“TODO COMENZÓ CON UN CHAT DE WHATSAPP” — UN ALBAÑIL DESCUBRE UNA TRAICIÓN QUE TERMINÓ EN TRAGEDIA EN ECATEPEC

 

 

En una colonia de Catepec, un albañil regresaba cada noche cubierto de cemento, creyendo que su esposa lo esperaba con la cena  lista. Pero ella esperaba otra cosa, el mensaje de un hombre más joven que arreglaba celulares a pocas  cuadras de su casa. Cuando Martín descubrió el chat donde planeaban verse  por el canal donde nadie nos ve, no llamó a la policía ni pidió explicaciones.

Tomó la faca que usaba para cortar mangueras en la obra, respondió el mensaje haciéndose pasar por su esposa y salió rumbo al terreno valdío. Lo que ocurrió esa noche junto al canal de aguas sucias transformó una foto de domingo en el símbolo de una traición que  terminó con un joven en una camilla, un esposo esposado y una mujer gritando en medio de las luces rojas de  la ambulancia. Año 2019.

Eccatepec de Morelos, Estado de México. En una de esas colonias donde las casas  de block gris nunca terminan de pintarse y los cables eléctricos cuelgan como telarañas entre los postes, vivía una  pareja que desde afuera parecía común y corriente. Martín García tenía  33 años y trabajaba como albañil en obras repartidas por todo el municipio.

 Salía de madrugada con su  chaleco reflejante naranja, botas embarradas y una mochila donde guardaba agua, tortillas envueltas en papel aluminio y alguna herramienta que le faltara en el sitio. Regresaba ya entrada la noche con el cuerpo molido y la ropa  manchada de cemento seco. No era rico, pero tampoco pasaba hambre.

 Su orgullo era repetir que él sí trabajaba duro, que no le debía nada a nadie y que mantenía  a su familia con las manos. Rosa Ramírez, su esposa, tenía 31 años. Pasaba los días en la casa cuidando a los  dos niños, limpiando, cocinando y de vez en cuando ayudando en la tiendita de la esquina. Esa tienda aparecía en casi todas las fotos del barrio, un local con una plaquiña de metal que decía  tienda en letras rojas justo en el cruce de dos calles sin pavimentar del todo.

Rosa era callada de esas mujeres que no llaman la atención, pero que todos conocen  porque vive ahí desde siempre. Usaba blusas florales baratas, jeans ajustados y sandalias  de tira. El cabello negro le llegaba hasta media espalda y casi nunca se lo cortaba. Tampoco se maquillaba mucho. No hacía falta.

 La vida en esa colonia no pedía lujos. Un domingo cualquiera, uno de los primos de Martín pasó por la casa para saludar y como quien no quiere la cosa, sacó el celular y les tomó una foto. Ahí quedó la imagen. Martín con el chaleco fosforescente puesto, sonriendo amplio con el brazo sobre el hombro de Rosa. Ella sonreía tímida, con las manos cruzadas adelante.

 Al fondo se veía la puerta metálica negra de la casa, la calle polvosa  y la tiendita con su letrero. Era el tipo de foto que cualquiera podría tener guardada en el celular sin pensarlo dos veces. Nada especial,  nada raro. Solo una pareja humilde en su barrio, en un día tranquilo, con la ropa de siempre y la sonrisa de siempre.

 Pero esa foto meses después se volvería  el símbolo de algo mucho más oscuro. Porque lo que nadie sabía cuando  fue tomada era que para ese momento Rosa ya había empezado a recibir mensajes de otro hombre. Mensajes que al principio eran solo conversación  inocente, pero que poco a poco fueron convirtiéndose en otra cosa.

Mensajes que Martín no vería hasta que fuera demasiado  tarde para arreglar nada con palabras. Martín y Rosa se habían conocido  años atrás en una fiesta patronal de la misma colonia. Él tenía 20, ella 18. Se hicieron novios rápido, demasiado rápido. A los pocos meses, Rosa quedó embarazada.

 No hubo boda grande ni vestido blanco. Se juntaron a vivir en un cuarto prestado. Luego consiguieron rentar una casita y con los años lograron comprar el terreno donde levantaron la casa de Block que aparece en la foto. Tuvieron otro hijo. La vida se volvió rutina. Martín en la obra, Rosa en la casa, los niños en la escuela, las cuentas que pagar, las discusiones por dinero y las reconciliaciones  en silencio.

Las peleas entre ellos eran predecibles. Martín le reclamaba que se arreglara de más para ir a la tienda, que por qué necesitaba ponerse perfumes solo para cruzar la calle. Rosa le respondía que él nunca estaba, que llegaba tarde, que olía a cerveza y que ya ni la miraba como antes.

 Él decía que trabajaba para mantenerlos. Ella decía que eso no era suficiente. Después venían  días de silencio hasta que alguno de los dos cedía y las cosas volvían a su lugar, ¿o eso parecía? Para los vecinos,  Martín y Rosa eran una pareja normal. Los veían caminando juntos  los domingos.

 llevando a los niños al oxo, comprando verduras en el tianguis. Nadie imaginaba que algo andaba mal. Nadie,excepto quizás algunas comadres del barrio que empezaron a notar detalles  extraños. Pero esos detalles todavía eran rumores sueltos, chismes que no llegaban a ningún lado. Lo que sí  llegó fue Kevin Morales y con él llegó todo lo demás.

Kevin Morales tenía  26 años cuando abrió su negocio en la colonia. No era una tienda grande, solo un local angosto con un  letrero pintado a mano que decía reparación de celulares y recargas. Adentro había una mesa de cristal  con herramientas, pantallas de repuesto apiladas en cajas de cartón y un par de sillas  donde los clientes esperaban mientras él arreglaba las cosas.

Kevin era delgado, con bigote fino, barbarala y el cabello teñido con mechas claras. Siempre traía una corrente plateada en el cuello y el celular en la mano, tomando selfies, subiendo historias, contestando mensajes. Era de esos chavos que  hablan rápido, que se ríen fuerte y que caen bien sin esforzarse mucho.

 En una colonia donde casi todos se conocen, Kevin se hizo popular en cuestión de semanas. La gente iba a su local no solo para arreglar pantallas rotas o  comprar saldo, sino también porque era buena onda, porque te prestaba un cargador si lo necesitabas, porque te ayudaba a bajar una aplicación que no  entendías.

 Para las señoras mayores era el muchacho que sabe de teléfonos. Para los chavos  de su edad era el compa que siempre tenía un chiste o una recomendación de música. Para las mujeres  casadas que pasaban por ahí, era alguien que las trataba con amabilidad, que las veía a los ojos cuando hablaban, que las hacía  sentir escuchadas.

 Rosa fue a su tienda por primera vez un martes por la tarde. Necesitaba hacer una recarga y de paso preguntarle cómo usar mejor el WhatsApp en su celular viejo. Martín le había regalado ese teléfono hacía  meses, pero ella apenas sabía mandar mensajes de texto. Kevin le dijo que se sentara,  que no había problema, que él le enseñaba.

 Le instaló aplicaciones, le mostró cómo poner foto de perfil, cómo mandar audios, cómo crear  estados. Rosa se sorprendió de lo fácil que era cuando alguien te explicaba con paciencia. Cuando salió de la tienda, Kevin le dijo que si tenía algún  problema más, que le mandara mensaje, que él con gusto la ayudaba y le pidió el número.

 Al principio, los mensajes eran normales. Kevin le mandaba stickers de  buenos días, emojis de cara sonrientes, preguntas simples como, “¿Cómo están los niños? O ya probaste  esa función que te enseñé. Rosa contestaba con monosílabos al principio, pero poco a poco se fue soltando. Le contaba cosas que no le contaba a nadie, que Martín casi no estaba en casa, que cuando llegaba solo quería comer y dormir, que ya no hablaban como antes, que a veces se sentía sola aunque estuviera rodeada de gente. Kevin la escuchaba, o al menos

eso parecía. Le respondía con atención. le decía que ella se merecía algo mejor, que era bonita, que tenía una sonrisa linda, cosas que Martín ya no le decía hacía años. Los mensajes empezaron a llegar más seguido, a cualquier hora. Rosa revisaba el celular mientras cocinaba,  mientras los niños veían la tele, mientras Martín dormía en el cuarto después de un día de trabajo.

 Kevin le mandaba canciones, memes, fotos de lugares que quería conocer. Ella le respondía  con risas escritas, con caritas tímidas, con confesiones cada vez más personales. En algún momento, sin que ninguno de los dos lo dijera en voz alta, aquello dejó de ser  una amistad inocente. Se convirtieron en algo más, en algo que ninguno de los dos quería reconocer,  pero que ambos sabían que estaba pasando.

 Empezaron a verse fuera de la tienda, primero en la calle, como quien  se encuentra de casualidad. Después, en lugares más apartados, Kevin la invitó a caminar por un parque cercano una tarde que Martín estaba en una obra lejos. Rosa aceptó. Nadie los vio. O eso creyeron, porque en una colonia así siempre hay alguien que ve, alguien que sospecha, alguien que después  empieza a hablar.

 Las vecinas comenzaron a comentar. Decían que Rosa pasaba mucho tiempo en la tienda de celulares, que se arreglaba más de lo normal para salir a la calle, que Kevin se paseaba seguido  cerca de su casa como esperando verla. Una comadre le dijo a otra que  los había visto platicando en la esquina riéndose mucho.

 Otra juró que los vio subirse  juntos a un colectivo un día que Martín no estaba. Los rumores no llegaron a oídos de Martín de inmediato, pero flotaban en el aire como polvo que todavía no se asienta. Rosa comenzó a cambiar. Se ponía la blusa floral que más le gustaba. Se echaba perfume barato antes de salir.  Se peinaba diferente. Martín lo notó,pero no dijo nada las primeras veces.

Pensó que tal vez estaba tratando de verse bien para él. Después empezó a sospechar. Le preguntaba a dónde iba cuando salía. Ella respondía que a la tienda, que a dejar a los niños, que a visitar a su mamá. Respuestas rápidas, automáticas, sin dudar. Pero Martín empezó  a ver que cuando llegaba a casa, Rosa escondía el celular, que lo volteaba boca abajo sobre la mesa, que salía al patio para contestar llamadas.

Y ahí fue cuando la duda se instaló en su cabeza como un clavo  que no se puede sacar. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué  ciudad o estado nos estás viendo. Martín García no era un hombre de palabras, nunca lo había sido.

Pasaba los días cargando  bultos de cemento, mezclando concreto, subiendo escaleras con ladrillos al hombro. Su mundo era el de las manos callosas,  las rodillas raspadas y el sudor que empapa la camiseta antes del mediodía. Pero había algo que sí sabía leer con claridad, el silencio  incómodo.

Y en su casa el silencio había cambiado. Ya no era el silencio  cansado de siempre, ese que viene después de un día largo. Era otra cosa. Era el silencio de alguien que esconde algo. Rosa ya no  lo buscaba por las noches. Antes, cuando él llegaba tarde, ella le preguntaba  cómo le había ido, si había comido, si necesitaba que le calentara algo.

 Ahora apenas levantaba la  vista del celular, le servía la comida sin decir nada, se metía al cuarto temprano y se quedaba ahí con la puerta cerrada. Martin la escuchaba reírse sola del otro lado de la pared, risas bajitas como si no quisiera que él las oyera. Y después venían los mensajes.

 Podía escuchar las notificaciones sonando una tras otra, vibración constante que no paraba hasta que él tocaba la puerta y preguntaba si todo estaba bien. Rosa contestaba que sí, que solo estaba viendo videos, que no pasaba nada, pero sí pasaba. Y Martín lo sentía. Lo sentía en la forma en que ella se arreglaba antes de salir a la tienda.

 Lo sentía en el perfume que se echaba aunque solo fuera a cruzar la calle. Lo sentía en la manera en que evitaba su mirada cuando él le preguntaba con quién hablaba tanto por mensaje. Ella siempre tenía una respuesta lista, que era el grupo de las mamás de la escuela, que su hermana le mandaba memes, que una prima le pedía consejos, respuestas que sonaban bien, pero que no convencían.

Una noche,  Martín llegó de la obra más temprano de lo normal. El patrón había suspendido el trabajo porque faltaba material y mandó a todos a sus casas antes  del mediodía. Cuando entró, Rosa estaba en la sala con el celular en las manos,  tan concentrada que no lo escuchó llegar. Martín se quedó parado en la puerta  observándola.

vio cómo sonreía mientras escribía, cómo mordía  el labio inferior como si estuviera nerviosa, cómo tocaba la pantalla con rapidez  y después esperaba con la vista fija como quien espera una respuesta importante. Cuando finalmente lo vio, dio un salto, apagó la pantalla de inmediato y dejó el celular boca  abajo sobre el sofá. Martín preguntó qué hacía.

 Rosa dijo que nada, que solo estaba viendo el Facebook. Él no insistió. No ese día, pero se quedó con la imagen grabada en la cabeza. Esa sonrisa, esa forma de  esconder el teléfono, esa reacción de susto cuando lo vio entrar. Desde ese momento empezó a prestar más  atención y lo que vio no le gustó.

Los domingos, cuando salían  a caminar con los niños, Rosa ya no caminaba a su lado. Iba un paso adelante o un paso atrás, siempre con el celular en la mano. Martín le preguntaba con quién hablaba tanto y ella decía que con nadie  importante, que eran solo mensajes de grupo.

 Pero había algo en su tono que no cuadraba,  algo forzado, algo falso. Una tarde, mientras Rosa estaba en el baño, el celular de ella vibró sobre la mesa  de la cocina. Martín miró la pantalla, vio el nombre, Kevin Celulares, y debajo parte de un mensaje. Ya quiero verte otra vez. El corazón se le fue al estómago.

 No pudo leer más porque Rosa salió del baño en ese momento  y él tuvo que hacerse el desinteresado. Pero esas palabras se le quedaron clavadas en el pecho como un vidrio roto. Esa noche no durmió. Se quedó despierto  en el cuarto escuchando a Rosa teclear mensajes en la oscuridad.

 Podía ver el brillo de la pantalla del celular iluminando su cara. podía escuchar  las vibraciones constantes y sabía, sin necesidad de leerlo, que del otro lado había alguien más, alguien que la hacía sonreír de una forma que él ya no lograba. Los días siguientes fueron peores.

 Martín empezó a notar detalles que antes no veía. Como que Rosa siempre salía de la casa cuando él estaba en la obra. Como que las vecinas dejaban de hablar cuando él pasaba cerca. como que Kevin  Morales, el dueño de la tienda de celulares, se paseaba por la cuadra con más frecuencia de la normal, siempre con el teléfono en la mano, siempre mirando hacia la casa de ellos.

 Martín lo había visto un  par de veces y nunca le había parecido nada fuera de lo común. Pero ahora, después de ver ese nombre en el celular de Rosa, todo cobraba otro sentido. Una mañana, antes de irse a la obra, Martín le preguntó directamente. Le preguntó quién era Kevin. Rosa se puso pálida por un segundo, pero después  respondió con tranquilidad que era el muchacho que arreglaba celulares, que ella había ido a su tienda porque necesitaba ayuda con el teléfono.

 Martín preguntó por qué le mandaba mensajes. Rosa dijo que solo  eran cosas del celular, que nada importante, que él le explicaba cómo usar algunas aplicaciones. La respuesta sonaba lógica, tan lógica que Martín  casi se convenció a sí mismo de que estaba exagerando. Casi. Pero había algo que no podía  sacarse de la cabeza, esas palabras en la pantalla.

 Ya quiero verte otra vez. No eran palabras de alguien que solo explica cómo usar un  celular. Eran palabras de alguien que ya había visto a Rosa antes en privado a solas y eso lo quemaba por dentro. Martín empezó a hacer algo que nunca  antes había hecho. Vigilar. No de una forma evidente, no siguiendo a Rosa por la calle ni interrogándola a cada rato, pero sí prestando  atención a todo, a los horarios en que salía, a las excusas que daba, a la forma en que se arreglaba antes de cruzar la puerta y, sobre todo, al

celular. Ese aparato que antes era solo un objeto  más en la casa, ahora se había convertido en el centro de todo. Rosa lo cargaba a todas partes, lo llevaba al  baño, a la cocina, al patio, incluso dormía con él bajo la almohada y cada vez que sonaba, ella corría a verlo como si fuera  lo más importante del mundo.

 Una noche después de cenar, Martín fingió estar cansado y se metió al cuarto temprano. Rosa se quedó en la sala viendo  la televisión, pero él sabía que en realidad estaba esperando, esperando a  que él se durmiera para poder hablar tranquila. Desde la cama, con los ojos entrecerrados, Martín la  escuchó teclear.

Escuchó las vibraciones del celular, escuchó su risa bajita y después escuchó algo que lo hizo apretar los puños. La voz de Rosa en un audio  de WhatsApp hablando en susurros, diciendo cosas que él no alcanzaban a entender, pero que sonaban demasiado  cariñosas para hacer una conversación normal.

 se levantó de la cama sin hacer ruido y salió  al pasillo. Desde ahí podía ver a Rosa sentada en el sofá con el celular pegado a la oreja sonriendo. Martín toció  fuerte para que ella supiera que estaba despierto. Rosa cortó el audio de inmediato, guardó el celular entre los cojines del sofá y se volteó hacia él con una sonrisa forzada.

le preguntó si necesitaba algo. Martín dijo que no, que solo había salido por un vaso de agua. Pero los dos sabían que era mentira. Los dos sabían que él la había cachado. Esa noche Martín no pudo dormir. Se quedó despierto hasta que Rosa finalmente se rindió y se metió al cuarto. Esperó a que su  respiración se volviera profunda, a que dejara de moverse y entonces se levantó.

Caminó despacio hasta la sala,  encontró el celular de rosa escondido entre los cojines del sofá y lo tomó. La pantalla estaba bloqueada. Intentó varias contraseñas, la fecha de nacimiento de ella, la de los niños, la de su aniversario. Nada funcionó. estaba a punto de rendirse cuando recordó algo que Rosa siempre decía, que el día más importante de su vida  había sido el nacimiento de su hija.

Escribió esa fecha. El celular se desbloqueó. Lo primero que hizo fue  abrir WhatsApp y ahí estaba. El chat con Kevin celulares, cientos de mensajes, fotos, audios, conversaciones que empezaban con “Buenos días hermosa, y terminaban con te extraño.” Había imágenes de rosa que Martín nunca había visto, fotos que ella se había tomado arreglada con maquillaje, sonriendo de una forma que ya no usaba con él.

 Había mensajes donde Kevin le decía lo linda que era, lo mucho que pensaba en ella, lo bien que se sentía cuando  estaban juntos. Y había respuestas de Rosa, respuestas que confirmaban todo, que decían,  “Yo también te extraño.” Que decían, “Ojalá pudiéramos vernos más seguido.” Que decían cosas que Martín nunca imaginó que su esposa diría a otro hombre.

 siguió bajando por el char y entonces encontró algo que le heló la sangre. Un mensaje de Kevin deapenas unas  horas antes. Mañana en la noche nos vemos por el canal. Ahí nadie nos ve. Bórrame este mensaje. Rosa había respondido. Sí, ahí nos vemos. borrado, pero no lo había borrado. El mensaje seguía ahí y Martín lo estaba leyendo.

 El canal Martín sabía exactamente a qué se refería. A pocas cuadras de la casa había un canal de aguas residuales rodeado de terrenos valdíos y lotes llenos de basura. Era un lugar oscuro, alejado,  donde los chavos iban a fumar o donde las parejas se escondían cuando no tenían otro lugar. Martín había pasado por ahí mil veces camino a la obra.

 Nunca imaginó que su esposa también  conociera ese lugar y mucho menos que planeara verse ahí con otro hombre. Se quedó sentado en el sofá con el celular en las manos, leyendo y releyendo ese mensaje. Sentía la rabia subiendo desde  el estómago hasta la garganta. Sentía las manos temblarle.

 Sentía ganas de entrar al cuarto, despertar a Rosa y exigirle  explicaciones, pero no lo hizo. Algo más fuerte que la rabia lo detuvo. Algo frío, algo calculador. Si Rosa y Kevin planeaban verse mañana por la noche en el canal,  entonces él también estaría ahí. Pero no para hablar, no para pedir explicaciones, para otra cosa.

 Tomó fotos de la  pantalla del celular con su propio teléfono, guardó las capturas. Después borró el historial de desbloqueos para que Rosa no sospechara que alguien había entrado a su celular. Volvió a dejarlo entre los cojines, exactamente donde lo había encontrado, y regresó al cuarto.

 Rosa seguía  dormida, respirando tranquila, sin saber que todo acababa de cambiar. Martín se acostó a  su lado, pero no cerró los ojos. Se quedó mirando el techo en la oscuridad, repasando mentalmente el plan. Mañana por la noche, Kevin Morales iba a llegar al canal esperando encontrarse con  Rosa, pero quien lo estaría esperando sería él.

 El día siguiente fue el más largo de la vida de Martín. Salió a la obra como siempre con su chaleco naranja, su mochila y sus botas embarradas, pero su cabeza no estaba ahí. mientras mezclaba cemento, mientras cargaba ladrillos, mientras escuchaba a sus compañeros hablar de fútbol  y de sus propias familias, él solo podía pensar en una cosa, el mensaje.

 “Mañana en la noche nos vemos por el canal.” Cada vez que lo repetía en su mente, sentía una mezcla de rabia y humillación que le quemaba el pecho. No era solo que Rosa lo  hubiera traicionado, era que lo había hecho con alguien del barrio, con alguien  que todos conocían, con alguien que seguramente ya había visto a Martín pasar por la calle mil veces y se había reído por dentro sabiendo lo  que estaba pasando.

Durante el descanso de mediodía, mientras comía unas quesadillas que había llevado de casa, uno de sus compañeros  le preguntó si estaba bien. Martín contestó que sí, que solo estaba cansado, pero no era cansancio lo que sentía, era algo más oscuro, algo que crecía dentro de él con cada minuto que pasaba.

 Pensó en confrontar a Rosa, pensó en llegar a la casa, mostrarle las capturas de pantalla y exigirle que le dijera la verdad. Pero después pensó en Kevin y supo que hablar no iba a arreglar nada. Las palabras no iban a borrar lo que había pasado. Las palabras no iban a devolverle el respeto que sentía que había perdido.

 A media tarde, cuando el capataz les dio permiso  de salir temprano porque el material no había llegado, Martín no se fue directo a su casa. caminó hasta una ferretería del centro y compró una linterna pequeña. Después pasó por un oxo y se tomó un refresco dándole vueltas a todo en la cabeza. Sabía que lo que estaba pensando hacer era una locura.

Sabía que podía terminar mal, pero no lograba sacarse de la mente esa imagen. Rosa y Kevin juntos riéndose de él, planeando sus encuentros mientras él sudaba en una obra para mantener a la familia. No podía dejar  que eso siguiera pasando. Cuando finalmente llegó a la casa, ya casi era de noche. Rosa estaba en la cocina preparando  la cena.

 Lo saludó como si nada, con la misma voz neutra de siempre. Martín le contestó con un gruñido y se metió al cuarto. Dejó la mochila en  el suelo y revisó lo que había dentro. Su termo de agua, un par de guantes de trabajo, unas pinzas, un desarmador y la faca. Esa faca de cabo amarillo  que usaba para cortar mangueras y abrir costales de cemento.

 La había comprado  hacía años en el mercado y siempre la cargaba porque nunca sabía cuándo  la iba a necesitar. Pero hoy la iba a necesitar para algo diferente. Se sentó en la cama y esperó. Rosa entró al cuarto poco después con el celular en la mano como siempre. Le dijo que la cena ya  estaba lista.

 Martín dijo que no tenía hambre, que se sentía maldel estómago, que iba a acostarse temprano. Rosa lo miró extrañada, pero no insistió. Salió del cuarto y cerró la puerta. Martín escuchó sus pasos  alejándose. Escuchó el sonido de la televisión encendiéndose en la sala y después escuchó las vibraciones del celular una tras otra,  mensajes que llegaban sin parar.

 Esperó una hora. Dos. Rosa entró al cuarto alrededor de las 9 de la noche con el mismo celular en la mano y se metió al baño. Martín aprovechó para levantarse y revisar  la mochila una vez más. Todo estaba ahí. la linterna, los guantes, la faca. Se aseguró  de que el filo estuviera bien afilado.

 Lo estaba. Había cortado suficientes mangueras como  para saber que esa hoja podía atravesar lo que fuera. Rosa salió del baño ya lista  para dormir. Se acostó en la cama y dejó el celular sobre la mesita de noche. Martín fingió estar dormido, respirando despacio, sin moverse. Escuchó a Rosa teclear por última vez.

Escuchó el sonido característico de WhatsApp  al enviar un mensaje y entonces escuchó su voz en un audio bajito, casi en susurro. Ya casi es hora. Nos vemos en un rato, no tardes. Después apagó la luz y guardó el celular bajo la almohada. Martín esperó. Esperó hasta que la respiración de Rosa se hizo profunda y  regular.

 Esperó hasta estar seguro de que estaba dormida y entonces  se levantó. No hizo ruido, no encendió ninguna luz, solo tomó su mochila, se puso unos  tenis viejos y salió del cuarto sin mirar atrás. Caminó por el pasillo, pasó por la sala donde la televisión seguía  encendida con el volumen bajo y salió de la casa. La calle  estaba vacía.

Solo se escuchaban los ladridos lejanos de un perro y el ruido de  algún carro pasando en la avenida principal. Caminó despacio hacia el canal. Conocía el camino de memoria, dos cuadras hacia el norte. Después girar a la izquierda donde terminaba el asfalto y empezaba el terreno sin pavimentar. El canal estaba a otros 100 met escondido detrás de un lote baldío lleno de basura y matorral.

 Era un lugar que nadie visitaba de día y mucho menos de noche, excepto quienes no querían ser vistos. Martín llegó al borde del terreno y se detuvo. Desde ahí podía ver el canal. Una zanja de concreto sucio  con agua estancada y desperdicios flotando. Alrededor había escombros, llantas viejas, bolsas de basura  rotas.

 El lugar perfecto para que nadie los viera. El lugar perfecto para lo que él estaba a punto de hacer. Se escondió detrás de un muro bajo de block en  una esquina desde donde podía ver la entrada al terreno sin ser visto. Sacó la linterna, pero no la encendió. No hacía falta. La luz de la luna era suficiente para distinguir las siluetas.

 Sacó la faca de la mochila y la sostuvo en la mano derecha. Sentía el peso del mango amarillo contra la palma. Sentía el corazón latiéndole rápido en el pecho y esperó. El tiempo pasaba lento. Martín llevaba casi 20 minutos agachado detrás  del muro con la faca en la mano y la vista fija en el camino de tierra que llevaba al canal.

 El aire  olía a humedad y a basura podrida. A lo lejos se escuchaban los sonidos nocturnos de la colonia. Un perro ladrando,  música saliendo de alguna casa, el motor de una moto acelerando en la calle principal. Pero ahí, en ese terreno valdío, todo estaba en silencio. Un silencio  tenso, como si el lugar supiera que algo malo estaba por pasar.

 Martín apretó el mango de la faca con  más fuerza. Sentía las manos sudadas, sentía la mandíbula apretada, sentía cada músculo de su cuerpo  listo para saltar, pero también sentía algo más, dudas. Por un  momento, pensó en levantarse, guardar la faca en la mochila y regresar a casa. pensó en confrontar a Rosa al día siguiente, en pedirle que le explicara todo, en darle una oportunidad de arreglar las cosas, pero después recordó los mensajes, recordó las fotos, recordó las risas escondidas, las mentiras, 

las noches en que Rosa prefería estar pegada al celular que al lado  de él. Y la rabia volvió, más fuerte que antes, más clara, ya no había vuelta atrás. Entonces lo vio, una silueta  caminando por el camino de tierra viniendo desde la calle principal. Era un hombre joven, delgado, con el celular en la mano iluminándole  la cara. Kevin Morales.

Martín lo reconoció de inmediato por la forma en que caminaba, por la corrente plateada que brillaba bajo la luz de la luna, por los audífonos blancos que colgaban de sus orejas. Venía caminando tranquilo, sin prisa,  como quien va a un encuentro planeado, como quien cree que nadie lo está viendo.

 Kevin llegó al borde del terreno valdío y se detuvo. Miró a su alrededor buscando, sacó el celular del bolsillo y revisó la pantalla. Martínalcanzó a ver el brillo de la pantalla iluminando su rostro. Kevin escribió algo rápido, seguramente un mensaje preguntándole a Rosa dónde estaba. Esperó unos segundos mirando la pantalla, pero no hubo respuesta.

 Guardó el celular y dio unos pasos más hacia adelante, acercándose al canal. Se detuvo  junto a un montón de escombros y volvió a sacar el teléfono. Martín salió de su escondite, no corrió. Caminó despacio, con pasos firmes sin hacer ruido. Kevin estaba de espaldas,  concentrado en la pantalla del celular, sin darse cuenta de que alguien se acercaba.

  Martín llegó a menos de 3 metros de distancia y entonces  habló. Su voz sonó ronca, cargada de rabia contenida. “¿Buscas  a mi esposa?” Kevin dio un salto y se volteó de golpe. Se quitó uno de los audífonos y miró a Martín con los ojos abiertos, sorprendido. Por un segundo supo  qué decir.

 Después trató de sonreír como si todo fuera un malentendido, como si pudiera salir de ahí con palabras. Oye, compa, yo no no me digas, compa, interrumpió Martín dando un paso más hacia él. Sé todo. Leí los mensajes, leí lo que le mandaste, leí lo que ella te  contestó. Kevin retrocedió un paso. La sonrisa se le borró de la cara.

 Ahora miraba a Martín con algo parecido al miedo. Levantó las manos como tratando de calmarlo. Mira, no es lo que crees. Rosa y yo solo somos amigos. Amigos. Martín sacó su celular del bolsillo y le mostró  la pantalla con las capturas de los mensajes. Esto te parece amigos. Ya quiero verte otra vez. Mañana nos vemos por el canal.

Eso te parece de amigos. Kevin miró las capturas y tragó saludo. Ya no había forma de negarlo. Ya no había forma  de fingir que todo era inocente. Bajó las manos y respiró hondo, como preparándose para decir algo. Y  entonces lo dijo. Lo peor que pudo haber dicho. Ella no es feliz contigo, ¿sabes? Me lo dijo.

 Me dijo que ya no te ama, que solo sigue contigo  por los niños. Martín sintió como si le hubieran clavado un cuchillo en el pecho. No eran solo palabras, era la confirmación de algo que él había estado temiendo  durante semanas, la confirmación de que Rosa realmente quería estar con otro, de que él ya no  era suficiente, de que todo lo que había construido, todo lo que había trabajado, todo lo que había aguantado, ya no significaba nada para ella.

 Kevin siguió hablando como si quisiera justificarse, como si creyera  que podía convencer a Martín de dejarlo ir. Yo no tengo la culpa de que ella me busque. Yo no la obligué a nada. Ella vino a mí porque no terminó la frase. Martín dejó  caer el celular al suelo y sacó la faca de la mochila.

 Kevin vio el brillo del metal bajo la luz de la luna y su expresión cambió de inmediato. Retrocedió otro paso tropezando con  un pedazo de escombro. Espera, espera, no hagas una estupidez. Pero Martín ya no escuchaba, ya no pensaba, solo sentía la rabia, la humillación,  el dolor de saber que su esposa había elegido a ese hombre sobre él y avanzó.

Kevin  trató de correr, pero tropezó con las llantas viejas que estaban tiradas en el suelo. Cayó de espaldas, levantó las manos para protegerse, gritó algo que Martín no alcanzó a entender. Y entonces  todo pasó muy rápido. Martín se lanzó sobre él con la faca en alto. Kevin gritó.

 Hubo forcejeo, movimientos bruscos,  el sonido de la respiración agitada de ambos y después silencio. Martín se quedó ahí arrodillado en el suelo con la faca todavía en la mano. Miraba a Kevin tendido  en el suelo, sin moverse, con manchas oscuras extendiéndose por su ropa. Sentía el corazón latiéndole tan rápido que creía que  iba a explotar.

 Sentía las manos temblarle. Sentía la cabeza dándole vueltas y entonces escuchó  algo que lo sacó del trance. Voces, gritos. Alguien había escuchado los gritos  de Kevin y estaba viniendo a ver qué pasaba. Martín soltó la faca, cayó al suelo junto al cuerpo. Él no corrió, no trató de esconderse, solo se quedó ahí de rodillas mirando lo que acababa de hacer y esperó.

 Las voces se acercaban. Martín las escuchaba como si vinieran  de muy lejos, aunque estaban a solo unos metros. Eran voces de hombres,  de mujeres, de gente asomándose desde las casas cercanas al terreno valdío. Alguien gritó que llamaran a la policía, alguien más gritó que también llamaran una ambulancia.

 Los gritos de Kevin habían despertado a medio barrio y ahora todos venían a ver qué había pasado. Martín no se movió, se quedó ahí arrodillado en el suelo sucio, con las manos manchadas y la faca tirada a su lado. Miraba a Kevin tendido frente a él,  con los ojos cerrados y la respiración irregular. No estaba muerto, todavía respiraba, pero las manchas rojizas ensu  ropa seguían creciendo, extendiéndose por el suelo de tierra.

Martín sintió una mezcla extraña de alivio y horror. Alivio porque no había matado a nadie en el acto. Horror porque sabía que lo que acababa de hacer no tenía vuelta atrás. Las primeras personas en llegar fueron dos hombres del barrio. Uno de ellos era Don Chuy,  el señor que vendía elotes en la esquina.

 El otro era un vecino que Martín reconocía de vista, pero cuyo nombre no  recordaba. Los dos se quedaron parados en el borde del terreno valdío, mirando la escena sin atreverse a acercarse. Don Chui sacó su celular y encendió  la linterna iluminando el lugar. La luz cayó directamente sobre Martín, sobre Kevin en  el suelo, sobre la faca.

 Nadie dijo nada por unos segundos hasta  que Don Chui murmuró algo en voz baja, algo que sonó como, “¡Ay, Dios mío!” y le gritó a alguien más que ya venía  a la patrulla. Martín escuchó las sirenas a lo lejos. Primero una, después dos. Se acercaban rápido con ese sonido agudo que  perfora el silencio de la noche.

 Levantó la vista y vio las luces rojas y azules iluminando las casas cercanas, rebotando en las paredes de Block,  anunciando que todo había terminado. Pensó en Rosa, pensó en sus hijos, pensó en  cómo iba a hacer su vida de ahora en adelante y supo que ya nada iba a ser igual. La patrulla  municipal llegó primero.

 Dos policías bajaron con las manos en las pistolas, gritando órdenes,  que nadie se moviera, que se apartaran, que dejaran pasar. Se acercaron  despacio al terreno valdío, iluminando con sus linternas. Cuando vieron a Martín, le gritaron que levantara las manos. Él obedeció sin decir nada. Levantó las manos  despacio, mostrando que no tenía nada en ellas.

Uno de los policías lo agarró por el brazo, lo jaló hacia atrás y lo hizo arrodillarse otra vez. El otro policía revisó a Kevin, le puso los dedos en el cuello  buscando el pulso y después habló por el radio pidiendo la ambulancia con urgencia. Segundos después llegó la ambulancia. Los paramédicos bajaron corriendo con una camilla y un botiquín rojo.

 Se arrodillaron junto a Kevin. Le abrieron la camisa, revisaron las heridas. Hablaban entre ellos con términos  médicos que Martín no entendía. Uno de ellos sacó gasas, vendas, suero. El otro gritó que necesitaban llevarlo al hospital ya, que no había tiempo que perder. Entre los dos levantaron a Kevin, lo pusieron en la camilla y lo cubrieron parcialmente con una sábana.

Martín alcanzó a ver su rostro pálido, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Todavía respiraba, pero apenas. Mientras los paramédicos empujaban la camilla hacia la ambulancia, Martín sintió que alguien más llegaba corriendo al lugar. Levantó la  vista y la vio. Rosa venía corriendo por el camino de tierra con el celular en la mano, con la misma  blusa floral que había usado todo el día, con los jeans ajustados y las sandalias.

tenía el cabello suelto, despeinado y la cara descompuesta por el pánico. Seguramente alguien del barrio le había avisado  que algo pasaba en el canal o tal vez Kevin le había mandado un último mensaje antes de que todo explotara. O tal vez simplemente supo por instinto que algo terrible había ocurrido.

 Rosa llegó  corriendo hasta donde estaban los policías y la ambulancia. Vio a Kevin en la camilla, vio la sangre. vio a los paramédicos moviéndose rápido y entonces gritó. Un grito que Martín nunca había escuchado antes. Un grito que salía desde lo más profundo de ella, cargado de desesperación y de miedo. Se llevó las manos a la cabeza como tratando de entender lo que estaba viendo.

 Trató la camilla, pero uno de los policías la detuvo. Le dijo que no podía pasar, que los paramédicos tenían que trabajar. Rosa empujó. gritó que la dejaran ver a Kevin, que necesitaba saber si estaba bien. El policía  la apartó con más fuerza. Ella cayó de rodillas en el suelo llorando con las manos todavía en la cabeza y entonces volteó.

 Vio a Martín. Lo vio arrodillado en el suelo con las manos arriba, con la ropa sucia, con la cara vacía de cualquier emoción. Sus miradas se cruzaron. Rosa dejó de gritar. se quedó ahí mirándolo con los ojos llenos de lágrimas y la boca abierta  en una expresión de incredulidad. Martín no dijo nada.

 No había nada que decir. Todo estaba dicho en esa mirada. Todo estaba terminado. Uno de los  policías sacó las esposas, se acercó a Martín por detrás, le bajó las manos y le colocó  las esposas en las muñecas con un click metálico que resonó en el silencio. Martín sintió el metal  frío contra la piel.

Sintió el peso de lo que acababa de hacer cayendo sobre él  como una tonelada de ladrillos. El policía lolevantó del suelo. Lo empujó suavemente hacia la patrulla. La gente del barrio se había amontonado en la entrada del terreno valdío, mirando, murmurando, grabando con sus celulares. Martín caminó despacio con la cabeza baja, con las esposas brillando bajo las luces de la patrulla y detrás de él Rosa seguía  llorando, arrodillada en el suelo, viendo como la ambulancia se llevaba a Kevin con las sirenas

encendidas. La patrulla se llevó a Martín a la comandancia municipal de Ecatepec. El trayecto  fue corto, apenas 10 minutos, pero a él le pareció eterno. Iba sentado en el asiento trasero,  con las manos esposadas a la espalda, mirando por la ventana cómo pasaban las calles  que conocía de memoria, las mismas calles donde había caminado  toda su vida, las mismas calles donde había trabajado, donde había llevado  a sus hijos a la escuela.

 donde había vivido pensando que su familia estaba bien. Ahora todo eso se veía diferente, como si ya no perteneciera a ese lugar, como si ese lugar  ya no fuera suyo. Los policías no hablaron con él durante el camino, solo intercambiaron comentarios entre ellos. Algo sobre el reporte que tenían que hacer, sobre las evidencias que había que recoger, sobre el arma que habían dejado marcada en el lugar.

Martín escuchaba sin escuchar. Su mente estaba en otro lado. Estaba en  el hospital donde seguramente ya habían llevado a Kevin. Estaba en su casa donde sus hijos dormían sin saber lo que su padre acababa de hacer. Estaba en la mirada de Rosa, esa mirada llena de lágrimas y de algo que él no supo identificar si era odio, miedo o simplemente shock.

Cuando llegaron a la comandancia, lo bajaron de la patrulla y lo  metieron directo a un cuarto pequeño con una mesa de metal y dos sillas. Le quitaron las esposas por un  momento, le dijeron que se sentara y le pusieron un vaso de agua enfrente. Martín no lo tocó. se quedó sentado con las manos sobre la mesa,  mirando la pared gris llena de rayones y manchas.

 Uno de los policías salió y el otro se quedó parado junto a la puerta, vigilándolo en silencio. Pasaron 20 minutos, tal vez 30. Martín no estaba seguro. El tiempo se había vuelto  extraño desde que todo explotó. Finalmente entró un agente del Ministerio Público, un hombre de unos 40 años con camisa blanca y corbata floja cargando una carpeta y una grabadora pequeña.

 Se sentó frente a Martín, encendió la grabadora y le dijo que iba a tomarle su declaración, que tenía derecho a guardar silencio, que tenía derecho a un abogado, que todo lo que dijera podía ser usado  en su contra. Martín asintió sin decir nada. El agente empezó a hacer preguntas. que cómo se llamaba, que dónde vivía, que a qué se dedicaba.

 Preguntas fáciles que Martín contestó con voz monótona. Después vinieron las preguntas difíciles, que qué había pasado esa noche, que por qué estaba en el canal, que de dónde había sacado el arma, que si conocía a Kevin Morales. Martín respiró hondo y empezó a hablar. Les contó todo. Les contó que había descubierto los mensajes en el celular de su esposa, que había leído las conversaciones donde ella y Kevin planeaban verse, que se había sentido traicionado, humillado, destruido, que había decidido ir al canal para confrontar a Kevin, que

no tenía planeado lastimarlo, que solo quería hablar, que solo quería  que le dijera la verdad a la cara. Pero el agente lo interrumpió. le preguntó  por qué había llevado una faca si solo quería hablar. Martín se quedó callado. No tenía respuesta para eso, o sí la tenía, pero no quería admitirla.

El agente insistió. le preguntó si había planeado atacar a Kevin desde el principio. Martín dijo que no,  que solo quería asustarlo, que solo quería que dejara de buscar a su esposa. Le preguntó  qué había pasado exactamente en el terreno valdío. Martín contó que Kevin le había dicho cosas que lo habían  hecho explotar, que le había dicho que Rosa ya no lo amaba, que solo seguía con él  por los niños, que esas palabras lo habían hecho perder el control.

 El agente le preguntó si se arrepentía. Martín se quedó mirando la grabadora en la mesa. Después levantó  la vista y dijo que sí, que se arrepentía, pero su voz no sonaba convincente, sonaba vacía. Mientras Martín daba su declaración en la comandancia, en el hospital general de Ecatepec,  los médicos luchaban por salvar la vida de Kevin Morales.

Había llegado en la ambulancia  con el pulso débil, la presión baja y múltiples heridas en el torso. Lo pasaron directo a la sala de emergencias. Los cirujanos trabajaron durante horas tratando de controlar el sangrado interno, de reparar el daño, de mantenerlo estable. Pero el cuerpo  de Kevin ya había perdidodemasiada sangre.

 Su corazón, que había latido  26 años, se detuvo poco después de las 3 de la madrugada. La noticia  llegó a la comandancia alrededor de las 4. El agente del Ministerio Público recibió una llamada, escuchó en silencio, colgó y miró a Martín con una expresión seria. le dijo que Kevin Morales había fallecido  en el hospital, que ahora el caso ya no era solo lesiones, que ahora era homicidio.

 Martín cerró los ojos, sintió que el suelo se abría debajo de él. Había matado a alguien. Ya no era solo un albañil que había perdido  el control, era un asesino. Le tomaron fotos de frente y de perfil, le tomaron las huellas digitales, le hicieron firmar papeles que él leyó  sin entender realmente lo que decían.

 Le pusieron las esposas otra vez y lo llevaron a una celda provisional donde esperaría hasta que lo trasladaran al reclusorio. La celda era pequeña, con paredes de  concreto, un catre de metal y un baño sin puerta. Olía a  orines y a humedad. Martín se sentó en el catre y apoyó la cabeza contra la pared. Cerró los ojos,  pero no pudo dormir.

 Cada vez que lo intentaba, veía la cara de Kevin cayendo  al suelo. Veía la cara de Rosa llorando. Veía la cara de sus hijos preguntándose dónde estaba su papá. Afuera, en la colonia, la noticia ya había corrido como pólvora. Los vecinos hablaban de lo que había pasado en el canal. Decían que Martín había matado al muchacho de los celulares por andar con su esposa.

 Decían que Rosa era la culpable por haberlo engañado. Decían que Kevin se lo había buscado por  meterse con una mujer casada. Decían muchas cosas, como siempre pasa en los barrios, pero nadie decía la verdad completa, porque la verdad completa era más complicada que un simple crimen pasional. Era una historia de abandono emocional, de mensajes  que nunca debieron mandarse, de decisiones que nunca debieron tomarse y ahora de una vida que se había perdido para siempre.

 La investigación formal comenzó al día  siguiente. Un equipo de peritos de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México se presentó en el terreno valdío junto al canal para procesar la escena del crimen. Acordonaron el área con cinta amarilla, tomaron fotografías desde todos  los ángulos, levantaron muestras de tierra, recogieron la faca que seguía tirada en el suelo y documentaron  cada mancha rojiza que encontraron.

 También entrevistaron a los vecinos que habían escuchado los gritos, a Don Chui, que había sido el primero en llegar, y a Rosa,  quien tuvo que dar su versión de los hechos. Aunque apenas podía hablar entre soyosos. La faca quedó registrada como el arma homicida. Era una faca común de las que se venden en cualquier ferretería con cabo amarillo de plástico y hoja de acero  de unos 15 cm.

Los peritos confirmaron que tenía  restos de sangre que coincidían con el tipo sanguíneo de Kevin Morales. También encontraron  huellas dactilares en el mango que pertenecían a Martín García. No había duda  de quién había empuñado el arma, no había duda de quién había cometido el crimen, pero la pieza clave de la investigación  no estaba en el terreno valdío, estaba en los celulares.

Los agentes solicitaron el teléfono de Rosa y con su autorización firmada extrajeron todo el contenido del  WhatsApp. Ahí estaban los mensajes completos entre ella y Kevin. Conversaciones que se remontaban a meses atrás, empezando con saludos inocentes  y terminando con planes explícitos de encuentros secretos.

Había fotos, audios, mensajes donde ambos se declaraban cariño, donde hablaban de lo difícil que era verse con Martín siempre cerca, donde coordinaban horarios para encontrarse cuando él estuviera en  la obra. El mensaje más importante para la investigación fue el que Kevin había enviado la noche  del crimen.

“Mañana en la noche nos vemos por el canal. Ahí nadie nos ve. Bórrame este mensaje.” Rosa lo había respondido confirmando, pero no había borrado nada y Martín  había visto todo. Los investigadores también revisaron el celular de Martín y encontraron las capturas de pantalla  que él mismo había tomado esa noche antes de salir de su casa.

Eso demostraba que él sabía exactamente  lo que iba a pasar, que había visto el mensaje, que había decidido ir al lugar, que había llevado un arma. Revisaron también el historial de llamadas. Descubrieron que Martín había respondido  el último mensaje de Kevin haciéndose pasar por Rosa.

 Había escrito, “Te espero junto al puente. No tardes.” Eso confirmaba que había preparado una emboscada, que no fue un  encuentro casual, que no fue solo un arrebato del momento. Había premeditación, había engaño, había intención clara deconfrontar a Kevin en un lugar  oscuro y aislado, llevando un arma en la mochila.

Los peritos también analizaron el celular de Kevin. El último mensaje que él había enviado minutos antes del ataque era para Rosa. Ya llegué. ¿Dónde estás? No hubo respuesta porque quien lo  estaba esperando no era Rosa, era Martín. Y Kevin lo descubrió demasiado tarde. Con toda esa evidencia, la fiscalía construyó su caso.

Clasificaron el crimen como homicidio calificado por ventaja y alevosía. Ventaja porque Martín llevaba un arma y Kevin no tenía forma de defenderse. Alevo porque lo esperó escondido, lo engañó haciéndose pasar por su esposa y lo atacó en un lugar donde nadie podía ayudar a la víctima. También consideraron el móvil celos.

Pero dejaron claro que ese móvil no justificaba nada, que la llamada defensa del honor no existía en la ley mexicana, que matar por celos seguía siendo matar. Martín fue trasladado al reclusorio preventivo de Ecatepec mientras avanzaba el proceso. Ahí esperaría hasta que se fijara la fecha de su audiencia.

 Le asignaron un defensor público, un abogado joven que le explicó que las cosas no se veían bien, que la evidencia era abrumadora, que había confesado, que habían encontrado el arma con sus huellas, que los mensajes demostraban premeditación.  Le dijo que lo mejor que podían hacer era argumentar que había actuado bajo un estado emocional alterado, que no había planeado matar, solo confrontar.

 Martín escuchó sin decir mucho. Sabía que no importaba lo que dijeran. Sabía que iba a pagar por lo que había hecho. En la colonia  la vida seguía, pero todo había cambiado. La casa de Martín y Rosa se convirtió en el centro de los chismes. Los vecinos  pasaban despacio por enfrente, mirando de reojo, murmurando.

Algunos decían  que Rosa debería irse del barrio, que era una vergüenza que siguiera ahí después de lo que había  provocado. Otros decían que Martín había hecho lo que cualquier hombre haría en su lugar. Otros más decían que los dos  eran culpables, que Kevin también por meterse donde no debía, pero nadie decía lo único que importaba, que un joven de 26  años estaba muerto y que nada iba a traerlo de vuelta.

 La familia de Kevin Morales  organizó un velorio en la funeraria del centro de Ecatepec. Llegaron familiares, amigos,  conocidos del barrio. Llegaron chavos que habían ido a su tienda a arreglar sus celulares. Llegaron señoras que lo recordaban como el muchacho simpático que siempre tenía una sonrisa. Su madre, una mujer de 50 años  con el rostro destrozado por el llanto, repetía una y otra vez que su hijo  no merecía morir así, que él solo había cometido el error de enamorarse de la persona equivocada, que

Martín le había quitado  la vida a su único hijo por un mensaje de WhatsApp. Rosa no fue al velorio, no se atrevió. Sabía que la familia de Kevin la culpaba  tanto como a Martín. Sabía que si aparecía ahí habría gritos, insultos, tal vez hasta violencia. Se quedó encerrada en su casa llorando, sin poder dormir, sin poder comer, sintiendo el peso  de la culpa aplastándola.

 Los niños le preguntaban dónde estaba su papá. Ella no sabía qué decirles. Les dijo que estaba trabajando lejos, que iba a tardar en regresar, pero ellos ya eran grandes, ya entendían que algo malo había pasado. El juicio de Martín  García se llevó a cabo varios meses después en una sala del Poder Judicial del Estado de México.

 Era una sala pequeña con paredes color  beige, filas de bancas de madera para el público y un estrado donde se sentaban el juez y los secretarios. Martín entró esposado, escoltado  por dos policías. Vestía pantalón de mezclilla y una camisa blanca que Rosa  le había llevado días antes.

 Tenía el cabello más largo de lo normal y la barba sin rasurar. Se veía más delgado, más viejo, como si los meses en prisión le hubieran quitado  años de vida. Se sentó junto a su defensor público y miró al frente sin expresión. Del otro lado de la sala estaba  el fiscal, un hombre de unos 50 años con lentes y traje gris.

 Tenía sobre la mesa una carpeta  gruesa con todas las pruebas del caso, las fotografías de la escena del crimen, los reportes periciales, las capturas de los mensajes de WhatsApp, las declaraciones de los testigos. También estaba presente la madre de Kevin Morales, sentada en la primera fila del público,  con un pañuelo en la mano y los ojos enrojecidos.

no había dejado de llorar desde que su hijo murió. A su lado estaban dos de sus hermanas y un primo de Kevin que había viajado  desde Puebla para estar presente en el juicio. Rosa no asistió, no porque no quisiera, sino porque el abogado de Martín le había dicho que eramejor que no apareciera,  que su presencia podía afectar el ánimo del jurado, que podía verse como una falta de respeto hacia la familia de Kevin.

 Así que se quedó en casa esperando noticias, mordiéndose las uñas,  sin poder hacer otra cosa más que imaginar lo que estaba pasando en esa sala. El fiscal comenzó  su exposición. habló de cómo Martín había descubierto los mensajes entre Rosa y Kevin, de cómo había  esperado escondido en el terreno valdío, llevando una faca en la mochila, de cómo había engañado a Kevin  haciéndose pasar por Rosa para asegurarse de que llegara al lugar, de cómo  lo había confrontado, de cómo había perdido el control, de cómo

lo había atacado con el arma  dejándolo herido en el suelo y de cómo Kevin había muerto horas después en el hospital. Sin poder decir una última palabra, el fiscal proyectó en una pantalla los mensajes de WhatsApp. Ahí estaban para que todos los vieran. Las conversaciones entre Rosa y Kevin, las fotos, los planes de encontrarse donde nadie nos vea.

 Mostró también las capturas que Martín había tomado con  su propio celular esa noche, demostrando que había leído todo antes de salir de su casa. mostró el mensaje que Martín envió haciéndose pasar por Rosa. “Te espero junto al puente, no tardes.” Y después  mostró las fotos de la escena del crimen. El terreno valdío, la faca con el cabo  amarillo, las manchas en el suelo, la camilla donde se llevaron a Kevin.

 El fiscal argumentó que Martín había  actuado con premeditación, que había tenido tiempo de pensar, de calmarse, de tomar otra decisión. que pudo haber confrontado a su esposa,  pudo haber pedido el divorcio, pudo haber ido con un abogado, pero en lugar de eso eligió la violencia, eligió llevar un arma, eligió esperar a un  hombre más joven que él, desarmado, en un lugar oscuro y atacarlo sin  darle oportunidad de defenderse.

Eso no era un crimen pasional del momento, eso era homicidio calificado. Después habló el defensor de Martín. Era un abogado público con poca  experiencia, pero con mucha convicción. argumentó que su cliente había actuado bajo un estado de alteración emocional profunda, que había descubierto  que su esposa, con quien llevaba más de 10 años, lo estaba traicionando con un hombre más joven, que eso había destruido  su autoestima, su confianza, su capacidad de pensar con claridad, que cuando leyó los mensajes

donde planeaban  verse en secreto, algo se rompió dentro de él, que no planeaba matar a nadie, que solo  quería hablar. confrontar, recibir una explicación. El defensor admitió que Martín había llevado la faca, pero argumentó que era una herramienta que siempre cargaba para su trabajo, que no la llevó  con la intención específica de usarla, que cuando Kevin le dijo que Rosa ya no lo amaba, que solo seguía con él por los niños, algo explotó  en su interior, que fue un arrebato, que

perdió el control, que no hubo premeditación real. Solo dolor, humillación y rabia. El fiscal  respondió que el dolor no justificaba matar, que la humillación no era excusa para quitarle la vida a alguien, que miles de personas  son traicionadas todos los días y no por eso se convierten en asesinos.

 que Martín había tenido múltiples oportunidades de detenerse cuando salió de su casa, cuando caminó hacia el canal, cuando se escondió detrás del muro, cuando vio a Kevin llegar. En cualquiera de esos momentos pudo haberse arrepentido, pero no lo hizo. Siguió adelante con su plan y eso era lo que lo convertía en culpable.

 Llamaron a declarar a varios testigos. Don Chui, el vendedor de elotes, contó  cómo había escuchado los gritos y había llegado al terreno valdío para encontrar a Martín arrodillado junto a Kevin con la faca en el suelo. Una vecina declaró que había visto a Rosa salir corriendo de su casa cuando empezaron las sirenas, desesperada gritando el nombre de Kevin.

Un paramédico explicó el estado en que había encontrado a la víctima. Heridas múltiples, pérdida masiva de sangre, signos vitales débiles y el médico forense  leyó el reporte de la autopsia confirmando que Kevin había muerto por shock hipobolémico secundario  a heridas penetrantes en el torso.

Finalmente le dieron la palabra a Martín. Le preguntaron si quería decir algo antes de que se  dictara sentencia. Él se levantó despacio con las manos todavía esposadas y habló  con voz ronca. dijo que se arrepentía de lo que había hecho, que no había  querido matar a nadie, que solo quería que Kevin dejara de buscar a su esposa, que cuando  escuchó esas palabras, “Ella ya no te ama, algo se rompió dentro de él y perdió el control.”Pidió perdón a la familia de Kevin.

Pidió perdón a sus propios hijos  por haberlos dejado sin padre y después se sentó con la cabeza baja esperando el veredicto. El juez deliberó durante 2 horas. Cuando regresó a la sala,  todos se pusieron de pie. El juez leyó el veredicto. Martín  García era culpable de homicidio calificado.

La sentencia 30 años de prisión  en un reclusorio de máxima seguridad del Estado de México, sin derecho a libertad anticipada. La madre de Kevin soylozó en su banca. Martín cerró los ojos  y respiró hondo. Su defensor puso una mano en su hombro, pero no dijo nada. No había nada que decir.

 Todo había terminado. Martín García  fue trasladado al reclusorio preventivo varonil Oriente, uno de los  más grandes del Estado de México. Es un complejo de concreto gris rodeado de muros altos y alambre de púas, donde conviven miles de hombres condenados  por distintos delitos. Martín llegó un martes por la tarde esposado y con un uniforme color beige que le habían dado  antes de subir al camión de traslados.

 Al bajar lo hicieron formarse junto  a otros internos nuevos. Un custodio les gritó las reglas básicas: obedecer, no meterse en problemas, respetar los horarios y, sobre todo,  no buscar conflictos con otros presos. Le asignaron una celda en el módulo 3. Era un cuarto  pequeño de 4 por 3 m con dos literas de metal, un sanitario sin puerta y una ventana con barrotes que daba a un patio.

 Compartía el espacio con  otros tres hombres, uno condenado por robo con violencia, otro por narcomenudeo y un tercero  que cumplía sentencia por secuestro. Al principio nadie le habló,  solo lo miraron de reojo mientras acomodaba su colchoneta en la litera de arriba. Después uno de ellos le preguntó por qué estaba ahí.

 Martín contestó con una sola  palabra, homicidio. El otro asintió y no preguntó más. En ese lugar, nadie juzgaba los crímenes de los demás. Todos tenían su  propia historia. Los días en el reclusorio eran todos iguales. Despertaban a las 6 de la mañana con el sonido de un silvato, formación en el patio, desayuno en el comedor, frijoles, tortillas, café aguado.

 Después venían las actividades obligatorias. Martín fue asignado al taller de carpintería, donde los internos fabrican muebles que después se vendían afuera. Trabajaba lijando madera, armando sillas, barnizando mesas. Era un trabajo monótono, pero lo mantenía ocupado. Lo ayudaba a no pensar, aunque de todas formas pensaba.

 Pensaba en Rosa, pensaba en sus hijos, pensaba en Kevin tirado en el suelo del terreno valdío, con los ojos cerrados y la respiración irregular. Rosa lo visitó por primera vez tr meses después de que él entrara. Llegó un domingo por la mañana  con los dos niños nerviosa, sin saber qué decir. Entraron a la sala de visitas, un lugar grande con mesas  de plástico y sillas plegables donde los internos podían recibir a sus familias.

 Martín estaba sentado en una de las mesas cuando los vio entrar. Rosa  traía el cabello amarrado en una cola, sin maquillaje, con una blusa sencilla  y jeans. Los niños corrieron hacia él y lo abrazaron. Martín sintió que se le quebraba la voz, pero se contuvo. Les preguntó cómo  estaban, cómo iban en la escuela, si se portaban bien.

 Ellos contestaron con monosílabos,  sin entender realmente por qué su papá estaba ahí. Cuando los niños se distrajeron jugando con  unas fichas que otra familia les prestó, Martín y Rosa se quedaron solos en la mesa. Él le preguntó cómo estaba. Ella dijo que mal, que el barrio entero hablaba de ellos.

que las vecinas la señalaban cuando pasaba  por la calle, que la familia de Kevin la culpaba por la muerte de su hijo, que no sabía cómo iba a seguir adelante. Martín le dijo que lo sentía, que nunca quiso que las cosas  terminaran así. Rosa no contestó, se quedó mirando la mesa con los ojos llenos  de lágrimas que no dejaba salir.

 Después le preguntó si él la culpaba a ella. Martín  tardó en responder. Finalmente dijo que no, que la culpa era de los dos, de ella por haber traicionado su  confianza, de él por haber respondido con violencia, que ya no importaba quién tenía más culpa, que lo hecho hecho estaba. Rosa dejó de visitarlo después de ese  día.

 Le mandó algunas cartas durante los primeros años, cartas cortas donde le contaba cómo estaban los niños, cómo iba la escuela. cómo estaba la  casa. Pero poco a poco las cartas dejaron de llegar. Martín entendió que ella estaba tratando de seguir con su vida, que no podía quedarse atrapada en el pasado, que tenía que pensar en los niños, en su futuro, en su propia estabilidad.

No la culpó, tampoco la olvidó.Simplemente aceptó que esa parte de su vida  había terminado. Adentro del reclusorio, Martín se volvió alguien más. Ya no era el albañil orgulloso que cargaba bultos de cemento y presumía de trabajar duro. Era el reo número 48 372 condenado a 30 años por homicidio calificado.

Se dejó crecer el cabello, se hizo algunos  tatuajes en los brazos, aprendió a moverse en ese mundo de muros grises y rejas de hierro. Aprendió a no hablar de más, a no meterse en problemas, a cumplir con sus tareas y a mantenerse invisible. De vez en cuando participaba en talleres de lectura o en pláticas de reinserción social, pero en el fondo sabía  que cuando saliera, si es que algún día salía, ya nada iba a ser como antes.

 En la colonia de Catepec, la vida seguía su curso. La casa donde habían vivido Martín y Rosa  se veía cada vez más abandonada. Rosa seguía ahí con los niños, pero ya casi  no salía. La tiendita de la esquina seguía abierta con su plaquiña de metal que decía tienda en letras rojas. Y a pocas cuadras, el local donde Kevin había tenido su negocio  de reparación de celulares estaba cerrado con las cortinas bajas y un letrero que decía se renta.

 Nadie quiso quedarse con ese lugar como si la tragedia que había empezado ahí siguiera flotando en el aire. Los vecinos ya no hablaban tanto del caso. Con el tiempo aparecieron otras historias, otros escándalos, otras tragedias. Pero cada vez que alguien pasaba por el terreno valdío junto al canal, recordaba lo que había pasado esa noche.

 Recordaba los gritos, recordaba las sirenas, recordaba la ambulancia llevándose a un joven que nunca regresó y recordaba que todo había empezado con un mensaje  de WhatsApp que alguien olvidó borrar. Año 2024. Han pasado 5 años desde aquella noche en el terreno valdío junto al canal. Martín García cumple su condena en el reclusorio preventivo varonil Oriente, donde ahora es conocido simplemente como el albañil.

 Tiene 38  años, pero aparenta más. El encierro le ha marcado el rostro con líneas profundas y le ha endurecido la mirada. Ya no habla mucho. Pasa los días  trabajando en el taller de carpintería, lijando mesas, armando sillas, haciendo lo que le ordenan sin  quejarse. Por buen comportamiento le redujeron la sentencia en un par de años, pero aún le quedan más de 20 por cumplir.

 Sabe que cuando salga, si es que sale, será un hombre  viejo. Sus hijos ya habrán crecido. Su vida de antes ya  no existirá. Rosa sigue viviendo en la misma casa de block gris en Ecatepec, pero ya no es la misma mujer de la foto del domingo. El cabello se le ha llenado de canas que no se molesta  en teñir.

 La blusa floral que usaba ese día quedó guardada en el fondo de un cajón, como si guardarla pudiera borrar lo que pasó. Ya no ayuda en la tiendita  de la esquina. Los dueños le dijeron con palabras amables que era mejor que no volviera, que su presencia ahuyentaba  a los clientes. La gente del barrio sigue señalándola cuando pasa.

Algunas comadres la saludan  con frialdad, otras directamente la ignoran. Hay quienes la culpan  más a ella que a Martín. Dicen que si no hubiera traicionado a su esposo, nada de esto habría pasado. Rosa lo sabe, lo escucha cada vez que sale a la calle y por eso sale  cada vez menos.

Los dos niños ya son adolescentes. El mayor tiene 15 años y el menor 13. Crecieron sabiendo que su padre está en  la cárcel por haber matado a un hombre. En la escuela sus compañeros lo saben, algunos los molestan, otros los evitan. Ninguno de los dos quiere hablar del tema.

 Cuando alguien les pregunta, cambian de conversación. Visitan a su padre dos veces al año, en su cumpleaños y en Navidad. Las visitas son incómodas, llenas de silencios largos  y preguntas que nadie sabe cómo contestar. Martín les pregunta por la escuela, por sus amigos, por sus planes. Ellos responden con monosílabos, mirando el suelo, queriendo que la hora de visita termine pronto.

 Cuando se van,  Martín se queda sentado en la mesa de la sala de visitas, viéndolos caminar hacia la salida, sabiendo que está perdiendo  a sus hijos día a día. La familia de Kevin Morales nunca superó la pérdida. Su madre, doña Irma, cayó en una depresión profunda de la que tardó años en salir.

 Todavía guarda el celular de su hijo  con todas sus fotos, todos sus mensajes, todas sus canciones favoritas. A veces lo enciende solo para ver  su foto de perfil. A veces escucha los audios que él le mandaba diciéndole, “Mamá, ya voy para la casa.” Oh, no te preocupes,  estoy bien.

 Kevin era su único hijo y ahora está enterrado en el panteón municipal de Ecatepec en una tumba sencilla con una lápida que  dice su nombre, su fecha de nacimiento y su fecha demuerte. Doña Irma lo visita cada domingo, le lleva flores, le habla  como si él pudiera escucharla, le dice que lo extraña, que la vida sin él no es vida.

 El local donde Kevin tenía su tienda de celulares fue rentado por otra persona. Ahora es una papelería. El nuevo dueño no sabía la historia del lugar cuando lo rentó. Cuando se enteró, ya había firmado el contrato. A veces los vecinos viejos pasan por enfrente y recuerdan al muchacho simpático que arreglaba pantallas y vendía recargas.

Recuerdan su  risa, recuerdan su corrente plateada. ¿Recuerdan cómo siempre estaba con el celular en la mano tomando fotos, mandando mensajes? Y recuerdan que todo terminó en un terreno valdío por culpa de un mensaje que no debió mandarse y de una decisión que no debió tomarse. En las redes sociales locales la historia sigue circulando.

 Cada cierto tiempo alguien vuelve a compartir las fotos. La del domingo, donde Martín y Rosa sonríen frente a su casa, y la de la noche del crimen, donde Martín está siendo  esposado mientras Rosa grita con las manos en la cabeza y la ambulancia se lleva a Kevin. Los comentarios  siempre son los mismos.

 Unos defienden a Martín diciendo que cualquier hombre haría lo mismo. Otros lo condenan diciendo  que nada justifica matar. Algunos culpan a Rosa, otros culpan a Kevin, pero nadie puede cambiar lo que pasó. Nadie puede devolver el tiempo. El terreno valdío junto al canal sigue ahí. Nadie lo ha limpiado. Sigue lleno de basura,  de llantas viejas, de escombros.

 De vez en cuando pasan parejas de adolescentes escondiéndose, sin saber que hace años  ese mismo lugar fue escenario de una tragedia. El canal sigue arrastrando agua sucia, las casas alrededor siguen siendo las mismas y la colonia  sigue siendo la misma colonia de siempre, con sus calles sin terminar de pavimentar, sus postes con cables  expuestos, sus tienditas de esquina y sus historias que pasan de boca en boca.

 Martín ya no es el albañil orgulloso  que presumía de trabajar duro. Ahora es solo un número más en un sistema penitenciario saturado. Rosa ya no es la mujer callada que ayudaba en la tienda y cuidaba a sus hijos. Ahora es la mujer del barrio que provocó una  muerte. Kevin ya no es el joven carismático que arreglaba celulares.

 Ahora es una lápida en un panteón y un recuerdo doloroso para su familia. Y esa foto del domingo, donde todo parecía normal, ahora es el símbolo  de cómo una vida entera puede desmoronarse por decisiones equivocadas, por mensajes que  no debieron enviarse, por reacciones que no debieron tomarse.

 No hubo  ganadores en esta historia, solo perdedores. Un joven muerto, un hombre preso, una mujer marcada, dos niños creciendo sin padre, una madre que perdió a su hijo y un barrio que nunca olvidará lo que pasó esa noche junto  al canal cuando un mensaje de WhatsApp desató una tragedia que cambió vidas para siempre. Si este recorrido te resonó, suscríbete y activa las notificaciones  para no perder el siguiente capítulo.

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