Ruth y Marcelo fueron vistos por última vez en Ecatepec — tras 26 años sin noticias los reconocieron
Eccatepec, 1998. Una foto en el baño. Dos hermanos de pie, serios mirando a cámara. 26 años después, un video desde una azotea en la colonia Guerrero muestra a dos personas de mediana edad bajo una lona azul y alguien reconoce esos rostros. Entre la imagen del baño y la imagen de la lona, hay más de dos décadas de silencio, explotación y calles que borraron todo rastro.
Esta es la historia de Ru y Marcelo Delgado Hernández y de cómo desaparecer siendo mayor de edad puede significar perderse para siempre sin que nadie lo considere un crimen. Eccatepec de Morelos, Estado de México. Finales de los años 90. La colonia está llena de casas de blog sin terminar, calles sin pavimentar del todo, camiones urbanos que levantan polvo al pasar.
En una de esas casas viven Teresa, sus hijos Ruth y Marcelo, los hermanos menores y Ernesto, el padrastro. La casa es pequeña, dos cuartos, un baño con azulejos celestes, cocina que da al patio de lámina. No hay lujos, pero tampoco falta lo básico. Lo que sí falta es paz. Ernesto llega tarde, huele a cerveza, grita por cualquier cosa.
Teresa baja la mirada, los niños se encierran en el cuarto. Ruth y Marcelo, que ya no son niños, aguantan en silencio. Ella tiene 19 años, él 21. Los dos terminaron la secundaria hace tiempo, pero nunca hubo dinero para más. Ruth ayuda en una tienda de abarrotes a dos cuadras.
Limpia casas cuando puede. Cuida a sus hermanos menores cuando Teresa sale a trabajar. Marcelo encadena chambas. Carga bultos en una bodega. Ayuda en obra. Venden el tianguis los domingos. Ninguno tiene contrato. Ninguno tiene certeza de cuánto va a ganar cada semana. Los dos sueñan con irse, con rentar un cuarto en otro lado, con dejar atrás los gritos de Ernesto.
Pero el dinero nunca alcanza. En julio de 1998, Ru le dice a una amiga de la tienda que ya no aguanta más, que algún día ella y su hermano se van a ir y no van a regresar. La amiga no le da mucha importancia. Piensa que es el mismo desahogo de siempre. Esa misma semana, un viernes por la noche, Ernesto llega borracho, tira platos, le grita a Teresa que la comida está fría.
Ruth se para, le dice que se calme. Ernesto le contesta con insultos. Marcelo se interpone. Ernesto lo empuja. Teresa llora. Al día siguiente, sábado 18 de julio de 1998, Ruth y Marcelo se despiertan temprano, desayunan en silencio. La casa huele a café recalentado y atención. Ruth recoge los platos. Marcelo barre el patio.
Nadie habla del pleito de anoche. A media mañana, Ru le dice a Teresa que van a salir, que tienen que hacer unos mandados, que tal vez pasen al tianguis y luego al centro comercial. Teresa asiente sin levantar la vista. Ernesto está dormido en el cuarto roncando.
Ruth y Marcelo se cambian de ropa, se ponen tenis, salen por la puerta sin hacer ruido. Una vecina los ve pasar por la calle caminando juntos rumbo a la avenida principal. Un taquero que tiene su puesto en la esquina los saluda. Ellos responden con la mano. Más tarde, otro testigo, el dueño de una papelería, dice haberlos visto subir a una combi blanca con franja verde, de las que van hacia el metro indios verdes.
Es lo último que alguien registra de Ruth y Marcelo Delgado Hernández en Ecatepec ese día. Cuando cae la tarde y ellos no regresan, Teresa empieza a preocuparse. Ernesto dice que seguro se quedaron con amigos, que ya son grandes, que van a volver. Pasan las horas, la noche llega, Ruth y Marcelo no aparecen.
Teresa sale a la calle, pregunta a los vecinos, nadie sabe nada. Al día siguiente, domingo, Teresa camina hasta la casa de la amiga de Ruth. La amiga repite lo que Ru le dijo, que algún día se iba a ir. Teresa siente un nudo en el estómago. El lunes por la mañana, Teresa va al Ministerio Público de Ecatepec, llena formularios, da nombres, describe a sus hijos, entrega una foto que tienen pegada en la sala.
Ruth y Marcelo en el baño, parados frente a la cámara, serios, con ropa oscura, el azulejo celeste de fondo. El agente del MP la escucha, toma nota, pero enseguida le dice lo que Teresa no quiere oír. Ru tiene 19 años, Marcelo 21. Son mayores de edad, pueden haberse ido por su propia voluntad.
No hay indicios de delito. Teresa insiste. Dice que sus hijos no son de irse así, que algo pasó. El agente le dice que de todas formas van a buscar, que van a revisar hospitales y separos, pero que no puede garantizar nada. Teresa sale de la agencia con la sensación de que nadie van a hacer mucho.
Esa misma semana, Teresa y algunos familiares recorren hospitales de Ecatepec, Tlalnepantla, Naucalpán. Preguntan en la Cruz Roja, encentros de salud. Nadie tiene registro de Ru ni de Marcelo. Van a los separos, revisan las listas de detenidos. Nada. Teresa manda a imprimir volantes con la foto del baño.
En el volante pone los nombres completos, las edades, la fecha de desaparición, un número de teléfono. También menciona un detalle pequeño pero importante. Ru siempre tenía colgado en el baño de la casa un llavero amarillo, un objeto que ella cuidaba que había sido de una tía.
Teresa piensa que tal vez alguien recuerde ese detalle. pega los volantes en postes, en tiendas, en paraderos de camión. Los vecinos empiezan a hablar. Algunos dicen que seguro Ernesto tuvo algo que ver, que ese hombre era violento, que a lo mejor los amenazó y ellos huyeron. Otros dicen que Ruth y Marcelo se fueron a buscar trabajo a otro estado que ya van a aparecer.
Teresa no sabe qué pensar. Lo único que sabe es que sus hijos no están y que cada día que pasa sin noticias es un día más de angustia que no la deja dormir. Pasan las semanas. Teresa vuelve al Ministerio Público cada vez que puede. Pregunta si hay avances, si han revisado cámaras, si han hablado con testigos.
El expediente está abierto, pero no avanza. El agente le repite que sin indicios de delito es difícil mover recursos, que Ru y Marcelo son adultos. que pueden estar en cualquier lugar del país. Teresa insiste en que Ernesto debería ser interrogado. La autoridad lo cita. Él va, da su versión.
Dice que ese sábado los muchachos salieron como siempre, que no hubo pleito, que él estaba dormido. No hay pruebas que lo contradigan, lo dejan ir. Los familiares empiezan a sospechar, pero sin evidencia nadie puede hacer nada. Los volantes siguen pegados en las calles de Catepec, pero con el tiempo se decoloran, se rompen, se pierden bajo otros anuncios.
A finales de 1998, Teresa recibe una llamada. Alguien dice haber visto a una muchacha parecida a Ruth en una central de autobuses en Pachuca. Teresa y un primo viajan hasta allá, recorren la terminal, preguntan en taquillas, muestran la foto. Nadie reconoce a la muchacha. regresan a Ecatepec sin nada.
En 1999 llega otra pista. Un conocido dice que un amigo suyo vio a un joven parecido a Marcelo trabajando en una obra en Nesawalcoyotlle. Teresa va. Busca la obra, pregunta al encargado. El encargado revisa su lista de trabajadores. Dice que ninguno se llama Marcelo Delgado. Teresa muestra la foto. El encargado niega con la cabeza.
dice que no lo reconoce. Teresa regresa a casa otra vez con las manos vacías. Para el año 2000, el caso de Ruth y Marcelo Delgado Hernández ya casi no se menciona en las conversaciones de la colonia. Teresa sigue buscando, pero ahora lo hace sola. Ernesto ya no vive con ella. Teresa lo corrió meses atrás, cansada de su violencia y de las sospechas que pesan sobre él.
Los hermanos menores de Ruth y Marcelo crecen oyendo la historia, viendo la foto del baño en la pared de la sala, desteñida y arrugada. Entre esos hermanos menores está una sobrina, Lidia, que en 1998 tenía apenas 6 años. Lidia recuerda poco de Ru y Marcelo, pero crece escuchando a Teresa hablar de ellos, repitiendo sus nombres, contando cómo eran, qué les gustaba, cómo se veían en la foto del baño.
Con el paso de los años, Lidia memoriza esos rostros jóvenes y serios, esa imagen congelada en 1998. En 2001, Teresa vuelve al Ministerio Público. El expediente sigue abierto, pero archivado en la práctica. El agente que llevaba el caso ya no está, lo cambiaron de área. El nuevo agente revisa el archivo, le dice a Teresa que puede poner un anuncio en el periódico, que puede buscar apoyo en organizaciones civiles, pero que la dependencia no tiene recursos para seguir investigando un caso donde no hay delito
evidente. Teresa sale de ahí sintiendo que perdió. Los años 2002, 2003, 2004 pasan lentos. Teresa trabaja, cuida a sus hijos menores, reza. La foto del baño sigue en la sala. A veces Teresa se queda mirándola en silencio tratando de imaginar dónde estarán Ruth y Marcelo, si estarán bien, si la recuerdan.
Los aniversarios de la desaparición se vuelven fechas silenciosas. Teresa ya no organiza búsquedas, ya no imprime volantes, solo guarda la esperanza de que algún día suene el teléfono y alguien le diga que sus hijos aparecieron, pero el teléfono no suena. En 2005, Teresa se muda a una casa más pequeña, más barata.
Guarda la foto del baño en una caja junto con otras cosas de Ru y Marcelo. Ropa, cuadernos, el llavero amarillo original que Ru dejó colgado en el baño y que Teresa recogió después de que ellos desaparecieran. Teresa no sabe que hay otro llavero amarillo, uno que Ru tenía con ella esedía y que nunca soltó.
Para 2006 ya pasaron 8 años desde la desaparición. Teresa tiene la salud deteriorada, trabaja menos, depende de sus otros hijos. Lidia, la sobrina, ya es una adolescente. Un día le pregunta a Teresa por qué dejó de buscar. Teresa le dice que no dejó de buscar, que solo dejó de hacer ruido, pero que cada vez que sale a la calle sigue mirando los rostros de la gente, esperando reconocer a Ruth o a Marcelo entre la multitud.
Lidia se queda pensando en eso. Años más tarde, cuando las redes sociales empiecen a existir, Lidia va a recordar esa conversación y va a decidir que alguien tiene que seguir buscando, aunque sea en internet. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita.
Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo. 2011. Ya pasaron 13 años desde que Ruth y Marcelo desaparecieron. Teresa tiene 60 y tantos. Camina con dificultad, ya no puede trabajar. Vive con uno de sus hijos menores y con Lidia, que ahora tiene 19 años.
La misma edad que tenía Ru cuando se fue. Lidia estudia una carrera técnica. Trabaja medio tiempo en un call center. Pasa horas frente a la computadora. Un día navegando en Facebook, Lidia encuentra un grupo llamado Desaparecidos en el Estado de México. Entra, lee las publicaciones. Hay familias que suben fotos, cuentan historias, piden ayuda.
Lidia piensa en Ruth y Marcelo. Busca en las cajas de Teresa, encuentra la foto del baño, la escanea, crea una publicación, escribe los nombres completos, las edades que tenían en 1998, la fecha de desaparición, el lugar. agrega el detalle del llavero amarillo pensando que tal vez alguien lo recuerde.
Publica, al principio no pasa nada, pero después de unos días alguien comparte la publicación en otro grupo de personas desaparecidas. Luego otra persona la comparte en un grupo de Ecatepec. La foto del baño empieza a circular. Algunas personas comentan que recuerdan haber visto los volantes en los 90. Otras dicen que conocieron a la familia.
Una mujer dice que ella trabajaba en la tienda donde Ruth ayudaba, que recuerda que Ruth hablaba de irse. Lidia responde a todos los comentarios, agradece, pregunta si alguien tiene información nueva. Nadie tiene nada concreto, pero al menos la historia vuelve a estar en el aire.
Lidia crea una página de Facebook dedicada solo a Rut y Marcelo. Sube la foto del baño como imagen de perfil. Escribe la historia completa en la descripción. Pide que compartan. La página empieza a tener seguidores, gente de Ecatepec, gente de otros estados, gente que simplemente sigue casos de desapariciones. Cada tanto, Lidia sube una publicación recordando la fecha de desaparición, preguntando si alguien vio algo.
En 2012 llega un mensaje privado. Una mujer dice que en 2011 vio a una persona parecida a Marcelo pidiendo dinero afuera de un oxo en la colonia Morelos, cerca del centro de la ciudad de México. Lidia le pide más detalles. La mujer dice que no está segura, que fue hace meses, que el hombre estaba muy delgado, sucio, que por eso le llamó la atención.
Lidia le pide que trate de recordar exactamente dónde. La mujer da una dirección aproximada. Lidia y un primo viajan a la ciudad de México, buscan el oxo, recorren las calles cercanas, preguntan a comerciantes, muestran la foto del baño. Nadie reconoce a Marcelo. Lidia regresa a Ecatepec frustrada, pero no se rinde.
En 2013, otro mensaje. Alguien dice haber visto a una mujer parecida a Rut en un albergue de Cuautitlan, Iscali. Lidia va, habla con las encargadas del albergue, muestra la foto. Las encargadas revisan sus registros. Ninguna Ruth Delgado aparece. Lidia pregunta si puede ver a las mujeres que están ahí.
Le dicen que no puede entrar, que es política del lugar. Lidia insiste. Al final, una de las encargadas sale con una lista de nombres. Ninguno coincide. Lidia se va otra vez sin respuestas. Así pasan 2014, 2015, 2016. Cada año trae una o dos pistas falsas. Cada pista lleva a Lidia y a Teresa a moverse, a viajar, a buscar. Cada pista termina en nada.
Pero Lidia no cierra la página, no deja de publicar. La foto del baño se vuelve conocida en ciertos círculos de redes sociales, en grupos de búsqueda, en colectivos de familias. En 2017, un colectivo de madres buscadoras en el Estado de México invita a Teresa a una reunión. Teresa va acompañada de Lidia.
Ahí conoce a otras mujeres que llevan años, décadas buscando a sus hijos, hijas, hermanos. Teresa cuenta su historia. Dice que lo más difícil es que las autoridades nuncaconsideraron la desaparición de Ru y Marcelo como algo grave, porque ellos eran mayores de edad, porque no había señales de violencia.
Las otras mujeres asienten, dicen que es el mismo discurso que escuchan siempre. Una de las coordinadoras del colectivo le sugiere a Lidia que suba la historia a plataformas más grandes, que use hashtags, que etiquete a medios de comunicación. Lidia empieza a hacerlo. En 2018, un medio digital pequeño publica una nota sobre Ruth y Marcelo.
La nota incluye la foto del baño, cuenta la historia, menciona que llevan 20 años desaparecidos. La nota se comparte cientos de veces. Llegan más mensajes, más supuestos avistamientos. Lidia y Teresa siguen cada pista, pero ninguna lleva a Ruth o a Marcelo. Para 2019, Teresa ya casi no puede salir de casa.
Lidia se encarga de todo. Mantener la página activa, responder mensajes, coordinar con el colectivo. La foto del baño ya tiene más de 20 años, pero sigue siendo la única imagen que la familia tiene de Ruth y Marcelo juntos. Lidia a veces se pregunta cómo se verán ahora si es que siguen vivos. Trata de imaginar a Ru con 40 y tantos, a Marcelo con 40 y tantos.
No puede. Solo ve los rostros de 19 y 21 que quedaron congelados en esa foto. 2020. El mundo se detiene por la pandemia, pero las búsquedas no. Lidia sigue publicando desde su casa. Ahora con más tiempo porque el call center cerró temporalmente. La página de Ru y Marcelo crece en seguidores. Lidia empieza a conectar con otros administradores de páginas de desaparecidos, comparten casos, se apoyan.
Un día, en un grupo de WhatsApp de búsqueda, alguien comparte un video que encontró en TikTok. Una cuenta de noticias ciudadanas de la Ciudad de México sube clips de situaciones de calle. personas en condición de indigencia con el objetivo de que las familias los reconozcan. Lidia se une a varios de esos grupos, empieza a seguir esas cuentas, ve decenas de videos, personas durmiendo en banquetas, bajo puentes, en estaciones del metro.
Cada video es un golpe. Lidia se pregunta si Ruth o Marcelo estarán entre esa gente, si habrán caído tan bajo. No quiere pensarlo, pero no puede evitarlo. En 2021, con la pandemia todavía presente, Lidia recibe un mensaje de una mujer que vive en la colonia Doctores. La mujer dice que desde hace años ve a un hombre y una mujer de mediana edad que duermen en un cajero automático abandonado.
dice que le recordaron la foto que Lidia comparte. Lidia le pide fotos, pero la mujer dice que no se atrevió a tomarlas, que esas personas se ven muy asustadas. Lidia le pide la dirección exacta. Apenas se puede salir, Lidia toma camiones hasta la colonia Doctores, busca el cajero. “¿No hay nadie?”, pregunta a los comerciantes de la cuadra.
Uno de ellos dice que sí, que hubo gente durmiendo ahí, pero que la policía los corrió hace semanas. Lidia pregunta si sabe hacia dónde se fueron. El comerciante dice que no, que esa gente aparece y desaparece. Lidia se queda parada en la banqueta mirando el cajero vacío, sintiendo que estuvo cerca y que perdió la oportunidad.
Regresa a Ecatepec sin nada. Teresa, que ya tiene más de 70 años, le dice que no se torture, que tal vez Ru y Marcelo ya no están en este mundo. Lidia no quiere aceptar eso. Sigue publicando, sigue buscando. En 2022, 24 años después de la desaparición, Lidia organiza una pequeña marcha en Ecatepec junto con el colectivo de madres buscadoras.
Llevan pancartas con fotos de desaparecidos, entre ellas la foto del baño de Ru y Marcelo. Caminan desde la plaza principal hasta el Ministerio Público. Exigen que los casos se reactiven, que se les dé seguimiento. Un funcionario sale, les promete revisar los expedientes. Lidia sabe que esa promesa probablemente no se cumpla, pero al menos levantaron la voz.
En 2023, Lydia consigue un trabajo más estable, pero sigue dedicando sus noches a la página de búsqueda. Cada cierto tiempo, alguien comparte un video o una foto de personas en situación de calle preguntando si podrían ser Ru o Marcelo. Lidia revisa cada imagen con atención tratando de encontrar algún rasgo que coincida con la foto del baño.
Es difícil. 25 años cambian un rostro más si esa persona vivió en la calle sin comer bien, sin cuidados. Lidia se pregunta si realmente podría reconocerlos. A principios de 2024, Lidia sube una publicación especial. 26 años sin Ru y Marcelo Delgado Hernández. Si los ven, si saben algo, por favor reporten.
La publicación se comparte miles de veces. llegan mensajes de apoyo, de ánimo, de otras familias que llevan buscando el mismo tiempo o más. Pero no llega información útil. Lidiaempieza a perder la esperanza. Teresa está muy enferma, casi no habla, pasa el día acostada. Lidia sabe que Teresa podría morir sin saber qué pasó con sus hijos. Eso la destroza.
En marzo de 2024, Lidia está revisando su feed de Facebook cuando ve un video compartido en un grupo de noticias de la Ciudad de México. El video es corto, grabado desde un celular. Un hombre joven se está quejando de las condiciones de la vecindad donde vive, en la colonia Guerrero Quutemok. El hombre muestra la azotea del edificio donde hay una lona azul grande improvisada como techo, bajo la cual viven dos personas.
El video es medio borroso, pero se alcanzan a ver tinacos, ropa colgada, baldes. El hombre dice que esas personas llevan años ahí, que no tienen servicios, que es insalubre. La cámara se acerca un poco más y por un segundo se ven dos figuras sentadas bajo la lona, un hombre y una mujer, ambos de mediana edad con ropa gastada.
Lidia, pausa el video. Algo en esas figuras le llama la atención. No puede ver bien los rostros, pero hay algo en la postura, en la forma en que están sentados, que le resulta familiar. Lidia descarga el video, lo pasa cuadro por cuadro. En uno de los cuadros, la cámara capta un poco mejor el rostro del hombre.
Lidia amplía la imagen. El hombre tiene el cabello canoso, la piel curtida, arrugas profundas. Pero la estructura del rostro, la forma de la mandíbula, le recuerda a Marcelo. Lidia siente un escalofrío. Lidia pasa la siguiente hora congelando cada cuadro del video tratando de ver mejor a la mujer.
En algunos cuadros se alcanza a ver parte de su rostro. Pómulos marcados, cabello largo y gris, ojos hundidos. Lidia saca la foto del baño, la pone al lado de la pantalla. Compara. Ruth tenía 19 en esa foto, ahora tendría 45. Lidia trata de imaginar cómo envejecería ese rostro. Los ojos, la distancia entre la nariz y la boca, la forma de la frente. Puede ser. Podría ser.
Lidia siente que el corazón se le acelera, no quiere ilusionarse. Ya pasó por esto antes, ya creyó reconocer a Ruth o a Marcelo en otras imágenes y siempre fue otra persona. Pero esta vez algo le dice que es diferente. Vuelve a ver el video completo. El hombre que grabó menciona que esas personas llevan ahí varios años, que nadie sabe quiénes son, que no hablan con los vecinos.
Lidia lee los comentarios del video. Algunos vecinos de la colonia Guerrero comentan que sí, que conocen a esa pareja, que siempre están ahí arriba, que nunca bajan. Alguien dice que una vez trató de ayudarlos, de llevarles comida, pero que ellos no quisieron abrir la puerta de la escalera que sube a la azotea.
Otro comentario dice que esas personas no se ven bien de salud, que deberían reportarlo a Protección Civil. Lidia guarda el video, toma capturas de pantalla de los cuadros donde se ven los rostros, luego abre un chat de WhatsApp con una amiga que también es parte del colectivo de búsqueda. Le manda las capturas, le manda la foto del baño, le pregunta qué opina.
La amiga tarda un rato en responder. Finalmente escribe, “No sé, Lidia, han pasado muchos años. Es difícil estar segura. Pero si tú sientes que puede ser, tienes que ir a verificar. Lidia respira hondo, sabe que tiene que ir, no puede quedarse con la duda. Al día siguiente, sábado, Lidia le dice a Teresa que tiene que ir a la Ciudad de México por un asunto de trabajo.
No le menciona el video, no quiere darle falsas esperanzas. Teresa asiente desde su cama, casi no tiene fuerzas para preguntar. Lidia toma el camión hacia la Ciudad de México. Es un viaje largo con tráfico. Llega a la colonia Guerrero, cerca del mediodía. La colonia es densa, con edificios viejos, vecindades de varias plantas, calles estrechas.
Lidia busca en Google Maps la ubicación aproximada del video basándose en las referencias que el hombre mencionó. Pregunta a algunas personas en la calle. Un señor le dice que conoce la vecindad, que está a dos cuadras. Lidia camina hasta ahí. Es un edificio de cuatro pisos con fachada deteriorada, ropa colgada en los balcones, escaleras externas de metal.
Lidia entra al pasillo central, sube las escaleras. En el tercer piso hay una puerta de lámina que da a otra escalera más angosta que sube a la azotea. La puerta está cerrada con un candado viejo. Lidia toca. Nadie responde. Toca más fuerte. Silencio. Lidia Baja pregunta a una vecina del tercer piso si conoce a la gente que vive en la azotea.
La vecina, una mujer mayor, dice que sí, que ahí vive una pareja desde hace muchos años, que nunca hablan con nadie, que a veces bajan a comprar agua o comida en la tienda de la esquina, pero que siempre regresanrápido. Lidia le pregunta si sabe cómo se llaman. La vecina dice que no, que nunca les ha preguntado.
Lidia le muestra la foto del baño, le pregunta si esas personas podrían ser la pareja de la azotea. La vecina mira la foto, luego mira a Lidia, luego vuelve a mirar la foto. Dice que no está segura, que la foto es muy vieja, que las personas de la azotea se ven muy diferentes ahora, pero agrega que sí, que podría ser.
Lidia siente un nudo en la garganta. le pregunta a la vecina si puede llamar a la policía para que abran la puerta. La vecina dice que puede, pero que esas personas se asustan mucho cuando llega la autoridad, que una vez vinieron de Protección Civil y ellos no quisieron abrir. Se encerraron todavía más.
Lidia piensa rápido, no quiere asustarlos, pero tampoco puede irse sin verificar. Saca su celular, llama al 911, explica la situación. Dice que es familiar de dos personas desaparecidas desde 1998 que cree que pueden estar viviendo en una azotea en la colonia Guerrero, que necesita ayuda para contactarlos. La operadora le dice que va a mandar una unidad de policía y personal de la fiscalía.
Lidia se queda esperando en la calle frente a la vecindad. Pasan 20 minutos, llega una patrulla. Bajan dos policías, un hombre y una mujer. Lidia les explica todo de nuevo. Les muestra el video, les muestra la foto del baño, les da los nombres completos de Ruth y Marcelo Delgado Hernández. Los policías escuchan, toman nota, dicen que van a subir a la azotea, pero que Lidia tiene que quedarse abajo.
Lidia insiste en subir. La policía mujer le dice que no puede, que primero tienen que verificar la situación, que si efectivamente son las personas buscadas, después la van a llamar. Lidia acepta, aunque le cuesta. Los policías suben las escaleras. Lidia se queda en la calle junto con otros vecinos que empiezan a salir curiosos.
Una señora pregunta qué pasa. Lidia no sabe qué decir, solo que está buscando a su familia. Pasan 10 minutos. Lidia mira hacia arriba, ve que los policías están en el tercer piso tratando de abrir la puerta de lámina. Uno de ellos toca, grita. Policía, abran, por favor. Silencio. El policía vuelve a tocar.
Finalmente se oye un ruido del otro lado, como si alguien moviera algo pesado. La puerta se abre un poco. Lidia no puede ver desde abajo qué está pasando. Los policías entran, cierran la puerta detrás de ellos. Lidia siente que el tiempo se detiene. Pasan 5 minutos más.
Finalmente la puerta se vuelve a abrir. La policía mujer sale, baja las escaleras, se acerca a Lidia. le dice, “Hay un hombre y una mujer ahí arriba. Están en situación de calle. Dicen que llevan muchos años en la ciudad de México. No tienen identificación, no están seguros de sus nombres completos.
” Pero cuando mi compañero les preguntó si conocía Necatepec, la mujer empezó a llorar. Lidia siente que las piernas le tiemblan. pregunta si puede subir. La policía asiente. Lidia sube las escaleras rápido, casi corriendo. Llega al tercer piso, cruza la puerta de lámina, sube la escalera angosta que lleva a la azotea, sale al aire libre.
La azotea es amplia con tinacos, antenas, ropa tendida. Al fondo está la lona azul amarrada con cuerdas a unos postes de metal. Debajo de la lona hay colchones viejos, cobijas, baldes de plástico, bolsas con ropa y ahí sentados en el suelo están un hombre y una mujer. El hombre tiene el cabello canoso, muy corto, la piel morena y arrugada, la ropa sucia.
La mujer tiene el cabello largo y gris, el rostro delgado, los ojos rojos de llorar. Ambos miran a Lidia con desconfianza y miedo. Lidia se queda parada en la entrada de la azotea sin saber qué hacer. El otro policía está ahí de pie. Lidia da unos pasos hacia delante despacio. Se arrodilla a unos metros de la pareja.
Dice en voz baja, “Rut, Marcelo.” La mujer levanta la vista. Sus ojos están llenos de confusión. El hombre no reacciona. Lidia repite. Ruth Delgado Hernández. Marcelo Delgado Hernández. Esta vez el hombre parpadea. Lidia saca su celular, busca la foto del baño, se la muestra. Dice, “Esta es su mamá, Teresa.
Ella los ha estado buscando desde 1998. Yo soy Lidia, su prima.” La mujer mira la foto, empieza a temblar. El hombre se inclina. Mira, también pasan segundos largos. Finalmente, la mujer dice con voz quebrada, “Teresa.” Lidia siente que algo se rompe dentro de ella. “Asiente”, dice, “Sí, Teresa, su mamá. Ella está viva.
Ella nunca dejó de buscarlos.” El hombre cierra los ojos, se lleva las manos a la cara. La mujer sigue llorando. Lidia pregunta, “¿Son ustedes? ¿Son Ru y Marcelo?” La mujer asiente despacio, dice, “Creo que sí, no sé, hace mucho tiempo.” Lidiase acerca más. Ahora estamos a un metro de distancia.
Mira el rostro de la mujer. Trata de ver a la Ruth de 19 años ahí. Es difícil. Los años fueron duros, pero los ojos, la forma de la boca, algo coincide. Mira al hombre. Él levanta la vista. Lidia reconoce la estructura del rostro. La mandíbula que vio en la foto del baño. Son ellos. Tiene que ser.
Lidia siente que va a explotar de emoción, pero se contiene. No quiere asustarlos más. Pregunta con calma, “¿Qué pasó? ¿Dónde estuvieron todo este tiempo?” La mujer niega con la cabeza, dice, “No sé cómo explicar, fue mucho tiempo. Nos perdimos.” El hombre dice, “Queríamos volver, pero ya no sabíamos cómo.
” Lidia asiente. Dice, “Está bien, no tienen que explicar ahora. Lo importante es que están vivos, que los encontramos.” En ese momento, Lidia nota algo en la pared, cerca de donde están sentados. Colgado de un clavo oxidado hay un llavero amarillo, muy viejo, desteñido, sucio. Lidia lo señala.
pregunta, “¿Eso es suyo?” La mujer mira el llavero, asiente. Dice, “Lo tengo desde que salimos de la casa. Es lo único que quedó.” Lidia recuerda los volantes que Teresa imprimió en 1998, donde mencionaba el llavero amarillo como un detalle importante. Ese llavero conecta esta azotea con el baño de Ecatepec.
Con la foto con los 26 años de búsqueda. Lidia siente que todo encaja. Los policías se acercan. Dicen que tienen que llevarlos a un hospital para revisión médica, que la fiscalía va a tomar declaración, que hay procedimientos que seguir. Ru y Marcelo se asustan, dicen que no quieren ir.
Lidia les dice que no pasa nada, que ella va a estar con ellos, que solo es para ayudarlos. Ru y Marcelo aceptan finalmente bajar de la azotea. Los policías los ayudan a recoger algunas de sus cosas. El llavero amarillo, una bolsa con ropa, una cobija. Lidia pregunta si necesitan algo más. Marcelo dice que no, que nunca tuvieron mucho. Bajan las escaleras despacio.
Ruth se sostiene del barandal. Marcelo camina encorvado. Los vecinos de la vecindad están en los pasillos mirando. Algunos murmuran, otros solo observan en silencio. Lidia camina junto a Rut, le dice que todo va a estar bien, que su mamá está esperando. Ru sigue bajando. Afuera, en la calle, ya hay una segunda patrulla y una camioneta de la fiscalía.
Un agente del Ministerio Público se presenta, dice que va a acompañarlos al hospital, que después van a abrir una carpeta de investigación para documentar el caso. Lidia pregunta si ella puede ir también. El agente dice que sí, que es importante que esté presente. Suben a la camioneta.
Ruth y Marcelo van en la parte trasera. Lidia se sienta junto a ellos. El trayecto al hospital es corto, pero se siente eterno. Ru mira por la ventana como si no reconociera la ciudad. Marcelo tiene la vista fija en el piso. Lidia les pregunta si recuerdan algo de ese día en 1998. Ru dice, “Salimos porque queríamos estar lejos de Ernesto.
Íbamos a estar fuera solo unos días, pero luego pasó todo lo demás y ya no pudimos volver. Marcelo agrega, “Teníamos miedo. Pensamos que si volvíamos Ernesto iban a estar ahí o que la policía no nos iba a creer. Lidia no entiende del todo, pero no presiona. Ya habrá tiempo para los detalles. Llegan a un hospital público en la delegación Cuautemoc.
Los bajan, los llevan a urgencias. Un médico revisa a Rut, luego a Marcelo. Ambos están desnutridos, deshidratados, con problemas dentales y de piel. El médico dice que van a quedar en observación unas horas, que necesitan análisis de sangre, evaluación psicológica. Lidia se queda en la sala de espera, llama por teléfono a Teresa.
Teresa contesta con voz débil. Lidia dice, “Tía, los encontré. Están vivos. Son ellos. Teresa no responde de inmediato. Lidia oye un soy del otro lado. Luego Teresa pregunta, “¿Dónde están? ¿Cómo están?” Lidia explica lo mejor que puede, que estaban en una azotea en la colonia Guerrero, que ahora están en el hospital, que mañana van a poder verla.
Teresa llora, dice que no puede creer que después de 26 años finalmente tenga noticias. Lidia también llora. Cuelgan. Lidia se queda ahí en la sala de espera procesando todo. No puede creer que después de tanto buscar, de tantas pistas falsas, finalmente los encontró. Pasan las horas.
Un trabajador social del hospital se acerca, pregunta por la situación familiar. Lidia explica que Ru y Marcelo desaparecieron en 1998, que nunca hubo reporte oficial de delito porque eran mayores de edad, que la familia los buscó durante años sin éxito. El trabajador social toma nota, dice que van a coordinar con la fiscalía para recuperar documentos, que Ruth y Marcelo van anecesitar apoyo psicológico, que hay programas sociales que pueden ayudarlos. Lidia agradece.
Al anochecer, un psicólogo habla con Ruth y Marcelo por separado. Después, el psicólogo se reúne con Lidia y con el agente de la fiscalía. Dice que ambos presentan signos de trauma complejo, que tienen dificultad para articular lo que vivieron, que van a necesitar acompañamiento especializado. El agente de la fiscalía pregunta si están en condiciones de dar declaración.
El psicólogo dice que sí, pero que debe ser gradual. Sin presión. El agente asiente. Esa noche Ruth y Marcelo se quedan internados en el hospital. Lidia duerme en una silla en la sala de espera. No quiere irse, no quiere perderlos de vista. Al día siguiente, domingo, el agente de la fiscalía vuelve con una asistente.
Pasan a una sala privada, llaman a Ruth primero. Lidia entra con ella. Ru se sienta, mira al suelo. El agente le pide que cuente qué pasó desde el día que salió de su casa en Ecatepec. Ru empieza despacio con voz baja. Dice que ella y Marcelo decidieron irse porque no aguantaban más a Ernesto, que él era violento, que siempre había gritos, que el plan era irse unos días, quedarse con algún amigo o buscar un cuarto para rentar.
que tomaron una combia hacia indios verdes, que ahí un señor se les acercó, les dijo que tenía trabajo en una bodega en el centro y que también tenía cuarto para que se quedaran. Ru continúa diciendo que en ese momento el señor parecía confiable, que ella y Marcelo no tenían otro plan, que aceptaron, que el Señor los llevó en su camioneta hasta una zona cerca del centro histórico, a una bodega donde guardaban cajas de ropa y mercancía.
que ahí había otros jóvenes trabajando, descargando, acomodando, que el Señor les dijo que podían dormir en un cuarto trasero que les iba a pagar por semana. Ruth dice que los primeros días parecía normal, que trabajaban muchas horas, pero al menos tenían donde dormir y algo de comer.
Pero que después el señor empezó a cambiar, que les decía que tenían que trabajar más para pagar la renta del cuarto, que la comida también costaba. que les estaba haciendo un favor, que cuando Ruth pidió que le pagaran la primera semana, el Señor dijo que todavía no, que primero tenía que cubrir los gastos.
Ruth dice que ella y Marcelo quisieron irse, pero que el Señor les dijo que si se iban a llamar a la policía y los iba a acusar de haberle robado mercancía. que Ruth y Marcelo se asustaron, que no tenían forma de demostrar que no habían robado nada, que además el Señor les había quitado sus identificaciones diciéndoles que era para tramitar su alta en el IMS, que sin identificación Ru y Marcelo sintieron que no podían hacer nada.
El agente de la fiscalía pregunta cuánto tiempo estuvieron en esa bodega. Ruth dice que no está segura, que perdió la cuenta de los días, pero que fueron meses, que después el Señor los movió a otro lugar, otra bodega, en otra colonia, que ahí el trato fue peor, que casi no les daban de comer, que dormían en colchones en el piso, que los encerraban con llave por las noches, que un día Marcelo trató de escapar, que lo golpearon. Ru empieza a llorar.
Lidia le toma la mano. El agente hace una pausa, le ofrece agua. Ru bebe, respira. Continúa diciendo que finalmente, después de no sabe cuánto tiempo, hubo un problema entre los que manejaban las bodegas, que hubo una redada, que todo se dispersó, que Ru y Marcelo lograron salir, pero que para entonces ya no sabían dónde estaban, que no tenían dinero, que no tenían documentos, que intentaron pedir ayuda, pero que no sabían a quién acudir, que tenían miedo de ir a la policía porque pensaban que los iban
a acusar de algo o que los iban a regresar a Ecatepec con Ernesto, que se quedaron en las calles. Ruuth dice que al principio intentaron trabajar, que Marcelo cargaba cosas en mercados, que ella pedía dinero, que a veces conseguían dormir en albergues, pero que los albergues estaban llenos o no los dejaban quedarse más de una noche, que con el tiempo se enfermaron, que perdieron las pocas cosas que tenían, que hubo un punto en que Ru ya ni siquiera recordaba bien el nombre de su mamá, que todo se le hacía confuso,
que Marcelo también empezó a tener problemas, que a veces no reconocía a Ru, que decía cosas que no tenían sentido. El agente pregunta cómo llegaron a la azotea de la colonia Guerrero. Ruth dice que hace varios años, no sabe cuántos, encontraron esa vecindad, que subieron a la azotea porque vieron que había una lona y que nadie los molestaba ahí, que se quedaron, que a veces bajaban a comprar comida con el dinero que pedían en la calle, pero que casi siempre estaban arriba escondidos, que tenían miedo de que alguien lo
sacara o de que pasara algo malo otra vez. Ruuth termina su declaración diciendo que nunca olvidó a su mamá, que siempre tuvo el llavero amarillo porque le recordaba la casa, pero que no sabía cómo volver, que pensaba que ya era muy tarde, que su familia ya no la iba a querer.
El agente termina de tomar notas, le agradece, luego llama a Marcelo. Marcelo entra, se sienta. Su declaración es más corta, más fragmentada. confirma lo que Ruth dijo. La bodega, la explotación, el miedo, las calles, la azotea. Dice que él trató de proteger a Ru que no pudo, que se siente culpable, que cuando eran jóvenes pensó que podía hacer algo mejor, pero que todo salió mal.
El agente le dice que no es su culpa, que fueron víctimas. Marcelo no responde, solo mira al suelo. Cuando terminan las declaraciones, el agente le dice a Lidia que la fiscalía va a abrir una investigación por trata de personas y explotación laboral que van a intentar identificar a los responsables, aunque después de tantos años va a ser difícil.
Que lo importante ahora es ayudar a Ru y Marcelo a recuperar su identidad legal y su salud. El lunes, Rut y Marcelo reciben el alta del hospital. El trabajador social coordina con Lidia para que puedan ir a un centro de atención a víctimas donde van a empezar terapia psicológica y donde les van a ayudar con los trámites para recuperar sus documentos.
Lidia pregunta si pueden ir a Ecatepec a ver a Teresa. El trabajador social dice que sí, pero que es importante que el reencuentro sea en un espacio tranquilo, sin presión. Lidia coordina con la familia. Ese mismo día por la tarde, Lidia lleva a Ru y Marcelo en camión a Ecatepec. El trayecto es largo.
Ru mira por la ventana, reconoce algunas zonas cuando se acercan a Ecatepec, pero también dice que todo cambió. Marcelo está callado, nervioso. Llegan a la casa de Teresa, que ahora es más pequeña, en otra colonia. Teresa está en la sala sentada en una silla con oxígeno porque tiene problemas respiratorios.
Cuando Ruth y Marcelo entran, Teresa levanta la vista, se queda inmóvil. Lidia dice, “Tía, ellos son Ruth y Marcelo.” Teresa empieza a llorar. Ru se acerca despacio, se arrodilla frente a su mamá. Dice, “Mamá, soy yo.” Teresa levanta una mano, toca el rostro de Ru como si no pudiera creer que es real.
Marcelo se queda parado atrás llorando también. Teresa lo llama con la mano. Marcelo se acerca, se arrodilla también. Teresa los abraza a los dos sin decir nada, solo llorando. Lidia sale de la sala, les da espacio. Pasan varios minutos. Cuando Lidia vuelve a entrar, los tres están sentados juntos en silencio.
Teresa les pregunta si están bien. Ruth dice que sí, que ahora sí. Teresa pregunta por qué no volvieron antes. Ruth no sabe qué decir. Marcelo dice, “Teníamos miedo, mamá.” Perdón. Teresa niega con la cabeza, dice, “No se disculpen. Lo importante es que están aquí. Esa noche, Ruth y Marcelo se quedan en la casa de Teresa.
Duermen en el cuarto de Lidia, en colchones en el piso. Lidia duerme en la sala. Es extraño para todos. Ru y Marcelo no están acostumbrados a estar en un espacio cerrado, a dormir bajo techo. Se despiertan varias veces en la noche asustados. Lidia los escucha, pero no interviene. Les da tiempo.
Los siguientes días son complicados. Rut y Marcelo no saben cómo vivir en familia. Otra vez. Hay silencios largos, momentos incómodos. Teresa quiere cocinar para ellos, pero Ruth dice que no tiene hambre, que el estómago le duele. Marcelo pasa horas sentado en el patio sin hacer nada, solo mirando al cielo.
La familia no sabe cómo ayudarlos. Lidia coordina con el centro de atención. Empiezan las sesiones de terapia. El psicólogo les dice a Ruth y Marcelo que el proceso va a ser lento, que es normal que se sientan perdidos, que llevan 26 años viviendo de otra manera, que no hay prisa para volver a ser normales, que cada quien va a encontrar su ritmo.
También empiezan los trámites legales. La fiscalía les ayuda a recuperar sus actas de nacimiento, sus CURP. No tienen credencial de elector, no tienen comprobante de domicilio, no tienen historial laboral, todo está en cero. Es como si hubieran desaparecido oficialmente. El trámite para regularizar su situación toma semanas.
Mientras tanto, surgen complicaciones. Algunos medios de comunicación se enteran del caso. Un periodista llega a la casa de Teresa, toca la puerta, pide entrevista. Lidia le dice que no, que la familia no va a dar entrevistas, que Ruth y Marcelo necesitan privacidad. El periodista insiste. Lidia cierra la puerta.
Otro medio publica una nota con la foto del baño contando la historia. La nota sevuelve viral en redes sociales. La página que Lidia administra empieza a recibir cientos de mensajes. Gente que felicita, gente que pregunta detalles, gente que pide entrevistas, gente que ofrece ayuda. Lidia no sabe cómo manejar todo.
Consulta con el colectivo de madres buscadoras. Ellas le aconsejan que ponga límites claros, que proteja a Ruth y Marcelo, que no permita que los medios los expongan. Lidia publica un comunicado en la página, agradece el apoyo, pide respeto por la privacidad de la familia. Dice que Ru y Marcelo están en proceso de recuperación y que no van a dar entrevistas.
Algunos medios respetan eso, otros no. Aparecen notas sensacionalistas, con títulos exagerados, con datos incorrectos. Lidia se frustra, pero no puede controlar todo. En medio de esto, Ru y Marcelo intentan adaptarse. Ru empieza a salir al patio a ayudar con cosas pequeñas en la casa. Marcelo poco a poco habla más.
Cuenta algunas cosas de los años en la calle, de la gente que conoció, de los lugares donde durmió. La familia escucha sin juzgar. Pasan semanas. Ruth y Marcelo empiezan a familiarizarse con rutinas. Ru aprende a usar el celular que Lydia le prestó, aunque le cuesta entender cómo funcionan las aplicaciones.
Marcelo sale a caminar con uno de sus hermanos menores, ahora adulto, que trata de reconectarse con él. Hay momentos buenos, pero también hay crisis. Una noche, Ru tiene una pesadilla, grita, se despierta llorando. Teresa y Lidia corren al cuarto. Ru dice que soñó que estaba de vuelta en la bodega. Encerrada.
Lidia la abraza, le dice que ya no está ahí, que está en casa. Ru tarda en calmarse. El psicólogo que los atiende le explica a la familia que Ru y Marcelo pueden tener episodios de estrés postraumático, que los recuerdos de lo que vivieron no se van a borrar de un día para otro, que van a necesitar paciencia. La familia entiende, pero no es fácil.
En abril de 2024, después de varias semanas de trámites, Ru y Marcelo finalmente obtienen sus credenciales de elector. Es un paso importante. Con esas credenciales pueden abrir cuentas de banco, pueden buscar trabajo formal. El trabajador social del Centro de Atención les ayuda a inscribirse en un programa de apoyo económico para personas en situación de vulnerabilidad.
Empiezan a recibir una pequeña ayuda mensual. No es mucho, pero es algo. Lidia les pregunta si quieren buscar trabajo. Ru dice que le gustaría, pero que no sabe en qué. Marcelo dice que tiene miedo de trabajar para alguien que no confía. El trabajador social le sugiere que por ahora se enfoquen en su salud, que el trabajo puede esperar.
Con el tiempo, Ru y Marcelo empiezan a hablar de no quedarse permanentemente en la casa de Teresa, no porque no quieran estar con ella, sino porque sienten que necesitan su propio espacio. Teresa entiende, aunque le duele. Lidia busca opciones. Hay programas de vivienda social, hay albergues de transición, pero todo toma tiempo, todo requiere documentos, requisitos.
Mientras tanto, Ruth y Marcelo se quedan en el Catepec, pero con la incertidumbre de qué va a pasar después. En mayo, Marcelo le dice a Lidia que quiere volver a la azotea de la colonia Guerrero, no para quedarse, sino para recoger algunas cosas que dejaron. Lidia le pregunta, ¿qué cosas? Marcelo dice que hay una cobija que le regaló alguien en la calle que es importante para él. Lidia acepta.
Van juntos un sábado, llegan a la vecindad, suben a la azotea. La lona azul sigue ahí, pero ahora hay otras personas viviendo debajo. Marcelo se acerca, les pregunta si vieron sus cosas. Las personas dicen que no, que cuando ellos llegaron ya no había nada. Marcelo se queda mirando el espacio donde vivió tantos años.
dice en voz baja, “Aquí estuve mucho tiempo. No era una vida, pero era lo que tenía.” Lidia no sabe que responder. Bajan de la azotea. En el camino de regreso, Marcelo le pregunta a Lidia si la familia lo odia por haberse ido. Lidia dice que no, que nadie lo odia, que todos entienden que las cosas pasaron de una manera que nadie esperaba.
Marcelo no parece convencido, pero asiente. De vuelta en Ecatepec, la vida sigue. Teresa está cada vez más delicada de salud, pero está tranquila porque al menos vio a sus hijos otra vez. Un día le dice a Rut, “Pensé que me iba a morir sin saber qué pasó con ustedes. Ahora ya puedo irme en paz.” Ruth le dice que no hable así, que todavía le queda tiempo. Teresa sonríe.
En junio, el colectivo de madres buscadoras invita a Lidia a una reunión. Le piden que cuente la historia de Ruth y Marcelo, que explique cómo los encontró para dar esperanza a otras familias. Lidia acepta, va a la reunión, cuenta todo. El video viral, el reconocimiento, la azotea, elreencuentro.
Las madres escuchan en silencio. Al final una de ellas le pregunta, “¿Crees que todos los desaparecidos están vivos como Ruth y Marcelo?” Lidia responde con honestidad, “No lo sé. Cada caso es diferente, pero creo que vale la pena seguir buscando, porque a veces sí aparecen.” La reunión termina.
Algunas madres abrazan a Lidia, le agradecen, otras se quedan pensativas, tal vez sintiendo que su caso no va a tener el mismo desenlace. Lidia se va con sentimientos encontrados. Está feliz de haber encontrado a Ruth y Marcelo, pero sabe que no todas las historias terminan así. En julio de 2024 se cumple un mes desde que Ru y Marcelo volvieron a Ecatepec.
La familia organiza una comida sencilla para estar juntos. No es una celebración, es solo un momento para estar en familia. Rut y Marcelo participan poco. Todavía les cuesta estar en grupo, pero están ahí. Teresa los mira desde su silla con los ojos llenos de lágrimas y alivio. Pasan los meses.
La vida de Ruth y Marcelo sigue siendo difícil, pero hay pequeños avances. Ruth empieza a ir sola a la tienda de la esquina, algo que al principio le daba miedo. Marcelo acepta acompañar a uno de sus hermanos menores a un partido de fútbol en una cancha pública. Aunque no habla mucho, solo mira el juego desde las gradas.
La terapia continúa. El psicólogo les ayuda a procesar lo que vivieron, a entender que no fue su culpa, que fueron víctimas de un sistema que los abandonó. En una sesión, Ru dice que a veces siente rabia. Rabia contra el hombre que los engañó en indios verdes. Rabia contra Ernesto por haberlos hecho huir.
Rabia contra ella misma por no haber buscado ayuda antes. El psicólogo le dice que la rabia es válida, que es parte del proceso, que con el tiempo va a encontrar formas de canalizarla. Marcelo, por su lado, tiene sesiones más difíciles. Todavía tiene problemas para articular lo que siente. A veces entra en silencios largos, otras veces dice cosas confusas.
El psicólogo le explica a Lidia que Marcelo puede haber desarrollado algún trastorno cognitivo durante los años en situación de calle que va a necesitar evaluaciones más profundas, tal vez medicación. Lidia coordina con el sistema de salud pública para que Marcelo vea a un psiquiatra.
El proceso es lento, hay listas de espera. Mientras tanto, en la fiscalía, la investigación por trata de personas avanza poco. El agente le explica a Lidia que después de 26 años es casi imposible encontrar a los responsables, que no hay registros, que no hay testigos, que ni siquiera saben los nombres reales de las personas que explotaron a Ruth y Marcelo.
Lidia pregunta si al menos pueden documentar el caso para que quede registro. El agente dice que sí, que eso sí pueden hacerlo, que va a quedar en el expediente que Ru y Marcelo fueron víctimas de explotación laboral y que estuvieron desaparecidos durante 26 años. No es justicia, pero al menos es reconocimiento. En septiembre, Ru le dice a Teresa que le gustaría ver la casa donde vivían en 1998.
Teresa le dice que esa casa ya no es de ellos, que la vendieron hace años, que ahora vive otra familia ahí. Ruth insiste en que solo quiere verla desde afuera. Teresa acepta. Un sábado, Lidia las lleva en camión a la antigua colonia. Llegan a la calle. Ru se baja. Camina despacio hasta la casa.
Es la misma estructura, pero con cambios. La fachada está pintada de otro color. Hay una reja nueva, un coche estacionado afuera. Ru se queda parada en la banqueta mirando. Teresa le pregunta qué siente. Ru dice, “No sé, es raro. Fue hace tanto tiempo que parece otra vida.” Marcelo, que también fue, se queda en el camión.
Dice que no quiere bajar, que prefiere no ver la casa. Lidia lo entiende. Se quedan ahí unos minutos más, luego regresan a la nueva casa de Teresa. En octubre, Ruth consigue un trabajo informal ayudando en una cocina económica cercana. Es medio tiempo, no está registrada, pero al menos le da algo que hacer y un ingreso pequeño.
Marcelo todavía no busca trabajo. Pasa la mayor parte del tiempo en casa ayudando con cosas mínimas, barriendo, arreglando lo que se rompe. La familia no lo presiona. En noviembre de 2024, casi 6 meses después del reencuentro, Lidia organiza una reunión con el trabajador social y el psicólogo para evaluar cómo seguir.
El trabajador social dice que Ru y Marcelo están estables, que han avanzado, pero que todavía necesitan apoyo. Pregunta si la familia tiene capacidad de seguir sosteniéndolos. Lidia dice que sí, que van a estar ahí, pero que también necesitan ayuda del gobierno, que no pueden solos. El trabajador social promete seguir gestionando apoyos.
El psicólogo dice que Ruth está lista para reducir lafrecuencia de las sesiones, pasar de semanal a quincenal. Marcelo todavía necesita seguimiento semanal, pero también muestra avances. La reunión termina con un plan, seguir con terapia, mantener el apoyo económico, buscar opciones de vivienda para que Ruth y Marcelo puedan tener más autonomía en el futuro.
No hay fechas definidas, no hay certezas, solo un camino que se construye día a día. En diciembre, Teresa tiene una recaída de salud. La llevan al hospital, pasa unos días internada. Ruth y Marcelo la visitan todos los días. Ruth le lleva comida de la cocina donde trabaja. Marcelo se sienta junto a su cama en silencio, solo acompañándola.
Teresa mejora, le dan el alta, regresa a casa. La familia organiza una cena sencilla de Navidad. Ru ayuda a cocinar. Marcelo pone la mesa. Es la primera Navidad juntos en 26 años. Enero de 2025. Ruth y Marcelo llevan más de medio año de regreso con la familia. La rutina Seat ha asentado, aunque sigue siendo frágil.
Ru continúa trabajando en la cocina económica. Ya le tienen confianza, le aumentaron un poco el pago. Marcelo sigue en casa ayudando a Teresa, todavía sin trabajo formal, pero más tranquilo que antes. Las sesiones de terapia continúan. Ruth habla más de lo que vivió. empieza a procesar de manera más clara.
Marcelo avanza más lento, pero también hay cambios. El psiquiatra finalmente lo evaluó. Confirmó que tiene algunas secuelas cognitivas por años de estrés crónico y malnutrición, pero que con tratamiento puede mejorar. Le recetaron medicación. Marcelo la toma con ayuda de Lidia. En febrero, Lidia recibe una notificación del programa de vivienda social.
Hay un cuarto disponible en un edificio de departamentos populares en Ecatepec, pequeño pero funcional a nombre de Ruth y Marcelo. Es una opción para que puedan empezar a tener su propio espacio sin alejarse de Teresa. Lidia les cuenta. Ru se emociona, Marcelo se asusta, dice que no sabe si puede vivir solo, que tiene miedo.
El psicólogo interviene, dice que no tienen que apresurarse, que pueden ir de a poco, quedarse unos días ahí, luego volver con Teresa hasta que se sientan seguros. Ru y Marcelo aceptan intentarlo. A mediados de febrero se mudan al cuarto. Es pequeño, una habitación, un baño, una cocineta, pero tiene ventana, tiene luz, tiene puerta con llave.
Ru dice que es más de lo que tuvieron en años. Los primeros días son difíciles. Ru y Marcelo no duermen bien. Se despiertan asustados, pero poco a poco se van acostumbrando. Lidia los visita cada dos días, les lleva comida, se asegura de que estén bien. Teresa no puede subir las escaleras del edificio, pero habla con ellos por teléfono todos los días.
En marzo, Ru le dice a Lidia que quiere buscar un trabajo más estable con registro. Lidia la acompaña a algunas entrevistas. Es complicado. Ru tiene 45 años sin experiencia laboral formal reciente, sin referencias, pero finalmente consigue una chamba en una tienda de abarrotes empacando y acomodando.
Le dan contrato temporal, sueldo mínimo, pero es un inicio. Ru llora de felicidad el día que le entregan su primer pago. Marcelo todavía no busca trabajo, pero empieza a salir solo a la tienda, a caminar por el barrio. Son pasos pequeños, pero importantes. En abril, la fiscalía cierra formalmente la carpeta de investigación por trata de personas.
No hubo detenidos, no hubo justicia punitiva, pero al menos quedó registrado oficialmente que Ru y Marcelo Delgado Hernández fueron víctimas de explotación laboral y que estuvieron desaparecidos durante 26 años. Lidia guarda una copia del documento. Sabe que es lo más cercano a un reconocimiento oficial que van a tener.
En mayo, Ru le dice a Lidia que le gustaría recuperar el llavero amarillo que tenía en la azotea. Lidia le dice que lo tiene guardado, que se lo llevó el día del reencuentro. Se lo entrega. Ruth lo mira, lo limpia con un trapo, lo cuelga en la pared del cuarto donde ahora vive con Marcelo.
Dice que ese llavero los acompañó todo este tiempo, que es lo único que quedó de 1998. Lydia le pregunta si alguna vez pensó en tirarlo. Ru dice que no, que siempre supo que era importante, aunque no recordara bien por qué. En junio de 2025, Lidia cierra la página de búsqueda de Ruth y Marcelo en Facebook.
Publica un último mensaje. Después de 26 años, Ruth y Marcelo están de vuelta con su familia. No fue un final perfecto, pero están vivos, están en proceso de recuperación y están construyendo una nueva vida. Gracias a todos los que compartieron, buscaron y no perdieron la esperanza. La publicación recibe cientos de comentariosde apoyo de familias que siguen buscando, de gente que se alegra por este caso.
Lidia lee cada comentario, responde a algunos, agradece, luego cierra la página, ya no es necesaria. La vida de Rut y Marcelo ahora es privada, lejos de redes sociales, lejos de miradas externas. Teresa, ahora de 70 y tantos, sabe que no le queda mucho tiempo, pero está tranquila. Vio a sus hijos volver, vio que están vivos, vio que están intentando reconstruirse.
Eso le basta. Ruth y Marcelo siguen adelante, día a día, con terapia, con trabajo, con rutinas pequeñas. No hay monumentos, no hay ceremonias, no hay cierre cinematográfico. Solo dos personas que sobrevivieron 26 años de silencio, explotación y olvido, que ahora intentan recordar cómo se vive.
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