
El frío cortaba como vidrio roto, rosa delgado temblaba de pie junto al pozo congelado, con las manos agrietadas envueltas en trapos sucios que ya no protegían nada. Su estómago rugía tan fuerte que dolía. Un dolor sordo y constante que había aprendido a ignorar durante los últimos tres días. El viento del norte bajaba de las montañas de Chihuahua como un animal hambriento, arrastrando nieve sucia entre las piedras del rancho abandonado donde ahora vivía.
No era un hogar, era una ruina. Paredes de adobe medio caídas, un techo de vigas podridas que dejaba entrar la luz y el frío por igual, pero era lo único que tenía después de que todo se derrumbara. Rosa tenía 23 años y ya se sentía vieja. El hambre hace eso. Te envejece por dentro primero, luego por fuera.
Sus mejillas, antes llenas y rosadas, ahora se hundían bajo los pómulos. Sus ojos, que alguna vez brillaron con planes y esperanzas, ahora solo miraban el suelo buscando algo, cualquier cosa que pudiera comer o quemar. La frontera entre México y Estados Unidos era una línea fantasma en 1887 y Rosa estaba atrapada en el lado equivocado de la suerte.
Su padre había sido Arriero, un hombre fuerte que movía ganado a través de las montañas nevadas con la misma facilidad con que otros hombres caminaban por plazas soleadas. Pero el invierno anterior lo había matado. Una tormenta, un río helado, un caballo asustado. Lo encontraron tres días después, congelado bajo un pino, con los ojos abiertos mirando el cielo blanco.
Su madre había muerto años antes de parto, llevándose al bebé con ella. Rosa quedó sola, sin familia, sin dinero, sin nada más que el rancho desmoronado y un caballo viejo llamado Canelo, que comía más de lo que valía. Pero Canelo era todo lo que le quedaba de su padre y Rosa prefería morir de hambre antes que venderlo. Aunque ahora, de pie bajo el sol pálido de febrero, con el estómago vacío y las manos sangrando del frío, esa promesa se sentía más difícil de cumplir.
Había intentado trabajar. Dios sabía que lo había intentado. Cosía para las esposas de los mineros en el pueblo de San Vicente. Remendaba camisas, surcía calcetines. Bordaba pañuelos cuando le pagaban extra. Pero el invierno había sido brutal. Las minas cerraron, los hombres se fueron, las familias también. El pueblo se vació como agua entre los dedos y con él se fueron sus clientes, su dinero, su comida.
Ahora solo quedaban los viejos, los tercos y los desesperados. Rosa era las tres cosas. Había vendido todo lo que poseía. La mesa de su madre, las sillas talladas a mano, la manta de lana que su abuela tejió antes de morir. Vendió sus aretes de plata, su reboso bordado, hasta las ollas de barro que usaba para cocinar.
Pero el dinero se fue tan rápido como llegó. La harina subió de precio, el maíz escaseó, el frijol desapareció de las tiendas como si nunca hubiera existido y Rosa se quedó con nada más que su hambre, su caballo y su orgullo roto. Esa mañana, mientras el sol luchaba por atravesar las nubes grises, Rosa decidió ir al pueblo, no para vender nada, porque ya no le quedaba nada, sino para pedir.
La palabra le quemaba en la garganta como mezcal barato, pero el hambre era más fuerte que el orgullo. Encilló a Canelo con manos temblorosas. El caballo era viejo, de pelaje castaño, manchado de blanco por la edad, con las costillas visibles bajo la piel floja, pero sus ojos eran buenos, pacientes, llenos de una tristeza antigua que Rosa reconocía.
se montó despacio, sintiendo como sus piernas apenas respondían. El camino al pueblo serpenteaba entre pinos cubiertos de nieve y rocas negras que sobresalían de la tierra como huesos rotos. El paisaje era hermoso y despiadado al mismo tiempo. Las montañas se alzaban a lo lejos, tan blancas y afiladas que parecían poder cortar el cielo.
El aire olía a pino y a ceniza de leña quemada en ranchos lejanos. Rosa respiraba despacio, saboreando cada bocanada fría, porque era lo único que podía llenar su estómago. San Vicente no era un pueblo grande, una docena de edificios de adobe y madera apiñados alrededor de una plaza de tierra helada, una cantina con las ventanas rotas, una tienda general con el letrero medio caído, una iglesia pequeña con la campana oxidada que ya no sonaba.
Rosa guió a Canelo por la calle principal, sintiendo cómo la miraban desde las ventanas. Todos sabían quién era. La hija del arriero muerto, la muchacha que se quedó sola, la que se negaba a irse. Desmontó frente a la tienda general. Sus piernas casi se dieron cuando tocaron el suelo. Se agarró de la silla para no caerse, respirando hondo hasta que el mareo pasó.
Luego amarró a Canelo al poste y entró. El interior olía a cuero, a tabaco y a algo más, algo que hizo que su estómago se retorciera de hambre. Pan, pan recién hecho. Rosa cerró los ojos y tragó saliva. El dueño de la tienda, don Esteban, era un hombre gordo con bigote gris y ojos pequeños quesiempre parecían estar contando algo. La miró por encima del mostrador con una expresión que Rosa conocía bien.
Lástima mezclada con desprecio. “¿Qué necesitas, muchacha?”, preguntó sin levantarse de su silla. Rosa apretó los puños dentro de los trapos que cubrían sus manos. “Necesito comida”, dijo. Su voz sonaba más pequeña de lo que quería. Don Esteban soltó una risa corta, sin humor. “Y yo necesito que me paguen. Así funciona esto.” “No tengo dinero.
” Rosa admitió. Las palabras le dolieron como astillas bajo las uñas. Pero puedo trabajar, puedo coser, puedo limpiar, puedo hacer lo que sea. El hombre negó con la cabeza. No hay trabajo. Ya te lo dije la semana pasada y la anterior. Y la anterior. Rosa sintió como las lágrimas le quemaban los ojos, pero no las dejó caer. “Por favor”, susurró.
“Solo un poco de harina o frijoles, cualquier cosa.” Don Esteban la miró largo rato, luego se levantó despacio y caminó hacia ella. Su aliento olía a cebolla y a licor rancio. “Tienes un caballo”, dijo. Rosa retrocedió un paso. No puedo darte comida por él. Suficiente para un mes.
Tal vez dos si lo racionas bien. No. Rosa repitió. Más fuerte esta vez. Canelo no está en venta. El hombre se encogió de hombros. Entonces no hay trato. Rosa salió de la tienda con el corazón latiéndole tan fuerte que dolía. El frío la golpeó como un puño. Se apoyó contra la pared tratando de respirar, tratando de no llorar, tratando de encontrar alguna salida que no incluyera perder lo único que le quedaba de su padre.
Fue entonces cuando lo vio, un hombre alto de espaldas anchas estaba parado junto a su caballo al otro lado de la plaza. vestía un abrigo largo de piel de búfalo y un sombrero de ala ancha que escondía su rostro. Pero lo que llamó la atención de Rosa fue el caballo. Era un animal magnífico, negro como la noche, con el pelaje brillante y la cabeza alta, y cargado con provisiones, sacos de harina, mantas enrolladas, latas de conservas que brillaban bajo el sol pálido.
El hombre estaba ajustando las correas cuando Rosa se acercó sin pensar. Su cuerpo se movió por instinto, empujado por la desesperación. “Disculpe, señor”, llamó. Su voz sonaba ronca. El hombre se dio vuelta despacio. Tenía una barba oscura salpicada de gris, ojos color miel, que la miraron con curiosidad, pero sin hostilidad, y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda.
No era joven, tal vez 38 o 40 años, pero su rostro era duro de una manera que hablaba de montañas y tormentas y años vividos sin lujos. “Sí”, preguntó. Su voz era grave. Tranquila, Rosa tragó saliva. “Yo,” empezó y luego se detuvo porque no sabía cómo decirlo sin sonar patética. Necesito comida. El hombre no dijo nada, solo la miró y Rosa sintió como sus ojos la estudiaban.
No con crueldad, pero tampoco con lástima. Era una mirada que medía, que evaluaba. “Cambiaré mi caballo por comida.” Rosa dijo al fin. Las palabras salieron en un susurro desesperado. Es viejo, pero es fuerte y es todo lo que tengo. El hombre miró hacia donde Canelo estaba atado. El caballo viejo levantó la cabeza como si supiera que estaban hablando de él.
Luego el hombre volvió a mirar a Rosa y algo cambió en su expresión, algo suave, casi imperceptible. “¿Cuánto tiempo llevas sin comer?”, preguntó. Rosa bajó la vista. “Tres días, cuatro tal vez. Ya no estoy segura.” El silencio se extendió entre ellos, como la nieve entre las montañas. Luego el hombre habló y su voz era baja, casi un susurro.
Pero Rosa la escuchó clara como una campana. No quiero tu caballo dijo. Ven conmigo y nunca volverás a pasar hambre. Rosa se quedó inmóvil con el corazón latiéndole tan fuerte que pensó que el hombre podría escucharlo. Las palabras flotaban en el aire frío entre ellos, como algo tangible, algo que podía tocar si extendía la mano. Ven conmigo y nunca volverás a pasar hambre.
Sonaba demasiado bien para ser verdad. Y las cosas que sonaban demasiado bien siempre tenían un precio. Rosa había vivido lo suficiente en la frontera para saber que los hombres no ofrecían comida gratis, especialmente no a mujeres solas y desesperadas. Su mente corrió por todas las posibilidades oscuras, todas las cosas terribles que este desconocido podría querer de ella, pero su estómago rugió de nuevo, tan fuerte que la hizo tambalearse.
Y Rosa se dio cuenta de que no tenía muchas opciones. Podía morir de hambre en el rancho abandonado, sola y olvidada, o podía arriesgarse. El hombre pareció leer sus pensamientos porque dio un paso atrás, levantando las manos con las palmas abiertas en un gesto de paz. “No soy ese tipo de hombre”, dijo con voz firme, pero sin ofensa.
“Vivo solo en las montañas. Necesito ayuda con el rancho. Alguien que cocine, que cosa, que mantenga la casa. A cambio tendrás comida, techo, calor, nada más.” Rosa lo miró a los ojos buscando la mentira, buscando el brillo cruel que había visto en otros hombres, pero solo encontrócansancio, la misma soledad pesada que ella cargaba y algo más, honestidad, o al menos eso parecía.
¿Por qué yo?, preguntó. Hay otras mujeres en el pueblo. El hombre se encogió de hombros. Las otras mujeres tienen familias, tienen esposos, hijos, gente que las necesita. Tú estás sola igual que yo. La verdad de esas palabras le dolió a Rosa más de lo que esperaba. Sí, estaba sola, tan sola que podría desaparecer mañana y nadie lo notaría hasta que el olor llegara desde el rancho.
¿Cómo sé que puedo confiar en ti? Rosa preguntó, aunque su voz temblaba. El hombre la miró largo rato, luego se quitó el sombrero, dejando ver cabello oscuro despeinado y la cicatriz más claramente. “Me llamo Tomás Aguirre”, dijo. “Vivo a 3 horas al norte, cerca del paso de montaña. He estado solo desde que mi hermano murió hace dos años.
No busco esposa, no busco compañía de ese tipo. Solo necesito ayuda. Y tú necesitas no morirte de hambre. Así de simple. Rosa cerró los ojos. El viento empujaba nieve fina contra su cara, pequeños cristales que se derretían en su piel. Podía sentir como su cuerpo temblaba, no solo de frío, sino de agotamiento, de hambre, de miedo, de esperanza.
Abrió los ojos y asintió una vez. Despacio. Iré contigo. Tomás asintió como si hubiera esperado esa respuesta. Trae lo que necesites. Salimos ahora. Rosa fue al rancho montada en Canelo con Tomás, siguiéndola a distancia en su caballo negro. No hablaron durante el camino. El silencio entre ellos no era incómodo, solo pesado, lleno de preguntas sin hacer y promesas sin confirmar.
Cuando llegaron al rancho abandonado, Rosa desmontó y entró rápido. No había mucho que llevar. un vestido extra remendado tantas veces que era más parches que tela original, su kit de costura, pequeño pero con agujas buenas y un carrete de hilo negro que había guardado como tesoro. Una foto descolorida de sus padres tomada el día de su boda, con los bordes doblados y manchados y la cruz de madera que colgaba sobre su cama tallada por su abuelo. Eso era todo.
una vida entera que cabía en un morral viejo. Tomás la esperaba afuera y cuando Rosa salió con su morral al hombro y la cruz en la mano, él no hizo preguntas. Solo ató el morral a su caballo y señaló hacia el norte. Vamos. El viaje fue largo y frío. Dejaron San Vicente atrás, subiendo por caminos estrechos que serpenteaban entre rocas y pinos cubiertos de nieve.
El paisaje se volvía más salvaje con cada paso, más blanco, más silencioso, como si estuvieran dejando el mundo civilizado y entrando en un lugar donde las reglas normales no aplicaban. Rosa montaba a Canelo, que caminaba despacio, pero firme, mientras Tomás iba adelante en su caballo negro, abriendo camino a través de la nieve profunda.
De vez en cuando él se detenía para revisar el camino o para dejar que los caballos descansaran, pero nunca hablaba. Rosa tampoco estaba demasiado cansada, demasiado asustada, demasiado ocupada tratando de no caerse de la silla. Cuando el sol empezó a bajar, tiñiendo la nieve de rosa y naranja, Rosa vio el rancho de Tomás aparecer entre los árboles.
Era una construcción sólida de troncos oscuros con un techo de vigas gruesas cubierto de nieve. Humo salía de la chimenea de piedra, lo que significaba que había fuego adentro, calor. Un pequeño establo se alzaba al lado con las puertas cerradas contra el viento. Un montón de leña cortada descansaba bajo un techo inclinado, seca y lista para quemar.
Era simple, austero, pero comparado con el rancho medio caído donde Rosa había estado viviendo, parecía un palacio. Tomás desmontó y tomó las riendas del caballo de rosa para ayudarla a bajar. Sus manos eran firmes, pero no invasivas, y la soltó en cuanto sus pies tocaron el suelo. “Lleva tus cosas adentro”, dijo. “Yo me encargo de los caballos.
” Rosa asintió y tomó su morral. Sus piernas temblaban mientras caminaba hacia la puerta de madera pesada. La empujó y el calor la golpeó como una ola, tan repentino y fuerte que casi la hizo llorar. El interior del rancho era simple pero limpio, una habitación grande con una chimenea de piedra en el centro donde el fuego crepitaba alegre.
Una mesa de madera junto a la pared, dos sillas, un catre en una esquina con mantas dobladas, ollas colgaban de ganchos sobre el fuego, sacos de harina y frijol apilados en un rincón y comida. Dios, había comida. Rosa dejó caer su morral y caminó hacia la mesa como en un sueño. Había pan, pan duro, pero pan.
Había asesina, había una jarra de agua. Sus manos se movieron solas, tomando un pedazo de pan y llevándoselo a la boca. El primer bocado fue como una explosión. Sabor, textura, vida. Masticó despacio, sintiendo como las lágrimas rodaban por sus mejillas sin poder detenerlas. comió otro pedazo y otro y otro hasta que Tomás entró y la encontró sentada en el suelo junto a la mesa, sosteniendo el pan contra su pecho y llorando.
Él nodijo nada, solo cerró la puerta, se quitó el abrigo y colgó su sombrero. Luego fue a la chimenea y puso una olla sobre el fuego. Rosa lo observó a través de las lágrimas mientras él echaba agua, luego frijol seco, luego sal. Sus movimientos eran precisos, practicados. No era un hombre que necesitara ayuda para cocinar. Se dio cuenta Rosa.
Era un hombre que había aprendido a sobrevivir solo. Entonces, ¿por qué la había traído? Come despacio. Tomás dijo sin mirarla, o te enfermarás. Rosa asintió y obligó a sus manos a soltar el pan. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y respiró hondo. Gracia, susurró Tomás. No respondió. solo siguió revolviendo los frijoles.
Esa noche Rosa comió sopa caliente de frijol con pedazos de ceina y pan mojado, hasta que su estómago dolió de estar lleno por primera vez en semanas. Tomás comió en silencio al otro lado de la mesa, los ojos fijos en su plato. Cuando terminaron, él señaló el catre. Duerme ahí, yo dormiré en el establo. No, Rosa protestó.
Es tu casa, tú duermes adentro. Tomás negó con la cabeza. El establo está bien, tiene mantas y así no te preocupas. Rosa quería discutir, pero estaba tan cansada que apenas podía mantener los ojos abiertos. Asintió y se arrastró hasta el catre. Se envolvió en las mantas que olían a pino y a humo de leña, y se quedó dormida antes de que Tomás saliera por la puerta.
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Ahora sigamos, porque lo que viene te va a partir el corazón. Rosa despertó con el sol, filtrándose por las grietas de los postigos de madera. Por un momento no supo dónde estaba. Luego el olor a humo de leña y pino la trajo de vuelta. El rancho de Tomás, las montañas, la promesa de no volver a pasar hambre. Se sentó despacio, sintiendo como cada músculo de su cuerpo protestaba.
El catre era más cómodo de lo que había dormido en meses y las mantas eran gruesas y cálidas, pero lo que más la sorprendió fue que se sentía descansada. realmente descansada, como si su cuerpo finalmente hubiera dejado de luchar y se hubiera permitido sanar un poco. La puerta se abrió y Tomás entró cargando leña.
Traía nieve en el sombrero y las botas. Sus ojos se encontraron con los de rosa por un segundo. Luego él miró hacia otro lado y empezó a alimentar el fuego. Buenos días, dijo con voz ronca por el frío. Buenos días, Rosa respondió. Se levantó rápido y alisó su vestido arrugado. ¿Qué necesitas que haga? Lo más apiló la última pieza de leña junto a la chimenea y se enderezó.
Hay agua en la jarra, avena en el saco junto a la pared. Puedes hacer desayuno mientras yo termino con los caballos. Rosa asintió y se puso a trabajar. Sus manos recordaban cómo hacer estas cosas, aunque habían pasado semanas desde que había cocinado una comida real. Hirvió agua, echó avena, añadió un poco de sal.
El aroma llenó la cabaña y le recordó las mañanas cuando su padre todavía vivía, cuando el rancho todavía era un hogar y no una ruina. Cuando Tomás regresó, ella había puesto dos platos sobre la mesa con avena humeante y un pedazo de pan a cada lado. Él se sentó sin decir nada, pero Rosa vio como sus hombros se relajaban un poco.
Comieron en silencio. No era un silencio incómodo, pero tampoco era fácil. Era el silencio de dos personas que no sabían qué decirse todavía, que estaban midiendo el espacio entre ellas, probando los límites. Después del desayuno, Tomás le mostró el rancho. No era grande, pero estaba bien mantenido. El establo tenía espacio para cuatro caballos, aunque solo había dos ahora, Canelo y el caballo negro de Tomás, que se llamaba Sombra.
Había un pequeño gallinero con seis gallinas que picoteaban en la nieve buscando semillas, un cobertizo para herramientas, un pozo que todavía daba agua, aunque había que romper el hielo cada mañana. “Esto es todo, Tomás”, dijo mirando hacia las montañas blancas que se alzaban detrás del rancho. No es mucho, pero es honesto.
Rosa siguió su mirada. Las montañas eran enormes, imponentes, hermosas, de una manera que dolía. Es más de lo que yo tenía dijo en voz baja. Tomás la miró de reojo. Tu rancho, el que dejaste. ¿Qué le pasó? Rosa apretó los brazos contra su cuerpo. Mi padre murió el invierno pasado. Después de eso, todo se fue cayendo. No pude mantenerlo sola.
Tomás asintió despacio. “Mi hermano construyó este lugar”, dijo. Su voz era plana, sin emoción, pero Rosa podía sentir el dolor debajo. Lo mató una avalancha hace dos años. Quedé solo. Intenté mantenerlo funcionando, pero un hombre solo no puede hacer todo. Se miraron por un momento largo, dos personas rotas por lapérdida, paradas en la nieve tratando de encontrar una razón para seguir adelante.
Rosa rompió el contacto visual primero. ¿Qué necesitas que haga? Preguntó de nuevo. Tomás pensó un momento. La ropa necesita remendarse. Las mantas también. Hay un costurero en el baúl junto a la ventana. era de mi cuñada. Ella murió en el parto. El bebé también. Rosa sintió como algo pesado se instalaba en su pecho. ¡Cuánta muerte había en estas montañas! ¡Cuánta soledad! Lo siento”, dijo Tomás.
Se encogió de hombros. Fue hace tiempo. Pero sus ojos decían que no importaba cuánto tiempo había pasado. Algunas heridas no sanaban, solo se volvían viejas. Los días siguientes cayeron en un ritmo. Rosa se levantaba con el sol, encendía el fuego. Si Tomás no lo había hecho ya, hacía desayuno. Luego cosía mientras Tomás trabajaba afuera cortando leña, cuidando a los caballos, revisando trampas que había puesto para conejos y zorros. Comían al mediodía en silencio.
Por la tarde, Rosa limpiaba, cocinaba, remendaba. Tomás traía más leña, más agua, más carne cuando tenía suerte con las trampas. Cenaban cuando oscurecía. Luego Tomás salía al establo y Rosa se quedaba sola junto al fuego hasta que el cansancio la vencía. No hablaban mucho, pero Rosa empezó a notar cosas.
La forma en que Tomás siempre se aseguraba de que hubiera suficiente leña cerca de la puerta antes de irse al establo, la forma en que partía el pan en dos pedazos exactamente iguales. La forma en que sus ojos se suavizaban cuando veía a Canelo y a Sombra parados juntos en el establo, como si la compañía entre ellos significara algo.
Una tarde, mientras Rosa remendaba una camisa de Tomás, encontró algo en el bolsillo, una carta doblada tantas veces que el papel se había vuelto suave como tela. No la leyó, no era suyo, pero la sostuvo por un momento, sintiendo el peso de las palabras que alguien había escrito hace mucho tiempo. Cuando Tomás entró con un conejo muerto colgando de su mano, Rosa le devolvió la carta sin decir nada.
Él la miró. Luego miró la carta y algo pasó por su rostro, algo vulnerable. “Gracias”, dijo en voz baja. Y Rosa supo que había hecho lo correcto. Esa noche, mientras cocinaba el conejo en una olla con papas y cebolla, Tomás habló más de lo que había hablado en días. “Mi hermano escribió esa carta.” dijo, “Miraba el fuego, no a Rosa.
” La escribió antes de morir. Le dijo a su esposa cuánto la amaba, pero nunca la envió porque ella murió primero. Rosa dejó de revolver la olla. No sabía qué decir. Lo siento. Fue todo lo que pudo ofrecer. Tomás negó con la cabeza. Yo la encontré después. La he cargado desde entonces. No sé por qué.
Supongo que es lo único que me queda de él, de ellos. Rosa se sentó en la silla frente a él. Porque el amor no desaparece solo porque las personas se vayan, dijo. Se queda en las cartas, en los recuerdos, en las cosas que dejaron. Tomás la miró. Entonces realmente la miró. Y Rosa vio en sus ojos algo que no había visto antes, reconocimiento, como si finalmente la estuviera viendo no como una carga o una empleada, sino como alguien que entendía. Tu padre.
Él preguntó, “¿Lo extrañas todos los días?” Rosa respondió. Su voz se quebró un poco. Era un buen hombre, fuerte, amable. Me enseñó a ser fuerte también, pero a veces me pregunto si la fuerza vale la pena cuando estás sola. Tomás asintió despacio. Yo me pregunto lo mismo. El silencio que siguió no era vacío.
Estaba lleno de cosas no dichas, de dolor compartido, de la extraña comodidad de saber que alguien más entendía lo que era perder todo y seguir de pie. Las semanas pasaron. Marzo llegó con vientos más suaves y nieve que empezaba a derretirse en los bordes. Los días se alargaron, las gallinas pusieron más huevos. Los conejos aparecían con más frecuencia en las trampas y lentamente, muy lentamente, algo cambió entre Rosa y Tomás.
empezaron a hablar más pequeñas cosas al principio, comentarios sobre el clima, sobre los caballos, sobre cómo la avena sabía mejor con un poco de miel que Tomás había guardado en un frasco de vidrio. Luego cosas más grandes, historias de sus vidas antes. Rosa le contó sobre su madre, sobre cómo cocía vestidos tan hermosos que las mujeres del pueblo venían desde lejos para comprarlos.
Tomás le contó sobre su hermano, sobre cómo había sido el primero en subir a estas montañas, el primero en soñar con construir algo que durara. Una tarde, Rosa estaba afuera sacando agua del pozo cuando resbaló en el hielo. Cayó duro sobre su rodilla y soltó un grito. Tomás salió corriendo del establo con el rostro pálido de preocupación.
¿Estás bien?, preguntó arrodillándose junto a ella. Rosa asintió, aunque le dolía. Solo me caí. Soy torpe. No eres torpe, Tomás dijo, “El hielo es traicionero.” Extendió su mano y Rosa la tomó. Él la ayudó a levantarse con cuidado, sosteniéndola hasta que estuvo segura deque podía pararse sola, pero no la soltó de inmediato.
Sus manos se quedaron juntas por un segundo más de lo necesario. Rosa sintió el calor de su palma a través de los guantes. Sintió como su corazón latía más rápido. Luego Tomás la soltó y dio un paso atrás con las mejillas un poco rojas que podían ser por el frío o por otra cosa. “Ten cuidado”, dijo con voz ronca y se fue de vuelta al establo.
Rosa se quedó parada junto al pozo, tocando su mano donde él la había sostenido, sintiendo algo despertar dentro de ella, que había estado dormido durante mucho tiempo. noche, mientras comían sopa de papa en silencio. Sus ojos se encontraron sobre la mesa y esta vez ninguno de los dos miró hacia otro lado. Abril llegó como una promesa tímida.
La nieve retrocedió de las laderas más bajas, dejando al descubierto tierra oscura y hierba amarilla aplastada por el peso del invierno. Los arroyos que habían estado congelados empezaron a correr de nuevo, haciendo ruido entre las rocas, como voces que habían estado calladas demasiado tiempo. Los pinos perdieron parte de su carga blanca y se enderezaron hacia el sol, que cada día duraba un poco más.
Rosa sentía el cambio no solo en el aire, sino en su propio cuerpo. Ya no tenía las mejillas hundidas, sus manos habían dejado de sangrar, su ropa le quedaba mejor ahora que había recuperado algo de peso. Pero más que eso, se sentía diferente por dentro, más ligera, menos asustada, como si finalmente pudiera respirar sin que cada respiración doliera.
Tomás también había cambiado. Hablaba más, sonreía de vez en cuando, una sonrisa pequeña y rara, pero real. Ya no dormía en el establo todas las noches. Algunas noches se quedaba junto al fuego después de la cena, tallando madera con un cuchillo pequeño mientras rosa cocía. No decían mucho, pero la compañía era suficiente.
Una tarde, Rosa encontró flores silvestres creciendo cerca del arroyo, pequeñas flores moradas que se aferraban a la vida entre las piedras. Las cortó con cuidado y las llevó de vuelta al rancho. Las puso en una taza de ojalata con agua y las colocó en la mesa. Cuando Tomás entró y las vio, se detuvo. Miró las flores, luego a Rosa y algo suave pasó por su rostro. “Son bonitas”, dijo.
Rosa sonrió. Pensé que el lugar necesitaba un poco de color. Tomás asintió despacio, luego sacó algo de su bolsillo. Era una figura pequeña tallada en madera, un caballo simple pero detallado, con la crín tallada en líneas finas y las patas plantadas firmes como si estuviera listo para correr. Lo hice para ti, dijo sin mirarla, para agradecerte por todo.
Rosa tomó el caballo con manos temblorosas. Era suave al tacto, pulido por horas de trabajo paciente. Podía ver las marcas del cuchillo, cada corte hecho con cuidado. Es hermoso susurró. Gracias. Sus ojos se encontraron y esta vez no hubo incomodidad, solo algo cálido y creciente, algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar todavía.
Los días se hicieron más largos. Rosa empezó a trabajar afuera más, ayudando a Tomás con tareas que antes hacía solo. Juntos repararon el techo del establo donde las vigas se habían aflojado. Juntos plantaron un pequeño huerto cerca de la casa, sembrando papas, zanahorias, cebollas en la tierra todavía fría. Juntos revisaron las trampas y cuando encontraban un conejo o un zorro, Tomás le enseñaba a Rosa cómo despellejar la piel sin dañarla, cómo preparar la carne.
Trabajaban lado a lado y Rosa se dio cuenta de que sus movimientos empezaban a sincronizarse. Él le pasaba una herramienta antes de que ella la pidiera. Ella anticipaba cuando necesitaba ayuda y estaba ahí. Era como un baile silencioso, cada uno aprendiendo los pasos del otro. Una noche, después de un día largo de trabajo, se sentaron afuera en los escalones del porche.
El sol se estaba poniendo detrás de las montañas, pintando el cielo de naranja, rosa y púrpura. El aire olía a pino y a tierra mojada. Tomás fumaba su pipa, el humo subiendo en espirales lentas. Rosa tenía su costura en el regazo, pero no estaba trabajando, solo miraba el horizonte. “Nunca pensé que me gustaría vivir en las montañas”, dijo.
Siempre pensé que eran demasiado frías, demasiado solas. “¿Por qué cambiaste de opinión?”, Tomás preguntó. Rosa pensó un momento, “¿Porque ya no me siento sola?” Tomás dejó de fumar, la miró de lado y Rosa sintió como su mirada la recorría como el calor del fuego. Yo tampoco dijo en voz baja. El silencio que siguió estaba cargado de cosas no dichas.
Rosa podía sentir su corazón latiendo fuerte, podía sentir las palabras subiendo por su garganta, queriendo salir, pero tenía miedo. miedo de arruinar esto, miedo de que si decía lo que sentía, Tomás se cerraría de nuevo y ella volvería a estar sola. Entonces Tomás habló primero. Cuando te traje aquí, dijo fumando despacio, no esperaba esto.
Rosa tragó saliva. Qué cosa que me importaras, que me acostumbrara atenerte aquí, que hizo una pausa, que no quisiera que te fueras. Rosa sintió como las lágrimas le picaban los ojos. “No quiero irme”, dijo Tomás. Se giró completamente hacia ella. Sus ojos eran serios, intensos. “Entonces quédate.” No como empleada.
“Quédate porque quieres, porque yo quiero que estés aquí.” El corazón de Rosa latía tan fuerte que pensó que se rompería. “¿Qué estás diciendo, Tomás?” Tomás dejó la pipa a un lado. Tomó la mano de Rosa, grande y callosa, envolviéndola de ella, pequeña pero fuerte. Estoy diciendo que en estos meses te has vuelto más importante para mí de lo que pensé que alguien volvería a ser.
Estoy diciendo que cuando te veo por la mañana, mi día tiene sentido. Estoy diciendo que su voz se quebró un poco, que creo que me estoy enamorando de ti. Las lágrimas de rosa cayeron entonces calientes contra sus mejillas frías. Yo también, susurró. Yo también me estoy enamorando de ti. Tomás levantó su mano libre y limpió una lágrima con su pulgar.
El gesto era tan suave, tan diferente de la dureza de su exterior, que Rosa sintió como su corazón se abría completamente. “¿Puedo besarte?”, Tomás preguntó. Su voz era ronca, insegura. Rosa asintió, incapaz de hablar. Tomás se inclinó despacio, dándole tiempo para cambiar de opinión. Pero Rosa no quería cambiar de opinión.
Quería esto, lo había querido durante semanas sin saber cómo pedirlo. Cuando sus labios se tocaron, fue suave, tentativo, como si ambos estuvieran aprendiendo un idioma nuevo. Luego se profundizó y Rosa sintió como todo lo demás desaparecía, el frío, el miedo, la soledad. Solo quedaba esto, solo quedaban ellos. Cuando se separaron, Tomás apoyó su frente contra la de Rosa.
No soy bueno con las palabras bonitas, dijo. No sé cómo hacer esto. Rosa sonrió a través de las lágrimas. Yo tampoco, pero podemos aprenderlo juntos. Tomás la besó de nuevo, más seguro esta vez, y Rosa supo, con una certeza que sentía en los huesos, que había encontrado su hogar, no en un lugar, sino en una persona. Los días que siguieron fueron diferentes, más ligeros, más llenos.
Tomás dejó de dormir en el establo. Compartían el catre grande que había pertenecido a su hermano, acostados lado a lado bajo las mantas gruesas, escuchando el viento afuera y el crepitar del fuego. Tomás le contaba historias de cuando era niño, de su familia en Sonora, de cómo él y su hermano habían venido al norte buscando una vida mejor.
Rosa le contaba sobre su madre, sobre los vestidos que cocía, sobre los sueños que había tenido de tener su propio taller algún día. Se reían juntos, cocinaban juntos, trabajaban juntos. Y en las noches, cuando el mundo se volvía oscuro y silencioso, se sostenían el uno al otro como si fueran lo único real en un mundo incierto.
Mayo trajo flores a las montañas, alfombras de flores silvestres amarillas, rojas, blancas, que cubrían las praderas entre los pinos. Los pájaros regresaron, llenando el aire con sus cantos. El huerto empezó a crecer, pequeños brotes verdes empujando a través de la tierra. Una tarde, mientras Rosa regaba las plantas, Tomás se acercó por detrás y la abrazó.
Ella se apoyó contra él, sintiendo la solidez de su pecho contra su espalda. “Cásate conmigo, Tomás”, dijo de repente. Rosa se quedó inmóvil. “¿Qué? Cásate conmigo”, repitió. “No tengo mucho que ofrecer. Solo este rancho. Solo yo. Pero es tuyo. Si lo quieres, todo es tuyo. Rosa se dio vuelta en sus brazos. Tomás la miraba con ojos serios, vulnerables, esperanzados.
¿Estás seguro? Rosa preguntó. Su voz temblaba. Nunca te he estado más seguro de nada. Tomás respondió. Rosa sintió como la felicidad la llenaba hasta desbordar. Sí, dijo, “Sí, me casaré contigo.” Tomás la levantó del suelo y la hizo girar. Y Rosa se rió, un sonido que no había hecho en tanto tiempo, que casi lo había olvidado.
Cuando la bajó, la besó con una intensidad que la dejó sin aliento. Se casaron en junio bajo un cielo azul perfecto. No había sacerdote, no había iglesia, no había invitados. Solo ellos dos, parados frente al rancho que ahora era de ambos, tomados de las manos y diciendo votos que escribieron ellos mismos.
Yo, Rosa Delgado, te elijo a ti, Tomás Aguirre. Te elijo en los días buenos y en los malos. Te elijo cuando hay comida y cuando no. Te elijo porque me viste cuando estaba invisible. Porque me diste hogar cuando no tenía ninguno. Porque me amaste cuando pensé que ya nadie podría hacerlo. Yo, Tomás Aguirre, te elijo a ti, Rosa Delgado.
Te elijo porque trajiste luz a mi oscuridad. Porque hiciste de esta casa un hogar de nuevo. Porque cuando te miro veo mi futuro y quiero ese futuro más de lo que he querido. Nada. Se besaron mientras el viento movía los pinos y las flores silvestres se mecían en la brisa. El verano llegó con días largos y noches cortas.
El huerto creció abundante, las papas gordas bajo la tierra, laszanahorias naranjas y dulces, las cebollas formando bulvos perfectos. Las gallinas pusieron huevos todos los días. Los conejos llenaban las trampas con suficiente frecuencia para tener carne fresca varias veces por semana. La despensa se llenó de provisiones para el próximo invierno.
Frascos de verduras encurtidas, carne seca envuelta en tela, sacos de harina y frijol apilados hasta el techo. Rosa y Tomás trabajaban desde el amanecer hasta el anochecer, pero no era el trabajo agotador de la desesperación. Era el trabajo satisfactorio de construir algo juntos, de prepararse para el futuro, de crear una vida que valiera la pena vivir.
Por las tardes, cuando el calor del día empezaba a ceder, se sentaban juntos en el porche y miraban las montañas. A veces hablaban, a veces solo se sostenían las manos en silencio. Ambos eran suficientes. Una noche de julio, bajo un cielo lleno de estrellas tan brillantes que parecían cercanas como para tocarlas, Rosa le dijo a Tomás algo que había estado guardando durante semanas.
Estoy embarazada, dijo en voz baja. Tomás se quedó inmóvil. Sus ojos se abrieron grandes, luego se llenaron de algo que Rosa solo podía describir como asombro. De verdad, preguntó su voz era apenas un susurro. Rosa asintió con lágrimas en los ojos. Estoy asustada después de lo que le pasó a tu cuñada, después de lo que le pasó a mi madre.
Tengo miedo. Tomás la abrazó tan fuerte que Rosa casi no podía respirar. Pero era bueno, era seguro. Yo también tengo miedo admitió contra su cabello. Pero no estás sola. Estaré contigo en cada paso y si algo sale mal, enfrentaremos eso juntos también. Rosa lloró contra su pecho, lágrimas de miedo y esperanza mezcladas.
Y Tomás la sostuvo hasta que las lágrimas pararon, hasta que solo quedó la esperanza. El otoño pintó las montañas de oro y rojo. Las aspen temblaban con cada brisa, sus hojas cayendo como monedas brillantes. Rosa cosía ropa pequeña con retazos de tela, diminutas camisas y pantalones que cabían en sus manos. Tomás talló una cuna de madera de pino, cada borde suavizado, con cuidado, cada unión firme y fuerte. Hablaban sobre nombres.
Si era niño, tal vez Miguel como el hermano de Tomás. Si era niña, tal vez Elena como la madre de Rosa. Hacían planes. Tomás construiría una adición al rancho, otro cuarto para cuando el bebé creciera. Rosa enseñaría al niño a coser, a leer, a ser amable. Tomás le enseñaría a trabajar la tierra, a respetar las montañas, a ser fuerte. Soñaban juntos.
Sus voces bajas en la oscuridad, sus manos entrelazadas sobre el vientre creciente de Rosa. En octubre llegó una tormenta temprana, nieve pesada que cubrió el mundo en blanco durante tres días. Rosa estaba dentro cosciendo junto al fuego cuando sintió el primer dolor. Era sutil al principio, un apretón bajo en su vientre que pensó que era normal.
Pero luego vino otro y otro más fuertes cada vez. Tomás llamó. Su voz era tranquila pero firme. Él entró desde el establo cubierto de nieve con los ojos buscándola inmediatamente. ¿Qué pasa? Creo que es hora. El rostro de Tomás palideció. Pero es demasiado pronto. No por mucho, Rosa dijo. Y los bebés vienen cuando quieren, no cuando nosotros queremos.
Tomás se movió rápido, preparó agua caliente, reunió las mantas limpias que Rosa había guardado, encendió más lámparas para tener luz. Sus manos temblaban, pero su voz era firme. ¿Qué necesitas? Dime qué hacer. Rosa le dio instrucciones entre contracciones. Había ayudado en partos antes. Había visto a su madre ayudar a otras mujeres del pueblo.
Sabía lo que venía, sabía que sería difícil, pero también sabía que era fuerte. El trabajo de parto duró toda la noche. Rosa apretaba la mano de Tomás hasta que sus nudillos se pusieron blancos. respiraba a través del dolor, concentrándose en su voz cuando él le decía que lo estaba haciendo bien, que era fuerte, que pronto terminaría.
Afuera la tormenta adentro Rosa luchaba por traer vida al mundo. Cuando el amanecer finalmente empezó a teñir el cielo de gris, Rosa dio un último empujón y el llanto de un bebé llenó la cabaña. Un llanto fuerte, saludable, indignado. Tomás cortó el cordón con manos temblorosas, envolvió al bebé en una manta suave y lo puso en los brazos de Rosa.
Un niño”, dijo con voz quebrada por la emoción. Rosa miró hacia abajo y vio a su hijo por primera vez, pequeño pero perfecto, con una mata de cabello negro como Tomás, con ojos cerrados y puños apretados, llorando con todo su pequeño cuerpo, como si estuviera furioso por haber sido sacado del lugar cálido donde había estado. “Hola, Miguel”, Rosa susurró.
Te estábamos esperando. Tomás se arrodilló junto al catre, mirando a su esposa y su hijo con una expresión de asombro tan profunda que parecía no poder hablar. Luego, las lágrimas empezaron a caer por su rostro, silenciosas y constantes. “¿Lo lograste”, dijo finalmente. “Lologramos.
” Rosa asintió agotada, pero feliz. “Lo logramos. Los meses que siguieron fueron difíciles de maneras nuevas. Miguel lloraba por las noches. Necesitaba ser alimentado constantemente. Rosa dormía en fragmentos cortos, despertándose cada pocas horas con los pechos pesados y el bebé hambriento. Pero también fueron los meses más hermosos de su vida.
Ver a Tomás sostener a su hijo con esas manos grandes y callosas como si fuera la cosa más preciosa del mundo. Escuchar el sonido de la risa del bebé. Cuando Tomás hacía caras tontas, sentir como su familia, esta familia que había construido de la nada, crecía y se fortalecía. El invierno regresó con toda su fuerza.
Nieve profunda, vientos helados, días cortos y noches largas. Pero esta vez Rosa no tenía miedo. Esta vez no estaba sola en una cabaña medio caída, preguntándose de dónde vendría la próxima comida. Estaba en un hogar cálido con un esposo que la amaba y un hijo que dependía de ella. Estaba exactamente donde necesitaba estar. Una noche, mientras la nieve caía afuera y Miguel dormía en su cuna, Rosa se acurrucó contra Tomás frente al fuego.
“¿Te acuerdas del día que nos conocimos?”, preguntó. Tomás la abrazó más fuerte. ¿Cómo podría olvidarlo? Estabas parada en la plaza, muriéndote de hambre. dispuesta a vender lo único que te quedaba solo para sobrevivir otro día, Rosa asintió. Pensé que era el final. Pensé que no había nada más después de eso.
Tomás besó su frente, pero era el principio. No podíamos saberlo entonces, pero todo estaba empezando. Rosa levantó la vista para mirarlo. ¿Por qué me elegiste ese día? Podrías haber elegido a cualquiera. Tomás la miró con esos ojos color miel que ahora conocía también. Porque vi algo en ti que reconocí en mí mismo. Alguien que se negaba a rendirse, alguien que merecía más de lo que la vida le había dado.
Y pensé, tal vez, solo tal vez, podríamos ayudarnos mutuamente a encontrar ese más. Y lo hicimos. Rosa dijo, “Sí, Tomás estuvo de acuerdo. Lo hicimos. La primavera llegó de nuevo, como siempre lo hacía. La nieve se derritió, los arroyos corrieron, las flores brotaron. Miguel tenía 6 meses ahora, gordo y feliz, con los ojos de su padre y la sonrisa de su madre.
Gateaba por el suelo de la cabaña, explorando todo con manos curiosas. Rosa lo observaba mientras cosía, sonriendo cada vez que él descubría algo nuevo y la miraba con asombro. Tomás expandió el huerto. Plantó más de todo este año porque ahora tenían una boca más que alimentar. Y pronto Miguel necesitaría comida sólida. Construyó la adición a la cabaña, como había prometido, un cuarto pequeño con una ventana que miraba hacia las montañas.
Trabajaban juntos como siempre lo habían hecho. Pero ahora había risas. Ahora había un bebé durmiendo en un reboso atado a la espalda de Rosa mientras ella trabajaba. Ahora había un futuro que se extendía ante ellos brillante y lleno de posibilidades. Un día de verano, Rosa cabalgó a San Vicente con Miguel y Tomás. Era la primera vez que regresaba desde que se había ido con Tomás más de un año antes.
El pueblo se veía igual, los mismos edificios de adobe, la misma plaza de tierra, la misma tienda general, pero rosa era diferente. Cuando desmontó con Miguel en sus brazos y caminó por la calle, la gente la miraba. Pero esta vez no era con lástima o desprecio, era con respeto, con curiosidad.
con algo que se parecía a la admiración. La muchacha que había estado muriéndose de hambre ahora estaba saludable. La mujer que había estado sola ahora tenía familia. La historia que todos pensaban que terminaría en tragedia había terminado en triunfo. Don Esteban salió de su tienda cuando los vio. Miró a Rosa, luego a Tomás, luego al bebé.
“Te ves bien, muchacha, dijo. Mejor de lo que nadie esperaba. Gracias. Rosa respondió con educación. Estoy bien. El hombre asintió despacio. Me alegro. Y se fue adentro sin decir más. Tomás puso su mano en la espalda baja de Rosa. ¿Quieres irte?, preguntó. Rosa miró alrededor del pueblo. Este lugar había sido el escenario de su momento más bajo.
Aquí había considerado vender a Canelo. Aquí había aceptado la oferta de un extraño porque no tenía otra opción. Aquí había tocado fondo, pero mirando ahora con su esposo a su lado y su hijo en sus brazos, Rosa se dio cuenta de que no sentía amargura, no sentía dolor, solo sentía gratitud, porque este lugar, por horrible que hubiera sido ese día, la había llevado a Tomás, la había llevado a su vida ahora la había llevado a casa. Sí, Rosa dijo, “Vámonos a casa.
” Cabalgaron de regreso hacia las montañas, hacia el rancho donde Canelo y Sombra los esperaban, donde el huerto crecía verde y fuerte, donde el fuego siempre ardía cálido y acogedor. Y mientras las montañas se alzaban ante ellos, blancas y eternas, Rosa supo con certeza absoluta que había encontrado su lugar en el mundo, no porque alguien selo hubiera dado, sino porque lo había construido con sus propias manos, con su propia fuerza, con su propio corazón valiente.
Esa noche, después de acostar a Miguel en su cuna, Rosa y Tomás se sentaron juntos en el porche como tantas veces antes. Las estrellas brillaban arriba, el viento susurraba entre los pinos, el mundo era vasto y a veces cruel. Pero aquí, en este pedazo de montaña, habían tallado un refugio, un hogar, una familia. Nunca te lo he dicho correctamente, Tomás, dijo de repente, pero me salvaste.
Cuando pensé que pasaría el resto de mi vida solo, cuando pensé que nunca volvería a sentir algo real, llegaste tú y me diste una razón para seguir adelante. Rosa tomó su mano. Nos salvamos mutuamente, dijo, como lo hicimos desde el principio. Se besaron bajo las estrellas dos personas que habían estado rotas y ahora estaban completas, que habían estado solas y ahora estaban juntas.
que habían estado perdidas y ahora habían encontrado su camino. Y así es como termina esta historia, no con un final feliz, perfecto, porque la vida nunca es perfecta. Siempre habrá inviernos duros, siempre habrá desafíos, siempre habrá momentos de duda y miedo. Pero Rosa y Tomás los enfrentarían juntos con fuerza, con amor, con la certeza de que mientras se tuvieran el uno al otro podrían sobrevivir cualquier cosa.
Recuerda a Rosa Delgado, la mujer que estuvo dispuesta a cambiar su caballo por comida. Recuerda a Tomás Aguirre, el hombre que susurró, “Ven conmigo y nunca volverás a pasar hambre.” Recuérdalos no porque su historia fue fácil, sino porque cuando se encontraron en sus momentos más oscuros, eligieron la esperanza, eligieron la bondad, se eligieron el uno al otro y a veces eso es todo lo que necesitas para construir un hogar.
No paredes, no posesiones, solo dos corazones decididos a latir juntos contra el frío. Si has llegado hasta aquí, gracias por quedarte con Rosa y Tomás hasta el final. Ahora es tu turno. Suscríbete a este canal si estas historias tocan tu corazón. Dale like si crees que el amor verdadero todavía existe, incluso en los lugares más fríos y solitarios.
Y cuéntame en los comentarios qué aprendiste de la historia de Rosa y Tomás. Has pasado por momentos donde todo parecía perdido, pero encontraste un camino. Comparte tu historia con esta comunidad. Somos más fuertes cuando compartimos nuestras luchas y nuestras victorias. Y recuerda, a veces la salvación llega cuando menos la esperamos, en la forma de un extraño que se convierte en hogar.
Nos vemos en la próxima historia. Cuídate mucho.
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