se opuso. No volverás a morir por nosotros. Sus palabras eran una orden, no una súplica. Pablo asintió lentamente. Entonces, pelearemos juntos.
En ese instante, los cuatro formaron un pacto silencioso, sellado por la necesidad y el coraje. El sonido de cascos resonó en la distancia. El enemigo se acercaba. Pablo subió a una roca y divisó cinco jinetes armados recorriendo el sendero. Vienen directo hacia aquí. El tiempo se comprimió. Cada segundo contaba. El jefe intentó incorporarse. Su voz débil. Déjame pelear a tu lado. Pablo lo sostuvo suavemente. Tu batalla es quedarte con vida.
Prometí protegerlas y así será. El anciano lo miró con orgullo. Eres más apache que muchos nacidos en mi tribu. El primer disparo rompió el aire. Una bala rebotó en la piedra levantando polvo. Pablo respondió con precisión, derribando al jinete del frente. Gina disparó su arco. La flecha atravesó el cuello de otro. La guerra volvió a respirar entre ellos.
Sia gritó cuando un enemigo se acercó por el flanco. Kala lanzó su lanza rota impactando en el pecho del atacante. La lucha era brutal. Sin tiempo para pensar. Pablo se movía con instinto puro, cada disparo una línea escrita con fuego. En minutos, el silencio regresó. Solo el eco de la batalla permanecía. Tres cuerposcían sobre la nieve. Los demás huyeron.
Pablo bajó el arma lentamente, cubierto de polvo y sudor. “No volverán pronto”, dijo con voz baja. Gina se acercó, su respiración agitada. ¿Cuántas veces has hecho esto? Pablo la miró cansado. Demasiadas. Ella asintió con respeto. Y sin embargo, sigues vivo. Solo los muertos dejan de intentarlo, respondió él, limpiando su rifle con calma, casi ritual. Esa noche el fuego volvió a arder.
Se adormía apoyada en cala, mientras Gina observaba el reflejo de las llamas en los ojos de Pablo. “Mi padre te ofreció elegir entre nosotras”, dijo con voz baja. “¿Piensas hacerlo algún día?” Pablo se tensó sorprendido. No busco poseer a nadie, Gina. No soy ese tipo de hombre. Ella lo miró fijamente. Entonces eres distinto a todos los que he conocido.
Un silencio profundo los envolvió, cargado de significado y peligro. El jefe habló desde las sombras. No es posesión, hija, es destino. Los dioses ya eligieron, aunque tú no lo entiendas todavía. Gina bajó la mirada perturbada. Pablo apartó la vista hacia el fuego, sabiendo que el peso de esas palabras lo perseguiría.
La lluvia comenzó a caer, apagando parte de las llamas. Cala cubrió a su padre con una manta. Sía murmuró un rezo en lengua antigua. Pablo observó como cada una de ellas cargaba la fuerza de generaciones enteras. No eran simples sobrevivientes. Al amanecer, retomaron el camino. Las montañas se abrían ante ellos como gigantes dormidos.
El aire olía a tierra húmeda y libertad. Pero en el horizonte una figura los observaba a distancia, un hombre encapuchado montando un caballo oscuro. Pablo lo notó y se detuvo. Nos siguen otra vez. Gina frunció el ceño. No es un cazador. El jefe asintió. Es un mensajero de la guerra. Los hombres del norte quieren exterminarnos a todos.
La tensión volvió a apoderarse del grupo. Avanzaron más rápido, buscando refugio entre riscos. Pablo se mantuvo atrás cubriendo la retaguardia. Cada paso era una lucha contra el cansancio y el miedo, pero en su pecho algo nuevo crecía, la sensación de pertenecer por primera vez.
Al llegar al paso rocoso encontraron un antiguo altar apache cubierto de símbolos. El jefe lo reconoció y cayó de rodillas. Aquí fue donde nací, dijo con lágrimas. Gina lo abrazó. Pablo bajó la cabeza respetando el momento sagrado. El anciano habló con voz temblorosa. Aquí decidirán los dioses nuestro destino. Si caigo, recuerda mi promesa, Pablo. El hombre lo sostuvo del brazo.
No hablarás de morir. Llegaremos juntos al norte. Pero ambos sabían que el tiempo se agotaba. Esa noche las estrellas parecían más cercanas, como si observaran con compasión. Pablo se sentó junto al fuego, sintiendo la mirada de Gina sobre él. Ninguno habló. El silencio entre ambos era más elocuente que mil palabras no dichas.
Cuando el viento sopló entre los árboles, el jefe susurró su última oración a los espíritus del valle. Protégelos, gran padre del cielo. Y Pablo entendió que el verdadero viaje apenas comenzaba, uno que no dependía de balas, sino del corazón. La mañana siguiente trajo un silencio inquietante. El sol asomaba entre nubes bajas, tiñiendo las montañas de un dorado triste.
Pablo encendió el fuego con movimientos precisos mientras el jefe observaba el humo elevarse como si buscara respuestas en el cielo. Gina se acercó a Pablo con una mirada grave. “Mi padre apenas puede mantenerse en pie”, dijo. “Necesita descanso.” Pablo asintió. Pero su atención se mantenía fija en el horizonte.
No hay tiempo, Gina, nos están acorralando. El anciano Apache escuchó respirando con dificultad. Déjame aquí, murmuró. Mi tiempo terminó. Pablo lo interrumpió con firmeza, no mientras yo respire. El jefe sonríó débilmente. Tienes el corazón de un guerrero, aunque naciste fuera de nuestra tierra. Cala repartía las últimas provisiones.
Solo queda comida para dos días. Pablo revisó el mapa improvisado que había dibujado en un trozo de cuero. Si tomamos el paso del este, llegaremos al fuerte antes del anochecer de mañana. Sia tiró del brazo de Gina. Tengo miedo. Su voz temblaba como un hilo de agua. Gina la abrazó susurrándole algo en su lengua ancestral.
Los espíritus caminan con nosotros mientras el fuego viva, no estamos solas. Pablo cargó al jefe sobre el caballo y comenzó la marcha. El grupo avanzó por el estrecho sendero, rodeado de riscos y arbustos secos. Cada paso resonaba con eco, como si las montañas respondieran con murmullos invisibles. A mitad del camino, un disparo rompió el aire. Pablo giró protegiendo a Sía.
La bala se incrustó en una roca cercana. Nos encontraron otra vez. Gina desenfundó su arco y se ocultó tras un árbol. No corran, peleen. Tres hombres emergieron entre los matorrales armados y sonrientes. Ahí está el mestizo traidor, gritó uno. Pablo disparó primero derribándolo.
Gina lanzó una flecha que rozó el cuello del segundo. Kala golpeó al tercero con una rama ardiente. La lucha fue breve. Cuando el polvo se asentó, el silencio volvió a dominar. Pablo respiraba con dificultad, cubierto de sangre ajena. Gina lo observó impresionada por su precisión letal. Eres diferente cuando peleas, dijo.
Él respondió con voz baja, porque no me permito dudar. El jefe murmuró desde el caballo, la violencia te persigue, Pablo, pero también te salva. Él asintió sin responder. En su mirada se mezclaban cansancio y destino. A veces la paz parecía más lejana que el horizonte que intentaban alcanzar. Siguieron avanzando hasta el anochecer. El sol moría entre montañas y el viento traía olor a lluvia.
Pablo encontró una pequeña cueva protegida por rocas. Descansaremos aquí. Gina ayudó a su padre a recostarse. Cala encendió una antorcha improvisada. Sia se quedó mirando a Pablo mientras él limpiaba su arma. “¿Siempre fuiste un soldado?”, preguntó con curiosidad infantil.
Fui muchas cosas, respondió él, pero ninguna me hizo sentir tan vivo como protegerlos a ustedes. Sia sonrió y su inocencia alivió la noche. Gina lo observó desde el otro lado del fuego. “No deberías decir esas cosas”, murmuró. “Mi hermana se encariñará contigo.” Pablo levantó la vista. “¿Y tú no lo has hecho ya?” Ella lo miró con rabia contenida, sin negar ni afirmar. El jefe tosió rompiendo el silencio. El corazón no se manda, hija.
Gina se levantó bruscamente. Basta, padre. Se alejó hacia la oscuridad. Pablo la siguió con la mirada, sabiendo que la distancia entre ambos era más que física. Cala se acercó al fuego y habló en voz baja. Ella teme perder lo poco que ama. Pablo asintió. Todos tememos eso. Por un momento, el tiempo pareció detenerse.
Afuera, los lobos aullaban como guardianes del destino. Gina regresó cuando la luna estaba en lo alto. Su rostro estaba húmedo por la lluvia o quizá por lágrimas. Se sentó junto a Pablo sin decir palabra. El fuego iluminó sus ojos revelando el cansancio y la fuerza que la sostenían. Él rompió el silencio.
Tu padre me ofreció elegir entre ustedes. Ella lo miró desafiante. Y ya elegiste. Pablo bajó la mirada hacia el fuego. No se puede elegir lo que ya es inevitable. Gina se quedó quieta sin saber si temer o sonreír. El jefe habló débilmente desde el rincón. Los dioses te escuchan, Pablo. Ellos ya han decidido. Sía dormía ajena a todo mientras Cala vigilaba la entrada.
La noche se alargó y el viento apagó lentamente las brazas del fuego. Al amanecer reanudaron la marcha. El cielo amaneció teñido de rojo. Presagio de guerra. Las montañas parecían observarlos en silencio. Gina montó al frente con los ojos fijos en el horizonte. Pablo caminaba detrás atento a cualquier ruido. Cruzaron un riachuelo y encontraron rastros frescos, huellas de caballos, restos de fogata.
“Nos están cercando,” dijo Pablo. “No falta mucho para que nos alcancen.” Kala lo miró con determinación. Entonces será su final, no el nuestro. El jefe comenzó a tocer con más fuerza. Gina desmontó para sostenerlo. “Padre, aguanta. Él sonrió débilmente. Mi camino se acorta, hija, pero tú tú seguirás. Gina lloró en silencio, apretando su mano.
Pablo apartó la mirada con respeto. Llegaron al borde de un cañón inmenso. Abajo rugía el río golpeando las rocas con furia. “No podemos cruzar con el caballo”, dijo Pablo. “Habrá que buscar un paso más estrecho.” Sía se aferró a Cala, aterrada por la altura. El jefe señaló hacia el norte, allí donde el águila gira hay un puente natural. Pablo lo observó con asombro.
¿Cómo lo sabes? El anciano sonrió, porque ahí dejé mi juventud. Era la primera vez que su voz sonaba llena de nostalgia. Subieron por la ladera hasta encontrar el puente de piedra. Parecía frágil, pero era su única opción. Pablo cruzó primero probando cada paso. El viento soplaba fuerte y las gotas de lluvia hacían el camino resbaladizo.
Detrás Gina lo seguía sin miedo. A mitad del cruce, una flecha silvó desde el bosque. Rozó el hombro de Pablo arrancándole un gemido. “Nos atacan!”, gritó Cala. Sía lloró aferrada a su hermana. Gina desenvainó su cuchillo y gritó, “¡Cruza, Pablo, yo los cubriré!” Él giró disparando contra la sombra entre los árboles. Un enemigo cayó al vacío. “No te quedes atrás”, gritó.
Pero Gina se negaba a retroceder. Luchaba como un alma salvaje. Cada golpe una promesa de no rendirse jamás. Finalmente, Pablo regresó y la tomó del brazo. “Vámonos ya.” la arrastró hasta el otro lado. Justo cuando el puente se resquebrajó tras ellos, las piedras cayeron al abismo, borrando cualquier camino de regreso.
El silencio volvió roto solo por la respiración agitada. El jefe los miró con lágrimas. Los dioses los protegen. Pablo apretó la herida del hombro. No sé si fue suerte o destino. Gina lo sostuvo limpiando la sangre. Quizás ambos, pero aún no ha terminado. Esa noche acamparon cerca del río. El fuego ardía débilmente, reflejándose en las aguas turbulentas.
Pablo, con el hombro vendado, observó a Gina mientras ella cuidaba a su padre. Cada gesto suyo era una mezcla de fuerza y dulzura imposible de ignorar. El jefe murmuró su nombre por última vez antes de dormir. Pablo, si muero, cumple mi palabra. Elige a quien dicten los espíritus. Él lo miró dolido. No quiero heredar tu promesa. Quiero que vivas para bendecirla.
Gina levantó la vista con lágrimas contenidas. Si él muere, su palabra será ley. Pablo no respondió. El fuego crepitó entre ambos, marcando un límite que ninguno se atrevía a cruzar. Afuera, los lobos aullaban, presintiendo el fin de una era. El amanecer trajo un silencio diferente.
El aire era pesado, cargado con la fragancia amarga del incienso natural que ardía en las montañas. Pablo despertó con el sonido del agua fluyendo, pero algo en el ambiente presagiaba una despedida inminente. El jefe Apache respiraba con dificultad, su cuerpo envuelto en mantas tejidas por sus hijas. Gina le sostenía la mano, sus ojos firmes, aunque el dolor la devoraba por dentro.
Kala preparaba hierbas medicinales mientras Sía oraba en voz baja. Pablo se acercó y se arrodilló junto al anciano. Resiste un poco más, jefe. Falta poco para el fuerte. El hombre sonrió débilmente. No luches contra la voluntad de los espíritus, hijo. Ellos ya me han mostrado el camino. Gina lo miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas. No digas eso, padre.
Pero el anciano la detuvo con un gesto suave. He visto morir soles y renacer lunas. Es tiempo de que el fuego cambie de guardián. El silencio que siguió fue espeso como la neblina. Pablo sintió un peso en el pecho que no sabía nombrar. Tomó la mano del jefe y la apretó. Si hay algo que deba hacer, dímelo ahora.
El anciano asintió, respirando con dificultad. Cumple mi palabra, Pablo. Elige con el corazón, no con la deuda. No tomes a una hija por obligación, sino por destino. Prométemelo. Pablo cerró los ojos. Te lo prometo, jefe. El viento se levantó agitando las ramas. Kala levantó la vista notando como un águila sobrevolaba el cielo.
Los dioses están aquí, susurró. Gina acarició el rostro de su padre mientras una lágrima resbalaba hasta su barba gris. Sía se acercó llorando en silencio. Padre. Pero el anciano ya había exhalado su último aliento. Su mirada permaneció serena, fija en el amanecer. La naturaleza entera pareció detenerse. Ni el viento osóplar durante aquel instante. Gina soltó un grito que desgarró el aire.
Pablo la sostuvo antes de que cayera. “Déjalo ir, Gina”, murmuró. Ella se aferró a él golpeando su pecho con rabia, negándose a aceptar lo inevitable. “No, no sin él.” Cala se arrodilló junto al cuerpo y comenzó el canto sagrado. Su voz era un hilo entre la tierra y el cielo. Si la siguió temblando mientras el sol naciente iluminaba el rostro del jefe, transformándolo en una figura eterna.
Pablo cabó la tumba con sus propias manos, usando su cuchillo y fuerza bruta. El suelo era duro, pero no se detuvo hasta que el hueco estuvo listo. “Descansa, viejo amigo”, dijo en voz baja, dejando su sombrero sobre la cruz improvisada. Gina colocó una piedra sobre la tumba, símbolo de fuerza y permanencia.
Cala ofreció una flor seca, cía, un trozo de tela azul. Las tres se tomaron de las manos y juntas susurraron una oración ancestral por el alma de su padre. Pablo se apartó mirando hacia el horizonte. Sabía que no podían quedarse allí. El enemigo aún los buscaba, pero su corazón se negaba a romper el silencio sagrado que envolvía aquel momento.
Por primera vez deseó poder detener el tiempo. Gina se acercó a él, los ojos aún húmedos. Prometiste algo”, dijo con voz firme. “¿Lo cumplirás?” Pablo la miró sabiendo que esa pregunta iba más allá del deber. “Sí, Gina, lo cumpliré aunque me cueste la vida.” Ella lo miró profundamente intentando descifrar si hablaba por amor o promesa.
Luego asintió limpiando sus lágrimas. “Entonces marchemos. Mi padre no querría que muriéramos junto a su tumba. Sus palabras eran duras, pero su voz temblaba. Reanudaron el viaje hacia el este. La lluvia comenzó a caer suave, purificando los rastros de dolor. Pablo caminaba adelante, Gina tras él, con Cala y Cía, cubriéndose bajo una manta.
El paisaje parecía nuevo, pero el vacío seguía presente. Al caer la tarde, divisaron humo a lo lejos. Debe ser el fuerte”, dijo Pablo aliviado. Sin embargo, Gina frunció el ceño. “Ese humo no es de cocina, es señal de guerra.” Las gotas se hicieron más densas, golpeando la tierra con fuerza.
Se ocultaron entre unos arbustos, observando frente al fuerte, un grupo de hombres armados vigilaba la entrada. No son soldados del gobierno”, murmuró Pablo. “Son cazadores de recompensas.” Cala lo miró preocupada. “¿Nos siguen a nosotros?” Él asintió. “¿Y no se irán?” Gina apretó su arco, la furia brillando en sus ojos. “Entonces no huiremos, lucharemos.
” Pablo la miró sorprendido. “Tu padre diría lo mismo.” Ella respondió con voz baja, “Mi padre ya no está. Ahora me toca decidir a mí. Esperaron la oscuridad. Cuando el sol se ocultó, Pablo y Gina avanzaron sigilosamente hacia el fuerte. La lluvia cubría sus pasos, pero el peligro estaba en cada sombra.
Detrás Kala cuidaba a Cía, manteniéndola en silencio absoluto. Un guardia se movió frente a ellos. Pablo lo tomó por sorpresa, derribándolo sin ruido. “Uno menos”, murmuró. Gina le cubrió la espalda disparando una flecha que atravesó la garganta de otro. Sus movimientos eran precisos, mortales, casi en sincronía. Entraron al fuerte.
Dentro descubrieron algo inesperado, el estandarte apache colgado en una pared. ¿Qué significa esto?, preguntó Gina confundida. Pablo frunció el seño. Alguien está usando el símbolo de tu pueblo para algo que no entiendo. Avanzaron hasta una habitación donde había mapas y documentos. Pablo los revisó. Estos hombres comercian con esclavos.
Usan la guerra como excusa para capturar mujeres y niños. Gina apretó los puños. Entonces hoy liberaremos a los nuestros. Una voz retumbó desde la entrada. No tan rápido, forasteros. Un hombre alto con abrigo negro los apuntaba con un rifle. Su sonrisa era la de un cazador satisfecho. Los he estado esperando. Vale más su cabeza que su alma. Pablo se interpuso frente a Gina.
Si quieres algo, ven por ello. El hombre disparó, pero Gina se lanzó al suelo y contraatacó con una flecha directa al hombro del enemigo. Corre, Pablo gritó. Los ecos del combate llenaron el fuerte. Pablo disparó dos veces, derribando a los guardias que se acercaban. El fuego iluminó los pasillos.
Gina corrió hacia los cautivos y rompió las cadenas con su cuchillo. “Salgan ahora!”, gritó. Mientras el caos se extendía como una tormenta desatada. El líder, herido, intentó huir por la puerta trasera. Pablo lo alcanzó y lo derribó con un golpe seco. Esto es por cada alma que vendiste.
Su puño cayó una vez más, terminando la lucha. Afuera, la lluvia se mezclaba con el humo. Cuando todo acabó, Gina se acercó a él cubierta de ceniza. Lo hiciste. Pablo negó. Lo hicimos. Ella le sostuvo la mirada respirando con dificultad. Mi padre tenía razón. Los espíritus te eligieron. Él sonrió apenas y yo los escuché. Esa noche el fuego del fuerte volvió a encenderse, pero esta vez como señal de esperanza. Kala y Sía abrazaron a Gina.
Pablo los observó en silencio, sabiendo que el camino aún no terminaba. El destino aguardaba su último juicio. En la distancia, el viento arrastró una melodía ancestral. Gina la reconoció. Era el canto de su padre, como si los espíritus celebraran la unión entre el guerrero extranjero y la sangre apache.
El pasado y el presente se fundían en un mismo eco. Pablo levantó la vista al cielo, empapado por la lluvia. Descansa, viejo amigo”, murmuró. Gina se acercó y tomó su mano. No estás solo. Él la miró sabiendo que a pesar del dolor, el amor había comenzado a florecer entre las cenizas. El amanecer llegó cubriendo el fuerte con una neblina dorada.
El humo aún se elevaba lentamente, pero la calma se había apoderado del lugar. Pablo observaba el horizonte con el rostro endurecido por las batallas y la memoria de los caídos. Gina salió del interior del fuerte con el cabello suelto y las manos manchadas de ceniza.
Había ayudado a enterrar a los prisioneros muertos y a liberar a los sobrevivientes. Su mirada se cruzó con la de Pablo y el silencio habló por ambos. Cala y Sía dormían cerca del fuego, exhaustas después de cuidar a los heridos. El viento movía las brasas haciendo que pequeñas chispas volaran hacia el cielo.
Era como si los espíritus de su pueblo ascendieran en busca de paz. Pablo se acercó lentamente a Gina. Tu padre estaría orgulloso. Ella lo miró con serenidad. Mi padre descansa porque tú cumpliste su palabra. Él negó con un suspiro. No la cumplí por deber. Lo hice porque no podía hacer otra cosa. Gina bajó la mirada tocando su collar de hueso. Dices eso como si te pesara.
Pablo la observó. Me pesa no saber si fue destino o amor. Ella dio un paso adelante, tan cerca que su respiración se mezcló con la de él. “El destino solo lleva hasta la puerta”, murmuró ella. Lo que hacemos al cruzarla, eso es amor. Pablo quedó en silencio, atrapado en sus palabras.
La tomó de la mano y la apretó suavemente, sin necesidad de promesas ni juramentos. El sol comenzó a filtrarse entre las nubes. Cala se despertó y los observó en silencio. Una sonrisa leve se dibujó en su rostro. Había entendido que el ciclo de su familia continuaba no con tristeza, sino con esperanza. Sía corrió hacia Pablo y lo abrazó con ternura.
“Ya no nos dejarás, ¿verdad?”, preguntó. Él acarició su cabello. “Nunca más. Donde vayan ustedes iré yo.” Gina los observó sintiendo por primera vez que el hogar no era un lugar, sino una presencia. Ese día, los supervivientes apaches comenzaron a reconstruir lo que quedaba del fuerte, convirtiéndolo en un refugio para todos los que habían perdido algo.
Pablo se unió al trabajo cargando madera y levantando muros junto a los hombres del pueblo. Las mujeres recogían agua del río y Cala enseñaba a los niños a preparar medicinas con hierbas. Gina organizaba a los ancianos guiando con autoridad y compasión. En su mirada ardía la misma fuerza que su padre había tenido en vida. Por las noches el fuego central se encendía y el sonido de tambores resonaba entre las montañas. Sia danzaba junto a los otros jóvenes, riendo con libertad.
Gina observaba desde la distancia mientras Pablo afinaba una vieja guitarra junto al fuego. Una melodía suave comenzó a llenar el aire. Era una canción sin palabras, nacida del silencio y la memoria. Gina se acercó lentamente, sentándose a su lado. No sabía que tocaras. Él sonríó. Toco lo que no sé decir.
Ella lo miró y por un instante el mundo se detuvo. Las estrellas parecían escuchar. Pablo la observó como si el universo entero se resumiera en su rostro. Luego, sin hablar, ella apoyó su cabeza en su hombro. El fuego crepitó suavemente. Al amanecer siguiente, Pablo despertó con el canto de los pájaros. Gina dormía a su lado con el rostro tranquilo.
Por primera vez en años él sintió paz. Supo que su camino, lleno de heridas y promesas rotas, había llegado a su destino. Esa misma mañana, Kala se acercó a ellos con una sonrisa traviesa. “Mi padre habría elegido igual”, bromeó. Pablo rió suavemente. Tu padre me habría puesto a prueba primero.
Gina respondió, ya lo hizo Pablo y lo superaste con el corazón. Con el paso de las semanas, el lugar floreció. Los ríos volvieron a correr limpios y el humo del fuego solo se alzaba para cocinar y rezar. Pablo ayudó a construir una escuela enseñando a los niños a leer y a proteger su herencia.
Una tarde, Sía corrió hacia él con un colgante entre las manos. Era de papá, dijo. Pablo, lo tomó con respeto. Guárdalo tú, respondió. Eres la voz de su espíritu. Sia lo abrazó y por primera vez su sonrisa no tenía miedo. Gina lo observaba desde lejos, su corazón lleno de gratitud, no por haber encontrado a un salvador, sino a un compañero.
Pablo era ahora parte del suelo, del aire, del mismo fuego que ardía cada noche en sus oraciones. Una luna roja iluminó el cielo semanas después. Los ancianos decían que era señal de renacimiento. Esa noche Gina se acercó al río con Pablo. Mi padre decía que las almas cruzan el agua cuando el ciclo se cumple. Él la miró con ternura. ¿Y tú crees que se cumplió? Ella sonrió tomando su mano.
Sí, porque su promesa no era solo una elección, era el comienzo de una unión que los espíritus ya habían escrito antes de nacer. El viento sopló suave, moviendo las aguas. Gina alzó la vista al cielo. Allí está su espíritu mirando. Pablo la abrazó desde atrás y aquí está su legado vivo.
En silencio, ambos cerraron los ojos, dejando que el río sellara la promesa. Al día siguiente, los tambores resonaron en todo el valle. No era guerra, sino celebración. El pueblo Apache honraba la nueva unión. Pablo y Gina se tomaron las manos frente al fuego mientras Cala y Sía colocaban coronas de flores en sus cabezas. Los ancianos entonaron cantos antiguos y las chispas del fuego parecían bailar al ritmo de la ceremonia.
Pablo miró a Gina y ambos entendieron que aquel momento era más grande que ellos. Era la fusión de dos mundos que alguna vez se temieron. Cuando la noche cayó, el cielo se llenó de estrellas como nunca antes. Pablo levantó la vista y pensó en el jefe Apache, en sus palabras, en su promesa cumplida. “Gracias, viejo amigo”, murmuró.
Gina le apretó la mano respondiendo sin palabras. Cala tocó una flauta y su melodía se extendió por las montañas. Era una canción nueva, pero con raíces antiguas. Si danzaba bajo la luna, representando el ciclo eterno de la vida, la pérdida y el renacer del espíritu guerrero. El fuego crepitó y una chispa subió al cielo perdiéndose entre las estrellas.
Gina apoyó su cabeza sobre el hombro de Pablo. Nuestro pueblo vuelve a vivir. Él sonrió. Tu padre lo sabía, por eso me pidió elegir con el corazón. ¿Y qué elegiste? preguntó ella mirándolo con dulzura. Pablo acarició su rostro. Elegí quedarme contigo, con ellas, con todo lo que representa esta tierra.
Gina cerró los ojos, sintiendo que finalmente el amor y el deber se habían fundido en uno. El viento sopló una última vez, llevando el eco de una voz lejana, la del jefe, agradeciendo desde el más allá. La fogata iluminó los rostros de los presentes, sellando una historia escrita con fuego, sangre y amor que trascendió generaciones. En el horizonte, el sol despuntó nuevamente, bañando todo en luz dorada.
Pablo y Gina observaron el amanecer tomados de la mano. No había palabras, solo la certeza de que los espíritus habían cumplido su promesa y el ciclo por fin estaba completo.
News
Grupo de amigos desaparece en 1992 — 12 años después buzo halla algo imposible
Grupo de amigos desaparece en 1992 — 12 años después buzo halla algo imposible Rafael Silva revisa por…
Abogado desaparece en 1990 — 12 años después lo hallan vivo en un búnker secreto
Abogado desaparece en 1990 — 12 años después lo hallan vivo en un búnker secreto Era 23 de marzo…
Dos sargentos desaparecen en 1974 — 13 años después, un rescate revela la verdad
Dos sargentos desaparecen en 1974 — 13 años después, un rescate revela la verdad El helicóptero Bell UH1 sobrevolaba…
Padres desaparecen en 1997 — 5 años después hallan la vieja cámara familiar
Padres desaparecen en 1997 — 5 años después hallan la vieja cámara familiar El investigador Duarte clavó la pala…
Grupo de amigos desaparece en el Valle de la Luna — 10 años después, hallazgo desafía la ciencia
Grupo de amigos desaparece en el Valle de la Luna — 10 años después, hallazgo desafía la ciencia …
Ancianos desaparecen en Montana; 15 años después hallados en cueva con símbolos en las paredes
Ancianos desaparecen en Montana; 15 años después hallados en cueva con símbolos en las paredes La luz de la…
End of content
No more pages to load






