Cuatro sicarios del CJNG rodean el puesto de fritangas en el mercado La Purísima, Istapalapa. La vendedora sostiene un cuchillo de cocina, sonríe. No saben que esas manos eliminaron 47 objetivos antes de picar cebolla. Quédate hasta el final, ni te imaginas lo que va a suceder. ¿Desde dónde nos ves? Déjalo en comentarios.

Tu ciudad y nombre. Son las 11:42 de la mañana del miércoles 16 de octubre de 2024. Carolina Sánchez termina de servir quesadillas a un cliente. Carolina tiene 38 años. Delgada 1,65. Cabello negro recogido en cola. Manos rápidas. Ojos oscuros que no pierden detalle. Su puesto está en pasillo 7 del mercado, local de 3 por 4 m, comal grande, estufa, vitrina con guisados.

Tres bancos para clientes, letrero pintado a mano, antojitos doña Caro. Gana 14,000 pesos mensuales. Buenos días. Llega a 20,000. Tiene una hija de 10 años, Sofía, divorciada hace 4 años. Vive tres calles atrás en departamento rentado. Dos quesadillas de chicharrón joven. Carolina echa más al comal. Movimientos precisos, automáticos.

Lleva 9 años vendiendo aquí. Antes de eso, su vida era diferente, muy diferente. Con salsa verde o roja. Verde, por favor. El cliente tiene 50 años. Viene todos los días desde hace 3 años. Paga 40es. Siempre deja cinco de propina. Carolina voltea a la quesadilla, revisa su celular. Mensaje de la escuela de Sofía.

Junta de padres el viernes. Carolina responde que asiste. El mercado está lleno. Miércoles a mediodía. Gente comprando verduras, carne, pollo, música de banda desde el puesto de discos, olor a tortillas, especias, frutas. Aquí tiene, joven, buen provecho. El hombre paga, se va. Carolina limpia el comal. Otro cliente llega, pide tres tacos de suadero. Su celular vibra otra vez.

Mensaje del casero. Renta vence mañana 5,200es. Carolina revisa su cartera, 3,800es. Faltan 10000. Suspira. Mañana es jueves. Día flojo. Viernes mejor. Tendrá que pedirle dos días más al casero. Doña Lupita, la vendedora de frutas del puesto 14, pasa caminando. ¿Cómo estás, Caro? Bien, doña. ¿Y usted? Aquí batallando.

Las ventas están malas. Sí, están difíciles los tiempos. Doña Lupita sigue caminando. Carolina sirve los tacos. El cliente paga 60 pes. No deja propina. Carolina guarda el dinero. 3,860 pesos. Ahora todavía faltan 1340. Pero antes de ser Carolina Sánchez, vendedora tranquila de Iztapalapa, fue Carolina Ventura, sicaria del cártel de Sinaloa.

Apodo La Tijera, 47 eliminaciones entre 2010 y 2016. No usaba pistolas, prefería cuchillos, cortes precisos en carótida o femoral, muerte en 90 segundos, sin disparos, sin ruido, limpio. Don Aurelio Montes la entrenó desde los 22 años. La encontró trabajando en bar de Culiacán. Vio algo en ella, frialdad, control. La hizo su protegida.

6 años eliminando objetivos por todo el país. Guadalajara, Monterrey, Ciudad de México, Tijuana. Cobraba 80,000 pesos por trabajo. Nunca falló. En 2016, don Aurelio murió en enfrentamiento con federales. Carolina tenía 30 años. Tres meses después descubrió que estaba embarazada. El cartel se fragmentó. Guerra interna. Carolina tomó una decisión. Desaparecer.

Cambió nombre. Ciudad vida. Se mudó a Palapa. Tuvo a Sofía. Aprendió a cocinar en curso de 3 meses. Abrió su puesto. Durante 8 años nadie supo quién era. Ni su exesposo, ni doña Lupita, ni sus clientes. Solo era doña Caro, la vendedora amable. Son las 12:17 cuando cuatro hombres se acercan a su puesto. Visten jeans oscuros, playeras negras.

Uno tiene tatuaje de escorpión en cuello. Algo en su postura le dice todo. Su cuerpo reconoce peligro antes que su mente, instinto que no desaparece aunque pasen 8 años sirviendo quesadillas. El del frente tiene 35 años. Tatuaje de escorpión visible. Cicatriz en labio. Este es el Alacrán, comandante de célula local del CJNG.

Buenos días, doña. Su voz suena amigable, pero Carolina sabe leer voces, sabe leer intenciones. Lo aprendió en otra vida. Buenos días. ¿Qué van a ordenar? El alacrán sonríe. Sus tres acompañantes se quedan de pie junto al puesto. Uno tiene pistola visible en cintura. Glock 19. Los otros dos tienen bultos en la espalda, rifles probablemente.

No venimos a comer, doña. Venimos a platicar. Carolina limpia sus manos en el delantal, parece tranquila. Por dentro, algo antiguo despierta. Platicar de qué. Este mercado está en nuestra plaza. Todos los locales pagan derecho de piso. Protección. El cliente de los tacos se levanta rápido, deja su comida a medias, se va caminando rápido.

Nunca he pagado protección, joven. El alacran saca libreta pequeña. La abre. Lee con voz monótona. Antojitos Doña Caro. Puesto 7, pasillo C. Dueña Carolina Sánchez, 2,500 pesos mensuales. Primera fecha de pago, primero de noviembre. Carolina apaga la estufa, cruza los brazos, lo mira directamente, evalúa en 2 segundos, 1.

78 m, 90 kg, pistola en cintura, cuchillo en bota derecha, probablemente cicatriz vieja en labio,exmilitar, tal vez. No voy a pagar. El silencio dura 3 segundos. Los tres icarios dan paso adelante. El alacrán cierra su libreta lentamente. Disculpa, dije que no voy a pagar. Este negocio es mío. Mi dinero es mío. Ustedes no van a quitarme nada. El alacrán se ríe.

Risa corta, sin humor. Sus tres acompañantes también ríen. Doña, no creo que entienda la situación. No estoy pidiendo, estoy informando. Carolina no cambia expresión, pero en su mente cálculos antiguos empiezan: distancias, armas disponibles, puntos vitales, todo automático. Entiendo perfectamente y mi respuesta es no.

Uno de los sicarios se acerca. Tiene 26 años. Cabeza rapada. Tatuaje de calavera en antebrazo. Este es el cráneo. [ __ ] vieja pendeja. ¿Quién te crees? Tranquilo, cráneo. El alacrán levanta su mano. El sicario retrocede, pero no deja de mirar a Carolina con odio. Doña Carolina, le voy a dar una semana para reconsiderar, pero entienda algo, esta no es negociación o paga o hay consecuencias.

¿Qué tipo de consecuencias? El alacrán señala alrededor el comal, la estufa, la vitrina. Camina despacio tocando cosas, un plato, una olla, el tanque de gas. Sería una pena que algo le pasara a su negocio. Se voltea hacia ella, saca su celular, muestra fotografía. Sofía, saliendo de la escuela primaria República de Chile, uniforme blanco con rojo, mochila de princesas, o a su hija de 10 años que sale de clases a las 2 de la tarde.

Carolina siente algo helado recorrer su espalda. No es miedo, es algo diferente, algo que reconoce de hace 8 años. Rabia, rabia pura y fría. No menciones a mi hija. Su voz sale diferente, más baja, más peligrosa. Cada palabra tiene peso de amenaza mortal. El alacrán lo nota, pero lo interpreta mal. Piensa que es miedo disfrazado de valentía.

Entonces, coopere, doña, 2500 pesos no es nada. Es por su seguridad y la de su familia. Guarda su celular, camina hacia la salida del pasillo. Sus tres sicarios lo siguen. Tienen una semana. Miércoles 23 de octubre. Regresamos a las 12 del día por el dinero. Se detiene. Voltea una última vez. Y si no está el dinero, empezamos con el puesto, luego con la niña.

¿Entendido? Carolina no responde, solo lo mira. Su expresión no muestra nada, pero sus manos apoyadas en el mostrador tienen los dedos ligeramente curvados. Posición de ataque. Los cuatro hombres se van, desaparecen entre la gente del mercado. Doña Lupita regresa corriendo. Caro, ¿estás bien? ¿Qué querían esos hombres? Nada, doña, solo preguntaron direcciones. Ay, mi hija, ten cuidado.

Esos hombres se ven peligrosos. Sí, doña, tendré cuidado. Doña Lupita se va. Carolina se queda sola en su puesto. Mira el cuchillo de cocina sobre la tabla. Hoja de 8 pulgadas. Filo perfecto. Lo usa todos los días para picar cebolla, tomate, carne, pero antes lo usó para otras cosas, cosas que juró nunca volver a hacer.

Toma el cuchillo, siente el peso familiar. Sus manos no tiemblan, eso debería preocuparla, pero no lo hace. Esos [ __ ] amenazaron a Sofía. Mostraron su fotografía, dijeron dónde estudia, a qué hora sale, cruzaron la única línea que importa. Carolina guarda el cuchillo en su delantal, cierra su puesto, cuelga letrero. Regreso en una hora.

Camina a tres calles. Llega a su departamento, edificio viejo de cuatro pisos. paga ,200es de renta mensual. Sofía está en la escuela hasta las 2. Carolina tiene 2 horas. Entra, cierra con seguro, va a su cuarto, abre el closet, mueve cajas de zapatos, detrás hay tabla suelta en la pared, la quita. Dentro hay bolsa de lona negra, la saca, pesa 3 kg.

Abre la bolsa, dentro hay pistola Sixour P226, cargador completo, 15 balas. Nunca disparada en 8 años, pero limpiada cada mes. Engrasada, funcional. Dos cuchillos tácticos, hoja de 6 pulgadas, mango de goma, filo. Perfecto. Los afila cada 3 meses. Nunca supo por qué seguía haciéndolo. Ahora lo sabe. Un sobre manila con documentos. Identidad falsa.

60,000 pesos en billetes de 500. Plan de escape que nunca usó. Carolina toma la pistola. Verifica el cargador, saca las balas, las cuenta. 15. Las vuelve a meter. Carga el arma, seguro puesto. Siente el peso familiar. Sus manos no tiemblan porque durante 8 años se mintió a sí misma.

Se dijo que dejó esa vida porque quería paz, porque quería ser buena madre, porque el peso de 47 vidas la destrozaba. Pero la verdad es más oscura, más perturbadora, más honesta. La dejó porque tenía que hacerlo. Porque don Aurelio murió. Porque el cartel se fragmentó. Porque tuvo a Sofía, porque no había otra opción. No porque quisiera, no porque la violencia le pesara, no porque las 47 muertes le importaran.

Y ahora sosteniendo esa pistola, Carolina reconoce algo terrible, algo que la hace sonreír. Lo extrañó cada [ __ ] día de estos 8 años. La adrenalina, el control, el poder, la perfección de un corte limpio. Fue buena madre, fue buena vendedora, pero nunca fue feliz hasta ahora. Guarda la pistola en su bolso, toma loscuchillos, los mete en fundas bajo su blusa, se ajustan perfectamente a su espalda baja, músculo memoria.

Sale del departamento, camina de regreso al mercado, pero no va a su puesto, va al puesto 23, pasillo F. Don Ramiro, vendedor de carne, tiene 58 años, viene de Culiacán, llegó hace 12 años. Carolina lo conoce desde hace 9 años. platican a veces. Él le preguntó una vez de dónde era. Ella dijo Sinaloa. Él sonrió. No preguntó más.

Don Ramiro, buenas tardes. Doña Caro, ¿qué se le ofrece? Necesito platicar en privado. Don Ramiro la mira. Ve algo en sus ojos, asiente lentamente. Pásele atrás. Entran a la trastienda de su local. Cuarto pequeño con refrigerador, mesa, silla. Carolina cierra la puerta. Vinieron a cobrarme piso. CJNG. Amenazaron a mi hija.

Don Ramiro se pone serio. ¿Cuántos eran? Cuatro. Comandante se llama el Alacrán. Tatuaje de escorpión en cuello. Lo conozco. Tomás Reyes. Opera célula de 15 hombres. Base en colonia San Miguel Teotongo. Carolina saca libreta pequeña de su bolso, empieza a escribir. ¿Dónde exactamente? Don Ramiro duda, “¿Qué vas a hacer, Caro?” Ella lo mira directamente.

Lo que tengo que hacer. Don Ramiro suspira, reconoce esa mirada. La ha visto antes en Culiacán, en gente que no negocia. Casa de seguridad, calle Oriente 253, número 438, dos pisos, reja verde. Siempre hay seis sicarios ahí. El alacrán llega a las 9 de la noche, se queda hasta las 11. Planean operativos. Carolina anota todo.

¿Algo más? Ten cuidado, Caro. El CJNG no perdona. Yo tampoco. Sale de la trastienda, regresa a su puesto. Son las 1:40. Tiene 20 minutos antes de recoger a Sofía. Abre su puesto. Atiende tres clientes más. Quesadillas, tacos, gorditas, conversación normal, sonrisas normales. Pero Carolina ya no es normal.

Ya decidió, ya planea. A las 2:10 cierra su puesto. Camina a la escuela primaria República de Chile. Está a cinco cuadras. Llega a las 2, espera afuera con otros padres. A las 2:05 los niños salen. Sofía corre hacia ella, mochila de princesas rebotando. Sonrisa enorme. Mami. Carolina la abraza fuerte, demasiado fuerte. Sofía se ríe.

Mami, ¿me aprietas? Perdón, mi amor. ¿Cómo estuvo la escuela? Bien. La maestra nos dio estrellitas por portarnos bien. Caminan de regreso a casa. Sofía habla de su día. Carolina escucha, sonríe, asiente, pero en su mente planea los seis sicarios, ¿dónde están? ¿Cómo atacar? ¿Cuándo hacerlo? Llegan al departamento. Sofía hace tarea.

Carolina prepara comida. Arroz con pollo, el favorito de Sofía. Comen juntas. Conversación normal. Sofía habla de su mejor amiga, de las caricaturas que le gustan, de la tarea de matemáticas. Carolina escucha, participa, pero su mente está en otro lugar. A las 6 de la tarde, el celular de Carolina suena. Número desconocido. Contesta.

Bueno, doña Caro, habla Ramiro. Dime más información. El alacrán tiene orden de cobrar piso a 40 negocios este mes. Ya mató a dos familias que no pagaron la semana pasada. Una en Istacalco, otra en Magdalena, Michuca. Carolina aprieta el celular. ¿Algo más? Esta noche habrá ocho sicarios en la casa, no seis. Reunión especial.

Cuentan dinero de la semana. Mejor oportunidad para atacar todos juntos. ¿A qué hora? 9 de la noche. Se van a las 11. Gracias, Ramiro. Caro, si necesitas algo más, llámame. Cuelga. Carolina mira la hora. 6:15 de la tarde. Tiene menos de 3 horas. A las 7 le dice a Sofía que tiene que salir. ¿A dónde vas, mami? A comprar cosas para el puesto, mi amor.

Regreso en dos horas. ¿Puedo ir contigo? No, mi amor, es muy tarde. Quédate con doña Marta. Doña Marta es la vecina del 3B. Cuida a Sofía cuando Carolina trabaja tarde. Paga 100 pesos por noche. Toca la puerta de doña Marta. La señora abre. Tiene 62 años. Viuda. Vive sola. Doña Marta puede cuidar a Sofía dos horas. Claro, mija, sin problema.

Sofía entra, ve televisión con doña Marta. Caricaturas. Carolina regresa a su departamento. Se cambia de ropa, ropa completamente negra, jeans, blusa manga larga, tenis, gorra. Saca los cuchillos, los coloca en fundas, uno en espalda baja, otro en tobillo. La pistola va en cintura trasera cargada, seguro puesto. Cargador extra en bolsillo.

Guantes negros de látex, los que usa en el puesto para cocinar. Delgados, no dejan huellas. Mochila pequeña negra. Dentro pone linterna, cinta, bridas plásticas. Se mira en el espejo, la fiera la mira de regreso, sonríe. Sale a las 8 de la noche, toma microbús hacia colonia San Miguel Teotongo, baja dos calles antes, camina el resto.

Son las 8:47 cuando llega a calle Oriente 253. Encuentra número 438, casa de dos pisos, pintura amarilla descascarada, reja verde. Camioneta Nissan Suru Negra estacionada afuera. Carolina no se detiene, sigue caminando. Da vuelta en la esquina, camina por callejón paralelo. Encuentra barda trasera de la casa. 3 m de alto, sin alambre de púas. Hay árbol cerca.

Carolina trepa el árbol, sube ramas, llega a altura de barda, salta, caedentro del patio trasero. Tud suave, se queda inmóvil. Escucha, nada, nadie salió. El patio tiene basura, botellas vacías, sillas rotas, olor a orina. Ventana trasera tiene reja, pero está entreabierta. Carolina se acerca, mira dentro.

Cocina oscura, sucia, platos apilados, moscas, nadie. Prueba la reja, no tiene candado, la abre despacio. Creac leve, se congela. Espera 30 segundos. Nada. Entra pies silencios sobre piso de cemento. Se quita los tenis, los deja junto a ventana. Calcetines negros. Más silencio. Camina por la cocina. Llega a sala. Dos sillones viejos. Televisión prendida.

Fútbol. Volumen bajo. Mesa con pistolas. Cuatro Glock 19 3. Una FN57. Carolina las revisa cargadas. Las descarga silenciosamente. Guarda cargadores en su mochila, voces arriba, hombres hablando, ríen. Cuentan dinero probablemente. Escalera al segundo piso. Carolina sube despacio. Un escalón cada 10 segundos.

Arriba hay pasillo. Dos puertas. Una cerrada. Otra entreabierta con luz. En la puerta entreabierta voces. Ocho hombres. Ve dinero sobremesa. Fajos de billetes, miles de pesos. El alacrán está ahí. Cuenta billetes. Anota en libreta. Carolina cuentas. Ocho. Todos armados. Pistolas en cintura. Dos. Tienen rifles apoyados contra pared. Evalúa. Ataque directo.

Es suicidio. Ocho contra uno. Aunque tenga sorpresa, no funciona. Necesita ventaja. Fuego. Explosión. Algo que los desorganice. Mira alrededor. Ve tanque de gas en cocina. 30 kg lleno probablemente. Carolina baja las escaleras. Regresa a cocina. Toma el tanque, pesa 28 kg. Lleno. Lo carga. Músculos tensos.

Sube escaleras lentamente. 10 minutos completos. Llega arriba, coloca tanque frente a puerta entreabierta. Abre válvula. Gas empieza a salir. Silencioso. Carolina se aleja, baja escaleras, sale por ventana trasera, salta barda, cae en callejón, saca su celular, marca número de emergencias falso, cuelga inmediato. Enciende cigarro con encendedor.

No fuma, pero necesita fuego. Envuelve cigarro encendido en papel. Lo lanza por ventana. cae cerca del tanque. Carolina corre 20 m. Se tira detrás de autoestacionado. Cuenta 10 9 8. Boom. La explosión sacude la calle. Ventanas explotan. Fuego sale por todas las aperturas. Gritos adentro. Hombres ardiendo.

Corriendo, saliendo por puerta principal. Cuatro salen, ropa en llamas. Gritan, se tiran al suelo, ruedan. Carolina espera, ve a la la. Sale tambaleándose. Cara quemada, camisa ardiendo. Otros tres icarios salen. Dos están heridos. Uno cojea. Otro tiene brazo colgando. Uno más sale. Este trae rifle. AR15. Busca amenaza. Carolina se para.

Pistola en mano. 20 m de distancia. Dispara. Bang, bang, bang. Tres balas. Sicario con rifle cae muerto. Los otros voltean. Ven a Carolina. Uno intenta sacar pistola. Carolina dispara. Bang. Impacta su pecho. Cae el que cojea. Corre. Intenta esconderse detrás de camioneta. Carolina camina hacia él. Dispara dos veces.

Bang. Bang. Una falla. Otra impacta su espalda, cae de bruces. Quedan cinco. El alacrán y cuatro sicarios. Uno saca pistola, dispara a Carolina. Bang, bang, bang. Las balas pasan cerca. Un arroz a su brazo. Dolor agudo. Carolina se tira. Rueda detrás de auto. Respira profundo. Cuenta balas. Usó siete.

Le quedan ocho en cargador. El sicario avanza, dispara sobre el auto. Las balas perforan metal. Carolina espera. Escucha pasos. Más cerca, más cerca. Cuando está a 3 met, Carolina sale, dispara al piso, la bala rebota. Clan. El sicario retrocede instintivo. Carolina dispara a su cara. Van. Cae muerto. Quedan cuatro. El alacrán y tres sicarios.

Sirenas a lo lejos. Bomberos. Policía. Alguien llamó. Carolina tiene 5 minutos máximo. Los cuatro restantes están agrupados. Uno habla por celular pidiendo refuerzos probablemente. Carolina no puede esperar. Saca cuchillo de su tobillo, rodea, se acerca por lado, usa sombras. Autos estacionados como cobertura. Llega a 5 m.

Ve al sicario del celular de espaldas. Carolina corre silenciosa, rápida, hunde cuchillo en su costado, entre costillas, directo al pulmón. El sicario gorgotea, cae. Los otros tres voltean. Carolina ya está sobre ellos. Corta garganta del segundo. Slash. Sangre explota. Cae el tercero. Intenta dispararle. Demasiado cerca. Carolina desvía su mano. Van.

La bala pega en suelo. Hunde cuchillo en su estómago hacia arriba. Corta diafragma. El sicario vomita sangre. Queda uno. El alacrán está en el suelo. Cara quemada, respiración pesada. Intenta gatear hacia camioneta. Carolina camina hacia él, patea a su costado. El alacrán cae de espaldas. Tú, ¿quién chingados eres? Carolina se arrodilla junto a él, lo mira a los ojos.

Alguien que no amenazas dos veces hunde el cuchillo en su pecho. El alacrán se sacude. Sus ojos se ponen vidriosos. muere Carolina. Se levanta ocho cadáveres, sangre en pavimento, casa ardiendo, sirenas más cerca, 2 minutos, tal vez menos. Guarda el cuchillo, toma su pistola, corre por callejón, sale a calle paralela, camina rápido, normal, no corre, eso llamaatención.

Tres cuadras después, para, se quita la gorra, la voltea al revés, roja ahora no negra, se quita la blusa negra. Debajo trae playera blanca. La blusa va a la basura. Parece mujer normal regresando de trabajar. Nadie la mira dos veces. Toma microbús. Se sienta atrás, respira normal. Manos en bolsillos. Su brazo duele. La bala rozó. Sangra poco. No es grave.

Llega esta palapa a las 10:20. Camina a su edificio. Sube escaleras. Toca puerta de doña Marta. La señora abre. Sofía está dormida en el sillón. Gracias, doña. ¿Cuánto le debo? Nada, mi hija. La niña se portó muy bien. Carolina carga a Sofía, la lleva a su departamento, la acuesta en su cama, le quita los zapatos.

Sofía se mueve, abre ojos a medias. ¿Ya llegaste, mami? Sí, mi amor. Duerme. Sofía cierra ojos, duerme otra vez. Carolina va al baño, se quita la ropa toda negra, toda con sangre. La mete en bolsa negra, se baña, agua caliente. La sangre baja por el drenaje. Rosa primero, luego clara. Se lava el cabello, se talla la piel, jabón, esponja.

El olor a pólvora desaparece, sale, se seca, se mira en espejo. Tiene moretón encostado, raspón en brazo, nada serio. Se viste con pijama limpia, guarda la ropa con sangre, mañana la quemará. Se acuesta junto a Sofía. Son las 11:15 de la noche. Cierra ojos, duerme inmediato, sin pesadillas, sin culpa, solo paz. Despierta a las 6 de la mañana, jueves 17 de octubre.

Prepara desayuno, huevos con frijoles, pan tostado, café. Sofía despierta a las 7. Come, se alista. Uniforme limpio, mochila lista. Hoy abres el puesto, mami. Sí, mi amor. A las 10. Llevan a Sofía a la escuela. Llega a las 7:50, la deja, la ve entrar. Carolina regresa a casa, saca la bolsa con ropa, baja al patio trasero del edificio, hay tambo de basura, mete la ropa, le echa gasolina, prende fuego, la ropa arde, se convierte en ceniza. 5 minutos, nada queda.

Carolina sube, se cambia. Ropa normal, jeans, blusa, tenis. Va al mercado, abre su puesto a las 9:30. Doña Lupita pasa. Buenos días, Caro. ¿Viste las noticias? ¿Qué noticias, doña? Anoche hubo explosión en San Miguel, Teotongo. Murieron ocho hombres. Dicen que eran del cartel. Carolina hace expresión de sorpresa. En serio, qué terrible.

Sí, mija, está muy peligroso todo. Ten cuidado. Sí, doña, tendré cuidado. Doña Lupita se va. Carolina prende su estufa, prepara guisados. Día normal. Clientes llegan, quesadillas, tacos, gorditas. Conversación normal. A las 12:15, don Ramiro pasa. Por supuesto. Doña Caro, ¿puedo hablar con usted? Claro, don.

Pásele. Van a la trastienda de él. Ramiro cierra la puerta. Vi las noticias. Ocho muertos. Fuiste tú. Carolina asiente. ¿Eran ellos o mi hija? Ramiro suspira. El CJNG va a investigar. Van a buscar quién lo hizo. ¿Cuánto tiempo tengo? Dos días, tal vez tres. Van a mandar comandante nuevo con más hombres. ¿Cuántos? 15. Tal vez 20.

El alacrán era importante. Su muerte no quedará así. Carolina saca su libreta. ¿Quién viene? No sé todavía, pero voy a averiguar. Te aviso. Gracias, Ramiro. Sale, regresa a su puesto, atiende más clientes, su celular vibra. Mensaje del casero. Ya tiene la renta. Carolina cuenta su dinero. 4200 pesos.

Todavía faltan 1000. responde. Le pago mañana completa. El casero responde, “Okay, mañana sin falta.” Carolina guarda celular, sigue trabajando. A las 2 va por Sofía, la recoge, caminan a casa. Mami, ¿podemos comprar helado? Sí, mi amor. Paran en tienda. Compra dos helados. Paletas de chocolate. 20 pes. Llegan a casa. Sofía hace tarea.

Carolina prepara comida. Sopa de fideos. Comen juntas. Sofía habla de la escuela, de su maestra, de sus amigas. Carolina escucha, sonríe, pero su mente está en otro lugar. El CJNG va a venir. 15 o 20 sicarios buscarán venganza. Tiene que estar lista. tiene que prepararse. Esa noche, después de dormir a Sofía, Carolina saca su pistola, revisa municiones.

Le quedan siete balas en cargador, 15 en el extra. Total 22. No es suficiente para 20 sicarios. Necesita más armas, más balas. Piensa dónde conseguir armas en Itapalapa sin llamar atención, sin dejar rastro. Ramiro, él puede ayudar. El viernes 18, Carolina abre su puesto normal. A las 11 Ramiro pasa. Necesito armas, rifles, balas. Ramiro la mira serio.

¿Cuánto tienes? 4000 pes. No alcanza para rifles, pero puedo conseguirte dos pistolas más. Cargadores extra, 300 balas. ¿Cuándo? Esta noche, 9 de la noche, en el estacionamiento de Plaza Oriente. Ahí estaré. Ramiro se va. Carolina sigue trabajando. A las 2 recoge a Sofía, la lleva con doña Marta otra vez. Otra vez, Alex, mami.

Sí, mi amor, es trabajo importante. ¿Cuándo vas a estar más tiempo conmigo? Carolina se arrodilla, mira a Sofía a los ojos. Pronto, mi amor. Te lo prometo. Estos días son difíciles, pero pronto todo estará mejor. Sofía abraza a su mamá. Te quiero, mami. Yo también te quiero, mi amor. Mucho. Deja a Sofía con doña Marta. Paga 100 pesos. Regresa a casa,se prepara.

Ropa normal, jeans, chamarra, gorra, pistola en cintura, cuchillo en tobillo, 4000 pesos en bolsillo. Sale a las 8:30, camina a Plaza Oriente. Llega a las 9:10, estacionamiento está medio vacío. Ve camioneta blanca. Ramiro está dentro. Carolina sube. Ramiro tiene bolsa negra en asiento trasero. Dos pistolas Glock 19. Seis cargadores, 300 balas, 9 mm.

Carolina revisa, las pistolas están limpias, sin marcas, sin registro, probablemente. ¿Cuánto? 3,500. Carolina saca el dinero, se lo da. Toma la bolsa. Gracias, Ramiro. Caro, ten cuidado. Hablé con contacto. El comandante que viene se llama el Cobra. Arturo Salinas, 42 años, exmilitar, muy peligroso.

¿Cuándo llega? Mañana, sábado 19. Viene con 20 sicarios. Van a peinar toda esta palapa. ¿Buscan a quién mató al lacrán? ¿Saben que fui yo? Todavía no, pero van a preguntar, van a amenazar, van a torturar si es necesario. Carolina asiente. Entonces, tengo hasta mañana. ¿Qué vas a hacer? Lo que tengo que hacer. Baja de la camioneta, camina de regreso a casa.

Son las 9:30. Llega a su departamento, esconde las armas debajo de su cama, donde Sofía no las encuentre. Va por Sofía con doña Marta. La niña está dormida otra vez. La carga, la lleva a casa, la acuesta, le da beso enfrente. Te amo, mi amor. Sofía no despierta, solo se acomoda en su almohada.

Carolina se sienta en la sala, piensa, planea. 20 sicarios, un comandante, todos armados, todos entrenados. No puede atacar su base. No puede esperarlos en su casa. Eso pone en peligro a Sofía. Necesita lugar neutral, ventaja táctica, sorpresa. El mercado conoce cada pasillo, cada salida, cada rincón. Mañana es sábado, día con más gente, más caos, más confusión.

Si el cobra y sus hombres vienen al mercado a buscarla, ahí los enfrentará, pero necesita ayuda. No puede contra 20 sola. Piensa los otros vendedores. Don Ramiro, don Yui del puesto de jugos, don Memo de las verduras, todos odian al CJNG, todos pagan piso, todos están hartos. Si les dice que va a enfrentar al cartel, la ayudarán. Decide intentar.

El sábado 19 amanece nublado. Carolina despierta a las 6, prepara desayuno para Sofía. Hoy no hay escuela. Mami, ¿podemos ir al parque? Más tarde, mi amor. Ahorita mami tiene que trabajar, pero es sábado. Siempre vamos al parque los sábados. Carolina se arrodilla. Lo sé, mi amor, pero hoy es día especial.

Tengo mucho trabajo. Te prometo que la próxima semana vamos. Sofía hace puchero, pero asiente. Carolina la lleva con doña Marta. paga 200. Va a ser todo el día, doña. Tal vez hasta noche. No hay problema, mija. La niña se porta muy bien. Carolina llega al mercado a las 8. Todavía está casi vacío.

Solo algunos vendedores preparando. Va con don Ramiro. Necesito hablar contigo y con otros. ¿Otros quiénes? Los que están hartos de pagar piso. Los que quieren que el CJNG se vaya. Ramiro la mira serio. Caro, ¿qué estás planeando? Hoy viene el cobra con 20 hombres. Van a buscar a quien mató al laacrán.

Cuando descubran que fui yo, van a venir por mí aquí al mercado. ¿Y qué quieres hacer? Enfrentarlos aquí. Pero necesito ayuda. Ramiro suspira. ¿Estás loca? Puede ser. ¿Me ayudas o no? Ramiro piensa 30 segundos, luego asiente. Te ayudo, pero solo con información. No voy a pelear. Es suficiente. ¿Conoces a alguien más que sí pelee? Don Chui, el de los jugos, era policía antes.

Tiene escopeta escondida en su puesto. ¿Alguien más? Don Memo, el de verduras. Su hermano era del cartel de Sinaloa. Lo mató el CJNG hace 2 años. Él quiere venganza. Llévalos a mi puesto ahora. 15 minutos después, cuatro hombres están en la puesto de Carolina. Don Ramiro, 58 años, vendedor de carne. Don Chui, 51 años, vendedor de jugos.

Ex policía. Don Memo, 47 años, vendedor de verduras, hermano muerto por CJNG. Y Carolina, 38 años, exicaria, madre furiosa. El CJNG viene hoy. 20 sicarios buscan venganza por los ocho que maté. Don Chuy Silva, tú mataste a los ocho de San Miguel de Otongo. Sí, amenazaron a mi hija. No tuve opción. Don Memo se inclina.

¿Qué necesitas de nosotros? Armas, posiciones, coordinación. Van a venir al mercado a preguntar, a amenazar. Cuando me identifiquen, atacarán. Necesito que ustedes disparen desde diferentes ángulos. Don Chuy piensa, “Tengo escopeta Remington 870, cinco cartuchos, puedo disparar desde mi puesto. Cubre pasillo principal.” Don Memo dice, “Tengo pistola 38, mi hermano me la dejó. 20 balas.

Puedo cubrir pasillo lateral.” Carolina asiente. Bien, Ramiro, tú solo observa. Avísame cuando lleguen. ¿Y tú qué vas a hacer? Carolina saca sus tres pistolas, las coloca sobre mesa. Yo voy a estar en mi puesto esperando. Los hombres se miran entre sí, luego asienten, se van a sus puestos, preparan, esconden armas, practican ángulos.

Carolina abre su puesto normal, enciende estufa, prepara guisados. Clientes empiezan a llegar. Sábado es día ocupado. Familias, niños, gente comprando comida. A las 11:30, Ramiropasa rápido. Ya llegaron tres camionetas Nissan negras. Se estacionaron afuera. Carolina respira profundo. ¿Cuántos? 23. El Cobra viene con ellos. Camisa blanca. Chaleco antibalas debajo.

Gracias. Ramiro se va. Carolina sigue atendiendo clientes. Normal, tranquila. A las 11:47 los sicarios entran al mercado, se dividen, grupos de cuatro, cada grupo cubre pasillo diferente. Empiezan a preguntar a vendedores, a clientes, buscan información. ¿Vieron algo raro el miércoles? ¿Alguien nuevo? ¿Alguien sospechoso? Todos niegan, nadie sabe nada.

Nadie vio nada. El grupo que cubre pasillo C llega al puesto de Carolina. Cuatro sicarios. Uno es el cobra. Arturo Salinas, 42 años, 1,80, 95 kg, cabello corto, bigote, chaleco antibalas visible ahora. Rifle AR15 en manos. Buenos días, señora. Su voz es tranquila, profesional, exmilitar definitivamente. Buenos días.

¿Qué van a ordenar? El cobra sonríe. No venimos a comer, venimos a platicar. ¿Conoce a una mujer llamada Carolina Sánchez? Carolina no cambia expresión. Ese es mi nombre. El cobra se pone serio. ¿Usted es Carolina Sánchez, la dueña de este puesto? Sí. Estuvo aquí el miércoles pasado cuando mi gente vino a cobrar plaza.

Sí, vinieron cuatro hombres. El que hablaba tenía tatuaje de escorpión. ¿Y qué le dijeron? ¿Que tenía que pagar 2500 pesos mensuales o habría consecuencias? El cobra asciente. ¿Y qué respondió usted? Que no iba a pagar. ¿Sabe qué pasó con esos cuatro hombres? Escuché en las noticias. Murieron en explosión. El cobra se acerca más.

¿Sabe quién los mató? Carolina lo mira directamente. Yo. El silencio dura 2 segundos. Los tres sicarios con el cobra levantan sus armas. El cobra levanta su mano. Esperen. Mira a Carolina. ¿Por qué amenazaron a mi hija? Mostraron su foto, dijeron dónde estudia y decidió matarlos a todos sola. Sí. El cobra sonríe.

No es sonrisa amigable. ¿Quién chingados es usted? Alguien que ya no negocia. El cobra hace gesto. Sus tres icarios rodean el puesto. Apuntan a Carolina desde diferentes ángulos. Venga con nosotros, señora. Vamos a platicar afuera. Carolina niega. No voy a ningún lado. No es opción, señora. O viene ahora o la sacamos a la fuerza.

Carolina saca su pistola de debajo del mostrador, la apunta a él cobra. O ustedes se van ahora. Los tres icarios apuntan a Carolina, pero ella tiene su pistola en cabeza del cobra. Dispare, señora, y mis hombres la matan inmediato. Puede ser, pero usted muere primero. El mercado se pone silencioso. Clientes empiezan a correr, gritos, pánico, gente evacuando.

En 30 segundos el pasillo está vacío. Solo quedan Carolina, el cobra y tres sicarios. Otros icarios llegan corriendo. Escucharon gritos. Ahora son 12 rodeando el puesto. Don Chui se para desde su puesto de jugos. Escopeta en manos. Apunta a grupo de sicarios. Don Memo sale de su puesto. Pistola 38 en mano. Apunta a otro grupo.

Ahora son tres contra 12. Todavía malas probabilidades, pero mejores. El cobra ve la situación. Sonríe. Interesante. Tres vendedores contra 12 sicarios. ¿Realmente creen que pueden ganar? Carolina responde, “No necesitamos ganar, solo necesitamos matar suficientes para que no valga la pena.” ¿Cuántos es suficientes? Usted. Y cinco más.

Después de eso, sus hombres se irán. El cobra considera 30 segundos. Evalúa, calcula, luego baja su rifle. Tienen agallas, se los reconozco, pero están equivocados. Ninguno de ustedes sale vivo de aquí. Hace gesto. Sus 12 sicarios levantan armas. Carolina respira profundo. Aprieta el gatillo. Bang.

La bala impacta el hombro del cobra. Él cae hacia atrás. Los 12 sicarios disparan todos al mismo tiempo. Carolina se tira detrás de su estufa. Las balas perforan metal, atraviesan productos, destruyen todo. Don Chui dispara su escopeta. Boom. Perdigones impactan a dos sicarios. Caen gritando. Don Memo dispara tres veces. Pam, pam, pam. Una bala impacta a pierna de sicario.

El hombre cae. Los sicarios se dividen. Cuatro atacan a Carolina. Cuatro atacan a don Chui, cuatro a don Memo. Carolina se asoma, dispara dos veces. Bang. Bang. Primer disparo falla. Segundo, impacta pecho de sicario. El hombre muere. Un sicario lanza granada de fragmentación hacia puesto de Carolina.

La granada rueda. Carolina la ve 3 segundos antes de explotar. Se lanza hacia atrás. Cae al suelo detrás de pared de concreto. Boom. El puesto explota. Fuego, humo, metal volando. Carolina se cubre la cabeza, escombros caen sobre ella, se levanta. Le duele todo, pero no está herida grave. Sale del humo.

Pistola en cada mano. Dos Glock 19. Ve tres sicarios frente a ella. Todos apuntan. Carolina dispara ambas pistolas. Bang, bang, bang, bang. Cuatro balas, tres sicarios, dos mueren, uno herido en brazo. El herido dispara. La bala pasa junto a cabeza de Carolina. Roza su oreja. Carolina dispara una vez más. Bang. El sicario cae muerto.

Don Chui recarga su escopeta. Otro sicario aparece por su izquierda. El sicario dispara rifleAR15. Ratatat. Las balas impactan puesto de jugos. Botellas explotan. Vidrio vuela. Don Yui se tira al suelo. Rueda. Dispara desde piso. Boom. Los perdigones impactan cara del sicario. El hombre cae sin rostro. Otro sicario parece.

Don Chui no tiene tiempo de recargar. El sicario apunta. Va a disparar. Bang. Bang. Carolina dispara desde atrás. Dos balas en espalda del sicario. Cae muerto. Don Chui asiente a Carolina. Gracia silenciosa. Don Memo está en problemas. Cuatro sicarios lo rodean. Él se esconde detrás de cajas de verduras. Dispara su 38. Pam, pam. Dos balas.

Falla ambas. Los sicarios disparan. Las cajas explotan. Lechugas, tomates, sangre de verduras. Don Memo se queda sin balas. Su pistola hace clic click, vacía. Un sicario se acerca, sonríe. Ya te chingaste, viejo. Levanta su pistola. Don Memo lanza cuchillo de carnicero, el que usa para cortar verduras. El cuchillo vuela, se clava en garganta del sicario. El hombre cae gorgoteando.

Otro sicario dispara. La bala impacta hombro de Don Memo. Él grita, cae. Carolina corre 20 m. Dispara mientras corre. Bang. Bang. Bang. Dos balas impactan al sicario. Pecho, cabeza. Muerto. Otro sicario aparece. Carolina se queda sin balas. Clic. Suelta pistola vacía. Saca cuchillo de tobillo. Se lanza. El sicario. Dispara. Falla.

Carolina está demasiado cerca. Un cuchillo encostado entre costillas. El sicario grita. Carolina lo jala. Corta hacia arriba. El cuchillo rasga órganos internos. El sicario cae. Muere en 10 segundos. Último sicario del grupo corre. Intenta escapar. Don Chui dispara. Boom. La escopeta lo alcanza en espalda. Cae muerto.

Quedan cuatro sicarios más el cobra. Los cuatro se reagrupan. Se cubren detrás de puestos. Esperan refuerzos, pero no hay refuerzos. Son los últimos. Carolina recarga. Saca cargador vacío. Pone cargador lleno. 15 balas. Don Chui recarga su escopeta. Tres cartuchos restantes. Don Memo está herido. Sangra del hombro pero vivo. Recoge pistola de sicario muerto.

Glock 19. Cargador completo. ¿Puedes disparar, don Memo? Sí, me duele, pero puedo. Los tres avanzan separados. Carolina por centro, don Chui por izquierda, don Memo por derecha. Pasan entre puestos destruidos, humo, sangre, cuerpos por todos lados. El mercado está en ruinas, explosión, balas, fuego, todo destruido.

Escuchan movimiento. Detrás de puesto de ropa, Carolina hace señas. Don Chui rodea por izquierda, don Memo por derecha. Ella avanza frontal, se asoma, ve dos icarios agachados, hablan por radio. Necesitamos refuerzos. Estamos perdiendo. Carolina dispara. Bang. Bang. Dos balas, dos cabezas, dos muertos. Los otros dos icarios escuchan disparos.

Salen corriendo de su escondite. Don Chui los ve primero. Dispara. Boom. Un sicario cae. Piernas destrozadas. Grita. Don Memo dispara. Bang. Silencia el grito. Último sicario corre hacia salida. Quiere escapar. Carolina corre tras él. Más rápida, más joven. El sicario voltea, dispara sin apuntar. Bang, bang, bang. Las balas pasan cerca.

Ninguna impacta. Carolina se tira, rueda, dispara desde piso. Bang, bang. Primera bala impacta pierna. Segunda, impacta espalda baja. El sicario cae. Carolina se acerca. El sicario intenta alcanzar su pistola. Ella pisa su mano. Hunde cuchillo en su cuello. Corte rápido, profundo, limpio. El sicario muere. Solo queda uno, el cobra.

Carolina regresa al pasillo principal. Don Chuy y Memo la esperan. ¿Dónde está el cobra? Don Chuy señala hacia su puesto original. Cayó ahí. Estaba herido. No sé si sigue ahí. Avanzan juntos. Armas listas. Llegan al puesto de Carolina o lo que queda. La granada lo destruyó casi todo. Ven sangre en el piso. Un rastro.

Lleva hacia trastienda. Siguen el rastro. Carolina va adelante. Pistola en mano derecha. Cuchillo en izquierda. La trastienda está oscura. Humo. Difícil ver. Escucha respiración pesada, alguien herido. Adelante. Salga cobra. Se terminó. Silencio. Luego voz ronca. No se termina nunca. Disparo de oscuridad. Bang. La bala pasa junto a Carolina.

Ella se tira, dispara hacia donde vio Destello. Bang, bang, bang. Escucha gemido. Impactó. Don Chui entra con linterna. la prende. El cobra está en esquina, herido en hombro, en pierna, en costado. Sangra mucho, pero tiene rifle todavía. Levanta con manos temblorosas. Ustedes no entienden. Somos muchos. Vendrán más. Siempre vienen más.

Carolina camina hacia él. Puede ser, pero tú no los verás. El cobra intenta apuntar. Sus manos fallan. Demasiado débil. Carolina patea el rifle. Se aleja volando, se arrodilla frente al cobra, lo mira a los ojos. Esto es por mi hija, por todos los que amenazaste, por todos los que mataste.

Hunde cuchillo en pecho del cobra directo al corazón. El cobra abre ojos, toce sangre. Eres igual que nosotros. No, yo protejo, ustedes destruyen. El cobra muere. Carolina se levanta, sale de trastienda. Don Chuy y don Memo están ahí. Terminó. Pregunta don Memo. Terminó. Miran alrededor. 13 cuerpos, sangre, destrucción, sirenas a lo lejos.Vienen. Váyanse ahora.

Yo me encargo del resto. ¿Y tú qué vas a hacer?, pregunta don Chui. Lo que siempre hago, sobrevivir. Los dos hombres se van, salen por puerta trasera. Carolina camina entre los cuerpos, recoge sus pistolas, guarda cuchillos, sale del mercado por callejón lateral, nadie la ve. Camina a dos cuadras, se sienta en parada de autobús, respira profundo, le duele el cuerpo, le zumban oídos, huele a pólvora, a sangre, a muerte, pero está viva y Sofía está segura.

Se mira las manos temblorosas, manchadas de sangre seca. Durante 8 años fingió ser otra persona, vendedora humilde, madre tranquila. Pero hoy la verdad salió. Carolina Ventura, la tijera, la sicaria que nunca falló y no siente culpa, no siente remordimiento, siente alivio, porque finalmente puede ser quien realmente es.

Protectora, guerrera, madre feroz. La fiera de Itapalapa. Saca su celular, llama a doña Marta. ¿Cómo está, Sofía? Bien, mija, jugando. ¿Ya vienes por ella? En una hora. Gracias, doña. Cuelga, se limpia la sangre con su camisa. Se levanta, camina hacia su casa. El son se pone sobre Iztapalapa, cielo naranja, rojo, como fuego. Carolina sonríe. 13 sicarios muertos.

El CJNG recibió mensaje. No se metan con la Fira. No amenacen a su hija o terminarán como el Cobra y sus hombres muertos en mercado destruido. Llega a su edificio, sube escaleras, entra a su departamento, se baña otra vez, se cambia. Ropa limpia, normal, va por Sofía. La niña corre a abrazarla. Mami, hola, mi amor.

¿Te portaste bien? Sí. ¿Terminaste tu trabajo? Sí, ya terminé. Caminan a casa. Sofía habla de su día, de juegos con doña Marta. Carolina escucha, sonríe, aprieta la mano de su hija. Todo lo que hizo, todo lo que mató, todo lo que destruyó fue por ella, por Sofía, por futuro mejor.

Y lo haría otra vez, sin dudar, porque es madre. Y las madres protegen a sus hijos siempre, sin importar el costo. Llegan a casa, preparan cena, quesadillas simples, refresco, comen juntas, ven caricaturas. Sofía se duerme en el sillón, Carolina la carga, la lleva a su cama, la arropa. Te amo, mi amor. Sofía duerme profundo. No sabe nada de lo que pasó, nunca sabrá.

Carolina sale a balcón pequeño, mira la ciudad, millones de luces, piensa en el cobra, en sus últimas palabras. Vendrán más. Puede ser. El CJNG es grande, poderoso, pero Carolina también es peligrosa. Y ahora saben que existe. Si vienen otra vez, ella estará lista, siempre lista, porque dejó de fingir, dejó de esconderse, dejó de mentir.

Es la fiera, la madre que protege, la sicaria que mata. Y nadie amenazará a su hija otra vez. Nadie. Fin. ¿Cuál fue tu momento favorito? El enfrentamiento en el mercado, la muerte del cobra o cuando Carolina aceptó quién realmente es. Déjalo en comentarios. Suscríbete para más historias de la fiera porque esto apenas empieza.

Nos vemos en el próximo episodio.