TENÍA 23 AÑOS Y SU HISTORIA TERMINÓ DE LA PEOR MANERA” — INFIDELIDAD Y ACUSACIONES EN CHIMALHUACÁN

 

 

En una calle de Chimaluacán, donde las casas de Block se aprietan unas contra otras y los cables aéreos cruzan el cielo como telarañas, Mariana y Antonio parecían ser una pareja más del barrio. Sonrisas en las fotos, abrazos en el patio, promesas de echarle ganas juntos. Pero detrás de esa imagen, algo se iba pudriendo en silencio.

 Un comentario venenoso, una sospecha sin fundamento, una paranoia que creció hasta convertirse en sentencia de muerte. Cuando los vecinos escucharon los gritos esa tarde de 2023, ya era demasiado tarde. Lo que comenzó como un rumor de traición terminó con patrullas, ambulancias y una manta de cuadros rojos cubriendo un cuerpo en la banqueta.

 Esta es la historia de cómo los celos disfrazados de amor destruyeron dos vidas y marcaron para siempre un barrio entero. Chimaluacán, Estado de México, zona oriente. Un municipio donde las calles de concreto irregular serpentean entre casas de block sin aplanar, tinacos oxidados en las azoteas y cables de luz colgando tan bajos que casi se pueden tocar desde la banqueta.

 Aquí en una colonia popular donde los negocios familiares conviven con talleres mecánicos y puestos de tacos, Mariana y Antonio construyeron lo que desde afuera parecía una vida común y corriente. Mariana tenía 23 años cuando todo ocurrió. Morena clara, cabello largo y lacio que le caía sobre los hombros, sonrisa amplia que iluminaba las fotos de su celular.

 trabajaba en un pequeño comercio del centro, uno de esos locales atendidos por la misma familia que también vive en la trastienda. Salía temprano, regresaba al caer la tarde, siempre con la misma rutina. Combi hasta la avenida principal, caminata de 10 minutos hasta la casa, saludar a los vecinos que barren sus banquetas, entrar y cerrar la puerta de herrería que chirriaba cada vez que la movías.

 Antonio era algunos años mayor, entre los 28 y los 31. Complexión robusta, cabello corto siempre bien recortado, playeras oscuras y pantalones de mezclilla desgastados por el trabajo. Hacía lo que podía para llevar dinero a casa, changas en construcción, reparaciones menores, trabajos de medio turno que nunca alcanzaban para mucho, pero tampoco dejaban que se hundieran del todo.

 En el barrio lo conocían como alguien tranquilo, de esos que saludan con la cabeza y hablan poco. Nadie imaginaba lo que pasaba puertas adentro. Se conocieron jóvenes en una de esas fiestas de colonia donde la música sale por las bocinas montadas en la entrada de una casa y los vecinos se resignan a no dormir hasta las 3 de la mañana.

 Él la invitó a bailar. Ella aceptó. Hablaron de proyectos, de salir adelante, de formar algo sólido. No hubo noviazgo largo ni presentaciones formales con la familia extendida. Fue rápido, intenso, con esa urgencia de quienes sienten que el tiempo no perdona y que hay que agarrar lo bueno cuando aparece.

 En menos de un año ya vivían juntos en esa casa de una planta, con patio trasero donde colgaban la ropa y un cuarto que hacía de sala, cocina y recámara dependiendo de la hora del día. Al principio todo funcionaba. Antonio trabajaba, Mariana también. Juntaban para la despensa, para el gas, para el recibo de luz que llegaba cada dos meses con cifras que siempre parecían más altas de lo justo.

 Los fines de semana salían a caminar por el tianguis, compraban fruta de temporada, se tomaban fotos con el celular de ella porque el de él tenía la cámara rota. En esas imágenes se veían felices y tal vez lo eran, en esos momentos congelados donde todo se reduce a una sonrisa y un abrazo. Pero con el paso de los meses, algo empezó a cambiar.

 Primero fueron las preguntas. Preguntas que al principio parecían normales, incluso tiernas. ¿A qué hora sales? ¿Con quién fuiste? ¿Por qué tardaste? Mariana las respondía sin pensarlo mucho. No había nada que ocultar, pero las preguntas se volvieron más frecuentes, más específicas, más cargadas de algo que ella no terminaba de identificar.

Antonio empezó a revisar su celular mientras ella dormía. Ella se daba cuenta por el brillo de la pantalla reflejado en el techo, por la posición en que amanecía el teléfono sobre la mesa. Nunca dijo nada. pensaba que era una fase, que se le pasaría, que todos los hombres hacían eso cuando sentían inseguridad.

Los vecinos empezaron a notar cosas, no grandes escándalos, pero sí señales, voces elevadas que salían por las ventanas abiertas en las noches de calor, portazos, silencios largos y tensos que se sentían incluso desde afuera. La señora de la casa de al lado, una mujer de 50 y tantos que siempre estaba barriendo su pedazo de banqueta, comentaba en voz baja con otras vecinas que esos dos no iban a durar, pero nadie intervenía.

 En el barrio, los problemas de pareja se resuelven puertas adentro. Meterse es buscarse problemas. Antonio no era violento en público. En la calle seguía siendo el mismo, callado, educado, siempre con una palabra amable para quien lo saludara.Pero en la intimidad el control se disfrazaba de cuidado.

 Le decía a Mariana que la quería proteger, que el mundo afuera era peligroso, que había hombres que solo buscaban aprovecharse de mujeres como ella. Ella lo escuchaba, asentía, trataba de no hacer olas. Aprendió a evitar ciertos temas, a cambiar de ruta si veía que algo podía molestarlo, a responder los mensajes de inmediato para que no hubiera pretexto de reclamo.

 Sin darse cuenta, había empezado a vivir en alerta constante. El detonante llegó en forma de chisme. Una tarde cualquiera de inicios de 2023, cuando Mariana regresaba del trabajo y saludaba a la vecina que siempre estaba afuera regando sus plantas, la mujer la detuvo con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

 Oye, Mariana, ¿tú andas bien con Antonio, verdad? La pregunta la tomó desprevenida. Sí. ¿Por qué? La vecina bajó la voz acercándose como si fuera a compartir un secreto. Es que el otro día te vi platicando con alguien en la esquina y pues yo creo que trae otro. No más te lo digo para que tengas cuidado porque luego los hombres se enteran y se ponen locos.

 Mariana sintió que el piso se movía bajo sus pies. No había ningún otro. La conversación que la vecina había visto era con un compañero de trabajo que se había bajado en la misma parada de combi y habían caminado juntos dos cuadras nada más. Pero ya estaba dicho. Y en un barrio donde las paredes tienen oídos y los chismes corren más rápido que las noticias, ese comentario venenoso iba a llegar a Antonio tarde o temprano. Llegó esa misma noche.

 Cuando Mariana entró a la casa, Antonio estaba sentado en el sillón con el celular en la mano y la mirada fija en la pantalla. No levantó la vista cuando ella cerró la puerta. ¿Con quién ibas platicando hoy? La pregunta salió seca, sin preámbulo. Mariana supo al instante de qué se trataba.

 Con un compañero del trabajo nos bajamos en la misma parada. Antonio alzó la vista. ¿Y por qué no me dijiste? Porque no es nada, Antonio. Literal caminamos dos cuadras. Él apretó los labios. No es nada para ti, pero la gente habla. Ya me andaban diciendo que te vieron muy sonriente con alguien. Mariana intentó explicar, pero Antonio ya no estaba escuchando.

Estaba construyendo una historia en su cabeza, llenando los espacios en blanco con sus propias inseguridades. Esa noche no hubo golpes, pero sí palabras que dolían más. Acusaciones de deslealtad, de falta de respeto, de hacerlo quedar mal frente a los vecinos. Mariana se fue a dormir con un nudo en la garganta, sintiendo que no importaba lo que dijera.

 Para Antonio ya había una verdad armada y esa verdad la convertía en culpable. A partir de ahí, el control se intensificó. Antonio empezó a pedirle que le mandara capturas de pantalla de sus conversaciones. Quería saber con quién hablaba, a qué hora, de qué. Si ella tardaba en responder, él empezaba a llamar una y otra vez hasta que contestara.

 Mariana dejó de aceptar invitaciones para salir con amigas porque no quería enfrentar el interrogatorio que venía después. Dejó de responder mensajes de conocidos porque no valía la pena lidiar con la sospecha. Se fue encerrando, aislándose, hasta que su mundo se redujo a la casa, el trabajo y la mirada vigilante de Antonio. Los vecinos seguían escuchando.

Ahora las discusiones eran más frecuentes, más intensas. La señora de al lado le comentó a otra vecina que había oído gritos fuertes, cosas estrellándose contra la pared. “Pero, ¿qué le vamos a hacer? Así son las parejas”, decía, encogiéndose de hombros. Nadie llamó a la policía. Nadie tocó la puerta para preguntar si todo estaba bien.

 En el barrio las parejas pelean y eso es parte de la vida. Meterse es exponerse a que te digan entrometido o peor, quedarte marcado como el que causó que alguien fuera a dar a la delegación. Mariana intentó hablar con Antonio una noche en que él parecía más calmado. Le dijo que los celos lo estaban consumiendo, que ella no había hecho nada malo, que necesitaban confiar el uno en el otro.

Él la escuchó en silencio y por un momento pareció que las palabras habían llegado. Pero al día siguiente, cuando Mariana recibió un mensaje de un número desconocido ofreciendo una promoción de telefonía, Antonio entró en una espiral. ¿Quién es? ¿Por qué te hablan? ¿Es él, verdad? No importó que Mariana le mostrara el mensaje completo, que le explicara que era publicidad.

Antonio ya había decidido que había un él, un rival invisible que existía solo en su mente, pero que cada día cobraba más forma, más rasgos, más culpa. En el trabajo, Mariana empezó a llegar con los ojos hinchados. Sus compañeros notaban que ya no sonreía como antes, que se quedaba callada durante el almuerzo.

Alguien le preguntó si estaba bien. Ella dijo que sí, que solo estaba cansada. Nadie insistió. La vida sigue y cada quien carga con sus propios problemas. Si estás siguiendo esta historia yquieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo.

 Para mediados de 2023, la relación entre Mariana y Antonio ya no era una relación, era una prisión con paredes invisibles. Ella había aprendido a medir cada palabra, a calcular cada gesto, a anticipar qué podía desatar una tormenta y qué podía comprar unos días de calma. Antonio, por su parte, vivía atrapado en una paranoia que se alimentaba de cualquier detalle.

 Un saludo en la calle, una notificación en el celular, un retraso de 10 minutos en llegar a casa. Todo era evidencia. Todo confirmaba lo que él ya sabía. Mariana lo estaba traicionando. El supuesto amante nunca tuvo rostro definido. A veces Antonio lo imaginaba como el compañero de trabajo con el que ella había caminado esas dos cuadras.

Otras veces era un exnovio que, según él, debía estar esperando la oportunidad de regresar. En ocasiones era alguien del barrio, un vecino que Antonio había visto saludar a Mariana con demasiada familiaridad. No importaba que ninguna de estas sospechas tuviera fundamento. En la mente de Antonio, todas eran ciertas al mismo tiempo.

 Una noche de julio, Antonio encontró algo que en su cabeza fue la prueba definitiva. Mariana había dejado su celular sobre la mesa mientras se duchaba. Él lo tomó, desbloqueó la pantalla con el patrón que ya se sabía de memoria y empezó a revisar. Pasó por WhatsApp, por Instagram, por el registro de llamadas. No encontró nada fuera de lo común, pero sí vio una conversación con una amiga en la que Mariana le contaba que estaba cansada, que sentía que Antonio la asfixiaba, que no sabía cuánto más podía aguantar. Para Antonio, esas palabras

fueron una declaración de culpa. Está planeando irse con alguien más, pensó. Por eso dice que no aguanta, porque ya tiene a dónde ir. Cuando Mariana salió del baño, Antonio estaba sentado en el borde de la cama con el celular en la mano. Ella sintió un escalofrío al verlo así.

 ¿Qué haces? Él levantó la pantalla hacia ella. ¿Quién es alguien más? Mariana frunció el ceño confundida. ¿De qué hablas? Antonio leyó el mensaje en voz alta, torciendo el sentido de las palabras, llenando los huecos con sus propias conclusiones. Mariana intentó explicar que se refería a él, a la relación, a que necesitaba espacio para respirar.

 Pero Antonio ya no estaba escuchando, estaba gritando. La discusión subió de tono. Los vecinos volvieron a oír. Esta vez fue más fuerte, más largo. Hubo golpes contra las paredes, algo que se rompió, gritos que decían, “¡Me estás engañando!” una y otra vez como un mantra que Antonio repetía para convencerse a sí mismo.

 Mariana lloraba, trataba de defenderse, pero cada palabra que decía era usada en su contra. Si no tienes nada que ocultar, ¿por qué lloras? Si de verdad me quisieras, no estarías hablando de irte. La señora de la casa de al lado consideró por un momento llamar a la policía. Tomó su teléfono, buscó el número de emergencias, pero al final colgó antes de marcar.

Ya se van a calmar, pensó. Siempre se calman. Y tenía razón en el sentido más triste de la palabra. Eventualmente el silencio volvió. Pero no era el silencio de la paz, era el silencio del agotamiento de quien ya no tiene fuerzas para seguir peleando. Antonio no dejó que Mariana saliera de la casa durante los siguientes días.

 Le dijo que estaba enferma, que necesitaba descansar. llamó al trabajo de ella y dijo que no iría por unos días. Mariana no protestó, sabía que hacerlo solo empeoraría las cosas. Se quedó adentro mirando por la ventana como la vida del barrio seguía su curso, las combis pasando, los niños jugando en la calle, las señoras comprando tortillas en la tienda de la esquina.

 Ella estaba a metros de todo eso, pero completamente aislada. Antonio, mientras tanto, se sumergía más en su obsesión. Revisaba el celular de Mariana varias veces al día, incluso cuando ella estaba dormida. Buscaba mensajes borrados, llamadas perdidas, cualquier cosa que pudiera confirmar lo que ya había decidido que era verdad. No encontraba nada, pero eso no lo tranquilizaba.

 Al contrario, la ausencia de pruebas era para él, evidencia de que Mariana había aprendido a ocultar mejor sus rastros. En el barrio, los rumores seguían creciendo. Ahora se decía que Mariana había desaparecido, que nadie la había visto en días. Algunos pensaban que se había ido con el supuesto amante. Otros, más suspicaces, empezaban a murmurar que algo más grave estaba pasando.

 Pero nadie hizo nada. Los chismes son entretenimiento, no llamados a la acción. Lo que ocurrió después no fue producto de un plan elaborado. No hubo días de preparación, no hubo búsqueda de armas ni estrategias complejas. Lo que pasó fue el resultado de una escalada que ya no tenía frenos, de una paranoia que había alcanzado su punto de quiebre, de un hombre que habíaconstruido una realidad paralela en su cabeza y que estaba dispuesto a hacer que el mundo exterior se ajustara a esa versión. Era una tarde de agosto. El

calor pesaba sobre Chimaluacán como una cobija mojada. Las calles estaban llenas de gente volviendo del trabajo, combis que pasaban repletas. vendedores ambulantes ofreciendo fruta picada con chile y limón. Dentro de la casa, Mariana y Antonio estaban solos. Ella había intentado retomar algo de normalidad esa mañana, pidiendo permiso para salir a comprar lo necesario para la comida.

 Antonio había aceptado, pero con condiciones. Tenía que regresar en menos de una hora. Tenía que contestar el teléfono cada vez que él llamara. Tenía que mandarle fotos de dónde estaba. Mariana cumplió con todo. Fue a la tienda de la esquina, compró arroz, jitomate, cebolla, frijoles. Regresó en 40 minutos. Cuando entró, Antonio estaba de pie en medio de la sala, con los brazos cruzados y una expresión que ella conocía demasiado bien.

 “¿TDaste?” Ella le mostró la bolsa del mandado. “No tardé nada. Fui a la tienda de siempre.” Él dio un paso hacia ella. Te vi hablando con alguien. Mariana sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. ¿Con quién? Solo fui a la tienda. Antonio sacó su celular y le mostró una foto borrosa que había tomado desde la ventana. En la imagen se veía a Mariana parada en la banqueta con el celular en la mano.

 ¿Con quién hablabas? Ella intentó explicar que solo estaba revisando la lista de compras en su teléfono, que no había hablado con nadie. Pero Antonio ya no estaba en un lugar donde las explicaciones importaran. Estaba en un lugar donde cada detalle era una confirmación, donde cada palabra de Mariana era una mentira más que agregaba a la pila.

 “Me estás engañando”, dijo con una voz que ya no sonaba a reclamo, sino a sentencia. “Todo este tiempo me has estado engañando y ya no voy a permitirlo. Lo que siguió fue rápido y brutal.” Antonio cerró la puerta con seguro, quitó la llave y la guardó en su bolsillo. Mariana supo en ese momento que algo terrible estaba por pasar.

intentó calmarlo. Le dijo que se sentaran a hablar, que podían resolver las cosas, pero Antonio ya no estaba escuchando. Estaba actuando desde un lugar oscuro, un lugar donde la lógica había dejado de existir y solo quedaba la rabia, el control, la necesidad de castigar lo que él había decidido que era una traición.

La discusión escaló. Gritos, empujones. Mariana intentó llegar a la puerta, pero Antonio la bloqueó. Ella gritó pidiendo ayuda, pero en el barrio los gritos entre parejas son tan comunes que ya nadie los distingue de una pelea normal. Los vecinos oyeron, pero nadie salió. Nadie tocó la puerta, nadie llamó a la policía dentro de la casa.

 La situación llegó a un punto de no retorno. Antonio, consumido por una mezcla de rabia y desesperación, cruzó la línea que separa el control de la violencia letal. Lo que ocurrió en esos minutos no necesita ser descrito con detalle gráfico. Basta decir que Mariana luchó, que intentó defenderse, que gritó hasta que ya no pudo.

 Basta decir que cuando todo terminó, el silencio que cayó sobre esa casa no era el silencio de la calma, sino el silencio de lo irreversible. Antonio se quedó ahí en medio de la sala mirando lo que había hecho. No había victoria en su mirada, no había satisfacción, solo había vacío. El mismo vacío que sentimos cuando nos damos cuenta de que hemos destruido algo que nunca podremos reparar.

 Se sentó en el suelo con la espalda contra la pared y se quedó así durante horas. Afuera, la vida del barrio seguía su curso. Las combis pasaban. Los niños jugaban, las señoras barrían sus banquetas. Nadie sabía que dentro de esa casa una vida había terminado y otra había quedado destrozada para siempre. Fueron las horas más largas de la vida de Antonio.

 Sentado en el piso, con las manos temblorosas y la mente intentando procesar lo que acababa de ocurrir, pasaba de la negación al pánico en ciclos que parecían no tener fin. No pasó, se decía a sí mismo, esto no está pasando. Pero el peso de la realidad era demasiado grande para ignorarlo. Cada vez que abría los ojos y veía la escena frente a él, la verdad lo golpeaba de nuevo.

 Había cruzado una línea de la que no había regreso. La primera reacción fue intentar entender qué había salido mal. En su mente, él no era un asesino, era un hombre que había sido traicionado, humillado, empujado al límite. Ella me obligó. Pensaba, si no me hubiera engañado, nada de esto habría pasado.

 Intentaba construir una narrativa en la que él era la víctima, pero incluso en su estado alterado, algo dentro de él sabía que esa historia no se sostenía. Pasaron horas antes de que Antonio reaccionara. La luz del día empezó a desvanecerse y la casa quedó sumida en penumbras. No encendió las luces. Se quedó ahí en la oscuridad tratando de decidir quéhacer.

 Pensó en huir, en tomar lo poco que tenía y desaparecer. Pensó en llamar a alguien de su familia, aunque no sabía qué les diría. pensó en simular que había sido un robo, que alguien había entrado a la casa mientras él no estaba, pero cada plan que armaba en su cabeza se desmoronaba antes de terminarlo. No tenía coartada, no tenía explicación, no tenía salida.

 Mientras Antonio se hundía en su parálisis, afuera los vecinos empezaban a notar que algo no estaba bien. La casa llevaba horas en silencio absoluto y eso era extraño. No había música. No había voces, no había movimiento. La señora de al lado comentó con su esposo que no había visto salir a nadie en todo el día.

 ¿Y si les pasó algo?, preguntó el esposo. Se encogió de hombros. Si necesitan ayuda, que llamen. Fue hasta la mañana siguiente cuando alguien finalmente actuó. Una vecina que pasaba frente a la casa notó que la puerta estaba entreabierta, algo inusual. Se acercó y tocó. Mariana, Antonio, ¿están ahí? No hubo respuesta.

 Empujó la puerta un poco más y asomó la cabeza. Lo que vio la hizo retroceder con un grito ahogado. Corrió hacia su casa y llamó al número de emergencias. La patrulla llegó en menos de 15 minutos. Dos oficiales bajaron del vehículo y se acercaron a la vivienda con cautela. Tocaron a la puerta, anunciaron su presencia. Desde adentro, Antonio escuchó las voces.

 Supo que había terminado. No intentó huir, no intentó resistirse, solo abrió la puerta, levantó las manos y dijo, “Fui yo.” Los policías entraron y confirmaron lo que la vecina había visto. Acordonaron la zona de inmediato. Llamaron a los peritos, a la fiscalía, a los servicios de emergencia. En cuestión de minutos, la calle se llenó de vehículos oficiales, patrullas, una ambulancia, una unidad de investigación.

Los vecinos salieron de sus casas, se asomaron por las ventanas, se agruparon en las esquinas. ¿Qué pasó?, preguntaban unos a otros. Dicen que él la mató, respondían otros. El rumor corrió más rápido que cualquier versión oficial. Antonio fue esposado y subido a la patrulla. No opuso resistencia. Iba con la mirada perdida, como si su mente ya no estuviera ahí.

 Los vecinos lo veían pasar y murmuraban. Algunos lo insultaban desde la distancia, otros solo negaban con la cabeza. Incrédulos. Parecían normales decía una señora. ¿Quién iba a pensar que terminaría así? Dentro de la casa, los peritos empezaron su trabajo. Tomaron fotografías, recolectaron evidencias, documentaron cada detalle.

El escenario hablaba por sí solo. No había signos de robo, no había evidencia de terceros, no había nada que sugiriera otra narrativa más que la obvia. Esto había sido un acto de violencia doméstica que había terminado en feminicidio. El cuerpo de Mariana fue retirado horas después, cubierto por una manta de cuadros rojos y blancos, la misma que aparecería en las fotos que los vecinos tomarían desde sus ventanas y que circularían por los grupos de WhatsApp del barrio antes del anochecer.

 Las imágenes mostrarían la escena desde arriba. La ambulancia, los policías, los curiosos, la calle acordonada y en un círculo rojo, una mujer en la azotea con un perro en brazos mirando todo desde la distancia como si fuera una escena de película y no la tragedia real que había ocurrido a unos metros de su casa.

 La noticia de lo ocurrido en esa casa de Chimalhuacán se extendió rápidamente, primero por el barrio, luego por las colonias vecinas, después por las redes sociales donde las fotos de la escena del crimen circulaban con titulares sensacionalistas. Feminicidio en Edomex, la mató por celos, traición y muerte en Chimaluacán.

Cada publicación acumulaba cientos de comentarios. Algunos expresaban indignación, otros intentaban justificar lo injustificable con frases como, “Algo habrá hecho ella o los hombres también sufren.” Pero más allá del ruido digital, lo que importaba era lo que estaba ocurriendo dentro de las instancias oficiales.

Antonio fue trasladado a la agencia del Ministerio Público correspondiente a la zona. Ahí comenzó el proceso formal. Registro de la detención, lectura de derechos, primeras declaraciones. Antonio estaba en un estado que los agentes describieron como ausente. Respondía con monosílabos, asentía sin mirar a los ojos.

 parecía estar procesando todo en cámara lenta. Cuando le preguntaron si entendía de qué se le acusaba, tardó varios segundos en responder. “Sí”, dijo finalmente. “Yo lo hice.” Esa confesión inicial parecía simplificar el caso, pero la investigación apenas comenzaba. Los peritos forenses trabajaron durante días en la reconstrucción de los hechos.

Analizaron la escena, recolectaron evidencia física, entrevistaron a vecinos y conocidos. Cada pieza del rompecabezas apuntaba en la misma dirección. Antonio había matado a Mariana en un acto de violencia extrema, motivado por celos infundados y una dinámica decontrol que había estado presente durante toda la relación.

Los testimonios de los vecinos fueron clave. Varios confirmaron que habían escuchado discusiones frecuentes en los meses previos. La señora de la casa de al lado, que inicialmente había dudado en involucrarse, ahora no tenía más opción que declarar. Contó sobre los gritos, sobre las noches en que pensó en llamar a la policía, pero no lo hizo.

Sobre el silencio tenso que reinaba en esa vivienda. Yo sabía que algo malo iba a pasar”, dijo con la voz quebrada, pero no sabía qué hacer. Otros vecinos recordaban haber visto a Antonio siguiendo a Mariana cuando ella salía de la casa, manteniéndose a distancia, pero siempre vigilante. Una joven que trabajaba en la misma tienda donde Mariana compraba el mandado contó que Antonio había ido varias veces a preguntar si ella llegaba sola, con quién hablaba, a qué hora se iba.

 Me daba miedo, confesó, pero no pensé que fuera tan grave. La revisión del celular de Mariana también aportó información crucial. Los investigadores encontraron mensajes que Mariana había intercambiado con una amiga en los que describía el control al que estaba sometida. “Ya no sé qué hacer”, decía en uno de los textos.

 revisa todo, me pregunta todo, no puedo ni respirar sin que sospeche. En otro mensaje escrito apenas tres semanas antes de su muerte, Mariana le confesaba a su amiga que tenía miedo. A veces siento que me va a pasar algo. La amiga le había respondido instándola a pedir ayuda, a salir de esa relación, pero Mariana había contestado, “No es tan fácil.

 Además, ¿a dónde voy? Esos mensajes destrozaron a la familia de Mariana cuando los fiscales se los mostraron. Su madre, una mujer de 50 años que trabajaba limpiando casas para sobrevivir, lloró durante horas al leer las palabras de su hija. Ella me dijo que todo estaba bien. Repetía entre soyosos. Le pregunté si era feliz y me dijo que sí.

 ¿Por qué no me dijo la verdad? No había respuesta fácil para esa pregunta. Mariana, como tantas mujeres en su situación, había intentado proteger a su familia de la verdad, creyendo que podía manejar la situación por sí misma. El caso fue clasificado oficialmente como feminicidio, homicidio de una mujer por razones de género cometido por alguien con quien la víctima tenía una relación afectiva.

 La carpeta de investigación se fue llenando de pruebas, fotografías de la escena, testimonios, análisis forenses, registros de llamadas, capturas de mensajes. Todo apuntaba a lo mismo. Antonio había ejercido un control progresivo sobre Mariana. Había construido en su mente una narrativa de traición sin fundamento real.

 Y cuando sintió que estaba perdiendo ese control, había decidido que si Mariana no podía ser suya, no sería de nadie. La familia de Antonio también fue contactada por los investigadores. Su madre, una mujer mayor que vivía en otra colonia del Estado de México, llegó a declarar con el rostro descompuesto. “Mi hijo no es así”, insistía.

 Algo pasó, algo que no sabemos. Pero cuando los fiscales le mostraron las evidencias, cuando le explicaron la dinámica de violencia que había existido en esa relación, la mujer no pudo sostener su defensa. Se derrumbó en la silla y lloró no solo por la víctima, sino por el hijo que había criado y que ahora enfrentaría décadas de prisión.

Mientras la investigación avanzaba, Antonio comenzó a cambiar su versión de los hechos. La confesión inicial que había hecho al momento de ser detenido empezó a matizarse, a llenarse de justificaciones, a transformarse en una narrativa donde él era también una víctima de las circunstancias. En su primera declaración formal ante el Ministerio Público, Antonio intentó argumentar que todo había sido un accidente, que la discusión se había salido de control, pero que él nunca tuvo la intención de llegar tan lejos.

Los fiscales no le creyeron. La evidencia forense contradecía esa versión. Las lesiones que presentaba el cuerpo de Mariana no eran consistentes con un accidente. Había señales claras de forcejeo, de resistencia, de una agresión sostenida en el tiempo. No fue un momento de arrebato, fue una escalada de violencia que culminó en la muerte.

Antonio intentó insistir en su versión, pero cada vez que los investigadores le mostraban una contradicción, él se quedaba en silencio o cambiaba de tema. En una segunda entrevista, Antonio probó con otra narrativa. Dijo que había descubierto mensajes comprometedores en el celular de Mariana, mensajes que demostraban que ella lo estaba engañando.

 Los fiscales le pidieron que especificara qué mensajes, con quién, en qué fecha. Antonio no pudo dar detalles concretos. Habló de conversaciones raras, de tonos coquetos, de cosas que cualquiera entendería. Cuando le pidieron que señalara esos mensajes en el teléfono que habían incautado, no pudo encontrarlos porque nunca habían existido.

 La defensade Antonio, un abogado de oficio que había sido asignado al caso, intentó construir un argumento basado en la emoción violenta. Según esta línea, Antonio había actuado bajo un estado de alteración emocional extrema causado por la supuesta infidelidad de Mariana. La idea era reducir la pena, argumentando que no había premeditación, que fue un acto impulsivo, pero incluso esa estrategia se tambaleaba ante las evidencias.

 Los testimonios de los vecinos demostraban que la violencia y el control habían sido constantes durante meses, lo que indicaba un patrón, no un evento aislado. El Ministerio Público, por su parte, construyó un caso sólido. presentaron la línea de tiempo completa desde el inicio de la relación, pasando por los primeros indicios de control, la escalada de celos infundados, los testimonios de quienes habían visto las señales de alerta hasta el día del crimen.

Mostraron como Antonio había aislado a Mariana, cómo había revisado su celular obsesivamente, cómo había reaccionado con violencia ante cualquier cosa que él interpretara como evidencia de traición. Y finalmente presentaron las consecuencias. Una mujer de 23 años muerta por el simple hecho de querer vivir su vida sin rendir cuentas a cada minuto.

 El supuesto amante, esa figura fantasmal que Antonio había construido en su mente también fue investigado. Los fiscales rastrearon a todas las personas con las que Mariana había tenido contacto en los meses previos. entrevistaron al compañero de trabajo con el que ella había caminado esas dos cuadras, al exnovio de años atrás que Antonio mencionaba en sus declaraciones, a conocidos del barrio que Antonio había señalado como sospechosos.

 Ninguno de ellos tenía una relación romántica o sexual con Mariana. Todos confirmaron lo mismo. Ella era amable. Hablaba con la gente de manera normal. No había nada que sugiriera infidelidad. El amante no existía, nunca había existido. Era una creación de la paranoia de Antonio, un pretexto para justificar su necesidad de control.

 Esa conclusión fue devastadora para la familia de Mariana. Significaba que su hija había muerto por nada, por una mentira que solo existía en la cabeza de un hombre incapaz de confiar, de soltar, de ver a su pareja como un ser humano con autonomía propia. La mató por algo que nunca pasó. dijo el hermano de Mariana en una entrevista con los medios locales.

 Eso es lo que más duele, que ni siquiera hubo una razón real. A medida que el caso avanzaba hacia el juicio, la presión mediática aumentó. El feminicidio de Mariana se convirtió en un caso emblemático de la violencia de género en el Estado de México, una entidad que ya encabezaba las estadísticas nacionales en este tipo de crímenes.

 Colectivos feministas se manifestaron frente a las oficinas del Ministerio Público, exigiendo justicia no solo para Mariana, sino para todas las mujeres cuyos casos quedaban impunes. Las pancartas decían cosas como los celos matan. El amor no controla ni una más. Las imágenes de esas protestas circularon por todo el país. Antonio, desde su celda en el reclusorio preventivo, veía las noticias por la televisión del módulo.

 Algunos internos lo insultaban, otros lo ignoraban. En prisión, los feminicidas no son bien recibidos. Antonio pasaba los días en silencio, intentando procesar lo que había hecho, tratando de encontrar una narrativa en la que él no fuera el villano. Pero cada vez que cerraba los ojos veía la cara de Mariana, su miedo, su desesperación y sabía que no había justificación posible.

 El juicio comenzó en la primavera de 2024, varios meses después de los hechos. El proceso había sido largo. Integración de la carpeta de investigación, audiencias preliminares, dictámenes periciales, declaraciones de testigos. Ahora, finalmente, Antonio enfrentaría a un juez que decidiría su futuro. El caso había generado suficiente atención mediática como para que la sala estuviera llena.

 reporteros, familiares de ambas partes, integrantes de colectivos feministas, curiosos que habían seguido el caso desde el principio. Antonio entró a la sala esposado, flanqueado por dos policías. Vestía ropa de civil que le quedaba grande, como si hubiera perdido peso durante los meses de encierro. Su mirada estaba fija en el suelo, evitando el contacto visual con cualquiera.

 En la sección reservada para las víctimas, la familia de Mariana lo observaba con una mezcla de dolor y rabia. Su madre sostenía una foto de su hija, una imagen donde Mariana sonreía con esa alegría que ya nunca volvería. La fiscalía presentó su caso con precisión. expusieron la línea de tiempo completa desde el inicio de la relación hasta el feminicidio.

 Mostraron fotografías de la escena del crimen, aunque con las secciones más gráficas pixeladas para no revictimizar a la familia. Presentaron los testimonios de los vecinos, los mensajes de Mariana, confesando su miedo, los registros de llamadas quemostraban el acoso constante de Antonio. Cada pieza de evidencia construía un retrato de una relación marcada por el control.

 Los celos infundados y la violencia progresiva. Uno de los momentos más tensos del juicio fue cuando subió al estrado la amiga con la que Mariana había intercambiado mensajes en las semanas previas a su muerte. La mujer de 25 años declaró entre lágrimas cómo Mariana le había confiado que sentía que algo malo iba a pasar.

 Ella me decía que Antonio ya no era el mismo que la vigilaba todo el tiempo, que había cambiado. Contó. Le sugerí que saliera de ahí, que pidiera ayuda, pero ella me dijo que no tenía a dónde ir, que su familia no entendería. La amiga se quebró al admitir que se sentía culpable por no haber insistido más, por no haber llamado a la policía ella misma.

 La defensa intentó sembrar dudas sobre la intencionalidad del crimen. Argumentaron que Antonio había actuado en un estado de emoción violenta, que los celos habían nublado su juicio, que no había premeditación. presentaron reportes psicológicos que describían a Antonio como una persona con baja tolerancia a la frustración y problemas para manejar emociones intensas.

Intentaron construir la imagen de un hombre que había perdido el control, no de un feminicida calculador. Pero la fiscalía desmontó esa narrativa pieza por pieza. Señalaron que el control que Antonio ejercía sobre Mariana no había sido impulsivo, había sido sistemático, sostenido durante meses, que la revisión obsesiva del celular, el aislamiento, las acusaciones constantes, todo eso no eran actos de un momento, sino de un patrón.

 Que Antonio no había matado a Mariana en un segundo de locura. la había matado porque creía que tenía derecho a controlar su vida y cuando sintió que ese control se le escapaba, decidió que era mejor que ella no viviera. El testimonio más doloroso fue el de la madre de Mariana. subió al estrado con la foto de su hija en las manos con la voz temblorosa pero firme.

Contó cómo Mariana siempre había sido una niña alegre, trabajadora, con sueños de salir adelante. Habló de la última vez que la vio, apenas dos semanas antes de su muerte, cuando Mariana había ido a visitarla y le había asegurado que todo estaba bien. Yo le creí, dijo la mujer con lágrimas rodando por sus mejillas.

Confié en que mi hija estaba bien y ahora me pregunto todos los días si vi las señales y no quise verlas o si de verdad ella las ocultó tan bien que nadie pudo ayudarla. Después de varios días de testimonios, pruebas y alegatos, el juez tomó un receso para deliberar. Durante ese tiempo, Antonio permaneció en su celda consciente de que su vida, tal como la conocía, había terminado sin importar cuál fuera el veredicto.

 Había momentos en los que intentaba convencerse de que había actuado por amor, de que cualquier hombre en su lugar habría hecho lo mismo, pero esos momentos eran cada vez más escasos. La realidad se imponía. Él había matado a Mariana por celos infundados, por una traición que nunca existió, por su incapacidad de ver a su pareja como algo más que una posesión.

 Cuando el juez regresó con el veredicto, la sala quedó en silencio absoluto. Antonio fue declarado culpable de feminicidio agravado. El juez explicó que no había encontrado ningún atenuante que justificara reducir la pena. Al contrario, el caso presentaba agravantes claros. La relación de pareja, el patrón de violencia previa, el contexto de control y abuso.

 La sentencia fue contundente. 45 años de prisión más la reparación del daño a la familia de Mariana. Cuando escuchó el veredicto, Antonio no reaccionó, simplemente bajó la cabeza y cerró los ojos. En la sección de las víctimas, la familia de Mariana lloró, pero no fueron lágrimas de alivio. No hay alivio cuando un ser querido no va a volver.

 Solo quedaba el consuelo amargo de saber que el responsable pagaría por lo que había hecho. La sentencia de 45 años cayó sobre Antonio como una lápida. 45 años. Si cumplía la totalidad de la condena, tendría más de 70 años al salir. La mayor parte de su vida la pasaría encerrado, lejos de todo y de todos, con el peso de saber que había destruido no solo la vida de Mariana, sino también la suya propia y la de las familias de ambos.

fue trasladado de inmediato al Centro Penitenciario del Estado de México, correspondiente a su jurisdicción, una prisión sobrepoblada donde los días se miden en rutinas monótonas y violencia contenida. Adaptarse a la vida en prisión no fue fácil para Antonio. Los primeros meses fueron los más duros. En el reclusorio, los feminicidas son una categoría aparte.

 Otros internos los miran con desprecio. Los custodios no sienten particular simpatía por ellos y las condiciones de encierro se vuelven aún más difíciles cuando tu crimen involucra la muerte de una mujer. Antonio aprendió a mantenerse callado, a no hacer contacto visual, a ocupar elmenor espacio posible. Aprendió que en prisión no hay redención fácil, no hay discursos que te salven, no hay versiones alternativas que la gente esté dispuesta a escuchar.

 Dentro de su celda compartida con otros cinco internos, Antonio pasaba las horas repasando mentalmente los eventos que lo habían llevado ahí. intentaba encontrar el momento exacto en que todo se había torcido, el punto de quiebre donde podría haber tomado otra decisión, pero cada vez que intentaba identificarlo se daba cuenta de que no había un solo momento, sino una cadena de elecciones.

La decisión de revisar el celular de Mariana la primera vez. La decisión de creerle a una vecina chismosa. La decisión de convertir sus inseguridades en acusaciones. La decisión de ver a Mariana como su propiedad en lugar de como su compañera. Cada una de esas decisiones había sido una grieta y al final el edificio completo se había derrumbado.

Afuera, la vida seguía su curso sin él. La familia de Mariana intentaba reconstruirse en medio del dolor. Su madre dejó de trabajar durante varios meses, incapaz de concentrarse, incapaz de hacer otra cosa que no fuera llorar. Los hermanos de Mariana se turnaban para cuidarla, para asegurarse de que comiera, de que durmiera, de que no se perdiera en el abismo de la depresión.

Organizaron una ceremonia íntima para despedirse de Mariana, solo familia cercana, sin cámaras ni reporteros. Fue un momento privado de dolor y recuerdos, de abrazos que no podían llenar el vacío, pero que al menos recordaban que no estaban solos. La casa donde ocurrió el crimen quedó deshabitada durante meses.

 Los vecinos pasaban por ahí y desviaban la mirada como si el lugar estuviera marcado por algo invisible pero palpable. Eventualmente, la propiedad fue puesta en renta, pero nadie quería vivir ahí. Todo el barrio sabía lo que había pasado entre esas paredes. Algunos decían que por las noches se escuchaban ruidos extraños, pero no eran fantasmas, eran los sonidos normales de una casa vacía, amplificados por el peso de la tragedia que todos recordaban.

 En la comunidad, el caso de Mariana se convirtió en una referencia constante cuando alguien escuchaba gritos en una casa vecina, cuando una amiga comentaba que su pareja la controlaba demasiado. Cuando un conocido mostraba señales de celos obsesivos, la gente decía, “Acuérdate de Mariana.” El nombre se convirtió en un recordatorio de que la violencia de género no siempre viene con señales claras, de que muchas veces está disfrazada de amor, de cuidado, de preocupación y de que cuando esas señales se ignoran, las consecuencias

pueden ser irreversibles. Los colectivos feministas que habían seguido el caso organizaron varias actividades en memoria de Mariana. Talleres sobre violencia en el noviazgo, pláticas en escuelas sobre relaciones sanas, campañas en redes sociales con el hashtag los celos no son amor. No usaron el caso para crear un santuario ni para hacer de Mariana un símbolo abstracto.

La trataron como lo que era, una mujer real que había sido asesinada por un hombre real y cuya historia debía servir para prevenir que otras mujeres corrieran la misma suerte. Antonio desde su celda no tuvo acceso a la mayoría de estas actividades. Solo se enteraba de fragmentos a través de las noticias que veía en la televisión comunitaria del reclusorio o por comentarios de otros internos.

 Cada vez que escuchaba algo relacionado con el caso, sentía una mezcla de vergüenza y negación. Parte de él todavía quería creer que había sido víctima de las circunstancias, que si Mariana no lo hubiera provocado, nada habría pasado. Pero otra parte, cada vez más grande, sabía la verdad, que él había sido el único responsable de sus acciones, que Mariana no tenía culpa de nada y que los años de prisión que le esperaban eran apenas una fracción del daño que había causado. Pasó un año desde la sentencia.

Antonio seguía en prisión. Cumpliendo su condena en un régimen que no permitía beneficios tempranos dado lo grave de su delito. La vida en el reclusorio se había vuelto una rutina de supervivencia. Despertarse al toque de campana, formarse para el pase de lista, trabajar en los talleres que la prisión ofrecía para reducir parcialmente la condena, comer en el comedor común, donde las conversaciones eran escasas y las miradas desconfiadas.

regresar a la celda, dormir y al día siguiente repetir. Durante ese tiempo, Antonio había intentado participar en algunos de los programas de reinserción que se ofrecían en el penal. Talleres de carpintería, clases de lectura, sesiones grupales con psicólogos que intentaban trabajar con internos que habían cometido delitos violentos.

En una de esas sesiones, el psicólogo le preguntó directamente, “¿Entiendes por qué estás aquí? Antonio tardó en responder. Por los celos dijo finalmente. El psicólogo negó con la cabeza. No estás aquí porque confundiste control con amor, porque nopudiste aceptar que otra persona tuviera autonomía, porque elegiste la violencia cuando sentiste que perdías poder.

 Los celos fueron solo el disfraz. Esa conversación se quedó dándole vueltas en la cabeza durante semanas. Antonio empezó a entender lentamente que su problema no había sido amar demasiado, sino amar mal, que nunca había visto a Mariana como una persona completa, con deseos y miedos propios, sino como una extensión de sí mismo, como algo que le pertenecía.

 Y cuando sintió que esa posesión se le escapaba, no supo hacer otra cosa que destruirla. Afuera, la familia de Mariana seguía lidiando con las consecuencias. La reparación del daño que Antonio había sido obligado a pagar era simbólica, una cantidad que apenas cubría los gastos del funeral y que llegaba en pagos irregulares, extraídos del salario mínimo que Antonio ganaba trabajando en los talleres de la prisión.

 El dinero no aliviaba el dolor, pero al menos representaba un reconocimiento oficial de que algo terrible había ocurrido y que alguien era responsable. La madre de Mariana había vuelto a trabajar, aunque nunca fue la misma. Sus compañeras de trabajo notaban que se perdía en pensamientos, que a veces se quedaba mirando al vacío con los ojos humedecidos.

En las noches, en su casa, hablaba con la foto de Mariana, como si su hija pudiera escucharla. Le contaba cómo había ido el día, qué había pasado en el barrio, cómo estaban sus hermanos. Era su manera de mantenerla presente, de no dejar que el olvido se la llevara. Los hermanos de Mariana también cargaban con su propio dolor.

 El mayor, que tenía 27 años cuando ocurrió el crimen, se había vuelto activista en su círculo cercano. Daba pláticas en su trabajo sobre violencia de género, compartía información en sus redes sociales. Intentaba que la muerte de su hermana sirviera para algo más que solo estadísticas. No buscaba convertirse en un líder de movimientos ni en la cara pública de una causa, pero sí quería que la gente a su alrededor supiera que esto era real, que les podía pasar a ellos, que tenían que estar atentos a las señales.

 En el barrio de Chimalhuacán, donde todo había ocurrido, la vida había vuelto a su ritmo normal. La casa donde murió Mariana finalmente fue rentada a una familia que no conocía la historia. Los nuevos inquilinos se enteraron semanas después cuando un vecino les comentó lo que había pasado ahí. Se sintieron incómodos, pero no tenían a dónde más ir y el alquiler era accesible.

 Decidieron quedarse, aunque siempre con esa sombra en el fondo de sus mentes. Los vecinos que habían escuchado los gritos y no habían hecho nada cargaban con su propia culpa. Algunos la habían racionalizado. No era mi problema. Uno no puede meterse en todo. ¿Quién iba a pensar que terminaría así? Otros, en cambio, admitían en privado que se arrepentían.

“Debía haber llamado a la policía”, decía la señora de la casa de al lado a sus amigas. Aunque Antonio me hubiera odiado, aunque Mariana me hubiera dicho que no me metiera, debía haberlo hecho. Tal vez ella seguiría viva. Esa reflexión se repetía en muchas conversaciones del barrio. El caso de Mariana había servido como una sacudida colectiva, un recordatorio de que la indiferencia también tiene consecuencias.

Ahora, cuando alguien escuchaba gritos insistentes o veía señales de violencia, era más probable que hiciera algo. No siempre, no todos, pero sí más que antes. Era un cambio pequeño, insuficiente, pero era algo. Antonio, en su celda no sabía nada de esto. No sabía que el nombre de Mariana se seguía pronunciando en el barrio, que su caso se usaba en talleres y pláticas, que había generado, aunque fuera una pequeña ola de conciencia.

 Él solo sabía que tenía por delante décadas de encierro, que su juventud se consumiría entre muros grises y que cada noche, cuando cerraba los ojos, veía el rostro de Mariana mirándolo con una mezcla de miedo y decepción. Esa imagen lo perseguiría el resto de su vida. dentro y fuera de la prisión. Para 2024, el caso ya había pasado por todas las instancias legales necesarias.

 La sentencia era firme, sin posibilidad de apelación exitosa, dado lo contundente de las pruebas. Antonio había sido clasificado como un interno de alta peligrosidad debido a la naturaleza de su delito, lo que significaba que sus condiciones de reclusión serían más estrictas y que cualquier beneficio de reducción de pena sería evaluado con extremo cuidado.

 La Ley General de Acceso de las Mujeres a una vida libre de violencia y las reformas al Código Penal del Estado de México aseguraban que los feminicidas enfrentaran penas severas y que el sistema no los tratara con la ligereza con la que en el pasado se habían manejado estos casos. Dentro del sistema penitenciario, Antonio era un número más.

 Las autoridades del reclusorio llevaban su expediente con la misma rutina burocrática con la que manejabanmiles de casos. No había nada especial en él, salvo la gravedad de su delito. Participaba en los talleres obligatorios, cumplía con las normas mínimas, evitaba problemas, no porque hubiera tenido una transformación profunda, sino porque había aprendido que en prisión sobrevivir requiere hacerse invisible.

Ocasionalmente llegaban a sus manos recortes de periódicos o impresiones que otros internos le pasaban. Artículos donde se mencionaba su caso como ejemplo de feminicidio en el contexto de violencia de pareja. Verlos le generaba una mezcla de vergüenza y resentimiento. Vergüenza porque sabía que no había justificación para lo que había hecho.

Resentimiento porque en el fondo todavía no había logrado procesar completamente la magnitud de su responsabilidad. Era más fácil culpar a las circunstancias, a la traición que nunca existió, a la presión social, que enfrentar la verdad, que él había sido un hombre violento, que no supo manejar sus inseguridades y que eligió el camino del control hasta sus consecuencias más brutales.

La familia de Mariana había intentado seguir adelante, aunque seguir adelante es una frase que no captura la complejidad de vivir después de una pérdida así. La madre de Mariana había desarrollado problemas de salud relacionados con el estrés, presión alta, insomnio crónico, episodios de ansiedad.

 Los médicos le decían que necesitaba descansar. Pero, ¿cómo descansa alguien cuando cada noche cierra los ojos y ve el rostro de su hija? Los hermanos de Mariana habían asumido responsabilidades que no les correspondían por edad. Cuidar de su madre, mantener la estabilidad económica de la familia, lidiar con trámites legales y burocráticos que parecían no tener fin.

 En términos económicos, el daño también había sido considerable. La familia de Mariana había perdido el ingreso que ella aportaba, por modesto que fuera. Los gastos del funeral, del proceso legal, de los traslados constantes a las audiencias. Todo había dejado una carga financiera que todavía estaban pagando. La reparación del daño que Antonio estaba obligado a cubrir llegaba en cantidades tan pequeñas y tan espaciadas que apenas hacía diferencia.

El caso de Mariana también había dejado marca en las políticas públicas locales, aunque de manera limitada. El municipio de Chimaluacán, presionado por colectivos feministas y organizaciones de derechos humanos, había implementado algunos programas de atención a víctimas de violencia de género, líneas telefónicas de ayuda, refugios temporales, talleres en escuelas.

Eran esfuerzos bien intencionados, pero insuficientes, operando siempre con presupuestos limitados y en contextos donde la violencia estaba tan normalizada que muchas mujeres ni siquiera reconocían que la estaban viviendo. Una de las trabajadoras sociales que operaba esos programas había conocido indirectamente a Mariana a través de las amigas de esta última.

Si ella hubiera sabido que existíamos, tal vez habría pedido ayuda, reflexionaba la trabajadora en una entrevista para un medio local. Pero muchas mujeres no saben que tienen opciones o saben, pero no confían en que el sistema las vaya a proteger y lamentablemente muchas veces tienen razón en desconfiar. Esa desconfianza estaba fundada en años de casos mal manejados, de denuncias ignoradas, de mujeres que habían pedido ayuda y no la habían recibido a tiempo.

El sistema estaba mejorando, pero lo hacía lentamente, siempre unos pasos detrás de la urgencia real. Cada caso, como el de Mariana era un recordatorio de que las estructuras legales y sociales necesitaban transformarse más rápido, ser más efectivas, estar más presentes. Antonio no reflexionaba sobre estas dimensiones más amplias.

 Su mundo se había reducido a los límites del reclusorio, a las preocupaciones inmediatas de la supervivencia diaria. No pensaba en políticas públicas ni en movimientos sociales. Pensaba en cómo conseguir un mejor colchón, en cómo evitar conflictos con otros internos, en cómo hacer que los días pasaran más rápido.

 La vida en prisión tiene una manera de reducir todo a lo más básico, de hacer que las grandes preguntas filosóficas y morales se sientan abstractas y lejanas cuando lo único que importa es llegar al final del día sin problemas. Hoy en 2025 Antonio sigue cumpliendo su condena de 45 años en el Centro Penitenciario del Estado de México. Tiene por delante décadas de encierro, años que se extenderán hasta que sea un hombre viejo, si es que llega a cumplir la totalidad de la pena.

 No hay redención romántica esperándolo. No hay momento de iluminación que borre lo que hizo. Solo hay tiempo. Tiempo para recordar. Tiempo para arrepentirse. Tiempo para entender que algunas acciones no tienen vuelta atrás. La familia de Mariana continúa su vida marcada para siempre por la ausencia. Su madre, que ahora tiene más de 50 años, trabaja cuando la salud se lo permite,pero los días malos son frecuentes.

Los hermanos de Mariana han formado sus propias familias, han seguido adelante como pueden, pero siempre con esa sombra de y si hubiera vivido? Se preguntan qué estaría haciendo Mariana ahora. Si habría conseguido un mejor trabajo, si habría conocido a alguien que la tratara con respeto, si habría tenido hijos.

Todas esas posibilidades fueron borradas en una tarde de violencia sin sentido. El barrio de Chimalhuacán, donde ocurrió el crimen, sigue siendo el mismo. Calles de concreto, casas de block, tinacos en las azoteas, vida que fluye con sus propios ritmos. La casa donde murió Mariana ha tenido varios inquilinos desde entonces.

 Nadie se queda mucho tiempo, no porque crean en fantasmas, sino porque el peso de saber lo que pasó ahí hace que el lugar nunca se sienta completamente como un hogar. Los vecinos que estuvieron presentes durante los hechos cargan con sus propias conclusiones. Algunos han cambiado su manera de actuar. Están más atentos, más dispuestos a intervenir cuando escuchan señales de violencia.

 Otros siguen con la misma filosofía de siempre. No meterse en lo que no te importa. La tragedia de Mariana fue una lección para algunos, pero no para todos. Así funciona el mundo. Algunas personas aprenden de las experiencias ajenas, otras necesitan vivirlas en carne propia y otras simplemente no aprenden nunca. El caso de Mariana quedó registrado en las estadísticas oficiales como un feminicidio más en el Estado de México, una entidad que año tras año encabeza las cifras nacionales de violencia contra las mujeres. Su nombre aparece en

reportes, en análisis de tendencias, en documentos que los funcionarios públicos revisan cuando preparan sus informes anuales. Es un número, pero también fue una persona. una joven de 23 años que tenía planes, sueños, rutinas cotidianas, una hija, una hermana, una amiga, alguien que merecía vivir sin miedo, sin control, sin violencia.

 No hay placas conmemorativas para Mariana, no hay murales en las calles, no hay estatuas ni monumentos, tampoco los necesita. Su memoria vive en las personas que la conocieron, en las conversaciones que su caso generó, en las mujeres que tal vez leyeron sobre lo que le pasó y decidieron salir de sus propias relaciones tóxicas antes de que fuera demasiado tarde.

 Vive en los talleres sobre violencia de género que usan su historia como ejemplo, en las campañas que insisten en que los celos no son amor, en las llamadas de auxilio que ahora se hacen porque alguien recordó que no intervenir puede costar una vida. Antonio, en su celda no tiene acceso a todo esto. No sabe el impacto que su crimen tuvo más allá de los titulares inmediatos.

 Solo sabe que destruyó una vida y la suya propia en el proceso. Sabe que cuando salga de prisión, si es que sale algún día, será un hombre marcado, sin red de apoyo, sin futuro. Claro, cargando con un pasado que nunca podrá borrar. Y sabe, aunque le cueste admitirlo, que eso es lo justo. La historia de Mariana y Antonio no tiene un final feliz, porque las tragedias reales no terminan con lecciones aprendidas y reconciliaciones.

Terminan con ausencias irreparables, con familias destrozadas, con preguntas que nunca tendrán respuesta. Terminan con la certeza de que la violencia no resuelve nada, solo destruye. Y terminan con la esperanza pequeña, pero persistente de que cada caso como este sirva para que una persona más reconozca las señales, para que una mujer más pida ayuda a tiempo, para que un hombre más entienda que el control no es amor y que los celos no justifican nada.

 En Chimaluacán las calles siguen llenas de vida. Las combis pasan, los niños juegan, las señoras barren sus banquetas. La vida continúa porque eso es lo que hace la vida, continuar incluso después de las peores tragedias. Pero para quienes conocieron a Mariana, para quienes vieron lo que los celos y el control pueden hacer, ese barrio nunca será exactamente el mismo.

 Y tal vez eso sea lo único que se puede pedir, que no olvidemos, que no normalicemos, que no dejemos que la siguiente Mariana enfrente solo lo que ella enfrentó. Si este recorrido te resonó, suscríbete y activa las notificaciones para no perder el siguiente capítulo. Antes de irte, deja en los comentarios desde qué ciudad o estado nos ves. Me encantará saberlo.