campesino en Zacatecas, salió a vender queso. 9 años después, niños hallaron su cartera entre rocas volcánicas. El sol apenas comenzaba a alzarse sobre la sierra cuando Evaristo Morales cargó la última caja de quesos en la camioneta. Era un martes de octubre y el aire de la mañana en el poblado de la Colorada, Zacatecas, ya llevaba ese frío seco que anunciaba el invierno cercano.

Evaristo, un hombre de 42 años, con manos endurecidas por décadas de trabajo en el campo, había madrugado como siempre. Su esposa Lucía, le preparó un termo con café y unos tacos de frijoles envueltos en papel aluminio para el camino. “Ten cuidado, viejo”, le dijo ella mientras limpiaba las manos en el delantal.

“Las brechas están feas con las lluvias de la semana pasada.” Evaristoó. Era un hombre de pocas palabras, pero de gestos firmes. Le dio un beso en la frente a Lucía y se asomó a la habitación donde aún dormían sus tres hijos, Andrea de 12 años, y los gemelos, Miguel y Sofía, de apenas siete. No quiso despertarlos.

Cerró la puerta con cuidado y salió al patio de tierra donde aguardaba su camioneta Nissan Blanca, vieja pero fiel, con casi 200,000 km recorridos por los caminos de la región. Evaristo Morales era conocido en toda la Colorada como un hombre trabajador y honesto. Producía quesos artesanales con la leche de sus propias cabras y vacas.

Su producto era apreciado en los mercados de Fresnillo, Guadalupe y hasta en algunos puntos de la ciudad de Zacatecas. Cada semana hacía el mismo recorrido. Salía temprano de su rancho. Visitaba a sus clientes fijos, tienditas, restaurantes pequeños, algún mercado municipal y regresaba antes del anochecer con algo de dinero y la satisfacción de haber cumplido.

Aquella mañana del 18 de octubre de 2011, Evaristo llevaba en su camioneta 30 kg de queso fresco, 10 de queso añejo y algunas piezas de requesón, todo empacado en cajas de madera que él mismo había fabricado. Llevaba también su cartera de cuero gastado, donde guardaba su credencial del INE, algunas fotografías de sus hijos, 800 pesos en efectivo y un papelito arrugado con los nombres y direcciones de sus clientes habituales.

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El poblado, enclavado entre cerros áridos y planicies pedregosas, sobrevivía gracias a la agricultura de subsistencia, la ganadería menor y el esfuerzo diario de familias como la de Evaristo. No había muchas oportunidades, pero la gente se conocía entre sí, se apoyaba.

Evaristo había nacido allí mismo en una casa de adobe que su abuelo construyó con sus propias manos. conocía cada brecha, cada atajo, cada curva peligrosa de los caminos que conectaban su rancho con las ciudades cercanas. Lucía vio alejarse la camioneta por el camino de terracería hasta que se perdió detrás de una loma cubierta deizaches.

Ella no lo sabía entonces, pero esa sería la última vez que vería a su esposo. Evaristo tenía planeado llegar primero a Fresnillo, a unos 50 km al norte, donde vendería la mayor parte del queso fresco. Luego seguiría a Guadalupe y finalmente a la ciudad de Zacatecas. donde entregaría el queso añejo a un restaurante del centro histórico que llevaba años comprándole.

Era una ruta que conocía de memoria. A eso de las 8:30 de la mañana, Evaristo hizo su primera parada en una tienda de abarrotes en las afueras de Fresnillo. Don Macario, el dueño, lo recibió con su habitual cordialidad. ¿Qué traes hoy, Evaristo? Queso fresco como siempre y unos requesones que quedaron bien buenos. Descargaron las cajas juntos.

Don Macario pagó en efectivo y Evaristo anotó la venta en una libreta que llevaba en la guantera. Se tomaron un refresco mientras charlaban sobre el clima y las siembras. Evaristo mencionó que después iría a Guadalupe y que esperaba regresar antes del anochecer.

Que te vaya bien, compadre”, le dijo don Macario al despedirse. “Y salúdame a Lucía”. Eran las 9:15 de la mañana cuando Evaristo arrancó nuevamente la camioneta y se dirigió hacia la carretera estatal. Según los registros que después se reconstruyeron, hizo dos entregas más en Guadalupe entre las 10 y las 11 de la mañana. Un tendero y un cliente regular lo vieron ese día.

Ambos coincidieron en que Evaristo se veía normal, tranquilo, con prisa por terminar su recorrido. Después de eso, nadie volvió a verlo. Su última parada confirmada fue en una gasolinera a la entrada de Guadalupe, donde cargó combustible y compró una botella de agua. El encargado lo recordaría después porque Evaristo preguntó por el camino más rápido hacia la ciudad de Zacatecas.

le sugirió tomar la carretera federal, pero también le mencionó un atajo por un camino viejo que pasaba cerca de unas minas abandonadas y campos de lava volcánica al oeste de Guadalupe, una zona conocida como el pedregal. Era un camino menos transitado, pero más corto.

Es más rápido, pero está feo el camino, jefe. Si trae prisa, pues ándele, pero vaya con cuidado. Evaristo asintió, agradeció y se fue. Esa fue la última vez que alguien lo vio con vida. Lucía comenzó a preocuparse cuando cayó la noche y Evaristo no regresó. Al principio pensó que tal vez se había quedado más tiempo en la ciudad o que la camioneta había tenido algún problema mecánico.

Pero cuando el reloj marcó las 10 de la noche y no recibía ninguna llamada, la angustia comenzó a apoderarse de ella. Evaristo siempre llamaba si iba a retrasarse. Siempre intentó comunicarse a su celular, pero no hubo respuesta. llamó a don Macario, quien confirmó que Evaristo había estado allí por la mañana. Llamó a los otros clientes. Todos dijeron lo mismo.

Lo habían visto, había hecho su entrega y se había marchado. A la medianoche, Lucía salió de su casa y tocó la puerta de sus vecinos. Junto con ellos organizó una búsqueda inicial. Recorrieron las brechas cercanas con linternas, gritando el nombre de Evaristo, esperando ver las luces de la camioneta en alguna cuneta, pero no encontraron nada.

Al amanecer del miércoles 19 de octubre, Lucía, con los ojos rojos de llorar y el corazón estrujado por el miedo, se presentó en la comandancia de policía de Fresnillo para reportar la desaparición de su esposo. Nadie imaginaba entonces que pasarían 9 años antes de que una pista, una sola pista, volviera a aparecer.

La comandancia de policía de Fresnillo olía a café viejo y papel mojado. Lucía Morales entró con las manos temblando, acompañada por su cuñado Raimundo y dos vecinos del poblado. Era temprano, apenas las 7 de la mañana del miércoles 19 de octubre y ya llevaba más de 24 horas sin saber nada de Evaristo. El oficial de guardia, un hombre de mediana edad con bigote grueso y uniforme desaliñado, la recibió con una mezcla de rutina y desgo, que Lucía jamás olvidaría.

“¿Cuánto tiempo tiene desaparecido?”, preguntó sin levantar la vista de unos papeles. “Desde ayer en la mañana, señor, salió a vender queso y nunca regresó.” El oficial suspiró como si hubiera escuchado esa misma historia mil veces. Señora, muchas veces los hombres se tardan. A lo mejor tuvo una urgencia o se quedó con algún conocido.

Mi esposo no es así, interrumpió Lucía con la voz quebrada pero firme. Él siempre avisa, siempre. Algo le pasó. Raimundo intervino apoyando a su cuñada. Ya preguntamos en todos lados. Nadie lo ha visto desde ayer en la mañana. Su celular no contesta. Necesitamos que nos ayuden a buscarlo.

Finalmente, después de casi una hora de insistencia, el oficial aceptó levantar el reporte. Tomó los datos de Evaristo, nombre completo, edad, descripción física, la marca y placas de la camioneta, el último lugar donde fue visto. Lucía entregó una fotografía reciente tomada apenas un mes atrás en el cumpleaños de Andrea.

En ella, Evaristo aparecía sonriente con su sombrero de paja y una camisa a cuadros. Se veía sano, fuerte, lleno de vida. Vamos a hacer lo que podamos, señora,”, dijo el oficial, aunque su tono no inspiraba mucha confianza. “Si sabemos algo, le avisamos.

” Lucía salió de la comandancia con una mezcla de alivio y frustración. Al menos había un reporte oficial, pero sentía que no era suficiente. Su instinto le gritaba que algo terrible había ocurrido. Durante los siguientes días, la familia Morales se volcó en la búsqueda. Raimundo organizó a un grupo de hombres del poblado para recorrer las brechas y caminos entre la Colorada, Fresnillo y Guadalupe. Dividieron la zona en secciones y salieron en camionetas, motocicletas y hasta caballo.

Revisaron barrancas, arroyos secos, caminos secundarios. preguntaron en cada rancho, en cada tienda, en cada gasolinera. Algunos vecinos recordaban haber visto la camioneta blanca de Evaristo el martes por la mañana, pero nadie pudo dar información concreta sobre su paradero después de las 11 de la mañana. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.

Lucía, mientras tanto, se dedicó a pegar carteles con la fotografía de Evaristo en cada poste, cada pared, cada negocio que aceptara uno. Los carteles tenían un encabezado grande, desaparecido, seguido de la descripción física de su esposo y un número de teléfono al que podían llamar con información.

En casa los niños vivían entre la confusión y el miedo. Andrea, la mayor, entendía perfectamente lo que estaba pasando. Había escuchado las conversaciones susurradas de los adultos. Había visto llorar a su madre cuando creía que nadie la veía. Los gemelos, Miguel y Sofía, preguntaban constantemente por su papá.

¿Cuándo va a regresar?, preguntaba Sofía cada noche antes de dormir. Lucía no sabía qué responder. Les decía que papá estaba resolviendo unos asuntos que pronto volvería, pero cada día que pasaba esa mentira se hacía más difícil de sostener. El contexto en Zacatecas en 2011 no ayudaba a calmar los temores. El Estado atravesaba uno de los momentos más violentos de su historia reciente.

Grupos del crimen organizado disputaban rutas y territorios, y las desapariciones, los enfrentamientos y los hallazgos de cuerpos eran noticias casi diarias. Muchas familias vivían con miedo. Los caminos solitarios, como esos por los que Evaristo solía transitar, eran especialmente peligrosos.

habría sido víctima de un levantón, un asalto que terminó mal, un accidente en algún lugar remoto donde nadie había buscado aún. Las autoridades realizaron algunas investigaciones básicas. Revisaron hospitales y el servicio médico forense, buscando registros de personas no identificadas.

Checaron las cárceles municipales por si acaso hubiera sido detenido por alguna razón. Nada. Evaristo Morales simplemente no estaba en ningún registro oficial. La policía también interrogó a los clientes que Evaristo había visitado ese día. Todos confirmaron lo mismo. Había llegado, entregado el queso, cobrado y se había ido. No había discusiones, no había nada fuera de lo normal.

Don Macario en particular insistió en que Baristo se veía tranquilo y de buen ánimo. El empleado de la gasolinera en Guadalupe fue clave. Recordaba perfectamente haber atendido a Evaristo y sobre todo recordaba la conversación sobre el atajo. “Le comenté del camino por el pedregal”, le dijo a los investigadores. Es un camino viejo.

Pasa por unas minas abandonadas y hay muchas rocas volcánicas por todos lados. No mucha gente lo usa porque está en mal estado, pero es más corto. Esta información encendió una nueva esperanza. Si Evaristo había tomado ese camino y había tenido un accidente, era posible que la camioneta estuviera varada en algún lugar remoto, fuera de la vista de los caminos principales.

Raimundo y el grupo de búsqueda se dirigieron inmediatamente a la zona conocida como el pedregal. Era un paisaje desolador, kilómetros de terreno árido cubierto de rocas volcánicas negras y rojizas. formaciones irregulares que emergían del suelo como cicatrices antiguas de la Tierra. Había restos de minas de cantera abandonadas, caminos de terracería que se bifurcaban sin señalización y una soledad absoluta que ponía los nervios de punta. Recorrieron el área durante tres días seguidos.

Gritaban el nombre de Evaristo. Revisaban cada desviación, cada ondonada. Algunos bajaban a pie a barrancas poco profundas, otros revisaban con binoculares desde las partes altas, buscando algún reflejo de metal, algún indicio de la camioneta blanca. No encontraron nada. La búsqueda en el pedregal fue agotadora y desmoralizante. El calor del día era insoportable y las noches eran gélidas.

Las rocas volcánicas hacían difícil el tránsito y varios de los hombres se lastimaron los tobillos o se cortaron con las piedras afiladas, pero ninguno se rindió. Todos querían encontrar a Evaristo. Lucía, por su parte, no dejaba de moverse. Visitó las oficinas del Ministerio Público en Zacatecas, exigiendo que se abriera una investigación formal.

habló con periodistas locales quienes publicaron algunas notas breves sobre la desaparición. Acudió a organizaciones de familiares de desaparecidos, donde conoció a otras mujeres que, como ella, buscaban a sus esposos, hijos, hermanos. En una de esas reuniones, una mujer mayor le dijo algo que se le quedó grabado.

No dejes de buscar, mi hija, aunque pase el tiempo, aunque te digan que ya no hay esperanza, no dejes de buscar, porque mientras no haya un cuerpo, hay esperanza. Lucía se aferró a esas palabras. Dos semanas después de la desaparición, la historia de Evaristo Morales comenzó a desvanecerse de la atención pública. Nuevos casos, nuevas tragedias ocuparon los titulares.

La investigación policial se enfrió. Las llamadas al número de los carteles disminuyeron y las que llegaban eran, en su mayoría, falsas pistas o personas bien intencionadas que no tenían información real. El grupo de búsqueda se fue reduciendo. La gente tenía que volver a sus trabajos, a sus propias vidas.

Raimundo seguía apoyando a Lucía, pero incluso él comenzó a mostrar signos de agotamiento y desesperanza. Lucía, sin embargo, no se rindió. Cada fin de semana salía con Andrea a pegar más carteles, a preguntar en lugares donde ya había preguntado mil veces. guardaba la ropa de Evaristo en el closet intacta, como si él pudiera regresar en cualquier momento.

Mantenía su lugar en la mesa, hablaba de él en tiempo presente. Los niños comenzaron a adaptarse a una nueva realidad, aunque no la comprendieran del todo. Miguel dejó de preguntar por su papá. Sofía empezó a tener pesadillas. Andrea, con apenas 12 años se volvió la segunda adulta de la casa. ayudando a su madre con todo lo que podía. El invierno llegó a Zacatecas, frío y seco, cubriendo los cerros con una capa de escarcha en las madrugadas.

Las fiestas de diciembre transcurrieron en la casa de los morales con una tristeza aplastante. El lugar de Evaristo en la mesa estaba vacío. No hubo regalos, no hubo celebraciones. Y así, entre el dolor y la incertidumbre terminó el año 2011. Evaristo Morales había desaparecido sin dejar rastro. Su camioneta, su cartera, su cuerpo, todo parecía haberse esfumado.

Y con cada día que pasaba, la pregunta que atormentaba a Lucía se hacía más grande. ¿Qué le pasó a mi esposo? Los primeros meses de 2012 trajeron consigo una dolorosa aceptación. Las autoridades no iban a encontrar a Evaristo Morales. El caso, que inicialmente había generado cierto movimiento en la comandancia de Fresnillo, quedó archivado entre cientos de otros expedientes de personas desaparecidas en Zacatecas.

El oficial que tomó el reporte inicial fue transferido a otra ciudad. El nuevo encargado apenas conocía los detalles del caso. Lucía visitaba las oficinas cada 15 días, a veces cada semana, preguntando si había avances. La respuesta era siempre la misma. No hay novedades, señora. Si sabemos algo, le avisamos. Pero Lucía sabía que nadie estaba buscando activamente.

Los recursos eran limitados, los casos se acumulaban y la realidad era que las desapariciones en Zacatecas se habían vuelto tan comunes que resultaba imposible investigar cada una con profundidad. Entiendo su dolor, señora Morales”, le dijo un día el fiscal del Ministerio Público, un hombre cansado con bolsas bajo los ojos.

“Pero tenemos más de 300 casos abiertos solo en esta región y no tenemos personal suficiente para y eso qué significa.” Interrumpió Lucía con la voz temblando de rabia contenida. que mi esposo no importa, que porque hay muchos desaparecidos, entonces uno más no hace diferencia. El fiscal desvió la mirada, no tenía respuesta para eso.

Lucía salió de esa oficina entendiendo que si quería respuestas tendría que buscarlas ella misma. Con la ayuda de Raimundo y algunos vecinos leales, Lucía organizó nuevas búsquedas. Esta vez fueron más sistemáticas. Consiguieron mapas de la región y marcaron todas las rutas posibles que Evaristo pudo haber tomado entre Guadalupe y Zacatecas.

Se enfocaron especialmente en el Pedregal y sus alrededores. Esa zona de rocas volcánicas que el empleado de la gasolinera había mencionado. Dividieron el área en cuadrantes. Cada fin de semana, un grupo de entre cinco y 10 personas se adentraba en el terreno árido, caminando entre las formaciones rocosas, revisando cañadas, inspeccionando caminos secundarios que apenas eran visibles.

Llevaban provisiones, agua, herramientas para mover piedras si era necesario y una esperanza cada vez más frágil. El pedregal era un lugar inhóspito. Las rocas volcánicas, moldeadas por erupciones antiguas, creaban un laberinto de formaciones irregulares. Había cuevas pequeñas, grietas profundas, ondonadas ocultas. El terreno era traicionero.

Lo que parecía suelo firme podía ceder bajo los pies, revelando huecos cubiertos de piedras sueltas. Varios miembros del grupo sufrieron caídas y raspones. “Es como buscar una aguja en un pajar”, comentó uno de los vecinos después de una jornada especialmente agotadora. Este lugar es enorme y no sabemos ni siquiera si Evaristo pasó por aquí. Pero Lucía no se rendía.

Cada sábado y domingo sin falta organizaba las salidas. Andrea, que ya tenía 13 años, a veces la acompañaba. La niña caminaba en silencio junto a su madre, escudriñando el horizonte, buscando algo, cualquier cosa que les diera una pista. En una ocasión encontraron una camioneta abandonada entre unas rocas. El corazón de Lucía dio un vuelco, corrió hacia ella, seguida por los demás, pero cuando llegaron vieron que era una Ford roja, oxidada, sin placas, que claramente llevaba años allí. No era la Nissan blanca de Evaristo. Esos momentos de

falsa esperanza eran los más crueles. Lucía también amplió su búsqueda a nivel mediático. Acudió a programas de radio locales donde relataba la historia de Evaristo y pedía ayuda. Logró que un programa de televisión estatal emitiera un segmento sobre su caso.

incluso contactó a organizaciones nacionales de búsqueda de personas desaparecidas que le brindaron asesoría legal y emocional. Una de esas organizaciones le explicó el proceso para obtener una declaración de ausencia, un trámite legal que permitiría a Lucía manejar los asuntos financieros y administrativos de la familia sin la presencia de Evaristo.

Pero ella se negó rotundamente. Eso sería aceptar que no va a volver, le dijo a Raimundo. Y yo no estoy lista para eso. La economía familiar se volvió un problema serio. Evaristo era el único sostén de la casa. Lucía intentó continuar con la producción de quesos, pero no tenía el conocimiento técnico ni la red de clientes que su esposo había construido durante años.

Algunos vecinos le compraban por solidaridad, pero no era suficiente. Tuvo que vender tres de las cabras y dos de las vacas. Luego vendió la camioneta de repuesto que Evaristo usaba para trabajos en el rancho. Con ese dinero pudo pagar algunas deudas y comprar lo esencial para los niños, pero sabía que no duraría mucho. Andrea dejó de ir a la escuela.

Le dijo a su madre que era para ayudar en la casa, pero la verdad era que no soportaba las miradas de lástima de sus compañeros y maestros. Todos sabían lo que había pasado. Todos susurraban a sus espaldas. Miguel y Sofía, ahora de 8 años, enfrentaban su propia confusión. Miguel se volvió callado y retraído. Sofía, en cambio, desarrolló una especie de fantasía en la que su padre estaba en un viaje largo y algún día regresaría con regalos y abrazos.

Lucía no tenía el corazón para romper esa ilusión. En el poblado de la Colorada la vida continuaba. La gente seguía trabajando, celebrando fiestas, casándose, teniendo hijos. Pero la familia Morales existía en una especie de limbo suspendida entre la vida y la muerte, entre la esperanza y la desesperación.

Algunos vecinos comenzaron a susurrar teorías que si Evaristo había huído con otra mujer, que si le debía dinero a alguien peligroso, que si estaba involucrado en algo turbio. Lucía escuchaba esos rumores y sentía que le clavaban un cuchillo en el pecho. Conocía a su esposo. Sabía que nada de eso era cierto. Raimundo, por su parte, investigó por su cuenta.

visitó cantinas, talleres mecánicos, preguntó a gente que conocía los movimientos del crimen organizado en la zona. Alguien le dijo que en 2011 había habido varios retenes ilegales en los caminos hacia Zacatecas, donde grupos armados extorsionaban a comerciantes y transportistas.

¿Habría caído Evaristo en uno de esos retenes? La teoría parecía plausible, pero no había forma de confirmarla. Nadie hablaba abiertamente de esas cosas. El miedo era palpable en toda la región. En junio de 2012, 8 meses después de la desaparición, Lucía recibió una llamada anónima. Una voz de hombre distorsionada le dijo que sabía dónde estaba Evaristo, que si quería verlo con vida, debía llevar pesos a un lugar específico en tres días. Lucía casi se desmaya.

llamó inmediatamente a Raimundo y juntos acudieron a la policía. Los oficiales le dijeron que era muy probable que fuera una estafa, que los extorsionadores aprovechaban el dolor de las familias para sacarles dinero. No pague nada, señora, es un engaño. Pero Lucía no estaba segura. Y si era real. Y si Evaristo estaba secuestrado, y esta era su única oportunidad.

No tenía 50,000 pesos, apenas tenía para comer, pero reunió lo que pudo pidiendo prestado a familiares. Juntó 20,000 pesos y llamó al número desde el cual le habían contactado. No hubo respuesta. Intentó de nuevo. Nada. El número estaba fuera de servicio. Había sido una cruel estafa. Esa noche Lucía lloró como no lo había hecho desde el primer día de la desaparición. Se sentía derrotada, humillada, agotada.

Raimundo la encontró en el patio, sentada en el suelo con la espalda contra la pared, los ojos rojos y perdidos en la oscuridad. “Ya no puedo más”, susurró. “No sé qué más hacer.” Raimundo se sentó a su lado en silencio. No había palabras de consuelo que pudieran cambiar la realidad. Los meses siguientes fueron aún más difíciles. Las búsquedas en el pedregal disminuyeron.

El grupo de voluntarios se redujo a apenas tres o cuatro personas. Lucía seguía saliendo, pero con menos frecuencia. La esperanza, esa llama que había mantenido encendida con tanta fuerza, comenzaba a debilitarse. En diciembre de 2012, durante la Navidad, Lucía puso una vela en la ventana. Era una tradición que su madre le había enseñado.

La luz de la vela guía a los que están perdidos de regreso a casa. Andrea, Miguel y Sofía se sentaron junto a ella en silencio, mirando la llama temblar en la oscuridad de la noche. “Papá va a ver la vela”, preguntó Sofía con voz pequeña. “Sí, mi amor”, respondió Lucía, abrazándola. “La va a ver.

” Pero en el fondo de su corazón, Lucía comenzaba a dudar. Para el primer aniversario de la desaparición, en octubre de 2013, apenas un puñado de personas acompañó a Lucía en una misa conmemorativa en la pequeña iglesia de la Colorada. El padre Anselmo, un anciano de voz cansada, rezó por el alma de Evaristo Morales y por el consuelo de su familia.

Aunque no entendamos los designios de Dios, dijo el Padre, debemos tener fe en que todo tiene un propósito. Lucía no encontraba propósito alguno en su sufrimiento, pero asintió en silencio y agradeció las palabras del sacerdote. Dos años se convirtieron en tres, tres en cuatro.

La vida obligaba a seguir adelante, aunque el corazón de Lucía permaneciera anclado en aquel martes de octubre de 2011. Andrea consiguió trabajo en una tienda de Fresnillo. Miguel y Sofía crecieron, fueron a la escuela, hicieron amigos, pero todos llevaban la marca de la ausencia. Todos vivían con un vacío que no podía llenarse. Lucía nunca dejó de buscar del todo.

De vez en cuando revisaba las redes sociales, los grupos de personas desaparecidas, esperando ver una foto, un mensaje, cualquier cosa. Mantenía el caso abierto en su mente, aunque oficialmente estuviera archivado. Y mientras los años pasaban en la Colorada, en algún lugar perdido entre las rocas volcánicas de El Pedregal, la cartera de cuero gastado de Evaristo Morales permanecía oculta entre las piedras esperando ser encontrada.

El tiempo tiene una manera peculiar de curar y al mismo tiempo de profundizar las heridas. Para la familia Morales, los años que siguieron a 2013 fueron una mezcla de adaptación forzada. y dolor latente. La vida no se detuvo, aunque ellos hubieran querido que lo hiciera.

En 2015, 4 años después de la desaparición, Lucía tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles de su vida, vender el rancho donde ella y Evaristo habían construido su hogar. La Tierra ya no producía lo suficiente, las deudas se acumulaban y mantener aquel lugar lleno de recuerdos se había vuelto insostenible tanto económica como emocionalmente.

“Mamá, no tienes que hacer esto”, le dijo Andrea ahora de 16 años cuando supo de la decisión. “Sí, tengo que hacerlo, mija,”, respondió Lucía con la mirada fija en el horizonte. Si tu papá regresa, nos va a encontrar de todas formas. Lo importante es que estemos bien, que ustedes puedan estudiar, tener un futuro.

La familia se mudó a un pequeño departamento en Fresnillo. Era un espacio modesto, dos recámaras, una sala comedor, una cocina diminuta, pero estaba más cerca de las oportunidades. Andrea pudo continuar trabajando. Miguel y Sofía tenían mejores escuelas y Lucía encontró empleo como empleada doméstica en casa de una familia acomodada. El cambio fue duro.

Extrañaban el aire limpio del campo, el espacio abierto, el silencio de las madrugadas, pero también había algo liberador en empezar de nuevo, aunque fuera sinaristo. Miguel, ahora de 11 años se refugió en el fútbol. Jugaba en un equipo local y encontraba en la cancha una manera de canalizar la frustración y el vacío que sentía.

Era bueno, rápido y tenía un instinto natural para el gol. Sus entrenadores decían que tenía talento. Sofía, por su parte, se convirtió en una niña reservada y reflexiva. Le gustaba dibujar. Sus cuadernos estaban llenos de paisajes de la casa vieja del rancho, de un hombre con sombrero que siempre aparecía de espaldas caminando hacia el horizonte.

Cuando Lucía le preguntaba quién era ese hombre, Sofía simplemente respondía, “Es papá. Algún día va a voltear y vamos a ver su cara.” Andrea, convertida ya en una joven adulta antes de tiempo, asumió el papel de segunda madre. Trabajaba de lunes a sábado en una tienda de ropa.

Estudiaba por las noches en una preparatoria abierta y ayudaba a su madre con todo lo que podía. Rara vez hablaba de su padre, pero Lucía sabía que lo extrañaba profundamente. Lo veía en sus ojos cada vez que pasaban frente a una camioneta blanca en la calle. Lucía, por su parte, envejeció más rápido de lo que debía. A sus 45 años parecía tener 55. Las canas habían tomado completamente su cabello.

Las arrugas surcaban su rostro como ríos en un mapa de dolor, y sus manos, antes firmes y ágiles, temblaban con frecuencia por el estrés acumulado, pero nunca dejó de llevar en su bolso una fotografía de Evaristo, la misma que había entregado a la policía el primer día. La sacaba de vez en cuando, la miraba, acariciaba el rostro sonriente de su esposo con el pulgar y susurraba, “¿Dónde estás, viejo?” En 2016, Lucía conoció a otras mujeres buscadoras en Zacatecas, mujeres que, como ella, habían perdido a esposos, hijos, hermanos. Juntas formaron un colectivo de familiares de desaparecidos.

Se reunían cada semana para compartir información, apoyarse emocionalmente y organizar búsquedas colectivas en zonas donde se rumoreaba que había fosas clandestinas. Lucía participó en varias de esas búsquedas. Caminaron por campos abiertos, excavaron en terrenos valdíos, revisaron pozos abandonados, encontraron restos humanos en más de una ocasión, pero ninguno correspondía a Evaristo.

Cada hallazgo era un golpe. El dolor de otra familia confirmado, pero la incertidumbre propia intacta. A veces pienso que sería más fácil si lo encontrara”, le confesó Lucía a una de las mujeres del colectivo. Aunque esté muerto, al menos sabría. Podría enterrarlo, despedirme, pero esto, esto de no saber es una tortura sin fin. La otra mujer asintió.

Ella llevaba 8 años buscando a su hijo. Entiendo perfectamente lo que dices, pero mientras no haya un cuerpo, hay esperanza. Y esa esperanza es lo único que nos mantiene de pie. En 2017, Miguel cumplió 13 años. Lucía le organizó una pequeña fiesta en el departamento. Invitaron a algunos compañeros del equipo de fútbol y a vecinos cercanos. Había pastel, refrescos, música.

Los chicos jugaban y reían. Por un momento parecía una familia normal. Pero cuando llegó la hora de partir el pastel, Miguel miró el lugar vacío donde debería estar su padre y sus ojos se llenaron de lágrimas. No dijo nada, simplemente salió al balcón y se quedó allí mirando la calle tratando de contener el llanto. Andrea salió tras él.

Él hubiera querido estar aquí, le dijo poniendo una mano en su hombro. No me acuerdo bien de su cara”, confesó Miguel con la voz quebrada. Tenía 7 años cuando se fue. Ya no recuerdo cómo sonaba su voz y eso me asusta. Andrea lo abrazó. Ella tampoco quería olvidar.

Para 2018, la investigación oficial del caso de Evaristo Morales estaba completamente archivada. Lucía había dejado de ir a la comandancia. Ya no había nada que preguntar. El expediente era solo un folder amarillento en un estante lleno de otros casos sin resolver la vida. en Fresnillo continuaba su ritmo. Andrea conoció a un muchacho llamado Fernando, un mecánico de buen corazón que la trataba con respeto y cariño. Comenzaron a salir.

Lucía lo aprobaba, aunque una parte de ella sentía que cada paso que daban sus hijos hacia sus propias vidas era un paso más lejos de Evaristo, como si al seguir adelante estuvieran olvidándolo. No es olvidarlo, mamá. le dijo Andrea una noche adivinando sus pensamientos. Es sobrevivir y él habría querido que sobreviviéramos.

En octubre de 2019 se cumplieron 8 años de la desaparición. Lucía no organizó ninguna conmemoración especial, simplemente fue a la iglesia, encendió una vela y rezó en silencio. El padre Anselmo había muerto dos años atrás y el nuevo párroco no conocía su historia. Era mejor así. Estaba cansada de contar una y otra vez lo mismo.

Miguel, ahora de 15 años, había crecido alto y fuerte. Se parecía cada vez más a Evaristo. La misma estructura ósea, la misma mandíbula cuadrada, los mismos ojos oscuros y profundos. A veces Lucía lo miraba y sentía que estaba viendo a su esposo de joven. Era reconfortante y doloroso al mismo tiempo. Sofía, de 13 había dejado de dibujar al hombre con sombrero.

Ahora dibujaba otras cosas: animales, paisajes urbanos, retratos de sus compañeras de clase. Cuando Lucía le preguntó por qué ya no dibujaba a su padre, Sofía se encogió de hombros. No sé. Supongo que ya no necesito hacerlo. Luciano supo si eso era algo bueno o malo.

A principios de 2020, el mundo entero cambió con la llegada de la pandemia. Fresnillo, como el resto de México y del planeta, entró en confinamiento. Las calles se vaciaron, la economía se paralizó y las familias se encerraron en sus hogares. Para los morales, el encierro trajo una intimidad forzada. Pasaban más tiempo juntos que nunca, conversaban, veían películas, cocinaban. Y en esas largas tardes de cuarentena hablaban de Evaristo.

Miguel empezó a hacer preguntas que antes no se atrevía a hacer. ¿Crees que esté muerto, mamá? Lucía tardó en responder. Miró a sus tres hijos, ahora casi adultos, y decidió ser honesta. No lo sé, mi hijo. Hay días en que pienso que sí, que algo terrible le pasó ese día y que nunca vamos a saber qué fue.

Pero hay otros días en que siento que está vivo en algún lugar, que perdió la memoria o que está atrapado en alguna situación de la que no puede escapar. No lo sé y creo que nunca lo voy a saber. ¿Y cómo vives con eso?, preguntó Sofía. Lucía sonrió tristemente. Un día a la vez,

mi amor. Un día a la vez. Para finales de 2020, el colectivo de familiares de desaparecidos al que Lucía pertenecía había crecido considerablemente. Cientos de familias en Zacatecas buscaban a sus seres queridos, organizaban marchas, plantones, exigían justicia y atención del gobierno. Lucía participaba cuando podía, pero con menos intensidad que antes. Estaba cansada. Llevaba casi 10 años buscando.

En la primavera de 2021, justo cuando se acercaba el décimo aniversario de la desaparición de Evaristo, Lucía tuvo un sueño. Soñó que estaba de regreso en el Rancho Viejo caminando entre las rocas volcánicas del pedregal. El sol estaba abajo, tiñiendo todo de naranja y rojo.

Y allí, sentado en una piedra grande, estaba Evaristo. Tenía puesto su sombrero de paja y su camisa a cuadros. ¿Por qué no volviste?, le preguntó Lucía en el sueño. Evaristo la miró con esos ojos profundos que ella tanto extrañaba. Nunca me fui, mi amor. Siempre he estado aquí. Solo tenías que buscar en el lugar correcto. Lucía despertó con lágrimas en los ojos.

No sabía qué significaba ese sueño, pero algo dentro de ella se movió. Una vieja esperanza casi olvidada volvió a encenderse débilmente. Tal vez, solo tal vez, todavía había respuestas por encontrar. Lo que Lucía no sabía era que apenas unos meses después, unos niños jugando entre las rocas volcánicas del pedregal encontrarían algo que lo cambiaría todo. El verano de 2020 fue particularmente caluroso en Zacatecas.

Las temperaturas superaban los 38 gr lluvias se habían dejando el paisaje aún más árido de lo usual. En el pedregal, esa vasta extensión de rocas volcánicas al oeste de Guadalupe, el calor convertía las piedras negras en brasas que quemaban al tacto. Era domingo 12 de julio cuando tres niños de elegido San José, un pequeño asentamiento cercano a el Pedregal, decidieron explorar la zona.

Se llamaban Isaías, de 11 años, su hermano menor Eric de 9 y su primo Leonel de 12. Los tres eran niños del campo, acostumbrados a los terrenos difíciles, y ese día habían salido temprano con la idea de buscar lagartijas y explorar algunas cuevas que habían visto desde lejos. “Por allá hay una cueva grande”, dijo Leonel señalando hacia una formación rocosa irregular, a unos 200 m de distancia.

Dicen que ahí vivían murciélagos. Los tres chicos caminaron entre las rocas con la agilidad de quien conoce el terreno. Llevaban gorras, botellas de agua y palos que usaban para apartar piedras y revisar huecos. El paisaje era desolador, pero fascinante.

Formaciones volcánicas que parecían esculturas retorcidas, grietas profundas que se perdían en la oscuridad y un silencio absoluto apenas interrumpido por el viento caliente. Cuando llegaron a la cueva, que no era más que una ondonada profunda entre dos grandes peñascos de basalto, Eric fue el primero en bajar. se deslizó con cuidado, apoyándose en las rocas hasta llegar al fondo que estaba cubierto de tierra suelta y piedras pequeñas.

“¡No hay murciélagos!”, gritó hacia arriba con una mezcla de decepción y alivio. “¿Qué hay allá abajo?”, preguntó Isaías, asomándose desde el borde. “Puras piedras. Y espérate, Eric se había agachado y estaba moviendo algunas rocas con su palo. Había algo medio enterrado que llamó su atención. Parecía cuero, oscurecido por años de exposición al sol y la intemperie.

“Hay algo aquí”, gritó emocionado. Leonel e Isaías bajaron rápidamente. Los tres se arrodillaron alrededor del objeto. Con cuidado, Eric comenzó a remover las piedras que lo cubrían. Era una cartera, una cartera vieja de cuero agrietado, medio descolorida, pero claramente reconocible. ¿Qué es eso?, preguntó Isaías. Una cartera, respondió Leonel, tomándola con cuidado. Está bien vieja.

Mira, tiene cosas adentro. La abrió con manos temblorosas. Adentro había documentos desteñidos por el tiempo, algunos tan dañados que apenas se podían leer, pero había una credencial de lector plastificada que, aunque sucia y rayada, todavía mostraba claramente una fotografía y un nombre.

Leonel limpió la credencial con su playera y leyó en voz alta: “Evaristo Morales López. Y hay una dirección, la Colorada, Fresnillo, Zacatecas. Los tres niños se miraron entre sí con una mezcla de emoción y nerviosismo. Sabían que habían encontrado algo importante. Esto es de alguien, dijo Isaías. Hay que llevárselo a mi papá.

Guardaron la cartera cuidadosamente en la mochila de Leonel y salieron de la ondonada. El regreso a San José fue rápido. Los chicos corrieron casi todo el camino, ansiosos por contar lo que habían encontrado. El padre de Isaías y Eric, un hombre llamado Teodoro, estaba reparando la cerca de su parcela cuando los niños llegaron corriendo y gritando, “¡Papá, papá, encontramos una cartera en el pedregal.” Teodoro dejó las herramientas y se acercó.

Los niños sacaron la cartera y se la mostraron. Él la tomó con cuidado, la examinó y su expresión cambió cuando vio la credencial. Evaristo Morales murmuró. Este nombre me suena. Su esposa Mariana salió de la casa al escuchar el alboroto. ¿Qué pasa? Los niños encontraron una cartera vieja en el pedregal.

¿Tiene documentos? Creo que deberíamos reportarlo a la policía. Mariana se acercó y también miró la credencial. De pronto, su rostro se iluminó con reconocimiento. Claro que me acuerdo. Hace años, tal vez como nueve o 10, hubo un caso de un señor desaparecido que vendía quesos. Era de la Colorada. Su esposa pegó carteles por todas partes. Yo vi varios en Guadalupe. Se llamaba Evaristo.

Sí, Evaristo Morales. Teodoro asintió lentamente, recordando ahora con más claridad. Tienes razón, nunca lo encontraron. La familia lo buscó por años. Los niños escuchaban en silencio, entendiendo ahora la magnitud de lo que habían encontrado. “Hay que llevar esto a la policía de inmediato”, dijo Teodoro, y hay que avisar a la familia. Esa misma tarde, Teodoro se presentó en la comandancia de Guadalupe con la cartera.

El oficial de guardia tomó el reporte, fotografió la cartera y su contenido y prometió investigar. También anotó la ubicación exacta donde los niños habían hecho el hallazgo. “Vamos a verificar la identidad de esta persona en nuestro sistema”, dijo el oficial.

“Si hay un reporte de desaparición, contactaremos a la familia. Lo que el oficial no sabía era que el caso de Evaristo Morales estaba archivado en Fresnillo, no en Guadalupe. Pero cuando buscaron el nombre en la base de datos estatal de personas desaparecidas, el nombre apareció y con él un número de contacto, el de Lucía Morales.

Al día siguiente, lunes 13 de julio de 2020, el teléfono de Lucía sonó a las 10 de la mañana. Ella estaba limpiando la casa donde trabajaba cuando vio un número desconocido. Normalmente no contestaba llamadas de números que no reconocía, pero algo le hizo responder esta vez. Bueno, señora Lucía Morales. Sí, soy yo.

¿Quién habla? Habla el oficial Durán de la Comandancia de Guadalupe. Señora, llamamos porque hemos encontrado una cartera con documentos a nombre de Evaristo Morales López. Según nuestros registros, usted reportó su desaparición en 2011. ¿Es correcto? Lucía sintió que el mundo se detenía. Sus piernas flaquearon y tuvo que sentarse en el suelo. Su corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar.

¿Qué? ¿Qué dijo? Encontramos una cartera señora con documentos de su esposo. Unos niños la hallaron ayer en una zona conocida como el pedregal, entre las rocas volcánicas. Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro de Lucía sin que pudiera controlarlas. Y y mi esposo encontraron a mi esposo. Solo la cartera, señora.

Pero vamos a organizar una búsqueda en la zona. Necesitamos que venga a reconocer el objeto y confirmar que pertenece a su esposo. Voy para allá. Voy ahora mismo. Lucía colgó y marcó inmediatamente a Andrea. Le contó lo que acababa de pasar. Andrea, que estaba en su trabajo, pidió permiso urgente y fue a buscar a su madre. Juntas tomaron un autobús a Guadalupe.

El viaje fue eterno. Lucía no dejaba de temblar. Después de casi 9 años, sin una sola pista, sin un solo rastro, de repente tenían algo. No era Evaristo, pero era algo de él. Era prueba de que había estado allí en el pedregal, tal como ellos habían sospechado desde el principio. ¿Por qué no lo encontramos, Andrea? Preguntaba Lucía una y otra vez.

Buscamos tantas veces en esa zona. ¿Cómo se nos pudo pasar? El pedregal es enorme, mamá. Y la cartera estaba enterrada. Los niños tuvieron suerte de encontrarla. Cuando llegaron a la comandancia, el oficial Durán las recibió personalmente. Las condujo a una sala donde sobre una mesa estaba la cartera dentro de una bolsa de evidencia.

Lucía se acercó con pasos lentos, la tomó con manos temblorosas, reconoció inmediatamente el cuero desgastado, las costuras que Evaristo mismo había reforzado con hilo grueso, la mancha de tinta en una esquina. Es de él, susurró. Es la cartera de Evaristo. Abrió la bolsa y sacó los contenidos. La credencial de elector, aunque dañada, mostraba el rostro de su esposo.

Había también unos billetes viejos, tan descoloridos, que apenas se distinguían, y un papel arrugado y casi ilegible, con nombres y direcciones garabateadas con la letra inconfundible de Evaristo. Pero lo que hizo que Lucía rompiera en llanto fue una fotografía pequeña plastificada de sus tres hijos, Andrea, Miguel y Sofía, sonriendo a la cámara.

La misma foto que Evaristo siempre llevaba consigo. Nunca se separaba de esta foto, dijo Lucía entre soyosos. Decía que le daba suerte que mientras la llevara siempre iba a regresar a casa. Andrea abrazó a su madre mientras ambas lloraban. El oficial Durán las dejó tener su momento. “Señora Morales”, dijo finalmente, “Vamos a organizar una búsqueda exhaustiva en la zona donde se encontró la cartera.

Si hay si hay algo más allí, lo vamos a encontrar.” Lucía asintió limpiándose las lágrimas. Quiero estar presente. Quiero ir a buscarlo. Por supuesto. Vamos a coordinar con la fiscalía y con grupos de búsqueda. Le avisaremos cuando tengamos todo listo. Esa noche, Lucía llamó a Miguel y Sofía para darles la noticia. Ambos reaccionaron con shock y lágrimas.

Después de tantos años, finalmente había una pista. Finalmente había esperanza de respuestas. El miércoles 15 de julio se organizó una búsqueda oficial en el Pedregal. Participaron autoridades de la fiscalía, perros de búsqueda, elementos de la policía estatal, miembros del colectivo de familiares de desaparecidos y voluntarios de la comunidad.

Lucía estuvo allí junto con Andrea, Raimundo y varias personas de la Colorada que habían conocido a Evaristo. Los niños que encontraron la cartera guiaron al grupo hasta el lugar exacto, la ondonada entre los peñascos de basalto. Los perros comenzaron a olfatear la zona.

Los buscadores se dispersaron en todas direcciones, revisando grietas, moviendo piedras, inspeccionando cada rincón. La búsqueda duró 3 días y el tercer día, a menos de 50 metros de donde se encontró la cartera, en una grieta profunda cubierta parcialmente por rocas volcánicas desprendidas, los perros marcaron algo.

Los rescatistas comenzaron a remover las piedras con cuidado y allí, ocultos bajo toneladas de roca negra, encontraron los restos de una camioneta Nissan blanca y dentro de ella restos óseos humanos. Lucía, que estaba a pocos metros de distancia, escuchó los gritos de los rescatistas, vio el movimiento, la actividad repentina y supo en lo más profundo de su ser que habían encontrado a Evaristo.

Se dejó caer de rodilla sobre las rocas calientes y gritó, un grito que contenía 9 años de dolor, de incertidumbre, de búsqueda incansable. Andrea corrió hacia ella y la abrazó. Ambas lloraban, mientras a unos metros de distancia los forenses comenzaban su trabajo.

Después de 9 años, Evaristo Morales había sido encontrado. Pero las preguntas apenas comenzaban. El hallazgo de los restos de Evaristo Morales en el Pedregal desató una investigación forense exhaustiva. La camioneta Nissan Blanca, aunque severamente dañada por años de exposición a los elementos y aplastada parcialmente por el peso de las rocas volcánicas que la cubrían, fue extraída con sumo cuidado durante 4 días de trabajo intenso.

La escena era desgarradora. La camioneta había caído en una grieta profunda de aproximadamente 5 m de profundidad y tres de ancho, formada naturalmente entre dos grandes formaciones de basalto. El vehículo había quedado prácticamente vertical con la parte frontal hacia abajo, encajado entre las rocas.

Con el tiempo, el movimiento natural de la tierra, las lluvias y los pequeños deslizamientos de piedras volcánicas habían cubierto casi por completo el lugar, convirtiéndolo en una tumba invisible desde la superficie. Los restos óse Evaristo fueron encontrados en el asiento del conductor, todavía con el cinturón de seguridad puesto.

Los forenses trabajaron meticulosamente para recuperar cada fragmento, cada evidencia. que pudiera explicar lo que había sucedido aquella mañana de octubre de 2011. Lucía no quiso ver los restos, no podía, pero sí se quedó cerca del lugar durante toda la extracción, sentada en una piedra bajo el sol abrasador, rezando en silencio, acompañada por Andrea y Raimundo.

Miguel y Sofía llegaron al día siguiente y los cuatro se abrazaron sin palabras mientras observaban el trabajo de los rescatistas. Al menos ya sabemos, susurró Miguel, ya no tenemos que imaginar. Lucía asintió, aunque una parte de ella deseaban no saber. La incertidumbre era dolorosa, pero la verdad era definitiva. Ya no había esperanza, solo había cierre. Los estudios forenses tomaron varias semanas.

A finales de agosto de 2020, la fiscalía citó a Lucía para entregarle los resultados oficiales. Ella acudió acompañada de Andrea y Raimundo. El fiscal encargado, un hombre serio de lentes gruesos, les explicó con tono profesional, pero compasivo lo que habían determinado. “Señora Morales, lamento profundamente su pérdida.” Los estudios de ADN confirmaron que los restos corresponden a su esposo, Evaristo Morales López.

La causa de muerte fue traumatismo cráneoencefálico severo, consistente con un accidente vehicular de alto impacto. Lucía apretó la mano de Andrea. ¿Qué pasó exactamente? Preguntó con voz temblorosa. El fiscal desplegó un mapa de la zona y algunas fotografías de la escena. Según nuestra reconstrucción, su esposo tomó el camino por el pedregal, probablemente buscando un atajo hacia la ciudad de Zacatecas.

Ese camino es extremadamente peligroso, especialmente después de las lluvias. En octubre de 2011 hubo precipitaciones fuertes la semana anterior a su desaparición. El terreno estaba inestable. El fiscal señaló en el mapa la ubicación exacta donde fue encontrada la camioneta. Aquí, en esta curva, hay una desviación muy pronunciada.

El camino se estrecha y hay rocas sueltas. Creemos que la camioneta perdió tracción, probablemente por el terreno lodoso y las piedras volcánicas, y se salió del camino. El vehículo rodó varios metros y cayó en la grieta. El impacto fue fatal. La muerte fue instantánea, señora. Lucía cerró los ojos. Al menos no había sufrido, al menos había sido rápido. ¿Por qué nadie lo encontró antes?, preguntó Andrea.

Buscamos tantas veces en esa zona. Es comprensible que no lo hayan encontrado, respondió el fiscal. La grieta donde cayó la camioneta no es visible desde el camino principal. está a unos 30 m de distancia detrás de una formación rocosa grande.

Además, con el tiempo, las rocas volcánicas sueltas y la tierra fueron cubriendo el vehículo. En cuestión de meses quedó completamente oculto. Los niños que encontraron la cartera tuvieron mucha suerte. Si no hubieran explorado esa ondonada específica, los restos podrían haber permanecido allí indefinidamente. Y la cartera, ¿cómo llegó a ese lugar? La cartera probablemente fue expulsada de la camioneta durante el impacto o en los momentos posteriores. Pudo haber sido arrastrada por el agua durante alguna tormenta.

Estaba a unos 50 m del vehículo en una ondonada más baja. Es posible que el flujo de agua de las lluvias la haya movido hasta allí a lo largo de los años. Raimundo intervino. Hubo algo sospechoso, algo que indique que no fue solo un accidente. El fiscal negó con la cabeza. No, no hay evidencia de violencia previa al accidente.

No hay daños en los restos que sugieran intervención de terceros. Todos los indicios apuntan a un accidente trágico. Su esposo estaba en un lugar equivocado, en un camino peligroso, en condiciones adversas. Lamentablemente, este tipo de accidentes son más comunes de lo que quisiéramos en zonas rurales con caminos sin mantenimiento. Lucía sintió una mezcla de alivio y tristeza.

Alivio porque no había sido un secuestro, no había sido violencia del crimen organizado, no había sufrido tristeza porque todo había sido tan absurdo, tan evitable. Si Evaristo hubiera tomado la carretera principal, si no hubiera tenido prisa, si hubiera esperado un día más para que el camino se secara, pero los sí no cambiaban nada.

¿Cuándo podemos, cuándo podemos llevárnoslo?, preguntó Lucía con la voz quebrada. Los restos ya están disponibles para ser entregados a la familia. Pueden coordinar con la funeraria de su elección. Tres días después, el sábado 29 de agosto de 2020, se celebró el funeral de Evaristo Morales en la Colorada.

Lucía había insistido en que fuera allí, en su tierra, donde él había nacido y vivido la mayor parte de su vida. La pequeña iglesia del poblado estaba repleta. Familiares, amigos, vecinos, gente que había conocido a Evaristo o que simplemente había seguido la historia. Durante todos esos años, el ataúd estaba cerrado, adornado con flores blancas y una fotografía de Evaristo con su sombrero de paja y su sonrisa tranquila. Andrea leyó una carta que había escrito para su padre.

Su voz temblaba, pero se mantuvo firme. Papá, pasaron 9 años preguntándonos dónde estabas. 9 años sin poder despedirnos. Pero aunque no estuviste físicamente con nosotros, siempre te llevamos en el corazón. Mamá nunca dejó de buscarte. Miguel se hizo hombre pensando en ti.

Sofía aprendió a ser fuerte por ti y yo yo aprendí que el amor no termina con la ausencia. Descansa en paz, papá. Ya puedes descansar. No había un ojo seco en la iglesia. Después de la misa, el ataúd pequeño cementerio del poblado. Allí, bajo un mezquite viejo y rodeado de las montañas áridas que tanto había conocido, Evaristo Morales fue enterrado finalmente. Lucía dejó caer un puñado de tierra sobre el ataúd.

Miguel y Sofía hicieron lo mismo. Andrea puso una flor blanca. “Ya puedes descansar, viejo”, susurró Lucía. Ya no tienes que estar perdido. Las semanas siguientes fueron extrañas. Después de 9 años de búsqueda constante, de incertidumbre permanente, de esperanza y desesperación alternadas, Lucía se encontró en un vacío diferente.

Ya no había nada que buscar, ya no había preguntas que hacer. Evaristo estaba en paz, pero ella ahora tenía que aprender a vivir con esa verdad definitiva. El colectivo de familiares de desaparecidos organizó un homenaje para Lucía y su familia. Reconocieron su tenacidad, su valentía, su negativa a rendirse.

Muchas de las mujeres del colectivo lloraron ese día porque el caso de Lucía era lo que todas esperaban para sí mismas. respuestas, cierre, la posibilidad de enterrar a sus seres queridos con dignidad. “Tu historia nos da esperanza”, le dijo una de las mujeres. Nos recuerda que sí es posible encontrarlos, que no debemos rendirnos.

Lucía abrazó a esa mujer y a todas las demás. Sabía que muchas de ellas nunca tendrían el cierre que ella había conseguido y eso le partía el corazón. Los medios de comunicación cubrieron el caso. Durante unos días, la historia de Evaristo Morales fue noticia en Zacatecas y en algunos medios nacionales.

Después de 9 años, familia encuentra a campesino desaparecido gracias a unos niños que hallaron su cartera entre rocas volcánicas. Los titulares variaban, pero el mensaje era el mismo. Una historia de pérdida, de búsqueda incansable. y de un final agridulce. Teodoro, el padre de los niños que encontraron la cartera, visitó a Lucía unas semanas después del funeral.

Llevó consigo a Isaías, Eric y Leonel. Señora, estos niños querían conocerla”, dijo Teodoro. Querían saber si hicieron bien. Lucía miró a los tres chicos nerviosos y tímidos parados en la puerta de su departamento. Se arrodilló frente a ellos y los abrazó uno por uno. “Hicieron más que bien”, les dijo con lágrimas en los ojos.

“Me dieron lo que llevaba 9 años buscando. Me dieron respuestas. Me dieron paz. Gracias, gracias por encontrar a mi esposo. Los niños sonrieron aliviados. Leonel le entregó un dibujo que había hecho, un ángel con sombrero de paja volando sobre unas montañas para que sepa que su esposo está en el cielo”, dijo el niño.

Lucía lo abrazó de nuevo, incapaz de hablar. Hoy, más de 3 años después del hallazgo, la familia Morales ha encontrado una nueva forma de vivir. Andrea se casó con Fernando y tuvo una niña, a la que llamaron Evarista, en honor a su abuelo. Miguel juega fútbol en una liga regional y sueña con llegar a ser profesional. Sofía estudia diseño gráfico y sigue dibujando, aunque ahora sus obras son más luminosas, más esperanzadoras.

Lucía visita la tumba de Evaristo cada domingo. Le lleva flores, le cuenta cómo están los niños, le habla de la nieta que él nunca conocerá. Ya no llora tanto. El dolor sigue ahí, pero es diferente. Es un dolor con el que puede vivir. En la Colorada, la historia de Evaristo Morales se convirtió en leyenda.

La gente del pueblo habla de él, de su esposa valiente, de los niños que lo encontraron. Es una historia de tragedia, así, pero también de amor, de perseverancia, de la necesidad humana de respuestas. Y en algún lugar del pedregal, entre las rocas volcánicas negras que guardan tantos secretos, hay ahora una pequeña cruz blanca que marca el lugar donde cayó la camioneta.

Lucía la mandó poner. En la cruz hay una placa que dice, “Aquí descansó Evaristo Morales durante 9 años hasta que el amor de su familia lo trajo de regreso a casa. Hay historias que nos persiguen, historias que nos recuerdan lo frágil que es la vida, lo impredecible del destino y lo profundo del amor que une a las familias.

La historia de Evaristo Morales es una de esas historias. Cuando uno se detiene a pensar en todo lo que sucedió, es imposible no sentir un nudo en el estómago. Un hombre trabajador, honesto, que simplemente salió a hacer lo que hacía cada semana, vender queso, llevar sustento a su familia y nunca regresó.

Una decisión aparentemente insignificante, tomar un atajo para ahorrar tiempo, para llegar más rápido a casa. Y esa decisión cambió todo. Cuántas veces tomamos nosotros decisiones similares. Cuántas veces escogemos un camino diferente, confiamos en que todo saldrá bien, pensamos, ¿qué puede pasar? La mayoría de las veces no pasa nada. Llegamos a nuestro destino, seguimos con nuestras vidas.

Pero a veces, solo a veces, el destino tiene otros planes. Lo que le pasó a Evaristo pudo haberle pasado a cualquiera. No fue culpa del crimen organizado, no fue un secuestro, no fue violencia. Fue simplemente un accidente trágico en un lugar remoto, en un momento en que nadie estaba mirando.

Y esa es tal vez la parte más perturbadora de todo, lo aleatorio de la tragedia. Durante 9 años, Lucía Morales cargó con un peso que nadie debería cargar, la incertidumbre absoluta. No saber si tu ser querido está vivo o muerto, si está sufriendo o en paz, si algún día volverá o si ya se fue para siempre. Los psicólogos llaman a esto duelo ambiguo y es considerado una de las formas más difíciles de dolor que un ser humano puede experimentar.

Porque el duelo normal, aunque doloroso, tiene una estructura, hay un cuerpo, hay un funeral, hay un proceso de aceptación, pero el duelo ambiguo no tiene cierre. Es un limbo emocional donde la esperanza y la desesperación coexisten, donde cada día traer consigo la misma pregunta sin respuesta.

¿Dónde está Lucía? Vivió en ese limbo durante 9 años y sin embargo, nunca se rindió. Siguió buscando cuando las autoridades se dieron por vencidas. Siguió poniendo carteles cuando todos le decían que era inútil. siguió creyendo que de alguna manera encontraría respuestas y las encontró. Pero esas respuestas llegaron por puro azar.

Tres niños curiosos explorando una ondonada entre rocas volcánicas. Si hubieran ido a otro lugar ese día, si hubieran decidido quedarse en casa, si no hubieran bajado a esa cueva específica, Evaristo Morales podría seguir allí oculto bajo las piedras, esperando ser encontrado. Cuántas otras familias en México, en Zacatecas, en todo el mundo están esperando ese golpe de suerte.

¿Cuántos earistos hay todavía perdidos esperando que alguien por casualidad tropiece con una pista? Según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y no localizadas, en México hay más de 110,000 personas desaparecidas. Detrás de cada número hay una historia como la de Evaristo. Hay una Lucía buscando sin descanso. Hay unos hijos creciendo sin su padre o su madre.

Hay familias atrapadas en ese limbo terrible de la incertidumbre. La historia de los morales nos recuerda que las desapariciones no solo afectan a una persona, afectan a familias enteras, cambian trayectorias de vida. Andrea tuvo que convertirse en adulta antes de tiempo. Miguel creció sin la figura paterna que lo guiara.

Sofía pasó su infancia preguntándose dónde estaba su papá. Lucía envejeció prematuramente bajo el peso del dolor y la búsqueda incansable. Y cuando finalmente llegaron las respuestas, no trajeron alegría. trajeron cierre, sí, trajeron paz tal vez, pero también trajeron la confirmación definitiva de que Evaristo nunca volvería, que todos esos años de esperanza habían sido en cierto sentido en vano.

Es mejor saber o es mejor mantener la esperanza, por ilusoria que sea, no hay respuesta correcta a esa pregunta. Cada familia, cada persona tiene su propia verdad. Lo que es innegable es que la necesidad de saber, de tener respuestas, es profundamente humana. Necesitamos entender lo que pasó. Necesitamos poder decir adiós. Necesitamos un lugar donde llevar flores, donde hablar con nuestros seres queridos, donde procesar nuestro dolor.

Lucía ahora tiene ese lugar. Cada domingo, bajo el sol implacable de Zacatecas, se sienta junto a la tumba de su esposo y le cuenta su semana. le habla de los nietos que él nunca conoció, le dice que lo extraña y encuentra en esos momentos una especie de consuelo.

Pero hay algo más que esta historia nos enseña, la importancia de la comunidad, de no rendirse, de seguir buscando. Lucía no estuvo sola, tuvo a Raimundo, a sus vecinos, al colectivo de familiares de desaparecidos y cuando finalmente llegó la pista, tuvo a Teodoro y a sus hijos, a los rescatistas, a los forenses, a toda una red de personas que la ayudaron a traer a Evaristo de regreso a casa en un país donde la impunidad es la norma, donde tantos casos quedan sin resolver, donde las familias muchas veces tienen que buscar a sus desaparecidos por su cuenta. La historia de Lucía es un

recordatorio de que la perseverancia importa, que no rendirse importa, que seguir buscando, incluso cuando parece imposible, puede eventualmente traer resultados. Los niños que encontraron la cartera, Isaías, Eric y Leonel, hoy son adolescentes. Siguen viviendo cerca de el Pedregal y según cuentan sus padres, ese día cambió algo en ellos.

Les enseñó que las acciones pequeñas pueden tener consecuencias enormes, que una decisión tan simple como explorar una cueva puede cambiar la vida de una familia entera. Ellos no salieron ese día pensando que encontrarían algo importante, simplemente querían jugar, explorar, buscar lagartijas.

Pero el destino tenía otros planes y gracias a su curiosidad infantil, una familia pudo finalmente descansar. Hay algo profundamente conmovedor en eso. La historia de Evaristo Morales terminó en 2020, pero comenzó mucho antes. Comenzó en una casa de adobe en La Colorada, donde un niño creció ayudando a su familia con las cabras y las vacas. Comenzó el día que conoció a Lucía y se enamoró de su sonrisa.

Comenzó con el nacimiento de Andrea, luego de Miguel y Sofía. Comenzó cada mañana que se levantó antes del amanecer para preparar sus quesos. Comenzó cada vez que se subió a su camioneta para ir a venderlos, para llevar sustento a su hogar. Evaristo Morales no fue un héroe, no fue una celebridad, fue un hombre común y corriente que trabajaba duro, amaba a su familia y hacía lo que tenía que hacer para sobrevivir, como millones de personas en México, como millones de personas en el mundo.

Y tal vez por eso su historia nos toca tan profundamente, porque nos recuerda que la tragedia no discrimina, que cualquiera de nosotros podría salir un día de casa y nunca regresar, que las personas que amamos podrían estar aquí hoy y mañana, simplemente desaparecer. Por eso debemos valorar cada momento, cada abrazo, cada te quiero, cada despedida, sin importar cuán rutinaria parezca, porque nunca sabemos cuál será la última. Hoy, cuando pasas por la Colorada y preguntas por la familia Morales, la gente te contará esta

historia. Te dirán que Lucía es una mujer fuerte, que sus hijos son buenos, que Evaristo está enterrado bajo el mesquite en el cementerio del pueblo. Te dirán que nunca se debe perder la esperanza y te recordarán que incluso en la tragedia más oscura, el amor de una familia puede iluminar el camino de regreso a casa, aunque ese camino tome 9 años en recorrerse.

Aunque esté cubierto de rocas volcánicas, aunque parezca imposible, el amor siempre encuentra el camino. Esta ha sido la historia de Evaristo Morales, el campesino de Zacatecas que salió a vender queso un día de octubre y cuya cartera fue encontrada 9 años después por tres niños entre las rocas volcánicas del Pedregal. Una historia que nos recuerda la fragilidad de la vida, la fuerza del amor familiar y la importancia de nunca rendirse.

¿Qué piensas tú? ¿Cómo habrías manejado esa situación? ¿Conoces alguna historia similar? Déjanos tu comentario aquí abajo. Y si esta historia te conmovió, por favor compártela con alguien a quien le pueda servir. Suscríbete al canal para más historias que te harán reflexionar sobre la vida. la familia y lo que realmente importa. Gracias por acompañarnos hasta el final. Hasta la próxima historia.