Intentaron Tomarse Libertades con la Cantinera — Pero el Forastero a su Lado No Era Cualquiera 

 

 

En el corazón palpitante de la cantina del donde el mezcal fluye como río y los hombres pierden más que dinero, María servía bebidas con una sonrisa que escondía cicatrices invisibles. Ella conocía cada rostro, cada historia, cada mano que intentaba traspasar límites. Aquella noche, tres vaqueros de la hacienda muerte llegaron con sangre en los ojos y whisky en la boca.

 Creían que podían hacer lo que quisieran con cualquier mujer en ese lugar miserable. La libertinaje era su derecho, pensaban. La violencia era lenguaje. Pero María no estaba sola. En la esquina oscura de la cantina, un hombre observaba. Sombrero mexicano de ala ancha, poncho gastado, ojos que ya habían visto demasiada muerte para intimidarse con tres vidas más.

 Su nombre susurraba en el paso Alejandro el Vengador Morales. Un pistolero con un código simple. Mujeres, niños e inocentes no se tocaban. Punto final. Cuando el primer vaquero puso sus manos sucias en el brazo de María, ella sintió el miedo trepar por su columna. Pero antes de que gritara, una voz cortó el aire como cuchillo. Suéltala.

 Los tres hombres se giraron. Lo que vieron lo celó. El forastero se levantaba lentamente la mano descansando sobre la cacha de su colt. 45. Su mirada era un abismo, su presencia una promesa de dolor. Lo que sucedería en los próximos 30 minutos cambiaría para siempre el destino de cantina del Porque algunos hombres no aprenden con palabras, solo con balas.

Antes de descubrir qué sucedió esa noche en la cantina del suscríbete al canal y acompáñanos en este viaje por las sombras del viejo esteja tu like si crees que aún existen hombres que defienden a los inocentes y comenta desde qué parte del mundo nos escuchas porque me encanta saber hasta dónde llegan estas historias.

Ahora sí, ajusta tu sombrero, carga tu revólver y quédate hasta el final, porque lo que está por venir será intenso, brutal y profundamente humano. Alejandro Morales cruzó San Cristóbal cuando el sol caía como sangre sobre la sierra. Su Mustang negro, sombra avanzaba con el cansancio de 100 millas recorridas.

El pistolero traía la reputación de 18 muertos en 5 años. Algunos merecían morir, otros eran simplemente obstáculos en su búsqueda de redención. Las calles estaban vacías. Era la hora entre el trabajo y la noche, cuando los hombres se preparaban para beber y las mujeres se recogían en sus casas. Alejandro lo sabía.

 Había aprendido a leer pueblos como otros leen libros, entendiendo sus ritmos, sus peligros, sus oportunidades. La cantina del era su destino, no porque buscara pelea, sino porque buscaba olvido, un vaso de mezcal, una cama limpia y quizás una noche sin pesadillas, donde veía rostros cayendo bajo sus balas.

 Entró por las puertas de madera podrida que chirriaban como protesta. El silencio lo tragó como boca de serpiente. 30 ojos lo escanearon. Forastero peligroso, su chaleco de cuero, sus manos callosas, la forma en que se movía como depredador. La música de guitarra cesó. Los dados dejaron de caer. Caminó hacia la barra con la seguridad de quien ha entrado en 100 cantinas iguales.

 Se sentó en un taburete de madera y pidió mezcal en voz baja, apenas un susurro. Fue entonces cuando la vio. María estaba detrás de la barra, sus manos temblando apenas mientras limpiaba vasos con un trapo blanco. Tenía cabello negro como la noche, ojos verdes que parecían contener historias de sufrimiento y resistencia. Cuando le sirvió el mezcal, sus dedos rozaron los de Alejandro.

 Ambos sintieron algo indefinible, reconocimiento de dos almas que habían sufrido demasiado. “Tienes nombre forastero”, preguntó María, sus ojos verdes encontrando los suyos. “Tengo muchos,”, respondió Alejandro. El que importa es el último que escuchan antes de morir. Ella sonrió genuinamente, no la sonrisa falsa de una cantinera.

Algo le decía que ese hombre sería importante para su destino. Los demás parroquianos volvieron lentamente a sus actividades. Atención se relajó, aunque todos eran conscientes de que había un pistolero en su medio, un forastero cuya presencia cambiaría todo. Alejandro bebió su mezcal en silencio mientras la tarde se convertía en noche.

 Una hora después, cuando las velas iluminaban la cantina con luz amarillenta, ellos entraron. Tres vaqueros de la hacienda muerte, brutales, ebrios, hambrientos de violencia. Ramón el Toro García, de 30 años con cicatrices cruzando su cara. Su cuerpo era montaña de músculo. Había violado a cuatro mujeres sin consecuencias porque trabajaba para don Felipe.

 Su hermano Jesús, 25 años, más joven, pero igual de peligroso. Y Lucas, un gringo de Georgia huyendo de la justicia norteamericana, delgado, pero fuerte, el más inteligente de los tres. Ramón barría la cantina con ojos de cerdo. Cuando vio a María, sonrió con dientes manchados de tabaco. “Hola, preciosa”, gruñó.

 “Sírveme una copa y luego sírvete a ti misma en mi cama.” La risa brutal llenó la cantina. Losotros parroquianos bajaron la cabeza. Nadie se metía con los hombres de la hacienda muerte. María paliveció. Una semana atrás, una muchacha de 15 años había sido abordada por los mismos tres. Después desapareció. Su madre la buscó durante meses.

 Nunca la encontró. No, señor, dijo María con voz firme. Solo bebidas nada más. Ramón se levantó lentamente. Fue como ver una montaña tomar forma humana. caminó hacia ella, sus botas pisando como trueno. La gente se apartaba. Cuando llegó a la barra, extendió su brazo sucio hacia María. Fue entonces que Alejandro se movió.

 El pistolero no se levantó dramáticamente, simplemente se giró en su taburete, lentamente con gracia. Su mano descansaba ahora sobre la ccha. No la había sacado, aún no, pero la amenaza era clara como el mediodía. “Suéltala”, dijo Alejandro, su voz tan baja que apenas alcanzó la barra. Ramún giró lentamente. Sus ojos se encontraron los de Alejandro.

 Durante un segundo, el vaquero vio un abismo. Vio muerte. Luego su borrachera, su arrogancia, todo volvió. Sonrió cruelmente. ¿Vos quién eres, mexicanito? Su novio. Soy el último hombre que verá si la tocas, respondió Alejandro levantando la mirada. Sus ojos eran pozos de violencia controlada. Ramón rió, un sonido como vidrio rompiéndose.

 Sus hermanos también rieron. Lucas ni siquiera miró hacia arriba. Los otros parroquianos se alejaron formando un círculo vacío alrededor de la tensión. “Tres contra uno, amigo”, dijo Ramón su voz burlona. “Las matemáticas son simples. ¿Vos sabes matemáticas?” Alejandro se levantó. Su movimiento fue fluido sin prisa.

 La gracia de un predador. Pasó los dedos por su mezcal una última vez. Sí, respondió. Conozco matemáticas. Vos conoces números. No es lo mismo. ¿Qué significa eso, pistolero? Preguntó Jesús, su mano comenzando a moverse hacia su cintura. Significa que en 10 segundos van a decidir salir vivos o morir aquí. Ramón soltó una carcajada que resonó en toda la cantina.

 Mucho valor para un hombre solo. Hoy es un buen día para morir mexicano. Alejandro sonríó. Era una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, una que prometía cosas terribles. Sí, respondió. Para ustedes es. Ramón extendió su mano hacia su pistola. Sus ojos no dejaban de mirar a Alejandro tratando de intimidar, pero ya había perdido. Ambos lo sabían.

Su mano descendió hacia su cadera, sus dedos tocaron el metal. comenzó a levantarlo. Bang! Una bala perfecta entró en el pecho de Ramón, exactamente donde latía su corazón. El vaquero fue lanzado hacia atrás, su cuerpo colisionando con una mesa derribando botellas. Su revólver cayó sin ser disparado nunca.

 La sorpresa se congeló en su rostro. Luego nada, solo muerte. Jesús fue más rápido. Su pistola estaba casi fuera cuando vio caer a su hermano. El pánico atravesó sus ojos. El instinto le decía que corriera. El orgullo le decía que peleara. El orgullo ganó. Bang. El segundo disparo fue preciso. Una bala al corazón.

 Jesús fue lanzado sobre una mesa. Su pistola ni siquiera salió completamente de su funda. Su cuerpo se desplomó. la cerveza derramándose sobre él. Lucas levantó su arma con velocidad sorprendente. Fue suficientemente rápido para la mayoría de los hombres, para pistoleros comunes, para cualquiera que no fuera Alejandro Morales.

 Bang! El tercer disparo, el tercer cuerpo. Lucas cayó hacia atrás, su revólver disparando una bala salvaje que atravesó el techo. Su cuerpo deslizó hacia el piso, dejando un rastro de sangre en la madera. Silencio absoluto. El humo de pólvora llenaba la cantina como niebla malsana. El olor a muerte, ese olor particular que solo existe cuando la sangre fresca se expone al aire, se extendía por todo el lugar.

Tres hombres habían entrado creyéndose invencibles. 30 segundos después estaban muertos. Alejandro enfundó su pistola con el mismo movimiento fluido con el que la había sacado. Un solo gesto, como si estuviera guardando un objeto menor, no salvando su propia vida. se giró hacia María, cuyos ojos estaban dilatados por la adrenalina.

 “¿Estás bien?”, preguntó. Ella asintió temblando, pero asintió. Lon Felipe, patrón de la hacienda muerte, estaba en su casa grande cuando llegó la noticia. Estaba acostado con una de sus amantes cuando su mayordomo entró con la cara pálida. Ramón está muerto”, dijo simplemente. Don Felipe se levantó de la cama sin una palabra. Sus ojos se endurecieron.

No era hombre acostumbrado a perder. Vistió en silencio mientras la muchacha lloraba asustada. Cuando llegó a la cantina del Ramón aún estaba tibio. El forense examinó los tres cuerpos. Disparos precisos, dijo tirador profesional, menos de 3 met cada bala en el corazón. Don Felipe examinó los cuerpos, especialmente a Ramón.

Vio donde la bala había entrado. Vio la sorpresa congelada en su rostro. Ramón era violento, cruel, pero rápido, muy rápido. Alguien lo había vencido en velocidad.¿Quién fue?, preguntó su voz baja, peligrosa. Cuando don Felipe hablaba así, hombres [música] temblaban. Un forastero, respondió María desde la barra. Se llama Alejandro Morales.

Don Felipe cerró los ojos. En 5 años gobernando aquellos territorios, nunca había escuchado ese nombre. Eso significaba que era nuevo o que era lo suficientemente peligroso para evitar el ruido. Ninguna opción era buena para él. ¿Dónde está? Demandó. En el segundo piso, habitación tres, don Felipe miró a sus hombres.

 Había traído 20. Ese número había bastado para todo, para violaciones, para robos, para intimidación. Pero algo en su instinto le susurraba que 20 podría no ser suficiente. Subió lentamente las escaleras. Su mano descansaba en su pistola de plata. herencia de su padre. Cuando llegó a la habitación tres, tocó la puerta. Alejandro abrió su mano en la cacha de su colt.

“Somos nosotros dos”, dijo don Felipe. “Usted y yo, mañana al amanecer en el rancho.” Alejandro asintió sin hablar. María subió a la habitación de Alejandro. Traía comida, agua, vendas. Él apenas tenía rasguños, pero ella lo cuidó como si fuera a morir. “Lo hiciste”, susurró. “los venciste.” “Gané una batalla”, respondió Alejandro.

“Pero hay milipes más en otros pueblos. La violencia nunca termina, solo cambia de forma. Entonces, ¿qué? ¿Te vas?” No, esta noche primero termino lo que comencé. María se sentó en la cama. Sus ojos estaban llenos de algo que no era miedo, era esperanza. Era la esperanza de una mujer que había visto demasiada muerte y finalmente veía a alguien que podía luchar contra ella.

 ¿Cuál es tu verdadero nombre?, preguntó. Alejandro, respondió. Alejandro Morales de Chihuahua. Fui vaquero una vez, luego pistolero, luego asesino. Ahora no sé lo que soy. Eres el hombre que me salvó, dijo María tocando su mejilla con delicadeza. Alejandro cerró los ojos. Sentía el calor de su mano como fuego en su piel.

No recordaba la última vez que alguien lo tocara sin miedo. El que importa es lo que seré mañana. ¿Y si no regresas? Preguntó María. su voz temblando. Entonces sabrás que morí protegiendo a alguien que importa. Ella se acercó y lo besó. Fue un beso largo, lento, [música] lleno de significado.

 Un beso que decía todo lo que las palabras no podían expresar. Alejandro la abrazó. Por una noche ambos olvidaron la violencia que les esperaba. Por una noche fueron simplemente dos personas buscando calor en un mundo frío. Al amanecer, Alejandro llegó al rancho de don Felipe. El patrón estaba esperando en el patio, acompañado por 50 hombres formados en círculo.

Pero cuando vio a Alejandro, levantó la mano. Sus hombres bajaron las armas. Uno contra uno, dijo don Felipe, como debe ser entre hombres. Ambos hombres se posicionaron a 30 m de distancia. Don Felipe era más viejo, quizás 60 años, con bigote negro y ojos que habían visto demasiada prosperidad. Llevaba un revólver de plata en su cadera.

He escuchado de ti”, gritó don Felipe. “Matas bien, respeto eso. Te ofrezco trabajo, buenos dineros, poder. ¿Y las mujeres que violas?”, gritó Alejandro. “Las personas que esclavizas, ¿también respetas eso?” El silencio fue absoluto. 50 hombres retenían la respiración. Don Felipe sonrió con suficiencia. Eso no es asunto tuyo, pistolero.

 Ese es mi mundo, ni ley. No lo es más, respondió Aljandro. Ahora lo es. Don Felipe apretó los puños. Su mano comenzó a moverse hacia su pistola. Bang. Alejandro fue velocidad pura. Su colt surgió como rayo. Su bala alcanzó primero, perfecta. Entró en el hombro de Don Felipe, lanzándolo hacia atrás. Don Felipe gritó de dolor.

 Su pistola se disparó salvajemente. Bang. La bala pasó sobre el hombro de Alejandro, tan cerca que sintió el calor. Bang. El segundo disparo de Alejandro fue al muslo. Más sangre, más dolor. Don Felipe cayó a una rodilla. “¿Por qué no me matas de una vez?”, gritó desesperado. “¿Porque vivirás?”, respondió Alejandro, acercándose lentamente.

“Recordarás que existe un hombre más rápido. Recordarás que no eres invencible.” Alejandro le quitó el revólver de plata de la mano. Luego caminó lentamente hacia la puerta del rancho. 50 hombres lo vieron pasar. Nadie se movió. Nadie osó moverse. Cuando Alejandro emergió del rancho, el silencio era total.

 Don Felipe se arrastraba en el polvo. Sangrante, su dignidad destrozada. Los 50 hombres bajaron lentamente sus armas. Órdenes, patrón, preguntó el capitán de la guardia. Don Felipe levantó la cabeza, sus ojos llenos de una mezcla de dolor y derrota. “Déjenlo ir”, gruñó. “Ese hombre no es como otros.

 Si lo atacan, morirán todos, así que no lo harán.” Los hombres intercambiaron miradas. La rebelión había terminado antes de comenzar. Alejandro caminó entre los 50 vaqueros como Moisés entre las aguas. Nadie se atrevió a tocarlo. Nadie levantó un arma. Fue en ese momento que comprendieron la verdad.

 La verdaderafuerza no viene de números, viene de voluntad, de maestría, de la aceptación de que algunos hombres son simplemente superiores. Montó su caballo negro. Sombra arqueó el cuello como si supiera que la batalla había terminado. Cuando llegó a San Cristóbal, el pueblo entero lo estaba esperando. María corría hacia él, sus ojos llenos de lágrimas de alivio. Lo abrazó sin palabras.

Ganaste, [música] susurró contra su pecho. No, respondió Alejandro. Solo compré tiempo. La paz no viene de una bala, viene de la justicia. Pero ese tiempo fue precioso. Las siguientes dos semanas, Alejandro ayudó a reparar la cantina. Entrenó a jóvenes del pueblo para defenderse. Enseñó la diferencia entre violencia vengativa y violencia protectora.

Algunos de los vaqueros que huyeron de la hacienda muerte regresaron, pero ahora con respeto. La palabra se había difundido por toda la región. En San Cristóbal había un hombre que protegía a los débiles, un pistolero que no mataba por dinero, sino por justicia. Alejandro se convirtió en leyenda. Enseñaba a los muchachos del pueblo cómo defender sus familias.

 Mostraba técnicas de tiro, pero también filosofía. Les explicaba que la violencia era el último recurso, pero que a veces era necesaria. La verdadera fuerza, les decía, es saber cuándo no disparar, pero cuando dispares, asegúrate de que sea por la razón correcta. Los vaqueros lo escuchaban en silencio. Estos eran hombres jóvenes que habían crecido bajo la tiranía de don Felipe.

Ahora por primera vez tenían esperanza. Las noches, Alejandro las pasaba con María en la azotea de la cantina. Hablaban de sueños. de paz, de un mundo mejor. Ella le preguntaba sobre su pasado. Alejandro lentamente le contaba fragmentos de su vida. Una vez fui como ellos, brutal, sin código. Mataba porque me pagaban o porque me ofendían.

 Luego maté a una mujer. Fue un accidente, pero un accidente es muerte igual. Después de eso decidí que si tenía que matar sería solo por razones que valieran la pena. María lo escuchaba sin juzgar. Sus manos acariciaban su rostro cicatrizado. ¿Crees en la redención?, preguntó una noche. No lo sé, respondió Alejandro.

Pero si existe empezó cuando te vi en esa cantina. 30 días pasaron así, días de paz, días de construcción. Días donde Alejandro casi podía creer que la violencia había terminado, pero sabía la verdad. La violencia nunca termina, solo cambia de forma. 30 días después de su llegada a San Cristóbal, Alejandro preparó su caballo al amanecer. María no lloró.

 Ambos sabían que esto llegaría. Algunos hombres no nacen para quedarse, nacen para luchar. ¿Volverás? Preguntó, aunque conocía la respuesta. Tal vez, respondió Alejandro, si el destino lo permite, pero si no sabes que siempre estaré aquí. Tocó su corazón. En tu memoria. Ella le dio algo, un pañuelo rojo bordado con flores de plata.

 lo había cocido durante las noches pensando en él. Para recordar que en San Cristóbal una mujer te amó, aunque solo fuera por un mes. Alejandro lo tomó entre sus manos, lo envolvió alrededor de su cuello, debajo de su poncho. Lo llevaré siempre. Luego montó a sombra. El pueblo entero salió para verlo partir.

 Hombres, mujeres, niños, todos los que había salvado. Cuando llegó al borde del pueblo, al punto donde la arena roja comenzaba a tragarse los caminos, se giró una última vez en su caballo. Si alguien vuelve a molestar a esta gente, si alguien intenta lo que don Felipe intentó, buscaré al responsable hasta el fin del mundo.

Los ojos de María se llenaron de lágrimas. Vuelve a mí, gritó. Alejandro tocó el pañuelo rojo sobre su pecho. Siempre regreso a casa. Luego galopó hacia el horizonte, donde el polvo rojo se llevaba su silueta. El sol naciente detrás de él lo pintaba de naranja y oro. Parecía un ángel galopando hacia el cielo o tal vez un demonio galopando hacia el infierno.

La verdad es que nadie sabe nunca la diferencia. San Cristóbal había prosperado bajo la protección de Alejandro. La cantina del se convirtió en un lugar de paz y prosperidad. María dirigía el lugar con justicia y compasión. Los vaqueros que una vez aterrorizaban el pueblo, ahora trabajaban la tierra.

 Algunos incluso plantaban. Don Felipe murió 2 años después del duelo. La enfermedad lo consumió lentamente como castigo por sus pecados. Sus últimas palabras fueron susurradas a un sacerdote. Fui derrotado por un hombre que entendía que la verdadera fuerza es proteger, no conquistar. La hacienda muerte fue dividida entre los peones. Las tierras florecieron.

 Los pueblos vecinos hablaban de San Cristóbal como la tierra donde la justicia había ganado. En las noches, cuando los viajeros llegaban a la cantina del todos querían escuchar la misma historia, la leyenda de Alejandro, el Vengador Morales, el hombre que enfrentó a 50 hombres y ganó, el pistolero que mató a tres en 30 segundos, el forastero que salvó unpueblo.

 María guardaba el pañuelo rojo en una caja de madera, lo sacaba cada noche y lo miraba bajo la luz de las velas. Algunos decían que lo había visto en Ciudad de México protegiéndola de bandidos. Otros lo habían visto en Monterrey enseñando el código de la pistola a jóvenes. Pero nadie sabía con certeza dónde estaba Alejandro Morales. Solo sabían que su leyenda crecía con cada año que pasaba.

María sonreía cuando escuchaba las historias. Sabía la verdad que otros no sabían. Sabía que él pensaba en ella. Lo sentía cada noche cuando tocaba el pañuelo rojo. Una noche, 5 años después, aparece un nombre en la puerta de la cantina del  Mismo poncho gastado, mismo sombrero de ala ancha, mismos ojos infinitos. Pero hay algo diferente.

 Las cicatrices en su rostro parecen menos profundas. Su mirada parece menos cargada. Un mezcal pregunta su voz ronca por el tiempo. María levanta la vista. El vaso que sostiene cae de sus manos y se rompe en el piso, pero no lo nota. Solo ve a Alejandro. se levanta lentamente como si temiera que desaparecería si se movía demasiado rápido.

“Eres tú, susurró. Soy yo, respondió. Ella corre hacia él, lo abraza sin palabras. Sus lágrimas caen como lluvia sobre su poncho. No sabía si volverías, soyosó contra su pecho. Alejandro toca el pañuelo rojo que aún lleva alrededor de su cuello. Nunca me fui realmente. Cada día en cada pueblo, en cada batalla, llevaba esto conmigo.

 Me recordaba por qué peleaba, por qué mataba, por qué vivía. Se sientan juntos en la azotea de la cantina del como habían hecho 5co años atrás. El cielo ardía en naranja y rojo, como si sangrara. “¿Cuánto tiempo te quedarás?”, preguntó María. Alejandro toma su mano y la besa. Esta vez dice, “Para siempre.” Fuera en las calles de San Cristóbal, los niños jugaban sin miedo.

 Las mujeres trabajaban sin temor a la violencia. Había paz, verdadera paz. Y en la azotea de la cantina del bajo las estrellas de Chihuahua, un pistolero mexicano finalmente encontraba lo que había buscado durante toda su vida. Redención. Los años pasaron, Alejandro y María tuvieron tres hijos. Los niños crecieron escuchando historias de su padre, historias que se convirtieron en leyenda.

El primogénito Miguel aprendió el arte de la pistola, pero también aprendió el código de Alejandro. Disparar solo cuando sea necesario, proteger a los débiles y buscar justicia antes que venganza. En las noches, cuando los viajeros llegaban a la cantina del María contaba la historia de intentaron tomarse libertades con la cantinera, pero el forastero a su lado no era cualquiera.

Y cada vez que contaba la historia, su voz estaba llena de amor, porque conocía la verdad que otros no, que la redención no viene de las balas, sino de las personas que nos aman. que la verdadera fuerza no es matar rápido, sino vivir con propósito. Alejandro envejeció en San Cristóbal. Sus manos, que una vez fueron rápidas como rayo, se hicieron lentas, pero sus ojos nunca perdieron su fuego.

 Su código nunca se quebrantó. Una mañana, años después, Alejandro se sentó en la azotea de la cantina. María lo encontró allí mirando el amanecer. ¿En qué piensas? Preguntó. En que encontré lo que buscaba, no en una bala, sino en un pañuelo rojo. María sonrió, se sentó a su lado y descansó su cabeza en su hombro.

 Permanecieron juntos viendo como el sol nacía sobre San Cristóbal. La leyenda de Alejandro, el Vengador Morales, vivió para siempre en los corazones de las personas. Pero la verdadera historia, la que importaba, era mucho más simple. Un hombre que se redimió a través del amor. ¿Te gustó esta historia? Si disfrutaste de Intentaron tomarse libertades con la cantinera.

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Tres. Dos.