Mujer Desapareció en la estación de Córdoba — 13 años después, cámaras revelan la verdad –
El jueves 18 de octubre de 1990, Lucía Fernández salió de su clase de anatomía en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Córdoba a las 10 de la noche. A sus 23 años cursaba el cuarto año de la carrera y soñaba con especializarse en pediatría. Esa noche llevaba puesta su campera de jean favorita sobre una remera blanca y jeans azules y cargaba su mochila gastada llena de apuntes y libros.
¿Te acompaño a la parada, Lu?, le preguntó su compañera Mariana mientras bajaban las escaleras del edificio. No hace falta, Mari. Vos vivís para el otro lado. Yo tomo el tren como siempre. Pero ya es tarde. ¿No te da miedo andar sola? Lucía sonrió con esa confianza característica suya. Córdoba no es Buenos Aires, che. Además, hago este recorrido tres veces por semana. Ya me lo sé de memoria.
Se despidieron con un abrazo en la puerta de la facultad y Lucía comenzó su caminata de 15 minutos hasta la estación Córdoba. También conocida como estación Mitre. Las calles estaban relativamente vacías para un jueves por la noche con algunas personas saliendo de cafés y negocios que cerraban sus puertas.
Llegó a la estación a las 10:20. El edificio de principios del siglo XX mantenía su arquitectura imponente, pero descuidada, típica de la época. La iluminación era tenue, con varias lámparas fundidas que nadie se había molestado en reemplazar. Lucía compró su boleto en la ventanilla atendida por un empleado somnoliento que apenas levantó la vista.
Plataforma 4, señorita. El tren de las 10:40. Lucía subió las escaleras hacia la plataforma número cuatro, donde esperaría el tren de la línea A, que la llevaría a su barrio en Villayende, a unos 30 km del centro. Su amiga Ana la estaría esperando en la estación de destino, como hacían cada jueves después de clases.
Habían quedado en ir a tomar algo antes de que cada una regresara a su casa. La plataforma estaba casi desierta. Solo había otras tres personas esperando. Un hombre mayor leyendo el diario La Voz del Interior, una mujer con dos bolsas de compras y un joven con auriculares. Lucía se sentó en uno de los bancos de madera, dejó su mochila a su lado y sacó un libro de farmacología que necesitaba repasar para un examen.
A las 10:30, el hombre mayor y la mujer con las bolsas abordaron un tren que se detuvo brevemente en la plataforma cinco. El joven con auriculares seguía en su propio mundo, balanceándose al ritmo de música que solo él podía escuchar. Lucía estaba prácticamente sola. Eran las 10:32 cuando un empleado de la estación apareció en la plataforma.
Vestía el uniforme reglamentario de los ferroviarios, pantalón azul marino, camisa celeste y una gorra con el logo de ferrocarriles argentinos. Era un hombre de mediana edad, de complexión robusta, con bigote oscuro y una expresión que parecía amigable. Disculpe, señorita. dijo acercándose a Lucía. Está esperando el tren de las 10:40.
Lucía levantó la vista de su libro. Sí, hay algún problema. Hay un cambio de andén. El tren va a llegar a la plataforma dos por trabajos de mantenimiento en las vías. Tiene que bajar por aquella escalera y cruzar el túnel. Lucía miró hacia donde el hombre señalaba. Una escalera al final de la plataforma que descendía hacia un pasaje subterráneo frunció levemente el ceño.
Nunca había tenido que usar ese pasaje antes. ¿Está seguro? Siempre tomo el tren aquí. Totalmente seguro, señorita. De hecho, yo la puedo acompañar para mostrarle el camino. El túnel puede ser medio confuso si no lo conoce. El hombre sonrió de manera tranquilizadora. Su uniforme, su tono calmado y su aparente autoridad disiparon las dudas de Lucía.
Después de todo, era un empleado de la estación cumpliendo con su trabajo. “Bueno, dale”, dijo Lucía, guardando su libro en la mochila y poniéndose de pie. Pero cuando fue a levantar la mochila, el hombre la detuvo. “Puede dejarla ahí si quiere. Vamos a volver en un minuto. Solo es para mostrarle dónde tiene que esperar.
” Lucía dudó un momento, pero la lógica del hombre parecía razonable. Si solo iba a ver dónde estaba la otra plataforma, no necesitaba cargar con todo. Dejó la mochila en el banco y siguió al empleado hacia la escalera. El joven con auriculares, absorto en su música, ni siquiera notó cuando Lucía y el empleado desaparecieron escaleras abajo.
La plataforma quedó vacía, excepto por la mochila abandonada en el banco, testigo silencioso de algo que estaba a punto de convertirse en una pesadilla. A las 11:15, el tren de las 10:40 llegó finalmente a la plataforma 4. El joven con auriculares subió al tren sin mirar atrás. Las puertas se cerraron y el tren partió, dejando la estación en silencio nuevamente.
En Villayende, Ana Moretti esperaba en el andén de la pequeña estación, mirando su reloj cada 2 minutos. El tren había llegado, los pasajeros habían descendido, pero no había señal de Lucía. Ana esperó otros 15 minutos antesde dirigirse al teléfono público. Señora Clara, habla, Ana. Lucía llegó a su casa.
La voz de Clara Fernández al otro lado de la línea sonó confundida. No, Ana, se supone que está con vos. No bajó del tren. No la vi. Tal vez perdió el tren y tomó el siguiente. Pero cuando pasó otra hora sin noticias de Lucía, Clara llamó a Roberto, su esposo, que estaba trabajando hasta tarde en su oficina de contaduría. Roberto Fernández llegó a la estación Córdoba a las 11:30 de la noche, acompañado por Clara y su hijo Diego.
El jefe de estación, un hombre mayor llamado Osvaldo Quiroga, los recibió en su oficina con expresión preocupada. Revisamos toda la estación, señor Fernández. No hay nadie aquí que coincida con la descripción de su hija, pero ella tenía que tomar el tren de las 10:40. Clara, insistió su voz quebrándose. Nunca falta a sus clases, nunca. Algo pasó.
Diego, de 19 años y estudiante de derecho, señaló hacia las plataformas. Tienen cámaras de seguridad, tiene que haber grabaciones. Quiroga negó con la cabeza incómodo. El sistema se instaló el año pasado, pero nunca se activó. Problemas de presupuesto, dijo la empresa. Las cámaras están ahí, pero no funcionan.
¿Cómo no van a funcionar? Roberto alzó la voz. Mi hija desapareció en esta estación. Lo siento mucho, señor. Voy a llamar a la policía ahora mismo. El comisario Héctor Morales llegó 40 minutos después con dos agentes. Era un hombre de 50 años con el cabello gris y una mirada que había visto demasiados casos sin resolver. tomó la declaración de la familia mientras otros oficiales peinaban la estación.
Su hija tiene novio, problemas en la facultad, deudas. Lucía es una estudiante excelente, Clara, respondió secándose las lágrimas. Responsable, dedicada. No tiene problemas con nadie. Tiene novio, Diego, añadió Sebastián Rojas. Pero están bien, no tienen problemas. Morales anotó el nombre. Vamos a necesitar hablar con él.
A la 1 de la madrugada, uno de los agentes encontró algo en la plataforma 4. Comisario, ven a ver esto. Era la mochila de Lucía, todavía en el banco donde la había dejado. La mochila estaba abierta y vacía, los libros, cuadernos, billetera y documentos habían desaparecido. Solo quedaba un lápiz labial en el bolsillo lateral.
Clara rompió a llorar al reconocerla. Es de ella, es su mochila. ¿Por qué la dejó aquí? Morales examinó la mochila con guantes. Alguien la vació. Puede ser un robo, pero entonces, ¿por qué dejar la mochila misma? Durante las siguientes 24 horas, la policía interrogó a todos los empleados que habían trabajado esa noche.
Ernesto Paz, un empleado de mantenimiento de 42 años que llevaba 20 años trabajando en la estación, fue uno de ellos. ¿Vio algo inusual noche? Morales le preguntó. Ernesto negó con la cabeza. Nada, comisario. Estuve trabajando en el sector de equipajes hasta las 11. Después me fui a casa. ¿Conoce los túneles de acceso bajo las plataformas? Claro, todos los empleados antiguos los conocemos, pero están cerrados al público. Solo nosotros tenemos llaves.
¿Vio a alguna joven en la plataforma 4 alrededor de las 10:30? Ernesto se rascó la barbilla pensativo. Había poca gente. Recuerdo un pibe con auriculares, creo. Pero no me fijé mucho, la verdad. Morales no encontró nada sospechoso en Ernesto ni en ninguno de los otros empleados. Todos tenían coartadas, todos parecían cooperativos.
El joven con auriculares fue localizado dos días después. Confirmó que había estado en la plataforma cuatro, pero estaba tan absorto en su música que no recordaba haber visto a nadie más. Lo siento, oficial. Tenía el walkman al máximo. No presté atención a nada. Sebastián Rojas, el novio de Lucía, quedó devastado por la noticia.
Demostró que había estado en su casa estudiando esa noche, confirmado por su familia y registros telefónicos. Yo la amo, comisario. Íbamos a casarnos cuando ella terminara la carrera. Por favor, encuéntrenla. La búsqueda se expandió. Busos policiales revisaron el río Suquía, que pasaba cerca de la estación. Perros rastreadores fueron llevados a las vías del tren.
Voluntarios peinaron terrenos valdíos en los alrededores. Carteles con la foto de Lucía aparecieron por toda Córdoba. Desaparecida, Lucía Fernández, 23 años, estudiante de medicina. Última vez vista. Estación Córdoba, 18 de octubre 1990. Los medios cubrieron el caso intensamente. Canal 12 de Córdoba hizo reportajes especiales.
Radio Mitre entrevistó a Roberto y Clara múltiples veces, pero conforme pasaban las semanas sin pistas, la atención mediática disminuyó. Morales trabajó el caso durante 6 meses, pero sin evidencia física, sin testigos confiables y sin cámaras de seguridad, no tenía nada. La teoría oficial se convirtió en secuestro por persona desconocida, posiblemente alguien que la había seguido desde la facultad. Lo siento, señor Fernández.
Morales le dijo a Roberto en abril de 1991.Sin más pistas, el caso va a pasar a archivos abiertos. No significa que lo cerremos, pero no puedo dedicarle más recursos activos. Roberto se paró bruscamente. Me está diciendo que se rinden, que mi hija no importa. No es eso. Es que no tengo nada con qué trabajar.
Ninguna evidencia, ningún testigo confiable. Es como si se hubiera evaporado. Ella no se evaporó. Alguien la tomó, alguien en esa [ __ ] estación. Morales suspiró cansado. Interrogué a todos. Revisé cada rincón. Si hay algo ahí, está muy bien escondido. Esa noche Roberto se sentó con Clara y Diego en su casa. La policía se rinde, pero nosotros no.
Vamos a seguir buscando hasta encontrarla. Clara, con los ojos rojos de tanto llorar, asintió. No puedo vivir sin saber qué le pasó a mi nena. No puedo. Diego, ahora más maduro de lo que sus 19 años sugerían, puso su mano sobre la de su padre. Vamos a encontrarla, papá. Lo prometo. El 18 de octubre de 1991, exactamente un año después de la desaparecición de Lucía, Roberto organizó la primera vigilia en la estación Córdoba.
Unas 50 personas se presentaron, muchas de ellas compañeras de facultad de Lucía, sosteniendo velas y carteles con su foto. “Mi hija sigue viva en alguna parte.” Roberto dijo a los periodistas que cubrieron el evento y no voy a parar hasta encontrarla. Esa vigilia se convirtió en tradición anual. Cada 18 de octubre, sin importar el clima o las circunstancias, Roberto estaba ahí con Clara, Diego y quien quisiera acompañarlos.
Con los años el grupo se fue reduciendo. La gente olvidaba, la vida seguía, pero los Fernández nunca dejaron de buscar. En 1993, Roberto se jubiló anticipadamente de su trabajo como contador, a pesar de tener solo 55 años. Dedicó todo su tiempo a la búsqueda de Lucía. Contrató un detective privado que no encontró nada nuevo.
Viajó por todo el país siguiendo pistas falsas. Una joven que se parecía a Lucía en Rosario, otra en Mendoza. Ninguna era ella. Clara siguió enseñando en la escuela primaria, pero algo en ella se había roto. Sus colegas notaban como a veces se quedaba mirando por la ventana durante horas, perdida en pensamientos que nadie más podía alcanzar.
Diego se graduó de la Facultad de Derecho en 1995 y comenzó a especializarse en casos de personas desaparecidas. “Si no puedo ayudar a mi hermana, al menos ayudaré a otras familias”, le dijo a sus padres. En 1998, Clara fue diagnosticada con cáncer de mama. La enfermedad progresó rápidamente y los médicos dijeron que el estrés crónico había debilitado su sistema inmunológico.
Roberto la cuidó día y noche, pero en sus momentos de lucidez, Clara solo hablaba de Lucía. Roberto, ¿la vas a encontrar? Prométeme que la vas a encontrar. Te lo prometo, amor. Te lo prometo. Clara Fernández murió el 3 de junio de 2001, 11 años después de la desaparecición de su hija, sin saber jamás qué le había pasado. En su funeral, Roberto colocó una foto de Lucía junto al ataú.
Diego, ahora un abogado de 30 años, sostuvo a su padre mientras lloraba. Ella se murió sin saber. Roberto Sollosaba. Mi Clara se murió sin saber. Pero Roberto no se rindió. Si algo la muerte de Clara intensificó su determinación. Ahora buscaba no solo por Lucía, sino por Clara también. Su esposa merecía descansar sabiendo qué había pasado, incluso si era demasiado tarde para decírselo.
En 2002, la estación Córdoba comenzó un proceso de modernización. El gobierno provincial había invertido fondos para renovar las viejas estaciones del sistema ferroviario. Nuevas plataformas fueron construidas, el edificio principal fue renovado y por primera vez en años la estación lucía limpia y funcional. Como parte de la renovación se instaló un sistema moderno de cámaras de seguridad digitales.
Finalmente la estación tendría vigilancia real, pero para Roberto era 13 años demasiado tarde. Si hubieran tenido estas cámaras en 1990, le dijo a Diego mientras observaban la instalación. Tal vez sabríamos qué pasó con tu hermana. En marzo de 2003, un técnico especializado en sistemas de seguridad llamado Martín Suárez fue contratado para instalar un sistema de respaldo de datos en la estación renovada.
Martín tenía 38 años y había trabajado en seguridad electrónica durante 15 años. Era meticuloso en su trabajo y parte de su tarea incluía organizar y clasificar todos los equipos viejos que habían quedado en el sótano de la estación. “Hay un desastre ahí abajo”, le dijo el nuevo jefe de estación. “Equipos de los últimos 30 años amontonados.
Si podés organizar eso mientras instalas el nuevo sistema, te pago extra.” Martín bajó al sótano con una linterna y un cuaderno. Era un espacio enorme, lleno de cajas, equipos viejos, muebles descartados y décadas de olvido. Le tomó tres días solo catalogar lo que había ahí. El cuarto día, Martín encontró una caja marcada, sistema vigilancia 1989-190.
Dentro había un viejo grabador de BHSindustrial, cables y cinco cintas de video. Las cintas tenían etiquetas manuscritas. N 1990, Mar 1990, Jun 1990, AGO 1990 y OCT 1990 Plat 46. Martín la sacó. Curioso, según los registros oficiales, las cámaras instaladas en 1989 nunca habían funcionado, pero estas cintas sugerían lo contrario.
Era posible que alguien las hubiera grabado como prueba del sistema antes de desactivarlo. Llevó las cintas a su taller esa noche. Todavía tenía un viejo reproductor de BHS que usaba para digitalizar videos familiares. Insertó la cinta marcada OCT 1990 y presionó play. La imagen era granulada en blanco y negro con la fecha y hora en la esquina superior derecha.
La cámara mostraba las plataformas 4 5 y se desde un ángulo elevado. Martín avanzó rápido hasta el 18 de octubre y entonces lo vio. Martín Suárez se inclinó hacia la pantalla de su televisor, sus ojos fijos en la imagen granulada. El contador en la esquina superior derecha marcaba 1810 1990 228 14.
La plataforma 4 estaba casi vacía, excepto por una figura femenina que acababa de entrar en el cuadro. La joven llevaba una campera de jean y cargaba lo que parecía ser una mochila. se sentó en un banco, sacó un libro y comenzó a leer. Martín avanzó la cinta lentamente. A las 22:307, un hombre mayor y una mujer con bolsas abordaron un tren en la plataforma 5.
La joven en la plataforma 4 seguía leyendo. A las 22:3122 apareció un hombre uniformado en la plataforma 4. Martín pausó la imagen y se acercó más a la pantalla. El uniforme era inconfundible, un empleado ferroviario. El hombre se acercó a la joven y comenzó a hablar con ella. Aunque no había audio, Martín podía ver la interacción.
El hombre señalaba hacia algo fuera del cuadro, gesticulando como si explicara algo. La joven miraba en la dirección indicada, luego de vuelta al hombre. Después de casi un minuto de conversación, ella asintió. A las 22:33:09, ambos se levantaron. La joven dejó su mochila en el banco. Martín sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Siguió el movimiento de ambas figuras mientras caminaban hacia el borde del cuadro en dirección a una escalera que descendía de la plataforma. A las 22:33:41, ambos desaparecieron fuera del cuadro. Martín aceleró la cinta. Esperó. 5 minutos pasaron 10 minutos. A las 22:44:16, el hombre uniformado reapareció en el cuadro subiendo solo la escalera.
se limpió las manos en el pantalón, miró alrededor brevemente y se alejó caminando con normalidad. La joven nunca volvió. Martín rebobinó y pausó en el mejor cuadro que tenía del hombre. La imagen era granulada, pero podía distinguir características con textura robusta, bigote oscuro, gorra ferroviaria.
Luego pausó en la joven cabello oscuro hasta los hombros. Campera de Jean jeans azules. Dios mío, Martín, susurró. Llevó la cinta a su computadora y digitalizó los segmentos relevantes. Luego buscó en internet desaparecida estación Córdoba 1990. El rostro de Lucía Fernández apareció en docenas de artículos viejos. Era la misma joven de la cinta.
Martín leyó los artículos con creciente horror. Desaparecida el 18 de octubre de 1990. Última vez vista en la estación Córdoba. mochila encontrada abandonada en la plataforma 4. Todo coincidía. A las 7 de la mañana del día siguiente, Martín se presentó en la comisaría central de Córdoba con la cinta y un penrive con los archivos digitalizados.
Pidió hablar con quien estuviera a cargo de casos de personas desaparecidas. El inspector Miguel Sosa, un hombre de 45 años con aspecto cansado, lo recibió en su oficina. ¿En qué puedo ayudarlo? Encontré esto en la estación Córdoba. Martín puso el penrive en el escritorio. Es de las cámaras de seguridad de octubre de 1990.
Creo que muestra qué le pasó a Lucía Fernández. Sosa se enderezó inmediatamente. Las cámaras no funcionaban en 1990. Eso está en todos los reportes. Aparentemente sí funcionaron, al menos por un tiempo. Estas cintas estaban en una caja en el sótano. Nadie sabía que existían. Sosa insertó el pendrive en su computadora y reprodujo el video.
Martín observó como el rostro del inspector pasaba de escepticismo a shock. Cuando el video terminó, Sosa lo reprodujo de nuevo, esta vez pausando en cada detalle. ¿Quién más vio esto? Nadie. Lo traje directamente acá. Bien. Esto es evidencia en un caso abierto. Necesito que firmes una declaración de dónde y cómo encontraste estas cintas.
Sosa levantó su teléfono. María, necesito que localices al comisario Morales. Sí, el retirado. Es urgente. Dos horas después, Héctor Morales, ahora de 65 años y retirado hace 5 años, entró a la comisaría. Sosa le mostró el video sin preámbulo. Morales observó en silencio su rostro envejecido, mostrando cada emoción que pasaba por él.
“Hijo de puta”, murmuró cuando el video terminó. Estuvo ahí todo el tiempo. Uno de los empleados. ¿Podés identificarlo? Morales estudió la imagen pausada.La calidad es mala, pero ese uniforme, esa complexión, tiene que ser uno de los empleados de mantenimiento. Interrogué a todos en 1990, pero sin esto, señaló la pantalla.
No tenía nada que los conectara. Sosa ya estaba revisando archivos. Necesito la lista de todos los empleados que trabajaron esa noche y necesito saber quiénes siguen trabajando en la estación. Después de 13 años, la mayoría ya no deben estar ahí, pero algunos sí y este hijo de [ __ ] es uno de ellos. Te ha puesto lo que quieras.
Tomó tres días revisar registros de personal, entrevistar a exempleados y compilar información. Al final tenían una lista de cinco hombres que coincidían con la descripción física del video y que habían trabajado esa noche. Ernesto Paz, Julio Méndez, Carlos Fuentes, Omar Díaz y Alberto Roca. De esos cinco, solo dos todavía trabajaban en la estación Córdoba en 2003, Ernesto Paz y Omar Díaz.
Los otros tres habían sido localizados en otras ciudades. Sosa estudió las fotos de identificación de ambos hombres. Ernesto Paz, 55 años, empleado de la estación por 22 años. Omar Díaz, 62 años, supervisor de mantenimiento por 25 años. Traigan a ambos para interrogatorio. Sosa ordenó, pero separados. No quiero que sepan que estamos tras ellos.
Omar Díaz fue traído primero a la comisaría el 24 de marzo de 2003. Lo hicieron bajo el pretexto de verificar información sobre un robo reciente en la estación. Omar, un hombre delgado con cabello completamente gris, entró confiado en la sala de interrogatorios. No sé cómo puedo ayudar, inspector. Ese robo fue en el sector de equipajes.
Yo trabajo en mantenimiento de vías. Sosa le mostró capturas del video sin explicar su origen. Reconoce a esta persona Omar estudió la imagen granulada del hombre uniformado. Es difícil ver bien, pero es de las cámaras viejas. Pensé que nunca funcionaron. Responda a la pregunta. ¿Es usted? Yo no, inspector.
Yo era más delgado en 1990. Este tipo es más robusto. ¿De qué se trata esto? Después de dos horas, Sosa estaba convencido de que Omar no era el hombre del video. Su cuartada de 1990 se mantenía y físicamente no coincidía tamban bien como el otro candidato. Puede irse, señor Díaz. Gracias por su cooperación.
Al día siguiente, 25 de marzo, tocaba el turno de Ernesto Paz. Cuando los agentes llegaron a la estación para recogerlo, Ernesto estaba en medio de su turno revisando el sistema eléctrico de la plataforma 6. Ernesto Paz, necesitamos que nos acompañe a la comisaría. Ahora estoy trabajando. ¿Qué pasó? Es sobre un caso viejo.
Solo queremos hacerle algunas preguntas. Ernesto bajó de la escalera donde estaba trabajando, se limpió las manos en su overall y siguió a los agentes. Durante el trayecto, en el patrullero se mantuvo callado mirando por la ventana. En la sala de interrogatorios, Sosa lo dejó sentado solo durante 20 minutos antes de entrar.
Era una táctica estándar, dejar que el nerviosismo se acumule. Señor Paz, gracias por venir. No tenía mucha opción, ¿no? Ernesto respondió con una sonrisa forzada. Recuerda la noche del 18 de octubre de 1990. Ernesto frunció el ceño. Eso fue hace 13 años, inspector. No recuerdo que cené anoche, mucho menos una noche específica de hace más de una década.
Esa noche desapareció una estudiante de medicina llamada Lucía Fernández. En la estación donde usted trabajaba. Sí, me acuerdo del caso. Todos en la estación lo recordamos. Una tragedia. Pero yo ya di mi declaración en ese entonces. Sosa deslizó una foto de Lucía a través de la mesa. ¿La recuerda? Ernesto la miró brevemente.
Vi su foto en los carteles que pusieron por todos lados, pero no la conocía personalmente. ¿No la vio esa noche? Si la vi, no me acuerdo. Había mucha gente pasando por la estación. Sosa asintió lentamente, luego sacó una laptop. “Quiero mostrarle algo.” Reprodujo el video sin advertencia previa. Ernesto observó la pantalla.
Cuando apareció el hombre uniformado acercándose a Lucía, su rostro permaneció inmóvil. Pero Sosa, entrenado para leer microexpresiones, vio el ligero temblor en su mano derecha, el casi imperceptible apretar de su mandíbula. “¿Qué es esto?”, Ernesto preguntó cuando el video terminó. Es de las cámaras de seguridad que supuestamente no funcionaban, pero funcionaron, por lo menos esa noche.
Y lo capturaron a usted llevándose a Lucía Fernández. Ese no soy yo. No, mire de nuevo. Sosa reprodujo el video, esta vez en cámara lenta. Mismo uniforme que usaba en 1990. Misma complexión, mismo bigote. La cámara lo muestra llevando a la víctima hacia las escaleras de acceso a los túneles. Ella nunca regresa.
¿Usted sí? ¿Todavía va a decirme que no es usted. Ernesto se quedó callado mirando fijamente la mesa. Tenemos su testimonio de 1990. Dijo que estuvo en el sector de equipajes hasta las 11, pero este video lo muestra en la plataforma 4 a las 10:30. Ya empezó mintiendo hace 13 años.Sosa se inclinó hacia delante.
Ernesto, sé que algo pasó esa noche. Sé que usted estuvo involucrado. Si fue un accidente, si las cosas se salieron de control, este es el momento de decirlo. Pero si me sigue mintiendo, voy a asumir que fue premeditado. Y eso es mucho peor. El silencio se extendió por 2 minutos completos.
Finalmente, Ernesto cerró los ojos. Necesito un abogado. Puede tener uno, pero va a estar acá de todas formas. Tenemos evidencia de video, tenemos sus mentiras anteriores y vamos a conseguir una orden para buscar en los túneles bajo la estación. Cuando encontremos el cuerpo de Lucía y lo vamos a encontrar, no va a haber negociación posible.
Ernesto abrió los ojos, ahora llenos de lágrimas. Yo no quería. No era mi intención. ¿Qué no era su intención? La voz de Ernesto se quebró. Matarla. Después de que Ernesto Paz pronunciara esas palabras, el inspector Sosa detuvo el interrogatorio formalmente, leyó a Ernesto sus derechos completos y esperó a que llegara un abogado de oficio.
Dos horas después, con el abogado presente y las grabadoras oficiales encendidas, Ernesto comenzó su confesión completa. La vi esa noche en la plataforma sola leyendo. Comenzó su voz monótona como si estuviera describiendo algo que le había pasado a otra persona. Era linda. Yo yo había bebido un poco durante mi turno.
Tenía una botella guardada en mi casillero. No era la primera vez. continuó explicando cómo se había acercado a Lucía con la excusa del cambio de Andén, como ella había confiado en su uniforme, en su autoridad aparente. La llevó por las escaleras hacia el pasaje subterráneo, pero en lugar de dirigirse hacia otra plataforma, la guió hacia una puerta lateral que daba acceso a las salas de mantenimiento. Le dije que era un atajo.
Ella empezó a dudar cuando vio que íbamos más profundo, pero yo ya había cerrado la puerta con llave detrás de nosotros. La voz de Ernesto temblaba ahora. La llevé a una de las salas viejas de las que ya no se usan. Están en el nivel más bajo, conectadas a túneles que fueron parte del sistema original de la estación construido en 1900.
¿Qué pasó en esa sala? Sosa preguntó, aunque la respuesta era obvia. Yo intenté besarla. Ella me empujó, comenzó a gritar. Le tapé la boca. Ella luchó. Me arañó la cara. Yo estaba asustado de que alguien la escuchara, aunque esas salas están muy abajo, muy aisladas. Ernesto describió como en el forcejeo terminó estrangulando a Lucía. No sé cuánto tiempo pasó.
Cuando me di cuenta, ella ya no respiraba, no se movía. Yo entré en pánico. Pasó las siguientes horas escondiendo el cuerpo en uno de los túneles abandonados, sellando la entrada con escombros y equipo viejo. Nadie iba a ese túnel, ni siquiera los otros empleados sabían que existía. Solo los más viejos como yo conocíamos el sistema completo de túneles.
Y después volvió a su turno como si nada hubiera pasado. ¿Qué más podía hacer si confesaba mi vida se acababa? tenía familia, hijos, así que volví a trabajar, limpié la sangre de mis manos, me cambié la camisa que ella había arañado y seguí trabajando. El abogado de Ernesto interrumpió varias veces, pero su cliente insistió en continuar. Ya no importa.
Llevo 13 años con esto. Cada vez que paso por esa área de la estación sé que ella está ahí abajo. Cada vez que veo a una estudiante joven, veo su cara. Con la confesión grabada, Sosa obtuvo una orden judicial y organizó una búsqueda en los túneles bajo la estación Córdoba. Un equipo de forencia, bomberos y oficiales especializados descendió a los niveles inferiores el 27 de marzo de 2003.
Los túneles eran un laberinto de pasajes oscuros, algunos todavía en uso para cables eléctricos y tuberías, otros sellados décadas atrás. Ernesto los guió esposado y con dos guardias flanqueándolo hasta una sección en el extremo oeste del complejo. Ahí señaló hacia una pila de escombros y equipo viejo.
Detrás de eso tomó tres horas remover cuidadosamente los escombros. Finalmente, en una pequeña alcoba del túnel encontraron restos óse parcialmente cubiertos, por lo que quedaba de ropa descompuesta, una campera de jein, jeans azules y milagrosamente preservada en una bolsa plástica que Ernesto había usado para esconder evidencia, la billetera de Lucía con su documento de identidad intacto. El Dr.
Fernando Castillo, médico forense principal, confirmó que los restos eran de una mujer joven de aproximadamente 20 a 25 años. El huesoides fracturado confirmaba estrangulamiento. La identificación final mediante registros dentales tomó dos semanas, pero no había duda. Era Lucía Fernández. Roberto Fernández recibió la noticia en su casa.
Diego estaba con él. Cuando Sosa les dijo que habían encontrado a Lucía, que finalmente sabían qué había pasado, Roberto se desmoronó en el sofá. 13 años soyó, 13 años preguntándome, buscando. Y estuvo ahí todo el tiempo,en esa [ __ ] estación bajo nuestros pies cada vez que hacíamos las vigilias. Lo siento mucho, señor Fernández.
Ojalá la hubiéramos encontrado antes, mi Clara. Roberto miró la foto de su esposa en la pared. Ella murió sin saber. murió pensando que nuestra hija estaba perdida en algún lugar, tal vez sufriendo. Nunca supo que que ya había. Diego abrazó a su padre. Pero ahora sabemos, papá. Finalmente podemos darle un entierro digno. Podemos cerrar esto.
El funeral de Lucía Fernández se realizó el 15 de abril de 2003. 13 años y 6 meses después de su muerte. Cientos de personas asistieron, muchas que la habían conocido en la facultad, otras que habían seguido el caso durante años. Sebastián Rojas, su novio de 1990, vino con su esposa e hijos. Nunca se había casado con otra persona sin sentir que traicionaba a Lucía, pero finalmente, años después de aceptar que nunca volvería, había seguido adelante con su vida.
Ernesto Paz fue juzgado en octubre de 2003. Su confesión completa y la evidencia del video hicieron el caso sencillo. Fue condenado a cadena perpetua por homicidio agravado, abuso sexual y ocultamiento de cadáver. Durante la lectura de la sentencia, Roberto estaba en la galería. Cuando los ojos de Ernesto se encontraron con los suyos, el asesino bajó la mirada, incapaz de sostener la mirada del padre cuya hija había destruido.
“Espero que cada día en prisión sea un infierno para usted”, Roberto le dijo mientras los guardias se lo llevaban. En mayo de 2003, la estación Córdoba inauguró una pequeña placa memorial en la plataforma 4. Decía, en memoria de Lucía Fernández 1900 T 1990, estudiante de medicina, hija amada, hermana querida, que su luz nunca se apague.
Roberto visitaba la placa cada semana. Diego lo acompañaba cuando podía. En una de esas visitas, Roberto habló en voz baja como si Lucía y Clara pudieran oírlo. Ya pueden descansar las dos. Ya sabemos qué pasó, ya hay justicia. La historia de Lucía Fernández nos enseña verdades dolorosas sobre depredadores que se esconden tras uniformes de autoridad, sobre tecnología que pudo haber salvado vidas, pero quedó abandonada y sobre la perseverancia inquebrantable de una familia que nunca dejó de buscar.
Ernesto Paz representa el tipo más peligroso de criminal, el que opera desde una posición de confianza. Su uniforme ferroviario no era solo ropa de trabajo, era un símbolo de autoridad que le permitió acercarse a Lucía sin levantar sospechas. Ella, como cualquier persona razonable, confió en un empleado oficial que aparentemente estaba ayudándola.
Esta confianza instintiva en uniformes y autoridad es algo que los depredadores explotan sistemáticamente. El caso expone brutalmente las consecuencias de negligencia institucional. Un sistema de cámaras de seguridad fue instalado en la estación Córdoba en 1989, un año antes del asesinato de Lucía, pero por razones burocráticas, problemas de presupuesto o simple incompetencia, el sistema nunca fue oficialmente activado.
Las autoridades asumieron que las cámaras no funcionaban cuando en realidad habían estado grabando durante meses gracias a baterías de respaldo. Si alguien hubiera revisado esas cintas en 1990, Lucía habría sido encontrada en días, no en 13 años. Ernesto habría sido arrestado inmediatamente. Clara Fernández no habría muerto sin saber qué le pasó a su hija.
Roberto no habría gastado más de una década buscando desesperadamente. La negligencia institucional tiene consecuencias humanas reales y devastadoras. La confesión de Ernesto revela la psicología perturbadora de alguien que pudo cometer un crimen atroz y luego continuar su vida normal durante 13 años.
Trabajó en la misma estación, caminó sobre el túnel donde había escondido el cuerpo de Lucía, interactuó con sus compañeros, cobró su salario, regresó a casa con su familia. La compartación psicológica requerida para esto es asombrosa y aterradora. Sus palabras sobre no querer matarla son un intento común de los criminales de minimizar su culpabilidad.
Pero la secuencia de eventos es clara. Ernesto eligió acercarse a Lucía con un pretexto falso. Eligió llevarla a un área aislada. Eligió intentar agredirla sexualmente y cuando ella resistió, eligió estrangularla hasta matarla. Cada una de estas fue una decisión consciente. No fue un accidente. Fue una serie de elecciones deliberadas con consecuencias fatales.
Para la familia Fernández, el caso ilustra tanto la agonía de vivir sin respuestas como el peso complejo del closure final. Durante 13 años, Roberto y Clara vivieron en un limbo terrible. Sin cuerpo, sin confirmación de muerte. Siempre existía esa pequeña y torturante posibilidad de que Lucía estuviera viva en algún lugar.
Esta incertidumbre es en muchos aspectos peor que el dolor del duelo definitivo. Clara murió en 2001, 2 años antes de que se descubriera la verdad. Pasó 11 años buscando, esperando, sufriendo sinsaber. Roberto tuvo que enfrentar no solo el dolor de perder a su hija, sino la culpa del sobreviviente.
Él vivió para ver justicia mientras su esposa murió en la oscuridad de no saber. Esta es una de las crueldades más profundas del caso, que el tiempo robó a clara la posibilidad de Closure. El descubrimiento accidental de las cintas BHS por Martín Suárez en 2003 plantea preguntas incómodas. ¿Cuántos otros casos podrían resolverse si revisáramos sistemáticamente archivos olvidados, evidencia mal catalogada, tecnología abandonada? ¿Cuántas familias están todavía esperando respuestas que ya existen en algún sótano polvoriento de
alguna institución? La historia también habla del poder de la perseverancia familiar frente a la indiferencia institucional. Cuando la policía archivó el caso en 1991, Roberto no aceptó la derrota. organizó vigilias anuales, mantuvo la presión mediática, contrató investigadores privados, nunca dejó que el nombre de Lucía fuera olvidado.
Esta persistencia no resolvió directamente el caso, pero mantuvo vivo el caso en la conciencia pública, lo que posiblemente contribuyó a que cuando apareció nueva evidencia fuera tomada en serio inmediatamente. Diego, el hermano menor, transformó su dolor en propósito, convirtiéndose en abogado especializado en casos de personas desaparecidas.
Esta es una respuesta común en familias de víctimas. Canalizar el trauma hacia ayudar a otros que sufren situaciones similares es una forma de encontrar significado en tragedia sin sentido. La placa memorial en la plataforma 4atro de la estación Córdoba sirve como recordatorio permanente no solo de Lucía, sino de todas las vidas perdidas a depredadores que operan en espacios públicos.
Las estaciones de tren, autobuses, metros son espacios de tránsito donde las personas están vulnerables, distraídas, confiando en que la infraestructura pública es segura. Pero la seguridad requiere más que estructuras físicas, requiere vigilancia, sistemas funcionales y personal confiable. El caso Fernández expone una verdad incómoda.
La mayoría de las mujeres que son atacadas o asesinadas conocen a sus agresores o sus agresores son personas en posiciones de autoridad o confianza. Los extraños peligrosos existen, pero más comunes son los peligros que vienen de personas que parecen seguras, que tienen uniformes, que ocupan roles respetables en la sociedad.
Para aquellos que trabajan en transporte público o cualquier institución que sirve al público, el caso es un llamado de atención. Los sistemas de seguridad no son lujos opcionales, son necesidades críticas. Las verificaciones de antecedentes para empleados no son burocracia innecesaria, son protecciones esenciales. El mantenimiento y la supervisión de equipos de seguridad no es trivial.
¿Puede significar la diferencia entre resolver un crimen inmediatamente o nunca resolverlo. Finalmente, la historia de Lucía nos recuerda que las víctimas de violencia no son estadísticas o casos de archivo. Son hijas con padres que las aman, hermanos que crecen sin ellas, novios que nunca superan la pérdida, compañeras de clase que se gradúan con un asiento vacío en la ceremonia. Son sueños interrumpidos.
Una pediatra que nunca trató su primer paciente, una vida completa de potencial reducida a un túnel oscuro bajo una estación de tren. Lucía Fernández merece ser recordada no por cómo murió, sino por cómo vivió, dedicada, estudiosa, amada. y su caso debe servir como recordatorio permanente de que la vigilancia, la responsabilidad institucional y la perseverancia en buscar justicia no son opcionales.
Son obligaciones que la sociedad tiene hacia cada persona que confía en usar sus espacios públicos con seguridad. M.
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