¡NO ME PATEES!”, SUPLICÓ ENTRE LÁGRIMAS… Y EL FORASTERO DECIDIÓ INTERVENIR
El aire dentro del salón olía whisky derramado, sudor y miedo. Las lámparas de aceito proyectaban sombras largas sobre las paredes de madera y el piano había dejado de sonar hacía ya varios minutos. Todos los ojos estaban clavados en la escena que se desarrollaba junto a la barra. Un hombre corpulento con cicatrices en el rostro y una pistola en el cinto tenía agarrada del brazo a una joven de ojos verdes y vestido rasgado.
Ella tembraba. Él sonreía con crueldad. “Por favor, no me patees”, suplicó ella con la voz quebrada intentando zafarse de su agarre. Pero el hombre solo apretó más fuerte, levantando la mano para golpearla de nuevo. Nadie se movió, nadie dijo nada. El miedo había convertido a todos en estatuas de sal. Hasta que la puerta del salón se abrió de golpe, un forastero entró despacio con el sombrero bajo y las espuelas resonando contra el suelo de madera como campanas de muerte.
Vestía un largo abrigo polvoriento manchado de tierra del desierto y llevaba un revólver plateado en la cadera que brillaba bajo la luz tenue. No dijo nada al principio, solo caminó hasta la barra con pasos medidos y deliberados. Pidió un whisky y lo bebió de un trago, sin apartar los ojos del hombre que sostenía la chica.
El tipo corpulento lo miró con desprecio y burla. ¿Tienes algún problema, forastero? El desconocido dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco que resonó en el silencio. Luego, con una calma escalofriante queeló la sangre de todos los presentes, respondió, “Sí, tú.” El salón se quedó en un silencio tan profundo que se podía escuchar el latido de cada corazón.
El tipo soltó a la chica bruscamente y llevó la mano a su arma, pero antes de que pudiera sacarla de la funda, el forastero ya tenía su revólver apuntándole directo al pecho con el martillo amartillado y listo para disparar. Suelta el arma y sal de aquí antes de que cambie de opinión. El aire se volvió tan pesado que casi dolía respirar.
Y todos supieron en ese momento que aquel hombre no había venido solo a tomar un trago, había venido a impartir justicia. Antes de descubrir lo que va a pasar, suscríbete a Viejo Oeste Salvaje, deja tu like y dime en los comentarios desde qué país estás escuchando. Ahora sí, ajusta tu sombrero, llena tu vaso y quédate hasta el final porque lo que viene a continuación te va a sorprender.
Era el año de 1878 y el viento en el pueblo de Redstone soplaba con sabor a polvo y sangre seca. El salón, la herradura rota, era el corazón del lugar, un sitio donde los hombres bebían para olvidar, jugaban para sobrevivir y morían cuando la suerte se acababa. Nadie preguntaba de dónde venías, nadie hablaba de mañana.
Solo importaba el presente y quién tenía la pistola más rápida. Pero esa noche algo cambió para siempre. El hombre que acababa de entrar no era como los demás borrachos y vaqueros del territorio. Llevaba días cabalgando bajo el sol implacable del desierto de Arizona, y su rostro mostraba las marcas del camino. Barba de varios días, ojos grises como el acero templado y una mirada que decía más que 1000 palabras.
No era un bandido común, tampoco era un sherifff de pueblo, era algo intermedio, algo mucho más peligroso. La chica que había estado suplicando se llamaba Clara Morales. Tenía apenas 20 años y trabajaba en el salón sirviendo bebidas, limpiando mesas y aguantando insultos de hombres borrachos. Pero el hombre que la había estado golpeando, un tipo conocido como Bull Harding, era el verdadero terror de Redstone.
Nadie se atrevía a desafiarlo, ni siquiera el sherifff, que prefería mirar hacia otro lado cuando Bull hacía de las suyas. Bull era grande como un oso, brutal como un lobo hambriento y tenía fama de haber matado a más de 10 hombres, algunos en duelos justos, otros simplemente porque le dio la gana o lo miraron mal.
Pero el forastero no parecía impresionado en absoluto. ¿Quién diablos eres tú? Gruñó Bull con la mano aún peligrosamente cerca de su pistola. Colt. El desconocido no respondió de inmediato, solo miró a Clara, que seguía temblando en el suelo como hoja al viento, y luego volvió la vista hacia Bull con desprecio. Alguien que no tolera cobardes que golpean mujeres.
Bull rió, pero su risa sonó falsa y nerviosa. Todo el salón lo notó. Bull Hardin estúpido, aunque muchos lo creyeran. sabía reconocer a un pistolero profesional cuando lo veía frente a frente, y el hombre delante de él era diferente a cualquier borracho o vaquero que hubiera conocido. No tenía el miedo en los ojos que Bull estaba acostumbrado a ver en sus víctimas.
No titubiaba ni un segundo, no sudaba nervioso, solo esperaba con paciencia mortal. No sabes con quién te estás metiendo, forastero”, dijo Bull tratando de sonar amenazante, pero sin conseguirlo en todo. Su voz ya no tenía la misma seguridad arrogante de antes. El forastero se encogió de hombros con indiferencia calculada. Sé exactamentecon quién me estoy metiendo, amigo.
Un matón cobarde que pega mujeres indefensas porque no tiene las agallas para enfrentarse a alguien de su propio tamaño. Las palabras cayeron como piedras pesadas en un estanque tranquilo. Algunos hombres en el salón intercambiaron miradas nerviosas entre ellos. Nadie, absolutamente nadie se atrevía a hablar así a Bull Harding.
Nadie que quisiera seguir vivo. Bull apretó los dientes con rabia contenida y llevó la mano lentamente al revólver que colgaba de su cinturón. Pero antes de que pudiera siquiera tocarlo, el forastero se movió con una velocidad que cortó el aire como un cuchillo afilado en un parpadeo imposible. Su arma plateada estaba fuera de la junda y apuntando directamente a la frente sudorosa de Bull.
No lo hagas”, dijo con voz baja, pero firme como roca de montaña. “Porque si sacas esa pistola ahora mismo, te juro por Dios que no volverás a sacar ninguna otra jamás”. El salón quedó en silencio absoluto y sepulcral. Ni siquiera el viejo reloj de pared se atrevía a hacer tic tac. El cantinero contuvo la respiración.
Los jugadores de póker dejaron sus cartas sobre la mesa y Bull Hardín, por primera vez en muchos años sintió algo que había olvidado. Miedo puro. Bull tragó saliva con dificultad. Su rostro grande y marcado se puso rojo como tomate maduro, una mezcla explosiva de ira contenida y humillación profunda. Lentamente, muy lentamente, levantó las manos gordas y las apartó del arma como si le quemaran los dedos.
“Muy bien”, dijo el forastero, sin bajar el revólver ni 1 milro. Ahora sal de aquí inmediatamente y si alguna vez vuelves a tocar a esta chica o a cualquier otra mujer en este pueblo, volveré a buscarte y la próxima vez que nos veamos, te lo prometo, no voy a ser tan amable ni misericordioso contigo. Bull lanzó una última mirada asesina cargada de odio antes de salir del salón con pasos pesados que hicieron temblar las tablas del piso.
La puerta se cerró tras él con un golpe seco que resonó en las paredes. Algunos hombres suspiraron aliviados. Otros simplemente miraban al forastero con una mezcla de respeto y temor. El forastero guardó su arma con calma profesional y se volvió hacia Clara, que seguía en el suelo temblando como hoja en tormenta. Le tendió la mano con gesto amable.
¿Estás bien, señorita? Ella lo miró con ojos verdes llenos de lágrimas y asombro genuino. ¿Quién quién es usted, señor? Él no respondió a la pregunta. solo la ayudó a levantarse con cuidado y volvió a la barra de madera gastada donde pidió otro whisky al cantinero que seguía paralizado de sorpresa. Mientras bebía en silencio absoluto, todos en el salón supieron una cosa con certeza mortal.
Aquel hombre misterioso acababa de firmar su propia sentencia de muerte. Bull Hardin nunca olvidaba una ofensa y nunca, jamás en su vida violenta, perdonaba una humillación pública como esa. La noche apenas comenzaba en Redstone y antes del amanecer la sangre iba a correr por las calles polvorientas del pueblo como río desbordado.
Todos lo sabían, todos lo sentían en los huesos. La noche cayó pesada sobre Redstone como manta de plomo fundido. El forrastero alquiló una habitación pequeña en el piso superior del salón y subió las escaleras crujientes sin decir palabra alguna. Clara lo observó desde la barra, aún temblando por todo lo que había pasado esa noche terrible.
Nadie más en el salón se atrevía a mirarlo directamente a la cara. Era como si hubieran visto caminar un fantasma vengador entre los vivos. Pero Bul Harding no era de los hombres que olvidaban las ofensas y mucho menos de los que perdonaban humillaciones públicas. En las afueras del pueblo, en una cabaña destartalada rodeada de botellas vacías de whisky y huesos blanqueados de animales muertos, Bull reunió a sus hombres de confianza.
Eran seis tipos en total, hombres rudos, sucios, sin escrúpulos ni moral alguna. Habían cabalgado con Bull durante años largos, robando ganado, matando testigos y sembrando el terror absoluto por todo el territorio de Arizona. “Hay un tipo en el salón del pueblo”, dijo Bull mientras limpiaba meticulosamente su revólver.
Colt contra Pograciento. Un maldito forastero entrometido que no sabe cuándo mantener la boca cerrada y la nariz fuera de mis asuntos. Quiero que mañana temprano le demos una lección que nunca olvidará. Uno de los hombres, un tipo flaco y nervioso con una cicatriz horrible en el ojo izquierdo, sonrió mostrando dientes podridos.
“¿Lo matamos de una vez, jefe?” Bull reflexionó durante un momento largo y tenso. Luego asintió lentamente con decisión fría. “Sí, lo matamos, pero primero quiero que ese bastardo sufra como perro. Quiero que sepa perfectamente lo que cuesta meterse con Bull Harding en su propio territorio. Los hombres rieron como llenas y brindaron ruidosamente con whisky barato y aguardiente.
Pero uno de ellos, el más joven del grupo llamado Jessie, noparecía tan seguro ni convencido. Había visto con sus propios ojos como el forastero había desenfundado su arma. Eso lo ponía muy nervioso. Mientras tanto, en su habitación estrecha del segundo piso, el forastero estaba sentado junto a la ventana polvorienta, mirando las estrellas brillantes del cielo nocturno.
Su revólver plateado descansaba sobre la mesa de madera, perfectamente limpio, aceitado y completamente cargado con seis balas. No dormía tranquilo, nunca lo hacía en lugares peligrosos como este. Había aprendido hacía muchos años a través de experiencias amargas, que la muerte siempre venía cuando menos la esperabas.
Y esa noche oscura sabía con certeza absoluta que venía directamente hacia él. Un golpe suave en la puerta de madera lo sacó bruscamente de sus pensamientos profundos. se levantó con cuidado silencioso, tomó su arma con mano firme y se acercó despacio. ¿Quién es? Soy yo, señor, Clara Morales abrió la puerta con precaución.
Ella estaba ahí parada sosteniendo una bandeja de metal con comida caliente y una mirada llena de agradecimiento sincero en sus ojos verdes. Pensé que tal vez tendría hambre después de todo, señor. Él la miró durante un momento evaluador, luego asintió brevemente y la dejó entrar a la habitación. Ella dejó la bandeja cuidadosamente sobre la mesa y se quedó de pie, nerviosa y sin saber qué decir.
Gracias por lo que hizo esta noche en el salón. dijo Clara en voz baja y temblorosa. Nadie, absolutamente nadie había hecho algo así por mí en toda mi vida. Todos tienen demasiado miedo de Bull. El forastero no dijo nada en respuesta, solo comió en silencio absoluto, masticando lentamente el pan duro y la carne seca.
Clara lo observó durante largo rato. ¿Por qué lo hizo, señor? ¿Por qué arriesgó su vida por alguien que ni siquiera conoce? Él dejó de comer y miró hacia la ventana oscura. Porque alguien tenía que hacerlo, señorita, y porque hace mucho tiempo, cuando yo más lo necesitaba, nadie lo hizo por mí. Esas palabras quedaron flotando en el aire nocturno como humo de cigarro.
El amanecer llegó con un cielo teñido de rojo sangre. El forastero bajó las escaleras crujientes temprano, con su abrigo polvoriento bien ajustado y su sombrero negro calado bajo sobre los ojos grises. El salón estaba completamente vacío, excepto por el viejo cantinero de bigotes blancos que limpiaba vasos sucios con expresión preocupada en su rostro arrugado.
Debería largarse de aquí mientras pueda, forastero.” dijo el cantinero sin levantar la vista del vaso. “Bullharing no va a dejar que esto quede así tan fácil. Lo conozco desde hace 20 años.” El forastero se sirvió un café negro hirviendo y se sentó tranquilo junto a la ventana sucia. “Lo sé perfectamente. Entonces, ¿por qué [ __ ] se queda aquí esperando?” Él miró hacia afuera, donde el sol rojo comenzaba a iluminar lentamente las calles polvorientas del pueblo.
“Porque alguien tiene que plantarse y hacerlo viejo.” El cantinero negó con la cabeza repetidamente. “¿Es usted un hombre muerto forastero? Un hombre muerto que camina. No sería la primera vez que alguien me lo dice.” Afuera, el pueblo de Redstone comenzaba a despertar. gradualmente. Algunos comerciantes abrían sus tiendas con persianas chirriantes.
Algunos niños descalzos corrían alegres entre las carretas de madera. Todo parecía normal y pacífico, pero el forastero sabía perfectamente que era una calma falsa y engañosa. Y entonces los vio claramente a la distancia. Seis hombres a caballo entrando al pueblo polvoriento con rifles Winchester en mano y expresiones asesinas.
Bull Harding iba al frente del grupo con una sonrisa cruel y vengativa en el rostro marcado. Se detuvieron justo frente al salón y desmontaron lentamente, deliberadamente, haciendo ruido con las espuelas. El cantinero palideció como papel. Dios santo, van a matarlo aquí mismo. El forastero se puso de pie con calma absoluta y caminó hacia la puerta de madera.
No, si yo los mato primero, amigo. Salió al porche bajo el sol naciente y la muerte lo esperaba en la calle con seis rostros diferentes. El forastero bajó las escaleras del porche sin prisa alguna, con pasos medidos y seguros. se detuvo a unos 10 m exactos de distancia del grupo de hombres armados. El sol brillante de la mañana estaba a sus espaldas, dándole una pequeña ventaja visual.
En el oeste, cualquier ventaja mínima podía significar la diferencia entre vivir o morir. “Forastero entrometido”, gritó Bull con voz llena de odio. “Sal y enfrenta tu destino como un hombre de verdad si tienes las agallas.” El forastero cruzó la calle polvorienta con calma inquietante. La mano derecha descansaba cerca de su revólver plateado.
“Seis hombres armados contra uno solo”, dijo con voz tranquila pero clara. Así es como pelean los hombres valientes en Redstone. Bull rió con desprecio. Así es como mueren los idiotas que se meten donde no los llaman.El forastero sonrió apenas, solo un pequeño movimiento en la comisura de los labios. Entonces, supongo que vamos a averiguar hoy quién es el verdadero idiota aquí.
Algunos vecinos del pueblo comenzaban a asomarse por las ventanas cerradas. Otros se escondían tras las puertas entornadas. Todos sabían que estaban a punto de presenciar una masacre. La única pregunta era quién iba a terminar muerto en el polvo Bull escupió al suelo con desprecio. Acabemos con esto de una vez.
Los seis hombres se esperaron lentamente formando un semicírculo amenazante alrededor del forastero. Era una táctica clásica, rodearlo completamente para que no tuviera escapatoria posible. Pero el forastero no parecía nervioso ni asustado en absoluto. Sus ojos grises se movían constantemente, calculando distancias, ángulos y velocidades con precisión matemática.
Jessie, el más joven del grupo, tragó saliva nervioso. Algo en la postura relajada del forastero le decía que este hombre había sobrevivido a situaciones peores. Bull llevó la mano a su revólver. Los otros cinco hombres hicieron lo mismo. El aire se volvió tan denso que dolía respirar. Y entonces todo explotó en violencia.
El primer disparo resonó como trueno en el silencio tenso de la mañana. Beng! Uno de los hombres de Bull cayó pesadamente de su caballo con un grito ahogado agarrándose el hombro sangrante. Los caballos relincharon asustados por el ruido y el caos absoluto estalló en la calle polvorienta. Bull y sus hombros restantes sacaron sus armas torpemente, pero el forastero ya se había movido con velocidad increíble.
corrió hacia un barril grande de agua y se cubrió detrás, disparando con precisión mortal y calculada. Ben, ven. Dos dispanos más cortaron el aire. Otro hombre cayó gritando. “¡Rodéenlo, [ __ ] sea!”, gritó Bull, furioso y desesperado. No dejen que ese bastadro escape vivo. Los hombres se dispersaron rápidamente tratando de acercarse desde diferentes ángulos estratégicos, pero el forastero conocía perfectamente ese juego mortal.
Había sobrevivido a tiroteos peores que este. Sabía exactamente cómo moverse entre las sombras, cómo controlar la respiración acelerada, cómo esperar pacientemente el momento perfecto para disparar. Jessie, el más joven del grupo, estaba escondido detrás de una carreta de madera temblando como hoja.
Nunca en su corta vida había visto a alguien moverse así en combate. Era como si el forastero supiera exactamente dónde iban a estar sus enemigos antes de que ellos mismos lo supieran. Otro disparo certero. Beng. Un tercer hombre cayó pesadamente. Bulmal dijo en voz alta y disparó varias veces hacia el barril, pero el forastero ya no estaba ahí detrás.
Se había movido silenciosamente hacia el porche lateral del salón, usando las sombras profundas de la mañana para cubrirse completamente. Es solo un maldito hombre, gritó Bull con voz cada vez más desesperada. Mátenlo de una vez. Pero sus palabras sonaban cada vez menos convincentes. Los hombres que quedaban vivos intercambiaban miradas nerviosas.
Habían subestimado completamente a ese forastero silencioso y ahora estaban pagando el precio con sangre. La calle de Redstone se estaba convirtiendo rápidamente en un cementerio. El forastero salió repentinamente de las sombras oscuras del porche y disparó de nuevo con precisión quirúrgica. Pang.
Otro hombre herido cayó de rodillas gimiendo de dolor. Ahora solo quedaban tres: Bull Harding, Jessie el joven nervioso y un tipo corpulento con barba negra llamado Frank. Frank, cegado por la rabia y el miedo, cargó hacia el forastero con un grito salvaje, disparando su revólver sin control ni puntería. Pero el forastero se agachó con agilidad felina, rodó por el suelo polvoriento y disparó dos veces con calma mortal.
Bang! Bang! Frank se detuvo en seco, miró hacia abajo y vio la sangre brotando de su pecho. Cayó pesadamente como árbol talado. Jessie dejó caer su rifle al suelo con estrépito y levantó las manos temblorosas por encima de la cabeza. Me rindo, me rindo, por favor. El forastero lo miró durante un momento largo, evaluando si era una trampa.
Luego asintió brevemente. Lárgate ahora mismo. Sube a tu caballo y no vuelvas nunca más a este pueblo. Jessie no esperó una segunda invitación. corrió desesperadamente hacia su caballo marrón y galopó fuera del pueblo sin mirar atrás ni una sola vez, levantando una nube de polvo. Ahora solo quedaban dos hombres de pie en la calle ensangrentada, el forastero y Bull Harding.
Bull respiraba pesadamente como toro herido con el revólver aún firmemente en la mano grande. Su rostro marcado estaba completamente rojo de ira contenida y humillación profunda. Esto no termina aquí, maldito forastero, aunque me cueste la vida. El forastero recargó su arma con movimientos mecánicos y precisos. Sí, Bull, termina exactamente aquí y ahora.
Ambos hombres se miraron fijamente a los ojos.El viento sopló suavemente entre ellos, levantando pequeñas nubes de polvo. Y entonces, al mismo tiempo exacto, ambos levantaron sus pistolas hacia el cielo. El duelo final había comenzado. Solo uno iba a salir vivo. El sol brillaba intensamente detrás del forastero, cegando parcialmente a Bull Harding.
Era una ventaja pequeña, pero crucial. En un duelo a muerte, cualquier ventaja mínima podía significar la diferencia entre caminar o ser enterrado. Los dos hombres se miraron fijamente con los dedos rozando los gatillos metálicos de sus armas. El viento sopló nuevamente, levantando polvo rojo de la calle. Nadie más se atrevía a salir de las casas.
Las ventanas del pueblo estaban llenas de rostros pálidos y asustados. Observando desde la seguridad relativa de sus hogares. Clara estaba en el porche alto del salón con las manos sobre la boca, conteniendo el aliento angustiado. “Eres bueno con la pistola, te lo reconozco”, dijo Bull con voz ronca y entrecortada. “Pero no eres invencible, forastero.
Nadie lo es.” El forastero no respondió. Solo esperaba pacientemente. Bull apretó los dientes con fuerza. Voy a matarte a ti mismo y luego voy a matar a esa chica entrometida y no habrá absolutamente nadie en este pueblo miserable que pueda detenerme. Esas palabras amenazantes fueron su error fatal. La mano del forastero se movió en un borrón imposible de velocidad pura.
Bang. El disparo cortó el aire seco como látigo mortal. Bull ni siquiera tuvo tiempo suficiente de apretar su propio gatillo. La bala atravesó su pecho con precisión perfecta y lo hizo tambalearse hacia atrás. Cayó pesadamente de rodillas con los ojos abiertos por la sorpresa y la incredulidad.
Su revuólver resbaló de su mano sudorosa y cayó al suelo con un ruido sordo y definitivo. “Tú, tú, murmuró débilmente antes de colapsar boca abajo en la tierra roja. El forastero sopló el humo que salía del cañón caliente de su arma y la guardó lentamente en la funda. Miró alrededor con calma. Los heridos gemían débilmente, los muertos yacían inmóviles bajo el sol y el silencio pesado regresó finalmente al pueblo de Redstone como manto de paz.
Lentamente las puertas de madera comenzaron a abrirse con chirridos nerviosos. La gente salió con extrema cautela, mirando los cuerpos tendidos y al forastero con una extraña mezcla de miedo reverente y admiración profunda. El sheriff del pueblo, un hombre mayor con bigote gris y placa oxidada, finalmente apareció caminando nerviosamente hacia el forastero.
Sus botas levantaban pequeñas nubes de polvo. Yo yo debería arrestarte formalmente por esto, forastero. Es mi deber. El forastero lo miró con calma absoluta. Entonces, hazlo, sheriff. Aquí estoy. El sherifff tragó saliva ruidosamente. Luego negó con la cabeza repetidamente. Pero no lo haré.
Ese bastardo de Bull tenía esto merecido desde hace muchos años. Todos lo sabíamos. Simplemente nadie tenía el valor de enfrentarlo. El forastero asintió brevemente y comenzó a caminar de regreso hacia el salón. Clara corrió hacia él con lágrimas de alivio corriendo por sus mejillas y lo abrazó con fuerza desesperada. Gracias, mil gracias.
Pensé que iba a morir. Él no dijo absolutamente nada, solo le dio una palmada suave y reconfortante en el hombro y subió las escaleras hacia su habitación. Pero mientras subía lentamente los escalones de madera, algo profundo en su interior le advertía que esto no había terminado realmente. Bull Hardin había sido solamente el principio de algo más grande.
Los hombres como él siempre tenían familia, amigos, aliados sedientos de venganza y lo que venía después en el horizonte iba a ser mucho peor. El pueblo de Redstone respiró con alivio temporal durante los siguientes días. Bull estaba muerto y enterrado. Sus hombres habían huído como ratas o estaban heridos recuperándose.
Y por primera vez en muchos años largos, la gente podía caminar por las calles sin ese miedo constante oprimiendo sus pechos. Pero el forastero sabía por experiencia amarga que la paz nunca duraba mucho tiempo en el oeste salvaje. Siempre había alguien más esperando. El forastero se quedó en el salón durante una semana completa, ayudando a Clara con las tareas diarias y manteniéndose constantemente alerta.
Había aprendido hacía mucho tiempo a través de experiencias dolorosas que cuando matas a un hombre poderoso como Bull Harding, siempre hay alguien más esperando en las sombras para tomar su lugar o vengar su muerte. Y tenía razón. Una tarde calurosa, mientras el sol comenzaba a ponerse en el horizonte pintado de naranja, un jinete solitario entró lentamente al pueblo.
Vestía completamente de negro. Desde el sombrero de ala ancha hasta las botas de cuero, una larga gabardina oscura rozaba el suelo polvoriento. Su rostro estaba cubierto por una barba negra como carbón y sus ojos eran tan fríos y duros como el acero templado. Se detuvo justo frente al salón y desmontó conmovimientos lentos y deliberados.
Todos en la calle se quedaron completamente quietos, observándolo con nerviosismo creciente. El hombre de negro entró al salón con pasos pesados que resonaban en el suelo. El lugar estaba lleno de gente bebiendo y jugando despreocupadamente a las cartas, pero cuando lo vieron entrar, todo el ruido se detuvo abruptamente.
El forastero estaba sentado en su mesa de siempre junto a la ventana sucia. levantó la vista calmadamente y observó al recién llegado con expresión neutra. El hombre de negro caminó directamente hacia él y se detuvo a unos pasos de distancia. “¿Tú eres el hombre que mató a Bull Harding?” No era una pregunta, era una afirmación fría.
El forastero asintió lentamente. “Así es.” El hombre de negro sonrió, pero no había absolutamente ningún humor en esa sonrisa. Mi nombre es Siles Crow y Bull Harding era mi hermano menor. El salón quedó en completo silencio sepulcral. Nadie se movía, nadie respiraba. El aire mismo parecía haberse congelado y todos supieron instantáneamente que la violencia apenas comenzaba, el fantasma de Bull Hording había regresado.
El forastero se recostó tranquilamente en su silla y estudió a Sil Crow con cuidado. podía ver la semejanza familiar, los mismos ojos duros, la misma mandíbula cuadrada, la misma postura amenazante, pero Silas parecía más inteligente, más controlado, más peligroso que su hermano muerto. “Lamento sinceramente tu pérdida”, dijo el forastero con voz tranquila.
“Pero tu hermano merecía morir. Golpeaba a mujeres indefensas. era un cobarde. Silas apretó los puños con fuerza hasta que los nudillos se pusieron blancos. Eso no es algo que tú puedas decidir, forastero. La justicia no te pertenece. Alguien tenía que hacerlo y nadie más en este pueblo tenía el valor. Zaila se quedó en silencio durante un momento largo y tenso.
Luego, con una voz baja y peligrosa que apenas se escuchaba, dijo, “Voy a darte una única oportunidad, forastero. de este pueblo ahora mismo, esta misma noche y tal vez solo tal vez te deje vivir un día más. El forastero lo miró directamente a los ojos sin pestañar. No, Silas rió sin me alegría. Era una risa fría y vacía que heló la sangre de todos.
Entonces, mañana al mediodía exacto, dijo Silas con voz firme. Nos veremos en la calle principal y esta vez no habrá seis hombres cobardes, solo tú y yo, uno contra uno, como debe ser. El forastero asintió brevemente. Ahí estaré esperándote. Silas dio media vuelta con su gabardina negra ondeando y salió del salón sin decir absolutamente nada más.
Mientras su silueta oscura desaparecía lentamente en la oscuridad creciente, todos en el salón supieron con certeza mortal que al día siguiente, cuando el sol alcanzara su punto más alto, uno de esos dos hombres iba a morir en el polvo. No había otra posibilidad. Clara se acercó temblorosa al forastero. Puede irse ahora. Nadie lo culparía.
Él negó la cabeza. No puedo hacer eso, señorita. Nunca lo he hecho. El forastero se recostó tranquilamente en su silla y estudió a Silence Crow con cuidado. Podía ver la semejanza familiar, los mismos ojos duros, la misma mandíbula cuadrada, la misma postura amenazante, pero Silas parecía más inteligente, más controlado, más peligroso que su hermano muerto.
Lamento sinceramente tu pérdida”, dijo el forastero con voz tranquila. “Pero tu hermano merecía morir. Golpeaba a mujeres indefensas. Era un cobarde. Sailas apretó los puños con fuerza hasta que los nudillos se pusieron blancos. Eso no es algo que tú puedas decidir, forastero. La justicia no te pertenece. Alguien tenía que hacerlo y nadie más en este pueblo tenía el valor.
Saila se quedó en silencio durante un momento largo y tenso. Luego, con una voz baja y peligrosa que apenas se escuchaba, dijo, “Voy a darte una única oportunidad, forastero. sal de este pueblo ahora mismo, esta misma noche y tal vez solo tal vez te deje vivir un día más. El forastero lo miró directamente a los ojos sin pestañar.
No Silas rió sin maligría. Era una risa fría y vacía que heló la sangre de todos. Entonces, mañana al mediodía exacto, dijo Silas con voz firme, nos veremos en la calle principal y esta vez no habrá seis hombres cobardes, solo tú y yo, uno contra uno, como debe ser. El forastero asintió brevemente. Ahí estaré esperándote.
Silas dio media vuelta con su gabardina negra ondeando y salió del salón sin decir absolutamente nada más. Mientras su silueta oscura desaparecía lentamente en la oscuridad creciente, todos en el salón supieron con certeza mortal que al día siguiente, cuando el sol alcanzara su punto más alto, uno de esos dos hombres iba a morir en el polvo. No había otra posibilidad.
Clara se acercó temblorosa al forastero. Puede irse ahora. Nadie lo culparía. Él negó la cabeza. No puedo hacer eso, señorita. Nunca lo he hecho. Esa noche oscura, el forastero no pudo dormir ni un solo minuto.No era por miedo a la muerte, sino por los recuerdos constantes. Cada vez que cerraba los ojos cansados, veía rostros fantasmales del pasado, hombres que había matado en duelos, mujeres que había amado y perdido, pueblos que había dejado atrás en su camino solitario.
Se levantó inquieto y saló al balcón estrecho de su habitación. La luna llena brillante iluminaba las calles vacías de redstone. El viento soplaba suavemente, llevando consigo el olor familiar a tierra seca y salvia silvestre. Clara subió las escaleras silenciosamente con una taza humeante de café caliente.
Pensé que tal vez necesitaría esto, señor. Él la miró agradecido y aceptó la taza con un gesto breve. Gracias, Clara. Ella se quedó a su lado mirando las mismas estrellas brillantes. ¿Por qué lo hace? ¿Hacer qué exactamente? arriesgar su vida por gente que ni siquiera conoce bien. El forastero bebió un sorbo largo de café negro y suspiró profundamente.
Porque alguien tiene que hacerlo y porque hace mucho tiempo, cuando yo más lo necesitaba desesperadamente, nadie lo hizo por mí. Clara lo miró con tristeza genuina. ¿Qué le pasó en el pasado? Él no respondió de inmediato. Luego, con voz baja cargada de dolor, dijo, “Tenía una familia, una esposa hermosa, un hijo pequeño.
Vivíamos en un rancho modesto al norte de aquí. Era una vida simple y dura, pero éramos felices. Clara esperó en respetuoso silencio. Un día llegaron una banda de forajidos. Querían nuestro ganado. Mi esposa les dijo que no teníamos mucho, pero ellos no escucharon razones. La golpearon brutalmente y cuando traté de defenderla me dispararon y me dejaron por muerto en el polvo.
Sus manos temblaron ligeramente alrededor de la taza caliente. Cuando desperté, ellos ya se habían ido. Mi esposa estaba muerta, mi hijo también. Y yo no pude hacer nada para salvarlos. El sol estaba exactamente en lo alto del cielo cuando el forastero bajó las escaleras. El salón estaba completamente vacío. Todo el pueblo entero estaba afuera esperando nervioso el inevitable enfrentamiento.
Caminó hacia la calle principal con pasos lentos pero firmes. Su sombrero negro proyectaba una sombra oscura sobre su rostro curtido. Su mano descansaba naturalmente cerca de su revólver plateado. Ilas Crow ya estaba ahí de pie en medio de la calle polvorienta, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Vestía el mismo atuendo negro de la noche anterior y su expresión era dura e implacable como roca de montaña. El forastero se detuvo a unos 20 m exactos de distancia. Ambos se miraron fijamente a los ojos sin pestañar. El viento sopló suavemente, levantando una nube de polvo entre ellos. El sherifff estaba en el porche del edificio municipal, observando con nerviosismo evidente.
Clara estaba en el balcón del salón con las manos apretadas contra su pecho angustiado. Última oportunidad, dijo Silas con voz fría como hielo. Vete ahora mismo y vivirás. El forastero negó la cabeza. No puedo hacer eso. Silas asintió lentamente. Entonces que Dios tenga misericordia de tu alma. Ambos llevaron las manos a sus armas.
El tiempo pareció detenerse completamente. El mundo entero quedó en suspenso. Y entonces, en un instante explosivo, ambos desenfundaron. Bang. Bang! Dos disparos resonaron al unísono, desgarrando el silencio. El polvo de pólvora se elevó en el aire caliente y durante un momento eterno nadie supo quién había caído.
El humo se disipó lentamente. Ambos hombres seguían de pie con los revólveres aún en sus manos. Luego Silas Crow dio un paso tambaleante hacia delante. Su rostro se contorsionó de dolor intenso. Miró hacia abajo y vio la mancha roja extendiéndose rápidamente por su pecho negro. Cayó de rodillas y el forastero guardó su arma.
Silas Crow cayó al suelo con un ruido sordo. El forastero caminó hacia él y se arrodilló junto al hombre moribundo. Sailas lo miró con ojos que ya perdían el brillo de la vida. “Debiste haberme escuchado”, murmuró el forastero. Silas tosió sangre. Bull era todo lo que me quedaba. Lo sé. Pero él eligió su camino y ese camino lo llevó a la muerte.
Sailas cerró los ojos lentamente y dejó de respirar. El forastero se puso de pie mientras la gente del pueblo se acercaba cautelosamente. El sherifff puso una mano en su hombro. hiciste lo correcto. Pero el forastero no se sentía victorioso, solo cansado. Clara corrió hacia él y lo abrazó. Quédate con nosotros, por favor. Él negó la cabeza. No puedo.
La muerte me sigue a donde voy. Pero aquí estás a salvo. No, Clara. Lo que este pueblo necesita es paz y yo nunca podré darla. Sin más palabras, fue al establo, preparó su caballo y cabalgó fuera de redstone. Durante años siguió su camino solitario, ayudando a quien lo necesitara. En cada pueblo dejaba su marca. Algunos lo recordaban como salvador, otros como leyenda y algunos simplemente como un fantasma.
Nunca volvió a Redstone, pero a veces en noches tranquilas pensaba en Clara, ensu sonrisa, en la paz que nunca podría tener. Un día, mientras cabalgaba por un camino solitario, vio a unos bandidos acosando a una familia. Sin dudarlo, desmontó y sacó su revólver. Dejen ir a esa gente. Y así, una vez más, la historia se repitió.
Porque ese era su destino, el guardián silencioso del oeste, el hombre sin nombre, el justiciero errante. Y mientras hubiera injusticia, él estaría ahí, porque esa era su redención, su único camino, el camino sin fin. Y si te gustó este viaje por el viejo oeste, no olvides suscribirte a Viejo Oeste Salvaje, dejar tu like y decirme en los comentarios de qué país estás escuchando, porque cada historia trae un nuevo atardecer y un nuevo pistolero para enfrentar el destino.
Hasta la próxima, vaquero.
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